Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Dios está en control

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Te gustaría saber el día y la hora en que morirás? Imagina que existiera una aplicación para tu móvil capaz de llevar una cuenta regresiva de los días, horas, minutos, y segundos que te quedan de vida. ¿La instalarías en tu smartphone? Muchos quizá dirían que sí, ya que podrían planificar su vida, su partida, dejar sus negocios en orden o incluso “ajustar sus cuentas” con Dios antes de partir. Pero piénsalo bien ¿Crees que podrías vivir una vida normal y feliz si tuvieras acceso a tal información? Yo no lo creo ¡Sería espeluznante! ¡Tan solo imagina la ansiedad con la que vivirías!

TODOS AMAMOS ESTAR EN CONTROL

A pesar de que saber el día exacto de nuestra muerte sería algo inquietante y sombrío, la verdad es que a muchos seguramente les gustaría poder saberlo. El ser humano ama estar en control. A mí personalmente me gusta planear lo más que puedo y, cuando algo se sale del plan, fácilmente me frustro y hasta enojo. ¿Eres parecido a mí? Aun si no eres como yo de obsesivo, creo que la mayoría de nosotros preferimos estar en control de nuestro tiempo y de la mayoría de situaciones de nuestra vida. El problema con ello es que la vida no nos pide permiso para romper nuestra agenda. A diario se presentan situaciones que no esperamos y sobre las cuales no tenemos ningún control: la muerte de un ser querido, un accidente, una enfermedad incurable, etc. Afortunadamente Dios está siempre en control, incluso en esas situaciones. A Él nada le toma por sorpresa. Y el día de nuestra muerte no es la excepción.

El rey David escribió:

“Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.” (Salmo 139:16).

Este versículo me fascina por varias razones. En primer lugar, nos muestra que desde el momento de nuestra concepción, Dios ya nos conoce. De hecho, lo hace desde antes de la fundación del mundo, ya que Dios es omnisciente. Además, es interesante que David usa la imagen de Dios escribiendo sobre la vida como si fuera un libro. ¿Sabes lo que esto significa? ¡Pues que Dios es el escritor de tu vida y de la mía! ¿No te trae eso descanso? ¿No te trae alegría? Dios te formó como eres. Aun si tienes un problema físico, o incluso una enfermedad incurable para el hombre, ese es el plan de Dios para ti (Éxodo 4:11). ¡Cómo! ¿Puede acaso una enfermedad crónica, una limitación física o incluso un defecto físico evidente ser parte del plan de Dios para mí?

Tan solo mira a Jesús. El cumplió el glorioso plan de Dios para su vida y hoy se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Tiene un Nombre que es sobre todo nombre. Sin embargo, dicho plan glorioso implicó también momentos sombríos, pobreza, sufrimiento y, finalmente, la muerte ignominiosa de la cruz.

Si Cristo, siendo el Hijo de Dios, aprendió obediencia y sumisión a la voluntad del Padre por medio de lo que padeció, con nosotros no será diferente:

“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. ” (Hebreos 5:7-9)

De nosotros y para nosotros se dice:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante.” (2 Corintios 4:17, DHH)
“Yo reconozco que tenemos que sufrir ahora, pero esos sufrimientos no son nada comparados con toda la gloria que vamos a recibir después.” (Romanos 8:18, PDT)

No importa si por el momento no le hayas sentido a las cosas. A su tiempo verás que Dios hizo lo mejor para ti. Incluso si te vas de esta vida sin entenderlo, lo entenderás más tarde, al otro lado del velo. No temas ¡Cree solamente!

LA VIDA Y LA MUERTE ESTÁN SUJETAS AL DESIGNIO DE DIOS

El día en que naciste, el cual era desconocido para tus padres cuando se enteraron de tu concepción, no era un misterio para Dios. Él sabía perfectamente bien cuando nacerías. El mismo principio es aplicable en relación a la muerte, y es que aunque yo no sé cuánto me queda de vida, Dios sí. La Biblia dice:

“El Señor da muerte y da vida; hace bajar al Seol y hace subir.” (1 Samuel 2:6).

También dice la Escritura:

“Vean ahora que Yo, Yo soy el Señor, y fuera de mí no hay dios. Yo hago morir y hago vivir. Yo hiero y Yo sano, y no hay quien pueda librar de mi mano.” (Deuteronomio 32:39).

El fin de mis días está dentro del decreto soberano de Dios. Me gusta pensar que Dios, el perfecto escritor de mi vida, ya escribió “el fin”. Él ya lo sabe. No le es un misterio. Puedo confiar que cuando venga mi hora, será cuando Dios lo haya designado, no antes ni después. Eso lo descubrí cuando un médico me dijo hace casi 15 años que moriría, que mi mal era incurable y que nada podría salvarme de cierta enfermedad. No conocía a Dios entonces (aunque yo creía que sí), pero afortunadamente Él sí me conocía a mi.

Al principio me frustré, me enfurecí y por cierto que blasfemé de mi suerte. Como muchos antes de mí, me rendí ante mi impotencia, acepté la realidad de mi próxima muerte, me acostumbré a la presencia de la misma y le dí la bienvenida como a una compañera. Ignoraba que Dios estaba obrando tras bambalinas. Que él guiaba mi historia a su feliz conclusión. Ignoraba que esa misma desgracia que entonces maldecía, sería la que me traería a los pies de Jesucristo en busca de esperanza, sanidad y salvación. Hoy, a varios años de ese día, puedo decir con total certeza: ¡La palabra definitiva sobre mi vida la tiene Dios, no el hombre! ¿Por qué lo sé? ¡Porque sigo vivo! ¡Porque Dios anuló la palabra de los médicos! Y porque, en vez de llamarme a la tumba ¡Dios me llamó al ministerio!

Sinceramente, me hace feliz saber que ni siquiera yo mismo controlo mi destino. Estoy muy agradecido por ello ¡Ni siquiera puedo imaginarme el desastre que sería mi vida si mi destino dependiera de mí! Ni siquiera el más poderoso de los hombres es dueño de su destino:

“Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place.” (Proverbios 21:1, LBLA)

Y por el hecho de que mi destino, tanto temporal como eterno, descansa en la sabiduría, el amor y la soberanía de Dios, yo puedo descansar pues:

“… Estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva.” (Filipenses 1:6, NTV)

HAY ESPERANZA PARA TÍ Y PARA MÍ

Mi amado hermano o amigo que lees esto: ¿Sientes que el enemigo te acecha como león rugiente para devorarte? No temas, sólo sé fiel y descansa en Dios, y mira lo que Él hará por ti. ¿Afrontas una situación difícil o una enfermedad incurable para el hombre? Que nada te robe la paz. Dios conoce tu situación, Él conoce el fin desde el principio. Tú no puedes ver en este momento cómo va a terminar todo, pero Dios ya estuvo en tu futuro y sabe lo que necesitarás a lo largo del camino y todo esto te servirá de preparación para cumplir con el destino que Dios ha planeado para ti.

No hay nada que tome por sorpresa a Dios. Camina en fe, porque lo que necesitarás te saldrá en el camino. Él conoce el fin desde el principio:

“Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:9-10, La Biblia de las Américas).

Si eres creyente, puedes descansar en que toda tu vida, desde tu nacimiento hasta tu muerte, descansa en las manos de Dios. Así que vive para Él, glorifica su nombre, y confía: Él está en control. Los planes que Dios tiene para nuestra vida son perfectos. Quizá en ocasiones no son lo que esperamos o lo que queremos, pero siguen siendo perfectos. Podemos confiar que en nuestra vida, Dios es soberano. Por lo tanto, no te amargas ante las circunstancias actuales que escapan de tu control.

No pienses que ese diagnóstico médico o esa sentencia de muerte es definitiva. Créeme, ¡Lo sé por experiencia! La mente del hombre puede intentar planear su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos (Proverbios 16:9, 19:21; 20:24; 21:30, 31). Pues aunque nosotros podamos planear, el hombre pueda decir, o el mismo diablo deseara poder decretar algo sobre nuestra vida, al final se hace la voluntad de Dios. ¡Y eso es algo bueno! ¡Esas son buenas noticias! ¿Por qué no descansas en Dios?

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Gira tu rostro hacia el Sol de Justicia

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Conoces los girasoles? El Helianthus annuus, llamado comúnmente girasol, calom, jáquima, maravilla, mirasol, tlapololote, maíz de teja, acahual​ o flor de escudo, es una planta herbácea anual de la familia de las asteráceas originaria de Centro y Norteamérica y cultivada como alimenticia, oleaginosa y ornamental en todo el mundo. Dicha flor gira siempre buscando la luz solar. Y es por esa razón que es popularmente llamada girasol. Dicha cualidad del girasol es bien conocida, pero ¿Te has preguntado qué le sucedería a la flor si la pusiéramos en un lugar cerrado y oscuro? Seguramente moriría en poco tiempo.

808505

GIRASOLES Y HUMANOS…

Tal cual los girasoles, nuestro cuerpo físico, como toda otra forma de vida en el planeta, también necesita de la energía solar, la luz y el calor, para mantenernos vivos. Pero, no sólo es el cuerpo el que necesita de cuidados para proseguir firme. El espíritu, igualmente, necesita mantener encendida la llama de la fe. Precisa del calor del afecto, de la brisa de la amistad, de la lluvia de las bendiciones que vienen de lo alto. Sin embargo, es necesario que hagamos esfuerzos para respirar el aire puro, por encima de las circunstancias desagradables que nos rodean.

Muchos de nosotros permitimos que los vicios ahoguen nuestras ganas de buscar la luz y nos debilitamos día tras día como una planta mustia y sin vida, y es entonces cuando nos dejamos enredar en el zarzal de la haraganería y la desidia y reclamamos a la suerte sin poner de nuestra parte por salir de esa situación que nos desagrada. Y es allí donde debemos recordar que, al igual que el girasol, para poder crecer de acuerdo a los planes divinos debemos dirigir nuestra mirada al Sol de Justicia, nuestro Señor Jesucristo (Malaquías 4:2). Es al momento de pedir el amparo y la ayuda de Dios, donde recibimos sustento y seguridad.

flor

LA OSCURIDAD ES MUERTE

Pero, ¿Qué sucede con nosotros cuando nos encerramos voluntariamente en la oscuridad del pecado, la depresión y de la melancolía y así permanecemos por voluntad propia? ¿Qué pasa cuando rehuimos dirigir nuestra mirada hacia el Sol de Justicia prefiriendo la oscuridad de este mundo? Pues lo mismo que le sucede al girasol ¡Morimos! Debemos entender que cada uno de nosotros solo podrá encontrar propósito y felicidad real a través del cumplimiento del plan que Dios para su vida, pagando el precio de doblar nuestras rodillas en la intimidad de nuestros hogares y tener esa comunión con nuestro Creador que tanta falta nos hace. Es en la intimidad con Dios, en comunión con Él, que descubriremos su plan para nosotros. Si nos aferramos a la oscuridad, si nos alejamos de la fuente de luz, moriremos.

girasoles

EL GIRASOL HACE SU PARTE… ¿Y TÚ?

Uno de los escritores sagrados dijo: “El Señor llevará a cabo los planes que tiene para mi vida” (Salmo 138:8, NTV). Pero también enfatiza nuestra responsabilidad de buscar el rostro de Dios para que dichos planes se desarrollen plenamente en nuestra vida: “Busquen al Señor mientras puedan encontrarlo; llámenlo ahora, mientras está cerca. Que los malvados cambien sus caminos y alejen de sí hasta el más mínimo pensamiento de hacer el mal. Que se vuelvan al Señor, para que les tenga misericordia. Sí, vuélvanse a nuestro Dios, porque él perdonará con generosidad. «Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos —dice el Señor—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse.” (Isaías 55:6-8, NTV). El girasol nació para ser girasol, ese es su propósito, ese es el plan que para él diseñó su Creador. Pero si se rehusare a ver la luz del sol y se ocultase en la oscuridad, jamás sería lo que fue destinado a ser. Afortunadamente, ¡Eso no pasa! El girasol hace lo que tiene que hacer, siempre buscará con ansias la luz del sol y se orientará hacia ella, pero ¿qué hay de nosotros? ¿hacemos lo mismo? Al igual que el girasol, debemos dirigir nuestra mirada al “único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible” (1 Timoteo 6:16, LBLA).

Es preciso que seamos como el girasol. Que busquemos siempre la luz, incluso cuando las tinieblas insistan en rodearnos. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, vino a este mundo a iluminarnos (Juan 1:9. Es su luz la que debemos seguir, su flamante brillo el que debe atraernos. Es su luz admirable la que somos llamados a anunciar (1 Pedro 2:9).

girasoles1

COMO GIRASOLES EN EL JARDÍN DE DIOS

Vuelto a preguntarte: ¿Te has fijado alguna vez cómo el girasol gira su enorme flor hacia el sol? El «girasol» nos da, pues, una enseñanza. El sol es fuente de luz y calor. El girasol lo sabe y lo busca. ¿Por qué nosotros, creados a imagen de Dios, deberíamos ser diferentes en nuestra relación con la fuente de vida? ¿Hacia dónde deberíamos dirigirnos a fin de tener la respuesta a nuestras necesidades? Hacia Dios mismo, por medio de la fe. En efecto, Dios quiere dar luz y calor a cada uno, pero esto sólo es posible si nos volvemos a él por medio de su Hijo Jesucristo. Sí, Jesús vino como la “luz del mundo” (Juan 8:12) para todos los pueblos, luz enviada por Dios, hecha de ese resplandor que es gracia y verdad. Al recibirlo en lo más profundo de nuestro ser, nos transmite la vida de Dios para que gocemos de una nueva relación con nuestro Creador.

Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Para no tener que ir a las tinieblas eternas, lejos de Dios, dirijámonos a Jesús. Y nosotros los creyentes, si seguimos a Jesús, caminaremos bajo su luz y seremos testigos de ella. La Biblia dice: “El fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad” (Efesios 5:9). Así como las flores del girasol producen aceite, el creyente que fija su mirada en Dios producirá fruto de bondad, rectitud y verdad. El aceite fresco, útil y benefactor brotará de él para bendición de los que le rodean. Solo tiene que dirigir su mirada siempre hacia Aquel que es la Luz.

girasoles-635x480

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana

La muerte no es el fin

Por Fernando E. Alvarado

Bíblicamente, la muerte es la terminación de la vida física por medio de la separación del cuerpo y el alma (Santiago 2:26). Para nosotros, los cristianos, la muerte no es el fin de la existencia, sino un cambio radical en el estado del ser humano (2 Corintios 5:1-4). Desde el punto de vista espiritual, es la prueba y la sanción de la desobediencia humana, que separada de Dios, la fuente de Vida, muere irremediablemente (Romanos 3:23; 6:23). Para todos los seres humanos, la muerte encierra una gran frustración, ya que en nuestros corazones anida el ansia por la inmortalidad. Todos sabemos que moriremos. Eso no es nada nuevo. Lo que verdaderamente nos acongoja es el proceso de muerte, el cómo moriremos. El temor y la agonía, el rechazo y el dolor, el miedo al castigo o lo incierto de la vida más allá de la vida terrena, son las pautas dramáticas que hacen que veamos la muerte como una gran tragedia. En la Biblia, Dios nos presenta la vida más allá de la muerte de una manera oscura en cuanto a sus detalles y formas, más no en cuanto a su propósito, realidad, tragedia, y también esperanza.

Al profeta Daniel se le dijo: “Pero tú, persevera hasta el fin y descansa, que al final de los tiempos te levantarás para recibir tu recompensa” (Daniel 12:13 NVI). En dicho pasaje Dios no presenta la partida de Daniel de una manera dramática; simplemente la señala como un hecho ineludible. No había nada que temer, Él lo tenía todo dispuesto. Esto se debe a que para nosotros, los cristianos, la muerte no es más que un estado intermedio. Es el período entre la partida de este mundo y la resurrección con Jesucristo. Es simplemente estar con el Señor, reposando de los trajines de la vida y recibiendo su inmensa consolación. La muerte no es nuestro fin, sino apenas un nuevo comienzo. Así lo decía Juan: “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:17 NVI).

¿Somos los cristianos insensibles ante la muerte? En ninguna manera. Pero nuestra fe nos da una perspectiva diferente de la misma. Para nosotros, como para cualquier otro ser humano, la muerte es dolor, pero también reflexión. Las lágrimas de la muerte limpian nuestros ojos para ver con claridad y perspectiva la vida que tenemos por delante. Así, el cristianismo es más que un simple consuelo tímido al dolor; es más bien una poderosa promesa de Dios: “Ésta es la promesa que él nos dio: la vida eterna” (1 Juan 2:25 NVI). Saber que tenemos victoria sobre nuestro mayor enemigo nos da libertad para enfrentar la vida de una manera completamente distinta. Jesucristo, quien es la vida, se enfrentó a la misma muerte en la Cruz, símbolo eterno de la muerte. Él tomó allí nuestros pecados y fracasos para de una vez y por todas destruir el poder que la muerte tenía sobre nosotros. Se manifestó su victoria en la resurrección de entre los muertos, ya que la muerte no le pudo contener. Y así como a Daniel se le ofreció victoria sobre la muerte, el Señor también nos ofrece lo mismo a todos aquellos que hemos hecho un pacto de vida con Jesucristo: “Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5:24; NVI) y “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3, NVI). Por eso la verdadera vida se manifiesta cuando permanecemos sujetos a Dios, cuando le conocemos, cuando hemos sido limpiados por la Sangre del Cordero y la vida del Cristo resucitado ha dado vida nueva a nuestra propia mortalidad. ¡Y este es un milagro mucho mayor que cualquier sanidad física que nos libere temporalmente de la muerte! Es el milagro de una vida liberada eternamente de condenación y cuya promesa y seguridad es la vida eterna.

¿Por qué entonces ver la muerte como algo irreparable? Para nosotros, los cristianos, hay esperanza. Llegará el día “cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»” (1 Corintios 15:54-55, NVI). Es la gratitud, no el temor, quien rige ahora la vida del cristiano. Es la esperanza, y no la ansiedad ni la desesperación, la que gobierna ahora nuestra vida: “Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo; y ahora lo ha revelado con la venida de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio” (2 Timoteo 1:9-10, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Cuando el pecado nos impide orar.

Por: Fernando E. Alvarado.

Las relaciones son complicadas. Todos lo sabemos. ¡Sobre todo aquellas que involucran mucha convivencia y cercanía! En cierta ocasión, una pareja de jóvenes enamorados decidió casarse. Ambos estaban convencidos de que el otro era el amor de su vida. Sin embargo, al poco tiempo descubrieron que no todo en una relación es color de rosa. Las imperfecciones en el carácter de los jóvenes esposos se hicieron manifiestas. De pronto se hallaron discutiendo por cualquier asunto cotidiano y terminaban recriminándose errores pasados, mezclando un argumento con otro, enredando la situación hasta hacerla insostenible. Para ambos era fundamental hacer que el otro comprendiera su punto de vista; ambos querían, a toda costa, que fuera el otro el que se acercara y pidiera disculpas. El orgullo se convertía rápidamente en una barrera que los separaba. Un día, luego de una tremenda pelea con su mujer, el joven marido perdió los estribos y terminó gritando e insultó fuertemente a su esposa. Avergonzado, abandonó su hogar y buscó refugio en la casa de sus padres. Necesitaba “espacio para pensar y evaluar sus sentimientos”, decía. Sentía que ya no podía estar en el mismo espacio que ella y ella pensaba lo mismo.

Él no se atrevía a llamarla por teléfono. La culpa era demasiado fuerte. Tras largas noches en casa de sus padres, y sin hablar demasiado de lo ocurrido, incluso llegó a pensar que lo mejor era separarse de ella para dejar de hacerle daño. Ella, por otro lado, insistía. Le enviaba mensajes, le llamaba… mas él se negaba siquiera a responder. Se sentía avergonzado y su orgullo no le permitía hablar con ella y pedir perdón. Pero entonces sucedió. Su madre vino a él, se acercó y le dijo: “Ella no es tu enemigo, es el amor de tu vida. No importa cuál sea el asunto, no importa qué tan grave sea un problema, ella es la persona más importante para ti, la que elegiste para compartirlo todo. No hay nada que justifique que no le hables con amor. Si le fallaste pide perdón y repara la relación”. Entonces el joven esposo entendió que todo ese tiempo había estado poniendo su orgullo por encima de su negativa a pedir perdón, incluso la misma culpa que sentía, estaba destruyendo el vínculo sagrado que ambos juraron mantener. Inmediatamente corrió a casa esperando encontrar a su esposa y suplicar su perdón. Desafortunadamente ella no estaba. Se cansó de esperar y se fue. Abandonándolo para siempre. El anillo de bodas acompañaba una nota que decía: “Me voy. Me cansé de esperar a que respondieras mis llamadas y hablaras conmigo. Esto pudo haberse arreglado si tan solo lo hubiéramos hablado, pero preferiste alejarte de mí. Adiós.” Y ahí acabó todo. Triste ¿No crees? Y sin embargo ocurre más a menudo de lo que piensas. Dejamos que los canales de comunicación se rompan, perdemos relaciones. Ofendemos a otros y luego nos alejamos avergonzados, dejando que la culpa nos impida siquiera pedir perdón. Luego el orgullo viene y nos impide decir “lo siento, perdóname”. Y así… muchas relaciones valiosas se pierden.

ESTO TAMBIÉN NOS PASA CON DIOS.

Desafortunadamente la relación más importante de todas, nuestra relación con Dios, tampoco es ajena a este tipo de problemas. Así como el pecado contra los demás afecta nuestra relación con ellos, el pecado daña nuestra relación con Dios. Fallamos a menudo, pecamos, sentimos vergüenza y nos alejamos de Él, luego, por orgullo o culpa, nos negamos a arreglar la situación hasta que es demasiado tarde y no sabemos cómo regresar. Como Adán y Eva, que se escondieron de Dios y se cubrieron con hojas de higuera muchos de nosotros, cuando pecamos, nos avergonzamos y ocultamos de Aquél que tanto nos ama y está dispuesto a perdonarnos, ¡Cómo si huyendo del Señor pudiésemos hallar paz! La oración, el canal que Dios dispuso para comunicarnos y hablar con Él, y así remediar cualquier problema en nuestra relación, termina siendo relegada al olvido. Y ese es el peor error que podemos cometer, pues la oración nos lleva de vuelta a los pies de Cristo, el único que nos puede librar de la cautividad del pecado. No hay otra forma de escapar de nuestro pecado. Solo al confesarlo y arrepentirnos hallamos misericordia y perdón (1 Juan 1:9). La culpa te dirá que huyas. Satanás te dirá que no mereces otra oportunidad, que eres demasiado inmundo o que Dios ya perdió toda esperanza de que cambies (Zacarías 3:1-3, Apocalipsis 12:10). Eso no es cierto. Dios nunca pierde la “esperanza”, pues Él sabe que, a pesar de nuestras incapacidades, Él es “poderoso para [guardarnos] sin caída, y [presentarnos] sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 1:24)

ALÉJATE DE TU PECADO, NO DE DIOS.

¿Por qué no debes alejarte de Dios cuando pecas? ¿Por qué seguir orando sabiendo que has fallado? Porque sin eso nunca corregiremos el daño que le hemos hecho a nuestra relación con Dios. Cuando huyes no solo muestras vergüenza por tu pecado, sino también orgullo. El pecado, en su núcleo, es orgullo. La oración, en su núcleo, es una expresión de humildad. La única forma de salir del pecado es humillarnos delante de Dios, abrazar la realidad, y pedir clemencia y gracia.

Escapar del pecado sería fácil si viniéramos a Cristo inmediatamente cada vez que pecamos. Pero no… ¡No hacemos eso! Nuestro corazón es complicado y engañoso (Jeremías 17:9). Nos repite una y otra vez que no podemos orar porque hemos pecado. Es entonces cuando nuestra carne se rebela en contra de humillarnos delante de Dios en la oración. ¡No eres digno! Nos repite ¡Cómo si no lo supiéramos de sobra! Es aquí donde debemos recordar la base de nuestro acceso a Dios. Recuerda que nuestro acceso nunca se basa en nuestra impecabilidad, sino en la de Cristo. Si la base de nuestro acceso a Dios en la oración fuera nuestra perfección, entonces el pecado personal nos mantendría lejos de Dios. Sin embargo, afortunadamente, las cosas no son así. Nuestro acceso a Dios no viene a través de nuestra impecabilidad, ¡sino a través de la de Cristo! La Palabra nos dice: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Hebreos 4:15-16). No nos acercamos a Dios en oración recitando nuestras calificaciones para venir a Él. No saludamos a nuestro Padre celestial y luego le damos nuestro currículum diciendo, “Yo he hecho esto y aquello” (Lucas 18: 9). ¡Para nada! Nos acercamos a Dios en oración cubiertos en la justicia de Jesucristo. Venimos declarando su sangre y justicia. Su perfección está cosida a nuestra alma. Somos uno con Él y le imploramos como nuestro representante. Cuando oramos, venimos como pecadores cubiertos en la sangre de Cristo. Recordar la verdad del evangelio y predicarlo a nuestro corazón provocará que oremos, incluso en medio del pecado personal. Al igual que la mujer con la hemorragia sanguínea (Marcos 5), aferrémonos a las vestiduras de Cristo. En lugar de que el pecado nos impida llegar a Cristo, nos debe conducir a Él.

SI NO VIENES A CRISTO, EL PECADO TE DESTRUIRÁ.

¿Qué pasaría si en vez de huir de Dios al pecar, corriéramos a Él por auxilio? Lo terrible de vivir en un estado donde no oramos por culpa del pecado es la forma en que la situación se agrava. La culpa es peligrosa y puede llegar a destruirnos. El salmista reconoce: “Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano” (Salmo 32:3-4). ¡Necesitamos la brisa fresca del evangelio y la frescura del arrepentimiento para limpiar el sudor de nuestras frentes cansadas!

Reconocer la naturaleza corrosiva del pecado y la forma en que se come nuestra vida espiritual nos obliga a mantener cuentas cortas con Dios, y luchar contra las temporadas de culpa que vienen por la falta de oración. Bien se ha dicho, el pecado te alejará de la oración, y la oración te alejará de pecar. Pero también es cierto que la oración te sacará del pecado. A veces es un trabajo duro. Pero es un buen trabajo. Recuerda, nunca eres demasiado pecador como para orar, si tu oración es una de arrepentimiento. Cristo es poderoso para salvar, y su gracia es más grande que todos nuestros pecados.

El consuelo y el perdón que anhelas no lo hallaras lejos de Dios. Sólo Cristo puede ofrecértelo. No huyas de Él, ¡Huye de tu pecado! ¡Corre a los pies de Jesús! Como bien lo expresara la poetisa estadounidense Emma Lou Thayne:

¿Dónde ̮hallo el solaz, dónde, ̮el alivio
cuando mi llanto nadie puede calmar,
cuando muy triste ̮estoy o enojado
y me aparto a meditar?
Cuando la pena ̮es tal que languidezco,
cuando las causas busco de mi dolor,
¿dónde ̮hallo a un ser que me consuele?
¿Quién puede comprender? Nuestro Señor.
Él siempre cerca ̮está; me da Su mano.
En mi Getsemaní, es mi Salvador.
Él sabe dar la paz que tanto quiero.
Con gran bondad y ̮amor me da valor.
(“Donde hallo solaz”, Emma Lou Thayne, 1924-2014)