La verdadera fe pentecostal, enraizada en la Biblia y nutrida por la theologia crucis, no se caracteriza por exigir que Dios altere las circunstancias conforme al deseo humano, sino por mantener la adoración y la fidelidad intactas cuando el cielo guarda silencio. Es la fe de María al pie de la cruz, que no negocia la muerte de su Hijo sino que permanece. Es la fe de Pablo, que dejó de pedir la remoción del aguijón para gloriarse en sus debilidades. Es la fe de tantos santos anónimos que, aferrados al Espíritu, han convertido camas de hospital en altares de ofrenda.
Etiqueta: Pentecostés
Sacrificios de animales en el milenio: ¿Memorial, error exegético o herejía velada del dispensacionalismo?
En el seno de ciertas tradiciones teológicas —y de manera especial en algunas expresiones del dispensacionalismo, esa corriente evangélica que entiende la historia de la salvación como una serie de administraciones divinas distintas (Ryrie, 1995, p. 28) — se sostiene una convicción controvertida: que durante el reino milenario de Cristo, el período de mil años al que alude Apocalipsis 20, los sacrificios de animales prescritos por la ley mosaica serán restaurados. Esta idea ha sido asumida de forma sistemática por el dispensacionalismo y, con diversos matices, ha encontrado eco en otras sensibilidades teológicas.
¿Un verdadero pentecostal debe ser dispensacionalista?: Desmontando la falacia del verdadero escocés («No true Scotsman» o «Appeal to Purity fallacy»), desde Azusa Street
Uno de los ataques más recurrentes y, paradójicamente, menos fundamentados que enfrentamos hoy quienes nos identificamos como pentecostales no dispensacionalistas —un colectivo vasto, diverso y en constante crecimiento— es la negación de nuestra propia autenticidad pentecostal por el simple hecho de no adherir al sistema teológico de la Biblia de Referencia Scofield. Este argumento, repetido a menudo por sectores del evangelicalismo clásico o por hermanos influidos por el dispensacionalismo popular, sostiene que la identidad pentecostal estaría intrínsecamente ligada a un esquema dispensacional rígido y a una lectura fragmentada de la historia de la salvación en dispensaciones herméticamente selladas. Sin embargo, basta con asomarse a la historia fundacional del movimiento para descubrir que semejante afirmación carece de todo fundamento histórico.
La razón en la tradición pentecostal: Hacia un evangelio completo en mentes completas
En el corazón del cristianismo evangélico late una convicción profunda: la fe no es solo un asunto del corazón latiendo con emoción, ni una experiencia extática aislada. Es una respuesta total del ser humano al Dios que se revela. Jesús mismo lo resumió: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30, NVI). Esa mención a la mente no es casual. Dios nos creó con capacidad de razonar porque somos imagen suya, y esa razón, aunque herida por el pecado, puede ser redimida y santificada por el Espíritu Santo.
La experiencia como lugar teológico en el pentecostalismo
Quien se asoma por primera vez a una comunidad pentecostal suele quedar desconcertado por aquello que allí ocurre. No es el orden litúrgico lo que llama la atención, ni siquiera la predicación, por intensa que esta pueda ser. Lo que resulta inconfundible es el modo en que la comunidad entiende que Dios sigue hablando, sigue obrando, sigue irrumpiendo. Un testimonio compartido en medio del culto, una palabra de conocimiento pronunciada por un hermano que nunca ha estudiado teología formal, un canto que se convierte en profecía: todo ello conforma el entramado de una experiencia que no es meramente subjetiva, sino que se reconoce como encuentro con el Dios vivo.
Soy pentecostal, pero no de esos…
Algunas personas creen que los Pentecostales somos unos bichos raros descerebrados que entran en ataques incontrolables durante servicios religiosos. Están sorprendidos de saber que muchos de nosotros tenemos grados avanzados, muchos somos profesionales, tenemos nuestros propios negocios, ejercemos cargos públicos y movilizamos una gran cantidad de obras misioneras y de caridad en el mundo. Los Pentecostales componemos más de un cuarto de todos los cristianos hoy en día (tan sólo las Asambleas de Dios, la denominación a la cual me siento orgulloso de pertenecer, cuenta con más de 69 millones de miembros). Pero no te confundas, ni generalices ¡No todos los 'Pentecostales' somos iguales! No pretendas etiquetarnos o reducirnos a tu prejuiciado estereotipo mental
El principio de la Prima Scriptura en la tradición wesleyana y su influencia en el pentecostalismo
El principio de Prima Scriptura es un pilar fundamental en la tradición wesleyana, que enfatiza la primacía de las Escrituras como la principal fuente de autoridad teológica, complementada por la tradición, la razón y la experiencia. Este principio teológico sostiene que las Escrituras son la fuente primaria y normativa de la fe y la práctica cristiana, pero no la única. A diferencia de Sola Scriptura, que enfatiza la exclusividad de la Biblia, Prima Scriptura reconoce el valor de otras fuentes como la tradición, la razón y la experiencia, siempre subordinadas a la autoridad bíblica. En la tradición wesleyana, este principio refleja la convicción de John Wesley de que la Biblia es la regla suficiente para la fe, pero debe ser interpretada en diálogo con otros recursos teológicos.
Trinitarismo y negación de la unicidad en la Epístola de Judas
La Epístola de Judas ofrece una rica perspectiva sobre la doctrina trinitaria, presentando al Padre, al Hijo (Jesucristo) y al Espíritu Santo como personas divinas distintas, pero intrínsecamente unidas en la obra redentora y en la preservación de la fe cristiana. A través de su estructura compacta, referencias al Antiguo Testamento y alusiones a tradiciones judías apocalípticas, Judas combina advertencia, instrucción y consuelo, exhortando a los creyentes a permanecer firmes en la verdad revelada y a confiar en la acción conjunta de las tres personas divinas para su salvación y perseverancia. Esta articulación trinitaria no solo refuerza la ortodoxia cristiana frente a las desviaciones doctrinales, sino que también desafía directamente las posturas de la unicidad, que niegan la distinción personal dentro de la Deidad.
Las Epístolas Joaninas, evidencia en contra de la unicidad
La doctrina de la unicidad de Dios, conocida como unicitarismo o pentecostalismo unicitario, plantea que Dios es un ser único e indivisible que se manifiesta en diferentes modos (Padre, Hijo y Espíritu Santo), rechazando la distinción de personas en la Trinidad. Esta perspectiva se opone a la doctrina trinitaria tradicional, que sostiene la existencia de un solo Dios en tres personas distintas, coeternas y consustanciales. En este contexto, las epístolas joaninas (1, 2 y 3 Juan) emergen como textos clave en la teología cristiana, ya que abordan cuestiones cristológicas y teológicas fundamentales que han sido objeto de debate entre estas posturas. Las cartas joaninas no solo combaten las herejías cristológicas de su tiempo, como el docetismo y el gnosticismo, sino que también ofrecen una defensa robusta de una sana cristología y del trinitarismo, enfatizando la deidad y humanidad de Cristo, así como la relación dinámica entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La Trinidad en las epístolas petrinas: Un baluarte contra la herejía unicitaria
La doctrina de la Trinidad, pilar fundamental del cristianismo histórico, articula la creencia en un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Según el Credo Atanasiano, “adoramos a un solo Dios en Trinidad y a la Trinidad en unidad, sin confundir las personas ni dividir la sustancia divina”. Cada persona es plenamente divina, coigual y coeterna, compartiendo una sola esencia, poder y eternidad. El Padre no es creado ni procede; el Hijo es eternamente engendrado del Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Esta formulación no implica tres dioses, sino un solo Dios en una unidad indivisible, donde la distinción personal coexiste con la unidad esencial, sin subordinación ontológica. Esta concepción, lejos de ser una invención arbitraria, se fundamenta en un riguroso análisis exegético de las Escrituras, que proporciona la base para su precisión teológica