Arminianismo Clásico, Calvinismo

La elección, doctrina que inspira gozo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Muchos calvinistas piensan que han arrojado una bomba atómica sobre las bases de la teología arminiana cuando presentan sus argumentos acerca de la doctrina de la elección y  predestinación. Ellos están convencidos de que su interpretación de la doctrina de la elección incondicional es incuestionable, infalible y verdadera, por lo que simplemente no pueden entender por qué nosotros los arminianos no podemos aceptar los postulados calvinistas sobre la elección incondicional que afirman que Dios ama a toda la humanidad pero que, al mismo tiempo, eligió enviar a su Hijo a morir por unos, pero no por todos los hombres. A ellos les parece increíble que no podamos ver la “justicia” y la “misericordia” de Dios en predestinar a unos para salvación y a otros para condenación eterna.

 

LA ELECCIÓN SE FUNDAMENTA EN CRISTO, NO EN NOSOTROS.

Para decepción de los calvinistas, los arminianos no le tememos al concepto de elección. ¡Nos deleitamos en ello! Para nosotros, la elección no es una medicina amarga. Es el hilo unificador de la historia redentora de Dios desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Para nosotros, la elección encaja en una historia más grande de cómo Dios salva al mundo. Dios eligió a Abraham para llevar la semilla que bendeciría al mundo (Génesis 12:3). Entonces, Dios eligió una sola nación de la descendencia de Abraham (a Israel) para ser herederos de esta promesa (Deuteronomio 14:2; Isaías 42:1). A Israel se le dijo: “eres pueblo consagrado al Señor tu Dios. Él te eligió de entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva.” Pero Israel falló en su llamado. Sin embargo, Dios eligió una tribu de Israel, Judá, para heredar la promesa. Una vez más, de todas las familias de Judá, Dios escogió la casa de David. De todos los descendientes de David, Dios finalmente eligió a Jesús de Nazaret, su Unigénito Hijo.

La presentación del Mesías es el último acto dramático en la saga de Dios. Se revela que Jesús es la simiente prometida en la cual Dios cumpliría su promesa a Abraham (Gálatas 3:16). Jesús fue el siervo elegido en quien Dios se deleitó (Mateo 3:17). Jesucristo es el elegido de Dios para cumplir las promesas. Esto no fue una idea de último momento. Cristo fue elegido para ser nuestro Salvador desde antes de la creación del mundo. Para nosotros los arminianos, la historia de la elección de Dios nos está llevando al clímax de la historia, ya que el clímax es Cristo el elegido.

Si Cristo es la simiente elegida, la pregunta de la elección es, “¿Cómo llegamos nosotros a ser parte de dicha simiente y, por consiguiente, de los elegidos?” Pablo responde a esta pregunta explícitamente: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

El lenguaje participativo es inconfundible. Por la fe en Cristo nos convertimos en hijos de Dios. Nosotros que fuimos “bautizados en Cristo” ahora estamos “revestidos” con Cristo. ¡Si le pertenecemos, entonces nos convertimos también en la simiente de Abraham y en los elegidos de Dios!

Para expresarlo de manera más clara: Somos elegidos en Cristo. Además de ser elegidos en Cristo, las Escrituras nos dicen que “en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales” (Efesios 2:6, NVI). Hemos sido hechos justos en Cristo e hijos en Cristo.

En cada ejemplo, Cristo lleva la bendición original que solo se convierte en nuestra cuando nos incluimos en él. Ninguno de nosotros está literalmente sentado en las regiones celestiales. Pero Cristo lo está, literalmente, y nosotros estamos en Cristo; por lo tanto, en Cristo, estamos sentados en las regiones celestiales. Por lo tanto, ser elegido en Cristo significa lo mismo que ser justo en Cristo, santo en Cristo e hijos de Dios en Cristo. Cristo es el elegido desde antes de la creación del mundo. En Cristo, fuimos elegidos en él desde antes de la creación del mundo. Por lo tanto, cuando los creyentes vienen a estar en Cristo por la fe, comparten su historia, identidad y destino.

Por lo tanto, la razón por la que nos deleitamos en la doctrina de la elección es que, en última instancia, no se trata de nosotros. Se trata de Cristo el elegido, quien es la cabeza, y nosotros somos su cuerpo y, por lo tanto, herederos de la elección:

“Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.” (Romanos 8:7, NVI).

 Pero el heredero legítimo, el elegido, es Cristo, no nosotros como individuos. Por lo tanto, la elección y la predestinación para salvación solo son efectivas en nuestra vida en unión con Cristo, el Elegido:

“Permaneced en mí, y yo permaneceré en vosotros. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco vosotros podéis dar fruto si no permanecéis en mí. Yo soy la vid y vosotros las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada.” (Juan 15:4-5, NVI).

Todo se trata de Él, nunca de nosotros, pues todo existe por “medio de él y para él.” (Colosenses 1:16, NVI). Y este todo incluye, sin duda alguna, nuestra elección y predestinación. O, para usar la metáfora de Pedro, Cristo es “la piedra que desecharon… los constructores, y que ha llegado a ser la piedra angular” (Hechos 4:11, NVI), y en él nosotros, su cuerpo, somos “como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:5, NVI), un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9, NVI). La elección, para nosotros los arminianos, comienza y termina con Cristo. Ya sea que lo llamemos una visión “cristocéntrica”, o “corporativa”, la conclusión es que la elección y predestinación del creyente está en Cristo. Y eso es una cosa hermosa. Una vez que aceptas que eres elegido en Cristo, el amor de Dios es una verdad, no un enigma.

Visto de esta manera, la elección corporativa enseñada por el arminianismo no es una novedad. Debería ser lo que esperaríamos de la teología calvinista también. El mismísimo Juan Calvino afirmó:

“Ves que nuestra justicia no está en nosotros mismos, sino en Cristo; que la única forma en que podemos poseerlo es haciéndonos partícipes de Cristo, ya que con él poseemos todas las riquezas.”[1]

Ya sea reconciliación, justificación o nuevo nacimiento, todos está en él. Cada paso en el proceso de salvación está irreparablemente vinculado a nuestra incorporación a Cristo, a nuestra unión con Cristo. Nuestra elección y nuestro destino eterno están ligados a nuestra incorporación a Cristo. Los arminianos simplemente reconocemos que toda bendición espiritual está en Cristo.

 

¿SE OPONE ROMANOS, CAPÍTULO 9, A LA ELECCIÓN CORPORATIVA ENSEÑADA POR EL ARMINIANISMO?

La visión corporativa de la elección se fundamenta en una exégesis cuidadosa. Incluso académicos calvinistas han admitido que la interpretación arminiana de la elección corporativa es fuertemente sólida. ¿Qué hay entonces con la interpretación calvinista de la elección? En su mayoría, la visión calvinista de la elección se basa en Romanos 9, que está más orientado a discutir la fidelidad de Dios a Israel que la elección cristiana.

Diversos teólogos concuerdan en que, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de este pasaje no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.[2] Si leemos cuidadosamente el capítulo 9 notaremos que Pablo resalta el hecho de que solo un remanente de la semiente de Abraham, escogido por gracia, reflejó el verdadero pueblo de Dios a través de los tiempos del Antiguo Testamento:

“Digo la verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me lo confirma en el Espíritu Santo. Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza, el pueblo de Israel. De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén. Ahora bien, no digamos que la Palabra de Dios ha fracasado. Lo que sucede es que no todos los que descienden de Israel son Israel.  Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: «Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac». En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa. Y la promesa es esta: «Dentro de un año vendré, y para entonces Sara tendrá un hijo». No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios. Porque la Escritura le dice al faraón: «Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra». Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. Pero tú me dirás: «Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?» Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?”?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo[i] y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo; porque plenamente y sin demora     el Señor cumplirá su sentencia en la tierra». Así había dicho Isaías: «Si el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado descendientes, seríamos ya como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra»” (Romanos 9:6-29, NVI).

En su argumento Pablo contrasta a Isaac e Ismael, a Jacob y a Esaú (Romanos 6-13), sin embargo, Pablo no está hablando de elección a salvación o condenación eterna, sino de la manera en que el plan de Dios para la humanidad se llevaría a cabo a través de la vida de ellos. La reconciliación de Esaú con Jacob mencionada en Génesis 33 nos sugiere que la vida de Esaú terminó en buenos términos con Dios. Pero, a pesar de ello, su descendencia continuó sin ser parte de la nación escogida de forma corporativa, es decir, de Israel. Esto nos deja en claro que Pablo no está hablando de una elección individual para salvación o condenación eterna, sino de una elección temporal para una misión específica.[3]

Tal interpretación concuerda con el resto de los escritos de Pablo (incluido el resto de Romanos). La Biblia afirma no solo la soberanía de Dios, sino que también afirma completamente la realidad del libre albedrío humano y con la existencia de una responsabilidad genuina por parte del hombre. Romanos 1:28-32, también parte clave para entender esta epístola y su mensaje, nos dice:

“Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.” (Romanos 8:28-32, NVI)

Las palabras de Pablo implican que los no salvos pudieron haber tomado en cuenta a Dios, pero ellos escogieron no hacerlo. Por lo tanto, Dios les dio la libertad de escoger vivir una vida perversa y separarse ellos mismos de Dios. Al elegir por sí mismos quedaron fuera de la elección divina, que es siempre corporativa en unión con Cristo y su pueblo, más no individual, ni irresistible, ni incondicional.

 

MÁS ALLÁ DE ROMANOS 9.

En el calvinismo, la doctrina de la elección se ha formulado sin tener en cuenta adecuadamente la exposición adicional de Pablo acerca del propósito de Dios en la elección. Al concluir su argumento, Pablo afirma: “Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito: «El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento. De hecho, en otro tiempo ustedes fueron desobedientes a Dios; pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, han sido objeto de su misericordia. Así mismo, estos que han desobedecido recibirán misericordia ahora, como resultado de la misericordia de Dios hacia ustedes. En fin, Dios ha sujetado a todos a la desobediencia, con el fin de tener misericordia de todos.” (Romanos 11: 25–32, NVI).

A los arminianos no nos aterra ni nos interesa eliminar el capítulo 9 de la Epístola a los Romanos de nuestras Biblias. Por el contrario, creemos firmemente en cada palabra de dicho capítulo. De hecho, creo que es el calvinista quien, si lo interpretara correctamente, desearía eliminar Romanos 9 o cuando menos, darle un sentido diferente para que cuadre con su interpretación particular de la elección (aunque, ciertamente, eso ya lo hacen).

Romanos 9 nos enseña que sí, es Dios quien elige, endurece y muestra misericordia. Pero la conclusión de Pablo no es que “Israel no obtuvo lo que buscaba (justicia) porque Dios eligió no mostrar misericordia”. Más bien, su conclusión es que Israel no obtuvo lo que buscaban porque lo buscó no por fe sino por obras (Romanos 9:32). La idea no es que Dios no eligió salvar a Israel ¡Israel ya era el pueblo elegido! El problema fue que Israel no cumplió con los medios de salvación escogidos por Dios para hacer firme su elección: La gracia, a través de la fe. El pueblo elegido se debe caracterizar por su sumisión a los términos de justicia de Dios. Israel, pese a ser el pueblo elegido, no se sometió a los términos de la elección y, por consiguiente, dejó de serlo.[4]

Parar en el capítulo 9 de Romanos para entender la doctrina de la elección sería una injusticia para Pablo, que continúa con su argumentación en los capítulos 10 y 11. En el capítulo 10, explica que la fe proviene de escuchar la palabra, y luego exclama que Israel escuchó y entendió la palabra. En el capítulo 11, Pablo explica que Dios no hizo que los individuos “no elegidos” de Israel tropezaran para que cayeran, sino que los provocó a envidia para salvación, pues él no deseaba que ellos dejaran de ser parte de los elegidos. La base de la fidelidad perdurable de Dios a los israelitas endurecidos, tambaleantes y que rechazan el evangelio es el respaldo de Dios de que, con respecto a la elección, son amados por causa de sus antepasados.[5]

 

CONCLUSIÓN.

Los calvinistas se sienten cómodos sintiéndose parte de los elegidos (si es que realmente pueden estar seguros de ello). De hecho ese elemento es una parte determinante en su carácter arrogante y presuntuoso en su trato con otros creyentes que piensan diferente a ellos. Sin embargo, no debemos olvidar que las creencias de uno no son ciertas simplemente porque lo consuelan.

Como ya se mencionó con anterioridad, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de Romanos 9 y la elección no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 3.11.23.

[2] H. P. Liddon, Análisis explicativo de la Epístola de San Pablo a los romanos (1892, reimpreso, Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1961) pp. 162-63.

[3] Samuel Fisk, Elección y Predestinación: Claves para una comprensión más clara (Eugene, Oregon, 1997), pp. 71-82.

[4] Robert Picirilli, El libro de los romanos (Nashville: Randall House Publications, 1975), pp. 183.

[5] F. Leroy Forlines, Arminianismo clásico: Una teología de la salvación (Nashville: Casa de Randall, 2011), pp. 129-31.

Arminianismo Clásico

5 Verdades sobre la Elección

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la elección resulta complicada y difícil de entender para muchos cristianos. En esta, como en otras doctrinas de la gracia, calvinistas y arminianos diferimos en ciertos puntos. En el calvinismo, por ejemplo, “el termino elección se refiere específicamente a uno de los aspectos de la predestinación divina. Dios elije a ciertos individuos para ser salvos.”[1] La posición reformada enseña que “Dios positivamente o activamente interviene en la vida de los elegidos para asegurar su salvación”.[2]

Así pues, el calvinismo define a los elegidos como el grupo seleccionado a quien Dios desde la eternidad pasada, ha designado a la salvación. Todos los demás están predestinados por Dios para la condenación eterna. El evangelio puede ser predicado día y noche a estos condenados y sin embargo será en vano, porque son totalmente incapaces de creer. Dios supuestamente no tiene deseo alguno de abrir sus ojos cegados y darles la fe para creer. Lo hace solo para los elegidos (a través de la elección incondicional), aunque lo podría hacer para todos.

Juan Calvino admitió: “Muchos… consideran  incongruente que del gran cuerpo de la humanidad algunos debieran ser predestinados a la salvación y otros para destrucción… El decreto, lo admito, es terrible y sin embargo, es imposible negar que Dios supo con anterioridad el fin del hombre antes que fuese porque él lo creo, y supo con anterioridad, porque así lo había ordenado por su decreto.”[3]

Para el calvinista, la elección de algunos para salvación se fundamente en el decreto eterno de Dios (predestinación). Por lo tanto, es incondicional, limitada e individual. No podemos hacer nada para ser elegidos, tampoco podemos hacer nada para dejar de serlo. Cada individuo, de forma especial y particular, ha sido elegido o rechazado por Dios de forma soberana.

 

PABLO, EL ARMINIANO.

En esta, como en otras doctrinas de la gracia, arminianos y calvinistas diferimos en aspectos clave. Los arminianos creemos en la doctrina de la elección, pero no podemos aceptar la interpretación calvinista de la misma por considerarla anti bíblica y difamatoria del carácter de Dios.

¿Qué creemos nosotros los arminianos acerca de la elección? Pues lo que enseña la Biblia. No negamos dicha doctrina como afirman los calvinistas, simplemente la interpretamos a la luz del contexto general de la Biblia. Los arminianos reconocemos que la elección de Dios de aquellos que creen en Cristo es una enseñanza importante del apóstol Pablo (Romanos 8: 29-33; 9: 6-26; 11: 5, 7, 28; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1: 4; 2 Tesalonicenses 2:13; Tito 1: 1). La enseñanza de Pablo, sin embargo, lejos de concordar con el calvinismo, lo contradice.

Para Pablo la elección (Gr. eklego) se refiere a que Dios escoge en Cristo a un pueblo al que él destina a ser santo e irreprensible a sus ojos (2 Tesalonicenses 2:13). Pablo considera que esta elección expresa la iniciativa de Dios como el Dios del amor infinito al darnos como creación finita toda bendición espiritual a través de la obra redentora de su Hijo (2 Tesalonicenses 1: 3-5). La enseñanza de Pablo sobre la elección involucra las siguientes 5 verdades:

 

  1. LA ELECCIÓN ES CRISTOCÉNTRICA: La elección es cristocéntrica, es decir, la elección de seres humanos ocurre solo en unión con Jesucristo: “Incluso antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió en Cristo para que seamos santos e intachables a sus ojos.” (Efesios 1: 4, NTV). Jesús mismo es ante todo el elegido de Dios. Con respecto a Jesús, Dios declara: “Miren a mi Siervo, al que he elegido. Él es mi Amado, quien me complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y proclamará justicia a las naciones.” (Mateo 12:18, Isaías 42:1, 6; 1 Pedro 2:4). Cristo, como el elegido, es el fundamento de nuestra elección. Solo en unión con Cristo nos convertimos en miembros de los elegidos (Efesios 1: 4, 6-7, 9-10, 12-13). Nadie es elegido aparte de la unión con Cristo por medio de la fe.

 

  1. LA ELECCIÓN ES A TRAVÉS DE LA SANGRE DE CRISTO: La elección es en Cristo, a través de su sangre. Pablo enseñó: “Dios es tan rico en gracia y bondad que compró nuestra libertad con la sangre de su Hijo y perdonó nuestros pecados.” (Efesios 1:7, NTV). Dios se propuso antes de la creación formar un pueblo a través de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Por lo tanto, la elección se basa en la muerte sacrificial de Cristo para salvarnos de nuestros pecados (Hechos 20:28; Romanos 3:24-26).

 

  1. LA ELECCIÓN ES, PRINCIPALMENTE, CORPORATIVA: La elección en Cristo es principalmente corporativa, es decir, una elección de un pueblo (Efesios 1:4-5, 7, 9). Los elegidos son llamados “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12), “mi iglesia” (Mateo 16:18), “pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2: 9) y la “novia” de Cristo (Apocalipsis 19:7). Por lo tanto, la elección es corporativa y abarca a las personas individuales solo cuando se identifican y se asocian con el cuerpo de Cristo, la verdadera iglesia (Efesios 1: 22-23).[4] Esto ya era verdad acerca de Israel en el Antiguo Testamento: “Asegúrense de que ningún hombre ni mujer, ni clan ni tribu entre ustedes, aparte hoy su corazón del Señor nuestro Dios para ir a adorar a los dioses de esas naciones. Tengan cuidado de que ninguno de ustedes sea como una raíz venenosa y amarga. Si alguno de ustedes, al oír las palabras de este juramento, se cree bueno y piensa: “Todo me saldrá bien, aunque persista yo en hacer lo que me plazca”, provocará la ruina de todos. El Señor no lo perdonará. La ira y el celo de Dios arderán contra ese hombre. Todas las maldiciones escritas en este libro caerán sobre él, y el Señor hará que desaparezca hasta el último de sus descendientes. El Señor lo apartará de todas las tribus de Israel, para su desgracia, conforme a todas las maldiciones del pacto escritas en este libro de la ley.” (Deuteronomio 29:18-21, NVI).

 

  1. LA ELECCIÓN PARA LA SALVACIÓN Y LA SANTIDAD DEL CUERPO DE CRISTO ES FIRME E INQUEBRANTABLE, PERO LA CERTEZA DE LA ELECCIÓN DE INDIVIDUOS SIGUE ESTANDO CONDICIONADA A SU FE PERSONAL EN JESUCRISTO Y SU PERSEVERANCIA EN UNIÓN CON ÉL. Pablo demuestra esto de la siguiente manera:
  • El propósito eterno de Dios para la iglesia es que debemos ser santos y sin mancha ante él (Efesios 1: 4). Esto se refiere tanto al perdón de los pecados (Efesios 1:7) como a la pureza de la iglesia como la novia de Cristo. La gente elegida de Dios está siendo guiada por el Espíritu Santo hacia la santificación y la santidad (Romanos 8:14; Gálatas 5:16-25). El apóstol enfatiza repetidamente este propósito primordial de Dios (Efesios 2:10; 3:14-19; 4:1-3, 4:13-24; 5:1-18).
  • El cumplimiento de este propósito para la iglesia corporativa es cierto: Cristo “para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.” (Efesios 5:27).
  • El cumplimiento de este propósito para los individuos en la iglesia es condicional. Cristo nos presentará “santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1: 4) solo si continuamos en la fe. Pablo lo dice claramente: “Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Este es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación debajo del cielo, y del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor.” (Colosenses 1: 22-23).

 

  1. LA ELECCIÓN PARA LA SALVACIÓN SE OFRECE A TODOS: La elección para la salvación en Cristo se ofrece a todos (Juan 3: 16-17; 1 Timoteo 2: ​​4-6; Tito 2:11; Hebreos 2:9) pero se hace real únicamente para aquellos individuos que, a través de la fe, aceptan el regalo de Dios de salvación en Cristo (Efesios 2:8; 3:17; Hechos 20:21; Romanos 1:16; 4:16). A través de la fe, el creyente se incorpora al cuerpo electo de Cristo (la iglesia) por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), convirtiéndose así en uno de los elegidos. Por lo tanto, existe tanto la iniciativa de Dios como nuestra respuesta en la elección (Romanos 8:29, 2 Pedro 1: 1-11).

 

CONCLUSIÓN.

Dios escogió para salvación, antes de la fundación del mundo, a todas aquellas personas que, asistidas por su gracia habilitadora, creen en Cristo. El arminianismo ve la elección como elección de creyentes, y consecuentemente la fe como condición para la elección. Para la teología arminiana, si la salvación es por fe, entonces también la elección es por fe. Si la salvación es condicional, la elección también lo es. Esto no equivale a decir que los decretos de Dios se determinen de manera condicional. Las decisiones eternas de Dios son hechas sin ninguna condición impuesta sobre Él. Dios ha decretado de manera incondicional una elección condicional, escogiendo individuos como creyentes. En este sentido, el calvinismo realiza una pobre elección de palabras cuando afirma que “los arminianos llegan a la conclusión final de que Dios ve la elección que el pecador hará y basa su propia elección en la elección del pecador”. Esta fraseología no parece ser la más apropiada. Decir que Dios basa su elección en la elección del pecador no es lo mismo a decir que Dios escoge creyentes. El calvinismo yerra al ignorar estas verdades.

REFERENCIAS:

[1] R. C. Sproul, Grace Unknown (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1997), 141.

[2] R. C. Sproul, Chosen (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1997), 142.

[3] John Calvin, Calvin’s New testament Commentaries (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdman’s Publishing Co., 1994), 10:209.

[4] Robert Shank, Elegido en el Hijo, Minneapolis: Bethany House Publishers.

Arminianismo Clásico

Elegidos y predestinados, pero no incondicionalmente.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la elección, o predestinación, es enseñada en las Escrituras. Sin embargo, tal elección no se refiere necesariamente a la salvación eterna de un grupo o individuo en particular, sino más bien a la preordenación para el ejercicio de ciertos roles o papeles en el plan de Dios. Entre los predestinados a desempeñar roles específicos en el logro de la redención, el personaje principal es nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. La elección de Jesús es el acto central y primario de la predestinación. La Biblia nos enseña que Jesucristo fue elegido desde antes de la fundación del mundo para ser nuestro Salvador:

 “Cristo había sido destinado para esto desde antes que el mundo fuera creado, pero en estos tiempos últimos ha aparecido para bien de ustedes.” (1 Pedro 1:20, DHH).

En otras ocasiones, diversas personas fueron elegidas para roles especiales con el fin de facilitar los propósitos de Dios. Por ejemplo, Dios eligió a los doce apóstoles como instrumentos para establecer la iglesia. Sin embargo, podemos notar que tal elección fue para el servicio y no para la salvación. Esto se evidencia en el hecho de que incluso Judas se encuentra entre los doce elegidos (Lucas 6:13; Juan 6:70), aunque más adelante se convirtió en un traidor (Juan 6:71).[1] Bíblicamente, el hecho de que Dios elija a ciertos individuos para misiones especiales, no implica que dichos individuos serán salvos de forma incondicional y automática. Lo que la biblia sí enseña es que Dios elige a ciertos individuos para ejercer ciertos ministerios específicos. Por ejemplo:

  1. Dios eligió a Jeremías desde antes de nacer para que fuese su profeta:

“«Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones».” (Jeremías 1:5, NVI).

 

  1. Dios eligió a Sansón desde antes de nacer como juez de Israel:

“Cierto hombre de Zora, llamado Manoa, de la tribu de Dan, tenía una esposa que no le había dado hijos porque era estéril. Pero el ángel del Señor se le apareció a ella y le dijo: «Eres estéril y no tienes hijos, pero vas a concebir y tendrás un hijo. Cuídate de no beber vino ni ninguna otra bebida fuerte, ni tampoco comas nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja sobre su cabeza, porque el niño va a ser nazareo, consagrado a Dios desde antes de nacer. Él comenzará a librar a Israel del poder de los filisteos».” (Jueces 13:2-5).

 

  1. Dios eligió a Jacob, por encima de Esaú, para llegar a ser el padre de la nación del Pacto:

“Isaac oró al Señor en favor de su esposa, porque era estéril. El Señor oyó su oración, y ella quedó embarazada. Pero, como los niños luchaban dentro de su seno, ella se preguntó: «Si esto va a seguir así, ¿para qué sigo viviendo?» Entonces fue a consultar al Señor, y él le contestó: «Dos naciones hay en tu seno; dos pueblos se dividen desde tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor».” (Génesis 25:21-23).

 “No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios.” (Romanos 9:10-16, NVI).

 

  1. Dios eligió a Ciro y lo llamó por nombre antes de nacer para liberar a su pueblo:

“Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien tomó de la mano derecha para someter a su dominio las naciones y despojar de su armadura a los reyes, para abrir a su paso las puertas     y dejar abiertas las entradas: «Marcharé al frente de ti, y allanaré las montañas; haré pedazos las puertas de bronce y cortaré los cerrojos de hierro. Te daré los tesoros de las tinieblas, y las riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre. Por causa de Jacob mi siervo, de Israel mi escogido, te llamo por tu nombre y te confiero un título de honor, aunque tú no me conoces.” (Isaías 45:1-6, NVI).

   5. Pablo fue elegido desde antes de nacer para llegar a ser apóstol:

“Pero Dios, que me escogió antes de nacer y por su gran bondad me llamó, tuvo a bien hacerme conocer a su Hijo, para que anunciara su evangelio entre los no judíos.” (Gálatas 1:15-16, DHH).

PREDESTINADOS PARA LA SALVACIÓN.

Además de la predestinación de un individuo o grupo para desempeñar una tarea, o cumplir una misión específica en esta vida, la biblia nos habla de un cierto tipo de predestinación en relación con la salvación. La biblia nos enseña que Dios predestina individuos específicos a la salvación. Sin embargo, esto dista mucho de la doctrina calvinista de elección incondicional, o de su doctrina hermana, la gracia irresistible. Debe recordarse que el calvinismo enseña no solo una predestinación a la salvación, sino una predestinación a la fe misma. Según el calvinismo, Dios determina qué incrédulos se convertirán en creyentes. La elección incondicional es uno de los 5 puntos del calvinismo clásico. John Piper, en su breve artículo, “Cinco razones para abrazar la elección incondicional“, declara:

“La elección incondicional es la elección libre de Dios antes de la creación, no en base a la fe prevista, otorgando fe y arrepentimiento a los traidores, perdonándolos, y adoptándolos en el seno de su familia eterna de gozo.”[2]

 El concepto puede sonar piadoso y hasta bíblico, pero está lejos de ser las buenas nuevas que pretende ser. La denominada “elección incondicional” implica, en su aspecto positivo, que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo, previendo el pecado del hombre, a una multitud incontable de personas para salvarlas, no porque vio que creerían o consideró algo bueno en ellas, sino que lo hizo en amor y misericordia, según Su voluntad para alabanza de la gloria de Su gracia. El aspecto negativo de la misma suele pasarse por alto, ya que establece que Dios, en su soberanía, ha determinado de antemano quienes serán condenados eternamente sin que puedan hacer algo para cambiarlo.

Además, la declaración de Piper contiene serias contradicciones. Por ejemplo, Piper parece olvidar que, de acuerdo con la doctrina calvinista que él sostiene, Dios decreta cada detalle de nuestra propia existencia. Por lo tanto, si somos traidores es por el decreto y la voluntad de Dios. Pero Piper enmarca el asunto como si fuéramos traidores por nuestra propia voluntad. Pero esto no puede ser cierto si Dios influye soberanamente en nuestros deseos y decisiones.

Contrario a lo dicho por Piper, la Biblia nos enseña que ciertos individuos están predestinados a la salvación como tal, mas no por compulsión o manipulación ejercida sobre ellos como sugiere el calvinismo. Los que Dios conoce de antemano (Romanos 8:29) se convertirán en creyentes de su propia elección.[3] En la doctrina arminiana y bíblica, Dios no solo conoce de antemano la fe de ciertos individuos, Él conoce de antemano a los creyentes.

NATURALEZA CORPORATIVA DE LA ELECCIÓN.

La elección de Dios es de naturaleza corporativa. La Biblia nos enseña que Dios eligió, entre otras cosas, a la nación Israel para cumplir Sus propósitos (Deuteronomio 7:7-8). En su soberanía y presciencia, Dios eligió a la nación que surgiría de Jacob y no de Esaú para cumplir una misión específica (Génesis 25:23; Romanos 9: 10-14); también eligió a la Iglesia en el Nuevo Testamento (1 Pedro 2: 9); a través de Jesucristo, el elegido de Dios (Isaías 42: 1), para cumplir sus propósitos divinos. Los elegidos, entonces, en el Nuevo Testamento, están formados por individuos que han sido unidos por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo para cumplir los propósitos de Dios Padre, que está trabajando todo en conformidad con Su voluntad (Efesios 1:11). Solo cuando uno se une a Cristo es considerado el elegido o escogido por Dios.

El apóstol Pablo escribe:

“Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (Efesios 1: 3-5, NVI).

De acuerdo con Efesios 1: 3-5, en lo que concierne a la elección, Dios es el que otorga todas las bendiciones, pero tales bendiciones vienen únicamente a aquellos que están en Cristo Jesús. Este pasaje también nos enseña que, antes de que Dios creara el mundo, Él escogió “algo” para aquellos que llegaran a estar en Cristo. Ese “algo” que Dios eligió para ellos es que fueran hechos “santos y sin mancha delante de él(Efesios 1: 4). Por lo tanto, el texto no indica que Dios nos eligió “para estar en Él”, sino más bien, predestinó que, aquellos que llegaran a formar parte del Cuerpo de Cristo, fuesen hechos “santos y sin mancha delante de él… adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo “.

La elección de Dios de los que creen en Cristo es una enseñanza importante del apóstol Pablo (Romanos 8: 29-33; 9: 6-26; 11: 5, 7, 28; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1: 4; 2 Tito 2:13, Tito 1: 1). El término “Elección” (Griego “eklego”) se refiere a Dios escogiendo en Cristo a un pueblo a quien él destina para ser santo e irreprensible ante sus ojos (2 Timoteo 2:13). Pablo ve esta elección como expresión de la iniciativa de Dios como el Dios del amor infinito al darnos como su creación finita toda bendición espiritual a través de la obra redentora de su Hijo. La enseñanza de Pablo sobre la elección implica las siguientes verdades:

  1. La elección es cristocéntrica, es decir, la elección de los seres humanos ocurre sólo en unión con Jesucristo. “Él nos escogió en él” (Efesios 1: 4). Jesús mismo es primero de todos los elegidos de Dios. En cuanto a Jesús, Dios dice: “Aquí está mi siervo a quien he escogido” (Mateo 12:18, Isaías 42: 1, 6; 1 Pedro 2: 4). Cristo, como el elegido, es el fundamento de nuestra elección. Sólo en unión con Cristo nos hacemos miembros de los elegidos (Efesios 1: 4, 6-7, 9-10, 12-13). Nadie es elegido aparte de la unión con Cristo por medio de la fe.

 

  1. La elección es “en él … a través de su sangre” (Efesios 1: 7). Dios propuso antes de la creación (Efesios 1: 4) formar un pueblo a través de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Así, la elección se fundamenta en la muerte sacrificial de Cristo para salvarnos de nuestros pecados (Hechos 20:28; Ro 3: 24-26).

 

  1. La elección en Cristo es principalmente corporativa, es decir, la elección de un pueblo (Efesios 1: 4-5, 7, 9). Los elegidos son llamados “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12), “mi iglesia” (Mateo 16:18), “un pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9), y la “novia” de Cristo (Apocalipsis 19:7). Por lo tanto, la elección es corporativa y abarca a las personas individuales solamente cuando se identifican y se asocian con el cuerpo de Cristo, la iglesia verdadera (Efesios 1: 22-23).[4] Esto era cierto ya de Israel en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 29:18-21).

 

  1. La elección a la salvación y santidad del cuerpo de Cristo es siempre certera. Pero la certeza de la elección para los individuos permanece condicionada a su fe personal viviente en Jesucristo ya la perseverancia en unión con él. Pablo demuestra esto de la siguiente manera: El propósito eterno de Dios para la iglesia es que debemos ser “santos e irreprensibles ante sus ojos” (Efesios 1: 4). Esto se refiere tanto al perdón de los pecados (Efesios 1:7) como a la pureza de la iglesia como esposa de Cristo. El pueblo elegido de Dios está siendo guiado por el Espíritu Santo hacia la santificación y la santidad (Romanos 8:14, Gálatas 5: 16-25). El apóstol enfatiza repetidamente este propósito primordial de Dios (Efesios 2:10, 3:14-19, 4: 1-3, 13-24, 5:1-18). Cumplimiento de este propósito para la iglesia corporativa es certero: Cristo hablando de la iglesia dice: “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa e irreprensible” (Efesios 5:27). El cumplimiento de este propósito para los individuos en la iglesia es condicional. Cristo nos presentará “santos e irreprensible ante sus ojos” (Efesios 1: 4) sólo si continuamos en la fe. Pablo lo declara claramente: Cristo “te presentará santo delante de él sin mancha … si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:22-23).

 

  1. La Elección a la salvación en Cristo es ofrecida a todos (Juan 3: 16-17; 1 Timoteo 2: 4-6; Tito 2:11; Hebreos 2:9), pero se vuelve real para personas particulares dependientes de su arrepentimiento y fe como Aceptan el don de Dios de salvación en Cristo (Efesios 2: 8, 3:17, Hechos 20:21, Romanos 1:16, 4:16). En el punto de la fe, el creyente es incorporado al cuerpo elegido de Cristo (la iglesia) por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), convirtiéndose así en uno de los elegidos. Así, hay tanto la iniciativa de Dios como nuestra respuesta en la elección (Romanos 8:29, 1:1-11).

 

LA ELECCIÓN IMPLICA PREDESTINACIÓN, PERO ESTA TAMBIÉN ES CONDICIONAL.

La elección pues, depende de la pertenencia o no al Cuerpo de Cristo, aquellos que conforman la verdadera iglesia del Señor. La Biblia nos enseña que Dios ha predestinado a su iglesia para salvación. Pero ¿Qué significa ser predestinado? El término “predestinación” (Griego “prooizo”) significa “decidir de antemano” y se aplica a los propósitos de Dios comprendidos en la elección. La elección es la elección de Dios “en Cristo” de un pueblo (la iglesia verdadera) para sí mismo. La predestinación comprende lo que sucederá con el pueblo de Dios (todos los creyentes genuinos en Cristo). La Biblia nos enseña que Dios predestina a sus elegidos para ser llamados (Romanos 8:30), justificados (Romanos 3:24, 8:30), glorificados (Romanos 8:30), conformados a la semejanza de su Hijo (Romanos 8:29), ser santos e irreprensibles (Efesios 1:4), adoptados como hijos de Dios (Efesios 1:5), redimidos (Efesios 1:7), ser los receptores de una herencia (Efesios 1:14), hechos para la alabanza de su gloria (Efesios 1:2, 1 Pedro 2:9), receptores del Espíritu Santo (Efesios 1:13, Gálatas 3:14), creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10), etc.

 

La predestinación, como la elección, se refiere al cuerpo corporativo de Cristo (es decir, la verdadera iglesia espiritual), y comprende a los individuos sólo en asociación con ese cuerpo a través de una fe viva en Jesucristo (Efesios 1:5,7,13; Hebreos 2:38-41,16:31). Nadie fuera de la verdadera iglesia está predestinado para salvación. Pero una vez dentro, permanecer en ella o no, es nuestra decisión:

“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada. El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman.” (Juan 15:4-6).

Así pues, bíblicamente, la elección es condicional. Está supeditada a la pertenencia al Cuerpo de Cristo, a permanecer en Él. Para aquellos que permanezcan, hay un destino establecido: la vida eterna (Mateo 24:13, Romanos 2:6-7, Apocalipsis 3:13).

NI LA BIBLIA NI LA HISTORIA DE LA IGLESIA APOYA UNA VISIÓN INCONDICIONAL E INDIVIDUALISTA DE LA ELECCIÓN.

Los autores del Nuevo Testamento, los apóstoles y sus sucesores inmediatos vieron la doctrina de la elección para la salvación en términos principalmente corporativos, y no como individualista e incondicional, como sería inventada posteriormente por Agustín de Hipona y propagada más adelante por Lutero, Calvino y los calvinistas posteriores.

Los primeros cristianos después de la edad de los apóstoles jamás entendieron la elección como un asunto de Dios eligiendo a algunos para ser salvos y otros para ser condenados. El énfasis en los primeros siglos del cristianismo residió en el libre albedrío humano para elegir a favor o en contra de Dios. Para los primeros cristianos, aquellos a quienes Dios salva llegan a formar parte del grupo de sus elegidos. Es cierto que Dios los conoció desde antes de la creación del mundo, sin embargo, el conocimiento previo no determinó el destino. El libre albedrío para elegir o rechazar la provisión de Dios determina el destino eterno de uno. Este fue el consenso de la iglesia primitiva sobre el tema de la elección y la predestinación. La teoría novedosa de la elección incondicional estuvo ausente en el pensamiento de la iglesia primitiva. Esta fue un invento posterior de Agustín de Hipona. De modo que, a la luz de la Biblia, las teorías novedosas de Agustín (354-430 E.C.) hubieran sido consideradas heterodoxas por los primeros cristianos, pues estaban completamente en desacuerdo con la teología de los siglos primero y segundo que ya estaba firmemente establecida y recibida. Agustín no redescubrió la supuesta doctrina de la elección incondicional de Pablo: él mismo originó el error; y Lutero, Calvino y otros reformadores repitieron su error.[5]

LA ELECCIÓN SE BASA EN LA PRESCIENCIA DE DIOS.

Las Escrituras enseñan que Dios predestinó a aquellos a quienes Él conoció de antemano (Romanos 8:29), y elige de acuerdo con Su conocimiento previo (1 Pedro 1: 1-2). En Romanos 8:29, Pablo no enseña una elección incondicional para salvación. Lo que Pablo dijo fue que la predestinación de Dios (o, mejor dicho, la predeterminación) era conformar al creyente a la imagen de Su Hijo, Jesucristo, y no elegirlo incondicionalmente para el cielo. Respectivamente, Pedro estaba escribiendo a los creyentes, a quienes llama “los elegidos, extranjeros dispersos”, pues habían sido dispersados ​​por varias provincias. De acuerdo con Pedro esta elección estaba de acuerdo con el conocimiento previo de Dios el Padre (1 Pedro 1: 2). El conocimiento previo de Dios de todas las personas incluye su conocimiento de ellos como creyentes o no creyentes. Por lo tanto, no tiene nada de extraño cuando los autores de las Escrituras afirman que los creyentes estaban predestinados a ser conformados a la imagen de Jesús, o que los creyentes eran elegidos de acuerdo con el conocimiento previo de Dios.

Es indiscutible que Dios ha visto el futuro. Él ha estado ahí sin imponerlo por la fuerza, ni obligar a sus criaturas a cumplir con un hado ineludible, sino más bien respetando la libertad por el mismo concedida a sus criaturas. En cuanto a la elección incondicional, Arminio escribió:

“Con respecto al artículo de Predestinación, mis sentimientos al respecto son los siguientes: Es un decreto eterno y gracioso de Dios en Cristo, por el cual Él determina justificar y adoptar a los creyentes, y dotarlos de vida eterna, y condenar a los incrédulos y personas impenitentes… Pero un decreto como el que he descrito no es aquel por el cual Dios resuelve salvar a algunas personas en particular y, para que pueda hacer esto, resuelve dotarlos de fe, y condenar a otros y no otorgarles fe. Sin embargo, muchas personas declaran que esta es la clase de predestinación en la que trata el apóstol… Pero niego lo que afirman.”[6]

Como arminianos, reconocemos que hay un cierto decreto eterno de Dios, según el cual Él administra los medios necesarios para la fe y la salvación, y esto lo hace de la manera que Él sabe que es apropiado para la justicia, es decir, para Su misericordia y Su gracia. Sin embargo, Dio no ha elegido de forma incondicional a unos para vida eterna y a otros para condenación. Arminio afirma:

“Dios anticipa las cosas futuras a través de la infinidad de Su esencia y a través de la perfección preeminente de Su comprensión y presciencia, no como Él quiso o decretó que necesariamente deberían hacerse; aunque Él no los conocería de antemano, a excepción de que eran futuros, y no serían futuros a menos que Dios haya decretado realizarlos o permitirlos ”.[7]

 La salvación de unos y la condenación de otros descansa o depende de la presciencia y la previsión de Dios, por medio de la cual Él conoció de antemano, por toda la eternidad, lo que los hombres, a través de la gracia preveniente o precedente, harían. En su presciencia, Dios sabía desde la eternidad quienes perseverarían con la ayuda de la gracia posterior; y quien no querría creer y perseverar.[8]

Dios sigue siendo el que elige salvar; y lo hace de acuerdo con una condición particular: la fe en Jesucristo. Dado que la elección está directamente vinculada a la salvación, y como Dios no ha decretado salvar a nadie incondicionalmente, tampoco ha elegido incondicionalmente a nadie para la salvación. El apóstol Pablo lo afirma así: “Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.” (1 Corintios 1:21, NVI). Dios ha elegido salvar a los que creen. Los que rehúsen creer serán parte del grupo de los reprobados, y esto por elección y responsabilidad propia, no por un designio divino de carácter antojadizo.

CONCLUSIÓN.

Con respecto a la elección y la predestinación, podríamos usar la analogía de un gran barco en su camino hacia el cielo. El barco (la iglesia) es elegido por Dios para ser su propia nave. Cristo es el capitán y el piloto de esta nave. Todos los que desean ser parte de este barco elegido y su Capitán pueden hacerlo a través de una fe viva en Cristo, por la cual estos vienen a bordo del barco. Mientras estén en el barco, en compañía del capitán del barco, están entre los elegidos. Si optan por abandonar el barco y el capitán, dejan de formar parte de los elegidos. La elección siempre está en unión con el capitán y su barco. La predestinación nos habla sobre el destino de la nave y lo que Dios ha preparado para aquellos que permanecen en ella. Dios invita a todos a venir a bordo de la nave elegida a través de la fe en Jesucristo.[9]

REFERENCIAS: 

[1] Jack Cottrell, The Faith Once for All: Bible Doctrine for Today (Joplin, MO: College Press Publishing Company, 2002), 389.

[2] https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/5-motivos-para-aceptar-la-eleccion-incondicional/

Artículo publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Sandra Merino.

[3] Jack Cottrell, The Faith Once for All: Bible Doctrine for Today (Joplin, MO: College Press Publishing Company, 2002), 392.

[4] Robert Shank, Elegido en el Hijo, Bethany House Publishers, 1970.

[5] William W. Klein, “Election,” in Dictionary of the Later New Testament and Its Developments, eds. Ralph P. Martin and Peter H. Davids (Downers Grove: IVP Academic, 2008), 318-20.

[6] Arminius, “A Letter to Hippolytus A Collubus: III. Divine Predestination,” 2:698-99.

[7] Ibid., 707.

[8] Ibid., 719.

[9] Biblia de Vida en el Estudio del Espíritu, pp. 1854-1855.

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Los 5 Puntos del Calvinismo: Elección Incondicional.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado

INTRODUCCIÓN:
La elección incondicional es uno de los 5 puntos del calvinismo clásico. El autor calvinista John Piper define la elección incondicional de la siguiente manera:

“La elección incondicional es la elección libre de Dios antes de la creación, no en base a la fe prevista, otorgando fe y arrepentimiento a los traidores, perdonándolos, y adoptándolos en el seno de su familia eterna de gozo” (John Piper, 5 Razones para abrazar la elección Incondicional; publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Sandra Merino).

El concepto puedo sonar piadoso y hasta bíblico, pero está lejos de ser las buenas nuevas que presume ser. La denominada “elección incondicional” implica, en su aspecto positivo, que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo, previendo el pecado del hombre, a una multitud incontable de personas para salvarlas, no porque vio que creerían o consideró algo bueno en ellas, sino que lo hizo en amor y misericordia, según Su voluntad para alabanza de la gloria de Su gracia. El aspecto negativo de la misma suele pasarse por alto, ya que establece que Dios, en su soberanía, ha determinado de antemano quienes serán condenados eternamente sin que puedan hacer algo para cambiarlo. La Confesión de Fe de Westminster (una declaración de fe calvinista) habla de este decreto eterno de Dios afirmando que:

III.- Por el decreto de Dios y para la manifestación de su gloria, algunos seres humanos y ángeles son predestinados y preordenados para vida eterna, y otros preordenados para muerte eterna.

IV.- Estos ángeles y también los seres humanos, así predestinados, y preordenados, están particular e inmutablemente designados, y su número es tan cierto y definido, que no se puede aumentar ni disminuir.

V.- A aquellos de la humanidad que están predestinados para vida, Dios, según su eterno e inmutable propósito, y el consejo secreto y beneplácito de su voluntad, los ha escogido en Cristo para gloria eterna, antes que fueran puestos los fundamentos del mundo, por su pura y libre gracia y amor, sin la previsión de la fe o buenas obras, o la perseverancia en ninguna de ellas, o de cualquier otra cosa que haya en las criaturas, como condiciones o causas que le muevan a ello, y todo para la alabanza de su gloriosa gracia.

VI.- Puesto que Dios ha designado a los elegidos para gloria, así también, por el eterno y más libre propósito de su voluntad, ha ordenado todos los medios para ello. Por lo tanto, los que son elegidos, estando caídos en Adán, son redimidos por Cristo, son eficazmente llamados a la fe en Cristo por su Espíritu que obra a su debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados y por su poder son guardados para salvación por medio de la fe. Ni hay otros que sean redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados, y salvados, sino solamente los elegidos.

VII.- Al resto de la humanidad, agradó a Dios pasarla por alto y destinarla para deshonra e ira por su pecado, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por la cual extiende o retiene misericordia como a Él le place para la gloria de su poder soberano sobre las criaturas, para la alabanza de su gloriosa justicia.
(Confesión de Fe de Westminster, Capítulo 3, Secciones I-VII)

¿Suena esto a buenas nuevas para los perdidos? ¡No lo creo! Los calvinistas, sin embargo, insisten que sí lo son. Y es que la elección incondicional es exigida por la visión distorsionada de la soberanía de Dios, que presenta el calvinismo.

LA LÓGICA DEMENTE DEL CALVINISMO:
De acuerdo con la teología calvinista cada pensamiento, palabra y acción es decretada por Dios, incluyendo todo pecado. Esta perspectiva es irracional y no bíblica, pero para el calvinista es una base importante de su creencia. Como bien lo afirmara cierto autor calvinista “el total énfasis en la soberanía de Jehová Dios Todopoderoso es la verdad y la belleza del Calvinismo” (David J. Engelsma, Hyper-Calvinism and the Call of the Gospel; Grandville, MI: Reformed Free Publishing Association, 1980, 133). Ciertamente, los calvinistas (en el peor y más amargo espíritu sectario) presumen de ser los únicos que entienden y defienden la soberanía de Dios. Otro escritor calvinista añade: “sólo el calvinismo… reconoce la soberanía absoluta de Dios” (Leonard J. Coppes, Are Five points Enough? the ten points of Calvinism; Denver CO: self-published, 1980, 15). Tal afirmación es falsa. Por el contrario, todos los cristianos creen que Dios es absolutamente soberano, pero muchos reconocen que la soberanía no es incompatible con la libertad de elección. Dios no es menos soberano porque Satanás y la humanidad se hayan rebelado y desobedecieran continuamente.

Los teólogos calvinistas declaran, sin aparente sentido de contradicción que “Dios… ha preordenado… incluso el pecado” (Edwin H. Palmer, the five points of calvinism (Grand Rapids, MI: Baker Books, enlarged ed., 20th prtg., 1999, 26). Pero el hecho es que el pecado es rebelión contra Dios, así que difícilmente podría ser por voluntad de Él. Sin embargo, los calvinistas insisten en que “Cada evento está preordenado porque Dios es omnisciente… por lo tanto de todo lo que Dios dice, ‘así debe ser…’ ¿No deberían colgar sus cabezas en vergüenza los que dicen que Dios no preordena el mal?” (Gordon H. Clark, predestination (Phillipsburg, PA: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1987, 63–64). Dichos autores simplemente hacen eco de Calvino, quien dijo que Dios “prevé las cosas que deben suceder, simplemente porque él ha decretado que estás van a suceder…” Calvino razona que es “vano el debate sobre pre-conocimiento, porque está claro que todos los eventos toman lugar por el decreto soberano de Dios” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 6). Siguiendo a su líder, muchos calvinistas mantienen que si un solo evento puede ocurrir fuera de la soberanía de Dios, entonces no es totalmente soberano, y no podemos estar seguros de que se cumplirá su plan para las edades. ¿Cómo, entonces, pueden negar los calvinistas de hoy que el calvinismo enseña que Dios provoca el pecado? Esta teoría, como hemos visto, no se encuentra en las Escrituras, ni es razonable. Para ser libre de esta falsa creencia se necesita reconocer que existe una gran diferencia entre lo que Dios decreta y lo que permite, entre lo que Dios desea y lo que sus criaturas hacen en desobediencia a su voluntad y el rechazo de su amor. Eso, aparentemente, es imposible de entender para un calvinista.

Como arminianos, pero sobre todo como creyentes en la Palabra de Dios, afirmamos que Dios es omnisciente, y sabe todo antes que suceda, y por lo tanto, no puede suceder nada que Él no sepa. Sin embargo, para que nuestro Dios omnisciente lo sepa todo, claramente no es necesario que deba decretar y causarlo todo. El calvinismo, en contradicción con la Biblia y la razón, limita el pre-conocimiento, insistiendo en que Dios sabe solamente lo que él ha decretado; por lo tanto, para que Dios lo sepa todo, también debe ser el causante de todo, incluyendo de todos los males. Sin que los calvinistas parezcan incomodarse por ello, la doctrina de la elección incondicional presupone que, como Dios es creador de la maldad, también lo es de la elección. Todo debe ser hecho por Dios sin participación, y ni siquiera fe por parte del hombre. La posición calvinista sostiene erróneamente que “el negar el pre-conocimiento de Dios es negar su omnisciencia… Pero hay que ir más lejos: no sólo vio su ojo omnisciente a Adán comer del fruto prohibido, sino que él lo decretó antes que lo hiciera” (Arthur W. Pink, the Sovereignty of God; Grand Rapids, MI: Baker Book House, 2nd prtg. 1986, 249).

En su afán por sostener ideologías religiosas humanas, los calvinistas olvidan que Dios está separado del universo. Él trasciende su creación, el tiempo y el espacio. Él observa desde fuera del tiempo; por lo tanto, su previo conocimiento del futuro deja al hombre libre para elegir. Para Dios no hay tiempo. Pasado, presente y futuro son significativos sólo al hombre como parte de su existencia temporal en este universo físico. El conocimiento de Dios de lo que para él es un eterno presente no tendría efecto sobre lo que es para el hombre todavía futuro. Calvino mismo aceptó este punto de vista sin darse cuenta de su impacto devastador en su propia negación de la capacidad del hombre para tomar decisiones genuinas: “Cuando atribuimos el pre-conocimiento a Dios, queremos decir… que para su conocimiento no existe pasado ni futuro, sino que todas las cosas están presentes y de hecho realmente las ve y contempla como un hecho que sucede bajo su inmediata inspección” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxi, 5).

TORCIENDO LA PALABRA DE DIOS DESDE EL GÉNESIS:
La doctrina calvinista afrenta el carácter y la sabiduría de Dios. Pero eso no es todo, en su intento por sostener las doctrinas de herencia católica enseñadas por Calvino, el calvinismo tergiversa la palabra de Dios para que encaje en su sistema teológico. El calvinismo razona que Dios, habiendo predestinado desde la eternidad pasada que Adán y Eva comieran del árbol del conocimiento, ¡Les prohíbe comer de él y así Él puede castigarlos por hacer lo que él pre-ordeno y causó que hicieran! Luego, por la elección incondicional, salva a un número selecto de sus descendientes para mostrar su gracia. Ese escenario increíble es contrario al carácter mismo de un Dios Santo y justo que “no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). Lejos de causar el pecado, Dios ni siquiera tienta al hombre a pecar. La palabra hebrea traducida como “tentar” es nacah y significa probar o demostrar, y no atraer al pecado. Cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a Isaac, Él no estaba tentando a Abraham para cometer un asesinato, sino que estaba probando la fe y la obediencia de Abraham. Al sugerir que cada pensamiento de Abraham, palabra y acción ya habían sido predestinados por Dios, hace que la “prueba” de fe de Abraham no tenga sentido. Lo mismo sería válido para los cientos de veces que Dios puso a prueba la fe y la obediencia de los individuos y las naciones en la Biblia. Pedro declara que la prueba de su fe es “mucho más valiosa que el oro” (1 Pedro 1:7). ¿Cómo puede hablar de “su fe” Si la fe es de Dios? Y ¿cómo puede haber cualquier “prueba” significativa de ella si el hombre no tiene voluntad y todo ha sido predeterminado por Dios desde la eternidad pasada?

Dios no provocó ni predestinó la caída del hombre. Es más, Dios le dio a Adán y a Eva el mandato más fácil posible. De los muchos árboles del huerto del Edén ellos podían comer de cualquiera o de todos ellos, excepto uno (Génesis 2:16 – 17). Este mandato fue una prueba necesaria de obediencia y de amor por su creador. Dios estaba probando, y no tentando a sus criaturas. Pero este concepto del hombre recibiendo advertencia para no tentar a Dios y las pruebas de obediencia y fe, no tienen sentido si todo ha sido preordenado eternamente por Dios. Esta doctrina hace una burla de los alegatos de Dios a través de sus profetas para que el hombre se arrepintiera, y hace redundante el mismo evangelio. ¿Por qué suplicarle, advertir, o predicar a aquellos cuya respuesta ha sido preordenada desde la eternidad pasada?

El calvinismo se contradice a sí mismo, pues si el hombre es incapaz de ir en contra del decreto divino y está predestinado a hacer lo que Dios ya preestableció desde la eternidad para él ¿Cómo puede el hombre aún ser responsable por sus actos pecaminosos? Si por su decreto eterno, Dios ha predestinado al hombre cada pensamiento, palabra y acción, incluyendo las atrocidades más horrendas cometidas por los peores criminales de todo el mundo ¿Cómo puede juzgar al hombre haciéndolo responsable de lo que él mismo lo obligó a hacer? La rebelión del hombre es sólo la interpretación de lo que Dios ha determinado sobre la voluntad del hombre y esto se debe cumplir. Así que, según el calvinismo, el hombre no es un rebelde sino una marioneta. ¿Cómo puede ser condenado como rebelión pecaminosa contra la voluntad de Dios aquello que Dios mismo preordenó y causó? ¿Cómo es posible que sea desobediencia el hacer la voluntad de Dios? ¿Cómo podría Dios quejarse cuando el hombre hace lo que él le predestinó a hacer? Y ¿cómo podría el hombre entonces ser justamente castigado por hacer lo que no tiene ninguna capacidad de no hacer? Tal doctrina difama el Dios de amor y la justicia que se revela a la humanidad en las escrituras. En defensa del verdadero carácter de Dios, John Wesley argumentó razonable y bíblicamente: “Dios no castigará a nadie por hacer algo que no pudo evitar; ni por algo que no podría omitir. Cada castigo supone que el agresor podría haber evitado el delito para el cual está siendo castigado. De lo contrario castigarlo sería palpablemente injusto e incompatible con el carácter de Dios” (Laurence M. Vance, the Other Side of Calvinism; Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed. 1999, 236).

Sorprendentemente, los calvinistas no ven la injusticia ni la contradicción en Dios pre-ordenando el pecado del hombre y luego castigándolo por lo que no pudo evitar hacer. Esta visión extrema de la soberanía y la predestinación se aplica a la salvación por la doctrina de la elección incondicional. Aunque la Biblia claramente enseña en varias ocasiones que la fe es la condición para la salvación, la elección incondicional del calvinismo ni siquiera permite fe para salvación. Dios simplemente decide salvar a algunos, llamados “los elegidos”, los regenera soberanamente y, solamente después de esto, les da fe para creer en Cristo mientras que maldice al resto de la humanidad por su eterno decreto. En otras palabras, el calvinismo coloca la regeneración antes del arrepentimiento y la fe en Cristo. Esto contradice la misma Biblia (Juan 1:12; Hechos 2:38; 3:18)

La perniciosa doctrina de la elección incondicional resta validez y sentido a las Escrituras. Por ejemplo, ¿Qué sentido tendría cumplir con la gran comisión si el número de los salvos ya está predeterminado por Dios y nada puede hacerse para cambiarlo? Sin embargo, las Escrituras y la conciencia imponen al hombre el deber de rescatar a todos los que sean posibles. Pero el calvinista insiste en que glorifica a Dios el rescatar sólo a un limitado grupo de elegidos caprichosamente. John MacArthur llama a los escogidos: “los elegidos de Dios para salvación” (John MacArthur, The MacArthur Study Bible; Nashville, TN: Word Publishing, 1997, 1939) y afirma que Dios escoge condenar al resto de forma arbitraria. Según la mentalidad calvinista, esto muestra lo maravilloso que es Dios por salvar al menos unos pocos, causando así a los elegidos estar sumamente agradecidos. Con esto el calvinista intenta escapar a la pregunta de ¿Por qué Dios, ¿quién es amor, salva a tan pocos? El calvinista se conforma con afirmar, mediocremente, que la verdadera maravilla es que Dios salvara a alguno; pero esta no es una buena respuesta en lo absoluto. Es más, difama el carácter de Dios quien no quiere “que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Los Cánones de Dort establecen la parcialidad de Dios al afirmar lo siguiente “…Que Dios, en el tiempo, a algunos conceda el don de la fe y a otros no, procede de Su eterno decreto. Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras, y: hace todas las cosas según el designio de su voluntad. Con arreglo a tal decreto ablanda, por pura gracia, el corazón de los predestinados, por obstinados que sean, y los inclina a creer; mientras que a aquellos que, según Su justo juicio, no son elegidos, los abandona a su maldad y obstinación…” (Cánones de Dort, 3:VI). Refiriéndose a esta declaración doctrinal del Sínodo de Dort el rey James de Inglaterra (cuyo legado es la Biblia King James en inglés), a pesar de que él no era Arminiano y mucho menos un “Santo”, expreso su repugnancia: “…Esta doctrina es tan horrible, que estoy convencido, que si hubiese un Consejo de espíritus inmundos reunidos en el infierno, y su príncipe fuera el diablo y se les pidiera su opinión sobre los medios más probables de agitar el odio de los hombres contra Dios su creador; nada podría ser inventado por ellos que fuera más eficaz para este propósito o que podría poner una mayor afrenta al amor de Dios para la humanidad que ese decreto infame del último Sínodo…” (King James I; in Jacobus Arminius, the Works of James Arminius, trans. James and William Nichols; Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1986, 1:213).

Según la cosmovisión calvinista, Dios es un tirano cruel cuya antojadiza voluntad condena o salva a algunos por puro capricho. O peor aún, según la teología calvinista (ya sea que lo admitan o no), Dios finge ser bueno, misericordioso y justo mientras que, en realidad, es el autor de todo mal y desgracia que azota al universo por el creado. Un erudito calvinista admitió desvergonzadamente que “las dos tesis más inaceptables para el arminiano están en que Dios es la causa del pecado y que Dios es la causa de la salvación” (Gordon H. Clark, Predestination; Phillipsburg, PA: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1987, 185).

DESHONESTOS POR NECESIDAD:
A pesar de la erudición de la cual se jactan, los calvinistas necesitan tergiversar el significado básico de ciertas palabras para defender su postura. Por ejemplo, 1 Timoteo 1:15 nos dice: “…Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores…” (Nueva Biblia al Día). Como cualquier estudiante honesto reconocerá, 1 Timoteo 1:15 quiere decir que el deseo de Dios es que todos los pecadores sean salvos. Obviamente, tal afirmación bastaría para refutar la doctrina calvinista de la elección incondicional. De forma deshonesta y maliciosa, la palabra “pecadores” es redefinida por los calvinistas como queriendo indicar que Cristo vino sólo por “los elegidos entre los pecadores”, lo cual no se enseña implícita o explícitamente en el texto, ¿Qué necesidad hay de torcer así el texto bíblico? Si quisieran ser honestos y dejar todo sectarismo fanático, los calvinistas tendrían que reconocer que no hay nada en la Biblia, que sugiera que “los pecadores” habla de aquellos pecadores elegidos. Las palabras “pecador” y “pecadores” se encuentran casi setenta veces en la Biblia: “los hombres de Sodoma eran malvados y pecadores” (Génesis 13:13); “Pero la riqueza del pecador está reservada para el justo” (Proverbios 13:22); “he aquí, el hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores” (Marcos 14:41); “Porque también los pecadores aman a los que los aman” (Lucas 6:32); “Nosotros sabemos que ese hombre es pecador” (Juan 9:24); “sabemos que Dios no oye a los pecadores” (Juan 9:31); “la ley no fue dada para el justo…sino para los transgresores y desobedientes” (1 Timoteo 1:9); “más este… es santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores” (Hebreos 7:24 – 26), etc.. No hay un solo lugar en la Biblia donde podría interpretarse la palabra “pecadores” como “los elegidos”. Pero cuando se habla de la salvación de los pecadores, o el amor de Dios por los pecadores, el calvinista insiste en que “los pecadores” significa los elegidos, como en las siguientes declaraciones: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13; Lucas 5:32), “este a los pecadores recibe” (Lucas 15:2); “en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8), y así sucesivamente. Estas redefiniciones deshonestas se requieren a lo largo de las Escrituras para apoyar el calvinismo. Por desgracia para los calvinistas, a lo largo del Nuevo Testamento, siempre se utiliza la misma palabra griega para “pecadores”. Así que no hay ninguna licencia para dar un significado diferente en algunos casos con el fin de rescatar al calvinismo de su ruina teológica. Claramente, el calvinismo se derrumbaría si la Biblia realmente indicara que Cristo vino a salvar a todos los pecadores sin discriminación alguna, en lugar de sólo algunos pecadores, o aún, los elegidos entre los pecadores.

El estudiante honesto de la Palabra de Dios reconoce que la Biblia usa el término “elegido” y “escogido” en una variedad de formas: para Israel (Isaías 45:4-6), Cristo (Isaías 42:1; Lucas 9:35), una dama (2 Juan 1), una iglesia (1 Pedro5:13) y los ángeles (1 Timoteo 5:21). Sin embargo, nunca, se utiliza esta palabra para indicar que hay un grupo selecto que ha sido predestinado para salvarse. Nunca. Ironside, maestro bíblico canadiense-estadounidense, predicador, teólogo, pastor y autor que pastoreó la Iglesia Moody en Chicago de 1929 a 1948, declaró: “En ninguna parte de la biblia las personas son predestinadas para ir al infierno, y en ninguna parte son simplemente elegidos para ir al cielo… predestinación siempre es hacia un algún lugar especial de bendición” (H. A. Ironside, in the Heavenlies, Addresses on Ephesians; Neptune, NJ: Loizeaux Brothers, 1937, 34).

El calvinismo es antibíblico en su definición de los “elegidos” como el grupo seleccionado a quien Dios desde la eternidad pasada, ha designado a la salvación. Es aún más antibíblico al afirmar que todos los demás están predestinados por Dios para la condenación eterna. ¿Cuál sería la consecuencia lógica de esto? Simple: El evangelio podría ser predicado día y noche a estos condenados y sin embargo sería en vano, porque son totalmente incapaces de creer. Dios supuestamente no tiene deseo alguno de abrir sus ojos cegados y darles la fe para creer. Lo hace solo para los elegidos (a través de la elección incondicional), aunque lo podría hacer para todos. Quizá suene ofensivo para un calvinista obcecado y testarudo, pero esta doctrina repugnante nunca fue, es o será enseñada en las Escrituras. Calvino admite: “Muchos… consideran incongruente que del gran cuerpo de la humanidad algunos debieran ser predestinados a la salvación y otros para destrucción” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxi, 1). También admite: “El decreto, lo admito, es terrible y sin embargo, es imposible negar que Dios supo con anterioridad el fin del hombre antes que fuese porque él lo creo, y supo con anterioridad, porque así lo había ordenado por su decreto” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 7). Si somos observadore notaremos que Calvino se ve obligado a mantener lo que admite como un decreto “terrible”. ¿Por qué? No por las Escrituras, sino por su insistencia antibíblica de que Dios solamente puede saber de antemano solo lo que decreta. De ese error, se deduce que, puesto que Dios sabe todo lo que sucederá, debe decretarlo todo para que pueda suceder, desde la caída de Adán hasta el destino final de miles de millones. Gracias a Dios que la Biblia dice lo contrario: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Para el calvinista, más fiel a Calvino y a sus dogmas que a la palabra de Dios, “mundo” y “ todo aquel” deben cambiarse por “elegidos” para que el calvinismo pueda sostenerse.

¿QUÉ ENSEÑA LA BIBLIA Y LA RAZÓN?
De acuerdo con la Biblia la elección, o predestinación, es el resultado de pre-conocimiento de Dios (Romanos 8:29; 1 Pedro 1:2). Aquellos quienes Dios supo de antemano que creerían, los predestinó a bendiciones especiales, entre ellas la salvación del castigo del pecado (1 Corintios 2:9). Dios continuamente invita al hombre a venir a Él (Isaías 1:18). Razona con Israel, envía a sus profetas para advertir a su pueblo elegido y en varias ocasiones los castiga por sus malas obras (Deuteronomio 28: 20; Jeremías 9:13). Dios mismo afirma que envió a su Hijo a morir por los pecados del mundo, debido a su gran amor para toda la humanidad (Juan 3:17; 1 Juan 4:14). Sin embargo, Dios nunca declara en la Escritura la razón por la cual salva a un grupo selecto y condena a todos los demás. De seguro que una doctrina tan importante sería claramente explicada, en defensa del carácter de Dios, pero aun así no se menciona. Sólo podemos concluir que la elección incondicional no es más que una invención humana. De hecho, la conciencia del hombre dada por Dios y las Escrituras claman en protesta en contra de esta doctrina. Dios no actúa con parcialidad (Santiago 3:17). No hace acepción de personas (Hechos 10:34), y todos los hombres son igualmente dignos de condena e igualmente indignos de su gracia. Los calvinistas según su punto de vista admiten que los “elegidos,” al igual que toda la humanidad, eran una vez totalmente depravados, incurablemente en contra de Dios e incapaces de creer en el Evangelio, con ninguna cosa que merezca la gracia de Dios, igual que los “no elegidos”. Preguntémonos entonces ¿Por qué fueron estos seleccionados para la salvación y todos los demás a la condenación? No se puede encontrar ninguna razón en Dios o en el hombre, ni en cualquier lugar en las Escrituras. No hay escapatoria a la inquietante pregunta: ¿Por qué el Dios de Calvino escogió salvar a tan pocos cuando podría haber salvado a todos? Al no poder presentar excusa alguna, los calvinistas admiten: “¿por qué unos hombres son puestos para vida eterna y otros dejados a la destrucción eterna? …Por el beneplácito de su voluntad” (James R. White, The Potter’s Freedom; Amityville, NY: Calvary Press Publishing, 2000, 177). Así que, para un calvinista, la bondad de Dios es la causa de salvar a tan pocos y condenar a muchos. ¿Es esto lógico? Lo dudo. Como arminianos estamos horrorizados por este concepto, y nos sentimos ofendidos en nombre de nuestro Dios.

Bíblicamente hablando, no hay duda de que Dios tiene el derecho de salvar a quien quiera y nadie puede reclamar. Todos somos merecedores del castigo eterno requerido por la santidad de Dios en contra del pecado. Pero el punto es que varias veces se nos dice en la Biblia que Dios es amor y que Él es misericordioso con todos, exactamente lo que esperaríamos de Él debido a su mandato a nosotros de amar a nuestros vecinos como a nosotros mismos y hacer el bien a todos. De seguro que no esperaríamos del “padre de misericordias” y Dios de toda consolación (2 Corintios 1:3) retener su misericordia de cualquiera que tan desesperadamente lo necesita, mucho menos que halle placer en hacerlo. Calvino se esconde detrás de la autoridad del sacerdote católico Agustín para justificar esta contradicción, pero en su esfuerzo, se queda corto. Calvino afirma con total crueldad: “Dios ordena todas las cosas por su soberano consejo, de tal manera que las personas que nacen, que están condenados desde el vientre a una muerte segura, deben glorificarle por su destrucción. Si tu mente está preocupada, no niegues aceptar al Consejo de Agustín” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 5, 6). Con insoportable crueldad, Calvino también afirma: “No dudaré en.… confesar con Agustín que la voluntad de Dios es necesidad… [y] que la destrucción como consecuencia de la predestinación es también más justa… El primer hombre cayó porque el Señor consideró bien que debería… porque él vio que así se mostraría su propia gloria” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 8, 9)

Quizá un calvinista enceguecido por sus razonamientos se niegue a reconocerlo, pero el que Dios imponga “la necesidad de pecar” sobre el hombre, y después lo condene por pecar, no puede llamarse “justo” por ninguna maniobra de semántica. Sin embargo, esto es exactamente lo que enseñó y defendió Calvino: “El réprobo (predestinado a la condenación), excusaría sus pecados… porque una necesidad de esta naturaleza se coloca sobre ellos por la ordenación de Dios. Negamos que puedan ser debidamente excusados… todos los males que llevan son impuestos por el justo juicio de Dios” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 11). La crueldad que Calvino atribuye a Dios es atroz. Seguramente, como argumenta Wesley, castigar por no hacer lo que es imposible hacer o por haber hecho lo que solo podía hacer, es lo contrario a la justicia. Si eso no fuera suficiente malo, que Dios predestine al hombre al pecado para tener a quien juzgar, es aborrecible incluso para los impíos. Esto es ofensivo para la conciencia que Dios ha dado a toda la humanidad. Calvino atribuye el mal a Dios y luego lo llama justo simplemente porque “todo lo que Él quiere debe sujetarse a ser justo” (John Calvin, Institutes of the Christian Religion, trans. Henry Beveridge, Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed. III: xxiii, 8, 9). La Escritura nos dice lo contrario. Dios manda a todos los hombres que se arrepientan, el clama a la humanidad para hacerlo y está dispuesto a perdonar y promete la salvación a todos los que creen en Cristo.

LO DICE LA BIBLIA, NO ARMINIO:
Los siguientes pasajes, en el cual aboga Dios por la humanidad, para aceptar la salvación que Él ofrece en Cristo, son sólo unos pocos entre las muchas Escrituras similares que refutan la elección incondicional del calvinismo:

• “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”. (Isaías 55:7)

• “Y me buscareis y me hallareis, porque me buscareis de todo corazón”. (Jeremías 29:13)

• “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé un hombre prudente, que edifico su casa sobre la roca”. (Mateo 7:24)

• “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os hare descansar”. (Mateo 11:28)

• “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. (Juan 7:37)

• “Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”. (Apocalipsis 22:17)

Cada uno de los anteriores versículos claramente incluyen dos hechos que refutan la elección incondicional:

1. El mandato y la invitación se ofrecen a todos, y no sólo a un grupo selecto. Las palabras “perverso” e “injusto” y “cualquiera” y “todo” dicen claramente lo que dicen y no pueden ser convertidos en “elegidos.”
2. Hay condiciones que deben cumplirse. Hay un mandato y una invitación a cumplir con ciertos requisitos: “abandonar” el pecado, y buscar a Dios con todo el corazón, y “escuchar y hacer” lo que Cristo manda, “venir” a él y “tomar y beber” el agua de la vida que Cristo da. La elección no es incondicional.

CONCLUSIÓN:
• El calvinismo jamás podrá explicar cómo Dios, quien es amor, podría tomar placer en maldecir a miles de millones que podrían ser salvos, si así lo deseara. Esta es la gran pregunta que la misma conciencia que Dios ha implantado en todos y la humanidad encuentra tan preocupante, pero que Calvino se negó o no pudo tratar.

• Bíblicamente, la soberanía de Dios se ejerce solamente en perfecta unidad con su carácter total. No es un soberano despótico. Su soberanía se aplica en armonía con su amor, gracia, misericordia, bondad, justicia y verdad, pero Calvino no tiene casi nada que decir sobre estos atributos, porque estos no se pueden conciliar con su teoría.

• Los calvinistas declaran que las razones de la condenación de los no elegidos es un misterio, pero declarar “misterio” y exaltar la ignorancia son contrarios a la palabra de Dios, que nos dice que debemos “estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Sin embargo, Calvino dijo que estaba mal el buscar una razón.

• Según la doctrina de la elección incondicional, tanto la fe para creer y la salvación para recibir es impuesta a los elegidos, por la soberanía de Dios, anulando totalmente su presunta incapacidad humana para elegir y el rechazo de su voluntad depravada del Evangelio. El calvinista objeta la frase “les impone” e insiste en que Dios simplemente extrajo de los electos la resistencia natural al Evangelio. Sin embargo, cualquier retiro del presunto rechazo natural tendría que cambiar el deseo de un pecador rebelde. Un destacado calvinista admite: “Aun me obliga a mí, quien realmente no ama a Jesús, amarlo y creer en Él” (Palmer, Five Points, 21). Por el contrario, la biblia y la razón enseñan que nadie puede ser obligado a querer o aceptar un regalo, mucho menos cambiar su mente sin la voluntad para hacerlo. Esa voluntad debe provenir del corazón; no se puede crear de la nada. Nadie puede ser forzado a cambiar de parecer. No importa cómo traten de explicar la elección incondicional, el calvinista no puede escapar un hecho reconocido por toda la humanidad: que cualquier cambio significativo de actitud o creencia del ser humano, debe ser por consentimiento y razones que acepta voluntariamente. Pero según el calvinismo ese hecho del sentido común socava la soberanía de Dios. Pero, al contrario, es un hecho y refuta el calvinismo.

• El calvinista afirma que, según Efesios 2:8 -10, la fe le es concedida al hombre como un regalo. Sin embargo, la construcción griega, exige que la salvación, y no la fe, es el regalo de Dios. Por otra parte, incluso si la fe fuera el regalo, tendría que ser recibido, un acto en sí mismo que requiere la fe y el ejercicio de la voluntad. La fe salvadora es un elemento absolutamente esencial en cualquier relación y transacción entre el hombre y Dios, como lo declaran muchas Escrituras inequívocamente: “es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay” (Hebreos 11:6). Jesús dijo, “conforme a vuestra fe os sea hecho” (Mateo 9:29). Ya hemos señalado esto, pero vale la pena repetir. La expresión “vuestra fe” se encuentra veinticuatro veces: “vuestra fe se divulga…” (Romanos 1:8); “si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe… (1 Corintios 15:17), etc. “Tu fe” se encuentra once veces: “tu fe te ha hecho salva…” (Marcos 5:34; Lucas 8:48); “la participación de tu fe…” (Filemón 6). “Su fe” se encuentra dos veces: “su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5) y “su fe” tres veces: “Jesús vio su fe” (Marcos 2:5). Estas son expresiones extrañas si nadie puede tener fe a menos que Dios soberanamente lo regenere, y luego le da una fe que no es suya sino totalmente de Dios. Tales enseñanzas claramente no son bíblicas. La Escritura repetidamente presenta a Dios apelando a la razón del hombre, conciencia y voluntad para convencerlo de arrepentirse y creer. Toda la historia de Dios tratando con el hombre — pasado, presente y futuro, como se revela en las Escrituras. Sería una farsa sin sentido si la elección incondicional fuese verdad. Y así es con todos los 5 puntos del calvinismo.

• Algunos, como Juan Calvino, sin reparo dicen que Dios no quiere que todo el mundo sea salvo, de hecho, afirman que esa es su “buena voluntad” condenar a muchos. Otros, al darse cuenta de lo repulsivo que es esta idea a cualquiera que tenga un sentido normal de misericordia y bondad, llaman a esto “Ultra-Calvinismo” e intentan encontrar otras explicaciones por las que Dios no elige irresistiblemente a todo el mundo. La necesidad de superar las objeciones de los no calvinistas a la insensibilidad aparente de Dios (en predestinar multitudes al tormento eterno antes de que nacieran) ha sido la madre de la invención de un número de intentos y racionalizaciones. Algunos intentan escapar del desastre moral simplemente diciendo que la respuesta está escondida en el secreto de la voluntad de Dios, esto es esquivar. Otros, si bien reconocen la contradicción monstruosa, insisten en que lo que nos parece aborrecible a nosotros, no lo es para Dios, que nosotros no podemos imponer nuestros estándares sobre él. Sin embargo, ese argumento, es demolido por el hecho de que Dios ha escrito sus estándares en cada conciencia y razona con la humanidad sobre esa base (Isaías 1:10 – 20).

• El arminianismo, en concordancia con la Biblia, enseña que aquellos que reciben a Cristo no tienen nada de que gloriarse sino en Cristo solamente quién pagó la pena por sus pecados. Y aquellos que sufren la pena por sus pecados (y sólo ellos) son culpables de haber rechazado obstinadamente la salvación de Dios provista y libremente ofrecida como un regalo de su amor. Tal es la enseñanza clara de las Escrituras desde Génesis hasta Apocalipsis. Pero para hacer frente a ese hecho, el calvinista tendría que abandonar los dogmas a los que ha dedicado su vida y su reputación. Muchos lo han hecho y han sido liberados de las erróneas enseñanzas del TULIP.