Distintivos del Pentecostalismo, Dones Espirituales, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Sanidad Divina

Sanidad Divina, un regalo de gracia

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Una de las hermosas doctrinas del pentecostalismo clásico es la sanidad divina. Los pentecostales creemos firmemente que la muerte de Cristo en la cruz no sólo provee el perdón del pecado, sino también la sanidad de la enfermedad. Afirmamos que Aquél que nos dio el regalo de la vida eterna es el mismo que puede sanar nuestro cuerpo. ¿Por qué creemos eso? ¡Porque la Biblia así lo enseña!

Dondequiera que iba, Jesús ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37-38). Pero el regalo de la sanidad divina no fue algo reservado exclusivamente para nuestro Señor y su ministerio terrenal. La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9).

Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4), pues la obra de milagros, incluso la sanidad divina, es un ministerio que compete a todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18).

El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

LA SANIDAD FÍSICA COMO UN BENEFICIO DE LA EXPIACIÓN

Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Su ministerio era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, quien puede “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De esta manera la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades.

Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su Nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor en su Segunda Venida y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

ÉL LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES

Isaías 53:4-5 nos dice:

“Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores. Con todo, nosotros Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados.” (LBLA).

Pero, ¿Qué quiere decir Isaías 53 cuando dice que llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores? En pocas palabras, esta frase es una metonimia en la cual el autor cambia el efecto por la causa. El pecado es la causa, del cual la enfermedad es uno de sus muchos efectos. De acuerdo con Isaías, Cristo sufrió la ira de Dios contra la maldad humana que causó tales cosas como dolor y enfermedad. Esto implica que Cristo murió por nuestras enfermedades de la misma manera que murió por nuestros pecados, haciendo posible el regalo de la sanidad divina.

Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

LA SANIDAD DIVINA, UN DON DE LA GRACIA

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11).

En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos hace capaces de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

LA. SANIDAD DIVINA, UN DON QUE SE NOS CONCEDE SIEMPRE EN SUJECIÓN A LA SOBERANÍA DE DIOS

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su Nombre armonizan cada vez más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones.

LA SANIDAD DIVINA, UN REGALO PARA TODOS

La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Incluso hay evidencia bíblica de que el precioso regalo de la sanidad divina, puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

¿ES PECADO ACUDIR A LOS MÉDICOS?

Algunos grupos religiosos, un tanto extremistas, consideran pecaminoso e incorrecto acudir a los médicos, considerándolo falta de fe o incluso traición a Dios, quien es ‘nuestro Sanador’. Pero la Biblia no enseña tal cosa. La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor.

Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello. También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2; 14:2; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos.

A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

LA SANIDAD DIVINA, UN ANTICIPO DE LO QUE NOS ESPERA BAJO EL REINADO MESIÁNICO Y EN LA ETERNIDAD

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una expresión proléptica de la completa redención del cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados.

La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42-44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, un día moriremos.

LA SANIDAD DIVINA NO DEBE SER VISTA COMO UN PRETEXTO PARA LA NEGLIGENCIA EN EL CUIDADO DEL CUERPO

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen nuestra responsabilidad de cuidar nuestro cuerpo de forma adecuada. Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18).

La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

EN SU SOBERANÍA DIOS HA DETERMINADO QUE NO TODOS SANARÁN

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad soberano de Dios, la cual está más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él y perfeccionarnos. Ya sea que Dios nos sane, o elija dejarnos atravesar por el doloroso proceso de la enfermedad, Él sabe lo que hace y su voluntad es perfecta ¡A Él sea toda la gloria!

Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, como tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

CONCLUSIÓN

Los pentecostales reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina, tanto por parte de creyentes como de predicadores y ministros que tergiversan dicha enseñanza. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Otros creen que pueden exigirle a Dios o incluso darle órdenes para que sane a tal o cual persona. Eso es incorrecto. Sin embargo, no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina.

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Kundalini y experiencia pentecostal (Parte III)

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En artículos anteriores hemos probado que la kundalini y la experiencia conocida como bautismo o llenura del Espíritu Santo no son lo mismo. Sin embargo, aún queda algo pendiente de aclarar: Los pentecostales y carismáticos creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

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LOS DONES ESPIRITUALES Y LAS MANIFESTACIONES DEL ESPÍRITU SANTO NO HAN CESADO

Contrario a la afirmación de muchos cesacionistas, los dones milagrosos no fueron señal exclusiva de los apóstoles, sino un privilegio común a todos los cristianos ungidos con el Espíritu Santo. En otras palabras, muchos hombres no apostólicos y mujeres, jóvenes y viejos, en toda la amplitud del Imperio Romano, ejercieron sistemáticamente estos dones del Espíritu. El libro de los Hechos nos relata que Esteban y Felipe ministraron en el poder de señales y prodigios. Otros, que ejercían los dones milagrosos, aparte de los apóstoles, incluyen: (1) los 70 que fueron enviados en Lucas 10:09, 19-20, (2) al menos 108 personas, entre los 120 que estaban reunidos en el aposento alto en el día de Pentecostés, (3) Esteban (Hechos 6-7), (4) Felipe (Hechos 8), (5) Ananías (Hechos 9), (6) miembros de la iglesia en Antioquía (Hechos 13), (7) conversos anónimos en Éfeso (Hechos 19:06), (8) la mujer en Cesarea (Hechos 21:8-9), (9) los hermanos sin nombre de Gálatas 3:5, (10) los creyentes en Roma (Romanos 12:6-8), (11) los creyentes en Corinto (1 Corintios 12-14); y (12) los cristianos de Tesalónica (1 Tesalonicenses 5:19-20).

También hay que dar espacio a la explícita y frecuentemente repetida intención de los dones del Espíritu: esto es, la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:07; 14:03, 26). Si bien es cierto los dones espirituales fueron esenciales para el nacimiento de la iglesia, ¿Por qué habrían de ser menos importantes o necesarios por causa de su continuo crecimiento y maduración? También existe la continuidad fundamental o la relación espiritualmente orgánica entre la iglesia en Hechos y la iglesia en siglos posteriores. Nadie niega que fue una época o período de la iglesia primitiva que podríamos llamar “apostólica”. Debemos reconocer la importancia de la presencia física y personal de los apóstoles y su papel único en sentar las bases de la iglesia primitiva. Pero en ninguna parte del Nuevo Testamento se sugiere que ciertos dones espirituales estaban ligados única y exclusivamente a ellos, o que los dones cesaron cuando los apóstoles murieron. La iglesia universal o cuerpo de Cristo que fue establecido y dotado por el ministerio de los apóstoles es la misma iglesia universal y el cuerpo de Cristo hoy. Estamos juntos con Pablo y Pedro y Silas y Lidia y Priscila y Lucas, todos miembros del mismo cuerpo de Cristo. También hay que tomar nota de 1 Corintios 13:8-12. Aquí Pablo afirma que los dones espirituales no “pasarán” (vv. 8-10) hasta la llegada de lo “perfecto”. Si lo “perfecto” es de hecho la consumación de los propósitos redentores de Dios, como se expresa en el cielo nuevo y la tierra nueva después del regreso de Cristo, podemos confiadamente esperar que continúe la bendición y el empoderamiento de la iglesia con los dones hasta ese momento. Un punto similar se hace en Efesios 4:11-13. Allí Pablo habla de los dones espirituales como la construcción de la iglesia “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (v. 13; cursivas mías). Dado que esto último con toda seguridad aún no ha sido alcanzado por la iglesia, podemos anticipar con confianza la presencia y el poder de tales dones hasta que llegue ese día.

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NO, LOS DONES ESPIRITUALES NO FUERON SOLO PARA LA ÉPOCA APOSTÓLICA

Aunque los cesacionistas argumenten que las señales y prodigios, así como ciertos dones espirituales, solo sirvieron para confirmar o autenticar a los apóstoles, y que cuando los apóstoles murieron estos dones terminaron, el hecho es que ningún texto bíblico dice que señales y milagros o dones espirituales de un tipo en particular autentican los apóstoles. Señales y prodigios autenticaron a Jesús y el mensaje apostólico acerca de Él. Si las señales y maravillas fueron diseñados exclusivamente para autenticar apóstoles, no tenemos ninguna explicación de por qué los creyentes no apostólicos (como Felipe y Esteban) estaban facultados para realizarlas (1 Corintios 12:8-10). Por lo tanto, esta es una buena razón para ser un cesacionista solo si se puede demostrar que la autenticación o certificación del mensaje apostólico fue la única y exclusiva finalidad de tales demostraciones de poder divino. Sin embargo, en ningún lugar en el Nuevo Testamento es reducido a certificación el propósito o función de lo milagroso.

Los milagros, en cualquier forma, sirvieron para otros varios propósitos distintos: doxológicos (para glorificar a Dios: Juan 2:11; 9:03; 11:04; 11:40, y Mateo 15:29-31.); evangelístico (para preparar el camino para que el evangelio sea dado a conocer: Hechos 9:32-43); pastoral (como expresión de la compasión y el amor y el cuidado de las ovejas: Mateo. 14:14, Marcos 1:40-41), y edificación (para edificar y fortalecer a los creyentes: 1 Corintios 12:07 y el “bien común”, 1 Corintios 14:3-5, 26). Todos los dones del Espíritu ya sean lenguas o enseñanza, de profecía o de misericordia, curación o ayuda, se les dio (entre otras razones) para edificación, construcción, aliento, instrucción, consolación, y santificación del cuerpo de Cristo.

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NO, LOS DONES ESPIRITUALES TAMPOCO SE OPONEN A LA PALABRA ESCRITA

Tal vez la objeción más frecuentemente escuchada de parte de los cesacionistas es que el reconocimiento de la validez de los dones de revelación, como la profecía y la palabra de sabiduría, terminarían socavando la firmeza y la suficiencia de las Sagradas Escrituras. Pero este argumento se basa en la falsa suposición de que estos dones nos proporcionan verdades infalibles iguales en autoridad al texto bíblico en sí. También se escucha la apelación cesacionista a Efesios 2:20, como si en este texto se describen todos los posibles ministerios proféticos. El argumento es que los dones de revelación, como la profecía, estaban vinculados únicamente a los apóstoles y, por tanto, diseñados para funcionar solo durante el llamado período fundacional de la iglesia primitiva.

Un examen detallado de la evidencia bíblica concerniente tanto a la naturaleza de los dones del Espíritu, así como su amplia distribución entre los cristianos indica que hubo mucho más de este don que simplemente los apóstoles imponiendo la fundación de la iglesia. Por lo tanto, ni la muerte de los apóstoles, ni el movimiento de la iglesia más allá de sus años fundacionales, tiene influencia alguna sobre la validez y continuidad de los charismata hoy. Por último, aunque no es técnicamente una razón o argumento para ser un continuista, no puedo pasar por alto la experiencia. El hecho es que he visto todos los dones espirituales en funcionamiento, probados, confirmados, y experimentados de primera mano en innumerables ocasiones. La experiencia, al margen del texto bíblico, prueba poco. Pero la experiencia ha de tenerse en cuenta, sobre todo si muestra o encarna lo que vemos en la Palabra de Dios.

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UNA PREGUNTA FINAL A LOS CESACIONISTAS

Quiero concluir haciendo una pregunta final a mis hermanos cesacionistas: Jesús dijo que íbamos a recibir poder cuando el Espíritu Santo viniese sobre nosotros. Entonces, ¿dónde está el poder? Ustedes, que no creen en la continuidad de los dones sobrenaturales: Ustedes dicen que tienen el Espíritu, que todos los creyentes lo tienen, así que ¿Dónde está el poder? Como yo lo veo, ustedes pretenden que lo tienen redefiniéndolo. Lo cierto es que cuando los discípulos fueron llenos del Espíritu en el libro de los Hechos, hubo tales manifestaciones de poder que provocó que los no creyentes temblaran. ¿Dónde está el poder? Es cierto que una demostración del poder divino no siempre implica milagros, pero ¿Hay alguna manifestación del poder entre ustedes? ¿Ninguna en absoluto? ¿Dónde está la autoridad divina en su discurso? ¿Dónde está la sabiduría divina en su consejo? ¿Dónde está la audacia divina en sus acciones? Ustedes tienen sus métodos expositivos, sus grados de seminario, sus documentos de ordenación, y los libros de este o aquel teólogo en sus estantes. Pero ustedes no tienen el poder.

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CONCLUSIÓN

La continuidad de los dones y su necesidad y presencia en nuestra época es incuestionable. Esta es la herencia de todos los cristianos, y el equipo necesario de todo ministro del evangelio. Dios no nos ha dado un espíritu de debilidad, sino un espíritu de poder; el poder de creer y el poder para derrotar el cinismo y la incredulidad. Acusándonos de herejes y blasfemando contra Dios, al atribuirle al diablo toda manifestación del Espíritu Santo, no lograrán destruirnos ni impedir que avancemos. Sólo se dañan a sí mismos y presumen su mala interpretación de las Escrituras, por no decir una carencia total de fruto del Espíritu. La kundalini y la experiencia pentecostal no son lo mismo. Ustedes lo saben. Vengan y vean. Reciban y lo entenderán. Pero por favor, ya no sigan blasfemando ni enseñando mentiras sobre nosotros para detenernos. Eso jamás pasará.

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Cesasionismo, Continuismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Pluralismo Religioso, Postmodernidad, Satanismo, Sincretismo, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Kundalini y experiencia pentecostal (Parte II)

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Tal como lo enfaticé en mi artículo anterior, los pentecostales clásicos, defensores de la sana doctrina y praxis cristiana, rechazamos las acusaciones de los cesacionistas. Los pentecostales creemos en la continuidad de los dones espirituales. Atribuir a Satanás toda manifestación moderna de los dones espirituales es absurdo, sería igual a firmar que el diablo actúa libremente en el mundo mientras Dios tiene las manos atadas. Asimismo, rechazamos la absurda idea que afirma que la experiencia conocida como bautismo en el Espíritu Santo y la kundalini son iguales, semejantes, o la misma experiencia.

Afirmamos categóricamente que la kundalini y el bautismo o llenura del Espíritu Santo no son, ni remotamente, la misma cosa. Esto lo sabe muy bien cualquier creyente pentecostal que ha experimentado personalmente dicha bendición espiritual. Sin embargo, debemos admitir que no todo lo que ocurre en algunas iglesias que se identifican como pentecostales o carismáticas puede ser atribuido a la obra divina del Espíritu Santo. Hemos sido testigos de aberraciones aisladas de comportamiento y de doctrina entre los que se autoidentifican como pentecostales o carismáticos, principalmente en movimientos pseudocristianos como la Nueva Reforma Apostólica, la Confesión Positiva, el Evangelio de la Prosperidad, el dominionismo y muchas otras herejías.

A

MANIFESTACIONES EXTRAÑAS Y FENÓMENOS CONFUSOS QUE HAN INVADIDO EL CRISTIANISMO PENTECOSTAL Y CARISMÁTICO

En dichos grupos heterodoxos nacidos de un cristianismo postmoderno, es común escuchar a muchos líderes eclesiásticos que dicen que tenemos que reinventar el cristianismo. La Palabra de Fe (con su moda de declarar y decretar), la Nueva Reforma Apostólica y diversos grupos neopentecostales heréticos están creando alternativas al cristianismo bíblico. Es su punto de vista que es necesario recrear el cristianismo para llegar a la generación posmoderna. En estos movimientos, la verdad es subjetiva, por lo tanto, es relativa. El subjetivismo es la negación de la verdad absoluta, por lo tanto, todos poseen su propia verdad y todos podemos unirnos en uno solo. Han intercambiado un cristianismo racional por un cristianismo irracional basado en experiencias subjetivas humanas y experiencias emocionales.

En lugar de aferrarse a la Palabra de Dios, la generación posmoderna desea un encuentro más emocional, místico y esotérico con Dios. Como resultado, se cristianizan el yoga, la oración contemplativa, la oración profunda y muchas prácticas místicas ocultistas. Muchos buscan incorporar experiencias espirituales provenientes de otras religiones en el cristianismo y no están interesados ​​en la Palabra de Dios, sino que buscan probar, sentir y tocar a Dios. Ven a Jesús como alguien que vino a mostrarnos nuestra divinidad, pero el dios que predican no es el Dios de la Biblia, sino una deidad en el sentido ocultista. No es el Dios judeocristiano, sino un dios que resuena con los conceptos hindúes y budistas de dios, un dios con el que podrías tener experiencias místicas, un dios que puedes abrazar a través de prácticas de meditación y espiritualidad de la nueva era. Obviamente, el dios que puedes acceder con estas prácticas no es otro más que el dios de este mundo, Satanás, el ser caído que se convirtió en enemigo de Dios y de nuestras almas.

B

Tristemente, debemos admitir que muchos de los fenómenos que ocurren en algunas iglesias no tienen su origen en Dios. Son más bien expresiones espiritistas y de la Nueva Era infiltradas en el cristianismo. El dios que muchos “cristianos” postmodernistas adoran tienen más parecido con Buda, Brahma o cualquiera de los dioses hindúes, que con el Dios de la Biblia. Las experiencias espirituales derivadas de tales enseñanzas son también cuestionables, pareciéndose más a mera hipnosis, histeria colectiva, esoterismo, espiritismo, parapsicología, ocultismo descarado y magia blanca, entre otras cosas. Poco o nada ha quedado de las verdaderas manifestaciones de Dios en algunas iglesias denominadas pentecostales, neopentecostales, apostólicas o proféticas.

Las sospechosas expresiones del Espíritu que se producen en algunas reuniones carismáticas (estados de embriaguez, saltos paroxísticos, rigidez corporal, derrumbes, risa santa, sudoraciones, temblores, pérdida de la conciencia, y demás síntomas misteriosos), comparadas con la verdadera acción del Espíritu, reflejada a través del fruto: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22), descubren, a todas luces, que la diferencia entre unas manifestaciones y otras, son verdaderamente contrapuestas. Y este marcado contraste logra descubrir, como parece evidente, la falta de coherencia bíblica que existe en algunas prácticas modernas. Pero ¿Significa esto que debemos descartar todo tipo de manifestación espiritual en nuestras iglesias? ¿Acaso el Espíritu Santo ya no se manifiesta de forma auténtica en las congregaciones? ¿Debemos rechazar como del diablo toda manifestación de dones y milagros en nuestras congregaciones? No. Absolutamente no. La misma existencia de tales falsificaciones espirituales es un fuerte argumento a favor de la continuidad de los dones espirituales auténticos. O ¿Quién se molesta en falsificar algo que no existe? Solo se falsifica o se imita lo que es real y de valor.

C

SATANÁS, EL PADRE DE LAS MENTIRAS Y MAESTRO DE LAS IMITACIONES

¿Cómo explicamos entonces toda la amplia gama de prácticas y manifestaciones cuasi-espiritistas que podemos observar hoy día en algunas iglesias? La respuesta es simple: Vivimos en tiempos de apostasía. De esto profetizaron las Escrituras:

Que nadie os engañe en ninguna manera, porque no vendrá sin que primero venga la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se exalta sobre todo lo que se llama dios o es objeto de culto, de manera que se sienta en el templo de Dios, presentándose como si fuera Dios. ¿No os acordáis de que cuando yo estaba todavía con vosotros os decía esto? Y vosotros sabéis lo que lo detiene por ahora, para ser revelado a su debido tiempo. Porque el misterio de la iniquidad ya está en acción, solo que aquel que por ahora lo detiene, lo hará hasta que él mismo sea quitado de en medio. Y entonces será revelado ese inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuya venida es conforme a la actividad de Satanás, con todo poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, porque no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.” (2 Tesalonicenses 2:3-10, LBLA).

Lo que ocurre en muchas iglesias que han abandonado la sana doctrina quizá no pueda ser llamado completamente kundalini, pero tiene el mismo origen y por eso se le parece: Poderes engañosos de las tinieblas que buscan engañar a las personas y llevarlas a la adoración de falsos dioses.

Y vi otra bestia que subía de la tierra; tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero y hablaba como un dragón. Ejerce toda la autoridad de la primera bestia en su presencia, y hace que la tierra y los que moran en ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada. También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra en presencia de los hombres. Además engaña a los que moran en la tierra a causa de las señales que se le concedió hacer en presencia de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra que hagan una imagen de la bestia que tenía la herida de la espada y que ha vuelto a vivir.” (Apocalipsis 12:11-14, LBLA).

Esto no debería extrañarnos, Cristo mismo lo profetizó:

Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes.” (Mateo 24:24-25).

E

En los últimos días el poder de Satanás se haría presente aún dentro de las mismas iglesias, pues el espíritu satánico, tal como fue profetizado “se opone y se exalta sobre todo lo que se llama dios o es objeto de culto, de manera que se sienta en el templo de Dios, presentándose como si fuera Dios” (2 Tesalonicenses 2:4). ¿Acaso no es esto lo que está pasando en muchas congregaciones en donde un falso Espíritu Santo, que hace pasar su obra como si fuese de Dios, respalda la obra de falsos profetas y falsos maestros?

Como verdaderos pentecostales, no debería darnos miedo denunciar estas falsificaciones diabólicas ni a los falsos ministros del Espíritu, “porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues aun Satanás se disfraza como ángel de luz. Por tanto, no es de sorprender que sus servidores también se disfracen como servidores de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.” (2 Corintios 11:13-15, LBLA). Kundalini o no, la fuente de tales manifestaciones no es Dios.

F

¿CÓMO SABEMOS QUE LA EXPERIENCIA PENTECOSTAL Y LA KUNDALINI NO SON LO MISMO?

Volvamos ahora a la acusación de que el bautismo en el Espíritu santo y las experiencias místicas de la kundalini son la misma cosa. En el artículo anterior describí los frutos amargos y manifestaciones destructivas del síndrome kundalini. Eso me lleva a preguntarle a quienes nos difaman: ¿En verdad creen que todo eso se parece a lo que hace el Espíritu Santo al bautizar a los creyentes pentecostales hoy día? Si quieren ser honestos, y si de veras han conocido a un creyente pentecostal lleno del Espíritu, tendrán que admitir que ambas cosas son tan diferentes como el día de la noche.

Si observamos con detenimiento la acción del Espíritu a lo largo de la Escritura, comprobaremos que es todo lo opuesto a las extrañas manifestaciones de la kundalini.

  1. En primer lugar, el Espíritu Santo siempre actúa bajo el marco de la Palabra, y nunca sobre presupuestos extrabíblicos. Aquel que viene a la luz, deberá ceñirse al contenido certero de la Palabra de Dios; pues siendo que el Espíritu Santo la inspiró, parece dudoso que esté de acuerdo con doctrinas o prácticas que Él mismo no ha revelado en su Palabra. Quienes conocen la verdadera doctrina pentecostal saben que es cristocéntrica y plenamente bíblica. Honra a Dios y Dios es glorificado a través de ella porque el Espíritu Santo nos guía a toda verdad. Esto no puede decirse de las sectas practicantes del kundalini, las cuales no siquiera son cristianas ni aceptan la infalibilidad de la Biblia. Tampoco puede decirse de movimientos heréticos como la Palabra de Fe, la Nueva Reforma Apostólica, el Evangelio de la Prosperidad y otros más cuya doctrina es contraria a la Biblia. Pero es incorrecto y deshonesto identificar a tales grupos con el pentecostalismo clásico, ya que su heterodoxia delata el origen no santo de sus manifestaciones espirituales. No hay cabida alguna para las manifestaciones, del carácter que fueren, que se muevan entre la sombra y la oscuridad doctrinal.
  2. El kundalini apela a prácticas profanas, ocultistas y antibíblicas, no se basa en la autoridad de la Palabra ni la respeta, sino que escucha a espíritus engañadores y experiencias extracorpóreas. El Espíritu Santo manifestado en la experiencia pentecostal, en contraste, edifica al creyente a través de la meditación y el estudio serio de la Escritura, que es viva y eficaz; sirviéndose, además, para tal propósito, de la comunión práctica del pueblo de Dios. El pentecostalismo biblico no encuentra su edificación espiritual en el emocionalismo extremo, el ritualismo místico, el jolgorio, los espectáculos, las manifestaciones extáticas, o la excitación artificial de sus emociones (danzas extáticas, música estridente y manipuladora, sermones motivacionales, etc.). Si hay grupos que están recurriendo a dichas prácticas es su problema particular, no del pentecostalismo como tal.
  3. La kundalini esclaviza y oprime, e incluso enferma, enloquece y mata. El Espíritu Santo, por el contrario, proporciona una liberación completa. Por tanto, el cristiano que es controlado por Él, camina en este mundo con verdadera libertad y autonomía; solo condicionado por la Palabra. No se dejará manipular, ni esclavizar, por ningún líder, movimiento religioso o atadura de tipo espiritual, tal como ocurre con aquellos que practican la kundalini y otros ritos, los cuales se ven influenciados, oprimidos y poseídos por espíritus impuros que los atan a su voluntad y capricho. El Espíritu Santo trae verdadera libertad. Así es como el Espíritu de Dios, respetando la decisión del ser humano, ofrece la auténtica libertad: «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Corintios 3:17). Por el contrario, donde opera otro «espíritu», que no es el de Cristo, se procura una manipulación de la conciencia que, lo único que consigue, es anular por completo el sentido práctico de la libertad cristiana.
  4. El Espíritu Santo genera gozo y paz en el corazón de los verdaderos creyentes. En cambio, la intranquilidad, el tumulto, la exaltación, los desórdenes mentales, enfermedades físicas y opresión espiritual que se experimentan a través del ocultismo, la kundalini y otras prácticas místicas no concuerdan con el sosiego y la tranquilidad interior que proviene del Espíritu.
  5. El Espíritu Santo utiliza a sus siervos cuando éstos asumen una actitud de humildad y dependencia total de Dios, la cual se acompaña de paciencia y benignidad. La Nueva Era y la kundalini, por el contrario, alimentan el ego del hombre y le repiten la vieja mentira satánica: “Seréis como los dioses” (Génesis 3:5, RV1909). cuando existe jactancia o engreimiento, podemos decir que un «espíritu» oscuro planea sobre el escenario. Tal espíritu oscuro opera en los gurúes de la Nueva Era, falsos apóstoles, profetas y maestros de nuestros días, cuyo engreimiento los lleva a considerarse dioses, o casi dioses. Curiosamente, esto se asemeja mucho a la prepotencia y soberbia característica de los “ungidos” de la Nueva Reforma Apostólica, los promotores de la Palabra de Fe y otros grupos sincréticos e insanos doctrinalmente, los cuales enseñan que los creyentes son pequeños dioses con el poder de declarar, decretar y dar órdenes al mismísimo Dios (Judas 1:8-12).
  6. El Espíritu Santo engendra la virtud de la templanza –dominio propio–, y ésta encuentra su forma de expresión a través del decoro personal, el orden y la reverencia. La santidad y la pureza sexual es un fruto natural de una vida dominada por el Espíritu Santo. La kundalini, por el contrario, implica prácticas impuras y mágicas de tipo sexual. 
  7. El Espíritu Santo restaura automáticamente la salud espiritual del convertido y, según lo promete en Romanos 8:28, todo lo que acontezca –si ama a Dios– le ayudará para bien. Esto no puede decirse de la kundalini y sus efectos nocivos sobre las personas. Conocidas son ya las denominadas “emergencias espirituales” en la kundalini, las cuales le pueden costar la vida o la sanidad mental a sus practicantes. Esto no ocurre en las manifestaciones genuinas del Espíritu Santo.

G

Kundalini y experiencia pentecostal no son lo mismo. Eso es evidente. Es deshonesto de parte de nuestros detractores equiparar ambas experiencias. Claro, se ven obligados a hacerlo por necesidad, ya que los cesacionistas, principales críticos del pentecostalismo, niegan la vigencia actual de los dones y manifestaciones espirituales. Para justificar su postura se ven forzados a atribuir a Satanás cualquier señal o poder milagroso. En nuestra próxima entrega analizaremos la vigencia o no de los dones espirituales.

H

5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

ES1

¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

ES3

¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

ES4

SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

ES5

SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

ES2

LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

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CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

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REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

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5 SOLAS, Cesasionismo, Continuismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante

La Sola Scriptura en el pentecostalismo

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión “Sola Scriptura” significa que solamente la Escritura tiene autoridad para la fe y la práctica del cristiano. Al igual que los primeros reformadores, los pentecostales creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, ya que Dios mismo reveló su voluntad y propósito a los escritores que escogió (Amós 3:8), quienes documentaron con fidelidad y precisión lo que les fue revelado para la inclusión final y providencial en nuestro canon de sesenta y seis libros. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios establece que:

“Las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios para el hombre, la regla infalible y autoritaria de fe y conducta – 2 Timoteo 3:15-17, 1 Tesalonicenses 2:13, 2 Pedro 1:21”[1]

Afirmamos que la Biblia es inspirada por Dios. Creemos que el Espíritu Santo guio a los escritores de la Biblia. Tal supervisión influyó en los pensamientos y la elección misma de palabras de los escritores, aunque también permitió que se manifestaran su trasfondo, sus habilidades y personalidad. Además, la inspiración se aplica a todo lo que escribieron tal como se encuentra en el canon de la Escritura.

Pero no solo creemos que la Biblia es inspirada, sino también infalible. Los pentecostales creemos que las Escrituras son veraces y confiables en lo que tienen la intención de afirmar. Creemos que la Escritura, como está documentada en los manuscritos originales, los autógrafos, no tiene error. Al carecer de error y ser completamente veraces, las Escrituras son absolutamente confiables (2 Samuel 7:28; Salmo 119:160; Juan 17:17; Colosenses 1:5). La infalibilidad y la inerrancia se aplican a todas las Escrituras, Antiguo y Nuevo Testamento por igual.

Debido a su carácter inspirado, infalible e inerrante, los pentecostales creemos que todo lo que afirma y enseña la Biblia es verdad. Al revelar el propósito y la voluntad de Dios, la Biblia determina la creencia y la conducta. Por tanto, la afirmación de que la Biblia es la «regla autoritativa de fe y conducta» se entiende como un llamado a aceptar las Escrituras como la autoridad final e inmutable de la doctrina y la ética.[2]

Los pentecostales creemos que la Biblia es completa, autoritativa y verdadera. En palabras de Pablo:

“Toda la Escritura es ‘inspirada por Dios’ (dada por la inspiración de Dios) y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16).

BIBLIA 1

LA SOLA SCRIPTURA Y LOS DONES CARISMÁTICOS

Frecuentemente se nos acusa a los pentecostales de atentar contra el principio de Sola Scriptura debido a nuestra creencia en la continuidad de los dones carismáticos, incluidos los dones de palabra (palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, profecía, hablar en lenguas e interpretación de lenguas). Esto no es cierto. El continuismo pentecostal no atenta contra el principio de Sola Scriptura.

Aunque creemos en el don de profecía, los pentecostales no le atribuimos el mismo valor que a la Biblia, la Palabra escrita de Dios (lo cual sí ocurre en sectas como los mormones, los cuales atribuyen un carácter infalible a las palabras de José Smith y sus sucesores). Fieles al principio de Sola Scriptura, los pentecostales creemos que la profecía actual no es inspirada de la misma forma que las Escrituras, y no es inerrante. ¿Por qué? Porque está basada en la impresión inmediata que Dios ha traído espontáneamente a la mente de un creyente. A través de este don, Dios dirige información a nuestros pensamientos que de otra forma no podríamos saber o expresar; sin embargo, dichos mensajes no tienen la intención de que los consideremos plenamente autorizados o infalibles. De lo contrario, la Biblia misma jamás nos mandaría probar toda expresión que afirme ser inspirada por Dios (1 Juan 4:1), mientras que al mismo tiempo nos aconseja no menospreciar el don de profecía (1 Tesalonicenses 5:20-21). Esto deja en claro que, aunque el don de profecía es real y sigue vigente en nuestra época, este no es igual a la Palabra escrita de Dios. El mismo principio aplica a los mensajes transmitidos mediante el don de lenguas.

Así, por ejemplo, sería un ejercicio del don de profecía o mensaje inspirado por Dios, si alguien en un pequeño grupo o en una reunión de oración fuera guiado por Dios a decir: “siento que tal o cual misionero está batallando espiritualmente y está bajo ataque”, y al día siguiente recibimos una llamada o un email confirmando que así estaba ocurriendo, y que estas oraciones del pueblo fueron contestadas. La declaración probó ser cierta y resultó provechosa y de bendición. El mensaje no pretendía transmitir o imponer una nueva verdad, tampoco contradecir o reinterpretar el texto bíblico, sino más bien orientar a la iglesia acerca de un hecho actual que redundaría en el beneficio de las misma, o traería consuelo y guía en un área específica de nuestra peregrinar cristiano. Encontramos ejemplos de ello en Hechos 8:26-29, 9:10-16, 13:1-3, 16:6-10, 20:23, 21:10-12, etc.

Es en este punto donde quiero llamar la atención hacia algo muy importante (pero que a menudo es pasado por alto por los cesacionistas, quienes niegan la vigencia actual de los dones espirituales): Negar la vigencia de los dones carismáticos, incluido el de profecía, es atentar también contra el principio de Sola Scriptura. ¿Por qué? Porque si decimos que creemos que la Escritura es inspirada, infalible y plenamente autorizada, y la declaramos nuestra única base de fe y prácticas, entonces debemos aceptar que es la Biblia la que enseña la vigencia actual de los dones carismáticos.

En primer lugar, la Biblia nos presenta argumentos contundentes para tratar el don de profecía como válido para hoy, entendiéndose como algo que Dios trae a la mente, pero que no necesariamente es comprendido infaliblemente. En Hechos 2:17, Pedro explica el evento de Pentecostés citando al profeta Joel:

“Y sucederá en los últimos días —dice Dios— que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños” (LBLA)

Así que aquí tenemos una declaración de cómo serían los últimos días ¡Nuestros días! Al parece la profecía sería una experiencia esparcida entre hombres y mujeres. En 1 Corintios 14:1-4, Pablo dice a toda la iglesia:

“Procurad alcanzar el amor; pero también desead ardientemente los dones espirituales, sobre todo que profeticéis. Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios, pues nadie lo entiende, sino que en su espíritu habla misterios. 3 Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación [es lo que se espera que haga el don de profecía]. El que habla en lenguas, a sí mismo se edifica, pero el que profetiza edifica a la iglesia” (LBLA)

Esto ciertamente suena como profecía, y no es la prerrogativa de un grupo escogido de fundadores autoritativos de la iglesia, sino del cuerpo en general. Y el ministerio de profecía es simplemente descrito como edificante, exhortador, y consolador.

1 Corintios 14:29-32 dice:

“Y que dos o tres profetas hablen, y los demás juzguen.  Pero si a otro que está sentado le es revelado algo, el primero calle. Porque todos podéis profetizar uno por uno, para que todos aprendan y todos sean exhortados. Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (LBLA)

Aquí hay dos verdades cruciales que son dichas: una es que la profecía está basada en una “revelación”. Versículo 30: “Pero si a otro que está sentado le es revelado algo, el primero calle”. Por esta razón afirmamos que el don de profecía está basado en algo que Dios trae a la mente. No es exactamente lo mismo que la enseñanza, que está basada en la exposición de un texto. Está basada en lo que Dios trae a la mente, algo más inmediato. Pero entonces, el versículo 29 dice: “los demás juzguen (diakrinetosan)” Esto es muy interesante si se considera que no enfoca la atención a si la persona que habla es un “verdadero profeta” o no. No dice lo que dijo Jesús: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:15-16). Se enfoca en lo que se dice. Y la idea es: Véanlo con escepticismo afable, pues dicha palabra (juzguen: diakrinetosan) regularmente tiene esa connotación. En otras palabras, verifiquen, valoren. Lo que significa que el don de profecía, en la manera en que Pablo recomendaba su uso más amplio, no tenía una autoridad decisiva, suprema. Las Escrituras sí. Las mismas palabras inspiradas de Pablo eran decisivas, y no cualquier reclamo de revelación divina a través del don de profecía:

“Si alguno piensa que es profeta o espiritual, reconozca que lo que os escribo es mandamiento del Señor. Pero si alguno no reconoce esto, él no es reconocido” (1 Corintios 14:37, LBLA)

Encontramos la misma situación en 1 Tesalonicenses 5:20-21 (citado anteriormente):

“No menospreciéis las profecías. Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno” (LBLA)

En otras palabras, parece como si parte de lo que viene por medio de las profecías fuera bueno (aférrense a eso), y otra parte no lo fuera (déjenlo ir). En otras palabras, el don de profecía no está en la misma categoría que las Escrituras. Está por debajo de las Escrituras y es probado por las Escrituras, y es sabiduría espiritual informada en las Escrituras.

En 1 Corintios 13, Pablo advierte contra el uso inadecuado de los dones, cuando se utilizan sin amor. En los versículos 8-10 dice:

“El amor nunca deja de ser; pero si hay dones de profecía, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; pero cuando venga lo perfecto, lo incompleto se acabará” (LBLA)

En el contexto, la llegada de “lo perfecto” es casi seguramente la segunda venida de Cristo, porque el versículo 12 dice:

“Porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido” (LBLA)

Esto ocurrirá en la segunda venida de Cristo. La implicación entonces, es que los dones de profecías, y lenguas, y conocimiento, parciales e imperfectos, permanecerán hasta el retorno de Cristo.

1 Corintios 14:1 dice a la iglesia:

“Procurad alcanzar el amor; pero también desead ardientemente los dones espirituales, sobre todo que profeticéis” (LBLA) 

Así que a todos se nos dice que deseemos profetizar ardiente y especialmente.  Esta exhortación no tendría sentido si el don solo se aplicara a un grupo limitado de hombres que hablaran con un nivel de autoridad semejante al de las Escrituras. Pero tendría muchísimo sentido si la profecía fuera un don que cada creyente pudiera usar para ofrecer intuiciones guiadas por el Espíritu que Dios trajera a la mente para el bien de los demás. Así que, por estas razones presentadas en la Biblia, los pentecostales estamos persuadidos de que el don de profecía es válido para hoy y no tiene la misma autoridad que las Escrituras, pero es valioso como una expresión guiada por el Espíritu, de algo que de otra manera no pudiera saberse o decirse, que es poderosa para un momento específico y trae convicción o exhortación, o consolación para avivar o edificación de la fe. No debiera asustarnos como si fuera algo incontrolable, debiera ser tratado como cualquier reclamo de discernimiento. Es falible. Puede probarse cierta y pudiera no poder probarse cierta, porque el canal humano es pecaminoso, falible, y finito. Lo que sí es claro es que la vigencia actual de dones carismáticos como el de profecía no contradice el principio de Sola Scriptura, sino más bien lo contrario.[3]

En esto, como en todo, los creyentes pentecostales debemos ser equilibrados. Reconocemos que sin el principio de “Sola Scriptura” poco o nada nos separaría de sectas heterodoxas como los mormones, adventistas del séptimo día, ciencia cristiana, testigos de Jehová o cualquier otro culto herético, los cuales ponen las revelaciones de sus líderes, los sentimientos internos o las ideologías humanas al mismo nivel que la Palabra de Dios.

Los cristianos, y de forma particular los pentecostales, debemos ser muy cautelosos con aquellos que afirman tener un “nuevo” mensaje de parte de Dios. Una cosa es creer que Dios nos hable actualmente a través de sueños, visiones e incluso profecías y mensajes en lenguas, y otra cosa muy diferente es afirmar “Dios me reveló algo y toda la iglesia debe obedecerlo, pues es revelación fresca de parte de Dios para su pueblo”. Ninguna declaración del hombre debe ser considerada igual o superior a la Palabra escrita de Dios. El canon bíblica está cerrado. Debemos aferrarnos a la Palabra que Dios ya ha dado y comprometernos a Sola Scriptura – solo a la Escrituras.

BIBLIA 3

EL PRINCIPIO DE SOLA SCRIPTURA Y LA TEOLOGÍA LIBERAL

Pero nuestro apego como pentecostales al principio de Sola Scriptura va más allá de oponernos a cualquier supuesta revelación moderna y contradictoria que afirme estar al mismo nivel que la Biblia. Los pentecostales nos oponemos también a cualquier teología liberal que atente contra la autoridad, inspiración, infalibilidad e inerrancia bíblica. Dicha tendencia es muy común hoy día en iglesias protestantes liberales (muchas de las cuales nacieron en días de la Reforma y se adscribían originalmente al principio de Sola Scriptura).

En defensa del principio de Sola Scriptura, nos oponemos a la idea tan popular hoy en día de que la Biblia está llena de errores. Tal postura no solamente es convicción de la inmensa mayoría de personas agnósticas o no creyentes, sino que, en una medida creciente y desafortunada, está llegando a formar parte de la teología evangélica, siendo abrazada no solo por teólogos racionalistas, sino por aquellos que más dicen aferrase al principio de Sola Scriptura.

Frente a nuestros ojos, los humanistas han reescrito la historia para restarle importancia a la Biblia en el pensamiento y la cultura occidental. Y los cristianos evangélicos se han apuntado a este tipo de percepción casi por defecto. Los integrantes del mundo académico evangélico (en otro tiempo defensores de la Sola Scriptura), han recibido una educación escolar de parte de ateos y agnósticos donde el ridiculizar de la Biblia forma parte del curriculum. Al mismo tiempo, la membresía de muchas iglesias del protestantismo histórico ha aceptado esa cosmovisión humanista y se han conformado a la idea de que la Biblia solo tiene algo que decir en cuanto a la salvación del alma y que es irrelevante en cuanto a la exactitud histórica o la organización de una sociedad. La razón humana ha sustituido para ellos la Sola Scriptura.

Para los cristianos pentecostales, sin embargo, el punto de partida para una comprensión correcta de la doctrina revelada en las Escrituras no son las corrientes de moda, las ideologías humanistas o el capricho de teólogos sin fe. Es la Biblia misma que da un testimonio reiterado y poderoso de su propia naturaleza y nosotros lo aceptamos. Es la Biblia misma la que, con total claridad, reclama autoridad divina e inspiración plena.

Para nosotros, los pentecostales, la enseñanza de Jesús es el fundamento de nuestra comprensión de las Escrituras. En Mateo 5:18, se cita a Jesús:

«Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido» (NVI).

La insistencia de Jesús en la confiabilidad y autoridad de cada fragmento de las Escrituras se ve también en otros pasajes. En Juan 10:34-38, hace referencia a una breve declaración de los Salmos (82:6) y argumenta que ni esa ni ninguna otra parte de la Ley puede ser quebrantada. Si Jesús hubiera pensado que la inspiración de las Escrituras era parcial, y que estaban sujetas a errores en algún detalle, sin duda no hubiera hablado de la manera que habló. Por tal razón, los pentecostales creemos que, para sustentar a cabalidad el principio de Sola Scriptura, no solo basta con decir que ella es nuestra única regla de fe y conducta. Vivirla y creerla plenamente en todas sus partes, sin cuestionar la validez o veracidad de la misma, ni sometiendo la Biblia al  razonamiento, las filosofías y voluntad humana, es también una parte inseparable de Sola Scriptura.

BIBLIA 4

SOLA SCRIPTURA Y LAS TRADICIONES ECLESIÁSTICAS

Sola Scriptura fue el “grito de guerra” de la Reforma Protestante ante la imposición de tradiciones contrarias a la Palabra por parte de la iglesia tradicional. Por siglos la Iglesia Católica Romana consideró sus tradiciones superiores en autoridad a la Biblia. Esto dio como resultado muchas prácticas que eran, de hecho, contrarias a la Palabra de Dios. Algunos ejemplos son: la oración a los santos y/o a María, la inmaculada concepción, la transubstanciación, el bautismo de infantes, las indulgencias, y la autoridad papal. Martín Lutero, el fundador de la iglesia Luterana y padre de la Reforma Protestante, reprendió públicamente a la iglesia Católica por sus enseñanzas antibíblicas. La Iglesia Católica amenazó a Martín Lutero con la excomunión (y la muerte) si no se retractaba. La respuesta de Martín Lutero fue:

“Por tanto, a menos que yo sea persuadido o convencido por el testimonio de la Escritura, o por el más claro razonamiento, – a menos que sea persuadido por medio de los pasajes que he citado, – y a menos que mi conciencia sea sometida de esta manera por la Palabra de Dios, no puedo retractarme y no lo haré, porque es peligroso para un cristiano el hablar en contra de su conciencia. ¡Me mantengo firme, no puedo hacer otra cosa; que Dios me ayude! ¡Amén!”.[4]

La Sola Scriptura no es tanto un argumento contra la tradición como lo es contra las doctrinas no bíblicas o antibíblicas. La única manera de saber con seguridad lo que Dios espera de nosotros es permanecer fieles a lo que sabemos que Él nos ha revelado – la Biblia. Ahora sabemos, más allá de cualquier sombra de duda, que la Escritura es verdadera, autoritativa y confiable. No puede decirse lo mismo de la tradición.

La Palabra de Dios es la única autoridad para la fe cristiana. Las tradiciones solo son válidas cuando están basadas en la Escritura y están en completo acuerdo con la Escritura. Las tradiciones que están en contradicción con la Biblia no son de Dios y no son un aspecto válido de la fe cristiana. La Sola Scriptura es la única manera de evitar que la opinión personal y subjetiva tenga prioridad sobre las enseñanzas de la Biblia. La esencia de la Sola Scriptura es basar tu vida espiritual en la Biblia solamente, y rechazar cualquier tradición o enseñanza que no esté de total acuerdo con la Biblia. 2 Timoteo 2:15 dice:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.”

La Sola Scriptura no nulifica el concepto de las tradiciones eclesiásticas, más bien nos proporciona un fundamento sólido sobre el cual basar las tradiciones de la iglesia.

Hay muchas prácticas, en ambas iglesias Católica y Protestante, que son el resultado de tradiciones, y no de las explícitas enseñanzas de la Escritura. Es bueno y aún necesario que la iglesia tenga tradiciones. Las tradiciones juegan un papel importante en la clarificación de la doctrina cristiana, y la organización de las prácticas cristianas. Al mismo tiempo, para que estas tradiciones sean válidas, no deben estar en desacuerdo con la Palabra de Dios. Deben estar basadas en el sólido fundamento de la enseñanza en la Escritura.

Los cristianos siempre deben regresar a la Sola Scriptura, la autoritativa Palabra de Dios, como la única base sólida para la fe y la práctica. Las tradiciones que están basadas en, y están de acuerdo con la Palabra de Dios pueden ser mantenidas. Las tradiciones que no están basadas o están en desacuerdo con la Palabra de Dios, deben ser rechazadas. La Sola Scriptura nos lleva de regreso a lo que Dios nos ha revelado en Su Palabra. Finalmente, la Sola Scriptura nos señala nuevamente al Dios que siempre habla la verdad, nunca se contradice a Sí mismo, y siempre ha comprobado ser confiable.

BIBLIA 5

CONCLUSIÓN

Los pentecostales defendemos el principio de Sola Scriptura. Afirmamos que Dios ha provisto para todos los tiempos un registro inspirado, inerrante y autoritativo de su revelación en la Biblia, nuestras Santas Escrituras. Sostenemos que las Escrituras son la revelación plena y fidedigna de Dios para la salvación de todas las personas y, por tanto, son una fuente fidedigna para la fe, la enseñanza y la práctica. Las Escrituras definen la cosmovisión, la moralidad y ética del creyente. Es más, las Escrituras no son una mera fuente autorizada entre otras, sino la fuente de autoridad final. El Espíritu Santo, que inspiró a los escritores en su tarea de llevar un registro de la revelación de Dios, da vida a los escritos y a través de ellos, para que continúen hablando con claridad y autoridad al lector contemporáneo. Él no habla a través de los supuestos profetas o líderes religiosos que enseñan cualquier creencia o acción que no esté validada por las Escrituras. Por consiguiente, rechazamos cualquier filosofía contemporánea, método de interpretación, o supuesta profecía o revelación moderna que altera o se opone a la naturaleza y el significado de «la fe encomendada una vez por todas a los santos» (Judas 3; 2 Pedro 1:20-21).

Los cristianos pentecostales nos acercamos con humildad a la revelación bíblica, pidiendo al Espíritu Santo que hable a través de ella, y que conforme nuestra voluntad y cosmovisión a ella. Concedemos la primacía absoluta a la revelación bíblica, y estamos seguros de que nos guiará a toda verdad. El grito de guerra de la Reforma del siglo XVI es también el nuestro: ¡Sola Scriptura! Por tanto, exhortamos a todo el mundo:

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad.” (Isaías 8:20, NTV).

BIBLIA 2

REFERENCIAS:

[1] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 1.

[2] Normas Doctrinales de las Asambleas de Dios y otras Declaraciones. “La inspiración, inerrancia y autoridad de las Escrituras” (adoptada por el presbiterio general en sesión el 1 y 3 de agosto de 2015).

[3] Vern Poythress, “Modern Spiritual Gifts as Analogous to Apostolic Gifts: Affirming Extraordinary Works of the Spirit Within Cesssationist Theology,” en Journal of the Evangelical Theological Society 39/1 (Marzo, 1996): 85.

[4] Discurso de Martín Lutero ante la Dieta de Worms.

Continuismo, Pentecostalismo Clásico, Sin categoría, Vida Espiritual

Si Dios no ha dicho nada ¡Cállate!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Puede Dios darle a alguien un mensaje para otra persona? ¡Desde luego! ¿Le revela Dios la verdad a alguien de una manera sobrenatural y le permite dar ese mensaje a otros? ¡Desde luego! Sin embargo, debemos ser cuidadosos al respecto para evitar ser engañados por estafadores, falsos profetas y espíritus de demonios.

Los dones proféticos siguen vigentes en nuestra época tal como lo estuvieron en el primer siglo de la Era Cristiana. ¿Cómo? ¿Acaso había profetas en el Nuevo Testamento? ¡Sí! Contrario a lo que muchos piensan, sí había profetas en la iglesia primitiva. El ministerio profético no estuvo limitado al Antiguo Pacto. El Nuevo Testamento relata sin problema alguno la existencia de profetas en tiempos apostólicos. Dichos profetas proclamaban un mensaje de parte del Señor para los creyentes del primer siglo:

“Por aquel tiempo unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, se puso de pie y predijo por medio del Espíritu que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo cual sucedió durante el reinado de Claudio.” (Hechos 11:27-28, NVI)

“Llevábamos allí varios días cuando bajó de Judea un profeta llamado Ágabo. Este vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató con él de pies y manos, y dijo: —Así dice el Espíritu Santo: “De esta manera atarán los judíos de Jerusalén al dueño de este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles”. (Hechos 21:10-11, NVI)

A veces el mensaje de un profeta era revelador, pues contenía una nueva revelación y verdad de Dios (2 Corintios 12:1-4); otras veces su mesaje era de carácter profético (Hechos 11:28, 21:10).

¿CONTINÚAN VIGENTES LOS DONES PROFÉTICOS EN NUESTRA ÉPOCA?

La necesidad del ministerio profético en la iglesia primitiva era incuestionable. Los cristianos primitivos no tenían la Biblia completa, y algunos de ellos no tuvieron acceso a ninguno de los libros del Nuevo Testamento. Los profetas del Nuevo Testamento suplieron la carencia, proclamando el mensaje de Dios a las personas que no tenían acceso a éste de otro modo. Así que, el Señor envió a profetas a su pueblo para proclamar la Palabra de Dios. Sin embargo, a pesar de lo anterior, tanto nuestro Señor Jesucristo como sus apóstoles advirtieron a la iglesia en contra los falsos apóstoles y falsos profetas que intentarían introducirse en la misma y desviar la fe de muchos:

“Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces.” (Mateo 7:15, NVI)

“Tales individuos son falsos apóstoles, obreros estafadores, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, ya que Satanás mismo se disfraza de ángel de luz. Por eso no es de sorprenderse que sus servidores se disfracen de servidores de la justicia. Su fin corresponderá con lo que merecen sus acciones.” (2 Corintios 11:13-15, NVI)

“En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató. Esto les traerá una pronta destrucción. Muchos los seguirán en sus prácticas vergonzosas, y por causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Llevados por la avaricia, estos maestros los explotarán a ustedes con palabras engañosas. Desde hace mucho tiempo su condenación está preparada y su destrucción los acecha.” (2 Pedro 2:1-3, NVI)

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.” (1 Juan 4:1, NVI)

A diferencia de la iglesia primitiva, nosotros sí tenemos la completa revelación de Dios en la Biblia. Ninguna verdad nueva puede ser añadida. La Biblia es nuestra regla suficiente de fe y conducta. Los creyentes pentecostales de sana doctrina creemos que “las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios para el hombre, la regla infalible y autoritaria de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21”.[1]

Cuando una persona afirma estar hablando de parte de Dios (la esencia de la profecía), la clave es comparar lo que él o ella dicen con lo que dice la Biblia. Cuando Dios habla en la actualidad a través de una persona, el mensaje concuerda completamente con lo que Dios ya ha dicho en la Biblia. Dios no se contradice. 1 Juan 4:1 nos manda poner a prueba todo mensaje profético, lo cual nos muestra que, a diferencia de la Biblia, estos son falibles. 1 Tesalonicenses 5:20-21 declara: “no desprecien las profecías, sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:20-21, NVI). La profecía no debe ser despreciada, pero siempre debe ser probada. Entonces, ya sea una “palabra del Señor” o una supuesta profecía, nuestra respuesta debe ser la misma: Debemos comparar lo dicho por el supuesto profeta o mensajero con lo que dice la Palabra de Dios. Si contradice la Biblia, debemos desechar al profeta y su mensaje. Si concuerda con la Biblia, debemos pedir sabiduría y discernimiento para saber cómo aplicar el mensaje (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:5).

EL PELIGRO DE HABLAR FALSAMENTE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR.

Aunque los pentecostales y carismáticos creemos que Dios puede hablar, y continúa hablando a su pueblo a través de genuina profecía, debemos reconocer que muchos abusos son cometidos bajo el pretexto de que “Dios lo dijo”. En nuestro contexto actual, expresiones como «Dios me dijo» o «siento de parte de Dios» se usan de forma abusiva, manipuladora y hasta blasfema, para expresar en realidad lo que nosotros humanamente, cuando no carnalmente, sentimos y deseamos. A menudo, Dios nada tiene que ver con esto, pero muchos creen que, usando el nombre de Dios, sus opiniones particulares gozarán de mayor autoridad o serán más escuchadas. Pocas cosas están haciendo más daño a la verdadera fe cristiana que el uso indiscriminado, blasfemo y abusivo de estas expresiones. Sin embargo, esta práctica tan recurrente en nuestros tiempos no es nada novedosa. En realidad, fue frecuentemente condenada en las Escrituras hebreas.

Moisés advirtió al pueblo hebreo:

“Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre y diga algo que yo no le haya mandado decir morirá. La misma suerte correrá el profeta que hable en nombre de otros dioses.” (Deuteronomio 18:20, NVI)

Advertencias del mismo tipo fueron hechas también por los profetas Ezequiel e Isaías:

“Hijo de hombre, denuncia a los profetas de Israel que hacen vaticinios según sus propios delirios, y diles que escuchen la palabra del Señor. Así dice el Señor omnipotente: “¡Ay de los profetas insensatos que, sin haber recibido ninguna visión, siguen su propia inspiración!” (Ezequiel 13:2-3, NVI)

“Sus visiones son falsas, y mentirosas sus adivinaciones. Dicen: ‘Lo afirma el Señor’, pero el Señor no los ha enviado; sin embargo, ellos esperan que se cumpla lo que profetizan. ¿Acaso no son falsas sus visiones, y mentirosas sus adivinaciones, cuando dicen: ‘Lo afirma el Señor’, sin que yo haya hablado?” (Ezequiel 13:6-7, NVI)

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad.” (Isaías 8:20, NTV)

“Yo, el Dios de Israel, les digo: si un profeta tiene un sueño, que lo cuente; si recibe un mensaje de mi parte, que lo comunique al pie de la letra. ¡Pero que se dejen de cuentos! Estoy cansado de sus mentiras. ¡Y todavía se atreven a decir que hablan de mi parte! Estoy en contra de esos profetas que dicen haber recibido mensajes de mi parte, pero yo no les he comunicado nada. Esa clase de mentiras no le hace ningún bien a mi pueblo; al contrario, lo conducen al error. Mi palabra es tan poderosa como el fuego, y tan dura como un martillo; ¡hasta puede hacer pedazos una roca! Les aseguro que así es.” (Jeremías 23:28-32, TLA)

AFERRÉMONOS A LA PALABRA, DESECHEMOS LA FALSA PROFECÍA.

Lo que normalmente hay detrás de la expresión «Dios me dijo», empleada por muchos pastores y pseudoprofetas modernos, es una desviación de la única fuente de revelación firme y segura, “la firmísima palabra de los profetas, a la que ustedes harán bien en atender como a lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el astro matinal amanezca en sus corazones.” (2 Pedro 1:19, BLPH), y que no es otra que la Sagrada Escritura.

A los pentecostales modernos nos haría mucho bien seguir el consejo paulino de «no ir más allá de lo que está escrito» (1 Corintios 4:6, NVI). De hecho, este fue el ejemplo que nos dio el Señor Jesús, quien constantemente citaba las Escrituras como la autoridad final e infalible: «Escrito está» (Mateo 4:4, 4:6-7) o «¿No está escrito […]? (y la Escritura no puede ser quebrantada)» (Juan 10:34-35). Por supuesto que Dios sigue hablando actualmente, pero esto lo hace principalmente a través de su Palabra (Hebreos 1:1) y puede hacernos sentir impulsos internos, deseos y emociones (Filipenses 2:13), pero evitemos a toda costa recurrir a estas peligrosas expresiones usadas a menudo en las sectas religiosas. Hablar en nombre de Dios cuando Él no ha hablado es un grave pecado que no quedará impune. ¿Qué tal si nos aferramos menos al «Dios me dijo» y nos apegamos más al «Escrito está»?

No lo olvidemos:

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20, RVR1960).

¡Solo la Escritura! Esto no significa otra cosa que, en cuestiones de fe, salvación, práctica y vida cristiana, solo la Biblia, como revelación divina, constituye la norma suprema, la última instancia para el cristiano y la Iglesia. Prestemos más atención a la segura Palabra de Dios y menos a las impresiones humanas falibles. Los pentecostales y carismáticos debemos evitar caer en el error de las sectas.

REFERENCIAS:

[1] Artículo 1, Declaración de verdades fundamentales. Véase “Las 16 verdades fundamentales de las Asambleas de Dios”. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#1, consultado el 10/03/2019.

Continuismo, Pentecostalismo Clásico

Pentecostalismo: ¿Fuego extraño o fuego santo?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El pentecostalismo, o movimiento pentecostal, es un movimiento evangélico que incluye un amplio número de denominaciones, iglesias independientes y organizaciones paraeclesiásticas que recalcan la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo. Surgió primero en Norteamérica a principios del siglo XX, cuando miembros del movimiento de santidad wesleyano experimentaron el fenómeno espiritual denominado glosolalia (hablar en lenguas), hecho que identificaron como la evidencia bíblica de haber sido bautizados en el Espíritu Santo (Hechos 1:8, 2:1-4). En la creencia pentecostal, el bautismo en el Espíritu Santo suministra al creyente un poder sobrenatural que incluye los carismas de 1 Corintios 12:8-10.

El pentecostalismo carece de un dirigente mundial debido a las diferentes creencias y opiniones sobre doctrinas, prácticas y liturgia existentes entre sus distintas organizaciones. Una iglesia pentecostal puede trabajar de forma independiente o estar afiliada a una organización religiosa de mayor cobertura. Sus ritos, prácticas y costumbres dependen de la corriente con la cual se identifique. En este sentido, se pueden distinguir tres “olas” en el movimiento pentecostal de nuestro siglo.

La primera es el pentecostalismo clásico que se vincula a la experiencia de “hablar en lenguas” que tuvo Agnes Oxham durante un servicio de sanidad divina en Topeka, Kansas, Estados Unidos, en vísperas del año nuevo de 1900. Este movimiento se extendió rápidamente en sectores populares de los Estados Unidos y pronto fue llevado con celo misionero también a otras partes del mundo. Puede decirse que esta ola es una forma popular del protestantismo que conforman denominaciones como las Asambleas de Dios o la Iglesia Cuadrangular. Brotes espontáneos de este tipo se dieron en América Latina en casos como el de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile y el movimiento “Brasil para Cristo”.

Algo diferente sería la segunda ola conocida también como “Movimiento Carismático” que hacia la década de los sesenta se extiende en el seno de las denominaciones protestantes antiguas como luteranos, anglicanos, presbiterianos, metodistas, o aun de la Iglesia Católica Romana. La glosolalia o la sanidad divina son parte de este movimiento, pero su característica sociológica no tiene las marcas de lo popular como en el caso del pentecostalismo clásico. Como en general no forma denominaciones separadas, conserva las características sociológicas de las denominaciones dentro de las cuales se manifiesta.

La tercera ola se puede definir como neocarismática o neopentecostal. Estaría representada por las nuevas iglesias sin tradición de denominación clara, aparecidas en años más recientes alrededor de figuras carismáticas. Según la World Christian Database, el número de pentecostales clásicos asciende a 78 millones, los carismáticos suman 192 millones y los neopentecostales, 318 millones.

Aunque el pentecostalismo experimentó fuerte oposición en sus inicios, gradualmente fue ganando reconocimiento y aceptación dentro del mundo evangélico al punto que, hoy en día, constituye el sector de mayor crecimiento dentro del protestantismo. Sin embargo, no todos han extendido la mano de confraternidad hacia el pentecostalismo. En ciertos sectores del evangelicalismo tradicional, principalmente en el bloque calvinista o reformado, los oponentes al movimiento pentecostal no solo son muchos, sino también cada vez más agresivos. Por ejemplo, en su polémico libro “Fuego Extraño” el pastor John MacArthur califica al Movimiento Pentecostal y Carismático[1] como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

MacArthur llega al extremo de afirmar:

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

Para MacArthur, lo pentecostales ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, por lo que deberíamos ser rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]

“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

MacArthur concluye su libro afirmando:

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

MacArthur se proclama a sí mismo como cesacionista, lo cual explica en parte su férrea oposición al pentecostalismo. Sin embargo, él no es el único en despreciar al Movimiento Pentecostal. En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, permanece:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8).”[7]

Nos preguntamos ¿Cuál es el problema con MacArthur y otros cristianos no pentecostales? ¿Por qué etiquetan, generalizan y desprecian a todo el movimiento pentecostal y carismático de esa forma? El celo ministerial y el cada vez más persistente decaimiento en las iglesias reformadas, en contraposición a la vitalidad y crecimiento del Movimiento Pentecostal, podrían explicar en parte tal oposición.

MACARTHUR, LOS CALVINISTAS Y EL CESACIONISMO.

John MacArthur es ampliamente conocido en el mundo evangélico. Además de ser pastor y autor es también popular gracias a su programa de radio Grace to You (Gracia a Vosotros). Es el pastor y maestro de la Grace Community Church en Sun Valley, California desde el 9 de febrero de 1969 y actualmente es también el presidente de The Master’s University en Newhall, California y de The Master’s Seminary en Los Ángeles, California.

Teológicamente, MacArthur es considerado un calvinista, y un fuerte defensor de la predicación expositiva. Ha sido reconocido por Christianity Today como uno de los predicadores más influyentes de su tiempo. Pero eso no es todo, MacArthur es cesacionista[8], y es una de las voces más prominentes en la iglesia en contra de las creencias continuistas del pentecostalismo y del movimiento carismático. En relación con el movimiento pentecostal, MacArthur ha llegado incluso a afirmar de forma tajante:

“Esto es el trabajo de Satanás, es el trabajo de la oscuridad, y no ha de ser atribuido al Espíritu Santo.”[9]

No nos extraña que MacArthur piense de esa manera. MacArthur, y muchos otros que se identifican como cesacionistas, niegan la continuidad de los dones espirituales. Ellos afirman que, al sostener dicha postura, buscan proteger las doctrinas de la suficiencia y la finalización de la Escritura. Sin embargo, esta es una excusa. Hay motivos siniestros detrás de esta doctrina, como su incredulidad y el temor de que esta incredulidad sea expuesta si se aventuran. Lejos de admitir su error teológico, los cesacionistas prefieren crucificar a Cristo con sus plumas, sólo para callarle, antes que admitir que luchan con la incredulidad. La incredulidad persistente de muchos calvinistas y otros sectores del protestantismo no les permite ver que la continuación de las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu no compromete la suficiencia y la finalización de la Escritura. Pero en su intento por desprestigiar al pentecostalismo, los cesacionistas como MacArthur afrentan a Dios y niegan la veracidad de la Biblia, libro que pretenden defender. Si de verdad creyeran en la Biblia, lo cesacionistas tendrían que admitir la continuidad de los dones del Espíritu para nuestra época al igual que los pentecostales.

LA BIBLIA ENSEÑA EL CONTINUISMO.

Los pentecostales y carismáticos creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

Contrario a la afirmación de muchos cesacionistas, los dones milagrosos no fueron señal exclusiva de los apóstoles, sino un privilegio común a todos los cristianos ungidos con el Espíritu Santo. En otras palabras, muchos hombres no apostólicos y mujeres, jóvenes y viejos, en toda la amplitud del Imperio Romano, ejercieron sistemáticamente estos dones del Espíritu. El libro de los Hechos nos relata que Esteban y Felipe ministraron en el poder de señales y prodigios. Otros, que ejercían los dones milagrosos, aparte de los apóstoles, incluyen: (1) los 70 que fueron enviados en Lucas 10:09, 19-20, (2) al menos 108 personas, entre los 120 que estaban reunidos en el aposento alto en el día de Pentecostés, (3) Esteban (Hechos 6-7), (4) Felipe (Hechos 8), (5) Ananías (Hechos 9), (6) miembros de la iglesia en Antioquía (Hechos 13), (7) conversos anónimos en Éfeso (Hechos 19:06), (8) la mujer en Cesarea (Hechos 21:8-9), (9) los hermanos sin nombre de Gálatas 3:5, (10) los creyentes en Roma (Romanos 12:6-8), (11) los creyentes en Corinto (1 Corintios 12-14); y (12) los cristianos de Tesalónica (1 Tesalonicenses 5:19-20).

También hay que dar espacio a la explícita y frecuentemente repetida intención de los dones del Espíritu: esto es, la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:07; 14:03, 26). Si bien es cierto los dones espirituales fueron esenciales para el nacimiento de la iglesia, ¿Por qué habrían de ser menos importantes o necesarios por causa de su continuo crecimiento y maduración?

También existe la continuidad fundamental o la relación espiritualmente orgánica entre la iglesia en Hechos y la iglesia en siglos posteriores. Nadie niega que fue una época o período de la iglesia primitiva que podríamos llamar “apostólica”. Debemos reconocer la importancia de la presencia física y personal de los apóstoles y su papel único en sentar las bases de la iglesia primitiva. Pero en ninguna parte del Nuevo Testamento se sugiere que ciertos dones espirituales estaban ligados única y exclusivamente a ellos, o que los dones cesaron cuando los apóstoles murieron. La iglesia universal o cuerpo de Cristo que fue establecido y dotado por el ministerio de los apóstoles es la misma iglesia universal y el cuerpo de Cristo hoy. Estamos juntos con Pablo y Pedro y Silas y Lidia y Priscila y Lucas, todos miembros del mismo cuerpo de Cristo. También hay que tomar nota de 1 Corintios 13:8-12. Aquí Pablo afirma que los dones espirituales no “pasarán” (vv. 8-10) hasta la llegada de lo “perfecto”. Si lo “perfecto” es de hecho la consumación de los propósitos redentores de Dios, como se expresa en el cielo nuevo y la tierra nueva después del regreso de Cristo, podemos confiadamente esperar que continúe la bendición y el empoderamiento de la iglesia con los dones hasta ese momento.

Un punto similar se hace en Efesios 4:11-13. Allí Pablo habla de los dones espirituales como la construcción de la iglesia “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (v. 13; cursivas mías). Dado que esto último con toda seguridad aún no ha sido alcanzado por la iglesia, podemos anticipar con confianza la presencia y el poder de tales dones hasta que llegue ese día.

Aunque los cesacionistas argumenten que las señales y prodigios, así como ciertos dones espirituales, solo sirvieron para confirmar o autenticar a los apóstoles, y que cuando los apóstoles murieron estos dones terminaron, el hecho es que ningún texto bíblico dice que señales y milagros o dones espirituales de un tipo en particular autentican los apóstoles. Señales y prodigios autenticaron a Jesús y el mensaje apostólico acerca de Él. Si las señales y maravillas fueron diseñados exclusivamente para autenticar apóstoles, no tenemos ninguna explicación de por qué los creyentes no apostólicos (como Felipe y Esteban) estaban facultados para realizarlas (1 Corintios 12:8-10). Por lo tanto, esta es una buena razón para ser un cesacionista solo si se puede demostrar que la autenticación o certificación del mensaje apostólico fue la única y exclusiva finalidad de tales demostraciones de poder divino. Sin embargo, en ningún lugar en el Nuevo Testamento es reducido a certificación el propósito o función de lo milagroso.

Los milagros, en cualquier forma, sirvieron para otros varios propósitos distintos: doxológicos (para glorificar a Dios: Juan 2:11; 9:03; 11:04; 11:40, y Mateo 15:29-31.); evangelístico (para preparar el camino para que el evangelio sea dado a conocer: Hechos 9:32-43); pastoral (como expresión de la compasión y el amor y el cuidado de las ovejas: Mateo. 14:14, Marcos 1:40-41), y edificación (para edificar y fortalecer a los creyentes: 1 Corintios 12:07 y el “bien común”, 1 Corintios 14:3-5, 26). Todos los dones del Espíritu ya sean lenguas o enseñanza, de profecía o de misericordia, curación o ayuda, se les dio (entre otras razones) para edificación, construcción, aliento, instrucción, consolación, y santificación del cuerpo de Cristo.

Tal vez la objeción más frecuentemente escuchada de parte de los cesacionistas es que el reconocimiento de la validez de los dones de revelación, como la profecía y la palabra de sabiduría, terminarían socavando la firmeza y la suficiencia de las Sagradas Escrituras. Pero este argumento se basa en la falsa suposición de que estos dones nos proporcionan verdades infalibles iguales en autoridad al texto bíblico en sí. También se escucha la apelación cesacionista a Efesios 2:20, como si en este texto se describen todos los posibles ministerios proféticos. El argumento es que los dones de revelación, como la profecía, estaban vinculados únicamente a los apóstoles y, por tanto, diseñados para funcionar solo durante el llamado período fundacional de la iglesia primitiva.

Un examen detallado de la evidencia bíblica concerniente tanto a la naturaleza de los dones del Espíritu, así como su amplia distribución entre los cristianos indica que hubo mucho más de este don que simplemente los apóstoles imponiendo la fundación de la iglesia. Por lo tanto, ni la muerte de los apóstoles, ni el movimiento de la iglesia más allá de sus años fundacionales, tiene influencia alguna sobre la validez y continuidad de los charismata hoy. Por último, aunque no es técnicamente una razón o argumento para ser un continuista, no puedo pasar por alto la experiencia. El hecho es que he visto todos los dones espirituales en funcionamiento, probados, confirmados, y experimentados de primera mano en innumerables ocasiones. La experiencia, al margen del texto bíblico, prueba poco. Pero la experiencia ha de tenerse en cuenta, sobre todo si muestra o encarna lo que vemos en la Palabra de Dios.

DESHONESTIDAD INTELECTUAL Y TEOLÓGICA DE JOHN MACARTHUR.

En uno de sus sermones sobre el enfoque bíblico de crecimiento de la iglesia, John MacArthur insistió en que los métodos de crecimiento de la iglesia que se basan en las teorías de negocios y trucos de marketing son infieles y destructivos. Estoy totalmente de acuerdo con él en eso. MacArthur propuso que los cristianos deben regresar a los Hechos de los Apóstoles,[10] ya que allí el método divino modelado por los primeros discípulos se establece. Él no se refería a un modelo neotestamentario en un sentido general, pero insistió en que hay que seguir el libro de los Hechos.

Luego, en el curso del sermón, ofreció cinco principios que había derivado: La iglesia primitiva tuvo 1) Un mensaje trascendente, 2) Una congregación regenerada, 3) Una valiente perseverancia, 4) Una pureza evidente, y 5) Un liderazgo cualificado. Sin embargo, cualquier expositor honesto debería haber añadido, 6) Un hablar en lenguas, sanidad de paralíticos, resurrección de muertos, expulsión de demonios, visiones, profecías y ministerios milagrosos. Todas estas cosas se registran en el libro de los Hechos, ¿No es así? ¿Por qué entonces MacArthur lo omite? ¿Qué libro de los Hechos estuvo leyendo MacArthur? ¿Es este el campeón de la predicación expositiva que tantos cristianos adoran? La predicación expositiva obliga al predicador a abordar temas con los que no se siente cómodo, y exponer lo que él podría encontrar difícil de aceptar ¿Qué pasó con eso? Pareciera que MacArthur olvidó que, como teólogo honesto que dice ser, no debe permitir que el prejuicio y la mentira oscurezcan las claras enseñanzas de la palabra de Dios. Es muy difícil, si no imposible, excusar a alguien de su calibre por no mencionar los milagros cuando él mismo, con tanto celo e indignación, reprende a las iglesias por no seguir el patrón en el libro de los Hechos.

Señores cesacionistas: Jesús dijo que íbamos a recibir poder cuando el Espíritu Santo, viniese sobre nosotros. Entonces, ¿dónde está el poder? Ustedes, que no creen en la continuidad de los dones sobrenaturales: Ustedes dicen que tienen el Espíritu, que todos los creyentes lo tienen, así que ¿Dónde está el poder? ¡Hipócritas! Pretenden que lo tienen redefiniéndolo. Lo cierto es que cuando los discípulos fueron llenos del Espíritu en el libro de los Hechos, hubo tales manifestaciones de poder que provocó que los no creyentes temblaran. ¿Dónde está el poder? Es cierto que una demostración del poder divino no siempre implica milagros, pero ¿Hay alguna manifestación del poder entre ustedes? ¿Ninguna en absoluto? ¿Dónde está la autoridad divina en su discurso? ¿Dónde está la sabiduría divina en su consejo? ¿Dónde está la audacia divina en sus acciones? Ustedes tienen sus métodos expositivos, sus grados de seminario, sus documentos de ordenación, y los libros de este o aquel teólogo en sus estantes. Pero ustedes no tienen el poder.

La continuidad de los dones y su necesidad y presencia en nuestra época es incuestionable. Esta es la herencia de todos los cristianos, y el equipo necesario de todo ministro del evangelio. Dios no nos ha dado un espíritu de debilidad, sino un espíritu de poder; el poder de creer y el poder para derrotar el cinismo y la incredulidad.

¿Y QUÉ HAY CON LAS ACUSACIONES MORALES QUE MACARTHUR Y MUCHOS OTROS ARROJAN SOBRE EL PENTECOSTALISMO?

En su polémico libro “Fuego Extraño”, MacArthur arroja lodo sobre la reputación del Movimiento Pentecostal al afirmar:

“La trágica ironía es que el movimiento que se cataloga a sí mismo como «lleno del Espíritu» resulta notorio por la inmoralidad sexual, las irregularidades financieras y la mundanalidad ostentosa en la vida de sus líderes más visibles… el movimiento carismático se ve manchado con regularidad por el escándalo.”[11]

Muchos líderes pentecostales han caído en graves errores morales. Eso es cierto. El pecado es común a la naturaleza humana. Seguramente un calvinista como MacArthur que sostiene la depravación total del hombre concordaría con nosotros al respecto. Lo verdaderamente malicioso de sus acusaciones reside en el hecho de que, según MacArthur, sólo los pentecostales y carismáticos somos culpables de tales faltas. Pero ¿Posee MacArthur la autoridad moral para decir eso? Personalmente, lo dudo.

Con respecto a MacArthur y la institución educativa y teológica que preside, las autoridades estadounidenses reportaron:

“Después de que un equipo de acreditación visitó The Master´s College para revisar sus prácticas en marzo de este año, el equipo compiló un informe en el que se afirmaba que la universidad estaba nuevamente en violación de las responsabilidades de informe requeridas en virtud de la Ley Clery y la Ley de Violencia contra la Mujer (VAWA). La Ley Clery exige que todas las escuelas que reciben asistencia financiera federal bajo el Título IV de la Ley de educación superior informen los delitos, incluidas las agresiones sexuales, que ocurren dentro y fuera del campus. Según el informe del equipo de la Asociación Occidental de Escuelas y Colegios (WASC, por sus siglas en inglés) no es la primera vez que la universidad se encuentra bajo escrutinio por cuestiones relacionadas con las leyes federales relacionadas con la agresión sexual… Un estudio realizado en 2013 por un investigador de la Universidad de Cornell analizó los datos de la Ley Clery del Departamento de Educación para clasificar y evaluar las instituciones según los informes de agresión sexual. The Master´s College y The Master´s Seminary se clasificaron dentro del último tramo de los puntos de referencia del estudio. Según las medidas estándar de salud pública, el estudio estimó la ocurrencia de aproximadamente 34.96 asaltos en el campus de The Master´s College y The Master´s Seminary en 2013. La escuela informó cero violaciones, según el Departamento de Educación de los Estados Unidos. El estudio se repitió nuevamente utilizando los datos de 2014. Se esperaba The Master´s College y The Master´s Seminary reportaran 40.03 agresiones sexuales. La universidad de nuevo no informó al Departamento de Educación de los Estados Unidos. Entre 2014 y 2016, el año más reciente en que están disponibles los datos de la Ley Clery, no se presentaron informes de violación o agresión sexual ante el Departamento de Educación de los Estados Unidos. El año siguiente, el Departamento de Educación de EE. UU. Emitió una Determinación de Revisión Final del Programa (FPRD) el 6 de julio de 2015, que confirmó varios casos de incumplimiento de las disposiciones de la Ley Clery durante 2014. La escuela tuvo una declaración de política incompleta con respecto a programas de asalto sexual en el campus, una descripción incompleta de los procedimientos a seguir cuando ocurre un delito sexual y no desarrolló los procedimientos para la acción disciplinaria del campus en casos de un presunto delito sexual, según el Departamento de Educación de los Estados Unidos.”[12]

Entonces, ¿Es el pecado sexual y los escándalos morales un distintivo único de nosotros los pentecostales? Sin lugar a duda, MacArthur está lanzando piedras a la casa del vecino, pero olvida que él mismo tiene un techo de cristal. La inmoralidad y el escándalo lo han salpicado a él también, por lo que sus acusaciones en contra del pentecostalismo son simplemente hipócritas. La diferencia entre MacArthur y los líderes carismáticos que él acusa reside en que MacArthur, hipócritamente, intentó ocultar todo aquello que dañara su reputación y la de su seminario teológico.[13]

¿Y ENTONCES?

No todo en el pentecostalismo funciona bien. MacArthur acierta en muchas de sus críticas. Su pecado es la generalización. Incluso el Dr. George O. Wood, superintendente general de las Asambleas de Dios de Estados Unidos, reconoció en una carta dirigida al Pastor John MacArthur acerca de su conferencia “Fuego Extraño”, que “ha habido aberraciones aisladas de comportamiento y de doctrina durante el siglo pasado, entre los que se autoidentifican como pentecostales o carismáticos”. Sin embargo, que “el movimiento en su conjunto ha demostrado ser una fuerza vital en la evangelización del mundo.”

El Dr. Wood, en un espíritu mucho más cristiano que el demostrado por MacArthur, también dijo:

“Confiamos en que llegará el momento en que el Dr. John MacArthur y aquellos que comparten su punto de vista reconozcan la gran contribución que los pentecostales y carismáticos están haciendo en la evangelización de las personas sin Cristo. Pedimos las bendiciones de Dios sobre sus esfuerzos para compartir el evangelio en un mundo que se pierde. Pentecostales y carismáticos son sus colaboradores en este esfuerzo por lo que pedimos que ellos igualmente oren por la bendición de Dios en nosotros a medida que tratamos de cumplir con la gran comisión que Dios nos ha dado. “[14]

El continuismo del movimiento pentecostal es bíblico y no pretendemos disculparnos por ello. Concordamos con MacArthur y otros cesacionistas acerca de los abusos cometidos por algunos grupos carismáticos. Al igual que MacArthur, los pentecostales de sana doctrina nos oponemos a los errores teológicos de movimientos pseudocristianos, autodenominados pentecostales, como la Nueva Reforma Apostólica, la Confesión Positiva, el Evangelio de la Prosperidad, el dominionismo y muchas otras herejías. Precisamente por ello, nos negamos a permitir que se nos etiquete a todos por igual como herejes o que se generalice sobre nosotros.

Señores cesacionistas ¡Ya basta de tanta hipocresía y espíritu fariseo y anticristiano hacia sus hermanos en la fe! ¡A paz nos ha llamado el Señor!

REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[4] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 15.

[5] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[6] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] El cesacionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesacionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.

[9] La conferencia Fuego Extraño puede escucharse en su totalidad en: https://www.gracia.org/library/topical-series-library/GAV-325/conferencia-fuego-extra%C3%B1o

[10] https://www.gracia.org/library/sermons-library/GAV-44-13/la-iglesia-ordinaria

[11] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 195.

[12] Véase : https://proclaimerscv.com/2018/09/19/masters-demonstrates-failure-to-report-sexual-assault-under-clery-act/, consultado el 05-03-2019.

[13] Para mayor información sobre los escándalos por abuso sexual en The Master´s College (ahora The Master´s University) y The Master´s Seminary pueden consultarse diversos enlaces, entre ellos: https://spiritualsoundingboard.com/2017/09/22/janes-account-of-rape-response-of-masters-university-to-her-claims-and-a-breaking-development-confirming-details-doyouseeus/, https://www.patheos.com/blogs/jesuscreed/2017/09/25/janes-story-leaders-failed/, http://thewartburgwatch.com/2017/09/23/janes-traumatic-rape-and-subsequent-mistreatment-by-officials-at-the-masters-college-now-university/

[14] Véase: https://www.crossmap.com/article/assemblies-of-god-george-woods-statement-regarding-strange-fire-conference.html, consultado el 05-03-2019.