Arminianismo Clásico, Calvinismo

Salvación, predestinación y amor de Dios

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN:

Los arminianos entendemos, con base en la Biblia, que la salvación no se basa en la predestinación. Más bien, la predestinación se basa en la salvación. A pesar de ello, muchas personas se confunden en este punto. Algunos cristianos ven la predestinación como la clave de la salvación, pero eso no es cierto. Para quienes sustentan dicho punto de vista, somos salvos (si es que acaso pudieran estar seguros de ello) debido a una decisión irrevocable o “decreto” que el Dios Soberano hizo antes de que el mundo comenzara.

Pero, ¿Es eso lo que dice la Biblia? No. La Biblia no enseña en ninguna parte que seamos salvos por un decreto eterno de Dios. Esa es una forma distorsionada de entender la predestinación. Más bien, somos salvos por la provisión de la gracia de Dios para la salvación de todos. Estamos plenamente convencidos de que Jesucristo “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado.” (2 Corintios 5:15, NVI).

LO QUE SIGNIFICA SER PREDESTINADOS.

Bíblicamente, la predestinación significa que aquellos que confían plenamente en Jesucristo para la salvación están “predestinados” para ser conformados a su imagen mientras caminan en la luz. “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29, NVI). En otras palabras, la predestinación es la predeterminación del “destino” al que conduce la salvación. La salvación significa la restauración de la imagen de Dios en nosotros, y en última instancia, significa la “la restauración de todas las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus santos profetas.” (Hechos 3:21, NVI).

Bíblicamente, la predestinación no se refiere a la voluntad específica de Dios para una persona en particular, sino a la certeza y soberanía del plan de salvación de Dios en la historia, mediante el cual la salvación se ofrece a todos y finalmente se cumplirá plenamente en la justicia, el juicio y la misericordia.

LOS CÁNONES HUMANOS JAMÁS ESTARÁN POR ENCIMA DE LA BIBLIA.

Muchos cristianos entienden las Escrituras principalmente a través de los cánones del Concilio de Dordt, celebrado en Holanda en 1618-1619. Incluso muchos teólogos de la línea reformada consideran que el Concilio de Dort es la declaración definitiva del significado de la salvación. Esto es absurdo, ya que colocan este consejo por encima de las Escrituras. Esta visión de la salvación fue declarada sucintamente por el autor reformado holandés Arnold A. van Ruler en su libro de 1989, Calvinist Trinitarianism and Theocentric Politics: Essays Toward a Public Theology. Van Ruler escribió: “En el tema de la elección eterna, todo depende del libre poder soberano de Dios… El libre poder soberano de Dios busca ser reflejado en la voluntad por la cual aprobamos a Dios en su soberanía. Después de todo, de eso se trata la redención: sumergirse en el abismo de la soberanía de Dios, eventualmente en la forma de resignarse a la reprobación (resignatio ad infernum).”[1]

Sin embargo, esto no es de hecho de lo que se trata la “redención”. Esta es una vista estrecha que invierte el orden de las cosas, haciendo que lo que es segundo vaya primero, y que lo que es primero, vaya en segundo lugar. Bíblicamente, en el tema de la elección eterna, todo depende, no del antojadizo capricho de un tirano universal, sino del libre amor y la gracia de Dios. La gracia soberana y gratuita de Dios busca ser reflejada en la disposición por la cual aceptamos y respondemos responsablemente a Dios. Contrario al pensamiento calvinista la redención se trata de sumergirse, no el abismo de una soberanía cruel y fría, sino en el abismo del amor de Dios, confiar plenamente en el carácter amoroso de Dios y en el poder soberano con total fidelidad a las promesas de su pacto.

CONCLUSIÓN.

Esta, entonces, es la entrada al cumplimiento de todas las maravillosas promesas de Dios de llevar su reino a plenitud. El amor y la gracia de Dios son lo primero, la voluntad de Dios de que todos sean salvos. La predestinación garantiza el destino final de todos los que aceptan y continúan caminando fielmente en la gracia de Dios. Gracias a Dios, a través de Jesucristo por el Espíritu Santo, conocemos el destino al que nos guía el fiel seguimiento del Salvador. Y gracias a Dios, nos estamos transformando cada vez más en la imagen de Jesucristo mientras caminamos de esta manera, de modo que podemos exclamar como Pablo: “¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos! «¿Quién ha conocido la mente del Señor, o quién ha sido su consejero?» «¿Quién le ha dado primero a Dios, para que luego Dios le pague?» Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén.” (Romanos 11: 33-36, NVI).

REFERENCIAS:

[1] Arnold A. van Ruler, Calvinist Trinitarianism and Theocentric Politics: Essays Toward a Public Theology (1989) Lewiston, N.Y.: Edwin Mellen Press. Pp. 83.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Historia de la Iglesia

Raíces gnóstico-maniqueas del calvinismo

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Juan Calvino (1509-1564) admitió en diversas ocasiones que su teología ya había sido desarrollada por Agustín, por lo que la pregunta es entonces: ¿Cómo llegó Agustín a su visión de doctrinas como la predestinación, que es todo lo contrario de lo que se enseñaba públicamente dentro de la iglesia de los primeros 300 años de historia de la iglesia temprana? Esta pregunta es importante porque el calvinismo afirma ser un movimiento cristiano de gran antigüedad. Pero lo cierto es que las ideas que dieron vida a dicho sistema teológico pueden trazar su origen no en la iglesia primitiva, o en una correcta interpretación de la Biblia, sino en el gnosticismo[1], un movimiento herético enemigo del cristianismo bíblico desde sus orígenes.

Como cualquier historiador serio del cristianismo podrá constatar, Agustín de Hipona, el verdadero padre de calvinismo, fue él mismo un gnóstico maniqueo durante casi una década antes de convertirse al catolicismo. En general, se piensa que Agustín desarrolló su teología sobre la predestinación después de debatir con Pelagio (354-420/440), Sin embargo, estudios recientes sugieren que la doctrina de la Predestinación de Agustín fue desarrollada a partir de los debates de Agustín con los maniqueos, en términos de la inevitabilidad de ordenamiento cósmico divino y del mal personal (soberanía divina, si se quiere).

Pero ¿Quiénes eran los maniqueos? Los maniqueos representaban la rama persa del gnosticismo, y enseñaron tanto el determinismo y la depravación total. Sin embargo, su determinismo se basa en la mitología dualista[2] y también mantuvieron una actitud carnal de placer corporal. Aunque muchos calvinistas preferirían ignorarlo, los escritos de Agustín fueron influenciados por el maniqueísmo[3], que, a la vez, fue influenciado por el gnosticismo.

DOCTRINAS EXTRAÑAS ATACAN LA IGLESIA.

En el segundo siglo de la era cristiana, el verdadero enemigo de la iglesia, era el interno; la herejía. El gnosticismo era una falsa enseñanza que prevalecía. Alrededor del año 180, Ireneo de Lyon, Francia, escribió cinco libros, para salvaguardar a sus creyentes de la herejía gnóstica. Los gnósticos enseñaban que la salvación se basaba en un conocimiento secreto que solo ellos sabían. Se decían cristianos y asechaban a los creyentes de poco conocimiento; usaban un lenguaje “cristiano” adornado de versículos bíblicos, sembrando desconfianza hacia los pastores, diciendo que los mismos les ocultaban la verdad para controlar a sus feligreses y evitar que los creyentes obtuviesen la “gnosis”, una especie de conocimiento secreto reservado para unos pocos elegidos. Hablaban con gran convicción y sinceridad. Pero, aunque sonaba parecido al cristianismo bíblico, sus palabras no tenían el mismo significado[4]. Cuando ya habían atrapado la atención de los incautos, los gnósticos les explicaban una de las versiones del mito gnóstico: El “Padre” de quien hablaban los gnósticos era la deidad eterna, incognoscible, espiritual y suprema. Dicho ser ha emanado de sí mismo seres conocidos como eones. Los eones han asumido diversos nombres como “Cristo”, “Logos”, “Salvador” y “Sofía”. En cierto punto, “Sofía” decidió impropiamente, con orgullo y arrogancia, que ella podría y debería arribar a un conocimiento de lo incognoscible, el Padre excelso. Su orgullo y arrogancia dio como resultado que ella engendrara otro ser llamado “Yaldabaoth”[5], quien fue conocido como “Demiurgo”, o creador. Él heredó las fallas y pecados de su madre: orgullo arrogancia y maldad. Fue este ser, no el Padre supremo, quien creó el mundo físico. Para ellos, el creador, el dios del Antiguo Testamento, el Yahveh de Israel, no era el padre supremo. Él era un ser inferior malvado y arrogante.[6] Cuando explicaban un pasaje profético como el de Isaías 46:9, en el cual Dios anunció su exclusividad diciendo: “Yo soy Dios y no hay otro”, decían que este era el Demiurgo, el cual afirmaba con orgullo su unicidad, ignorando al verdadero Padre.[7] Como consecuencia, el mundo material creado por el Demiurgo tiene características del Creador. Todo lo físico, la tierra y particularmente el cuerpo humano, es visto como malvado, maligno y hasta pútrido.[8]

El gnosticismo crecería con el paso del tiempo y amenazaría la pureza doctrinal del cristianismo. A su vez, el gnosticismo se dividiría en numerosas sectas. Una de ellas, el maniqueísmo (gnosticismo de origen persa), lograría permear los cimientos mismos de la fe cristiana a través de uno de sus viejos adherentes: Agustín de Hipona.

AGUSTÍN, EL MANIQUEO.

Agustín de Hipona (en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis; Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430), el verdadero padre del calvinismo, fue un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. Antes de su conversión al catolicismo, en su búsqueda incansable de respuestas al problema de la verdad, Agustín pasó de una escuela filosófica a otra sin que encontrara en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abrazó el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente, decepcionado, la abandonó al considerar que era una doctrina simplista que apoyaba la pasividad del bien ante el mal.

Los años posteriores a su conversión como cristiano estuvieron marcados por su oposición al determinismo Maniqueo. Él mismo, habiendo sido un Maniqueo, y ahora católico, deseó distanciarse de la atribución maniquea del pecado humano al poder de la oscuridad, que supuestamente se apodera de la persona humana, eliminando el albedrío moral y la responsabilidad individual.

Los primeros escritos de Agustín como católico, por contraste, subrayaron el poder del libre albedrío y de la responsabilidad individual por la acción de la propia persona: su tratado más nuevo que proclamó este mensaje –Sobre el Libre Albedrío– sería arrojado a su cara en décadas posteriores por los opositores pelagianos de Agustín, quienes citaron los mismísimos escritos de Agustín para oponerse a su ya madura teoría sobre la predestinación.[9] Así pues, las ideas agustinianas sobre la predestinación, la elección y muchas otras, recicladas más tarde por el calvinismo (y que hoy se nos quieren presentar como “doctrinas de la gracia”) marcaron simplemente un retorno de Agustín a su pasado maniqueo, ya que los maniqueos enseñaron un determinismo basado en un Orden Cósmico, doctrina que formó parte de las enseñanzas fundamentales que recibió Agustín bajo esa orden.

Si bien es cierto luego de su conversión al catolicismo, Agustín se opuso a esas doctrinas e incluso escribió un tratado para defender el libre albedrío y la responsabilidad personal de cada ser; luego, en las controversias con Pelagio (quien exageró el papel del libre albedrío), Agustín retornó a una estancia determinista y desarrolló su propia teoría de la predestinación a partir de la influencia gnóstica recibida por más una década como miembro de los maniqueos.

Al final de su vida, Agustín confirmó la predestinación con tal severidad que sus oponentes lo acusaron de regresar al fatalismo pagano, lo cual no estaba lejos de ser cierto. Más tarde, sus ideas sobre la predestinación influyeron en teólogos posteriores como Tomas de Aquino, Martín Lutero y Juan Calvino.[10] Sin embargo, es innegable que la predestinación absoluta no fue la posición original de Agustín. Su posición inicial fue sinergista como la de sus predecesores.[11]

INFLUENCIA GNÓSTICO-MANIQUEA EN AGUSTÍN.

Entre otras cosas Agustín tomó prestado de los maniqueos su noción dual del mal como “maldad” y como “mortalidad”. Estos fueron considerados el mal, porque ellos son la antítesis del placer tranquilo en el espiritual y en el nivel físico de la existencia. Agustín compartió con los Maniqueos la opinión de que estos aspectos del mal son inevitables, siempre y cuando la vida sea vivida en este mundo. En conjunto, estos enfoques tomados acerca del mal ayudaron a Agustín para formular una explicación alternativa del principio del mal personal.[12]

El marco del orden cósmico en el que Agustín desarrolló su doctrina es un resultado de su respuesta a la opinión maniquea del universo como una mezcla del bien y del mal. En esta respuesta, de nuevo emplea la idea maniquea del bien al firmar que el universo entero es bello a pesar de la presencia del mal. Siempre y cuando el mal sea colocado en su lugar correcto, se preserva la armonía cósmica.[13] Pero ¿Estuvo este tipo de “orden cósmico” en apoyo de, o en contradicción con la teología de los primeros 300 años de historia de la iglesia? El clima teológico en el tiempo de Agustín fomentó el libre albedrío y la responsabilidad. El Determinismo habría ido contra la corriente aceptada por la iglesia primitiva como ortodoxa.

Pero la dependencia agustiniana del maniqueísmo no termina ahí. Los maniqueos negaban el libre albedrío y la responsabilidad humana por los males cometidos, pues no creían que los actos humanos fuesen producto de la libre voluntad. La comunidad maniquea se dividía en dos grupos: (1) Los elegidos, en latín electi, pasaban su tiempo en oración, practicaban el celibato y eran vegetarianos. Tras su muerte, según la teología maniquea, los elegidos alcanzaban el Reino de la Luz; (2) Los oyentes, en latín auditores, debían servir a los elegidos, podían contraer matrimonio (aunque les estaba desaconsejado tener hijos) y practicaban ayuno todas las semanas.[14] A su muerte, esperaban reencarnarse en elegidos. Lo que buscaban los maniqueos, era un retorno al estado original, la separación del Bien y del Mal. Como creían que el mal es indestructible, la única forma de alcanzar el Reino de la Luz es huir de las Tinieblas. El concepto de “elegidos” y “réprobos” fue modificado, pero finalmente incorporado en el agustinianismo y, de ahí a su heredero teológico, el calvinismo.

La explicación maniquea de la causa del mal personal es relativamente sencilla. Uno no puede escapar del mal moral, porque hay un principio del mal metafísico que trabaja detrás del alma. En otras palabras, uno peca involuntariamente. Considerado cosmológicamente, el alma humana es puesta en la difícil situación de constante lucha con el mal, no por su propia voluntad, sino por la determinación de un factor externo. Según el mito maniqueo, este factor es el principio del bien o el Dios que envía el alma buena para ser mezclada con el mal, a fin de bloquear la invasión de un enemigo que avanzaba.[15] Una vez que Agustín empezó a responder a la visión maniquea en relación con el macrocosmos, no pudo evitar el tema del determinismo.

En su propuesta alternativa, un ordenamiento cósmico divino, Agustín tuvo que hacer frente a la cuestión de lo que en última instancia determina el lugar del individuo en el orden universal.

Para Agustín la determinación es hecha por el Dios que ordena el cosmos. Expresado en el lenguaje de la predestinación, esta visión significa que Dios tiene el poder de elegir de la massa damnata[16] los que reciben la salvación y dejar el resto en condenación.[17] Así que la pregunta es: ¿Acaso Agustín tomó la mitología del Determinismo Gnóstico, y lo puso bajo el cercado de la ortodoxia cristiana, simplemente para juguetear con esto, mediante la eliminación del componente dualista mitológico, y hacer que la causa del mal, sea enteramente el producto de un ordenamiento cósmico divino monista? o dicho de otro modo ¿Estableció la soberanía divina de la forma en que la entiende aún hoy el calvinismo? Ese parece ser el caso. ¿Quién de los teólogos de la Iglesia primitiva, antes de Agustín, enseñó la predestinación agustiniana? ¡Ninguno!

DEPRAVACIÓN TOTAL, GNOSTICISMO Y CALVINISMO.

La doctrina de la Depravación Total, también llamada Inhabilidad Total, o corrupción Radical, dice, en su versión calvinista, que “el hombre natural [el que no ha sido regenerado por el Espíritu Santo] nunca puede hacer ningún bien que sea fundamentalmente agradable a Dios, y, de hecho, hace siempre el mal“.[18] La Confesión de Fe de Westminster nos habla de esta doctrina, dice “El hombre, mediante su caída en el estado de pecado, ha perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación; de tal manera que, un hombre natural, siendo completamente opuesto a aquel bien, y estando muerto en pecado, es incapaz de convertirse, o prepararse para ello, por su propia fuerza“.[19] En la teología calvinista, además de la imputación del pecado original en nosotros, la caída hizo que el hombre, en todas sus partes, sufriera sus efectos. Su físico, voluntad e inteligencia están corrompidos por causa de la caída de Adán. Por tal razón, el calvinismo considera que el hombre perdió el libre albedrío en Adán.[20] Ahora él ya no puede elegir seguir el camino de Dios, no puede amar a Dios ni hacer nada agradable a Él debido a su naturaleza pecaminosa. A causa de la caída el hombre perdió su capacidad de hacer lo bueno, por ello el calvinismo le niega totalmente al hombre una salvación que pueda llegar por medio de las capacidades o decisiones del hombre por sí mismo.

¿Qué piensa el arminianismo al respecto? Los arminianos clásicos reconocemos la naturaleza pecaminosa del hombre caído. El Tercer Artículo de la Remonstrancia, el cual trata sobre la Depravación Total de la Humanidad, afirma “Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo en Juan 15:5: Separados de mí nada podéis hacer.”

Ahora bien, es importante aclarar a qué nos estamos refiriendo aquí́, porque algunos pueden llegar a la conclusión equivocada de que el pecador es una especie de víctima en las manos de un Dios cruel que le está pidiendo hacer algo que Él sabe de antemano que no puede hacer, tal como ocurre en el hipercalvinismo. Ese no es el caso en el arminianismo. Para el arminiano, la depravación total no significa que todos los hombres sean todo lo malo que pueden llegar a ser, o que todos los seres humanos sean completamente incapaces de hacer alguna cosa relativamente buena. El hombre está totalmente depravado en el sentido de que todas sus facultades han sido profundamente afectadas por el pecado: su intelecto, su voluntad, sus emociones. En la teología arminiana, por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los humanos. Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Como consecuencia de la caída, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado.

Hasta aquí la enseñanza arminiana podría parecer idéntica a la doctrina calvinista; sin embargo, el arminianismo difiere del calvinismo, y de su padre el gnosticismo, en un aspecto fundamental. Por siglos, los teólogos reformados han declarado que la “imagen de Dios” en Génesis 1:26-27 hace referencia a una perfección espiritual que se perdió en la Caída. Por ende, han concluido que el hombre moderno ya no porta la imagen de Dios. El reformador Martín Lutero creía que la “imagen de Dios” era una justicia original que se perdió completamente. Pero él no estaba solo en sus afirmaciones. Frecuentemente Juan Calvino mencionó que el pecado destruyó la imagen de Dios, que la Caída la eliminó, y que la injusticia finalmente la desfiguró. Pero ¿Concuerda la Biblia con tales afirmaciones? No. La Biblia revela que el hombre todavía porta la imagen de Dios después de la Caída. Génesis 9:6 declara: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”. Según este pasaje, el hombre caído todavía porta la imagen de Dios. Se había registrado la caída de Adán y Eva anteriormente en el libro de Génesis; se señala claramente el hecho que el hombre había llegado a ser un pecador total en el contexto inmediato del pasaje (“…el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud”—8:21). Aunque la evaluación de Dios en cuanto a la humanidad es correcta, se prohíbe el homicidio porque el hombre es creado a la imagen de Dios, es decir, él todavía porta esa imagen. Si alguien argumenta que este pasaje habla solamente en cuanto al pasado y no dice nada en cuanto al futuro, malinterpreta el significado del pasaje. Al escribir alrededor de 2,500 años después de la Caída, Moisés dijo que el homicidio es incorrecto porque la víctima es alguien creado a la imagen de Dios. Si el hombre no portara la imagen de Dios después de la Caída, estas palabras no hubieran tenido sentido para los israelitas (y no tuvieran sentido para el hombre moderno).

En el Nuevo Testamento se puede leer que Santiago escribió: “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios” (Santiago 3:8-9). La expresión “están hechos” se deriva del griego gegonotas, que es el participio perfecto del verbo ginomai. Se usa el tiempo perfecto en griego para describir una acción que se completó en el pasado, pero cuyos efectos se expresan en el presente. Por ejemplo, cuando la Biblia dice, “Escrito está”, usualmente esta expresión está en el tiempo perfecto. Se escribió la Escritura en el pasado, pero se aplica en el presente. La idea central de la expresión griega traducida “que están hechos a la semejanza de Dios”, es que los seres humanos en el pasado han sido creados según la semejanza de Dios y que todavía son portadores de esa semejanza. Por esta razón es inconsistente bendecir a Dios y maldecir a los hombres con la misma lengua. Esto nos lleva a concluir que, aunque el pecado es destructivo para el hombre y repulsivo para Dios, la Biblia no enseña que la entrada del pecado al mundo destruyó la “imagen de Dios” en el hombre. En cambio, el hombre moderno todavía está hecho a la imagen de Dios. Debería causarnos sobrecogimiento y humildad el hecho que todos los hombres posean características inherentes que le asemejen a Dios y le diferencien de la creación inferior. Pero al parecer, esto le ofende al calvinista, heredero moderno del viejo gnosticismo, que ve solo el mal, y únicamente el mal, en la naturaleza humana.

GNOSTICISMO, CALVINISMO Y ELECCIÓN.

Pero el calvinismo no solo parece haber heredado del gnosticismo su creencia extrema en la depravación del hombre. Siguiendo con el mito gnóstico, dicha secta afirma que hubo un intento de los seres espirituales buenos de corregir la perversión de la creación del mundo físico. Pero Yaldabaoth capturó algunos elementos espirituales, celestiales y los mantuvo cautivos dentro de algunos cuerpos físicos malos. Estos elementos espirituales fueron llamados de “semillas de luz”, “la persona interior”, o más comúnmente, los “espíritus”. En resumen, según ellos, algunos tienen cuerpos corruptos que hospedan el único elemento de valor eterno, el espíritu. En el gnosticismo hay dos clases de humanos: los que tienen la semilla o espíritu (los elegidos) y los que no. Los humanos elegidos son buenos, pero los otros humanos son innecesarios o réprobos.[21] ¿Suena esto parecido a la doctrina de la elección incondicional?

CONCLUSIÓN.

En muchos aspectos, los gnósticos eran muy similares a los calvinistas modernos, los cuales se infiltran en nuestras iglesias y seminarios para sembrar su cizaña y robar feligreses para sus iglesias “reformadas”. Esto no solo es sectario, sino carente de toda ética y moral cristiana. A muchos calvinistas se les ha animado incluso a “plantar tulipanes (símbolo de la doctrina calvinista) en iglesias arminianas” Sin embargo, tal proceder no debería extrañarnos, pues su desprecio por los arminianos es bien conocido en el mundo evangélico. John Piper[22], reconocido pastor y teólogo calvinista, afirmó en cierta ocasión:

“¿Puede un arminiano predicar el evangelio en su plenitud?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin defectos teológicos implícitos o explícitos?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin tendencias que lleven a la Iglesia en direcciones dañinas?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio de la forma que exalta más a Cristo? Y mi respuesta a todas esas preguntas sería: No, no puede.”[23]

Sin duda, el concepto agustiniano (y calvinista) acerca de la depravación humana, la doctrina de la elección incondicional y la doble predestinación fueron originadas en el mito gnóstico y fueron combatidas por Ireneo y otros obispos y pastores de la iglesia en los primeros siglos. Ireneo también enseñó que los gnósticos, antes que explicasen su sistema, sonaban muy “ortodoxos y bíblicos”. Él siempre se refería a la advertencia de Jesús sobre los falsos apóstoles. Enseñó que ellos eran “lobos con piel de oveja”. Él escribió: “Tales hombres exteriormente parecen ovejas; porque ellos parecen ser como nosotros por lo que dicen en público, repitiendo las mismas palabras como lo hacemos nosotros; pero interiormente son lobos”.[24]

Al igual que los gnósticos, los calvinistas se autoproclaman “creyentes bíblicos” y sus iglesias, “iglesias bíblicas”. Para aquel que no conoce la verdadera doctrina bíblica tales afirmaciones suenan auténticas. Sin embargo, como podemos constatar, la semejanza doctrinal entre el calvinismo y el gnosticismo es patente. El ADN espiritual del calvinismo, lo delata como lo que es: Un hijo legítimo del gnosticismo. ¡Que Dios guarde a los creyentes de hoy de tal levadura!

REFERENCIAS:

[1] El gnosticismo es una doctrina religiosa esotérica y herética que se desarrolló durante los primeros siglos del cristianismo y que prometía a sus seguidores conseguir un conocimiento intuitivo, misterioso y secreto de las cosas divinas que les conduciría a la salvación.

[2] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 128, 209.

[3] Maniqueísmo es el nombre que recibe la religión universalista fundada por el sabio persa Mani (o Manes) (c. 215-276), quien decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El fenómeno maniqueo es esencialmente gnóstico y dualista. Los maniqueos, a semejanza de los gnósticos, mandeos y mazdeístas, eran dualistas: creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz (Zurván) y las Tinieblas (Ahrimán) y, por tanto, consideraban que el espíritu del hombre es de Dios, pero el cuerpo del hombre es del demonio. Los maniqueos aspiraban a reencarnarse como «elegidos», los cuales ya no necesitarían reencarnarse más. En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Se divulgó desde la Antigüedad tardía por el Imperio romano e Imperio sasánida, y en la Edad Media, por el mundo islámico, Asia Central y China, donde perduraría, al menos, hasta el siglo XVII.

[4] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 34-35.

[5] Yaldabaoth, el Demiurgo es una deidad asociada al platonismo y al gnosticismo. Según algunos credos de raigambre platónica, al principio la materia no existía y todo era el espíritu. Sin embargo, Yaldabaoth, un dios soberbio y celoso, intentó estructurarlo todo recreando al espíritu en un mundo material y confinándolo todo en dicho plano. Pero sólo logró fabricar un mundo imperfecto, una burda imitación del espíritu original. Su forma de ser presuntuosa le impidió admitir su error. Yaldabaoth, presuntuoso y estúpido, odia a los hombres porque, a diferencia de él, tienen alma, cosa de la que él carece y que desearía obtener por cualquier medio, aunque le resulta imposible. Por ello, maltrata, castiga y reprime a los mortales para vengarse de ellos.

[6] Runciman, Steven (1982 [1947, primera edición]). The Medieval Manichee: a study of the Christian dualist heresy.

[7] Puech, Henri-Charles (2006). Sobre el maniqueísmo y otros ensayos. Traductor: Marís Cucurella Miquel. Madrid: Editorial Siruela.

[8] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[9] Valeria Finucci and Kevin Brownlee, Generation and Degeneration: Tropes of Reproduction in Literature and History from Antiquity Through Early Modern Europe Medieval and early modern studies”. Duke University Press, 2001. Páginas 19-20.

[10] Jeffrey Burton Russell, The Prince of Darkness: Radical Evil and the Power of Good in History. Página 99.

[11] Harry Buis, Historic Protestantism and Predestination. Página 9.

[12] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 205.

[13] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 206.

[14] Bermejo Rubio, Fernando (2008). El maniqueísmo: Estudio introductorio. Madrid: Editorial Trotta. Pp. 316.

[15] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 208-209.

[16] Frase medieval que resume la idea de que, porque nosotros frecuentemente caemos al ejercitar nuestras responsabilidades morales, entonces por eso la mayoría de nosotros iremos al Infierno.

[17] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 210.

[18] Palmer, Edwin H. Doctrinas Claves. El Estandarte de la verdad. Edinburgh, 1976. Pág. 18.

[19] Ramírez, Alonzo (traductor). Confesión de Fe de Westminster. Ed. CLIE. Lima, 1999. Cap. IX, Sec. III. Pág. 91.

[20] García, Ricardo M. (2003). El concepto de libre albedrío en San Agustín. Bahía Blanca (Argentina): EdiUNS. Capítulo 3: Maniqueísmo. Pp. 161.

[21] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[22] John Piper es un reconocido teólogo calvinista, fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros y se opone abiertamente a la teología arminiana.

[23] Artículo de internet publicado el 16 de diciembre de 2015 en Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/predican-los-arminianos-un-evangelio-suficiente/ Consultado el 21-06-2019.

[24] Ireneo, citado en Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 36.

Arminianismo Clásico

5 Verdades sobre la Elección

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la elección resulta complicada y difícil de entender para muchos cristianos. En esta, como en otras doctrinas de la gracia, calvinistas y arminianos diferimos en ciertos puntos. En el calvinismo, por ejemplo, “el termino elección se refiere específicamente a uno de los aspectos de la predestinación divina. Dios elije a ciertos individuos para ser salvos.”[1] La posición reformada enseña que “Dios positivamente o activamente interviene en la vida de los elegidos para asegurar su salvación”.[2]

Así pues, el calvinismo define a los elegidos como el grupo seleccionado a quien Dios desde la eternidad pasada, ha designado a la salvación. Todos los demás están predestinados por Dios para la condenación eterna. El evangelio puede ser predicado día y noche a estos condenados y sin embargo será en vano, porque son totalmente incapaces de creer. Dios supuestamente no tiene deseo alguno de abrir sus ojos cegados y darles la fe para creer. Lo hace solo para los elegidos (a través de la elección incondicional), aunque lo podría hacer para todos.

Juan Calvino admitió: “Muchos… consideran  incongruente que del gran cuerpo de la humanidad algunos debieran ser predestinados a la salvación y otros para destrucción… El decreto, lo admito, es terrible y sin embargo, es imposible negar que Dios supo con anterioridad el fin del hombre antes que fuese porque él lo creo, y supo con anterioridad, porque así lo había ordenado por su decreto.”[3]

Para el calvinista, la elección de algunos para salvación se fundamente en el decreto eterno de Dios (predestinación). Por lo tanto, es incondicional, limitada e individual. No podemos hacer nada para ser elegidos, tampoco podemos hacer nada para dejar de serlo. Cada individuo, de forma especial y particular, ha sido elegido o rechazado por Dios de forma soberana.

 

PABLO, EL ARMINIANO.

En esta, como en otras doctrinas de la gracia, arminianos y calvinistas diferimos en aspectos clave. Los arminianos creemos en la doctrina de la elección, pero no podemos aceptar la interpretación calvinista de la misma por considerarla anti bíblica y difamatoria del carácter de Dios.

¿Qué creemos nosotros los arminianos acerca de la elección? Pues lo que enseña la Biblia. No negamos dicha doctrina como afirman los calvinistas, simplemente la interpretamos a la luz del contexto general de la Biblia. Los arminianos reconocemos que la elección de Dios de aquellos que creen en Cristo es una enseñanza importante del apóstol Pablo (Romanos 8: 29-33; 9: 6-26; 11: 5, 7, 28; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1: 4; 2 Tesalonicenses 2:13; Tito 1: 1). La enseñanza de Pablo, sin embargo, lejos de concordar con el calvinismo, lo contradice.

Para Pablo la elección (Gr. eklego) se refiere a que Dios escoge en Cristo a un pueblo al que él destina a ser santo e irreprensible a sus ojos (2 Tesalonicenses 2:13). Pablo considera que esta elección expresa la iniciativa de Dios como el Dios del amor infinito al darnos como creación finita toda bendición espiritual a través de la obra redentora de su Hijo (2 Tesalonicenses 1: 3-5). La enseñanza de Pablo sobre la elección involucra las siguientes 5 verdades:

 

  1. LA ELECCIÓN ES CRISTOCÉNTRICA: La elección es cristocéntrica, es decir, la elección de seres humanos ocurre solo en unión con Jesucristo: “Incluso antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió en Cristo para que seamos santos e intachables a sus ojos.” (Efesios 1: 4, NTV). Jesús mismo es ante todo el elegido de Dios. Con respecto a Jesús, Dios declara: “Miren a mi Siervo, al que he elegido. Él es mi Amado, quien me complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y proclamará justicia a las naciones.” (Mateo 12:18, Isaías 42:1, 6; 1 Pedro 2:4). Cristo, como el elegido, es el fundamento de nuestra elección. Solo en unión con Cristo nos convertimos en miembros de los elegidos (Efesios 1: 4, 6-7, 9-10, 12-13). Nadie es elegido aparte de la unión con Cristo por medio de la fe.

 

  1. LA ELECCIÓN ES A TRAVÉS DE LA SANGRE DE CRISTO: La elección es en Cristo, a través de su sangre. Pablo enseñó: “Dios es tan rico en gracia y bondad que compró nuestra libertad con la sangre de su Hijo y perdonó nuestros pecados.” (Efesios 1:7, NTV). Dios se propuso antes de la creación formar un pueblo a través de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Por lo tanto, la elección se basa en la muerte sacrificial de Cristo para salvarnos de nuestros pecados (Hechos 20:28; Romanos 3:24-26).

 

  1. LA ELECCIÓN ES, PRINCIPALMENTE, CORPORATIVA: La elección en Cristo es principalmente corporativa, es decir, una elección de un pueblo (Efesios 1:4-5, 7, 9). Los elegidos son llamados “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12), “mi iglesia” (Mateo 16:18), “pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2: 9) y la “novia” de Cristo (Apocalipsis 19:7). Por lo tanto, la elección es corporativa y abarca a las personas individuales solo cuando se identifican y se asocian con el cuerpo de Cristo, la verdadera iglesia (Efesios 1: 22-23).[4] Esto ya era verdad acerca de Israel en el Antiguo Testamento: “Asegúrense de que ningún hombre ni mujer, ni clan ni tribu entre ustedes, aparte hoy su corazón del Señor nuestro Dios para ir a adorar a los dioses de esas naciones. Tengan cuidado de que ninguno de ustedes sea como una raíz venenosa y amarga. Si alguno de ustedes, al oír las palabras de este juramento, se cree bueno y piensa: “Todo me saldrá bien, aunque persista yo en hacer lo que me plazca”, provocará la ruina de todos. El Señor no lo perdonará. La ira y el celo de Dios arderán contra ese hombre. Todas las maldiciones escritas en este libro caerán sobre él, y el Señor hará que desaparezca hasta el último de sus descendientes. El Señor lo apartará de todas las tribus de Israel, para su desgracia, conforme a todas las maldiciones del pacto escritas en este libro de la ley.” (Deuteronomio 29:18-21, NVI).

 

  1. LA ELECCIÓN PARA LA SALVACIÓN Y LA SANTIDAD DEL CUERPO DE CRISTO ES FIRME E INQUEBRANTABLE, PERO LA CERTEZA DE LA ELECCIÓN DE INDIVIDUOS SIGUE ESTANDO CONDICIONADA A SU FE PERSONAL EN JESUCRISTO Y SU PERSEVERANCIA EN UNIÓN CON ÉL. Pablo demuestra esto de la siguiente manera:
  • El propósito eterno de Dios para la iglesia es que debemos ser santos y sin mancha ante él (Efesios 1: 4). Esto se refiere tanto al perdón de los pecados (Efesios 1:7) como a la pureza de la iglesia como la novia de Cristo. La gente elegida de Dios está siendo guiada por el Espíritu Santo hacia la santificación y la santidad (Romanos 8:14; Gálatas 5:16-25). El apóstol enfatiza repetidamente este propósito primordial de Dios (Efesios 2:10; 3:14-19; 4:1-3, 4:13-24; 5:1-18).
  • El cumplimiento de este propósito para la iglesia corporativa es cierto: Cristo “para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.” (Efesios 5:27).
  • El cumplimiento de este propósito para los individuos en la iglesia es condicional. Cristo nos presentará “santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1: 4) solo si continuamos en la fe. Pablo lo dice claramente: “Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Este es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación debajo del cielo, y del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor.” (Colosenses 1: 22-23).

 

  1. LA ELECCIÓN PARA LA SALVACIÓN SE OFRECE A TODOS: La elección para la salvación en Cristo se ofrece a todos (Juan 3: 16-17; 1 Timoteo 2: ​​4-6; Tito 2:11; Hebreos 2:9) pero se hace real únicamente para aquellos individuos que, a través de la fe, aceptan el regalo de Dios de salvación en Cristo (Efesios 2:8; 3:17; Hechos 20:21; Romanos 1:16; 4:16). A través de la fe, el creyente se incorpora al cuerpo electo de Cristo (la iglesia) por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), convirtiéndose así en uno de los elegidos. Por lo tanto, existe tanto la iniciativa de Dios como nuestra respuesta en la elección (Romanos 8:29, 2 Pedro 1: 1-11).

 

CONCLUSIÓN.

Dios escogió para salvación, antes de la fundación del mundo, a todas aquellas personas que, asistidas por su gracia habilitadora, creen en Cristo. El arminianismo ve la elección como elección de creyentes, y consecuentemente la fe como condición para la elección. Para la teología arminiana, si la salvación es por fe, entonces también la elección es por fe. Si la salvación es condicional, la elección también lo es. Esto no equivale a decir que los decretos de Dios se determinen de manera condicional. Las decisiones eternas de Dios son hechas sin ninguna condición impuesta sobre Él. Dios ha decretado de manera incondicional una elección condicional, escogiendo individuos como creyentes. En este sentido, el calvinismo realiza una pobre elección de palabras cuando afirma que “los arminianos llegan a la conclusión final de que Dios ve la elección que el pecador hará y basa su propia elección en la elección del pecador”. Esta fraseología no parece ser la más apropiada. Decir que Dios basa su elección en la elección del pecador no es lo mismo a decir que Dios escoge creyentes. El calvinismo yerra al ignorar estas verdades.

REFERENCIAS:

[1] R. C. Sproul, Grace Unknown (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1997), 141.

[2] R. C. Sproul, Chosen (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1997), 142.

[3] John Calvin, Calvin’s New testament Commentaries (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdman’s Publishing Co., 1994), 10:209.

[4] Robert Shank, Elegido en el Hijo, Minneapolis: Bethany House Publishers.

Arminianismo Clásico

Elegidos y predestinados, pero no incondicionalmente.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la elección, o predestinación, es enseñada en las Escrituras. Sin embargo, tal elección no se refiere necesariamente a la salvación eterna de un grupo o individuo en particular, sino más bien a la preordenación para el ejercicio de ciertos roles o papeles en el plan de Dios. Entre los predestinados a desempeñar roles específicos en el logro de la redención, el personaje principal es nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. La elección de Jesús es el acto central y primario de la predestinación. La Biblia nos enseña que Jesucristo fue elegido desde antes de la fundación del mundo para ser nuestro Salvador:

 “Cristo había sido destinado para esto desde antes que el mundo fuera creado, pero en estos tiempos últimos ha aparecido para bien de ustedes.” (1 Pedro 1:20, DHH).

En otras ocasiones, diversas personas fueron elegidas para roles especiales con el fin de facilitar los propósitos de Dios. Por ejemplo, Dios eligió a los doce apóstoles como instrumentos para establecer la iglesia. Sin embargo, podemos notar que tal elección fue para el servicio y no para la salvación. Esto se evidencia en el hecho de que incluso Judas se encuentra entre los doce elegidos (Lucas 6:13; Juan 6:70), aunque más adelante se convirtió en un traidor (Juan 6:71).[1] Bíblicamente, el hecho de que Dios elija a ciertos individuos para misiones especiales, no implica que dichos individuos serán salvos de forma incondicional y automática. Lo que la biblia sí enseña es que Dios elige a ciertos individuos para ejercer ciertos ministerios específicos. Por ejemplo:

  1. Dios eligió a Jeremías desde antes de nacer para que fuese su profeta:

“«Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones».” (Jeremías 1:5, NVI).

 

  1. Dios eligió a Sansón desde antes de nacer como juez de Israel:

“Cierto hombre de Zora, llamado Manoa, de la tribu de Dan, tenía una esposa que no le había dado hijos porque era estéril. Pero el ángel del Señor se le apareció a ella y le dijo: «Eres estéril y no tienes hijos, pero vas a concebir y tendrás un hijo. Cuídate de no beber vino ni ninguna otra bebida fuerte, ni tampoco comas nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja sobre su cabeza, porque el niño va a ser nazareo, consagrado a Dios desde antes de nacer. Él comenzará a librar a Israel del poder de los filisteos».” (Jueces 13:2-5).

 

  1. Dios eligió a Jacob, por encima de Esaú, para llegar a ser el padre de la nación del Pacto:

“Isaac oró al Señor en favor de su esposa, porque era estéril. El Señor oyó su oración, y ella quedó embarazada. Pero, como los niños luchaban dentro de su seno, ella se preguntó: «Si esto va a seguir así, ¿para qué sigo viviendo?» Entonces fue a consultar al Señor, y él le contestó: «Dos naciones hay en tu seno; dos pueblos se dividen desde tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor».” (Génesis 25:21-23).

 “No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios.” (Romanos 9:10-16, NVI).

 

  1. Dios eligió a Ciro y lo llamó por nombre antes de nacer para liberar a su pueblo:

“Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien tomó de la mano derecha para someter a su dominio las naciones y despojar de su armadura a los reyes, para abrir a su paso las puertas     y dejar abiertas las entradas: «Marcharé al frente de ti, y allanaré las montañas; haré pedazos las puertas de bronce y cortaré los cerrojos de hierro. Te daré los tesoros de las tinieblas, y las riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre. Por causa de Jacob mi siervo, de Israel mi escogido, te llamo por tu nombre y te confiero un título de honor, aunque tú no me conoces.” (Isaías 45:1-6, NVI).

   5. Pablo fue elegido desde antes de nacer para llegar a ser apóstol:

“Pero Dios, que me escogió antes de nacer y por su gran bondad me llamó, tuvo a bien hacerme conocer a su Hijo, para que anunciara su evangelio entre los no judíos.” (Gálatas 1:15-16, DHH).

PREDESTINADOS PARA LA SALVACIÓN.

Además de la predestinación de un individuo o grupo para desempeñar una tarea, o cumplir una misión específica en esta vida, la biblia nos habla de un cierto tipo de predestinación en relación con la salvación. La biblia nos enseña que Dios predestina individuos específicos a la salvación. Sin embargo, esto dista mucho de la doctrina calvinista de elección incondicional, o de su doctrina hermana, la gracia irresistible. Debe recordarse que el calvinismo enseña no solo una predestinación a la salvación, sino una predestinación a la fe misma. Según el calvinismo, Dios determina qué incrédulos se convertirán en creyentes. La elección incondicional es uno de los 5 puntos del calvinismo clásico. John Piper, en su breve artículo, “Cinco razones para abrazar la elección incondicional“, declara:

“La elección incondicional es la elección libre de Dios antes de la creación, no en base a la fe prevista, otorgando fe y arrepentimiento a los traidores, perdonándolos, y adoptándolos en el seno de su familia eterna de gozo.”[2]

 El concepto puede sonar piadoso y hasta bíblico, pero está lejos de ser las buenas nuevas que pretende ser. La denominada “elección incondicional” implica, en su aspecto positivo, que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo, previendo el pecado del hombre, a una multitud incontable de personas para salvarlas, no porque vio que creerían o consideró algo bueno en ellas, sino que lo hizo en amor y misericordia, según Su voluntad para alabanza de la gloria de Su gracia. El aspecto negativo de la misma suele pasarse por alto, ya que establece que Dios, en su soberanía, ha determinado de antemano quienes serán condenados eternamente sin que puedan hacer algo para cambiarlo.

Además, la declaración de Piper contiene serias contradicciones. Por ejemplo, Piper parece olvidar que, de acuerdo con la doctrina calvinista que él sostiene, Dios decreta cada detalle de nuestra propia existencia. Por lo tanto, si somos traidores es por el decreto y la voluntad de Dios. Pero Piper enmarca el asunto como si fuéramos traidores por nuestra propia voluntad. Pero esto no puede ser cierto si Dios influye soberanamente en nuestros deseos y decisiones.

Contrario a lo dicho por Piper, la Biblia nos enseña que ciertos individuos están predestinados a la salvación como tal, mas no por compulsión o manipulación ejercida sobre ellos como sugiere el calvinismo. Los que Dios conoce de antemano (Romanos 8:29) se convertirán en creyentes de su propia elección.[3] En la doctrina arminiana y bíblica, Dios no solo conoce de antemano la fe de ciertos individuos, Él conoce de antemano a los creyentes.

NATURALEZA CORPORATIVA DE LA ELECCIÓN.

La elección de Dios es de naturaleza corporativa. La Biblia nos enseña que Dios eligió, entre otras cosas, a la nación Israel para cumplir Sus propósitos (Deuteronomio 7:7-8). En su soberanía y presciencia, Dios eligió a la nación que surgiría de Jacob y no de Esaú para cumplir una misión específica (Génesis 25:23; Romanos 9: 10-14); también eligió a la Iglesia en el Nuevo Testamento (1 Pedro 2: 9); a través de Jesucristo, el elegido de Dios (Isaías 42: 1), para cumplir sus propósitos divinos. Los elegidos, entonces, en el Nuevo Testamento, están formados por individuos que han sido unidos por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo para cumplir los propósitos de Dios Padre, que está trabajando todo en conformidad con Su voluntad (Efesios 1:11). Solo cuando uno se une a Cristo es considerado el elegido o escogido por Dios.

El apóstol Pablo escribe:

“Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (Efesios 1: 3-5, NVI).

De acuerdo con Efesios 1: 3-5, en lo que concierne a la elección, Dios es el que otorga todas las bendiciones, pero tales bendiciones vienen únicamente a aquellos que están en Cristo Jesús. Este pasaje también nos enseña que, antes de que Dios creara el mundo, Él escogió “algo” para aquellos que llegaran a estar en Cristo. Ese “algo” que Dios eligió para ellos es que fueran hechos “santos y sin mancha delante de él(Efesios 1: 4). Por lo tanto, el texto no indica que Dios nos eligió “para estar en Él”, sino más bien, predestinó que, aquellos que llegaran a formar parte del Cuerpo de Cristo, fuesen hechos “santos y sin mancha delante de él… adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo “.

La elección de Dios de los que creen en Cristo es una enseñanza importante del apóstol Pablo (Romanos 8: 29-33; 9: 6-26; 11: 5, 7, 28; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1: 4; 2 Tito 2:13, Tito 1: 1). El término “Elección” (Griego “eklego”) se refiere a Dios escogiendo en Cristo a un pueblo a quien él destina para ser santo e irreprensible ante sus ojos (2 Timoteo 2:13). Pablo ve esta elección como expresión de la iniciativa de Dios como el Dios del amor infinito al darnos como su creación finita toda bendición espiritual a través de la obra redentora de su Hijo. La enseñanza de Pablo sobre la elección implica las siguientes verdades:

  1. La elección es cristocéntrica, es decir, la elección de los seres humanos ocurre sólo en unión con Jesucristo. “Él nos escogió en él” (Efesios 1: 4). Jesús mismo es primero de todos los elegidos de Dios. En cuanto a Jesús, Dios dice: “Aquí está mi siervo a quien he escogido” (Mateo 12:18, Isaías 42: 1, 6; 1 Pedro 2: 4). Cristo, como el elegido, es el fundamento de nuestra elección. Sólo en unión con Cristo nos hacemos miembros de los elegidos (Efesios 1: 4, 6-7, 9-10, 12-13). Nadie es elegido aparte de la unión con Cristo por medio de la fe.

 

  1. La elección es “en él … a través de su sangre” (Efesios 1: 7). Dios propuso antes de la creación (Efesios 1: 4) formar un pueblo a través de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Así, la elección se fundamenta en la muerte sacrificial de Cristo para salvarnos de nuestros pecados (Hechos 20:28; Ro 3: 24-26).

 

  1. La elección en Cristo es principalmente corporativa, es decir, la elección de un pueblo (Efesios 1: 4-5, 7, 9). Los elegidos son llamados “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12), “mi iglesia” (Mateo 16:18), “un pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9), y la “novia” de Cristo (Apocalipsis 19:7). Por lo tanto, la elección es corporativa y abarca a las personas individuales solamente cuando se identifican y se asocian con el cuerpo de Cristo, la iglesia verdadera (Efesios 1: 22-23).[4] Esto era cierto ya de Israel en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 29:18-21).

 

  1. La elección a la salvación y santidad del cuerpo de Cristo es siempre certera. Pero la certeza de la elección para los individuos permanece condicionada a su fe personal viviente en Jesucristo ya la perseverancia en unión con él. Pablo demuestra esto de la siguiente manera: El propósito eterno de Dios para la iglesia es que debemos ser “santos e irreprensibles ante sus ojos” (Efesios 1: 4). Esto se refiere tanto al perdón de los pecados (Efesios 1:7) como a la pureza de la iglesia como esposa de Cristo. El pueblo elegido de Dios está siendo guiado por el Espíritu Santo hacia la santificación y la santidad (Romanos 8:14, Gálatas 5: 16-25). El apóstol enfatiza repetidamente este propósito primordial de Dios (Efesios 2:10, 3:14-19, 4: 1-3, 13-24, 5:1-18). Cumplimiento de este propósito para la iglesia corporativa es certero: Cristo hablando de la iglesia dice: “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa e irreprensible” (Efesios 5:27). El cumplimiento de este propósito para los individuos en la iglesia es condicional. Cristo nos presentará “santos e irreprensible ante sus ojos” (Efesios 1: 4) sólo si continuamos en la fe. Pablo lo declara claramente: Cristo “te presentará santo delante de él sin mancha … si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:22-23).

 

  1. La Elección a la salvación en Cristo es ofrecida a todos (Juan 3: 16-17; 1 Timoteo 2: 4-6; Tito 2:11; Hebreos 2:9), pero se vuelve real para personas particulares dependientes de su arrepentimiento y fe como Aceptan el don de Dios de salvación en Cristo (Efesios 2: 8, 3:17, Hechos 20:21, Romanos 1:16, 4:16). En el punto de la fe, el creyente es incorporado al cuerpo elegido de Cristo (la iglesia) por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), convirtiéndose así en uno de los elegidos. Así, hay tanto la iniciativa de Dios como nuestra respuesta en la elección (Romanos 8:29, 1:1-11).

 

LA ELECCIÓN IMPLICA PREDESTINACIÓN, PERO ESTA TAMBIÉN ES CONDICIONAL.

La elección pues, depende de la pertenencia o no al Cuerpo de Cristo, aquellos que conforman la verdadera iglesia del Señor. La Biblia nos enseña que Dios ha predestinado a su iglesia para salvación. Pero ¿Qué significa ser predestinado? El término “predestinación” (Griego “prooizo”) significa “decidir de antemano” y se aplica a los propósitos de Dios comprendidos en la elección. La elección es la elección de Dios “en Cristo” de un pueblo (la iglesia verdadera) para sí mismo. La predestinación comprende lo que sucederá con el pueblo de Dios (todos los creyentes genuinos en Cristo). La Biblia nos enseña que Dios predestina a sus elegidos para ser llamados (Romanos 8:30), justificados (Romanos 3:24, 8:30), glorificados (Romanos 8:30), conformados a la semejanza de su Hijo (Romanos 8:29), ser santos e irreprensibles (Efesios 1:4), adoptados como hijos de Dios (Efesios 1:5), redimidos (Efesios 1:7), ser los receptores de una herencia (Efesios 1:14), hechos para la alabanza de su gloria (Efesios 1:2, 1 Pedro 2:9), receptores del Espíritu Santo (Efesios 1:13, Gálatas 3:14), creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10), etc.

 

La predestinación, como la elección, se refiere al cuerpo corporativo de Cristo (es decir, la verdadera iglesia espiritual), y comprende a los individuos sólo en asociación con ese cuerpo a través de una fe viva en Jesucristo (Efesios 1:5,7,13; Hebreos 2:38-41,16:31). Nadie fuera de la verdadera iglesia está predestinado para salvación. Pero una vez dentro, permanecer en ella o no, es nuestra decisión:

“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada. El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman.” (Juan 15:4-6).

Así pues, bíblicamente, la elección es condicional. Está supeditada a la pertenencia al Cuerpo de Cristo, a permanecer en Él. Para aquellos que permanezcan, hay un destino establecido: la vida eterna (Mateo 24:13, Romanos 2:6-7, Apocalipsis 3:13).

NI LA BIBLIA NI LA HISTORIA DE LA IGLESIA APOYA UNA VISIÓN INCONDICIONAL E INDIVIDUALISTA DE LA ELECCIÓN.

Los autores del Nuevo Testamento, los apóstoles y sus sucesores inmediatos vieron la doctrina de la elección para la salvación en términos principalmente corporativos, y no como individualista e incondicional, como sería inventada posteriormente por Agustín de Hipona y propagada más adelante por Lutero, Calvino y los calvinistas posteriores.

Los primeros cristianos después de la edad de los apóstoles jamás entendieron la elección como un asunto de Dios eligiendo a algunos para ser salvos y otros para ser condenados. El énfasis en los primeros siglos del cristianismo residió en el libre albedrío humano para elegir a favor o en contra de Dios. Para los primeros cristianos, aquellos a quienes Dios salva llegan a formar parte del grupo de sus elegidos. Es cierto que Dios los conoció desde antes de la creación del mundo, sin embargo, el conocimiento previo no determinó el destino. El libre albedrío para elegir o rechazar la provisión de Dios determina el destino eterno de uno. Este fue el consenso de la iglesia primitiva sobre el tema de la elección y la predestinación. La teoría novedosa de la elección incondicional estuvo ausente en el pensamiento de la iglesia primitiva. Esta fue un invento posterior de Agustín de Hipona. De modo que, a la luz de la Biblia, las teorías novedosas de Agustín (354-430 E.C.) hubieran sido consideradas heterodoxas por los primeros cristianos, pues estaban completamente en desacuerdo con la teología de los siglos primero y segundo que ya estaba firmemente establecida y recibida. Agustín no redescubrió la supuesta doctrina de la elección incondicional de Pablo: él mismo originó el error; y Lutero, Calvino y otros reformadores repitieron su error.[5]

LA ELECCIÓN SE BASA EN LA PRESCIENCIA DE DIOS.

Las Escrituras enseñan que Dios predestinó a aquellos a quienes Él conoció de antemano (Romanos 8:29), y elige de acuerdo con Su conocimiento previo (1 Pedro 1: 1-2). En Romanos 8:29, Pablo no enseña una elección incondicional para salvación. Lo que Pablo dijo fue que la predestinación de Dios (o, mejor dicho, la predeterminación) era conformar al creyente a la imagen de Su Hijo, Jesucristo, y no elegirlo incondicionalmente para el cielo. Respectivamente, Pedro estaba escribiendo a los creyentes, a quienes llama “los elegidos, extranjeros dispersos”, pues habían sido dispersados ​​por varias provincias. De acuerdo con Pedro esta elección estaba de acuerdo con el conocimiento previo de Dios el Padre (1 Pedro 1: 2). El conocimiento previo de Dios de todas las personas incluye su conocimiento de ellos como creyentes o no creyentes. Por lo tanto, no tiene nada de extraño cuando los autores de las Escrituras afirman que los creyentes estaban predestinados a ser conformados a la imagen de Jesús, o que los creyentes eran elegidos de acuerdo con el conocimiento previo de Dios.

Es indiscutible que Dios ha visto el futuro. Él ha estado ahí sin imponerlo por la fuerza, ni obligar a sus criaturas a cumplir con un hado ineludible, sino más bien respetando la libertad por el mismo concedida a sus criaturas. En cuanto a la elección incondicional, Arminio escribió:

“Con respecto al artículo de Predestinación, mis sentimientos al respecto son los siguientes: Es un decreto eterno y gracioso de Dios en Cristo, por el cual Él determina justificar y adoptar a los creyentes, y dotarlos de vida eterna, y condenar a los incrédulos y personas impenitentes… Pero un decreto como el que he descrito no es aquel por el cual Dios resuelve salvar a algunas personas en particular y, para que pueda hacer esto, resuelve dotarlos de fe, y condenar a otros y no otorgarles fe. Sin embargo, muchas personas declaran que esta es la clase de predestinación en la que trata el apóstol… Pero niego lo que afirman.”[6]

Como arminianos, reconocemos que hay un cierto decreto eterno de Dios, según el cual Él administra los medios necesarios para la fe y la salvación, y esto lo hace de la manera que Él sabe que es apropiado para la justicia, es decir, para Su misericordia y Su gracia. Sin embargo, Dio no ha elegido de forma incondicional a unos para vida eterna y a otros para condenación. Arminio afirma:

“Dios anticipa las cosas futuras a través de la infinidad de Su esencia y a través de la perfección preeminente de Su comprensión y presciencia, no como Él quiso o decretó que necesariamente deberían hacerse; aunque Él no los conocería de antemano, a excepción de que eran futuros, y no serían futuros a menos que Dios haya decretado realizarlos o permitirlos ”.[7]

 La salvación de unos y la condenación de otros descansa o depende de la presciencia y la previsión de Dios, por medio de la cual Él conoció de antemano, por toda la eternidad, lo que los hombres, a través de la gracia preveniente o precedente, harían. En su presciencia, Dios sabía desde la eternidad quienes perseverarían con la ayuda de la gracia posterior; y quien no querría creer y perseverar.[8]

Dios sigue siendo el que elige salvar; y lo hace de acuerdo con una condición particular: la fe en Jesucristo. Dado que la elección está directamente vinculada a la salvación, y como Dios no ha decretado salvar a nadie incondicionalmente, tampoco ha elegido incondicionalmente a nadie para la salvación. El apóstol Pablo lo afirma así: “Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.” (1 Corintios 1:21, NVI). Dios ha elegido salvar a los que creen. Los que rehúsen creer serán parte del grupo de los reprobados, y esto por elección y responsabilidad propia, no por un designio divino de carácter antojadizo.

CONCLUSIÓN.

Con respecto a la elección y la predestinación, podríamos usar la analogía de un gran barco en su camino hacia el cielo. El barco (la iglesia) es elegido por Dios para ser su propia nave. Cristo es el capitán y el piloto de esta nave. Todos los que desean ser parte de este barco elegido y su Capitán pueden hacerlo a través de una fe viva en Cristo, por la cual estos vienen a bordo del barco. Mientras estén en el barco, en compañía del capitán del barco, están entre los elegidos. Si optan por abandonar el barco y el capitán, dejan de formar parte de los elegidos. La elección siempre está en unión con el capitán y su barco. La predestinación nos habla sobre el destino de la nave y lo que Dios ha preparado para aquellos que permanecen en ella. Dios invita a todos a venir a bordo de la nave elegida a través de la fe en Jesucristo.[9]

REFERENCIAS: 

[1] Jack Cottrell, The Faith Once for All: Bible Doctrine for Today (Joplin, MO: College Press Publishing Company, 2002), 389.

[2] https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/5-motivos-para-aceptar-la-eleccion-incondicional/

Artículo publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Sandra Merino.

[3] Jack Cottrell, The Faith Once for All: Bible Doctrine for Today (Joplin, MO: College Press Publishing Company, 2002), 392.

[4] Robert Shank, Elegido en el Hijo, Bethany House Publishers, 1970.

[5] William W. Klein, “Election,” in Dictionary of the Later New Testament and Its Developments, eds. Ralph P. Martin and Peter H. Davids (Downers Grove: IVP Academic, 2008), 318-20.

[6] Arminius, “A Letter to Hippolytus A Collubus: III. Divine Predestination,” 2:698-99.

[7] Ibid., 707.

[8] Ibid., 719.

[9] Biblia de Vida en el Estudio del Espíritu, pp. 1854-1855.