Ministerio Pastoral, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Reflexiones sobre el ministerio

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Me encanta caminar en el evangelio con otras personas, pastorear una comunidad, predicar, enseñar y participar en todo lo emocionante que conlleva ser parte de una iglesia. Sin embargo, no todo en el ministerio es divertido. Al contrario, el ministerio está lleno de situaciones difíciles y a veces pecaminosas.

Desde afuera uno puede hacer todo para prepararse: leer libros, asistir a clases, ser ordenado, etc. Pero ser un pastor es infinitamente más difícil que prepararse para serlo. Ciertamente, el ministerio es un tesoro de glorias y muertes. Nada te puede preparar para ‘tomar tu cruz’ de esta manera excepto hacerlo.

LO QUE SIGNIFICA EL MINISTERIO CRISTIANO

Aunque no he estado en el ministerio por décadas como muchos otros colegas más experimentados, he aprendido la necesidad de definir el ministerio de acuerdo a la Biblia y no a mis expectativas. No solo habló acerca del ministerio pastoral sino también de cualquier función que alguien tiene en la vida de la Iglesia para llevar a cabo la misión de hacer y crecer discípulos de Cristo. Desde afuera el ministerio puede parecer genial, y ¡en muchas ocasiones lo es! Pero muchas veces el ministerio parece genial porque solo destacamos las partes positivas (un edificio lleno de personas que oyen tu predicación, bautizar a nuevos creyentes, realizar, retiros, campamentos, conferencias, etc.). En realidad, el ministerio es mucho más que eso.

El ministerio existe principalmente porque Cristo nos ministró primero a través de su vida, muerte y resurrección (el evangelio), y ahora nos ha encomendado con una misión para compartir ese mismo evangelio a otros (Mateo 28:18-20). El evangelio es necesario porque nosotros somos pecadores y todos nuestros problemas encuentran su raíz en el pecado. Ministrar, entonces, en gran parte es lidiar con los problemas de otros, los pecados de otros, y apuntarles hacia la única solución verdadera: Cristo (Romanos 10:13-15).

EL MINISTERIO: ENTRE LO MEJOR Y LO PEOR

Estar en el ministerio es lo mejor porque estamos participando directamente en la misión de Dios de reconciliar a pecadores con sí mismo. Claro, nosotros no somos el poder o la fuente de salvación: somos nada más que heraldos de las buenas noticias que Cristo salva, y esta es la obra más gratificante y satisfactoria en la que podemos participar. Pero, estar en el ministerio también es lo peor porque hemos sido enviados como heraldos a un mundo caído. Y mientras somos sus instrumentos, también somos imperfectos. Cometemos errores, fracasamos frecuentemente, y nos tropezamos en cada paso de llevar a cabo la Gran Comisión que se nos ha encomendado.

LO QUE CUESTA SEGUIR A CRISTO

¿Quién dijo que sería fácil? La Biblia no presenta un concepto de ministerio que es todo alegre y para nada difícil. Sinceramente, presenta lo opuesto: “Pues en todo nos recomendamos a nosotros mismos como ministros de Dios, en mucha perseverancia, en aflicciones, en privaciones, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos, en pureza, en conocimiento, con paciencia, con bondad, en el Espíritu Santo, con amor sincero, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; por armas de justicia para la derecha y para la izquierda; en honra y en deshonra, en mala fama y en buena fama; como impostores, pero veraces. Somos tratados como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, pero vivimos; como castigados, pero no condenados a muerte; como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, aunque poseyéndolo todo.” (2 Corintios 6:4-10, LBLA).

Somos llamados a ser ministros de Dios, representantes del evangelio, en las peores circunstancias. ¡Somos llamados a ir y entrar a los lugares más oscuros para brillar la luz del evangelio! Esto no es fácil. Muchas veces significa sufrir con los que están sufriendo. Sacrificar lo que tenemos para servir a los demás. Y en algunos casos, significa darlo todo hasta el punto de la muerte. Que nuestra oración tenga el mismo espíritu como la de Pablo cuando dijo: «Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios» (Hechos 20:24).

LOS MINISTROS TAMBIÉN NECESITAMOS EL EVANGELIO

Las buenas noticias para el ministro son las mismas que las buenas noticias para el que está siendo ministrado: Cristo lo ha hecho todo. Y porque Él nos está haciendo perfectos, por medio del Espíritu y gracias a su obra en la cruz, podemos confiar en que Él nos usará y santificará a través del ministerio también. Como lo dice el pasaje de arriba, podemos ser pobres pero enriquecer a muchos porque aunque no tengamos nada, lo tenemos todo en Cristo (2 Corintios 6:4-10). Él es nuestra esperanza, en lo bueno y en lo malo. Al fin y a cabo, el ministerio no es solucionar los problemas de los demás, sino apuntarles a la única persona que realmente puede ayudarles. En cualquier caso, sea lo mejor o lo peor, el éxito y la satisfacción del ministerio no se debe medir por meras circunstancias, sino por lo que Cristo está haciendo al trascender nuestras circunstancias y obrar a través de y en personas imperfectas y ordinarias como nosotros.