Por Fernando E. Alvarado
El fenómeno de la glosolalia ocupa hoy un lugar central en un diálogo tan fecundo como complejo, donde confluyen —y a menudo colisionan— la efervescencia de la experiencia emocional y la exigencia de una fe que aspire a ser intelectualmente coherente. Quienes observan el pentecostalismo desde fuera, o desde una firme postura cesacionista, no suelen hacerlo por un simple afán de confrontación. Sería injusto reducir su postura a una mera reacción visceral. Al contrario, su crítica (en la mayoría de los casos) suele nacer de una preocupación genuina y legítima: el anhelo de que lo sagrado no se diluya en la confusión ni quede atrapado en la subjetividad, sino que se manifieste como una fuerza capaz de transformar la realidad de manera tangible, comprensible y verificable.
Estas interrogantes nos exigen, como pentecostales, un ejercicio de honestidad intelectual. Nos invitan a examinar si la praxis contemporánea de los dones espirituales honra verdaderamente el propósito original que la tradición bíblica les atribuye. Bajo esta lente, emergen dos desafíos fundamentales que merecen ser abordados con serenidad y profundidad.
1. El dilema misionológico (¿xenolalia o glosolalia?): Un número significativo de analistas bíblicos sostiene que el fenómeno descrito en el libro de los Hechos se manifestó como xenolalia, es decir, la articulación milagrosa de idiomas humanos preexistentes y verificables (Hch 2:4-11). En aquel escenario fundacional, el don cumplía una función clara y estratégica: demoler las fronteras del lenguaje para que el mensaje universal del evangelio fuera recibido por cada oyente en su propia lengua materna. No era un balbuceo extático, sino un milagro de comunicación intercultural.
Ante esta premisa surge una duda perfectamente razonable. Si tal capacidad sobrenatural de hablar idiomas sin haberlos aprendido permanece inalterada en la actualidad, ¿por qué el misionero moderno debe consagrar años enteros al extenuante estudio de la lingüística, la gramática y la fonética? ¿Por qué no vemos este carisma operando en los campos de misión, facilitando la traducción instantánea del mensaje cristiano a tribus remotas o a naciones de lenguas complejas? Para el observador crítico, la ausencia de esta «asistencia divina» en los contextos misioneros contemporáneos sugiere dos posibilidades inquietantes: o bien el propósito fundacional del don ya ha cumplido su ciclo y ha cesado, o bien su naturaleza se ha transformado hasta convertirse en una expresión distinta —la glosolalia como lenguaje de oración privada—, diferente de aquella documentada en los albores del cristianismo. En cualquiera de los dos casos, se plantea una tensión que no puede despacharse con una simple apelación a la experiencia subjetiva.
2. La ética de la edificación colectiva: Apoyándose en las directrices que Pablo establece con claridad meridiana en 1 Corintios 14, se plantea una segunda reflexión, esta vez sobre la responsabilidad comunitaria dentro del culto. El argumento del apóstol es tan sólido como contracultural en una época que exalta la experiencia individual: los dones espirituales no son trofeos personales que exhibimos para validar nuestra espiritualidad, sino instrumentos diseñados para la edificación del otro, del hermano, del visitante que observa (1 Co 14:12, 17, 26).
Cuando la glosolalia irrumpe en el espacio público de la asamblea sin el puente indispensable de la interpretación, el académico —y también el observador externo con sensibilidad espiritual— perciben una fractura profunda en el proceso comunicativo. Desde esta óptica, un mensaje que permanece completamente inaccesible para la audiencia corre el riesgo de ser visto no como un misterio inefable que invita a la reverencia, sino como un ejercicio de subjetivismo emocional que, lejos de construir algo común, carece de valor pedagógico, transformador o espiritual para quienes lo presencian sin comprenderlo. Pablo mismo lo advierte con crudeza: si alguien entra y solo escucha un ruido que no entiende, ¿no dirá que estáis locos? (1 Co 14:23). La pregunta no es menor, y exige que toda comunidad que valore este don se tome en serio la tensión entre la intimidad del espíritu y la edificación del cuerpo.

«A Dios habla, no a los hombres»: Recuperar el sentido paulino y lucano del don de lenguas
La pregunta sobre la utilidad del don de lenguas cuando no hay interpretación ni un aparente propósito evangelizador toca una de las tensiones más profundas en la teología paulina y lucana. El instinto moderno, pragmático, busca en lo espiritual una función inmediata. Sin embargo, un análisis cuidadoso de las epístolas paulinas y del libro de los Hechos revela que el don de lenguas (glōssolalia) no fue diseñado primordialmente ni para la instrucción masiva ni para la comodidad intelectual del oyente, sino para operar en un plano simbólico y espiritual distinto: el de ser una señal cósmica de la presencia divina y un eco invertido de la historia de la salvación. Como la zarza ardiente o el viento impetuoso, las lenguas son, en su esencia, un fenómeno teofánico.
Para comprender esta función, debemos deshacer un nudo interpretativo común y adentrarnos en tres dimensiones clave:
- La evidencia interna de la naturaleza del don según 1 Corintios 14
- El significado tipológico de Pentecostés en contraste con Babel y el Sinaí
- La paradoja divina de lo útil en lo aparentemente inútil.

La Perspectiva Paulina (Comunicación vertical y señal de juicio)
Frente a una iglesia corintia que había hecho de las lenguas un motivo de orgullo, el apóstol Pablo redefine radicalmente su propósito. No las condena, pero corrige su dirección. En 1 Corintios 14:2, Pablo establece un principio revolucionario para la mentalidad pragmática: “Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios”. Este versículo redefine nuestra pregunta: si el hombre no es el interlocutor principal, el criterio de utilidad cambia por completo.
Pablo aclara que las lenguas tienen una función primaria de edificación personal: “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica” (1 Co 14:4). Aunque inferior a la profecía en el contexto comunitario, esta edificación no es despreciable ni estéril. Más importante aún, Pablo revela que este carisma tiene una función evidencial orientada hacia fuera, pero no como herramienta de persuasión amable, sino como señal de juicio: “Así que las lenguas son una señal, no para los que creen, sino para los incrédulos” (1 Co 14:22). Para los creyentes, son un don de intimidad; para los incrédulos, un presagio.
Esta relación entre lenguas y juicio se solidifica con la inusual cita de Isaías 28:11-12 que Pablo emplea: “En la ley está escrito: Por hombres de lenguas extrañas y por boca de extraños hablaré a este pueblo, y ni aun así me escucharán, dice el Señor” (1 Co 14:21). La advertencia del profeta se cumplió en el exilio asirio, y las lenguas extranjeras se convirtieron en símbolo de la disciplina divina. Pablo transfiere ese arquetipo a su argumento, mostrando un patrón profundo: las lenguas son el sonido de un pacto quebrantado, destinadas a confrontar a la incredulidad, no a consentirla. El don de lenguas, para quien se resiste a Dios, es una valla, no un puente.

El Evento Lucano (Babel invertida y Pentecostés cumplido)
En Hechos 2, la glosolalia no se presenta como un curso de idiomas instantáneo para misioneros. De hecho, cuando Pedro evangeliza a la multitud en Pentecostés, no usa el don de lenguas para predicar. Lee el texto con atención: los discípulos hablan en lenguas declarando las maravillas de Dios (Hch 2:11), pero la multitud es congregada, y Pedro se levanta a predicar en una sola lengua común, probablemente arameo o griego koiné. La función de las lenguas se agota en la alabanza multilingüe, no en la transmisión del sermón, el evangelismo o las misiones.
Lucas, como historiador y teólogo, enmarca este evento fusionando dos grandes arquetipos del Antiguo Testamento:
a) La reversión de Babel (Génesis 11:1-9): En Babel, la humanidad se unió en rebelión y Dios confundió las lenguas para dispersarlos. El orgullo monolítico terminó en división. En Pentecostés, el Espíritu no elimina la diversidad de lenguas (no vuelven a un idioma único), sino que santifica la diversidad. Los peregrinos judíos oyen cada uno en su propio dialecto las maravillas divinas. No es un retorno lingüístico al Edén, sino la creación de una comunidad que trasciende las barreras sin anular las identidades. Babel es el juicio del orgullo humano; Pentecostés es la señal de la reconciliación, un anticipo escatológico de la comunidad de los redimidos.
b) El Pentecostés del Sinaí (Éxodo 19-20): La tradición judía ya asociaba Shavuot (la Fiesta de las Semanas) con la entrega de la Ley en el monte Sinaí. Según el relato bíblico y las tradiciones rabínicas, la teofanía del Sinaí se manifestó con fuego y voces (Éx 19:16-18). En Hechos 2, Dios desciende nuevamente cincuenta días después del Cordero Pascual. El fuego ya no consume la montaña, sino que se divide y se posa como lenguas sobre cada creyente, no para destruir, sino para purificar y capacitar.
Además, encontramos un precedente de esta efusión en Números 11:24-29, donde el Espíritu que estaba sobre Moisés es compartido con los setenta ancianos en el campamento, quienes profetizan como señal de su investidura. Incluso dos hombres que no estaban presentes, Eldad y Medad, reciben el Espíritu y profetizan. Cuando Josué, con celo pragmático, pide a Moisés que se los prohíba, Moisés responde: “¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su Espíritu sobre ellos” (Nm 11:29). El eco en Hechos es poderoso: lo que era restringido a líderes selectos ahora se derrama sobre toda carne, como Joel había profetizado. Las lenguas en el campamento de los ancianos, como en Pentecostés, no son para “traducir” nada a nadie, menos aún para evangelizarlos (el sermón de Pedro no hizo uso del don de lenguas), ni mucho menos para fines misioneros (en ninguna parte del Nuevo Testamento se sugiere que los apóstoles u otros cristianos primitivos usaran el don de lenguas para predicar a otros pueblos, ni mucho menos para evitar la tarea de aprender los idiomas de los naciones a las que fueron con el mensaje de salvación) sino para manifestar visiblemente que el Espíritu está obrando.

La paradoja de una señal “inútil”
Esto nos devuelve al dilema central: ¿por qué Dios elegiría un don que parece tan poco práctico? La respuesta está en la naturaleza de Dios y su forma de manifestar su presencia. Si la Escritura es nuestra guía, Dios frecuentemente elige portentos que son funcionalmente “inútiles” pero teológicamente imprescindibles, porque su principal propósito es significar, no ejecutar una tarea pragmática.
Pensemos en la zarza ardiente (Éxodo 3). Una zarza que arde sin consumirse era un espectáculo extraordinario, pero inútil para cualquier fin práctico: no calentaba a nadie, no cocinaba alimentos, no fundía metales. Su propósito era ser un signo que invirtiera el orden natural para capturar la atención y revelar la santidad divina. Las lenguas de fuego y de habla en Hechos funcionan exactamente bajo el mismo principio teofánico.
Otro ejemplo es el perfume de unción derramado sobre Jesús (Marcos 14:3-9). Judas, con lógica pragmática, preguntó por qué no se vendió ese perfume y se dio a los pobres. Era un “desperdicio” desde la óptica económica. Jesús, sin embargo, lo reinterpreta como algo hermoso y necesario en la economía del Reino: un símbolo de amor preparatorio para su sepultura. Las lenguas, en la mente de un gestor moderno, parecen un desperdicio de energía espiritual; en la mente de Dios, son el aroma del cielo invadiendo la tierra, una preparación para la nueva creación.
Incluso el bautismo de Jesús ofrece un paralelo. La voz del cielo y la paloma no tenían un contenido informativo nuevo para Jesús, ni parecen haber servido para que todos los presentes creyeran inmediatamente. Fue una teofanía: un acto simbólico que rasgó los cielos para marcar el comienzo de una nueva etapa.
Las lenguas, por tanto, cumplen este propósito: son la señal de que Dios ha llegado, de que el juicio está cerca, de que la era del Espíritu ha comenzado. Como argumenta el teólogo Gordon Fee, en el contexto de Hechos 2, las lenguas son la evidencia de que los discípulos han sido llenos del Espíritu, un signo táctico en la historia de la salvación que valida el nuevo movimiento de Dios. No son el mensaje, sino el timbre que anuncia su llegada.

La señal cumplida y la edificación del Cuerpo
Así pues, las lenguas no sirven para la evangelización directa porque su función primaria no es homilética, sino simbólica y espiritual. Son una señal para los incrédulos que los confronta con la realidad de la presencia divina, y un lenguaje de misterio para Dios que edifica el espíritu del creyente (1 Co 14:2, 4, 22). En el evento fundacional de Pentecostés, Lucas nos muestra una señal que invierte Babel y cumple el Sinaí: el juicio de la confusión es sustituido por la gracia de la diversidad reconciliada por el Espíritu.
Parafraseando a Moisés, podríamos decir: “Ojalá todo el pueblo hablara misterios a Dios”. Y como la zarza que ardía sin consumirse, las lenguas arden en la Iglesia, no para hacerla más eficiente en términos administrativos, sino para recordarle que Dios es un fuego consumidor que ha elegido posarse sobre ella, transformándola en tierra santa. No debemos juzgar las lenguas por su utilidad pragmática, sino por su identidad profética: son el eco audible del cielo que irrumpe, recordándonos que lo que Dios considera necesario no siempre coincide con lo que nosotros vemos como útil.

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