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Carta Abierta a un amigo calvinista…

Mi estimado amigo:

No quiero sonar agresivo, pero quiero ser totalmente honesto contigo: ¡Estoy cansado, aburrido, y harto de los calvinistas de Facebook! Pero ¡Alto! Antes de que te molestes, déjame continuar; hablo de los calvinistas orgullosos, los faltos de gracia, los que no sirven en una iglesia, los casi sectarios y que, en algunos casos, hasta hablan con groserías. Sí, esos calvinistas que tienen páginas de Facebook dedicadas a propagar la teología reformada por sobre todas las cosas, aquellos que viven para ganar “likes” a costa de aplastar la fe de otros. Calvino seguro se sentiría hastiado también al ver lo que sucede en las redes sociales usando su nombre. Pero en realidad, que importa Calvino, ¿Qué pensará Jesús de todo esto? Al final, se trata de sus discípulos que se despedazan unos a otros por un sistema teológico. Todo esto a pesar de que Él dijera un día: “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvieres amor los unos por los otros” (Juan 13:35). Tal vez, esto sólo evidencia que algunos calvinistas son discípulos de Calvino, antes de ser discípulos de Jesús.

Con toda sinceridad, creo que mucho de lo que los calvinistas dicen en contra de nosotros, los arminianos, se debe a lo poco que conocen nuestra doctrina, o a la maliciosa interpretación que de ella hacen otros para ganar adeptos y sacar feligreses de nuestras iglesias. ¡Ay de esos pobres ladrones de almas! Por eso, quiero aclararte lo siguiente:

(1.- El arminianismo clásico, o “sinergismo evangélico” (sinergismo aquí refiriéndose a la cooperación entre Dios y criatura), es la creencia de que Dios genuinamente quiere que todas las personas sean salvas, y que envió a Cristo para vivir, morir y resucitar igualmente por todos.

(2.- Es la creencia de que Dios no salva a las personas sin el libre consentimiento de ellas, sino que les concede gracia preveniente o preventiva (gracia que viene antes y prepara) para liberar sus voluntades de la esclavitud del pecado y hacerlas libres para oír, entender y responder a la llamada del evangelio.

(3.- Es la creencia de que la gracia de Dios es siempre resistible, y la elección para la salvación (predestinación) es condicional: Dios decreta que todos los que creen serán salvos y conoce de antemano a los que creen.

(4.- El arminianismo clásico, como toda teología protestante, presupone (en todas las cuestiones anteriores) que la salvación es un don gratuito de la gracia de Dios que no puede ser merecido; sólo puede ser aceptado. La justificación de Dios a los pecadores es “por la gracia mediante la fe solamente” y sólo por la obra de Cristo. La gracia de Dios en, y a través de Jesús es la causa eficaz de la salvación/justificación, pero la fe es la causa instrumental.

(5.- El arminianismo no incluye (y jamás incluyó) la creencia en el libre albedrío absoluto. Ni siquiera Dios obra por libre albedrío absoluto, pues la voluntad de Dios es gobernada por su carácter. El arminianismo se centra en el pecado y la salvación y afirma (en relación al libre albedrío) que las voluntades de los pecadores están presas al pecado hasta que sean liberadas por la gracia preveniente de Dios (en consecuencia, “albedrío liberado” ¡y no “libre albedrío”!). El arminianismo no incluye ninguna creencia particular sobre si, o en qué medida, Dios manipula las voluntades del hombre (personas humanas) en relación a hacer que sus planes sean realizados.

(6.- El arminianismo sostiene que “Dios es soberano sobre Su soberanía”. En otras palabras, Dios puede (y aparentemente lo hace) limitar su poder para permitir que los humanos se opongan a su voluntad (hasta cierto punto). Todo lo que sucede está dentro de la voluntad soberana de Dios, lo quiera la voluntad antecedente de Dios o la voluntad consecuente de Dios. La voluntad antecedente de Dios es que todos sean salvos; la voluntad consecuente de Dios (después de la caída) es que todos los que crean sean salvos.

(7.- El arminianismo es completamente equilibrado, y libre de extremismos peligrosos, en su expresión de la fe y teología cristiana. No hay un medio término que sea lógicamente coherente entre el calvinismo y el arminianismo. En realidad, el arminianismo es el medio término entre el calvinismo y el semipelagianismo, que es la herejía (así declarada por el Segundo Sínodo de Orange en 529 y con el que todos los reformadores concordaron) de que los pecadores son capaces de ejercer una buena voluntad para con Dios sin la ayuda de la gracia de Dios. Como el semipelagianismo (aún una visión extremadamente popular en el evangelicalismo estadounidense), el arminianismo defiende que los pecadores tienen libre albedrío. Sin embargo, el arminianismo también defiende (como el calvinismo) que el libre albedrío, en cuestiones de salvación, debe ser dado por Dios a través de la gracia preveniente y auxiliadora. Los pecadores solos, sin el poder liberador de la gracia, no ejercerán una buena voluntad para con Dios. Pero bajo la presión de la gracia liberadora y capacitadora, muchos realmente buscan a Dios, quien ya los buscó, llamándolos para que se arrepientan y crean. Contra el semipelagianismo y junto con el calvinismo, el arminianismo cree y enseña que la iniciativa en la salvación es de Dios y que toda la habilidad en la salvación es de Dios. Pero contra el calvinismo y junto con el semipelagianismo, los arminianos creen que los pecadores pueden resistir la gracia de Dios y, a fin de que sean salvos, deben aceptar libremente la gracia.

Por todo lo anterior, antes de asumir erróneamente y rasgarte las vestiduras denunciando que el arminianismo es una herejía, te invito a considerar lo siguiente: El arminianismo que tanto criticas se fundamenta en la Palabra de Dios. Sus enseñanzas no se originan en Jacobo Arminio, es más, a diferencia de lo que los calvinistas hacen con su fundador, los arminianos no mostramos veneración enfermiza por Arminio. Entendemos claramente que él no fue su creador. Por ejemplo, el teólogo anabaptista Balthasar Hubmaier promovió una visión muy semejante, casi un siglo antes de Arminio. Y eso no es todo: La doctrina conocida actualmente como “arminianismo” fue la enseñanza de la iglesia cristiana a través de los siglos, mucho antes del nacimiento de Calvino o Agustín mismo. De ello dan fe las Escrituras y la historia.

Por otro lado, el calvinismo que tanto defiendes, a pesar de su aparente lógica y cuestionable fundamento bíblico, es un plagio teológico (a veces inexacto) de las enseñanzas de Agustín de Hipona (Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hippo Regius, 28 de agosto de 430), un “santo”, padre y doctor de la Iglesia católica romana, influido ampliamente por la filosofía neoplatónica y el gnosticismo. El mismísimo Juan Calvino se jactaba de Agustín como fuente e inspiración de sus enseñanzas. El calvinismo constituye también una interpretación inexacta de la enseñanza paulina en la cual pretende sustentarse, ya que aísla las enseñanzas de Pablo del contexto general de las Escrituras e ignora felizmente otros pasajes paulinos que contradicen sus puntos de vista. Asimismo, ignora las enseñanzas de los demás libros de la Biblia y de Jesús mismo en relación con la salvación y el carácter de Dios.

Puedes llamarle “Doctrinas de la Gracia” si gustas, pero el calvinismo es apenas una distorsión del carácter de Dios y está lejos de ser las Buenas Nuevas de salvación proclamadas en la Biblia. Así que ¡No me vengas con ese cuento de qué ahora sí entiendes la gracia, que practicas la “sana doctrina” y que tu entendimiento del evangelio es superior al de tus hermanos arminianos! Es tiempo de dejar de lado la arrogancia teológica y trabajar por la salvación de los perdidos. Y dicho sea de paso ¿Por qué no dejas también de “pescar” creyentes de otras iglesias y seducirlos con sofismas y razonamientos bien elaborados? Dividir al cuerpo de Cristo es tarea del diablo, no tuya. ¡Dedícate a ganar a los no alcanzados por el evangelio! (Si es que tu línea de pensamiento te permite creer que hay esperanza para ellos, pues quizá presupongas que ya están predestinados a condenación).

A paz nos ha llamado el Señor ¡Dios te bendiga!

Tu hermano en Cristo: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.