Arminianismo Clásico, Calvinismo

Calvinismo: Una distorsión de la fe cristiana histórica

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Fue la Reforma Protestante del s. XVI un retorno pleno, completo y acabado hacia el cristianismo primitivo? No. Afirmar tal cosa sería faltar a la verdad. Sin embargo, los denominados reformados o calvinistas (una de las vertientes de la Reforma Protestante) sostienen arrogantemente ser la versión más pura y bíblicamente correcta de cristianismo. Ante tal presunción, es justo preguntarnos: ¿Es el calvinismo la restauración moderna de la doctrina y prácticas de la Iglesia Primitiva? ¡Absolutamente no! Ya sea que sus defensores lo admitan o no, afirmar que el calvinismo es la misma fe enseñada por Jesús y sus apóstoles no solo es arrogante, sino una deshonestidad total. Una deshonestidad que, por cierto, muchos “cristianos reformados” están dispuestos a cometer.

EL ERROR CALVINISTA.

Juan Calvino, considerado por muchos el más grande teólogo protestante de la historia y padre del sistema teológico que hoy lleva su nombre, cometió un grave error al elaborar su sistema teológico: Creyó equivocadamente que las enseñanzas de Agustín de Hipona, un “Padre de la Iglesia Católica”, eran las mismas que tenían los cristianos primitivos. Cuando los escritos de los cristianos primitivos se hicieron disponibles, las doctrinas de la Reforma ya se habían fijado, y nadie tenía el valor de cambiarlas. Por eso, en muchos sentidos, el calvinismo no fue un retorna a la fe bíblica ni un redescubrimiento de esta. Por el contrario, solo logró perpetuar en su teología las ideas de Agustín de Hipona y anteponer su interpretación privada del texto a la Biblia misma.

Calvino instauró una dictadura teocrática bajo la promesa de convertir a Ginebra en la “Ciudad de Dios.” Dictaba leyes y asesinaba a los humanistas en nombre de la Reforma. Distinguía a Calvino la intolerancia religiosa hacia quienes profesaban ideas distintas. Por orden suya fue quemado en la hoguera el científico español Miguel Servet (1553). La condena de Servet (condenado por antitrinitario y contrario el bautismo de infantes), si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino. El mismo Casiodoro de Reina (traductor de la famosa Biblia que lleva su nombre) fue perseguido por los calvinistas y tildado de hereje por oponerse a la ejecución de Servet y afirmar que las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impongan sus convicciones a otros, y menos que recurran a la pena de muerte para extirpar a los que piensan distinto en materia teológica. Pero Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”.

Al estudiar la vida de Juan Calvino podemos notar algo: Aunque sus obras fueron notables, se distanció mucho del espíritu y teología de la iglesia primitiva. Como ya se dijo, Calvino creyó erróneamente que el agustinianismo era la creencia de la iglesia primitiva; empleó la fuerza del Estado para imponer sus ideas; mostró intolerancia hacia ideas opuestas a las suyas (persiguiendo incluso a otros cristianos con ideas distintas a él) y marcó la teología protestante para siempre.

Desde entonces, la teología calvinista o reformada ha marcado el pensar del mundo cristiano, llevando a considerar herejes y mostrando intolerancia hacia sus hermanos creyentes que rechazan la intromisión del agustinianismo en el movimiento evangélico moderno.

LA IGLESIA PRIMITIVA Y SUS ENSEÑANZAS CONTRADICEN LA TEOLOGÍA CALVINISTA Y SUS POSTULADOS.

Los cristianos primitivos no creían en la predestinación, la gracia irresistible, la elección incondicional, la expiación limitada, ni la perseverancia final de los santos como lo entiende el calvinismo de hoy. A diferencia del calvinismo, los cristianos primitivos creyeron firmemente en el libre albedrío y el sinergismo evangélico enseñado por el arminianismo.

Por ejemplo, Justino Mártir (n. 100 d.C. – m. 168 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos, propuso el siguiente argumento a los romanos: “Hemos aprendido de los profetas, y lo afirmamos nosotros, que los correctivos, los castigos y los galardones se miden conforme al mérito de los hechos de cada uno. De otra manera, si todo sucediera sólo por suerte, no hubiera nada a nuestro poder. Porque si un hombre se predestinara a lo bueno y otro a lo malo, el primero no mereciera la alabanza ni el segundo la culpa. Si los hombres no tuvieran el poder de evitar lo malo y de escoger lo bueno según su propia voluntad, no fueran responsables por sus hechos, sean buenos o malos… Porque el hombre no sería merecedor de recompensa o alabanza si él mismo no escogiera lo bueno, o si sólo fuera creado para hacer lo bueno. De igual manera, si un hombre fuera malo, no merecería el castigo, ya que él mismo no hubiera escogido lo malo, siendo él capaz de hacer sólo lo que fue creado para hacer.”[1]

Clemente de Alejandría (n. 150 d.C. – m. 217 d.C.) escribió de semejante manera: “Ni alabanza ni condenación, ni recompensa ni castigo, sería justo si el hombre no tuviera el poder de escoger [lo bueno] y evitar [lo malo], si el pecado fuera involuntario.”[2]

Arquelao, obispo de Kashkar, en Mesopotamia (n. desconocido – m. 282 d.C.), escribiendo pocos años después, dijo lo mismo: “Toda la creación de Dios, Dios la hizo muy bien. Y él ha dado a cada persona el poder del libre albedrío, y por la misma norma ha instituido la ley de juicio… Y por cierto todo el que quiera, puede guardar sus mandamientos. Pero el que los desprecia y se vuelve en contra de ellos, sin duda alguna tendrá que hacer frente a esa ley de juicio… No cabe duda de que cada persona, utilizando el poder de su libre albedrío, puede fijar su camino en la dirección que él quiera.”[3]

Metodio de Olimpo, obispo y mártir cristiano (nacido en Licia, Asia Menor, en el siglo III y martirizado en Calcide di Eubea, Grecia Central, hacia el año 311 d.C.), escribió de semejante manera: “Aquellos [paganos] que deciden que el hombre no tiene libre albedrío, sino afirman que se gobierna por las disposiciones inevitables de la suerte, son culpables de impiedad ante el mismo Dios, ya que le hacen la causa y el autor de las maldades humanas.”[4] ¿Acaso no suena como si se dirigiera a algunos calvinistas de hoy en día, que hacen a Dios responsable de todo mal y pecado humano?

Los cristianos primitivos se oponían a las ideas paganas (que luego llegaron a ser agustinianas, y más adelante calvinistas) sobre la predestinación o elección incondicional. Ellos eran fieles defensores del libre albedrío humano, la gracia resistible, la expiación ilimitada y la posibilidad de caer del estado de gracia. Los cristianos primitivos no creían en el libre albedrío sin base, sino se basaron firmemente en las siguientes Escrituras y otras semejantes:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3.16).

 “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3.9).

 “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22.17).

 “Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30.19).

De esta manera, vemos que en el principio era el mundo pagano, y no los cristianos, quienes creían en la predestinación. Mas, en una de las peculiaridades de la historia cristiana, tanto Agustín (un Padre de la Iglesia Católica) como Calvino (el padre de los que se dicen cristianos reformados) apoyaron la noción fatalista del mundo pagano y se opusieron a los cristianos primitivos.

A diferencia de Agustín y Calvino, los cristianos primitivos tuvieron explicaciones lógicas y bíblicas para explicar la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre como dos principios complementarios, no contradictorios. Por contraste, eran los gnósticos paganos quienes enseñaban que los humanos somos predestinados arbitrariamente o para la salvación o para la condenación. En su obra titulada, De los puntos principales, Orígenes (n. Alejandría, 185 – m. Tiro o Cesarea Marítima, 254), considerado un padre de la Iglesia oriental, destacado por su erudición y estimado como uno de los tres pilares de la teología cristiana, escribe de muchos de los argumentos de la biblia que los gnósticos usaban. Contestó muchas de las preguntas acerca del libre albedrío y de la predestinación que sus discípulos le hicieron al respecto. Orígenes escribió:

“Una de las doctrinas enseñadas por la iglesia es la del juicio justo de Dios. Este hecho estimula a los que creen en él para que vivan piadosamente y que eviten el pecado. Reconocen que lo que nos trae o alabanza o culpa está dentro de nuestro poder. Es nuestra responsabilidad vivir en justicia. Dios exige esto de nosotros, no como si dependiéramos de él, ni de otro, ni de la suerte (como creen algunos), sino como si dependiera de nosotros mismos. El profeta Miqueas demostró eso cuando dijo: ‘Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia’ [Miqueas 6.8]. Moisés también dijo: ‘Yo he puesto delante de ti el camino de la vida y el camino de la muerte. Escoge lo bueno y sigue en él’ [Deuteronomio 30.15, 19]. Tome en cuenta cómo nos habla Pablo de manera que da a entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos causa o de nuestra ruina o de nuestra salvación. Él dice: ‘¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a la injusticia’ [Romanos 2.4-8]. Pero hay ciertas declaraciones en el Antiguo Testamento como también en el Nuevo que pudieran hacernos concluir lo contrario: Que no depende de nosotros o el guardar sus mandamientos para ser salvos, o el desobedecerlos para perdernos. Así que, examinémoslos uno por uno. Primero, las declaraciones en cuanto a Faraón han causado dudas en muchos. Dios dijo varias veces: ‘Yo endureceré el corazón de Faraón’ [Exodo 4.21]. Claramente, si Faraón fue endurecido por Dios y pecó como resultado de ese endurecimiento, él no fue responsable por su pecado. Y no tuvo libre albedrío. Vamos a añadir a este pasaje otro que escribió Pablo: ‘Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?’ [Romanos 9.20-21]. Ya que sabemos que Dios es tanto bueno como justo, veamos cómo el Dios bueno y justo pudo endurecer el corazón de Faraón. Tal vez por un ejemplo usado por el apóstol en la epístola a los Hebreos podemos ver que, en una sola obra, Dios puede mostrar misericordia a un hombre mientras endurece a otro, sin la intención de endurecerlo. ‘La tierra’, dice él, ‘bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa al agricultor, por la bendición de Dios. Pero la que produce espinos y abrojos no tiene valor, y está próxima a ser maldecida. Su fin es el ser quemada’ [Hebreos 6.7-8]. Tal vez nos parezca raro que aquel que produce la lluvia dijera: ‘Produzco tanto los frutos como también los espinos de la tierra’. Mas, aunque raro, es cierto. Si no hubiera lluvia, no hubiera ni frutos ni espinos. La bendición de la lluvia, por tanto, cayó aun sobre la tierra improductiva. Pero ya que estaba descuidada y no cultivada, produjo espinos y abrojos. De esta manera, las obras maravillosas de Dios son semejantes a las lluvias. Los resultados opuestos son semejantes a las tierras o cultivadas o descuidadas. También las obras de Dios son semejantes al sol, el cual pudiera decir: ‘Yo hago suave y hago duro’. Aunque estas acciones son opuestas, el sol no hablaría mentira, porque el calor que suaviza la cera es el mismo que endurece el lodo. De semejante manera, por una parte, los milagros hechos por mano de Moisés endurecieron a Faraón a causa de la maldad de su corazón. Pero suavizaron a la multitud egipcia, que salió de Egipto con los hebreos [Exodo 12.38]. Veamos a otro pasaje: ‘Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia’ [Romanos 9.16]. Aquí Pablo no niega que los humanos tenemos que hacer algo. Sino alaba la bondad de Dios, quien lleva lo que se hace a su fin deseado. El sencillo deseo humano no basta para alcanzar el fin. Solo el correr no basta para que el atleta gane el premio. Tampoco basta para que los cristianos ganemos el premio que da Dios por Cristo Jesús. Estas cosas se llevan a cabo sólo con la ayuda de Dios. Como si hablara de la agricultura, Pablo dice: ‘Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento’ [1 Corintios 3.6-7]. Ahora pudiéramos decir con razón que la cosecha del agricultor no es trabajo sólo del agricultor. Tampoco es trabajo sólo del que riega. Al fin y al cabo, es trabajo de Dios. Así mismo, no es que no tengamos nada que hacer para que nos desarrollemos espiritualmente a la perfección. Mas, con todo, no es obra de sólo nosotros, porque Dios tiene una obra aun más grande que la nuestra. Así es en nuestra salvación. La parte que hace Dios es muchísimo mayor que la nuestra.”[5]

Aunque no creyeron en la predestinación, los cristianos primitivos creyeron fuertemente en la soberanía de Dios y en su habilidad de prever el futuro. Por ejemplo, entendieron que las profecías de Dios acerca de Jacob y Esaú (Romanos 9.13 y Génesis 25.23) resultaron de esta habilidad de prever el futuro, y no de una predestinación arbitraria de los hombres a una suerte fija. Vieron que hay una gran diferencia entre el prever algo y el causarlo. Para pesar de los calvinistas más obstinados, esto suena a arminianismo ¡Y era la doctrina de la iglesia cristiana primitiva!

LA IGLESIA PRIMITIVA, ENEMIGA MORTAL DEL CALVINISMO.

Los cristianos primitivos no creían en la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente (una vez salvo, siempre salvo). Por el contrario, los cristianos primitivos reconocían la posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación. Tampoco sostenían que la gracia fuera irresistible, que la elección fuera incondicional o que la expiación fuera limitada. En otras palabras, ellos no eran calvinistas.

La Didaché (o Didajé), considerado uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos, incluido en la categoría de “padres apostólicos” y considerado por mucho tiempo anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento (estudios recientes señalan una posible fecha de composición posterior no más allá del 160 d.C.), señala que de nada servirá haber tenido fe durante toda la vida si en el último momento nos apartamos: “Vigilad sobre vuestra vida; no se apeguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir el Señor. Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento.”[6]

Tal afirmación lleva implícita la posibilidad de caer de la gracia. En otras palabras: Ni la gracia es irresistible ni es imposible caer de ella por apostasía o pecado deliberado y habitual. La doctrina calvinista simplemente no cabía en la mentalidad cristiana primitiva.

Clemente Romano (un cristiano insigne de finales del siglo I, uno de los llamados Padres apostólicos y quien fuera obispo de Roma), también advierte sobre el peligro de perder la salvación, por lo que advierte que para salvarse hay que perseverar hasta el fin llevando una conducta digna de Dios y obedeciendo los mandamientos: “Vigilad, carísimos, no sea que sus beneficios que son muchos, se conviertan para nosotros en motivo de condenación, caso de no hacer en toda concordia, llevando conducta digna de Él, lo que es bueno y agradable en su presencia. Dice, en efecto en alguna parte la Escritura: El Espíritu del Señor es lámpara que escudriña los escondrijos del vientre… Consideremos cuan cerca de nosotros está y cómo no se le oculta uno solo de nuestros pensamientos ni propósito que concibamos. Justo es, por ende, que no desertemos del puesto que su voluntad nos ha asignado.”[7]

Nótese que en el texto anterior Clemente reconoce que se puede caer del estado de gracia y condenarse, a diferencia de la doctrina calvinista. La posibilidad de la apostasía, y con ella la pérdida de la salvación, fue enseñada por los cristianos primitivos:

“Ahora, pues, como sea cierto que todo es por Él visto y oído, temámosle y demos de mano a los execrables deseos de malas obras, a fin de ser protegidos por su misericordia de los juicios venideros. Porque ¿dónde podrá nadie de nosotros huir de su poderosa mano? ¿qué mundo acogerá a los desertores de Dios?”[8]

“…Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, y también la fe y la esperanza de los elegidos, que sólo el que en espíritu de humildad y perseverante modestia cumpliere sin volver atrás las justificaciones y mandamientos dados por Dios, solo ése será ordenado y escogido en el número de los que se salvan por medio de Jesucristo…”[9]

Para Ignacio de Antioquía, uno de los padres apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles (n. 35 d.C. – m. entre 98-110 d.C.), no bastaba proclamar la fe, sino perseverar en ella hasta el final. El premio del atleta de Dios es la vida eterna, donde recibirá la recompensa de su perseverancia y fidelidad. También establece que la salvación está a disposición del hombre que, por su libre albedrío, elige entre la vida y la muerte:

“Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas. Vuestra caja de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros.”[10]

“Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, y que lleva cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo; más los fieles, por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Si no estamos dispuestos a morir por Él, para imitar su pasión, no tendremos su vida en nosotros.”[11]

Justino Mártir, el gran apologeta cristiano, quien tenía una perspectiva clara del libre albedrío y con casi 1.400 años de antelación, rechaza la posición calvinista donde el hombre es virtualmente un títere que no puede resistir la gracia (de donde concluyen que quien se condena es porque Dios nunca derramó la gracia sobre él sino que le abandonó a su maldad). Justino afirmó:

“De lo anteriormente por nosotros dicho no tiene nadie que sacar la consecuencia de que nosotros afirmamos que cuanto sucede, sucede por necesidad del destino, por el hecho de que decimos ser de antemano conocidos los acontecimientos. Para ello, vamos a desatar también esta dificultad. Nosotros hemos aprendido de los profetas, y afirmamos que ésa es la verdad, que los castigos y tormentos, lo mismo que las buenas recompensas, se dan a cada uno conforme a sus obras; pues de no ser así, sino que todo sucediera por destino, no habría en absoluto libre albedrío. Y, en efecto, si está determinado que éste sea bueno y el otro malo, ni aquel merece alabanza, ni este vituperio. Y si el género humano no tiene poder para huir por libre determinación de lo vergonzoso y escoger lo bello, es irresponsable de cualesquiera acciones que haga. Mas que el hombre es virtuoso y peca por libre elección, lo demostramos por el siguiente argumento: Vemos que el mismo sujeto pasa de un contrario a otro. Ahora bien, si estuviera determinado ser malo o bueno, no sería capaz de cosas contrarias ni se cambiaría con tanta frecuencia. En realidad, no podría decirse que unos son buenos y otros malos, desde el momento que afirmamos que el destino es la causa de buenos y malos y que obra cosas contrarias a sí mismo, o habría que tomar por verdad lo que ya anteriormente insinuamos, a saber, que virtud y maldad son puras palabras y que sólo por opinión se tiene algo por bueno o por malo. Lo cual, como demuestra la verdadera razón, es el colmo de la impiedad y de la iniquidad. Lo que si afirmamos ser destino ineludible es que a quienes escogieron el bien, les espera digna recompensa y a los que lo contrario, les espera igualmente digno castigo. Porque no hizo Dios al hombre a la manera de las otras criaturas, por ejemplo, árboles o cuadrúpedos, que nada pueden hacer por libre determinación; pues en este caso no sería digno de recompensa o alabanza, no habiendo por sí mismo escogido el bien, sino nacido ya bueno; ni, de haber sido malo, se le castigaría justamente, no habiéndolo sido libremente, sino por no haber podido ser otra cosa que lo que fue.”[12]

Para Ireneo (n. Esmirna Asia Menor, c. 130 – m. Lyon, c. 202), obispo de la ciudad de Lyon y considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II, la gracia también es resistible porque Dios hizo libre al hombre, y como Dios derrama su gracia sobre todos los hombres, quien se condena es por propia elección, al igual que el que se salva es porque persevera en la fe:

“Esta frase: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos, pero tú no quisiste!» (Mateo 23,37), bien descubrió la antigua ley de la libertad humana; pues Dios hizo libre al hombre, el cual, así como desde el principio tuvo alma, también gozó de libertad, a fin de que libremente pudiese acoger la Palabra de Dios, sin que éste lo forzase. Dios, en efecto, jamás se impone a la fuerza, pues en él siempre está presente el buen consejo. Por eso concede el buen consejo a todos. Tanto a los seres humanos como a los ángeles otorgó el poder de elegir -pues también los ángeles usan su razón-, a fin de que quienes le obedecen conserven para siempre este bien como un don de Dios que ellos custodian. En cambio, no se hallará ese bien en quienes le desobedecen, y por ello recibirán el justo castigo; porque Dios ciertamente les ofreció benignamente este bien, mas ellos ni se preocuparon por conservarlo ni lo tuvieron por valioso, sino que despreciaron la bondad suprema. Así pues, al abandonar este bien y hasta cierto punto rechazarlo, con razón serán reos del justo juicio de Dios, de lo que el Apóstol Pablo da testimonio en su Carta a los romanos: «¿Acaso desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que la bondad de Dios te impulsa a arrepentirte? Por la dureza e impenitencia de tu corazón amontonas tú mismo la ira para el día de la cólera, cuando se revelará el justo juicio de Dios» (Romanos 2,4-5). En cambio, dice: «Gloria y honor para quien obra el bien» (Rom 2,10). Dios, pues, nos ha dado el bien, de lo cual da testimonio el Apóstol en la mencionada epístola, y quienes obran según este don recibirán honor y gloria, porque hicieron el bien cuando estaba en su arbitrio no hacerlo; en cambio quienes no obren bien serán reos del justo juicio de Dios, porque no obraron bien estando en su poder hacerlo. Si, en efecto, unos seres humanos fueran malos por naturaleza y otros por naturaleza buenos, ni éstos serían dignos de alabanza por ser buenos, ni aquéllos condenables, porque así habrían sido hechos. Pero, como todos son de la misma naturaleza, capaces de conservar y hacer el bien, y también capaces para perderlo y no obrarlo, con justicia los seres sensatos (¡cuánto más Dios!) alaban a los segundos y dan testimonio de que han decidido de manera justa y han perseverado en el bien; en cambio reprueban a los primeros y los condenan rectamente por haber rechazado el bien y la justicia… Por este motivo los profetas exhortaban a todos a obrar con justicia y a hacer el bien, como muchas veces hemos explicado; porque este modo de comportarnos está en nuestra mano pero, habiendo tantas veces caído en el olvido por nuestra mucha negligencia, nos hacía falta un buen consejo. Por eso el buen Dios nos aconsejaba el bien por medio de los profetas.”[13]

Ireneo enfatiza también que la salvación final del creyente implica esfuerzo y lucha:

“Por eso el Señor dice que el reino de los cielos es de los violentos: «Los violentos lo arrebatan», quiere decir aquellos que se esfuerzan, luchan y continuamente están alerta: éstos lo arrebatan. Por eso el Apóstol Pablo escribió a los corintios: «¿No sabéis que en el estadio son muchos los que corren, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene». Siendo un buen atleta, nos exhorta a competir por la corona de la incorrupción; y a que valoremos esa corona que adquirimos con la lucha, sin que nos caiga desde afuera. Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. La vista no sería para nosotros un bien tan deseable, si no conociésemos el mal de la ceguera; la salud se nos hace más valiosa cuando experimentamos la enfermedad; así también la luz comparándola con las tinieblas, y la vida con la muerte. De igual modo el Reino de los cielos es más valioso para quienes conocen el de la tierra; y cuanto más valioso, tanto más lo amamos; y cuanto más lo amamos, tanta más gloria tendremos ante Dios.”[14]

Rechaza además lo que se conocería más de un milenio después como la doctrina de Salvo siempre Salvo:

“Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: «Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia»”.[15]

Hilario, nacido a principios de siglo IV, hacia 315, en Poitiers (Francia) y fallecido en esta misma ciudad en 367, habla de cómo el perseverar en la fe es también un don de Dios, pero eso no excluye el libre albedrío:

“Perseverar en la fe es un don de Dios, pero el primer movimiento de la fe comienza en nosotros. Nuestra voluntad debe ser tal que, propiamente y por sí misma lo haga. Dios le dará el aumento después que ha sido hecho el comienzo. Nuestra debilidad es tal que no podemos llevar por nosotros mismos llevarla a término, pero él recompensa el comienzo en vista de haber sido hecho libremente”[16]

“La debilidad humana es impotente si espera lograr algo por sí misma. El deber de tal naturaleza es simplemente esto: hacer el comienzo con la voluntad, con el fin de adherirse al servicio del bien. La misericordia divina es tal que ayudará a los que están dispuestos, fortaleciendo aquellos que han comenzado y asistiendo a aquellos que están tratando. El comienzo, sin embargo, es parte nuestra, tal que él pueda traernos a la perfección.”[17]

Atanasio, nacido alrededor del año 296 y fallecido el 2 de mayo del año 373, en su obra Contra los arrianos, en el capítulo 25 del tercer discurso declara que es posible caer del estado de gracia y perder la salvación al cometer pecados graves:

“Cuando entonces un hombre cae del Espíritu por cualquier maldad, si se arrepiente de haber caído, la gracia queda irrevocablemente a como esté dispuesto, de lo contrario, si el que ha caído no está más en Dios (porque el Espíritu Santo y Paráclito que está en Dios lo ha abandonado) pero el pecador estará en aquel que lo ha sometido, como ocurrió en el caso de Saúl, el Espíritu de Dios se apartó de él y un espíritu maligno lo afligía.”[18]

Cirilo de Jerusalén (n. 315 d.C. – m. 386 d.C.) concibe la salvación desde una perspectiva completamente opuesta a los calvinistas. Para salvarse se requiere perseverar unido a Cristo como el sarmiento a la vid, de lo contrario la posibilidad de que Jesús nos maldiga por no producir frutos está latente. Es por eso por lo que al cristiano le corresponde aportar fruto para no ser cortado:

“Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la vid, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad. Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. «Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confió en el amor de Dios para siempre jamás». No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar; pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.”[19]

Basilio, (n. 330 – m.1 de enero, 379), conocido como Basilio el Magno y quien fuera obispo de Cesarea, reconoció que aquellos que se salven serán aquellos que se mantengan fieles hasta el fin. Habló también de como aquellos que reciben al Espíritu Santo pueden ser apartados de Él si comienzan a vivir una vida pecaminosa:

“Ellos, entonces, que fueron sellados por el Espíritu hasta el día de la redención, y preservaron puros e intactos los primeros frutos que recibieron del Espíritu, son ellos los que oirán las palabras «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de muchas cosas». De la misma manera que los que han ofendido al Espíritu Santo por la maldad de sus caminos, o no han forjado para él lo que Él les dio, serán privados de lo que han recibido, y su gracia será dada a otros; o, de acuerdo con uno de los evangelistas, serán totalmente cortados en pedazos – cuyo significado es ser separados del Espíritu.”[20]

Jerónimo (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembre de 420), conocido también como Jerónimo de Estridón y quien tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín declaró que los creyentes pueden caer del estado de gracia y perder su salvación por medio de las elecciones de su libre albedrio. Aquellos que por medio de la gracia soporten las pruebas recibirán la corona de la vida:

“No va de acuerdo a la justicia divina olvidar las buenas obras, y las acciones que has ministrado y ministras a los santos por su nombre, y para recordar solamente los pecados. El apóstol Santiago también, a sabiendas de que los bautizados pueden ser tentados, y caer de su propia libre elección, dice «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando ha sido aprobado recibirá la corona de la vida que el Señor les prometió a quienes le aman». Y que no podemos pensar que somos tentados por Dios, como leemos en el Génesis que Abraham fue, añade: «Que nadie diga cuándo es tentado, es tentado de Dios: porque Dios no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte». Dios nos creó con libre albedrío, y no somos forzados por la necesidad ni a la virtud ni al vicio. De lo contrario, si no estamos obligados por necesidad, no hay corona. Como en las buenas obras es Dios quien los trae a la perfección, ya que no es de quien quiera, ni de lo que corre, sino de Dios que piadosamente nos ayuda a ser capaces de llegar a la meta.”[21]

Como un dato curioso, vale la pena mencionar que el mismo Agustín de Hipona, a quien Calvino y sus seguidores frecuentemente citan en defensa de sus puntos de vista (y en cuyas enseñanzas descansa la estructura completa del calvinismo), rechazaba la posición calvinista y declara que es el hombre por su propia elección quien pierde la gracia y se hace malvado. Esto es contrario a la enseñanza de Calvino, quien afirmaba que quienes no fueron predestinados nunca recibieron la gracia, porque de haberla recibido, no pudieran resistirla y se salvarían:

“Pero si alguien ya regenerado y justificado tendría, por voluntad propia, que recaer en su mala vida, ciertamente ese hombre no puede decir: Yo no lo he recibido; porque él perdió la gracia que él recibió de Dios y por su propia libre elección se hizo malvado.”[22]

Debe ser triste para un calvinista descubrir que ni siquiera Agustín de Hipona, el verdadero padre del calvinismo, creía plenamente en él, pero esa es la realidad. Lo que hoy llamamos calvinismo no es más que una distorsión del cristianismo bíblico. Nunca nadie en la iglesia primitiva, ni en los siglos posteriores a la muerte de los apóstoles, creyó en lo que se conoce como los 5 puntos del calvinismo (TULIP). Tales doctrinas hubieran sido, y de hecho lo fueron, consideradas herejías.

CONCLUSIÓN.

Aquel calvinista que, sinceramente y sin prejuicios, se ha tomado el tiempo de estudiar la Biblia, la historia y los textos patrísticos va a llegar a una cruda conclusión: La doctrina calvinista no solo no fue creída por la iglesia primitiva, sino explícitamente rechazada. ¿Cómo podría ocurrir esto de ser esta una doctrina verdadera? ¿Quiere decir esto que la Iglesia primitiva, y luego los cristianos de los siglos posteriores, no entendían la Biblia? Aún siglos antes del surgimiento del calvinismo, la doctrina calvinista era rechazada como herética. Y es que un estudio de los textos patrísticos de los más preeminentes padres y escritores eclesiásticos de la Iglesia, comenzando desde los discípulos directos de los apóstoles, nos enseña que la Iglesia primitiva y de siglos posteriores creía que:

  • El hombre, aunque tiene libre albedrío, no puede salvarse sin la gracia de Dios. Dios por su gracia tiene la primera iniciativa de su salvación y ejerciendo esta libertad el hombre responde y coopera con la gracia (sinergismo). Entendiendo que gracia es el favor gratuito e inmerecido de Dios.
  • Dios llama a todos los hombres a la salvación y sobre todos derrama su gracia a través de Cristo, porque quiere que todos los hombres se salven. Quienes se condenan lo hacen por su propia voluntad. Por la tanto, no hay tal cosa como una elección incondicional, tampoco gracia irresistible ni mucho menos expiación limitada.
  • La gracia de Dios mueve al hombre a creer en Cristo y obedecer. Sin la gracia no puede ni lo uno ni lo otro, y ni siquiera tiene la iniciativa para hacerlo.
  • Así, la salvación es por gracia, pero nosotros debemos cooperar haciendo uso de nuestra libertad o libre albedrio.
  • Por medio de la fe el hombre es justificado. Al ser justificado no solo es declarado justo sino hecho justo (regenerado).
  • Luego el hombre justificado movido por la gracia debe vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, obrando el bien y cumpliendo los mandamientos, pero es libre de no hacerlo y caer del estado de gracia de Dios. Por ende, la gracia es resistible y la salvación puede perderse.
  • El determinismo, fatalismo o predestinación (tal como es entendida por los calvinistas de hoy), no es una doctrina bíblica. Por el contrario, la iglesia primitiva luchó contra los paganos (principalmente gnósticos) para contrarrestar dicha doctrina.

A la luz de lo anterior ¿Podríamos decir que las doctrinas de iglesia cristiana primitiva y del calvinismo son las mismas? Ciertamente no. ¿Puede un calvinista fundamentar históricamente la validez de su doctrina? No lo creo. Al menos no honestamente. El calvinismo es apenas una innovación teológica nacida hace 500 años, rescatada del fango doctrinal del catolicismo romano a través de Agustín, pero nunca creída por la Iglesia Primitiva, Jesús o sus apóstoles.

REFERENCIAS:

[1] Justino, First Apology, capítulo 43.

[2] Clemente, Stromata/Miscellanies, tomo 1, capítulo 17.

[3] Arquelao, Disputation with Manes, secciones 32, 33.

[4] Metodio, The Banquet of the Ten Virgins, discurso 8, capítulo 16.

[5] Orígenes, First Things, tomo 3, capítulo 1, acortado.

[6] La Didaché 16,1-2, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición. Daniel Ruiz Bueno, BAC 65, pág. 92-93.

[7] Clemente a los Corintios XXI,1-4, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición, pág. 198.

[8] Clemente a los Corintios XXVIII,1-2, Ibid. pág. 204.

[9] Clemente a los Corintios LVIII,2, Ibid. pág. 231.

[10] Ignacio de Antioquía a Policarpo, VI,1-2, Ibid. pág. 500-501.

[11] Ignacio de Antioquía a Magnesios, V,1-2, Ibid. pág. 462.

[12] Justino Mártir, Primera Apología 43.1-8, Ibid pág. 228-229.

[13] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,1-2.

[14] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,7.

[15] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 27,2.

[16] Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Nun, 20, Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol I, pág. 386.

[17] Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Ain,10 Ibid. pág. 386-387.

[18] Atanasio de Alejandría, Contra los arrianos 3,25, Traducido desde Athanasius,Discourse Against the Arrians,3:25 in NPNF2, Vol IV:407.

[19] Cyril of Jerusalem,Catechetical Lectures,I:4,NPNF 2,Vol. VII, 7.

[20] Basilio el Grande, Sobre el Espíritu Santo XVI,40; Traducido de De Spiritu Sancto Chap. XVI, 40 NPNP 2 Vol VIII, p. 25.

[21] Against Jovinian, Book II, 3; NPNF 2, Vol. VI.

[22] Agustín de Hipona, Amonestación y Gracia 6,9. Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol III, William A. Jurgens, pág. 157.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Muerte, Estado Intermedio y Aniquilacionismo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Posee el hombre un alma inmortal? Y si la posee ¿A dónde va el alma del hombre luego de morir? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Qué le espera al hombre en la eternidad? ¿Existe el infierno? El hombre ha buscado la respuesta a estas interrogantes por siglos. Afortunadamente, la Palabra de Dios brinda respuestas claras y certeras a todas estas interrogantes. El adventismo, sin embargo, se distancia del cristianismo bíblico e histórico en su interpretación de estos temas.

Ante la pregunta de si el ser humano posee un alma inmortal, los adventistas responden:

“El ser viviente o alma viviente fue el resultado de la unión del polvo de la tierra y el aliento de vida. En otras palabras, la formula bíblica de la creación del ser humano es: polvo de la tierra, más aliento de vida, es igual a alma viviente o ser humano… Actualmente, la mayoría de las personas aceptan o creen que el “alma” es un “espíritu” o una “esencia” que existe en la naturaleza del ser humano, y que en el momento de la muerte sale del cuerpo y asciende a la “morada de Dios” o va al “infierno”. Este concepto no es bíblico ni verdadero, sino filosófico, pagano y falso.”[1]

También añaden:

“Los escritores del Antiguo Testamento sostenían que el ser humano es un ser indivisible. Los varios términos hebreos generalmente traducidos como carne, alma y espíritu son solamente formas alternativas para describir, desde diferentes puntos de vista, a la persona humana como un todo. En armonía con esta perspectiva, las Escrituras utilizan diferentes metáforas para describir la muerte. Entre ellas, el sueño se destaca como un símbolo adecuado para reflejar la comprensión bíblica de la condición de los muertos (Job 3:11-13; 14:12; Salmos 13:3; Jeremías 51:39; Daniel 12:2). La muerte es el completo fin de la vida. La muerte es un estado de inconsciencia en la cual no hay pensamientos, emociones, trabajo ni comunicación de ningún tipo (Eclesiastés 9:5, 6, 10; Salmos 115:17; 146:4).”[2]

Puesto que para los adventistas el alma está inconsciente durante el período entre la muerte y la resurrección, los adventistas niegan la realidad de un estado intermedio entre la muerte y la resurrección y, por consiguiente, del infierno:

 “Jesús utilizó dos términos griegos, hadēs y gehena, para hablar de la muerte y el castigo de los impíos… Hadēs es equivalente al Hebreo she’ôl, el término más común utilizado en el Antiguo Testamento para referirse al lugar de los muertos. Estos nombres simplemente representan la tumba o el lugar al cual todos descienden al morir, sin connotación de castigo ni recompensa… En los evangelios, la palabra infierno aparece once veces en labios de Jesús. En realidad, él utilizó el término griego gehena, del nombre hebreo Gê Hinnom, “Valle de Hinom”. Según el Antiguo Testamento, en este desfiladero al sur de Jerusalén, los reyes Acaz y Manasés realizaron ritos paganos horrendos, quemando niños en sacrificio a Moloc (2 Crón. 28:3; 33:6). Más tarde, el rey Josías puso fin a esta práctica (2 Rey. 23:10). Debido a los pecados perpetrados en este valle, Jeremías profetizó que Dios lo convertiría en un “Valle de la Matanza” (Jer. 7:32, 33; 19:6). Por lo tanto, el valle se convirtió en un símbolo del juicio final y el castigo de los impenitentes. Jesús utilizó el nombre en sentido figurado, sin explicar ningún detalle con respecto al tiempo y el lugar del castigo, algo que si encontramos en otros pasajes de la Biblia. El infierno, sin embargo, no es un lugar de castigo eterno.”[3]

Así pues, para los adventistas el ser humano no sólo no posee un alma inmortal, sino que tampoco hay estado intermedio entre la muerte y la resurrección (paraíso o infierno). Pero eso no es todo. Los adventistas tampoco creen en la doctrina cristiana del castigo eterno. En su lugar, adoptan la postura conocida como aniquilacionismo. La doctrina adventista enseña:

“La nada inconsciente que es la muerte nos separa de Dios y de los que hemos perdido. Solo Dios posee inmortalidad intrínseca, pero el don gratuito de la salvación es la vida eterna. Aguardamos con ansias la segunda venida de Cristo, cuando Jesús resucitará a los salvados de la muerte, para que puedan vivir para siempre… Los primeros mil años después del regreso de Cristo serán en el cielo un tiempo de reconciliación y renovación. Tendremos la capacidad de investigar las vidas de los perdidos, explorando cómo sus elecciones los llevaron a la salvación o destrucción. El planeta estará vacío de seres humanos; solo estarán Satanás y sus ángeles, exiliados y ya sin nadie que engañar o destruir… Después de mil años, Dios y los salvados regresarán del cielo a la tierra con la ciudad celestial, la Nueva Jerusalén. Dios resucitará a los malvados muertos para que puedan ser testigos de la fase final del juicio de Dios. Cada persona enfrentará el registro de su vida, y todos verán la verdadera justicia y equidad de Dios. Entonces Dios destruirá para siempre el pecado y los pecadores.”[4]

En la concepción adventista de los eventos futuros, la resurrección de los justos ocurrirá al principio del Milenio. Los justos serán arrebatados al cielo y los injustos serán destruidos:

“La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando regrese, los justos muertos resucitarán y junto con los justos vivos serán glorificados y llevados al cielo, pero los impíos morirán.”[5]

La doctrina adventista enseña que solo Satanás y sus demonios habitarán la Tierra durante el Milenio:

“Mientras los salvados se reconectan con Dios, Satanás y sus seguidores están atrapados en este planeta. Después de mil años, Dios resucitará a los perdidos para el juicio final, antes de destruir el pecado y los pecadores… El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese tiempo serán juzgados los impíos; la tierra estará completamente desolada, sin habitantes humanos, pero sí ocupada por Satanás y sus ángeles. Al terminar ese período Cristo y sus santos, junto con la Santa Ciudad, descenderán del cielo a la tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces, y junto con Satanás y sus ángeles rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la tierra. De ese modo el universo será librado del pecado y de los pecadores para siempre (Apocalipsis 20; 1 Corintios 6:2-3; Jeremías 4:23-26; Apocalipsis 21:1-5; Malaquías 4:1; Ezequiel 28:18-19).”[6]

Dicho de otra manera, los adventistas no creen en un castigo eterno para los malvados e impenitentes, sino en el aniquilacionismo. El aniquilacionismo es una doctrina que enseña que los incrédulos no experimentarán un sufrimiento eterno en el infierno, sino más bien serán “extinguidos o aniquilados” después de la muerte. Para muchos (incluidos adventistas, testigos de Jehová, protestantes liberales y otros), el aniquilacionismo es una creencia atractiva debido a lo horrible que parece a la mente humana la idea de que la gente pase la eternidad en el infierno. Sin embargo, lo verdaderamente importante en esto no es cuan horrible nos parezca la idea, sino más bien si la idea es enseñada en la Biblia.

Aunque hay algunos pasajes que parecen argumentar a favor del aniquilacionismo, un vistazo más amplio a lo que la biblia dice sobre el destino de los malvados, revela el hecho de que el castigo en el infierno es eterno. La creencia en el aniquilacionismo refleja un pobre entendimiento de las consecuencias del pecado, la justicia de Dios, y la naturaleza del infierno. En esto, como en otros aspectos doctrinales de gran importancia, los cristianos bíblicos no podemos estar en comunión con los adventistas del séptimo día.

¿EN VERDAD TENEMOS UN ALMA INMORTAL?

La Biblia enseña que la humanidad tiene un cuerpo físico, un alma y un espíritu. La realidad de nuestro cuerpo físico es incuestionable. Definir el alma y el espíritu es un poco más complejo. Aunque a veces la Biblia usa los términos alma y espíritu como sinónimos (Mateo 10:28; Lucas 1:46-47; 1 Corintios 5:3; 7:34), otros pasajes bíblicos dan a entender la separación entre el alma y el espíritu (Romanos 8:16; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 4:12). Hebreos 4:12 dice:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

Este versículo nos dice dos cosas: (1) hay un punto de división entre el alma y el espíritu, y (2) el punto de división solo Dios lo puede discernir. Con esto en mente, podemos afirmar que el aspecto inmaterial de la naturaleza humana involucra un alma y un espíritu. Ahora bien, si el alma y el espíritu están absolutamente unificados y unidos (dicotomía), o estrechamente relacionadas pero separados (tricotomía), es un asunto en el cual la Biblia guarda silencio. Nosotros, por lo tanto, debemos hacer lo mismo. Debemos admitir, sin embargo, que la naturaleza tripartita del hombre refleja de forma asombrosa la naturaleza trinitaria de su Creador.

Aquellos que creemos que la naturaleza humana es una tricotomía, afirmamos que el cuerpo físico es lo que nos conecta con el mundo físico que nos rodea, el alma es la esencia de nuestro ser, y el espíritu es lo que nos conecta con Dios. Esta es la razón por la que se dice que los inconversos están muertos espiritualmente (Efesios 2:1; Colosenses 2:13), mientras que se ven muy vivos física y emocionalmente. Aquellos que creen que la naturaleza humana es una dicotomía, tienen la misma comprensión del cuerpo, pero entienden el espíritu como la parte del alma que se conecta con Dios. La diferencia entre los cristianos que vemos al hombre como una tricotomía y aquellos que lo ven como una dicotomía, reside en si el alma y el espíritu son aspectos diferentes de la naturaleza humana inmaterial, o si el espíritu es simplemente una parte del alma, siendo el alma toda la parte inmaterial de la naturaleza humana. El silencio bíblico al respecto nos impide ser dogmáticos, reconociendo que ambas líneas de interpretación pueden sustentarse sin caer en herejía. De lo que podemos estar seguros, es que la naturaleza humana se compone de un cuerpo, un alma y un espíritu. Si el alma y el espíritu son uno, o de alguna manera son distintos, no es un tema que Dios escogió para dejar muy claro en su palabra. Ya sea que usted crea en una dicotomía o en la tricotomía, debería ofrecer su cuerpo como sacrificio vivo (Romanos 12:1), agradecerle a Dios por salvar su alma (1 Pedro 1:9), y adorar a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24). Los adventistas, sin embargo, no pueden enmarcar sus ideas sobre la naturaleza del alma humana dentro de ninguna de las dos corrientes consideradas ortodoxas por el cristianismo bíblico e histórico.

El cristianismo ortodoxo reconoce la doctrina de la inmortalidad del alma humana. De acuerdo con la Biblia, la verdadera vida o vida espiritual, no cesa cuando nuestros cuerpos físicos terminan con la muerte. Nuestras almas vivirán para siempre, ya sea en la presencia de Dios en el cielo si es que somos salvos, o en castigo en el infierno si rechazamos el regalo de Dios de la salvación. De hecho, la promesa de la Biblia no es que sólo nuestras almas vivirán para siempre, sino que también nuestros cuerpos serán resucitados. Esta esperanza de resurrección corpórea está en el corazón mismo de la fe cristiana (1 Corintios 15:12-19). Sin embargo, mientras que nuestras almas son inmortales, es importante recordar que no somos eternos como lo es Dios. Dios es el único ser verdaderamente eterno, porque solamente Él no tuvo ni principio ni tendrá fin. Dios siempre ha existido y siempre continuará existiendo. Todas las demás criaturas conscientes, ya sean humanas o angélicas, son finitas porque tuvieron un principio. Nuestras almas son inmortales, porque es cómo Dios las creó, pero ellas sí tuvieron un principio, habiendo habido un tiempo en el que no existían.

EL ESTADO INTERMEDIO.

Puesto que nuestra alma es inmortal, esta no se pierde en la nada, tampoco duerme en la inconsciencia o desaparece al momento de morir. La Biblia nos enseña que hay un estado intermedio entre la muerte y la resurrección. La Biblia enseña claramente que los creyentes fallecidos están con el Señor (2 Corintios 5:6-8; Filipenses 1:23) pero también enseña que los injustos experimentan sufrimiento consciente después de la muerte (Lucas 16:19-31). Una vez más, el adventismo opina de forma diferente:

“La nada inconsciente que es la muerte nos separa del Dios de la vida, pero la derrota de Cristo sobre la muerte significa que los salvados pueden aguardar la resurrección y la vida eterna. La paga del pecado es muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que hayan fallecido. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados y todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil años después (Romanos 6:23; 1 Timoteo 6:15-16; Eclesiastés 9:5-6; Salmos 146:3-4; Juan 11:11-14; Colosenses 3:4; 1 Corintios 15:51-54; 1 Tesalonicenses 4:13-17; Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:1-10).”[7]

Esta peculiar doctrina adventista recibe el nombre de “sueño del alma” y enseña que cuando una persona muere, su alma “duerme” hasta el momento de la resurrección futura. En esta condición, la persona no está consciente. Sin embargo, los adventistas no son los únicos en enseñarla. Los testigos de Jehová y otras sectas menores sostienen esta doctrina, con la diferencia de que los testigos de Jehová enseñan la aniquilación del alma al momento de la muerte. Esto significa que después de la muerte, una persona deja de existir. Ellos sostienen, además, que, en la resurrección futura, el alma, es hecha nuevamente. Básicamente, es volver a crear la persona. Los adventistas, por otro lado, enseñan que el alma simplemente se desactiva (se vuelve inerte) y reside en la memoria de Dios.

Los adventistas suelen recurrir al libro de Eclesiastés para defender su postura. Por ejemplo, Eclesiastés 9:5 afirma: “Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque hasta su memoria es puesta en el olvido”. (Eclesiastés 9:5). Y luego nos dice: “Y el polvo vuelva a la tierra, de donde procede, Y el espíritu retorne a Dios, que lo dio”. (Eclesiastés 12:7). No obstante, aunque podría concluirse a partir de dichos versículos que los muertos permanecen inconscientes hasta la resurrección, tampoco debemos ignorar que Eclesiastés debe ser entendido en el contexto de su propio comentario, el cual afirma al inicio del libro:

“Las palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades, dice el Predicador. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el ser humano de toda su labor con que se afana debajo del sol?”. (Eclesiastés 1:1-3)

 El escritor de Eclesiastés nunca pretendió describir en su libro el estado del hombre posterior a la muerte. Por el contrario, su intención fue presentarnos la insensatez y carencia de significado en una vida enfocada en el materialismo y la obtención de placer, pues todo el afán del hombre, su orgullo y vanidad, sus logros y pompa, terminan con la muerte:

“A todo esto me dediqué de lleno, y en todo esto comprobé que los justos y los sabios, y sus obras, están en las manos de Dios; que el hombre nada sabe del amor ni del odio, aunque los tenga ante sus ojos. Para todos hay un mismo final: para el justo y el injusto, para el bueno y el malo, para el puro y el impuro, para el que ofrece sacrificios y para el que no los ofrece; para el bueno y para el pecador, para el que hace juramentos y para el que no los hace. Hay un mal en todo lo que se hace en esta vida: que todos tienen un mismo final. Además, el corazón del hombre rebosa de maldad; la locura está en su corazón toda su vida, y su fin está entre los muertos. ¿Por quién, pues, decidirse? Entre todos los vivos hay esperanza, pues vale más perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada ni esperan nada, pues su memoria cae en el olvido. Sus amores, odios y pasiones llegan a su fin, y nunca más vuelven a tener parte en nada de lo que se hace en esta vida. ¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras! Que sean siempre blancos tus vestidos, y que no falte nunca el perfume en tus cabellos. Goza de la vida con la mujer amada cada día de la vida sin sentido que Dios te ha dado en este mundo. ¡Cada uno de tus absurdos días! Esto es lo que te ha tocado de todos tus afanes en este mundo. Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño; porque en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría. Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos. Vi además que nadie sabe cuándo le llegará su hora. Así como los peces caen en la red maligna y las aves caen en la trampa, también los hombres se ven atrapados por una desgracia que de pronto les sobreviene.” (Eclesiastés 9:1-12, NVI).

 Su visión pesimista se refiere a la vida “debajo del sol”. Nunca pretendió hacer declaraciones doctrinales acerca de si el alma continúa consciente después de la muerte o no. Afirmar tal cosa sería traicionar el texto. Además, es un error usar el Antiguo Testamento para interpretar el Nuevo. Es el Nuevo Testamento el que arroja luz sobre el Antiguo. Ni Salomón, ni ningún otro autor del Antiguo Testamento, pudo vislumbrar a cabalidad las gloriosas verdades del Evangelio que ahora nosotros conocemos. La revelación plena sobre el destino final del hombre nos fue dada a conocer a través de Cristo y su Evangelio:

“Y ahora todo esto él nos lo ha hecho evidente mediante la venida de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Destruyó el poder de la muerte e iluminó el camino a la vida y a la inmortalidad por medio de la Buena Noticia.” (2 Timoteo 1:10, NTV).

Por lo tanto, podemos decir a ciencia cierta que el concepto del “sueño del alma” enseñado por los adventistas no es una doctrina bíblica. Cuando la Biblia dice que una persona está “dormida” en relación a la muerte (Lucas 8:52; 1 Corintios 15:6), no significa literalmente que “duerme.” El sueño es sólo una manera de describir la muerte, porque un cuerpo muerto da la apariencia de estar dormido. La Biblia nos dice que en el instante que morimos, somos llevados al cielo o al infierno, dependiendo de si hemos puesto nuestra fe en Cristo para la salvación.

Para los creyentes, el estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor (2 Corintios 5:6-8; Filipenses 1:23). Para los no creyentes, la muerte significa el castigo eterno en el infierno (Lucas 16:22-23). Al momento en que morimos, enfrentamos un juicio parcial (Hebreos 9:27). Sin embargo, hasta que suceda la resurrección, hay un cielo “Paraíso” (Lucas 23:43; 2 Corintios 12:4), y un infierno “Hades” temporales (Apocalipsis 1:18; 20:13,14). En cierto sentido, el cuerpo de una persona está “dormido” mientras su alma está en el Paraíso o en el Hades. Este cuerpo es entonces “despertado” y transformado en un cuerpo eterno que poseerá la persona por la eternidad. Estos cuerpos eternos son los que poseeremos para toda la eternidad, ya sea que estemos en el cielo o el infierno. Aquellos que estuvieren en el Paraíso, serán enviados a los nuevos cielos y nueva tierra (Apocalipsis 21:1). Aquellos que estuvieren en el Hades, serán echados al lago de fuego (Apocalipsis 20:11-15). Estos son los destinos finales y eternos para toda la gente, basados enteramente en si esa persona confió en Jesucristo solamente para la salvación de sus pecados.

Otro pasaje bíblico importante que refuta el sueño del alma se puede encontrar en Lucas 16:19-31. Jesús enseñó que tanto un hombre rico como un hombre pobre llamado Lázaro murieron. El hombre rico inmediatamente fue al Hades y Lázaro inmediatamente fue llevado al seno de Abraham. El contexto del pasaje señala que Lázaro estaba consciente al lado de Abraham.

Otro ejemplo se puede encontrar en la narración del ladrón en la cruz. En Lucas 23:43, Jesús le prometió a este hombre que hoy estaría con Jesús en el paraíso. ¿De qué otro modo podría entenderse esta referencia al “hoy” de ser el mismo día en que Jesús estaba hablando con este hombre?

Apocalipsis 6:9 nos muestra el estado intermedio de las almas: “Vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios y por el testimonio que habían dado”. Este pasaje se refiere a las almas de aquellos que murieron durante la Tribulación que ahora estaban en la presencia del Señor. Todavía no habían recibido sus cuerpos de resurrección (mencionados más adelante en Apocalipsis), pero estaban activos, conversando y en la presencia de Dios después de la muerte.

Aún más, en la transfiguración de Jesús vemos a Moisés y Elías vivos. Para ellos, no había nada como el “sueño del alma”. Mateo 17:1-8 nos dice:

“Y después de seis días, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte muy alto. Y fue transfigurado ante ellos, y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz. Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es quedarnos aquí! Si quieres, haré aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés, y otra para Elías. Estando él aun hablando, he aquí una nube de luz los cubrió, y de la nube salió una voz, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido; a Él oíd. Y los discípulos, al oírlo, cayeron sobre sus rostros y temieron en gran manera. Pero Jesús se acercó, y tocándolos, dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando sus ojos, a nadie vieron, sino al mismo Jesús solo”.

 Por lo tanto, la doctrina del sueño del alma es incorrecta. El alma continúa su existencia después de la muerte. El impío enfrentará el juicio de Dios, y los cristianos habitarán en Su presencia. La visión del sueño del alma, que coloca un período de tiempo prolongado después de la muerte antes de que un creyente esté presente con el Señor, está claramente en desacuerdo con las enseñanzas de la Escritura.

EL ANIQUILACIONISMO.

El aniquilacionismo es otro error doctrinal practicado por los adventistas. Según dicha doctrina, aquellos que no hereden la vida eterna serán “extinguidos o aniquilados” después de la muerte. La noción de un castigo eterno para los injustos es considerada aberrante para los adventistas. Ellos afirman que:

“Según las Escrituras, Dios promete vida eterna a los justos. La paga del pecado es muerte, no una vida eterna en el infierno (Rom. 6:23). Las Escrituras enseñan que los malos serán “destruidos” (Sal. 37:9, 34); que perecerán (Sal. 37:20; 68:2). No vivirán en un estado de conciencia para siempre, sino serán quemados (Mal. 4:1; Mat. 13:30, 40; 2 Ped. 3:10). Serán destruidos (Sal. 145:20; 2 Tes. 1:9; Heb. 2:14), consumidos (Sal. 104:35)… Cuando Cristo habló del “castigo eterno” (Mat. 25:46) no quiso decir castigo sin fin. Quiso decir que así como la “vida eterna” [que los justos disfrutarán] continuará a través de los siglos sin fin de la eternidad; el castigo [que los malos sufrirán] también será eterno: no de duración perpetua de sufrimiento consciente, sino el castigo que es completo y final. El fin de los que así sufren es la segunda muerte… Una cosa podemos decir con confianza: El tormento eterno debe ser descartado. Si los hombres no hubieran tomado la noción griega no bíblica de la indestructibilidad natural del alma del individuo y luego leído el Nuevo Testamento con ese concepto ya en sus mentes, habrían extraído de él [el Nuevo Testamento] una nueva creencia, no en el tormento eterno, sino en la aniquilación. Es al fuego que se lo llama aeonian [eterno], no a la vida que se lanza a él”. Al ejecutarse el castigo exigido por la ley de Dios, las demandas de la justicia son satisfechas. Ahora el cielo y la tierra proclaman la justicia del Señor.”[8]

 

Los adventistas tienen razón en que la palabra griega “aeonian “ o “aionion”, la cual usualmente se traduce como “eterno”, no significa “eterno” por definición. Específicamente se refiere a una “edad” o “era”, un período específico de tiempo. Sin embargo, está claro que, en el Nuevo Testamento, este vocablo griego es usado algunas veces para referirse a una cantidad eterna de tiempo. Apocalipsis 20:10 habla de Satanás, la bestia, y el falso profeta que fueron echados al lago de fuego y serán atormentados “día y noche por los siglos de los siglos”. Es claro que estos tres no son “aniquilados” por ser echados en el lago de fuego. ¿Por qué sería diferente el destino de los incrédulos? (Apocalipsis 20:14-15) La evidencia más convincente de la eternidad del infierno está en Mateo 25:46, “E irán éstos (los impíos) al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. En este versículo, es usada exactamente la misma palabra griega para referirse al destino de los impíos y los justos. Si los impíos son solamente atormentados por una “era”, entonces los justos sólo experimentarán la vida en el Cielo por una “era”. Si los creyentes estarán en el cielo para siempre, los incrédulos estarán en el infierno para siempre.

Por otro lado, los adventistas del séptimo día han malentendido el significado del lago de fuego. Obviamente si un ser humano es echado en un lago de lava hirviente, será consumido instantáneamente. Sin embargo, el lago de fuego es una realidad tanto física como espiritual. No es solamente el cuerpo humano el que es echado al lago de fuego; es el cuerpo, el alma y el espíritu humano. Una naturaleza espiritual no puede ser consumida por un fuego físico. Los incrédulos serán resucitados con un cuerpo preparado para la eternidad, de la misma manera que lo es para los creyentes (Apocalipsis 20:13; Hechos 24:15). Estos cuerpos están preparados para un destino eterno.

Los adventistas y otras sectas aniquilacionistas afirman que sería injusto que Dios castigara a los incrédulos en el infierno por una eternidad infinita, a causa de un número finito de pecados. ¿Cómo puede ser justo que Dios castigue a una persona que vivió una vida de pecado, digamos de 70 años, por toda una eternidad? La respuesta es que nuestros pecados conllevan una consecuencia eterna, porque son contra un Dios eterno. Cuando el rey David cometió los pecados de adulterio y asesinato, él dijo a Dios, “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…” (Salmo 51:4). David había pecado contra Betsabé y Urías. ¿Cómo pudo clamar David que solo pecó contra Dios? David entendía que todos los pecados son en última instancia contra Dios. Dios es un Ser eterno e infinito. Como resultado, todo pecado es objeto de un castigo eterno. No es un asunto del tiempo que duramos pecando, sino del carácter del Dios contra quien pecamos.

Un aspecto más personal del aniquilacionismo al cual recurren las sectas para defender su postura herética, es la idea de que no sería posible ser felices en el cielo, sabiendo que algunos de nuestros seres amados estuvieran sufriendo un tormento eterno en el infierno. Lo cierto es que cuando lleguemos al cielo, no tendremos nada de qué quejarnos o por qué estar tristes. Apocalipsis 21:4 nos dice:

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.

Si algunos de nuestros seres queridos no están en el cielo, nosotros, los redimidos, estaremos plenamente de acuerdo en que ellos no pertenecen ahí, es decir, que ellos están condenados por su propia resistencia a creer en Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16; Juan 14:6). Nuestra atención no debe enfocarse en cómo disfrutaremos del cielo sin todos nuestros seres queridos ahí, sino más bien en cómo podemos llevar a nuestros seres queridos a la fe en Cristo, para que ellos puedan estar ahí.

La certeza de un castigo eterno para los malvados es quizá la razón primaria por la que Dios envió a Jesucristo a pagar el castigo por nuestros pecados. El ser “aniquilados” después de la muerte no es un destino para aterrorizarse, aunque una eternidad en el infierno definitivamente sí lo es. La muerte de Jesús fue una muerte infinita, pagando nuestra deuda infinita, para que no tengamos que pagarla en el infierno por una eternidad (2 Corintios 5:21). Todo lo que tenemos que hacer, es poner nuestra fe en Cristo, y seremos salvos, perdonados, limpiados, obteniendo la promesa de un hogar eterno en el cielo. Si rechazamos Su regalo de vida eterna, enfrentaremos las consecuencias eternas de esa decisión.

LA DOCTRINA DEL CASTIGO ETERNO EN LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO.[9]

Cuando los argumentos bíblicos fallan, los adventistas y otras sectas aniquilacionistas argumentan que la inmortalidad del alma, la existencia del infierno y el castigo eterno nunca formaron parte de las doctrinas originales del cristianismo, sino que entraron a formar parte de las enseñanzas de la iglesia directamente del paganismo. Pero ¿Es esto cierto? ¿Apoya la historia de la iglesia y los escritos de los primeros cristianos los argumentos adventistas? ¡En ninguna manera!

La Iglesia primitiva y los padres de la Iglesia creían no solo en la doctrina de la inmortalidad del alma, sino en la condenación eterna de los condenados (A excepción de Orígenes y algunos de sus seguidores que erraron al pensar que las penas del infierno eran temporales y de algunos herejes gnósticos que afirmaban que los que no se salvaran serían aniquilados (curiosamente lo que hoy creen testigos de Jehová y adventistas). La historia de la iglesia y los registros extrabíblicos se unen a la Biblia para probar que la existencia del infierno y la realidad eterna del mismo, eran aceptadas por la iglesia primitiva. Por ejemplo:

 

  1. Apocalipsis de Pedro: De los textos apócrifos primitivos es uno de los más importantes, por su antigüedad (fue escrito entre el año 125 y el 150, o lo que es lo mismo a 25 a 50 años de la muerte del último apóstol), y fue tenido en gran estima por los escritores eclesiásticos de la antigüedad al punto que Clemente de Alejandría incluso lo considera como un escrito canónico.[10] Un fragmento griego importante del apocalipsis fue hallado en Akhmin en 1886-1887 y su contenido describe visiones que incluyen la belleza del cielo y el horror del infierno y los castigos a los que son sometidos los condenados: “Y había un gran lago, lleno de cieno ardiente, donde se encontraban algunos hombres que se habían apartado de la justicia; y los ángeles encargados de atormentarles estaban encima de ellos.”

 

  1. Ignacio de Antioquía: Ignacio fue Obispo de Antioquia, martirizado en Roma (devorado por los leones) en tiempos del emperador Trajano (98-117). Se conservan de él las siete cartas que escribió camino al martirio aproximadamente en el año 107. Ignacio habla de cómo aquellos que mueran en la impureza irán al fuego inextinguible: “Hermanos míos, no os engañéis, los adúlteros no heredarán el Reino de Dios. Pues si los que obraron esto según la carne murieron ¡Cuánto más si corrompe en mala doctrina la fe de Dios por la que Jesucristo fue crucificado! Éste, por ser impuro, irá al fuego inextinguible, así como el que lo escucha. Por eso el Señor tomó ungüento sobre su cabeza para inspirar a la Iglesia incorrupción. No os unjáis con la fétida doctrina del príncipe de este mundo para que no os lleve cautivos lejos de la vida que ha sido propuesta como recompensa. ¿Por qué no somos todos prudentes después de haber alcanzado el conocimiento de Dios que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos neciamente al desconocer la gracia que el Señor verdaderamente ha enviado?”[11]

 

  1. Justino Mártir: Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II. Él afirmó: “Porque entre nosotros, el príncipe de los malos demonios se llama serpiente y Satanás y diablo o calumniador, como os podéis enterar, si queréis averiguarlo, por nuestras escrituras; y que él y todo su ejército juntamente con los hombres que le siguen haya de ser enviado al fuego para ser castigado por eternidad sin término, cosa es que de antemano fue anunciada por Cristo”[12]

 

También dijo:

“Y no se nos objete lo que suelen decir los que se tienen por filósofos, que no son más que ruido y espantajos lo que nosotros afirmamos sobre el castigo que los inicuos han de sufrir en el fuego eterno”[13]

 

  1. El Martirio de Policarpo: Es una carta de la Iglesia de Esmirna a la comunidad de Filomenio donde se narra el martirio de Policarpo, discípulo directo del apóstol Juan y obispo de Esmirna. En dicha epístola se lee: “Fiándose de la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, librándose del castigo eterno, por medio de una hora. El fuego de los crueles verdugos les era indiferente, pues tenían ante sus ojos el escapar del (fuego) eterno que nunca se apaga, y contemplaban con los ojos de su corazón los bienes que aguardan a los que sufren pacientemente, los cuales ni el oído oyó, ni el ojo vio, ni al corazón del hombre subieron, pero el Señor se los mostró a ellos, porque ya no eran hombres, sino ángeles.”[14]

 

  1. El Discurso a Diogneto: Es un breve tratado apologético dirigido a alguien llamado Diogneto quien al parecer había preguntado algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos. Es de autor desconocido y se estima fue compuesto a finales del siglo II. En dicho documento se nos dice: “Entonces, estando en la tierra, contemplarás que Dios ejerce su gobierno en los cielos; entonces comenzarás a hablar de los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son torturados por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el error del mundo, cuando conozcas la vida verdadera del cielo, cuando desprecies lo que aquí parece ser la muerte, cuando temas la verdadera muerte reservada a los condenados al fuego eterno, castigo definitivo de quienes sean entregados. Entonces admirarás y considerarás bienaventurados a quienes soportan el fuego terreno por causa de la justicia, cuando conozcas aquel fuego…”[15]

 

  1. Atenágoras: Reconocido apologeta cristiano primitivo del siglo II. Afirmó: “Porque si creyéramos que no hemos de vivir más que la vida presenta, cabría sospechar que pecáramos sometidos a la servidumbre de la carne y de la sangre, o dominados por el lucro y el deseo; pero sabiendo como sabemos que dios vigila nuestros pensamientos y nuestras palabras de noche como de día, y que El es todo luz y mira aun dentro de nuestro corazón; creemos que, salidos de esta vida, viviremos otra mejor, a condición de que permanezcamos con Dios y por Dios inquebrantables y superiores a las pasiones, con alma no carnal, aun en la carne, sino con espíritu celeste; o cayendo con los demás nos espera vida peor en el fuego (porque Dios no nos creó como rebaños o bestias de carga, de paso, y sólo para morir y desaparecer); con esta fe, decimos, no es lógico que nos entregamos voluntariamente al mal y nos arrojemos a nosotros mismos en manos del gran juez para ser castigados”.[16]

 

  1. Ireneo de Lyon: Fue consagrado obispo de Antioquia entre el año primero de Vespasiano (70 d.C.) y el décimo de Trajano (107 d.C.). Ireneo escribió: “En el Nuevo Testamento [1062] creció la fe de los seres humanos en Dios, al recibir al Hijo de Dios como un bien añadido a fin de que el hombre participara de Dios. De modo semejante se incrementó la perfección de la conducta humana, pues se nos manda abstenernos no sólo de las malas obras, sino también de los malos pensamientos (Mt 15,19), de las palabras ociosas, de las expresiones vanas (Mt 12,36) y de los discursos licenciosos (Ef 5,4): de esta manera se amplió también el castigo de aquellos que no creen en la Palabra de Dios, que desprecian su venida y se vuelven atrás, pues ya no será temporal sino eterno. A tales personas el Señor dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41), y serán para siempre condenados. Pero también dirá a otros: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde siempre» (Mt 25,34), y éstos recibirán el Reino en el que tendrán un perpetuo progreso. Esto muestra que uno y el mismo es Dios Padre, y que su Verbo siempre está al lado del género humano, con diversas Economías, realizando diversas obras, salvando a quienes se han salvado desde el principio -es decir, a aquellos que aman a Dios y según su capacidad siguen a su Palabra-, y juzgando a quienes se condenan, o sea a quienes se olvidan de Dios, blasfeman y transgreden su Palabra.”[17]

 

  1. Tertuliano: Fue un apologeta y escritor eclesiástico. En una de sus obras titulada De paenitentia (aproximadamente en el año 203 d.C.) afirmó que quienes rechazan esta penitencia describe la condenación eterna en el infierno, castigo de quienes no quisieron arrepentirse y confesar sus pecados: “Si rehúsas la penitencia pública, medita en tu corazón acerca de la gehena que para ti ha de ser extinguida mediante la penitencia. Imagínate ante todo la gravedad de la pena, a fin de que no vaciles en asumir el remedio. ¿Cómo debemos considerar esta caverna del fuego eterno, cuando a través de algunas de sus chimeneas se producen tales erupciones de vigorosas llamas, que han hecho desaparecer las ciudades cercanas o están a la espera de que esto les ocurra cualquier día? Montes altísimos saltan hechos pedazos a causa del fuego que encierran, y resulta para nosotros un indicio de la perpetuidad de este fuego el hecho de que, por más que estas erupciones quebranten y destrocen las montañas, nunca cesa esta actividad. ¿Quién ante estas conmociones de los montes podrá dejar de considerarlas como un indicio del amenazante juicio? ¿Quién podrá pensar que tales llamaradas no sean una especie de armas arrojadizas que provienen de un fuego colosal e indescriptible?[18]

 

  1. Cipriano de Cartago: Nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246. Poco después, en 248, fue elegido obispo de Cartago. Al arreciar la persecución de Decio, en 250, juzgó mejor retirarse a un lugar apartado, para poder seguir ocupándose de su grey. Él afirmó: “Que gloria para los fieles habrá entonces, qué castigo para los no creyentes, qué dolor para los infieles no haber querido creer en otro tiempo en este mundo y no poder volverse ahora atrás y creer. La gehena siempre en llamas y un fuego devorador abrasará a los que allí vayan, y no tendrán descanso sus tormentos ni fin en ningún momento. Serán conservadas las almas con los cuerpos para sufrir con inacabables suplicios. Allí veremos siempre al que aquí nos miró por un tiempo, y el breve placer que tuvieron los ojos crueles en las persecuciones será contrapesado por el espectáculo sin fin, según el testimonio de la Sagrada Escritura, cuando dice> Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá, y servirán de espectáculo a todos los hombres. Entonces será baldío el arrepentimiento, vanos los gemidos y sin eficacia los ruegos. Tarde creen en la pena eterna los que no quisieron creer en la vida eterna”.[19]

 

  1. Basilio de Cesárea: Nació en una familia profundamente cristiana Su abuelo materno había sufrido el martirio. Sucedió a Eusebio como Obispo de Cesarea. Él afirmó: “…no está presente en el infierno quien alabe, ni en el sepulcro quien se acuerde de Dios, porque tampoco está presente el auxilio del Espírito. ¿Cómo se puede, pues, pensar que el juicio se efectúa sin el Espíritu Santo, siendo así que la Palabra muestra que él mismo será también la recompensa de los justos cuando, en vez de las arras, se entregue a la totalidad, y que será la primera condenación de los pecadores cuando se les despoje de lo mismo que parecían tener?”[20]

 

  1. Gregorio Nacianceno: Nació en Nacianzo, Capadocia en el año 329, y fallecido en el 389. Célebre por su elocuencia y por su lucha en su colaboración en la lucha contra el arrianismo, junto con Basilio y Gregorio de Nicea. Él enseñó: “Conozco el temblor, la agitación, la inquietud y el quebranto del corazón, la vacilación de las rodillas y otras penas semejantes con que son castigados los impíos. Voy a decir, en efecto, que los impíos son entregados a los tribunales de la otra vida por la justicia parsimoniosa de este mundo, de modo que resulta preferible ser castigados y purificados ahora, que ser remitidos a los suplicios del más allá, cuando sea ya el tiempo del castigo y no de la purificación”.[21]

 

  1. Jerónimo: Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. Nació en el año 347 y murió en el 420. Él afirmó: “Son muchos los que dicen que en el futuro no habrá suplicios por los pecados ni se les aplicarán castigos que vengan del exterior, sino que la pena consistirá en el pecado mismo, y en el tener conciencia del delito, no muriendo el gusano en el corazón y ardiendo el fuego en el alma, de un modo semejante a la fiebre, que no atormenta al enfermo desde fuera, sino que, apoderándose de los cuerpos, castiga sin emplear ningún instrumento externo de tortura. Estas persuasiones son lazos fraudulentos, palabras vacuas y sin valor, que deleitan como flores a los pecadores, pero que les infunden una confianza que les conduce a los suplicios eternos”[22]

 

  1. Juan Crisóstomo: Nació en Antioquía de Siria en el año 347. Él enseñó: “Aparentemente no hay aquí más que un solo castigo, que es el ser quemado por el fuego; sin embargo, si cuidadosamente lo examinamos, veremos que son dos, porque el que es quemado es juntamente desterrado para siempre del reino de Dios. Y este castigo es más grave que el primero. Ya sé que muchos sólo temen al fuego del infierno, pero yo no vacilo en afirmar que la pérdida de la gloria eterna es más amarga que el fuego mismo. Ahora, que eso no lo podamos expresar con palabras, nada tiene de extraño, pues tampoco sabemos la naturaleza de los bienes eternos para podernos dar cabal cuenta de la desgracia que es vernos privados de ellos… Cierto, insufrible es el infierno y el castigo que allí se padece. Sin embargo, aun cuando me pongas mil infiernos delante, nada me dirás comparable con la perdida de aquella gloria bienaventurada, con la desgracia de ser aborrecido de Cristo, de tener que oír de su boca «no te conozco». De que nos acuse de que le vimos hambriento y no le dimos de comer. Mas valiera que mil rayos nos abrazaran, que no ver aquel manso rostro que nos rechaza, y que aquellos ojos serenos no pueden soportar mirarnos”.[23]

 

  1. Agustín de Hipona: Obispo de Hipona. Nació en el 354 y llegó a ser obispo de Hipona durante treinta y cuatro años. Combatió duramente todas las herejías de la época y murió el año 430. Agustín afirmó: “Habéis oído, pues, en el Evangelio que hay dos vidas: una presente, otra futura. La presente la poseemos: en la futura creemos. Nos encontramos en la presente; a la futura aún no hemos llegado. Mientras vivimos la presente, hagamos méritos para adquirir la futura, pues aún no hemos muerto. ¿Acaso se lee el Evangelio en los infiernos? Si de hecho fuera así, en vano le oiría el rico aquel, porque no podría haber ya penitencia fructuosa. A nosotros se nos lee aquí y aquí lo oímos, donde, mientras vivimos, podemos ser corregidos para no llegar a aquellos tormentos.”[24]  También afirmó: Por esto que sucede aquí, pudiera el entendimiento del hombre hacerse una idea de lo que nos está reservado en lo por venir. Sin embargo, ¡qué gran desproporción! Vive, no quiere morir; de ahí el amor a la vida inacabable, al querer vivir, al no querer morir nunca. Con todo eso, los que hayan de ir a las torturadoras penas del infierno han de querer morir y no podrán”.[25]

 

CONCLUSIÓN.

En oposición a la doctrina adventista, el cristianismo histórico y bíblico enseña tanto la existencia de un alma inmortal como la realidad del infierno y la eternidad tanto del gozo de los justos como del castigo de los impíos. Una vez más, debemos rechazar la doctrina adventista como infundada y herética.

Y aunque estas herejías deberían ser suficientes para rechazar el adventismo, la lista de errores aún continúa. En el próximo artículo (y último de esta serie) abordaremos algunas doctrinas poco conocidas, pero decididamente heréticas, enseñadas por los adventistas del séptimo día.

REFERENCIAS:

[1] Véase: http://www.elcentinela.com/?p=article&a=44107560324.880 Consultado el 19-02-2019.

[2] Véase: https://www.adventistas.org/es/escuelasabatica/leccion-12-muerte-y-resurreccion/ Consultado el 19-02-2019.

[3] Íbid.

[4] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/ Consultado el 19-02-2019.

[5] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/la-segunda-venida-de-cristo/ Consultado el 19-02-2019.

[6] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/el-milenio-y-el-fin-del-pecado/ Consultado el 19-02-2019.

[7] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/la-muerte-y-la-resurreccion/ consultado el 19-02-2019.

[8] Véase: https://noticias.adventistas.org/es/noticia/biblia/existe-o-no-que-dice-la-biblia-sobre-el-infierno/ Consultado el 19-02-2019.

[9] Se recomienda la lectura de los siguientes libros como fuente de consulta: Patrologia I, Johannes Quasten, BAC 206, Patrologia II, Johannes Quasten, BAC 217, Padres apologetas griegos, Edición bilingüe completa, Daniel Ruiz Bueno, BAC 116, Obras de San Juan Crisóstomo, Tomo I y Homilías sobre Mateo, BAC 141.

[10] Eusebio, Historia Eclesiástica 6,14,1.

[11] Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 16-17: FuP 1, 119-121

[12] Justino Mártir, Apología I, 28; BAC 116, 209-210

[13] Justino Mártir, Apología II, 9; BAC 116, 271

[14] Martirio de Policarpo, 2, 3-4: FuP 1,251

[15] Discurso a Diogneto, 10,7-8: BPa 52, 568

[16] Atenágoras, Legación a favor de los cristianos, 31: BAC 116,701-702

[17] Ireneo, Contra los herejes IV,28,2

[18] Tertuliano, De la penitencia, 12: PL 1,1247

[19] Cipriano, A Demetriano, 24: BAC 241, 292-293

[20] Basilio de Cesárea, El Espíritu Santo, 16,40: BPa 32,175-176

[21] Gregorio Nacianceno, Discursos, 16,7: PG 35,944

[22] Jerónimo, Comentario a la Carta a los efesios, 3,5,6: PL 26, 522

[23] Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo 23,8 BAC 141, 489-491

[24] Agustín de Hipona, Sermón, 113-A, 3: BAC 441, 829-830

[25] Agustín de Hipona, Sermón 127, 2: BAC 443, 106-107

Arminianismo Clásico

¿Por quiénes murió Jesús?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Uno de los pilares del arminianismo clásico es su creencia en la Expiación Ilimitada. En concordancia con el cristianismo primitivo, Jacobo Arminio creía firmemente que Cristo murió por toda la humanidad, no sólo por unos pocos elegidos: “El pacto en el que Dios entró con nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo, consistió, por parte de Dios, en la exigencia de una acción a realizarse, y en la promesa de una inmensa remuneración. Por parte de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, consistía en una aceptación de la Promesa y un compromiso voluntario para llevar a cabo la acción. Primero, Dios le pidió que dejara su alma como víctima en sacrificio por el pecado, (Isaías 53:11), que diera su carne por la luz del mundo (Juan 6:51) y que pagara el precio de la redención por los pecados y el cautiverio de la raza humana.”[1]

Los Remonstrantes, herederos del legado arminiano, también afirmaron esta enseñanza de las escrituras: “En ese sentido, Jesucristo, el Salvador del mundo, murió por todos los hombres y por cada uno de los hombres, para que haya obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, la redención y el perdón de los pecados; sin embargo, nadie en realidad disfruta de este perdón de los pecados, excepto el creyente, de acuerdo con la palabra del Evangelio de Juan 3:16: ´Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.´. Y en la primera epístola de 1 Juan 2:2: ´Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo´…”[2]

 Pero Arminio y los Remonstrantes no fueron los únicos en sostener dicho punto de vista. Repetidamente las Escrituras expresan el amor y la preocupación de Dios por todo el mundo. En contraposición con la clara enseñanza bíblica, los calvinistas argumentan que el término “mundo” no se refiere realmente al mundo entero, sino solo a representantes selectos. Sin embargo, resulta difícil ignorar lo que parece ser la clara enseñanza de la Biblia de que Dios ama a todo el mundo; lo cual implica a todos los seres humanos que Él ha creado. Limitar el alcance de “todo el mundo” a “todos los elegidos de todo el mundo” parece ser un caso de interpretación de estos pasajes de una manera que apoya una doctrina específica, la expiación limitada, en lugar de permitir que la Escritura defina la doctrina. 1 Timoteo 4:10 distingue a los creyentes de los incrédulos en la salvación, pero aun así dice que Cristo es el salvador de todas las personas: “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.” La expresión “mayormente de los que creen” apoya la creencia arminiana en la Expiación ilimitada, es decir, que el sacrificio de Cristo fue hecho por todas las personas, pero que solo es aplicable para aquellos que creen.

 LA DOCTRINA DE LA EXPIACIÓN ILIMITADA EN LOS PADRES DE LA IGLESIA.

La doctrina de la Expiación Ilimitada es plenamente enseñada y sostenida por las Escrituras. Juan 3:16-18 deja claro que Dios nos ama; que él ama a todos en el mundo, no solo a unos pocos. También queda claro en este pasaje que Dios hizo lo que se necesitaba para proporcionar la salvación a aquellos que amaba. Dios dio a su Hijo para ser el sacrificio expiatorio para todo el mundo (1 Juan 2:2), para probar la muerte para todos (Hebreos 2:9). Jesús fue nuestro cordero sacrificial (Juan 1:29), Aquél que nos libra de la ira de Dios (1 Tesalonicenses 1:10) que justamente merecíamos. Una y otra vez en las Escrituras vemos que Jesús murió por los pecados del mundo. Su sacrificio fue hecho para todos, no solo para unos pocos. Pero si bien la muerte de Cristo fue para todas las personas, los beneficios de su sacrificio son efectivos solo para aquellos que creen en Cristo. Solo aquellos que creen obtendrán la vida eterna. Los que no creen permanecen en estado de condenación. Esto se repite en Juan 3:36; los que creen tienen vida eterna, mientras que los que rechazan al Hijo permanecen bajo la ira de Dios.

Negar la universalidad de la expiación es negar la clara enseñanza de las Escrituras de que Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4) y que nadie perezca (2 Pedro 3:9). La expiación universal, o ilimitada, fue la enseñanza de la iglesia, tanto de las iglesias orientales como del occidente, hasta la Reforma Protestante con Lutero y Calvino. El corazón de la teología Ante-Nicena la doctrina de la Expiación Ilimitada ocupa un lugar de honor. Esta doctrina se encuentra expresada claramente en las enseñanzas de Ireneo (140-202 E.C.), Hipólito (170-235E.C.) y Clemente de Alejandría (150-212 E.C.). Ireneo, en su “Prueba de predicación apostólica” y “Contra las herejías”, enseña que, como resultado de la desobediencia de Adán y Eva en el Jardín, cada ser humano sufre las consecuencias del pecado original: el alejamiento de Dios, la muerte y la amenaza de la corrupción eterna. Sin embargo, a través de Cristo y su sacrificio expiatorio, la salvación es posible para “todos los hombres”.[3] Él declara: “Dios recapituló en sí mismo la antigua formación del hombre, para que Él pueda matar el pecado, privar a la muerte de su poder, y vivifica al hombre ”.[4] Los primeros cristianos creían que, si bien la obra redentora de Cristo está destinada a todos, la humanidad tiene libre albedrío para resistir el llamado del Espíritu Santo a la salvación, rechazar la gracia de Dios en Cristo, seguir las falsas enseñanzas y experimentar la experiencia del juicio final, padeciendo en sí mismo la ira de Dios.

En su tratado “Sobre Cristo y el anticristo”, Hipólito habla del Hijo de Dios como uno que ilumina a los santos, enseña a los ignorantes, corrige los errores, reconoce a los pobres y “no odia a la mujer

debido al acto de desobediencia de la mujer al principio, ni tampoco él rechaza al hombre a causa de la transgresión del hombre, sino que busca a todos, y desea salvar a todos, deseando hacer a todos hijos de Dios.”[5] Hipólito luego identifica el deseo de Dios de salvar a todos los hombres y mujeres como la motivación para la encarnación de Cristo y los “sufrimientos en la cruz”[6].

Clemente de Alejandría, en su “Exhortación a los paganos”, proclama la intención de Dios de hacer posible la redención para cada persona. a través del Hijo. Él describe a Cristo, ante los incrédulos, como “el amante del hombre” y “esto, y nada más que esto, es su única obra: la salvación del hombre”[7]. Porque Cristo es el “salvador de todos los hombres”, los “paganos” pueden tener confianza que Cristo los ama y usa muchos medios diferentes para llevarlos a la salvación. Concluye su llamamiento con la exhortación “a ser partícipes de la gracia (de Cristo)”, la cual está disponible para todos.

En una sección conmovedora de “Caín y Abel”, Ambrosio habla de la obra de Dios y su amor salvífico para todas las personas. Él escribe: “Él por lo tanto… nació de una virgen y vino por mi salvación y para la salvación del mundo entero… Él percibió que los que sufren no pueden ser curados sin un remedio. Por esta razón, él otorgó la medicina a los enfermos y con su ayuda hizo posible la salud para todos”.[8]

Jerónimo, en una carta al noble romano Oceanus, explícitamente aborda las ideas asociadas con la expiación limitada, la cual, en su época, afirmaba que hay algunos pecados que Cristo no puede limpiar y pecadores por quienes Cristo no murió. Jerónimo trata dicha enseñanza como una herejía. En su refutación de tal pensamiento, sostiene: “¿Qué más es esto sino decir que Cristo ha muerto en vano? Él, de hecho, murió en vano si hay alguno a quien él no pueda hacer vivir. Cuando Juan el Bautista señala a Cristo y dice: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo “, él dice una falsedad si después de todo hay personas que viviendo hoy cuyos pecados Cristo no ha quitado”.[9] Cristo murió para perdonar el pecado de todo ser humano.

Juan Crisóstomo (349-407 E.C.), contemporáneo de Jerónimo, en sus “Homilías sobre Efesios”, proclama que Dios desea grandemente nuestra salvación y que la única razón por la cual los impíos no son salvos es porque esto es lo que ellos han elegido.[10] Otro contemporáneo de ambos, Teodoro de Mopsuestia (350-428 E.C.), en su “Comentario sobre el Evangelio” escribe sobre la causa del juicio de Dios sobre los injustos: “El propósito establecido por Dios no es que alguien sea condenado, sino que todos sean salvos… De hecho, su gracia se ofrece a todos los que la quieran”.[11] Al final, los condenados son los autores de su propia condenación, no Dios, porque Dios envió a su Hijo al mundo para que todos puedan ser salvos.

Las citas podrían continuar, sin embargo, a este punto es evidente que en el período Ante-Niceno, ningún padre de la iglesia, teólogo o erudito respetado puede ser citado dentro de su contexto literario como limitando el alcance de la salvación, o más particularmente la expiación. La creencia en una expiación limitada parece haberse introducido con los reformadores, pero implicó no un volver a la doctrina de los primeros cristianos, sino más bien una desviación de esta.

Y LA BIBLIA, ¿QUÉ DICE AL RESPECTO?

Los cristianos primitivos y los padres de la Iglesia creían que la expiación era ilimitada en su alcance, aunque sólo aquellos que se apropiaban de la misma, a través de la fe, gozaban de sus beneficios. Sin embargo, su opinión, aunque valiosa, es de valor secundario ante la verdad revelada por Dios a través de la Biblia.

La Biblia declara que Dios, exactamente como se esperaría de alguien quien es amor y Padre de misericordias, ama a todos con amor infinito y desea que todos se salven. Él no quiere que ninguno perezca y ha hecho de la muerte de Cristo el sacrificio propiciatorio por los pecados de toda la humanidad, si tan sólo creen en él:

  • “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Seguramente el “todos” que se refiere a aquellos que iban por mal camino son los mismos “todos” (es decir, todo Israel y toda la humanidad) cuya iniquidad fue puesta en Cristo.
  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29). Así como en el Antiguo Testamento los sacrificios fueron ofrecidos para todo Israel y no para un grupo selecto de israelitas, también el cumplimiento mismo del sacrificio de Cristo como el cordero de Dios fue ofrecido para toda la humanidad y no para unos cuantos “elegidos” o un número limitado.
  • “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él .El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:14-18, 36). Nótese que, por medio de la serpiente de bronce elevada, la cual Cristo dijo que era la figura de él mismo siendo levantado en la cruz, Dios trajo sanidad y salvación al pueblo. Dicha salvación es para todos los que miraren a él por fe, no sólo para unos cuantos elegidos.
  • “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). La ley, con su acompañamiento de sacrificios, era para todo Israel, no para algunos cuantos elegidos, y el cumplimiento en Cristo es para toda la humanidad.
  • “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).
  • “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).
  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Todos son impíos, no solamente los elegidos.
  • “Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 5:22).
  • “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
  • “El que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Por cierto, los elegidos no son los únicos pecadores.
  • “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).
  • “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2 Timoteo 2:6).
  • “Quien es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).
  • “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Hebreos 2:9).
  • “No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
  • “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 1:9-2:2).
  • “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).
  • “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).
  • “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:19-20).
  • “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).
  • “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).
  • “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

Tomar todas estas (y muchas otras declaraciones similares) y atreverse a decir que sólo se refieren a un grupo selecto de elegidos es cambiar deliberadamente la palabra de Dios. ¿O es que solo los elegidos se descarrían como ovejas perdidas? ¿Sólo los elegidos tienen sed? ¿Sólo los elegidos son impíos y pecadores? ¿Sólo los elegidos están bajo pecado? Es obvio que no. La salvación está disponible a través de la fe en Cristo para todo el que quiera apropiarse de ella. Estos versículos y muchos más como ellos declaran claramente en un lenguaje inequívoco que Cristo fue enviado para ser “El Salvador del mundo,” que su muerte fue “un rescate por todos” y que por lo tanto es “El Salvador de todos los hombres” que creen. Creer que se refiere solo al mundo de los elegidos es una suposición injustificada.

CONCLUSIÓN.

Por desgracia para los calvinistas, la Biblia apoya la doctrina arminiana de la expiación ilimitada: Cristo murió por todos, no solamente por un reducido grupo de elegidos, pero el efecto salvífico de su expiación solo es aplicable para aquellos que creen. La Biblia abunda en referencias directas a la Doctrina de la Expiación Universal. Por ejemplo, la Biblia nos dice que Dios ama a toda la humanidad (Juan 3:16), que Dios desea que todos sean salvos y lleguen a un conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4), que Dios no desea que nadie perezca, sino que todos se arrepientan (2 Pedro 3:9), que Cristo probó la muerte para todos (Hebreos 2:9), que Cristo es el sacrificio expiatorio por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2), que Cristo se dio a sí mismo como rescate por todas las personas (1 Timoteo 2:5-6), que Cristo es el salvador de todas las personas (1 Timoteo 4:10), que Cristo murió por todos (1 Corintios 5:15), que la gracia de Dios ofrece salvación a todas las personas (Tito 2:11) y que Cristo es el salvador de todos, especialmente de aquellos que creen (1 Timoteo 4:10).

REFERENCIAS:

[1] The Works of James Arminius – Vol. 1, Oration 1: The Priesthood of Christ.

[2] The Five Articles of the Remonstrance, Article 2.

[3] Irenaeus, “Against Heresies,” trans. Alexander Roberts and William Rambaut, Ante-Nicene Fathers, vol. 1, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885), 3.18.1.

[4] Irenaeus, “Against Heresies,” 3.18.7.

[5] Hippolytus, “On Christ and the Antichrist,” trans, J. H. MacMahon, AnteNicene Fathers, vol. 5, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886), 3.

[6] Ibid., 4.

[7] Clement of Alexandria, “Exhortation to the Heathen,” trans. William Wilson, Ante-Nicene Fathers, Vol. 2, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885), 9.

[8] Ambrose, “Cain and Abel,” tran. John J. Savage, Fathers of the Church, vol. 42, ed. Roy Joseph Deferrari (New York: Fathers of the Church, Inc., 1961), 2.3.11.

[9] Jerome, “To Oceanus,” trans. H. Fremantle, G. Lewis and W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, Second Series, vol. 6, eds. by Philip Schaff and Henry Wace (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1893), Letter 69.

[10] John Chrysostom, “Homilies on Ephesians,” trans. Gross Alexander, Nicene and Post-Nicene Fathers, First Series, vol. 13, ed. Philip Schaff (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1889), 1.

[11] Theodore of Mopsuestia, Commentary on the Gospel of John, trans. Marco Conti, in Ancient Christian texts (Downers Grove, IL: IVP Academic Press, 2010), 34-5.

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¿Calvinismo o Arminianismo? ¿Qué creía la Iglesia Primitiva?

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
¿Fue la Reforma Protestante del s. XVI un retorno pleno, completo y acabado hacia el cristianismo primitivo? No del todo. Afirmar tal cosa sería faltar a la verdad. Fue más bien un intento por alcanzar dicho objetivo. Muchos cristianos evangélicos creen que la Reforma de Lutero volvió la iglesia a las normas de los creyentes primitivos. Muchos también creen que los cristianos evangélicos de hoy enseñan lo mismo que enseñaba Lutero. Sin embargo, ninguna de estas suposiciones está en lo correcto. Repasemos un poco la historia.

A través de los siglos, la iglesia católica romana se había apartado poco a poco de la teología de la iglesia primitiva y de la Biblia. En lugar de eso, la iglesia católica antes de la Reforma enseñaba un sistema de salvación por obras y ritos. Los católicos de la Edad Media entendían que la salvación era cuestión de observar ciertas prácticas ceremoniales como el hacer peregrinaciones, el contemplar reliquias, y el comprar indulgencias. La Reforma se inició como respuesta al abuso en la práctica católica romana de conceder indulgencias. En la teología católica, la indulgencia es el perdón de los pecados que concede libertad de las penas incurridas por ellos. Se creía que el papa tenía el poder de conceder indulgencias tanto a las personas vivas como también a los que estaban en el purgatorio, con tal que el que las recibía o el que las pedía estuviera arrepentido y diera limosnas a la iglesia o a alguna obra caritativa.

Lo cierto es que al papa le faltaban los fondos necesarios para reedificar la iglesia de San Pedro en Roma. Por lo tanto, autorizó a cierto dominico llamado Juan Tetzel a que reuniera los fondos por medio de la venta de indulgencias en Alemania. Tetzel era orador entusiasta y aparentemente hacía muchas afirmaciones fantásticas acerca del poder de las indulgencias. Él jugaba con las preocupaciones de los fieles por el alma de sus parientes difuntos, diciendo: “Tan pronto como la moneda resuena en el cofre, el alma de su amado brinca del purgatorio” (Lutero, Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, Tomo 1: Letter to the Archibishop Albrecht of Mainz (Grand Rapids, MI, E.E. U.U.: Baker Book House, 1982), p. 26). Las afirmaciones de Tetzel no pasaron sin ser desafiadas. Un monje agustino llamado Martín Lutero, ardiendo con indignación, se confrontó con Tetzel y desmintió sus afirmaciones ridículas. Cuando la iglesia no hizo nada para hacer callar a Tetzel, Lutero clavó 95 proposiciones contra las indulgencias en la puerta de la iglesia en Wittenberg, Alemania. En la actualidad muchos cristianos tienen conceptos erróneos en cuanto a estas 95 proposiciones. No eran una lista de doctrinas reformadas, sino sólo una lista de afirmaciones sobre las indulgencias. En ellas propuso un debate público sobre el tema de las indulgencias. Sin la invención de la imprenta, las ideas de Lutero hubieran caído en el olvido. Sin embargo, sin que Lutero lo supiera, sus 95 proposiciones fueron impresas por los impresores de la ciudad y se distribuyeron en casi toda Europa.

Pronto estalló un choque fuerte entre Tetzel y Lutero. Para apoyar su posición contra Tetzel, Lutero, siendo monje agustino, no más tenía que resucitar algunos puntos de la teología olvidada de Agustín. Siguiendo la teología de Agustín, Lutero propuso que la salvación dependía exclusivamente de la predestinación. Enseñó que los hombres no podemos hacer nada bien, que no podemos ni creer en Dios. Sostuvo que Dios concede el don de la fe y de las buenas obras a quiénes él quiera, esto es, a los predestinados según su voluntad desde antes de la creación del mundo. A los demás él los elige arbitrariamente para la condenación eterna (Lutero, Bondage of the Will, pp. 171-174).

Además, Lutero afirmó que uno no puede ser salvo si no cree en la doctrina de la predestinación absoluta. Hablando de la predestinación, dijo: “Porque el que esto no sabe, no puede ni creer en Dios ni adorarlo. En realidad, el que no sabe eso no conoce a Dios. Y con tal ignorancia, como todos saben, no hay salvación. Porque si usted duda, o si rehúsa a creer que Dios sabe de antemano todas las cosas y las fija según su voluntad, no dependiendo de nada sino sólo de su propio consejo inmutable, ¿cómo podrá usted creer en sus promesas, y confiar y descansar en ellas?… [El que no cree eso] confiesa que Dios es engañador y mentiroso—¡es incrédulo, la impiedad mayor de todas, la negación del Dios Altísimo!” (Lutero, Bondage of the Will, pp. 44).

Lutero tomó prestadas unas cuantas doctrinas más de las enseñanzas de Agustín, incluso la doctrina de la guerra santa. Cuando el pueblo pobre de Alemania se sublevó contra el trato inhumano de la nobleza, Lutero sabía que los nobles bien pudieran culparlo a él y a sus enseñanzas. Pero sabía igualmente bien que su vida dependía del favor de los nobles. Por eso, el exhortó a los nobles que suprimieran la rebelión a viva fuerza, incitándolos con las siguientes palabras:

”Esta, pues, no es hora de estar dormido; ahora no hay lugar para la paciencia ni la misericordia. Esta es la hora de la espada, no de la gracia… Cualquier campesino que muera se perderá de cuerpo y de alma, y será del diablo para la eternidad. Pero las autoridades tienen la conciencia limpia y una causa justa. Pueden decir a Dios con plena confianza: ‘He aquí, Dios mío, tú me has nombrado como príncipe y señor, de eso no tengo la menor duda. Y me has dado la espada para castigar a los malhechores… Por tanto, los castigaré y los mataré hasta que deje de latir mi corazón. Tú serás mi juez y me justificarás.’ Por eso digo que el que se muere en la batalla como aliado de la autoridad puede ser un mártir verdadero a los ojos de Dios… Hora rara ésta, cuando ¡el príncipe puede ganar un lugar en el cielo con el derramar sangre, mejor que pueda otro con el orar! ¡Apuñala a quien pueda, apaléalo y mátalo! Si te murieras en la batalla, ¡bien de ti! Una muerte más bendita no la hay” (Lutero, Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 4: Against the Robbing and Murdering Peasants, pp. 252, 253). Los nobles siguieron estas palabras de Lutero sin vacilar, pisoteando las cuadrillas de campesinos salvajemente. En la guerra breve que siguió, cometieron atrocidades indecibles. Los campesinos que no murieron en el combate fueron torturados horriblemente y luego ejecutados.

La Reforma no fue un retorno al espíritu de los cristianos primitivos ni a sus enseñanzas. Es cierto que Lutero rechazó muchas de las prácticas pervertidas que se habían apoderado de la iglesia después de Constantino; por ejemplo, el uso de las imágenes y de las reliquias, las oraciones a los santos, las misas celebradas a favor de los muertos en el purgatorio, el celibato obligatorio del clero, la venta de las indulgencias, y las peregrinaciones religiosas como obra de mérito. Al eliminar estas prácticas, Lutero sí se acercó unos cuantos pasos al cristianismo primitivo. Pero, por otra parte, en su retorno a la teología de Agustín, Lutero también se alejó unos cuantos pasos del cristianismo primitivo.

Quizás la contribución mayor de Lutero al cristianismo occidental fue su énfasis sobre la Biblia como la única fuente de autoridad. “Sola Scriptura” (sólo la Escritura) se hizo uno de los estandartes de la Reforma. Sin embargo, “sola Scriptura” muchas veces fue solamente un lema, no una práctica. Lutero tradujo la Biblia al alemán para que el pueblo la leyera. Pero a la vez, procuró asegurarse de que la leyeran sólo tomando en cuenta las interpretaciones de él. Lutero procuró dirigir la atención de los lectores lejos de las partes de la Biblia que contradecían su teología. También procuró subrayar lo que le gustó. Lutero, por ejemplo, elogiaba de forma exagerada el libro de Romanos (Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 6: Preface to Romans, p. 447) mientras socavaba la autoridad de otros como la carta a los Hebreos (Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 6: Preface to Hebrews, pp. 476, 477) por oponerse en algunos puntos a sus ideas. No es de extrañar que llamara a la epístola de Santiago epístola de “paja”, e intentara sacarla del Nuevo Testamento junto con la epístola a los hebreos, Judas y el apocalipsis. Así, el lema de Lutero de “sola Scriptura” fue, al menos en parte, un mito. A fin de cuentas, no quedaron las Escrituras como la única fuente de autoridad para la Reforma, sino la interpretación que daba Lutero (y otros reformadores como Calvino) a las Escrituras.

No deseo ser malentendido. No es mi intención desacreditar la figura de Lutero. Admiro personalmente su valentía y reconozco la mano de Dios en su labor. Reconozco también que las contribuciones positivas de Lutero al cristianismo son mucho mayores que sus faltas. He hablado más de sus faltas que de sus puntos fuertes porque la iglesia evangélica siempre le ha puesto sobre un pedestal. La mayoría de los evangélicos ya saben sus puntos fuertes y sus realizaciones positivas. Lutero era un hombre valiente de Dios, quien arriesgó la vida para avivar a una iglesia muerta espiritualmente. Podemos admirar sus cualidades ejemplares sin repetir sus errores. Lutero quiso hacer volver la iglesia a las creencias de los cristianos primitivos, pero él sabía muy poco de lo que creían los cristianos de los siglos más tempranos. La mayoría de los escritos de los cristianos primitivos no estaban disponibles a los cristianos del Occidente cuando la Reforma empezó. Por eso, Lutero creyó equivocadamente que las enseñanzas de Agustín eran las mismas que tenían los cristianos primitivos. Cuando los escritos de los cristianos primitivos se hicieron disponibles, las doctrinas de la Reforma ya se habían fijado, y nadie tenía el valor de cambiarlas.

Juan Calvino, considerado por muchos el más grande teólogo protestante de la historia y padre del sistema teológico que hoy lleva su nombre, cometió el mismo error que Lutero: Perpetuar en su teología las ideas de Agustín de Hipona y anteponer su interpretación privada del texto a la Biblia misma. Calvino instauró una dictadura teocrática bajo la promesa de convertir a Ginebra en la Ciudad de Dios. Dictaba leyes y asesinaba a los humanistas en nombre de la Reforma. Distinguía a Calvino la intolerancia religiosa hacia quienes profesaban ideas distintas. Por orden suya fue quemado en la hoguera el científico español Miguel Servet (1553). La condena de Servet (condenado por antitrinitario y contrario el bautismo de infantes), si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino. El mismo Casiodoro de Reina (traductor de la famosa Biblia que lleva su nombre) fue perseguido por los calvinistas y tildado de hereje por oponerse a la ejecución de Servet y afirmar que las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impongan sus convicciones a otros, y menos que recurran a la pena de muerte para extirpar a los que piensan distinto en materia teológica. Pero Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”.

No necesito decir más. Al estudiar la vida de los dos más grandes reformadores protestantes podemos notar algo: Aunque sus obras fueron notables, ambos se distanciaron un poco del espíritu y teología de la iglesia primitiva. Ambos creyeron erróneamente que el agustinianismo era la creencia de la iglesia primitiva; ambos emplearon la fuerza del Estado para imponer sus ideas; ambos mostraron intolerancia hacia ideas opuestas a las suyas (persiguiendo incluso a otros cristianos con ideas distintas a ellos) y ambos marcaron la teología protestante para siempre. Desde entonces, la teología calvinista o reformada ha marcado el pensar del mundo cristiano, llevando a considerar herejes y mostrando intolerancia hacia sus hermanos creyentes que rechazan la intromisión del agustinianismo en el movimiento evangélico moderno.

LA IGLESIA PRIMITIVA HUBIERA RECHAZADO LA MAYOR PARTE DE LA TEOLOGÍA CALVINISTA Y SUS POSTULADOS:

Los cristianos primitivos no creían en la predestinación, la gracia irresistible, la elección incondicional, la expiación limitada ni la perseverancia final de los santos como lo entiende el calvinismo de hoy. A diferencia del calvinismo, los cristianos primitivos creyeron firmemente en el libre albedrío y el sinergismo evangélico enseñado por el arminianismo.

Por ejemplo, Justino Mártir (n. 100 d.C. – m. 168 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos, propuso el siguiente argumento a los romanos: “Hemos aprendido de los profetas, y lo afirmamos nosotros, que los correctivos, los castigos y los galardones se miden conforme al mérito de los hechos de cada uno. De otra manera, si todo sucediera sólo por suerte, no hubiera nada a nuestro poder. Porque si un hombre se predestinara a lo bueno y otro a lo malo, el primero no mereciera la alabanza ni el segundo la culpa. Si los hombres no tuvieran el poder de evitar lo malo y de escoger lo bueno según su propia voluntad, no fueran responsables por sus hechos, sean buenos o malos… Porque el hombre no sería merecedor de recompensa o alabanza si él mismo no escogiera lo bueno, o si sólo fuera creado para hacer lo bueno. De igual manera, si un hombre fuera malo, no merecería el castigo, ya que él mismo no hubiera escogido lo malo, siendo él capaz de hacer sólo lo que fue creado para hacer.” (Justino, First Apology, capítulo 43).

Clemente de Alejandría (n. 150 d.C. – m. 217 d.C.) escribió de semejante manera: “Ni alabanza ni condenación, ni recompensa ni castigo, sería justo si el hombre no tuviera el poder de escoger [lo bueno] y evitar [lo malo], si el pecado fuera involuntario.” (Clemente, Stromata/Miscellanies, tomo 1, capítulo 17).

Arquelao, obispo de Kashkar, en Mesopotamia (n. desconocido – m. 282 d.C.), escribiendo pocos años después, dijo lo mismo: “Toda la creación de Dios, Dios la hizo muy bien. Y él ha dado a cada persona el poder del libre albedrío, y por la misma norma ha instituido la ley de juicio… Y por cierto todo el que quiera, puede guardar sus mandamientos. Pero el que los desprecia y se vuelve en contra de ellos, sin duda alguna tendrá que hacer frente a esa ley de juicio… No cabe duda de que cada persona, utilizando el poder de su libre albedrío, puede fijar su camino en la dirección que él quiera.” (Arquelao, Disputation with Manes, secciones 32, 33).

Metodio de Olimpo, obispo y mártir cristiano (nacido en Licia, Asia Menor, en el siglo III y martirizado en Calcide di Eubea, Grecia Central, hacia el año 311 d.C.), escribió de semejante manera: “Aquellos [paganos] que deciden que el hombre no tiene libre albedrío, sino afirman que se gobierna por las disposiciones inevitables de la suerte, son culpables de impiedad ante el mismo Dios, ya que le hacen la causa y el autor de las maldades humanas.” (Metodio, The Banquet of the Ten Virgins, discurso 8, capítulo 16). ¿Acaso no suena como si se dirigiera a algunos calvinistas de hoy en día, que hacen a Dios responsable de todo mal y pecado humano?

Los cristianos primitivos se oponían a las ideas agustinianas, y más adelante calvinistas, sobre la predestinación o elección incondicional. Ellos eran fieles defensores del libre albedrío humano, la gracia resistible, la expiación ilimitada y la posibilidad de caer del estado de gracia. Los cristianos primitivos no creían en el libre albedrío sin base, sino se basaron firmemente en las siguientes Escrituras y otras semejantes:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3.16).

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3.9).

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22.17).

“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30.19).

De esta manera, vemos que en el principio el mundo pagano, no los cristianos, creían en la predestinación. Mas, en una de las peculiaridades de la historia cristiana, tanto Lutero como Calvino apoyaron la noción fatalista del mundo pagano y se opusieron a los cristianos primitivos. Por ejemplo, Lutero escribió lo siguiente acerca de la suerte y la predestinación:

“¿Por qué será tan difícil que nosotros los cristianos entendamos estas cosas? ¿Por qué se nos consideran irreligiosos, raros y vanos si discutimos estas cosas y las sabemos, cuando los poetas paganos, y todo el mundo, hablaban de ellas muchas veces? Hablando sólo de Virgilio [un poeta pagano romano], ¿cuántas veces habla él de la suerte? ‘Todas las cosas quedan fijas bajo ley inmutable.’ Otra vez: ‘Fijo está el día de todos los hombres.’ Otra vez: ‘Si la suerte te llama.’ Y otra vez: ‘Si tú quieres romper la cadena de la suerte.’ La meta de este poeta es mostrar que la suerte tuvo más que ver con la destrucción de Troya, y con la grandeza de Roma, que todos los esfuerzos unidos de los hombres… De eso podemos ver que todo el mundo tenía el conocimiento de la predestinación y de la presciencia de Dios igual como tenían el conocimiento de la existencia de la deidad. Y los que quisieron mostrarse sabios disputaban tanto que, siendo entenebrecidos sus corazones, se hicieron necios (Romanos 1.21-22). Negaron o fingieron no saber las cosas las cuales los poetas, y todo el mundo, y hasta sus propias conciencias, creyeron ser conocidas en todo el mundo, y muy ciertas, y muy verdaderas.” (Lutero, Bondage, pp. 43, 44).

A diferencia de Lutero y Calvino, los cristianos primitivos tuvieron explicaciones lógicas y bíblicas para explicar la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre como dos principios complementarios, no contradictorios. Por contraste, eran los gnósticos paganos quienes enseñaban que los humanos somos predestinados arbitrariamente o para la salvación o para la condenación. En su obra titulada, De los puntos principales, Orígenes (n. Alejandría, 185 – m. Tiro o Cesarea Marítima, 254), considerado un padre de la Iglesia oriental, destacado por su erudición y estimado como uno de los tres pilares de la teología cristiana, escribe de muchos de los argumentos de la biblia que los gnósticos usaban. Contestó muchas de las preguntas acerca del libre albedrío y de la predestinación que sus discípulos le hicieron al respecto. Orígenes escribió:

“Una de las doctrinas enseñadas por la iglesia es la del juicio justo de Dios. Este hecho estimula a los que creen en él para que vivan piadosamente y que eviten el pecado. Reconocen que lo que nos trae o alabanza o culpa está dentro de nuestro poder. Es nuestra responsabilidad vivir en justicia. Dios exige esto de nosotros, no como si dependiéramos de él, ni de otro, ni de la suerte (como creen algunos), sino como si dependiera de nosotros mismos. El profeta Miqueas demostró eso cuando dijo: ‘Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia’ [Miqueas 6.8]. Moisés también dijo: ‘Yo he puesto delante de ti el camino de la vida y el camino de la muerte. Escoge lo bueno y sigue en él’ [Deuteronomio 30.15, 19]. Tome en cuenta cómo nos habla Pablo de manera que da a entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos causa o de nuestra ruina o de nuestra salvación. Él dice: ‘¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a la injusticia’ [Romanos 2.4-8]. Pero hay ciertas declaraciones en el Antiguo Testamento como también en el Nuevo que pudieran hacernos concluir lo contrario: Que no depende de nosotros o el guardar sus mandamientos para ser salvos, o el desobedecerlos para perdernos. Así que, examinémoslos uno por uno. Primero, las declaraciones en cuanto a Faraón han causado dudas en muchos. Dios dijo varias veces: ‘Yo endureceré el corazón de Faraón’ [Exodo 4.21]. Claramente, si Faraón fue endurecido por Dios y pecó como resultado de ese endurecimiento, él no fue responsable por su pecado. Y no tuvo libre albedrío. Vamos a añadir a este pasaje otro que escribió Pablo: ‘Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?’ [Romanos 9.20-21]. Ya que sabemos que Dios es tanto bueno como justo, veamos cómo el Dios bueno y justo pudo endurecer el corazón de Faraón. Tal vez por un ejemplo usado por el apóstol en la epístola a los Hebreos podemos ver que, en una sola obra, Dios puede mostrar misericordia a un hombre mientras endurece a otro, sin la intención de endurecerlo. ‘La tierra’, dice él, ‘bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa al agricultor, por la bendición de Dios. Pero la que produce espinos y abrojos no tiene valor, y está próxima a ser maldecida. Su fin es el ser quemada’ [Hebreos 6.7-8]. Tal vez nos parezca raro que aquel que produce la lluvia dijera: ‘Produzco tanto los frutos como también los espinos de la tierra’. Mas, aunque raro, es cierto. Si no hubiera lluvia, no hubiera ni frutos ni espinos. La bendición de la lluvia, por tanto, cayó aun sobre la tierra improductiva. Pero ya que estaba descuidada y no cultivada, produjo espinos y abrojos. De esta manera, las obras maravillosas de Dios son semejantes a las lluvias. Los resultados opuestos son semejantes a las tierras o cultivadas o descuidadas. También las obras de Dios son semejantes al sol, el cual pudiera decir: ‘Yo hago suave y hago duro’. Aunque estas acciones son opuestas, el sol no hablaría mentira, porque el calor que suaviza la cera es el mismo que endurece el lodo. De semejante manera, por una parte, los milagros hechos por mano de Moisés endurecieron a Faraón a causa de la maldad de su corazón. Pero suavizaron a la multitud egipcia, que salió de Egipto con los hebreos [Exodo 12.38]. Veamos a otro pasaje: ‘Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia’ [Romanos 9.16]. Aquí Pablo no niega que los humanos tenemos que hacer algo. Sino alaba la bondad de Dios, quien lleva lo que se hace a su fin deseado. El sencillo deseo humano no basta para alcanzar el fin. Solo el correr no basta para que el atleta gane el premio. Tampoco basta para que los cristianos ganemos el premio que da Dios por Cristo Jesús. Estas cosas se llevan a cabo sólo con la ayuda de Dios. Como si hablara de la agricultura, Pablo dice: ‘Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento’ [1 Corintios 3.6-7]. Ahora pudiéramos decir con razón que la cosecha del agricultor no es trabajo sólo del agricultor. Tampoco es trabajo sólo del que riega. Al fin y al cabo, es trabajo de Dios. Así mismo, no es que no tengamos nada que hacer para que nos desarrollemos espiritualmente a la perfección. Mas, con todo, no es obra de sólo nosotros, porque Dios tiene una obra aun más grande que la nuestra. Así es en nuestra salvación. La parte que hace Dios es muchísimo mayor que la nuestra.” (Orígenes, First Things, tomo 3, capítulo 1, acortado).

Aunque no creyeron en la predestinación, los cristianos primitivos creyeron fuertemente en la soberanía de Dios y en su habilidad de prever el futuro. Por ejemplo, entendieron que las profecías de Dios acerca de Jacob y Esaú (Romanos 9.13 y Génesis 25.23) resultaron de esta habilidad de prever el futuro, y no de una predestinación arbitraria de los hombres a una suerte fija. Vieron que hay una gran diferencia entre el prever algo y el causarlo. Para pesar de los calvinistas más obstinados, esto suena a arminianismo ¡Y era la doctrina de la iglesia cristiana primitiva!

GRACIA IRRESISTIBLE, ELECCIÓN INCONDICIONAL, EXPIACIÓN LIMITADA Y PERSEVERANCIA FINAL DE LOS SANTOS EN EL CONTEXTO DE LA IGLESIA PRIMITIVA.

Los cristianos primitivos no creían en la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente (una vez salvo, siempre salvo). Por el contrario, los cristianos primitivos reconocían la posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación. Tampoco sostenían que la gracia fuera irresistible, que la elección fuera incondicional o que la expiación fuera limitada. En otras palabras, ellos no eran calvinistas.

La Didaché (o Didajé), considerado uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos, incluido en la categoría de “padres apostólicos” y considerado por mucho tiempo anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento (estudios recientes señalan una posible fecha de composición posterior no más allá del 160 d.C.), señala que de nada servirá haber tenido fe durante toda la vida si en el último momento nos apartamos: “Vigilad sobre vuestra vida; no se apeguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir el Señor. Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento.” (La Didaché 16,1-2, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición. Daniel Ruiz Bueno, BAC 65, pág. 92-93). Tal afirmación lleva implícita la posibilidad de caer de la gracia. En otras palabras: Ni la gracia es irresistible ni es imposible caer de ella por apostasía o pecado deliberado y habitual. La doctrina calvinista simplemente no cabía en la mentalidad cristiana primitiva.

Clemente Romano (un cristiano insigne de finales del siglo I, uno de los llamados Padres apostólicos y quien fuera obispo de Roma), también advierte sobre el peligro de perder la salvación, por lo que advierte que para salvarse hay que perseverar hasta el fin llevando una conducta digna de Dios y obedeciendo los mandamientos: “Vigilad, carísimos, no sea que sus beneficios que son muchos, se conviertan para nosotros en motivo de condenación, caso de no hacer en toda concordia, llevando conducta digna de Él, lo que es bueno y agradable en su presencia. Dice, en efecto en alguna parte la Escritura: El Espíritu del Señor es lámpara que escudriña los escondrijos del vientre… Consideremos cuan cerca de nosotros está y cómo no se le oculta uno solo de nuestros pensamientos ni propósito que concibamos. Justo es, por ende, que no desertemos del puesto que su voluntad nos ha asignado” (Clemente a los Corintios XXI,1-4, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición, pág. 198).

Nótese que en el texto anterior Clemente reconoce que se puede caer del estado de gracia y condenarse, a diferencia de la doctrina calvinista “Salvo siempre Salvo”. La posibilidad de la apostasía, y con ella la pérdida de la salvación, fue enseñada por los cristianos primitivos:

“Ahora, pues, como sea cierto que todo es por Él visto y oído, temámosle y demos de mano a los execrables deseos de malas obras, a fin de ser protegidos por su misericordia de los juicios venideros. Porque ¿dónde podrá nadie de nosotros huir de su poderosa mano? ¿qué mundo acogerá a los desertores de Dios?” (Clemente a los Corintios XXVIII,1-2, Ibid. pág. 204).

“…Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, y también la fe y la esperanza de los elegidos, que sólo el que en espíritu de humildad y perseverante modestia cumpliere sin volver atrás las justificaciones y mandamientos dados por Dios, solo ése será ordenado y escogido en el número de los que se salvan por medio de Jesucristo…” (Clemente a los Corintios LVIII,2, Ibid. pág. 231).

Para Ignacio de Antioquía, uno de los padres apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles (n. 35 d.C. – m. entre 98-110 d.C.), no bastaba proclamar la fe, sino perseverar en ella hasta el final. El premio del atleta de Dios es la vida eterna, donde recibirá la recompensa de su perseverancia y fidelidad. También establece que la salvación está a disposición del hombre que, por su libre albedrío, elige entre la vida y la muerte:

“Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas. Vuestra caja de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros.” (Ignacio de Antioquía a Policarpo, VI,1-2, Ibid. pág. 500-501).

“Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, y que lleva cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo; más los fieles, por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Si no estamos dispuestos a morir por Él, para imitar su pasión, no tendremos su vida en nosotros.” (Ignacio de Antioquía a Magnesios, V,1-2, Ibid. pág. 462).

Justino Mártir, el gran apologeta cristiano, quien tenía una perspectiva clara del libre albedrío y con casi 1.400 años de antelación rechaza la posición calvinista donde el hombre es virtualmente un títere que no puede resistir la gracia (de donde concluyen que quien se condena es porque Dios nunca derramó la gracia sobre él sino que le abandonó a su maldad). Justino afirmó:

“De lo anteriormente por nosotros dicho no tiene nadie que sacar la consecuencia de que nosotros afirmamos que cuanto sucede, sucede por necesidad del destino, por el hecho de que decimos ser de antemano conocidos los acontecimientos. Para ello, vamos a desatar también esta dificultad. Nosotros hemos aprendido de los profetas, y afirmamos que ésa es la verdad, que los castigos y tormentos, lo mismo que las buenas recompensas, se dan a cada uno conforme a sus obras; pues de no ser así, sino que todo sucediera por destino, no habría en absoluto libre albedrío. Y, en efecto, si está determinado que éste sea bueno y el otro malo, ni aquel merece alabanza, ni este vituperio. Y si el género humano no tiene poder para huir por libre determinación de lo vergonzoso y escoger lo bello, es irresponsable de cualesquiera acciones que haga. Mas que el hombre es virtuoso y peca por libre elección, lo demostramos por el siguiente argumento: Vemos que el mismo sujeto pasa de un contrario a otro. Ahora bien, si estuviera determinado ser malo o bueno, no sería capaz de cosas contrarias ni se cambiaría con tanta frecuencia. En realidad, no podría decirse que unos son buenos y otros malos, desde el momento que afirmamos que el destino es la causa de buenos y malos y que obra cosas contrarias a sí mismo, o habría que tomar por verdad lo que ya anteriormente insinuamos, a saber, que virtud y maldad son puras palabras y que sólo por opinión se tiene algo por bueno o por malo. Lo cual, como demuestra la verdadera razón, es el colmo de la impiedad y de la iniquidad. Lo que si afirmamos ser destino ineludible es que a quienes escogieron el bien, les espera digna recompensa y a los que lo contrario, les espera igualmente digno castigo. Porque no hizo Dios al hombre a la manera de las otras criaturas, por ejemplo, árboles o cuadrúpedos, que nada pueden hacer por libre determinación; pues en este caso no sería digno de recompensa o alabanza, no habiendo por sí mismo escogido el bien, sino nacido ya bueno; ni, de haber sido malo, se le castigaría justamente, no habiéndolo sido libremente, sino por no haber podido ser otra cosa que lo que fue.” (Justino Mártir, Primera Apología 43.1-8, Ibid pág. 228-229).

Para Ireneo (n. Esmirna Asia Menor, c. 130 – m. Lyon, c. 202), obispo de la ciudad de Lyon y considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II, la gracia también es resistible porque Dios hizo libre al hombre, y como Dios derrama su gracia sobre todos los hombres, quien se condena es por propia elección, al igual que el que se salva es porque persevera en la fe:

“Esta frase: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos, pero tú no quisiste!» (Mateo 23,37), bien descubrió la antigua ley de la libertad humana; pues Dios hizo libre al hombre, el cual, así como desde el principio tuvo alma, también gozó de libertad, a fin de que libremente pudiese acoger la Palabra de Dios, sin que éste lo forzase. Dios, en efecto, jamás se impone a la fuerza, pues en él siempre está presente el buen consejo. Por eso concede el buen consejo a todos. Tanto a los seres humanos como a los ángeles otorgó el poder de elegir -pues también los ángeles usan su razón-, a fin de que quienes le obedecen conserven para siempre este bien como un don de Dios que ellos custodian. En cambio, no se hallará ese bien en quienes le desobedecen, y por ello recibirán el justo castigo; porque Dios ciertamente les ofreció benignamente este bien, mas ellos ni se preocuparon por conservarlo ni lo tuvieron por valioso, sino que despreciaron la bondad suprema. Así pues, al abandonar este bien y hasta cierto punto rechazarlo, con razón serán reos del justo juicio de Dios, de lo que el Apóstol Pablo da testimonio en su Carta a los romanos: «¿Acaso desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que la bondad de Dios te impulsa a arrepentirte? Por la dureza e impenitencia de tu corazón amontonas tú mismo la ira para el día de la cólera, cuando se revelará el justo juicio de Dios» (Romanos 2,4-5). En cambio, dice: «Gloria y honor para quien obra el bien» (Rom 2,10). Dios, pues, nos ha dado el bien, de lo cual da testimonio el Apóstol en la mencionada epístola, y quienes obran según este don recibirán honor y gloria, porque hicieron el bien cuando estaba en su arbitrio no hacerlo; en cambio quienes no obren bien serán reos del justo juicio de Dios, porque no obraron bien estando en su poder hacerlo. Si, en efecto, unos seres humanos fueran malos por naturaleza y otros por naturaleza buenos, ni éstos serían dignos de alabanza por ser buenos, ni aquéllos condenables, porque así habrían sido hechos. Pero, como todos son de la misma naturaleza, capaces de conservar y hacer el bien, y también capaces para perderlo y no obrarlo, con justicia los seres sensatos (¡cuánto más Dios!) alaban a los segundos y dan testimonio de que han decidido de manera justa y han perseverado en el bien; en cambio reprueban a los primeros y los condenan rectamente por haber rechazado el bien y la justicia… Por este motivo los profetas exhortaban a todos a obrar con justicia y a hacer el bien, como muchas veces hemos explicado; porque este modo de comportarnos está en nuestra mano pero, habiendo tantas veces caído en el olvido por nuestra mucha negligencia, nos hacía falta un buen consejo. Por eso el buen Dios nos aconsejaba el bien por medio de los profetas.” (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,1-2).

Ireneo enfatiza también que la salvación final del creyente implica esfuerzo y lucha:

“Por eso el Señor dice que el reino de los cielos es de los violentos: «Los violentos lo arrebatan», quiere decir aquellos que se esfuerzan, luchan y continuamente están alerta: éstos lo arrebatan. Por eso el Apóstol Pablo escribió a los corintios: «¿No sabéis que en el estadio son muchos los que corren, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene». Siendo un buen atleta, nos exhorta a competir por la corona de la incorrupción; y a que valoremos esa corona que adquirimos con la lucha, sin que nos caiga desde afuera. Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. La vista no sería para nosotros un bien tan deseable, si no conociésemos el mal de la ceguera; la salud se nos hace más valiosa cuando experimentamos la enfermedad; así también la luz comparándola con las tinieblas, y la vida con la muerte. De igual modo el Reino de los cielos es más valioso para quienes conocen el de la tierra; y cuanto más valioso, tanto más lo amamos; y cuanto más lo amamos, tanta más gloria tendremos ante Dios.” (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,7).

Rechaza además lo que se conocería más de un milenio después como la doctrina de Salvo siempre Salvo:

“Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: «Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia»”. (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 27,2).

Hilario, nacido a principios de siglo IV, hacia 315, en Poitiers (Francia) y fallecido en esta misma ciudad en 367, habla de cómo el perseverar en la fe es también un don de Dios, pero eso no excluye el libre albedrío:

“Perseverar en la fe es un don de Dios, pero el primer movimiento de la fe comienza en nosotros. Nuestra voluntad debe ser tal que, propiamente y por sí misma lo haga. Dios le dará el aumento después que ha sido hecho el comienzo. Nuestra debilidad es tal que no podemos llevar por nosotros mismos llevarla a término, pero él recompensa el comienzo en vista de haber sido hecho libremente” (Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Nun, 20, Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol I, pág. 386).

“La debilidad humana es impotente si espera lograr algo por sí misma. El deber de tal naturaleza es simplemente esto: hacer el comienzo con la voluntad, con el fin de adherirse al servicio del bien. La misericordia divina es tal que ayudará a los que están dispuestos, fortaleciendo aquellos que han comenzado y asistiendo a aquellos que están tratando. El comienzo sin embargo, es parte nuestra, tal que él pueda traernos a la perfección” (Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]:Ain,10 Ibid. pág. 386-387)

Atanasio, nacido alrededor del año 296 y fallecido el 2 de mayo del año 373, en su obra Contra los arrianos, en el capítulo 25 del tercer discurso declara que es posible caer del estado de gracia y perder la salvación al cometer pecados graves:

“Cuando entonces un hombre cae del Espíritu por cualquier maldad, si se arrepiente de haber caído, la gracia queda irrevocablemente a como esté dispuesto, de lo contrario, si el que ha caído no está más en Dios (porque el Espíritu Santo y Paráclito que está en Dios lo ha abandonado) pero el pecador estará en aquel que lo ha sometido, como ocurrió en el caso de Saúl, el Espíritu de Dios se apartó de él y un espíritu maligno lo afligía.” (Atanasio de Alejandría, Contra los arrianos 3,25, Traducido desde Athanasius,Discourse Against the Arians,3:25 in NPNF2, Vol IV:407).

Cirilo de Jerusalén (n. 315 d.C. – m. 386 d.C.) concibe la salvación desde una perspectiva completamente opuesta a los calvinistas. Para salvarse se requiere perseverar unido a Cristo como el sarmiento a la vid, de lo contrario la posibilidad de que Jesús nos maldiga por no producir frutos está latente. Es por eso por lo que al cristiano le corresponde aportar fruto para no ser cortado:

“Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la vid, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad. Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. «Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confió en el amor de Dios para siempre jamás». No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar; pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas” (Cyril of Jerusalem,Catechetical Lectures,I:4,NPNF 2,Vol. VII, 7).

Basilio, (n. 330 – m.1 de enero, 379), conocido como Basilio el Magno y quien fuera obispo de Cesarea, reconoció que aquellos que se salven serán aquellos que se mantengan fieles hasta el fin. Habló también de como aquellos que reciben al Espíritu Santo pueden ser apartados de Él si comienzan a vivir una vida pecaminosa:

“Ellos, entonces, que fueron sellados por el Espíritu hasta el día de la redención, y preservaron puros e intactos los primeros frutos que recibieron del Espíritu, son ellos los que oirán las palabras «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de muchas cosas». De la misma manera que los que han ofendido al Espíritu Santo por la maldad de sus caminos, o no han forjado para él lo que Él les dio, serán privados de lo que han recibido, y su gracia será dada a otros; o, de acuerdo con uno de los evangelistas, serán totalmente cortados en pedazos – cuyo significado es ser separados del Espíritu” (Basilio el Grande, Sobre el Espíritu Santo XVI,40; Traducido de De Spiritu Sancto Chap. XVI, 40 NPNP 2 Vol VIII, p. 25).

Jerónimo (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembre de 420), conocido también como Jerónimo de Estridón y quien tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín declaró que los creyentes pueden caer del estado de gracia y perder su salvación por medio de las elecciones de su libre albedrio. Aquellos que por medio de la gracia soporten las pruebas recibirán la corona de la vida:

“No va de acuerdo a la justicia divina olvidar las buenas obras, y las acciones que has ministrado y ministras a los santos por su nombre, y para recordar solamente los pecados. El apóstol Santiago también, a sabiendas de que los bautizados pueden ser tentados, y caer de su propia libre elección, dice «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando ha sido aprobado recibirá la corona de la vida que el Señor les prometió a quienes le aman». Y que no podemos pensar que somos tentados por Dios, como leemos en el Génesis que Abraham fue, añade: «Que nadie diga cuándo es tentado, es tentado de Dios: porque Dios no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte». Dios nos creó con libre albedrío, y no somos forzados por la necesidad ni a la virtud ni al vicio. De lo contrario, si no estamos obligados por necesidad, no hay corona. Como en las buenas obras es Dios quien los trae a la perfección, ya que no es de quien quiera, ni de lo que corre, sino de Dios que piadosamente nos ayuda a ser capaces de llegar a la meta” (Against Jovinian, Book II, 3; NPNF 2, Vol. VI).

El mismo Agustín de Hipona, a quien Calvino y sus seguidores frecuentemente citan en defensa de sus puntos de vista (y en cuyas enseñanzas descansa la estructura completa del calvinismo), rechazaba la posición calvinista y declara que es el hombre por su propia elección quien pierde la gracia y se hace malvado. Esto es contrario a la enseñanza de Calvino, quien afirmaba que quienes no fueron predestinados nunca recibieron la gracia, porque de haberla recibido, no pudieran resistirla y se salvarían:

“Pero si alguien ya regenerado y justificado tendría, por voluntad propia, que recaer en su mala vida, ciertamente ese hombre no puede decir: Yo no lo he recibido; porque él perdió la gracia que él recibió de Dios y por su propia libre elección se hizo malvado” (Agustín de Hipona, Amonestación y Gracia 6,9. Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol III, William A. Jurgens, pág. 157).

Debe ser triste para un calvinista descubrir que ni siquiera el verdadero padre del calvinismo creía en él, pero esa es la realidad. Lo que hoy llamamos calvinismo no es más que una distorsión del cristianismo bíblico. Nunca nadie en la iglesia primitiva, ni en los siglos posteriores a la muerte de los apóstoles, creyó en los 5 puntos del TULIP.

CONCLUSIÓN:
Como arminiano estoy abierto a lo que considero legítimos desarrollos en la doctrina cristiana, pero aquel calvinista que, sinceramente y sin prejuicios, se ha tomado el tiempo de estudiar la Biblia, la historia y los textos patrísticos va a llegar a una cruda conclusión: La doctrina calvinista no solo no fue creída por la iglesia primitiva, sino explícitamente rechazada. ¿Cómo podría ocurrir esto de ser esta una doctrina verdadera? ¿Quiere decir esto que la Iglesia primitiva, y luego los cristianos de los siglos posteriores, no entendían la Biblia? Aún siglos antes del surgimiento del calvinismo, la doctrina calvinista era rechazada como herética. Y es que un estudio de los textos patrísticos de los más preeminentes padres y escritores eclesiásticos de la Iglesia, comenzando desde los discípulos directos de los apóstoles, nos enseña que la Iglesia primitiva y de siglos posteriores creía que:

• El hombre, aunque tiene libre albedrío, no puede salvarse sin la gracia de Dios. Dios por su gracia tiene la primera iniciativa de su salvación y ejerciendo esta libertad el hombre responde y coopera con la gracia (sinergismo). Entendiendo que gracia es el favor gratuito e inmerecido de Dios.
• Dios llama a todos los hombres a la salvación y sobre todos derrama su gracia a través de Cristo, porque quiere que todos los hombres se salven. Quienes se condenan lo hacen por su propia voluntad. Por la tanto, no hay tal cosa como una elección incondicional, tampoco gracia irresistible ni mucho menos expiación limitada.
• La gracia de Dios mueve al hombre a creer en Cristo y obedecer. Sin la gracia no puede ni lo uno ni lo otro, y ni siquiera tiene la iniciativa para hacerlo.
• Así, la salvación es por gracia, pero nosotros debemos cooperar haciendo uso de nuestra libertad o libre albedrio.
• Por medio de la fe el hombre es justificado. Al ser justificado no solo es declarado justo sino hecho justo (regenerado).
• Luego el hombre justificado movido por la gracia debe vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, obrando el bien y cumpliendo los mandamientos, pero es libre de no hacerlo y caer del estado de gracia de Dios. Por ende, la gracia es resistible y la salvación puede perderse.
• El determinismo, fatalismo o predestinación, no es una doctrina bíblica. Por el contrario, la iglesia primitiva luchó contra los paganos (principalmente gnósticos) para contrarrestar dicha doctrina.

A la luz de lo anterior ¿Podrías decir que la iglesia cristiana primitiva era calvinista o arminiana? Ciertamente no era calvinista ¿Puede un calvinista fundamentar históricamente la validez de su doctrina? No lo creo. Al menos no honestamente.