Culto a los Muertos, Paganismo, Satanismo, Sincretismo, Tradiciones, Vida Cristiana, Vida Espiritual

La Biblia y el culto a la muerte

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Antes de proseguir con este artículo quiere aclarar algo: No es mi intención herir susceptibilidades. Ofrezco esta respuesta en un espíritu de mansedumbre y respeto, orando que pueda advertir a los demás y equipar a los cristianos, para que puedan ser capaces de responder a aquellos sin esperanza y sin Cristo en el mundo (Efesios 2:12), cuando ellos nos piden dar una razón de la esperanza que está en nosotros (1 Pedro 3:15).

El Día de los Muertos es una fiesta celebrada en México, Centroamérica, regiones de Sudamérica, y por los latinoamericanos que viven en los Estados Unidos y Canadá. Esta fiesta existe en conexión con las fiestas católicas que caen en el 1 y 2 de noviembre, el Día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos. En el Día de los Muertos (que no es otra cosa que culto a los muertos) los amigos y familiares de los fallecidos se reúnen para orar por ellos y llevar a la tumba del difunto comidas favoritas. En México, se elaboran las tradicionales “calaveras de azúcar ” y el “pan de la muerte.” Se crean altares privados en honor de los difuntos y se da homenaje a ellos.

¿CÓMO EMPEZÓ ESTA TRADICIÓN?

Los orígenes de esta fiesta han sido trazados hace miles de años a un festival azteca dedicada a una diosa llamada Mictecacihuatl. Aunque muchos de los que celebran el Día de los Muertos se llaman cristianos, no hay nada cristiano en tales prácticas. La celebración del Día de los Muertos por los paganos es una cosa, pero para los cristianos participar en ella, o tolerarla, no es compatible con la enseñanza bíblica. La fuerza que impulsa a la gente a participar en este evento es la falsa idea de que por medio de sus rituales y prácticas, ellos pueden comunicarse con sus familiares queridos difuntos, que ellos creen que participan en estas ceremonias. Esto simplemente no es verdad.

Bíblicamente, hay un sólo “día” más que los muertos no arrepentidos pueden estar seguros de anticipar: el día en que se presentarán delante de Dios para el juicio final (Apocalipsis 20:11-15). Cuando un alma pasa a la eternidad, o bien entra en la bendita presencia del Señor, o sigue a la espera del juicio final antes de ser echado al infierno eterno. La Biblia dice que:

“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Esto simple y claramente quiere decir que cuando una persona muere, el cuerpo se desintegra al polvo, pero el alma permanece consciente en el estado en que se habitará por toda la eternidad, ya sea la condenación en el infierno o la gloria eterna con Dios.

En el evangelio de Lucas, Jesús enseñó que Dios ha establecido un abismo infranqueable entre los que están en el cielo y los que están en tormento (Lucas 16:26). La palabra griega traducida “puesta” significa establecer o hacer firme. Cada alma que muere sin Cristo ha perdido toda esperanza. Los muertos no arrepentidos enfrentan una eternidad de sufrimiento indescriptible, la destrucción eterna, lejos de la presencia del Dios y la gloria de su poder. Jesús mismo dijo:

“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46)

Antes de morir, los no arrepentidos disfrutan de la “gracia común” que Dios concede a todas las personas, buenas y malas. Experimentan los olores, sabores y sonidos de la vida; ellos pueden experimentar el amor y otras alegrías que forman parte de la vida. Pero el momento en que mueren sin Cristo, están aislados de tales bendiciones comunes para siempre. Tal como el pasaje citado arriba enseña, después de la muerte viene el juicio.

¿QUÉ PASA CON LOS MUERTOS?

Además de la descomposición del cuerpo que sigue a la muerte (el cuerpo físico vuelve a sus elementos físicos constitutivos: “…porque tú eres polvo y al polvo volverás…” (Génesis 3:19), cualquier otra empresa terrenal termina, y no puede haber más participación en las cosas de la vida (Eclesiastés 9:10). Los muertos no tienen sabiduría que ofrecer a quienes les consultan en el Día de los Muertos, ni son capaces de escuchar o responder a las oraciones que se les ofrece. En el Día de los Muertos, cada celebrante que invoca las almas de los difuntos se involucra en un pecado abominable y sin sentido por completo (Deuteronomio 18:10-12). Sólo Uno es digno y lo suficientemente poderoso como para llamar a los muertos; Él llamará a unos a la resurrección de vida y a otros a resurrección de condenación (Juan 5: 28-29).

Los que han muerto en Cristo pasan inmediatamente a la presencia del Señor. La muerte es sin duda gravosa a los que no tienen esperanza, que están sin Cristo (1 Tesalonicenses 4:13). No obstante, el que conoce al Señor se siente alentado por el conocimiento que así como Jesús murió y resucitó, así también, a través de Jesús, también traerá Dios con Jesús a los que duermen. Porque el mismo Señor Jesús:

“Descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor…”(1 Tesalonicenses 4:16-18)

¡Esta es la verdad real! La Palabra de Dios nos advierte que no consultemos a espíritus y adivinos en Isaías 8:19:

“¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?”

Deuteronomio 18:10-11 nos dice que aquellos que consultan a los muertos son “abominables” delante del Señor. El hecho de que la UNESCO ha declarado el Día de los Muertos una “obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad” no altera el hecho de que, de acuerdo con las normas bíblicas, los cristianos no deben tener nada que ver con esos mitos (1 Timoteo 4:7, 1:4). Según la UNESCO, las diversas manifestaciones del Día de los Muertos son “representaciones importantes del patrimonio vivo de América y el mundo”; sin embargo, con todo respeto debemos declarar las razones bíblicas por qué esta celebración tradicional es espiritualmente dañina y ofensiva.

¿QUÉ DEBEMOS HACER LOS CRISTIANOS?

Cuando cualquier tradición o costumbre es contraria a la voluntad de Dios expresada en su Palabra, no puede haber ninguna justificación para honrar y preservar la misma. De hecho, aquellos que lo hacen son tontamente provocando la ira de Dios (2 Crónicas 33:6). Como ya hemos visto, la Biblia nos advierte no consultar (o dar audiencia) a los muertos, como ocurre a menudo en el Día de los Muertos. En pocas palabras, el pueblo de Dios debe separarse de tales prácticas pecaminosas, como se hace en el Día de los Muertos, y así evitar la ira que vendrá sobre aquellos que las hacen (Apocalipsis 18:4).

La misión principal de la iglesia es alcanzar a cada grupo étnico y cultura, y hacer discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que Cristo mandó (Mateo 28:19-20), hasta que cada miembro del cuerpo de Cristo se ha conformado a la imagen del Señor Jesús (Gálatas 4:19). Y mientras que haríamos bien en seguir el ejemplo del apóstol, convirtiéndose en todo para todo el pueblo, para que por todos los medios podamos salvar a algunos, esto no quiere decir que cambiemos el mensaje (el evangelio). Más bien, nos humillamos y confiamos en que Dios va a usar su Palabra no diluida para que la bendición de la salvación alcance a aquellos fuera de la fe (1 Corintios 9:22-23).

Nosotros no nos permitimos una alteración creativa del evangelio para eliminar sus aspectos de confrontación, pero lo presentamos en su pureza, aunque sabemos que esto invariablemente ofenderá a algunos, y estos pueden acusar al evangelista veraz de ser intolerante. Esto no es sorprendente porque el Evangelio ha sido siempre una piedra de tropiezo para muchos. El Día de los Muertos está en contraste con el evangelio de verdad que se encuentra en las Escrituras. Como tal, se lo debe evitar como una manifestación más de las mentiras de Satanás, que ronda “como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

EVITANDO SER COMO TODOS LOS PUEBLOS

¿Es permisible que, como creyentes, participemos en actividades relacionadas con el Día de los Muertos, o deberíamos evitarlo por completo? En primer lugar, los creyentes deben evitar cualquier actividad que esté prohibida en la Escritura. Consecuentemente, deben abstenerse de cualquier cosa que tenga un aire de inmoralidad, libertinaje o adoración satánica.

Ya que la Escritura claramente prohibe estas cosas, los cristianos no deberían fomentar nada que promueva o induzca a este comportamiento. Como creyentes, estamos llamados a huir de hechos pecaminosos, no a deleitarnos en ellos. Así que cualquier actividad o fiesta que celebre tales cosas debería ser evitado por completo. Un ejemplo claro en la Escritura es Efesios 5:8-12:

“Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”

La Escritura claramente dicta: Huyan de toda idolatría e inmoralidad (Romanos 13:12-14, Gálatas 5:19-21, Efesios 5:18, 1 Tesalonisenses 1:9, 4:3-8, 1 Pedro 4:3-6). Debemos notar que como creyentes no compartimos la misma fascinación morbosa por la muerte, porque en Cristo hemos sido libertados de la esclavitud de tales cosas (Hebreos 2:15). Consecuentemente, los cristianos no deberían unirse con nuestra sociedad incrédula en celebrar motivos macabros. Aún más, el interés cultural por lo espeluznante y la muerte, insensibiliza los corazones y desvía la atención de lo que es verdaderamente aterrador: el juicio de Dios que le espera a todo aquel que muere sin Cristo (Hebreos 9:27, 10:31).

¿CUESTIÓN DE CONCIENCIA?

Muchos quizá argumenten que el Día de los Muertos no se menciona explícitamente en la Biblia y que, por lo tanto, no hay pecado alguno en su celebración en tanto no se incurra en prácticas de tipo pagano o espiritista. Para muchos quizá sólo se trate de un día de recordación de sus seres queridos que han muerto y reuniones de carácter familiar. Sin embargo, cuando tratamos con aspectos no prohibidos explícitamente en la Escritura, los cristianos deben aplicar principios bíblicos para poder tomar decisiones sabias y piadosas. Dos de los lugares en donde podemos encontrar este tipo de principios son pasajes como Romanos 14-15 y 1 Corintios 8-10, en donde el apóstol Pablo da instrucciones a aquellos que se preguntaban si era correcto que un creyente comiese de lo ofrecido a ídolos. Estos principios por lo general son tratados bajo la categoría de libertad cristiana. Aunque la situación no es exactamente la misma, los principios que Pablo articula en estos pasajes nos proveen con un paradigma para saber cómo aplicar sabiduría bíblica en situaciones similares.

Al tomar este tipo de decisiones, debemos hacernos las siguientes tres preguntas:

(I.- Si participo en esta actividad, ¿Deshonro a Cristo? En 1 Corintios 10:31 Pablo escribe: “…Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios…” Las implicaciones de este versículo son universales y totales. Dicho de manera negativa, los cristianos no deben participar en cualquier cosa que deshonre o reproche el nombre de Cristo. Dicho de manera positiva, los creyentes deben hacer sólo aquello que puede ser hecho para la gloria de Dios. No solamente deberíamos intentar evitar el desapruebo de Dios, pero deberíamos activamente buscar complacerle en todo lo que hacemos (2 Corintios 5:9). Consecuentemente, al pensar en cómo lidiar con éste o cualquier otro día festivo, tenemos que buscar oportunidades de servir al Señor y avanzar la verdad de su evangelio.

(II.- Si participo en esta actividad, ¿Violo mi propia conciencia? En estos mismos capítulos, Pablo presenta claramente que si violamos nuestras propias conciencias cometemos pecado (Romanos 14:22-23, 1 Corintios 8:7). Así que si alguna actividad viola la conciencia de una persona, aún si la misma fuese aceptable para algunos creyentes, tal persona debería evitarla.

(III.- Si participo en esta actividad, ¿Estoy tentando a algún hermano en Cristo a pecar? Pablo nos recuerda que los creyentes deben tener cuidado al practicar su libertad en Cristo para no causar que un hermano o hermana tropiece (1 Corintios 8:12-13). En otras palabras, debemos tener en mente que existen otros cristianos que pueden tener conciencias más sensibles, y por lo tanto debemos evitar ponerles en situaciones que pudieran causar que cometan pecado al violar su conciencia.

CONSIDERACIONES FINALES

Entonces ¿Tenemos los cristianos evangélicos algo que ver con estas fiestas? ¡Absolutamente nada! La Conmemoración a los Fieles Difuntos, o Día de Muertos, es una celebración sincrética (combinación de catolicismo y paganismo) que se realiza el 2 de noviembre complementando al Día de Todos los Santos (celebrado el 1 de noviembre), cuyo objetivo es orar por aquellos fieles católicos que han acabado su vida terrenal y, especialmente, por aquellos que, supuestamente, se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio. La celebración de esta fiesta dedicada a los difuntos persigue, en la mayoría de las culturas, el objetivo de apaciguar a los muertos más recientes que vagan aún por la tierra sin encontrar el lugar de reposo. La misma Enciclopedia Católica reconoce:

“El Día de los Difuntos […] es el día designado en la Iglesia Católica hispana para la conmemoración de los difuntos fieles. La celebración se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no han sido limpiadas de pecados veniales, o que no han hecho expiación por transgresiones del pasado, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que se les puede ayudar a alcanzarla por rezos y por el sacrificio de la misa. […] Ciertas creencias populares relacionadas con el Día de los Difuntos son de origen pagano y de antigüedad inmemorial. Así sucede que los campesinos de muchos países católicos creen que en la noche de los Difuntos los muertos vuelven a las casas donde antes habían vivido y participan de la comida de los vivientes” [1]

The American Encyclopedia dice:

“Elementos de las costumbres relacionadas con la víspera del Día de Todos los Santos se remontan a una ceremonia druídica de tiempos precristianos. Los celtas tenían fiestas para dos dioses principales… un dios solar y un dios de los muertos (llamado Samhain), la fiesta del cual se celebraba el 1 de noviembre, el comienzo del año nuevo celta. La fiesta de los difuntos fue gradualmente incorporada en el ritual cristiano” [2]

El libro The Worship of the Dead (La adoración de los difuntos) señala el origen oscuro de esta festividad al decir:

“Las mitologías de todas las naciones antiguas están entretejidas con los sucesos del Diluvio […] El vigor de este argumento está ilustrado por el hecho de que una gran fiesta de los muertos en conmemoración de ese acontecimiento se observa, no solo en naciones que más o menos se encuentran en comunicación entre sí, sino también en otras extensamente distanciadas, tanto por el océano como por siglos de tiempo. Además, todos celebran esta fiesta más o menos el mismísimo día en que, de acuerdo con el relato mosaico, tuvo lugar el Diluvio, a saber, el decimoséptimo día del segundo mes… el mes que casi corresponde con nuestro noviembre”

¿Qué debemos concluir entonces acerca de esta fiesta? ¿Debemos celebrarla los cristianos? No lo considero correcto, al menos no bíblicamente. Principalmente debido a sus orígenes paganos y su conmemoración de la herejía y la muerte de los perversos en el Diluvio.

REFERENCIAS:

[1] Enciclopedia Católica, Tomo I, pág. 709.

[2] The American Encyclopedia, Tomo XIII, pág. 725.

[3] Colonel J. Garnier, The Worship of the Dead (1904), pág. 4.

Navidad

Los Pentecostales y la Navidad.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Se acerca la Navidad y con ella los mensajes, sermones y publicaciones de cristianos que sostienen que celebrarla es antibíblico y anticristiano. Año con año leemos y escuchamos afirmaciones de personas convencidas, y que buscan convencer a otros, acerca de que la Navidad es una fiesta pagana. Dependiendo de su credo, su origen cultural y sus emociones, la Navidad será vista de forma positiva o negativa. Los pentecostales no somos ajenos a estas discusiones. De hecho, estamos en el centro de este interminable e inútil debate sobre la Navidad.

De todos es bien sabido que algunas iglesias evangélicas, mayormente pentecostales, tienden a creer que la Navidad es una fiesta pagana o un invento de la Iglesia Católica. Esto ha llevado a muchas de estas iglesias a dejar de celebrarla o incluso a oponerse de forma agresiva a su celebración. Sin embargo, la Navidad no es una fiesta pagana, sino el acontecimiento más importante para la Cristiandad y para la Humanidad entera.

 

LA NAVIDAD: ANTES Y DESPÚES DE ROMA.

El nacimiento de Cristo era celebrado por las iglesias primitivas orientales, antes que por la de Roma. No existe evidencia alguna de la fecha de nacimiento de Cristo, pero antes del siglo IV, el 6 de enero, en Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Armenia y otras regiones, las iglesias orientales, celebraban la Epifanía: ‘Hagia Phota’, ‘La Santa Luz’, Dios manifestado al Mundo, es decir, la Navidad o nacimiento de Cristo, su presentación en el templo y la visita de los ‘magos’.

La iglesia de Roma comenzó a celebrar el nacimiento de Cristo a principios del siglo IV, mucho después que las iglesias orientales, estando ya cristianizado el Imperio por Constantino. La fecha de la Navidad, sin embargo, fue transferida del 6 de enero al 25 de diciembre. El cambio de fecha obedecía en parte al cambio de calendario: En el año 46 a.C., el Emperador Julio César cambió el calendario romano por el juliano. Más adelante, en el siglo VI, el calendario juliano fue cambiado o corregido por el papa Gregorio III. En el calendario juliano, durante el siglo IV, la Encarnación de Cristo (el día en que Jesús fue concebido en el vientre de María) se suponía el 7 de abril, por lo que el alumbramiento, 9 meses después, se suponía el 6 de enero. De ahí la celebración de la Epifanía el 6 de enero por las iglesias orientales. En el calendario gregoriano, a la encarnación del Señor y la anunciación del ángel a María se le asignó la fecha del 25 de marzo, quedando el 25 de diciembre como la fecha supuesta del nacimiento de Cristo y, de esta manera, justificando la celebración del nacimiento del Salvador el 25 de diciembre, fecha cercana a la festividad dedicada, originalmente, a honrar el nacimiento de una deidad pagana, el Invencible Dios Sol (Deus Sol Invictus), título religioso aplicado al menos a tres divinidades distintas durante el imperio romano: El-Gabal (Elagabal o Elagabalus, una antigua deidad siria, cuyo culto llegó a Roma durante el reinado del emperador Heliogábalo, a principios del s. III d.C.), Mitra (dios persa del sol) y Helios (la personificación del sol en la cultura griega). En dicha fiesta se hacían ofrendas al sol y a otras divinidades paganas que lo representaban.

La Iglesia de Roma conservó la celebración de la Epifanía el 6 de enero, pero solamente como la visitación y adoración a Jesús, de los ‘magos’. Probablemente, para atraer a los paganos y así transformar sus fiestas en la celebración cristiana del nacimiento de Cristo, la iglesia de Roma escogió el solsticio de invierno, época en que, además de la fiesta en honor al sol, había otros importantes ‘carnavales’ romanos: las Saturnales, en honor a Saturno, dios de la agricultura, y las Calendas, banquetes en honor a los muertos, incluidas las parcas, tres diosas que personificaban el destino y que manejaban el hilo de la vida y de la muerte. Estos festivales eran bacanales y orgías desenfrenadas. Las saturnales se celebraban del 17 al 23 de diciembre, a la luz de velas y antorchas.

Las iglesias orientales desaprobaron el cambio hecho por la de Roma y la tacharon de idólatra y pagana, que fue realmente en lo que se transformó esta iglesia, ya que, en vez de cambiar la mentalidad y costumbres paganas de los romanos y conducirlos a Cristo, llevó la idolatría y el paganismo a la iglesia, lo cual perdura hasta el día de hoy, al igual que su conocido sincretismo. La Navidad fue recogiendo símbolos de todas partes del mundo: el árbol, de Alemania, que se dice reemplaza los robles de Odín (mitología nórdica, vikinga); las guirnaldas de las saturnales romanas; el muérdago de los druidas; el acebo de los sajones; elementos que aún perduran en los belenes españoles y en las posadas y pesebres de países hispanos, además de luces, regalos y adornos de todo tipo, para realzar la celebración.

 

LA NAVIDAD EN EL MUNDO PROTESTANTE.

La Reforma Protestante trajo consigo una diversidad de opiniones acerca de la Navidad. De hecho, los tres principales reformadores protestantes (Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino) tenían perspectivas diferentes en cuanto a la celebración de la Navidad que siguen con nosotros hasta el día de hoy.

A Lutero, el más fogoso y carismático de los reformadores, le encantó celebrar la Navidad y predicó muchas veces sobre el nacimiento de Cristo cuando se acercaba el 25 de diciembre. Puesto que Lutero se aferró al principio normativo en la adoración, esto es, que se acepta todo lo que la Escritura no prohíbe, el alemán se sintió enteramente justificado a la hora de celebrar la encarnación de manera especial una vez al año. Lejos de gastar su tiempo en discusiones estériles sobre la fecha o el origen de la Navidad, Lutero aprovechó las fechas especiales para dar a conocer las buenas nuevas del Evangelio. De hecho, en su famoso sermón ‘Un niño nos es nacido’ (predicado el día 26 de diciembre, 1531) Lutero hizo hincapié en la perfecta justicia de Cristo, la cual nos salva a través de la sola fe en su Evangelio. Este, para Lutero, era el verdadero mensaje de la Navidad.

Martín Lutero jugó también un papel importante en la instauración de otra tradición navideña: El árbol de navidad. Aunque el primer árbol de Navidad en la historia moderna fue erigido en una plaza pública en la ciudad de Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510, la tradición del árbol de Navidad dentro del protestantismo data del Siglo XVI, cuando Martín Lutero decoró con luces por primera vez un árbol dentro de su hogar.

Pero no todos los reformadores pensaron como Lutero. Al otro lado del espectro evangélico estuvo Ulrico Zuinglio. Sin lugar a duda Zuinglio era el más radical de los tres reformadores magistrales; no obstante, los protestantes más radicales (los anabaptistas) acabaron apartándose del reformador de Zúrich por dos razones: Zuinglio seguía bautizando a los niños y no creyó que la Iglesia tuviese que ser independiente del Estado. Zuinglio rechazó todos los días festivos eclesiásticos en Zúrich (Van Dellen, Idzerd y Monsma, Martin, The Church Order Commentary; Grand Rapids: Zondervan, 1941, p. 273. Citado en Williams, G.I., ¿Is Christmas Scriptural?).

Dado que Zuinglio creyó en el principio regulativo de la adoración, a saber, la idea de que las iglesias deben hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que hagan, se opuso a cualquier celebración que no fuese explícitamente mencionada en el texto bíblico. Fue esa misma convicción tocante al principio regulativo la que llevó a los presbiterianos escoceses y a los puritanos ingleses a rehusar celebrar la Navidad. De hecho, mientras el protestante Oliver Cromwell sirvió como Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda entre 1653-58, llegó a prohibir la Navidad a nivel nacional.

Juan Calvino asumió una posición intermedia. Aunque Calvino aceptase el principio regulativo de Zuinglio y no el principio normativo de Lutero, creía que cada congregación local podía determinar cómo mejor celebrar (o no celebrar) la Navidad. A pesar de que algunos aseveren que Calvino se opuso a la Navidad, el reformador escribió dos cartas específicas (enero 1551 y marzo 1555) para aclarar su postura al respecto. En la carta de enero 1551, explica que las autoridades de Ginebra ya habían abolido la celebración de los días festivos antes de que él llegara a la ciudad. Y dice en términos explícitos que él mismo –a nivel personal- sí celebró “el nacimiento de Cristo”. En la segunda carta, Calvino se opone a aquéllos que critican a ciertas iglesias que deciden conmemorar fechas especiales. Según el francés, estas cuestiones son “asuntos de indiferencia”. Cada iglesia puede tomar la decisión que sea después de haber meditado sobre el tema. En otras palabras, una iglesia tiene libertad en Cristo para celebrar la Navidad o para no celebrarla. Pero no tiene porqué meterse con otras congregaciones que hacen lo contrario (Selected Works of John Calvin, Tracts and Letters’ (Henry Beveridge and Jules Bonnet, ed.), Vol. 6, Letters, Part 3, 1554-1558, pp. pp. 162-169).

Estas tres corrientes siguen con el pueblo evangélico hasta el día de hoy. Así que no hay ninguna postura rotundamente evangélica en cuanto a la Navidad. La postura de Calvino, sin embargo, parece la más madura, sensata y pastoral y la más afín a las palabras del apóstol Pablo: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace” (Romanos 14:5-6).

 

VERDADES Y MITOS SOBRE LA NAVIDAD.

La polémica de si los cristianos deben celebrar la Navidad, o no, ha estado en discusión por siglos. Hay cristianos dedicados y sinceros en ambos lados del dilema, cada uno con múltiples razones del porque o por qué no se debe celebrar la Navidad en los hogares cristianos. Analicemos bíblicamente las razones por las que algunos cristianos no celebran la Navidad.

 

Razón # 1:

Las tradiciones que rodean esta festividad tienen su origen en el paganismo.

 Una razón contra la celebración de la Navidad es que las tradiciones que rodean esta festividad tienen su origen en el paganismo. La búsqueda de la información sobre este tema es difícil porque los orígenes de muchas de nuestras tradiciones son tan oscuros que sus fuentes de información a menudo se contradicen entre ellas. Campanas, velas, muérdago y otras decoraciones se mencionan en la historia del culto pagano, pero el uso de estas en el hogar ciertamente no indica retornar al paganismo.

Es innegable confesar que antes de la conversión de Constantino al cristianismo en el siglo IV los romanos pasaban una semana adorando a Saturno de manera inmoral durante el festival de Saturnalia (que comenzaba el 17 de diciembre). La celebración era seguida por el culto al “Sol Invicto” para así coincidir (más o menos) con el solsticio de invierno el 25 de diciembre. Pero cuando al cristianismo se le dio una nueva esfera de influencia en el Imperio Romano gracias a Constantino, la Iglesia trató de distanciarse de cualquier clase de paganismo. Esta fue la razón por la cual los cristianos decidieron adorar al Sol de justicia (esto es, Jesucristo) en lugar de al Sol Invicto (Malaquías 4:2). La celebración de la bondad de Dios al enviar a Jesús a la tierra marcó a los creyentes como un pueblo santo, quienes se diferenciaron de la tradición pagana. Por lo tanto, cualquier reclamo contemporáneo que proponga que la conmemoración de la Iglesia de la encarnación se originó en el paganismo es totalmente falso. De hecho, la razón por la que la Iglesia decidió adorar a Jesús por su nacimiento el 25 de diciembre era precisamente para alejarse del paganismo. Si los paganos optan por adorar a sus falsos dioses en el día de Navidad, pueden hacerlo. Pero los cristianos siempre se han negado a inclinarse ante el sol. Ellos adoran al Dios Uno y Trino el 25 de diciembre para recordar la obra de la salvación eterna. En resumen, el día de Navidad, como lo celebraban los cristianos, no tiene nada que ver con el paganismo. Es un día libre de paganismo en el corazón de los verdaderos hijos de Dios. No hay ninguna base para la objeción histórica a la celebración de la Navidad.

Mientras que hay definitivamente raíces paganas en algunas tradiciones, hay muchas más asociadas con el verdadero significado de la Navidad – el nacimiento del Salvador del mundo en Belén. Campanas que tañen para anunciar las buenas nuevas, velas que se encienden para recordarnos que Cristo es la Luz del Mundo (Juan 1:4-9), una estrella que se coloca en la punta del árbol para conmemorar la estrella de Belén y regalos que se intercambian para recordarnos los obsequios de los reyes magos a Jesús, el más grande regalo de Dios a la humanidad.

Hay una falla más en este argumento. Si de evitar aquello cuyo origen es pagano se trata, todos los cristianos estarían pecando en mayor o menor grado. Es más, tendrían de abandonar por completo la sociedad como la conocen. Por ejemplo:

 

  • Deberíamos cambiarle nombre a los días de la semana, ya que evocan la adoración de dioses paganos. El día que en español llamamos domingo era originalmente llamado “dies Solis” por los romanos, y aún hoy es nombrado Sunday (día del Sol) en inglés, recordándonos la dedicación de dicho día al sol. Con la llegada del cristianismo, el antiguo día del sol fue renombrado a “die Domini”, día del Señor, santificando un día pagano y dándole un nuevo significado cristiano (justamente lo mismo que se hizo con la Navidad. No obstante, pocos pensarían en satanizar actualmente el domingo debido a su origen pagano, ya que se ha convertido en el principal día de adoración de la cristiandad en general. Lo mismo podemos decir de los otros días: Lunes (Llamado dies Lunae -día de la Luna- por los romanos, ya que honraba a la diosa Selene); Martes (Dies Martis, dedicado a Marte, el dios de la Guerra); Miércoles (Dies Mercurii, dedicado a Mercurio, el dios mensajero. Era muy normal que en este día se anunciaran decisiones y problemas a la familia); Jueves (Este día era conocido por los romanos como dies Jovis y representaba al dios Júpiter o Zeus); Viernes (dies Veneris, dedicado a la diosa del amor Venus); Sábado (Dies Saturni, día en honor al dios Saturno -Cronos para los griegos).

 

  • Algunos meses del año necesitarían ser renombrados:
  1. Enero – IANVARIVS: Toma su nombre del dios bicéfalo Janus. Este era el Dios de las puertas, portones, principios y finales -razón por la cual se lo ve representado en tantas puertas-. Como Enero es el mes que abre el año se honró a dicho Dios nombrando al mes que abre el año.
  2. Febrero – FEBRVUARIVS: Proviene de la palabra en Latín “Februare”, la cual nace de Februo, que significa “limpiarse”. Este mes fue nombrado de esta manera ya que en Febrero los romanos realizaban ciertos ritos religiosos, dedicados a Plutón, que tenían una finalidad de conseguir pureza.
  • Marzo – MARTIVS: Marzo era el primer mes del Calendario Romano antiguo y era nombrado en honor a Marte el dios de la Guerra. Esto era porque en este mes se planeaban todas las campañas militares que tendrían lugar tras el transcurso del año.
  1. Abril – APRILIS: Proviene de “aperio”, que significa abrir. Se dio este nombre a dicho mes ya que en Abril es cuando las plantas comienzan a florecer -ubicándonos en la geografía de Italia. Sin embargo, un gran número de estudiosos señala que también puede estar tomado de los griegos que lo dedicaban a la diosa Afrodita.
  2. Mayo – MAIVS: Proviene de la diosa Maia, una de las diosas más ancianas de Roma que también era la diosa de la primavera. Los sacrificios a Maia, madre, Tierra, se ofrecían el primero de Mayo.
  3. Junio – IVNONIVS: Nombrado en honor a la Diosa Juno, Diosa del matrimonio y una de las más poderosas figuras del Olimpo.

 

  • La celebración de cumpleaños debería ser prohibida: Las varias costumbres que la gente observa hoy día al celebrar sus cumpleaños se remontan a mucho tiempo atrás en la historia. Nacen dentro del dominio de la magia, la astrología y la superstición. En la antigüedad, las costumbres de felicitar, dar regalos y hacer una fiesta con las velas encendidas que la completan, tenían el propósito de proteger de los demonios al que celebraba su cumpleaños, y de garantizar su seguridad durante el año entrante. La costumbre de rodear la tarta o pastel con velas viene de la antigüedad. El círculo de velas formaba parte de un ritual que protegía al homenajeado de los malos espíritus durante un año.

 

  • El día de las madres debería ser abolido: esta festividad tiene también un origen pagano. Los romanos llamaron a esta celebración Hilaria cuando la adquirieron de los griegos. Se celebraba el 15 de marzo en el templo de Cibeles o templo de Magna Mater, el cual fue un templo del monte Palatino en Roma dedicado a Cibeles, una diosa frigia, identificada como la personificación de la fértil tierra, una diosa de las cavernas y las montañas, murallas y fortalezas, de la naturaleza y los animales (especialmente leones y abejas). En la mitología griega, era conocida como Rea, la madre de los dioses. Durante tres días se realizaban ofrendas y dádivas en honor a la diosa madre. Los católicos transformaron estas celebraciones para honrar a la Virgen María.

 

Entonces, ¿Eres un pagano si celebras la Navidad, o cualquiera de las fiestas arriba mencionadas? Sí y no. La respuesta depende de lo que adores durante la temporada festiva. Si tus deidades son el dinero, la autoindulgencia y el materialismo, entonces puedes etiquetarte como un pagano de pura cepa. Pero si tu deseo en Navidad es adorar al Dios Trino y darle gracias a Jesús por venir a la tierra, entonces no hay nada pagano en ti.

La Navidad es una fiesta cristiana si los celebrantes son cristianos y hacen de la encarnación de Cristo el centro del festejo. Para esto pueden valerse de símbolos diversos que apuntan hacia la centralidad del Verbo encarnado.

 

Razón # 2:

La Biblia prohíbe traer árboles a nuestros hogares para decorarlos.

 Otro argumento contra la Navidad, y especialmente en contra del árbol de navidad, es que la Biblia prohíbe traer árboles a nuestros hogares para decorarlos. ¿Es esto cierto? El pasaje más citado es el de Jeremías 10:1-16, pero este pasaje se refiere a cortar árboles, cincelar la madera para hacer un ídolo y después decorarlo con plata y oro con el propósito de inclinarse ante él y adorarlo (Isaías 44:9-18). El pasaje en Jeremías no puede tomarse fuera de contexto y aplicarse como legítimo argumento contra los árboles de Navidad. Simplemente no es correcto torcer la Escritura de esa manera para justificar nuestra preferencia.

 

Razón # 3:

Los judíos, el pueblo de la Biblia jamás tuvieron la costumbre de adornar árboles. Esa era una costumbre ajena al judaísmo, la religión madre del cristianismo. Lo no judío debe ser descartado pues ninguna costumbre de los pueblos gentiles puede ser incorporada en la adoración al Dios de Israel.

 Muchos, más judaizantes que cristianos, descartan la costumbre de colocar el árbol de Navidad, y con ello la Navidad misma, por no haber sido nunca parte de las tradiciones o religión judías de las cuales se derivó el cristianismo. Tal razonamiento concluye que, si no fue una costumbre de los pueblos de la Biblia, no es digna de ser considerada o cristianizada. Suelen enfatizar que la adoración de árboles es parte del paganismo, no de la religión bíblica. ¿Es esto cierto?

Cuando los primeros cristianos llegaron al norte de Europa, descubrieron que sus habitantes celebraban el nacimiento de Frey, dios del Sol y la fertilidad, adornando un árbol de fresno perenne, en la fecha próxima a la Navidad cristiana. Este árbol simbolizaba al árbol del Universo, llamado Yggdrasil, en cuya copa se hallaba Asgard (la morada de los dioses) y el Valhalla (el palacio de Odín); y en las raíces más profundas estaba Helheim (el reino de los muertos). Posteriormente con la evangelización de esos pueblos, los conversos​ tomaron la idea del árbol, para celebrar el nacimiento de Cristo, pero cambiándole totalmente el significado. Se dice que Bonifacio (680-754 E.C.), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó un árbol que representaba al Yggdrasil (aunque también pudo ser un árbol consagrado a Thor), y en su lugar plantó un pino, que, por ser perenne, simbolizó el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo como luz del mundo. Conforme pasó el tiempo, las manzanas y las velas, se transformaron en esferas, luces y otros adornos.

¿Es suficiente motivo el origen germánico de esta tradición para satanizar el árbol de navidad? No lo creo. El Señor Jesús no vino a fundar una religión, ni siquiera a confirmar al judaísmo, él vino a trascender fronteras culturales, económicas, raciales y políticas, pues su mensaje alcanza a todos los hombres. Aunque su advenimiento se produce en el marco de una cultura, pues vino como hombre, su misión tiene un carácter escatológico, es decir, su encarnación es la intervención directa de Dios en la historia, lo que indudablemente deberá tener notoriedad universal de alguna forma.

El nacimiento de Jesús no fue un hecho común y corriente, como tampoco puede serlo la Navidad, que no es otra cosa que la celebración de su advenimiento. Aunque Jesús nació en la más humilde condición, en torno a él se dan hechos que testifican de su universalidad, su grandeza y deidad. Voces de júbilo y gloria irrumpieron en el cielo, y en la tierra se proclamó paz y buena voluntad para con los hombres. Al lugar llegaron los Magos de Oriente guiados por la Estrella para rendir tributo y saludar con beneplácito el nacimiento de Jesús. (Mateo 2:1-12). Los sabios más grandes de la época se inclinaron para honrar al niño. El gesto de estos magos viene a sugerir que Jesús tiene señorío sobre todo conocimiento, cultura o religión. Él era el misterio de Dios que había estado oculto por las edades y que fue revelado como la esperanza de gloria. (Colosenses 1:26-27). El nacimiento de Jesús no fue anunciado en el templo, no se quemó incienso en los altares ni se celebraron ceremonias oficiales para la ocasión. Quienes más cerca estuvieron de él fueron los Magos. Ellos no pertenecían ni a la religión ni a la cultura judía. Hoy diríamos que se trataba de gentes paganas, lo que evidencia que el Señor es también Señor de los paganos, de lo sagrado y de lo secular. Por desconocer esta dimensión de Cristo, es que el arbolito de Navidad, elemento decorativo alusivo al nacimiento de Cristo, está siendo talado por algunos cristianos que buscan lograr su extinción definitiva bajo el alegato de que es de origen pagano.

El concepto de pagano no puede ser aplicado a todos aquellos elementos que no surgieron dentro de la cultura judía. Solo es aplicable con propiedad a aquellas manifestaciones culturales, cuya esencia riñe con lo que Dios establece en su Palabra. Paganas son prácticas que en esencia y principio se oponen a los que Dios establece: La idolatría, los sacrificios humanos, la promiscuidad sexual, la hechicería y otros asuntos semejantes constituyen prácticas paganas, pero todas las culturas poseen elementos redimibles que pueden utilizarse para honra y gloria de Dios.

Es muy significativo que las fiestas navideñas tengan el colorido que tienen. Que las casas se pinten con nuevos colores y se decoren con arbolitos y campanas, que las calles se iluminen con luces multicolores, que se canten villancicos por los campos y ciudades; en fin, que la fiesta al más Grande sea la más grande. Lo que no se entiende es por qué muchos cristianos están empeñados en despojar a la Navidad de los símbolos que evocan su contenido. Da la impresión de que si muchos cristianos pudieran suspender la celebración de estas fiestas lo harían sin mayor vacilación. Nuestra posición no debería ser la de oponernos a la Navidad, sino llenarla de sentido, reorientarla y enfatizar en actitud festiva su verdadera sustancia y razón. Algunos cristianos suspiran por un Cristo fuera de la cultura, un Cristo religioso y sectario, excluido de todo ruido y algarabía mundana. Parecen desear un Cristo sin fama y sin fiesta. Por fortuna y para gozo y satisfacción de muchos cristianos, Jesús es el hombre más conocido de la tierra, el más celebrado y adorado, el más influyente y quizás también el más detractado y ofendido. Los cristianos estamos llamados a proclamar su obra y propósito, a sustanciar con su amor y espíritu todas las esferas, no a “defenderlo” de las expresiones culturales que reconocen su grandeza, como es el caso del hoy anatemizado arbolito de Navidad, un símbolo de la naturaleza y de la vida, que una cultura ha puesto a los pies de Cristo para reconocerle y que todo Occidente ha asimilado como un icono que celebra su nacimiento.

El origen del árbol de Navidad, con su carácter decorativo y festivo, suele ser trazado por sus opositores a los cultos paganos de Alemania con el objetivo de desacreditar su uso. Quienes esto hacen no han logrado descubrir que el oro, el incienso y la mirra que llevaron los magos al pesebre, y que el evangelista Mateo destaca como un homenaje al Dios Encarnado, también es de origen “pagano” y que quien esculpió las figuras que adornan el templo de Salomón se formó en las artes escultóricas de Tiro, cuyo origen no era judío (1 Reyes 7:1). La Biblia dice que cuando Cristo se establezca en la tierra vendrán los reyes de todas las latitudes del planeta para honrar con sus diversas expresiones culturales al Rey de Reyes y Señor de Señores (Isaías 2:2).  El árbol de Navidad no necesita ser de origen judío, ni ser mencionado en la Biblia para ser considerado como una expresión cultural válida y legítima de celebración.

 

Razón # 4:

La Biblia no proporciona la fecha del nacimiento de Cristo.

 Los cristianos que prefieren ignorar la Navidad indican el hecho de que la Biblia no proporciona la fecha del nacimiento de Cristo, lo cual es cierto. El 25 de diciembre puede no estar ni siquiera aproximado a la fecha en que nació Jesús. Es más, hay sobrados motivos para pensar que el nacimiento de nuestro Señor no ocurrió en esta fecha. No tenemos ninguna información acerca de que los primeros cristianos celebrasen la Navidad, en los tres primeros siglos de la iglesia; menos, que el día de nacimiento fuese en el mes de diciembre, cuando es invierno en esa región.

La costumbre pastoril en época de primavera y verano en la antigua Palestina era la de hacer pastar a los rebaños en corrales de campo con pasturas en las noches de temperatura templada o suave. En esos días no guardaban a sus ovejas en el establo que usaban en otoño, invierno y días inclementes. Porque estaban afuera, cuidando el rebaño de los lobos, los pastores vieron a los ángeles cantando la buena noticia de que un Salvador había nacido en la ciudad de David. Por lo tanto, puede inferirse que sólo podría haber ocurrido hasta alrededor del 21 de septiembre, que es cuando comienza el otoño en esa región.

¿Por qué, entonces, diciembre? La información de una fiesta próxima a la Navidad es el solsticio de invierno, el cual ocurre entre el 21 y el 22 de diciembre de cada año en el hemisferio norte. Dicha festividad recibía el nombre de “Sol Invictus”, un culto al sol proveniente de la antigua Babilonia. Es bien sabido que el típico sincretismo del Imperio Romano los llevaba a incorporar rituales de las culturas propias de los países que dominaban. Ese día era propicio para sus orgías, en las que el sentido común y la razón eran adormecidos. También es sabido que al emperador romano se lo llamaba “Sol” y que así se le veneraba. Más adelante, por decreto imperial se obligó a los ciudadanos a adoptar la fe de los cristianos, a quienes antes el emperador perseguía y masacraba por millares. Posteriormente, se hizo coincidir la festividad del “Sol Invictus” con el día (cierto, pero no conocido) del nacimiento del Hijo de Dios; pero moviendo la festividad una semana adelante como gesto de buena voluntad hacia el Papa, quien trasladó a ese día (25 de diciembre) la Epifanía del 6 de enero. Así pues, la Navidad comenzó a celebrarse el 25 de diciembre a partir del siglo IV. Tal cambio pretendía resaltar la prevalencia de Cristo sobre el sol: Cristo es el verdadero sol invicto (Malaquías 4:2).

A pesar de la adopción, en el siglo IV, del 25 de diciembre como fecha oficial para recordar el nacimiento de Cristo, cabe destacar que dicha festividad ya era celebrada antes del siglo IV aunque en otra fecha diferente (el 6 de enero) por las iglesias cristianas orientales de Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Armenia y otras regiones, las cuales denominaban a esta fecha ‘Hagia Phota’ o ‘La Santa Luz’, es decir, la Navidad.

Es innegable que el día exacto del nacimiento de nuestro Señor no ha quedado taxativamente registrado en la Biblia; tampoco en la historia secular. Simplemente la Biblia no nos dice cuando nació Cristo. Algunos ven en ello la prueba de que Dios no desea que celebremos Su nacimiento, mientras que otros ven en esta omisión de la Biblia una tácita aprobación.

Lo cierto es que la omisión bíblica de la fecha exacta del nacimiento de Jesús no es motivo suficiente para “satanizar” la Navidad. Lo importante, en realidad, no es conocer la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Tampoco es importante lo que los romanos, griegos o babilonios hacían milenios atrás en la misma fecha. Lo que importa es anunciar y celebrar que Dios se hizo Hombre para salvar al mundo. Importa anunciar y celebrar que Dios envió a su Hijo al mundo, para que todo aquél que en Él crea tenga vida eterna.

Pablo nos enseñó que las fechas exactas y la observancia o no de días sagrados es irrelevante en el Evangelio. Es Cristo y reconocerlo a Él en todo como Señor lo que verdaderamente importa:

“Por tanto, que nadie los critique a ustedes por lo que comen o beben, o por cuestiones tales como días de fiesta, lunas nuevas o sábados. Todo esto no es más que la sombra de lo que ha de venir, pero la verdadera realidad es Cristo. No dejen que los condenen esos que se hacen pasar por muy humildes…” (Colosenses 2:16-18, DHH).

“Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días. Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. El que le da importancia especial a cierto día, lo hace para el Señor. El que come de todo, come para el Señor, y lo demuestra dándole gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y también da gracias a Dios… Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué lo menosprecias?” (Romanos 14:5-7, 10).

 

Razón # 5: Puesto que el mundo celebra la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo.

Algunos cristianos piensan que, puesto que el mundo celebra la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo. Pero este mismo es el argumento usado por falsas religiones que niegan totalmente a Cristo, al igual que ciertos cultos como los Testigos de Jehová, quienes niegan Su deidad.

La lógica misma se impone ante este argumento. No todo lo que haga un inconverso es malo por el simple hecho de no ser cristiano. Por ejemplo: El hecho de que los paganos usen el dinero no significa que los cristianos deban dejar de usar el dinero. Y sólo porque los paganos lean libros, eso no significa que los cristianos deban dejar de leer libros. De la misma manera, sólo porque algunos falsos adoradores glorificaron a sus dioses (hace siglos ya) en un día que coincide con nuestra celebración de Navidad, eso no significa que los cristianos deban dejar de adorar a Jesús en tal fecha. Aquellos cristianos que sí celebran la Navidad tienden a ver en ello, la oportunidad para proclamar a Cristo como “la razón de la celebración” entre las naciones y para aquellos cautivos en falsas religiones.

Si aquellos que usan este argumento desean ser consistentes, deberían hacer un cambio cultural extremo. No sólo abstenerse de celebrar la Navidad, sino también dejar de celebrar otras festividades o practicar costumbres y hábitos nacidos fuera de la comunidad cristiana.

Además, tampoco podrían hacer cosas tan sencillas como ver Tv, estudiar en la universidad, usar ropa de marca, salir de paseo, ir a la playa, comer ciertas cosas, etc., ya que el mundo también lo hace. ¿Hasta qué punto serían capaces de llegar?

 

Razón # 6: Puesto que la Biblia no nos ordena celebrar la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo, ya que no es bíblico.

 Tal premisa es reduccionista y rudimentaria. Primero habría que dilucidar qué comprenden por bíblico. Porque si a su lógica nos atenemos tampoco Jesús mandó realizar actividades que estoy seguro los adversarios evangélicos de la Navidad sí realizan: viajar en avión, usar calcetines, comunicarse por teléfonos celulares, usar las redes sociales para difundir mensajes, acompañar los cantos con instrumentos que no se describen en el Nuevo Testamento y un largo etcétera. Considero un desatino afirmar que exclusivamente los seguidores y seguidoras de Jesús tenemos permitido hacer lo expresamente ordenado por Jesús. El Evangelio no es un manual en el que estén normadas todas y cada una de las acciones que debemos llevar a cabo. Lo que sí está claro es el espíritu de amor, servicio y compasión que debiera caracterizar nuestras conductas cotidianas, que ellas reflejen el Espíritu de Cristo en lugar de andar de fiscales de conductas de los demás.

Quienes argumentan que no debemos celebrar la Navidad, ya que la Biblia no manda su celebración ignoran felizmente que, en el evangelio de Juan, vemos a Jesucristo mismo celebrando una fiesta que no era mandada en las Escrituras. Leemos lo siguiente: “En esos días se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús andaba por el templo, en el pórtico de Salomón” (Juan 10:22-23). ¿Qué hacía Jesús en el templo? Celebrando, por supuesto. Se celebraba la fiesta de la dedicación, la cual no estaba autorizada por las Escrituras Hebreas; era una institución relativamente reciente. Esta fiesta se había este intuido en el periodo entre los dos testamentos, para marcar la re-dedicación del templo después de ser profanado por Antíoco Epifanes en el 164 a.C. (New Bible Commentary: 21st Century Edition (ed. D. A Carson et al.; Downers Grove: InterVarsity Press, 1994), 1047).

La fiesta de la dedicación era celebrada por los judíos ya que era algo digno de celebrarse. Jesucristo, siendo judío, la celebró. Nosotros no somos judíos, así que no tenemos por qué celebrar esta fiesta (además, el Nuevo Testamento es claro en el libro de Hebreos que toda celebración del Templo, con sus rituales y fiestas, se han cumplido por y en Jesucristo). Sin embargo, encontramos este principio: que la Biblia admite (por el ejemplo de Jesucristo mismo) el derecho a celebrar algo digno de celebrarse. La pregunta correcta sería: ¿Es la encarnación y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo algo digno de ser celebrado? Definitivamente sí.

Por otro lado, la objeción de que no debemos celebrar la navidad porque la Biblia no lo manda explícitamente es más teológica que histórica. Preguntémonos; ¿Dios, realmente, nos ordena adorarle por la encarnación? Sí y no. No hay ningún mandamiento bíblico específico que diga: “Adorarás al Señor tu Dios por la encarnación”, pero la Biblia sí hace resaltar una y otra vez que debemos agradecer a Dios por todo (encarnación incluida). Si leemos el relato de la Navidad registrado en los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, notaremos algo sorprendente: Mucha gente alaba a Dios por la Encarnación. He aquí una breve lista de las personas que la Biblia menciona: los sabios de Oriente, María, los pastores, los ángeles, Elizabeth, Zacarías y el anciano hermano Simeón. Sólo Dios sabe cuánta gente lo alabó por el nacimiento de Jesús y en ninguna parte de la Biblia dice que Dios les reprendió por hacerlo. Es algo espiritual alabar a Dios y si la Navidad nos motiva a agradecer a Dios por su desbordante gracia y bondad, entonces, ¡hagámoslo de todas las maneras posibles! Dios no puede ser ofendido por tal adoración. Así que no. No es pecado agradecer a Dios por la encarnación, aunque en ningún lugar se nos ordene. Pablo mismo nos da el ejemplo al agradecer, celebrar y adorar a Dios por la encarnación de Cristo. 1 Timoteo 3:16 nos dice:

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.”

Celebrar o no celebrar la Navidad no significa mayor o menor compromiso con los valores enseñados por Jesús. Hacer una u otra opción debe quedar en la libertad cristiana para decidir sobre asuntos que permiten pluralidad de posibilidades, ya que elegir una de esas posibilidades no contraviene normas fundamentales del ser cristiano. Los que han concluido no celebrar Navidad están en su derecho, lo verdaderamente inquietante es cuando son misioneros de la anti-Navidad y su decisión la quieren hacer válida para los demás y miden la fidelidad al Evangelio con lo que se hace o deja de hacer el 25 de diciembre. Las narraciones de los Evangelios sobre la natividad de Jesús hablan en sentido festivo, jubiloso, sobre la promesa que fue cumplida al irrumpir la luz en las tinieblas, al nacer Emmanuel, Dios con nosotros. Esto debería ser suficiente para nosotros.

 

CONCLUSIÓN.

En el mundo cristiano de hoy, pequeños grupos de creyentes están lanzando ataques a otros santos de Dios que optan por celebrar la Navidad. Ellos justifican su agresión afirmando que la Navidad era originalmente un festival pagano. Por lo tanto, los cristianos deben abstenerse de cualquier sentimiento pro-Navidad. Otra bala en su pistola es que Dios nunca nos manda celebrar la encarnación en las Escrituras. Hacerlo es, según ellos, algo no bíblico y fuera de lugar.

Como hemos visto, no hay realmente una razón bíblica para no celebrar la Navidad. Al mismo tiempo, no hay tampoco un mandato bíblico para celebrarla. A fin de cuentas, celebrar la Navidad o no, es una decisión personal. Sin importar la opción que los cristianos elijan en relación con la Navidad, sus puntos de vista no deben ser usados como un arma para atacar o denigrar a aquellos con criterios opuestos, tampoco deben ser usados como un galardón para el orgullo sobre si se debe celebrar esta festividad o no. Como en todo, debemos pedir sabiduría a Aquel que la otorga liberalmente a todo aquel que la busca (Santiago 1:5) y aceptarnos unos a otros en gracia y amor cristianos, independientemente de nuestras opiniones sobre la Navidad.

El apóstol Pablo estaba particularmente preocupado de que ningún miembro de la Iglesia juzgase a otro por la celebración de días especiales. Quienes se oponen a celebrar la Navidad tienden a hablar motivados por un celo mal dirigido y así hacen mucho daño al cuerpo de Cristo. Evitemos destruirnos mutuamente por causa de la Navidad. Pablo enseñó: “Uno hace diferencia entre día y día (por ejemplo, el día de Navidad); otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace” (Romanos 14:5-6). También dijo: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16).

Lo importante, en realidad, no es conocer la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Tampoco es importante lo que los romanos, griegos o babilonias hacían milenios atrás en la misma fecha. Lo que importa es anunciar y celebrar que Dios se hizo Hombre para salvar al mundo. Importa anunciar y celebrar que Dios envió a su Hijo al mundo, para que todo aquél que en Él crea tenga vida eterna. Importa proclamar que nos ha nacido, en la Ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres!

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Van Dellen, Idzerd y Monsma, Martin, The Church Order Commentary; Grand Rapids: Zondervan, 1941, p. 273. Citado en Williams, G.I., ¿Is Christmas Scriptural?
  • Selected Works of John Calvin, Tracts and Letters’ (Henry Beveridge and Jules Bonnet, ed.), Vol. 6, Letters, Part 3, 1554-1558, pp. pp. 162-169.
  • A. Carson, The Gospel According to John (PNTC; Grand Rapids: Eerdmans, 1991), 391.
  • New Bible Commentary: 21st Century Edition (ed. D. A Carson et al.; Downers Grove: InterVarsity Press, 1994), 1047.