Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Vida Cristiana

Arminianismo, la vía media, bíblica y equilibrada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Muchos cristianos temen identificarse como calvinistas o arminianos. Dicen estar hartos de las etiquetas y de los conflictos teológicos entre ambos sistemas. Muchos incluso reclaman estar posicionados teológicamente en un término medio entre el calvinismo y el arminianismo. Otros intentan justificar su indecisión con slogans piadosos: “¡Yo solo predico la Biblia!” Te dirán. “¡No sigo a hombres!” Argumentan otros. “Yo soy simplemente cristiano, no soy ni calvinista ni arminiano” Dice la mayoría. No culpo a estas personas por rendirse en su intento por comprender un poco (cuando menos) la inmensidad de quién es Dios, muy en el fondo quizá los inspire un deseo de ser pacificador, o cualquier otra razón. Los más honestos quizá admitan: “No sé, estoy indeciso, ambos sistemas teológicos tienen fuerte sustento en la Palabra de Dios. Eso me confunde.” ¿Es ese tu caso?

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¿EXISTE UN SISTEMA QUE EQUILIBRE BÍBLICAMENTE LA CUESTIÓN DE LA SOBERANÍA DIVINA Y EL ALBEDRÍO Y LA RESPONSABILIDAD HUMANA? ¿EXISTE UNA VÍA INTERMEDIA ENTRE AMBAS VERDADES BÍBLICAS?

Sí, la hay. Existe una vía intermedia y equilibrada: ¡Se llama arminianismo! Muchos cristianos anhelan creer que hay espacio en la Biblia para una soberanía fuerte y meticulosa, y a la vez para la libertad humana. Un sistema que le dé a Dios la gloria debida a su nombre, que reconozca su soberanía sin necesidad de convertirlo en un titiritero universal ni difamar su carácter. ¿Adivina qué? ¡Eso es arminianismo! La verdad es que, pese a todo lo malo que se pueda decir de nosotros en círculos reformados, los arminianos simplemente amamos la Biblia y dejamos espacio para ambas posibilidades.

El problema es que lo que muchos conocen es una tergiversación del arminianismo. En círculos calvinistas al arminianismo se le ha llamado erróneamente semipelagianismo, si no es que pelagianismo absoluto. El pelagianismo es la creencia de que nosotros trabajamos para ganarnos la salvación. Como si nos despertáramos un día y dijéramos: “Sabes, quiero ser salvo”, y luego salgo a buscar a Dios y digo: “Oye, sálvame”. Y Dios respondiera: “¡Me encontraste! ¡Mereces ser salvo! ¡Toma! Pero ten cuidado, ahora estás solo en esto y, con cada error que cometas, puedes perder tu salvación y tendrás que empezar de cero una vez más”. No, ¡Eso no es arminianismo!

Jacobo Arminio, y los verdaderos representantes de su pensamiento creemos en una soberanía fuerte y meticulosa, en la que Dios busca a los pecadores, despierta sus corazones a su gracia y atrae a las personas, a menudo poco dispuestas como son, y los salva. Todo por su gracia y para su gloria. Para nosotros los arminianos ¡Incluso la misma fe es un regalo de la misericordiosa gracia de Dios!

“Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo. Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús…” (Efesios 2:8-9, NTV)

Es su gracia la que vence esa incredulidad inherente en el hombre y la mujer no regenerados. Creemos que, por la culpa y la maldad de los hombres, y en parte a la justa venganza de Dios, que abandona, ciega y endurece a los pecadores, todo el género humano está bajo maldición y bajo la esclavitud del pecado. Es su gracia la que nos libera para creer, es su gracia la venció nuestra resistencia natural; es por su gracia que hoy somos salvos por medio de la fe. ¿Atribuimos con esto mérito alguno al hombre por su salvación? ¡En ninguna manera! Antes bien afirmamos junto al profeta Jonás:

“Pero yo te ofreceré sacrificios con cantos de alabanza, y cumpliré todas mis promesas. Pues mi salvación viene solo del Señor».” (Jonás 2:9)

 Cuando los calvinistas no acusan de ser pelagianos o semipelagianos demuestran un pobre conocimiento de la teología arminiana. Si eres uno de esos calvinistas que han vivido engañados acerca de nosotros, déjame explicarme un poco nuestras verdaderas creencias. Quizá así tus prejuicios puedan desaparecer o, por lo menos, disminuir.

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PELAGIANISMO Y SEMIPELAGIANISMO

El pelagianismo es la doctrina enseñada por Pelagio (siglos IV-V), un monje británico, ascético y acusado de heresiarca, quien negaba el pecado original y afirmaba que la gracia divina no era necesaria, ni gratuita, sino merecida por un esfuerzo en la práctica de la misma; sufrió una dura persecución por parte de la Iglesia de Roma tras enseñar ideas consideradas heréticas por los líderes de ésta.

La doctrina de Pelagio enseña que el pecado de Adán no afectó a las futuras generaciones de la humanidad. Según el Pelagianismo, el pecado de Adán era únicamente suyo, y los descendientes de Adán no heredaron una naturaleza pecaminosa transmitida a ellos. Él creía que Dios crea directamente a cada alma humana, y, por lo tanto, cada alma humana comienza en la inocencia y está originalmente libre de pecado. No somos básicamente malos, dice la enseñanza pelagiana; somos básicamente buenos.

Pelagio enfatizó la libertad de la voluntad humana, enseñando esencialmente que todo pecado es el resultado de una elección consciente del mal sobre el bien; todos tienen la capacidad de elegir libremente hacer el bien todo el tiempo. Y, puesto que no hay tal cosa como el pecado original o una naturaleza pecaminosa heredada, entonces no podemos culpar a Adán. Dios nos creó buenos, así que nadie tiene una excusa para pecar. Si no estás viviendo una vida santa, es porque no te esfuerzas lo suficiente.

La característica principal del pelagianismo es su dependencia de la libertad humana y de la fuerza de voluntad, en lugar de la gracia de Dios. Sin embargo, al decir que todos poseemos un poder inherente para elegir la santidad para nosotros mismos, Pelagio dejó sin efecto la gracia de Dios. El Pelagianismo cree que los seres humanos podemos elegir obedecer los mandamientos de Dios, y, si tan sólo conociéramos nuestra verdadera naturaleza, podríamos agradar a Dios y salvarnos a nosotros mismos.

Pelagio y sus doctrinas fueron combatidos por Agustín de Hipona y condenados por el Concilio de Cartago en el año 418 d.C., el mismo año en que Pelagio fue excomulgado. Sin embargo, la doctrina no desapareció y tuvo que ser condenada de nuevo por el Concilio de Éfeso (431 d.C.) y por los concilios eclesiásticos posteriores. El pelagianismo sobrevive hasta el día de hoy y aparece en cualquier enseñanza de carácter humanista, antropocéntrica y en aquellos sistemas que, a pesar de identificarse como cristianos, creen en la salvación por obras.

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¿Qué podemos decir acerca del semipelagianismo? El término “semipelagianismo” fue acuñado en el siglo XVI para designar un movimiento religioso complejo, polarizado en torno a los problemas de la gracia, la predestinación y el libre albedrío. Sus oponentes lo llamaron las «reliquias de la corrupción pelagiana». Sus representantes más destacados fueron Juan Casiano, abad de San Víctor en Marsella; Vicente de Leríns y Fausto de Riez.

¿Qué creían los semipelagianos? Los semipelagianos admitían, en contraposición Pelagio, la necesidad de la gracia para el crecimiento en la fe y la perseverancia en el bien, pero afirman que en el alma humana reside una semilla de virtudes cristianas y es ella la que inicia el acto de fe, la cual es considerada una obra del propio querer. Es decir, excluyen la gracia del inicio de la conversión, haciéndola intervenir sólo posteriormente: al hombre se le debe el inicio de la conversión; a Dios, la perseverancia.[1]

Aunque los semipelagianos creían que la caída de Adán tuvo consecuencias para sus descendientes, por cuanto están físicamente conectados con él, también afirman que el estado moral que entró en vigor en la raza humana como resultado de la transgresión de Adán no es uno de pecado y culpa, sino de debilidad, carencia y enfermedad.[2] Para el semipelagianismo, la caída no fue tan profunda, sino que permitió que el hombre conservarse un poco de su voluntad para cooperar en su salvación. Enseñaban que el hombre retenía una medida de libertad con la cual puede cooperar con la gracia de Dios. La voluntad del hombre ha sido debilitada y su naturaleza afectada por la Caída, pero él no es totalmente depravado.[3]

El semipelagianismo pretendía ser el punto de equilibrio entre el agustinianismo y el pelagianismo. Pero la perspectiva semipelagiana del pecado original, apenas se apartaba de las ideas de Pelagio y estaba abierta a las mismas objeciones. Los semipelagianos consideraban la doctrina agustiniana de la predestinación como un «horrendo sacrilegio» que apaga en el alma la esperanza cristiana, frena la iniciativa en el hombre y limita la eficacia redentora de la sangre de Cristo. Su doctrina sobre el pecado original enseñaba que el pecado de Adán debilitó, mas no extinguió en nosotros, el vigor del libre albedrío. Con la caída, el libre albedrío quedó sencillamente debilitado. Según el semipelagianismo, al hombre le cuesta luchar contra el mal y practicar la virtud, sin embargo, no le es imposible. No hay excusa para el malvado y la desobediencia a la ley es producto de una voluntad libre y señora de sus actos.[4] Al menos en este punto, los semipelagianos coincidían con Agustín.

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¿QUÉ ASPECTOS DIFERENCIAN AL ARMINIANISMO DEL PELAGIANISMO Y EL SEMIPELAGIANISMO?

Al estudiar las diferencias entre estos tres sistemas, salen a debate 5 cuestiones teológicas principales:

  1. Cómo Dios gobierna sobre el mundo (Providencia)
  2. La naturaleza del pecado (depravación)
  3. La condicionalidad de la salvación (Elección)
  4. El papel de la gracia (gracia preventiva)
  5. La naturaleza de la expiación (Expiación)

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I.- LA PROVIDENCIA (COMO DIOS GOBIERNA SOBRE EL MUNDO):

La Providencia Divina se define como el medio por y a través del cual Dios gobierna todas las cosas en el universo. La doctrina de la Providencia Divina afirma que Dios está en control absoluto de todas las cosas. Esto incluye al universo en su totalidad (Salmo 103:19), el mundo físico (Mateo 5:45), los asuntos de las naciones (Salmo 66:7), el nacimiento del ser humano y su destino (Gálatas 1:15), los éxitos y los fracasos humanos (Lucas 1:52), y la protección de Su pueblo (Salmo 4:8). Esta doctrina se opone directamente a la idea de que el universo sea gobernado por la casualidad o el destino. El propósito, o la meta, de la providencia divina es llevar a cabo la voluntad de Dios. Para asegurar que Sus propósitos sean cumplidos, Dios gobierna los asuntos del hombre y obra a través del orden natural de las cosas. Las leyes naturales son nada más que una representación de Dios obrando en el universo.

Dicho de otra manera, la doctrina de la providencia divina afirma que Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de Su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado, ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece. Según la doctrina de la providencia Divina, el medio principal por el cual Dios cumple Su voluntad es a través de causas secundarias (las leyes naturales, la elección del hombre). En otras palabras, Dios obra indirectamente a través de estas causas secundarias para cumplir Su voluntad.

Los seres humanos no somos libres de escoger o actuar fuera de la voluntad de Dios. Todo lo que hacemos y todo lo que elegimos está en plena conformidad con la voluntad de Dios, aun nuestras decisiones pecaminosas (Génesis 50:20). Al final de cuentas, es Dios Quien controla nuestras decisiones y acciones (Génesis 45:5; Deuteronomio 8:18; Proverbios 21:1). Sin embargo, pretendiendo hacer malabares teológicos, el calvinismo afirma que, aunque Dios lo determina todo de antemano, Él lo hace de tal manera que esto no viole nuestra responsabilidad como agentes moralmente libres, ni tampoco invalide la realidad de nuestra decisión. A esto se le denomina compatibilismo.[5]

La cuestión de la Providencia es quizá el único aspecto en el cual estos tres sistemas (arminianismo, pelagianismo y semipelagianismo) se unen contra el agustinianismo/calvinismo y mantienen algún grado de acercamiento entre sí. Las tres posiciones rechazan la noción de determinismo (la idea de que todo lo que sucede debe haber sucedido o fue la voluntad directa de Dios). A su vez, las tres posiciones defienden el concepto de Libre Albedrio Libertario, o libertarianismo, el cual puede definirse como la conjunción de un rechazo al compatibilismo junto con la afirmación de que los humanos (al menos ocasionalmente) poseen libre albedrío. Es decir que el libertarianismo afirma que poseemos libertad de responsabilidad moral y racional[6] y que la libertad necesaria para una acción responsable no es compatible con el determinismo.[7]

En este sentido, de acuerdo con la enseñanza arminiana, un agente toma decisiones (al menos algunas veces) de acuerdo con el librepensamiento (razón), y no sujeto irremediablemente a las leyes deterministas de la naturaleza, a la manipulación de Dios sobre su voluntad o cualquier otra cosa. Por lo tanto, si los humanos somos libres y podemos pensar y tomar nuestras propias decisiones, también nos responsabilizamos por estas elecciones y acciones. Esta capacidad es la esencia del libre albedrío libertario y la Biblia es consistente con ella de principio a fin. En 1 Corintios 10:13 se nos dice:

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla.”

De acuerdo con Pablo, cada vez que hemos pecado, Dios nos ha provisto una salida para que no tengamos que hacerlo. Entonces, se deduce que cuando pecamos, fuimos capaces de no pecar, y pudimos no haber pecado si así lo hubiéramos elegido. Ni Dios ni nadie determinó que cayéramos. Fue nuestra elección. Sin embargo, elegimos pecar libremente de todos modos. De esto se deduce que tenemos libre albedrío. Puesto que somos capaces de no pecar, somos, por consiguiente, responsables de nuestro pecado. No podemos escapar de nuestro pecado diciendo: “el diablo me obligó a hacerlo”. Peor aún, jamás podríamos argumentar que fue Dios quien, en su soberanía, predeterminó que pecásemos de tal o cual forma. Somos responsables por nuestros propios pensamientos (2 Corintios 10:5 y Colosenses 2:8) y acciones.

Sin embargo, si bien estamos de acuerdo con la idea de Libre Albedrío Libertariano, los arminianos tendemos a pensarlo de manera diferente a como lo haría un pelagiano o semipelagiano. El arminianismo se centra en la creencia en la bondad de Dios. Entonces, para nosotros, el Libre Albedrío Libertario es principalmente un concepto teórico. En otras palabras, el Libre Albedrío Libertario es una mera conclusión a la que llegamos para defender el carácter y la personalidad de Dios de la acusación de que Él creó el mal, o de que Él hace el mal. De hecho, los arminianos conocedores rara vez hablan del Libre albedrío Libertariano. Cuando hablamos de salvación o moralidad, preferimos hacerlo en términos de fe o gracia. Esto no es así con los pelagianos. El pelagianismo se ocupa principalmente de la gestión de la moral. Entonces, el pelagiano está más enfocado en cómo el Libre Albedrío Libertario nos da el poder de hacer lo que es bueno. Esto también es cierto para la mayoría de los semipelagianos. Su enfoque está en usar nuestras voluntades para obtener el control de nuestras vidas y acciones, no en defender el honor, carácter y bondad de Dios.

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II.- LA DEPRAVACIÓN DEL HOMBRE Y LA NATURALEZA DEL PECADO

El arminianismo se distancia del pelagianismo y el semipelagianismo en su doctrina acerca de la depravación del hombre. Los pelagianos creen que los humanos nacen moralmente neutrales o buenos. El pecado es algo que tenemos que aprender. Como tal, depende de la persona elegir lo bueno y evitar lo malo. Los semipelagianos están de acuerdo en este punto, aunque a veces admitirán algún daño o discapacidad que exista en nuestras almas, lo que obstaculizará el bien. En otras palabras, a menudo creen en la naturaleza del pecado. Pero, aun así, creen que nacemos capaces de hacer el bien.

Los arminianos no podríamos estar más en desacuerdo. En este punto nos unimos a nuestros hermanos calvinistas en su afirmación de que los humanos nacemos depravados: inclinados hacia lo que es malo, pecaminosos y egoístas por naturaleza. Los arminianos creemos en la depravación total del hombre. Creemos que el ser humano no tiene gracia salvadora de sí mismo, ni de la energía de su libre albedrío, en la medida en que él, en el estado de apostasía y pecado, no puede por sí mismo ni pensar, ni desear, ni hacer nada que sea realmente bueno. Esto incluye la fe salvadora, la cual el hombre es incapaz de ejercer por sí mismo sin auxilio de la gracia.

Arminio escribió:

“En este estado [tras la Caída] el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no sólo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia Divina: Puesto que Cristo ha dicho: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’… Cristo no dice, ‘separados de mí no podéis hacer más que unas pocas cosas’, ni tampoco, ‘separados de mí no podéis hacer ninguna cosa difícil’, o ‘separados de mí vais a tener muchas dificultades para hacer las cosas’. Lo que dice es ‘separados de mí nada podéis hacer’…”[8]

El Tercer Artículo de la Remonstrancia afirma:

“El hombre no posee fe salvadora por sí mismo, ni a partir del poder de su libre albedrío, visto que, en su estado de apostasía y de pecado, no puede, de sí y por sí mismo, pensar, querer o hacer, algo de bueno (que sea verdaderamente bueno tal como es, primeramente, la fe salvadora); pero, es necesario que Dios, en Cristo, por su Espíritu Santo, lo regenere y lo renueve en el intelecto, en las emociones o en la voluntad, y en todos sus poderes, con el fin de que él pueda correctamente entender, meditar, querer y proseguir en lo que es verdaderamente bueno, como está escrito en Juan 15.5 “porque separados de mí nada podéis hacer.” (RVR1960)”[9]

Pero el arminianismo va más allá en sus afirmaciones. El Cuarto Artículo de la Remonstrancia afirma:

“Esta gracia de Dios es el principio, el progreso y la consumación de todo lo bueno, tanto que ni siquiera un hombre regenerado puede, por sí mismo, sin esta precedente o preveniente, excitante, progresiva y cooperante gracia, querer o terminar cualquier bien, mucho menos resistir a cualquier tentación al mal. Por ello, todas las buenas obras y buenas acciones que puedan ser pensadas, deben ser atribuidas a la gracia de Dios en Cristo…”[10]

En la teología arminiana el hombre está caído, desamparado espiritualmente y en estado de esclavitud de la voluntad. No hay ninguna habilidad humana natural dando al hombre condiciones para iniciar su salvación. A causa de la Caída, los hombres nacen, espiritual y moralmente, en estado de total depravación, y por lo tanto son incapaces de realizar cualquier bien delante de Dios sin el amparo de su gracia preveniente. Tal incapacidad es física, intelectual y volitiva. Todo aspecto de la naturaleza y la personalidad humana se ven afectados. No hay ningún bien espiritual que el ser humano pueda hacer aparte de la gracia divina. Solamente por la gracia los efectos del pecado original pueden ser superados y el ser humano, finalmente, podrá cumplir los mandamientos espirituales de Dios. La depravación total es extensiva, alcanzando, incluso, el libre albedrío. Por causa de la Caída la voluntad humana se tornó esclava del pecado. ¿Qué significa esto? Qué la voluntad del hombre se tornó perversa, su intelecto se oscureció, y sus afectos quedaron alienados; cada área de su vida quedó sujeta a servidumbre.

La Biblia, Arminio y los arminianos en general, reconocemos que la mente de un hombre carnal y natural es obscura y sombría, que sus afectos son corruptos y excesivos, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre sin Cristo está muerto en delitos y pecados. De ello encontramos amplias referencias bíblicas: Nuestro cuerpo (Romanos 6:6,12 Romanos 7:24), la razón humana (Romanos 1:21; 2 Corintios 3:14-15), las emociones humanas (Gálatas 5:24, 2 Timoteo 3:2-4), y la voluntad misma del hombre (Romanos 6:17) han sido afectadas por el pecado. Por tal razón, todo verdadero arminiano defiende (en oposición al pelagianismo y el semipelagianismo) la doctrina de la depravación total. No somos culpables de negar dicha verdad como nos acusa el calvinismo. Los arminianos creemos que los humanos son totalmente incapaces de hacer cualquier bien espiritual aparte de la gracia divina.

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III.- LA CONDICIONALIDAD DE LA SALVACIÓN, ELECCIÓN Y EL PAPEL DE LAS OBRAS

Como se señaló con anterioridad, el pelagianismo se ocupa principalmente de fomentar la buena moral. No es de extrañar entonces que su punto de vista sobre la salvación sea legalista. Los pelagianistas creen que para ser salvo, uno debe vivir de acuerdo con la ley de Dios. Los que viven bien serán salvados, y los que no lo hagan serán condenados.

El semipelagiano también es legalista. Sin embargo, a diferencia de los pelagianos, no creen en la perfección moral, sino en la lucha por la perfección moral. Aquellos que buscan al Señor recibirán asistencia para hacer lo correcto, y luego serán salvos. Sin embargo, primero debemos tomar la iniciativa e invitar a Dios a nuestras vidas. Esto nos lleva a aclarar un punto importante: Mucho de lo que los calvinistas a menudo etiquetan como arminianismo en realidad no lo es. Los sistemas legalistas y de salvación por obras propios de sectas como los adventistas del séptimo día, mormones, testigos de Jehová, el catolicismo e incluso muchas iglesias que se dicen evangélicas, son en realidad semipelagianismo, no arminianismo. Es falta de integridad en los calvinistas afirmar que nosotros, los arminianos, practicamos un sistema de salvación por obras.

En el arminianismo, la elección está condicionada a la fe en Jesucristo, no a mis propios méritos. Ahora bien, la fe salvadora no es lo mismo que la simple creencia. No es que yo crea que Jesús es el Cristo; sino más bien que creo en Jesús, quien es el Cristo. No es lo que hago o lo que sé; es a quién conozco. Es la confianza y dependencia de Cristo lo que trae salvación, para que ningún hombre pueda jactarse. Entonces, no es por nuestras acciones o nuestros logros, que somos salvos, sino por estar en la presencia de nuestro Señor, Jesús el Cristo.

Para los pelagianos y semipelagianos, la elección para salvación depende de mis obras. De mi capacidad para perseverar y guardar los mandamientos. De mi buen récord como de fidelidad como creyente. En este sentido, para el pelagiano y el semipelagiano, la elección de Dios sobre mí depende de lo que yo haga para que él me considere un elegido. Nuestra obediencia le impone a Dios los términos de la elección. Por el eso el pelagiano y el semipelagiano no puede tener ni seguridad, ni certeza de su salvación. Vive en una constante pérdida y recuperación de la misma en base a sus obras, siempre luchando por la perfección moral y creyendo que, sin la misma, su salvación no es segura Lamentablemente esto es lo que se enseña en muchas iglesias evangélicas hoy día. Pero eso tampoco es arminianismo. En el arminianismo, las decisiones eternas de Dios son hechas sin ninguna condición impuesta sobre Él. Dios ha decretado de manera incondicional una elección condicional, escogiendo individuos como creyentes, a fin de salvarlos por gracia, por medio de la fe.

Los arminianos creemos que la gracia inmerecida del Señor es necesaria “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:20). La única manera de recibir la gracia salvadora de Dios es a través de la fe en Cristo:

“pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de dios…la justicia de dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (romanos 3:21-22).

Creemos que la gracia salvadora resulta en nuestra santificación, y que a través de ella Dios nos conforma a la imagen de Cristo. En el momento de la salvación por gracia a través de la fe, Dios nos hace nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Y Él promete nunca abandonar a Sus hijos:

“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Por eso, mi salvación no depende de mi capacidad para obedecer, ni de mi buen récord como creyente, sino de Dios. Los arminianos creemos además que no tenemos nada en nosotros que nos lleve a buscar a Dios (Romanos 3:10-11); no tenemos “gracia salvadora” por nuestra propia cuenta. Siendo básicamente inaceptables ante Dios, creemos firmemente que la salvación es la obra de Dios. Él da la gracia que necesitamos. Nuestra “gracia salvadora” es Cristo mismo. Su obra en la cruz es lo que nos salva, no nuestro propio mérito.

Los arminianos jamás hemos enseñado ni enseñaremos un sistema de salvación por obras. Enfatizamos, ciertamente, que la fe genuina en Cristo va a producir una vida cambiada y buenas obras (Santiago 2:20-26). Pero no creemos que la justificación es por fe más obras, sino que más bien una persona verdaderamente justificada por fe, va a tener buenas obras en su vida. Si una persona afirma ser un creyente, pero no tiene buenas obras en su vida, entonces es probable que no tenga una fe genuina en Cristo (Santiago 2:14, 17, 20, 26). Pablo, el apóstol de la gracia, dice lo mismo en sus escritos. Los buenos frutos que los creyentes deberían tener en su vida, se mencionan en Gálatas 5:22-23. Inmediatamente después de decirnos que somos salvos por fe y no por obras (Efesios 2:8-9), Pablo nos informa que fuimos creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10).

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IV.- EL PAPEL DE LA GRACIA (GRACIA PREVENTIVA)

Otro punto importante de divergencia con pelagianos y semipelagianos es nuestra comprensión de la gracia. Todos los cristianos, desde los pelagianos hasta los calvinistas, creen que Dios nos otorga gracia antes de que seamos salvos. Donde todos diferimos es cuál es el acto, o actos de gracia, que ocurren antes de la salvación.

Los pelagianos tienen la comprensión más inusual de esto. Para ellos, la gracia preveniente de Dios es que nos creó con libre albedrío y una naturaleza moralmente neutral. Los semipelagianos consideran que, puesto que nacemos parcialmente discapacitados, la ley de Dios es tan estricta que es imposible cumplirla. Por lo tanto, la gracia preveniente de Dios está dando a los humanos la fuerza para hacer lo correcto, si lo invocan.

Sin embargo, los arminianos ven a Dios como mucho más activo en la vida de sus hijos y menos obsesionado con la perfección moral. Más bien vemos la gracia preveniente como algo que viene antes de que hagamos algo o tan siquiera la invoquemos como afirman los semipelagianos. La gracia preventiva es el primer acto de Dios dentro de la vida de cada persona. Es el sustento continuo de cada persona a lo largo de sus vidas caídas, y la atracción de cada persona al conocimiento de su Hijo. Los pelagianos piensan que Dios es amable y bueno por crearnos libres y ese fue su acto de gracia. Los semipelagianos piensan que Dios es amable por ayudarnos una vez le hallamos encontrado por cuenta propia. Los arminianos en cambio, creemos que Dios es bueno y muestra su gracia por alcanzarnos cuando aún éramos enemigos.

En la teología arminiana, la salvación comienza con lo que es usualmente llamado “gracia preveniente”; la cual incluye el primer deseo de agradar a Dios, el primer albor de luz en relación con la voluntad de Él, y la primera leve y transitoria convicción de haber pecado contra Él. La gracia se describe como la manifestación de la bondad de Dios, que afectuosamente se vuelve hacia el hombre en estado de miseria y, con amor, envía a su Hijo “para que todo aquel que en él cree tenga la vida eterna” (Juan 3:16). Dios toma la iniciativa en el proceso de salvación: Busca al pecador, lo redarguye de pecado, produce en él arrepentimiento y fe, lo regenera, justifica al pecador arrepentido y, en Cristo Jesús, le concede el derecho filial y la salvación.

Para el arminiano, la gracia es la obra del Espíritu Santo operando en el entendimiento y en la voluntad de la persona realizando una regeneración, infundiendo en el pecador (desprovisto de cualquier condición de pensar y hacer cualquier cosa buena) fe, esperanza y amor. La gracia es también la asistencia continua del Espíritu Santo inspirando al hombre en cuanto a las cosas buenas, infundiendo pensamientos loables y buenos deseos.

Este modo de concebir la gracia, coloca al arminianismo en una posición cómoda para mostrar cuán injustas son las acusaciones calvinistas de que el arminianismo es una especie de semipelagianismo (por no decir pelagianismo puro) y que reduce la gracia a una posición de segunda categoría, dándole un valor desmesurado al libre albedrío humano por encima de la gracia de Dios. El arminianismo jamás ha afirmado que el hombre puede salvarse a sí mismo.[11] Son los calvinistas quienes así lo han querido entender.

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V.- LA NATURALEZA DE LA EXPIACIÓN

Los arminianos creemos en la doctrina de la expiación sustitutiva. Desde la perspectiva arminiana, Cristo tomó nuestro lugar en la cruz por nuestros pecados. La descripción exacta de cómo funciona esto ha variado en el pensamiento arminiano, pero el efecto no. La teología arminiana entiende la muerte de Cristo como un sacrificio y el cumplimiento del culto sacrificial del Antiguo Testamento. Él es el sacrificio del verdadero pacto; así como el antiguo pacto fue confirmado por el sacrificio del pacto (Éxodo 24: 3-11), así también la sangre de Cristo es la sangre del nuevo pacto (Mateo 26:28; Marcos 14:24; Hebreos 9: 13).

Cristo es un sacrificio sustitutivo, la víctima del sacrificio por nuestros pecados (Efesios 5:2; Hebreos 9:26; 10:12), una ofrenda (Efesios 5:2; Hebreos 10:10, 14, 18); un rescate (Mateo 20:28; Marcos 10:45; 1 Timoteo 2:6) y, por lo tanto, denota el precio de la liberación, un rescate para comprar la libertad de alguien de la prisión, y por lo tanto un medio de expiación, una sacrificio por el cual cubrir el pecado de otras personas y así salvarlos de la muerte.

En concordancia con la Biblia, el arminianismo enseña que Cristo fue el pago (1 Corintios 6:20; 7:23; 1 Pedro 1: 18-19), el precio pagado por la compra de nuestra libertad; una ofrenda por el pecado que fue hecha pecado por nosotros (2 Corintios 5:21; 1 Juan 2:2; 4:10); el cordero pascual que fue asesinado por nosotros (Juan 19:36, 1 Corintios 5:7), el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y es asesinado para ese fin (Juan 1:29, 36; Hechos 8:32; 1 Pedro 1:19; Apocalipsis 5: 6; etc.). Él es una expiación (Romanos 3:25), un sacrificio de expiación, quien fue hecho maldición por nosotros (Gálatas 3:13) y quitó la maldición de la ley.

Los arminianos creemos que somos personas pecaminosas, y la muerte de Cristo quita nuestros pecados y nos justifica. Una vez que la sangre de Cristo nos ha limpiado, estamos total y completamente justificados. Esto nos separa ampliamente del pelagianismo y el semipelagianismo. ¿En qué forma? ¿Qué diferencia al arminianismo de esas dos corrientes heréticas en relación con su entendimiento de la expiación? Para empezar, el semipelagianismo, no posee una postura definida en esta área. Algunos aceptan la expiación sustitutiva, otros creen que la cruz solo quita la naturaleza del pecado, y luego depende de nosotros vivir una vida mejor. La visión pelagiana es aún más radical. Creen que la muerte de Cristo en la cruz es solamente un ejemplo para nosotros. Su autosacrificio es la última demostración de la ética cristiana y la principal inspiración para vivir una vida moral, pero solo eso. Esta es, probablemente, la parte del pelagianismo que más molesta a calvinistas y arminianos.

Ante esto me pregunto: ¿Cómo puede un calvinista, con limpia conciencia, acusar a un arminiano de ser pelagiano o semipelagiano? ¿En verdad no entiende nuestra doctrina o simplemente actúa con malicia? Nuevamente, prefiero creer lo primero.

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ARMINIANOS Y CALVINISTAS, MÁS CERCA DE LO QUE CREES

Como lo destaqué en un artículo anterior, es un mito popular que el calvinismo y el arminianismo sean totalmente opuestos, o que chocamos en todos nuestros puntos de vista. De hecho, somos más parecidos de lo que muchos se atreven a admitir. Por eso me pregunto, ¿Cuál es el criterio que usan algunos para hacernos lucir como eternos adversarios y siempre contrarios al calvinismo? ¿El TULIP? ¿Ignoran acaso que los verdaderos arminianos somos más que simplemente lo contrario al TULIP calvinista? Si no leíste mi artículo anterior: “Calvinistas: ¿Hermanos o enemigos?” quiero invitarte a analizar conmigo el TULIP calvinista y compararlo con las creencias arminianas. El resultado quizá te sorprenda. ¡Comencemos!

(1) DEPRAVACIÓN TOTAL: En realidad, tanto los calvinistas como los arminianos estamos plenamente de acuerdo en que la raza humana es 100% incapaz de hacer el bien o de tan siquiera desear a Dios sin el auxilio de la gracia. Esto quedó claro al abordar las diferencias entre pelagianos, semipelagianos y arminianos. La depravación total y extensiva del ser humano es un hecho indiscutible en el cual, tanto calvinistas como arminianos, nos estrechamos la mano en señal de mutuo acuerdo.
(2) ELECCIÓN INCONDICIONAL: Se podría decir que los calvinistas creen que Dios eligió incondicionalmente salvar a algunas personas, mientras que los arminianos creemos que Dios eligió incondicionalmente brindar la oportunidad de salvación a todas las personas. Esto no es una cuestión de oposición, sino simplemente una cuestión de quién es capaz de recibir y beneficiarse de la salvación ofrecida por gracia. John Wesley, padre del metodismo y un reconocido arminiano, afirmó:
“Con respecto a la… Elección incondicional, creo lo siguiente: Que Dios, antes de la fundación del mundo, eligió incondicionalmente a ciertas personas para realizar ciertas labores, como por ejemplo a Pablo para predicar el evangelio; que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para recibir ciertos privilegios especiales; en particular la nación judía; que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para escuchar el evangelio… en la actualidad, y muchas otras en las edades pasadas; que ha elegido incondicionalmente a ciertas personas para disfrutar de muchas ventajas especiales, tanto en lo que respecta a lo temporal como a lo espiritual; y no niego (aunque no puedo demostrar que sea así) que ha elegido incondicionalmente a algunas personas a la gloria eterna. Empero no puedo creer lo siguiente: Que todos aquellos que no han sido elegidos así para la gloria deben perecer para siempre; o que haya un alma en la tierra que jamás haya tenido la posibilidad de escapar de la condenación eterna.”[12]
 (3) EXPIACIÓN LIMITADA: Los arminianos y los calvinistas simplemente no estamos de acuerdo sobre lo que es limitado con respecto a la expiación (es decir, lo que logra el sacrificio de Jesús). Los calvinistas limitan infamemente el alcance de la expiación, afirmando que Jesús murió solo por los elegidos, que Él no derramó Su sangre por toda la humanidad, porque aquellos predestinados por Dios al infierno no tenían la oportunidad del cielo y punto. Los arminianos sí creemos en una expiación limitada, pero no al estilo calvinista. Los arminianos limitamos la expiación en términos de su efecto, aunque creemos que la sangre es capaz de salvar a todas las personas, a esta gracia se accede solo por la fe (Romanos 5:2). Al igual que los calvinistas, los arminianos creemos que la fe también es un don de Dios y no un producto de la naturaleza caída humana, la cual es incapaz de tan siquiera creer en Dios por cuenta propia sin auxilio de la gracia divina.
(4) GRACIA IRRESISTIBLE: Los calvinistas y los arminianos tenemos ideas opuestas en relación con irresistibilidad o no de la gracia. Los arminianos creemos en la gracia resistible. De acuerdo con Esteban, eso es lo que la gente religiosa le hizo al Espíritu Santo, según Hechos 7:51. Más, sin embargo, aún en esta área podemos tener acuerdos significativos con los calvinistas; por ejemplo, John Wesley afirmó:
“Con respecto a la… Gracia Irresistible, creo lo siguiente: Que la gracia que produce fe, y por lo tanto salvación al alma, es irresistible en ese momento; que la mayor parte de los creyentes tal vez recuerden alguna vez cuando Dios los convenció irresistiblemente de su pecado; que la mayor parte de los creyentes descubre en algunas ocasiones que Dios actúa irresistiblemente sobre sus almas; y sin embargo creo que la gracia de Dios, tanto antes como después de esos momentos, puede ser y ha sido resistida; y que en general no actúa irresistiblemente, sino que podemos obedecerla o no. Y no niego lo siguiente: Que en algunas almas la gracia de Dios es a tal punto irresistible, que no pueden menos que creer y ser finalmente salvadas. Pero no puedo creer: Que deban perderse todos aquéllos en quienes la gracia de Dios no opera de esta forma irresistible; o que haya un alma en la tierra, que no tenga, y nunca haya tenido otra gracia, que aquella que en realidad aumenta su condenación, y que estaba designada por Dios para que así ocurriera.”[13]
(5) PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS: Esto, nuevamente, no es una cuestión de oposición, sino una cuestión de definición realmente. Los arminianos creemos en la perseverancia de los santos, pero también entendemos que un santo, según la Biblia, es un creyente. Cuando un creyente deja de creer o se aleja del Dios vivo (para citar al autor de Hebreos 3:12), ya no es un santo, por lo tanto, esta doctrina no se aplica a él. Ningún arminiano auténtico sugeriría que uno pierde accidentalmente su salvación. Es negligencia deliberada. No es cuestión de que alguien pueda arrebatar a los creyentes de la mano de Dios, sino más bien que es el creyente mismo quien le grita a Dios: “¡Quítame las manos de encima!”

Citando nuevamente a Wesley encontramos una vez más la postura equilibrada del arminianismo en estos temas:

“Con respecto a la… Perseverancia Final, me inclino a creer lo siguiente: Que existe un estado asequible en esta vida, del cual el hombre no puede caer; y que aquél que ha llegado a esto puede decir: Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”[14]

El lector cuidadoso notará que las cinco doctrinas centrales del calvinismo no son tan contrarias a la teología arminiana como se suele pensar. Cierto es que hay cambios sutiles con respecto a dichas doctrinas, más no un desacuerdo que deba llevarnos a enemistad con nuestros hermanos calvinistas. Por otro lado, el calificativo de pelagiano o semipelagiano que le dan los calvinistas al arminianismo es injustificado y malicioso. No tenemos que concordar en todo con ellos, pero eso tampoco les da derecho a considerarnos herejes, vernos con desprecio, caricaturizar nuestra fe, o mentir descaradamente sobre nuestras doctrinas.

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 CONCLUSIÓN

Luego de lo anterior debería ser claro para cualquiera que el arminianismo no es una teología antropocéntrica emparentada con el pelagianismo y el semipelagianismo como a menudo se le etiqueta en círculos calvinistas. Es, más bien, una doctrina teocéntrica hasta la médula. Una doctrina que no necesita distorsionar el carácter de Dios para que aparente ser más glorioso, pues su Dios ya es grande. El verdadero arminianismo es equilibrado y bíblico, predica sobre la asombrosa realidad de quién es Dios y cómo está dispuesto a salvar el mundo:

“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miqueas 7:18-19)

Los arminianos reales estamos enamorados de este gran Dios; de ese que los calvinistas creen posesión exclusiva suya. La diferencia está en que nosotros lo amamos a Él, no solo estamos enamorados de un pequeño desacuerdo miserable sobre la voluntad humana. Ni tampoco, en nombre de la soberanía y el honor de Dios, pisotearemos ni degradaremos sus otros atributos.

Muchos calvinistas suponen pequeño al Dios del arminianismo, pues consideran incoherente con sus ideas que el Gran Dios del universo haya concedido libertad a sus criaturas y negarse a predeterminar cada acto de la vida del hombre. Sin embargo, ocurre todo lo contrario, ¡Un Dios aún más grande vive en el Arminianismo! ¿Por qué?, Precisamente porque Él todavía puede lograr lo que desea, y hacerlo a pesar de, o en congruencia con las decisiones libremente elegidas por las personas. ¡El Dios creído y enseñado en el arminianismo no le teme al albedrío humano! ¡No necesita determinarlo todo! ¡Él siempre estará en control de todo y es perfectamente capaz de llevar a cabo sus propósitos sin necesidad de robarle al hombre su libertad de escoger, ni obligarlo a amarlo! Verdaderamente este Dios puede decir:

“Todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos.” (Salmo 135:6)
 “Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place.” (Salmos 115:3)
 “Que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:10)
 “Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, más Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle: ¿Qué has hecho?” (Daniel 4:35)

¿Puedes imaginarlo? ¡Un Dios que no necesita usar de una “gracia irresistible” o compulsiva para seducir al hombre y lograr que le ame, y aun así es capaz de lograr lo que quiere! ¿Acaso no es grandioso el Dios de los arminianos? ¡Él sí es un Dios soberano! Un verdadero arminiano buscará la gloriad de Dios, hablará con pasión sobre quién es Él. Sus sermones, su retórica y su lectura de la Biblia serán teocéntricos y no centrados en el hombre.

A ustedes, hermanos que han comprada la mentira calvinista de que el arminianismo es pelagianismo, y por eso se avergüenzan del honroso calificativo de “arminiano”, les digo: O los calvinistas están desinformados sobre nuestras verdaderas creencias, o son engañosos y ocultan la verdad. Yo personalmente prefiero no creer lo último acerca de nuestros hermanos en Cristo que profesan la fe de Calvino. ¿Deseas conocer la verdad acerca del arminianismo? Hazte un favor a ti mismo y lee obras autorizadas sobre el mismo, no las críticas viciadas de sus oponentes. ¿Por qué no leer las obras de Arminio y otros teólogos arminianos respetados y descubrir, por tu propia cuenta, cuáles son sus verdaderos puntos de vista? Al hacerlo quizá descubras que no hay vía media entre el calvinismo y el arminianismo. ¡Nosotros los arminianos somos la vía media, bíblica y equilibrada entre los excesos doctrinales del calvinismo y el pelagianismo!

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REFERENCIAS:

[1] Juan Casiano, Collationes, XIII, PL 49,897-946.

[2] Bavinck H., Reformed Dogmatics: Sin and Salvation in Christ.

[3] Ryrie, C. C., Teologı́a Básica.

[4] Vicente de Leríns, Commonitorium, PL 50,637-686.

[5] El compatibilismo es la creencia en que el libre albedrío y el determinismo son mutuamente compatibles y que es posible creer en ambos sin ser lógicamente inconsistente. ​

[6] William Lane Craig & J.P. Moreland, Philosophical Foundations for a Christian Worldview, p. 268.

[7] William Lane Craig & J.P. Moreland, Philosophical Foundations for a Christian Worldview (2nd Edition), pg. 303.

[8] Jacobo Arminio, Disputation 11, On The Free Will of Man and its Powers, en The Works of James Arminius, 2:192

[9] Olson, Roger (1999) Don’t Hate Me Because I’m Arminian; Christianity Today.

[10] Íbid.

[11] The Works of Arminius: A Declaration Of The Sentiments (La Declaración de Sentimientos) IV, Vol. 1, p. 130.

[12] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática (Editorial Vida), p. 80. Versión electrónica.

[13] Íbid.

[14] Íbid.

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Salvación

Analogías sin fundamento bíblico de la doctrina “salvo, siempre salvo”

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. ¿Por qué combatir tales argumentos? Porque la Palabra de Dios nos manda:

“Destruir la altivez de cualquier argumento y cualquier muralla que pretenda interponerse para que el hombre conozca a Dios. De esa manera, hacemos que todo tipo de pensamiento se someta para que obedezca a Cristo”. (2 Corintios 10:5, NBV).

¿En qué forma dichos argumentos se interponen para que el hombre conozca a Dios? En primer lugar, son contrarios a la Palabra de Dios y fallan a la verdad bíblica (2 Pedro 3:16); en segundo lugar, producen una falsa seguridad en el creyente, la cual le puede costar, eventualmente, su salvación (1 Timoteo 4:16). Ante esto, como buenos obreros, nos corresponde hablar la verdad en amor (Efesios 4:15), mostrando las falacias y sinsentidos de tales argumentos.

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LOS CREYENTES SOMOS EL CUERPO DE CRISTO. SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO

Aunque pudiera sonar lógico a simple vista, este argumente es en realidad hueco, ya que, sin pretenderlo, rebaja a Cristo. ¿Por qué? Porque afirma que, si uno de nosotros se perdiera, Él estaría incompleto, cercenado. Sin embargo, La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). La misma figura de la vid y los pámpanos deja en claro que a él no le pasa nada si alguno de nosotros es cortado.

Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta:

“Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29).

Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

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SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO

¡Suena lindo! ¿O no? Sí, pero es falso. Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice:

“En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”.

En Efesios 2:1-3 Pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

Por otro lado, debemos recordar que, aunque somos hijos, no lo somos por compartir la misma naturaleza y substancia de Dios como en el caso de Cristo. Nosotros somos hijos por adopción:

“Ustedes no recibieron un espíritu que los haga esclavos del miedo; recibieron el Espíritu que los adopta como hijos de Dios y les permite clamar: «Padre, Padre»” (Romanos 8:15, NBV)
“Y añade que los paganos, a los cuales había dicho: «No eres mi pueblo», serían llamados «hijos del Dios viviente».” (Romanos 9:26, NBV)
“Ahora todos ustedes son hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:26, NBV)

¿De dónde toma Pablo la figura de la adopción? Pues de la cultura griega y romana de su época. En la cultura griega de la época, la figura de la adopción gozó de protección jurídica y gran importancia y trascendencia. Es más, tenía su propio vocablo (poitos) para denominar al hijo adoptivo y al sucesor testamentario (Compárese con Romanos 8:17). La adopción, sin embargo, tenía ciertas normas mediante las cuales podía abrogarse:

1. El adoptado podía renunciar voluntariamente a su derecho de adopción y volver a su familia natural. Sin embargo, no podía volver a la familia natural sin antes haber dejado un hijo en la familia adoptiva. Cumplido este requisito se le permitía volver a su familia y parentesco anterior si así lo deseaba.

2. La ingratitud del adoptado hacía posible la revocación del título adoptivo

Todas las adopciones se llevaban a cabo íntegramente en presencia de un magistrado, formalidad que luego pasaría a Roma.

La adopción era también una costumbre conocida y practicada por los pueblos hebreo y egipcio. La Biblia nos habla de esta interesante institución en Génesis 48:

“Poco tiempo después de esto, José recibió la noticia de que su padre estaba enfermo. Entonces, tomó a sus dos hijos, Manasés y Efraín, y fue a visitarlo. Cuando Jacob oyó que José había llegado, reunió todas sus fuerzas y se sentó en la cama y le dijo: ―El Dios Todopoderoso se me apareció en Luz, en la tierra de Canaán. Allí me dijo: Haré de ti una nación grande, y esta tierra de Canaán será para ti y para los hijos de tus hijos, como posesión permanente. A tus dos hijos, Efraín y Manasés, que te nacieron antes de que yo llegara a esta tierra, los adopto como hijos míos. Ellos recibirán parte de mi herencia tal como lo harán Rubén y Simeón.” (Génesis 48:1-5, NBV).

Igualmente, los egipcios consagraron dentro de sus prácticas y usos la figura de la adopción. En el libro de Éxodo, capítulo segundo, se relata cómo es que Moisés, después de haber sido un niño abandonado, fue adoptado por la hija del Faraón, una vez ya crecido. E incluso fue ella quien le puso por nombre Moisés, significando con ello que lo había sacado de las aguas:

“Por esa época, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de su misma tribu. Después de un tiempo, la mujer quedó embarazada y tuvo un hijo. El niño era tan hermoso, que la madre lo mantuvo escondido durante tres meses. Pero cuando ya no pudo esconderlo más, le hizo una pequeña cesta de papiro, la recubrió con asfalto, y puso al niño adentro; luego fue y lo dejó en medio de las cañas que crecían a la orilla del río. La hermana del bebé lo estuvo vigilando desde lejos, para ver qué iba a pasar con él. En eso vio que llegaba a bañarse al río una princesa, una de las hijas del faraón. Mientras caminaba por la orilla con sus damas de compañía, vio la pequeña cesta que estaba en medio de las cañas y envió a una de sus doncellas para que se la llevara. Cuando la abrió, vio al bebé que lloraba, y se sintió conmovida. ―Debe de ser un bebé de los hebreos —dijo. La hermana del niño se acercó y le preguntó a la princesa: ― ¿Quiere que vaya y busque a una mujer hebrea para que le cuide al niño? ―Sí, anda —respondió la princesa. La muchacha corrió hasta su casa, y regresó con su madre. ―Lleva a este niño a tu casa y cuídamelo —le ordenó la princesa a la madre del niño—. Te pagaré bien. Ella, pues, lo llevó a su casa y lo cuidó. 10 Cuando el niño creció, la madre se lo llevó a la princesa, y ella lo adoptó como hijo suyo. Lo llamó Moisés, porque lo había sacado de las aguas.” (Éxodo 2:1-9, NBV).

Este pasaje bíblico nos muestra los dos sentidos que tenía la institución de la adopción para los egipcios, y luego para los hebreos; la cual primeramente era para suplir la carencia de descendientes mayormente varones en los hogares, puesto que eran estos últimos los llamados a perpetuar el nombre de sus padres adoptivos y, en segunda medida, nos muestra como sirve la adopción como medio para ayudar a otorgarles una protección a los desvalidos y a los menos favorecidos dentro de la misma sociedad con todos los derechos y deberes de cualquier hijo legítimo.

Sin embargo, también la Biblia nos muestra que el hijo adoptivo podía, si así lo elegía libremente, romper el vínculo con su adoptante. Esto fue precisamente lo que hizo Moisés:

“Por la fe Moisés, cuando era ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón.” (Hebreos 11:24, LBLA).

Vemos pues, que la adopción de hijos puede y es, a veces, revocada. Ya sea por voluntad del adoptado que se niega a seguir siendo parte de la familia, o por decisión del adoptante debido a la ingratitud y el cumplimiento de los deberes del hijo adoptivo. Quienes se escudan en que son hijos de Dios y nunca dejarán de serlo, y que por eso “una vez salvos, siempre salvos”, harían bien en considerar las palabras de Juan el Bautista:

“Crías de víboras, ¿quién les dijo que así podrán escapar de la ira de Dios que vendrá sobre ustedes?… No crean que les basta con decir que son descendientes de Abraham, porque Dios puede sacar hijos de Abraham aun de estas piedras. El hacha está lista para talar los árboles que no den fruto y arrojarlos al fuego.” (Mateo 3:7-10, NBV).

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ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR DE HABER NACIDO

Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”.

Romanos 6:23 afirma contundentemente:

“Porque la paga del pecado es muerte”.

Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

Puede que tengamos vida nueva ahora, que hayamos nacido de nuevo, pero eso no garantiza que no podemos reincidir en el pecado, caer de la gracia, morir espiritualmente, y así perdernos:

“Ustedes los gentiles, que eran como ramas de olivo silvestre, han sido injertados entre las demás ramas. Como resultado, ahora se nutren también de la rica savia de la raíz del olivo. Sin embargo, cuídense de no sentirse mejor que las ramas cortadas. Y si se sienten así, recuerden que no son ustedes quienes nutren a la raíz, sino la raíz a ustedes. Bueno, quizás te estés diciendo: «Si cortaron aquellas ramas, fue para injertarme a mí». Tienes razón. Recuerda que esas ramas fueron cortadas por no creer en Dios, y que tú estás allí porque crees. Por eso, no te pongas orgulloso; sé humilde, pues si Dios no vaciló en cortar las ramas que había puesto allí primero, tampoco vacilará en cortarte a ti. Fíjate que Dios es a la vez bondadoso y severo. Aunque es severo contra los que lo desobedecen, es bondadoso contigo. Pero si no vives de acuerdo con su bondad, también te cortará.” (Romanos 11:17-22. NBV)

¿Es Dios mentiroso o falla a sus promesas cuando un cristiano auténtico cae de la gracia y se pierde? No, pues como los calvinistas mismos insisten gozosamente en afirmar, Dios no está obligado a salvar a nadie, mucho menos a los rebeldes y apóstatas en quienes, previamente, ha derrochado su gracia, ya que:

“Si sobre un terreno llueve mucho y proporciona una buena cosecha a sus propietarios, aquel terreno recibe bendición de Dios. Pero si lo único que produce es espinos y abrojos, resulta ser un mal terreno y se le condena al fuego.” (Hebreos 6:7, NBV).

Además, Dios tiene pleno derecho a revocar su favor sobre aquellos que le deshonran con sus frutos y proceder:

“Por lo tanto, yo, el Señor Dios de Israel, declaro que, aunque prometí que tu casa y la casa de tus antepasados llevarían el sacerdocio por siempre, no permitiré que se siga haciendo lo que tú haces. Honraré solamente a los que me honran, y despreciaré a los que me desprecian.” (1 Samuel 2:30, NBV).

Y por favor señores del “salvo, siempre salvo”, no nos vengan con el cuento de que, si se aportó de la fe y cayó en apostasía, nunca fue un verdadero cristiano, pues un verdadero cristiano jamás caería. Tal afirmación es solo un mal pretexto para justificar los errores insalvables en su sistema doctrinal. Dios mismo afirma la posibilidad de que el justo se pueda apartar de la fe y perderse:

“Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados.” (Ezequiel 18:24, NTV).
“Mi justo vivirá por la fe; pero si se vuelve atrás, no estaré contento con él.” (Hebreos 10:38, NBV).
“Por lo tanto, es necesario que prestemos más atención al mensaje que hemos oído, no sea que nos extraviemos. Si el mensaje que los ángeles anunciaron fue verdadero y toda desobediencia recibió su merecido castigo, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos esta gran salvación?” (Hebreos 2:1-3, NBV).
“Pues es imposible lograr que vuelvan a arrepentirse los que una vez fueron iluminados —aquellos que experimentaron las cosas buenas del cielo y fueron partícipes del Espíritu Santo, que saborearon la bondad de la palabra de Dios y el poder del mundo venidero— y que luego se alejan de Dios. Es imposible lograr que esas personas vuelvan a arrepentirse; al rechazar al Hijo de Dios, ellos mismos lo clavan otra vez en la cruz y lo exponen a la vergüenza pública.” (Hebreos 6:4-6, NTV).

Hombre-pensativo

SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA

Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)
“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)
“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10)
“Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50).

Es especialmente importante considerar el todo el contexto de los versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13).

Nótese que el apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios. La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. Nuevamente, 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto:

“Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”.

Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma:

“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

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CONCLUSIÓN

En vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios nos llevan a rechazar la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos y su variante moderna, la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo”.

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Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo

¿Enseña la Biblia que la salvación se pierde?

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Al contrario de lo que enseñan los calvinistas, si analizamos bíblicamente las enseñanzas de Jesús, encontramos que la salvación se pierde:

“El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden” (Juan 15:6).

Al mirar la expresión “el que en mí no permanece”, un calvinista podría argumentar que ese nunca fue salvo, porque no era escogido, por eso no permaneció. Pero Jesús está hablando de un pámpano, una parte integral de la vid, la cual no permaneció y por eso será echada al fuego. Si estaba “en Él” era salvo, pero si se aleja y rehúsa permanecer en Él será echado fuera, se secará y será echado en el fuego. Aún en este texto, Jesús está reconociendo el libre albedrío del hombre y su papel en la salvación humana, pues menciona la existencia de personas que no quieren permanecer en Él y se pierden por voluntad propia.

Cuando analizamos la cita bíblica de Marcos capítulo 9 de los versículos 43 al 48, podemos llegar a la misma conclusión: la pérdida de la salvación. En ese texto Jesús enseña que:

“Si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”.

Jesús habla de alguien que es salvo, pero que tiene la posibilidad de caer, perdiendo con ello su salvación.

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¿QUÉ MÁS DIJO JESÚS ACERCA DE LA POSIBILIDAD DE CAER DE LA GRACIA?

Juan 10: 28 es uno de los versículos favoritos de los calvinistas para defender su postura, dicho texto dice:

“y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”.

Pablo también nos dice:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39).

JESÚS 2

¿QUÉ ENSEÑARON LOS APÓSTOLES ACERCA DE LA POSIBILIDAD DE PERDER LA SALVACIÓN?

Es verdad que nadie nos arrebatara de la mano del Padre y del Hijo, que Dios nos da vida Eterna y no temporal, es verdad que Dios nos ayuda a perseverar, pero eso no niega la realidad de la posibilidad de apostasía. El calvinismo si lo niega, a pesar de que la Biblia lo afirma. 1 Timoteo 4:1-2 se nos advierte:

“El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe.”

¿Qué parte de “¿El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe,” no entienden los calvinistas para decir que es imposible apostatar? La realidad de la apostasía es la motivación de la exhortación de la carta de Hebreos.  Hebreos 10:26-29 nos dice:

“Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”

Hebreos 6:4-8 nos recuerda esta terrible verdad:

“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada”.

Nos preguntamos ¿Quiénes son los que una vez “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… y los poderes del siglo venidero, y recayeron”, si no los creyentes que apostataron? Para los que se apartan, habiendo sido salvos previamente, pero rechazado luego tal bendición, la sentencia es clara. Dicha gente: “es reprobada está próxima a ser maldecida, y su fin es ser quemada”. La posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación es real. 2 Corintios 3:5-7 nos exhorta:

“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados.”

Mateo 7:13-14 nos dice:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Los calvinistas pretenden usar estos versículos para afirmar que el número de los elegidos es reducido; sin embargo, más que probar el calvinismo prueba el libre albedrío y la posibilidad del hombre (dada por Dios) de responder a la salvación. Pocos lo hallan, escogieron ellos el camino a seguir. No fueron forzados por Dios de forma irresistible. En otra oportunidad, Jesús advirtió a sus siervos a ser fieles: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:45-51).

Primero Jesús habla del siervo fiel y prudente, que recibirá recompensa cuando venga su Señor. Después habla de un siervo malo, que cree que su Señor está tardando en venir y comienza a maltratar sus consiervos y a emborracharse. Jesús está hablando de un siervo que llegó a ser infiel y malo, de alguien que en otro tiempo servía a su señor. No se refería a uno que no conocía a su dueño. En otras palabras: un creyente que comienza a hacer lo malo. Viene su señor en el día que no espera y a la hora que no sabe. ¿No será así en la venida de Jesús? Ese siervo será castigado, al lloro y crujir de dientes (lago de fuego). Este último, aunque era fiel al principio, perdió su condición de siervo y se fue con los hipócritas. Y es que la Biblia es clara al afirmar que una persona que haya conseguido la salvación al depositar su fe en Jesús puede perder esa fe y, por lo tanto, la salvación. La Biblia nos exhorta:

“Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos… Ahora quiero recordaros, aunque ya definitivamente lo sepáis todo, que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron” (Judas 3,5; LBLA).

Esto quiere decir que mantenerse fiel requiere esfuerzo personal. A los primeros cristianos que ya habían aceptado a Cristo se les dijo:

“ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12, LBLA).

La Biblia nos advierte de que los pecados graves impiden que heredemos el Reino de Dios (1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21). Si la salvación no se pudiera perder, esas advertencias no tendrían ningún sentido. La Biblia muestra que alguien que ha obtenido la salvación puede apartarse de Dios si comete un pecado grave y rehúsa abandonarlo. Por ejemplo, Hebreos 10:26 dice:

“Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados” (Hebreos 6:4-6).

El apóstol Pedro también nos advierte:

“Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera. Pues hubiera sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia que, habiéndolo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado. Les ha sucedido a ellos según el proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vomito, y: La puerca lavada, vuelve a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22, LBLA).

Como ya se dijo anteriormente, Jesús destacó la importancia de mantenerse fieles cuando se comparó a sí mismo con una vid y comparó a sus seguidores con las ramas de esa vid. Por un tiempo, algunos de ellos demostrarían por sus frutos o acciones que tenían fe en él, pero más tarde dejarían de tener fe y serían desechados como una rama que no tiene fruto, así que perderían la salvación (Juan 15:1-6). El apóstol Pablo usó un ejemplo parecido cuando dijo que el cristiano que no se mantuviera fiel sería podado:

“Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás cortado” (Romanos 11:17-22, LBLA).

La Biblia dice que los cristianos deben mantenerse alerta (Mateo 24:42; 25:13). Aquellos que se duermen en sentido espiritual, ya sea porque practican obras de maldad o porque no obedecen plenamente los mandatos de Jesús, pierden la salvación (Romanos 13:11-13; Apocalipsis 3:1-3).

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CONCLUSIÓN

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos. Anteriormente había reconocido que podía perder la salvación si se dejaba llevar por los deseos carnales. Él escribió:

“Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).

También afirmó:

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

Y entonces ¿Por qué prefieren los calvinistas seguir engañándose al pensar que jamás podrían perder su salvación?

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Arminianismo Clásico, Calvinismo

Calvinismo, falsa seguridad y desesperanza

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La seguridad de la salvación fue una preocupación central y motivadora de la Reforma protestante. Martín Lutero buscó seguridad en el sacramento de la penitencia, pero fue en vano. Finalmente lo encontró en su descubrimiento de la justificación solo por gracia a través de la fe sola. Esta preocupación por la seguridad de la salvación continuó vigente dentro de las iglesias reformadas (calvinistas), tal como nos lo evidencia el Catecismo de Heidelberg[1] (1563):

“P.1. ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? R. Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad.”[2]

La mayoría de los creyentes reformados (calvinistas) asumen que, como los arminianos creemos que es posible caer de la gracia y perder la salvación, entonces no tenemos el mismo grado de comodidad y seguridad que supuestamente tienen los reformados. En realidad, lo contrario es el caso: los arminianos pueden tener mayor seguridad de la salvación que los mismos calvinistas. En su propia vida y ministerio, Jacobo Arminio (1559–1609) vio la razón de esto. Durante los años de su ministerio pastoral en Ámsterdam, Arminio fue testigo de dos problemas diferentes en lo que respecta a la seguridad de la salvación entre los creyentes del calvinismo: La desesperación y la falsa seguridad como producto de la doctrina reformada de la predestinación.

CALVINISMO, FUENTE DE DESESPERANZA

Primero, Arminio se dio cuenta de lo que llamaba desesperación entre los calvinistas (Utilizó la palabra latina “desperatio”, que significa desesperanza) Recordó múltiples ejemplos cuando atendía a personas en sus lechos de muerte que no tenían la seguridad de su propia salvación. El problema era que, en estos casos, estos eran creyentes ejemplares que deberían tener seguridad. Sin embargo, en este momento crucial en el que más necesitaban seguridad, les faltaba. ¿Cómo podrían los cristianos reformados, que fueron salvados no por su propia bondad, sino por la justicia imputada de Cristo, caer víctimas de la desesperación? ¿Cómo llegaron a este punto? ¿Por qué la duda que plagó a la Iglesia romana medieval tardía no se resolvió en la Iglesia Reformada? Cuando uno examina los escritos de Arminio, uno puede ver cómo la desesperación es el resultado de tres doctrinas reformadas:

  1. La convicción reformada de que la fe salvadora incluye no solo el conocimiento y el consentimiento, sino también la fiduciao la confianza segura. La seguridad (fiducia) a veces se usaba como sinónimo de fe (fides). Bajo este supuesto reformado, si una persona cree en Cristo como Salvador y cree que la justicia de Cristo puede ser imputada a él por fe, y la persona desea esta salvación, pero solo carece de la certeza de esa salvación, entonces la persona puede comenzar a cuestionar su fe en conjunto, y preguntarse si él es uno de los elegidos. Este fue el problema que Arminio, como pastor calvinista que fue, tuvo que enfrentar al estar junto a cristianos moribundos en Ámsterdam: tomaron su falta de seguridad para indicar necesariamente una falta de fe. Arminio distinguió la seguridad (fiducia) de la fe (fides), declarando que la seguridad sigue como el resultado ordinario de la fe salvadora, pero no es necesariamente simultánea con la fe.
  1. La doctrina de la fe temporal, como lo enseñó Juan Calvino y otros teólogos reformados. Dicha doctrina también generó desesperanza. ¿Cómo se puede distinguir la diferencia entre la fe débil de los elegidos y la fe temporal del reprobado? ¡No puedes realmente! Calvino afirmó que una persona puede parecer a los demás como si tuviera fe, de hecho ella misma podría pensar que posee una fe salvadora, cuando en realidad solo fue una fe otorgada temporalmente por Dios que no estaba destinada a perseverar, sino que sería retirada por Dios. El ejemplo bíblico común es Simón el Mago (Hechos 8), quien se describe como creyente y se creía genuinamente como un verdadero creyente, pero cuya creencia pronto se demostró que era falsa.[3] Es decir, el mismo Simón no era consciente de su estado hasta que su fe falló. El reprobado puede ser engañado a sí mismo y, a pesar de todas las apariencias en contra, carece de fe genuina. Si incluso el reprobado puede tener una fe temporal que se asemeja a la de los elegidos, tanto externa como internamente, entonces no importa cuán débil o fuerte parezca la fe y la seguridad de la persona en el presente.
  1. La doctrina de la reprobación incondicional. Esta doctrina produce un socavamiento de la seguridad de la salvación que puede ser devastador. La doctrina reformada de la elección incondicional afirma que Dios elige a quién Dios quiere salvar, no basándose en sus buenas obras, su fe prevista o incluso su consentimiento voluntario. El corolario necesario para esta elección es que Dios reprueba incondicionalmente, o tal vez “pasa por alto”, el resto de la humanidad, cuyo resultado es la condena. La única manera de escapar de la condenación es ser elegido por Dios. Pero, como observa Arminio, ya que esa elección es incondicional (aparte de la voluntad absoluta y soberana de Dios), no hay nada que el reprobado pueda hacer para estar en una relación de salvación con un Dios que no lo haya elegido. La predestinación reformada, dice Arminio, “produce en la gente una desesperación tanto de cumplir lo que su deber requiere como de obtener aquello hacia lo que se dirigen sus deseos”[4] Esto es lo que se conoce como la doctrina de la “gracia no disponible”. Si crees que puedes ser reprobado, no hay nada que puedas hacer al respecto, ya que la elección es incondicional.

FALSA SEGURIDAD DEL CALVINISMO

El segundo problema que observó Arminio en el calvinismo es el extremo opuesto al primero. Llamó a dicho problema “vicio de seguridad”. Recordó varias veces durante su ministerio cuando, como un pastor atento, se dirigió al pecado en la congregación e incluso amonestó a ciertos individuos. Con demasiada frecuencia, esas mismas personas respondieron como si el pecado no fuera una preocupación real. Le consideraban de poca importancia. Después de todo, el apóstol Pablo, según la interpretación reformada dominante de Romanos 7, fue continuamente vencido por el pecado. Ya que los elegidos son salvos por gracia, ¿cuál es realmente el problema? Parece que esta tendencia hacia la seguridad, como el anterior problema de la desesperación, es el resultado de la combinación distintiva de tres enseñanzas reformadas:

  1. La Normalidad del Pecado en la Vida Cristiana (Eficacia de la Santificación):Para los reformados, aunque la persona regenerada debe y puede hacer pasos hacia la santificación con la ayuda del Espíritu Santo, sin embargo, son pasos de bebé; el progreso es mínimo. La interpretación reformada estándar de Romanos 7, leída como el relato autobiográfico del apóstol regenerado Pablo, apoya la idea de que el pecado es una lucha continua y prominente en la vida cristiana. Tener poca expectativa de la santificación personal implica que el pecado es, en cierto sentido, normal y, por lo tanto, no es motivo de grave preocupación para el cristiano individual. Por su parte, Arminio ciertamente reconoció que el progreso en la santidad se ve impedido por el pecado y la debilidad. Pero también impugnó la típica lectura reformada de Romanos 7 y, como los primeros padres de la iglesia, interpretó a la persona agobiada por el pecado como alguien que aún no se ha regenerado, porque el pecado no puede dominar la vida de una persona regenerada como se describe en este pasaje.
  1. La Elección Incondicional: La segunda doctrina reformada que lleva muchos de sus adeptos a la seguridad es la elección incondicional, junto con su corolario de la gracia irresistible. Si uno confía en su elección, entonces la gracia es irresistible y la salvación es segura.
  1. La Perseverancia de los Santos: La elección incondicional y la gracia irresistible pueden promover la seguridad, especialmente cuando se combina con una tercera doctrina, la perseverancia de los santos, que es un corolario predecible de la elección incondicional. Si una persona se convierte en parte del pueblo escogido por el pacto de Dios solo por la gracia irresistible, aparte de las buenas obras, ninguna cantidad de obras malvadas o falta de buenas obras puede anular esa elección y el pacto. Según Arminio, si se afirma la imposibilidad de la apostasía, esta doctrina no consuela tanto como engendra descuido con respecto al pecado, lo que, para Arminio, es una indicación peligrosa de “seguridad carnal” (securitas carnalis). Arminio escribió:

“La persuasión por la cual cualquier creyente ciertamente se persuade a sí mismo de que no puede desertar de la fe, o que, al menos, no desertará de la fe, no conduce tanto a la consolación contra la desesperación o la duda que sea adversa a la fe y la esperanza, como lo hace para generar seguridad, una cosa que se opone directamente a ese temor más saludable con el que se nos manda desarrollar nuestra salvación, y que es sumamente necesario en este lugar de tentaciones[5]

Por lo tanto, la normalidad del pecado en la vida cristiana, junto con las doctrinas de la elección incondicional y la seguridad eterna, podría fomentar una actitud de “salvo si lo haces; salvo si no lo haces”. Esta falta de preocupación por la presencia del pecado es lo que podría precipitar una caída.

Para los arminianos, hay un camino intermedio de verdadera seguridad entre los extremos de la desesperación y la falsa seguridad calvinista. Por un lado, el conocimiento de que el pecado tiene consecuencias y de que una persona puede caer de la gracia a través de la rebelión abierta contra Dios. Pero, por otro lado, el conocimiento de que Dios salvará a todos los creyentes penitentes nos llega de seguridad, certeza y esperanza.

EL FUNDAMENTO SEGURO DE NUESTRA SALVACIÓN.

En última instancia, la garantía de la salvación se encuentra al examinar cuál es el fundamento mismo de la salvación: el amor de Dios. Este amor de Dios es evidente en su promesa, que es externa a la criatura. La palabra de Dios da a conocer su voluntad o intención para la criatura. La pregunta es: Si no hay obra meritoria alguna que pueda asegurarnos el favor divino y la salvación, ¿Qué determina o influye en la voluntad divina de salvarnos?

Los calvinistas, o reformados, son reacios a describir el afecto de Dios hacia toda la raza humana como “amor”. Para los calvinistas, la voluntad amorosa de Dios no se extiende a toda la humanidad con el propósito de la salvación, sino solo a unos cuantos elegidos. Pero si Dios no ama a todos, entonces la seguridad se ve socavada. Al creyente promedio le queda nada más preguntarse en qué grupo está incluido él: Entre aquellos a quienes Dios quiere salvar o entre aquellos a quienes él no quiere salvar. Su voluntad con respecto a la elección y la base de esta voluntad es inescrutable.

Para los arminianos, el verdadero fundamento de la salvación y la seguridad de la salvación es la promesa de Dios de que él ama a todos y salvará a los creyentes penitentes. Este fundamento se basa en Dios mismo y es posible solo a través de la obra de Cristo. Y Dios envió a Cristo por su amor (Juan 3:16). Para llegar al fondo del asunto, podemos comparar las respuestas calvinistas y arminianas a las preguntas: ¿Cómo sabes que perteneces a Dios? ¿Cómo sabes que eres uno de los elegidos?

Robert Peterson y Michael Williams, dos teólogos calvinistas, responden a dichas preguntas de la siguiente manera:

“Es cuando las personas se vuelven a Cristo con fe cuando saben que Dios las ha elegido para la salvación”[6]

Michael Horton, otro teólogo calvinista, responde a esta pregunta con una referencia a Juan 10: 27-28:

“¿Has escuchado la voz de Cristo y lo has seguido? Luego te da vida eterna. Descubrimos la elección no en nosotros mismos sino en Cristo”.[7]

Esto suena bonito, sin embargo, una vez que reconoces que hay una clase de personas que Dios realmente no quiere salvar, personas a las que no ama, la seguridad se ve socavada. Además, el reconocimiento de que la fe actual de cualquier persona puede ser simplemente una fe temporal y un resultado del autoengaño, una fe que no durará, también socava la seguridad. “Volverse a Cristo en la fe” y “descubrir la elección en Cristo” son frases que suenan huecas en un sistema en el que Dios no quiere que todos se salven, y le da fe temporal a algún reprobado a quien Dios finalmente excluirá de la salvación. El calvinismo enseña:

“Todos aquellos a quienes Dios ha predestinado a la vida y solo a ellos, él se complace… de llamar eficazmente… a la gracia y salvación por Jesucristo”.[8]

Claramente, solo unos pocos elegidos se salvan en el calvinismo, los demás están excluidos. Tales afirmaciones, por lo tanto, carecen de sentido. Así las cosas, el calvinismo genera más dudas que certezas en el creyente pues ¿Cómo puede estar plenamente seguro que pertenece a los elegidos?

Para el arminiano, por otro lado, esas mismas frases, y todos los testimonios de salvación, en realidad significan algo. No hay duda en cuanto a qué grupo pertenecemos. Pertenecemos al grupo que Dios ama y quiere salvar. Los arminianos creemos firmemente que:

“El Señor… No quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.” (2 Pedro 3:9, NVI)

“El Dios viviente, que es Salvador de todos, especialmente de los que creen.” (1 Timoteo 4:10, NVI)

CONCLUSIÓN.

Pase lo que pase en la vida, sabemos que Dios nos ama. Cualquier cosa que pueda pasar, cualquier éxito o fracaso que pueda experimentar, cualquier ganancia o pérdida, sabemos algo que un calvinista nunca puede saber con certeza: Dios quiere que sea salvo y me creó para este fin. Esta es la base de la salvación y la seguridad de la salvación.

REFERENCIAS:

[1] El Catecismo de Heidelberg (Heidelberger Katechismus)es uno de las Tres Formas de la Unidad junto a la Confesión belga (1561) y los Cánones de Dort (1618-19). Fue escrito en 1563 por dos jóvenes teólogos: uno que había sido alumno de Juan Calvino, y el otro que lo fue de Felipe Melanchton, cercano colaborador de Lutero. Los nombres de los autores son Zacharius Ursinus y Gaspar Oleviano. El Catecismo de Heidelberg consta de un total de 129 preguntas y respuestas.

[2] Catecismo de Heidelberg (2010), Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, Guadalupe, Costa Rica. Pp. 7.

[3] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, III:2:10.

[4] Jacobo Arminio, Verklaring, pág. 87.

[5] Jacobo Arminio, Articuli nonnulli XXII.4-5.

[6] Robert A. Peterson y Michael D. Williams, Why I am Not an Arminian (2004), IVP Books, pp. 65.

[7] Michael Horton, For Calvinism (2011), Zondervan Academic, pp. 73.

[8] Confesión de Fe de Westminster (1643), X: 1.

Arminianismo Clásico

Una vez salvo, ¿Siempre salvo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El eslogan calvinista “Una vez salvo, siempre salvo” busca recalcar la seguridad eterna del creyente, y sugiere que la salvación del creyente es firme, ella no está en peligro, y no será quitada. Transmite claramente la idea de que una vez que una persona es salva, su salvación se mantiene inmutable y sin interrupciones para siempre. Algunas personas afirman incluso que una vez que una persona haya profesado fe en Jesús, entonces ella es “salva”, y ella nunca perderá su salvación, independientemente de sus creencias y acciones posteriores. Algunos ven en esto una licencia para pecar (antinomianismo), por lo que para evitar tal crítica los defensores de esta doctrina insisten en la necesidad de dar frutos como evidencia de la salvación. Esta variante doctrinal (parcialmente calvinista) abre las puertas de la salvación para todos, no sólo para un pequeño grupo de elegidos, pues afirma que una vez adentro (es decir, habiendo aceptado a Cristo como Salvador) todos son parte de los elegidos y, por consiguiente, estos ya no pueden perderse jamás. Los hipercalvinistas, sin embargo, suelen ridiculizar la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo” y rechazan tal postura, pue no creen que la salvación esté disponible para todos sino solamente para los elegidos.

La doctrina del “una vez salvo, siempre salvo”, o seguridad eterna del creyente, se desprende del quinto punto del calvinismo o perseverancia de los santos. La doctrina de la Perseverancia de los santos aparece en la Confesión de Fe de Westminster de la siguiente manera:

“Los que han sido, aceptados por Dios en su Hijo Amado, eficazmente llamados, y santificados por su Espíritu, no pueden caer total ni finalmente del estado de gracia; sino que ciertamente perseverarán en ella hasta el final y serán salvos eternamente”.[1]

La Perseverancia de los santos es el paso lógico y final en la doctrina calvinista, ya que las doctrinas de la Elección Incondicional y del Llamamiento Eficaz, implican lógicamente la salvación segura de aquellos que reciben estas bendiciones. Si Dios ha escogido absoluta e incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a estas los beneficios de la redención, entonces la conclusión ineludible es que estas personas serán eternamente salvas. Tal posición teológica es rechazada de forma generalizada por todas las corrientes del arminianismo.

LA PERSPECTIVA ARMINIANA.

En plena concordancia con la Biblia, el arminianismo clásico enseña que los que son incorporados a Cristo por una fe verdadera, y por lo tanto son hechos partícipes de su Espíritu vivificante, tienen así todo el poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo, y su propia carne, y para ganar la victoria; siendo bien entendido que es siempre a través del auxilio de la gracia del Espíritu Santo; y que Jesucristo les ayuda a través de su Espíritu en todas las tentaciones. No obstante, también enseña que estos sí son capaces, por negligencia, de abandonar su vida en Cristo, volver al mundo y apartarse de la doctrina sagrada que les ha sido dada, perdiendo así una buena conciencia y cayendo de gracia. Estos pueden perderse eternamente si así lo eligen, o arrepentirse y volver al camino de la salvación si así lo desean. El escritor sagrado confirma esta verdad defendida por el arminianismo:

“¿Acaso piensan que me agrada ver morir a los perversos?, pregunta el Señor Soberano. ¡Claro que no! Mi deseo es que se aparten de su conducta perversa y vivan. Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados. Sin embargo, ustedes dicen: “¡El Señor no hace lo correcto!”. Escúchame, pueblo de Israel. ¿Soy yo el que no hace lo correcto o son ustedes? Cuando los justos abandonen su conducta justa y comiencen a cometer pecados, morirán por eso. Sí, morirán por sus acciones pecaminosas; y si los perversos abandonan su perversidad, obedecen la ley y hacen lo que es justo y correcto, salvarán su vida. Vivirán, porque lo pensaron bien y decidieron apartarse de sus pecados. Esas personas no morirán” (Ezequiel 18:23-28, NVI).

La gracia divina estará siempre disponible para ellos. Pero el juicio también para aquellos que se aparten definitivamente y no vuelvan al Señor al continuar en apostasía, rebeldía y perseverancia en el pecado. En su disputa contra los calvinistas en el Sínodo de Dort los Remonstrantes, sucesores de Jacobo Arminio, afirmaron que, mientras un creyente siga siendo un creyente, entonces él o ella no pueden perecer; en consecuencia, “el que persevere hasta el fin será salvo”.[2] Sin embargo, los Remonstrantes reconocían la posibilidad de que un creyente pudiera permanecer constante por un tiempo, pero finalmente, “ya sea por las tentaciones del mundo, la carne o Satanás” pudiera desertar de la fe.[3]

La posición arminiana con respecto a la posibilidad de caer de la gracia halla ejemplos prácticos en la historia sagrada, como es el caso de Demas, colaborador del apóstol Pablo en el Evangelio, quien se enamoró del mundo y abandonó a Pablo al retirarse a Tesalónica (2 Timoteo 4:10), así como a aquellos a quienes Jesús se refiere en la parábola del sembrador: Muchos escuchan la palabra y la reciben de inmediato con alegría, lo cual no harían a menos que la gracia de Dios los indujera a hacerlo; sin embargo, cuando vienen los problemas o persecución a causa de la palabra, esas personas deciden no perseverar más (Mateo 13: 20-21). Esto no significa que ellos jamás fueron creyentes, sino que, habiéndolo sido, cayeron en apostasía y se perdieron.

La perseverancia condicional, entonces, es la garantía de la salvación final para aquellos que permanecen y confían continuamente en Cristo Jesús. Si analizamos bíblicamente las enseñanzas de Jesús, encontramos que la salvación se pierde: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden” (Juan 15:6). Al mirar la expresión “el que en mí no permanece”, un calvinista podría argumentar que ese nunca fue salvo, porque no era escogido, por eso no permaneció. Pero Jesús está hablando de un pámpano, una parte integral de la vid, la cual no permaneció y por eso será echada al fuego. Si estaba “en Él” era salvo, pero si se aleja y rehúsa permanecer en Él será echado fuera, se secará y será echado en el fuego. Aún en este texto, Jesús está reconociendo el libre albedrío del hombre y su papel en la salvación humana, pues menciona la existencia de personas que no quieren permanecer en Él y se pierden por voluntad propia.

Cuando analizamos la cita bíblica de Marcos capítulo 9 de los versículos 43 al 48, podemos llegar a la misma conclusión: la pérdida de la salvación. En ese texto Jesús enseña que “si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”. Jesús habla de alguien que es salvo, pero que tiene la posibilidad de caer, perdiendo con ello su salvación.

Juan 10: 28 es usado a menudo para sostener la imposibilidad de perder la salvación. Dicho texto dice: “y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”. Pablo también nos dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39). Es verdad que nadie nos arrebatara de la mano del Padre y del Hijo, que Dios nos da vida Eterna y no temporal, es verdad que Dios nos ayuda a perseverar, pero eso no niega la realidad de la posibilidad de apostasía. El calvinismo si lo niega, a pesar de que la Biblia lo afirma. 1 Timoteo 4:1-2 “El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe.” (¿Que parte de “¿El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe,” no entienden los calvinistas para decir que es imposible apostatar?)

La realidad de la apostasía es la motivación de la exhortación de la carta de Hebreos.  Hebreos 10:26-29 nos dice: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”

Hebreos 6:4-8 nos recuerda esta terrible verdad: “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada”. Nos preguntamos ¿Quiénes son los que una vez “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… y los poderes del siglo venidero, y recayeron”, si no los creyentes que apostataron? Para los que se apartan, habiendo sido salvos previamente, pero rechazado luego tal bendición, la sentencia es clara. Dicha gente: “es reprobada está próxima a ser maldecida, y su fin es ser quemada”. La posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación es real. 2 Corintios 3:5-7 nos exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados.”

Mateo 7:13-14 nos dice:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Los calvinistas pretenden usar estos versículos para afirmar que el número de los elegidos es reducido; sin embargo, más que probar el calvinismo prueba el libre albedrío y la posibilidad del hombre (dada por Dios) de responder a la salvación. Pocos lo hallan, escogieron ellos el camino a seguir. No fueron forzados por Dios de forma irresistible. En otra oportunidad, Jesús advirtió a sus siervos a ser fieles:

“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:45-51).

Primero Jesús habla del siervo fiel y prudente, que recibirá recompensa cuando venga su Señor. Después habla de un siervo malo, que cree que su Señor está tardando en venir y comienza a maltratar sus consiervos y a emborracharse. Jesús está hablando de un siervo que llegó a ser infiel y malo, de alguien que en otro tiempo servía a su señor. No se refería a uno que no conocía a su dueño. En otras palabras: un creyente que comienza a hacer lo malo. Viene su señor en el día que no espera y a la hora que no sabe. ¿No será así en la venida de Jesús? Ese siervo será castigado, al lloro y crujir de dientes (lago de fuego). Este último, aunque era fiel al principio, perdió su condición de siervo y se fue con los hipócritas. Y es que la Biblia es clara al afirmar que una persona que haya conseguido la salvación al depositar su fe en Jesús puede perder esa fe y, por lo tanto, la salvación. La Biblia nos exhorta:

“Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos… Ahora quiero recordaros, aunque ya definitivamente lo sepáis todo, que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron” (Judas 3,5; LBLA).

Esto quiere decir que mantenerse fiel requiere un gran esfuerzo. A los primeros cristianos que ya habían aceptado a Cristo se les dijo: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12, LBLA).

La Biblia nos advierte de que los pecados graves impiden que heredemos el Reino de Dios (1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21). Si la salvación no se pudiera perder, esas advertencias no tendrían ningún sentido. La Biblia muestra que alguien que ha obtenido la salvación puede apartarse de Dios si comete un pecado grave y rehúsa abandonarlo. Por ejemplo, Hebreos 10:26 dice:

“Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados” (Hebreos 6:4-6).

El apóstol Pedro también nos advierte:

 “Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera. Pues hubiera sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia, que habiéndolo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado. Les ha sucedido a ellos según el proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vomito, y: La puerca lavada, vuelve a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22, LBLA).

Como ya se dijo anteriormente, Jesús destacó la importancia de mantenerse fieles cuando se comparó a sí mismo con una vid y comparó a sus seguidores con las ramas de esa vid. Por un tiempo, algunos de ellos demostrarían por sus frutos o acciones que tenían fe en él, pero más tarde dejarían de tener fe y serían desechados como una rama que no tiene fruto, así que perderían la salvación (Juan 15:1-6). El apóstol Pablo usó un ejemplo parecido cuando dijo que el cristiano que no se mantuviera fiel sería podado:

“Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás cortado” (Romanos 11:17-22, LBLA).

La Biblia dice que los cristianos deben mantenerse alerta (Mateo 24:42; 25:13). Aquellos que se duermen en sentido espiritual, ya sea porque practican obras de maldad o porque no obedecen plenamente los mandatos de Jesús, pierden la salvación (Romanos 13:11-13; Apocalipsis 3:1-3).

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos. Anteriormente había reconocido que podía perder la salvación si se dejaba llevar por los deseos carnales. Él escribió:

“sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).

También afirmó:

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

ARGUMENTOS LÓGICOS Y ANALOGÍAS SIN FUNDAMENTO BÍBLICO EMPLEADOS PARA DEFENDER LA CREENCIA DE “UNA VEZ SALVO, SIEMPRE SALVO”:

Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. Por ejemplo:

SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO:

La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta. “Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29). Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO:

Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”. En Efesios 2:1-3 pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR DE HABER NACIDO:

Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Romanos 6:23 afirma contundentemente: “Porque la paga del pecado es muerte”. Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA:

Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

 “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)

 “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)

 “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)

 “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

“Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50).

Es especialmente importante considerar todo el contexto de los versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13).

El apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios. La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

CONCLUSIÓN.

Permanecer en Cristo y perseverar en la fe verdadera y viva no es una obra de la voluntad humana, ya que la fe en sí no es una obra:

“Ahora bien, cuando alguien trabaja, no se le toma en cuenta el salario como un favor, sino como una deuda. 5 Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia” (Romanos 4: 4-5, NVI).

Tampoco la motivación para permanecer en Él proviene de uno mismo, “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:13, NVI).

Debemos tener en cuenta, sin embargo, la advertencia antes de esta promesa:

“ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,” (Filipenses 2:12).

¿Temor y temblor? ¿Qué hay que temer y temblar en un sistema que promete una salvación final por necesidad? Además, el autor de Hebreos advierte:

“Por eso es necesario que prestemos más atención a lo que hemos oído, no sea que perdamos el rumbo.” (Hebreos 2:1).

Primero, esta advertencia está escrita para los creyentes. En segundo lugar, hay consecuencias terribles en alejarse de lo que uno escucha de Dios: Los tales no escaparán a un castigo justo por descuidar una salvación tan grande (Hebreos 2: 2-3). Él continúa:

“Cuídense, hermanos, de que ninguno de ustedes tenga un corazón pecaminoso e incrédulo que los haga apartarse del Dios vivo. Más bien, mientras dure ese «hoy», anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado. Hemos llegado a tener parte con Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin la confianza que tuvimos al principio.” (Hebreos 3:12-14).

Esta advertencia no solo fue escrita para los creyentes. También nos enseña que hay consecuencias terribles para quienes desarrollan un corazón malvado e incrédulo: Los tales se alejan del Dios vivo. Por lo tanto, se nos alienta a exhortar a otros hermanos y hermanas en Cristo, ya que llegamos a ser socios en Cristo solo si (es decir, con la condición de que) mantengamos nuestra confesión firmemente hasta el final. Si no fuera posible desviarse de la fe o desarrollar un corazón malvado e incrédulo, entonces estas escrituras no tienen ningún sentido. Por lo tanto, un creyente en Cristo puede tener una seguridad absoluta de que él o ella está en Cristo y será salvo si permanece en Él (Colosenses 1:23). Jesús advierte: “El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman.” (Juan 15:6).

La seguridad de la salvación pertenece a quien permanece en Cristo. Pero no se da ninguna garantía a quien no permanece en Él, solo una “terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.” (Hebreos 10:27). Bíblicamente, caer de la gracia es totalmente posible.

REFERENCIAS:

[1] Confesión de Fe de Westminster, Capítulo XVII, Sección I.

[2] The Arminian Confession of 1621 – Traducida y editada por Mark A. Ellis (Eugene: Pickwick Publications, 2005), 113.

[3] Ibid., 112.

Neumatología

¿En qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El término blasfemia puede definirse generalmente como “irreverencia desafiante”, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”.[1] El término se puede aplicar a pecados tales como maldecir a Dios o a decir cosas intencionalmente degradantes relacionadas con Dios. La blasfemia es también atribuir algún mal a Dios, o negarle algún bien que deberíamos atribuirle a Él. Un caso particular de blasfemia, sin embargo, es la llamada “blasfemia contra el Espíritu Santo.[2] El concepto de “blasfemia contra el Espíritu Santo”, se menciona en Mateo 12:22-32 y en Marcos 3:22-30.

“Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios. Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama. Por tanto, os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.” (Mateo 12:22-32)

“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios. Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.  Y si Satanás se levanta contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa. De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno. Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.”  (Marcos 3:22-30).

Mucho se ha dicho acerca de este tema, sin embargo, pocos comprenden aún la naturaleza de este pecado. Incluso muchos creyentes sinceros viven atormentados, temiendo haber cometido el pecado imperdonable. La Palabra de Dios indica que sí es posible para un creyente cometer dicho pecado. La Biblia también nos advierte que, “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.” (Hebreos 10:26-27, NVI). Y el apóstol Juan señaló: “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida.” (1 Juan 5:16). Sin embargo, la pregunta aún sigue sin contestar: ¿Qué es en sí, la blasfemia contra el Espíritu Santo?

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO PARA LOS PADRES DE LA IGLESIA Y LOS TEÓLOGOS DE LA EDAD MEDIA.[3]

Algunos de los denominados “Padres de la Iglesia” como Atanasio, Hilario, Ambrosio, Jerónimo y Crisóstomo, consideraron que este pecado es aquella blasfemia que atribuye las obras del Espíritu Santo a los espíritus diabólicos (como ocurre en el episodio relatado en el Evangelio). Agustín de Hipona enseñó, en cambio, que este pecado es cualquier blasfemia contra el Espíritu Santo por quien viene la remisión de los pecados. Muchos otros después de Agustín lo identificaron con todo pecado cometido con plena conciencia y malicia (y se llamaría “contra el Espíritu Santo” en cuanto contraría la bondad que se apropia a esta divina Persona).

Tomás de Aquino, famoso teólogo de la Edad Media, complementando estas tres interpretaciones señaló que el “pecado contra el Espíritu Santo” es todo pecado que pone un obstáculo particularmente grave a la obra de la redención en el alma, es decir, que hace sumamente difícil la conversión al bien o la salida del pecado; así:

(1) Lo que nos hace desconfiar de la misericordia de Dios (la desesperación que excluye la confianza en la misericordia divina) o nos alienta a pecar (la presunción, que excluye el temor de la justicia).

 (2) Lo que nos hace enemigos de los dones divinos que nos llevan a la conversión: el rechazo de la verdad (que nos lleva a rebatir la verdad para poder pecar con tranquilidad) y la envidia u odio de la gracia (la envidia de la gracia fraterna o tristeza por la acción de la gracia en los demás y por el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo).

 (3) Y finalmente, lo que nos impide salir del pecado: la impenitencia (la negativa a arrepentirnos y dejar nuestros pecados) y la obstinación en el mal (la reiteración del propósito de seguir pecando).

Para Tomás de Aquino, era evidente que a este pecado no se llega de repente, sino después de haberse habituado al pecado. La malicia de este pecado implica muchos otros pecados que van deslizando al hombre hasta rechazar la conversión.  Nuestro Señor afirmó que este pecado no sería perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mateo 12:32). Pero debe entenderse que esto no quiere decir que este pecado no “pueda” ser perdonado por Dios, ya que la Biblia deja en claro que la sangre de Cristo es capaz de limpiar cualquier tipo de pecado (1 Juan 1:7), sino que, por la naturaleza del mismo, este pecado no da pie alguno para el perdón, ya que corta todas las vías para el arrepentimiento y la vuelta a Dios (Hechos 7:51). El hombre ya no puede ser perdonado por cuanto se aleja voluntariamente de Aquél que tiene el poder de convencerlo de su pecado, redargüirlo, llevarlo al arrepentimiento y perdonarlo. Sin embargo, jamás debemos perder de vista que nada puede cerrar la omnipotencia y la misericordia divina, la cual puede causar la conversión del corazón más empedernido, así como puede curar milagrosamente una enfermedad mortal (Lucas 1:37).

ANALIZANDO EL CONTEXTO.

Estudiar el contexto de Mateo 12:22-32 y Marcos 3:22-30 es clave para entender la naturaleza de la blasfemia contra el Espíritu Santo y por qué se le llama el “pecado imperdonable”. Obsérvese que Jesús acababa de realizar un milagro. Un hombre endemoniado ciego y mudo fue llevado a Jesús, y el Señor expulsó al demonio, sanando al hombre. Los testigos oculares de este exorcismo comenzaron a preguntarse si Jesús era realmente el Mesías que habían estado esperando. Un grupo de fariseos, al escuchar la conversación del Mesías, rápidamente aplastaron la fe de la multitud, diciendo “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios(Mateo 12:24). Ante tal acusación, Jesús refuta a los fariseos con algunos argumentos lógicos para explicar por qué no está echando fuera demonios en el poder de Satanás (Mateo 12:25-29). Luego, Él habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31-32).

Los fariseos, habiendo sido testigos de pruebas irrefutables de que Jesús estaba obrando milagros en el poder del Espíritu Santo, afirmaron en cambio que el Señor estaba poseído por un demonio (Mateo 12:24). Fíjese que en Marcos 3:30 Jesús es muy específico acerca de lo que los fariseos hicieron para blasfemar contra el Espíritu Santo: “Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo”. Por tanto, la blasfemia contra el Espíritu Santo tiene que ver con alguien acusando a Jesucristo de estar poseído por demonios, en lugar de estar lleno del Espíritu. Este tipo particular de blasfemia no se puede duplicar hoy en día. Los fariseos estaban en un momento único de la historia: tenían la Ley y los Profetas, tenían al Espíritu Santo moviendo sus corazones, tenían al mismísimo Hijo de Dios estando de pie delante de ellos, y veían con sus propios ojos los milagros que Él hacía. Nunca antes en la historia del mundo (y nunca desde entonces) se había concedido tanta luz divina a los hombres; si alguien debiese haber reconocido a Jesús por lo que era, eran los fariseos. Sin embargo, eligieron el desprecio. Ellos atribuyeron intencionalmente la obra del Espíritu al diablo, aunque conocían la verdad y tenían la prueba. Jesús declaró que su ceguera voluntaria era imperdonable. Su blasfemia contra el Espíritu Santo fue su rechazo final de la gracia de Dios. Habían fijado su curso, y Dios iba a dejarlos navegar sin restricciones hacia la perdición.

Jesús dijo a la multitud que la blasfemia de los fariseos contra el Espíritu Santo “no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:32). Esta es otra manera de decir que su pecado nunca sería perdonado. Ni ahora, ni en la eternidad. Como dice Marcos 3:29: “es reo de juicio eterno”. El resultado inmediato del rechazo público de los fariseos hacia Cristo (y el rechazo de Dios hacia ellos), se ve en el siguiente capítulo. Jesús, por primera vez, “les dijo muchas cosas en parábolas” (Mateo 13:3; Marcos 4:2). Los discípulos estaban desconcertados por el cambio de método de enseñanza de Jesús, y Jesús les explicó el uso que Él hacía de las parábolas: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado… porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:11, 13). Jesús comenzó a cubrir la verdad con parábolas y metáforas como resultado directo de la denuncia oficial de los líderes judíos.

De nuevo, la blasfemia del Espíritu Santo no puede repetirse hoy, aunque algunas personas lo intenten. Jesucristo no está en la tierra ahora, sino sentado a la diestra de Dios. Además, nadie puede ver a Jesucristo realizando milagros y luego atribuirle ese poder a Satanás en lugar de al Espíritu Santo.

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO EN NUESTRA ÉPOCA.

Entonces, ¿Pueden los creyentes de hoy cometer el pecado imperdonable? Sí y no, o cuando menos no en el mismo sentido que los fariseos en el primer siglo de nuestra era. El pecado imperdonable de hoy es el estado de continua incredulidad. El Espíritu actualmente convence de pecado, justicia y juicio, a aquellos del mundo que no son salvos (Juan 16:8). Resistir esa convicción y permanecer sin arrepentirse voluntariamente, es “blasfemar” al Espíritu. No hay perdón, ni en este siglo ni en el venidero, para una persona que rechaza el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego muere en la incredulidad. El amor de Dios es evidente: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Y la elección es clara: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no verá la vida, porque la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36).

Ahora bien, no sólo el inconverso puede caer en este pecado. El creyente puede también incurrir en apostasía total e incurrir en el mismo. Pensemos en el caso de Judas Iscariote. Judas se comportaba de forma deshonesta, pues robaba del dinero que se le había confiado (Juan 12:5-6). Finalmente se puso de acuerdo con los gobernantes judíos para traicionar a Jesús por 30 piezas de plata. Es verdad que después de traicionarlo sintió remordimiento, pero en ningún momento se arrepintió de su pecado deliberado. Su conciencia ya era inmune a la influencia del Espíritu Santo (1 Timoteo 4:2). Como consecuencia, Judas cayó de su posición y se condenó a sí mismo, y por eso Jesús lo llamó “el hijo de perdición” (Juan 17:12; Mateo 26:14-16).

¿Cómo llegó Judas a ese estado tan lamentable? Muchos dudarían que Judas fue en algún momento un verdadero creyente. Algunos hasta afirman que Judas estaba predestinado para cometer tal pecado, y que simplemente cumplía con aquello para lo cual Dios lo había creado. Pero eso no es lo que enseña la Biblia. Tal afirmación es absurda, ya que en tal caso Dios, y no Judas, sería el verdadero culpable de tal maldad, pues Dios le habría obligado a pecar. Santiago nos dice: “Cuando alguien tenga una tentación, no diga que es tentado por Dios, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie. Uno es tentado cuando se deja llevar por un mal deseo que lo atrae y lo seduce.” (Santiago 1:12-14, PDT). Judas tampoco fue elegido por ser el peor de los hombres o porque Jesús buscara un pretexto para condenarle, sino que, en oración y comunión con Su Padre, Jesús eligió a Judas entre muchos candidatos para ser parte del selecto grupo de los Doce (Mateo 10.1-4; Marcos 3:13-19; Lucas 6.12-16). En sus inicios, Judas fue un verdadero creyente. Pero cayó en apostasía personal y se perdió eternamente. Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros hoy.

En 1 Timoteo 4:2, el Apóstol Pablo habla acerca de aquellos cuya conciencia ha sido “cauterizada” o dejada insensible en la misma forma que una piel de animal marcada con un hierro llega a ser insensible a más dolor. Para los seres humanos, tener una conciencia cauterizada es el resultado de pecar continua e impenitentemente. Finalmente, el pecado enturbia el sentido moral del bien o del mal, y el pecador impenitente se hace insensible a las advertencias de la conciencia, que Dios ha puesto en cada uno de nosotros para que nos guíen (Romanos 2:15).

En el momento de la salvación, somos limpiados del pecado heredado de Adán y todos los pecados personales. Pero al seguir en nuestro camino como cristianos, seguimos siendo proclives al pecado. Cuando pecamos, Dios nos ha dotado de un método de “limpieza” para restaurarnos al punto de la salvación. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9). Cuando nos permitimos a nosotros mismos practicar pecados de actitud mental, estamos apagando al Espíritu Santo. Se nos manda a no apagar al Espíritu Santo, Quien mora en nosotros (1 Tesalonicenses 5:19). Cuando seguimos en nuestros pecados de actitud mental sin confesarlos, y comenzamos a practicar estos pecados en nuestros cuerpos (Santiago 1:15), entristecemos al Espíritu Santo, algo que no debemos hacer (Efesios 4:30). Una vez más, tenemos la opción de confesar y arrepentirnos, o continuar en el pecado y retroceder espiritualmente. Cuando seguimos con el pecado, nuestras almas empiezan a ser moralmente insensibles. Por fin llegamos a un punto donde nuestra conciencia está cauterizada y no es capaz de ayudarnos a discernir entre el bien y el mal. Es como si un hierro caliente se aplicó a nuestra conciencia, y lo destruyó. Y lo que es peor, podemos llegar al lugar donde no nos importa cuán pecaminosos somos. Esto es lo que se quiere decir en 1 Timoteo 4:2, donde Pablo se refiere a los falsos maestros, llamándolos “embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida.” (NVI), pues han llegado por voluntad propia a un punto irreversible. Se han vuelto insensibles al Espíritu Santo y, por lo tanto, no pueden ser traídos a arrepentimiento para salvación.

De la misma forma que un inconverso puede rechazar el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego morir en la incredulidad y condenarse, así también los creyentes pueden dejar de serlo y caer en apostasía. Si mueren en tal condición su destino eterno será la condenación. Es por ello por lo que Pablo nos dice en 2 Corintios 13:5 que nos examinemos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe. Escrituras tales como Hebreos 6:4-6 y Hebreos 10:26-29 son advertencias para los apóstatas.

“Es imposible que renueven su arrepentimiento aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo y que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y después de todo esto se han apartado. Es imposible, porque así vuelven a crucificar, para su propio mal, al Hijo de Dios, y lo exponen a la vergüenza pública.” (Hebreos 6:4-6, NVI).

 “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios. Cualquiera que rechazaba la ley de Moisés moría irremediablemente por el testimonio de dos o tres testigos. ¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merece el que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado, y que ha insultado al Espíritu de la gracia?” (Hebreos 10:26-29, NVI).

Ellos son rechazados por haber perdido la fe y negar posteriormente a su Señor. Para un creyente moderno, la apostasía total equivale a la blasfemia contra el Espíritu Santo. De cometerla, y morir en ella, no hay perdón de pecados en este mundo ni en el venidero. No porque Dios no pueda perdonarle, sino porque el apóstata se aleja a sí mismo de toda influencia positiva del Espíritu Santo, sin cuya gracia y accionar en el alma, nadie puede salvarse.

APOSTASÍA, BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO Y PÉRDIDA DE LA SALVACIÓN.

Muchos negarían que la salvación pueda perderse, pero la Biblia lo enseña. Los calvinistas, por ejemplo, argumentan que un cristiano que se aparta de la fe y comete apostasía, nunca fue en realidad un verdadero creyente. De esta manera pretenden salvaguardar la doctrina de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente. Tal argumentación busca, además, justificar las deserciones en sus filas. No obstante, tal argumento no es más que un mero pretexto para sostener una doctrina a la cual se aferran.

Nosotros los arminianos, en vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); afirmamos, basados en la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios, que el creyente puede dejar de serlo, cayendo así de la gracia y perdiendo la salvación.

Debemos entender que Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).

Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

 Para el creyente arminiano, el camino que nos lleva a la condenación es gradual y escalonado: pecado persistente, cauterización de la conciencia, incredulidad, apostasía, blasfemia contra el Espíritu Santo y pérdida de la salvación. Es cierto que Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19).

Por otro lado, no siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Otra vez la Biblia habla a todos cuando dice, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).

REFERENCIAS.

[1] RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2018

[2] Paul Lamarche, Pecado, en: Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder 1978, 660-672.

[3] Francesco Roberti, Pecado contra el Espíritu Santo, en: Diccionario de Teología Moral, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1960, pp. 924-925.

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Los 5 Puntos del Calvinismo: Perseverancia Final de los Santos o Seguridad Eterna del Creyente.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
La doctrina de la Perseverancia de los santos aparece en la Confesión de Fe de Westminster de la siguiente manera: “Los que han sido, aceptados por Dios en su Hijo Amado, eficazmente llamados, y santificados por su Espíritu, no pueden caer totalmente ni finalmente del estado de gracia; sino que ciertamente perseverarán en ella hasta el final y serán salvos eternamente” (Westminster, Cap. XVII, Secc. I).

La Perseverancia de los santos es el paso lógico y final en la doctrina calvinista, ya que las doctrinas de la Elección Incondicional y del Llamamiento Eficaz, implican lógicamente la salvación segura de aquellos que reciben estas bendiciones. Si Dios ha escogido absoluta e incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a estas los beneficios de la redención, entonces la conclusión ineludible es que estas personas serán eternamente salvas.

La doctrina calvinista reconoce que la lucha entre el viejo y el nuevo hombre no acabará en este mundo, que los restos de corrupción prevalecerán en nosotros por algún tiempo pero que al final la parte regenerada vencerá mediante el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo (Westminster, Cap. XII, Secc. III). Por ende, la victoria de esta lucha no descansa en nuestras capacidades sino en la obra de Dios por medio de la fuerza que el Espíritu Santo pone en cada uno de aquellos que fueron elegidos por el Padre y redimidos por Cristo. Pasajes como Romanos 8:26, 8:35-39; 6:14; 14:4; Juan 6:47,51; 5:24; 4:14; 10:28,29; 14:19; Filipenses 1:6; 3:20; Romanos 11:29; 1 Juan 5:11,13; Hebreos 10:14; 7:25; 2 Timoteo 4:18; Efesios 1:5; 4:30; Mateo 24:24; Gálatas 2:20; Efesios 4:30; 1 Corintios 10:13; 2 Corintios 2:14; 4:8,14; 9:8; Jeremías 31:3; 32:40; Salmo 23; 1:3; 34:7; 48:12; 92:12; 125:1; Ezequiel 11:19,20; 1 Pedro 1:5; 2 Tesalonicenses 3:3; Isaías 46:4; Lucas 10:20; Apocalipsis 3:5,20, 13:18; 17:8 y 20:12-15 son textos empleados por los teólogos calvinistas en defensa de dicha doctrina.

Muchos han entendido que la doctrina de la perseverancia final de los santos, o seguridad eterna de la salvación, constituye una licencia para pecar. Sin embargo, nadie que conozca la obra de Juan Calvino puede, en la decencia intelectual, sostener que el calvinismo es un camino hacia la indulgencia pecaminosa. Es todo lo contrario. Incluso si se estudia la Ginebra calvinista, donde Calvino intervino en la vida pública, se observará una cuenta estricta de la moral personal y social que mucha gente encontró asfixiante. Las advertencias bíblicas contra el pecado son parte integral del calvinismo, el cual en muchas ocasiones ha probado ser tanto o más legalista y asfixiante, que cualquier otro sistema de salvación por obras ideado por el hombre. Esto nos lleva al siguiente punto: La seguridad (o inseguridad) de la salvación que experimenta el creyente calvinista.

LA INSEGURIDAD ETERNA DEL CALVINISMO:
Los calvinistas, en última instancia, no pueden estar seguros de su salvación aquí y ahora. En primer lugar, porque sólo los elegidos se salvan y ninguno de ellos puede saber, aquí y ahora, de forma contundente, segura e incuestionable, que forma parte de dicho grupo selecto. Y en segundo lugar porque (aunque se supone que Dios es soberano y tiene todo garantizado para sus elegidos), según la propia doctrina calvinista, puesto que no podemos saber a ciencia cierta si pertenecemos o no a los elegidos, cada uno debe probarse a sí mismo y a los demás su pertenencia a dicho grupo por medio de una vida rigurosa y estricta, pues la pertenencia de cada uno al grupo de los elegidos está condicionada a la perseverancia final de cada individuo, la cual ninguno de ellos puede garantizar. Si cayere en algún momento de su vida, esa es señal inequívoca de que tal individuo nunca fue parte de los elegidos, sino de los reprobados. Sin embargo, la garantía bíblica de la salvación no descansa en nuestro rendimiento, sino en la verdad del evangelio que Cristo murió por los pecados del mundo y en su promesa de que todo aquel que cree en Él recibe el don gratuito e incondicional de la vida eterna.

La garantía del calvinista está en que Dios le ha predestinado a la vida eterna como uno de los elegidos. Pero, como ya se hizo evidente, este punto de vista tiene serios problemas: ¿Cómo sabe el calvinista que es uno de los elegidos que han sido predestinados? ¿Y cómo puede estar seguro de que su rendimiento será lo suficientemente bueno como para llegar a la meta? Su rendimiento juega una gran parte en ayudarle a saber si está o no entre ese grupo selecto. Esto ha llevado históricamente a muchos calvinistas (como los puritanos ingleses) a caer en cierto tipo de vida legalista y carente de gracia y paz. La perfección es buscada a toda costa y el rigorismo moral y asfixiante se vuelve la norma, olvidando también otra verdad obvia del Evangelio: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4).

En contraste, nuestra fe, esperanza, confianza y seguridad están en nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, quien pagó la pena completa por nuestros pecados en la Cruz. Por lo tanto, según su promesa, la cual hemos creído, nuestros pecados son perdonados. Hemos nacido de nuevo en la familia de Dios como sus hijos. El cielo es nuestro hogar eterno. Nuestra esperanza está solo en Cristo. Cristo llama, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28). Cristo garantiza, “y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Llegamos a Él por la fe en su palabra y Él nunca nos echará fuera. Nuestra garantía está en su promesa y su poder que nos guarda, no en nuestro esfuerzo o rendimiento. Sin embargo, muchos cristianos profesantes (incluyendo muchos calvinistas de cinco puntos que creen en la Perseverancia de los Santos) están afligidos con dudas sobre su salvación. El teólogo Zane C. Hodges señala que “el resultado de esta teología es desastrosa. Ya que, según la creencia puritana, la autenticidad de la fe de un hombre sólo puede ser determinada por la vida que lleva y la seguridad de salvación se hace imposible en el momento de la conversión” (Zane C. Hodges, author’s preface to The Gospel Under Siege; Dallas, TX: Kerugma, Inc., 2nd ed. 1992, vi). Y se podría añadir que también esto sería cierto en cualquier momento después de su conversión, si su vida en algún momento no cumple con el estándar bíblico. John Piper afirmó: “Nosotros debemos reconocer que nuestra salvación final está condicionada a la subsecuente obediencia que viene de la fe” (John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 25). Sin embargo, como todo buen cristiano sabe, es pequeño el consuelo o seguridad que descansa en nuestra capacidad para obedecer. De hecho, el quinto punto del calvinismo, llamado Perseverancia de los Santos, pone la carga de nuestra salvación sobre nosotros mismos sin tan siquiera darse cuenta de ello. No es de extrañar, entonces, como lo ha comentado el teólogo R. T. Kendall, que “casi todos los Puritanos ‘divinos’ sufrieron grandes dudas y desesperación en sus lechos de muerte al darse cuenta de que sus vidas no dieron evidencia perfecta de que fueron elegidos” (R. T. Kendall, Calvin and English Calvinism to 1649, Oxford: Oxford University Press, 1979, 2; cited without page number by Bob Wilkin, “Ligonier National Conference”, TheGrace Report, July 2000). Por otra parte Arminio, contrario a lo que de él piensan sus enemigos, tenía perfecta seguridad. Declaró con confianza que el creyente puede “salir de esta vida… para comparecer ante el trono de la gracia, sin ningún temor o preocupación” (Jacobus Arminius, The Works of James Arminius, trans. James and William Nichols, Grand Rapids,MI: Baker Book House, 1986, 1:667; cited in Laurence M. Vance, The Other Side of Calvinism, Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed. 1999, 591.).

Curiosamente, la razón de la incertidumbre entre calvinistas se encuentra donde uno espera que este la garantía: en la “P” de TULIP (Perseverancia de los Santos). Pero extrañamente, la certeza de la salvación y la confianza de su destino eterno no se encuentran en el quinto punto del calvinismo donde uno lo esperaría. Tampoco se puede encontrar en los otros cuatro puntos. De hecho, aunque muchos calvinistas lo negarían, la incertidumbre en cuanto a la salvación final, esta entretejida en la estructura misma del calvinismo. El teólogo Philip F. Congdon escribe, “La garantía absoluta de la salvación es imposible en el calvinismo clásico… Entienda por qué: Ya que las obras son un resultado inevitable de la ‘verdadera’ salvación, uno solo puede saber si él o ella es salvo por la presencia de buenas obras. Pero ya que nadie es perfecto… cualquier garantía es, en el mejor de los casos, imperfecta. ¡Por lo tanto, usted puede pensar que cree en Jesucristo, que tuvo una fe salvadora, pero lamentablemente, comete errores, se equivoca… y por no ser salvo, está totalmente ciego al hecho de que no es salvo! R. C. Sproul en un artículo titulado ‘Seguridad de salvación’, escribe: hay gente en este mundo que no son salvos, pero que están convencidos de que lo son… ¡Cuando nuestra seguridad de salvación está basada en lo más mínimo de nuestras obras, nunca podremos tener seguridad absoluta! Pero ¿Nos desaniman las escrituras de tener garantía objetiva de la salvación? ¡Claro que no! por el contrario, el Señor Jesús (Juan 5:24), Pablo (Romanos 8:38-39) y Juan (1 Juan 5:11-13) no tienen ninguna reserva en ofrecer garantía absoluta y objetiva de la salvación. Además, las obras nunca están incluidas como requisito para la seguridad de salvación” (Philip F. Congdon, “Soteriological Implications of Five-point Calvinism,” Journal of the Grace Evangelical Society, Autumn 1995, 8:15, 55–68).

John Piper, quien se describe a sí mismo como un calvinista de “siete puntos” afirmó en cierta ocasión “que ningún cristiano puede estar seguro de que es un verdadero creyente” (John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 23). ¿Por qué? Porque su teología hace que la seguridad de su salvación sea imposible. ¿Por qué debe ser así? Porque el calvinista no puede confiar en la promesa de Cristo de vida eterna en el Evangelio (ya que esa promesa es para los elegidos solamente), su seguridad radica en ser uno de los elegidos, pero ¿Cómo puede estar seguro de que lo es? Piper escribe: “Creemos en.. la seguridad eterna de los elegidos” ((John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 24). Y es aquí donde nos enfrentamos a un grave problema: ¿Cómo puede algún calvinista asegurarse de que está entre esa compañía selecta predestinada para el cielo? Él no puede. No hay un solo versículo en la Biblia que dice cómo estar seguro de que alguno está entre los elegidos. A pesar de que Cristo mandó que se predicase el Evangelio a cada persona que vive en el mundo entero, el calvinista dice que es eficaz solamente para los elegidos. Otros pueden imaginar que creen en el Evangelio, pero al no ser soberanamente regenerados, su fe no es de Dios y no les puede salvar. Esto hace imposible para el calvinista la seguridad de su salvación. ¿Cómo puede el calvinismo dar seguridad a alguien hoy? ¿Quién puede saber que está entre los elegidos secretamente predestinados? Simplemente no puede. No es de extrañar, entonces, que muchos calvinistas están plagados de dudas respecto a su salvación.

Tratando de salvar su sistema doctrinal, algunos teólogos calvinistas recurren a ideas absurdas y contradictorias. Por ejemplo, el teólogo calvinista Loraine Boettner afirmó que la sola presencia de la fe constituye la certeza de que uno está entre los elegidos y argumenta que la fe “no se le da a cualquiera, sino sólo los elegidos y la persona que sabe que tiene esta fe puede estar seguro de que él está entre los elegidos” (Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination, Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932, 308). Tratando de fortalecer su argumento desde un ángulo diferente, Boettner escribe, “cada persona que ama a Dios y tiene un verdadero deseo de salvación en Cristo está entre los elegidos, porque los no elegidos no tienen ese amor o deseo” (Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932), 309). Sin embargo bajo esa norma, los cristianos en la iglesia de Éfeso hubieran dudado de su salvación, porque ya no tenían ese amor ferviente (Apocalipsis 2:4-5), ni tampoco hay ninguna sugerencia de que no fueran cristianos verdaderos.

La gran ironía del calvinismo clásico es esta: Aunque los primeros cuatro puntos del calvinismo insisten que el hombre no puede hacer nada para salvarse, el quinto depende, según la opinión de muchos, del esfuerzo humano. Charles Hodge declara: “la única evidencia de nuestra elección… y perseverancia, es de continuar pacientemente en hacer el bien” (Charles Hodge, A Commentary on Romans; Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1972, 292). Pero el encontrar una garantía en las obras siempre deja preguntas sin respuestas en vista del hecho innegable de que nadie es capaz de obedecer a la perfección y de que las aparentes buenas obras de los no salvos a veces logran avergonzar a cristianos profesantes. Además, el rendimiento puede ser de lo más excelente durante su vida, pero si falla en algún momento, ha perdido la garantía basado en el desempeño.

R. C. Sproul expresó esta preocupación en cuanto a su propia salvación: “Un tiempo atrás tuve uno de esos momentos de aguda autorreflexión… y de repente la pregunta me golpeó: R. C., ¿Qué pasaría si no eres uno de los redimidos? ¿Qué pasaría si su destino no es cielo después de todo, sino el infierno? Te diré que yo estaba inundado en mi cuerpo con un escalofrío que iba desde mi cabeza hasta la parte inferior de mi columna vertebral. Yo estaba aterrorizado. Traté de controlarme. Pensé, “bueno, es una buena señal de que estoy preocupado por esto. Sólo los verdaderos cristianos realmente se preocupan acerca de la salvación”. Pero luego comencé a hacer un balance de mi vida, y miré mi desempeño. Mis pecados llegaron a mi mente y cuanto más analizaba, peor me sentía. Pensé, “tal vez es verdad. Tal vez yo no soy salvo después de todo”. Fui a mi habitación y comencé a leer la Biblia. Y de rodillas le dije, “bueno, aquí estoy. Yo no puedo apuntar a mi obediencia. No hay nada que pueda ofrecer… Sabía que algunas personas sólo corren a la Cruz para escapar del infierno… No podía estar seguro de mi propio corazón y la motivación”. Entonces me acordé de Juan 6:68… ¡Pedro también estaba incómodo, pero se dio cuenta de que estar incómodo con Jesús era mejor que cualquier otra opción!” (R. C. Sproul, “Assurance of Salvation,” Tabletalk, Ligonier Ministries, Inc., November 1989, 20).

¿Incómodo con Jesús? ¿Dónde está la ventaja y certeza en eso? ¿No podría entonces de esa manera un musulmán obtener certeza de su creencia por estar incómodo con Mahoma y el Corán o un mormón por estar incómodo con José Smith? ¿Por qué es mejor estar incómodo con Jesús que con Buda? ¿Dónde sugiere la Biblia, y mucho menos nos manda a estar incómodos con Jesús? Ni tampoco se enseña en este pasaje. ¡Esta idea parece más patética, viniendo de un líder cristiano y teólogo de renombre! ¡Él mismo no puede garantizar que es uno de los elegidos!

Nosotros, sin embargo, tenemos toda razón para estar muy cómodos con Jesús, y esto es una de las bendiciones y parte de la alegría de nuestra salvación. Tenemos prueba absoluta de que la Biblia es la palabra de Dios, que Jesús es el Cristo, que el Evangelio es verdadero, y que tenemos el testimonio del Espíritu Santo morando en nosotros. La Biblia da garantía absoluta: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios…” (1 Juan 5:13). Esa seguridad, según este texto de las Escrituras y muchos otros, son para todos aquellos que simplemente creen en Cristo. No hay ninguna otra base para la garantía del perdón de pecados y la vida eterna. ¿Por qué Sproul no confía en esas promesas? Porque, para un calvinista, la pregunta no es si ha creído en el Evangelio, sino que, si ha sido predestinado desde la eternidad pasada por Dios para estar entre los elegidos, y esa es una pregunta difícil, como muchos calvinistas han descubierto, para su propia consternación.

REINTERPRETANDO LA DOCTRINA:
Muchos calvinistas (concientes de los errores del calvinismo clásico) han abandonado la interpretación más estricta de esta doctrina, modificándola, sin abandonarla del todo, para no sentir que traicionan a Calvino, dejando de ella únicamente aquello que es agradable al oído, al corazón y a la mente humana. Una variante de la doctrina calvinista puede verse en denominaciones e iglesias que sostienen la enseñanza del ‘Una vez salvo, siempre salvo’. Dicha frase es un modo común que se usa en ciertas denominaciones de orientación calvinista moderada (como algunas iglesias bautistas e iglesias cristianas independientes) para referirse a la doctrina de la perseverancia de los santos o seguridad eterna del creyente. Esta, sin embargo, difiere en algunos aspectos de la doctrina calvinista original, pues combina elementos del calvinismo (elección incondicional e irrevocable para salvación y perseverancia final del creyente) con la teología arminiana (expiación ilimitada y libertad de elección).

La doctrina de “Una vez salvo, siempre salvo” busca recalcar la seguridad eterna del creyente, y sugiere que la salvación del creyente está a salvo, ella no está en peligro, y no será tomada. Ella transmite claramente la idea de que una vez que una persona es salva, su salvación se mantiene inmutable y sin interrupciones para siempre. Algunas personas afirman incluso que una vez que una persona haya profesado fe en Jesús, entonces ella es “salva”, y ella nunca perderá su salvación, independientemente de sus creencias y acciones posteriores. Algunos ven en esto una licencia para pecar (antinomianismo), por lo que para evitar tal crítica los defensores de esta doctrina insisten en la necesidad de dar frutos como evidencia de la salvación (enredándose así en el mismo problema que el calvinismo clásico). Esta variante doctrinal (parcialmente calvinista) abre las puertas de la salvación para todos, no sólo para un pequeño grupo de elegidos, pues afirma que una vez adentro (es decir, habiendo aceptado a Cristo como Salvador) todos son parte de los elegidos y, por consiguiente, estos ya no pueden perderse jamás. Los hipercalvinistas, sin embargo, suelen ridiculizar la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo” y rechazan tal postura, pue no creen que la salvación esté disponible para todos sino solamente para los elegidos.

¿QUÉ ENSEÑA EL ARMINIANISMO?
En contraposición al calvinismo, el arminianismo enseña que los que son incorporados a Cristo por una fe verdadera, y por lo tanto son hechos partícipes de su Espíritu vivificante, tienen así todo el poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo, y su propia carne, y para ganar la victoria; siendo bien entendido que es siempre a través del auxilio de la gracia del Espíritu Santo; y que Jesucristo les ayuda a través de su Espíritu en todas las tentaciones. No obstante, también enseña que estos sí son capaces, por negligencia, de abandonar su vida en Cristo, volver al mundo y apartarse de la doctrina sagrada que les ha sido dada, perdiendo así una buena conciencia y cayendo de gracia. Estos pueden perderse eternamente si así lo eligen, o arrepentirse y volver al camino de la salvación si así lo desean: “¿Acaso piensan que me agrada ver morir a los perversos?, pregunta el Señor Soberano. ¡Claro que no! Mi deseo es que se aparten de su conducta perversa y vivan. Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados. Sin embargo, ustedes dicen: “¡El Señor no hace lo correcto!”. Escúchame, pueblo de Israel. ¿Soy yo el que no hace lo correcto o son ustedes? Cuando los justos abandonen su conducta justa y comiencen a cometer pecados, morirán por eso. Sí, morirán por sus acciones pecaminosas; y si los perversos abandonan su perversidad, obedecen la ley y hacen lo que es justo y correcto, salvarán su vida. Vivirán, porque lo pensaron bien y decidieron apartarse de sus pecados. Esas personas no morirán” (Ezequiel 18:23-28). La gracia divina estará siempre disponible para ellos. Pero el juicio también para aquellos que se aparten definitivamente y no vuelvan al Señor al continuar en apostasía, rebeldía y perseverancia en el pecado.

PARA JESÚS, PABLO Y LOS DEMÁS APÓSTOLES, LA SALVACIÓN SE PIERDE:
Al contrario de lo que enseñan los calvinistas con sus cinco puntos, si analizamos bíblicamente las enseñanzas de Jesús, encontramos que la salvación se pierde: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden” (Juan 15:6).
Al mirar la expresión “el que en mí no permanece”, un calvinista podría argumentar que ese nunca fue salvo, porque no era escogido, por eso no permaneció. Pero Jesús está hablando de un pámpano, una parte integral de la vid, la cual no permaneció y por eso será echada al fuego. Si estaba “en Él” era salvo, pero si se aleja y rehúsa permanecer en Él será echado fuera, se secará y será echado en el fuego. Aún en este texto, Jesús está reconociendo el libre albedrío del hombre y su papel en la salvación humana, pues menciona la existencia de personas que no quieren permanecer en Él y se pierden por voluntad propia.

Cuando analizamos la cita bíblica de Marcos capítulo 9 de los versículos 43 al 48, podemos llegar a la misma conclusión: la pérdida de la salvación. En ese texto Jesús enseña que “si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”. Jesús habla de alguien que es salvo, pero que tiene la posibilidad de caer, perdiendo con ello su salvación.

Juan 10: 28 es uno de los versículos favoritos de los calvinistas para defender su postura, dicho texto dice: “y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”. Pablo también nos dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39). Es verdad que nadie nos arrebatara de la mano del Padre y del Hijo, que Dios nos da vida Eterna y no temporal, es verdad que Dios nos ayuda a perseverar, pero eso no niega la realidad de la posibilidad de apostasía. El calvinismo si lo niega, a pesar de que la Biblia lo afirma. 1 Timoteo 4:1-2 “El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe.” (¿Que parte de ““¿El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe,” no entienden los calvinistas para decir que es imposible apostatar?)

La realidad de la apostasía es la motivación de la exhortación de la carta de Hebreos. Hebreos 10:26-29 nos dice: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”

Hebreos 6:4-8 nos recuerda esta terrible verdad: “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada”. Nos preguntamos ¿Quiénes son los que una vez “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… y los poderes del siglo venidero, y recayeron”, si no los creyentes que apostataron? Para los que se apartan, habiendo sido salvos previamente, pero rechazado luego tal bendición, la sentencia es clara. Dicha gente: “es reprobada está próxima a ser maldecida, y su fin es ser quemada”. La posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación es real. 2 Corintios 3:5-7 nos exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados.”

Mateo 7:13-14 nos dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Los calvinistas pretenden usar estos versículos para afirmar que el número de los elegidos es reducido; sin embargo, más que probar el calvinismo prueba el libre albedrío y la posibilidad del hombre (dada por Dios) de responder a la salvación. Pocos lo hallan, escogieron ellos el camino a seguir. No fueron forzados por Dios de forma irresistible. En otra oportunidad, Jesús advirtió a sus siervos a ser fieles: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:45-51). Primero Jesús habla del siervo fiel y prudente, que recibirá recompensa cuando venga su Señor. Después habla de un siervo malo, que cree que su Señor está tardando en venir y comienza a maltratar sus consiervos y a emborracharse. Jesús está hablando de un siervo que llegó a ser infiel y malo, de alguien que en otro tiempo servía a su señor. No se refería a uno que no conocía a su dueño. En otras palabras: un creyente que comienza a hacer lo malo. Viene su señor en el día que no espera y a la hora que no sabe. ¿No será así en la venida de Jesús? Ese siervo será castigado, al lloro y crujir de dientes (lago de fuego). Este último, aunque era fiel al principio, perdió su condición de siervo y se fue con los hipócritas. Y es que la Biblia es clara al afirmar que una persona que haya conseguido la salvación al depositar su fe en Jesús puede perder esa fe y, por lo tanto, la salvación. La Biblia nos exhorta: “Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos… Ahora quiero recordaros, aunque ya definitivamente lo sepáis todo, que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron” (Judas 3,5; LBLA). Esto quiere decir que mantenerse fiel requiere un gran esfuerzo. A los primeros cristianos que ya habían aceptado a Cristo se les dijo: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12, LBLA).

La Biblia nos advierte de que los pecados graves impiden que heredemos el Reino de Dios (1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21). Si la salvación no se pudiera perder, esas advertencias no tendrían ningún sentido. La Biblia muestra que alguien que ha obtenido la salvación puede apartarse de Dios si comete un pecado grave y rehúsa abandonarlo. Por ejemplo, Hebreos 10:26 dice: “Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados” (Hebreos 6:4-6). El apóstol Pedro también nos advierte: “Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera. Pues hubiera sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia, que habiéndolo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado. Les ha sucedido a ellos según el proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vomito, y: La puerca lavada, vuelve a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22, LBLA).

Como ya se dijo anteriormente, Jesús destacó la importancia de mantenerse fieles cuando se comparó a sí mismo con una vid y comparó a sus seguidores con las ramas de esa vid. Por un tiempo, algunos de ellos demostrarían por sus frutos o acciones que tenían fe en él, pero más tarde dejarían de tener fe y serían desechados como una rama que no tiene fruto, así que perderían la salvación (Juan 15:1-6). El apóstol Pablo usó un ejemplo parecido cuando dijo que el cristiano que no se mantuviera fiel sería podado: “Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás cortado” (Romanos 11:17-22, LBLA). La Biblia dice que los cristianos deben mantenerse alerta (Mateo 24:42; 25:13). Aquellos que se duermen en sentido espiritual, ya sea porque practican obras de maldad o porque no obedecen plenamente los mandatos de Jesús, pierden la salvación (Romanos 13:11-13; Apocalipsis 3:1-3).

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos. Anteriormente había reconocido que podía perder la salvación si se dejaba llevar por los deseos carnales. Él escribió: “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27). También afirmó: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

ARGUMENTOS LÓGICOS (O ANALOGÍAS SIN FUNDAMENTO BÍBLICO) EMPLEADOS CONTRA LA DOCTRINA ARMINIANA:
Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. Por ejemplo:

1.- SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO:
La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta. “Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29). Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

2.- SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO:
Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”. En Efesios 2:1-3 pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

3.- ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR D EHABER NACIDO:
Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Romanos 6:23 afirma contundentemente: “Porque la paga del pecado es muerte”. Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

4.- SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA:
Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

• “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)

• “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)

• Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)

• “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10)

• “Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50). Es especialmente importante considerar el todo el contexto d ellos versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

• “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13). El apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios.
La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

EN CONCLUSIÓN:
En vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios nos llevan a rechazar la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos y su variante moderna, la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo”. Sin embargo, es importante recalcar ciertos elementos finales para no caer en otros errores teológicos también graves:

I.- PODEMOS TENER AQUÍ Y AHORA LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN:
La Biblia claramente enseña que somos salvos por gracia mediante la fe (Efesios 2:8) y que los justos viven por fe (Habacuc 2:4; Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). ¡La salvación del creyente se recibe, no por un acto de justicia sino por un acto de fe, y también la salvación se conserva, no por actos de justicia sino por una vida de fe! Ser cristiano entonces no es asunto de obras; sino de fe. Esto tiene que ser enfatizado. En ningún caso Dios acepta a los pecadores basado en el bien que han hecho. Son salvos total y solamente por gracia mediante la fe. Por fe aceptan el hecho de que Cristo murió en su lugar. Por fe dependen totalmente de la misericordia de Dios y aceptan a Cristo como su Salvador. Por fe ellos se ven a sí mismos vestidos con la justicia de Cristo, una posición que no ganaron por mérito propio (Filipenses 3:9). Saben que son aceptados por fe, y este conocimiento les da paz y gozo. La seguridad del creyente, entonces, es solamente mediante la fe, tanto para recibir la salvación como para conservarla. Esta seguridad es posible por medio de la misericordia de Dios al ofrecer la justicia de su propio Hijo al creyente falible y defectuoso mientras mantenga una fe viviente en Cristo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

II.- LA SALVACIÓN NO SE PIERDE A CADA INSTANTE NI POR CUALQUIER COSA:
No. La Biblia muestra claramente que en esta vida los cristianos pecan y que la solución para el cristiano cuando ha pecado es el perdón por medio de Cristo (1 Juan 1:8,9; 2:1). Por otra parte, no es natural que un cristiano siga viviendo una vida de pecado. Es decir, que mientras tenga la vida de Cristo en él, no puede seguir pecando habitualmente. 1 Juan 3:8,9 en donde el tiempo griego que se emplea es el presente continuo, deja esto bien en claro. El que practica pecado es del diablo. Cualquiera que ha nacido de Dios no practica pecado, no sigue pecando habitualmente. No puede seguir pecando de la misma manera que el hijo del diablo. Más bien, el cristiano debe crecer espiritualmente y dejar el pecado, reconociendo que el pecado continuo afectará adversamente su fe. ¿Implica esto que un cristiano puede pecar y todavía ser salvo? La primera reacción de muchos es decir que no puede. Sin embargo, es necesario en este contexto considerar el hecho de que la preocupación, el orgullo, la envidia, y la amargura se aceptan como fallos comunes. Pocos sugerirían que los creyentes que cometen tales pecados están perdidos. Además, si se insiste en que Dios requiere una perfección actual sin pecado de los creyentes, entonces la pregunta es: “¿Está la posición del hombre en Cristo basada en su propia justicia o en la justicia de Cristo que le fue atribuida por fe?” Si el hombre es salvo solamente cuando tiene una vida sin mancha, ¡entonces la salvación no es por gracia, sino por obras! También si Dios acepta al hombre solamente cuando éste no tiene ninguna falta, la vida cristiana entonces no está libre de condenación como Pablo insistió en Romanos 8:1. Más bien, sería una existencia de preocupación y penitencia constante, llena de temor y condenación y desprovista del gozo y la confianza que el conocimiento de la salvación puede dar. Romanos 5:9–11 nos claro que el Dios que nos amó lo suficiente como para proveer para nuestra salvación también nos ama lo suficiente como para proveer para nosotros hasta llegar a la gloria. Esta garantía nos da gozo en Él.

Una pregunta similar es: “¿Qué pasaría a un creyente que peca en el momento en que Jesús regrese?” Los que sostienen la idea de que los cristianos no pueden pecar y todavía ser salvos enseñarían que tal creyente está perdido y condenado por la eternidad. ¡Qué desesperación! ¡El creyente no entra y sale de la gracia de Dios! ¡Está seguro en la mano de Dios, y ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada lo podrá separar del amor del Padre! Sin embargo, debe enfatizarse que no es natural que el cristiano peque. No puede seguir cometiendo los mismos pecados que antes. Habiendo nacido del Espíritu, el creyente es una nueva criatura y las cosas viejas pasaron ya y todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). Entonces ahora no es natural pecar. La vida vieja es algo del pasado, una fuerza dormida dentro, dominada y contada como muerta por la nueva Presencia (Romanos 6:11). Lo que antes era una práctica común, ahora se convierte en algo innatural y contrario a los nuevos impulsos del corazón. El que nace de Dios no puede pecar, o seguir practicando el pecado, dijo Juan. Es decir, el pecado es algo extraño para la nueva naturaleza. La nueva naturaleza, que es nuestra por fe, no peca. Entonces cuando la naturaleza vieja temporal e inesperadamente se recupera, la nueva criatura entera repugna la intrusión innatural. La solución inmediata es Cristo. Cuando el creyente que ha pecado se acerca a Cristo, no es con la desesperación de un alma perdida, sino con el conocimiento seguro de que como hijo de Dios tiene un defensor con el Padre, que es fiel y justo para perdonar y limpiarnos de toda maldad. Entonces el creyente depende de su derecho como hijo de Dios, nunca dudando de su posición, que sabe que está basada en la infalible justicia de Cristo mediante la fe. Ahora bien, habiendo enfatizado la soberanía y la gracia de Dios, también es imperativo enfocar en el albedrío y en la responsabilidad del creyente. Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión. (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

III.- NUESTRA SALVACIÓN ESTÁ SEGURA EN TANTO NO RECHACEMOS A CRISTO:
Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente. (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19). No siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).