Día de la Reforma, Fanatismo Religioso, Neopentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Pluralismo Religioso, Política, Reforma Protestante

Los reformadores, ídolos con pies de barro y manos ensangrentadas

Por Fernando E. Alvarado

Los pentecostales a menudo intentamos reivindicar nuestro lugar como “verdaderos protestantes” (como si anhelásemos, igual que las iglesias tradicionales, anclarnos al siglo XVI y justificar así nuestra existencia; y aunque es evidente que la Reforma logró muchas cosas buenas, tampoco deberíamos creernos del todo la “leyenda rosa” que sobre ella se levanta o anhelar patéticamente ser incluidos en sus filas. ¡Yo mismo he intentado justificar nuestra pertenencia al protestantismo en numerosas ocasiones! pero a veces me pregunto ¿Por qué lo hacemos? ¿vale la pena insistir tanto en ello? ¿Ganamos algo de inmenso valor porque se nos incluya y acepte en las filas protestantes? Quizá no mucho…

Nuestro Señor afirmó: “Daos cuenta de que aquello que la gente tiene en gran estima es detestable delante de Dios.” (Lucas 16:15, CST), y esto muchas veces podría aplicarse a nuestra actitud casi idolátrica hacia nuestros propios sistemas religiosos. A menudo, solemos idealizar aquello que nos conviene, que da vigor a nuestro movimiento o idealiza nuestra postura. Idolatramos figuras, levantamos becerros de oro y resaltamos sus hazañas, al mismo tiempo que minimizamos (o ignoramos totalmente) sus errores. Como si olvidáramos que la crueldad reside también en el corazón de hombres “piadosos” como Juan Calvino, John Knox o Martín Lutero.

No me malinterpreten, ¡Amo ser protestante! Pero creo que nos hemos convertido en aquello que tanto le criticamos al catolicismo romano: idólatras. No adoramos imágenes de yeso, madero o metal ¡No! ¡Eso sería grotesco! Nosotros nos volvemos seguidores de figuras, teólogos, pastores y reformadores. Unos veneran a los reformadores magistrales, otros siguen ciegamente a los “súper apóstoles” de la prosperidad y a los falsos maestros de la confesión positiva y otras herejías de moda.   

Queriendo huir de las figuras heréticas que nuestro movimiento pentecostal ha mal parido, los pentecostales hemos corrido en sentido contrario: ¡De vuelta al siglo XVI! Reclamando para nosotros figuras que, no solo no nos pertenecen, sino que, si estuvieran vivas, quizá nos condenarían a la hoguera, el ahorcamiento o la prisión (y esto es decir poco) ¡Cuánto los admiramos! ¡Cuánto reclamamos nuestra casi imaginaria herencia “reformada”!

ÍDOLOS CON PIES DE BARRO

Hoy, a punto de celebrar un aniversario más de la Reforma Protestante, me pregunto: ¿Realmente nuestros héroes fueron verdaderamente heroicos? ¿De verdad fueron tan perfectos como se nos enseñó en esas superficiales clases de historia que recibíamos de jóvenes sobre la Reforma? ¿Vale la pena volver a sus enseñanzas? Y si es así ¿A cuáles? ¿Cómo separamos el trigo de la cizaña? Una alta dosis de honestidad sobre la historia del protestantismo quizá nos caería bien, ya que, probablemente, derrumbaría nuestras concepciones sectarias, casi idolátricas, sobre tales personajes y los movimientos que fundaron. A los pentecostales, por otro lado, creo que nos quitaría un poco el deseo de querer ser identificados, aceptados e incluidos “a las buenas o a las malas”, dentro de tales movimientos.

Todos nuestros héroes, como buenos seres humanos, son, a lo mucho, ídolos con pies de barro. Ídolos que nos recuerdan que “Malditos son los que ponen su confianza en simples seres humanos, que se apoyan en la fuerza humana y apartan el corazón del Señor.” (Jeremías 17:5; NTV). Para muestra un botón.

Lutero, el “Padre de la Reforma”, el mismo a quien hoy recordamos con orgullo y tomamos como ejemplo en materia de fe, fue capaz de jactarse de ser el responsable de teñir de sangre los campos de Wurtemberg:

“Yo, Martín Lutero, he matado en la sublevación a todos los campesinos, pue les he dicho que pegaran hasta la muerte; toda su sangre está sobre mi conciencia […] Por eso os ordeno, en nombre de Dios, que seáis enemigos de Erasmo y que os guardéis de sus libros. Quiero escribir contra él, aunque a consecuencia de ello se muera y se condene; con mi pluma quiero matar a Satán […] como he matado a Münzer, cuya sangre está sobre mi conciencia” (Carta de Martín Lutero, citada en Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Barcelona, 2003, p. 117-118).

Pero no solo los anabaptistas fueron víctimas de la intolerancia de Lutero. Los judíos también fueron objeto de su desprecio. En 1543 Lutero publicó Sobre los Judíos y sus Mentiras, obra culmen de su antisemitismo. En las primeras diez secciones del tratado, Lutero expone, con considerable extensión, sus visiones sobre los judíos y el judaísmo, y cómo estos se comparan con la fe protestante y sus seguidores. Tras la exposición, la Sección XI del tratado aconseja a los protestantes llevar a cabo 7 acciones correctoras. Estas son: (1) Incendiar las escuelas y sinagogas judías, y advertir a la gente sobre su presencia; (2) No permitir que los judíos sean propietarios de casas de cristianos; (3) Remover las escrituras religiosas judías; (4) Negarle a los rabinos, el derecho de predicar; (5) No ofrecer protección a los judíos en las carreteras; (6) Para que se prohíba la usura, deben eliminarse el oro y la plata, permaneciendo bajo custodia, y que esta sea devuelta a los judíos realmente conversos; (7) Los judíos jóvenes y fuertes, se deben de proveer azotes, hachas, palas y husos, a fin de que puedan ganar el pan con el sudor de su frente.[1]

Según estudios realizados por León Opalín, columnista, autor y académico egresado del Instituto Tecnológico Autónomo de México y con una maestría en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Lutero llegó a declarar que los judíos eran “un pueblo abyecto y despiadado, es decir, no un pueblo de Dios, y su jactancia de linaje, su circuncisión y su ley deben considerarse sucios, están manchados por las heces del diablo, en las que se revuelcan como cerdos. La sinagoga es una impura, una ramera incorregible, una mujerzuela impía… que las sinagogas y escuelas rabínicas sean pacto del fuego, sus libros de oración destruidos, que se prohíbe a los rabinos predicar, que sus casas sean arrasadas y sus propiedades y dineros confiscados. No se les debe mostrar ninguna piedad ni misericordia, no facilitarles protección legal alguna, y esos infectos gusanos venenosos, deben prepararse para el trabajo forzado o la expulsión definitiva. Seremos culpables de no destruirlos.”[2]

Las mujeres tampoco escaparon a sus comentarios negativos de Lutero, quien las colocaba en la misma categoría que los discapacitados (“incompetentes”). Al hablar de la necesidad de encomendar el ministerio pastoral a una persona, dice lo siguiente:

«Es, sin embargo, verdad que el Espíritu Santo dispensa de las mujeres, los niños y los incompetentes de dicha función, pero escoge (excepto en emergencias) sólo a hombres competentes para dicha función como se lee en varios sitios en las epístolas de San Pablo que un obispo tiene que ser piadoso, apto para enseñar, marido de una sola mujer – y en 1ª Corintios 14.34 dice, «vuestras mujeres callen en las congregaciones». En resumen, tiene que ser un hombre competente y escogido. Los niños, las mujeres y otras personas no están capacitados para dicha función, aunque sí pueden escuchar la Palabra de Dios, recibir el bautismo, el sacramento y la absolución, y también son verdaderos cristianos santos, como dice San Pedro»[3]

Aunque el legado de Lutero va más allá de tales afirmaciones, el impacto de su furia antisemita, al igual que su carácter misógino, merecen ser recordados y condenados para evitar que se repitan en el mundo evangélico de hoy, lo cual, lamentablemente, está pasando frente a nuestros ojos.

DE WITTEMBERG A GINEBRA, MÁS DE LO MISMO…

¿Y qué hay con Juan Calvino, “el mayor teólogo de la Reforma” según sus seguidores? Blanquear imágenes y deconstruir la historia es hoy el oficio de muchos teólogos y fanáticos religiosos, incluidos los nuevos calvinistas, quienes tienden a idealizar a Calvino y, cual semidios, considerar sus palabras y hechos incuestionables. El “Tirano de Ginebra”, como le llamarían algunos, es hoy señalado como uno de los precursores de la civilización moderna, de la que la formación de los Estados Unidos de América sería uno de sus mayores hitos. Así, Calvino ya no es solo visto como el “Papa de Ginebra” y fundador de la “Nueva Roma Protestante”, sino también como el abuelo lejano de este país de talla mayúscula. Esta reconstrucción de Calvino se ha extendido, también, hasta el ámbito teológico. De él, sin embargo se ha dicho lo siguiente:

“No podré nunca unirme a Calvino para invocar su Dios. De hecho, él fue un ateo, lo cual yo nunca podré ser; o más bien su religión fue el demonismo. Si alguien adoró a un Dios falso, fue él. El Ser descrito en los cinco puntos, no es el Dios a quien usted y yo reconocemos y adoramos, el Creador y benevolente Gobernador del mundo; sino un demonio y un espíritu maligno. Sería más perdonable no creer en absoluto en Dios, que blasfemarlo con los atroces atributos de Calvino”.[4]

Estas palabras fueron pronunciadas, en 1823, por el que fuera el tercer Presidente de los Estados Unidos, y el principal redactor de la Declaración de Independencia americana, Thomas Jefferson. Curiosamente, Jefferson no era el único que pensaba lo mismo sobre Juan Calvino. Si nos acercamos a la vida y a la época del reformador de Ginebra, si leemos despacio y entrelíneas los relatos de su tiempo, notaremos que la opinión de Jefferson sobre Calvino no es única, sino una entre muchas que se levantaron para denunciar los excesos y crímenes del reformador. Sebastián Castellio, biblista y teólogo cristiano reformado francés, tiene mucho que decirnos sobre Calvino, el “piadoso reformador” de Ginebra.

En su obra, Castellio contra Calvino, podemos hallar una profunda reflexión sobre el comportamiento de Calvino y su cultura de inhumanidad, de intolerancia y de fanatismo religioso. La vida de Calvino nos habla del poder que corrompe, de la ideología que adormece y aniquila, y de la fe que tiraniza las almas. Sobre la dictadura calvinista en Ginebra y la implicación de Calvino en el asesinato de Miguel Servet, Castellio escribió:

“Referiré ahora con qué intención he dicho esto. Hoy Juan Calvino está dotado de mayor autoridad […] Pero como en un asunto reciente demostró públicamente que está sediento de sangre de muchos y ha puesto en peligro con su tratado a muchos hombres piadosos, yo […] desvelaré públicamente al mundo, si Dios quiere, sus intenciones, para que quienes no quieran morir dejen de ser engañados por él y sean devueltos a su camino. El español Miguel Servet fue quemado en Ginebra […] por mandato y deseo de Calvino, pastor de esa iglesia. Una vez conocido su tormento, muchos se ofendieron […] Primero, porque se hubiera matado a un hombre. Segundo, porque se le hubiera matado con tanta crueldad. Tercero, porque su verdugo fuera un pastor. Cuarto, porque Calvino hubiera conspirado con sus enemigos para darle muerte. Quinto, porque hubiera sido quemado con sus libros en Fráncfort. Sexto, porque hubiera sido condenado al infierno por demagogo […] Calvino dirá que yo soy seguidor de Servet, pero no preocupe esto a nadie. Yo no defiendo la doctrina de Servet, sino que expongo la falsedad de la de Calvino. Así pues no discutiré de la Trinidad, el bautismo y demás cuestiones elevadas […] Pero en los demás asuntos […] demostraré los errores de Calvino de manera que cualquiera puede percatarse de que éste, a plena luz del día, anda a tientas por su sed de sangre”[5]

Castellio sabía que la doctrina que impartía Calvino se había convertido en ley, y su palabra en verdad, en la única verdad que se toleraría en Ginebra. Porque lo conocía, lo denunció, y al hacerlo se convirtió en un proscrito, en un hereje, en un ser a quien se debía condenar. Pero Castellio y Servet no fueron los únicos en sufrir en carne propia la intolerancia calvinista. Calvino condujo a ese mismo infierno a quienes se oponían a su concepto de Dios, de Estado, de Poder. Su aspiración de poseer un poder total, tiránico y absoluto queda en evidencia en su Institutio Religionis Christianae, en donde Calvino señala:

“Claramente debe ser aquí enunciado el poder de que deben estar investidos los predicadores de la Iglesia. Al haber sido nombrados administradores y heraldos de la palabra divina, pueden atreverse a todo y obligar a todos los grandes y poderosos de este mundo a doblegarse ante la Majestad de Dios y a servirle. Pueden dar órdenes a todos, desde el más alto al más bajo. Tienen que implantar la ley de Dios y destruir el reino de Satán; proteger a los corderos y exterminar a los lobos. Tienen que amonestar e instruir a los dóciles; acusar y aniquilar a los resistentes. Pueden hacer y deshacer; lanzar rayos y truenos, todo ello conforme a la palabra de Dios”[6]

Las exigencias totalitarias de Calvino buscaban la creación de “una dictadura teocrática”, en la que se le dijera al pueblo en qué debían creer y qué debían profesar. El totalitarismo de Calvino (sumado al antisemitismo de Lutero), según Erich Fromm (destacado psicoanalista, psicólogo social y filósofo de origen judío alemán), supuso “un factor importante en el surgimiento del nazismo” en siglos posteriores.[7]

Los abusos cometidos durante la dictadura de Calvino en Ginebra son bien conocidos. Su punto de vista de la fe cristiana fue inflexible e impuso la austeridad moral a los residentes de esa ciudad: las tabernas fueron sustituidas por los llamados «lugares evangélicos de refresco» – donde se podía beber alcohol, siempre y cuando fuera acompañado de lecturas de la Biblia. “La Iglesia calvinista lo interviene todo” –escribía Jaume Aiguader en su clásica biografía de Miguel Servet (1945)– “Se organiza un servicio de espionaje que se adentra hasta la intimidad más profunda de los hogares. Se hacen visitas de inspección casa por casa e interrogan a cada uno de sus habitantes sobre el alcance de su fervor evangélico. Regulan lo que se ha de consumir en cada comida: dos platos, uno de verduras y otro de carne, sin postres […]. Calvino, como codos los dictadores, no crea más que desconfianza entre los vecinos. Se evaporan la buena fe y la cordialidad, incluso dentro de las familias. Solo persisten el recelo y la hipocresía».[8]

Ni siquiera la fama y la erudición podía librar a nadie del fanatismo calvinista. Esto lo experimentó en carne propia Casiodoro de Reina. Aunque sitios calvinistas como Coalición por el Evangelio presentan a Reina como un traductor, pastor, y teólogo calvinista (Véase: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/casiodoro-de-reina-traductor-pastor-y-teologo-calvinista/), la cruda verdad es que, si hubieran podido, Calvino y sus seguidores muy probablemente lo hubieran asesinado.

Reina llegó a Ginebra a finales de 1557. Inicialmente entusiasmado con la reforma teológica y eclesiástica ginebrina, se unió a la iglesia de feligresía mayoritariamente italiana que pastoreaba Juan Pérez de Pineda,[9] quien había salido de Sevilla en 1551, por temor a ser apresado por el Tribunal del Santo Oficio. Casiodoro de Reina se refugió en Ginebra, donde en 1556 publicaría su traducción del Nuevo Testamento al castellano.

Pero la buena acogida de Reina en Ginebra no duraría mucho. Poco a poco Reina fue marcando distancias con Calvino y sus discípulos. Mientras estuvo en Ginebra, Casiodoro de Reina supo de la cruenta pena de muerte que sufrió Miguel Servet el 27 de octubre 1553, y aunque no estaba de acuerdo con sus doctrinas, la muerte de Servet le parecía un crimen atroz.

En la estancia ginebrina de más o menos un año, Casiodoro de Reina se documentó sobre la tragedia de Servet y el papel jugado por Calvino. Conoció las críticas de Castellio y estuvo de acuerdo con ellas. Llegó a la conclusión que era pertinente salir de Ginebra, lo que hizo a fines de 1558, con rumbo a Inglaterra, previa escala en Frankfort. Abandonó el territorio ginebrino convencido de que “se había convertido en una nueva Roma”.[10] Los calvinistas de Ginebra lo tenían bajo vigilancia por su postura en favor de Servet y Castellio, así como por defender a los anabaptistas y su derecho a practicar su fe libremente.

A fines de 1558, Reina abandonó Ginebra y partió hacia Londres. La oposición calvinista, sin embargo, le acompañarían incluso a Inglaterra. Sus ideas particulares y contrarias a la ortodoxia calvinista le atrajeron la animadversión de las iglesias de extranjeros existentes en Londres, “ya que todas eran calvinistas”.[11] La oposición calvinista a Reina llegó a su punto máximo en agosto de 1563, cuando los calvinistas procuraron la muerte de Reina acusándolo de un cargo grave: el de sodomía.[12]

Los pastores calvinistas de las iglesias francesa y holandesa en Londres, Jean Cousin y Johannes Utenhovius acusaron a Casiodoro de Reina de ser homosexual. Reina refutó la acusación, pero, prosiguiendo en su odio, los pastores calvinistas decidieron enjuiciarlo por cuestiones doctrinales. El 21 de septiembre de 1563 inició el juicio contra Casiodoro bajo el pretexto de aclarar las diferencias doctrinales. Sin embargo, dos días más tarde presentarían de nuevo contra él el cargo de sodomía. Esto llevó a Casiodoro de Reina, y a su esposa e hijos, a huir de Inglaterra, ya que temía no ser escuchado por sus enjuiciadores y sospechaba que la decisión ya estaba tomada en su contra: los calvinistas habían planeado asesinarlo por pensar diferente. Y donde quiera que él fue, sus adversarios calvinistas lanzaban una y otra vez las mismas acusaciones con el propósito de que se le condenara a muerte.

¿Es este legado de intolerancia, asesinato y tiranía algo de lo cual sentirse orgulloso? ¿Es esta la forma de cristianismo que muchos anhelan implantar en Latinoamérica? ¿Por qué las ideas de un personaje tan inhumano y cruel como éste (y de sus seguidores) resultan tan atrayentes para los jóvenes pentecostales latinos?  Yo no lo sé. Pero de una de una cosa estoy seguro: Muchos se aprovechan de nuestra ignorancia de la historia para vendernos su versión de la historia. Una historia falseada donde los villanos se vuelven santos y el asesino se disfraza de piedad y ejemplo de fe.

DEJEMOS LOS ÍDOLOS, BUSQUEMOS NUESTRA IDENTIDAD EN DIOS, SU PALABRA Y EL PODER DE SU ESPÍRITU SANTO

Creo que, más que intentar encajar con los “reformados” o buscar ser aceptados como “herederos de la Reforma” por los protestantes históricos, el pentecostalismo debería trabajar en redescubrir sus propias raíces, reencontrase con su identidad perdida y aprender del pasado para no repetir sus errores. Nuestra identidad es rica, valiosa y merece ser conocida. Nuestros aportes al cristianismo no pueden ser ignorados ni merecen que nos avergoncemos de ellos. Lastimosamente muchos de estos sectarios anti pentecostales han tenido éxito en lograr que los pentecostales nos sintamos avergonzados de ser pentecostales, perdiendo nuestra identidad en el camino.

¿Hemos cometido errores como movimiento? Sí, y muchos. El pentecostalismo no es perfecto. Pero buscar redimirnos abrazando una tradición aún más defectuosa que la nuestra no es la solución. Tristemente, muchos pentecostales hoy tienden a imitar lo vivido en el siglo XVI, tanto el error católico como el protestante: Las nuevas indulgencias, por un lado, se venden hoy bajo el eslogan de “siembre, ofrende y reciba”, “declárelo, decrételo y obténgalo”, otros, igual de extraviados, pero en sentido contrario, se dejan seducir por la aparente erudición de los nuevos pero falsos “Calvinos del s. XXI”, esos que, valiéndose de sofisterías y falacias quieren convencernos de que somos, por poco, iguales a los paganos no evangelizados. Esos mismos que quisieran volver a las dictaduras calvinistas, a los consistorios, a las viejas doctrinas probadas falsas y abandonadas por sus poseedores originales.

Ninguno de esos dos caminos es el correcto. Hay una tercera vía que corre por en medio de ambos extremos: Restaurar el pentecostalismo clásico, frenar las herejías que pululan internamente en nuestro movimiento pentecostal y redescubrir nuestra identidad carismática y arminiana. El fuego no se apagará, la pasión por los perdidos no se apagará, el verdadero avivamiento se hará presente, pero solo cuando busquemos nuestra identidad en el lugar correcto: La Biblia y el fuego del Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES


[1] Luther, Martin. The Jews and Their Lies, (Publisher: Christian Nationalist Crusade, 1948). Copia en español disponible en PDF en: http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Lutero,%20Martin%20-%20Sobre%20los%20Judios%20y%20sus%20mentiras.pdf

[2] Véase: León Opali, El Financista, El antisemitismo de Martin Lutero, https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/leon-opalin/el-antisemitismo-de-martin-lutero/

[3] 1 Pd 3.7; Luther’s Works [Las obras de Martín Lutero], edición americana, 41:154-155.

[4] “Letter to John Adams”, en The Writings of Thomas Jefferson, (Thomas Jefferson Memorial Association: Washington, 1904), p. 425.

[5] Sebastián Castellio, Contra el libelo de Calvino, Ed. Joaquín Fernando Cacho, Huesca, 2009. p. 45.

[6] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, citado en Revista de la Inquisición. Intolerancia y Derechos Humanos, Volumen 21, pp. 77

[7] Erich Fromm, El miedo a la libertad, Buenos Aires, 2005, p. 219

[8] Jaume Aiguader, Miquel Servet, Editorial Teide, S.A. (15 octubre 1981), p. 5.

[9] Jorge Ruiz Ortiz, “La Confesión de Fe de Casiodoro de Reina, ¿Una Confesión reformada?”, Aletheia, núm. 2, 2003.

[10] Véase: http://www.servetus.org/noticias-y-eventos/noticias/158-serveto-en-la-vida-de-casiodoro-de-reyna.html; Enrique Fernández, op. cit., p. 113

[11] Raymond S. Rosales, Casiodoro de Reina, patriarca del protestantismo hispano, Concordia Seminary,Saint Louis, Missouri, 2002, p. 83; Enrique Fernández Fernández, Las biblias castellanas del exilio, Editorial Caribe, Miami, Florida, 1976, p. 102.

[12] Raymond S. Rosales, Casiodoro de Reina, patriarca del protestantismo hispano, Concordia Seminary,Saint Louis, Missouri, 2002, p. 83; Enrique Fernández Fernández, Las biblias castellanas del exilio, Editorial Caribe, Miami, Florida, 1976, p. 107.

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