Liturgia, Ritos y Ceremonias, Sanidad Divina

¿Es bíblico ungir con aceite a los enfermos?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En las Escrituras con frecuencia se hace referencia a la unción, que a menudo se asocia con la oración de sanidad por los enfermos. Por ejemplo, en Marcos 6:13 leemos que los apóstoles “ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban”; y en Santiago 5:14-15 leemos: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados”.

En el sentido ritual que se le da hoy día, “ungir” significa aplicar aceite o ungüento sobre la cabeza o el cuerpo de una persona con un propósito sagrado. En la antigüedad, este no siempre era el caso. Esto se hacía por varias razones: A veces era un gesto de hospitalidad o del aseo habitual. Los enfermos o heridos eran ungidos con aceite o ungüento como medicina; no obstante, también se llevaban a cabo unciones por razones sagradas. Por ejemplo, bajo la ley de Moisés se utilizaba el santo aceite de la unción (Éxodo 40:15). Los profetas ungían a sacerdotes y reyes y los enfermos eran ungidos con aceite como parte del proceso de sanar por fe y la imposición de manos. Actualmente, en algunas iglesias, se acostumbra a ungir con aceite de oliva a los enfermos. ¿Por qué se utiliza aceite de oliva más bien que otros tipos de aceite? En las Escrituras no existe ninguna explicación concreta al respecto, a pesar de que en las parábolas del Nuevo Testamento se utiliza el aceite como símbolo de la sanación y la luz (Mateo 25:1–13; Lucas 10:34).

LA UNCIÓN CON ACEITE EN EL CONTEXTO HEBREO Y SU INTRODUCCIÓN EN EL CRISTIANISMO

El término ungir aparece con frecuencia en las Escrituras con el sentido de derramar sobre algo o alguien aceite o alguna otra sustancia oleosa. Uno de los usos de la unción, desde el punto de vista terapéutico, consiste en aplicar directamente el aceite. El origen de esta práctica en el cristianismo primitivo parece hallar su origen en las tradiciones de los pueblos de la Palestina antigua, entre los cuales era común que se usara aceite de oliva como medicina (Lucas 10:34). El uso literal del aceite como medicina puede haber sido la base para su posterior y actual uso simbólico en el cristianismo. Hay ejemplo de esto en Marcos 6:13 y Santiago 5:14-15, en donde se menciona dicha práctica hebrea como asimilada por los primeros creyentes.

Ahora bien, es evidente que la iglesia primitiva no atribuía ninguna eficacia sacramental a la ceremonia del ungimiento, aunque posteriormente la iglesia empleó lo que se suponía era “óleo santo”, con el propósito de curar a los enfermos. Alrededor del siglo VIII ya se utilizaba el pasaje de Santiago 5:14 como fundamento para la práctica de lo que los católicos llaman Extremaunción, el último rito para los moribundos. El Concilio de Trento, en su Decimocuarta Sesión en 1551 d.C., declaró oficialmente que Santiago enseña aquí la eficacia sacramental del aceite.

Pero el rito de la unción de los enfermos no sólo es practicado por la iglesia católica, sino que es un acto litúrgico comunitario realizado también por otras Iglesias cristianas (Iglesia católica, Iglesia ortodoxa, Comunión anglicana). En dicho ritual, un presbítero signa con ‘óleo sagrado’ a un fiel por estar enfermo, en peligro de muerte o simplemente por su edad avanzada. Con esta acción se significa que le es concedida al enfermo o al anciano una gracia especial y eficaz para fortalecerlo y reconfortarlo en su enfermedad, y prepararlo para el encuentro con Dios.

El óleo utilizado en este rito es conocido como óleo de los enfermos, y es bendecido cada año por el obispo en la misa crismal celebrada el Jueves Santo por la mañana. En el rito central del sacramento de la unción de los enfermos, el presbítero traza con el aceite bendecido la señal de la cruz en la frente y en cada una de las manos del enfermo, al tiempo que pronuncia las siguientes palabras:

“Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén.” (Codex Iuris Canonici, can. 847, 1).

En el catolicismo:

“El sujeto de la ‘Unción de los Enfermos’ es cualquier fiel que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez” (Catecismo de Juan Pablo II, número 1514).

Dicho individuo –como en todos los sacramentos- debe estar bautizado, tener uso de razón, pues hasta entonces no es capaz de cometer pecados personales, razón por la cual los católicos y otras confesiones no se le administran a niños menores de siete años. Además, el sujeto debe tener la intención de recibirlo y manifestarla.

LO QUE ES (Y LO QUE NO ES) LA UNCIÓN CON ACEITE PARA LOS EVANGÉLICOS

Los evangélicos no consideramos la unción de los enfermos como un sacramento impuesto a la iglesia. Tampoco lo prohibidos. Sin embargo, creemos que aquellas iglesias que han optado por incorporar dicha práctica en su liturgia deben tomar en cuenta algunas consideraciones sobre el ungimiento con aceite. Para empezar, debemos tener en mente que el ungimiento es sólo un rito, algo simbólico. El poder sanador no estaba en el aceite, sino que éste simbolizaba al Espíritu Santo en su ministerio de sanidad (1 Corintios 12:9), es una imagen del poder suavizador y sanador del Espíritu de Dios. El ungimiento no es el que sana al enfermo, Jesús es el que sana. Ningún poder humano puede salvar al enfermo, pero por medio de la oración de fe, el Poderoso Salvador ha cumplido su promesa en favor de aquellos que han invocado su nombre. Ningún poder humano puede salvar o perdonar al pecador. Nadie puede hacerlo fuera de Cristo, el misericordioso médico del cuerpo y del alma.

INSTRUCCIONES BÍBLICAS PARA EL UNGIMIENTO DE LOS ENFERMOS

La única instrucción bíblica específica con respecto al ungimiento de los enfermos se encuentra en Santiago 5:14-15. El apóstol enumera una serie de pasos para el ungimiento del enfermo:

(1.- Primero, una persona enferma invita a los ancianos, los líderes de la iglesia, a que vengan a orar por ella. Esta es, claramente, una ocasión privada, y sucede en el hogar de una persona.
(2.- Segundo, los ancianos oran sobre la persona enferma. Si bien la práctica de imposición de manos sobre la persona no es mencionada, la imposición de manos se encuentra implícita en el hecho. De todas maneras, el ungimiento requiere algún contacto físico con la persona.
(3.- Tercero, el acto de ungir está combinado con la oración. El aceite de oliva es utilizado durante la ceremonia. Tal como se mencionó anteriormente, el significado del aceite no está claro, pero el hecho de que el aceite era utilizado con propósitos médicos (Isaías 1:6) puede sugerir que era usado para indicar que esta es una oración por sanidad. También podría ser que el aceite sea un símbolo de la presencia del Espíritu Santo, el agente divino dador de la vida (Isaías 61:1-3).
(4.- Cuarto, durante la oración, el nombre del Señor es invocado. Esta es otra manera de decir que los que oran no están confiando en su propio poder sino en el poder del Señor resucitado. Su solicitud reconoce que se es incapaz de satisfacer las necesidades de la persona enferma. Esto excluye la autoglorificación y todo sentido de orgullo o superioridad religiosa.

¿Y ENTONCES QUÉ? ¿DEBEMOS O NO DEBEMOS UNGIR A LOS ENFERMOS?

Sí y no. Personalmente no me molesta que algunos cristianos lo hagan. No es pecado hacerlo. Sin embargo, no es un mandato bíblico ungir con aceite a los enfermos. Pero, ¿Acaso Santiago no nos manda ungir a los enfermos con aceite? No, no lo hace. Para empezar, si leemos bien Santiago 5:14-15 notaremos que Santiago hace un énfasis en la fe para sanar a los creyentes, no en el objeto en sí. En caso contrario, Santiago hubiese escrito algún procedimiento en la elaboración, el tipo de aceite, y modo de aplicación, lo cual nunca ocurre. En cuanto a su propiedad simbólica, debido a las cualidades sanadora que se creía posee el aceite, nosotros podemos verlo como un símbolo de lo que Dios puede hacer por nuestro cuerpo y alma. Pero nada más.

CADA COSA EN SU CONTEXTO

La unción de los enfermos con aceite de oliva debe entenderse en su contexto. La naciente iglesia (conformada en gran parte por judíos) se movía en medio de las sombras o símbolos de las cosas celestiales (la ley de Moisés). Era natural que, en sus inicios, incorporase algunas prácticas culturales judías y que estas fuesen vistas inicialmente como parte de las enseñanzas del Evangelio. Este argumento cobra fuerza si se considera que la epístola de Santiago se dirige a creyentes judíos que padecían persecución probablemente bajo Herodes Agripa I (Hechos 7.31-34; ca. 44 d.C.), lo que alude a que posiblemente que hayan padecido heridas por causa del evangelio. La prueba interna está en el primer capítulo de esta epístola. Además, en ese tiempo era común las amenazas de muerte, los asaltos, los ataques de fieras salvajes, los apedreamientos, azotes, prisiones, etcétera (Lucas 10.30; Hechos 7.58-60, 12.1-5, 14.19; 2 Corintios 11.22-33; Filipenses 2.25-27). Esto nos lleva a concluir que el aceite citado en Santiago 5:14-15 (como en Marcos 6.13) simplemente alude a la costumbre judía de emplearlo como un remedio con fines medicinales para el cuerpo sin carácter ritual o sobrenatural.

Además, de ser cierto que el aceite posee propiedades milagrosas, fuera de sus funciones naturales, el Señor Jesucristo hubiera indicado instrucciones al respecto. Pero la Biblia refiere otras enseñanzas. Lucas 9:1-2 nos dice:

“Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos”.

Estos versículos especifican que son la autoridad y el poder de Dios concedidos por Jesús a sus discípulos los que sanaban a los enfermos; no el aceite. Además, Pedro, Pablo y los demás apóstoles también creían por fe en el nombre y en la autoridad concedida por el Señor para sanar enfermos. En Hechos 3:6-8 leemos:

“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios”.

También en Hechos 5:14-16 se nos relata:

“Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que, al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados”.

Y más adelante se añade en Hechos 8:5-7 que:

“Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados”.

Pero eso no termina ahí. En Hechos 9:33-34 leemos:

“Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó”.

Y luego, en Hechos 14:8-10 se nos relata que:

“Cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo”.

En todos estos versículos es evidente que el aceite en sí no contiene poderes sobrenaturales para sanar y que el rito de ungir con aceite no era un sacramento ni una norma para la iglesia. Santiago mismo, mientras habla de esa costumbre judía de ungir con aceite a los enfermos, no pierde de vista que lo que vale no es el rito en sí, sino la autoridad de Jesucristo: Su nombre, Su autoridad y Su poder para la sanidad por medio de la fe.

EL VERDADERO PROPÓSITO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS MENCIONADA POR SANTIAGO

Entonces, si Santiago no pretendía instaurar un sacramento, ¿Cuál es el propósito específico del aceite mencionado en Santiago 5:14? Un análisis exegético de este versículo puede darnos la respuesta:

(1.- “¿ESTÁ ALGUNO ENFERMO ENTRE VOSOTROS?”

La palabra griega para enfermo en el vs. 14 es “asteneo”. Y su significado es “débil, deficiente en fuerza, delicado, sin energía”; lo cual nos hace concluir que Santiago estaba hablando acerca del que está enfermo en el sentido “físico”. En el vs. 15 la palabra griega para enfermo es “kamno” palabra que lleva la connotación de “cansado, débil, agotado”. Lógicamente el resultado de estar físicamente enfermo. Santiago, en su única enseñanza acerca de los ancianos (pastores) de la Iglesia, exhorta a los enfermos, quienes están en necesidad de sanidad física, de llamar a los ancianos.

(2.- “Y OREN POR ÉL, UNGIÉNDOLE CON ACEITE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR”

Santiago pide que los ancianos hagan dos cosas y es claro en cuanto al orden en que se deben realizar. La palabra “ungiéndole”, de acuerdo a la gramática griega, es un participio aoristo que le precede al verbo principal, en este caso, “oren”, verbo que se encuentra en el imperativo aoristo. El aoristo es indicación de una simple acción (una vez), contrario a un participio presente (acción continua). El imperativo aoristo, al igual que el participio, es una orden de una acción futura que se debe realizar una sola vez, contrario a una acción continua. Por lo tanto, la orden de Santiago, es que, primeramente, haya unción, luego oración en el nombre del Señor. De manera que el texto debe leer, “ungiéndole con aceite, oren por él, en el nombre del Señor”.

(3.- “UNGIÉNDOLE CON ACEITE”

En el idioma griego existen dos verbos que se traducen ‘unción’. Lamentablemente, como en muchos casos, las traducciones no siempre hacen justicia a las palabras originales, como lo es en este caso. Está el verbo “aleifo” el cual es la base de “aleifantes”, verbo usado por Santiago en el vs.14 y el otro verbo es crio o “ekrio”. “Crio” es el verbo que envuelve todo acto ritual de consagración, de índole religioso. Es el verbo de donde se deriva Cristo, el Ungido. Algunos textos donde se hace uso de este verbo son, Lucas 4:8; Hechos 4:27; 10:38; Hebreos 1:9. En cambio “aleifo” es un verbo con significado Secular. La diferencia es material, y se pierde cuando ambos verbos son traducidos como “unción”. Sólo el segundo verbo (“crio”) debe ser traducido de esta manera, pues se usa con referencia al acto sagrado mientras que el primero (“aleifo”) se refiere al uso común del aceite. ¡La diferencia en el Griego no se puede ignorar! Usar la palabra “ungir” en nuestra versión española deja una mala impresión.[1]

“Aleifo” es un término general usado para un ungimiento cualquiera, “Crio” está más limitado en su uso y está confinado a ungimientos sagrados y simbólicos.[2] “Aleifos” usualmente, se usa cuando se frota o aplica aceite o ungüento sobre el cuerpo. Era muy común en los tiempos bíblicos el frotar sobre el cuerpo aceite o bálsamo (especies mezclada con aceite) como una forma de fragancia después de un baño (Rut 3:3; 2 Crónicas 28:15; Daniel 10:3; Lucas 7:38), y como medicina. (Isaías 1:6; Ezequiel 16:9; Jeremías 8:22; 46:11; Marcos 6:13; Lucas 10:34). Es un hecho muy bien documentado que el aceite era una de las medicinas más comunes en tiempos bíblicos. Es evidente que Santiago está prescribiendo ambas, oración y medicina.[3]

Lo que aquí se recomienda, debía de hacerse como un medio natural para restaurar la salud, algo que, mientras hacían oración y súplicas a Dios, no debían de descuidar.[4] Significa que el cuerpo enfermo de una persona debe ser frotado con aceite tal y como una enfermera hoy frota el cuerpo de su paciente con alcohol. Cuando Santiago ordena a los ancianos a hacerlo, en su visita a un paciente, significa que la iglesia, por quien actúan los ancianos, se interesa tanto en el cuerpo, así como en el alma.[5]

CONCLUSIÓN

El ungimiento con aceite no es un requisito imperativo para la sanidad de los enfermos. Tampoco debe ser una imposición como doctrina de parte de maestros, falsos o sinceros; pues dentro de la dispensación de la Gracia, el creyente ya está ungido por el Espíritu Santo y la fe en Jesucristo hace posible la sanidad física si está dentro de los términos de Su soberanía y Su voluntad. Ha quedado claro que el uso del aceite se limitaba dentro de las utilidades del marco cultural judío en el cual se movía Santiago. Quienes afirman que la unción con aceite es el único método bíblico para procurar la sanidad de los enfermos cometen un gran error ¿O acaso la oración exclusiva del justo no es suficiente para que el poder de Dios se manifieste, sin importar la circunstancia? Santiago mismo lo declara: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Entonces, ¿para qué el aceite?”.

REFERENCIAS:

[1] R.C.H. Lenski, The Interpretation of the Epistle of James, págs 660-661.

[2] W.E. Vine’s Expository Dictionary of NT Words

[3] Expositor’s Bible Commentary, vol. 12, p. 204.

[4] Adam Clarke’s Commentary, vol. 6, p. 827.

[5] R.C.H. Lenski, The Interpretation of the Epistle of James, p. 661-662.

Sanidad Divina, Soberanía Divina, Vida Cristiana

Cuando Dios te da un “No” por respuesta

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Hay muchas maravillosas historias de sanidad en la Biblia. Jesús sanó de su enfermedad a muchos leprosos, devolvió la vista a los ciegos, hizo posible que el paralítico caminara y sanó muchas otras dolencias físicas. También sanó enfermos mentales y echó fuera demonios. Incluso levantó a Lázaro de entre los muertos dando marcha atrás a los efectos destructivos de la muerte y la corrupción. Sin embargo, los milagros de sanidad divina no son cosa del pasado. No acabaron con la era apostólica. Sin duda, también has escuchado sobre Dios sanando gente hoy día.

Los casos modernos de sanidades y milagros son abundantes. Pero también abundan quienes niegan que eso aún esté pasando. Muchos, incluso entre aquellos que se hacen llamar cristianos, cuestionan la vigencia de los dones del Espíritu, los milagros y las sanidades. Piensan que todo acabó con la muerte de los apóstoles. Sin embargo, los creyentes pentecostales sabemos, por el testimonio claro de la Palabra de Dios, pero también por nuestra propia experiencia personal, que Dios aún escucha nuestras oraciones por sanidad y tiene el poder para sanar y hacer todo tipo de milagros.

¿QUÉ HACEMOS CUANDO DIOS NOS DA UN NO POR RESPUESTA?

Sí, esto suena bonito, esperanzador y gratificante, pero, cuando eres tú el enfermo y Dios parece no escuchar tus oraciones por sanidad o, peor aún, Dios te da un no por respuesta, quizá el saber que Dios sí ha sanado a otros pueda generarte amargura, frustración, dolor y, en tu humana debilidad, hasta resentimiento. Quizá te estés preguntando: “¿Qué hay de mí? ¿Por qué Dios sana a otros, pero no a mí? ¿Realmente Dios me ama? ¿Cómo puede un Dios de amor verme sufrir así y no hacer nada para ayudarme?

Al igual que tú, yo he experimentado esos sentimientos, ese dolor y esa desesperación. He orado por sanidad, he ayunado, he tenido gente que ha puesto sus manos sobre mí orando. ¡Pero no en todas las ocasiones Dios me ha sanado! A veces ha pasado mucho tiempo, en otras ha respondido de inmediato y a veces ¡Dios simplemente dijo que no! La enfermedad siguió. Lo mismo ha pasado al orar por otros, incluso quizá por tus seres queridos. No todos sanan. Muchos sufrieron por años para luego morir. ¿Qué ocurrió? ¿Acaso a Dios no le importaban sus vidas? ¿Por qué no fueron sanados? Me temo que no hay respuesta fácil ni sencilla. Pero hay algunos principios que podemos aprender del ejemplo del Apóstol Pablo.

Pablo, apóstol de Cristo, elegido, amado y escogido por Dios desde antes de nacer, experimentó en carne propia la negativa de Dios a algunas de sus peticiones de sanidad. Lucas nos relata, en el libro de Hechos, que “Dios hacía milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que incluso llevaban pañuelos o delantales de su cuerpo a los enfermos, y las enfermedades los dejaban y los malos espíritus se iban de ellos.” (Hechos 19:11-12). Muchos fueron sanados bajo su ministerio. Sin embargo, un día Pablo también enfermó y, como buen cristiano, le pidió a Dios que lo sanara. Pablo nos cuenta:

“Me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí” (2 Corintios 12:7-8).

Se han ofrecido incontables explicaciones concernientes a la naturaleza del aguijón de Pablo en la carne. Muchos sugieren algún tipo de enfermedad crónica: problemas oculares (Gálatas 4:15), malaria, migrañas y hasta epilepsia, otros señalan cierto tipo de inhabilidad para hablar (2 Corintios 10:10). Nadie puede decir con seguridad cuál era la enfermedad que padecía el apóstol Pablo, pero es casi seguro que sufría algún tipo de afección crónica. Lo asombroso de todo esto no es su enfermedad, sino que, cuando él clamó por sanidad, Dios le respondió: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Así de simple: ¡Dios dijo que no!

¿Cómo reaccionó este gran hombre de Dios? Él pudo haber reaccionado como cualquiera de nosotros, llenándose de ira, resentimiento y desilusión. Quizá pudo haber abandonado el ministerio, negándose a servir a un Dios que sanaba a otros, pero no a él. Sin embargo, Pablo no hizo ninguna de estas cosas. En vez de ello, Pablo aceptó el no de Dios como respuesta. Se aferró a su fe, confió en la gracia y se sujetó a la soberanía del Padre. Entonces pudo decir con libertad: “Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12: 9-10, NTV).

LO QUE PODEMOS APRENDER DE PABLO

Personalmente, considero este relato uno de los más conmovedores y honestos dentro de los escritos del apóstol Pablo. ¡Casi puedo sentir en carne propia el sentimiento de angustia que se profundizó en Pablo cuando, después de orar, se le da a entender que el aguijón no sería removido! Humildemente, Pablo admite: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

¿Podemos siquiera imaginar lo que sintió Pablo en ese momento? Con seguridad la respuesta divina dejó perplejo al apóstol (al menos inicialmente), pero a la larga, el aguijón que atormentaba a Pablo (y que Dios se negó a retirar) le enseñó ciertas cosas que tú y yo podemos aprender también:

(1.- DIOS TIENE UN PROPÓSITO

Pablo parece vislumbrar la razón de su dolencia y el porqué de la negativa divina a sanarlo: “Aun cuando he recibido de Dios revelaciones tan maravillosas. Así que, para impedir que me volviera orgulloso, se me dio una espina en mi carne, un mensajero de Satanás para atormentarme e impedir que me volviera orgulloso”. (2 Corintios 12:7, NTV). Es interesante que, aunque la aflicción de Pablo nunca es nombrada específicamente, el propósito de la aflicción es dado dos veces — al principio y al final del versículo 7: “Así que, para impedir que me volviera orgulloso”.

Ciertamente, cualquiera que haya tenido un encuentro con Jesús y le haya hablado y haya sido comisionado por Él (Hechos 9:2-8) podría, en su estado natural, volverse “engreído” por este increíble encuentro. Si se añade la experiencia que tuvo de ser inspirado por el Espíritu Santo para escribir mucho del Nuevo Testamento, es fácil ver cómo podría haberse vuelto “altivo” o “exaltarse demasiado” o “demasiado orgulloso”. Además, al inicio del capítulo 12 de 2 Corintios, vemos que Pablo tuvo algunas asombrosas revelaciones. Él fue “llevado hasta el tercer cielo” y también “llevado hasta el paraíso”. (2 Corintios 12:2-3). Estas experiencias fueron tan espectaculares que pudo haber sido tentado a presumir de ellas, o sentirse superior a aquellos que no habían tenido estas experiencias.

Dios deseaba librar a Pablo del orgullo, el cual, eventualmente pudo haberlo apartado de Dios y de sus propósitos, pues “el orgullo va delante de la destrucción, y la arrogancia antes de la caída” (Proverbios 16:18, NTV). Es por eso que Dios escogió humillar a Pablo con una “espina o agujón en la carne.” No fue al azar, ni un acto caprichoso de parte de Dios. Tenía un propósito específico: mantenerlo lejos del orgullo y la caída, en total dependencia a Dios. ¿Cuál es tu caso? ¿Has tratado de entender o descubrir el propósito de Dios en lo que te está pasando, o simplemente te has enojado por lo que te pasa?

(2.- DIOS PUEDE USAR CUALQUIER COSA

Sabemos que la aflicción de Pablo vino de o mediante un mensajero de Satanás. Así como Dios permitió que Satanás atormentara a Job (Job 1:1-12), Dios permitió a Satanás atormentar a Pablo para los buenos propósitos de Dios y siempre dentro de Su perfecta voluntad. Pablo mismo nos dice que la espina en su carne “era un mensajero de Satanás”. ¿Cómo puede esto ser así?, ¿Era de Dios o era de Satanás? ¡La respuesta es que era de ambos! Por supuesto, Satanás está en contra de Dios y Sus propósitos, y Su pueblo. Satanás probablemente disfrutó atormentando a Pablo. Pero, así como en la cruz, también en el caso de Pablo los malvados planes de Satanás dieron un giro de 180 grados para servir a los propósitos de Dios.

Sí, Satanás logró acosar a Pablo, pero solo porque Dios lo usó para un bien mayor. ¿Será acaso que esa enfermedad a la que tanto le temes es un instrumento de Dios para perfeccionarte y llevarte a la madurez cristiana? La respuesta quizá pueda sorprenderte, pero al entenderlo aprenderás, al igual que Pablo, a ser agradecido por lo que tienes en lugar de lamentarte por lo que no quizá nunca tendrás en esta vida: “Den gracias a Dios en cualquier situación, porque esto es lo que Dios quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18, NBV).

En el glorioso proceso de transformarte a la imagen de su Hijo, Dios usará las herramientas más extrañas y los métodos más inusuales. Esto a veces incluye dolor, sufrimiento, enfermedades y hasta la muerte física, pero todo es para nuestro bien (Romanos 8:28). Sé que esto no suena al falso evangelio de la Prosperidad al cual muchos están acostumbrados, pero esto es lo que enseña la Biblia. Dios nunca prometió librarnos del sufrimiento en esta vida. Por el contrario, es algo que debemos esperar:

“Si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males?” (Job 2:10, DHH).

Santiago descubrió esta misma verdad, pero descubrió también un motivo para experimentar gozo en medio del dolor. Sus palabras pueden reconfortarnos:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante” (Santiago 4:17, DHH).

Tu enfermedad no tiene porqué controlarte ¡Solo es un instrumento en las manos de Dios! Y quizá sea un instrumento de santificación.

(3.- LA FORTALEZA DE DIOS FUE MANIFESTADA

Este principio es declarado tres veces en estos dos versículos, en diferentes maneras: “Pero él (Cristo) dijo, ‘Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad’. Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí. Es por esto que me deleito en mis debilidades, e insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, soy fuerte”.

Dios quiere que desarrollemos nuestros dones y talentos y que los usemos para Su gloria. Estar sano, ser talentoso, inteligente y lleno de habilidades, y servir a Dios con ello, da gloria a Su Nombre, pero es posible que los que observan den gloria a la vasija sin tomar en cuenta al alfarero. La vasija misma podría osar jactarse ante su Hacedor (Isaías 29:16; Isaías 64:8; Jeremías 18:1-9; Romanos 9:14-24). Sin embargo, cuando gente débil, enferma, con grandes limitaciones y afligida por el dolor logra grandes cosas, es claro que Dios es el que lo hizo y Él recibe aún mayor gloria. Pablo afirmó:

“Ahora tenemos esta luz que brilla en nuestro corazón, pero nosotros mismos somos como frágiles vasijas de barro que contienen este gran tesoro. Esto deja bien claro que nuestro gran poder proviene de Dios, no de nosotros mismos” (2 Corintios 4:7, NTV).

Nuestro propósito en la vida es glorificar a Dios — para mostrar Su poder y grandeza. Y aunque nuestras circunstancias pueden ser dolorosas e incómodas para nosotros, Dios quiere recordarnos que las cosas eternas son las que importan:

“Así que no miramos las dificultades que ahora vemos; en cambio, fijamos nuestra vista en cosas que no pueden verse. Pues las cosas que ahora podemos ver pronto se habrán ido, pero las cosas que no podemos ver permanecerán para siempre” (2 Corintios 4:18, NTV).

(4.- PODEMOS ESTAR CONTENTOS

Ciertamente, Pablo enfrentó más que una simple enfermedad: “Es por esto que me deleito en mis debilidades, y en los insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:10, NTV). Y, sin embargo, en todas esas cosas, Pablo estaba contento por amor a Cristo, porque su meta final en la vida era la gloria de Dios. Por eso Pablo podía decir, mientras esperaba su muerte en la prisión:

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4).

A nosotros, que quizá no hayamos sufrido tanto como él, también se nos dice:

“Vayan y festejen con un banquete de deliciosos alimentos y bebidas dulces, y regalen porciones de comida a los que no tienen nada preparado. Este es un día sagrado delante de nuestro Señor. ¡No se desalienten ni entristezcan, porque el gozo del Señor es su fuerza!” (Nehemías 8:10, NTV).

Así que, cuando tú o aquellos que amas, estén batallando con alguna enfermedad, ¡Ora pidiendo sanidad! Pero si Dios elige permitir que una aflicción persista, busca lo que Él quiere hacer en y a través de ti ¡y regocíjate en ello! Quizá Dios quiera perfeccionar tu carácter; llevarte a la madurez cristiana; mostrar Su poder en ti; y finalmente, dar gloria a Su Gran Nombre a través de tu vida.

EL AGUIJÓN EN LA CARNE, UNA EXPRESIÓN DE LA GRACIA

“Bástate mi gracia” le respondió el Señor a Pablo, y eso mismo nos responde a nosotros también. “Mi gracia es suficiente. Mi gracia te basta”. Porque cuando Dios trae algo a nuestra vidas, sigue siendo un acto de su bendita y soberana gracia. Por gracia lo permite. Por gracia lo envía. Por gracia nos sostiene en medio de esas circunstancias difíciles. Por gracia obra y usa ese aguijón para nuestro bien. Por gracia está formando la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Su gracia es suficiente. De eso se trata el evangelio: el anuncio de las buenas nuevas de salvación por gracia.

En realidad, toda la experiencia de la salvación es un don de la gracia de Dios, desde nuestra conversión inicial hasta la glorificación final, incluyendo nuestra santificación. Esa es la razón por la que Dios no remueve el aguijón: Porque en medio y por medio de este, Él está formando el carácter de su Hijo en nosotros. Pablo le dijo a los Tesalonicenses que “la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). El Señor desea y está comprometido en hacernos crecer en santidad. A los filipenses se les dijo que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Hacernos y transformarnos a Su imagen es la gran obra que el Señor empezó, hace y terminará hasta el final. Cuando Dios no remueve el aguijón es porque Él está obrando. Cuando la adversidad, la aflicción y el dolor perduran, debemos confiar que él no es ajeno a nuestra circunstancias. Dios es soberano y rey sobre nuestras dificultades, establece sus límites y los usa para nuestro provecho. Podemos descansar en que Su perfecta y bendita voluntad se está cumpliendo y que eso es lo mejor para nosotros. La gracia es mayor que el aguijón. Su gracia es suficiente.

CONCLUSIÓN

Permíteme repetir nuevamente este punto: Dios quiere hacernos como a Cristo. Y para lograrlo usará lo que sea necesario ¡Incluso espinas, aguijones, enfermedades, dolor, muerte, o al mismo diablo si es necesario! Pablo decía que Cristo es la cabeza de todo principado y potestad (Colosenses 2:10), es decir, Cristo también es la autoridad de los seres angelicales que se rebelaron. Cristo es Señor sobre los demonios. Dios también es el Dios de Satanás. Él lo dirige, lo gobierna, lo usa y lo limita. ¿No es esa la lección del libro de Job?

Por encima de la mano de Satanás que envía un mensajero (y ese mensajero a veces es una enfermedad crónica), se encuentra la mano de Dios usando ese mensajero para hacernos más como Cristo. Por eso el aguijón es una bendición. Sí, leíste bien ¡Es una bendición! Pues todo aquello que contribuya a la obra de Dios en tu vida, será una bendición, un don y un regalo, aunque venga envuelto como aguijón.

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Sanidad Divina, un regalo de gracia

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Una de las hermosas doctrinas del pentecostalismo clásico es la sanidad divina. Los pentecostales creemos firmemente que la muerte de Cristo en la cruz no sólo provee el perdón del pecado, sino también la sanidad de la enfermedad. Afirmamos que Aquél que nos dio el regalo de la vida eterna es el mismo que puede sanar nuestro cuerpo. ¿Por qué creemos eso? ¡Porque la Biblia así lo enseña!

Dondequiera que iba, Jesús ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37-38). Pero el regalo de la sanidad divina no fue algo reservado exclusivamente para nuestro Señor y su ministerio terrenal. La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9).

Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4), pues la obra de milagros, incluso la sanidad divina, es un ministerio que compete a todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18).

El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

LA SANIDAD FÍSICA COMO UN BENEFICIO DE LA EXPIACIÓN

Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Su ministerio era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, quien puede “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De esta manera la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades.

Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su Nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor en su Segunda Venida y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

ÉL LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES

Isaías 53:4-5 nos dice:

“Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores. Con todo, nosotros Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados.” (LBLA).

Pero, ¿Qué quiere decir Isaías 53 cuando dice que llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores? En pocas palabras, esta frase es una metonimia en la cual el autor cambia el efecto por la causa. El pecado es la causa, del cual la enfermedad es uno de sus muchos efectos. De acuerdo con Isaías, Cristo sufrió la ira de Dios contra la maldad humana que causó tales cosas como dolor y enfermedad. Esto implica que Cristo murió por nuestras enfermedades de la misma manera que murió por nuestros pecados, haciendo posible el regalo de la sanidad divina.

Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

LA SANIDAD DIVINA, UN DON DE LA GRACIA

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11).

En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos hace capaces de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

LA. SANIDAD DIVINA, UN DON QUE SE NOS CONCEDE SIEMPRE EN SUJECIÓN A LA SOBERANÍA DE DIOS

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su Nombre armonizan cada vez más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones.

LA SANIDAD DIVINA, UN REGALO PARA TODOS

La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Incluso hay evidencia bíblica de que el precioso regalo de la sanidad divina, puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

¿ES PECADO ACUDIR A LOS MÉDICOS?

Algunos grupos religiosos, un tanto extremistas, consideran pecaminoso e incorrecto acudir a los médicos, considerándolo falta de fe o incluso traición a Dios, quien es ‘nuestro Sanador’. Pero la Biblia no enseña tal cosa. La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor.

Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello. También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2; 14:2; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos.

A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

LA SANIDAD DIVINA, UN ANTICIPO DE LO QUE NOS ESPERA BAJO EL REINADO MESIÁNICO Y EN LA ETERNIDAD

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una expresión proléptica de la completa redención del cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados.

La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42-44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, un día moriremos.

LA SANIDAD DIVINA NO DEBE SER VISTA COMO UN PRETEXTO PARA LA NEGLIGENCIA EN EL CUIDADO DEL CUERPO

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen nuestra responsabilidad de cuidar nuestro cuerpo de forma adecuada. Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18).

La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

EN SU SOBERANÍA DIOS HA DETERMINADO QUE NO TODOS SANARÁN

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad soberano de Dios, la cual está más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él y perfeccionarnos. Ya sea que Dios nos sane, o elija dejarnos atravesar por el doloroso proceso de la enfermedad, Él sabe lo que hace y su voluntad es perfecta ¡A Él sea toda la gloria!

Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, como tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

CONCLUSIÓN

Los pentecostales reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina, tanto por parte de creyentes como de predicadores y ministros que tergiversan dicha enseñanza. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Otros creen que pueden exigirle a Dios o incluso darle órdenes para que sane a tal o cual persona. Eso es incorrecto. Sin embargo, no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina.

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Poder.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas. Pero este poder no es exclusivo de la iglesia primitiva o de los apóstoles, profetas y evangelistas de antaño. Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9-10 han estado entre esas manifestaciones.

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los dones de palabra, por ejemplo, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las Escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación. A través de un don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar, con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de “fe”, sanidades, y “obras de poder” (milagros), generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

I.- DON DE FE.

El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (fe que puede “mover montañas”, Mateo 21:21, Marcos 11:23). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

II.- DONES DE SANIDADES.

Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La expresión jarísmata iamaton sólo aparece en la Biblia en tres ocasiones, y las tres se encuentran en 1 Corintios 12. Es extraño que una misma expresión original invariable reciba tres traducciones diferentes en la versión Reina-Valera en estas tres veces que aparece: “A otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:9), y otra casi idéntica: “¿Tienen todos dones de sanidad?” (1 Corintios 12:30); en cambio, vemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia… después los que sanan” (1 Corintios 12:28). La expresión correcta, que es “dones de sanidades”, es la que se habría debido usar las tres veces, en lugar de usarla sólo una, puesto que este plural doble tiene una importancia que no se debe pasar por alto. el doble plural que aparece al hablar de los “dones de sanidades” nos sugiere que:

  1. Es razonable creer que Dios puede ungir a una persona con fe en cuanto a ciertas enfermedades, y a otra persona con fe en cuanto a otras.
  2. Donde estén operando todos los dones de sanidad, se podrían sanar toda clase de enfermedades.
  3. El creyente que posea uno o más de ellos, será utilizado por Dios en ciertos casos de enfermedades, pero no forzosamente en otros.

Sin embargo, es probable que la explicación más sencilla sea que pueden existir diferentes dones para diferentes clases de enfermedades. Otra explicación sería que el Espíritu dirige en diversas maneras de expresar su poder sanador (la oración mental, la imposición de manos, la unción con aceite y cosas semejantes).

El propósito de Dios es que este don se utilice para su gloria y el avance de su Reino en la tierra. Constituye a la vez un respaldo divino al ministerio de una persona individual, o de una iglesia. De acuerdo con lo que decida la voluntad de Dios, el don se puede ejercitar sobre creyentes o no creyentes. La responsabilidad de este ministerio queda retenida dentro de la soberanía de Dios, porque es un don-señal que confirma el ministerio de un siervo humano suyo en una situación determinada.

El ejercicio de este don es un regalo de la gracia divina. La manifestación del Espíritu al canal humano es un don, y aquello que Él le da a realizar a ese canal suyo es a su vez la entrega de un don. El canal humano recibe un paquete de remedios sanadores para compartirlos con los demás en forma de dones. En las tres apariciones de la palabra “don”, el original es una forma de la palabra járisma, que indica una gracia, un favor, un obsequio, una muestra de bondad o una ayuda. No es un “don” en el sentido de algo que es posesión de alguien dotado para actuar, cuyas habilidades realizan la tarea de una manera impresionante; es un “don” en el sentido de que es una posesión que es puesta gratuitamente a su alcance en un momento adecuado, como recurso o instrumento para satisfacer una necesidad. Así, el señalamiento bíblico exacto afirma en las tres ocasiones que este don del Espíritu es una cuestión de caritativa concesión de una aplicación concreta. Ésta es la naturaleza de lo que el Espíritu le da al obrero humano, y esto es lo que él recibe para dárselo a otros. En ambos niveles es, por así decirlo, caridad divina, y no mérito humano, ni fe humana tampoco. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (1 Corintios 15:44–57).

Ahora bien, los dones de sanidades comparten con las lenguas y con los milagros la categoría especial de que son concedidos sobre una base doble: se le dan individualmente a la persona (1 Corintios 12:7), y se le dan a la Iglesia (1 Corintios 12:28). Su identificación con estos otros dos dones se convierte en otro dato más para comprender su naturaleza y la razón de ser que tiene dentro de las intenciones de Dios. Son dones-señales, dados como cumplimiento de la promesa que hizo el Señor en su despedida: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18). Es como si se tratara de las credenciales que Dios les concede a sus siervos, de manera individual y también de manera colectiva como iglesia, para capacitarlos de esa manera a fin de que cumplan con la misión que Él les ha encomendado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Leemos con respecto al ministerio de Felipe: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6).

III.- DON DE MILAGROS O SEÑALES DE PODER.

“Obras de poder” (energemata dunombreon; llamados también “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. Por medio de este don se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

IV.- LOS DONES DE PODER Y SU UTILIDAD EN EL MINISTERIO.

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (Romanos 1:18–32).

La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (Juan 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (Juan 9:39–41). Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

V.- RECEPCIÓN DE LOS DONES DE PODER.

Todas las suposiciones previas y todos los calificativos normales que se aplican a los demás dones del Espíritu (1 Corintios 12:8-10), también se aplican a este tipo de dones:

(1) Son otorgados de acuerdo con la voluntad del Espíritu (1 Corintios 12:11).

(2) Permanecen dentro del Espíritu, y no en el obrero humano (observe que, en el lenguaje bíblico más estricto, los dones no son ni impartidos ni otorgados, sino “manifestados” según 1 Corintios 12:7).

(3) Son exclusivos y totalmente sobrenaturales, y le pertenecen al Espíritu, sin que le pertenezcan de manera alguna al ser humano natural (1 Corintios 12:11).

(4) Son dados para el bien del Cuerpo como un todo; es decir, “para provecho” (1 Corintios 12:7).

Hay también algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él. Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder. Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal. El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Sanidad Divina.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación, la sanidad divina, el bautismo en el Espíritu Santo y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales en el pentecostalismo clásico. Dichas doctrinas se consideran esenciales para el cumplimiento de la misión esencial de la iglesia, la cual es alcanzar al mundo para Cristo. Desde su inicio, el Movimiento Pentecostal ha reconocido la sanidad divina para la persona integral como parte importante del evangelio, las buenas nuevas, que Jesús comisionó a sus discípulos que proclamaran. Como pentecostales creemos que la sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4,5; Mateo 8:16,17; Santiago 5:14-16).

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

I.- LA SANIDAD DIVINA, PARTE INTEGRAL DEL EVANGELIO.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37,38). La Biblia muestra una estrecha relación entre el ministerio de sanidad de Jesús y su ministerio salvador y perdonador. Su poder sanador era en realidad un testimonio de su autoridad para perdonar pecados (Marcos 2:5-12). Con frecuencia, los escritores de los Evangelios atestiguan que sus milagros de sanidad ocurrían paralelamente con su predicación del evangelio, siendo ambos el propósito de su ministerio (Mateo 4:23; 9:35,36).

La gente venía de todas partes, tanto para oírle como para ser sanados (Lucas 5:15; 6:17,18). Él nunca rechazó a nadie, sino que sanó todas las diversas enfermedades, dolencias, deformaciones, defectos, y lesiones (Mateo 15:30,31; 21:14). También echó fuera demonios y libró a la gente de los problemas que éstos causaban (Mateo 4:24). Jesús reconoció que la enfermedad es el resultado de la caída de los seres humanos en pecado, y que en algunos casos puede deberse a un pecado específico (Juan 5:14) o a la obra de Satanás (Lucas 13:16). Sin embargo, reconoció también que la enfermedad no siempre es el resultado directo de cierto pecado (Juan 9:2,3). En algunos casos era más bien una oportunidad de que Dios fuera glorificado (Marcos 2:12).

Los milagros de sanidad eran una parte importante de las obras que Dios envió a Jesús a hacer (Juan 9:3,4). Esto armoniza con la revelación del Antiguo Testamento de Dios como el Gran Médico, Jehová el Sanador (Éxodo 15:26; Salmo 103:3; los participios hebreos que se usan en ambos casos indican que es la naturaleza de Dios sanar). El ministerio de Jesús puso de manifiesto que la sanidad divina es parte vital de la naturaleza y el plan de Dios. Las sanidades también sirvieron para identificar a Jesús como el Mesías prometido y el Salvador. Jesús cumplió la profecía de Isaías 53:4: “Ciertamente llevó [tomó y quitó] él nuestras enfermedades, y sufrió [como una carga pesada] nuestros dolores.” (“Enfermedades”, choli, es la misma palabra que se usa para hablar de enfermedad física en Deuteronomio 28:59,61; 2 Crónicas 16:12; 21:15,18,19; Isaías 38:9. (“Dolores”, makob, es la misma palabra que se usa para referirse a dolor físico en Job 33:19). Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

Cuando Juan el Bautista fue encarcelado, se preguntó si Jesús era realmente el Mesías prometido, o simplemente un precursor como él mismo. Jesús le respondió señalando sus obras mesiánicas que vinculaban los milagros y la predicación del evangelio con los pobres (Mateo 11:4,5). Una vez más, la sanidad fue un testimonio importante, una parte integral del evangelio (Isaías 61:1,2; Lucas 4:18; 7:19-23). La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta y dos [NVI] a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9). Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4).

La obra de milagros, incluso la sanidad divina, no se limitaba a los apóstoles. La promesa de Jesús fue para todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18). El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

II.- LA EXPIACIÓN DE CRISTO: FUNDAMENTO DE LA SANIDAD DIVINA.

El ministerio de los sacerdotes bajo la Ley era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, que se “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De tal modo la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades. Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; véanse también Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- LA SANIDAD DIVINA COMO DON DE LA GRACIA DE DIOS.

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11). En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos capaz de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su nombre cada vez más armonizan más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones. La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Hay evidencia de que el don de sanidad de Dios, aun puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor. Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello.

También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2 ss.; 14:2 ss.; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos. A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

CONCLUSIÓN.

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una señal anticipatoria de la completa redención que le esper al cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados. La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42- 44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, a menos que intervenga el rapto de la Iglesia, un día moriremos.

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen el sufrimiento por la causa de Cristo y del evangelio. Se espera que estemos preparados para seguir su ejemplo (Hebreos 5:8; 1 Pedro 2:19,21; 4:12-14,19). Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18). La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, como se señaló anteriormente, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad de Dios y a sus obras, siempre diseñados por su amor y para nuestro bien, con la comprensión de que están más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él. Reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Pero no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina. Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, ni tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

Dios todavía realiza milagros. Dios todavía sana a las personas. No hay nada que impida que Dios sane a una persona a través del ministerio de otros. Por eso, el pentecostalismo clásico continúa proclamando: ¡Cristo sana!

Evangelio de la Prosperidad, Sin categoría

Herejías Destructoras: El Evangelio de la Prosperidad.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Vivir con el objetivo de acumular riqueza es anticristiano. Sin embargo, a través de los años, el mensaje que se ha estado predicando en algunas de las iglesias más grandes del mundo ha cambiado; de hecho, un nuevo evangelio se está enseñando en muchas congregaciones hoy. A este evangelio se le han adscrito muchos nombres, tales como «el evangelio del decláralo y recíbelo», «el evangelio del písalo y arrebátalo», «el evangelio de la salud y las riquezas», «el evangelio de la prosperidad» y «la teología de la confesión positiva». Pero no importa el nombre que se use, la esencia de este nuevo evangelio es la misma.

La teología de prosperidad, a veces llamada evangelio de la prosperidad, es una creencia religiosa compartida por algunos cristianos, quienes sostienen que la bendición financiera y el bienestar físico son siempre la voluntad de Dios para con ellos, y que la fe, el discurso positivo y las donaciones a causas religiosas aumentarán la riqueza material propia. En pocas palabras, este egocéntrico «evangelio de la prosperidad» enseña que Dios quiere que los creyentes estén físicamente sanos, sean materialmente ricos y personalmente felices. Los maestros del evangelio de la prosperidad animan a sus seguidores a orar e incluso a demandar a Dios un florecimiento material.

La doctrina enfatiza la importancia del empoderamiento personal y propone que es la voluntad de Dios que su pueblo sea feliz. La expiación (reconciliación con Dios) se interpreta para incluir el alivio de la enfermedad y la pobreza, los cuales se consideran maldiciones que se pueden romper por la fe. Se cree que esto se consigue a través de donaciones monetarias, visualización y confesión positiva. Durante el auge del movimiento conocido como Healing Revival, a fines de los años 1940 y durante la década de 1950, la teología de la prosperidad tuvo gran difusión en Estados Unidos, aunque algunos han asociado los orígenes de su teología al movimiento Nuevo Pensamiento, que empezó en el siglo XIX. Las enseñanzas de prosperidad ocuparon más tarde un lugar prominente en el movimiento Word of Faith y el tele-evangelismo de los años 1980. En las décadas de 1990 y 2000, influentes líderes del movimiento pentecostal y el movimiento carismático la adoptaron en los Estados Unidos y se ha propagado por varios otros países. Algunas figuras prominentes en su desarrollo son E. W. Kenyon, Oral Roberts, A. A. Allen, Robert Tilton, T. L. Osborn, Joel Osteen, Creflo Dollar, Kenneth Copeland, Cash Luna, Mike Murdoc, Reverendo Ike y Kenneth Hagin.

ORIGEN, DESARROLLO Y EXPANSIÓN DEL. EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD.

Si buscamos los orígenes de esta corriente teológica podremos encontrarlos en los Estados Unidos, donde la mayoría de los investigadores de la fenomenología religiosa estadounidense hacen remontar este movimiento al pastor neoyorkino Essek William Kenyon (1867-1948). Kenyon sostenía que a través del poder de la fe pueden modificarse las realidades materiales concretas. Pero la conclusión directa de esta convicción es que la fe puede llevar a la riqueza, a la salud y al bienestar, mientras que la falta de fe lleva a la pobreza, a la enfermedad y a la desdicha. Estas doctrinas se han asociado con el Positive Thinking, el «pensamiento positivo», y se han alimentado también en una medida importante de él. El Positive Thinking es expresión del denominado “American way of life” (modo de vida estadounidense). En tal sentido, se relacionan con la «posición excepcional» que Alexis de Tocqueville, en su célebre obra ‘La democracia en América’ (1831), atribuyó a los estadounidenses. Según este autor, en virtud de dicha excepcionalidad se ha de creer que ningún pueblo democrático llegará a encontrarse nunca en una posición semejante. Tocqueville llegó a afirmar que ese modo de vida plasma también la religión de los estadounidenses. Un impulso fundamental a estas ideas de «prosperidad evangélica» se dio con el denominado «movimiento de la fe», que tuvo como principal mentor al pastor y autoproclamado «profeta» Kenneth Hagin (1917-2003). Una de las características de Hagin eran visiones recurrentes que lo llevaban a dar una interpretación singular de algunos textos muy conocidos de la Biblia. Tal es el caso, por ejemplo, de Marcos 11:23-24: “En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis». Estos dos versículos son para Hagin pilares de la «teología de la prosperidad.”

Según afirma, la fe milagrosa, para traducirse en obras, debe ser sin incertidumbres, especialmente en las cosas imposibles: debe declarar específicamente el milagro y creer que se lo obtendrá de la manera imaginada. Hagin enfatizó también otro aspecto: que el milagro deseado se considere como ya sucedido. Es decir, se debe desplazar su realización del futuro al pasado. Tanto Kenyon como Hagin comprendieron que la comunicación de masas era un instrumento fundamental para la rápida difusión de sus enseñanzas. El primero se sirvió de su show personal «Kenyon’s Church of the Air» [«La Iglesia del aire de Kenyon»], y el segundo, del programa «Faith Seminar of the Air» [«El seminario de fe del aire»]. Pero ellos no fueron los únicos. Hay algunos predicadores que pueden citarse como continuadores de las teologías de Kenyon y Hagin y de su estrategia de comunicación. El primero de ellos es Kenneth Copland, que fue «ungido» por el mismo Hagin como sucesor suyo, con su programa televisivo «Believer’s Voice of Victory» [«La voz de victoria del creyente»], que ha difundido en gran parte del mundo estas doctrinas. Del mismo modo, Norman Vincent Peale (1889-1993), pastor de la Marble Collegiate Church de Nueva York, alcanzó popularidad con sus libros con títulos elocuentes en su significado: “El poder del pensamiento positivo”; “Cambia tus pensamientos y cambiará todo”; “Guía para una vida apacible” . Peale fue un predicador exitoso, y llegó a mezclar marketing y predicación.

En los Estados Unidos millones de personas frecuentan asiduamente «megaiglesias» que difunden estas teologías de la prosperidad. Los predicadores, profetas y apóstoles enrolados en evangelio diferente han ocupado espacios cada vez más importantes en los medios de comunicación de masas, han publicado una enorme cantidad de libros que se han convertido rápidamente en superventas y han pronunciado conferencias que muy a menudo llegan a millones de personas a través de todos los medios disponibles de Internet y de las redes sociales. Nombres como Oral Roberts, Pat Robertson, Benny Hinn, Robert Tilton, Joel Osteen, Joyce Meyer y otros han acrecentado su popularidad y riqueza profundizando, enfatizando y extremando este evangelio.

El «evangelio de la prosperidad» (Prosperity Gospel) ha ido difundiéndose no solamente en los Estados Unidos, donde nació, sino también en África, especialmente en Nigeria, Kenia, Uganda y Sudáfrica, de la mano de pastores como Robert Kayanja, quien desarrolló también un vasto movimiento muy presente en los medios de comunicación de masas. Pero el «evangelio de la prosperidad» ha tenido también un notable impacto en Asia, sobre todo en India y Corea del Sur. En este último país hubo en los años ochenta un fuerte movimiento autóctono vinculado a esta corriente teológica, promovido por el pastor Paul Yonggi Cho. Este predicó una «teología de la cuarta dimensión», según la cual los creyentes, mediante el desarrollo de visiones y sueños, iban a poder llegar a controlar la realidad, obteniendo casi todo tipo de prosperidad inmanente. Se observa también un arraigo en la República Popular China gracias a las «Iglesias de Wenzhou». Wenzhou es un gran puerto oriental en la provincia de Zhejiang, en cuya zona han ido apareciendo grandes cruces rojas en cada vez más edificios. Tales cruces suelen indicar la presencia de una «Iglesia de Wenzhou», una comunidad creada por varios empresarios locales y vinculada al movimiento de la «teología de la prosperidad».

En América Latina la difusión y la propagación de esta teología se dio de manera exponencial, y ello desde 1980, aunque también pueden encontrarse raíces de este proceso entre los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Este fenómeno religioso se traduce desde el punto de vista mediático en el uso de la televisión por parte de figuras muy carismáticas de algunos pastores, que lanzan un mensaje simple y directo montado en torno a un espectáculo de música, testimonios y una lectura distorsionada de la Biblia. Si consideramos América Central, Guatemala y Costa Rica se han convertido probablemente en los dos bastiones principales de esta corriente religiosa. En Guatemala ha sido determinante la presencia del líder carismático Carlos Enrique Luna Arango, llamado «Cash Luna». Costa Rica es también un bastión del evangelio de la prosperidad, al ser la sede del canal de televisión satelital TBN-Enlace, un medio de comunicación al servicio de este movimiento herético. En América del Sur la difusión más significativa se dio en Colombia, Chile y Argentina, pero no cabe duda de que Brasil merece una consideración especial, porque posee una dinámica propia y un movimiento pentecostal autóctono como la «Iglesia Universal del Reino de Dios». Este grupo, denominado también «Pare de sufrir», tiene ramificaciones en toda América Latina. Basta analizar el anuncio de la «Iglesia Universal» brasileña para encontrar en ella un fuerte mensaje de prosperidad y bienestar ligado a la frecuentación personal de sus templos con el fin de recibir múltiples beneficios.

Lo que resulta absolutamente claro es que el poder económico, mediático y político de estos grupos, a los que podemos definir genéricamente como «evangélicos del sueño estadounidense», los hace mucho más visibles que el resto de las Iglesias evangélicas, también que las de la línea pentecostal clásica. Además, su crecimiento es exponencial y directamente proporcional a los beneficios económicos, físicos y espirituales que prometen a sus seguidores: bendiciones todas que están muy lejos de las enseñanzas de una vida de conversión propia de los movimientos evangélicos tradicionales. Estos movimientos han recibido no pocas críticas. Muchos sectores evangélicos tanto tradicionales como más recientes, han criticado duramente esos movimientos, llegando a denominar lo que proclaman como «un evangelio diferente».

ERRORES TEOLÓGICOS DEL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD

El Evangelio de la Prosperidad, que no es más que un falso Evangelio, ha sido duramente criticado por los líderes de varias denominaciones cristianas, aun dentro del mismo movimiento pentecostal y carismático, pues sostienen que es irresponsable, promueve la idolatría y es contraria a la Escritura. Basta con analizar 5 de los principales postulados de este “Evangelio Diferente” para darnos cuenta que las críticas que se le hacen son justificadas:

(1. EL PACTO ABRAHÁMICO ES UN MEDIO PARA EL DERECHO MATERIAL.

El primer error del evangelio de la prosperidad es ver el Pacto Abrahámico como un medio para el derecho material. El pacto Abrahámico (Génesis 12, 15, 17, 22) es una de las bases teológicas del evangelio de la prosperidad. Es bueno que los teólogos de la prosperidad reconozcan que gran parte de la Escritura es el registro del cumplimiento del pacto Abrahámico, pero es malo que no mantengan una visión ortodoxa de este pacto. Tienen una visión incorrecta del inicio del pacto; más significativamente, tienen una visión errónea de la aplicación de este.

De acuerdo con el Evangelio de la Prosperidad, los cristianos son hijos espirituales de Abraham y herederos de las bendiciones de la fe. Esta herencia abrahámica se desenvuelve principalmente en términos de beneficios materiales. En otras palabras, el evangelio de la prosperidad enseña que el propósito primordial del pacto Abrahámico era que Dios bendijera a Abraham materialmente. Ya que los creyentes son ahora los hijos espirituales de Abraham, han heredado estas bendiciones financieras. Como el pacto de Dios ha sido establecido, y la prosperidad es una provisión de este pacto, cada creyente tiene que tomar conciencia de que la prosperidad ahora te pertenece y reclamarla. Para respaldar esta declaración, los maestros de la prosperidad apelan a Gálatas 3:14, que se refiere a: “Mediante Cristo Jesús, Dios bendijo a los gentiles con la misma bendición que le prometió a Abraham…” (Nueva Traducción Viviente). Es interesante, sin embargo, que en sus apelaciones a Gálatas 3:14, los maestros de la prosperidad ignoran la segunda mitad del versículo, que dice: “a fin de que los creyentes pudiéramos recibir por medio de la fe al Espíritu Santo prometido.” En este versículo Pablo le recordaba claramente a los Gálatas la bendición espiritual de la salvación, no la bendición material de la riqueza.

Jesús advirtió a los suyos respecto al peligro de ser dominados por el afán, la codicia y la avaricia. Y les dijo: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12.15–16). Jesús señaló que el objetivo primordial de los creyentes debe centrarse en buscar primeramente el Reino de Dios y Su justicia, y todo lo demás vendría por añadidura (Mateo 6:19-21, 33). A un grupo de personas que lo habían visto hacer milagros y que desesperadamente lo andaban buscando del otro lado del Mar de Galilea, Jesús les descubrió sus intenciones y de forma tajante les dijo: “De cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará” (Juan 6:26–28). Estas personas habían visto en Jesús al Rey del Pan terrenal, pero no al “Pan de Vida” enviado de Dios. Lo miraban como el suplidor de las necesidades básicas temporales, pero no tenían ningún interés en saciar el hambre espiritual. En lugar de ser movidos a una mayor entrega a Dios o a seguir al Señor, ahora pretendían usar a Jesús para satisfacer sus necesidades físicas y temporales.

Deplorablemente la poca enseñanza teológica existente, o la baja calidad de la enseñanza bíblica en las congregaciones cristianas, abonan el terreno para que los engañadores persuadan con sus estratagemas a los incautos: “Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme (2 Pedro 2.1–3). Jesús dijo que no se puede servir a Dios y a Mammón: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón” (Mateo 6:24; RV1909).

El espíritu materialista de Mammón, el dios del dinero (Mateo 6:24; 1 Timoteo 6:10), disfrazado de “Prosperidad divina” y la avidez por tener más y más a cualquier precio, se han apoderado en gran parte de la agenda de muchos ministros del Evangelio hoy en día. Estos ministros se han olvidado de que fueron llamados a vivir por fe, no por vista (2 Corintios 4:18, 5:7); a andar en el Espíritu, no en la carne (Gálatas 5:16); a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Colosenses 3:1-3); a no distraerse en lo terrenal (Filipenses 3:18-19); a servir a Dios y no a las riquezas (Mateo 6:24; Lucas 12:21); a predicar el Evangelio gratuitamente (Mateo 10:8; 1 Corintios 9:18; 2 Corintios 11:7); y a estar contentos con lo que Dios les ha dado, no monopolizando la religión como un medio para obtener ganancias (1 Timoteo 6:3-10).

(2. LA EXPIACIÓN DE JESÚS SE EXTIENDE HASTA EL «PECADO» DE LA POBREZA MATERIAL.

Un segundo error teológico del evangelio de prosperidad es una visión defectuosa de la expiación. El evangelio de la prosperidad afirma que tanto la curación física como la prosperidad financiera han sido provistas en la Expiación. Para los maestros de la prosperidad el principio básico de la vida cristiana es saber que Dios ha puesto nuestro pecado, malestar, enfermedad, tristeza, angustia y pobreza sobre Jesús en el Calvario. Por ende, nuestra bendición material está garantizada.

Este malentendido del alcance de la expiación proviene de dos errores que cometen los proponentes del evangelio de la prosperidad. En primer lugar, muchos de los que se aferran a la teología de la prosperidad tienen un concepto erróneo fundamental de la vida de Cristo. Por ejemplo, algunos de los maestros de la prosperidad han caído en el absurdo de suponer que Jesús tenía una casa bonita, una casa grande, manejaba mucho dinero e incluso vestía ropas de diseñador (John Avanzini, “Believer’s Voice of Victory,” programa transmitido en TBN, 20 de enero 1991. Citado en Hank Hanegraaff, Christianity in Crisis; Eugene, OR: Harvest House, 1993, pp. 381). Esa visión deformada de la vida de Cristo lleva a los maestros de la prosperidad a un concepto igualmente deformado sobre la muerte de Cristo, basado en una interpretación errónea de 2 Corintios 8:9, que dice: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”. Si bien una lectura superficial de este versículo puede llevar a creer que Pablo estaba enseñando acerca de un aumento en la riqueza material, una lectura contextual revela que Pablo estaba enseñando el principio opuesto. De hecho, Pablo estaba enseñando a los corintios que, puesto que Cristo realizó tanto por ellos a través de la expiación, ellos debían vaciarse de sus riquezas al servicio del Salvador. Esta es la razón por la cual solo cinco cortos versículos más tarde Pablo instaría a los corintios a dar sus riquezas a sus hermanos necesitados, escribiendo: “Para que, en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos”. (2 Corintios. 8:14).

Desde la perspectiva bíblica la prosperidad financiera, al igual que la salud física, es algo deseable, pero no se constituye en un fin en sí mismo y tampoco en la meta suprema del cristiano, como lo afirma el apóstol Juan: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2). La prosperidad espiritual debe ser la sólida base sobre la que corresponde cimentar cualquier otro tipo de prosperidad entre los cristianos. La Nueva Versión Internacional aclara más el sentido de este texto al apuntar: “Querido hermano, oro para que te vaya bien en todos tus asuntos y goces de buena salud, así como prosperas espiritualmente” (3 Juan 2, NVI). Una prosperidad financiera sin los fundamentos de la prosperidad espiritual, en términos estrictamente bíblicos, no sirve absolutamente para nada. En palabras del Señor Jesús, sería como edificar una casa sobre la arena movediza y no sobre la roca fuerte. Es construir sobre las arenas de las volatilidades cambiarias, de los fenómenos bursátiles, y de la falsa sensación de seguridad que dan las riquezas (Mateo 7:24-27). Tal prosperidad sería totalmente destructiva y conduciría, no solo a alimentar el espíritu de la avaricia entre los cristianos, sino también, a que estos pongan su mira y su confianza exclusivamente en las cosas de este mundo, olvidándose de la gloriosa esperanza eterna. El apóstol Pablo enseñó que los verdaderos creyentes deben concentrar su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Colosenses 3:1–2).

  1. LOS CRISTIANOS DAN PARA OBTENER COMPENSACIÓN MATERIAL DE DIOS.

Un tercer error del evangelio de la prosperidad es que los cristianos deben dar para obtener compensación material de Dios. Una de las características más llamativas de los teólogos de la prosperidad es su aparente fijación con el acto de dar. Los estudiantes del evangelio de la prosperidad son instados a dar generosamente; sin embargo, este énfasis en dar se basa en motivos que son todo menos filantrópicos. La fuerza que impulsa esta enseñanza sobre el dar es lo que se conoce como la «Ley de la compensación». Según esta ley, supuestamente basada en Marcos 10:30, los cristianos necesitan dar generosamente a otros porque cuando lo hacen, Dios devuelve más a cambio. Esto, a su vez, conduce a un ciclo de prosperidad cada vez mayor. Es evidente, entonces, que la doctrina de dar del evangelio de la prosperidad se fundamenta en motivos defectuosos. Si bien es cierto que Jesús enseñó a sus discípulos a dar, sin esperar nada a cambio (Lucas 10:35), los teólogos de la prosperidad enseñan a sus discípulos a dar porque conseguirán un gran retorno de su inversión.

Mientras por un lado emergen creyentes que motivados por un sentimiento honroso de generosidad son capaces de quedarse absolutamente sin nada en su haber con tal de darlo para el progreso de la Iglesia, existen, asimismo, ministros codiciosos, oportunistas, “cuyo dios es su vientre y cuya gloria es su vergüenza”, porque “sólo piensan en lo terrenal” (Filipenses 3:19). Los proponentes del Evangelio de la Prosperidad siembran en la mente de los oyentes, la falsa idea, de que, si no eres próspero económicamente, es porque estas bajo maldición o eres parte de algún tipo de juicio divino (Para un estudio más profundo sobre las maldiciones véase: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/09/distorsionando-la-fe-pentecostal-las-maldiciones-generacionales/).

Los predicadores de la prosperidad priorizan el asunto del dinero como lo más importante en el contexto de las bendiciones de Dios para Su pueblo. Además, con su valoración persistente de las riquezas terrenales demuestran que su confianza y esperanza están enfocadas exclusivamente en esta vida efímera y pasajera y no en la expectativa de la gloriosa vida eterna. Con reiteración recurren al pasaje bíblico que habla de la viuda de Sarepta y el profeta Elías (1 Reyes 17:8-24). Insisten en que a esta viuda por mucho tiempo no se le agotó el aceite debido a que le dio de su comida a Elías primero. El énfasis aquí es que, si das mucho dinero a la obra, tus finanzas siempre se estarán multiplicando, lo cual es una gran falacia, porque en el caso de la viuda de Sarepta, hubo un trato directo por parte de Dios. Fue una situación particular en que Dios obró de forma soberana y providencial para suplir las necesidades del profeta Elías y no puede interpretarse como que siempre Dios actuará de la misma forma con todos sus siervos. Dios es muy creativo y multifacético en su modus operandi. Esto queda comprobado al observar que, en medio de aquella crisis, ya con anterioridad, el profeta Elías, había sido alimentado milagrosamente por unos cuervos (1 Reyes 17:2-6). Si bien esta historia puede llevarnos a la reflexión para conocer algunos de los tratos de Dios con sus hijos, es evidente que no se puede violentar la interpretación de los textos, intentando aplicarla a nuestro tiempo en todo su rigor, y menos en relación con el tema del dinero. De hecho, con el trascurrir del tiempo, los líderes religiosos de Israel ya habían tergiversado esta historia y con frecuencia visitaban a las viudas para explotarlas económicamente. Por lo mismo, en su época, Jesús los reprendió con bastante firmeza al decirles: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas” (Mateo 23:14; 12:40).

Los proponentes de la Doctrina de la Prosperidad enseñan a la gente que quien no aporte dinero a sus ministerios, no será prosperado, ni en ninguna manera bendecido por Dios. De esa manera astuta y siniestra, condicionan psicológicamente las conciencias de las personas para que se predispongan a ofrendar. Para empeorar las cosas, el estilo de vida ostentoso y de despilfarro de algunos ministros que promueven el Evangelio de la Prosperidad es un grosero insulto a Aquel humilde carpintero de Nazaret que no tenía ni siquiera donde recostar su cabeza (Mateo 8:20; Lucas 16:13). Estos ministros corruptos, han leudado el verdadero Evangelio, introduciéndole la levadura de su interpretación unipersonal, completamente descontextualizada del tenor general de las Escrituras.

Otra de las infaustas prácticas comunes que tienen estos postulantes del Evangelio de la Prosperidad, es hacerle creer a la gente que pueden utilizar su dinero para establecer pactos con Dios. Cabe señalar, que esta es otra burda falacia, porque, aunque si bien es cierto que la Biblia habla de pactos, esos pactos no tienen que ver, en lo absoluto, con dinero (Para un estudio más profundo visita: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/16/herejias-destructoras-las-maratonicas-y-el-pactar-con-dios-a-traves-del-dinero/).

Un pasaje que con regularidad esgrimen los proponentes de la Doctrina de la Prosperidad, es cuando Jacob hizo voto a Dios en su camino hacia Padan-Aram. Ellos dicen que Jacob hizo un pacto con Dios relacionado con el dinero, lo cual es una tremenda distorsión del sentido de la verdad escrituraria. El pasaje clarísimamente señala que lo que Jacob hizo fue un voto y no un pacto. Fue una promesa “Luego Jacob hizo esta promesa: «Si Dios me acompaña y me protege en este viaje que estoy haciendo, y si me da alimento y ropa para vestirme, y si regreso sano y salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios. Y esta piedra que yo erigí como pilar será casa de Dios, y de todo lo que Dios me dé, le daré la décima parte»”. (Génesis 28:20-22, NVI)

Con bastante asiduidad los postulantes de la Prosperidad hablan de la siembra de dinero. El texto favorito que emplean es: “Recuerden esto: El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará” (2 Corintios 9:6, NVI). Se trata de una metáfora de la siembra y la cosecha que el apóstol Pablo utiliza, para enseñar sobre la generosidad del creyente a la hora de dar. Es evidente que hay bendiciones que Dios reparte por motivos de un corazón que actúa de manera magnánima con Su obra. El cuidado que se debe tener, no obstante, es el de no resaltar extremadamente la verdad contenida en el texto con la intención de sacar ventaja personal explotando la economía de otros. Insistir de forma pertinaz en interpretar un texto en detrimento de su contexto es una forma de herejía. El siguiente versículo remarca que: “Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios 9:6, NVI). Derivar de este versículo (como lo hacen los ministros mercaderes, corruptos) que se pueda sembrar semillas de dinero para que Dios nos sane a un hijo, nos provea de un buen trabajo, multiplique nuestras finanzas, o algo por el estilo, es sencillamente, una soberbia ignorancia y una temeraria violación de la hermenéutica bíblica. La repulsiva falsedad de la “Doctrina de la Prosperidad”, está en el intento de sus proponentes de insertar en la mente de los cristianos, la avariciosa idea de que Dios quiere que sus hijos se inunden de dinero. Es una exégesis totalmente torcida de algunos textos de la Biblia. Imaginémonos a Dios, prosperando económicamente a cristianos llenos de egoísmo con su prójimo. Imaginémonos a Un Dios que, en vez de regenerar el corazón humano, decide en cambio bañarlo en dólares. El enfoque de la “Doctrina de la Prosperidad”, está dirigido a sobrestimar la riqueza material en menosprecio de la riqueza espiritual. Mucho énfasis en los designios del corazón humano y poco énfasis en la santidad y mandamientos de Dios. Muchos sueños de hombres y poco anhelo por la verdad de Dios. Mucho énfasis en lo temporal y poco en lo que realmente es eterno.

  1. LA FE ES UNA FUERZA ESPIRITUAL AUTOGENERADA QUE CONDUCE A LA PROSPERIDAD.

Un cuarto error de la teología de la prosperidad es su enseñanza de que la fe es una fuerza espiritual autogenerada que conduce a la prosperidad. Mientras que el cristianismo ortodoxo entiende la fe como la confianza en la persona de Jesucristo, los maestros de la prosperidad adoptan una doctrina muy diferente. En su libro The Laws of Prosperity, Kenneth Copeland, escribe: “La fe es una fuerza espiritual, una energía espiritual, un poder espiritual. Es esta fuerza de fe la que hace funcionar las leyes del mundo espiritual… Hay ciertas leyes que gobiernan la prosperidad revelada en la Palabra de Dios. La fe hace que esas leyes funcionen” (Kenneth Copeland, The Laws of Prosperity; Fort Worth, TX: Kenneth Copeland Publications, 1974, pp. 19). Obviamente, esto es un entendimiento defectuoso, quizás incluso herético, de la fe.

Según la teología de la prosperidad, la fe no es un acto de la voluntad otorgado por Dios y centrado en Dios. Más bien es una fuerza espiritual humanamente forjada, dirigida a Dios. De hecho, cualquier teología que considere la fe únicamente como un medio para el logro material antes que para la justificación ante Dios debe ser juzgada como defectuosa e inadecuada.

Para un estudio más amplio sobre los errores de la confesión positiva, la doctrina de arrebatar y otros conceptos distorsionados acerca de la fe, visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/13/herejias-destructoras-ensena-la-biblia-que-debemos-arrebatarle-cosas-al-diablo/ y: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/10/distorsionando-la-fe-pentecostal-la-confesion-positiva/

  1. LA ORACIÓN ES UNA HERRAMIENTA PARA FORZAR A DIOS A CONCEDER PROSPERIDAD.

El evangelio de la prosperidad trata la oración como una herramienta para forzar a Dios a conceder prosperidad. Los predicadores del evangelio de la prosperidad a menudo notan que “no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:2). Los defensores del evangelio de la prosperidad animan a los creyentes a orar por el éxito personal en todas las áreas de la vida. Creflo Dollar, otro maestro de este falso evangelio escribe: “Cuando oramos, creyendo que ya hemos recibido lo que estamos pidiendo, Dios no tiene otra opción que hacer lo que le pedimos… Es una clave para obtener resultados como cristiano” (Creflo Dollar, “Prayer: Your Path to Success,” March 2, 2009, http://www.creflodollarministries.org/BibleStudy/Articles.aspx?id=329).

Ciertamente las oraciones para la bendición personal no son intrínsecamente erróneas, pero el énfasis excesivo del evangelio de la prosperidad en el hombre convierte la oración en una herramienta que los creyentes pueden usar para obligar a Dios a conceder sus deseos. Dentro de la teología de la prosperidad, el hombre, no Dios, se convierte en el enfoque de la oración. Curiosamente, los predicadores de la prosperidad a menudo ignoran la segunda mitad de la enseñanza de Santiago sobre la oración que dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3). Dios no responde a peticiones egoístas que no honran su nombre. Ciertamente, todas nuestras peticiones deben ser presentadas a Dios (Filipenses 4:6), pero el evangelio de la prosperidad se centra tanto en los deseos del hombre que puede llevar a la gente a hacer oraciones egoístas y superficiales que no traen gloria a Dios. Además, cuando se combina con la doctrina de la súper fe (o confesión positiva) de la prosperidad, esta enseñanza puede llevar a la gente a tratar de manipular a Dios para obtener lo que quieran, lo cual es una tarea inútil. Esto está muy lejos de orar para que se haga la voluntad de Dios.

A la luz de la Escritura, el evangelio de la prosperidad es fundamentalmente defectuoso. En el fondo, el evangelio de la prosperidad es en realidad un evangelio falso debido a su visión defectuosa de la relación entre Dios y el hombre. En pocas palabras, si el evangelio de la prosperidad es verdadero, la gracia es obsoleta, Dios es irrelevante y el hombre es la medida de todas las cosas. Ya sea que estén hablando del pacto Abrahámico, de la expiación, del dar, de la fe o de la oración, los maestros de la prosperidad convierten la relación entre Dios y el hombre en una transacción de dar para recibir. Dios es reducido a una especie de “sirviente cósmico” atendiendo a las necesidades y deseos de su creación. Esta es una visión totalmente inadecuada y no bíblica de la relación entre Dios y el hombre.

CONCLUSIÓN.

Los Apóstoles tuvieron sumo cuidado de no caer en la trampa del dinero. El libro de los Hechos relata un caso en que un mago judío, recién convertido a la fe, llamado Simón, quiso a los apóstoles ofreciéndoles dinero a cambio de la adquisición de poderes espirituales. El pasaje dice: “Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero y les pidió: —Denme también a mí ese poder, para que todos a quienes yo les imponga las manos reciban el Espíritu Santo. La respuesta que este individuo recibió ante semejante oferta fue contundente: “—¡Que tu dinero perezca contigo—le contestó Pedro—, porque intentaste comprar el don de Dios con dinero! No tienes arte ni parte en este asunto, porque no eres íntegro delante de Dios. Por eso, arrepiéntete de tu maldad y ruega al Señor. Tal vez te perdone el haber tenido esa mala intención. Veo que vas camino a la amargura y a la esclavitud del pecado” (Hechos 8:18–23). Pedro aquí, muestra un hermoso ejemplo, de cómo debe comportarse un verdadero ministro de Jesucristo ante las ofertas relacionadas con el dinero. Su integridad y ética ministerial quedan trasparentadas al reprender con autoridad y celo de Dios a Simón el mago, dejándolo avergonzado por semejante extorsión y dándole una lección inolvidable.

En otra ocasión se menciona que cuando Pedro y Juan iban a la oración, en una de las puertas del templo estaba sentado un hombre cojo que les pidió dinero. En ese momento Pedro no traía dinero para poder darle a aquel hombre. Aquí se menciona a un apóstol sin dinero. De acuerdo con lo que enseñan los proponentes de la Doctrina de la Prosperidad Pedro tendría que estar bajo maldición por no tener dinero. El en ninguna manera se avergonzó por no tener dinero. Para este siervo de Jesucristo el dinero no era lo más importante. Tenía la verdadera riqueza, la que los ministros de la Prosperidad menosprecian, la riqueza de tener morando en él al mismo Señor Jesucristo: ” —No tengo plata ni oro—declaró Pedro—, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

Por su parte el apóstol Pablo, advirtió de los graves peligros asociados con las ambiciones materiales y la codicia por el dinero: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:9-10). La preocupación principal de Pablo siempre fue la vida espiritual de los creyentes, oró para que estos alcanzaran crecimiento y madurez en la comunión con su Salvador. Cuando se reunió con los ancianos de la Iglesia de Éfeso, después de darles algunos consejos y orar por ellos, Pablo les recordó a estos líderes respecto a su integridad ministerial en cuanto al dinero, les señaló: “No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie. Ustedes mismos saben bien que estas manos se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros” (Hechos 20:33–34). El mismo Apóstol agrega en otro pasaje: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Filipenses 3:18–19). Son: “Hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales” (1 Timoteo 6.5–6).

El escritor de la Epístola a los Hebreos también aconseja: “Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.»” (Hebreos 13:5I). Muchos siervos de Dios han sido atrapados por los tentáculos de las riquezas temporales, aun sabiendo que son ilusorias, fugaces y perecederas (Proverbios 23:4–5). Han vendido su primogenitura por un plato de lentejas. Han descuidado su vida espiritual, distrayéndose en perseguir con avidez, las ofertas temporales de este mundo. Han cambiado el mensaje de la verdad por el de la falsedad. Están distraídos y entretenidos, capitalizando oscuros y sospechados negocios con Mammón, el dios de las riquezas. Se han olvidado de ocuparse en los verdaderos negocios a los que fueron llamados. Aquellos que Jesús dijo: “en los negocios de mi Padre me conviene estar” (Lucas 2:49).  Las palabras de exhortación del apóstol Pedro dirigidas a los pastores deben ser bien recibidas: “Cuiden como pastores el rebaño de Dios que está a su cargo, no por obligación ni por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere” (1 Pedro 5:2, NVI).

Al ministro de la Iglesia de Laodicea que se sentía muy seguro en sus riquezas terrenales, el Señor le dio una fuerte reprensión. Jesús se valió de términos bastante enérgicos contra aquel siervo, ya que es indiscutible que la comodidad de las riquezas terrenales lo había convertido en un ministro vano y soberbio. Estaba orgulloso de su estatus y de sus muchas posesiones, pero internamente se encontraba vacío. Había perdido la unción, la espiritualidad, y lo más sublime y valioso para un ministro verdadero, la intimidad con Dios. Que terrible será aquel día para algunos ministros que una vez comenzaron bien en la obra de Dios, pero poco a poco, fueron siendo absorbidos por el engaño de las riquezas, a tal grado que ahora tienen comodidades materiales, fama y gloria humanas, pero el respaldo de Dios ya no está con ellos. “Dices: Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada”; pero no te das cuenta de que el infeliz y miserable, el pobre, ciego y desnudo eres tú. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; y colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista” (Apocalipsis 3:17–18).

Ahora bien, conviene señalar, que el pueblo de Dios tiene el deber de sostener económicamente a sus pastores: “Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario” (1 Timoteo 5:18). Los pastores, por su parte, deben, cada día, aumentar sus conocimientos de la Palabra de Dios y enseñar la Verdad al pueblo que Él ha puesto bajo su cuidado; a fin de que no sean engañados por estos falsos profetas que desfilan en la arena pública trayendo una Biblia, pero por sus frutos es incuestionable que son predicadores de sus propios intereses y no conocen a Dios. Debe existir un perfecto equilibrio en relación con las posesiones materiales. Si bien es cierto que Dios quiere bendecirnos en todas las cosas. Lamentablemente existe la tendencia, entre muchos cristianos, de priorizar y valorar desmedidamente las pertenencias de este mundo. Los ejemplos de Lot, y Balaán en el Antiguo Testamento, deberían ser más que suficientes para apercibirnos respecto a que una vida con posesiones materiales, pero vacía de lo espiritual, se encamina irremediablemente a la autodestrucción.

Desde la perspectiva bíblica y teológica es pertinente y moralmente obligatorio, presentar una apología de la fe y la verdad de Dios, descubriendo y corrigiendo cualquier error en materia de doctrina que se suscite dentro del conglomerado evangélico. La teología de la prosperidad debe ser denunciada como la herejía que es.

Evangelio de la Prosperidad, Sin categoría

Herejías Destructoras: La Nueva Reforma Apostólica.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Dos de los grandes vicios de la iglesia evangélica hoy son la sed de poder, prestigio y riqueza de algunos de nuestros líderes, y entre los fieles el culto, ciego y casi idolátrico, a las personalidades famosas. Hay mucha obsesión con títulos, oficios y el poder lucir y ser importante. Se emplean constantemente las técnicas de publicidad y promoción del mundo secular. Eso es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo y del evangelio.

Lo cierto es que vivimos tiempos peligrosos, tiempos de apostasía y desviaciones en el Cuerpo de Cristo. Pablo nos advirtió acerca de estos días: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos… amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.” (2 Timoteo 3:1-5). Muchos movimientos heréticos han surgido en el seno de la iglesia a lo largo de su historia; sin embargo, la Nueva Reforma Apostólica (NRA) pareciera ser la gota que colmó el vaso.

La Nueva Reforma Apostólica (NRA) es uno de los movimientos más grandes, más amplios y más poderosos dentro del cristianismo de hoy, pero vuela en gran parte bajo el radar. Incluso los involucrados a menudo no entienden el movimiento en la medida en que incluso puede negar que son parte de ella. Esta confusión se debe al hecho de que NRA no tiene membresía oficial o incluso liderazgo. Más bien, la NRA es una coalición de cristianos, organizaciones e iglesias pentecostales y carismáticos que están unidos por un entendimiento particular e interpretación de ciertas partes de la Escritura. Manifiestan un total desprecio por las opiniones contrarias, las que más bien les resultan “evidencias” de su autenticidad como genuinos representantes del “nuevo mover de Dios” en la iglesia contemporánea. Proponen con agresividad sus modelos de Igle-crecimiento y sus novedosas interpretaciones de antiguas doctrinas del cristianismo histórico. Sostienen que la autoridad bíblica (la Palabra escrita) tiene que estar siempre supeditada a la autoridad de la viva y “dinámica”, Palabra de Dios dada a conocer por la presente actividad del Espíritu mismo. La subordinación de la Escritura a la autoridad del Espíritu Santo, también se ilustra por la aceptación en este movimiento de la validez del don de profecía en la vida de la iglesia contemporánea. De acuerdo con los seguidores de este movimiento, Dios habla hoy con tanta autoridad, como hablaba a los autores bíblicos. Este es un entendimiento existencial de la Palabra de Dios. De acuerdo con esto, sus seguidores creen que el canon bíblico no está cerrado, de modo que la Palabra de Dios escrita no es la autoridad final. Ellos creen que Dios da hoy a la iglesia revelación adicional y que esta nueva revelación es tan autoritativa o aún más autoritativa que la Biblia misma. En este sentido, no están muy lejos de sectas como los mormones, los seguidores de Moon, la Ciencia Cristiana o cualquier otro grupo heterodoxo que añade su propia revelación a la Palabra de Dios.

Algunos han equiparado NRA con la llamada Tercera Ola del pentecostalismo (la primera ola comenzó con el nacimiento del movimiento pentecostal en 1901, la segunda se identifica con el movimiento carismático en 1960 y la Tercera Ola que enfatiza el evangelismo de poder, las sanidades y Guerra espiritual liderada por John Wimber y el Movimiento de la Viña en la década de 1980). Sin embargo, aunque ciertamente hay un solapamiento entre NRA y la Tercera Ola, no son idénticos. La Nueva Reforma Apostólica (NRA) surge más formalmente en la década de los 90. Uno de sus proclamadores vanguardistas es el profesor C. Peter Wagner, quien en 1994 acuñara primero el nombre de Post-Denominacionalismo para identificar al nuevo movimiento, y que luego le diera en definitiva el nombre que lleva actualmente. Los promotores de la NRA, aseguran que las raíces históricas de este movimiento se hallan en la Reforma de Lutero. Pero en realidad, este movimiento es un resultado directo del Neo-carismatismo o Tercera Oleada del pentecostalismo, surgida en 1980. Además, incorpora en su haber teológico doctrinas del movimiento “La lluvia Tardía” y del “Reino Ahora”. Este último toma una buena parte de sus enseñanzas del movimiento Restauracionista (1948) y del Recontruccionista (finales de los 60 y comienzos de los 70).

Los diversos exponentes de la NRA, presentan variaciones doctrinales en mayor o menor grado. Aún así, se percibe alguna uniformidad de enfoques. Entre sus principales propuestas, está la restauración del denominado “Ministerio Quíntuple”, con un énfasis superlativo en los apóstoles. Según ellos, éstos y los profetas, constituyen el fundamento de la iglesia, lo que da a entender que la iglesia de Cristo lleva casi dos mil años sin fundamento. Sostienen que el apóstol y el profeta desempeñan ministerios superiores, por lo que los demás ministerios los necesitan para funcionar en el plan de Dios. Sin embargo, este argumento, en vez de apoyar la interdependencia que defiende la Biblia y que da un sano equilibrio a las funciones de los ministerios dentro de la iglesia aboga más bien, por una desmedida y anti escritural dependencia de los apóstoles y profetas. Los heraldos de esta Nueva Reforma, insisten en que es necesario sustituir el gobierno pluralista que sostienen la mayoría de las confesiones evangélicas actuales, para implantar una regencia unipersonal del apóstol. Declaran ser portadores de nuevas revelaciones, que solo ellos reciben por su condición de Apóstoles y Profetas y que son pertinentes para que el cuerpo de Cristo funcione en el diseño de Dios. En ocasiones, ponen sus proclamas proféticas a la altura o por encima incluso de las Sagradas Escrituras. Tal postura tiene similitud con el Montanismo del siglo II. Reclaman además ser una especie de élite de iluminados, únicos receptores de los dones del Espíritu. Estas enseñanzas ignoran el sacerdocio de todos los creyentes.

Aunque los cristianos ortodoxos han empleado la interpretación de la Biblia mediante el método de interpretación literal, histórico, y gramatical, la Nueva Reforma Apostólica, por su parte, abandonando esta manera segura de interpretar la Biblia, utiliza el método de interpretación alegórico. Esto les conduce a la formulación y aceptación de un sin número de nuevas enseñanzas, algunas de las cuales conducen al error. Entre estas enseñanzas se encuentran los métodos extremos de guerra espiritual, visualización, sanidad interior, prosperidad, súper fe, el pensamiento positivo y otros. Además, la doctrina del Arrebatamiento, Rapto o Traslado de la Iglesia es rechazada y calificada como teología futurista por los promotores de la NRA.

EL SURGIMIENTO DE LA NUEVA REFORMA APOSTÓLICA.

Puesto que la NRA es una alianza unida sobre una comprensión distintiva de los cinco ministerios, no hay ninguna organización o liderazgo establecido como tal. Sin embargo, C. Peter Wagner (1930-2016) es el reconocido fundador y padre del movimiento. Wagner tuvo mucha influencia en una amplia gama de pensamiento y práctica cristiana a lo largo de su vida. Fue misionero, profesor de la Escuela de Misiones Mundiales del Seminario Teológico Fuller, autor de más de 70 libros, presidente de Global Harvests Ministries y canciller del Wagner Leadership Institute, que es un campo de entrenamiento para los interesados ​​en la NRA. En la década de 1980 Wagner estuvo bajo la influencia de John Wimber y su teología de la Tercera Ola. Wimber sostenía que el ministerio de Jesús debe ser un rompimiento del reino combinando la proclamación del reino con su demostración (expulsión de demonios, sanidad de enfermos, resucitación de muertos, etc.). Los seguidores de Cristo han recibido la autoridad de Cristo y deben proclamar el reino y ejercer la autoridad en su nombre. La clave para el evangelismo eficaz es combinar la proclamación (la predicación del Evangelio) con las manifestaciones (señales y prodigios).

Wimber y Wagner enseñarían un curso en el Seminario Fuller durante los años 80 titulado “MC510 – Señales, Prodigios y Crecimiento de la Iglesia.” Más tarde Wagner adoptó ideas y técnicas de guerra espiritual que incluso Wimber no pudo aceptar. Mientras Wagner empezaba a trazar otras doctrinas inusuales de varias fuentes, él finalmente trató de agruparlas bajo un paraguas que él llamó “La Iglesia Pos-denominacional”. Aparentemente recibiendo críticas de algunos de sus amigos, incluyendo a Jack Hayford, él cambió el nombre a “La Nueva Reforma Apostólica”. Wagner, en este momento, creía que la iglesia había entrado en la “Segunda Era Apostólica,” que él dice que comenzó en 2001. Muchas de las ideas que Wagner venía a defender no eran nuevas y han estado circulando en los movimientos pentecostal, Palabra de Fe, Vineyard y otros grupos carismáticos durante años. Lo que la NRA ha hecho en gran medida es incorporar y representar muchos, si no la mayoría, de estos grupos e ideas sin formar realmente una organización oficial.

Sin embargo, algunos de los líderes y establecimientos a menudo asociados con la NRA, y aceptando la mayoría de sus distinciones, incluyen: Mike Bickle y su Casa Internacional de Oración (IHOP), Kansas City Prophets incluyendo a Bob Jones y Paul Cain, Bill Johnson y su Iglesia de Bethel, Rick Joyner, fundador de Morning Star Ministries, Todd Bentley, Brian y Bobbie Huston de Hillsong Church, Cindy Jacobs de Generals International, Michael Brown y Rod Parsley y Youth With A Mission (JUCUM).

DISTINTIVOS TEOLÓGICOS DE LA NUEVA REFORMA APOSTÓLICA.

Lo que diferencia a la NRA de los evangélicos e incluso otros pentecostales no puede ser fijado con precisión. Esto se debe a que la NRA, como se dijo anteriormente, no es ni una organización oficial ni monolítica en sus creencias. Los adherentes de la NRA pueden encontrarse en la Palabra de Fe, el evangelio de la prosperidad, los movimientos pentecostales, carismáticos y de la Tercera Ola. Pero, cada vez más, las doctrinas y las filosofías de los partidarios de la NRA se están arrastrando hacia las principales iglesias y organizaciones no carismáticas. Por lo tanto, si bien existen diferencias significativas entre los que se alinean con NRA, hay, sin embargo, algunos comunes denominadores que todos aceptarían. Todos los individuos, iglesias y organizaciones que podrían ser identificados como parte de NRA estarían de acuerdo con las siguientes distinciones:

  1. RESTAURACIÓN DEL MINISTERIO QUÍNTUPLE:

Una de las propuestas medulares de la NRA, es la formulación de un nuevo sistema eclesial, referido comúnmente como el “ministerio quíntuple.” Esta es la doctrina fundamental de la NRA sobre la cual descansan todas sus otras filosofías. Basados en Efesios 4:11-13, en conjunción con Efesios 2:20 y 1 Corintios 12:28, los líderes de la NRA creen que los cinco ministerios enumerados en estos textos, que fueron dados para establecer y equipar a la iglesia, están completamente operativos hoy en día. A partir de la interpretación que dan a estos pasajes de las Escrituras, promueven su aplicación a la iglesia contemporánea como un modelo para su ministerio, e incluso, para una transformación total de las estructuras de autoridad en la iglesia o denominación correspondiente. La Nueva Reforma Apostólica asegura que el orden en que son mencionados los ministerios en Efesios 4:11, implica la preeminencia de los primeros sobre los últimos. Esto les hace concluir que el apóstol es el mayor y más importante de todos, bajo cuya autoridad deben funcionar los restantes ministerios. No sólo reducen a cinco el número de ministerios, sino que, además, enfatizan injustificadamente la supremacía del ministerio apostólico y profético sobre los demás. La NRA enseña que los ministerios apostólicos y proféticos deben ser ejercidos como oficios dentro de la iglesia. El término “oficio” debe ser entendido como el reconocimiento y la designación de una persona como apóstol o profeta. Esto implicaría que sólo ellos son los capacitados y autorizados para comunicar el mensaje divino (profetas) y los únicos que pondrán en función el plan revelado, mediante la movilización y dirección de la Iglesia (apóstoles). Los que actualmente se consideran apóstoles, además de autoproclamarse poseedores de ministerios utilizando todas sus habilidades, carismas y recursos creen poseer la autoridad necesaria para otorgar dones y ministerios a otros. La realidad bíblica (1 Corintios 12:11, Efesios 4:7) indica que es Dios y no otro quien imparte los dones y establece los ministerios. Por ello, se puede afirmar que son regalos divinos para los creyentes, a fin de edificar el cuerpo de Cristo. Quizá la principal demanda de los promotores de la NRA, es la “restauración” del oficio del apóstol. Acusan a la iglesia contemporánea de haber abandonado el modelo apostólico, necesario para su extensión y conquista del mundo. Sin embargo, el concepto del apostolado que proponen, dista mucho de ser el que se observa en el Nuevo Testamento. Esto se analizará más adelante.

  1. LA TEOLOGÍA DEL DOMINIO:

Una de sus principales declaraciones de la NRA es la llamada Teología del Dominio, la cual toma como base la declaración que aparece en Génesis 1:28 donde dice “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” De esta porción escogen la frase “sojuzgad la tierra” y la asumen como una tarea prioritaria para la iglesia. Esta tarea implicaría que la iglesia debe conquistar literalmente la autoridad política y el gobierno de las naciones, para imponer así el reino de Dios sobre toda la tierra.

Si analizamos esta porción de Génesis 1:28, notaremos que aquí se habla del dominio del ser humano sobre el ámbito en el cual Dios lo colocó. Una declaración similar aparece en Génesis 9:7, con la notable ausencia de las órdenes “sojuzgad” y “enseñoread”. El hombre se ha multiplicado considerablemente sobre la tierra, poblando sus cinco continentes. De igual manera el hombre ha impuesto su voluntad sobre los animales, y ha utilizado la tierra según sus propósitos para cultivarla y edificarla. Asimismo, ha tenido en sus manos el gobierno de la tierra que habita.

Todo esto hace dudar que el hombre haya fracasado en el cumplimiento de su tarea primordial. Con esto concuerda la declaración que hace David en el Salmos 8:6-8 “Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar”. Aquí se describe al hombre realizando la tarea que Dios le había encomendado. Por su parte Santiago asegura: “Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana.” (Santiago 3:7). De esto se concluye, que la afirmación de la NRA al respecto no tiene respaldo bíblico.

Partiendo de esta deficiente interpretación, los promotores de la NRA aseguran que la tarea de sojuzgar la tierra quedó inconclusa por la caída del hombre en pecado. Afirman que la obra de Jesucristo reconcilió al hombre con el plan original de Dios; esto es: señorear y sojuzgar la tierra. Sin hacer distinción alguna entre la misión del hombre natural y la misión de la iglesia, aseguran que Jesús otorga nuevamente al hombre autoridad y poder para concluir la obra que este había comenzado al principio de la creación. A partir de esta confusión, aseguran que la tarea de la Iglesia ahora es establecer el reino de Dios aquí en la tierra, para lo que nos dio “el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18). Fue el propio Jesucristo quien calificó la tarea a la Iglesia en los momentos previos a su ascensión. Por las palabras de Marcos conocemos que esta tarea es: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Esta interpretación de la tarea de la Iglesia que propone la NRA, se conoce también como la “Teología del Reino Ahora”, una teología que tiene la tendencia a introducir a la iglesia en una lucha política y social en contra de los inconversos, haciéndola enemiga de las personas a las que debe alcanzar con el evangelio. Fomenta de este modo una actitud que va en contra de lo que el Señor Jesucristo dijo ante Pilato: “Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Juan 18:36). La Biblia esclarece perfectamente, que sólo la obra de Jesucristo va a restaurar la Tierra, colocándola en su perfecta función y lugar durante el reinado milenial de Cristo (Romanos 8:19-25; 1 Corintios 15:24-28).

Para un estudio más detallado sobre la teología del dominio y su refutación bíblica recomiendo visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/17/herejias-destructoras-la-teologia-del-dominio-o-del-reino-ahora/

  1. GUERRA ESPIRITUAL O DEMONÍACA:

Guante de mano con el énfasis desmedido en los dones milagrosos, la NRA sobreenfatiza también la guerra demoníaca o espiritual. La NRA no originó la obsesión de hoy con lo demoníaco que tiene raíces que se remontan a los primeros días del pentecostalismo, pero la NRA ha añadido algunos nuevos giros y arrugas. Los métodos populares a menudo utilizados incluyen “cartografía espiritual” en la que la investigación de una ciudad, región o nación está comprometida para descubrir qué espíritu territorial reina en esa área. Una vez descubierto, el espíritu se enfrenta a un nombre con el fin de “derribar sus fortalezas”. Otro método popular es la caminata de oración en el que los equipos de creyentes caminan por los barrios, ciudades y similares para participar en la oración de guerra espiritual. Aparentemente, según los defensores de los NRA, los demonios controlan las regiones geográficas y deben ser destronados por estos métodos. Los demonios también buscan traer daño a los individuos a través de maldiciones generacionales, que son maldiciones colocadas sobre sus antepasados que pueden ser removidas sólo a través de alguna forma de técnicas de guerra espiritual desarrolladas por medio de la experimentación extrabíblica. Y cuando uno se encuentra con luchas económicas y problemas de salud, a menudo se remontan a actividades demoníacas.

Para un estudio más detallado sobre la teología del dominio y su refutación bíblica recomiendo visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/14/distorsionando-la-fe-pentecostal-mitos-y-realidades-sobre-la-guerra-espiritual/

  1. REVELACIÓN EXTRABÍBLICA:

En cada nivel, y en cada grupo relacionado, la revelación personal, supuestamente del Señor, es central. Sin embargo, las profecías dadas a sus apóstoles y profetas socavan y añaden a la inspirada Palabra de Dios. Incluso a nivel de base, el promedio de los adherentes a la NRA espera escuchar una palabra personal del Señor regularmente, y estos mensajes determinan lo que creen y cómo viven mucho más que de la Biblia. Sin embargo, la Biblia misma está siendo invalidada por esos supuestos mensajes del Señor.

Con respecto a la existencia del don profético en nuestro tiempo, los pentecostales reconocemos su existencia; sin embargo, debemos tener mucho cuidado al respecto. En un sentido estricto, no hay profetas hoy de la misma forma que en el Antiguo Testamento. A menudo vemos el ministerio profético en el antiguo testamento, cuando Dios levantaba a los profetas para alentar y reprender a la nación de Israel en los momentos de dificultad o de rebelión. Durante el reinado del Rey David (2 Samuel), el profeta Natán, entre otros, hablaron la palabra del Señor a David, para orientarlo y dirigirlo, y de igual manera para confrontarlo sobre su pecado con Betsabé. Por supuesto, Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas, Zacarías, etc., también tuvieron un ministerio profético; después de todo ellos eran profetas. El llamado de un profeta era hablar en nombre de Dios. Un profeta enseñaba, guiaba, aconsejaba o reprendía si era necesario.

En el nuevo testamento, encontramos a otros que tuvieron un ministerio profético. Algunas personas tenían el don de profetas para dar orientación, dirección, consejería, etc., para el pueblo de Dios. El don de profecía específicamente se menciona en 1 Corintios 12:10 y Efesios 4:11. Este don fue dado para la edificación de la iglesia (Efesios 4:12). Por lo tanto, los profetas debían hablar la palabra de Dios a la iglesia, para que los creyentes conocieran la mente del Señor y que supieran cómo debe funcionar la iglesia. Este don existe en la iglesia hoy en día, e implica sobre todo la predicación de la biblia de manera precisa y clara. El don de profecía es más que transmitir nueva información desde el cielo. Tristemente, muchos confunden el don de profecía la predicción del futuro o cosas semejantes. Eso no es del todo cierto. Cuando una persona afirme estar hablando de parte de Dios (la esencia de la profecía), la clave es comparar lo que él o ella dicen con lo que dice la Biblia. Cuando Dios habla a través de una persona, el mensaje concordará completamente con lo que Dios ya ha dicho en la Biblia. Dios no se contradice. 1 Juan 4:1 nos dice: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” 1 Tesalonicenses 5:20-21 declara: “No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo. Retened lo bueno.” Entonces, ya sea una “palabra del Señor” o una supuesta profecía, nuestra respuesta debe ser la misma. Compare lo dicho con lo que dice la Palabra de Dios. Si contradice la Biblia, deséchela. Si concuerda con la Biblia, pida sabiduría y discernimiento para saber cómo aplicar el mensaje (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:5).

EL MINISTERIO APOSTÓLICO Y SU VIGENCIA EN LA IGLESIA DE HOY.

La Teología de la Nueva Reforma Apostólica distorsiona también la comprensión bíblica del ministerio. En el Nuevo Testamento existen varios listados de ministerios. Los mismos deben ser vistos de forma representativa y no restrictiva de los ministerios que pueden tener lugar en el cuerpo de Cristo. Los ministerios tal y como enseña el apóstol Pablo no han sido establecidos por Dios para que unos sean superiores a otros. El énfasis bíblico está en la colaboración entre los ministerios para lograr los propósitos establecidos por nuestro Señor: “Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. El que en cierto pasaje aparezca un ministerio determinado antes que otro, no es suficiente razón para sostener la superioridad de algunos ministerios sobre los que les siguen en la lista. Si esto fuera así, aparecerían las listas uniformemente en las otras epístolas, cosa que no ocurre.

Reconocer un ministerio apostólico o profético como un oficio, tal y como la NRA lo sugiere, implicaría que sólo ellos son los capacitados y autorizados para comunicar el mensaje divino (profetas) y los únicos que pondrán en función el plan revelado, mediante la movilización y dirección de la iglesia (apóstoles). Esto traería más mal que bien al cuerpo de Cristo. Reconocemos la labor apostólica al estilo de Bernabé, Silas y Timoteo en medio nuestro. De igual manera creemos que el ministerio profético está presente hoy, pero la historia ha demostrado que sería muy peligroso si se quiere salvaguardar la unidad y la doctrina de la iglesia el reconocimiento de estos ministerios como oficios. Dios y no otro es quien imparte los dones a los creyentes y establece los ministerios en la manera que soberanamente él determina, sin la intervención de ningún ser humano (1 Corintios 12:11 y Efesios 4:7). En este acto nada puede hacer la iglesia. Ella y sus líderes están, no para entregar ministerios, sino para reconocerlos ulteriormente, cuando se hagan visibles por el desempeño fiel de su receptor.

En su ambición desmedida de poder, los defensores de la Nueva Reforma Apostólica sobreenfatizan la dignidad del oficio o ministerio apostólico. Analicemos bíblicamente este punto.

I.- USOS DEL TÉRMINO “APÓSTOL” EN EL NUEVO TESTAMENTO.

Para enfocar este tema, es necesario primero analizar los diferentes usos de la palabra griega “apostolos”. El término se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso:

(1) El sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión (recadero, mandadero). Un aspecto más específico de este sentido.

(2) Ocurre en 2 Corintios 8:23 y Fil 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea.

(3) En tercer lugar, la palabra significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). En este sentido Jesucristo es el “misionero” enviado por Dios (Hebreos 3:1). Como veremos más adelante, Cristo no era “apóstol” en el mismo sentido que los doce, sino como “enviado” y “misionero” del Padre y prototipo de la misión de la iglesia (Juan 20:21; Marcos 9:37; Mateo 10:40; Juan 13.20: Jesús es el Enviado del Padre).

(4) El cuarto sentido es lo que generalmente entendemos por “los apóstoles”, como Pedro, Pablo y los demás. En ese aspecto, el término podría llamarse un título, de una primacía en cierto sentido jerárquica.

Dados estos diversos sentidos de la palabra “apóstol”, es necesario en cada texto bíblico determinar cuál de ellos se está empleando. Serios problemas resultan cuando se confunde un sentido con otro. Los “apóstoles” de hoy toman pasajes donde el término significa “misionero” pero los aplican en el otro sentido y quieren atribuirse los títulos y autoridades de los doce y de Pablo. Lo cierto es que, según el Nuevo Testamento, los apóstoles no tienen sucesores.

II.- TRASFONDO JUDÍO DEL APOSTOLADO CRISTIANO.

El apostolado del Nuevo Testamento se basó en una práctica judía de designar un emisario, llamado Shaliaj, con plenos poderes para representar a quien lo había enviado (Esdras 7:14; Daniel 5:24; 2 Crónicas 17:7-9). El Shaliaj era una especie de plenipotenciario ad hoc. Eran comunes las fórmulas legales como “el que te recibe a tí me recibe a mí”, “lo que ustedes atan en mi nombre lo he atado yo” y muchos otros parecidos, que aparecen también en el Nuevo Testamento (Marcos 9:37; Mateo 16:19; Lucas 10:16; Juan 13:20; 20:23). La comisión del Shaliaj era para una tarea específica y no era transferible a otras personas. El paradigma definitivo, Hechos 1: Después de suicidarse Judas, los discípulos sentían la necesidad de completar el número doce, como paralelo con las doce tribus de Israel. Con ese fin, guiados por el Espíritu Santo, definieron los requisitos indispensables para incorporarse en el apostolado.

La elección se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba” para que “uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Veremos en seguida que todas estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo. Ese texto, y otros, muestran que para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1Co 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. La iglesia ahora es “apostólica” cuando es fiel al testimonio de ellos, que tenemos en el Nuevo Testamento, y cumple así su “apostolado” misionero. Sobre el fundamento de ellos Cristo sigue construyendo la iglesia (Efesios 2:20). Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Obviamente, en esas puertas de la Nueva Jerusalén no aparecerá el nombre de ninguno de los “apóstoles” de hoy.

III.- CARÁCTER ÚNICO E INTRANSFERIBLE DEL OFICIO DE LOS DOCE.

Toda esta evidencia bíblica deja muy claro que, para ser apóstol, el candidato tenía que ser alguien del primer siglo. Nadie después del primer siglo podría haber sido testigo del ministerio de Jesús y de su resurrección. Ese requisito descalifica de antemano a todos los “apóstoles” de nuestros tiempos modernos. El mismísimo apostolado de Pablo fue severamente cuestionado, precisamente porque él no había sido uno de los discípulos, como requiere Hechos 1, aunque sí era contemporáneo de Jesús y sin duda testigo de su ministerio. Repetidas veces Pablo tiene que defender su llamado de apóstol, pero lo significativo es que lo defiende en los mismos términos básicos de Hechos 1: él también había visto al Resucitado (1 Corintios  9:1; 1 Corintios 15), fue nombrado apóstol no por hombres sino por el mismo Cristo (Gálatas 1:1,15-17,19; 1 Timoteo 1:1; 2:7), y él, igual que los doce, había realizado las señales de apóstol y la predicación del evangelio (2 Corintios 12:12; Romanos 15:18-19).

En 1 Corintios 9:1-6 Pablo se defiende contra los que negaban que él era apóstol: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.” A continuación, Pablo responde a los que le acusan, afirmando que él tiene los mismos derechos de todos los apóstoles (1 Corintios 9:3-6; 2 Corintios 11:5,13; 12:11s). En este contexto, 1 Corintios 15 es especialmente importante. En este pasaje Pablo afirma vigorosamente la fe en la resurrección (1 Corintios 15:1-8, 12-58) pero también, menos conspicuamente, defiende su propio apostolado (1 Corintios 15:8-11). Después de definir el evangelio como la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (1 Corintios 15:1-4), Pablo enumera una lista de los que podríamos llamar “los testigos autorizados de la resurrección” (1 Corintios 15:5-8): Cefas, los doce, más de quinientos hermanos, Jacob, después todos los apóstoles y al final Pablo mismo.

Por eso, de las varias personas que el Nuevo Testamento llama apóstoles, sabemos que tenían que haber sido testigos de la resurrección. Está claro que en este pasaje Pablo no está hablando sólo de visiones espirituales, como tuvo él mismo (2 Corintios 12) y que tuvieron Esteban (Hechos 7) o Juan (Apocalipsis 4-5), que no podrían servir como evidencias de la resurrección corporal de Jesús. El verbo repetido en estos versículos de 1 Corintios 15 es “apareció”, y el sujeto activo es el Resucitado (Gálatas 1:16). Eran visitaciones del Señor, apariciones por iniciativa de él, para demostrar la realidad de su resurrección. Se trata de revelaciones corporales como las de Cristo durante los cuarenta días, que constituyeron a sus receptores en testigos oculares del hecho. En ese sentido, Pablo reconoce que su propio caso es una anomalía, pues, aunque era contemporáneo de Jesús, no había sido discípulo ni había estado presente con los discípulos durante los cuarenta días. Sin embargo, insiste en que su encuentro con Cristo en el camino a Damasco pertenecía a la misma serie de visitaciones especiales. Por otra parte, Pablo afirma que su encuentro con el Resucitado fue la última de la serie (1 Corintios 15:8; 1 Corintios 4:9), sin posibilidad de otras. Para mayor énfasis, Pablo afirma que Cristo lo llamó al apostolado no sólo de último sino “como un abortivo” (Gr. ektrômati), una excepción. Pablo era un apóstol “nacido fuera del tiempo normal”. No puede haber otros apóstoles después de él.

Ahora bien, 1 Corintios 15:7 habla de “todos los apóstoles”, además de los doce y Pablo, pero todos ellos eran también testigos oculares de la resurrección. En cambio, de líderes que sabemos que no habían participado en esa experiencia, como Apolos y Timoteo, el Nuevo Testamente nunca los llama “apóstol”. No podían ser apóstoles sin haber visto al Resucitado (y no sólo en visión mística). Por eso, de todas las demás personas llamadas “apóstol” podemos estar seguros de que habían sido testigos oculares del Resucitado o si no, eran apostoloi sólo en el sentido de “misioneros” o de “delegados congregacionales”.

Es muy significativo que tanto los doce como Pablo aplican los mismos requisitos básicos para el apostolado: sólo pueden ser apóstoles los que habían visto al Cristo en su cuerpo resucitado y habían sido comisionados personalmente por él para ser testigos de su vida y resurrección. De estos, el último fue el apóstol Pablo. Los apóstoles cumplieron una función histórica. Obviamente, nadie que no sea del primer siglo puede ser testigo ocular de lo que nunca presenció.

Frente a estas enseñanzas bíblicas muy claras, el mal llamado “movimiento apostólico” apela, sin interpretación cuidadosa, a unos pocos textos. El versículo principal es Efesios 4:11, tomado fuera de contexto. El pasaje completo es una cita modificada del Salmo 68:18 con introducción y conclusión: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.”

El tema de Efesios 4:7-16 es la unidad de la iglesia con su diversidad de dones, todo orientado hacia el crecimiento del cuerpo (Efesios 4:13-16). Pablo introduce este tema con una cita del Salmo 68, uno de los salmos más difíciles y con complicados problemas textuales. Pero el tema central de ese salmo está claro: Dios es un poderoso guerrero (Salmo 68:35) que en diversos momentos ha descendido a la tierra para liberar a su pueblo (Salmo 68:11-14,20-21) y después de su triunfo, sube al monte Sión (o al cielo) llevando cautivos (Salmo 68:15-18,24,29,35) y reparte el botín entre su pueblo (Salmo 68:12,18). Pablo adapta la cita en varias formas, especialmente cambiando “tomaste dones” (Salmo 68:18) en “dio dones” (Efesios 4:8), para aplicar la cita a la ascensión de Cristo y la venida del Espíritu con sus dones. Al volver al cielo, el Cristo vencedor repartió el botín entre su pueblo. El énfasis cae sobre la ascensión de Cristo y el momento histórico-salvífico en que el Resucitado victorioso envió el Espíritu como botín de su triunfo. El verbo “constituyó” (Efesios 4:11, edôken, “dio”) es un pretérito punctiliar, que describe algo que Cristo hizo cuando ascendió, conforme también al modelo del Salmo 68. No dice absolutamente nada sobre el futuro, si Cristo seguiría dando apóstoles a la iglesia, hasta su segunda venida, como podrían haber sugerido otros tiempos verbales. Puesto que esta carta vino de una época cuando estaban funcionando apóstoles y profetas, es imposible sacar alguna conclusión desde este pasaje sobre su continuación o no en la iglesia después. De otros pasajes, como hemos visto, queda evidente que el apostolado no puede haber continuado después de morir los últimos testigos. En cambio, otros pasajes dejan claro que el don de profecía (y la falsa profecía) continuarían en la iglesia. Al ascender, Cristo dio un don que era de una vez para siempre (apóstoles) y otro que había de seguir hasta su venida (profetas). El llamado apostólico corresponde en eso a su origen en el encargo de Shaliaj, que no era transmisible. Por otra parte, Pablo habla en 2 Corintios 11:13 de “falsos profetas (pseudapostoloi), obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (Apocalipsis 2:2; Didajé 11:3-6) y, quizá sarcásticamente, de “superapóstoles” (tôn huperlian apostolôn, 2 Corintios 11:5; 12:11, NVI). Estos son los únicos títulos que los modernos apóstoles podrían reclamar.

CONCLUSIÓN.

La influencia de la NRA se ha vuelto más amplia, y por lo tanto más peligrosa, ya que muchas de sus ideas están siendo aceptadas por iglesias y organizaciones tanto dentro como fuera del movimiento carismático y pentecostal. Esta aceptación se debe a una serie de factores:

  1. La música de Bethel, Hillsong, IHOP y muchos ministerios de alabanza vinculados a la NRA ha encontrado una acogida entusiasta en iglesias, ministerios juveniles y entre jóvenes adultos a lo largo del espectro evangélico.
  2. Muchos no tienen comprensión de las enseñanzas de NRA y ningún concepto de lo que es.
  3. Los maestros influyentes de NRA y los libros están abriéndose paso en los círculos evangélicos.
  4. Debido al analfabetismo bíblico desenfrenado y la apatía general hacia la Escritura y la teología, menos cristianos están alarmados o incluso conscientes de que la falsa enseñanza y el engaño está teniendo lugar. No es sorprendente que aquellos que intentan advertir sobre la NRA u otras enseñanzas falsas son a menudo vilipendiados y etiquetados como negativos, legalistas y odiadores. La mayoría de iglesia evangélica está lista para la infiltración de NRA y por lo tanto no debe sorprender que muchos estén abrazando esta enseñanza herética.

El movimiento de la Nueva Reforma Apostólica, con su enseñanza del dominio político de la iglesia, la negación del arrebatamiento de la iglesia, su obsesión por el ministerio quíntuple, el apostolado para nuestros días, sus métodos extremos de guerra espiritual, visualización, sanidad interior, prosperidad, súper fe, el pensamiento positivo y otras prácticas heterodoxas, debe ser rechazado por todo aquel que ame la sana doctrina. Asimismo, debe ser denunciado como lo que es: Una herejía destructora. Pero ¿Cómo podemos protegernos a nosotros mismos y a quienes amamos de la influencia destructiva de la NRA?

  1. En primer lugar, es imperativo que tengamos una comprensión buena y creciente de la Escritura y la teología. El engaño es más poderoso cuando la gente carece de conocimiento.
  2. En segundo lugar, incluso aquellos con una buena comprensión de la verdad bíblica pueden ser engañados por movimientos como la NRA si prestan demasiada credibilidad a las nuevas revelaciones, que se mueven más allá y no están directamente ligadas a la Escritura, son posibles. Es esencial comprender que todo lo que creemos acerca de la vida y la piedad debe emerger de la Palabra de Dios (1 Pedro 1: 3; 2 Timoteo 3: 16-17). No es suficiente que una enseñanza en particular no parezca contradecir la Escritura. La verdadera cuestión es si se extrae de la Escritura.
  3. Tercero, nuestras habilidades de discernimiento deben ser agudas. Hebreos 5:14 llama a la madurez y rechaza a los creyentes que se han vuelto laxos y apáticos en su andar cristiano: “Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal.” 1 Timoteo 4: 1 nos advierte: “pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios,” es tiempo de que los creyentes tomen estas advertencias con seriedad. La iglesia contemporánea está terriblemente desprevenida para combatir la teología fraudulenta como la NRA, y es por eso que esta, y los grupos relacionados, están creciendo rápidamente.

Finalmente, los creyentes deben estar involucrados en una iglesia que tome la Palabra de Dios seriamente. Demasiados cristianos están contentos de asistir a iglesias mediocres que tienen música entretenida, programas de diversión y excelentes cafeterías. Las Iglesias deben ser la “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15) y, si a la cual asisten no está cumpliendo con su divina descripción del trabajo, debe ser buscada una nueva si es posible. Los creyentes necesitan hermanos y hermanas de la misma semejanza que sean serios acerca de la Palabra y sirvan a Cristo basado en esa Palabra (Hebreos 10: 23-25). Ninguno de nosotros puede permitirse ignorar las maquinaciones de Satanás (2 Corintios 2:11) y nuestra única salvaguarda es la revelación inspirada e infalible de Dios en la Biblia misma, no la imaginación de la gente.