Distintivos del Pentecostalismo, Dones Espirituales, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Sanidad Divina

Sanidad Divina, un regalo de gracia

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Una de las hermosas doctrinas del pentecostalismo clásico es la sanidad divina. Los pentecostales creemos firmemente que la muerte de Cristo en la cruz no sólo provee el perdón del pecado, sino también la sanidad de la enfermedad. Afirmamos que Aquél que nos dio el regalo de la vida eterna es el mismo que puede sanar nuestro cuerpo. ¿Por qué creemos eso? ¡Porque la Biblia así lo enseña!

Dondequiera que iba, Jesús ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37-38). Pero el regalo de la sanidad divina no fue algo reservado exclusivamente para nuestro Señor y su ministerio terrenal. La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9).

Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4), pues la obra de milagros, incluso la sanidad divina, es un ministerio que compete a todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18).

El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

LA SANIDAD FÍSICA COMO UN BENEFICIO DE LA EXPIACIÓN

Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Su ministerio era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, quien puede “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De esta manera la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades.

Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su Nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor en su Segunda Venida y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

ÉL LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES

Isaías 53:4-5 nos dice:

“Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores. Con todo, nosotros Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados.” (LBLA).

Pero, ¿Qué quiere decir Isaías 53 cuando dice que llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores? En pocas palabras, esta frase es una metonimia en la cual el autor cambia el efecto por la causa. El pecado es la causa, del cual la enfermedad es uno de sus muchos efectos. De acuerdo con Isaías, Cristo sufrió la ira de Dios contra la maldad humana que causó tales cosas como dolor y enfermedad. Esto implica que Cristo murió por nuestras enfermedades de la misma manera que murió por nuestros pecados, haciendo posible el regalo de la sanidad divina.

Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

LA SANIDAD DIVINA, UN DON DE LA GRACIA

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11).

En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos hace capaces de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

LA. SANIDAD DIVINA, UN DON QUE SE NOS CONCEDE SIEMPRE EN SUJECIÓN A LA SOBERANÍA DE DIOS

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su Nombre armonizan cada vez más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones.

LA SANIDAD DIVINA, UN REGALO PARA TODOS

La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Incluso hay evidencia bíblica de que el precioso regalo de la sanidad divina, puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

¿ES PECADO ACUDIR A LOS MÉDICOS?

Algunos grupos religiosos, un tanto extremistas, consideran pecaminoso e incorrecto acudir a los médicos, considerándolo falta de fe o incluso traición a Dios, quien es ‘nuestro Sanador’. Pero la Biblia no enseña tal cosa. La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor.

Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello. También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2; 14:2; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos.

A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

LA SANIDAD DIVINA, UN ANTICIPO DE LO QUE NOS ESPERA BAJO EL REINADO MESIÁNICO Y EN LA ETERNIDAD

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una expresión proléptica de la completa redención del cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados.

La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42-44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, un día moriremos.

LA SANIDAD DIVINA NO DEBE SER VISTA COMO UN PRETEXTO PARA LA NEGLIGENCIA EN EL CUIDADO DEL CUERPO

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen nuestra responsabilidad de cuidar nuestro cuerpo de forma adecuada. Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18).

La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

EN SU SOBERANÍA DIOS HA DETERMINADO QUE NO TODOS SANARÁN

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad soberano de Dios, la cual está más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él y perfeccionarnos. Ya sea que Dios nos sane, o elija dejarnos atravesar por el doloroso proceso de la enfermedad, Él sabe lo que hace y su voluntad es perfecta ¡A Él sea toda la gloria!

Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, como tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

CONCLUSIÓN

Los pentecostales reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina, tanto por parte de creyentes como de predicadores y ministros que tergiversan dicha enseñanza. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Otros creen que pueden exigirle a Dios o incluso darle órdenes para que sane a tal o cual persona. Eso es incorrecto. Sin embargo, no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina.

Herejías, Neopentecostalismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Sincretismo, Vida Espiritual

Kundalini y experiencia pentecostal (Parte I)

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Por muy asombroso que pueda parecernos, los enemigos del movimiento pentecostal a menudo sugieren que la experiencia bíblica y pentecostal conocida como bautismo en el Espíritu Santo no es otra cosa que obra de Satanás. Esto resulta decepcionante si consideramos que nosotros, como movimiento pentecostal, hemos extendido nuestra mano de confraternidad hacia nuestros hermanos de otras denominaciones, crean o no en la experiencia pentecostal como nosotros. Muchas de nuestras librerías están llenas de libros no pentecostales, solemos admirar los logros y avances de nuestros hermanos de otras denominaciones, ¡Incluso muchos de nuestros miembros laicos, líderes y ministros se capacitan en instituciones religiosas, seminarios y universidades cristianas no pentecostales! Lamentablemente dicha deferencia por parte del movimiento pentecostal, hacia sus hermanos de otras denominaciones, no es necesariamente recíproca.

1

EN EL ESPÍRITU DE CAÍN, LOS CESACIONISTAS SE LEVANTAN CONTRA SUS HERMANOS

Tal como Caín se levantó contra su hermano Abel buscando su muerte, pareciera que muchos de los denominados “cristianos” desearían erradicar todo vestigio del pentecostalismo en el mundo. Algunos opositores del movimiento pentecostal han llegado incluso a afirmar que el Movimiento Pentecostal y Carismático[1] debe ser considerado como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos. En el peor espíritu sectario, algunos líderes religiosos han dicho:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

2

Para algunos “cristianos” no pentecostales, nosotros ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, sino rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]

“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

3

En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas de tendencia cesacionista, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, se encuentra arraigada firmemente:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8)”[7]

¿Cuál es la causa de tal oposición a nuestra fe pentecostal? Más allá de una sincera preocupación por la sana doctrina y praxis cristiana, lo que muchos grupos religiosos y denominaciones dejan entrever con tal oposición es cierto grado de envidia, sectarismo y rivalidad hacia los pentecostales a causa de su éxito misionero, crecimiento numérico e influencia. ¿Por qué afirmamos tal cosa? Porque la verdad está a la vista y es incómoda para algunos: En tan solo 100 años de existencia, el pentecostalismo se ha transformado en el movimiento cristiano de mayor y más rápido crecimiento de toda la historia. Habiendo surgido en la primera década del siglo XX con unas pocas comunidades, ya en 1970 los pentecostales totalizábamos 73 millones, para llegar en 1989 a 352 millones en todo el mundo, y hoy se habla de más de 500 millones. En varios países del mundo el pentecostalismo tiene una tasa de crecimiento del 10% anual, mientras que las iglesias protestantes  (en su mayoría reformadas y cesacionistas) corren el riesgo de desaparecer o quedar reducidas a ínfimas minorías.

4

UNA NUEVA ACUSACIÓN CONTRA EL MOVIMIENTO Y LA EXPERIENCIA PENTECOSTAL

En su intento por desacreditar al pentecostalismo y frenar su vertiginoso crecimiento en el mundo, muchos que se hacen llamar “cristianos” no escatiman esfuerzos ni argumentos por evitar que este avance. Hoy día, pareciera estar de moda equipara la experiencia pentecostal con el esoterismo hindú. Muchas líderes y teólogos cesacionistas[8] han llegado a equiparar el ser bautizado con el Espíritu Santo con la práctica y creencia hindú de la kundalini.

Pero ¿Qué es la Kundalini? En el marco del hinduismo, la kundalini (en sánscrito कुण्डलिनी) se describe como una energía intangible, representada simbólica y alegóricamente por una serpiente o un dragón, que duerme enroscada en el muladhara[9] (el primero de los siete chakras[10] o círculos energéticos, ubicado en la zona del perineo). Se dice que, al despertar esta serpiente, el yogui[11] controla la vida y la muerte.  Para los adeptos a este tipo de creencias, la kundalini es considerada como la energía primordial o shakti[12] que llega a desarrollarse en plenitud al reunirse en el atma (alma) con el Brahman. El concepto de la kundalini es popular en prácticas orientales y esotéricas como el yoga, el tantra, el budismo, el taoísmo, el sijismo y el gnosticismo.

6

EL SÍNDROME DE LA KUNDALINI

Un fenómeno distintivo de este tipo de experiencias místicas es el denominado síndrome de la Kundalini, el cual es un proceso psico-espiritual y transformativo que ocurre en conexión con una experiencia cercana a la muerte, o con una práctica espiritual o contemplativa prolongada e intensiva, tal como se practica dentro de unas pocas subdisciplinas de meditación o yoga. El proceso no siempre es repentino y dramático, también puede comenzar lentamente y aumentar gradualmente en actividad a lo largo del tiempo. Si los síntomas acompañantes se desarrollan de una manera intensa que desestabiliza a la persona, el proceso generalmente se interpreta como una Emergencia espiritual (una posesión controlada, que se salió de control).

Los estudiosos de este tipo de fenómenos señalan algunos elementos comunes que describen esta condición, de los cuales la característica más destacada es una sensación de energía o calor que sube por la columna vertebral. Otros síntomas la sensación de presiones craneales; la percepción de los sonidos internos o zumbidos; experiencias de ver luces; sensaciones de vibración o cosquilleo en alguna parte del cuerpo; taquicardia (frecuencia cardíaca rápida); cambios en la respiración; movimientos corporales espontáneos; sensaciones de calor o frío moviéndose a través del cuerpo; dolor corporal localizado que comienza y se detiene abruptamente; vibraciones y picazón debajo de la piel; sensaciones sexuales inusuales o intensas; orgasmos espontáneos en situaciones en las cuales no hubo ninguna estimulación sexual; síntomas mentales y afectivos como miedo, ansiedad, despersonalización; emociones positivas o negativas intensas; disminución o aceleración espontánea de los pensamientos; estados de trance espontáneo; experimentarse a sí mismo como más grande que el cuerpo físico; experiencias de conciencia paranormal; etc. Curiosamente, todos estos son los mismos síntomas que los maestros de la Nueva Era detallan como “del despertar de la consciencia”.

woman mountain peak cliff practice yoga

Muchas personas cuya Kundalini se desencadenó inesperadamente no saben lo que está sucediendo. Además, la Kundalini activada abre puertas a todo tipo de visiones místicas, paranormales y mágicas que ejercen un impacto dramático en el cuerpo. Se han reportado largos episodios de enfermedades extrañas, así como cambios radicales en lo mental, emocional, interpersonal, psíquico, espiritual y de estilo de vida. Las manifestaciones comunes de una Kundalini activada son a menudo contracciones musculares, calambres o espasmos; la sensación de energía o inmensa electricidad que circula por el cuerpo; sensaciones de picazón, vibración, picazón, escozor y hormigueo; calor o frío intenso; movimientos corporales involuntarios (ocurren más a menudo durante la meditación, el descanso o el sueño) tales como sacudidas, temblores o la sensación de una fuerza interna que empuja al iniciado hacia una postura o mueve su cuerpo de maneras inusuales (muchas médicos que han tratado este tipo de síndrome a menudo lo diagnostican erróneamente como epilepsia o síndrome de piernas inquietas). Dicho síndrome produce también alteraciones en los patrones de alimentación y sueño; episodios de hiperactividad extrema o, por el contrario, fatiga abrumadora. También deseos sexuales intensificados o, en caso contrario, disminuidos, así como dolores de cabeza y presiones dentro del cráneo, dolores en el pecho, problemas del sistema digestivo, adormecimiento o dolor en las extremidades (especialmente en el pie y la pierna izquierdos), dolores y bloqueos en cualquier lugar; a menudo en la espalda y el cuello; arrebatos emocionales; cambios de humor rápidos; episodios aparentemente no provocados o excesivos de pena, miedo, rabia o depresión. Las vocalizaciones espontáneas (que incluyen la risa y el llanto) son comunes y se dan de forma tan involuntarias e incontrolables como el hipo.

Experiencias psíquicas como la percepción extrasensorial; experiencias extracorporales; recuerdos de supuestas vidas pasadas; viajes astrales; conocimiento directo de auras y chakras; contacto con guías espirituales a través de voces internas, sueños o visiones o incluso poderes curativos son también comunes. Para los creyentes en estas prácticas, la Kundalini activada es la apertura a la divinidad o el despertar de su divinidad propia. Todo esto suena realmente similar a las promesas de la serpiente en el Edén. Curiosamente, y no creemos que sea casualidad, la Kundalini es representada como una serpiente; una serpiente que les promete a sus adeptos que serán como dioses. Lo que realmente sucede con la activación de la Kundalini es que Satanás activa en la persona una energía demoníaca que le dará ciertos poderes y habilidades que el enemigo necesita para poseer, manipular y usar a sus conductos con mayor facilidad. El huésped piensa que se está “empoderando” o ganando poder, sin saber que se está entregando como herramienta de Satán.

PORTADA

¡ALTO! NO SON LA MISMA COSA…

Los pentecostales clásicos, defensores de la sana doctrina y praxis cristiana, rechazamos las acusaciones de nuestros hermanos cesacionistas. La kundalini y el bautismo o llenura del Espíritu Santo no son, ni remotamente, la misma cosa. Esto lo sabe muy bien cualquier creyente pentecostal que ha experimentado personalmente dicha bendición espiritual. Sin embargo, debemos admitir que no todo lo que ocurre en algunas iglesias que se identifican como pentecostales o carismáticas puede ser atribuido a la obra divina del Espíritu Santo. Hemos sido testigos de aberraciones aisladas de comportamiento y de doctrina entre los que se autoidentifican como pentecostales o carismáticos, principalmente en movimientos pseudocristianos como la Nueva Reforma Apostólica, la Confesión Positiva, el Evangelio de la Prosperidad, el dominionismo y muchas otras herejías.

En nuestra próxima entrega analizaremos algunas de las prácticas dudosas (incluso espiritistas y de la Nueva Era) introducidas en algunas de las iglesias que, falsamente, suelen identificarse como pentecostales o carismáticas.

8

REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California.

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[4] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 15.

[5] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[6] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] El cesacionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesacionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.

[9] El chakra muladhara o chakra raíz, de acuerdo a las tradiciones del tantrismo, es el primero de los seis chakras primarios, ​ y se ubica en la base de la columna vertebral.3​ Está simbolizado por una flor de loto con cuatro pétalos y el color rojo.

[10] En el hinduismo, los chakras son centros de energía inmensurables (no medibles) situados en el cuerpo humano. Según las doctrinas hinduistas, son seis, pero según la teosofía (de fines del siglo XIX), el gnosticismo (de mediados del siglo XX) y la nueva era (de fines del siglo XX) son siete: Muladhara (relaciona con todos los aspectos de nuestra existencia física), Svadishthana (el chakra sacral y rige nuestras emociones, creatividad y placer), Manipura (es el chakra del plexo solar y acoge nuestro poder personal), Anahata (es el centro del corazón y está asociado al amor incondicional), Vishuddha (es el chakra de la garganta y es el responsable de la comunicación), Ajna (es el tercer ojo y es el centro de la intuición) y Sahasrara (es el chakra corona y es el centro de conexión espiritual). Actualmente, sin embargo, los adeptos a estas ideas orientales creen que en realidad el número de chakras es mucho mayor ya que (según ellos) existe un chakra en cada punto donde se cruzan dos o más canales energéticos, y éstos son innumerables.

[11] Un yogui es un practicante, generalmente avanzado, del yoga.

[12] En el marco del hinduismo, shakti o más correctamente, Śakti, designa a la «energía» de un deva (dios masculino hinduista), personificada como su esposa.

5

Dones Espirituales, Sin categoría

Los Dones Espirituales: Definición y razón de ser.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Un distintivo del movimiento pentecostal es su continuismo; es decir, su creencia en la vigencia actual de los dones sobrenaturales procedentes del Espíritu Santo. Desde su nacimiento, El Pentecostalismo ha dependido de Dios para hacer obras sobrenaturales. Parte esencial del movimiento pentecostal en nuestro tiempo ha sido un nuevo énfasis en los dones espirituales. Esto no debería extrañarnos, ya que la manifestación de los dones espirituales es parte esencial de la obra de Dios en su pueblo y a través de este. Jesús dijo: “edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Nuestro Señor no sólo puso el fundamento de la Iglesia, sino que Él aún la sigue edificando. Él cumplió su promesa de enviar al Espíritu Santo para darnos poder. Jesucristo es el Bautizador. El Espíritu y los dones son nuestros por medio de Él.

Los sucesos del día de Pentecostés (Hechos 2) fueron el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. Esa inauguración del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. La promesa dada a través del profeta Joel en relación con el derramamiento del Espíritu Santo es de una naturaleza dramática, en donde los recipientes profetizan, sueñan, y ven visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés de que “ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su Espíritu sobre ellos” (Números 11:29). Este aspecto de la venida del Espíritu está conectado con el concepto del Nuevo Testamento de los dones del Espíritu, los cuales son habilidades especiales proporcionadas por el Espíritu Santo a los cristianos con el propósito de edificar el cuerpo de Cristo.

La lista de dones espirituales en 1 Corintios 12: 8-10, incluye sabiduría, ciencia, fe, sanidad, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, hablar en lenguas, e interpretación de lenguas. Listas similares aparecen en Efesios 4:7-13 y Romanos 12:3-8. Los dones del Espíritu son simplemente facultades dadas por Dios a los creyentes para hacer lo que Él nos ha llamado a hacer. 2 Pedro 1:3 dice: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por Su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.” Los dones del Espíritu Santo son parte de “todas las cosas” que necesitamos para cumplir Sus propósitos para nuestras vidas.

¿QUÉ SON LOS DONES ESPIRITUALES?

En un sentido amplio, es un don espiritual cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia) y también a los dones que trascienden los medios ordinarios: sanidades, profecía y milagros. Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Es necesario señalar algunos puntos respecto a estas listas de dones:

(1.- Las listas no son exhaustivas; no comprenden todos los dones que nos da Dios. Por ejemplo, Dios dota y llena de poder a numerosas personas para la oración de intercesión. Este don no aparece en las listas del Nuevo Testamento y, sin embargo, es un poderoso y eficaz don para destruir fortalezas. Es importante que no limitemos a Dios en un punto en el cual Él mismo no se ha limitado. En ningún lugar de las Escrituras limita Dios la obra con la cual nos llena de poder, a solamente aquellos dones que se mencionan las listas.

 

(2.- Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

(3.- La presencia de dones no es señal de madurez espiritual. Los dones son poder para ministrar, y Dios los distribuye conforme a su voluntad. Por ejemplo, los corintios era una iglesia que tenía muchos dones (1 Corintios 1:7), pero eran inmaduros de carácter, lo que fue evidente en sus actitudes de división y de celos respecto a los líderes y los dones (1 Corintios 3:1–23; 12–14).

Los varios términos empleados en el Nuevo Testamento para los dones espirituales nos ayudan a entender esta obra del Espíritu. En 1 Corintios 12:7 Pablo designa todos los dones como la manifestación (phanerosis) del Espíritu. Propiamente dicho, el Nuevo Testamento no trata de manifestaciones espirituales en plural. La palabra está en el singular y aparece sólo una vez más en el Nuevo Testamento en un contexto sin relación con los dones espirituales (2 Corintios 4:2). Muy probablemente, Pablo deseaba transmitir la idea de que el Espíritu único tiene muchas maneras de manifestarse, pero que estas “manifestaciones” deben ser consideradas como una entidad.

Un segundo término es “carismata” (1 Corintios 12:4, 9, 31; 14:1; Romanos 1:11). La forma singular de la palabra (carisma) está compuesta de dos elementos. “Caris” es la palabra griega que usualmente se traduce gracia, o favor inmerecido. El sufijo “ma” con frecuencia significa “resultado de”. Un carisma es, por consiguiente, algo concedido a una persona aun cuando puede que no lo merezca. Se traduce propiamente don o dádiva, pero con esta connotación especial. Sin embargo, la palabra misma no significa don espiritual; sólo en ciertos contextos tiene ese sentido. En otros contextos significa don, regalo o dádiva en un sentido general, tal como en Romanos 6:23, “la dádiva de Dios es vida eterna”. Según se aplica a nuestro sujeto, esta raíz o etimología de la palabra debiera ayudarnos a entender por qué es que a veces le es dispensado un don a una persona que aparentemente no lo merece.

La palabra “pneumatika” también se usa con referencia a dones espirituales. Es la forma plural neutra de “pneumatikos”, que es un adjetivo que significa espiritual. La palabra misma no significa dones espirituales, pero se usa en este sentido en 1Corintios 12:1 y 14:1. En Romanos 1:11 encontramos la combinación “carisma pneumatikon” (don espiritual). Esta expresión sugiere que los dones operan en el reino espiritual. Ellos vienen mediante la capacitación del Espíritu Santo y no deben identificarse con talentos meramente humanos o naturales.

Los términos “doreai” y “domata” se usan también en relación con los dones (Efesios 4:7,8). Como con las dos palabras anteriores, el significado no es don espiritual, sino simplemente don. Son formas nominativas del verbo griego muy común dar (didomi). Sin embargo, Pablo usa los nombres cuando trata de los dones de liderazgo en la iglesia. El último término es “merismois” y se encuentra en Hebreos 2:4, que trata de los “dones del Espíritu Santo”. Pero esta palabra significa más bien porciones, partes o divisiones. Viene del verbo “merizo” que significa dividir, distribuir, asignar, repartir. Ni el nombre ni el verbo tienen referencia directa a la idea de dones, aun cuando el contexto de Hebreos 2:4 lo sugiere. El énfasis es mayormente en la obra del Espíritu de distribuir dones, y es comparable a lo que dice Pablo en 1 Corintios 12:11: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere”. Tenemos entonces esta variedad de términos cuando las Escrituras hablan de dones espirituales. Cada uno de ellos contribuye a una comprensión del todo. Así pues, los dones espirituales son capacitaciones especiales dadas por Dios a su pueblo para la edificación del cuerpo de Cristo y para la extensión de su Reino. El Espíritu Santo es el principal agente divino para la distribución de estos dones.

El pasaje más extenso del Nuevo Testamento acerca de los dones espirituales es 1 Corintios 12 al 14. El apóstol Pablo estaba respondiendo al énfasis que la iglesia en Corinto ponía en ciertos dones (particularmente las lenguas), mientras que se olvidaban de los dones más esenciales. Aunque estaba tratando con un problema específico, en un determinado tiempo y lugar, las verdades que enseñó para ayudar a la iglesia en Corinto se aplican en todos los tiempos y lugares, y dan enseñanza sobre otros aspectos relacionados con los dones espirituales. Pablo menciona que los tres miembros de la Trinidad obran a través de los dones espirituales: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Corintios 12:4–6). Dios nos llama no sólo para que trabajemos por Él sino también para que trabajemos con Él (Marcos 16:20). Él está obrando en nosotros y a través de nosotros. Dios nos da poder a través de los dones. En el capítulo 12 vemos dos formas poderosas en que se manifiestan los dones:

  1. En primer lugar, el poder de los dones se ve en su unidad. Pablo usa el cuerpo humano como un ejemplo de la iglesia. El cuerpo no es meramente un ejemplo de la iglesia, sino que es una representación inspirada de lo que Dios quiere que sea la Iglesia. Dios diseñó el cuerpo humano físico y también el cuerpo espiritual (la Iglesia). Un cuerpo no puede funcionar si sus partes no trabajan en unidad. La iglesia primitiva era un ejemplo vivo del poder de la unidad espiritual. Después que los primeros cristianos fueron llenos del Espíritu Santo, eran “de un corazón y un alma” (Hechos 4:32). Pablo dice que Dios ha ordenado de tal manera el cuerpo, “dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:24–26).
  2. En segundo lugar, el poder de los dones se ve en su variedad. Dios tiene un propósito para cada don. La iglesia de Corinto se centraba en unos cuantos dones (especialmente las lenguas), y, en consecuencia, la edificación de la iglesia sufría porque no apreciaban todos los dones. La naturaleza misma de la iglesia es que “no es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:14). Dios sabe lo que la iglesia necesita. Cada parte del cuerpo y cada don espiritual tienen un propósito importante. Si no reconocemos la belleza y el poder en la variedad que Dios ha provisto, podemos devaluar nuestro propio lugar en el cuerpo (vv. 15,16). O podemos devaluar el lugar de otra persona en el cuerpo (v. 21).

LA RAZÓN DE SER DE LOS DONES ESPIRITUALES.

El propósito de los dones es para edificación, lo que simplemente significa esto: edificar. Se relaciona con la misma palabra que Pablo usa en el capítulo 3, cuando les dice a los cristianos que somos edificio de Dios. Jesús está edificando su iglesia. Y tiene la deferencia de usarnos en su obra. Pablo muestra que los dones edifican en dos maneras. Somos espiritualmente edificados como individuos, y la iglesia se edifica como grupo (1 Corintios 14:4). Ambos son necesarios. La iglesia se compone de gente. Cada persona en la iglesia necesita ser edificada para que la iglesia en conjunto sea edificada.

Debido a que las lenguas eran un problema en la iglesia de Corinto, Pablo usa las lenguas como ejemplo. Él hace una distinción entre las lenguas que se interpretan en reuniones de la iglesia y las lenguas que son sólo para edificación personal. En reuniones de la iglesia, las lenguas sólo llegaban a ser para edificación de la iglesia si se interpretaban. Pablo usa un argumento de peso para mostrar eso, diciendo que cuando los creyentes se reúnen, la prioridad debe ser que toda la iglesia sea edificada. Para estar seguro de que los corintios no creyeran que él estaba depreciando el valor de las lenguas para la edificación personal, dice: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros” (1 Corintios 14:18); pero luego dice que en la iglesia prefiere hablar cinco palabras que se entiendan y que instruyan a otros que diez mil palabras en un idioma que no se entienda (v. 19). No está devaluando las lenguas; está estableciendo una prioridad. Al cierre del pasaje acerca de los dones espirituales, para estar seguro nuevamente de que no sea mal interpretado, Pablo dice: “no impidáis el hablar en lenguas” (v. 39). La prioridad se encuentra en el versículo 12: “procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia”.

Dentro del escenario de la adoración colectiva, los dones tienen como fin edificar a todo el Cuerpo (1 Corintios 12:7). Por ejemplo, los dones de expresión deben ser inteligibles para la congregación, de manera que todos los presentes sean edificados por la manifestación (1 Corintios 14:5–19). De lo contrario, daría lo mismo que el que habla lanzara sus palabras al viento (1 Corintios 14:9). Los dones también glorifican a Dios (1 Corintios 14:16,17,25). En 1 Pedro 4:10,11 se expresa de manera más explícita aún este principio respecto a los dones de expresión, y también a los de servicio. Según este pasaje, los dones nos son distribuidos “para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (v. 11). En la esfera personal, los dones también edifican al creyente de manera individual (1 Corintios 14:4,18,19). No hay duda alguna de la aplicación de este principio a esos momentos en los que buscamos la soledad para orar y adorar. Tampoco hay duda alguna de que Dios se comunica personalmente con nosotros fuera del contexto de la adoración colectiva (Hechos 9:1–19; 13:1–3). Sin embargo, los que observan la adoración pentecostal de manera superficial, muchas veces malentienden esta enseñanza del Nuevo Testamento. En las reuniones pentecostales de adoración es una práctica común dedicar un momento a la oración personal; lo que muchos de nuestros padres en la fe solían llamar “el concierto de oración”. Cuando los creyentes levantan su voz de común acuerdo, ofreciendo al Señor sus alabanzas y sus peticiones, podrían presentarse diversas manifestaciones del Espíritu. Aunque el concierto de oración se produce durante la adoración colectiva, en realidad, es un momento apartado para la comunión personal de cada uno con Dios. El principio de inteligibilidad no tiene aplicación en la comunión individual con Dios, ni en el culto de altar.

Los dones espirituales operan en dos tipos distintos de ambiente: el colectivo y el privado. Los ambientes ayudan a determinar cuál es la mayor razón de ser de los dones. Pero tanto en el ambiente colectivo como en el privado, las manifestaciones del Espíritu siempre son edificantes. Ya sea por medio de la convicción o de la reafirmación, por medio de acciones sutiles, o de maravillosas demostraciones del poder de Dios, las manifestaciones de los dones espirituales nos conducen a la gloriosa imagen de Dios, que es Jesucristo, nuestro Señor, y lo exaltan solamente a Él.

LA DISTRIBUCIÓN DE LOS DONES ESPIRITUALES.

Dos veces en el capítulo 12 Pablo hace hincapié en que los dones espirituales y los ministerios en la iglesia son dados por la voluntad y la obra de Dios mismo. Los dones espirituales no son impartidos por voluntad y obra del hombre. Dios obra por medio de personas, pero por su propia voluntad. Pablo menciona que Timoteo recibió un don por la imposición de las manos de Pablo (2 Timoteo 1:6), y también mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio (1 Timoteo 4:14). Sin embargo, muestra claramente que Dios ha colocado cada miembro (don) en el cuerpo “como él quiso” (1 Corintios 12:18). También muestra que Dios ha puesto los diferentes ministerios en la iglesia (1 Corintios 12:28). Debemos “procurar” los dones espirituales (1 Corintios 12:31; 14:1); pero no son para consecución. Los dones espirituales no son premios o logros. Son dones o muestras de gracia, inmerecido e impartidos por la voluntad de Dios para el bien de toda la iglesia. Hemos de seguir el amor y procurar los dones espirituales (1 Corintios 14:1). Los dones espirituales no son trofeos de espiritualidad, sino dones que Dios ha puesto en la iglesia para obrar sus propósitos.

LA PERSPECTIVA CORRECTA ACERCA DE LOS DONES.

No fue la intención de Pablo de que el capítulo 13 fuera un texto aparte, como una bella prosa sobre el amor. Él no lo escribió para que se le pusiera un marco de flores y se colgara en una pared. Más bien, es el centro de la enseñanza de Pablo acerca de los dones espirituales, para darnos perspectiva. Para entender este pasaje, hay que recordar cómo era la iglesia en Corinto. Su problema no eran los dones espirituales, sino el problema era su actitud errónea hacia los dones. Pablo comienza este pasaje con dos poderosos argumentos:

  1. Primeramente, muestra que por más grandes que sean los dones espirituales, el amor es aún mayor.
  2. En segundo término, muestra que por más maravillosos que sean los dones, sin el amor éstos se vuelven ineficaces.

Él en ninguna manera está depreciando los dones espirituales. Antes de que comience su enseñanza sobre el amor, dice: “os muestro un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:31). Los dones son excelentes; pero el amor es “aún más excelente”. El amor no está en competencia con los dones; el amor es lo que hace eficaces a los dones.

LOS DONES ESPIRITUALES Y SU USO EN LA CONGREGACIÓN.

Dios ha escogido manifestar sus dones a través de personas. Pero es posible que una persona haga mal uso de los dones. El orden divinamente dirigido es necesario para su debido uso. El propósito de los dones (la edificación) es fundamental para determinar el decoro de los dones. Pablo dice: “Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26). Luego da enseñanza práctica sobre el debido ejercicio de los dones en la iglesia. La última instrucción de Pablo acerca de los dones espirituales es: “pero hágase todo decentemente y con orden” (v.40). Dios no nos controla como si fuéramos marionetas. Tenemos una voluntad. El Espíritu de Dios está obrando en nosotros, pero nuestro propio espíritu humano sigue activo y está sujeto a nosotros (1 Corintios 14:32). Podemos optar por controlar nuestro espíritu. La perspectiva del amor abnegado en el capítulo 13 requiere que cada persona se someta al bien común del resto de la iglesia.

Hay un tiempo y lugar para cada manifestación. Dios no nos ha dado una lista completa de exactamente lo que es apropiado en cada situación. Lo que es adecuado y de buen orden en un culto de oración no podría serlo en un servicio de domingo por la mañana. Y lo que es apropiado una vez en un servicio específico puede no serlo en otra oportunidad en un servicio similar. Hay un tiempo apropiado para la edificación personal y un tiempo para apropiado la edificación de toda la iglesia. Dios nos ha dado líderes que son responsables ante Dios de decidir sobre ello. Dios ha designado “administradores” en la iglesia (1 Co 12:28). Esta palabra se usaba originalmente para referirse a la dirección de un barco. Significaba gobernar por orientación y dirección activa. El liderazgo consiste en emitir juicio. Cuando el líder de un servicio decide sobre la propiedad de una manifestación, esa decisión está bajo la guía del Espíritu Santo y es tan necesaria como un mensaje de profecía u otros dones. Debido a que la naturaleza de la administración es “gobernar”, el juicio del líder tiene autoridad sobre el ejercicio de otros dones. El líder es responsable ante Dios de ser sensible a lo que el Espíritu quiere llevar a cabo en un servicio y es responsable de que todo se haga decentemente y con orden.

La honorabilidad en el uso de los dones es esencial para su eficacia permanente porque, por desgracia, un mal uso de los dones espirituales finalmente resulta en desuso de los dones. Y los dones son esenciales para la edificación de la iglesia de Cristo. No son sólo para uso intermitente, sino como un medio permanente de una fuente de poder para la iglesia, con el fin de que cumpla los propósitos de Dios.

LA NECESIDAD DE PERMANECER LLENOS DEL ESPÍRITU.

Cuando Pablo les dice a los cristianos de Éfeso que sean “llenos del Espíritu”, el verbo griego que usa significa que sigan eligiendo ser llenos (Efesios 5:18). La llenura del Espíritu no debería ser algo de una sola vez, sino que debía ser una forma de vida. Debemos recordar que no es “con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Cuando el ángel de Jehová habló estas palabras a Zacarías, él tuvo una visión de siete lámparas sobre un candelabro. El combustible para las lámparas no estaba en un depósito, sino en dos árboles de olivo a ambos lados del candelabro, que proporcionaban un suministro continuo de aceite.

Los árboles son una ilustración de los recursos ilimitados de Dios para la edificación de la iglesia. Entre esos medios están los dones espirituales. Tenemos que hacer lo que Pablo exhortó a la iglesia en Corinto dos veces en este pasaje: “Procurad, pues, los dones espirituales.”

RELACIÓN ENTRE LOS DONES Y EL FRUTO DEL ESPÍRITU.

El fruto del Espíritu es un conjunto de virtudes o cualidades como las de Cristo, producidas por la morada interna del Espíritu Santo, en la medida en que el cristiano mora en Cristo. Como con los dones espirituales, el Nuevo Testamento emplea varios términos para transmitir el pensamiento del fruto del Espíritu. El pasaje central cuando hablamos del fruto espiritual es Gálatas 5:22,23, que trata del fruto (karpos) del Espíritu y luego enumera una lista de nueve especímenes. La expresión “fruto del Espíritu” se entiende mejor como dando a entender productos de los cuales el Espíritu Santo es la fuente.

Los dones y el fruto del Espíritu tienen varios puntos en común. La fuente de ellos es el Espíritu Santo. Ellos no se originan con el creyente separado de la capacitación del Espíritu. El elemento de lo sobrenatural se halla en ambos. Además, el propósito de ambos es edificar. El amplio propósito de los dones es la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:7; 14:26). Del mismo modo, el propósito del fruto espiritual, resumido por el fruto del amor, es edificar (1 Corintios 8:1). Ambas obras del Espíritu son perfectibles. En otras palabras, el creyente no las recibe en su forma acabada. La acometida de 1 Corintios 14 es instructiva. Pablo no cuestiona la validez de los dones que los corintios decían tener; sin embargo, él insiste en que los dones necesitan desarrollarse para edificar a la congregación. En manera similar, el fruto espiritual debe desarrollarse. Deben ser llevados a un estado de madurez. Este es el pensamiento tras los conceptos de madurez cristiana, de crecimiento, y de la continua transformación del cristiano a la imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).

En cuanto a su naturaleza, el fruto es inanimado, en tanto que los dones son dinámicos. Los primeros son el resultado de la morada interna del Espíritu, los últimos son el resultado de la dotación de poder del Espíritu. El fruto es de naturaleza ética, en tanto que los dones son de naturaleza carismática. Además, hay una diferencia respecto a la obligación del cristiano en apropiarse los dos. A todos los cristianos se les requiere mostrar todo el fruto del Espíritu. Pero Dios no exige que todos los cristianos tengan todos los dones. Lo que se nos pide aquí es que haya receptividad y un intenso deseo (1 Corintios 12:31; 14:1), pero la distribución de los dones es la obra soberana del Espíritu (1 Corintios 12:11). De manera similar, a los creyentes se les requiere que muestren siempre el fruto espiritual, pero la manifestación de los dones espirituales es bajo la dirección del Espíritu. La obra del Espíritu Santo se manifiesta tanto en los dones que concede a los creyentes como en el fruto espiritual mostrado por ellos. Ambas categorías son centrales en el concepto del Nuevo Testamento de la actividad del Espíritu entre el pueblo de Dios.

CONCLUSIÓN.

Algunos se preguntan: ¿Qué es mejor o más importante, los dones o el fruto? Los evangélicos no pentecostales enfatizan el fruto, en tanto que algunos pentecostales sobreenfatizan la importancia de los dones, ¿Quién tiene la razón? Ya que tanto los dones como el fruto se originan en el Espíritu, es injustificado colocarlos en situación de antagonismo el uno contra el otro. A los cristianos corintios se les dijo: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Las dos ideas son correlativas, pero ciertamente deben entenderse a la luz de lo que Pablo señala como “un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:31). Esto llegó a ser necesario a causa de un abuso de los dones y no porque hubiera alguna inferioridad inherente de los dones respecto del fruto del Espíritu.

En Corinto, los dones estaban siendo usados para competir en vez de hacerlo en ánimo de cooperar; para los intereses de la auto gratificación, más bien que para la edificación de la congregación. Sin embargo, es significativo que en ningún momento Pablo sugiere que los dones mismos no son genuinos cuando se manifiestan de esta manera (1 Corintios 13:1,2). El don es genuino; el que lo ejerce sin amor puede que no lo sea. El “camino aún más excelente” es la mediación de los dones a través del fruto del Espíritu, y principalmente por medio del amor. El amor, como vemos en 1 Corintios 13, es el principio regulador tras los dones espirituales. Es paciente y bondadoso; de buena gana da oportunidad para que otros miembros dotados puedan hablar también (1 Corintios 14:30,31). No es celoso ni jactancioso; reconoce que el Espíritu distribuye soberanamente sus dones a quien le place (1 Corintios 12:11). Ni se enorgullece por poseer algún don, o algunos de los dones (1 Corintios 12:21). No es arrogante ni grosero; siempre considera el bienestar de todo el cuerpo cuando se expresa en la congregación, y está dispuesto a recibir corrección (1 Corintios 14:29,30). No insiste en su propia manera; se somete a la autoridad debidamente constituida en la iglesia (1 Corintios 14:37).

La complementación, no la exclusividad mutua, es el modo de acción mostrado por el Nuevo Testamento para los dones y el fruto del Espíritu. Juntos sirven para edificar la iglesia. El ideal divino es que tanto los dones como el fruto se manifiesten entre los creyentes. No somos llamados para preferir uno en perjuicio del otro.

 

 

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Sanidad Divina.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación, la sanidad divina, el bautismo en el Espíritu Santo y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales en el pentecostalismo clásico. Dichas doctrinas se consideran esenciales para el cumplimiento de la misión esencial de la iglesia, la cual es alcanzar al mundo para Cristo. Desde su inicio, el Movimiento Pentecostal ha reconocido la sanidad divina para la persona integral como parte importante del evangelio, las buenas nuevas, que Jesús comisionó a sus discípulos que proclamaran. Como pentecostales creemos que la sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4,5; Mateo 8:16,17; Santiago 5:14-16).

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

I.- LA SANIDAD DIVINA, PARTE INTEGRAL DEL EVANGELIO.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37,38). La Biblia muestra una estrecha relación entre el ministerio de sanidad de Jesús y su ministerio salvador y perdonador. Su poder sanador era en realidad un testimonio de su autoridad para perdonar pecados (Marcos 2:5-12). Con frecuencia, los escritores de los Evangelios atestiguan que sus milagros de sanidad ocurrían paralelamente con su predicación del evangelio, siendo ambos el propósito de su ministerio (Mateo 4:23; 9:35,36).

La gente venía de todas partes, tanto para oírle como para ser sanados (Lucas 5:15; 6:17,18). Él nunca rechazó a nadie, sino que sanó todas las diversas enfermedades, dolencias, deformaciones, defectos, y lesiones (Mateo 15:30,31; 21:14). También echó fuera demonios y libró a la gente de los problemas que éstos causaban (Mateo 4:24). Jesús reconoció que la enfermedad es el resultado de la caída de los seres humanos en pecado, y que en algunos casos puede deberse a un pecado específico (Juan 5:14) o a la obra de Satanás (Lucas 13:16). Sin embargo, reconoció también que la enfermedad no siempre es el resultado directo de cierto pecado (Juan 9:2,3). En algunos casos era más bien una oportunidad de que Dios fuera glorificado (Marcos 2:12).

Los milagros de sanidad eran una parte importante de las obras que Dios envió a Jesús a hacer (Juan 9:3,4). Esto armoniza con la revelación del Antiguo Testamento de Dios como el Gran Médico, Jehová el Sanador (Éxodo 15:26; Salmo 103:3; los participios hebreos que se usan en ambos casos indican que es la naturaleza de Dios sanar). El ministerio de Jesús puso de manifiesto que la sanidad divina es parte vital de la naturaleza y el plan de Dios. Las sanidades también sirvieron para identificar a Jesús como el Mesías prometido y el Salvador. Jesús cumplió la profecía de Isaías 53:4: “Ciertamente llevó [tomó y quitó] él nuestras enfermedades, y sufrió [como una carga pesada] nuestros dolores.” (“Enfermedades”, choli, es la misma palabra que se usa para hablar de enfermedad física en Deuteronomio 28:59,61; 2 Crónicas 16:12; 21:15,18,19; Isaías 38:9. (“Dolores”, makob, es la misma palabra que se usa para referirse a dolor físico en Job 33:19). Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

Cuando Juan el Bautista fue encarcelado, se preguntó si Jesús era realmente el Mesías prometido, o simplemente un precursor como él mismo. Jesús le respondió señalando sus obras mesiánicas que vinculaban los milagros y la predicación del evangelio con los pobres (Mateo 11:4,5). Una vez más, la sanidad fue un testimonio importante, una parte integral del evangelio (Isaías 61:1,2; Lucas 4:18; 7:19-23). La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta y dos [NVI] a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9). Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4).

La obra de milagros, incluso la sanidad divina, no se limitaba a los apóstoles. La promesa de Jesús fue para todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18). El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

II.- LA EXPIACIÓN DE CRISTO: FUNDAMENTO DE LA SANIDAD DIVINA.

El ministerio de los sacerdotes bajo la Ley era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, que se “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De tal modo la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades. Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; véanse también Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- LA SANIDAD DIVINA COMO DON DE LA GRACIA DE DIOS.

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11). En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos capaz de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su nombre cada vez más armonizan más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones. La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Hay evidencia de que el don de sanidad de Dios, aun puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor. Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello.

También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2 ss.; 14:2 ss.; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos. A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

CONCLUSIÓN.

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una señal anticipatoria de la completa redención que le esper al cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados. La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42- 44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, a menos que intervenga el rapto de la Iglesia, un día moriremos.

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen el sufrimiento por la causa de Cristo y del evangelio. Se espera que estemos preparados para seguir su ejemplo (Hebreos 5:8; 1 Pedro 2:19,21; 4:12-14,19). Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18). La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, como se señaló anteriormente, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad de Dios y a sus obras, siempre diseñados por su amor y para nuestro bien, con la comprensión de que están más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él. Reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Pero no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina. Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, ni tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

Dios todavía realiza milagros. Dios todavía sana a las personas. No hay nada que impida que Dios sane a una persona a través del ministerio de otros. Por eso, el pentecostalismo clásico continúa proclamando: ¡Cristo sana!