Neumatología

El Espíritu Santo en la Biblia.

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN.

¿Por qué los pentecostales enfatizamos tanto la necesidad de una experiencia personal con el Espíritu Santo? Porque el Espíritu Santo es la vida y motor de la Iglesia. La biblia está llena de referencias al Espíritu Santo, de modo que la doctrina acerca de su personalidad, divinidad y obra son de vital importancia para nosotros hoy en día, como lo fue para los primeros cristianos el día del Pentecostés.

Las dos palabras usadas en la Biblia para designar al Espíritu son la palabra hebrea ruach, y la palabra griega pneuma. La palabra ruach ocurre aproximadamente 380 veces y traducida en términos generales significa “viento” o “aliento”. Proviene de la raíz que significa “exhalar por la nariz con violencia”. En otras palabras, aire o aliento que se mueve. Según sea el contexto, ruach tiene muchas connotaciones, incluyendo el viento natural, el aliento de vida, el temperamento, la disposición, la valentía, la fortaleza, la energía que da vida, el poder creativo, las imponentes tempestades, la fortaleza que va más allá de lo humano, el poder especial de inspiración o de capacitación. Con frecuencia manifiesta la idea de violencia y de poder, indicando cualquier cosa desde una fuerza impersonal hasta una persona en particular. Sin embargo, puesto que estamos tratando principalmente con el Espíritu Santo, el énfasis divino de ruach cuando aparece combinado con Jehová o Elohim, o cuando el contexto conecta claramente la palabra con el Espíritu de Dios, indica una acción poderosa de Dios sobre el cosmos, un individuo, o un grupo de personas (tal como la nación de Israel o la Iglesia como cuerpo de Cristo).

En el Nuevo Testamento, pneuma ocurre aproximadamente 380 veces. Del mismo modo, conlleva la idea general de viento, aliento, emociones y pensamientos humanos, la fuerza de vida de la persona, o un gran poder. Proviene de la raíz griega pneu, que significa un movimiento dinámico de aire: expirar, inhalar, respirar sobre, soplar aire, soplar un instrumento musical, inspirar, vapor, evaporar, radiar, enojo, tener valor, benevolencia, emitir fragancia, etc. En todo caso, pneuma implica que el aire se pone en movimiento, hay acción; por tanto, el énfasis está en su poder inherente, particularmente en el reino espiritual. Cuando se refiere específicamente al Espíritu de Dios (aproximadamente 250 veces), indica una actividad o acción de Dios, o las manifestaciones resultantes del movimiento del Espíritu de Dios.[1]

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Desde el comienzo del Génesis, vemos al Espíritu en movimiento.[2] La actividad del Espíritu es inseparable de la obra de Dios. Es una extensión de Dios mismo. El Espíritu participa en la Creación, estableciendo orden y evitando el caos. El Espíritu da vida a la humanidad. El Espíritu comunica la voluntad y la palabra de Dios por medio de los profetas. El Espíritu equipa a los obreros y artesanos (tal como Bezaleel en Éxodo 31:3; 35:30-35 y las mujeres diestras que hicieron las vestiduras sacerdotales en 28:3). El Espíritu concede sabiduría para el liderazgo (Números 11), equipa para el servicio (1 Samuel 16:13,14; Números 11:24-30), y concede buen entendimiento (Isaías 11:1-5; 42:1-4). Y el Espíritu protege al pueblo de Dios a través de acciones de fortaleza y de riesgo que cuesta imaginar.

Es imposible controlar o predecir al Espíritu, pues viene con fuerza y poder. En el libro de Jueces (6:34) el Espíritu literalmente “se revistió de Gedeón” o “tomó posesión” de él. El Espíritu concedió a Sansón fuerza extraordinaria (Jueces 14:6) y toma el control de Saúl (1 Samuel 10:5-11; 19:18-24). El Espíritu es soberano. Esto se ilustra en el caso de Balaam, el profeta porfiado, que bendice al pueblo de Dios porque el Espíritu le prohíbe maldecirlo. Nótese también como el Espíritu controla las últimas palabras de David en 2 Samuel 23:1-2.

El Espíritu es misterioso y viene en maneras extrañas, como sueños (Génesis 41:38,39) y visiones (Génesis 15:1; 46:2; Ezequiel 1:1; Daniel 1:17), en guerra de guerrillas de Gedeón, y en danzas. En 1 Samuel 10:7-13, Dios “cambió el corazón” de Saúl. Efectivamente, tan extraño es el Espíritu que Amós (7:14-16) dice a la gente: “¡Yo no soy un profeta!” Pero Dios invade al mundo, no para asustarnos (aun cuando a veces tal cosa pudiera suceder), sino principalmente para comunicarse. Por ejemplo, los profetas están allí para comunicar la voluntad de Dios, no para manipular a la gente o para hacer la obra por remuneración económica.

Frecuentemente, hay un vínculo definido entre el “Espíritu del Señor” y la “palabra del Señor” [hebreo dabar (palabra) y ruach: ver Salmo 33:6; 1 Samuel 15:26; 2 Samuel 23:2]. El Espíritu no consiste en palabras o conocimiento sin propósito, inútiles, vacías [literalmente “vana sabiduría”, “palabras vacías”: Job 15:2; 16:3]. Los falsos profetas son como viento, no porque no tengan palabras, sino porque están desprovistos de la Palabra del Espíritu de Dios (Jeremías 5:13).

En los libros históricos, el Espíritu da poder para el servicio y sabiduría para el liderazgo. Josué (Números 27:18) es ascendido para ser el dirigente del pueblo. Los Jueces (Jueces 3:10) dirimen contiendas, proporcionan respuestas, resuelven problemas, consuelan a la gente, y conducen a la victoria (todo en el poder del Espíritu). La Escritura describe la actividad del Espíritu como “venir con ímpetu” (Jueces 14:6,19; 15:14) o “vestirse de” (Jueces 6:34 y 1 Crónicas 12:18). Hay una señal externa de que la presencia de Dios está allí. Dios está en acción. Pero por muy espectacular que sea esto, el Espíritu está sobre la persona sólo en forma temporal y ocasional.

En los libros poéticos, vemos de nuevo al Espíritu como “Dios en acción” dentro del mundo para impartir vida (Job 27:3; 33:4; 34:14,15), conceder sabiduría (Job 28:12-18; Proverbios 1:7; 9:10), preparar para la acción (Job 32:18), ejecutar juicio (Job 4:9; 34:14), acudir con poder (Job 26:12,13), y santificar (ver Salmo 51:11 e Isaías 63, donde la santidad de Dios se encuentra en agudo contraste con la carencia de santidad de su pueblo).

En los libros proféticos, la actividad del Espíritu cambia de las señales y del testimonio externos al gran contenido del mensaje de Dios: la redención de su pueblo. La obra del Espíritu se manifiesta especialmente en conexión con las profecías acerca del Mesías (el Ungido). En Isaías, el Espíritu unge al Siervo de Dios (11:1-5; 61:1-4). Las siete expresiones del Espíritu hablan de una entrega completa e ilimitada del Espíritu. Esta unción conduce al cumplimiento del nuevo pacto, la restauración del pueblo de Dios, y el juicio de los incrédulos (Isaías 42:1-9; 61:1-11; Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:25-28; 39:25-29).

Pero todo esto únicamente señala en dirección al momento en que Dios dará un nuevo corazón y un nuevo espíritu al pueblo renovado de Dios (Ezequiel 36:26,27; 37:14), tiempo en el cual “vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” y el Espíritu será derramado sobre “toda carne” (Joel 2:28). La esperanza profética es que será dado un nuevo Espíritu (Jeremías 31:31 y sig.; Ezequiel 36:25 y sig.).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO[3]

En el Antiguo Testamento se manifiesta la actividad sobrenatural de Dios en obras creativas del Espíritu: al crear la tierra (Génesis 1:2), y al grabar las tablas de piedra en el monte Sinaí (Éxodo 24:18; 40:34,35), pero ahora la mayor obra creativa ha de verse cuando Dios es encarnado y “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4), nacido de una virgen. Los profetas llenos del Espíritu están allí, esperando “la consolación de Israel”, el consuelo del pueblo de Dios, la restauración de la época mesiánica, la salvación por medio del Mesías, el Ungido (Lucas 2:25,38). Zacarías, Elisabet, Simeón, Ana, María, ninguno de ellos se sorprende de que alguien nacido no de la carne sino “mediante el Espíritu Santo haga su aparición en la escena ” (Mateo1:18,20; Lucas 1:35,41,46-55,67-79; 2:25-36).

Juan el Bautista, el profeta que une lo antiguo con lo nuevo, declara: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11,12; Marcos 1:7,8; Lucas 3:15-18). La salvación ha llegado; el juicio ha llegado. El Espíritu, en forma de paloma, desciende. El sacrificio por los pobres está ahora pagado. Lo que se predijo en el tiempo antiguo, se cumple en este nuevo tiempo.

En el Evangelio según Juan aparece el Paracleto (Intercesor, Intérprete, Consolador, Mediador, “llamado a estar con nosotros”). Viene el “Espíritu de verdad”, el que da a conocer las cosas de Cristo y que glorifica a Jesús, el que nos enseña acerca de Dios, y quien convence al mundo de pecado (14:16). Aquí, el aliento de Dios regenera las almas humanas (3:5,6), conduce a la verdadera adoración (4:24), da vida (6:63), y promete que mayores cosas han de venir (7:38,39), porque del interior de los que creen “correrán ríos de agua viva”. El Espíritu Santo “os enseñará todas las cosas” y Él “mora con vosotros, y estará en vosotros” (14:17).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Y EN EL NUEVO TESTAMENTO[4]

En Hechos 1:5-8 presenciamos una venida sin precedentes del Espíritu, cuando se cumple la promesa de Jesús y la predicción del profeta (Joel 2:28). Los seguidores de Cristo ven “prodigios” en el cielo y “señales” en la tierra. “Reciben” el Espíritu, son “llenos del Espíritu”, son “bautizados” en el Espíritu. Ellos profetizan, hablan en lenguas, llevan fruto, reciben “dones” para edificación de la Iglesia.

En Pentecostés se inicia la época mesiánica del Espíritu; la proclamación profética llega a ser ahora el poder para testimonio y servicio. Después de cada manifestación del bautismo en el Espíritu, se declaran las “poderosas obras de Dios” y muchos se convierten. Se desarrolla una comunidad santa que reverencia la palabra de Dios (Hechos 2:44,45; 5:11; 6:3,4; etc.) pero trae juicio sobre los que “resisten” o “mienten” al Espíritu Santo (Hechos 5:5; 7:51-53).

El Espíritu da impulso a una obra misionera mundial desde Jerusalén, a Judea, a Samaria, y hasta lo último de la tierra. El Espíritu capacita a los creyentes como testigos de Cristo. El Espíritu les da poder para que hablen palabras que de otro modo no serían capaces de hablar, y para que realicen milagros y hechos portentosos que estarían totalmente fuera de sus posibilidades, si no fuera por el poder del Espíritu.

Las cartas de Pablo continuamente dan énfasis a la actividad del Espíritu y a la necesidad de vivir una vida cristiana llena del Espíritu (tanto en forma individual como corporativa). La suposición subyacente en la iglesia primitiva parece ser que el Espíritu se manifestaría con poder por medio de vidas transformadas, poderoso servicio y testimonio, predicación acompañada de “señales y prodigios”, y el poder de manifestar la vida cristiana en amor y unidad. El Espíritu es un espíritu de poder, tanto así que en ocasiones el apóstol Pablo usa indistintamente las dos palabras (Romanos 15:13,19; 1 Corintios 2:4; Gálatas 3:5; 1 Tesalonicenses 1:5; etc.).

El Espíritu es una señal de que la era mesiánica ha llegado y una evidencia que garantiza una consumación final pero futura (1 Corintios 2:6-16; Gálatas 3:14; Efesios 1:13,14). El Espíritu Santo manifiesta en el creyente la gloria que está por venir. El Espíritu marca el comienzo del fin de la vida “según la carne” (Romanos 8:9-11; Gálatas 5:16-25). Las tres metáforas que usa Pablo: (1) el sello (2 Corintios 1:21,22; Efesios 1:13; 4:30), (2) las arras (2 Corintios 1:21,22; 5:5; Efesios 1:14), y (3) las primicias (Romanos 8:12-27), son marcas de que Dios sólo ha comenzado a actuar. El Espíritu Santo es solamente un reflejo parcial (“señales”) del cumplimiento escatológico que está por venir (1 Corintios 13:8-13; 14:20-22).

Pero el Espíritu no es únicamente para el cambio de conducta de los individuos (Gálatas 5:16; 6:10), sino también para cambio corporativo y para beneficio de todo el Cuerpo. Los “dones del Espíritu” (Romanos 12, 1 Corintios 12-14; Efesios 4) son carismata (“dones de gracia”) no para glorificar a individuos, sino para ser reconocidos como dados gratuitamente por Dios para el bien de su pueblo: la Familia (Efesios 2:19; 1 Timoteo 3:15); el Templo (1 Corintios 3:16,17; 2 Corintios 6:16; Efesios 2:19-22); el Cuerpo (Romanos 12:4,5; 1 Corintios 10:16,17; Efesios 4:1-16; 1 Timoteo 3:15,16).

El resto del Nuevo Testamento también habla de la manera en que Dios se mueve en los creyentes y en la Iglesia para expiación, limpieza, obediencia a la palabra de Dios, amor unos por otros, manifestaciones milagrosas, y en confesión del señorío de Cristo. El Espíritu Santo guía a través de persecuciones y de sufrimientos; sana enfermedades; perdona pecados; favorece la adoración; intercede en oración; hace posible la unidad del Cuerpo; y testifica de la presencia y actividad continua de Dios.

IMPLICACIONES PARA LA ACTUALIDAD[5]

¿Qué significa para la actualizad lo que hemos visto en este breve panorama del Espíritu en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento?

(1.- Primeramente, necesitamos reconocer que Dios está activo. Aun en la actualidad, el Espíritu sigue activo, a pesar de que en ocasiones sea en forma misteriosa. Esperamos que el Espíritu hable en un susurro suave, en voz queda, pero viene como viento huracanado. A veces Dios se manifiesta en forma violenta e inesperada, extraña y desacostumbrada. Recuerde que el Espíritu condujo a Jesús al desierto (Marcos 4); el Espíritu tomó a Ezequiel por el cabello y lo alzó (Ezequiel 8:3); Felipe fue sacado de una concurrida campaña de evangelismo para que predicara a un solo hombre y fue trasladado en forma sobrenatural de un lugar a otro (Hechos 8:9-40).

(2.- Segundo, necesitamos entender que el Espíritu está más allá de la descripción o comprensión. Es tan solamente un anticipo de la gloria futura. ¿Qué significado tienen los símbolos del Espíritu: fuego, viento, agua, aceite, vino, paloma, ¿sello, primicias, adopción? Significan que el Espíritu es tan grande que no se puede usar solo una metáfora o una figura para describirlo. Pero cuando el Espíritu viene, Él purifica, ilumina, limpia, refresca, llena, nos adopta como hijos de Dios, sana, consuela, fortalece, unge, y da paz, amor y gozo que nada en la tierra puede igualar.

(3.- La iglesia de hoy necesita comprender que no podemos manipular al Espíritu, o acomodarlo a nuestros parámetros. El Espíritu de Dios es soberano. La habilidad de manejar víboras sin ser mordido, o de beber veneno sin ser afectados no es prueba del poder o de la plenitud del Espíritu Santo. Con mucha frecuencia consideramos que el hablar en lenguas es una especie de premio, o tenemos a algún profeta como una especie de ídolo infalible. Dios se ha movido, y siempre se moverá, por medio de personas, ¡y a pesar de ellas! El Espíritu se mueve porque Dios es soberano, y los dones vienen por medio de su gracia, no porque alguien los merezca. La Palabra nos advierte: “Así que… procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:39,40). Siempre habrá desvergonzados y extremistas que procuran manipular al Espíritu para beneficio propio, desde Balaam en el Antiguo Testamento hasta Simón el Mago en el Nuevo Testamento, o desde los montanistas hasta los seguidores de Irving. Siempre habrá alguien que ora más tiempo, que grita más fuerte, que salta más alto, que rueda más velozmente. Pero Dios, por medio de su Espíritu, sigue moviéndose, porque Él es soberano. No es el éxtasis lo que convierte a alguien en un profeta. El Antiguo Testamento es bastante claro: “Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado” (Deuteronomio 18:22). A pesar de los extremistas, Pablo recomienda: “No apaguéis al Espíritu… Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:19,20).[6]

(4.- Y cuarto: el Espíritu de Dios es real. El Espíritu no es “algo” impersonal. El derramamiento del Espíritu no es como la falsa representación de Pentecostés que se hacía durante la época de la Reforma, haciendo una perforación en el cielo raso de la iglesia en la celebración de Pentecostés y lanzando flores hacia abajo. La obra del Espíritu no puede ser simulada o diseñada en un computador. No puede ser reproducida por medio de la robótica o de imágenes tridimensionales, por sonido circundante o luces láser. El Espíritu no se comunica por medio de un satélite o un teléfono celular, sino a individuos que escuchan su Palabra. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2:9,10).

CONCLUSIÓN.

El Espíritu es omnisciente, omnipotente, omnipresente, eterno, y santo. El Espíritu enseña, testifica, juzga, intercede, revela, habla, y glorifica a Jesús. El Espíritu tiene voluntad y sentimientos. En el terreno de lo negativo, al Espíritu se le puede blasfemar, mentir, resistir, y contristar.[7] Pero el Espíritu Santo es la manera en la cual Dios (la Trinidad) nos toca y transforma. Dios se hace inmanente. ¡El Espíritu está activo y moviéndose en la actualidad!

REFERENCIAS:

[1] Donald Guthrie, “The Holy Spirit”, 510-572, en New Testament Theology (Downers Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1981).

[2] Stanley M. Horton, Lo que dice la Biblia acerca del Espíritu Santo (Springfield, Mo.: Gospel Publishing House, 1976).

[3] Edgar Krentz, “The Spirit in Pauline and Johannine Theology”, 47-65, y Gerhard Krodel, “The Functions of the Spirit in the Life of the Church: From Biblical Times to the Present (Minneapolis: Augsburg, 1978).

[4] Henry Barclay Swete, The Holy Spirit in the New Testament (Grand Rapids: Baker, reprint, 1976).

[5] Harold Lindsell, The Holy Spirit in the Latter Days (Nashville: Thomas Nelson, 1983).

 

[6] Michael Green, “What Are We to Make of the Charismatic Movement”, 197-218 en I Believe in the Holy Spirit (Grand Rapids: Eerdmans, 1975).

[7] Juan 14—16; Hechos 5:3,4; 7:51; 16:6,7; Romanos 8:26; 1 Corintios 12:11; Gálatas 4:6; Efesios4:30; 2 Pedro 1:21; Apocalipsis 2:7.

Neumatología

Pneumatología Pentecostal: ¿Quién es el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La pneumatología, o neumatología, es la parte de la teología sistemática que estudia lo referente a la tercera persona de la trinidad, es decir, al Espíritu Santo. Al igual que la teología propia estudia algunos rasgos de la primera persona de la trinidad y la cristología estudia de Jesús, también la neumatología estudia la personalidad, la deidad y la obra del Espíritu Santo. Etimológicamente la palabra neumatología proviene de dos vocablos griegos donde pneuma significa viento, aire o espíritu y logos, estudio o tratado. En palabras sencillas se entiende entonces que es el estudio del Espíritu Santo.[1] Las razones de estudio son diversas, sin embargo, es necesario su estudio ya que también es Dios y no conocerlo sería negligente. Por otro lado, la Biblia menciona que el Espíritu Santo tiene mucha relación con el hombre hoy día. Además, se le pide al creyente vivir en sujeción al Espíritu Santo, pero ¿Cómo entender esta relación con el Espíritu sin antes conocerle? Por tal razón, el estudio de la persona y de la obra del Espíritu Santo es, para el cristiano devoto, una cuestión de vital interés. Particularmente para el creyente pentecostal.

El conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[2]

¿Te has preguntado alguna vez en qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? La respuesta es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús. Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. A pesar de ello, aún subsisten muchos conceptos erróneos sobre la identidad del Espíritu Santo. Algunos ven al Espíritu Santo como una fuerza mística. Otros entienden al Espíritu Santo, como el poder impersonal que Dios pone a disposición para los seguidores de Cristo.[3] Tal confusión se debe principalmente a la proliferación de sectas niegan la personalidad del Espíritu Santo. Sin embargo, lo que realmente importa no es lo que diga alguna secta o grupo herético. Nuestra autoridad en materia de doctrina y práctica es la Biblia. Por ende, cabe preguntarnos: ¿Qué dice la Biblia acerca de la identidad del Espíritu Santo? Ciertamente, la Biblia tiene mucho que decirnos acerca del Espíritu Santo, su naturaleza, personalidad, funciones y atributos. Dejemos pues que la Biblia hable por sí sola.

EL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DE LA HISTORIA HUMANA.

Podemos ver al Espíritu Santo desde el Antiguo Testamento haciendo diversas actividades, como: Obrando en la creación (Génesis 1:2); da aliento a los hombres y los animales (Génesis 2:7; 6:3); capacitando a hombres para la batalla (Jueces 3:10); capacitando a los profetas para anunciar el mensaje del Señor (Miqueas 3:8), etc. En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo estaba en medio del pueblo de Dios (Isaías 63:11) y capacitaba a ciertos hombres para tareas especiales (Éxodo 31:3; Jueces 6:34; 11:29). Sin embargo, no era dado a todos y podía ser retirado (Jueces 13:25; 16:20; Salmos 51:11). El Espíritu Santo es llamado de distintas maneras a lo largo del Nuevo Testamento: El Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16); el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9); el Espíritu Eterno (Hebreos 9:14); el Espíritu de Verdad (Juan 16:13) y el Espíritu de Gracia (Hechos 10:29). La primera obra del Espíritu Santo en el hombre es convencer de pecado (Juan 16:8,11) y de la realidad del perdón a través de Jesucristo. Esto lo hace a través de la predicación (Hechos 2:37; 1 Tesalonicenses 1:5) y del ejercicio de los dones espirituales (1 Corintios 14:24-25). El Espíritu Santo es prometido a todos los creyentes (Hechos 2:38) y es un don que se recibe por la fe en Jesucristo (Efesios 1:13; 3:16-17; Gálatas 3:2,5). El Espíritu Santo es el que produce la obra de regeneración en nosotros. Él es el sello de nuestra salvación: ”…En Él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria…” (Efesios 1:13-14). Pero el Espíritu Santo es mucho más que el sello de Dios en nosotros.

DEIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[4]

Dicho de una manera sencilla, la Biblia dice que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[5]

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. No es un poder ni una fuerza. La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17). El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51). Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30) El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona. El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11). El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26). El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él. El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28). Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

(1.- EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.

(2.- EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.

(3.- EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.

(4.- EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.

La personalidad del Espíritu Santo es una doctrina clara. Y para vergüenza de los falsamente llamados Testigos de Jehová, no hace falta consultar el Nuevo Testamento para creer en la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo. El testimonio del Antiguo Testamento es más que claro. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Es imposible, pues, que sea una simple fuerza impersonal como ellos erróneamente enseñan. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también.

CONCLUSIÓN.

El Espíritu Santo no es un viento, no es un poder natural, no es una mera influencia inspiradora como asumen los falsos Testigos de Jehová. El Espíritu Santo es una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad. Vive aquí, presente entre nosotros, para iluminarnos en el conocimiento de la Biblia, único lugar donde Dios se revela al hombre. El Espíritu Santo es otro Cristo, es otro Consolador. El Hijo terminó la misión que le había traído a la tierra. La continuación de su obra, es decir, el establecimiento y fortalecimiento de la Iglesia, fueron trabajos encomendados al Espíritu Santo. Este comenzó a obrar cuando el Hijo fue recibido nuevamente al cielo. El Espíritu Santo es una persona con atributos propios. Está dotado de voluntad, ya que reparte los dones como él quiere. Está dotado de pensamiento. Está dotado de conocimiento. Está dotado, también, de los atributos de bondad y amor. Más aún, la Biblia afirma que el Espíritu Santo puede ser tratado igual que una persona. Se le puede mentir, se le puede tentar, se le puede resistir, se le puede entristecer, se le puede invocar y se le puede blasfemar. Un ser dotado de atributos semejantes es necesariamente una persona, en este caso una persona divina, la tercera persona de la Trinidad.

REFERENCIAS:

[1] Antonio Aranda Lomeña, Estudios de pneumatología, Editorial Universidad de Navarra, año 1985, España.

[2] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[3] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[4] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

Pentecostalismo Unicitario

El Pentecostalismo Unicitario: Un desafío a la ortodoxia pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El concepto de la trinidad de Dios está presente a través de toda la Escritura. No es un concepto que sea fácilmente comprendido por la mente finita. Y debido a que el hombre quiere que todo tenga sentido en su teología, regularmente se levantan movimientos heréticos para tratar de explicar la naturaleza de Dios. Desde luego, esto sencillamente no puede lograrse sin violentar el texto bíblico. Los cristianos han llegado a aceptar que la naturaleza de Dios no está sujeta a limitaciones que nos gustaría imponerle. Simplemente le creemos cuando nos dice, “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isaías 55:8-9). Si no podemos entender Sus pensamientos y caminos, aceptamos que tampoco podemos comprender Su naturaleza. El pentecostalismo no ha estado exento de la aparición de grupos heréticos antitrinitarios dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”.

El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario /solo Jesús, es que Jesús es el Padre y Jesús es el Espíritu. Hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.”

Esta enseñanza de Solo Jesús/Pentecostalismo Unicitario ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo. El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario/Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. A algunos practicantes aislados del pentecostalismo unicitario se les ha criticado incluso por sostener ciertas posturas arrianas. ​ No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.

 

¿CÓMO SURGIÓ EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO?

El pentecostalismo unicitario surgió del movimiento pentecostal, que tiene sus orígenes en las enseñanzas de Charles Parham en Topeka, Kansas y del Avivamiento de la Calle Azusa liderado por William J. Seymour en 1906. Rechazados por las iglesias históricas, los pentecostales comenzaron a formar sus propias organizaciones. Uno de estos nuevos grupos fue las Asambleas de Dios que se formó en 1914.

Algunos predicadores evangelistas pentecostales y comenzaron a aceptar y predicar la doctrina de la Unicidad y el bautismo el nombre de Jesús durante ese tiempo, lo que condujo a fricciones dentro del nuevo movimiento. Cuando las Asambleas de Dios oficialmente afirmaron la doctrina tradicional de la Trinidad en su Cuarto Concilio General en octubre de 1916, los pentecostales unicitarios se vieron obligados a retirarse. Dos meses más tarde, varios ministros unicitarios se reunieron en Eureka Springs, Arkansas, y el 2 de enero de 1917, formaron una organización Pentecostal Unicitaria llamada Asamblea General de las Asambleas Apostólicas.

La Asamblea General de las Asambleas de la Sede Apostólica se fusionó con otra iglesia, las Asambleas Pentecostales del Mundo (Pentecostal Assemblies of the World – PAW) y aceptó el liderazgo de G. T. Haywood, un afroamericano. Este grupo celebró la primera reunión en Eureka Springs en 1918. Esta organización interracial adoptó el nombre de la PAW y permaneció como el único organismo Pentecostal Unicitario hasta finales de 1924. Las leyes Jim Crow del sur, junto con otras normas raciales y culturales, condujo a que muchos dirigentes blancos salieran de la PAW en vez de permanecer bajo el liderazgo afroamericano. Muchas congregaciones locales en el Sur, no obstante, quedaron integradas mientras que intentaran cumplir con las leyes de segregación local.

En 1925, se formaron tres nuevas iglesias unicitarias: las Iglesias Apostólicas de Jesucristo, la Alianza Ministerial Pentecostal, y la Iglesia de Emmanuel en Jesucristo. En 1927, se dieron pasos hacia la reunificación de estas organizaciones. Reunidos en un convenio conjunto en Guthrie, Oklahoma, la Iglesia de Emmanuel en Jesucristo y las Iglesias Apostólicas de Jesucristo se fusionaron, tomando el nombre de la Iglesia Apostólica de Jesucristo. Esta fusión unió alrededor de 400 ministros pentecostales de la Unicidad. En 1931, una conferencia de unidad con representantes de cuatro organizaciones unicitarias se realizó en Columbus, Ohio, tratando de unificar a todos los pentecostales Unicitarios de Estados Unidos. La Alianza Ministerial Pentecostal votó a favor de fusionarse con la Iglesia Apostólica de Jesucristo, pero los términos de la fusión propuesta fueron rechazados por ese organismo. Sin embargo, una unión entre la Iglesia Apostólica de Jesucristo y la PAW se consumó en noviembre de 1931. El nuevo organismo mantuvo el nombre de las Asambleas Pentecostales del Mundo.

En 1932, la Alianza Ministerial Pentecostal cambió su nombre a la Iglesia Pentecostal Incorporada para reflejar su estructura organizativa. En 1936, ministros de la Iglesia Pentecostal Incorporada, votaron para trabajar hacia una fusión con las Asambleas Pentecostales de Jesucristo. La unión final, sin embargo, resultó difícil de conseguir hasta 1945 cuando estas dos organizaciones Pentecostales unicitarias se integraron para formar la Iglesia Pentecostal Unida Internacional. La fusión de estos dos organismos pentecostales de la Unicidad unió a 1.838 ministros y aproximadamente 900 iglesias. En los últimos años, la IPUI se ha vuelto étnicamente más diversa. Numerosos pastores, presbíteros y superintendentes de distrito afroamericanos ocupan posiciones de liderazgo en la IPUI hoy día. La comunidad hispana/latina tiene su propio organismo de la IPU llamada Iglesia Pentecostal Unida Hispana Inc., con congregaciones localizadas por todos los Estados Unidos. La IPUI es, hoy por hoy, la mayor de las iglesias del pentecostalismo unicitario, pero no es la única. Otras denominaciones pentecostales unicitarias de importancia numérica son la Iglesia Apostólica Internacional, la Iglesia de Jesús en Filipinas, la Asamblea del Señor Jesucristo, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo de la Fe Apostólica, los Cristianos Evangélicos en el Espíritu de los Apóstoles, la Verdadera Iglesia de Jesús, las Asambleas Pentecostales del Mundo, Inc., la Iglesia del Espíritu Santo de Jesús, la Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, la Iglesia Apostólica de Pentecostés de Canadá, las Asambleas Pentecostales de Jesucristo y la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, entre muchas otras.

(Para un mayor estudio referente a la historia del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés: Bernard, David. 1999, A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. Hazelwood, MO: Word Aflame Press).

 

CREENCIAS DISTINTIVAS DEL PENTECOSTALISMO UNICITARIO.

 I.- UNICIDAD DE DIOS:

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos (tal como las Asambleas de Dios), ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.

II.- SOTEROLOGÍA:

El pentecostalismo unicitario deriva su soteriología de Hechos 2:38 y Juan 3:3-5. Creen que, a fin de recibir la salvación bíblica, una persona debe ser espiritualmente nacida de nuevo. Para ellos, esto se logra por morir al pecado mediante el arrepentimiento, siendo sepultado con Jesucristo en el bautismo en agua, y ser resucitado mediante la recepción del bautismo del Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en lenguas. Por tal motivo, el bautismo en agua y el hablar en lenguas son considerados esenciales para la salvación.

El pentecostalismo unicitario no reconoce la soteriología aceptada por la mayoría de protestantes y evangélicos (incluidos otros pentecostales), particularmente la creencia en la salvación por fe solamente. Para los pentecostales unicitarios, uno recibe a Cristo cuando sigue su mandamiento de arrepentirse, es bautizado en agua en su Nombre (usando la fórmula del Nombre de Jesús) y recibe el bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por el hablar en otras lenguas. Sin estos 3 requisitos no hay salvación. Sólo aquellos que “perseveren hasta el fin” (Mateo 24:13) en esta relación con Cristo serán salvos. Mientras tanto, no hay verdadera seguridad ni certeza de la salvación.

Este sistema soteriológico es considerado herético por los evangélicos ortodoxos, quienes ven en el mismo un sistema de salvación por obras, muy cercano al semipelagianismo. Los pentecostales unicitarios, sin embargo, insisten en negar tal acusación, afirmando que ellos creen que uno es salvado, no por obras, sino por la gracia de Dios. No obstante, insisten en afirmar que la gracia se recibe no sólo por la fe en Jesucristo sino por la obediencia a su mandamiento de nacer de nuevo (ser bautizado en agua en el nombre de Jesús y hablar en lenguas, según su interpretación) y seguir la paz con todos y la santidad sin la cual nadie será salvo. Estas obras, insisten, son hechas por fe en lo que ya está establecido en la Palabra de Dios.

III.- EL ARREPENTIMIENTO:

Los pentecostales unicitarios creen que el arrepentimiento es esencial para la salvación, como se indica en Lucas 13:5 y Hechos 2:38. El arrepentimiento es definido por ellos como un total alejamiento del pecado y con dirección a Dios. Según el pentecostalismo unicitario el arrepentimiento exige al pecador arrepentido tomar los próximos pasos bíblicos hacia el perdón y la reconciliación con Dios: el bautismo en agua en el Nombre de Jesucristo y el bautismo del Espíritu Santo. Por otra parte, el arrepentimiento debe ir acompañado de “quebranto divino”. Esto no es solo pesar, sino un gusto genuino interno del desagrado de Dios sobre el estilo de vida pecaminoso de uno, que a su vez rompe su corazón y lleva a la determinación de abandonar absolutamente el pecado sin remordimientos ni dudas.

El arrepentimiento es considerado un prerrequisito para recibir el Espíritu Santo. Los pentecostales unicitarios enfatizan que nadie puede arrepentirse por su propio poder, sino que requiere un don sobrenatural de la gracia de Dios. Consideran, sin embargo, que el arrepentimiento no conlleva por sí mismo el poder de la salvación, pues a menos que se siga con el bautismo en agua en el nombre de Jesucristo y del bautismo del Espíritu Santo, el creyente sigue perdido y condenado.

IV.- BAUTISMO EN EL NOMBRE DE JESÚS:

El bautismo en agua en el Nombre de Jesús es un componente esencial de la doctrina del pentecostalismo unicitario. Ellos afirman la necesidad indispensable del bautismo en agua, citando Juan 3:5, Hechos 2:38 y Mateo 28:19. Apuntan a Mateo 3:13-16 como evidencia de que incluso el mismo Jesús fue bautizado. El modo de bautismo es por inmersión completa en agua, efectuado en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.

Esta doctrina de Nombre de Jesús es un punto de discordia entre los pentecostales unicitarios y los cristianos trinitarios. Los pentecostales unicitarios bautizan “en el nombre de Jesucristo”, mientras que los trinitarios utilizamos la fórmula enseñada por el mismo Jesús: “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Curiosamente, los pentecostales unicitarios utilizan Mateo 28:19 para apoyar sus afirmaciones, sosteniendo que el nombre singular del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es Jesús. Insisten en que el nombre en la Escritura es singular, e implica que los tres títulos se refieren a Jesús. Otros creyentes de la Unicidad afirman que Mateo 28:19 fue cambiado a la fórmula tradicional triuna por la Iglesia Católica, pero tal afirmación es falsa e infundada desde la perspectiva bíblica e histórica.

La creencia del Nombre de Jesús se origina en Hechos 2:38, y los miembros también ponen énfasis en Hechos 8:16, Hechos 10:48, y Hechos 19:5, afirmando que estas son las únicas escrituras que muestran cómo la Iglesia primitiva hizo bautismos, y que la Biblia no autoriza el desvío de esa fórmula.

V.- HABLAR EN LENGUAS:

Los pentecostales unicitarios abrazan la creencia de que el hablar en lenguas es la inmediata, externa, observable, y audible evidencia de la llenura inicial del Espíritu Santo, y es el cumplimiento del mandamiento de Jesús de ser “nacido del Espíritu” en Juan 3:5. En concordancia con el pentecostalismo clásico, consideran que la experiencia de hablar en lenguas implica hablar en una lengua que nunca se ha aprendido antes, y puede darse a todos, independientemente de raza, cultura o idioma. Sus creencias al respecto se derivan de Hechos 2:4, 17, 38-39; 10:46; 19:6, y 1 Corintios 12:13.

Al igual que los grupos pentecostales ortodoxos, los unicitarios consideran que la lengua se convierte en el vehículo de expresión para el Espíritu Santo (Santiago 3), y simboliza el control completo de Dios sobre el creyente. Su doctrina distingue entre el acto inicial de hablar en lenguas que acompaña al bautismo en el Espíritu, y el don de “diversos géneros de lenguas” mencionado por Pablo en 1 Corintios 12:10, 28-30. Mientras que el primero se considera evidencia indispensable del Bautismo en el Espíritu Santo, el regalo último no es necesariamente mantenido para todos los creyentes una vez que han hablado en lenguas inicialmente. Consideran que los incidentes de hablar en lenguas descritos en Hechos, aunque son lo mismo en esencia, son diferentes en operación y propósito de las lenguas dichas en 1 Corintios 12 -14. Estos últimos son dados a los creyentes seleccionados como el Espíritu decide.

Sin embargo, se separan de la ortodoxia pentecostal al afirmar que el hablar en otras lenguas sirve como signo y es además considerado una parte indispensable del proceso de salvación de una persona: Nadie es considerado salvo si nunca ha hablado en otras lenguas.

 (Para una mayor explicación sobre las doctrinas del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés: Bernard, David K., 2011. The Apostolic Life. Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press)

 

VI.- VIDA CRISTIANA:

Los pentecostales unicitarios enfatizan teóricamente que la salvación se logra por la gracia mediante la fe en Cristo, pero añaden que esta no es posible sin la obediencia a su orden de “nacer de agua y del Espíritu” (Juan 3:5); es decir, bautizarse en el Nombre de Jesús solo y hablar en lenguas. Afirman creer, al menos de palabra, que ninguna cantidad de buenas obras u obediencia a las leyes o las normas pueden salvar a nadie (Tito 3:5). Sin embargo, en contradicción con lo que dicen creer, enseñan un código de conducta que debe ser observado si se desea ser salvo. Ellos creen que dicho código fue ordenado en la Escritura por los Apóstoles.

Según su interpretación, la santidad interior, como demostración de los frutos del Espíritu en la vida del cristiano, se acompaña de signos externos de santidad. Estos incluyen la creencia de que las mujeres no deben cortarse el cabello, además, que deben usar vestidos o faldas en lugar de pantalones. Según su interpretación, tal prohibición está en conformidad con el mandato bíblico dado en Deuteronomio 22:5, el cual manda que “la mujer no vestirá ropa de hombre, ni el hombre se pondrá ropa de mujer “. En cuanto al largo de las faldas se espera generalmente que lleguen por debajo de la rodilla. Mujeres y hombres por igual son alentados a “adornarse [ellos mismos] de ropa decorosa, con pudor y modestia”, y son disuadidos de usar cosméticos o joyas, bíblicamente definido como “oro, o perlas, o adornos ostentosos” (1 Timoteo 2:9-10). La severidad precisa para que estas normas sean acatadas.

Algunas denominaciones como la IPUI incluso llegaron en un tiempo a considerar pecado la posesión de un televisor. Esto podría parecer trivial para nosotros, pero no lo es dentro de dicho movimiento. Por ejemplo, en un intento de agilizar la causa de la evangelización, la Conferencia General de 2007 de la IPUI vio una mayoría de ministros votar a favor de una resolución que permita el uso de la televisión en la publicidad. Esta propuesta fue aprobada por sólo 84 votos, y actualmente permite la publicidad a través de este medio. La resolución fue examinada por un año por un comité especial antes de la votación final y no se adoptó sino hasta después de una cuidadosa consideración. Esta resolución causó que muchos ministros amenazaran con abandonar la IPUI. Por lo menos una nueva organización, la Comunidad Pentecostal Mundial, se formó en Tulsa, Oklahoma por este motivo. Otros temas controvertidos incluyen: hombres vestidos con pantalones cortos, la asistencia a cines y baños mixtos.

 (Para una mayor explicación sobre las prácticas y normas del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés:An Overview of Basic Doctrines, Section IV “Holiness and Christian Living,” Word Aflame Press, 1979).

 

LITURGIA EN EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO.

Los servicios de adoración en las iglesias pentecostales unicitarias son a menudo descritos como de naturaleza festiva y emocional, con miembros saltando, danzando, cantando, gritando y aplaudiendo, como en todas las iglesias pentecostales. Algunas personas corren por los pasillos de la iglesia, lo que se conoce como “marcha de victoria”. Los servicios a menudo son interrumpidos por actos de hablar en lenguas (glosolalia), interpretación de lenguas, mensajes proféticos, e imposición de manos para propósitos de sanidad. Estos acontecimientos pueden ocurrir espontáneamente. A menudo se realizan masivas “llamados al altar” donde la congregación entera es animada a venir y orar juntos en el frente de la iglesia.

 

CONCLUSIÓN.

El pentecostalismo unicitario, también llamado pentecostalismo del nombre de Jesucristo o Solo Jesús, ​ es una de las cinco ramas del pentecostalismo moderno. Se caracteriza por practicar la doctrina de la Unicidad de Dios, es decir, por no creer en la Santísima Trinidad y considerar al «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» como manifestaciones de YHWH, EL Dios del Antiguo Testamento, ​ siendo su principal manifestación la figura de Jesucristo. En consecuencia, sus creyentes practican el bautismo en el nombre de Jesús, en lugar de seguir la forma trinitaria del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los pentecostales unicitarios fundamentan su unitarismo en pasajes del Antiguo Testamento como Deuteronomio 6:4; sin embargo, el modalismo de los pentecostales unicitarios ha sido duramente criticado por los movimientos pentecostales trinitarios.

Al afirmar que el bautismo en agua y el hablar en lenguas equivalen a nacer de nuevo y, por lo tanto, son indispensables para la salvación, los pentecostales unicitarios se alejan enormemente de la ortodoxia pentecostal. Su legalismo y contradictorio sistema soteriológico también han sido cuestionados duramente, ya que muestran un alejamiento de la teología protestante ortodoxa. Por tal motivo, muchos evangélicos no vacilan en catalogar como sectas a las diversas iglesias pentecostales unicitarias. En artículos posteriores analizaremos con mayor amplitud las doctrinas del pentecostalismo unicitario a la luz de la Biblia.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Bernard, David (1999). A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. Hazelwood, MO: Word Aflame Press.
  • Bernard, David K. (2011). The Apostolic Life. Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press.
  • Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism. Universal Publishers, 2003.
  • An Overview of Basic Doctrines, Section IV “Holiness and Christian Living,” Word Aflame Press, 1979.

 

Vida Espiritual

Pentecostal sin fruto, no es pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Nuestro Señor Jesucristo expresó su voluntad para nosotros al afirmar: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:8). Muy comúnmente, los Pentecostales y los Carismáticos somos acusados de descuidar el Fruto del Espíritu en preferencia de los Dones, los cuales son más vistosos. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a un balance de los dos, tal como una fruta perfectamente formada en un paquete apropiado y atractivo. Juntos los dos, el paquete y la fruta, hacen un equipo perfecto. De igual manera, los creyentes del Nuevo Testamento vienen a ser como esa fruta bien envuelta y presentable.

Los Dones Espirituales comúnmente son visibles. Al igual que la envoltura de un paquete, es lo primero que se ve y muchas veces son ruidosos (1 Corintios 13:1). La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de ambos, los dones y el fruto. El uso de los Dones debe ser juzgado y evaluado cuidadosamente en cuanto a lo que se dice (1 Corintios 13:29,32) por la asamblea, para el uso apropiado de los dones. Las Escrituras no nos mandan evaluar la madurez cristiana de un creyente por la cantidad de dones que posee, pero Jesús sí nos dijo que debemos evaluar a otros que se dicen creyentes por la manifestación de los frutos que ellos den. Las instrucciones de Dios son que seamos inspectores de frutos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). En ningún lugar en las Escrituras dice “Por sus dones los conoceréis.” Sería como formar una opinión de un campesino por las herramientas que tiene. Debemos de basar nuestra opinión por la cosecha que él produce.

“Por sus Frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20).

Está claro que las herramientas son una parte importante para la siembra, pero no lo son todo. Una manera de ver las cosas en relación con los dones y el fruto del Espíritu sería: Los dones son como las herramientas que Dios nos ha dado para poder producir frutos en su jardín. Si no hay fruto, las herramientas están de más o pierden su razón de ser.

LO QUE NO SON LOS DONES.

Muchos creyentes pentecostales suelen menospreciar el fruto del Espíritu y sobrevalorar los dones debido a que no entienden la naturaleza de estos. Necesitamos entender qué son y qué no son los dones para colocarlos en la dimensión correcta de nuestra vida cristiana.

  1. LOS DONES NO SON SEÑAL DE SANTIDAD: De alguna manera por todo el mundo pentecostal se ha creído y entendido que los dones son señal de santidad. En el Movimiento Pentecostal se ha creído erróneamente, debido a las malas enseñanzas, que aquellos que tienen dones nunca cometen errores. ¡Desafortunadamente no es así! Debemos entender que los dones del Espíritu no son señal de santidad. Este es un malentendido de muchas iglesias. De hecho, los dones del Espíritu muchas veces son dados como instrumentos a personas imperfectas dentro de las iglesias para que lleven fruto. Son dados a personas imperfectas en el cuerpo de Cristo para que les ayuden a perfeccionarse, a fin de que den frutos y no solo estén cubiertos de hojas (Mateo 21:18-19). Cuando las Escrituras hablan de las actitudes y comportamiento humanos, no están hablando de los dones, están hablando de los frutos. La pregunta es: ¿Por qué muchas iglesias prefieren hablar de los dones en vez de los frutos? La gran diferencia es que los dones son dados y los frutos tienen que crecer en uno. El amor, el gozo, la paz y el resto de las virtudes o características que se mencionan en la lista de Gálatas 5:22-23 son frutos que usted y yo tenemos que hacer crecer. Para poder producir frutos hay que trabajar duramente.
  1. FRUTO ES LO QUE SOY, NO LO QUE HAGO: Hemos olvidado algo muy importante en nuestra vida cristiana: El fruto no es lo que nosotros hacemos. Fruto es lo que nosotros somos. Los dones, por sí mismos, no son pruebas de una fortaleza espiritual. En el sistema de valores de Dios el “ser” tiene más alto valor que el “hacer”. ¿Por qué? Simplemente porque ¡Es más fácil liderar un grupo que ser un modelo del fruto del Espíritu! ¡Es más fácil que su nombre sea inscrito en una placa por dar su ayuda financiera a la iglesia, a que le conozcan a usted en la congregación cómo un modelo de amor o de mansedumbre!
  1. EL FRUTO NO NECESARIAMENTE SIGNIFICA GANAR ALMAS: Siempre se ha pensado que cuando se menciona en las Escrituras acerca del fruto se refiere a ganar almas. No estoy diciendo que es una mala interpretación. Creo que legítimamente esto se puede ver en las Escrituras (Proverbios 11:30). Pero también debemos recordar que alguien puedo ser eficaz en hacer prosélitos y no estar dando el fruto que Dios espera de una vida transformada (Mateo 23:15). Es más bíblico decir que el fruto de un creyente se refiere a las características de nuestra naturaleza interna, causada por una actitud de obediencia, regeneración y entrega sincera al Señor.

DEBEMOS PERMANECER EN EL SEÑOR PARA LLEVAR FRUTO.

Para llevar fruto que permanezca debemos permanecer en el Señor. Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15: 4-5,10)

Pero no todo en este proceso de llevar fruto resulta agradable y placentero, ya que es un proceso formativo de nuestro carácter cristiano con miras a alcanzar la madurez del creyente. No debemos olvidar que llevar fruto lleva implícito un proceso de poda. Nuestras “hojas” frecuentemente serán cortadas a fin de que podamos llevar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES MÁS PODEROSO QUE LOS DONES DEL ESPÍRITU.

Pero ¿Por qué Dios le da tanta importancia al fruto del Espíritu? Porque el fruto del Espíritu es más poderoso que los dones del Espíritu. Tampoco quiero ser malinterpretado. No hay manera que pueda desvalorar la importancia de los dones. Pero recordemos esto: Los dones del Espíritu son solamente las herramientas que se le han dado a la iglesia para trabajar en el campo y producir frutos.

Preguntémonos ¿Para quién son los frutos? La respuesta más común es, para el Señor. Lo cual es verdad, pero solo indirectamente. El fruto en nuestra vida produce, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, (Gálatas 5:22), y esto es para los cansados viajeros. Es aquí cuando el fruto del Espíritu viene a ser uno de los instrumentos más dinámicos creados por Dios para alcanzar a los perdidos a través de nuestro ejemplo. El mundo está cansado del pecado. Las personas están profundamente metidas en sus seducciones, en no querer saber de Dios, en sus filosofías, en sus derrotas, están separados de Dios. Ellos saben muy bien cuáles son los canales de televisión cristianos, ellos conocen las estaciones de radio cristianas. Ellos son expertos en sobrepasarlas cuando buscan otras estaciones o canales. Ellos son los que piensan que las iglesias están llenas de hipócritas, y que no hay nadie que los pueda convencer de hacerse cristianos.

Mas sin embargo ellos están sedientos y con hambre. Ciertamente, ellos quizá hayan oído tanto acerca del evangelio que hasta lo pueden oler de lejos para evitarlo. Pues lo que andan buscando no es una religión más. Pero un carácter personal transformado puede ser definido como fruto y puede desarmar las dudas. El fruto cuando está presente puede atraer y alimentar al cansado viajero. El pecado enferma las almas del mundo, debilitándolas por medio del pecado, pero pueden ser bendecidas por el fruto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 35).

Esta es la manera como trabaja el fruto del Espíritu: Cuando usted se encuentre uno de esos cansados viajeros y él le diga “Las iglesias me enferman, no quiero saber nada de religión”, usted le mostrará sus frutos y ellos desearán probar de él. Cuando ellos vean su humildad, su bondad, su amor, su fe, su gozo, le van a preguntar, “¿Dónde puedo obtener lo mismo?”. Es muy posible que muchos de ellos nunca hayan conocido lo suficiente del evangelio para llegar a saber de sus pecados y la necesidad de un Salvador. El Cristo y el evangelio que usted y yo reflejemos quizá sea el único que lleguen a conocer. Sin el fruto adecuado, jamás podremos presentar a Cristo de forma eficaz, incluso poseyendo los dones.

La belleza del fruto, valorada grandemente por el Señor, atraerá las almas a un lugar de arrepentimiento y asociación con Jesús. Debería preocuparnos que en nuestras iglesias pentecostales no se valore tanto el fruto como los dones del Espíritu. Es algo que no se enseña en muchas de nuestras iglesias, pero en el Nuevo Testamento el llevar frutos fue la herramienta más grande que tuvieron para evangelizar.

CONCLUSIÓN.

La prueba de la transformación de un alma es el fruto (1 Juan 3:14). Mostrar frutos cambia nuestras vidas y las de los demás (Juan 13:15; 1 Tesalonicenses 1:7,8). Claramente los frutos de los tesalonicenses (gozo, la fe) fueron ejemplos no solo en Macedonia sino también en todo lugar que se mencionó su testimonio.

El fruto que damos dice todo de nosotros: ” No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto” (Lucas 6:43). Las cualidades que le agradan a Dios en una vida madura son las mismas cualidades que los ojos de un pecador ven en nosotros: ” En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Solo recuerda: La madurez en Cristo no es descuidar los dones para alcanzar los frutos o viceversa, sino balancear los dos de tal manera que podamos complacer al Padre y sanar las naciones.

Vida Espiritual

Viviendo una vida llena del Espíritu.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

La cultura occidental tiene una cosmovisión limitada, y percibe la realidad en dos ámbitos: (1) el mundo natural que opera conforme a leyes científicas comprobables, y (2) Dios que se limita a lo sobrenatural; es decir, lo interior y espiritual. Esta perspectiva es el fundamento de las filosofías humanísticas seculares. Este doble concepto no representa la manera en que gran parte del mundo ve la realidad, y por cierto no es el punto de vista bíblico del mundo de Dios. Dios nos ha dado su Espíritu Santo con el propósito de derribar las falsas barreras entre lo natural y lo sobrenatural.

La vida de Esteban nos permite ilustrar este punto a la perfección. Esteban es descrito en el libro de los Hechos como un varón llamado y ungido a servir a las mesas a favor de las viudas necesitadas, lleno del poder y la gracia de Dios, que hacía señales y milagros entre el pueblo (Hechos 6:8). ¡Un momento! ¿Servir a las mesas? ¿Qué tiene esto de espiritual o sobrenatural? ¿Por qué necesita ser lleno del Espíritu Santo para servir a las mesas y atender viudas? ¿En qué momento Esteban cambió de lo “natural” a lo “sobrenatural”? Simplemente no había una barrera en la vida de Esteban entre lo natural y lo sobrenatural. Cuando la iglesia escogió diáconos para que distribuyeran el alimento diario a las viudas, los creyentes buscaron hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría:

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (Hechos 6:13).

“Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo” (Hechos 6:5).

Cuando el Sanedrín estaba por apedrearlo, él, nuevamente lleno del Espíritu Santo, tuvo una visión de Jesús y perdonó a sus verdugos. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hechos 7:55).

La vida y ministerio de Esteban nos enseñan una gran verdad: Para servir a Dios, aún en el área más simple (aquella que nos parece demasiado terrenal), se necesita una vida rendida al Espíritu Santo, un corazón transformado. Desde el pastor, misionero o evangelista más grande hasta el hermano que hace la limpieza en el templo, todos necesitamos ser llenos del Espíritu Santo para la realización eficaz de nuestra tarea. Si algo ha de ser ofrecido a Dios, debe serlo en sus términos, a su manera, y bajo su unción, aun cuando nos parezca algo “terrenal”, pues la barrera entre lo natural y lo sobrenatural es solo aparente. ¡Simplemente no existe! No podemos desconectar nuestra vida en la tierra de la vida en el Espíritu que Dios desea que vivamos. Esa ha sido la causa de que el humanismo tenga tanto éxito en nuestra sociedad, pues la iglesia misma vive desconectada del mundo espiritual, relegando la espiritualidad únicamente a los templos y a los domingos.

Vivir en el Espíritu tampoco es hablar en lenguas ocasionalmente o manifestar algún don sobrenatural sin presencia de fruto espiritual en el creyente. Es por sus frutos, no por sus dones, que se conoce al verdadero creyente (Mateo 7:22-23). De vez en cuando, algunos se centran en el derramamiento del Espíritu Santo para enfatizar la bendición y la experiencia emocional que tienen su origen en ese derramamiento. Aunque esta realidad puede ser un resultado muy legítimo, tenemos que investigar lo que la Biblia explícita e implícitamente señala como el propósito de que seamos llenos con el Espíritu Santo. A fin de hacer una duradera y poderosa contribución por la causa del evangelio, nuestro corazón y nuestra vida tienen que ser formados por los propósitos de Dios, y no por metas humanas.

Si queremos experimentar el poder que sabemos que es parte de la obra del Espíritu Santo de Dios en nuestra vida, debemos primero entender su propósito. Al final de cuentas, manifestar dones espirituales extraordinarios como sanidades, milagros, profecía y lenguas no es el fin en sí de la llenura del Espíritu Santo. Dios desea que vivamos una vida en el Espíritu. Por ello, debemos recordar que toda investidura espiritual o don sobrenatural ha sido dado para:

  1. SEÑALAR A JESÚS: Jesús dio a sus seguidores la comisión de hacer discípulos a todas las naciones (yendo por todo el mundo, bautizándolos y enseñándoles; Mateo 28:19,20). En el primer Pentecostés después de la resurrección de Jesús, Dios inició en su iglesia el proceso de equipamiento. Varias semanas después de haber sido llenos con el Espíritu Santo, Pedro y Juan fueron encarcelados por su persistente y poderoso testimonio. Después de que los soltaran, regresaron a sus hermanos creyentes y tuvieron un poderoso culto de oración. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31). Lo que explícitamente se afirmó como el resultado previsto de recibir el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:8) se enseña implícitamente en el relato descrito arriba (3:11-4:31). Sacamos la conclusión de que uno de los principales propósitos de la llenura del Espíritu Santo es para señalar a Jesús. Recibimos poder y fortaleza para hacer una osada, clara, y fiel proclamación de la persona y la misión de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Juan escribe: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). El Espíritu glorificará a Jesús. El Espíritu Santo no vino para atraer la atención en sí mismo, ni para atraer la atención en nosotros, sino para atraer la atención en Jesús. El Espíritu Santo nos hace conscientes de “Jesús”, y no conscientes del “Espíritu Santo”.

 

  1. PODER PARA SERVIR A DIOS: Otro gran propósito de ser lleno con el Espíritu Santo es de recibir poder para servir a Dios. Hay tres esferas en las que se manifiesta el poder: (1) poder para vivir en santidad; (2) poder para servir a Dios y su obra; y (3) poder para cumplir una misión o enfrentar un problema o crisis.

 

  • PODER PARA VIVIR EN SANTIDAD: Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El apóstol Pablo escribió: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Se nos exhorta a vivir de manera digna del llamado que hemos recibido (Efesios 4:1). Pero en nuestra propia fuerza no podemos vivir en santidad, alumbrar la luz, y dar toda la gloria a Él. Si tratamos de hacerlo en nuestra propia fuerza, fracasamos. Nuevamente, el apóstol Pablo presenta este problema en su Epístola a los Romanos: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:15-19). Pero Pablo también presenta la solución: por el poder de Dios, que nos ha sido dado por su Espíritu, podemos vivir en santidad, a lo cual hemos sido llamados: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8_9-14).

 

  • PODER PARA SERVIR A DIOS Y HACER SU OBRA: El siguiente aspecto en que necesitamos poder es en el ámbito de servicio. La predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40) fue un acto de servicio al Señor y de edificar a la iglesia (2:41), para lo cual fue necesaria la llenura del Espíritu Santo. Además, los diáconos de la iglesia primitiva fueron llenos del Espíritu a fin de cumplir el llamado de Dios para ellos de servir en la distribución de alimento. La palabra “diácono” literalmente significa “siervo”. El Espíritu nos llena para que podamos servir en satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Lo distintivo es el propósito: vivir por Dios.

 

  • PODER PARA CUMPLIR UN DEBER INMEDIATO: El tercer aspecto de vivir por Dios es lo que se podría llamar poder para cumplir un deber inmediato (lo cual puede incluir un problema o crisis). El diácono Esteban nuevamente fue lleno con el Espíritu Santo justamente antes de ser apedreado debido a su proclamación. Esteban recibió poder para ver en una visión a Jesús y perdonar a sus verdugos. Cuando Pedro se enfrentó a la difícil situación del juicio ante el Sanedrín, nuevamente recibió poder, que lo equipó para esa necesidad inmediata (Hechos 4:8). Cuando Pablo tuvo que enfrentarse al poder de Satanás, presente en el mago llamado Elimas, Pablo recibió su llenura y afrontó la crisis con la presencia del Señor (Hechos 13:9). Pablo cumplió con poder su deber inmediato, y Elimas quedó ciego.

 

Cada una de estas situaciones de crisis fue seguida de un milagro. Generalmente, en esta clase de circunstancia (deber inmediato, problema, o crisis), suceden señales y maravillas. Dios se dedica a la “intervención en las crisis”. ¡Los dones no son para satisfacer nuestros deseos egoístas, sino para satisfacer nuestras necesidades! Dios quiere que su iglesia sea “edificada”, no en sentido de ser favorecida, por supuesto, sino en sentido de ser fortificada.

 

Fíjese lo que Pablo dice en Efesios: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15,16). En esos días malos necesitamos que Dios nos llene con el poder del Espíritu Santo para que (a) llevemos una vida santa contra la maldad que nos rodea; (b) sirvamos en lo práctico y lo espiritual; y (c) atendamos las crisis que se presentan.

 

Dios quiere que seamos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Romanos 8:37). “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Necesitamos comprender la voluntad de Dios y obrar conforme a lo que comprendemos: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (5:18).

 

Pablo presenta un fuerte contraste. Algunos interpretan este pasaje como si los carismáticos y pentecostales fuéramos borrachos espirituales. Pablo no dice que ser lleno es como embriagarse. Él no compara sino contrasta esas dos acciones. La embriaguez conduce a la pérdida de dominio propio. Aquí la disolución es excesiva sensualidad, una condición en que las personas no pueden controlarse o “salvarse” a sí mismas. Es una condición en que uno va de mal en peor. La condición contrastante es la plenitud del Espíritu, que no implica pérdida de dominio propio. En realidad, parte del fruto del Espíritu es dominio propio (Gálatas 5:23). El exceso de alcohol produce un comportamiento desenfrenado. La plenitud del Espíritu conduce a una conducta restringida y de dominio propio.

 

El resultado de estar bajo la influencia del alcohol es que nos hace como bestias; pero el Espíritu nos hace más como Cristo. Por tanto, ¡Seamos llenos! El verbo griego en este pasaje es plerousthe. Es un verbo en tiempo presente, voz pasiva, modo imperativo, segunda persona plural. Significa llenar, completar o llevar a cumplimiento. En este contexto se usa como metáfora de derramar. Sin embargo, más que la metáfora está el propósito. El tiempo presente enfatiza el ahora y continuamente implica una y otra vez. Nótese: somos salvos una vez. Lo que llamamos bautismo del Espíritu Santo es la experiencia inicial de ser lleno con el Espíritu (Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek, Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987, 11,12). Pero podemos ser llenos con el Espíritu Santo una y otra vez. Algunos se refieren al bautismo como la puerta de entrada, y las subsecuentes llenuras como la senda a seguir una vez que se pase por la puerta. Pedro fue lleno del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2:4) y nuevamente cuando habló ante el Sanedrín (4:8). Y “todos”, incluido Pedro, fueron “llenos del Espíritu Santo” después de orar (4:31). Ananías puso las manos en Pablo para que recobrara la vista y sea lleno del Espíritu Santo (Hechos 9:17). Entonces Pablo, “lleno del Espíritu Santo”, dijo a Elimas: “Hijo del diablo…” (Hechos 13:9-10). Los discípulos (incluido Pablo) sacudieron el polvo de sus pies y fueron “llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52). Esteban fue lleno antes de servir a las mesas, luego nuevamente antes de su visión y su muerte. El significado de la voz pasiva es que Dios es quien origina la acción de llenar. Él es quien obra en nosotros, y por eso espera que seamos receptores dispuestos y rendidos. El modo imperativo implica un mandato de Dios. En nuestro lenguaje hablado expresamos la orden imperativa por el vigor y el volumen de nuestra voz. Cuando escribimos un mandato en español, generalmente usamos un signo de exclamación. En el griego del Nuevo Testamento, sin embargo, una orden se escribe con las inflexiones del modo verbal que la distingue claramente de una orden declarativa o una posible sugerencia. No es una sugerencia que ha de discutirse. Como es una voz pasiva en imperativo, se debe traducir “permitir a ser lleno”. Para cumplir este mandato, tenemos que quitar cualquier barrera que impida la debida relación con Dios. La segunda persona en plural significa “todos ustedes”. Por tanto, una preferida traducción del pasaje es: “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!”.

RESULTADOS DE UNA VIDA ESPIRITUAL PLENA:

En Efesios 5:15-21, Pablo vincula esta plenitud con cuatro resultados: (1) hablar, (2) cantar, (3) alabar, y (4) someter. El primer énfasis está en hablar. Debemos hablarnos unos a otros; dar testimonio. En el primer siglo, cuando a personas que no estaban acostumbradas a hablar en público se les pedía que testificaran, a menudo recitaban una canción o un salmo, una composición ya familiar y conocida a la comunidad (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.16). Por eso, los testimonios podían expresar toda clase de sentimientos por medio de oraciones, cánticos, y recitaciones. En comunión de los hermanos se expresaban gritos de angustia, regocijo, y oraciones. Este hablar lleno del Espíritu no era sólo “conversación”, sino comunión dirigida por el Espíritu. Esta comunión se conducía por medio de tres clases de expresiones verbales: salmos, himnos, y cánticos espirituales.

Los salmos podían incluir alabanza, aliento, consuelo, agradecimiento, o historias de los patriarcas y profetas (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.239). El uso de los Salmos por la antigua Israel y la iglesia primitiva ha revelado por lo menos tres importante y amplias categorías que debemos usar hoy. Sirven como una guía en la adoración; nos ayudan a relacionarnos sinceramente con Dios; y ofrecen patrones de reflexión y meditación en las cosas que Dios ha hecho por nosotros (Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth, Grand Rapids: Zondervan, 184).

Los himnos son exposiciones o exégesis con melodías. Los himnos podían servir para instrucción, confesión, enseñanza, o exhortación. Varios pasajes del Nuevo Testamento se pueden considerar como himnos. Por ejemplo, Efesios 2:19-22 y 5:14, y Tito 3:4-7. Fíjese especialmente en los himnos que nos instruyen acerca de la persona de Cristo, como Juan 1:1-18; Filipenses 2:6-11; Colosenses 1:15-20; 1 Timoteo. 3:16; y Hebreos 1:1.6 (Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982). Los cantos espirituales incluyen todo lo arriba mencionado. Colosenses 3:16 confirma que nosotros debemos usar los mismos tres (salmos, himnos, y cantos espirituales) como medios de enseñanza y exhortación unos a otros.

El segundo resultado de la plenitud del Espíritu es cantar en nuestro corazón al Señor (Efesios 5:19). Esto no se trata de adoración interior, privada. Algunos lo ven como un texto que prueba que Dios sólo acepta silenciosa y meditativa adoración. Este versículo no dice que el corazón es el lugar de adoración. Lo que enfatiza es la manera de adorar; es decir, “en el corazón” (por medio del corazón), y elevada (hacia el trono de la gracia). Hay tiempo de postración quieta y también tiempo de declaración exuberante. El Espíritu nos guiará a ambos, conforme a su plan y en su tiempo.

El tercer resultado de la plenitud del Espíritu es “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre” (Efesios 5:20). No se trata de agradecimiento selectivo. Hay que evitar el pecado de las quejas típicas de los israelitas. “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo” lleva el impacto de sumisión a la voluntad, la autoridad, el poder, y la naturaleza de Jesucristo. Es un agradecimiento que resulta en sumisión a la voluntad del Señor, dirigida por el Espíritu.

El cuarto resultado es “[someternos] unos a otros en el temor de Dios” (5:21). Esto significa que nos colocamos bajo (o después) de otro en reverencia porque deseamos conformarnos a la voluntad soberana. A este pasaje a veces se lo trata como una unidad de enseñanza aparte. Sin embargo, la sumisión es una de las características de la plenitud. Las siguientes instrucciones a las esposas, a los maridos, a los hijos, a los esclavos, y a los amos son ejemplos de la reverente sumisión que se nos ordena. Esta es una frase dependiente que ilustra el pensamiento previo: “someteos unos a otros en el temor de Dios”, que a su vez es una frase de participio, subordinada al principal imperativo: “sean continuamente llenos con el Espíritu”. El punto de enfoque de Pablo no está en que la esposa se someta al marido. En otras palabras, la sumisión por parte de la esposa es sólo una expresión de la mutua sumisión, que es un resultado de ser lleno con el Espíritu Santo.

Por medio de estos admirables efectos el Espíritu Santo se nos pone en la debida relación con Dios mediante la adoración y la alabanza (“cantando” y “alabando”); y en la debida relación unos con otros mediante la comunión y la mutua sumisión (“hablar” y “someter”).

¿CÓMO PODEMOS SER LLENOS?

No hay trucos. Para ser lleno con el Espíritu debemos comprender lo que Dios quiere, someternos a su señorío, y andar por fe. Es necesario comprender que esto es la voluntad de Dios (Efesios 5:17). Es un mandato de Dios (5:18). Trate sincera y completamente con el pecado en su vida. No contriste al Espíritu Santo, sino permita que las Escrituras lo redarguyan (Efesios 4:30, 2 Timoteo 3:16).

En segundo lugar, tenga presente quién es Señor. Dele a Él el señorío en su vida. Ya no viva para sí mismo (Lucas 9:23; 2 Corintios 5:15). Sométase a Dios y a su voluntad mediante confesión y arrepentimiento (1 Juan 1:9). Sométase a Dios como sacrificio vivo (Romanos 6:13; 12:1,2). Ríndase, y sea celoso de buenas obras (Tito 2:14).

En tercer término, ande por fe. Apóyese en los hechos, no en sus sentimientos. Sólo obedezca la Palabra de Dios. Viva por el Espíritu y ande por el Espíritu (Gálatas 5:25). Acepte las promesas por la fe. No sea como un niño que constantemente rebusca en la tierra para ver si ha germinado la semilla que sembró. Déjale crecer y siga en su andar con Dios. La iglesia en Corinto es una solemne advertencia a nosotros. Ellos fueron bautizados con el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13) y fueron enriquecidos con dones carismáticos (1 Corintios 1:4-7). Sin embargo, Pablo los reprochó como poco espirituales, no llenos del Espíritu. La evidencia continua no son los dones (ellos tenían muchos), sino el fruto que va madurando (tenían poco).

Los dones carismáticos de la gracia de Dios no son joyas para portar alrededor del cuello, ni perfume para adornar el cuerpo con aire de espiritualidad. En cambio, son herramientas para la edificación de la Iglesia. Una que otra vez he trabajado como carpintero. Tengo herramientas que he escogido cuidadosamente a través de los años para cumplir diferentes tareas. Muchas veces uno tiene que ir al lugar de “construcción” para averiguar qué herramientas se requerirán para cierto trabajo. Quizás usted no descubra sus dones espirituales hasta que esté en medio de una labor de construcción y tenga que clamar a Dios para que le alcance el martillo espiritual, el papel de lija, o la goma de carpintero. De la misma manera, como la llenura del Espíritu también es con determinación, dejemos que Dios nos guíe primero en esos propósitos para que experimentemos el poder.

Al viajar a Centroamérica para enseñar a los mayas, tuve una guerra espiritual de una manera no acostumbrada. Comprendí, me sometí, luego anduve. Señales y maravillas acompañaron a la proclamación de la Palabra con el poder del Espíritu. La plenitud del Espíritu nos da poder para vencer la tentación (como Jesús), poder para proclamar osadamente a Jesucristo (como Pedro), poder para servir (como un buen diácono), poder para perdonar a los enemigos (como Esteban), poder para confrontar a las fuerzas de las tinieblas (como Pablo), y poder para alentar y enseñar (como Bernabé). “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!” La vida llena del Espíritu se caracteriza por la debida relación con Dios en adoración y alabanza, y por la debida relación con otros por medio de comunión y servicio dirigido por el Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek (Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987) 11,12.
  • Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, (Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983), p.16.
  • Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth (Grand Rapids: Zondervan), 184.
  • Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, (Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982).
Hablar en Lenguas

El Apóstol Pablo y el hablar en lenguas.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¿Qué creía Pablo acerca del hablar en lenguas? El tratamiento principal de Pablo respecto del hablar en lenguas se halla en 1 Corintios 12-14. Esto incluye 12:10, 12:28, 12:30; 13:1, 13:8 y muchas referencias en 14:1-40. Varios pasajes relacionados pudieran referirse al hablar en lenguas o cantar en lenguas, aun cuando no se emplee siempre el término. Estos pasajes incluyen Romanos 8:26,27; Colosenses 3:16; y Efesios 5:19; 6:18. Cuando Pablo escribe, considera tanto el uso privado como público de las lenguas.

EL CASO DE CORINTO.

Aparentemente, la asamblea local estaba usando el don de lenguas en manera impropia, de modo que Pablo escribe 1 Corintios 12-14 en forma correctiva. En el proceso, él va más allá de lo correctivo y dice muchas cosas buenas respecto de las lenguas, como también de la interpretación de lenguas y la profecía. Él les asigna un alto valor a las lenguas, pero también da pautas para la manera de ejercer el don.

En las cartas paulinas la esencia de las lenguas no es diferente que en Hechos. Con respecto a los propósitos y usos, el énfasis de Pablo está en la edificación del cuerpo local de la iglesia. Para que el cuerpo de la iglesia reciba edificación, sus comunicaciones debieran ser inteligibles. En su instrucción respecto del uso de las lenguas en las reuniones públicas, Pablo pone énfasis en el hablar que edifica. Pablo enseña que el hablar en lenguas edifica únicamente a los que hablan, mientras que las lenguas con interpretación edifican a todo el cuerpo de Cristo. Las lenguas preparan el corazón de los creyentes para la interpretación.

1 CORINTIOS 12-13

Muchos eruditos sostienen que el hablar en lenguas en Corinto fue una experiencia de éxtasis. Algunos advierten en contra de la pérdida del control mientras se habla en lenguas. Aunque 1 Corintios 12:1-3 no menciona éxtasis ni hablar en lenguas, los eruditos pueden referirse a este pasaje. Sin embargo, debemos tomar en cuenta algunas cosas.

Es posible estar en condición extática, en cierto sentido, sin pérdida del control, aun cuando Pablo no hace uso de tales términos.  Él dice: “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32).

En 1 Corintios 12:10 pablo identifica “diversos géneros de lenguas” (gene glosson) como uno de los dones del Espíritu. En 1 Corintios 12:28 él vuelve a mencionar este don. Él repite que Dios ha colocado en la iglesia “los que tienen don de lenguas” (gene glosson). Esta frase sugiere dos preguntas clave. Una, muchas personas discuten si las lenguas son idiomas humanos actuales o si son expresiones en lenguajes no humanos. De cualquier modo, todos están de acuerdo en que lo que se habla no es aprendido o entendido por la persona que habla. Aún más, en los escritos de Pablo no hay registro de alguien que estuviese presente y que entendiera una declaración en lenguas. Con respecto a este asunto y al comentario de Pablo en 1 Corintios 12-14, el erudito pentecostal Gordon D. Fee escribe: “Sin embargo, en el análisis final esta cuestión parece sin importancia. Todo el argumento de Pablo es predicado respecto de la ininteligibilidad tanto del que habla como del oyente; él ciertamente no considera que alguien hubiera estado presente y que pudiera entenderlo, porque era también un lenguaje humano” (Gordon D. Fee, God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. Peabody: Hendrickson Publishers, 1994, 173). Cuando una persona habla en lenguas podría estar hablando un idioma no entendido por el que habla, ni por alguien de los presentes. Algunos han testificado de oír a alguien hablar un idioma desconocido para el que habla, pero conocido de los oyentes. Una persona puede hablar con expresiones ininteligibles que no son lenguajes humanos. Algunos objetores declaran que esto es jerigonza. Sin embargo, se trata de un lenguaje de propósito especial, el cual Dios entiende.

Pablo no define con precisión la frase “géneros de lenguas”. Es similar a la frase “otras lenguas” en el día de Pentecostés (Hechos 2:4). En cuanto a lo que concierne a los escritos de Pablo, la frase puede referirse a idiomas humanos, lenguajes con propósitos especiales, o lenguajes de hombres y de ángeles (1 Corintios 13:1). Además, varias clases de lenguas puede referirse a oración y cantos, en privado y en público, y lenguas junto con interpretación de lenguas.

Pablo hace una pregunta retórica en 1 Corintios 12:30: “¿hablan todos lenguas?” Algunos eruditos señalan esto como evidencia de que no todos hablan lenguas cuando reciben el bautismo en el Espíritu Santo. Sin embargo, esto contradice el contexto de las declaraciones de Pablo. Él se está refiriendo al ejercicio de las lenguas como un don espiritual en el ministerio de la iglesia. No podemos igualar esto con el hablar en lenguas del día de Pentecostés, lo que no fue el ejercicio de este don espiritual en la iglesia. Las funciones son diferentes.

Pablo declara en 1 Corintios 13:1: “Si yo hablase lenguas [glossais lalo] humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Algunos eruditos sostienen que “lenguas humanas o angélicas” se refiere a un lenguaje elocuente o extático. Sin embargo, otros dicen que tanto los lenguajes de los hombres como los de los ángeles son expresiones inspiradas por el Espíritu que el que habla no las entiende. Una variación de este punto de vista es que el que habla entiende las lenguas humanas inspiradas por el Espíritu, pero que no entiende las lenguas de los ángeles.

James D.G. Dunn, en su libro Jesus and the Spirit, (Jesús y el Espíritu) dice: “Puesto que él [Pablo] está pensando supuestamente en 13:1-3 de diferentes tipos de carismata, tales como ‘lenguas de hombres’ querrá decir no simplemente ‘lenguaje humano corriente’, sino diferentes clases de lenguajes vernáculos . . . en tanto que ‘lenguas de ángeles’ sería la descripción de Pablo y/o de los Corintios de la glosolalia(James D.G. Dunn, Jesus and the Spirit, London: SCM Press Limited, 1975), 244).

Suponiendo que Pablo se está refiriendo a la carismata, las lenguas de hombres podrían incluir la profecía, que es entendida por el que habla, y las lenguas humanas no entendidas por el que habla. Respecto de las lenguas de ángeles, muchos sostienen que Pablo estaba hablando hiperbólicamente y que nadie puede realmente hablar el idioma de los ángeles. Otros van más lejos y ponen en duda que haya lenguaje de ángeles. Sabemos que los ángeles se comunican. La Biblia enseña que las lenguas de los ángeles son una realidad, y que el Espíritu podría inspirar a alguien para hablar en tales lenguas.

Muchos eruditos, en base a 1 Corintios 13:8-10, sostienen que el hablar en lenguas ha cesado. Por consiguiente, ellos creen que el hablar en lenguas en la actualidad no es válido, o genuino. En este pasaje, Pablo hace estos comentarios: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará”.

Los que creen que el hablar en lenguas ha cesado, con frecuencia citan el versículo 10 como apoyo. Ellos creen que “lo perfecto” se refiere a la Palabra de Dios; ahora que tenemos la Palabra, dicen, no necesitamos el don de lenguas. Aquellos que sostenemos que los dones espirituales están en operación en la actualidad, creemos que “lo perfecto” se refiere al retorno de Cristo.

1 CORINTIOS 14:1-40

En 1 Corintios 14:1-40, Pablo da instrucciones para hablar en lenguas en la iglesia. Mientras discute esto, él menciona las lenguas en la oración privada. También aclara la estrecha relación que hay entre el hablar en lenguas y la profecía. Los primeros cinco versículos tratan de las lenguas y de la profecía, como también de la interpretación de lenguas.

“Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis. Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios. Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia. Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación” (1 Corintios 14:1-5).

Dirigimos las lenguas a Dios, porque solamente Él las entiende. Pablo dice que el que habla expresa misterios (musteria). La palabra espíritu del versículo 2 podría referirse al espíritu del que habla, a hablar mediante el Espíritu de Dios, o al espíritu del que habla siendo inspirado por el Espíritu de Dios. La última opción es la favorita, pues el Espíritu inspira al humano que habla para que hable en lenguas.

A veces Pablo usa la palabra “misterios” para referirse a verdades que han estado previamente ocultas y que ahora han sido reveladas. Sin embargo, según dice el teólogo C.K. Barrett, “Aquí el significado es sencillamente ‘secretos’; el que habla y Dios están compartiendo verdades ocultas que a otros no les es permitido compartir” (C.K. Barrett,A Commentary on the First Epistle to the Corinthians, second edition, London: Adam and Charles Black, 1971), 315–16). Según como lo ve Barrett, el que habla puede entender lo que es su intención (1 Corintios 14:28), pero no el significado de las palabras o declaraciones. El contenido podría ser oración, alabanza, confesiones, las poderosas obras de Dios, una carga personal, o alguna otra cosa.

Respecto de la profecía, debiéramos considerar a quien está dirigida, la relación entre revelación y profecía, y el contenido de la profecía. Cuando alguien profetiza, se dirige a la gente de la congregación. Ellos hablan en un idioma que todos pueden entender. La profecía, de igual modo que las lenguas, es inspirada por Dios (1 Corintios 12:10). La profecía y la revelación están muy estrechamente relacionadas, pero no son totalmente sinónimos. La revelación provee usualmente la base para el mensaje que se entrega. Una profecía puede ser una declaración de información que se haya revelado con anterioridad o en el momento. El que habla dando una revelación puede conocer que el mensaje es relevante y aplicable a la audiencia. Según 1 Corintios 14:3, el contenido de la profecía edifica, exhorta y consuela.

El versículo 4 compara las lenguas y la profecía respecto a edificación. Aun cuando el idioma expresado es desconocido del que habla, la persona misma es edificada. Esto sugiere que el que habla puede entender, en algún grado, la intención de los misterios expresados. El que habla también se beneficia por expresar sentimientos personales a Dios. Por consiguiente, las lenguas sin interpretación son para edificación privada. La profecía, sin embargo, es para la edificación de la iglesia. En 1 Corintios 12:10 la “interpretación de lenguas” está en la lista como uno de los dones espirituales. En el versículo 5, Pablo expresa su deseo de que haya expresiones espirituales entre los creyentes. El deseo de Pablo de que todos hablen en lenguas sin duda se refiere a la oración privada, pero también puede referirse a lenguas sin interpretación.

Debemos tener presente que la interpretación puede no ser una traducción exacta de lo que se ha expresado en lenguas. La palabra griega para “intérpretes” es diermeneuei y puede significar también “explicar”, “interpretar”, o “traducir” (Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, fourth revised and augmented edition, translated by William F. Arndt and F. Wilbur Gingrich, Chicago: University of Chicago Press, 1952), 194).  Esto abre muchas posibilidades para la interpretación. Cuando no hay una interpretación, el que profetiza es mayor que el que habla en lenguas. El intérprete de lenguas se dirige a la congregación. Del mismo modo como la profecía edifica a la iglesia, la comprensión del mensaje en lenguas produce edificación. En este caso, cuando alguien interpreta una expresión en lenguas, el valor para la iglesia es igual al de aquel que profetiza.

Aun con interpretación, el que habla dirige las lenguas a Dios. Cuando se expresan las lenguas, solamente Dios entiende el significado. Sin embargo, el mensaje puede estar dirigido a Dios, a la gente, o a ambos. La intención y la dirección serán claros cuando se dé la interpretación. El contenido puede ser alabanza, oración, iluminación de la verdad evangélica, o cualquier otra cosa que el Espíritu mueva a alguien a decir.

En 1 Corintios 14:6-12, Pablo compara las lenguas con el llamado de una trompeta. Él amplía sus anteriores declaraciones con estos comentarios: “Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina? Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire. Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia”. Pablo plantea una pregunta que incluye la frase “¿qué os aprovechará, si no os hablare . . .?” Desde este punto en adelante, hay tres maneras posibles de interpretar el significado de las palabras de Pablo.

Podríamos decir que cuando alguien habla por medio de revelación, conocimiento, profecía y enseñanza, hace que el hablar en lenguas sin interpretación sea aceptable. En otras palabras, el que habla ejerce estos dones adicionalmente al hablar en lenguas. Sin embargo, esto no parece ser así. Pablo ya dijo que el hablar en lenguas sin interpretación no edifica a la iglesia. El añadir mensajes por vía de otros dones independientes no cambiaría la situación.

Otra manera de verlo es decir que Pablo expresa “a menos que” en el sentido de “en vez de”. En otras palabras, él hablará por medio de revelación, conocimiento, profecía, o de enseñanza, en lugar de hablar en lenguas. Los otros dones toman el lugar de hablar en lenguas sin interpretación. Esta interpretación es posible, pero el pasaje parece decir que el que habla también se expresa en lenguas, como asimismo ejerce los otros dones.

Finalmente, tal vez Pablo usa “a menos que” en el sentido de ofrecer interpretación por medio de otros dones. Visto de este modo, el versículo siguiente amplifica el mensaje, cuando Pablo dice que el que profetiza es mayor que el que habla lenguas, a menos que el mensaje en lenguas incluya una interpretación para edificación. En otras palabras, la interpretación podría contener revelación, conocimiento, profecía, o enseñanza. Esto armoniza con el consejo de Pablo en el versículo 13: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla”. En este contexto, esta manera de verlo parece ser la más lógica.

CONCLUSIÓN

En sus escritos, Pablo hace frecuentes alusiones a la naturaleza, propósitos y usos del hablar en lenguas. Cuando una persona habla en lenguas, dicha persona no entiende los sonidos que está expresando. En lo concerniente a los propósitos y usos, Pablo incluye la oración privada y el uso público de las lenguas, en tanto las lenguas sean interpretadas. Su preocupación respecto del uso público es que el mensaje edifica a la iglesia. Cuando hay interpretación, el hablar en lenguas edifica al cuerpo de Cristo.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Gordon D. Fee, God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. (Peabody: Hendrickson Publishers, 1994), 173.
  • James D.G. Dunn, Jesus and the Spirit (London: SCM Press Limited, 1975), 244.
  • K. Barrett, A Commentary on the First Epistle to the Corinthians, second edition (London: Adam and Charles Black, 1971), 315–16.
  • Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, fourth revised and augmented edition, translated by William F. Arndt and F. Wilbur Gingrich (Chicago: University of Chicago Press, 1952), 194.

 

 

Hablar en Lenguas

Hablar en Lenguas, su naturaleza y propósito.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Hoy en día son muchos los creyentes pentecostales que se hacen preguntas con respecto a los propósitos y los usos del hablar en lenguas. Los creyentes pentecostales del siglo XXI nos enfrentamos al problema de integrar las lenguas en nuestra vida individual y en la adoración comunitaria en la iglesia. Y es que el Movimiento Pentecostal ha cambiado mucho desde sus inicios a principios del siglo XX. Hoy surgen muchas dudas de tipo práctico con respecto a los usos de las lenguas en conexión con el bautismo en el Espíritu Santo, en la comunicación dentro de los cultos de la iglesia, en los momentos de adoración y en la oración privada: ¿Qué propósito tiene el hablar en lenguas en conexión con el bautismo en el Espíritu Santo?, ¿Debería un pastor animar a las personas a recibir el bautismo en el Espíritu durante los cultos públicos?, ¿Debería un pastor fomentar el uso de las lenguas junto con su interpretación en los cultos públicos?, ¿Debería el director de la adoración, o el pastor, guiar a la congregación para que cante en lenguas?, ¿Debería un pastor animar a las personas para que oren en lenguas en privado? Cuando escudriñamos las Escrituras, observamos lo que dicen sus escritores acerca de estas cuestiones.

En el movimiento pentecostal se entendió desde muy temprano que las lenguas como evidencia que aparecen en Hechos 2:4 y el don de lenguas del que se habla en 1 Corintios 12:4–10, 28 son iguales en cuanto a su esencia, aunque distintos en su propósito y su uso. La mayor parte de la información acerca de esto fue escrita por Lucas en Hechos y Pablo en 1 Corintios. Por consiguiente, es importante comparar lo que ambos dicen. Cuando hacemos esta comparación, encontramos similitudes, y también diferencias entre los aspectos que resalta cada uno de ellos. A través del estudio de esta situación, podremos descubrir la naturaleza y la razón de ser de las lenguas, y las directrices bíblicas generales sobre lo que debemos hacer.

 

NATURALEZA DE LAS LENGUAS.

En el libro de los Hechos hay una conexión directa entre las lenguas y el bautismo en el Espíritu Santo. Debido a esta conexión, la naturaleza de las lenguas es la adecuada para el bautismo en el Espíritu como entrega de poder para testificar. Lucas menciona las lenguas de manera explícita en tres casos que recoge en el libro de los Hechos: en Jerusalén, en el día de Pentecostés (Hechos 2:4); en Cesarea, en la casa de Cornelio (10:46), y en algún lugar de Éfeso (19:6). Estos tres casos son sumamente instructivos a fin de descubrir la naturaleza y los propósitos que tienen las lenguas en los escritos de Lucas.

En primer lugar, con respecto al día de Pentecostés, vemos que los discípulos recibieron la plenitud del Espíritu Santo y hablaron en lenguas (Hechos 2:1–4). Con la excepción de Marcos 16:17, esta es la primera vez que se mencionan las lenguas en el Nuevo Testamento. Lucas escribe: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hechos 2:4–11).

¿Cuál fue la naturaleza de las lenguas en el día de Pentecostés? Aprendemos de Pedro que esas lenguas fueron una forma de profecía (Hechos 2:16–18). El derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés se produjo como cumplimiento de Joel 2:28, 29. En el Antiguo Testamento se entendía la profecía como la entrega de un mensaje de Dios al pueblo, y también como la entrega de un mensaje del pueblo a Dios en forma de alabanza. Por tanto, podemos esperar unas formas similares de comunicación en el día de Pentecostés. Además, si tenemos en cuenta lo que dice Jesús en Hechos 1:8, podemos esperar que el poder del Espíritu nos capacite para ser testigos proféticos. Hechos 2:11 se halla en clara armonía con las enseñanzas, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo.

La mayoría de los eruditos sostienen que, en el día de Pentecostés, las lenguas tomaron milagrosamente la forma de los dialectos e idiomas de las personas que estaban presentes. No obstante, hay quienes sostienen que, en realidad, lo que se produjo fue un milagro de audición. Los discípulos pronunciaban unas palabras desconocidas para ellos, y ellos los escuchaban hablar en sus propios idiomas. Aunque este punto de vista sea gramaticalmente posible, lo que destaca este pasaje es el milagro de hablar en otras lenguas, desconocidas para los que las hablaban, pero conocidas para los que las escuchaban.

Puesto que el término glossais es amplio y flexible, no tenemos necesidad de afirmar que en Cesarea (Hechos 10:46) y en Éfeso (Hechos 19:6) las lenguas tomaran la forma de los mismos dialectos (dialektoi) que se hablaron en el día de Pentecostés. Tampoco tenemos que llegar a la conclusión de que los discípulos hablaron lenguas humanas que no comprendían las personas presentes. Aunque la forma de las lenguas puede haber sido diferente, sí podemos decir que, en esencia, son las mismas. La esencia es que el Espíritu inspiró a los que hablaban en lenguas; ellos ni habían aprendido ni habían comprendido lo que decían; en cambio, Dios sí lo comprendió.

Cuando Pedro les predicó a los gentiles que se hallaban en la casa de Cornelio, el Espíritu de Dios cayó sobre ellos. La gente estaba asombrada porque ellos habían recibido el don del Espíritu Santo. En este momento, como en el día de Pentecostés, tengamos en cuenta la naturaleza de las lenguas. Lucas escribe en Hechos 10:44–48: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días”.

Muchos eruditos sostienen que en Cesarea, los gentiles hablaron lenguas humanas, tal como lo habían hecho los discípulos en el día de Pentecostés. La única diferencia es que no había nadie presente para identificar los idiomas en los que estaban hablando. En cambio, Robert P. Menzies sostiene en su libro Pentecost: This Story Is Our Story (“Pentecostés: Esta historia es nuestra historia”) que los gentiles no hablaron en lenguas humanas, sino con unas expresiones ininteligibles (Robert P. Menzies, Pentecost: This Story Is Our Story (Springfield: Gospel Publishing House, 2013), p. 70).

Lucas no lo aclara, pero al no existir evidencias a favor de lo contrario, da la impresión de que aquello que dijeron, no era inteligible para los humanos. En otras palabras, hablaron en una forma de lengua inspirada por el Espíritu con “un propósito especial”. En todo caso, estas lenguas eran desconocidas, tanto para los que las hablaban, como para los que las escuchaban.

Se trataba del mismo don recibido en el día de Pentecostés (Hechos 11:17). Dios les estaba dando el Espíritu Santo. Hablar en lenguas es la evidencia de que se ha recibido el don del Espíritu. Es evidente que Pedro creyó que las lenguas habladas en Cesarea eran evidencia suficiente. En el día de Pentecostés, los discípulos hablaron en lenguas que ellos no habían aprendido, pero que la gente presente sí comprendía. En la casa de Cornelio, es probable que hablaran en unas lenguas con un propósito especial. Estas lenguas eran desconocidas, tanto para los que las hablaban, como para los que las escuchaban. A pesar de la diferencia lingüística, Pedro dijo que los gentiles habían recibido el mismo don, refiriéndose al Espíritu Santo.

Hablar en lenguas es una forma de exaltar a Dios. Sin duda, los gentiles exaltaron a Dios con esas lenguas desconocidas, pero también lo exaltaron en su propia lengua. Este derramamiento del Espíritu Santo provocó una abundancia de alabanzas. Como hemos observado ya, a partir de lo que dijo Pedro en Hechos 2:16–18, podemos considerar que se trataba de unas lenguas proféticas.

En Hechos 19:1–6 vemos a Pablo en acción en la ciudad de Éfeso. Pablo comprendía lo importante que es recibir la plenitud del Espíritu de la manera que se describe en el libro de los Hechos: “Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hechos 19:1–6).

Pablo observó que la experiencia de los discípulos con respecto al Espíritu era deficiente. En el versículo 2 les hizo una pregunta con respecto a su experiencia. Los discípulos no le pudieron dar una respuesta afirmativa, de manera que Pablo oró por ellos. Cuando él oró por ellos (v. 6), comenzaron a hablar en lenguas y a profetizar. Como hiciera notar anteriormente, en el libro de los Hechos, las lenguas son una forma de profecía. No obstante, sin duda estos discípulos profetizaron también en su propia lengua.

Como en Cesarea, los discípulos dejaron oír sonidos o palabras que eran evidentemente inteligibles para ellos, o para la otra gente que estuviera presente. Obviamente, hablaron en lenguas humanas que ellos no habían aprendido, y que sus oyentes no conocían. En lo que respecta a la expresión “hablar en lenguas”, se pueden incluir todas las formas de lenguas o idiomas desconocidas para el que las habla, pero inspiradas por el Espíritu con un “propósito especial”.

 

¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE HABLAR EN LENGUAS?

¿Cuáles son las razones por las que se habló en lenguas en Jerusalén, Cesarea y Éfeso? Estas tres circunstancias se hallan relacionadas con el bautismo en el Espíritu Santo. Los propósitos de hablar en lenguas son reflejo del propósito del bautismo en el Espíritu. Jesús lo destacó como una investidura de poder para testificar (Hechos 1:8).

Hablar en lenguas era una forma de comunicarse con Dios y de exaltarlo. A diferencia de Pablo, Lucas no menciona el que se orara, cantara o bendijera en lenguas de manera continua. Sin embargo, está claro que, en las tres ocasiones mencionadas anteriormente, los discípulos se estaban comunicando con Dios por medio de esas lenguas. En el día de Pentecostés, también se comunicaron con el pueblo. Nos podemos comunicar en nuestro propio idioma, pero hablar en lenguas nos proporciona otra forma de comunicarnos que es muy edificante para el alma humana.

Otro de los propósitos de las lenguas es dar testimonio. Lucas hizo resaltar esto en su informe sobre lo sucedido en el día de Pentecostés. Hay eruditos que sostienen que en Hechos 2:11, los discípulos estaban alabando a Dios por sus poderosas obras. Otros hacen resaltar que los discípulos estaban proclamando ante el pueblo las poderosas obras de Dios. Es posible que hayan hecho ambas cosas. Cualquiera que fuera el caso, el resultado final fue que presentaron un poderoso testimonio ante el pueblo. En el día de Pentecostés, más de tres mil personas recibieron la Palabra y entraron a formar parte de la Iglesia (Hechos 2:41).

En Cesarea y Éfeso, los discípulos hablaron en lenguas, pero las personas presentes no los comprendieron. Por tanto, las lenguas no constituyeron un testimonio directo en el sentido de ser una presentación del Evangelio. No obstante, el bautismo en el Espíritu Santo fue un testimonio por medio de su experiencia. Además, los discípulos recibieron poder para testificar a los demás en un lenguaje entendido por todos. Los discípulos dieron testimonio en Cesarea al exaltar a Dios, y en Éfeso al profetizar. A diferencia de Pablo, Lucas no escribe sobre las lenguas con interpretación.

Hablar en lenguas era señal de que los discípulos habían recibido el don del Espíritu Santo. En el día de Pentecostés, la multitud se sintió confundida (Hechos 2:6). En cambio, los discípulos no tenían duda alguna de que había descendido el Espíritu sobre ellos (Hechos 2:16). El Espíritu, tal como les aclaró Pedro, descendió sobre ellos en cumplimiento de lo escrito en Joel 2:28–32. Dado el papel desempeñado por el Espíritu en el Antiguo Testamento, y las profecías relacionadas con Él, en el día de Pentecostés, los discípulos comprendieron lo importante que era la plenitud que habían recibido.

El propósito de las lenguas como señal se hizo más evidente aún en Cesarea. Puesto que Pedro estaba abriendo nuevos horizontes al llevarles el Evangelio a los gentiles, la Iglesia necesitaba una fuerte evidencia de que todos los dones de Dios estaban al alcance de todos los seres humanos. En Hechos 10:47, Pedro declara: “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”

EL famoso erudito pentecostal Stanley M. Horton afirma: “La evidencia que los convenció fue que los oyeron hablar en lenguas, y glorificar a Dios” (Stanley M. Horton, What the Bible Says About the Holy Spirit, (Springfield: Gospel Publishing House, 1976; en español, “El Espíritu Santo revelado en la Biblia”, Vida, 1993, p. 156).

A partir de esto, podemos llegar a la conclusión de que todo aquel que habla en lenguas genuinas y exalta a Dios, ha recibido el bautismo en el Espíritu Santo. Cuando Pablo oró por los discípulos de Éfeso, estos “hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hechos 19:6). De nuevo, el libro de los Hechos presenta las lenguas como una forma de profecía. De aquí que dé la impresión de que los discípulos estaban profetizando, tanto al hablar en lenguas, como al hablar en su propio idioma. Hasta donde sabemos, esas lenguas eran ininteligibles, tanto para los que las hablaban, como para los que las escuchaban. No obstante, eran señal de la presencia del Espíritu.

El bautismo en el Espíritu Santo era testimonio de que Dios había aceptado a los gentiles de Cesarea. Este testimonio era esencial para echar abajo la barrera que mantenía alejados a los gentiles. Tal vez nos preguntemos por qué habría de escoger Dios algo tan frágil como las lenguas para atestiguar sobre cuál era su posición, pero Dios usa lo que Él decide usar.

En Éfeso se destaca la seguridad de la presencia del Espíritu. Vemos aquí a Pablo en acción dentro de un escenario distinto a la iglesia local a la que se había dirigido en Corinto. Cuando observó que los discípulos de Éfeso eran deficientes en su experiencia, les hizo una pregunta que tenía que ver con su experiencia: ¿Podían dar testimonio de haber recibido el Espíritu cuando habían creído (o después)? Cuando ellos hablaron en lenguas y profetizaron, esta evidencia les dio a estos discípulos la seguridad de que su experiencia personal con Dios era válida.

 

CONCLUSIÓN:

En el libro de los Hechos, Lucas presenta la esencia de las lenguas como expresiones inspiradas por el Espíritu que son desconocidas para el que las manifiesta. En el día de Pentecostés, los discípulos hablaron en unas lenguas que ellos no conocían, pero que la gente que los escuchaba sí comprendía. En Cesarea y Éfeso, es posible que ni los discípulos, ni las otras personas que estaban presentes, comprendieran las palabras dichas en lenguas. Es probable que hablaran con un lenguaje que tenía un propósito especial.

Entre los propósitos y los usos de las lenguas en el libro de los Hechos se incluyen la comunicación con Dios; el testimonio ante las personas presentes; la facilitación de una señal para que los discípulos supieran que habían recibido al Espíritu Santo; el testimonio a favor del ministerio de los discípulos, y la seguridad de la presencia y el poder de Dios. En lo que se insiste es en el Espíritu Santo como el don, y no en los dones espirituales que distribuye el Espíritu.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Robert P. Menzies, Pentecost: This Story Is Our Story (Springfield: Gospel Publishing House, 2013), p. 70.
  • Stanley M. Horton, What the Bible Says About the Holy Spirit, (Springfield: Gospel Publishing House, 1976; en español, “El Espíritu Santo revelado en la Biblia”, Vida, 1993), p. 156.