Si hemos de ser fieles al testimonio completo de la Biblia, hemos de decir con toda claridad que acudir al médico o tomar medicamentos no constituye pecado alguno. Las Escrituras jamás presentan el remedio natural como un rival de la intervención divina, sino como un medio que Dios mismo ha dispuesto en su creación para el cuidado de la vida. De modo que la cuestión no es si el creyente debe orar o acudir al médico, porque ese dilema es ajeno a la revelación bíblica. La oración y la medicina no compiten; cooperan bajo la soberanía de un mismo Dios. Él es quien concede sabiduría al profesional de la salud, quien diseñó un organismo capaz de responder a un fármaco y quien, en su misteriosa libertad, puede sanar con o sin medios visibles. Como hemos visto, su poder no se mide por nuestro rechazo a los hospitales, y nuestra fe no se autentifica por la cantidad de recetas que dejamos de surtir. La verdadera fe pentecostal —esa que se ancla en la cruz y no en fórmulas mágicas— confía en que Dios sana, agradece cuando lo hace de manera sobrenatural, agradece cuando lo hace mediante un tratamiento, y se aferra a su gracia suficiente cuando la sanidad no llega ni por una vía ni por la otra. Porque el mismo Cristo que resucitó a Lázaro es el que lloró junto a su tumba, y en ambas actitudes nos mostró el corazón del Padre. Ni el médico es enemigo de la fe, ni la fe es enemiga del médico. Ambos pueden ser, y a menudo son, instrumentos del mismo Sanador.
Categoría: Biblia y Ciencia
La Epístola a los Hebreos: ¿un escrito de Lucas?
Pocos debates dentro del estudio del Nuevo Testamento resultan tan cautivadores y, a la vez, tan escurridizos como la cuestión de quién escribió la Epístola a los Hebreos. Durante siglos, especialistas de todas las confesiones han propuesto candidatos: Pablo, Bernabé, Apolos, Clemente de Roma, incluso Priscila. Ninguno, sin embargo, ha logrado imponerse con claridad. Ya en el siglo III, el gran erudito alejandrino Orígenes expresó su famosa perplejidad al afirmar que, en cuanto a la autoría de Hebreos, «solo Dios sabe la verdad» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica VI, 25, citado en Louth & Williamson, 1989, p. 202). Esa honesta confesión de ignorancia ha acompañado a la investigación hasta nuestros días.
Principales hipótesis sobre la autoría de la Epístola a los Hebreos
Pocos enigmas del Nuevo Testamento resultan tan fascinantes como la autoría de la Epístola a los Hebreos. Cualquiera que se acerque a este texto con cierta atención suele quedar atrapado por dos cosas: la belleza de su griego y la profundidad de su argumentación. Pero también topa rápido con una incomodidad: nadie lo firmó. A diferencia de casi todas las cartas paulinas, que se presentan con un saludo inicial inequívoco, Hebreos comienza como un discurso sin remitente claro. Y desde ahí arranca un debate que lleva abierto más de diecinueve siglos.
Juan de Patmos, no el Apóstol: Por qué el valor canónico del Apocalipsis no depende del nombre del escriba
La Biblia soporta todas las pruebas. No necesita de nuestras coartadas piadosas ni de nuestras censuras preventivas. Resiste el escrutinio histórico, filológico y arqueológico porque su origen último no está en la pericia de un autor humano —apóstol o no— sino en el aliento de Dios. Por tanto, el presente artículo se propone responder directamente a los fundamentalistas que, confundiendo tradición con Escritura, han levantado falsas alarmas. Demostraremos que (a) la autoría no apostólica no afecta en nada el valor canónico del Apocalipsis, (b) no anula su inspiración divina, y (c) el verdadero problema teológico no es el consenso crítico, sino la concepción deficientísima de inspiración que subyace a sus protestas. Al hacerlo, invocamos el principio paulino: «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Ts 5,21). Porque el Dios de la verdad no se ofende cuando se investiga su verdad. Solo los ídolos construidos por los humanos se quiebran ante el martillo de la realidad.
¿Juan el Apóstol, Juan de Patmos o Juan el Teólogo? ¿Quién fue el autor del libro de Apocalipsis?
El debate en torno a la autoría del libro del Apocalipsis constituye uno de los capítulos más fascinantes de la crítica textual y la historiografía del cristianismo primitivo. Durante siglos, la tradición eclesiástica ha sostenido con firmeza que el autor del último libro del canon bíblico fue Juan el Apóstol, el discípulo amado de Jesús e hijo de Zebedeo. Esta identificación, consolidada hacia el siglo II d.C. por figuras clave como Justino Mártir e Ireneo de Lyon, respondía en gran medida a la necesidad de la Iglesia primitiva de garantizar el origen apostólico de los escritos para legitimar su inclusión en el canon. Sin embargo, cuando este relato tradicional se somete al escrutinio del método histórico-crítico contemporáneo, la certeza sobre dicha autoría se desvanece de forma drástica. En el ámbito académico actual, el consenso es abrumador: la probabilidad de que el discípulo de Jesús haya redactado el texto es estadísticamente insignificante, estimándose que menos del diez por ciento de los especialistas defienden hoy esa postura.
Más que letras: el legado del Pueblo del Libro
Hagamos honor a nuestro título de "Pueblo del Libro". Que este Día del Libro sea un recordatorio para retomar el hábito de la lectura, entendiendo que un cristiano que lee es un cristiano que profundiza en la verdad y se capacita para servir mejor. Ocupémonos en la lectura; leamos más.
Diversas perspectivas sobre la inerrancia bíblica
La inerrancia bíblica, entendida como la veracidad absoluta de las Escrituras en todo lo que afirman, ha sido un tema central en la teología cristiana, despertando debates profundos y apasionados entre diversas tradiciones y corrientes teológicas. Este concepto, que refleja la confianza en que la Biblia es completamente confiable por ser inspirada por Dios, no solo define el entendimiento de la autoridad bíblica, sino que también impacta directamente la vida, la práctica y la espiritualidad del creyente.
Palabra perfecta: Cómo los Padres de la Iglesia entendieron la inerrancia de las Escrituras
El concepto de la inerrancia de las Escrituras, entendido como la creencia de que la Biblia es completamente verdadera y libre de error en todo lo que enseña, es un desarrollo teológico relativamente reciente en la historia del cristianismo. Aunque los primeros cristianos y los padres de la Iglesia tenían una alta estima por las Escrituras, la formulación sistemática de la inerrancia surgió en respuesta a los desafíos intelectuales de la modernidad.
Gigantes Postdiluvianos: Entre ángeles caídos, mutaciones y juicio divino
El tema de los gigantes en la Biblia ha captado la atención y generado debates apasionados entre teólogos, estudiosos y creyentes a lo largo de los siglos. Un pasaje clave sobre este tema se encuentra en Génesis 6:1-4, donde se menciona la aparición de los "Nefilim" como producto de la unión entre los "hijos de Dios" y las hijas de los hombres. Este relato, rico en simbolismo y controversia, plantea preguntas desafiantes sobre la naturaleza y el origen de estos seres. La narrativa bíblica complica aún más el asunto al afirmar que el Diluvio de Noé exterminó a toda la humanidad, salvo a Noé y su familia (Génesis 7:21-23). Sin embargo, los textos posteriores reavivan la discusión al mencionar la existencia de gigantes en épocas posteriores, como los hijos de Anac en Números 13:33 y el formidable Goliat en 1 Samuel 17. ¿Cómo es posible que estos seres reaparezcan en la historia bíblica?
Los Nefilim y los «Hijos de Dios» en los textos apócrifos y el Nuevo Testamento: ¿Negó Jesús, o algún otro autor inspirado, el origen sobrenatural de los Nefilim?
La narrativa de los ángeles rebeldes que cohabitaron con mujeres humanas y dieron lugar a los nefilim, una descendencia híbrida, se menciona de manera escueta en Génesis 6:1-4, pasaje que, aunque breve, es de gran relevancia teológica y narrativa.