GRACIA DIVINA, Pentecostalismo, Reforma Protestante, Salvación

Sola Gratia, esencia de la fe pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La gracia es un tema constante en la Biblia, y culmina en el Nuevo Testamento con la venida de Jesús (Juan 1:17). La palabra traducida como “gracia” en el Nuevo Testamento proviene de la palabra griega charis, que significa “favor, bendición o bondad”. La gracia es que Dios nos escoge para bendecirnos en lugar de maldecirnos, a pesar de que nuestro pecado lo merece. Esta es su bondad a los indignos. [1]

La frase “Sola Gratia” es del latín y se podría traducir al español como “Solo por Gracia”. Bíblicamente, la gracia es el favor inmerecido de Dios. La gracia es la riqueza de Dios a expensas de Cristo. La gracia no implica solo una actitud benevolente sino una obra que transforma a un pecador en un santo. La gracia excluye todos los méritos humanos (Romanos 11:6) y es el único medio de nuestra salvación (Efesios 2:8-9). La Sola Gratia hace referencia a la realidad de que la salvación es solo por la Gracia de Dios.

La Sola Gratia fue en su origen reformador una respuesta al error de creer que el hombre podía obtener por sí mismo, ya sea a través de sus buenas obras, o por medio de los ritos de una religión, su propia redención. La sola gratia niega que el ser humano pueda lograr por sus esfuerzos personales el perdón de sus pecados. En cambio, la enseñanza bíblica de la gracia sostiene que el originador y realizador de la salvación del hombre es el Espíritu Santo, llamado también Espíritu de Gracia; él es quien convence al hombre de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8), el que provoca la fe y guía al arrepentimiento.

POR SU GRACIA, PARA SU GLORIA

La Escritura es clara en que ninguna persona busca a Dios por su propia iniciativa (Romanos 3: 10-11). En cambio, Dios debe alcanzar a la humanidad pecadora (Romanos 3:23). Cristo murió por nosotros cuando aún éramos impíos (Romanos 5: 8). Además, Jesús vino a buscar y salvar a los perdidos (Lucas 19:10). Persigue activamente a los pecadores, llamándonos a la fe en su nombre. Cuando una persona acepta a Cristo por gracia a través de la fe, Jesús es el que da la vida eterna (Juan 3:16) y nos hace una nueva creación (2 Corintios 5:17). Una vez que nos hemos convertido en creyentes en Cristo, el Espíritu de Dios proporciona el poder de vivir para Él y nos mantiene en el amor de Dios (Romanos 8: 37-39). En última instancia, Cristo también nos da la capacidad de perseverar hasta el fin, por lo que nuestra seguridad de la vida eterna descansa sólo en Él (1 Juan 5:13). En ningún momento nuestras buenas obras proveen salvación. Es por eso que Sola Gratia no solo fue una creencia importante durante la Reforma Protestante, sino que sigue siendo esencial para la fe cristiana y la vida actual.

IMPORTANCIA DE LA SOLA GRATIA

Sola Gratia es importante porque es una de las características distintivas o puntos clave que separan el Evangelio bíblico de los falsos evangelios que no pueden salvar. Sola Gratia es simplemente reconocer que la Biblia enseña que nuestra salvación es un don de gracia de parte de Dios. Como se dice en Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Es el reconocimiento de que la salvación de la ira de Dios se basa en la gracia y la misericordia de Dios y no en nada bueno en nosotros. Incluso nuestra aceptación del perdón y la redención es producto de la gracia divina. La voluntad humana, libre por la gracia preveniente (la operación del Espíritu Santo adentro de la persona), necesita cooperar simplemente aceptando la necesidad de salvación y permitiendo que Dios le otorgue la dádiva de la fe. Ella no será impuesta por Dios y el pecador no la puede merecer. Ella debe ser aceptada libremente, pero hasta la misma capacidad de desearla y de aceptarla es hecha posible por la gracia. Toda la iniciativa y la capacidad de salvación descansa en Dios, pues el ser humano es incapaz de contribuir para su propia salvación sin la gracia auxiliadora sobrenatural de Cristo (Gracia Preveniente o Preventiva).

La Reforma Protestante transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dio un lugar central en su teología. [2]

LA SOLA GRATIA EN EL PENTECOSTALISMO

A causa de sus raíces protestantes, la doctrina de la salvación por la gracia solamente es la esencia misma del Pentecostalismo. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios afirma claramente que:

“La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios… La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe” [3]

Para los pentecostales la gracia es la acción de Dios por medio de su Hijo Jesucristo. Gracia es siempre algo que no se merece. Algo a lo que no se tiene derecho. Creemos que la gracia se recibe sin ningún mérito personal, extra nos. La Gracia es, por lo tanto, un favor inmerecido. Así que, gracia es una decisión soberana de Dios que nos es impartida únicamente, exclusivamente, en virtud del mérito del sacrificio realizado por Jesús en la cruz. Lo único que puede hacer el hombre ante la gracia, es recibirla y agradecerla.

NO CREEMOS EN LA GRACIA BARATA

Sin embargo, esa misma gracia es exigente de frutos de justicia (Efesios 2:8-10). La gracia predicada por los reformadores y enseñada en la Biblia no es la gracia barata que se predica hoy en muchas iglesias. En palabras del apóstol Pablo:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?… Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera.” (Romanos 6:1-15).

De modo que, de la aceptación de esta gracia divina, surge una vida de santidad que no es otra cosa que respuesta agradecida, y que no puede ser evaluada como obra que origina mérito. En la doctrina pentecostal la gracia no se opone al esfuerzo humano, sino al mérito humano. Los que descansan en la gracia también se esfuerzan en la gracia, porque la gracia no anula nuestra responsabilidad en el proceso de santificación. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, dice Pablo en Filipenses 2:12. Hay algo que nosotros debemos hacer si queremos crecer en santidad; pero siempre amparados en la gracia de Dios, no en nuestras fuerzas:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13)

CONCLUSIÓN

Existe un gran abismo entre la idea de que Dios nos acepta debido a nuestros esfuerzos y la idea de que Dios nos acepta por lo que Jesús ha hecho (Efesios 2:8-9, Romanos 5:1). La religión opera sobre la base del principio de «Obedezco; luego soy aceptado por Dios». En total contraste, el principio del evangelio es «Dios me acepta por lo que Cristo hizo, y por eso yo ahora le obedezco».

Las Escrituras dicen que la gracia, la gracia inmerecida del Señor, es necesaria “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:20). La única manera de recibir la gracia salvadora de Dios es a través de la fe en Cristo: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios…la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Romanos 3:21-22). Así pues, la gracia salvadora resulta en nuestra santificación, el proceso por el cual Dios nos conforma a la imagen de Cristo. En el momento de la salvación por gracia a través de la fe, Dios nos hace nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Y Él promete nunca abandonar a Sus hijos: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). No tenemos nada en nosotros que nos lleve a buscar a Dios (Romanos 3:10-11); no tenemos “gracia salvadora” por nuestra propia cuenta. La salvación es la obra de Dios. Él da la gracia que necesitamos. Nuestra “gracia salvadora” es Cristo mismo. Su obra en la cruz es lo que nos salva, no nuestro propio mérito.

REFERENCIAS:

[1] Rodolfo Macias Fattoruso, Maestros de la Gracia, Editorial Académica Española (2016)

[2] Luis F. Ladaria, Introducción a la antropología teológica, Ediciones Verbo Divino, Pamplona (1998).

[3] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 5.

5 SOLAS, Reforma Protestante, Salvación

Sola Fide, una perspectiva pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión “Sola Fide” es una frase en latín que significa “fe sola”. Es una de las cinco solas de la Reforma Protestante. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios establece que:

“La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios… La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe”[1]

Sola fide señala que la salvación es a través de la fe, no de las obras, como explica Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”

El reformador protestante Martín Lutero consideraba tan importante la sola fide que lo llamó “El artículo con el que se apoya la iglesia”.[2]

FIDE 2

LA SALVACIÓN POR LA FE SOLA

Sola fide se resume bien en Efesios 2: 8-9, pero el concepto se encuentra en todas las Escrituras. Por ejemplo, Juan 3:16 enfatiza la fe en Jesús para la vida eterna:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”

Juan 5:24 agrega:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”

Jesús también enseñó que:

“Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29)

La iglesia primitiva afirmó esta enseñanza de Jesús y notó que sus enseñanzas hacían eco de las palabras anteriores de los profetas del Antiguo Testamento:

“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43)

Romanos 1:17 cita Habacuc 2: 4 en el Antiguo Testamento y dice:

“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”

Lo que la ley del Antiguo Testamento buscaba alcanzar por medio de las obras, fue alcanzado por medio de la fe en Jesucristo:

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.” (Romanos 3:28)

Filipenses 3: 9 declara que la fe es lo que nos hace justos:

“… y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”

Aquellos que rechazan la Sola Fide o la salvación solo por la fe se aferran a un Evangelio basado en obras que difiere de las enseñanzas que se encuentran en las Escrituras. En Gálatas 1:9, Pablo condenó tal pensamiento como un falso evangelio:

“Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”

Sola fide es una enseñanza esencial de las Escrituras que fue recuperada por los reformadores protestantes, y sigue siendo vital para la vida de los cristianos evangélicos modernos y la vida de la iglesia de hoy.

FIDE 1

LA IMPORTA DE SOLA FIDE EN EL PROTESTANTISMO

Pocas doctrinas son más importantes para la teología evangélica que la doctrina de la justificación solo por fe (el principio de la Reforma de sola fide). Martin Lutero afirmó con razón que la iglesia se establece o se derrumba a partir de esta doctrina. La historia proporciona muchas pruebas objetivas para afirmar la evaluación de Lutero.[3] Las iglesias y las denominaciones que mantienen firmemente la sola fide permanecen evangélicas. Aquellos que se han apartado del consenso de la Reforma sobre este punto, capitulan inevitablemente al liberalismo, vuelven a lo sacerdotal, aceptan alguna forma de legalismo o se desvían a peores formas de apostasía.

El evangelicalismo histórico, por lo tanto, siempre ha tratado a la justificación por fe como un distintivo bíblico central. Ésta es la doctrina que hace que el cristianismo auténtico sea distinto de todas las demás religiones. El cristianismo es la religión de la realización divina, con el énfasis siempre en la obra consumada de Cristo. Todas las demás son religiones de logros humanos. Se preocupan, inevitablemente, con los esfuerzos propios del pecador por ser santo. Si abandonamos la doctrina de la justificación por la fe no podemos afirmar honestamente ser evangélicos. La Escritura misma hace de sola fide la única alternativa a un sistema condenatorio de obras-justicia:

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5).

En otras palabras, los que confían en Cristo para la justificación sólo por fe reciben una justicia perfecta que se les es tenida en cuenta. Aquellos que tratan de establecer la suya propia o mezclan la fe con las obras sólo reciben la terrible paga que se debe a todos los que no alcanzan la perfección. Así que el individuo, tanto como la iglesia, se mantiene o cae con el principio de sola fide. La apostasía de Israel estaba basada en el abandono de la justificación solo por fe:

“Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3)

FIDE 3

LA FE SALVADORA, UNA FE QUE OBRA

No obstante, y a pesar de sostener la plena validez de la Sola Fide, reconocemos que la fe viva es la que actúa y se mueve por el amor. Los evangélicos, y particularmente los pentecostales, sostenemos la salvación por fe. Afirmamos sin duda alguna que “por gracia sois salvos por medio de la fe” y de que “el justo por la fe vivirá”. Sin embargo, también afirmamos, basados en la Palabra de Dios, que la fe de aquellos que han tenido y tienen la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana, es, y debe siempre ser, activa y moverse por el amor.

¿Plantea esto una contradicción con el principio de Sola fide? ¡En ninguna manera! En la Biblia se muestra, en otros contextos, que la fe, para vivir, para respirar, para ser auténtica, tiene que tener obras, actuación y dinamismo. Santiago afirma:

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no lo demuestra con sus acciones? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Por ejemplo: un hermano o una hermana no tiene ropa para vestirse y tampoco tiene el alimento necesario para cada día. Si uno de ustedes le dice: «Que te vaya bien, abrígate y come todo lo que quieras», pero no le da lo que necesita su cuerpo, ¿de qué le sirve? Así pasa también con la fe: por sí sola, sin acciones, está muerta. Pero alguien puede decir: «Tú tienes fe, y yo tengo acciones. Pues bien, muéstrame tu fe sin las acciones, y yo te mostraré mi fe por medio de mis acciones». Tú crees que hay un solo Dios. ¡Qué bien! Pero también los demonios lo creen, y tiemblan. ¡No seas tonto! Debes darte cuenta de que la fe sin las acciones es inútil. Nuestro antepasado Abraham fue declarado justo por lo que hizo. Él ofreció como sacrificio a su hijo Isaac sobre el altar. Date cuenta de que su fe iba acompañada de sus acciones, y por medio de sus acciones su fe llegó a ser perfecta. Así se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios y eso se le tomó en cuenta como justicia». Y a Abraham lo llamaron amigo de Dios. Como pueden ver, a una persona se la declara justa por sus acciones, y no sólo por su fe. Lo mismo le pasó a Rahab, la prostituta, cuando recibió a los espías y los ayudó a huir por otro camino. Ella fue declarada justa. Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin acciones está muerta” (Santiago 2:14-26, NBV)

La justificación bíblica jamás minimiza el renacimiento espiritual de la regeneración (2 Corintios 5:17); ni tampoco substrae los efectos morales del nuevo corazón del creyente (Ezequiel 36:26-27). La doctrina de la justificación por la fe jamás convierte la gracia de Dios en libertinaje (Judas 4). Este punto de vista se llama antinomianismo.

Aclaramos: No son las obras las que nos salvan, es la fe, pero esta fe, si es viva necesita ineludiblemente, ser una fe activa. No hay fe en aquel que carece de obras justas y, si hubiera fe, caería en la calificación de una fe muerta, aunque quien la tenga sea totalmente religioso. Así, el apóstol Pablo, que nos deja toda la doctrina de la gracia, de la justificación, el Apóstol que nos deja la frase lapidaria “el justo por la fe vivirá”, también nos deja, escribiendo a los Gálatas, que “la fe… obra por el amor” (Gálatas 5:6). Cuando a la fe le cortamos esa dimensión amorosa, obradora y actuante, la matamos o termina por morirse y dejar de ser. En última instancia, una fe sin obras debería ser considerada una fe falsa, incapaz de salvar, ya que:

  1. La fe sin obras revela un corazón que no ha sido transformado por Dios. Cuando hemos sido regenerados por el Espíritu Santo, nuestras vidas van a demostrar esa vida nueva. Nuestras obras se caracterizarán por la obediencia a Dios. La fe que no se ve, llega a ser evidente por la demostración del fruto del Espíritu en nuestras vidas (Gálatas 5:22). Si no hay frutos, es obvio que la fe no es real.
  2. La fe sin obras es una fe vana, pues la fe resulta en una nueva creación, no en una repetición de los mismos patrones de conducta pecaminosa. Como Pablo escribió en 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
  3. La fe sin obras viene de un corazón que no ha sido regenerado por Dios. Profesar una fe vacía, no tiene el poder para cambiar vidas. Aquellos que dicen tener fe pero que no tienen el Espíritu, escucharán a Cristo mismo decir, “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23).

Aquel que dice tener fe, lo demostrará por sus obras, pues la fe es más que un mero asentimiento intelectual. Los pentecostales creemos que las buenas obras no nos salvan, sin embargo, creemos también que los verdaderamente salvos producen buenas obras.

FIDE 4

LA FE QUE OBRA NO ES UNA FE LEGALISTA

Por otro parte, hay muchos que hacen que la justificación dependa de una mezcla de fe y obras. El efecto es hacer de la justificación un proceso basado en la propia justicia imperfecta del creyente en lugar de un acto declarativo de Dios basado en la justicia perfecta de Cristo. Tan pronto como la justificación se fusiona con la santificación, las obras de la justicia se convierten en una parte esencial del proceso. La fe se diluye por lo tanto con las obras. Se abandona la Sola Fide. Éste fue el error de los legalistas de Galacia (Gálatas 2:16; 5:4). Pablo lo llamó “un evangelio diferente” (Gálatas 1:6, 9). El mismo error se encuentra prácticamente en todo culto falso. Es el principal error del catolicismo romano y de las sectas legalistas.

Ante la pregunta: ¿Qué debemos hacer para ser salvos? Los pentecostales, al igual que el apóstol Pablo respondemos si dudarlo:

“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31)

Las epístolas doctrinales cruciales de Pablo (especialmente Romanos y Gálatas) se extienden en esa respuesta, desarrollando la doctrina de la justificación por la fe para mostrar cómo somos justificados por la fe sin obras humanas de ningún tipo. Dicho de otro modo: el cristiano no hace buenas obras para ser salvo ¡Sino porque ya es salvo! Es el fruto natural que se espera del verdadero creyente.

FIDE 5

LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE SOLA EN LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS

Aunque Cristo no hizo ninguna explicación formal de la doctrina de la justificación (como lo hizo Pablo en su epístola a los Romanos), la justificación por fe subyace e impregna toda Su predicación del Evangelio. Aunque Jesús nunca dio un discurso sobre el tema, es fácil de demostrar a partir de Su ministerio evangelístico que Él enseñó sola fide. Por ejemplo, fue el mismo Jesús quien dijo:

“El que oye Mi palabra, y cree… ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24)

Nótese que Jesús habló de una salvación plena, sin pasar ningún sacramento o ritual y sin ningún tipo de espera o período el purgatorio. El ladrón en la cruz es el ejemplo clásico. En la prueba más exigua de su fe, Jesús le dijo:

“De cierto os digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)

No era necesario ningún sacramento o trabajo por parte de él para obtener la salvación. Por otra parte, las muchas sanaciones que Jesús logró eran evidencia física de Su poder de perdonar pecados (Mateo 9:5-6). Cuando Él sanaba, con frecuencia decía: “Tu fe te ha salvado” (Mateo 9:22; Marcos 5:34; 10:52, Lc. 8:48, 17:19, 18:42). Todas esas curaciones eran lecciones objetivas sobre la doctrina de la justificación solo por fe. Sin embargo, la única ocasión en la cual Jesús declaró a alguien “justificado” proporciona la mejor visión de la doctrina tal como Él la enseñó:

“Dijo también esta parábola a unos que confiaban que ellos eran justos y menospreciaban a otros: “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:9-14)

¡Esa parábola seguramente sorprendió a los que escuchaban a Jesús! Ellos “confiaban en sí mismos como justos” (v. 9), la definición misma de la justicia propia. Sus héroes teológicos eran los fariseos, que tenían las normas legalistas más rígidas. Ellos ayunaban, oraban y daban limosna dando un gran espectáculo; e incluso iban más allá en la aplicación de las leyes ceremoniales de lo que en realidad Moisés había prescrito.Sin embargo, Jesús había sorprendido multitudes diciendo:  “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20), seguido por:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”(v. 48)

Es evidente que Él estableció un estándar que era humanamente imposible, ya que nadie podía superar la rigurosa vida de los escribas y fariseos. Ahora Él sorprende aún más a Sus oyentes con una parábola que parece colocar a un recaudador de impuestos detestable en una posición espiritual mejor que un fariseo que ora. El punto de Jesús es claro. Él estaba enseñando que la justificación es solo por fe. Ahí está toda la teología de la justificación. Pero sin profundizar en la teología abstracta, Jesús nos describió claramente la imagen con una parábola. La justificación del recaudador de impuestos era una realidad instantánea. No hubo ningún proceso, lapso de tiempo, ningún miedo del purgatorio. Él “descendió a su casa justificado” (v. 14) – no por algo que había hecho, sino por lo que había sido hecho en su nombre.

Nótese que el recaudador de impuestos entendió su propia impotencia. Debía una deuda imposible, que él sabía que no podía pagar. Lo único que podía hacer era arrepentirse y pedir clemencia. Su oración contrasta con la del fariseo arrogante. No relata lo que había hecho. Sabía que incluso sus mejores obras eran pecados. Él no se ofreció a hacer algo por Dios. Simplemente pidió clemencia divina. Buscaba a Dios para que Él hiciera lo que él no podía hacer por sí mismo. Esa es la naturaleza misma del arrepentimiento que Jesús pidió.

Además, este hombre se fue justificado sin realizar ninguna obra de penitencia, sin hacer ningún sacramento o ritual, sin obras meritorias. Su justificación fue completa y sin ninguna de esas cosas, porque era únicamente sobre la base de la fe. Todo lo necesario para expiar su pecado y ofrecer perdón ya había sido hecho en su nombre. Él fue justificado por fe en ese mismo momento. Una vez más, hace un fuerte contraste con el fariseo engreído, que estaba tan seguro de que todo su ayuno, diezmo y otras obras le hacían aceptable a Dios. Pero mientras que el trabajo del fariseo se mantuvo injustificado, el creyente recaudador recibió plena justificación solo por fe.

Hay algo sumamente importante que destacar en todo esto: Jesús, en el Sermón de la Montaña, afirmó:

“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20)

Sin embargo, ahora afirma que este recaudador de impuestos, el más malvado de los hombres en la mentalidad judía, ¡es justificado! ¿Cómo obtuvo tal pecador una justicia que excedía la de los fariseos? Si la norma es la perfección divina (v. 48), ¿cómo puede un cobrador de impuestos traidor llegar a ser justo a los ojos de Dios? La única respuesta posible es que recibió una justicia que no era la suya (Filipenses 3:9). La justicia le fue imputada por fe (Romanos 4:9-11). ¿La justicia de quién le fue reconocida? Sólo podía ser la perfecta justicia de un Sustituto irreprochable, que a su vez debe cargar con los pecados del recaudador de impuestos y sufrir el castigo de la ira de Dios en su lugar. Y el Evangelio nos dice que eso es precisamente lo que Jesús hizo.

El publicano fue justificado. Dios le declaró justo, imputándole la justicia plena y perfecta de Cristo, perdonándole de toda injusticia y librándole de toda condenación. A partir de entonces, siempre estuvo frente a Dios con una justicia perfecta que le había sido otorgada a su favor. Eso es lo que significa la justificación. Es el único Evangelio verdadero. Todos los demás puntos de la teología emanan de ella.

FIDE 6

CONCLUSIÓN

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

Fieles a nuestra herencia protestante, pero sobre todo a la Palabra de Dios, los pentecostales declaramos que el principio de Sola Fide es una enseñanza clave de nuestra fe. La doctrina de la justificación por la fe sola, bien entendida, nos capacita para obedecer. De hecho, es la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana. ¿Por qué? La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (Gálatas 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Romanos 5:1-5; 8:28-30). Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Glorificado sea Dios por tan excelsa doctrina!

FIDE 7

REFERENCIAS:

[1] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 5.

[2] Wriedt, Markus. “Luther’s Theology,” en The Cambridge Companion to Luther. New York: Cambridge University Press, 2003, pp. 88–94.

[3] Jaroslav Pelikan and Helmut Lehmann, eds., Luther’s Works, 55 vols. (St. Louis and Philadelphia: Concordia Publishing House and Fortress Press, 1955-1986), 34:337.

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Salvación

La falacia del “Salvo, siempre salvo”

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. ¿Por qué combatir tales argumentos? Porque la Palabra de Dios nos manda:

“Destruir la altivez de cualquier argumento y cualquier muralla que pretenda interponerse para que el hombre conozca a Dios. De esa manera, hacemos que todo tipo de pensamiento se someta para que obedezca a Cristo”. (2 Corintios 10:5, NBV).

¿En qué forma dichos argumentos se interponen para que el hombre conozca a Dios? En primer lugar, son contrarios a la Palabra de Dios y fallan a la verdad bíblica (2 Pedro 3:16); en segundo lugar, producen una falsa seguridad en el creyente, la cual le puede costar, eventualmente, su salvación (1 Timoteo 4:16). Ante esto, como buenos obreros, nos corresponde hablar la verdad en amor (Efesios 4:15), mostrando las falacias y sinsentidos de tales argumentos.

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LOS CREYENTES SOMOS EL CUERPO DE CRISTO. SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO

Aunque pudiera sonar lógico a simple vista, este argumente es en realidad hueco, ya que, sin pretenderlo, rebaja a Cristo. ¿Por qué? Porque afirma que, si uno de nosotros se perdiera, Él estaría incompleto, cercenado. Sin embargo, La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). La misma figura de la vid y los pámpanos deja en claro que a él no le pasa nada si alguno de nosotros es cortado.

Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta:

“Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29).

Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

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SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO

¡Suena lindo! ¿O no? Sí, pero es falso. Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice:

“En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”.

En Efesios 2:1-3 Pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

Por otro lado, debemos recordar que, aunque somos hijos, no lo somos por compartir la misma naturaleza y substancia de Dios como en el caso de Cristo. Nosotros somos hijos por adopción:

“Ustedes no recibieron un espíritu que los haga esclavos del miedo; recibieron el Espíritu que los adopta como hijos de Dios y les permite clamar: «Padre, Padre»” (Romanos 8:15, NBV)
“Y añade que los paganos, a los cuales había dicho: «No eres mi pueblo», serían llamados «hijos del Dios viviente».” (Romanos 9:26, NBV)
“Ahora todos ustedes son hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:26, NBV)

¿De dónde toma Pablo la figura de la adopción? Pues de la cultura griega y romana de su época. En la cultura griega de la época, la figura de la adopción gozó de protección jurídica y gran importancia y trascendencia. Es más, tenía su propio vocablo (poitos) para denominar al hijo adoptivo y al sucesor testamentario (Compárese con Romanos 8:17). La adopción, sin embargo, tenía ciertas normas mediante las cuales podía abrogarse:

1. El adoptado podía renunciar voluntariamente a su derecho de adopción y volver a su familia natural. Sin embargo, no podía volver a la familia natural sin antes haber dejado un hijo en la familia adoptiva. Cumplido este requisito se le permitía volver a su familia y parentesco anterior si así lo deseaba.

2. La ingratitud del adoptado hacía posible la revocación del título adoptivo

Todas las adopciones se llevaban a cabo íntegramente en presencia de un magistrado, formalidad que luego pasaría a Roma.

La adopción era también una costumbre conocida y practicada por los pueblos hebreo y egipcio. La Biblia nos habla de esta interesante institución en Génesis 48:

“Poco tiempo después de esto, José recibió la noticia de que su padre estaba enfermo. Entonces, tomó a sus dos hijos, Manasés y Efraín, y fue a visitarlo. Cuando Jacob oyó que José había llegado, reunió todas sus fuerzas y se sentó en la cama y le dijo: ―El Dios Todopoderoso se me apareció en Luz, en la tierra de Canaán. Allí me dijo: Haré de ti una nación grande, y esta tierra de Canaán será para ti y para los hijos de tus hijos, como posesión permanente. A tus dos hijos, Efraín y Manasés, que te nacieron antes de que yo llegara a esta tierra, los adopto como hijos míos. Ellos recibirán parte de mi herencia tal como lo harán Rubén y Simeón.” (Génesis 48:1-5, NBV).

Igualmente, los egipcios consagraron dentro de sus prácticas y usos la figura de la adopción. En el libro de Éxodo, capítulo segundo, se relata cómo es que Moisés, después de haber sido un niño abandonado, fue adoptado por la hija del Faraón, una vez ya crecido. E incluso fue ella quien le puso por nombre Moisés, significando con ello que lo había sacado de las aguas:

“Por esa época, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de su misma tribu. Después de un tiempo, la mujer quedó embarazada y tuvo un hijo. El niño era tan hermoso, que la madre lo mantuvo escondido durante tres meses. Pero cuando ya no pudo esconderlo más, le hizo una pequeña cesta de papiro, la recubrió con asfalto, y puso al niño adentro; luego fue y lo dejó en medio de las cañas que crecían a la orilla del río. La hermana del bebé lo estuvo vigilando desde lejos, para ver qué iba a pasar con él. En eso vio que llegaba a bañarse al río una princesa, una de las hijas del faraón. Mientras caminaba por la orilla con sus damas de compañía, vio la pequeña cesta que estaba en medio de las cañas y envió a una de sus doncellas para que se la llevara. Cuando la abrió, vio al bebé que lloraba, y se sintió conmovida. ―Debe de ser un bebé de los hebreos —dijo. La hermana del niño se acercó y le preguntó a la princesa: ― ¿Quiere que vaya y busque a una mujer hebrea para que le cuide al niño? ―Sí, anda —respondió la princesa. La muchacha corrió hasta su casa, y regresó con su madre. ―Lleva a este niño a tu casa y cuídamelo —le ordenó la princesa a la madre del niño—. Te pagaré bien. Ella, pues, lo llevó a su casa y lo cuidó. 10 Cuando el niño creció, la madre se lo llevó a la princesa, y ella lo adoptó como hijo suyo. Lo llamó Moisés, porque lo había sacado de las aguas.” (Éxodo 2:1-9, NBV).

Este pasaje bíblico nos muestra los dos sentidos que tenía la institución de la adopción para los egipcios, y luego para los hebreos; la cual primeramente era para suplir la carencia de descendientes mayormente varones en los hogares, puesto que eran estos últimos los llamados a perpetuar el nombre de sus padres adoptivos y, en segunda medida, nos muestra como sirve la adopción como medio para ayudar a otorgarles una protección a los desvalidos y a los menos favorecidos dentro de la misma sociedad con todos los derechos y deberes de cualquier hijo legítimo.

Sin embargo, también la Biblia nos muestra que el hijo adoptivo podía, si así lo elegía libremente, romper el vínculo con su adoptante. Esto fue precisamente lo que hizo Moisés:

“Por la fe Moisés, cuando era ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón.” (Hebreos 11:24, LBLA).

Vemos pues, que la adopción de hijos puede y es, a veces, revocada. Ya sea por voluntad del adoptado que se niega a seguir siendo parte de la familia, o por decisión del adoptante debido a la ingratitud y el cumplimiento de los deberes del hijo adoptivo. Quienes se escudan en que son hijos de Dios y nunca dejarán de serlo, y que por eso “una vez salvos, siempre salvos”, harían bien en considerar las palabras de Juan el Bautista:

“Crías de víboras, ¿quién les dijo que así podrán escapar de la ira de Dios que vendrá sobre ustedes?… No crean que les basta con decir que son descendientes de Abraham, porque Dios puede sacar hijos de Abraham aun de estas piedras. El hacha está lista para talar los árboles que no den fruto y arrojarlos al fuego.” (Mateo 3:7-10, NBV).

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ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR DE HABER NACIDO

Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”.

Romanos 6:23 afirma contundentemente:

“Porque la paga del pecado es muerte”.

Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

Puede que tengamos vida nueva ahora, que hayamos nacido de nuevo, pero eso no garantiza que no podemos reincidir en el pecado, caer de la gracia, morir espiritualmente, y así perdernos:

“Ustedes los gentiles, que eran como ramas de olivo silvestre, han sido injertados entre las demás ramas. Como resultado, ahora se nutren también de la rica savia de la raíz del olivo. Sin embargo, cuídense de no sentirse mejor que las ramas cortadas. Y si se sienten así, recuerden que no son ustedes quienes nutren a la raíz, sino la raíz a ustedes. Bueno, quizás te estés diciendo: «Si cortaron aquellas ramas, fue para injertarme a mí». Tienes razón. Recuerda que esas ramas fueron cortadas por no creer en Dios, y que tú estás allí porque crees. Por eso, no te pongas orgulloso; sé humilde, pues si Dios no vaciló en cortar las ramas que había puesto allí primero, tampoco vacilará en cortarte a ti. Fíjate que Dios es a la vez bondadoso y severo. Aunque es severo contra los que lo desobedecen, es bondadoso contigo. Pero si no vives de acuerdo con su bondad, también te cortará.” (Romanos 11:17-22. NBV)

¿Es Dios mentiroso o falla a sus promesas cuando un cristiano auténtico cae de la gracia y se pierde? No, pues como los calvinistas mismos insisten gozosamente en afirmar, Dios no está obligado a salvar a nadie, mucho menos a los rebeldes y apóstatas en quienes, previamente, ha derrochado su gracia, ya que:

“Si sobre un terreno llueve mucho y proporciona una buena cosecha a sus propietarios, aquel terreno recibe bendición de Dios. Pero si lo único que produce es espinos y abrojos, resulta ser un mal terreno y se le condena al fuego.” (Hebreos 6:7, NBV).

Además, Dios tiene pleno derecho a revocar su favor sobre aquellos que le deshonran con sus frutos y proceder:

“Por lo tanto, yo, el Señor Dios de Israel, declaro que, aunque prometí que tu casa y la casa de tus antepasados llevarían el sacerdocio por siempre, no permitiré que se siga haciendo lo que tú haces. Honraré solamente a los que me honran, y despreciaré a los que me desprecian.” (1 Samuel 2:30, NBV).

Y por favor señores del “salvo, siempre salvo”, no nos vengan con el cuento de que, si se aportó de la fe y cayó en apostasía, nunca fue un verdadero cristiano, pues un verdadero cristiano jamás caería. Tal afirmación es solo un mal pretexto para justificar los errores insalvables en su sistema doctrinal. Dios mismo afirma la posibilidad de que el justo se pueda apartar de la fe y perderse:

“Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados.” (Ezequiel 18:24, NTV).
“Mi justo vivirá por la fe; pero si se vuelve atrás, no estaré contento con él.” (Hebreos 10:38, NBV).
“Por lo tanto, es necesario que prestemos más atención al mensaje que hemos oído, no sea que nos extraviemos. Si el mensaje que los ángeles anunciaron fue verdadero y toda desobediencia recibió su merecido castigo, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos esta gran salvación?” (Hebreos 2:1-3, NBV).
“Pues es imposible lograr que vuelvan a arrepentirse los que una vez fueron iluminados —aquellos que experimentaron las cosas buenas del cielo y fueron partícipes del Espíritu Santo, que saborearon la bondad de la palabra de Dios y el poder del mundo venidero— y que luego se alejan de Dios. Es imposible lograr que esas personas vuelvan a arrepentirse; al rechazar al Hijo de Dios, ellos mismos lo clavan otra vez en la cruz y lo exponen a la vergüenza pública.” (Hebreos 6:4-6, NTV).

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SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA

Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)
“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)
“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10)
“Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50).

Es especialmente importante considerar el todo el contexto de los versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13).

Nótese que el apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios. La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. Nuevamente, 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto:

“Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”.

Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma:

“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

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CONCLUSIÓN

En vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios nos llevan a rechazar la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos y su variante moderna, la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo”.

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Arminianismo Clásico, Calvinismo, Salvación

¿Van al cielo todos los bebés que mueren?

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

¿Cuál es el destino eterno de aquellos bebés que fueron abortados y nunca llegaron a nacer? ¿Qué ocurre con esos niños que mueren en su infancia? ¿Podrían algunos de ellos estar entre los perdidos y reprobados? ¿Qué hay de quienes, debido a una discapacidad cerebral o alguna otra limitación de sus facultades mentales, no tienen capacidad de discernimiento moral, deliberación o voluntad y mueren? ¿Van todos al cielo, o es que algunos de ellos estarán entre los condenados? Estas preguntas van más allá de ser una cuestión teórica diseñada para la especulación, pues toca una de las experiencias más inquietantes de la vida, emocional y espiritualmente hablando: la pérdida de un niño o de una persona discapacitada mentalmente.

BEBÉ 1

UNA COBERTURA ESPECIAL DE LA GRACIA

En el arminianismo la creencia general es que todos los que mueren en la infancia, así como aquellas personas con discapacidad mental y que debido a ella son incapaces de tomar una decisión informada, se encuentran bajo una cobertura especial de la Gracia y son contados entre los redimidos. Es indiscutible que Dios, en su soberanía, permitió que ciertas personas nacieran mentalmente incapaces. También es un hecho que millones de niños mueren anualmente en condiciones lamentables: abortos, hambrunas, enfermedades, desastres naturales, asesinatos, etc. Nada de ello toma por sorpresa a Dios, quien conoce el fin desde el principio (Isaías 46:10). Él, en su soberanía, permite que ciertos sucesos ocurran como consecuencia natural de habitar en un mundo caído dominado por el pecado, la maldad, la enfermedad y la muerte. Dichos actos no pueden ser atribuidos a la voluntad perfecta de Dios, sino a la naturaleza caída del hombre. No obstante, aún en medio de todo ello, Dios continúa mostrando gracia inmerecida hacia sus criaturas, permitiendo que los infantes y las personas que nacen mentalmente incapacitadas sean salvos por gracia.

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UNA NOTA DISCORDANTE PROVENIENTE DEL CALVINISMO

Aunque para la totalidad de los arminianos (y la gran mayoría de los cristianos en general) cuando un niño o recién nacido muere va al cielo, destacados maestros de la Biblia como el pastor bautista reformado Miguel Núñez (uno de los más prominentes defensores del TULIP en Latinoamérica), se oponen a la creencia de que todos los niños al morir van al cielo. Núñez y otros calvinistas han llegado a afirmar que solo los bebés elegidos por Dios desde la eternidad para ser salvos irán al cielo y que solo Dios conoce el fondo de esto. Según esta interpretación, no todos los bebés han sido elegidos para salvación y, por lo tanto, forman parte de los reprobados y estarían condenados eternamente.

En el siguiente vídeo, Núñez explica su postura:

OTRO FRUTO AMARGO DE LA HEREJÍA CALVINISTA

Honestamente, no debería extrañarnos que Núñez piense de esta forma. Es una consecuencia lógica de la doctrina calvinista de la elección incondicional, la cual afirma que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo a una cantidad determinada de personas para salvarlas, no porque vio que creerían o consideró algo bueno en ellas, sino según Su voluntad soberana y para alabanza de la gloria de Su gracia.

La doctrina de la elección incondicional es la aplicación de la predestinación en cuanto se relaciona con la salvación de los hombres. El calvinismo afirma la existencia de un decreto de Dios eterno que se realiza debido a la voluntad de Dios sin variación y es independiente del obrar humano. Es por este decreto que Dios separa a la humanidad en dos grupos y ordena a uno a vida eterna y a otro a muerte eterna.

El tercer capítulo de la Confesión de Fe de Westminster (una expresión de la fe calvinista) habla de este decreto eterno de Dios, en las secciones 3 al 6 dice:

III.- Por el decreto de Dios y para la manifestación de su gloria, algunos seres humanos y ángeles son predestinados y preordenados para vida eterna, y otros preordenados para muerte eterna. Estos ángeles y también los seres humanos, así predestinados, y preordenados, están particular e inmutablemente designados, y su número es tan cierto y definido, que no se puede aumentar ni disminuir.

IV.- A aquellos de la humanidad que están predestinados para vida, Dios, según su eterno e inmutable propósito, y el consejo secreto y beneplácito de su voluntad, los ha escogido en Cristo para gloria eterna, antes que fueran puestos los fundamentos del mundo, por su pura y libre gracia y amor, sin la previsión de la fe o buenas obras, o la perseverancia en ninguna de ellas, o de cualquier otra cosa que haya en las criaturas, como condiciones o causas que le muevan a ello, y todo para la alabanza de su gloriosa gracia.

V.- Puesto que Dios ha designado a los elegidos para gloria, así también, por el eterno y más libre propósito de su voluntad, ha ordenado todos los medios para ello. Por lo tanto, los que son elegidos, estando caídos en Adán, son redimidos por Cristo, son eficazmente llamados a la fe en Cristo por su Espíritu que obra a su debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados y por su poder son guardados para salvación por medio de la fe. Ni hay otros que sean redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados, y salvados, sino solamente los elegidos.

VI.- Al resto de la humanidad, agradó a Dios pasarla por alto y destinarla para deshonra e ira por su pecado, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por la cual extiende o retiene misericordia como a Él le place para la gloria de su poder soberano sobre las criaturas, para la alabanza de su gloriosa justicia.[1]

Al leer las palabras arriba citadas no podemos evitar pensar que el Dios enseñado por el calvinismo es un tanto diferente al Dios enseñado en la Biblia. Por eso, aunque no todos los calvinistas comparten la interpretación de Núñez y sus discípulos, cualquier observador externo puede deducir fácilmente que tales afirmaciones son derivados lógicos de la doctrina de Calvino. No podemos pedir más de dicho sistema teológico, a fin de cuentas “todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.” (Mateo 7:17-18).

BEBÉ 4

¿QUÉ DICE LA BIBLIA?

La Biblia enseña que todos los que mueren en la infancia, así como aquellas personas con discapacidad mental y que debido a ella son incapaces de tomar una decisión informada, se encuentran bajo una cobertura especial de la Gracia y son contados entre los redimidos. La evidencia bíblica para este punto de vista es significativa:

  • En Romanos 1:20 Pablo describe a los recipientes de la revelación general como aquellos “que no tienen excusa”. No pueden atribuir su incredulidad a la falta de pruebas, pues hay suficiente revelación en el orden natural acerca de la existencia de Dios como para establecer la responsabilidad moral de todos los que la presencian. En el sentido opuesto, esto implicaría también que aquellos que no han sido beneficiarios de la revelación general (infantes y personas discapacitadas mentalmente) no son, por lo tanto, responsables ante Dios o sujetos a Su ira. En otras palabras, los que mueren en la infancia y los retrasados mentales no pueden ser juzgados y condenados, ya que estos no han recibido revelación general, ni tienen capacidad para responder a ella.
  • Hay textos que afirman o implican que los niños no distinguen la bondad de la maldad, y, por lo tanto, carecen de capacidad para tomar decisiones morales informadas. De acuerdo con Deuteronomio 1:39, se dice que ellos “no tienen conocimiento del bien o del mal”. Sin embargo, muchos argumentan que esto en sí no garantiza la salvación de los infantes, puesto que todavía podrían ser considerados responsables por el pecado de Adán. Tal afirmación es absurda pues la Biblia enseña que los hijos no son castigados por los pecados cometidos por sus padres. Cada uno de nosotros es responsable de sus propios pecados. Ezequiel 18:20 nos dice, “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo”.
  • La idea de quemar a un niño incapaz, o torturarlo temporal o eternamente, es ajena al carácter de Dios. A través de Jeremías, Dios recriminó al pueblo hebreo por semejante maldad: “Han edificado santuarios paganos en Tofet, el basurero en el valle de Ben-hinom, donde queman a sus hijos y a sus hijas en el fuego. Jamás ordené un acto tan horrendo; ¡ni siquiera me pasó por la mente ordenar semejante cosa!” (Jeremías 7:31, NTV). Aquí, como en muchos otros casos, la doctrina enseñada por Núñez, la cual se fundamenta en las afirmaciones del calvinismo, difama de forma obscena el carácter de Dios.
  • El testimonio coherente de las Escrituras es que las personas son juzgadas en base a los pecados cometidos voluntaria y conscientemente en el cuerpo (2 Corintios 5:10; 1 Corintios 6:9-10; Apocalipsis 20:11-12). En otras palabras, el juicio eterno siempre es basado en el rechazo consciente de la revelación divina (ya sea en la creación, la conciencia, o Cristo) y en la desobediencia voluntaria. ¿Son los niños y los discapacitados mentales capaces de alguna de estas? Las Escrituras no presentan evidencia explícita de ningún otro juicio basado en otro fundamento. Por lo tanto, los que mueren en la infancia o nacieron discapacitados mentalmente son salvos porque en verdad no pueden satisfacer las condiciones del juicio divino.
  • La noción de que un niño pequeño e inocente pueda ser consignado a una eternidad en el infierno es ilógica, abominable y contraria a todo sentido de justicia, misericordia, amor y sentido común. ¿Por qué? Porque si un infante que ha muerto fuese enviado al infierno, la mente del infante quedaría en una perfecta incógnita en cuanto a la razón de su sufrimiento. Bajo tales circunstancias, estaría consciente del sufrimiento, pero no tendría entendimiento acerca de la razón de su sufrimiento. No podría explicarse a sí mismo ni a nadie más el porqué de tan terrible aflicción. Por lo tanto, todo el significado, la importancia de su sufrimiento, y la esencia misma del castigo estarían ausentes siendo que son un enigma consciente; y la justicia, entonces, quedaría decepcionada de su vindicación. Tal infante podría sentir que está en el infierno, pero no podría explicar a su propia conciencia la razón de estar allí. Ahora bien, con base en la justicia, la Biblia enseña que “El criado que sabe lo que quiere su amo, pero no está preparado ni lo obedece, será castigado con muchos golpes. Pero el criado que sin saberlo hace cosas que merecen castigo, será castigado con menos golpes. A quien mucho se le da, también se le pedirá mucho; a quien mucho se le confía, se le exigirá mucho más.” (Lucas 12:47-48, DHH). Si aquel que pecó por ignorancia será castigado poco debido a las atenuantes de su caso, ¿Qué castigo creerán los calvinistas que merece alguien que no ha hecho nada malo? Si ni siquiera los tribunales humanos imperfectos condenarían de falta alguna a un infante, acaso creen los calvinistas que Dios, el Juez Perfecto de toda la tierra, ¿No ha de hacer lo que es justo? Como Abraham, preguntamos al Dios calvinista enseñado por Núñez y sus discípulos: “¿Vas a destruir a los inocentes junto con los culpables?… ¡No es posible que hagas eso de matar al inocente junto con el culpable, como si los dos hubieran cometido los mismos pecados! ¡No hagas eso! Tú, que eres el Juez supremo de todo el mundo, ¿no harás justicia?” (Génesis 18:23-25, DHH). Lamentablemente, en la mentalidad calvinista ser hijo de Adán (aunque seas un bebé) es suficiente motivo para merecer el odio de Dios y ser enviado al infierno.
  • En Mateo 19:13-15, Marcos 10:13-16 y Lucas 18: 15-17, Jesús declara: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque de ellos es el reino de los cielos”. Con estas palabras, Jesús enseñó que los niños son beneficiarios de su gracia salvadora.

BEBÉ 5

CONCLUSIÓN

Dada nuestra comprensión del carácter de Dios como se presenta en las Escrituras, ¿Es lógico creer que Dios condenaría eternamente a los niños basado solamente en la transgresión de Adán? ¡Absolutamente no! (a menos que seas calvinista y hallas renunciado a toda lógica y a las claras verdades bíblicas sobre el tema). Por lo tanto, los arminianos creemos en la salvación de los que mueren en la infancia y de aquellos incapacitados mentalmente. Afirmamos su salvación porque a Dios, en su soberanía, misericordia y sabiduría infinita, le ha placido darles vida eterna y otorgarles los beneficios de la salvación por medio de la sangre de Cristo, aun sin una fe consciente.

BEBÉ 6

REFERENCIAS:

[1] Confesión de Fe de Westminster.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Devocional, GRACIA DIVINA, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación, Teología, Vida Espiritual

Soy un pecador sin mérito alguno… ¡Pero salvo por gracia!

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Nadie puede cambiar su naturaleza. El pez jamás desearía (y aún si lo quisiera jamás podría) llegar a ser un ave y volar por los cielos como el águila. El cerdo, aunque deseara con toda su alma ser un bello delfín y surcar raudo los océanos, jamás podría llegar a serlo. Está en su ADN ser un cerdo y por su mente animal jamás se cruzaría la idea de ser algo diferente. Si ponemos a un buitre a escoger entre comer carroña o semillas cual ave de corral, el buitre siempre escogerá la carroña. Si hiciéramos lo mismo con una paloma, y quisiéramos obligarla a convertirse en carroñera, eso jamás pasaría ¡Ella siempre escogerá las semillas! Cada uno actuará conforme a su naturaleza. Para que un buitre pueda escoger las semillas y vivir como paloma o ave de corral, su naturaleza misma necesitaría ser totalmente cambiada. En ese caso, dejaría de ser un buitre. Lo mismo ocurre con el pecador; al tener que elegir entre Dios y el pecado, siempre escogerá el pecado porque esa es la inclinación natural de su corazón. Sin la influencia de la gracia previa de Dios que lo libere de su naturaleza pecaminosa, ningún pecador vendrá por cuenta propia a Cristo en arrepentimiento y fe. Jesús dijo: “Pero ustedes no quieren venir a mí para que tengan vida” (Juan 5:40). ¡Así de claro! ¡Así de contundente! El pecador no viene a Cristo porque no quiere hacerlo; y porque tampoco puede. Esa es la clara enseñanza del Señor Jesucristo en Juan 6:44: “Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que Me envió”. ¿Entendemos lo que Jesús quiso decir? ¡Es imposible que alguien venga a él, a menos que Dios lo traiga! ¿Por qué? Porque todo lo que surge de nuestra naturaleza caída y sin regenerar es “enemistad contra Dios”, dice Pablo en Romanos 8:7, de tal manera que no quieren ni pueden sujetarse a la ley de Dios. Desde el primer pecado cometido en el huerto del Edén, el hombre quiere ser su propio Dios, por lo cual es imposible para ese hombre humillarse y someterse al Dios vivo y verdadero. De la misma forma que el pez, el cerdo o el buitre de la historia, la Biblia presenta al hombre, no solo como un ser pecador que se rebela constantemente contra la ley de Dios, sino también como alguien que no puede ni quiere cambiar la condición en la que se encuentra. Pablo dice en Romanos 3:10-12 que en el mundo entero no hay un solo hombre que sea justo, ni uno solo que entienda o que busque a Dios. Esta es la cruda verdad: Ningún ser humano busca al Dios de la Biblia por su propia inclinación natural porque venimos al mundo espiritualmente muertos (Efesios 2:1).

NO HAY MÉRITO ALGUNO EN NOSOTROS, TODA LA GLORIA ES DE DIOS.

Frecuentemente se nos acusa a los arminianos de pretender robarle la gloria a Dios al afirmar que el hombre puede y debe elegir libremente a Dios. Esto, para el calvinista, le da al hombre cierto mérito en su salvación. Pero tal afirmación es falsa. Los arminianos no creemos eso. Lo que sí creemos es que, debido a que los seres humanos somos seres caídos y pecaminosos, no podemos pensar, ni haremos nada bueno por nosotros mismos en lo que a Dios se refiere. Esta inhabilitad causada por el pecado hace imposible que el hombre, por sí mismo, pueda siquiera creer en el evangelio de Cristo y venir a Él. Por lo tanto, Dios, deseando la salvación de todos y habiendo provisto la expiación para todas las personas, tomó, de forma unilateral, la iniciativa en el propósito de llevar a todas las personas a la salvación al llamar a todas las personas, de todo el mundo, a arrepentirse y creer en el Evangelio (Hechos 17:30; Mateo 28:18-20), y al permitir que aquellos que escuchen el evangelio respondan positivamente en fe. El hombre no posee mérito alguno al venir a Cristo, pues no fue su sola voluntad la que lo trajo. Sin la ayuda de la gracia, el hombre ni siquiera puede optar por agradar a Dios o creer en la promesa de salvación del evangelio. Como dijo Jesús en Juan 6:44, “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (NVI). Jesús también prometió: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por lo tanto, es la obra de un Dios trino en el hombre la que atrae a todas las personas a Jesús, lo que les permite venir a Jesús con fe. No fue el hombre quien unilateralmente eligió venir a Dios. Fue Dios quien impulsó al hombre a venir, pues “no depende de que el hombre quiera o se esfuerce, sino de que Dios tenga compasión.” (Romanos 9:16, DHH). En última instancia, aún si el hombre desease para sí la gloria de haber elegido a Dios, esta le sería negada, pues “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). ¿Cuál pues, es el mérito salvífico que, según el calvinismo, los arminianos le atribuimos al hombre en su salvación? ¡No existe! La gloria es solo de Dios.

Sí. Es fácil para muchos pensar que por nuestra fe, estamos contribuyendo de alguna manera a nuestra salvación. Después de todo, el mérito de Cristo debe aplicarse a nosotros por la fe, y parece que nuestra fe viene de nosotros mismos. Pero Romanos 3:10-12 desmiente tal cosa y nos dice que ninguno de nosotros busca a Dios. Y en Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [es decir, la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”. Hebreos 12:2 también nos dice que Jesús es el autor y el consumador de nuestra fe. La gracia salvadora de Dios es completamente Su don. Incluso nuestra capacidad para aceptar Su gracia salvadora es otro don de Dios. Así que, ¿Cuál es el mérito que tenemos por nosotros mismos? ¡Absolutamente ninguno!

LIBERADOS PARA CREER.

Pero aún siendo Dios quien, de principio a fin dirige el proceso de traernos a sí y salvarnos ¿Cómo un ser caído y sin regenerar puede responder en fe a la oferta de Dios para salvación? ¿Acaso no está inhabilitado para responder en fe ante la oferta de Dios de salvarlo? ¿Cómo se elimina esa barrera de resistencia? El calvinismo responde que el hombre es regenerado (nace de nuevo) por obra de la gracia antes de creer y sin haber tomado una decisión de seguir a Cristo. La opinión y voluntad del pecador no es tomada en cuenta. Dios lo regenera soberanamente. Así, una vez regenerado, el hombre puede responder en fe. Sin embargo, tal creencia no solo es antibíblica sino también ilógica. De hecho, sería como poner la carreta delante de los bueyes. ¿Por qué? Porque tal idea equivale a decir que una mujer parió antes de tan siquiera haber quedado embarazada. Juan lo expresa de la siguiente manera: “Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” (Juan 1:11-13, NVI). ¿Puedes ver el orden establecido por Juan? A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre. A estos y sólo a estos, Dios les dió el derecho de llegar a ser sus hijos. Nadie es regenerado antes de creer. Primero creemos y luego somos hechos hijos de Dios (regenerados), no al revés.

Entonces, ¿Si el hombre no es regenerado antes de poder ejercer fe, como puede ser capaz de ejercer en su estado no regenerado? La respuesta es: ¡Gracia previa! La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI). En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preventiva, previa o precedente de Dios. Esta gracia de Dios que precede a la salvación no hace que un ser caído sea regenerado en contra de su voluntad, simplemente lo libera para creer y venir a Cristo. Por tal razón, la gracia preventiva también se denomina gracia habilitadora o gracia previa a la regeneración. Este es el favor no merecido de Dios hacia las personas totalmente depravadas, que no merecen la bendición de Dios y no pueden buscar a Dios o confiar en él en y por sí mismos. En consecuencia, Hechos 18:27 indica que creemos a través de la gracia, colocando la gracia con precaución (es decir, lógicamente antes) de la fe como el medio por el cual creemos. Es la gracia que, entre otras cosas, libera nuestras voluntades para creer en Cristo y su evangelio. Como dice Tito 2:11: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación“.

EL FRUTO DE NUESTRA JUSTIFICACIÓN.

Al ser regenerados y recibir una nueva naturaleza fuimos también justificados por gracia, por medio de la fe en Cristo. Esto tiene serias implicaciones prácticas en nuestra vida y naturaleza. ¿Cuáles? Pablo responde: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:1-4). Pablo está enfrentando aquí, la posible acusación de que el mensaje de la salvación por gracia promueve el libertinaje. Pero nada puede estar más lejos de la realidad. Cuando Cristo murió en la cruz del calvario, estaba firmando el acta de defunción de nuestro antiguo “yo” orientado hacia el pecado; y eso vino a ser una realidad cuando nuestra vida fue unida a la Suya por medio de la fe en Él. Y ¿qué implica eso en la práctica? Básicamente 4 cosas:

(1.- En primer lugar, que ahora tenemos un nuevo expediente delante de Dios, porque el pasado de Cristo ahora cuenta como si fuera nuestro. Su obediencia perfecta a la ley de Dios nos fue acreditada por medio de la fe en Él (Romanos 5:18-19).

(2.- En segundo lugar, esto también significa que ahora tenemos una nueva identidad. Estamos unidos a Él de tal manera que cuando Dios nos ve a nosotros, nos ve en Su Hijo y nos trata como tal (Colosenses 3:3). La razón por la que nos llamamos “cristianos” es debido al hecho de que nosotros hemos asumido la identidad de otra Persona: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. De manera que en el trono celestial tenemos una identidad diferente a aquella con la cual nacimos, una identidad que no nos hemos ganado, y que tampoco merecemos, sino que se nos otorgó como un regalo de pura gracia. El Dios del cielo ahora nos ve en Cristo, y nos invita a hacer uso de todos los beneficios espirituales que conlleva el hecho de tener esa nueva identidad.

(3.- En tercer lugar, esto también implica que ahora tenemos nuevos deseos y una nueva capacidad para hacer la voluntad de Dios (Romanos 6:12-14). El hombre en su estado caído sigue siendo criatura de Dios y, por tal razón, no tiene otra opción que obedecer Sus mandamientos. Pero debido a que es un esclavo del pecado, no quiere ni puede hacerlo. Eso es lo que significa estar bajo la ley; es estar en la terrible condición de tener que obedecer la ley, pero sin los recursos que necesita para obedecerla. Pero en Cristo hemos sido libertados de ese tirano al haber muerto y resucitado juntamente con Él (Romanos 6:11). Aunque el pecado sigue siendo nuestro enemigo, ya dejó de ser nuestro rey. Como dice Pablo en Romanos 6:14, el pecado no puede enseñorearse nunca más de nosotros, porque no estamos bajo la ley, “sino bajo la gracia”. En otras palabras, ahora contamos con todos los recursos que emanan de la gracia de Dios por causa de nuestra unión con Cristo en Su resurrección, de modo que ahora podemos obedecer la ley moral de Dios, no perfectamente, pero sí sinceramente.

(4.- Y eso nos lleva a nuestra cuarta implicación. No solo tenemos un nuevo expediente, una nueva identidad y un nuevo deseo y capacidad de hacer la voluntad de Dios, sino también, un nuevo destino. Estamos unidos al Cristo resucitado y podemos estar completamente seguros de que, en Su segunda venida, el cuerpo de la humillación nuestra será transformado “para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya”, como dice Pablo en Filipenses 3:21.

¡Esta es la gran noticia del Evangelio de la Gracia! Los pecadores son justificados, los desolados son consolados, los inseguros son asegurados y los esclavos son libertados.

CONCLUSIÓN.

La salvación nunca ha sido ni será cuestión de buenas obras. Si así fuera nadie se salvaría, pues somos incapaces de algo bueno sin la asistencia de la gracia. Cómo Isaías, nosotros también afirmamos: “¿Cómo podremos ser salvos? Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Todos nos marchitamos como hojas; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento. Nadie invoca tu nombre, ni se esfuerza por aferrarse a ti.” (Isaías 64:5-7, NVI). Pero ¡Bendito sea Dios que, por su infinita y sublime gracia, nos redimió del pecado y de la muerte, cambiando nuestra naturaleza y haciéndonos sus hijos! No hay obra humana que le robe a Dios la gloria por esto. Todo lo ha hecho Él por amor y para su gloria.

El popular himno cristiano «Amazing Grace» (conocido en algunas regiones hispanohablantes como “Sublime gracia”), escrito por el poeta y clérigo anglicano John Newton, nos recuerda que el perdón y la redención son posibles a pesar de los pecados cometidos por el ser humano, pues el alma puede salvarse de la desesperación mediante la gracia de Dios, sin mérito humano alguno. ¡Por eso se llama gracia! Y no cualquier gracia, sino una gracia sublime, inefable y sobrenatural…

 

Sublime gracia del Señor

Que a mí, pecador, salvó.

Fui ciego más hoy veo yo,

perdido y Él me halló

 

Su gracia me enseñó a temer

Mis dudas ahuyentó

¡Oh cuán precioso fue a mi ser

cuando Él me transformó!

 

En los peligros o aflicción

Que yo he tenido aquí

Su gracia siempre me libró

Y me guiará feliz

 

Y cuando en Sión por siglos mil

Brillando esté cual sol

Yo cantaré por siempre allí

Su amor que me salvó.

 

 (“Sublime Gracia” John Newton, 1725-1807)

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación, Teología, Vida Espiritual

Y tú, ¿Has nacido de nuevo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Asistir a la iglesia no indica que seas salvo. Haberte bautizado, tampoco. Ser hijo de creyentes no te da un pasaporte al cielo. ¿Entonces cómo puedes saber si de verdad eres salvo? La respuesta reside en una palabra teológica bastante olvidada en nuestros días: la regeneración o nuevo nacimiento. Pero, ¿Qué significa ser un cristiano nacido de nuevo? Juan 3:1-21 responde a esta pregunta de forma inequívoca. En dicho pasaje, el Señor Jesucristo está hablando con Nicodemo, un fariseo prominente y miembro del Sanedrín (el consejo gobernante de los judíos), quién había venido a Jesús de noche para hacerle algunas preguntas: “Una noche, un fariseo llamado Nicodemo, que era líder de los judíos, fue a visitar a Jesús y le dijo: —Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, pues nadie podría hacer los milagros que tú haces si Dios no estuviera con él. Jesús le dijo: —Te aseguro que si una persona no nace de nuevo[a] no podrá ver el reino de Dios. Nicodemo le preguntó: —¿Cómo puede volver a nacer alguien que ya es viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el vientre de su madre? Jesús le respondió: —Te aseguro que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Todos nacen de padres humanos; pero los hijos de Dios sólo nacen del Espíritu. No te sorprendas si te digo que hay que nacer de nuevo. El viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así también sucede con todos los que nacen del Espíritu. Nicodemo volvió a preguntarle: —¿Cómo puede suceder esto? Jesús le contestó: —Tú eres un maestro famoso en Israel, y ¿no lo sabes? Te aseguro que nosotros sabemos lo que decimos, porque lo hemos visto; pero ustedes no creen lo que les decimos. Si no me creen cuando les hablo de las cosas de este mundo, ¿cómo me creerán si les hablo de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino solamente el que bajó de allí, es decir, yo, el Hijo del hombre. Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, y del mismo modo yo, el Hijo del hombre, tengo que ser levantado en alto, para que todo el que crea en mí tenga vida eterna. Dios amó tanto a la gente de este mundo, que me entregó a mí, que soy su único Hijo, para que todo el que crea en mí no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no me envió a este mundo para condenar a la gente, sino para salvarla. El que cree en mí, que soy el Hijo de Dios, no será condenado por Dios. Pero el que no cree ya ha sido condenado, precisamente por no haber creído en el Hijo único de Dios. Y así es como Dios juzga: yo he venido al mundo, y soy la luz que brilla en la oscuridad, pero como la gente hacía lo malo prefirió más la oscuridad que la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella, para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que prefieren la verdad sí se acercan a la luz, pues quieren que los demás sepan que obedecen todos los mandamientos de Dios.” (Juan 3:1-21, TLA).

¿QUÉ ES NACER DE NUEVO?

La frase “nacido de nuevo” empleada en este pasaje literalmente significa “nacido de arriba”. Nicodemo tenía una necesidad verdadera. Él necesitaba un cambio de corazón, una transformación espiritual. El nuevo nacimiento, el nacer de nuevo, es un acto de Dios por el cual la vida eterna es impartida a la persona que cree (2 Corintios 5:17; Tito 3:5; 1 Pedro 1:3; 1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 2:1-4, 18). Juan 1:12-13 nos indica también que la expresión “nacer de nuevo” transmite igualmente la idea de “volverse hijo de Dios” al confiar en el nombre de Jesucristo. Cuando uno ha nacido de nuevo, ha sido renovado espiritualmente, y ahora es hijo de Dios por el derecho de este nuevo nacimiento. Así pues, confiar en Jesucristo, en Aquél quien pagó el castigo del pecado al morir en la cruz, es lo que significa “nacer de nuevo” espiritualmente. Sin embargo, además de la metáfora del nuevo nacimiento empleada por Juan en su Evangelio, las Escrituras completan la descripción de lo que es la regeneración al utilizar dos imágenes más para referirse a esta obra sobrenatural de la gracia:

(1.- En sus epístolas, Pablo describe la regeneración como una nueva creación: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17, NVI); “Para nada cuenta estar o no estar circuncidados; lo que importa es ser parte de una nueva creación.” (Gálatas 6:15, NVI); “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.” (Efesios 2:10, NVI).

(2.- Además, a través de todo el capítulo 6 de Romanos, Pablo, nuevamente, describe la regeneración como una resurrección: “Nosotros ya no tenemos nada que ver con el pecado, así que ya no podemos seguir pecando. Ustedes bien saben que, por medio del bautismo, nos hemos unido a Cristo en su muerte. Al ser bautizados, morimos y somos sepultados con él; pero morimos para nacer a una vida totalmente diferente. Eso mismo pasó con Jesús, cuando Dios el Padre lo resucitó con gran poder. Si al bautizarnos participamos en la muerte de Cristo, también participaremos de su nueva vida.” (Romanos 6:2-5).

¿POR QUÉ NECESITO NACER DE NUEVO?

A pesar de todo lo anteriormente dicho, quizá alguien todavía se pregunte: “¿Por qué necesito nacer de nuevo?”. A esto Jesús responde: “Te aseguro que si una persona no nace de nuevo no podrá ver el reino de Dios.” (Juan 3:3, TLA). El apóstol Pablo en Efesios 2:1 dice, “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados…”. A los Romanos en Romanos 3:23, el apóstol escribió, “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. (Romanos 3:23). Los pecadores están espiritualmente “muertos”; cuando reciben vida espiritual a través de la fe en Cristo, la biblia lo compara con un nuevo nacimiento. Sólo aquellos que han nacido de nuevo tienen sus pecados perdonados y tienen una relación con Dios. Esa es la razón por la cual necesitamos nacer de nuevo. ¡Solo aquellos que nazcan de nuevo son salvos de toda condenación!

EVIDENCIAS DEL NUEVO NACIMIENTO.

Si solo los nacidos de nuevo serán salvos, ¿Cómo sé entonces que he nacido de nuevo? La palabra de Dios nos dice que por sus frutos se conoce el árbol (Mateo 7:15-20, 3:8-10). El nacido de nuevo ha de demostrar por sus frutos (su obras) que es hijo de Dios. Jesús dijo: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.  ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios.” (Juan 8:42-47). Jesús deja en claro que ser hijo de Dios no se basa en la pertenencia a un grupo étnico o religioso. Nuestra filiación con Dios se determina por medio de pruebas concretas. Por eso, el apóstol Juan da al menos once pruebas de que una persona ha nacido de nuevo.

1.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS GUARDAN SUS MANDAMIENTOS:

“¿Cómo sabemos si hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: «Lo conozco», pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad.” (1Juan 2:3-4, NVI).

“El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio.” (1Juan 3:24, NVI)

2.-  LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS, ANDAN COMO CRISTO ANDUVO.

“En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él: 6 el que afirma que permanece en él debe vivir como él vivió.” (1Juan 2:5-6, NVI)

3.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS NO ABORRECEN A LOS DEMÁS, SINO QUE LOS AMAN.

“El que afirma que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad.” (1 Juan 2:9, NVI)

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte.” (1 Juan 3:14, NVI)

“Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4:7-8, NVI)

“Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.” (1 Juan 4:20, NVI)

4.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS NO AMAN AL MUNDO.

“No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre.” (1 Juan 2:15, NVI)

5.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS CONFIESAN AL HIJO Y LO RECIBEN (LO TIENEN)

“Todo el que niega al Hijo no tiene al Padre; el que reconoce al Hijo tiene también al Padre.” (1 Juan 2:23, NVI)

“Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” (1 Juan 4:15, NVI)

“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1 Juan 5:12, NVI)

6.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS PRACTICAN LA JUSTICIA.

“Si reconocen que Jesucristo es justo, reconozcan también que todo el que practica la justicia ha nacido de él.” (1 Juan 2:29, NVI)

7.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS NO PRACTICAN EL PECADO.

“Todo el que permanece en él no practica el pecado. Todo el que practica el pecado no lo ha visto ni lo ha conocido.” (1 Juan 3:6, NVI)

“Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; no puede practicar el pecado, porque ha nacido de Dios. Así distinguimos entre los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica la justicia no es hijo de Dios; ni tampoco lo es el que no ama a su hermano.” (1 Juan 3:9-10, NVI)

“Sabemos que el que ha nacido de Dios no está en pecado: Jesucristo, que nació de Dios, lo protege, y el maligno no llega a tocarlo.” (1 Juan 5:18, NVI)

8.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS TIENEN EL ESPÍRITU DE DIOS.

“El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio.” (1 Juan 3:24, NVI)

“¿Cómo sabemos que permanecemos en él, y que él permanece en nosotros? Porque nos ha dado de su Espíritu.” (1 Juan 4:13, NVI)

9.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS ESCUCHAN LA PALABRA CON SUMISIÓN.

“Nosotros somos de Dios, y todo el que conoce a Dios nos escucha; pero el que no es de Dios no nos escucha. Así distinguimos entre el Espíritu de la verdad y el espíritu del engaño.” (1 Juan 4:6, NVI)

10.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS CREEN QUE JESÚS ES EL CRISTO.

“Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios, y todo el que ama al padre ama también a sus hijos.” (1 Juan 5:1, NVI)

11.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS VENCEN AL MUNDO.

“porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” (1 Juan 5:4, NVI)

CONCLUSIÓN.

Aquel que ha nacido de nuevo cree en el Cristo crucificado y resucitado como fuente de su eterna salvación (1 Juan 5:1). Se ha arrepentido del pecado y ahora quiere vivir para la gloria de Dios. Pero eso no es todo. Aquel que ha nacido de nuevo tiene una nueva disposición en el corazón. Una persona renacida simplemente no puede seguir viviendo como antes porque el eje de su ser ha sido revolucionado. No podrá vivir en paz con sus ídolos. ¡Imposible! Empieza a odiar las cosas que antes amaba y comienza a amar las cosas que antes odiaba (1 Juan 3:9). Hay un cambio radical en sus afectos y deseos. Si este cambio no se ha dado, es probable que no haya nuevo nacimiento. Dicho cambio de vida irá acompañado por una manifestación continua del fruto del Espíritu Santo en la vida del regenerado. Esto no quiere decir que el nacido de nuevo ya no falle, pero sí significa que la vida del creyente se caracterizará por “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). O como lo expresa Juan, “Saben también que todo el que hace justicia es nacido de El” (1 Juan 2:29).

El nacido de nuevo experimenta también un profundo amor hacia Dios y el pueblo de Dios. Para citar a Juan de nuevo: “Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Juan 4:7). En cada generación hay burladores que se congregan en la iglesia con el fin de sembrar discordia, odio, y amargura en la casa de Dios. Pero el que es nacido del Señor procura velar por el bienestar de las ovejas de Cristo. Otro efecto del nuevo nacimiento es una pasión indomable por la Palabra del Señor. Jesús nos asegura que: “Mis ovejas oyen mi voz” (Juan 10:27). De modo que una clara señal de que alguien ha nacido de nuevo es esta pasión por la sana doctrina, la Palabra de Dios. Ante todo esto, te pregunto hoy: ¿de verdad has nacido de nuevo? ¿Te has convertido? ¿Hay una nueva disposición en tu corazón? ¿Se ve el fruto del Espíritu en tu vida? ¿Hay amor hacia Dios y hacia los hermanos en tu alma? ¿Deseas la Palabra más que tu alimento diario?