Arminianismo Clásico, Calvinismo

La elección, doctrina que inspira gozo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Muchos calvinistas piensan que han arrojado una bomba atómica sobre las bases de la teología arminiana cuando presentan sus argumentos acerca de la doctrina de la elección y  predestinación. Ellos están convencidos de que su interpretación de la doctrina de la elección incondicional es incuestionable, infalible y verdadera, por lo que simplemente no pueden entender por qué nosotros los arminianos no podemos aceptar los postulados calvinistas sobre la elección incondicional que afirman que Dios ama a toda la humanidad pero que, al mismo tiempo, eligió enviar a su Hijo a morir por unos, pero no por todos los hombres. A ellos les parece increíble que no podamos ver la “justicia” y la “misericordia” de Dios en predestinar a unos para salvación y a otros para condenación eterna.

 

LA ELECCIÓN SE FUNDAMENTA EN CRISTO, NO EN NOSOTROS.

Para decepción de los calvinistas, los arminianos no le tememos al concepto de elección. ¡Nos deleitamos en ello! Para nosotros, la elección no es una medicina amarga. Es el hilo unificador de la historia redentora de Dios desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Para nosotros, la elección encaja en una historia más grande de cómo Dios salva al mundo. Dios eligió a Abraham para llevar la semilla que bendeciría al mundo (Génesis 12:3). Entonces, Dios eligió una sola nación de la descendencia de Abraham (a Israel) para ser herederos de esta promesa (Deuteronomio 14:2; Isaías 42:1). A Israel se le dijo: “eres pueblo consagrado al Señor tu Dios. Él te eligió de entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva.” Pero Israel falló en su llamado. Sin embargo, Dios eligió una tribu de Israel, Judá, para heredar la promesa. Una vez más, de todas las familias de Judá, Dios escogió la casa de David. De todos los descendientes de David, Dios finalmente eligió a Jesús de Nazaret, su Unigénito Hijo.

La presentación del Mesías es el último acto dramático en la saga de Dios. Se revela que Jesús es la simiente prometida en la cual Dios cumpliría su promesa a Abraham (Gálatas 3:16). Jesús fue el siervo elegido en quien Dios se deleitó (Mateo 3:17). Jesucristo es el elegido de Dios para cumplir las promesas. Esto no fue una idea de último momento. Cristo fue elegido para ser nuestro Salvador desde antes de la creación del mundo. Para nosotros los arminianos, la historia de la elección de Dios nos está llevando al clímax de la historia, ya que el clímax es Cristo el elegido.

Si Cristo es la simiente elegida, la pregunta de la elección es, “¿Cómo llegamos nosotros a ser parte de dicha simiente y, por consiguiente, de los elegidos?” Pablo responde a esta pregunta explícitamente: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

El lenguaje participativo es inconfundible. Por la fe en Cristo nos convertimos en hijos de Dios. Nosotros que fuimos “bautizados en Cristo” ahora estamos “revestidos” con Cristo. ¡Si le pertenecemos, entonces nos convertimos también en la simiente de Abraham y en los elegidos de Dios!

Para expresarlo de manera más clara: Somos elegidos en Cristo. Además de ser elegidos en Cristo, las Escrituras nos dicen que “en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales” (Efesios 2:6, NVI). Hemos sido hechos justos en Cristo e hijos en Cristo.

En cada ejemplo, Cristo lleva la bendición original que solo se convierte en nuestra cuando nos incluimos en él. Ninguno de nosotros está literalmente sentado en las regiones celestiales. Pero Cristo lo está, literalmente, y nosotros estamos en Cristo; por lo tanto, en Cristo, estamos sentados en las regiones celestiales. Por lo tanto, ser elegido en Cristo significa lo mismo que ser justo en Cristo, santo en Cristo e hijos de Dios en Cristo. Cristo es el elegido desde antes de la creación del mundo. En Cristo, fuimos elegidos en él desde antes de la creación del mundo. Por lo tanto, cuando los creyentes vienen a estar en Cristo por la fe, comparten su historia, identidad y destino.

Por lo tanto, la razón por la que nos deleitamos en la doctrina de la elección es que, en última instancia, no se trata de nosotros. Se trata de Cristo el elegido, quien es la cabeza, y nosotros somos su cuerpo y, por lo tanto, herederos de la elección:

“Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.” (Romanos 8:7, NVI).

 Pero el heredero legítimo, el elegido, es Cristo, no nosotros como individuos. Por lo tanto, la elección y la predestinación para salvación solo son efectivas en nuestra vida en unión con Cristo, el Elegido:

“Permaneced en mí, y yo permaneceré en vosotros. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco vosotros podéis dar fruto si no permanecéis en mí. Yo soy la vid y vosotros las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada.” (Juan 15:4-5, NVI).

Todo se trata de Él, nunca de nosotros, pues todo existe por “medio de él y para él.” (Colosenses 1:16, NVI). Y este todo incluye, sin duda alguna, nuestra elección y predestinación. O, para usar la metáfora de Pedro, Cristo es “la piedra que desecharon… los constructores, y que ha llegado a ser la piedra angular” (Hechos 4:11, NVI), y en él nosotros, su cuerpo, somos “como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:5, NVI), un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9, NVI). La elección, para nosotros los arminianos, comienza y termina con Cristo. Ya sea que lo llamemos una visión “cristocéntrica”, o “corporativa”, la conclusión es que la elección y predestinación del creyente está en Cristo. Y eso es una cosa hermosa. Una vez que aceptas que eres elegido en Cristo, el amor de Dios es una verdad, no un enigma.

Visto de esta manera, la elección corporativa enseñada por el arminianismo no es una novedad. Debería ser lo que esperaríamos de la teología calvinista también. El mismísimo Juan Calvino afirmó:

“Ves que nuestra justicia no está en nosotros mismos, sino en Cristo; que la única forma en que podemos poseerlo es haciéndonos partícipes de Cristo, ya que con él poseemos todas las riquezas.”[1]

Ya sea reconciliación, justificación o nuevo nacimiento, todos está en él. Cada paso en el proceso de salvación está irreparablemente vinculado a nuestra incorporación a Cristo, a nuestra unión con Cristo. Nuestra elección y nuestro destino eterno están ligados a nuestra incorporación a Cristo. Los arminianos simplemente reconocemos que toda bendición espiritual está en Cristo.

 

¿SE OPONE ROMANOS, CAPÍTULO 9, A LA ELECCIÓN CORPORATIVA ENSEÑADA POR EL ARMINIANISMO?

La visión corporativa de la elección se fundamenta en una exégesis cuidadosa. Incluso académicos calvinistas han admitido que la interpretación arminiana de la elección corporativa es fuertemente sólida. ¿Qué hay entonces con la interpretación calvinista de la elección? En su mayoría, la visión calvinista de la elección se basa en Romanos 9, que está más orientado a discutir la fidelidad de Dios a Israel que la elección cristiana.

Diversos teólogos concuerdan en que, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de este pasaje no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.[2] Si leemos cuidadosamente el capítulo 9 notaremos que Pablo resalta el hecho de que solo un remanente de la semiente de Abraham, escogido por gracia, reflejó el verdadero pueblo de Dios a través de los tiempos del Antiguo Testamento:

“Digo la verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me lo confirma en el Espíritu Santo. Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza, el pueblo de Israel. De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén. Ahora bien, no digamos que la Palabra de Dios ha fracasado. Lo que sucede es que no todos los que descienden de Israel son Israel.  Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: «Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac». En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa. Y la promesa es esta: «Dentro de un año vendré, y para entonces Sara tendrá un hijo». No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios. Porque la Escritura le dice al faraón: «Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra». Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. Pero tú me dirás: «Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?» Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?”?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo[i] y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo; porque plenamente y sin demora     el Señor cumplirá su sentencia en la tierra». Así había dicho Isaías: «Si el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado descendientes, seríamos ya como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra»” (Romanos 9:6-29, NVI).

En su argumento Pablo contrasta a Isaac e Ismael, a Jacob y a Esaú (Romanos 6-13), sin embargo, Pablo no está hablando de elección a salvación o condenación eterna, sino de la manera en que el plan de Dios para la humanidad se llevaría a cabo a través de la vida de ellos. La reconciliación de Esaú con Jacob mencionada en Génesis 33 nos sugiere que la vida de Esaú terminó en buenos términos con Dios. Pero, a pesar de ello, su descendencia continuó sin ser parte de la nación escogida de forma corporativa, es decir, de Israel. Esto nos deja en claro que Pablo no está hablando de una elección individual para salvación o condenación eterna, sino de una elección temporal para una misión específica.[3]

Tal interpretación concuerda con el resto de los escritos de Pablo (incluido el resto de Romanos). La Biblia afirma no solo la soberanía de Dios, sino que también afirma completamente la realidad del libre albedrío humano y con la existencia de una responsabilidad genuina por parte del hombre. Romanos 1:28-32, también parte clave para entender esta epístola y su mensaje, nos dice:

“Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.” (Romanos 8:28-32, NVI)

Las palabras de Pablo implican que los no salvos pudieron haber tomado en cuenta a Dios, pero ellos escogieron no hacerlo. Por lo tanto, Dios les dio la libertad de escoger vivir una vida perversa y separarse ellos mismos de Dios. Al elegir por sí mismos quedaron fuera de la elección divina, que es siempre corporativa en unión con Cristo y su pueblo, más no individual, ni irresistible, ni incondicional.

 

MÁS ALLÁ DE ROMANOS 9.

En el calvinismo, la doctrina de la elección se ha formulado sin tener en cuenta adecuadamente la exposición adicional de Pablo acerca del propósito de Dios en la elección. Al concluir su argumento, Pablo afirma: “Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito: «El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento. De hecho, en otro tiempo ustedes fueron desobedientes a Dios; pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, han sido objeto de su misericordia. Así mismo, estos que han desobedecido recibirán misericordia ahora, como resultado de la misericordia de Dios hacia ustedes. En fin, Dios ha sujetado a todos a la desobediencia, con el fin de tener misericordia de todos.” (Romanos 11: 25–32, NVI).

A los arminianos no nos aterra ni nos interesa eliminar el capítulo 9 de la Epístola a los Romanos de nuestras Biblias. Por el contrario, creemos firmemente en cada palabra de dicho capítulo. De hecho, creo que es el calvinista quien, si lo interpretara correctamente, desearía eliminar Romanos 9 o cuando menos, darle un sentido diferente para que cuadre con su interpretación particular de la elección (aunque, ciertamente, eso ya lo hacen).

Romanos 9 nos enseña que sí, es Dios quien elige, endurece y muestra misericordia. Pero la conclusión de Pablo no es que “Israel no obtuvo lo que buscaba (justicia) porque Dios eligió no mostrar misericordia”. Más bien, su conclusión es que Israel no obtuvo lo que buscaban porque lo buscó no por fe sino por obras (Romanos 9:32). La idea no es que Dios no eligió salvar a Israel ¡Israel ya era el pueblo elegido! El problema fue que Israel no cumplió con los medios de salvación escogidos por Dios para hacer firme su elección: La gracia, a través de la fe. El pueblo elegido se debe caracterizar por su sumisión a los términos de justicia de Dios. Israel, pese a ser el pueblo elegido, no se sometió a los términos de la elección y, por consiguiente, dejó de serlo.[4]

Parar en el capítulo 9 de Romanos para entender la doctrina de la elección sería una injusticia para Pablo, que continúa con su argumentación en los capítulos 10 y 11. En el capítulo 10, explica que la fe proviene de escuchar la palabra, y luego exclama que Israel escuchó y entendió la palabra. En el capítulo 11, Pablo explica que Dios no hizo que los individuos “no elegidos” de Israel tropezaran para que cayeran, sino que los provocó a envidia para salvación, pues él no deseaba que ellos dejaran de ser parte de los elegidos. La base de la fidelidad perdurable de Dios a los israelitas endurecidos, tambaleantes y que rechazan el evangelio es el respaldo de Dios de que, con respecto a la elección, son amados por causa de sus antepasados.[5]

 

CONCLUSIÓN.

Los calvinistas se sienten cómodos sintiéndose parte de los elegidos (si es que realmente pueden estar seguros de ello). De hecho ese elemento es una parte determinante en su carácter arrogante y presuntuoso en su trato con otros creyentes que piensan diferente a ellos. Sin embargo, no debemos olvidar que las creencias de uno no son ciertas simplemente porque lo consuelan.

Como ya se mencionó con anterioridad, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de Romanos 9 y la elección no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 3.11.23.

[2] H. P. Liddon, Análisis explicativo de la Epístola de San Pablo a los romanos (1892, reimpreso, Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1961) pp. 162-63.

[3] Samuel Fisk, Elección y Predestinación: Claves para una comprensión más clara (Eugene, Oregon, 1997), pp. 71-82.

[4] Robert Picirilli, El libro de los romanos (Nashville: Randall House Publications, 1975), pp. 183.

[5] F. Leroy Forlines, Arminianismo clásico: Una teología de la salvación (Nashville: Casa de Randall, 2011), pp. 129-31.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

¿Estamos predestinados?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En el siglo XVI el francés Juan Calvino (1483-1564) enunció su doctrina de la predestinación según la cual el ser humano está predestinado de antemano a condenarse o salvarse. Juan Calvino definió la predestinación de la siguiente manera: “Llamamos predestinación el decreto eterno de Dios con el cual estableció lo que ha de hacer cada uno de los hombres, puesto que no todos fueron creados con las mismas condiciones, sino que algunos fueron destinados a la vida eterna y otros a la eterna condenación”[1]

Calvino también afirmó: “Declaro con Agustín, que el Señor ha creado a aquellos que, sin duda conoció con anterioridad, que debían ir a la destrucción, y lo hizo porque así es su voluntad. ¿Por qué es ésta su voluntad?, no es para nosotros el saberlo”[2]

Calvino reitera: “Por lo tanto, a quienes Dios deja de lado, son reprobados y esto por ninguna otra causa, sino porque está satisfecho de excluirlos de la herencia a la que él predestina a sus hijos”[3]

El historiador Edward Hulme dice de Calvino: “La predestinación fue su dogma fundamental… ‘Todo’, dice Calvino, ‘ depende de la mera voluntad de Dios; Si algunos son condenados y otros rescatados es porque Dios ha creado a algunos para la muerte y otros para la vida.’”[4]

Para el calvinista, no solo la salvación del hombre depende de la predestinación. Cada evento de la vida y de la historia humana lo hace. El historiador John Horsch reconoce que, “según la enseñanza de Agustín, la historia de la humanidad, desde un punto de vista religioso y espiritual, no es más que un espectáculo de marionetas[5] R. C. Sproul, famoso teólogo calvinista, también reconoce que, para el calvinismo: “Dios decreta todo lo que sucede… Dios deseó que el hombre cayera en pecado. Dios creó el pecado.”[6] Dicho de otra manera, el esquema calvinista “representa a [Dios] como pre-ordenando la caída que debía implicar, más allá de cualquier posibilidad de rescate, la ruina eterna y la condenación de la mayor parte de la raza”[7]

Lo anterior implica que, para el calvinista, Dios es el autor de todo y por lo tanto, también de todo pecado. No es de extrañarse que Susana Wesley, madre del famoso predicador John Wesley, le escribiera a su hijo: “la doctrina de la predestinación, mantenida por los calvinistas rígidos es muy chocante y debe ser aborrecido absolutamente, porque acusa al más Santo Dios de ser el autor del pecado”.[8]  Los arminianos concordamos con Susana Wesley en que la predestinación, así entendida por los calvinistas, no es bíblica, y es una invención humana que difama el carácter santo de Dios.

 

LA PREDESTINACIÓN EN LA BIBLIA.

¿Habla la Biblia de la predestinación? Sí, lo hace. Pero jamás de la forma en que los calvinistas la presentan. Bíblicamente, predestinación (Gr. prooizo) significa “determinar anticipadamente”, “ordenar”, “decidir con antelación”, y se aplica a los propósitos de Dios comprendidos en la elección. La elección es la elección de Dios en Cristo de un pueblo (la verdadera iglesia) para sí mismo. La predestinación comprende lo que pasará con el pueblo de Dios (todos los verdaderos creyentes en Cristo). La doctrina de la predestinación se fundamenta en diversos pasajes bíblicos, entre ellos:

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. (Romanos 8:29-30)

“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad…. En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad”. (Efesios 1:5 y 11)

Con respecto a la predestinación, la Biblia enseña ciertas verdades cruciales:

  • Dios predestina a sus elegidos para ser: (a) llamados (Romanos 8:30); (b) justificados (Romanos 3:24, 8:30); (c) glorificados (Romanos 8:30); (d) hechos conforme a la semejanza de su Hijo (Romanos 8:29); (e) ser santos e irreprensibles (Efesios 1: 4); (f) ser adoptados como hijos de Dios (Efesios 1: 5); (g) redimidos (Efesios 1:7); (h) destinatarios de una herencia (Efesios 1:14); (i) para la alabanza de su gloria (Efesios 1:2; 1 Pedro 2:9); (j) los destinatarios del Espíritu Santo (Efesios 1:13; Gálatas 3:14); y (k) creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10).

 

  • La predestinación, al igual que la elección, se refiere al cuerpo de Cristo (es decir, la verdadera iglesia espiritual), y comprende a los individuos solo en asociación con ese cuerpo a través de una fe viva en Jesucristo (Efesios 1: 5, 7, 13; Hechos 2: 38-41; 16:31). En este sentido, la predestinación es corporativo, no individual.

 

EL BARCO DE LA SALVACIÓN.

Con respecto a la elección y la predestinación, podríamos usar la analogía de un gran barco en su camino al cielo. El barco (la iglesia) es elegido por Dios para llegar a cierto destino preestablecido. Cristo es el capitán y piloto de este barco. Todos los que deseen ser parte de este barco electo y su Capitán pueden hacerlo a través de una fe viva en Cristo, mediante la cual suben a bordo del barco. Mientras estén en el barco, en compañía del Capitán del barco, están entre los elegidos. Si deciden abandonar el barco y el capitán, dejan de ser parte de los elegidos. La elección siempre es solo en unión con el Capitán y su nave. La predestinación nos habla sobre el destino del barco y lo que Dios ha preparado para los que permanecen en él. Dios invita a todos a subir al barco elegido a través de la fe en Jesucristo.

 

PRESCIENCIA, FUNDAMENTO DE LA PREDESTINACIÓN.

Presciencia significa conocimiento de lo que ha de suceder o existir. En la Biblia, esta palabra tiene que ver principalmente, aunque no de manera exclusiva, con Dios, el Creador, y con sus propósitos. Las palabras que por lo general se traducen por “presciencia” se encuentran en el Nuevo Testamento, aunque estos mismos conceptos se hallan reflejados también en el Antiguo. El término “presciencia” traduce la palabra griega pró·gnō·sis (de pro, “antes” y gnō·sis, “conocimiento”), como se usa en Hechos 2:23 y 1 Pedro 1:2. La forma verbal correspondiente, pro·gui·nṓ·skō, se emplea en dos ocasiones con referencia a los seres humanos: en el comentario de Pablo respecto a ciertos judíos que lo habían conocido de antes y en la referencia que hace Pedro al conocimiento de antemano que tenían aquellos a quienes dirigió su segunda carta. (Hechos 26:4, 5; 2 Pedro 3:17). En este sentido, preconocer no implica necesariamente predeterminar.

En relación con la presciencia de Dios, debemos considerar 3 aspectos clave:

  • La Biblia enseña claramente que Dios puede preconocer y predeterminar. Dios mismo presenta como prueba de su Divinidad esta capacidad de preconocer y predeterminar acontecimientos de salvación y liberación, así como actos de juicio y castigo, y luego hacer que se realicen. Su pueblo escogido es testigo de ello (Isaías 44:6-9; 48:3-8.) La presciencia y la predeterminación divinas constituyen la base de toda profecía verdadera (Isaías 42:9; Jeremías 50:45; Amós 3:7, 8). En el Antiguo Testamento Dios desafió a todas las naciones que se oponen a su pueblo a que demuestren la pretendida divinidad de aquellos a quienes consideran dioses y de sus ídolos, pidiendo que sus deidades profeticen actos de salvación y juicio similares y que luego hagan que se cumplan. Su impotencia ante este desafío demuestra que sus ídolos son falsedad (Isaías 41:1-10, 21-29; 43:9-15; 45:20, 21).

 

  • Un segundo factor que debe tenerse en cuenta es el libre albedrío de las criaturas inteligentes de Dios. Las Escrituras muestran que Dios extiende a tales criaturas el privilegio y la responsabilidad de elegir lo que quieren hacer, de ejercer libre albedrío (Deuteronomio 30:19, 20; Josué 24:15), haciéndolas así responsables de sus actos (Génesis 2:16, 17; 3:11-19; Romanos 14:10-12; Hebreos 4:13). Por lo tanto, no son meros autómatas o robots. No se podría afirmar que el hombre fue creado a la “imagen de Dios” si no tuviera libre albedrío. (Génesis 1:26, 27) Lógicamente, no debería haber ningún conflicto entre la presciencia de Dios, así como su predeterminación, y el libre albedrío de sus criaturas inteligentes.

 

  • Un tercer factor que debe tomarse en cuenta, pero que a veces se pasa por alto, es el de las normas y cualidades morales de Dios reveladas en la Biblia, como su justicia, honradez, imparcialidad, amor, misericordia y bondad. Por lo tanto, la manera de entender cómo Dios usa sus facultades de presciencia y predeterminación tiene que armonizar, no solo con algunos de estos factores, sino con todos ellos. Es evidente que cualquier cosa que Dios preconozca tiene que suceder inevitablemente, por lo que Dios puede llamar a las “cosas que no son como si fueran” (Romanos 4:17).

 

En perfecta comunión de estos 3 criterios, la Biblia enseña que los creyentes somos “elegidos” para ser el pueblo de Dios de acuerdo con su presciencia, es decir, de acuerdo con el conocimiento previo de Dios de su plan de redención en Cristo para la iglesia, incluso antes de que comenzara la creación y la historia humana (Romanos 8:29). El conocimiento previo es virtualmente un sinónimo del propósito soberano y de la gran visión de Dios para redimir de acuerdo con su amor eterno. Así pues, los “elegidos” son la compañía de los verdaderos creyentes, elegidos en armonía con el plan decidido por Dios para redimir a la iglesia por la sangre de Jesucristo a través de la obra santificadora del Espíritu. Sin embargo, en respeto a la imagen de Dios puesta en el hombre y a su libre albedrío, los creyentes deben participar en su elección con su respuesta de fe y con el firme deseo de hacer que su llamado y elección sean seguros (2 Pedro 1:5-10). De lo contrario, ellos mismos caerían y perderían su condición de elegidos, pues es la iglesia como pueblo, quien está predestinada a salvación, y no individuos a título personal (Juan 15:1-8). Es en unión a Cristo y su cuerpo que la elección es hecha segura. Esto concuerda con el carácter de Dios, quien jamás predestinará a nadie de forma incondicional sin imponerle la condición de perseverar en la fe: “Por lo tanto, el Señor, el Dios de Israel, que había dicho que tú y tu familia le servirían siempre, ahora declara: Jamás permitiré tal cosa, sino que honraré a los que me honren, y los que me desprecien serán puestos en ridículo. Yo, el Señor, lo afirmo.” (1 Samuel 2:30, DHH).

 

CONCLUSIÓN.

En su presciencia, Dios ha predestinado para salvación a aquellos que conoció de antemano. Al afirmar que Dios nos “conoció” en Efesios 1:5 y 11, Pablo enseña que Dios eligió otorgar su amor sobre nosotros desde la eternidad. Esto es sugerido ampliamente en muchos otros pasajes (Éxodo 2:25; Salmos 1:6 Oseas 13:5; Mateo 7:23; 1 Corintios 8:3; Gálatas 4:9; 1 Juan 3:1). Por lo tanto:

  1. El conocimiento previo significa que Dios se propuso desde la eternidad amar y redimir a la raza humana a través de Cristo (Romanos 5:8; Juan 3:16). El destinatario de la presciencia de Dios o de su amor hacia el exterior se expresa en plural y se refiere a la iglesia. Es decir, el amor de Dios es principalmente para el cuerpo corporativo de Cristo (Efesios 1:4; 2:4; 1 Juan 4:19) e incluye a los individuos solo cuando se identifican con este pueblo corporativo a través de la fe y la unión con Cristo (Juan 15: 1-6).
  2. El pueblo corporativo de Cristo alcanzará la glorificación (Romanos 8:30). Los creyentes individuales no alcanzarán la glorificación si se separan de ese cuerpo amado y no mantienen su fe en Cristo (Romanos 9:12-14, 17; Colosenses 1: 21-23).

De modo que la elección de acuerdo con la presciencia se refiere a la elección basada en la elección previa de Cristo y el pueblo corporativo de Dios en él.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Capítulo XIV, N°5.

[2] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed.), III: xxiii, 5.

[3] Ibid. xxiii, 1, 4.

[4] Edward Maslin Hulme, the Renaissance, the protestant Reformation, and the Catholic Revolution (New York: The Century Company, 1920), 299.

[5] John Horsch, History of Christianity (John Horsch, 1903), 104–105.

[6] R. C. Sproul, Jr., Almighty Over All (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1999), 54.

[7] Henry C. Sheldon, History of Christian Doctrine (New York: Harper and Bros., 2nd ed., 1895), II : 163.

[8] A. W. Harrison, Arminianism (London: Duckworth, 1937), 189.