Sanidad Divina, Soberanía Divina, Vida Cristiana

Cuando Dios te da un “No” por respuesta

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Hay muchas maravillosas historias de sanidad en la Biblia. Jesús sanó de su enfermedad a muchos leprosos, devolvió la vista a los ciegos, hizo posible que el paralítico caminara y sanó muchas otras dolencias físicas. También sanó enfermos mentales y echó fuera demonios. Incluso levantó a Lázaro de entre los muertos dando marcha atrás a los efectos destructivos de la muerte y la corrupción. Sin embargo, los milagros de sanidad divina no son cosa del pasado. No acabaron con la era apostólica. Sin duda, también has escuchado sobre Dios sanando gente hoy día.

Los casos modernos de sanidades y milagros son abundantes. Pero también abundan quienes niegan que eso aún esté pasando. Muchos, incluso entre aquellos que se hacen llamar cristianos, cuestionan la vigencia de los dones del Espíritu, los milagros y las sanidades. Piensan que todo acabó con la muerte de los apóstoles. Sin embargo, los creyentes pentecostales sabemos, por el testimonio claro de la Palabra de Dios, pero también por nuestra propia experiencia personal, que Dios aún escucha nuestras oraciones por sanidad y tiene el poder para sanar y hacer todo tipo de milagros.

¿QUÉ HACEMOS CUANDO DIOS NOS DA UN NO POR RESPUESTA?

Sí, esto suena bonito, esperanzador y gratificante, pero, cuando eres tú el enfermo y Dios parece no escuchar tus oraciones por sanidad o, peor aún, Dios te da un no por respuesta, quizá el saber que Dios sí ha sanado a otros pueda generarte amargura, frustración, dolor y, en tu humana debilidad, hasta resentimiento. Quizá te estés preguntando: “¿Qué hay de mí? ¿Por qué Dios sana a otros, pero no a mí? ¿Realmente Dios me ama? ¿Cómo puede un Dios de amor verme sufrir así y no hacer nada para ayudarme?

Al igual que tú, yo he experimentado esos sentimientos, ese dolor y esa desesperación. He orado por sanidad, he ayunado, he tenido gente que ha puesto sus manos sobre mí orando. ¡Pero no en todas las ocasiones Dios me ha sanado! A veces ha pasado mucho tiempo, en otras ha respondido de inmediato y a veces ¡Dios simplemente dijo que no! La enfermedad siguió. Lo mismo ha pasado al orar por otros, incluso quizá por tus seres queridos. No todos sanan. Muchos sufrieron por años para luego morir. ¿Qué ocurrió? ¿Acaso a Dios no le importaban sus vidas? ¿Por qué no fueron sanados? Me temo que no hay respuesta fácil ni sencilla. Pero hay algunos principios que podemos aprender del ejemplo del Apóstol Pablo.

Pablo, apóstol de Cristo, elegido, amado y escogido por Dios desde antes de nacer, experimentó en carne propia la negativa de Dios a algunas de sus peticiones de sanidad. Lucas nos relata, en el libro de Hechos, que “Dios hacía milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que incluso llevaban pañuelos o delantales de su cuerpo a los enfermos, y las enfermedades los dejaban y los malos espíritus se iban de ellos.” (Hechos 19:11-12). Muchos fueron sanados bajo su ministerio. Sin embargo, un día Pablo también enfermó y, como buen cristiano, le pidió a Dios que lo sanara. Pablo nos cuenta:

“Me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí” (2 Corintios 12:7-8).

Se han ofrecido incontables explicaciones concernientes a la naturaleza del aguijón de Pablo en la carne. Muchos sugieren algún tipo de enfermedad crónica: problemas oculares (Gálatas 4:15), malaria, migrañas y hasta epilepsia, otros señalan cierto tipo de inhabilidad para hablar (2 Corintios 10:10). Nadie puede decir con seguridad cuál era la enfermedad que padecía el apóstol Pablo, pero es casi seguro que sufría algún tipo de afección crónica. Lo asombroso de todo esto no es su enfermedad, sino que, cuando él clamó por sanidad, Dios le respondió: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Así de simple: ¡Dios dijo que no!

¿Cómo reaccionó este gran hombre de Dios? Él pudo haber reaccionado como cualquiera de nosotros, llenándose de ira, resentimiento y desilusión. Quizá pudo haber abandonado el ministerio, negándose a servir a un Dios que sanaba a otros, pero no a él. Sin embargo, Pablo no hizo ninguna de estas cosas. En vez de ello, Pablo aceptó el no de Dios como respuesta. Se aferró a su fe, confió en la gracia y se sujetó a la soberanía del Padre. Entonces pudo decir con libertad: “Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12: 9-10, NTV).

LO QUE PODEMOS APRENDER DE PABLO

Personalmente, considero este relato uno de los más conmovedores y honestos dentro de los escritos del apóstol Pablo. ¡Casi puedo sentir en carne propia el sentimiento de angustia que se profundizó en Pablo cuando, después de orar, se le da a entender que el aguijón no sería removido! Humildemente, Pablo admite: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

¿Podemos siquiera imaginar lo que sintió Pablo en ese momento? Con seguridad la respuesta divina dejó perplejo al apóstol (al menos inicialmente), pero a la larga, el aguijón que atormentaba a Pablo (y que Dios se negó a retirar) le enseñó ciertas cosas que tú y yo podemos aprender también:

(1.- DIOS TIENE UN PROPÓSITO

Pablo parece vislumbrar la razón de su dolencia y el porqué de la negativa divina a sanarlo: “Aun cuando he recibido de Dios revelaciones tan maravillosas. Así que, para impedir que me volviera orgulloso, se me dio una espina en mi carne, un mensajero de Satanás para atormentarme e impedir que me volviera orgulloso”. (2 Corintios 12:7, NTV). Es interesante que, aunque la aflicción de Pablo nunca es nombrada específicamente, el propósito de la aflicción es dado dos veces — al principio y al final del versículo 7: “Así que, para impedir que me volviera orgulloso”.

Ciertamente, cualquiera que haya tenido un encuentro con Jesús y le haya hablado y haya sido comisionado por Él (Hechos 9:2-8) podría, en su estado natural, volverse “engreído” por este increíble encuentro. Si se añade la experiencia que tuvo de ser inspirado por el Espíritu Santo para escribir mucho del Nuevo Testamento, es fácil ver cómo podría haberse vuelto “altivo” o “exaltarse demasiado” o “demasiado orgulloso”. Además, al inicio del capítulo 12 de 2 Corintios, vemos que Pablo tuvo algunas asombrosas revelaciones. Él fue “llevado hasta el tercer cielo” y también “llevado hasta el paraíso”. (2 Corintios 12:2-3). Estas experiencias fueron tan espectaculares que pudo haber sido tentado a presumir de ellas, o sentirse superior a aquellos que no habían tenido estas experiencias.

Dios deseaba librar a Pablo del orgullo, el cual, eventualmente pudo haberlo apartado de Dios y de sus propósitos, pues “el orgullo va delante de la destrucción, y la arrogancia antes de la caída” (Proverbios 16:18, NTV). Es por eso que Dios escogió humillar a Pablo con una “espina o agujón en la carne.” No fue al azar, ni un acto caprichoso de parte de Dios. Tenía un propósito específico: mantenerlo lejos del orgullo y la caída, en total dependencia a Dios. ¿Cuál es tu caso? ¿Has tratado de entender o descubrir el propósito de Dios en lo que te está pasando, o simplemente te has enojado por lo que te pasa?

(2.- DIOS PUEDE USAR CUALQUIER COSA

Sabemos que la aflicción de Pablo vino de o mediante un mensajero de Satanás. Así como Dios permitió que Satanás atormentara a Job (Job 1:1-12), Dios permitió a Satanás atormentar a Pablo para los buenos propósitos de Dios y siempre dentro de Su perfecta voluntad. Pablo mismo nos dice que la espina en su carne “era un mensajero de Satanás”. ¿Cómo puede esto ser así?, ¿Era de Dios o era de Satanás? ¡La respuesta es que era de ambos! Por supuesto, Satanás está en contra de Dios y Sus propósitos, y Su pueblo. Satanás probablemente disfrutó atormentando a Pablo. Pero, así como en la cruz, también en el caso de Pablo los malvados planes de Satanás dieron un giro de 180 grados para servir a los propósitos de Dios.

Sí, Satanás logró acosar a Pablo, pero solo porque Dios lo usó para un bien mayor. ¿Será acaso que esa enfermedad a la que tanto le temes es un instrumento de Dios para perfeccionarte y llevarte a la madurez cristiana? La respuesta quizá pueda sorprenderte, pero al entenderlo aprenderás, al igual que Pablo, a ser agradecido por lo que tienes en lugar de lamentarte por lo que no quizá nunca tendrás en esta vida: “Den gracias a Dios en cualquier situación, porque esto es lo que Dios quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18, NBV).

En el glorioso proceso de transformarte a la imagen de su Hijo, Dios usará las herramientas más extrañas y los métodos más inusuales. Esto a veces incluye dolor, sufrimiento, enfermedades y hasta la muerte física, pero todo es para nuestro bien (Romanos 8:28). Sé que esto no suena al falso evangelio de la Prosperidad al cual muchos están acostumbrados, pero esto es lo que enseña la Biblia. Dios nunca prometió librarnos del sufrimiento en esta vida. Por el contrario, es algo que debemos esperar:

“Si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males?” (Job 2:10, DHH).

Santiago descubrió esta misma verdad, pero descubrió también un motivo para experimentar gozo en medio del dolor. Sus palabras pueden reconfortarnos:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante” (Santiago 4:17, DHH).

Tu enfermedad no tiene porqué controlarte ¡Solo es un instrumento en las manos de Dios! Y quizá sea un instrumento de santificación.

(3.- LA FORTALEZA DE DIOS FUE MANIFESTADA

Este principio es declarado tres veces en estos dos versículos, en diferentes maneras: “Pero él (Cristo) dijo, ‘Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad’. Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí. Es por esto que me deleito en mis debilidades, e insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, soy fuerte”.

Dios quiere que desarrollemos nuestros dones y talentos y que los usemos para Su gloria. Estar sano, ser talentoso, inteligente y lleno de habilidades, y servir a Dios con ello, da gloria a Su Nombre, pero es posible que los que observan den gloria a la vasija sin tomar en cuenta al alfarero. La vasija misma podría osar jactarse ante su Hacedor (Isaías 29:16; Isaías 64:8; Jeremías 18:1-9; Romanos 9:14-24). Sin embargo, cuando gente débil, enferma, con grandes limitaciones y afligida por el dolor logra grandes cosas, es claro que Dios es el que lo hizo y Él recibe aún mayor gloria. Pablo afirmó:

“Ahora tenemos esta luz que brilla en nuestro corazón, pero nosotros mismos somos como frágiles vasijas de barro que contienen este gran tesoro. Esto deja bien claro que nuestro gran poder proviene de Dios, no de nosotros mismos” (2 Corintios 4:7, NTV).

Nuestro propósito en la vida es glorificar a Dios — para mostrar Su poder y grandeza. Y aunque nuestras circunstancias pueden ser dolorosas e incómodas para nosotros, Dios quiere recordarnos que las cosas eternas son las que importan:

“Así que no miramos las dificultades que ahora vemos; en cambio, fijamos nuestra vista en cosas que no pueden verse. Pues las cosas que ahora podemos ver pronto se habrán ido, pero las cosas que no podemos ver permanecerán para siempre” (2 Corintios 4:18, NTV).

(4.- PODEMOS ESTAR CONTENTOS

Ciertamente, Pablo enfrentó más que una simple enfermedad: “Es por esto que me deleito en mis debilidades, y en los insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:10, NTV). Y, sin embargo, en todas esas cosas, Pablo estaba contento por amor a Cristo, porque su meta final en la vida era la gloria de Dios. Por eso Pablo podía decir, mientras esperaba su muerte en la prisión:

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4).

A nosotros, que quizá no hayamos sufrido tanto como él, también se nos dice:

“Vayan y festejen con un banquete de deliciosos alimentos y bebidas dulces, y regalen porciones de comida a los que no tienen nada preparado. Este es un día sagrado delante de nuestro Señor. ¡No se desalienten ni entristezcan, porque el gozo del Señor es su fuerza!” (Nehemías 8:10, NTV).

Así que, cuando tú o aquellos que amas, estén batallando con alguna enfermedad, ¡Ora pidiendo sanidad! Pero si Dios elige permitir que una aflicción persista, busca lo que Él quiere hacer en y a través de ti ¡y regocíjate en ello! Quizá Dios quiera perfeccionar tu carácter; llevarte a la madurez cristiana; mostrar Su poder en ti; y finalmente, dar gloria a Su Gran Nombre a través de tu vida.

EL AGUIJÓN EN LA CARNE, UNA EXPRESIÓN DE LA GRACIA

“Bástate mi gracia” le respondió el Señor a Pablo, y eso mismo nos responde a nosotros también. “Mi gracia es suficiente. Mi gracia te basta”. Porque cuando Dios trae algo a nuestra vidas, sigue siendo un acto de su bendita y soberana gracia. Por gracia lo permite. Por gracia lo envía. Por gracia nos sostiene en medio de esas circunstancias difíciles. Por gracia obra y usa ese aguijón para nuestro bien. Por gracia está formando la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Su gracia es suficiente. De eso se trata el evangelio: el anuncio de las buenas nuevas de salvación por gracia.

En realidad, toda la experiencia de la salvación es un don de la gracia de Dios, desde nuestra conversión inicial hasta la glorificación final, incluyendo nuestra santificación. Esa es la razón por la que Dios no remueve el aguijón: Porque en medio y por medio de este, Él está formando el carácter de su Hijo en nosotros. Pablo le dijo a los Tesalonicenses que “la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). El Señor desea y está comprometido en hacernos crecer en santidad. A los filipenses se les dijo que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Hacernos y transformarnos a Su imagen es la gran obra que el Señor empezó, hace y terminará hasta el final. Cuando Dios no remueve el aguijón es porque Él está obrando. Cuando la adversidad, la aflicción y el dolor perduran, debemos confiar que él no es ajeno a nuestra circunstancias. Dios es soberano y rey sobre nuestras dificultades, establece sus límites y los usa para nuestro provecho. Podemos descansar en que Su perfecta y bendita voluntad se está cumpliendo y que eso es lo mejor para nosotros. La gracia es mayor que el aguijón. Su gracia es suficiente.

CONCLUSIÓN

Permíteme repetir nuevamente este punto: Dios quiere hacernos como a Cristo. Y para lograrlo usará lo que sea necesario ¡Incluso espinas, aguijones, enfermedades, dolor, muerte, o al mismo diablo si es necesario! Pablo decía que Cristo es la cabeza de todo principado y potestad (Colosenses 2:10), es decir, Cristo también es la autoridad de los seres angelicales que se rebelaron. Cristo es Señor sobre los demonios. Dios también es el Dios de Satanás. Él lo dirige, lo gobierna, lo usa y lo limita. ¿No es esa la lección del libro de Job?

Por encima de la mano de Satanás que envía un mensajero (y ese mensajero a veces es una enfermedad crónica), se encuentra la mano de Dios usando ese mensajero para hacernos más como Cristo. Por eso el aguijón es una bendición. Sí, leíste bien ¡Es una bendición! Pues todo aquello que contribuya a la obra de Dios en tu vida, será una bendición, un don y un regalo, aunque venga envuelto como aguijón.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Dios está en control

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Te gustaría saber el día y la hora en que morirás? Imagina que existiera una aplicación para tu móvil capaz de llevar una cuenta regresiva de los días, horas, minutos, y segundos que te quedan de vida. ¿La instalarías en tu smartphone? Muchos quizá dirían que sí, ya que podrían planificar su vida, su partida, dejar sus negocios en orden o incluso “ajustar sus cuentas” con Dios antes de partir. Pero piénsalo bien ¿Crees que podrías vivir una vida normal y feliz si tuvieras acceso a tal información? Yo no lo creo ¡Sería espeluznante! ¡Tan solo imagina la ansiedad con la que vivirías!

TODOS AMAMOS ESTAR EN CONTROL

A pesar de que saber el día exacto de nuestra muerte sería algo inquietante y sombrío, la verdad es que a muchos seguramente les gustaría poder saberlo. El ser humano ama estar en control. A mí personalmente me gusta planear lo más que puedo y, cuando algo se sale del plan, fácilmente me frustro y hasta enojo. ¿Eres parecido a mí? Aun si no eres como yo de obsesivo, creo que la mayoría de nosotros preferimos estar en control de nuestro tiempo y de la mayoría de situaciones de nuestra vida. El problema con ello es que la vida no nos pide permiso para romper nuestra agenda. A diario se presentan situaciones que no esperamos y sobre las cuales no tenemos ningún control: la muerte de un ser querido, un accidente, una enfermedad incurable, etc. Afortunadamente Dios está siempre en control, incluso en esas situaciones. A Él nada le toma por sorpresa. Y el día de nuestra muerte no es la excepción.

El rey David escribió:

“Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.” (Salmo 139:16).

Este versículo me fascina por varias razones. En primer lugar, nos muestra que desde el momento de nuestra concepción, Dios ya nos conoce. De hecho, lo hace desde antes de la fundación del mundo, ya que Dios es omnisciente. Además, es interesante que David usa la imagen de Dios escribiendo sobre la vida como si fuera un libro. ¿Sabes lo que esto significa? ¡Pues que Dios es el escritor de tu vida y de la mía! ¿No te trae eso descanso? ¿No te trae alegría? Dios te formó como eres. Aun si tienes un problema físico, o incluso una enfermedad incurable para el hombre, ese es el plan de Dios para ti (Éxodo 4:11). ¡Cómo! ¿Puede acaso una enfermedad crónica, una limitación física o incluso un defecto físico evidente ser parte del plan de Dios para mí?

Tan solo mira a Jesús. El cumplió el glorioso plan de Dios para su vida y hoy se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Tiene un Nombre que es sobre todo nombre. Sin embargo, dicho plan glorioso implicó también momentos sombríos, pobreza, sufrimiento y, finalmente, la muerte ignominiosa de la cruz.

Si Cristo, siendo el Hijo de Dios, aprendió obediencia y sumisión a la voluntad del Padre por medio de lo que padeció, con nosotros no será diferente:

“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. ” (Hebreos 5:7-9)

De nosotros y para nosotros se dice:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante.” (2 Corintios 4:17, DHH)
“Yo reconozco que tenemos que sufrir ahora, pero esos sufrimientos no son nada comparados con toda la gloria que vamos a recibir después.” (Romanos 8:18, PDT)

No importa si por el momento no le hayas sentido a las cosas. A su tiempo verás que Dios hizo lo mejor para ti. Incluso si te vas de esta vida sin entenderlo, lo entenderás más tarde, al otro lado del velo. No temas ¡Cree solamente!

LA VIDA Y LA MUERTE ESTÁN SUJETAS AL DESIGNIO DE DIOS

El día en que naciste, el cual era desconocido para tus padres cuando se enteraron de tu concepción, no era un misterio para Dios. Él sabía perfectamente bien cuando nacerías. El mismo principio es aplicable en relación a la muerte, y es que aunque yo no sé cuánto me queda de vida, Dios sí. La Biblia dice:

“El Señor da muerte y da vida; hace bajar al Seol y hace subir.” (1 Samuel 2:6).

También dice la Escritura:

“Vean ahora que Yo, Yo soy el Señor, y fuera de mí no hay dios. Yo hago morir y hago vivir. Yo hiero y Yo sano, y no hay quien pueda librar de mi mano.” (Deuteronomio 32:39).

El fin de mis días está dentro del decreto soberano de Dios. Me gusta pensar que Dios, el perfecto escritor de mi vida, ya escribió “el fin”. Él ya lo sabe. No le es un misterio. Puedo confiar que cuando venga mi hora, será cuando Dios lo haya designado, no antes ni después. Eso lo descubrí cuando un médico me dijo hace casi 15 años que moriría, que mi mal era incurable y que nada podría salvarme de cierta enfermedad. No conocía a Dios entonces (aunque yo creía que sí), pero afortunadamente Él sí me conocía a mi.

Al principio me frustré, me enfurecí y por cierto que blasfemé de mi suerte. Como muchos antes de mí, me rendí ante mi impotencia, acepté la realidad de mi próxima muerte, me acostumbré a la presencia de la misma y le dí la bienvenida como a una compañera. Ignoraba que Dios estaba obrando tras bambalinas. Que él guiaba mi historia a su feliz conclusión. Ignoraba que esa misma desgracia que entonces maldecía, sería la que me traería a los pies de Jesucristo en busca de esperanza, sanidad y salvación. Hoy, a varios años de ese día, puedo decir con total certeza: ¡La palabra definitiva sobre mi vida la tiene Dios, no el hombre! ¿Por qué lo sé? ¡Porque sigo vivo! ¡Porque Dios anuló la palabra de los médicos! Y porque, en vez de llamarme a la tumba ¡Dios me llamó al ministerio!

Sinceramente, me hace feliz saber que ni siquiera yo mismo controlo mi destino. Estoy muy agradecido por ello ¡Ni siquiera puedo imaginarme el desastre que sería mi vida si mi destino dependiera de mí! Ni siquiera el más poderoso de los hombres es dueño de su destino:

“Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place.” (Proverbios 21:1, LBLA)

Y por el hecho de que mi destino, tanto temporal como eterno, descansa en la sabiduría, el amor y la soberanía de Dios, yo puedo descansar pues:

“… Estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva.” (Filipenses 1:6, NTV)

HAY ESPERANZA PARA TÍ Y PARA MÍ

Mi amado hermano o amigo que lees esto: ¿Sientes que el enemigo te acecha como león rugiente para devorarte? No temas, sólo sé fiel y descansa en Dios, y mira lo que Él hará por ti. ¿Afrontas una situación difícil o una enfermedad incurable para el hombre? Que nada te robe la paz. Dios conoce tu situación, Él conoce el fin desde el principio. Tú no puedes ver en este momento cómo va a terminar todo, pero Dios ya estuvo en tu futuro y sabe lo que necesitarás a lo largo del camino y todo esto te servirá de preparación para cumplir con el destino que Dios ha planeado para ti.

No hay nada que tome por sorpresa a Dios. Camina en fe, porque lo que necesitarás te saldrá en el camino. Él conoce el fin desde el principio:

“Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:9-10, La Biblia de las Américas).

Si eres creyente, puedes descansar en que toda tu vida, desde tu nacimiento hasta tu muerte, descansa en las manos de Dios. Así que vive para Él, glorifica su nombre, y confía: Él está en control. Los planes que Dios tiene para nuestra vida son perfectos. Quizá en ocasiones no son lo que esperamos o lo que queremos, pero siguen siendo perfectos. Podemos confiar que en nuestra vida, Dios es soberano. Por lo tanto, no te amargas ante las circunstancias actuales que escapan de tu control.

No pienses que ese diagnóstico médico o esa sentencia de muerte es definitiva. Créeme, ¡Lo sé por experiencia! La mente del hombre puede intentar planear su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos (Proverbios 16:9, 19:21; 20:24; 21:30, 31). Pues aunque nosotros podamos planear, el hombre pueda decir, o el mismo diablo deseara poder decretar algo sobre nuestra vida, al final se hace la voluntad de Dios. ¡Y eso es algo bueno! ¡Esas son buenas noticias! ¿Por qué no descansas en Dios?

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo

El Dios de Calvino, autor del pecado

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En su intento por defender la soberanía de Dios a niveles antibíblicos, los calvinistas han creado un “dios” muy diferente del Dios de la Biblia. De hecho, la versión calvinista de Dios es, en muchos sentidos, el verdadero villano de la historia humana, no el diablo mismo. ¿Por qué? Porque el dios calvinista es el autor del mal, el diablo es apenas un pobre peón en este juego macabro y cruel, donde la libertad y el albedrío de los seres creados es pura ilusión.

Tales ideas erróneas sobre Dios son un producto natural de la doctrina calvinista de la predestinación, la cual no difiere en mucho del viejo fatalismo de los paganos. La doctrina de la predestinación se expresa claramente en el segundo punto del calvinismo: La elección incondicional. El autor calvinista John Piper define la elección incondicional de la siguiente manera:

“La elección incondicional es la elección libre de Dios antes de la creación, no en base a la fe prevista, otorgando fe y arrepentimiento a los traidores, perdonándolos, y adoptándolos en el seno de su familia eterna de gozo”.[1]

El concepto puedo sonar piadoso y hasta bíblico, pero está lejos de ser las buenas nuevas que presume ser. La denominada “elección incondicional” implica, en su aspecto positivo, que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo, previendo el pecado del hombre, a una multitud incontable de personas para salvarlas, no porque vio que creerían o consideró algo bueno en ellas, sino que lo hizo por amor y misericordia, según Su voluntad para alabanza de la gloria de Su gracia. El aspecto negativo de la misma suele pasarse por alto, ya que establece que Dios, en su soberanía, también ha determinado de antemano quienes serán condenados eternamente sin que puedan hacer algo para cambiarlo. La Confesión de Fe de Westminster (una declaración de fe calvinista) habla de este decreto eterno de Dios afirmando que:

III.- Por el decreto de Dios y para la manifestación de su gloria, algunos seres humanos y ángeles son predestinados y preordenados para vida eterna, y otros preordenados para muerte eterna.
IV.- Estos ángeles y también los seres humanos, así predestinados, y preordenados, están particular e inmutablemente designados, y su número es tan cierto y definido, que no se puede aumentar ni disminuir.
V.- A aquellos de la humanidad que están predestinados para vida, Dios, según su eterno e inmutable propósito, y el consejo secreto y beneplácito de su voluntad, los ha escogido en Cristo para gloria eterna, antes que fueran puestos los fundamentos del mundo, por su pura y libre gracia y amor, sin la previsión de la fe o buenas obras, o la perseverancia en ninguna de ellas, o de cualquier otra cosa que haya en las criaturas, como condiciones o causas que le muevan a ello, y todo para la alabanza de su gloriosa gracia.
VI.- Puesto que Dios ha designado a los elegidos para gloria, así también, por el eterno y más libre propósito de su voluntad, ha ordenado todos los medios para ello. Por lo tanto, los que son elegidos, estando caídos en Adán, son redimidos por Cristo, son eficazmente llamados a la fe en Cristo por su Espíritu que obra a su debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados y por su poder son guardados para salvación por medio de la fe. Ni hay otros que sean redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados, y salvados, sino solamente los elegidos.
VII.- Al resto de la humanidad, agradó a Dios pasarla por alto y destinarla para deshonra e ira por su pecado, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por la cual extiende o retiene misericordia como a Él le place para la gloria de su poder soberano sobre las criaturas, para la alabanza de su gloriosa justicia.[2]

¿Suena esto a buenas nuevas para los perdidos? ¡No lo creo! Los calvinistas, sin embargo, insisten que sí lo son. Y es que la elección incondicional es exigida por la visión distorsionada de la soberanía de Dios, que presenta el calvinismo.

MAL 7

LA LÓGICA DEMENTE DE LA TEOLOGÍA CALVINISTA

De acuerdo con la teología calvinista cada pensamiento, palabra y acción es decretada por Dios, incluyendo todo pecado. Esta perspectiva es irracional y no bíblica, pero para el calvinista es una base importante de su creencia. Como bien lo afirmara cierto autor calvinista:

“El total énfasis en la soberanía de Jehová Dios Todopoderoso es la verdad y la belleza del Calvinismo”[3]

Ciertamente, los calvinistas (en el peor y más amargo espíritu sectario) presumen de ser los únicos que entienden y defienden la soberanía de Dios. Otro escritor calvinista añade:

“Sólo el calvinismo… reconoce la soberanía absoluta de Dios”.[4]

Tal afirmación es falsa. Por el contrario, todos los cristianos creen que Dios es absolutamente soberano, pero muchos reconocen que la soberanía no es incompatible con la libertad de elección. Los arminianos afirmamos que Dios no es menos soberano porque Satanás y la humanidad se hayan rebelado y desobedezcan continuamente. A Dios, en su soberanía, le plació concederle a los ángeles y a los hombres la libertad para escoger. Dios no está detrás de todo lo que pasa como un maestro titiritero. De lo contrario, Él sería el responsable de todo mal y pecado en el mundo, pues si Dios ha predeterminado cada evento que ocurre, aún el pecado ha sido predeterminado por Él. Muchos teólogos calvinistas declaran, sin aparente sentido de contradicción ni culpa alguna que:

“Dios… ha preordenado… incluso el pecado”.[5]

Pero el hecho es que el pecado es rebelión contra Dios, así que difícilmente podría ser por voluntad de Él. Sin embargo, los calvinistas insisten en que:

“Cada evento está preordenado porque Dios es omnisciente… por lo tanto de todo lo que Dios dice, ‘así debe ser…’ ¿No deberían colgar sus cabezas en vergüenza los que dicen que Dios no preordena el mal?”.[6]

Dichos autores simplemente hacen eco de Calvino, quien dijo:

“Dios prevé las cosas que deben suceder, simplemente porque él ha decretado que estás van a suceder… es vano el debate sobre pre-conocimiento, porque está claro que todos los eventos toman lugar por el decreto soberano de Dios”.[7]

Siguiendo a su líder, muchos calvinistas mantienen que, si un solo evento puede ocurrir fuera de la soberanía de Dios, entonces no es totalmente soberano, y no podemos estar seguros de que se cumplirá su plan para las edades. ¿Cómo, entonces, pueden negar los calvinistas de hoy que el calvinismo enseña que Dios provoca el pecado? Esta teoría, como hemos visto, no se encuentra en las Escrituras, ni es razonable. Para ser libre de esta falsa creencia se necesita reconocer que existe una gran diferencia entre lo que Dios decreta y lo que permite, entre lo que Dios desea y lo que sus criaturas hacen en desobediencia a su voluntad y el rechazo de su amor. Eso, aparentemente, es imposible de entender para un calvinista.

MAL 2

EL EXTRAÑO DIOS DEL CALVINISMO

Como arminianos, pero sobre todo como creyentes en la Palabra de Dios, afirmamos que Dios es omnisciente, y sabe todo antes que suceda, y, por lo tanto, no puede suceder nada que Él no sepa. Sin embargo, para que nuestro Dios omnisciente lo sepa todo, claramente no es necesario que deba decretar y causarlo todo. El calvinismo, en contradicción con la Biblia y la razón, limita el pre-conocimiento, insistiendo en que Dios sabe solamente lo que él ha decretado; por lo tanto, para que Dios lo sepa todo, también debe ser el causante de todo, incluyendo de todos los males.

Sin que los calvinistas parezcan incomodarse por ello, la doctrina de la elección incondicional presupone que, como Dios es creador de todo y autor de la elección, también lo es de la maldad. Todo lo que ocurre ha sido decretado por Dios, no por la voluntad del hombre. La posición calvinista sostiene erróneamente que:

“El negar el pre-conocimiento de Dios es negar su omnisciencia… Pero hay que ir más lejos: no sólo vio su ojo omnisciente a Adán comer del fruto prohibido, sino que él lo decretó antes que lo hiciera”.[8]

En su afán por sostener ideologías religiosas humanas, los calvinistas olvidan que Dios está separado del universo. Él trasciende su creación, el tiempo y el espacio. Él observa desde fuera del tiempo; por lo tanto, su previo conocimiento del futuro deja al hombre libre para elegir. Para Dios no hay tiempo. Pasado, presente y futuro son significativos sólo para el hombre como parte de su existencia temporal en este universo físico. El conocimiento de Dios de lo que para él es un eterno presente no tendría efecto sobre lo que es para el hombre todavía futuro. Calvino mismo aceptó este punto de vista sin darse cuenta de su impacto devastador en su propia negación de la capacidad del hombre para tomar decisiones genuinas:

“Cuando atribuimos el pre-conocimiento a Dios, queremos decir… que para su conocimiento no existe pasado ni futuro, sino que todas las cosas están presentes y de hecho realmente las ve y contempla como un hecho que sucede bajo su inmediata inspección”.[9]

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TORCIENDO LA PALABRA DE DIOS DESDE EL GÉNESIS

La doctrina calvinista afrenta el carácter y la sabiduría de Dios. Pero eso no es todo, en su intento por sostener las doctrinas de herencia agustiniana enseñadas por Calvino, el calvinismo tergiversa la palabra de Dios para que encaje en su sistema teológico. El calvinismo razona que Dios, habiendo predestinado desde la eternidad pasada que Adán y Eva comieran del árbol del conocimiento, ¡Les prohíbe comer de él y así Él puede castigarlos por hacer lo que él pre-ordeno y causó que hicieran! Luego, por la elección incondicional, salva a un número selecto de sus descendientes para mostrar su gracia. Ese escenario increíble es contrario al carácter mismo de un Dios Santo y justo que “no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). Lejos de causar el pecado, Dios ni siquiera tienta al hombre a pecar. La palabra hebrea traducida como “tentar” es nacah y significa probar o demostrar, y no atraer al pecado.

Cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a Isaac, Él no estaba tentando a Abraham para cometer un asesinato, sino que estaba probando la fe y la obediencia de Abraham. Al sugerir que cada pensamiento de Abraham, palabra y acción ya habían sido predestinados por Dios, hace que la “prueba” de fe de Abraham no tenga sentido. Lo mismo sería válido para los cientos de veces que Dios puso a prueba la fe y la obediencia de los individuos y las naciones en la Biblia. Pedro declara que la prueba de su fe es “mucho más valiosa que el oro” (1 Pedro 1:7). ¿Cómo puede hablar de “su fe” Si la fe es de Dios? Y ¿cómo puede haber cualquier “prueba” significativa de ella si el hombre no tiene voluntad y todo ha sido predeterminado por Dios desde la eternidad pasada?

Dios no provocó ni predestinó la caída del hombre. Es más, Dios le dio a Adán y a Eva el mandato más fácil posible. De los muchos árboles del huerto del Edén ellos podían comer de cualquiera o de todos ellos, excepto uno (Génesis 2:16 – 17). Este mandato fue una prueba necesaria de obediencia y de amor por su creador. Dios estaba probando, y no tentando a sus criaturas. Pero este concepto del hombre recibiendo advertencia para no tentar a Dios y las pruebas de obediencia y fe, no tienen sentido si todo ha sido preordenado eternamente por Dios. Esta doctrina hace una burla de los alegatos de Dios a través de sus profetas para que el hombre se arrepintiera, y hace redundante el mismo evangelio. ¿Por qué suplicarle, advertir, o predicar a aquellos cuya respuesta ha sido preordenada desde la eternidad pasada?

El calvinismo se contradice a sí mismo, pues si el hombre es incapaz de ir en contra del decreto divino y está predestinado a hacer lo que Dios ya preestableció desde la eternidad para él ¿Cómo puede el hombre aún ser responsable por sus actos pecaminosos? Si por su decreto eterno, Dios ha predestinado al hombre cada pensamiento, palabra y acción, incluyendo las atrocidades más horrendas cometidas por los peores criminales de todo el mundo ¿Cómo puede juzgar al hombre haciéndolo responsable de lo que él mismo lo obligó a hacer? En el calvinismo, la rebelión del hombre es sólo la interpretación de lo que Dios ha determinado sobre la voluntad del hombre y esto se debe cumplir. Así que, según el calvinismo, el hombre no es un rebelde sino una marioneta. ¿Cómo puede ser condenado como rebelión pecaminosa contra la voluntad de Dios aquello que Dios mismo preordenó y causó? ¿Cómo es posible que sea desobediencia el hacer la voluntad de Dios? ¿Cómo podría Dios quejarse cuando el hombre hace lo que él le predestinó a hacer? Y ¿cómo podría el hombre entonces ser justamente castigado por hacer lo que no tiene ninguna capacidad de no hacer? Tal doctrina difama el Dios de amor y la justicia que se revela a la humanidad en las escrituras. En defensa del verdadero carácter de Dios, John Wesley argumentó razonable y bíblicamente:

“Dios no castigará a nadie por hacer algo que no pudo evitar; ni por algo que no podría omitir. Cada castigo supone que el agresor podría haber evitado el delito para el cual está siendo castigado. De lo contrario castigarlo sería palpablemente injusto e incompatible con el carácter de Dios”.[10]

Sorprendentemente, los calvinistas no ven la injusticia ni la contradicción en Dios pre-ordenando el pecado del hombre y luego castigándolo por lo que no pudo evitar hacer.

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ALTERANDO EL ORDO SALUTIS

Esta visión extrema de la soberanía y la predestinación se aplica a la salvación por la doctrina de la elección incondicional. Aunque la Biblia claramente enseña en varias ocasiones que la fe es la condición para la salvación, la elección incondicional del calvinismo ni siquiera permite fe para salvación. Dios simplemente decide salvar a algunos, llamados “los elegidos”, los regenera soberanamente y, solamente después de esto, les da fe para creer en Cristo mientras que maldice al resto de la humanidad por su eterno decreto. En otras palabras, el calvinismo coloca la regeneración antes del arrepentimiento y la fe en Cristo. Esto contradice la misma Biblia (Juan 1:12; Hechos 2:38; 3:18).

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CONCLUSIÓN

La perniciosa doctrina de la elección incondicional resta validez y sentido a las Escrituras. Por ejemplo, ¿Qué sentido tendría cumplir con la gran comisión si el número de los salvos ya está predeterminado por Dios y nada puede hacerse para cambiarlo? Sin embargo, las Escrituras y la conciencia imponen al hombre el deber de rescatar a todos los que sean posibles. Pero el calvinista insiste en que glorifica a Dios el rescatar sólo a un limitado grupo de elegidos caprichosamente. John MacArthur llama a los escogidos:

“Los elegidos de Dios para salvación”.[11]

Y afirma que Dios escoge condenar al resto de forma arbitraria. Según la mentalidad calvinista, esto muestra lo maravilloso que es Dios por salvar al menos unos pocos, causando así a los elegidos estar sumamente agradecidos. Con esto el calvinista intenta escapar a la pregunta de ¿Por qué Dios, ¿quién es amor, salva a tan pocos? El calvinista se conforma con afirmar, mediocremente, que la verdadera maravilla es que Dios salvara a alguno; pero esta no es una buena respuesta en lo absoluto. Es más, difama el carácter de Dios quien no quiere “que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Los Cánones de Dort establecen la parcialidad de Dios al afirmar lo siguiente:

“Que Dios, en el tiempo, a algunos conceda el don de la fe y a otros no, procede de Su eterno decreto. Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras, y: hace todas las cosas según el designio de su voluntad. Con arreglo a tal decreto ablanda, por pura gracia, el corazón de los predestinados, por obstinados que sean, y los inclina a creer; mientras que a aquellos que, según Su justo juicio, no son elegidos, los abandona a su maldad y obstinación…”[12]

Refiriéndose a esta declaración doctrinal del Sínodo de Dort el rey James de Inglaterra (cuyo legado es la Biblia King James en inglés), a pesar de que él no era Arminiano y mucho menos un “Santo”, expreso su repugnancia:

“Esta doctrina es tan horrible, que estoy convencido, que si hubiese un Consejo de espíritus inmundos reunidos en el infierno, y su príncipe fuera el diablo y se les pidiera su opinión sobre los medios más probables de agitar el odio de los hombres contra Dios su creador; nada podría ser inventado por ellos que fuera más eficaz para este propósito o que podría poner una mayor afrenta al amor de Dios para la humanidad que ese decreto infame del último Sínodo”[13]

Según la cosmovisión calvinista, Dios es un tirano cruel cuya antojadiza voluntad condena o salva a algunos por puro capricho. O peor aún, según la teología calvinista (ya sea que lo admitan o no), Dios finge ser bueno, misericordioso y justo mientras que, en realidad, es el autor de todo mal y desgracia que azota al universo por Él creado. Un erudito calvinista admitió desvergonzadamente que:

“Las dos tesis más inaceptables para el arminiano están en que Dios es la causa del pecado y que Dios es la causa de la salvación”.[14]

Los arminianos tenemos fuertes razones para no aceptar dichas tesis calvinistas. Para empezar, ambas tesis se contradicen, pero más importante aún, porque la Biblia firma lo contrario. La Biblia nos dice:

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1 Juan 1:5-7)
“Cuando alguien tenga una tentación, no diga que es tentado por Dios, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie. Uno es tentado cuando se deja llevar por un mal deseo que lo atrae y lo seduce.” (Santiago 1:13-14, PDT).

Nótese que en 1 Juan 1:7 no se nos dice que Dios es una luz, sino que Él es la luz. La luz es parte de su esencia, como lo es el amor (1 Juan 4:8). El mensaje es que Dios es sin reservas, completa y absolutamente santo, sin mezcla de pecado, sin contaminación de iniquidad y sin ningún indicio de injusticia. Por lo tanto, si Dios es luz y no hay maldad en Él, si Dios no es tentado por el mal ni Él tienta a nadie ¿Cómo pueden pensar los calvinistas que Dios es el autor del mal y quien pre-ordena, en su soberanía, todo acto humano, incluso el pecado? Dios no es el autor del mal.

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REFERENCIAS:

[1] John Piper, 5 Razones para abrazar la elección Incondicional; publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Sandra Merino.

[2] Confesión de Fe de Westminster, Capítulo 3, Secciones I-VII

[3] David J. Engelsma, Hyper-Calvinism and the Call of the Gospel; Grandville, MI: Reformed Free Publishing Association, 1980, 133

[4] Leonard J. Coppes, Are Five points Enough? the ten points of Calvinism; Denver CO: self-published, 1980, 15

[5] Edwin H. Palmer, the five points of calvinism (Grand Rapids, MI: Baker Books, enlarged ed., 20th prtg., 1999, 26.

[6] Gordon H. Clark, predestination (Phillipsburg, PA: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1987, 63–64.

[7] John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 6.

[8] Arthur W. Pink, the Sovereignty of God; Grand Rapids, MI: Baker Book House, 2nd prtg. 1986, 249.

[9] John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxi, 5.

[10] John Wesley, citado por Laurence M. Vance en “The Other Side of Calvinism”; Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed. 1999, 236.

[11] John MacArthur, The MacArthur Study Bible; Nashville, TN: Word Publishing, 1997, 1939.

[12] Cánones de Dort, 3:VI.

[13] King James I; in Jacobus Arminius, the Works of James Arminius, trans. James and William Nichols; Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1986, 1:213.

[14] Gordon H. Clark, Predestination; Phillipsburg, PA: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1987, 185.

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Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Aprendiendo a confiar en Dios

Por: Fernando E. Alvarado.

Confiar en Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando no podemos entender su voluntad para nosotros. Por eso necesitamos comprender que Dios responde a las oraciones de sus hijos solamente de dos maneras: provisión o protección. Si nos da lo que pedimos, es por su gran amor. Pero lo contrario también es cierto (y a menudo no nos damos cuenta): si el Señor no nos da lo que pedimos, entonces nos protege de ello. Debido a que Dios le da a sus hijos solo buenas dádivas, cada vez que retiene algo, podemos estar seguros de que no servía para su propósito final: conformarnos a la imagen de Cristo. A veces Dios no nos da las cosas que pedimos porque la cosa en sí es mala. Otras veces es debido al fruto podrido que traería a nuestras vidas, el dolor invisible que causaría, o las lecciones o la formación que nos quitaría. A veces, el “no” de Dios es por un tiempo, y al esperar, nos da lo que no hubiéramos obtenido si nos hubiera dado de inmediato lo que pedimos.

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A menudo, somos llamados a ser como la mujer de la parábola de Jesús que busca la justicia de un juez injusto, y debemos esperar en el Señor y ser persistentes en nuestro pedir (Lucas 18:1-8). Pero incluso en ese caso, Dios no es el juez injusto. En esos momentos, no aguanta hasta que nos arrastremos en súplica; más bien, en su tiempo providencial, nos forma y conforma hasta que estemos listos para recibir su respuesta, pues si bien es cierto que nuestro Dios es soberano y Él “hace lo que le place” (Salmo 115:3), su soberanía no es una regla fría y dura que no toma en cuenta el sentir del hombre. Y es que el amor de Dios gobierna la soberanía de Dios. En su bendita providencia Dios satisface las necesidades de su pueblo, de acuerdo con su amor por ellos.

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Sabiendo que Dios te cuida, no debes temer la pérdida, el dolor, o la muerte. Jesús, en Mateo 6:25–34, nos manda no estar “ansiosos por nada.” De hecho, Jesús nos invita a presenciar la providencia de Dios sobre la creación y allí ver su amor por nosotros, ya que si los pájaros no siembran, pero son alimentados (Mateo 6:26); si los lirios del campo no trabajan, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón (Mateo 6:28-29). ¿Qué no hará Dios por nosotros, que somos mucho más valiosos que ellos? Pues Dios no es solo nuestro Creador; sino nuestro Padre amoroso. Y Él sabe lo que necesitas. Su provisión no es arbitraria. Él no retiene las bendiciones para someter a sus hijos a una prueba cósmica de tolerancia al dolor. El Dios de la Providencia es nuestro Dios, y Él conoce nuestras necesidades. Él añadirá la provisión. ¿Confías en esta clase de Dios sabio, soberano y providente? ¿Qué tal si dejamos de ver la soberanía de Dios como el terrible martillo que nos golpea con su frialdad, o la voluntad caprichosa que a veces nos niega lo que más deseamos? ¿Por qué no verla, más bien, como la tierna almohada sobre la cual descansa nuestra paz y seguridad? Entonces aprenderemos “a conocer la voluntad de Dios… la cual es buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NTV).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Sufrimiento que obra para bien.

Por: Fernando E. Alvarado.

A nadie le gusta el sufrimiento ¿O sí? Vivimos en un mundo que ama las fiestas, la comodidad, el placer, la felicidad, el lujo y la prosperidad ¡Pero que jamás quisiera probar ni una sola gota de sufrimiento! Muchos “cristianos” incluso han creado su propio Evangelio para que les prediquen prosperidad, salud, bienestar y riqueza; pero ese es un falso Evangelio acorde con los intereses y cosmovisión del mundo. Detrás de él se esconde una falta de comprensión total sobre los propósitos y el modo de proceder de nuestro Dios. La verdad es está: Dios usa el sufrimiento para nuestro bien. Quizá nos cueste verlo así, pero es una convicción que calma nuestras mentes y anima nuestros corazones: de alguna manera Dios tiene su mano en nuestro sufrimiento. Cualquier circunstancia que experimentamos no viene sin la mano de Dios, así como una sierra no puede cortar sin la mano del carpintero. Job en su sufrimiento no dijo: “El Señor dio y el diablo quitó”, sino, “El Señor dio, y el Señor quitó”. El sufrimiento nunca viene a nuestro camino sin el propósito y providencia de Dios, y por eso, el sufrimiento es siempre significativo, nunca sin sentido.

Pero ¿De qué manera saca Dios algo bueno de nuestro sufrimiento? Quizá no lo hayas considerado antes, pero el sufrimiento es un excelente predicador y maestro. Un lecho de enfermo a menudo enseña más que un sermón, y el sufrimiento primero nos enseña acerca de nuestro pecado y pecaminosidad, pues tiene el talento de sacar a luz lo que verdaderamente hay en nuestros corazones. Moisés nos habla de esto mismo al afirmar: “el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos” (Deuteronomio 8:2, NVI). Si lo piensas bien, descubrirás que el sufrimiento nos enseña acerca de nosotros mismos, porque en tiempos de salud y prosperidad, cuando todo parece estar bien, es fácil alabar a Dios. Pero en el sufrimiento llegamos a ver la ingratitud y la rebelión real de nuestros corazones. En medio de la desgracia, muchos al igual que la mujer de Job, sacamos a relucir nuestra falta de conversión e ingratitud hacia Dios: “Su esposa le reprochó: —¿Todavía mantienes firme tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2:9, NVI)

La prosperidad y el bienestar son engañosos. Raras veces revelan lo que verdaderamente somos o el estado de nuestra relación con Dios. ¿Has visto la luna llena? ¡Hermosa en verdad! El plenilunio o luna llena es una fase lunar que sucede cuando nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el Sol y la Luna. Y aunque se ve hermosa y radiante, en ese momento la luna está más alejada del sol que en otras ocasiones (¡Nada menos que a 150,004,588 km de distancia!). Pero más allá de la distancia que los separa en ese momento, también hay algo que se interpone entre ella y su fuente de luz: el mundo. La Tierra se interpone entre ambos en ese momento. Del mismo modo, muchas personas en la luna llena de la prosperidad están más alejadas de Dios. Pero cuando Dios comienza a quitar nuestras comodidades mundanas, es entonces que nos encontramos con Él y hacemos la paz con Él. Hasta que el hijo pródigo padeció necesidad, volvió a la casa de su padre (Lucas 15:13), y hasta que la paloma no encontró ningún lugar para descansar, voló al arca (Génesis 8:9). Del mismo modo, cuando Dios trae una avalancha de sufrimiento sobre nosotros, es entonces que volamos al arca, a Cristo.

El sufrimiento nunca será algo agradable, pero el fruto que produce en aquellos que aman a Dios siempre será dulce, pues “sabemos que Dios obra en toda situación para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados por Dios de acuerdo a su propósito” (Romanos 8:28, PDT). Para otros, el sufrimiento será el único sermón que estarán dispuestos a escuchar, pero marcará el camino de vuelta a casa:

“Por eso, ahora voy a seducirla: me la llevaré al desierto y le hablaré con ternura. Allí le devolveré sus viñedos, y convertiré el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza. Allí me corresponderá, como en los días de su juventud, como en el día en que salió de Egipto. »En aquel día —afirma el Señor—, ya no me llamarás: “mi señor”, sino que me dirás: “esposo mío”. Te quitaré de los labios el nombre de tus falsos dioses, y nunca más volverás a invocarlos. Aquel día haré en tu favor un pacto con los animales del campo,
con las aves de los cielos y con los reptiles de la tierra. Eliminaré del país arcos, espadas y guerra, para que todos duerman seguros. Yo te haré mi esposa para siempre, y te daré como dote el derecho y la justicia, el amor y la compasión.” (Oseas 2:14-19, NVI).