5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

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¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

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¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

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SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

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SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

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LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

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CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

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REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

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Continuismo, Pentecostalismo Clásico

Pentecostalismo: ¿Fuego extraño o fuego santo?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El pentecostalismo, o movimiento pentecostal, es un movimiento evangélico que incluye un amplio número de denominaciones, iglesias independientes y organizaciones paraeclesiásticas que recalcan la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo. Surgió primero en Norteamérica a principios del siglo XX, cuando miembros del movimiento de santidad wesleyano experimentaron el fenómeno espiritual denominado glosolalia (hablar en lenguas), hecho que identificaron como la evidencia bíblica de haber sido bautizados en el Espíritu Santo (Hechos 1:8, 2:1-4). En la creencia pentecostal, el bautismo en el Espíritu Santo suministra al creyente un poder sobrenatural que incluye los carismas de 1 Corintios 12:8-10.

El pentecostalismo carece de un dirigente mundial debido a las diferentes creencias y opiniones sobre doctrinas, prácticas y liturgia existentes entre sus distintas organizaciones. Una iglesia pentecostal puede trabajar de forma independiente o estar afiliada a una organización religiosa de mayor cobertura. Sus ritos, prácticas y costumbres dependen de la corriente con la cual se identifique. En este sentido, se pueden distinguir tres “olas” en el movimiento pentecostal de nuestro siglo.

La primera es el pentecostalismo clásico que se vincula a la experiencia de “hablar en lenguas” que tuvo Agnes Oxham durante un servicio de sanidad divina en Topeka, Kansas, Estados Unidos, en vísperas del año nuevo de 1900. Este movimiento se extendió rápidamente en sectores populares de los Estados Unidos y pronto fue llevado con celo misionero también a otras partes del mundo. Puede decirse que esta ola es una forma popular del protestantismo que conforman denominaciones como las Asambleas de Dios o la Iglesia Cuadrangular. Brotes espontáneos de este tipo se dieron en América Latina en casos como el de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile y el movimiento “Brasil para Cristo”.

Algo diferente sería la segunda ola conocida también como “Movimiento Carismático” que hacia la década de los sesenta se extiende en el seno de las denominaciones protestantes antiguas como luteranos, anglicanos, presbiterianos, metodistas, o aun de la Iglesia Católica Romana. La glosolalia o la sanidad divina son parte de este movimiento, pero su característica sociológica no tiene las marcas de lo popular como en el caso del pentecostalismo clásico. Como en general no forma denominaciones separadas, conserva las características sociológicas de las denominaciones dentro de las cuales se manifiesta.

La tercera ola se puede definir como neocarismática o neopentecostal. Estaría representada por las nuevas iglesias sin tradición de denominación clara, aparecidas en años más recientes alrededor de figuras carismáticas. Según la World Christian Database, el número de pentecostales clásicos asciende a 78 millones, los carismáticos suman 192 millones y los neopentecostales, 318 millones.

Aunque el pentecostalismo experimentó fuerte oposición en sus inicios, gradualmente fue ganando reconocimiento y aceptación dentro del mundo evangélico al punto que, hoy en día, constituye el sector de mayor crecimiento dentro del protestantismo. Sin embargo, no todos han extendido la mano de confraternidad hacia el pentecostalismo. En ciertos sectores del evangelicalismo tradicional, principalmente en el bloque calvinista o reformado, los oponentes al movimiento pentecostal no solo son muchos, sino también cada vez más agresivos. Por ejemplo, en su polémico libro “Fuego Extraño” el pastor John MacArthur califica al Movimiento Pentecostal y Carismático[1] como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

MacArthur llega al extremo de afirmar:

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

Para MacArthur, lo pentecostales ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, por lo que deberíamos ser rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]

“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

MacArthur concluye su libro afirmando:

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

MacArthur se proclama a sí mismo como cesacionista, lo cual explica en parte su férrea oposición al pentecostalismo. Sin embargo, él no es el único en despreciar al Movimiento Pentecostal. En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, permanece:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8).”[7]

Nos preguntamos ¿Cuál es el problema con MacArthur y otros cristianos no pentecostales? ¿Por qué etiquetan, generalizan y desprecian a todo el movimiento pentecostal y carismático de esa forma? El celo ministerial y el cada vez más persistente decaimiento en las iglesias reformadas, en contraposición a la vitalidad y crecimiento del Movimiento Pentecostal, podrían explicar en parte tal oposición.

MACARTHUR, LOS CALVINISTAS Y EL CESACIONISMO.

John MacArthur es ampliamente conocido en el mundo evangélico. Además de ser pastor y autor es también popular gracias a su programa de radio Grace to You (Gracia a Vosotros). Es el pastor y maestro de la Grace Community Church en Sun Valley, California desde el 9 de febrero de 1969 y actualmente es también el presidente de The Master’s University en Newhall, California y de The Master’s Seminary en Los Ángeles, California.

Teológicamente, MacArthur es considerado un calvinista, y un fuerte defensor de la predicación expositiva. Ha sido reconocido por Christianity Today como uno de los predicadores más influyentes de su tiempo. Pero eso no es todo, MacArthur es cesacionista[8], y es una de las voces más prominentes en la iglesia en contra de las creencias continuistas del pentecostalismo y del movimiento carismático. En relación con el movimiento pentecostal, MacArthur ha llegado incluso a afirmar de forma tajante:

“Esto es el trabajo de Satanás, es el trabajo de la oscuridad, y no ha de ser atribuido al Espíritu Santo.”[9]

No nos extraña que MacArthur piense de esa manera. MacArthur, y muchos otros que se identifican como cesacionistas, niegan la continuidad de los dones espirituales. Ellos afirman que, al sostener dicha postura, buscan proteger las doctrinas de la suficiencia y la finalización de la Escritura. Sin embargo, esta es una excusa. Hay motivos siniestros detrás de esta doctrina, como su incredulidad y el temor de que esta incredulidad sea expuesta si se aventuran. Lejos de admitir su error teológico, los cesacionistas prefieren crucificar a Cristo con sus plumas, sólo para callarle, antes que admitir que luchan con la incredulidad. La incredulidad persistente de muchos calvinistas y otros sectores del protestantismo no les permite ver que la continuación de las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu no compromete la suficiencia y la finalización de la Escritura. Pero en su intento por desprestigiar al pentecostalismo, los cesacionistas como MacArthur afrentan a Dios y niegan la veracidad de la Biblia, libro que pretenden defender. Si de verdad creyeran en la Biblia, lo cesacionistas tendrían que admitir la continuidad de los dones del Espíritu para nuestra época al igual que los pentecostales.

LA BIBLIA ENSEÑA EL CONTINUISMO.

Los pentecostales y carismáticos creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

Contrario a la afirmación de muchos cesacionistas, los dones milagrosos no fueron señal exclusiva de los apóstoles, sino un privilegio común a todos los cristianos ungidos con el Espíritu Santo. En otras palabras, muchos hombres no apostólicos y mujeres, jóvenes y viejos, en toda la amplitud del Imperio Romano, ejercieron sistemáticamente estos dones del Espíritu. El libro de los Hechos nos relata que Esteban y Felipe ministraron en el poder de señales y prodigios. Otros, que ejercían los dones milagrosos, aparte de los apóstoles, incluyen: (1) los 70 que fueron enviados en Lucas 10:09, 19-20, (2) al menos 108 personas, entre los 120 que estaban reunidos en el aposento alto en el día de Pentecostés, (3) Esteban (Hechos 6-7), (4) Felipe (Hechos 8), (5) Ananías (Hechos 9), (6) miembros de la iglesia en Antioquía (Hechos 13), (7) conversos anónimos en Éfeso (Hechos 19:06), (8) la mujer en Cesarea (Hechos 21:8-9), (9) los hermanos sin nombre de Gálatas 3:5, (10) los creyentes en Roma (Romanos 12:6-8), (11) los creyentes en Corinto (1 Corintios 12-14); y (12) los cristianos de Tesalónica (1 Tesalonicenses 5:19-20).

También hay que dar espacio a la explícita y frecuentemente repetida intención de los dones del Espíritu: esto es, la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:07; 14:03, 26). Si bien es cierto los dones espirituales fueron esenciales para el nacimiento de la iglesia, ¿Por qué habrían de ser menos importantes o necesarios por causa de su continuo crecimiento y maduración?

También existe la continuidad fundamental o la relación espiritualmente orgánica entre la iglesia en Hechos y la iglesia en siglos posteriores. Nadie niega que fue una época o período de la iglesia primitiva que podríamos llamar “apostólica”. Debemos reconocer la importancia de la presencia física y personal de los apóstoles y su papel único en sentar las bases de la iglesia primitiva. Pero en ninguna parte del Nuevo Testamento se sugiere que ciertos dones espirituales estaban ligados única y exclusivamente a ellos, o que los dones cesaron cuando los apóstoles murieron. La iglesia universal o cuerpo de Cristo que fue establecido y dotado por el ministerio de los apóstoles es la misma iglesia universal y el cuerpo de Cristo hoy. Estamos juntos con Pablo y Pedro y Silas y Lidia y Priscila y Lucas, todos miembros del mismo cuerpo de Cristo. También hay que tomar nota de 1 Corintios 13:8-12. Aquí Pablo afirma que los dones espirituales no “pasarán” (vv. 8-10) hasta la llegada de lo “perfecto”. Si lo “perfecto” es de hecho la consumación de los propósitos redentores de Dios, como se expresa en el cielo nuevo y la tierra nueva después del regreso de Cristo, podemos confiadamente esperar que continúe la bendición y el empoderamiento de la iglesia con los dones hasta ese momento.

Un punto similar se hace en Efesios 4:11-13. Allí Pablo habla de los dones espirituales como la construcción de la iglesia “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (v. 13; cursivas mías). Dado que esto último con toda seguridad aún no ha sido alcanzado por la iglesia, podemos anticipar con confianza la presencia y el poder de tales dones hasta que llegue ese día.

Aunque los cesacionistas argumenten que las señales y prodigios, así como ciertos dones espirituales, solo sirvieron para confirmar o autenticar a los apóstoles, y que cuando los apóstoles murieron estos dones terminaron, el hecho es que ningún texto bíblico dice que señales y milagros o dones espirituales de un tipo en particular autentican los apóstoles. Señales y prodigios autenticaron a Jesús y el mensaje apostólico acerca de Él. Si las señales y maravillas fueron diseñados exclusivamente para autenticar apóstoles, no tenemos ninguna explicación de por qué los creyentes no apostólicos (como Felipe y Esteban) estaban facultados para realizarlas (1 Corintios 12:8-10). Por lo tanto, esta es una buena razón para ser un cesacionista solo si se puede demostrar que la autenticación o certificación del mensaje apostólico fue la única y exclusiva finalidad de tales demostraciones de poder divino. Sin embargo, en ningún lugar en el Nuevo Testamento es reducido a certificación el propósito o función de lo milagroso.

Los milagros, en cualquier forma, sirvieron para otros varios propósitos distintos: doxológicos (para glorificar a Dios: Juan 2:11; 9:03; 11:04; 11:40, y Mateo 15:29-31.); evangelístico (para preparar el camino para que el evangelio sea dado a conocer: Hechos 9:32-43); pastoral (como expresión de la compasión y el amor y el cuidado de las ovejas: Mateo. 14:14, Marcos 1:40-41), y edificación (para edificar y fortalecer a los creyentes: 1 Corintios 12:07 y el “bien común”, 1 Corintios 14:3-5, 26). Todos los dones del Espíritu ya sean lenguas o enseñanza, de profecía o de misericordia, curación o ayuda, se les dio (entre otras razones) para edificación, construcción, aliento, instrucción, consolación, y santificación del cuerpo de Cristo.

Tal vez la objeción más frecuentemente escuchada de parte de los cesacionistas es que el reconocimiento de la validez de los dones de revelación, como la profecía y la palabra de sabiduría, terminarían socavando la firmeza y la suficiencia de las Sagradas Escrituras. Pero este argumento se basa en la falsa suposición de que estos dones nos proporcionan verdades infalibles iguales en autoridad al texto bíblico en sí. También se escucha la apelación cesacionista a Efesios 2:20, como si en este texto se describen todos los posibles ministerios proféticos. El argumento es que los dones de revelación, como la profecía, estaban vinculados únicamente a los apóstoles y, por tanto, diseñados para funcionar solo durante el llamado período fundacional de la iglesia primitiva.

Un examen detallado de la evidencia bíblica concerniente tanto a la naturaleza de los dones del Espíritu, así como su amplia distribución entre los cristianos indica que hubo mucho más de este don que simplemente los apóstoles imponiendo la fundación de la iglesia. Por lo tanto, ni la muerte de los apóstoles, ni el movimiento de la iglesia más allá de sus años fundacionales, tiene influencia alguna sobre la validez y continuidad de los charismata hoy. Por último, aunque no es técnicamente una razón o argumento para ser un continuista, no puedo pasar por alto la experiencia. El hecho es que he visto todos los dones espirituales en funcionamiento, probados, confirmados, y experimentados de primera mano en innumerables ocasiones. La experiencia, al margen del texto bíblico, prueba poco. Pero la experiencia ha de tenerse en cuenta, sobre todo si muestra o encarna lo que vemos en la Palabra de Dios.

DESHONESTIDAD INTELECTUAL Y TEOLÓGICA DE JOHN MACARTHUR.

En uno de sus sermones sobre el enfoque bíblico de crecimiento de la iglesia, John MacArthur insistió en que los métodos de crecimiento de la iglesia que se basan en las teorías de negocios y trucos de marketing son infieles y destructivos. Estoy totalmente de acuerdo con él en eso. MacArthur propuso que los cristianos deben regresar a los Hechos de los Apóstoles,[10] ya que allí el método divino modelado por los primeros discípulos se establece. Él no se refería a un modelo neotestamentario en un sentido general, pero insistió en que hay que seguir el libro de los Hechos.

Luego, en el curso del sermón, ofreció cinco principios que había derivado: La iglesia primitiva tuvo 1) Un mensaje trascendente, 2) Una congregación regenerada, 3) Una valiente perseverancia, 4) Una pureza evidente, y 5) Un liderazgo cualificado. Sin embargo, cualquier expositor honesto debería haber añadido, 6) Un hablar en lenguas, sanidad de paralíticos, resurrección de muertos, expulsión de demonios, visiones, profecías y ministerios milagrosos. Todas estas cosas se registran en el libro de los Hechos, ¿No es así? ¿Por qué entonces MacArthur lo omite? ¿Qué libro de los Hechos estuvo leyendo MacArthur? ¿Es este el campeón de la predicación expositiva que tantos cristianos adoran? La predicación expositiva obliga al predicador a abordar temas con los que no se siente cómodo, y exponer lo que él podría encontrar difícil de aceptar ¿Qué pasó con eso? Pareciera que MacArthur olvidó que, como teólogo honesto que dice ser, no debe permitir que el prejuicio y la mentira oscurezcan las claras enseñanzas de la palabra de Dios. Es muy difícil, si no imposible, excusar a alguien de su calibre por no mencionar los milagros cuando él mismo, con tanto celo e indignación, reprende a las iglesias por no seguir el patrón en el libro de los Hechos.

Señores cesacionistas: Jesús dijo que íbamos a recibir poder cuando el Espíritu Santo, viniese sobre nosotros. Entonces, ¿dónde está el poder? Ustedes, que no creen en la continuidad de los dones sobrenaturales: Ustedes dicen que tienen el Espíritu, que todos los creyentes lo tienen, así que ¿Dónde está el poder? ¡Hipócritas! Pretenden que lo tienen redefiniéndolo. Lo cierto es que cuando los discípulos fueron llenos del Espíritu en el libro de los Hechos, hubo tales manifestaciones de poder que provocó que los no creyentes temblaran. ¿Dónde está el poder? Es cierto que una demostración del poder divino no siempre implica milagros, pero ¿Hay alguna manifestación del poder entre ustedes? ¿Ninguna en absoluto? ¿Dónde está la autoridad divina en su discurso? ¿Dónde está la sabiduría divina en su consejo? ¿Dónde está la audacia divina en sus acciones? Ustedes tienen sus métodos expositivos, sus grados de seminario, sus documentos de ordenación, y los libros de este o aquel teólogo en sus estantes. Pero ustedes no tienen el poder.

La continuidad de los dones y su necesidad y presencia en nuestra época es incuestionable. Esta es la herencia de todos los cristianos, y el equipo necesario de todo ministro del evangelio. Dios no nos ha dado un espíritu de debilidad, sino un espíritu de poder; el poder de creer y el poder para derrotar el cinismo y la incredulidad.

¿Y QUÉ HAY CON LAS ACUSACIONES MORALES QUE MACARTHUR Y MUCHOS OTROS ARROJAN SOBRE EL PENTECOSTALISMO?

En su polémico libro “Fuego Extraño”, MacArthur arroja lodo sobre la reputación del Movimiento Pentecostal al afirmar:

“La trágica ironía es que el movimiento que se cataloga a sí mismo como «lleno del Espíritu» resulta notorio por la inmoralidad sexual, las irregularidades financieras y la mundanalidad ostentosa en la vida de sus líderes más visibles… el movimiento carismático se ve manchado con regularidad por el escándalo.”[11]

Muchos líderes pentecostales han caído en graves errores morales. Eso es cierto. El pecado es común a la naturaleza humana. Seguramente un calvinista como MacArthur que sostiene la depravación total del hombre concordaría con nosotros al respecto. Lo verdaderamente malicioso de sus acusaciones reside en el hecho de que, según MacArthur, sólo los pentecostales y carismáticos somos culpables de tales faltas. Pero ¿Posee MacArthur la autoridad moral para decir eso? Personalmente, lo dudo.

Con respecto a MacArthur y la institución educativa y teológica que preside, las autoridades estadounidenses reportaron:

“Después de que un equipo de acreditación visitó The Master´s College para revisar sus prácticas en marzo de este año, el equipo compiló un informe en el que se afirmaba que la universidad estaba nuevamente en violación de las responsabilidades de informe requeridas en virtud de la Ley Clery y la Ley de Violencia contra la Mujer (VAWA). La Ley Clery exige que todas las escuelas que reciben asistencia financiera federal bajo el Título IV de la Ley de educación superior informen los delitos, incluidas las agresiones sexuales, que ocurren dentro y fuera del campus. Según el informe del equipo de la Asociación Occidental de Escuelas y Colegios (WASC, por sus siglas en inglés) no es la primera vez que la universidad se encuentra bajo escrutinio por cuestiones relacionadas con las leyes federales relacionadas con la agresión sexual… Un estudio realizado en 2013 por un investigador de la Universidad de Cornell analizó los datos de la Ley Clery del Departamento de Educación para clasificar y evaluar las instituciones según los informes de agresión sexual. The Master´s College y The Master´s Seminary se clasificaron dentro del último tramo de los puntos de referencia del estudio. Según las medidas estándar de salud pública, el estudio estimó la ocurrencia de aproximadamente 34.96 asaltos en el campus de The Master´s College y The Master´s Seminary en 2013. La escuela informó cero violaciones, según el Departamento de Educación de los Estados Unidos. El estudio se repitió nuevamente utilizando los datos de 2014. Se esperaba The Master´s College y The Master´s Seminary reportaran 40.03 agresiones sexuales. La universidad de nuevo no informó al Departamento de Educación de los Estados Unidos. Entre 2014 y 2016, el año más reciente en que están disponibles los datos de la Ley Clery, no se presentaron informes de violación o agresión sexual ante el Departamento de Educación de los Estados Unidos. El año siguiente, el Departamento de Educación de EE. UU. Emitió una Determinación de Revisión Final del Programa (FPRD) el 6 de julio de 2015, que confirmó varios casos de incumplimiento de las disposiciones de la Ley Clery durante 2014. La escuela tuvo una declaración de política incompleta con respecto a programas de asalto sexual en el campus, una descripción incompleta de los procedimientos a seguir cuando ocurre un delito sexual y no desarrolló los procedimientos para la acción disciplinaria del campus en casos de un presunto delito sexual, según el Departamento de Educación de los Estados Unidos.”[12]

Entonces, ¿Es el pecado sexual y los escándalos morales un distintivo único de nosotros los pentecostales? Sin lugar a duda, MacArthur está lanzando piedras a la casa del vecino, pero olvida que él mismo tiene un techo de cristal. La inmoralidad y el escándalo lo han salpicado a él también, por lo que sus acusaciones en contra del pentecostalismo son simplemente hipócritas. La diferencia entre MacArthur y los líderes carismáticos que él acusa reside en que MacArthur, hipócritamente, intentó ocultar todo aquello que dañara su reputación y la de su seminario teológico.[13]

¿Y ENTONCES?

No todo en el pentecostalismo funciona bien. MacArthur acierta en muchas de sus críticas. Su pecado es la generalización. Incluso el Dr. George O. Wood, superintendente general de las Asambleas de Dios de Estados Unidos, reconoció en una carta dirigida al Pastor John MacArthur acerca de su conferencia “Fuego Extraño”, que “ha habido aberraciones aisladas de comportamiento y de doctrina durante el siglo pasado, entre los que se autoidentifican como pentecostales o carismáticos”. Sin embargo, que “el movimiento en su conjunto ha demostrado ser una fuerza vital en la evangelización del mundo.”

El Dr. Wood, en un espíritu mucho más cristiano que el demostrado por MacArthur, también dijo:

“Confiamos en que llegará el momento en que el Dr. John MacArthur y aquellos que comparten su punto de vista reconozcan la gran contribución que los pentecostales y carismáticos están haciendo en la evangelización de las personas sin Cristo. Pedimos las bendiciones de Dios sobre sus esfuerzos para compartir el evangelio en un mundo que se pierde. Pentecostales y carismáticos son sus colaboradores en este esfuerzo por lo que pedimos que ellos igualmente oren por la bendición de Dios en nosotros a medida que tratamos de cumplir con la gran comisión que Dios nos ha dado. “[14]

El continuismo del movimiento pentecostal es bíblico y no pretendemos disculparnos por ello. Concordamos con MacArthur y otros cesacionistas acerca de los abusos cometidos por algunos grupos carismáticos. Al igual que MacArthur, los pentecostales de sana doctrina nos oponemos a los errores teológicos de movimientos pseudocristianos, autodenominados pentecostales, como la Nueva Reforma Apostólica, la Confesión Positiva, el Evangelio de la Prosperidad, el dominionismo y muchas otras herejías. Precisamente por ello, nos negamos a permitir que se nos etiquete a todos por igual como herejes o que se generalice sobre nosotros.

Señores cesacionistas ¡Ya basta de tanta hipocresía y espíritu fariseo y anticristiano hacia sus hermanos en la fe! ¡A paz nos ha llamado el Señor!

REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[4] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 15.

[5] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[6] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] El cesacionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesacionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.

[9] La conferencia Fuego Extraño puede escucharse en su totalidad en: https://www.gracia.org/library/topical-series-library/GAV-325/conferencia-fuego-extra%C3%B1o

[10] https://www.gracia.org/library/sermons-library/GAV-44-13/la-iglesia-ordinaria

[11] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 195.

[12] Véase : https://proclaimerscv.com/2018/09/19/masters-demonstrates-failure-to-report-sexual-assault-under-clery-act/, consultado el 05-03-2019.

[13] Para mayor información sobre los escándalos por abuso sexual en The Master´s College (ahora The Master´s University) y The Master´s Seminary pueden consultarse diversos enlaces, entre ellos: https://spiritualsoundingboard.com/2017/09/22/janes-account-of-rape-response-of-masters-university-to-her-claims-and-a-breaking-development-confirming-details-doyouseeus/, https://www.patheos.com/blogs/jesuscreed/2017/09/25/janes-story-leaders-failed/, http://thewartburgwatch.com/2017/09/23/janes-traumatic-rape-and-subsequent-mistreatment-by-officials-at-the-masters-college-now-university/

[14] Véase: https://www.crossmap.com/article/assemblies-of-god-george-woods-statement-regarding-strange-fire-conference.html, consultado el 05-03-2019.

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Continuidad de los Dones Espirituales a través de la Historia de la Iglesia.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado

Una de las objeciones actuales más comunes a la manifestación de los dones espirituales (carismata) tales como el hablar en otras lenguas y el profetizar (entre otros) es la idea de que desaparecieron cuando los apóstoles murieron. Según esta teoría, nadie debe esperar recibir dones espectaculares de parte del Espíritu puesto que pertenecen exclusivamente al pasado. Esta perspectiva está perdiendo credibilidad en nuestros días. Sin embargo, todavía es común oír en algunos círculos la pregunta: “Si los dones espirituales de 1 Corintios 12:7-10 son válidos para los cristianos más allá de la muerte de los apóstoles, ¿por qué estuvieron ausentes de la historia de la iglesia hasta su supuesta reaparición en el siglo veinte con el movimiento pentecostal?” Eso no necesariamente es cierto. Como cualquier historiador eclesiástico reconocerá, apenas conocemos una pequeña fracción de lo que sucedió en la historia de la iglesia. Es terriblemente presuntuoso concluir que los dones del Espíritu estuvieron ausentes en las vidas de las personas de las cuales no sabemos prácticamente nada. En otras palabras, ¡la ausencia de evidencia no es necesariamente la evidencia de ausencia! Simplemente no sabemos lo que estaba sucediendo en los miles y miles de iglesias y reuniones de cristianos en los pasados siglos. Ninguno de los oponentes del continuismo puede decir con confianza que los innumerables miles de cristianos en toda la tierra habitada, a través de la historia, jamás oraron en lenguas en sus devociones privadas. La ausencia de una referencia explícita a ciertos carismas es, por lo tanto, una base débil sobre la cual argumentar para su retiro permanente de la vida de la iglesia.

¿ES LÓGICO CREER QUE CESARON LOS DONES ESPIRITUALES DESPUÉS DE LA MUERTE DE LOS APÓSTOLES?
Si es cierto que los dones espirituales llegaron a ser esporádicos con el paso del tiempo, puede haber una explicación distinta a la teoría de que estaban restringidos al primer siglo. Debemos recordar que antes de la Reforma protestante en el siglo XVI, el cristiano promedio no tenía acceso a la Biblia en su propio idioma. La ignorancia bíblica era rampante. Ese no es el tipo de ambiente en el que las personas estarían conscientes de los dones espirituales (su nombre, naturaleza, función y la responsabilidad del creyente de perseguirlos) y, por lo tanto, difícilmente el tipo de ambiente en el que esperaríamos que buscaran y oraran por ellos. Si los dones eran escasos y esto nuevamente es altamente discutible, se debió tanto a la ignorancia y al letargo espiritual que genera la ignorancia bíblica. Especialmente importante en este sentido es la concentración de la autoridad espiritual y el ministerio en el oficio de obispo y sacerdote en la Iglesia emergente de Roma. A principios del siglo 4 a.d. (mucho antes, según algunos), ya existía un movimiento para limitar la oportunidad de hablar, servir y ministrar en la vida de la iglesia al clero ordenado. Los laicos fueron silenciados y marginados y quedaron casi totalmente dependientes de la contribución del sacerdote local o del obispo monárquico. Aunque Cipriano (obispo de Cartago, 248-258 d.C.), habló y escribió a menudo sobre el don de profecía y la recepción de visiones del Espíritu (Las Epístolas de Cipriano, vii.3-6, ANF, 5: 286-87; vii.7, ANF, 5: 287; lxviii.9-10, ANF, 5: 375; iv.4, ANF, 5: 290), también fue responsable de la desaparición gradual de tales carismas de la vida de la iglesia. Él, entre otros, insistió en que solo al obispo y al sacerdote de la iglesia se les debería permitir ejercer estos dones reveladores. De modo que el carisma de la profecía fue capturado por el episcopado monárquico, utilizado en su defensa, y dejado morir con una muerte inadvertida cuando la verdadera estabilidad del episcopado lo convirtió en una herramienta superflua (La Decadencia de la Profecía Extática en el Iglesia Primitiva, Estudios teológicos 36 [junio de 1976]: 252).

Aún si admitiéramos que ciertos dones espirituales eran menos frecuentes que otros en ciertas épocas de la iglesia, su ausencia bien podría deberse a la incredulidad, la apostasía y otros pecados que sirven solo para apagar y entristecer al Espíritu Santo. Si Israel experimentó la pérdida de poder debido a la rebelión repetida, si Jesús mismo no pudo hacer muchos milagros en ciertos lugares debido a la incredulidad de la gente (Marcos 6:5-6), no deberíamos sorprendernos ante la poca frecuencia de lo milagroso en los períodos de la historia de la iglesia marcados por la ignorancia teológica y la inmoralidad personal y clerical.

Por otro lado, si queremos ser coherentes con los estándares de la fe protestante, debemos reconocer que la ausencia de dones espirituales en la historia de la iglesia, posterior a la muerte de los apóstoles, es insuficiente para probar que éstos ya no están vigentes en nuestra época. Por ejemplo, todos los protestantes (así seamos continuistas o cesacionistas) creemos que el Espíritu Santo es el maestro de la iglesia. Todos creemos que el Nuevo Testamento describe su ministerio de iluminar nuestros corazones e iluminar nuestras mentes para comprender las verdades de las Escrituras (1 Juan 2: 20,27; 2 Timoteo 2: 7; etc.). Sin embargo, dentro de la primera generación después de la muerte de los apóstoles, la doctrina de la justificación por la fe se vio comprometida. La salvación por la fe y las obras pronto se convirtió en una doctrina secundaria y no fue defendida por la iglesia (con algunas excepciones notables) hasta que dicha posición bíblica fue defendida valientemente por Martín Lutero en el siglo XVI. Mi pregunta, entonces, es esta: si Dios deseaba que el Espíritu Santo continuara enseñando e iluminando a los cristianos sobre verdades bíblicas vitales más allá de la muerte de los apóstoles, ¿Por qué la iglesia languideció ignorando esta verdad fundamental por más de 1,300 años? ¿Por qué los cristianos sufrieron por la ausencia de esas bendiciones experienciales que esta verdad vital podría haber traído a su vida de iglesia? Sin duda, la respuesta será que nada de esto prueba que el Espíritu Santo cesó su ministerio de enseñanza e iluminación. Nada de esto prueba que Dios dejó de querer que su gente entendiera tales principios doctrinales vitales. Por consiguiente, la relativa poca frecuencia o ausencia de ciertos dones espirituales durante el mismo período de la historia de la iglesia no prueba que Dios se opusiera a su uso o que haya negado su validez por el resto de la era presente. Tanto la ignorancia teológica de ciertas verdades bíblicas como la pérdida de las bendiciones experienciales proporcionadas por los dones espirituales pueden, y deben, ser atribuidas a factores distintos a la sugerencia de que Dios pretendía tal conocimiento y poder solo para los creyentes en la iglesia primitiva.

¿QUÉ NOS ENSEÑA LA HISTORIA?
Sin embargo, la evidencia histórica que poseemos defiende la postura continuista. Gracias al gran resurgimiento de los estudios patrísticos a lo largo del siglo pasado, la teología contemporánea se ha dado cuenta de la vitalidad y dinamismo que caracterizaron a la Iglesia recién nacida en las generaciones pos-apostólicas. Teólogos clave tales como Justino Mártir, Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Novaciano y Cirilo de Jerusalén, estaban plenamente convencidos de que los dones del Espíritu seguían vigentes en sus días.

JUSTINO MÁRTIR (100-165)
En su “Diálogo con Trifón”, Justino aclara que los dones proféticos de los judíos fueron transferidos a los cristianos. Empieza el capítulo 82 de su libro declarando que: “Los dones proféticos siguen con nosotros hasta el día de hoy.” Sigue la misma línea de razonamiento en el capítulo 87 argumentado que el Espíritu continúa impartiendo dones de gracia, “a aquellos que son dignos porque creen en Él.” El siguiente capítulo, el 88, afirma explícitamente la presencia de los dones espirituales: “Ahora, es posible ver mujeres y hombres entre nosotros que poseen dones del Espíritu de Dios.” Justino creía que los carismata todavía existían en sus días. En su Segunda Apología llega a aseverar que muchos cristianos siguen echando fuera demonios. “Ahora puedes ver esto por ti mismo. Porque muchos endemoniados hay por todo el mundo. Incluso los había en tu ciudad. Muchos hermanos cristianos los echaron fuera en el nombre de Jesucristo, el cual fue crucificado bajo Poncio Pilato. Los libraron y siguen librándolos, quitando el poder de los diablos. Fueron curados aun cuando otros exorcistas y las drogas no podían hacer nada” (capítulo 6). ¡El Espíritu no había parado de obrar en el siglo segundo!

IRENEO (130-202)
El magnum opus de Ireneo, “Contra las herejías”, también da testimonio de la amplia gama de dones espirituales que operaban en el siglo segundo. Ireneo llega a decir que los carismata son una clara señal del discipulado del Jesús verdadero (y no el Jesús gnóstico). Escribe: “Aquellos que son verdaderamente sus discípulos, habiendo recibido gracia de Él, llevan a cabo milagros en su nombre para promover el bienestar de otros hombres, según el don que cada uno ha recibido de Él. Porque algunos verdaderamente echan fuera demonios, de modo que aquellos que han sido limpiados así de espíritus malignos suelen creer en Cristo y se unen a la Iglesia. Otros son capaces de ver cosas venideras: ven visiones y pronuncian palabras proféticas. Otros sanan a los enfermos, imponiéndoles las manos, y se sanan. Además, hasta los muertos han sido resucitados y permanecen entre nosotros por muchos años.” (2:32:4). ¡El Espíritu, entonces, hace milagros, echa fuera demonios, revela el futuro, sana a los enfermos e incluso levanta a los muertos! Otro párrafo relevante en cuanto al tema de las lenguas se halla en el 5:6:1 donde explica que: “Por esta razón declara el apóstol, Hablamos sabiduría entre los que son perfectos, refiriéndose a aquellos que habían recibido el Espíritu de Dios, y quienes a través del Espíritu de Dios hablan en todo tipo de lenguas, como él mismo hacía. De igual manera, nosotros también oímos a muchos hermanos en la Iglesia que poseen dones proféticos, y que a través del Espíritu hablan en muchas lenguas y traen a la luz las cosas ocultas de los hombres para el beneficio general. El apóstol llama a los tales “espirituales”, siendo espirituales por participar del Espíritu, no porque hayan sido librados de su cuerpo de carne y se hayan convertido en seres puramente espirituales.” Así Ireneo confesó abiertamente que el Espíritu impartía dones carismáticos a su Iglesia.

TERTULIANO (150-220)
Tertuliano estaban tan cautivado por el dinamismo del Espíritu de Dios que algunos lo han nombrado el primero teólogo auténticamente ‘pentecostal’ de la Iglesia (aunque se trata de un anacronismo, es como tachar a Agustín de calvinista). A Tertuliano le encantó el tema del Espíritu Santo. En el contexto del bautismo, exhorta a los recién convertidos a anhelar los dones espirituales. “Por consiguiente, amados y benditos, a quienes aguarda la gracia de Dios, cuando salís de ese baño santo [el bautismo] y por primera vez extendéis vuestras manos dentro de la casa de tu Madre [la Iglesia] junto con vuestros hermanos, pedid al Padre, pedid al Señor que os dé la riqueza de su gracia y la distribución de sus dones (1 Corintios 12:4-12). “Pedid,” dice, “y se os dará.” Habéis pedido, y habéis recibido. Habéis llamado, y se os ha abierto. Lo único que pido es que mientras estéis pidiendo, que os acordéis de mí, Tertuliano el pecador.” (Sobre el bautismo, 20). Otro pasaje útil se encuentra en su obra Contra Marción 5:8. En esta sección de su libro, Tertuliano repite lo que Ireneo había hecho, esto es, apelar a los dones espirituales para demostrar que su Iglesia era de veras la Iglesia de Cristo. Reta al hereje Marción a producir manifestaciones espirituales parecidas a los dones del Espíritu que operaban en la Iglesia de Tertuliano. Esos dones, creía Tertuliano, le aseguraban que servía al único Dios verdadero del Antiguo y del Nuevo Testamento y no al ‘dios’ modificado de Marción. “Que Marción exhiba, pues, como dones de su ‘dios’, algunos profetas que no hayan hablado por sentido humano, sino con el Espíritu de Dios, que hayan predicho cosas que han de ocurrir y hayan puesto de manifiesto los secretos del corazón (1ª Corintios 14:25); que él produzca un salmo, una visión, una oración (1ª Corintios 14:26) – sólo que sea por el Espíritu, en un éxtasis, esto es, en un rapto, toda vez que le haya ocurrido una interpretación de lenguas; que él me muestre también, que cualquier mujer de lengua culta en su comunidad haya profetizado alguna vez de entre aquellas hermanas especialmente santas que él tiene. Ahora, todas estas señales (de dones espirituales) se están manifestando de mi lado sin ninguna dificultad, y concuerdan, también, con las reglas y las dispensaciones y las instrucciones del Creador. Por lo tanto, tanto Cristo como el Espíritu y el apóstol pertenecen únicamente a mi Dios. Aquí está mi confesión para todo aquel que quiera conocerla.” Tertuliano entendió que la abundancia de dones que operaban en su congregación (y la falta de ellos en la secta de Marción) probó el hecho de que su Iglesia estaba alineada con el Dios de las Escrituras. Habló mucho del don de profecía. De hecho, dedicó el noveno capítulo de su obra Tratado sobre el alma a contar las poderosas experiencias proféticas que una hermana en el Señor había vivido. “Dado que nosotros reconocemos los carismata espirituales, o dones, hemos recibido el don de la profecía, aunque vivimos después de Juan [el Bautista].”

ORÍGENES (185-254)
Orígenes también era consciente de los carismata. Su obra más conocida, “Sobre los principios”, es el primer intento de cualquier escritor cristiano en compilar una teología sistemática amplia. Advierte en contra del mal uso de los dones espirituales. Esto nos lleva a la conclusión de que los carismata estaban vigentes en su generación. Proclama solemnemente, “Cuando la palabra de sabiduría o de conocimiento o cualquier otro don haya sido otorgado al hombre – sea por bautismo o sea por la gracia del Espíritu – y no es administrado correctamente, a saber, el recipiente lo esconde debajo de tierra o en un pañuelo, el don del Espíritu, seguramente, será quitado de su alma, y lo que queda, esto es, la sustancia de su alma, será asignada a su lugar con los incrédulos. Será separada y dividida del Espíritu, el cual quiere unir el alma del hombre al Señor.” (2:10:7). Si un creyente tiene un don espiritual, lo tiene que usar diligentemente en el temor del Señor. Dios no imparte sus dones con ligereza. Cada don conlleva una gran responsabilidad. Orígenes testifica que: “Entre los cristianos seguimos encontrando huellas del Espíritu, el cual apareció en forma de paloma. Echan fuera demonios y realizan muchas sanidades y predicen ciertos eventos, conforme a la voluntad del Logos.” (Contra Celso, 1:46).

NOVACIANO (200-258)
Novaciano el ‘puritano’ (otro anacronismo) estuvo persuadido de que el Espíritu de Dios concedió plenitud a la Iglesia de Cristo. En el Antiguo Testamento sólo se experimentó la obra del Espíritu de una manera parcial, pero ahora, los redimidos en Cristo reciben múltiples bendiciones gracias al ministerio del Espíritu. Su testimonio es el siguiente: “El Espíritu es quien coloca profetas en la Iglesia, instruye maestros, dirige las lenguas, da poderes y sanidades, hace obras maravillosas, ofrece discernimiento de espíritus, concede poderes de gobierno, sugiere consejos, y ordena y arregla cualesquiera otros dones de carismata que haya. Y así perfecciona y completa en todo a la Iglesia del Señor en todas partes.” (Sobre la Trinidad, 29). Novaciano, pues, añade su voz a aquéllas de Tertuliano y Orígenes para confirmar la obra continua de los carismata espirituales en el tercer siglo. ¡La Iglesia era un lugar emocionante y llena de vitalidad divina gracias a la obra del Espíritu de Dios!

CIRILO DE JERUSALÉN (313-386)
Cirilo de Jerusalén registró varios comentarios sobre la obra del Espíritu en sus “Lecciones catequéticas” en el siglo cuarto. Prometió a los fieles que: “Si creéis, no solamente recibiréis la remisión de pecados, sino haréis cosas más allá del poder del hombre. ¡Y qué seáis tenidos por dignos de recibir el don de profecía también! […] Tu Guardián, el Consolador, te guardará todos los días de tu vida. Te cuidará como si fueras uno de sus soldados. Cuidará tus entradas y tus salidas. Te guardará de todos tus enemigos. Y te dará dones de todo tipo, si no lo contristas por el pecado. […] Estate preparado para recibir gracia, y cuando la hayas recibido, no la deseches.” (17:37). Alude también en el capítulo anterior al exorcismo, explicando: “Si eres tenido por digno de la gracia, tu alma será iluminada, recibirás un poder que no tienes, recibirás armas terribles para los espíritus malos; y si no arrojas tus armas, sino guardas el Sello sobre tu alma, ningún espíritu malo se te acercará a ti; porque se acobardará; porque verdaderamente por el Espíritu de Dios son expulsados los malos espíritus.” (17:36) El Espíritu da varios dones (la profecía incluida) y también echa fuera demonios.

CONCLUSIÓN
Este breve estudio de los siglos segundo, tercero y cuarto nos revela que los mayores pensadores de la Iglesia pos-apostólica estaban en total acuerdo en que los dones espirituales seguían vigentes en el cuerpo de Cristo. No existía una convicción de que los dones de algún modo habían desaparecido cuando los apóstoles murieron. Ese concepto no surgió hasta finales del siglo cuarto/ principios del siglo quinto por medio de dos teólogos importantes: Juan Crisóstomo en el Oriente y Agustín de Hipona en el Occidente. La idea que algunos hermanos tienen en nuestros días de que los dones espirituales cesaron una vez que se escribió el libro de Apocalipsis es históricamente insostenible e indefendible.