Por Fernando E. Alvarado
¿Sabías que cada año, el 23 de abril, se celebra a nivel mundial el Día Internacional del Libro? Esta fecha fue establecida por la UNESCO en 1995 para fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual; sin embargo, para el cristiano, el aprecio por las letras no es solo una celebración cultural, sino una disciplina espiritual.
Históricamente, a los cristianos se nos ha llamado «el Pueblo del Libro». Este título surge porque nuestra fe no se basa en sentimientos subjetivos o tradiciones orales mutables, sino en la Revelación Escrita. Dios decidió preservarse y darse a conocer a través de las Escrituras, convirtiendo la lectura en el puente principal entre el Creador y Su pueblo.
En este día, haríamos bien en seguir el consejo del apóstol Pablo, quien en su primera carta a Timoteo dio una instrucción clara y vigente:
«Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura» (1 Timoteo 4:13). El compromiso de Pablo con la lectura fue tan profundo que, incluso encontrándose en una fría celda al final de su vida, no pidió lujos ni comodidades, sino sus herramientas de estudio. En su segunda carta al joven pastor, le hace un pedido especial:
«Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos.» (2 Timoteo 4:13)
¿Puedes imaginarte la escena? El apóstol Pablo en la recta final de su vida, confinado en una gélida celda romana y solicitando sus libros, constituye una bofetada de realidad para nuestra era digital. En el registro de 2 Timoteo 4:13, observamos que el apóstol no imploraba comodidades físicas para mitigar su inminente martirio, sino que priorizaba las herramientas para el espíritu y el intelecto. Esta petición nos obliga a confrontar una realidad incómoda frente a las estadísticas actuales de lectura en Latinoamérica, donde, según datos del Cerlalc y la UNESCO, el promedio anual por habitante difícilmente supera los dos libros. Esta cifra palidece ante la urgencia académica y espiritual de aquel prisionero del primer siglo, recordándonos que la madurez de la fe está intrínsecamente ligada al cultivo de la mente, conforme al mandato de amar a Dios con todo nuestro entendimiento (Mateo 22:37).
Esta carencia cultural se agrava con el auge del contenido digerido, donde la profundidad reflexiva es desplazada por la brevedad de un video o un resumen superficial. Para el creyente contemporáneo, la lectura no debe ser un lujo opcional, sino una disciplina de resistencia. Una mente que no se ejercita mediante el estudio constante tiende a la atrofia, perdiendo el discernimiento necesario para navegar en una sociedad saturada de información pero hambrienta de sabiduría (Romanos 12:2). Quien no cultiva el hábito de leer difícilmente podrá profundizar en las capas exegéticas de las Escrituras, pues la fe cristiana es, por definición, una fe basada en una revelación escrita que exige rigor interpretativo.
El ejemplo de Pablo demuestra que este conocimiento debe ser integral. Su erudición no se limitaba exclusivamente a los textos sagrados; él poseía una vasta formación en la literatura y filosofía de su tiempo, lo que le permitía construir puentes comunicativos con la cultura pagana. Un ejemplo notable se encuentra en su discurso en el Areópago (Hechos 17:28), donde cita al poeta cretense Epiménides («en él vivimos, nos movemos y somos») y al cilicio Arato («porque linaje suyo somos»), utilizando a autores seculares para validar una verdad teológica. Asimismo, en 1 Corintios 15:33, recurre a una máxima del dramaturgo Menandro sobre las malas compañías, y en Tito 1:12 vuelve a citar a Epiménides para describir el carácter de los cretenses. Esta capacidad de dialogar con el pensamiento extrabíblico permitía al apóstol salir de cualquier «gueto cognitivo» y hablarle al mundo con autoridad intelectual.
Es una paradoja trágica que, mientras Pablo anhelaba libros en medio de su escasez y encierro, nosotros, poseedores de bibliotecas universales en la palma de la mano, solamos elegir el cautiverio del entretenimiento vacío. La reflexión necesaria en este #DíaDelLibro es que elevar la calidad de nuestra fe requiere, inevitablemente, elevar la densidad de nuestras lecturas. Si aspiramos a una transformación real, debemos permitir que las grandes verdades, tanto las reveladas como aquellas presentes en el pensamiento humano universal, nos moldeen más allá de una lectura superficial, siguiendo el rastro de aquel que, incluso esperando la muerte, no dejó de ser un estudiante.
Hagamos honor a nuestro título de «Pueblo del Libro». Que este Día del Libro sea un recordatorio para retomar el hábito de la lectura, entendiendo que un cristiano que lee es un cristiano que profundiza en la verdad y se capacita para servir mejor. Ocupémonos en la lectura; leamos más.
Referencias Bibliográficas:
• Bruce, F. F. (2003). Pablo: Apóstol del corazón liberado. Editorial CLIE.
• Carson, D. A. (2013). Hermenéutica: La lectura de la Palabra y la mente del creyente. Publicaciones Faro de Gracia.
• Cerlalc-UNESCO. (2023). Lectura en papel y lectura en pantalla: Prácticas de lectura en América Latina. Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe.
• Piper, J. (2011). Pensar: Amar a Dios con toda nuestra mente. Editorial Portavoz.
• Sertillanges, A. D. (2003). La vida intelectual: Su espíritu, sus condiciones, sus métodos. Ediciones Rialp.