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Sanidad Divina, un regalo de gracia

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Una de las hermosas doctrinas del pentecostalismo clásico es la sanidad divina. Los pentecostales creemos firmemente que la muerte de Cristo en la cruz no sólo provee el perdón del pecado, sino también la sanidad de la enfermedad. Afirmamos que Aquél que nos dio el regalo de la vida eterna es el mismo que puede sanar nuestro cuerpo. ¿Por qué creemos eso? ¡Porque la Biblia así lo enseña!

Dondequiera que iba, Jesús ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37-38). Pero el regalo de la sanidad divina no fue algo reservado exclusivamente para nuestro Señor y su ministerio terrenal. La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9).

Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4), pues la obra de milagros, incluso la sanidad divina, es un ministerio que compete a todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18).

El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

LA SANIDAD FÍSICA COMO UN BENEFICIO DE LA EXPIACIÓN

Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Su ministerio era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, quien puede “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De esta manera la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades.

Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su Nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor en su Segunda Venida y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

ÉL LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES

Isaías 53:4-5 nos dice:

“Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores. Con todo, nosotros Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados.” (LBLA).

Pero, ¿Qué quiere decir Isaías 53 cuando dice que llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores? En pocas palabras, esta frase es una metonimia en la cual el autor cambia el efecto por la causa. El pecado es la causa, del cual la enfermedad es uno de sus muchos efectos. De acuerdo con Isaías, Cristo sufrió la ira de Dios contra la maldad humana que causó tales cosas como dolor y enfermedad. Esto implica que Cristo murió por nuestras enfermedades de la misma manera que murió por nuestros pecados, haciendo posible el regalo de la sanidad divina.

Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

LA SANIDAD DIVINA, UN DON DE LA GRACIA

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11).

En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos hace capaces de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

LA. SANIDAD DIVINA, UN DON QUE SE NOS CONCEDE SIEMPRE EN SUJECIÓN A LA SOBERANÍA DE DIOS

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su Nombre armonizan cada vez más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones.

LA SANIDAD DIVINA, UN REGALO PARA TODOS

La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Incluso hay evidencia bíblica de que el precioso regalo de la sanidad divina, puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

¿ES PECADO ACUDIR A LOS MÉDICOS?

Algunos grupos religiosos, un tanto extremistas, consideran pecaminoso e incorrecto acudir a los médicos, considerándolo falta de fe o incluso traición a Dios, quien es ‘nuestro Sanador’. Pero la Biblia no enseña tal cosa. La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor.

Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello. También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2; 14:2; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos.

A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

LA SANIDAD DIVINA, UN ANTICIPO DE LO QUE NOS ESPERA BAJO EL REINADO MESIÁNICO Y EN LA ETERNIDAD

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una expresión proléptica de la completa redención del cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados.

La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42-44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, un día moriremos.

LA SANIDAD DIVINA NO DEBE SER VISTA COMO UN PRETEXTO PARA LA NEGLIGENCIA EN EL CUIDADO DEL CUERPO

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen nuestra responsabilidad de cuidar nuestro cuerpo de forma adecuada. Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18).

La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

EN SU SOBERANÍA DIOS HA DETERMINADO QUE NO TODOS SANARÁN

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad soberano de Dios, la cual está más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él y perfeccionarnos. Ya sea que Dios nos sane, o elija dejarnos atravesar por el doloroso proceso de la enfermedad, Él sabe lo que hace y su voluntad es perfecta ¡A Él sea toda la gloria!

Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, como tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

CONCLUSIÓN

Los pentecostales reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina, tanto por parte de creyentes como de predicadores y ministros que tergiversan dicha enseñanza. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Otros creen que pueden exigirle a Dios o incluso darle órdenes para que sane a tal o cual persona. Eso es incorrecto. Sin embargo, no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina.

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Poder.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas. Pero este poder no es exclusivo de la iglesia primitiva o de los apóstoles, profetas y evangelistas de antaño. Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9-10 han estado entre esas manifestaciones.

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los dones de palabra, por ejemplo, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las Escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación. A través de un don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar, con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de “fe”, sanidades, y “obras de poder” (milagros), generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

I.- DON DE FE.

El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (fe que puede “mover montañas”, Mateo 21:21, Marcos 11:23). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

II.- DONES DE SANIDADES.

Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La expresión jarísmata iamaton sólo aparece en la Biblia en tres ocasiones, y las tres se encuentran en 1 Corintios 12. Es extraño que una misma expresión original invariable reciba tres traducciones diferentes en la versión Reina-Valera en estas tres veces que aparece: “A otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:9), y otra casi idéntica: “¿Tienen todos dones de sanidad?” (1 Corintios 12:30); en cambio, vemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia… después los que sanan” (1 Corintios 12:28). La expresión correcta, que es “dones de sanidades”, es la que se habría debido usar las tres veces, en lugar de usarla sólo una, puesto que este plural doble tiene una importancia que no se debe pasar por alto. el doble plural que aparece al hablar de los “dones de sanidades” nos sugiere que:

  1. Es razonable creer que Dios puede ungir a una persona con fe en cuanto a ciertas enfermedades, y a otra persona con fe en cuanto a otras.
  2. Donde estén operando todos los dones de sanidad, se podrían sanar toda clase de enfermedades.
  3. El creyente que posea uno o más de ellos, será utilizado por Dios en ciertos casos de enfermedades, pero no forzosamente en otros.

Sin embargo, es probable que la explicación más sencilla sea que pueden existir diferentes dones para diferentes clases de enfermedades. Otra explicación sería que el Espíritu dirige en diversas maneras de expresar su poder sanador (la oración mental, la imposición de manos, la unción con aceite y cosas semejantes).

El propósito de Dios es que este don se utilice para su gloria y el avance de su Reino en la tierra. Constituye a la vez un respaldo divino al ministerio de una persona individual, o de una iglesia. De acuerdo con lo que decida la voluntad de Dios, el don se puede ejercitar sobre creyentes o no creyentes. La responsabilidad de este ministerio queda retenida dentro de la soberanía de Dios, porque es un don-señal que confirma el ministerio de un siervo humano suyo en una situación determinada.

El ejercicio de este don es un regalo de la gracia divina. La manifestación del Espíritu al canal humano es un don, y aquello que Él le da a realizar a ese canal suyo es a su vez la entrega de un don. El canal humano recibe un paquete de remedios sanadores para compartirlos con los demás en forma de dones. En las tres apariciones de la palabra “don”, el original es una forma de la palabra járisma, que indica una gracia, un favor, un obsequio, una muestra de bondad o una ayuda. No es un “don” en el sentido de algo que es posesión de alguien dotado para actuar, cuyas habilidades realizan la tarea de una manera impresionante; es un “don” en el sentido de que es una posesión que es puesta gratuitamente a su alcance en un momento adecuado, como recurso o instrumento para satisfacer una necesidad. Así, el señalamiento bíblico exacto afirma en las tres ocasiones que este don del Espíritu es una cuestión de caritativa concesión de una aplicación concreta. Ésta es la naturaleza de lo que el Espíritu le da al obrero humano, y esto es lo que él recibe para dárselo a otros. En ambos niveles es, por así decirlo, caridad divina, y no mérito humano, ni fe humana tampoco. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (1 Corintios 15:44–57).

Ahora bien, los dones de sanidades comparten con las lenguas y con los milagros la categoría especial de que son concedidos sobre una base doble: se le dan individualmente a la persona (1 Corintios 12:7), y se le dan a la Iglesia (1 Corintios 12:28). Su identificación con estos otros dos dones se convierte en otro dato más para comprender su naturaleza y la razón de ser que tiene dentro de las intenciones de Dios. Son dones-señales, dados como cumplimiento de la promesa que hizo el Señor en su despedida: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18). Es como si se tratara de las credenciales que Dios les concede a sus siervos, de manera individual y también de manera colectiva como iglesia, para capacitarlos de esa manera a fin de que cumplan con la misión que Él les ha encomendado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Leemos con respecto al ministerio de Felipe: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6).

III.- DON DE MILAGROS O SEÑALES DE PODER.

“Obras de poder” (energemata dunombreon; llamados también “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. Por medio de este don se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

IV.- LOS DONES DE PODER Y SU UTILIDAD EN EL MINISTERIO.

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (Romanos 1:18–32).

La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (Juan 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (Juan 9:39–41). Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

V.- RECEPCIÓN DE LOS DONES DE PODER.

Todas las suposiciones previas y todos los calificativos normales que se aplican a los demás dones del Espíritu (1 Corintios 12:8-10), también se aplican a este tipo de dones:

(1) Son otorgados de acuerdo con la voluntad del Espíritu (1 Corintios 12:11).

(2) Permanecen dentro del Espíritu, y no en el obrero humano (observe que, en el lenguaje bíblico más estricto, los dones no son ni impartidos ni otorgados, sino “manifestados” según 1 Corintios 12:7).

(3) Son exclusivos y totalmente sobrenaturales, y le pertenecen al Espíritu, sin que le pertenezcan de manera alguna al ser humano natural (1 Corintios 12:11).

(4) Son dados para el bien del Cuerpo como un todo; es decir, “para provecho” (1 Corintios 12:7).

Hay también algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él. Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder. Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal. El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.