Egalitarianismo, Ministerio Femenino

Mujeres en el ministerio: Llamadas, escogidas y empoderadas por Dios

Por Fernando E. Alvarado.

Mientras muchos niegan la igualdad bíblica entre el hombre y la mujer y se oponen a que ejerzan el ministerio, nuestras valientes hermanas no han perdido el tiempo en debates. Ellas se han enfocado en ejercer el llamamiento y los dones que Dios les ha dado y de esa forma aportar mucho más en nuestras iglesias y en la extensión del Reino. Es tiempo de dejar de lado la polémica de si la mujer debe o no debe ejercer autoridad sobre el varón en la iglesia. Muchas mujeres tienen los dones y el llamamiento para liderar. ¿Por qué cortarles las alas?

Romanos 11:29 nos dice que “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. La oposición de algunos jamás podrá destruir el llamado de nuestras fieles hermanas, pues su llamado proviene de Dios, no del hombre que las crítica por ejercerlo. El pueblo de Dios puede y debe trabajar conjuntamente, hombres y mujeres, en el cumplimiento de la Gran comisión dada en Mateo 28:19-20:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tanto los hombres como las mujeres, debemos comprometernos con un modelo de ministerio que refleje el espíritu de servicio mostrado por nuestro Señor Jesucristo, y no la lucha mundana por el poder y el estatus social. Debemos evitar el dominio del hombre sobre la mujer y que ésta se sienta oprimida o postergada, o viceversa, o los deseos de la mujer de demostrar que vale tanto o más que los hombres. Ambas intenciones pervierten el liderazgo, lo ejerza quien lo ejerza, porque no se aplica el corazón de Cristo. Luchemos en unidad, hombres y mujeres, por el cumplimiento de la misión dada a la iglesia de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Marcos 16:15), no olvidando que dicho mandato no discrimina a nadie, pues toda barrera étnica, socioeconómica e incluso de género, ha sido derribada por Cristo en la cruz. Ahora en Cristo:

“Ya no importa si eres judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer. Todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28, NBV).

La “batalla de los sexos” no tiene cabida en la Iglesia del Señor, pues la cruz significa más que perdón, es también reconciliación. Una reconciliación del hombre con Dios y del hombre con sus semejantes, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (1 Corintios 5:19). El hombre y la mujer fueron creados para reflejar juntos la imagen de Dios:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Juntos, por Su gracia y para Su gloria, trabajarán en unidad, ejerciendo cada uno los dones y ministerios que en su soberana voluntad Dios les conceda: pastores y pastoras, misioneros y misioneras, maestros y maestras de la Palabra. Juntos hombre y mujer, liderando y ejerciendo sus dones como iguales para el beneficio del cuerpo de Cristo.

Continuismo, Pentecostalismo Clásico

Pentecostalismo: ¿Fuego extraño o fuego santo?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El pentecostalismo, o movimiento pentecostal, es un movimiento evangélico que incluye un amplio número de denominaciones, iglesias independientes y organizaciones paraeclesiásticas que recalcan la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo. Surgió primero en Norteamérica a principios del siglo XX, cuando miembros del movimiento de santidad wesleyano experimentaron el fenómeno espiritual denominado glosolalia (hablar en lenguas), hecho que identificaron como la evidencia bíblica de haber sido bautizados en el Espíritu Santo (Hechos 1:8, 2:1-4). En la creencia pentecostal, el bautismo en el Espíritu Santo suministra al creyente un poder sobrenatural que incluye los carismas de 1 Corintios 12:8-10.

El pentecostalismo carece de un dirigente mundial debido a las diferentes creencias y opiniones sobre doctrinas, prácticas y liturgia existentes entre sus distintas organizaciones. Una iglesia pentecostal puede trabajar de forma independiente o estar afiliada a una organización religiosa de mayor cobertura. Sus ritos, prácticas y costumbres dependen de la corriente con la cual se identifique. En este sentido, se pueden distinguir tres “olas” en el movimiento pentecostal de nuestro siglo.

La primera es el pentecostalismo clásico que se vincula a la experiencia de “hablar en lenguas” que tuvo Agnes Oxham durante un servicio de sanidad divina en Topeka, Kansas, Estados Unidos, en vísperas del año nuevo de 1900. Este movimiento se extendió rápidamente en sectores populares de los Estados Unidos y pronto fue llevado con celo misionero también a otras partes del mundo. Puede decirse que esta ola es una forma popular del protestantismo que conforman denominaciones como las Asambleas de Dios o la Iglesia Cuadrangular. Brotes espontáneos de este tipo se dieron en América Latina en casos como el de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile y el movimiento “Brasil para Cristo”.

Algo diferente sería la segunda ola conocida también como “Movimiento Carismático” que hacia la década de los sesenta se extiende en el seno de las denominaciones protestantes antiguas como luteranos, anglicanos, presbiterianos, metodistas, o aun de la Iglesia Católica Romana. La glosolalia o la sanidad divina son parte de este movimiento, pero su característica sociológica no tiene las marcas de lo popular como en el caso del pentecostalismo clásico. Como en general no forma denominaciones separadas, conserva las características sociológicas de las denominaciones dentro de las cuales se manifiesta.

La tercera ola se puede definir como neocarismática o neopentecostal. Estaría representada por las nuevas iglesias sin tradición de denominación clara, aparecidas en años más recientes alrededor de figuras carismáticas. Según la World Christian Database, el número de pentecostales clásicos asciende a 78 millones, los carismáticos suman 192 millones y los neopentecostales, 318 millones.

Aunque el pentecostalismo experimentó fuerte oposición en sus inicios, gradualmente fue ganando reconocimiento y aceptación dentro del mundo evangélico al punto que, hoy en día, constituye el sector de mayor crecimiento dentro del protestantismo. Sin embargo, no todos han extendido la mano de confraternidad hacia el pentecostalismo. En ciertos sectores del evangelicalismo tradicional, principalmente en el bloque calvinista o reformado, los oponentes al movimiento pentecostal no solo son muchos, sino también cada vez más agresivos. Por ejemplo, en su polémico libro “Fuego Extraño” el pastor John MacArthur califica al Movimiento Pentecostal y Carismático[1] como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

MacArthur llega al extremo de afirmar:

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

Para MacArthur, lo pentecostales ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, por lo que deberíamos ser rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]

“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

MacArthur concluye su libro afirmando:

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

MacArthur se proclama a sí mismo como cesacionista, lo cual explica en parte su férrea oposición al pentecostalismo. Sin embargo, él no es el único en despreciar al Movimiento Pentecostal. En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, permanece:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8).”[7]

Nos preguntamos ¿Cuál es el problema con MacArthur y otros cristianos no pentecostales? ¿Por qué etiquetan, generalizan y desprecian a todo el movimiento pentecostal y carismático de esa forma? El celo ministerial y el cada vez más persistente decaimiento en las iglesias reformadas, en contraposición a la vitalidad y crecimiento del Movimiento Pentecostal, podrían explicar en parte tal oposición.

MACARTHUR, LOS CALVINISTAS Y EL CESACIONISMO.

John MacArthur es ampliamente conocido en el mundo evangélico. Además de ser pastor y autor es también popular gracias a su programa de radio Grace to You (Gracia a Vosotros). Es el pastor y maestro de la Grace Community Church en Sun Valley, California desde el 9 de febrero de 1969 y actualmente es también el presidente de The Master’s University en Newhall, California y de The Master’s Seminary en Los Ángeles, California.

Teológicamente, MacArthur es considerado un calvinista, y un fuerte defensor de la predicación expositiva. Ha sido reconocido por Christianity Today como uno de los predicadores más influyentes de su tiempo. Pero eso no es todo, MacArthur es cesacionista[8], y es una de las voces más prominentes en la iglesia en contra de las creencias continuistas del pentecostalismo y del movimiento carismático. En relación con el movimiento pentecostal, MacArthur ha llegado incluso a afirmar de forma tajante:

“Esto es el trabajo de Satanás, es el trabajo de la oscuridad, y no ha de ser atribuido al Espíritu Santo.”[9]

No nos extraña que MacArthur piense de esa manera. MacArthur, y muchos otros que se identifican como cesacionistas, niegan la continuidad de los dones espirituales. Ellos afirman que, al sostener dicha postura, buscan proteger las doctrinas de la suficiencia y la finalización de la Escritura. Sin embargo, esta es una excusa. Hay motivos siniestros detrás de esta doctrina, como su incredulidad y el temor de que esta incredulidad sea expuesta si se aventuran. Lejos de admitir su error teológico, los cesacionistas prefieren crucificar a Cristo con sus plumas, sólo para callarle, antes que admitir que luchan con la incredulidad. La incredulidad persistente de muchos calvinistas y otros sectores del protestantismo no les permite ver que la continuación de las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu no compromete la suficiencia y la finalización de la Escritura. Pero en su intento por desprestigiar al pentecostalismo, los cesacionistas como MacArthur afrentan a Dios y niegan la veracidad de la Biblia, libro que pretenden defender. Si de verdad creyeran en la Biblia, lo cesacionistas tendrían que admitir la continuidad de los dones del Espíritu para nuestra época al igual que los pentecostales.

LA BIBLIA ENSEÑA EL CONTINUISMO.

Los pentecostales y carismáticos creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

Contrario a la afirmación de muchos cesacionistas, los dones milagrosos no fueron señal exclusiva de los apóstoles, sino un privilegio común a todos los cristianos ungidos con el Espíritu Santo. En otras palabras, muchos hombres no apostólicos y mujeres, jóvenes y viejos, en toda la amplitud del Imperio Romano, ejercieron sistemáticamente estos dones del Espíritu. El libro de los Hechos nos relata que Esteban y Felipe ministraron en el poder de señales y prodigios. Otros, que ejercían los dones milagrosos, aparte de los apóstoles, incluyen: (1) los 70 que fueron enviados en Lucas 10:09, 19-20, (2) al menos 108 personas, entre los 120 que estaban reunidos en el aposento alto en el día de Pentecostés, (3) Esteban (Hechos 6-7), (4) Felipe (Hechos 8), (5) Ananías (Hechos 9), (6) miembros de la iglesia en Antioquía (Hechos 13), (7) conversos anónimos en Éfeso (Hechos 19:06), (8) la mujer en Cesarea (Hechos 21:8-9), (9) los hermanos sin nombre de Gálatas 3:5, (10) los creyentes en Roma (Romanos 12:6-8), (11) los creyentes en Corinto (1 Corintios 12-14); y (12) los cristianos de Tesalónica (1 Tesalonicenses 5:19-20).

También hay que dar espacio a la explícita y frecuentemente repetida intención de los dones del Espíritu: esto es, la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:07; 14:03, 26). Si bien es cierto los dones espirituales fueron esenciales para el nacimiento de la iglesia, ¿Por qué habrían de ser menos importantes o necesarios por causa de su continuo crecimiento y maduración?

También existe la continuidad fundamental o la relación espiritualmente orgánica entre la iglesia en Hechos y la iglesia en siglos posteriores. Nadie niega que fue una época o período de la iglesia primitiva que podríamos llamar “apostólica”. Debemos reconocer la importancia de la presencia física y personal de los apóstoles y su papel único en sentar las bases de la iglesia primitiva. Pero en ninguna parte del Nuevo Testamento se sugiere que ciertos dones espirituales estaban ligados única y exclusivamente a ellos, o que los dones cesaron cuando los apóstoles murieron. La iglesia universal o cuerpo de Cristo que fue establecido y dotado por el ministerio de los apóstoles es la misma iglesia universal y el cuerpo de Cristo hoy. Estamos juntos con Pablo y Pedro y Silas y Lidia y Priscila y Lucas, todos miembros del mismo cuerpo de Cristo. También hay que tomar nota de 1 Corintios 13:8-12. Aquí Pablo afirma que los dones espirituales no “pasarán” (vv. 8-10) hasta la llegada de lo “perfecto”. Si lo “perfecto” es de hecho la consumación de los propósitos redentores de Dios, como se expresa en el cielo nuevo y la tierra nueva después del regreso de Cristo, podemos confiadamente esperar que continúe la bendición y el empoderamiento de la iglesia con los dones hasta ese momento.

Un punto similar se hace en Efesios 4:11-13. Allí Pablo habla de los dones espirituales como la construcción de la iglesia “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (v. 13; cursivas mías). Dado que esto último con toda seguridad aún no ha sido alcanzado por la iglesia, podemos anticipar con confianza la presencia y el poder de tales dones hasta que llegue ese día.

Aunque los cesacionistas argumenten que las señales y prodigios, así como ciertos dones espirituales, solo sirvieron para confirmar o autenticar a los apóstoles, y que cuando los apóstoles murieron estos dones terminaron, el hecho es que ningún texto bíblico dice que señales y milagros o dones espirituales de un tipo en particular autentican los apóstoles. Señales y prodigios autenticaron a Jesús y el mensaje apostólico acerca de Él. Si las señales y maravillas fueron diseñados exclusivamente para autenticar apóstoles, no tenemos ninguna explicación de por qué los creyentes no apostólicos (como Felipe y Esteban) estaban facultados para realizarlas (1 Corintios 12:8-10). Por lo tanto, esta es una buena razón para ser un cesacionista solo si se puede demostrar que la autenticación o certificación del mensaje apostólico fue la única y exclusiva finalidad de tales demostraciones de poder divino. Sin embargo, en ningún lugar en el Nuevo Testamento es reducido a certificación el propósito o función de lo milagroso.

Los milagros, en cualquier forma, sirvieron para otros varios propósitos distintos: doxológicos (para glorificar a Dios: Juan 2:11; 9:03; 11:04; 11:40, y Mateo 15:29-31.); evangelístico (para preparar el camino para que el evangelio sea dado a conocer: Hechos 9:32-43); pastoral (como expresión de la compasión y el amor y el cuidado de las ovejas: Mateo. 14:14, Marcos 1:40-41), y edificación (para edificar y fortalecer a los creyentes: 1 Corintios 12:07 y el “bien común”, 1 Corintios 14:3-5, 26). Todos los dones del Espíritu ya sean lenguas o enseñanza, de profecía o de misericordia, curación o ayuda, se les dio (entre otras razones) para edificación, construcción, aliento, instrucción, consolación, y santificación del cuerpo de Cristo.

Tal vez la objeción más frecuentemente escuchada de parte de los cesacionistas es que el reconocimiento de la validez de los dones de revelación, como la profecía y la palabra de sabiduría, terminarían socavando la firmeza y la suficiencia de las Sagradas Escrituras. Pero este argumento se basa en la falsa suposición de que estos dones nos proporcionan verdades infalibles iguales en autoridad al texto bíblico en sí. También se escucha la apelación cesacionista a Efesios 2:20, como si en este texto se describen todos los posibles ministerios proféticos. El argumento es que los dones de revelación, como la profecía, estaban vinculados únicamente a los apóstoles y, por tanto, diseñados para funcionar solo durante el llamado período fundacional de la iglesia primitiva.

Un examen detallado de la evidencia bíblica concerniente tanto a la naturaleza de los dones del Espíritu, así como su amplia distribución entre los cristianos indica que hubo mucho más de este don que simplemente los apóstoles imponiendo la fundación de la iglesia. Por lo tanto, ni la muerte de los apóstoles, ni el movimiento de la iglesia más allá de sus años fundacionales, tiene influencia alguna sobre la validez y continuidad de los charismata hoy. Por último, aunque no es técnicamente una razón o argumento para ser un continuista, no puedo pasar por alto la experiencia. El hecho es que he visto todos los dones espirituales en funcionamiento, probados, confirmados, y experimentados de primera mano en innumerables ocasiones. La experiencia, al margen del texto bíblico, prueba poco. Pero la experiencia ha de tenerse en cuenta, sobre todo si muestra o encarna lo que vemos en la Palabra de Dios.

DESHONESTIDAD INTELECTUAL Y TEOLÓGICA DE JOHN MACARTHUR.

En uno de sus sermones sobre el enfoque bíblico de crecimiento de la iglesia, John MacArthur insistió en que los métodos de crecimiento de la iglesia que se basan en las teorías de negocios y trucos de marketing son infieles y destructivos. Estoy totalmente de acuerdo con él en eso. MacArthur propuso que los cristianos deben regresar a los Hechos de los Apóstoles,[10] ya que allí el método divino modelado por los primeros discípulos se establece. Él no se refería a un modelo neotestamentario en un sentido general, pero insistió en que hay que seguir el libro de los Hechos.

Luego, en el curso del sermón, ofreció cinco principios que había derivado: La iglesia primitiva tuvo 1) Un mensaje trascendente, 2) Una congregación regenerada, 3) Una valiente perseverancia, 4) Una pureza evidente, y 5) Un liderazgo cualificado. Sin embargo, cualquier expositor honesto debería haber añadido, 6) Un hablar en lenguas, sanidad de paralíticos, resurrección de muertos, expulsión de demonios, visiones, profecías y ministerios milagrosos. Todas estas cosas se registran en el libro de los Hechos, ¿No es así? ¿Por qué entonces MacArthur lo omite? ¿Qué libro de los Hechos estuvo leyendo MacArthur? ¿Es este el campeón de la predicación expositiva que tantos cristianos adoran? La predicación expositiva obliga al predicador a abordar temas con los que no se siente cómodo, y exponer lo que él podría encontrar difícil de aceptar ¿Qué pasó con eso? Pareciera que MacArthur olvidó que, como teólogo honesto que dice ser, no debe permitir que el prejuicio y la mentira oscurezcan las claras enseñanzas de la palabra de Dios. Es muy difícil, si no imposible, excusar a alguien de su calibre por no mencionar los milagros cuando él mismo, con tanto celo e indignación, reprende a las iglesias por no seguir el patrón en el libro de los Hechos.

Señores cesacionistas: Jesús dijo que íbamos a recibir poder cuando el Espíritu Santo, viniese sobre nosotros. Entonces, ¿dónde está el poder? Ustedes, que no creen en la continuidad de los dones sobrenaturales: Ustedes dicen que tienen el Espíritu, que todos los creyentes lo tienen, así que ¿Dónde está el poder? ¡Hipócritas! Pretenden que lo tienen redefiniéndolo. Lo cierto es que cuando los discípulos fueron llenos del Espíritu en el libro de los Hechos, hubo tales manifestaciones de poder que provocó que los no creyentes temblaran. ¿Dónde está el poder? Es cierto que una demostración del poder divino no siempre implica milagros, pero ¿Hay alguna manifestación del poder entre ustedes? ¿Ninguna en absoluto? ¿Dónde está la autoridad divina en su discurso? ¿Dónde está la sabiduría divina en su consejo? ¿Dónde está la audacia divina en sus acciones? Ustedes tienen sus métodos expositivos, sus grados de seminario, sus documentos de ordenación, y los libros de este o aquel teólogo en sus estantes. Pero ustedes no tienen el poder.

La continuidad de los dones y su necesidad y presencia en nuestra época es incuestionable. Esta es la herencia de todos los cristianos, y el equipo necesario de todo ministro del evangelio. Dios no nos ha dado un espíritu de debilidad, sino un espíritu de poder; el poder de creer y el poder para derrotar el cinismo y la incredulidad.

¿Y QUÉ HAY CON LAS ACUSACIONES MORALES QUE MACARTHUR Y MUCHOS OTROS ARROJAN SOBRE EL PENTECOSTALISMO?

En su polémico libro “Fuego Extraño”, MacArthur arroja lodo sobre la reputación del Movimiento Pentecostal al afirmar:

“La trágica ironía es que el movimiento que se cataloga a sí mismo como «lleno del Espíritu» resulta notorio por la inmoralidad sexual, las irregularidades financieras y la mundanalidad ostentosa en la vida de sus líderes más visibles… el movimiento carismático se ve manchado con regularidad por el escándalo.”[11]

Muchos líderes pentecostales han caído en graves errores morales. Eso es cierto. El pecado es común a la naturaleza humana. Seguramente un calvinista como MacArthur que sostiene la depravación total del hombre concordaría con nosotros al respecto. Lo verdaderamente malicioso de sus acusaciones reside en el hecho de que, según MacArthur, sólo los pentecostales y carismáticos somos culpables de tales faltas. Pero ¿Posee MacArthur la autoridad moral para decir eso? Personalmente, lo dudo.

Con respecto a MacArthur y la institución educativa y teológica que preside, las autoridades estadounidenses reportaron:

“Después de que un equipo de acreditación visitó The Master´s College para revisar sus prácticas en marzo de este año, el equipo compiló un informe en el que se afirmaba que la universidad estaba nuevamente en violación de las responsabilidades de informe requeridas en virtud de la Ley Clery y la Ley de Violencia contra la Mujer (VAWA). La Ley Clery exige que todas las escuelas que reciben asistencia financiera federal bajo el Título IV de la Ley de educación superior informen los delitos, incluidas las agresiones sexuales, que ocurren dentro y fuera del campus. Según el informe del equipo de la Asociación Occidental de Escuelas y Colegios (WASC, por sus siglas en inglés) no es la primera vez que la universidad se encuentra bajo escrutinio por cuestiones relacionadas con las leyes federales relacionadas con la agresión sexual… Un estudio realizado en 2013 por un investigador de la Universidad de Cornell analizó los datos de la Ley Clery del Departamento de Educación para clasificar y evaluar las instituciones según los informes de agresión sexual. The Master´s College y The Master´s Seminary se clasificaron dentro del último tramo de los puntos de referencia del estudio. Según las medidas estándar de salud pública, el estudio estimó la ocurrencia de aproximadamente 34.96 asaltos en el campus de The Master´s College y The Master´s Seminary en 2013. La escuela informó cero violaciones, según el Departamento de Educación de los Estados Unidos. El estudio se repitió nuevamente utilizando los datos de 2014. Se esperaba The Master´s College y The Master´s Seminary reportaran 40.03 agresiones sexuales. La universidad de nuevo no informó al Departamento de Educación de los Estados Unidos. Entre 2014 y 2016, el año más reciente en que están disponibles los datos de la Ley Clery, no se presentaron informes de violación o agresión sexual ante el Departamento de Educación de los Estados Unidos. El año siguiente, el Departamento de Educación de EE. UU. Emitió una Determinación de Revisión Final del Programa (FPRD) el 6 de julio de 2015, que confirmó varios casos de incumplimiento de las disposiciones de la Ley Clery durante 2014. La escuela tuvo una declaración de política incompleta con respecto a programas de asalto sexual en el campus, una descripción incompleta de los procedimientos a seguir cuando ocurre un delito sexual y no desarrolló los procedimientos para la acción disciplinaria del campus en casos de un presunto delito sexual, según el Departamento de Educación de los Estados Unidos.”[12]

Entonces, ¿Es el pecado sexual y los escándalos morales un distintivo único de nosotros los pentecostales? Sin lugar a duda, MacArthur está lanzando piedras a la casa del vecino, pero olvida que él mismo tiene un techo de cristal. La inmoralidad y el escándalo lo han salpicado a él también, por lo que sus acusaciones en contra del pentecostalismo son simplemente hipócritas. La diferencia entre MacArthur y los líderes carismáticos que él acusa reside en que MacArthur, hipócritamente, intentó ocultar todo aquello que dañara su reputación y la de su seminario teológico.[13]

¿Y ENTONCES?

No todo en el pentecostalismo funciona bien. MacArthur acierta en muchas de sus críticas. Su pecado es la generalización. Incluso el Dr. George O. Wood, superintendente general de las Asambleas de Dios de Estados Unidos, reconoció en una carta dirigida al Pastor John MacArthur acerca de su conferencia “Fuego Extraño”, que “ha habido aberraciones aisladas de comportamiento y de doctrina durante el siglo pasado, entre los que se autoidentifican como pentecostales o carismáticos”. Sin embargo, que “el movimiento en su conjunto ha demostrado ser una fuerza vital en la evangelización del mundo.”

El Dr. Wood, en un espíritu mucho más cristiano que el demostrado por MacArthur, también dijo:

“Confiamos en que llegará el momento en que el Dr. John MacArthur y aquellos que comparten su punto de vista reconozcan la gran contribución que los pentecostales y carismáticos están haciendo en la evangelización de las personas sin Cristo. Pedimos las bendiciones de Dios sobre sus esfuerzos para compartir el evangelio en un mundo que se pierde. Pentecostales y carismáticos son sus colaboradores en este esfuerzo por lo que pedimos que ellos igualmente oren por la bendición de Dios en nosotros a medida que tratamos de cumplir con la gran comisión que Dios nos ha dado. “[14]

El continuismo del movimiento pentecostal es bíblico y no pretendemos disculparnos por ello. Concordamos con MacArthur y otros cesacionistas acerca de los abusos cometidos por algunos grupos carismáticos. Al igual que MacArthur, los pentecostales de sana doctrina nos oponemos a los errores teológicos de movimientos pseudocristianos, autodenominados pentecostales, como la Nueva Reforma Apostólica, la Confesión Positiva, el Evangelio de la Prosperidad, el dominionismo y muchas otras herejías. Precisamente por ello, nos negamos a permitir que se nos etiquete a todos por igual como herejes o que se generalice sobre nosotros.

Señores cesacionistas ¡Ya basta de tanta hipocresía y espíritu fariseo y anticristiano hacia sus hermanos en la fe! ¡A paz nos ha llamado el Señor!

REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[4] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 15.

[5] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 16.

[6] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] El cesacionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesacionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.

[9] La conferencia Fuego Extraño puede escucharse en su totalidad en: https://www.gracia.org/library/topical-series-library/GAV-325/conferencia-fuego-extra%C3%B1o

[10] https://www.gracia.org/library/sermons-library/GAV-44-13/la-iglesia-ordinaria

[11] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 195.

[12] Véase : https://proclaimerscv.com/2018/09/19/masters-demonstrates-failure-to-report-sexual-assault-under-clery-act/, consultado el 05-03-2019.

[13] Para mayor información sobre los escándalos por abuso sexual en The Master´s College (ahora The Master´s University) y The Master´s Seminary pueden consultarse diversos enlaces, entre ellos: https://spiritualsoundingboard.com/2017/09/22/janes-account-of-rape-response-of-masters-university-to-her-claims-and-a-breaking-development-confirming-details-doyouseeus/, https://www.patheos.com/blogs/jesuscreed/2017/09/25/janes-story-leaders-failed/, http://thewartburgwatch.com/2017/09/23/janes-traumatic-rape-and-subsequent-mistreatment-by-officials-at-the-masters-college-now-university/

[14] Véase: https://www.crossmap.com/article/assemblies-of-god-george-woods-statement-regarding-strange-fire-conference.html, consultado el 05-03-2019.

Dones Espirituales

Los Dones Ministeriales o Funciones Carismáticas.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En un sentido amplio, un don espiritual es cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye tanto los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia), así como aquellos que trascienden los medios ordinarios (sanidades, profecía y milagros). Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Los dones ministeriales o funciones carismáticas son parte de este regalo maravilloso que constituyen los dones espirituales, los cuales han sido dados para la edificación de la iglesia del Cristo. Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

Aunque el Nuevo Testamento insiste en la universalidad del ministerio dentro del cuerpo de Cristo, también indica que algunos creyentes son apartados de manera exclusiva para funciones concretas dentro del ministerio. Con frecuencia se menciona al respecto Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. De esta manera se obtiene una lista de las que se han llamado en ocasiones “funciones carismáticas” o “dones ministeriales” de la Iglesia Primitiva, diferentes a los “puestos administrativos” (obispo, anciano, diácono), de los que se hace mención especial en las últimas epístolas del Nuevo Testamento. El importante papel que desempeñaron los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros en el ministerio de la Iglesia Primitiva está bien atestiguado en el Nuevo Testamento.

Referente a los dones ministeriales, el apóstol Pablo escribió: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, quien está sobre todos, en todos y vive por medio de todos. No obstante, él nos ha dado a cada uno de nosotros un don especial mediante la generosidad de Cristo. Por eso las Escrituras dicen: «Cuando ascendió a las alturas, se llevó a una multitud de cautivos y dio dones a su pueblo». Fíjense que dice «ascendió». Sin duda, eso significa que Cristo también descendió a este mundo inferior. Y el que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, a fin de llenar la totalidad del universo con su presencia. Ahora bien, Cristo dio los siguientes dones a la iglesia: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. Ellos tienen la responsabilidad de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es decir, el cuerpo de Cristo. Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.” (Efesios 4:5-11, Nueva Traducción Viviente).

La validez y vigencia de las funciones carismáticas para nuestra época es incuestionable. Pablo mismo afirma que este proceso (la edificación de la iglesia a través de todos y cada uno de los dones ministeriales) continuará “hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios” (v. 11). En su misericordia, Dios ha dotado a su cuerpo, que es la iglesia, de dones en forma de hombres y mujeres. En este pasaje vemos que se registran cinco dones:

1)- El apóstol, aquel que establece, planta y fortalece las iglesias (el actual oficio o función del misionero).

2)- El profeta, aquel que pronuncia el mensaje de Dios.

3)- El evangelista, aquel que es llamado a predicar el evangelio.

4)- El pastor, aquel que alimenta y pastorea a los cristianos.

5)- El maestro, aquel que instruye a los cristianos en la Palabra de Dios.

Es importante hacer hincapié en el hecho de que estos no son títulos, sino funciones carismáticas o dones. Una persona no llega a ser profeta porque alguien le dé el nombre de profeta; más bien, llega a ser profeta cuando desarrolla la habilidad que Dios le ha dado de obrar como profeta y responde al llamado específico de Dios con un corazón dispuesto. El propósito de estos dones ministeriales es muy claro. The New American Standard Bible lo dice de esta forma: “Y Él puso a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, y a otros como pastores y, maestros, para equipar a los santos para la obra del servicio, para el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, y al conocimiento del Hijo de Dios.” (Efesios 4:11-13)

Estos cinco dones ministeriales o funciones carismáticas también pueden llamarse dones de “equipamiento”, los cuales permiten a los santos (los creyentes) hacer la obra del ministerio, para que el Cuerpo de Cristo en la tierra (la iglesia) pueda funcionar como representante de Dios. Por lo tanto, estos dones tampoco nos pertenecen ni se dan por voluntad humana (Hechos 13:2; 1 Corintios 12:11; 1 Pedro 4:10). Más bien, estos hombres y mujeres han sido dotados para equipar al resto del Cuerpo de Cristo. Son dones en forma de hombres y mujeres, dados a la iglesia para su edificación. Analicemos brevemente cada uno de los dones ministeriales.

 

LOS APÓSTOLES.

La palabra apóstol (en griego: Απόστολος) significa enviado o comisionado. Por lo tanto, la función carismática que llamamos “apóstol” describe a alguien que ha sido enviado o comisionado en representación de nuestro Señor Jesucristo. En el Nuevo Testamento la palabra “apóstol” se utiliza para describir a los discípulos comisionados por Cristo Jesús para la tarea de proclamar su evangelio y sus enseñanzas. El término “apóstol” describe a dos categorías de personas:

(1. Los Apóstoles comisionados por Jesús mismo. Describen exclusivamente a los doce que anduvieron con Jesús (a quienes Jesús mismo “les llamo apóstoles” Lucas 6:12-16). A esta categoría pertenecen exclusivamente quienes estuvieron con Jesús en su ministerio terrenal desde su bautismo hasta su resurrección, a los cuales Jesús personalmente comisionó, y los cuales llegaron a ser el fundamento doctrinal sobre el cual la iglesia primitiva determinó sus enseñanzas (Efesios 2:20), por el hecho de haber sido testigos de las enseñanzas de Jesús mismo (Hechos 1:21-22). El Nuevo Testamento deja en claro que el grupo conocido como “los Doce” se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba”. De lo contrario, no podría haber sido, en palabras de Pedro “hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo, mostrando que, para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1 Corintios 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo exclusivo de los Doce quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Sin embargo, esto no significa que la función carismática del apóstol haya desaparecido de la iglesia del siglo XXI; de hecho, aún tenemos entre nosotros otro tipo de apóstoles que continuará hasta que Cristo venga.

(2. Otros discípulos de Jesús que no fueron parte de los doce, y siervos de Dios comisionados a servir por las iglesias locales. Es necesario recordar que el término “apóstol” se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso, el sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión. Un aspecto más específico de este sentido ocurre en 2 Corintios 8:23 y Filipenses 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea de carácter misionero. En este sentido, la palabra “apóstol” significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). Dicho de otra manera, y lejos de representar un título de autoridad universal sobre la iglesia como en el caso de los Doce, el término apóstol llegó a utilizarse dentro de la iglesia para describir también a creyentes que hacen la tarea que los apóstoles hacían, es decir, que son comisionados o enviados por las iglesias para evangelizar, plantar nuevas iglesias, y/o apoyar con la enseñanza (el discipulado) en iglesias ya existentes.

En escritos cristianos antiguos como la Didajé, o La Enseñanza de los Apóstoles (escrito alrededor del año 150 d.C. aproximadamente) se llama “apóstoles” a aquellos predicadores itinerantes enviados por las iglesias a ministrar a otros lugares: “Pero con respecto a los apóstoles y profetas, obrad con ellos en conformidad con el evangelio. Que todo apóstol, cuando venga a vosotros sea recibido como el Señor; pero no se quedará más de un solo día, o, si es necesario, un segundo día; pero si se queda tres días, es un falso profeta. Y cuando se marche, que el apóstol no reciba otra cosa que pan, hasta que halle cobijo; pero si pide dinero, es un falso profeta.” (Didajé, 11)

Estos siervos enviados o comisionados por las iglesias (apóstoles) no son columnas o fundamentos de la iglesia como los doce Apóstoles, simplemente hacen la función de lo que hoy llamamos misioneros. Describe el ministerio de personas comisionadas por la iglesia local para proclamar el evangelio, servir, instruir, o plantar nuevas iglesias en otros lugares. Es en este sentido que el ministerio apostólico continúa en la actualidad. Que los misioneros fueron llamados apóstoles es ampliamente testificado en el Nuevo Testamento:

  • En Hechos 14 14 dice: “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces”
  • En Romanos 16.7 dice: “Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo”. Nótese que Andrónico y Junias (una mujer) también son llamados apóstoles.
  • 2 Corintios 8.23 dice: “En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, y gloria de Cristo”. El texto griego dice que …” y en cuanto a nuestros hermanos, son “apostoloi” de las iglesias.” Así que la traducción exacta es que Tito y otros cuyos nombres allí no se mencionan son apóstoles de las iglesias puesto que desempeñaban labores misioneras y de apoyo a los Apóstoles originales.
  • En 1 Tesalonicenses 1.1 dice: “Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Y luego, en 1 Tesalonicenses 2.6 dice: “ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.” ¿A qué apóstoles se refiere aquí Pablo? A él mismo (Pablo), a Silvano y a Timoteo. Los 3 eran misioneros y se desempeñaban como tales.
  • Santiago 1.1 nos dice: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud.” Éste era el hermano del Señor Jesús constituido como apóstol a los judíos en la dispersión. En 1 Corintios 15.7 dice: “Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”
  • En Filipenses 2.25 dice: “Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades” Aquí como en el caso de Tito, los traductores, prefieren traducirlo “vuestro mensajero”, aunque el original griego dice claramente “apostolôn” (por la forma del genitivo), o literalmente “vuestro apóstol”, ya que realizaba labores misioneras.
  • 1 Corintios 4:6,9 dice: “Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que, por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros… Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.” Nótese que Apolos, otro misionero, es llamado apóstol.

 

LOS PROFETAS.

La función carismática del profeta continúa vigente en nuestra época. El Nuevo Testamento deja clara evidencia de ello. Sin embargo, pocas palabras están tan malentendidas como las palabras “profecía, profetizar” y pocos ministerios son tan mal entendido como el de profeta. Se da por sentado que profetizar es vaticinar eventos futuros u otras veces que es la manifestación abierta de información secreta. De hecho, eso es el concepto pagano del término (los oráculos griegos, la Sibila, Nostradamus, el horóscopo). Entonces surgen falsos profetas que se creen dueños de la palabra divina y no invitan el cuestionamiento ni lo toleran. Es claro que Dios conoce el futuro, y lo ha revelado, pero no sólo para que conozcamos cosas del mañana, sino para que cumplamos su voluntad hoy, en el presente, a la luz del porvenir. Los profetas, en el sentido bíblico, no eran ni son futurólogos, mucho menos adivinos ni pitonisas. No eran profetas porque vaticinaban el futuro sino porque entendían el presente a la luz de la voluntad de Dios. Si no predecían nada futuro, no eran menos profetas. El profeta es profeta porque trae un mensaje de Dios para el pueblo y para los pueblos.

Estudiosos de las escrituras, analizando bien las acciones y los escritos de los profetas hebreos, han encontrado lo esencial y definitivo del profetismo en su doble función de denuncia y de anuncio. Denuncian los pecados e injusticias, tanto fuera de Israel (Amós 1:3 – 2:3) como dentro del pueblo de Dios (Amós 2:4-12). Su lenguaje es fuerte, no siempre amable (igual que el de Jesús). Anuncian juicio y salvación para Israel y las demás naciones y hasta una nueva creación (Isaías 65:17). Para hacer todo eso, los profetas deben ser como los hijos de Isacar, “entendidos en los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer” (1 Crónicas 12:32). Los profetas son profetas porque ven su mundo con los ojos de Dios y sus corazones arden con celo por la voluntad de Dios.

Entre las congregaciones que fundó Pablo, hubo dos extremos en cuanto a la profecía y el ministerio profético. En Tesalónica apagaban al Espíritu, despreciando las profecías (1 Tesalonicenses 5:19-20).  Eran lo que hoy llamaríamos “anti-pentecostales”. A ellos, Pablo les manda dejar de actuar así, pero a “someterlo todo a prueba”, es decir, ni rechazar las profecías de antemano ni tampoco creerlos ciegamente, sino examinarlas y retener lo bueno. Tenía que tomar las profecías más en serio, pero con discernimiento maduro, para no ser engañados por falsos profetas.

De 1 Corintios queda claro que en Corinto existía el otro extremo. Su tendencia de sobrevalorar los dones carismáticos los llevaba a exageraciones, abusos y en general mucho desorden. Hoy los llamaríamos “ultra-pentecostales”. 1 Corintios 14:29-33 nos dice: “En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden sino de paz.” Este pasaje nos habla de mensajes proféticos que surgían espontáneamente en medio del culto. Eran profetas congregacionales en Corinto, más de veinte años después del Pentecostés. Parece que eran muchos, tanto que Pablo tuvo que ordenar la situación.

Tal como el texto lo deje entrever, con una libertad a veces excesiva, casi todos en la congregación de Corinto querían hablar lenguas y profetizar, aparentemente creyendo que las lenguas y las profecías fueran Palabra de Dios sin mediación humana falible y hasta pecaminosa. A ellos Pablo les manda poner en orden su conducta, a profetizar uno a la vez y no más de dos o tres en cada culto, Además. al mandar que “los demás juzguen” cada profecía (hoi alloi diakrinô), Pablo repite, en otras palabras, la exhortación de 1 Tesalonicenses 5, de examinar (dokimazô) las profecías antes de recibirlas como revelación. Por las palabras de Pablo resulta más que obvio que la profecía no funciona aquí como revelación infalible al mismo nivel que la Biblia, sino como don carismático de la congregación. Nótese que los verbos “examinar” y “juzgar” en estos textos están en el modo imperativo. Todos los fieles, como portadores/as del Espíritu de Dios, tienen el deber de aportar a la valoración crítica de las profecías y demás mensajes. La palabra profética va para la comunidad de fe, y por eso todos ellos (hoi alloi) están llamados a juzgarla (diakrinô, evaluar, discernir), ya que todos son portadores/as del Espíritu de Dios. La iglesia debe escuchar la profecía y recibirla con respeto, pero con discernimiento crítico (1 Tesalonicenses 5:19-21). Lo más significativo en este texto es que describe esta profecía congregacional como revelación (apokaluptô). Según la Biblia, Dios se revela de distintas maneras. Su máxima revelación es Jesucristo, el Dios encarnado (Juan 1:14,18; Hebreos 1;1-2). Segundo, la Palabra escrita, inspirada por el Espíritu, da testimonio de él (1 Corintios 2:9-13; Juan 5:39). Además. la creación revela a su Creador (Salmos 19:1-6; Romanos 1:18-21). Y según 1 Corintios 14:29-33, las profecías, debidamente escrutadas y convalidadas, son también revelación de Dios y su voluntad 1 Corintios 14:30; Juan 16:8-13).

El Nuevo Testamento evidencia la continuidad del ministerio profética en la Iglesia de Cristo. Existe referencia en el Nuevo Testamento a profetas como oficios en la iglesia en tres lugares, Hechos capítulos 13, 15 y 21. Se mencionan a Bernabé, Simón el que se llamaba Níger, Lucio de Cirene, Manaén, y Saulo. Judas y Silas, cuatro hijas de Felipe que profetizaban y a un profeta llamado Agabo. Veamos estas referencias:

  • “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.” (Hechos 13:1-3).
  • Hechos 15:32 “Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras.”
  • Se menciona de Felipe el evangelista tenía cuatro hijas que profetizaban: “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.” (Hechos 21:8-9).
  • Hechos 21:10-11 nos habla de un profeta llamado Agabo: “descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”

La literatura proveniente de los primeros cristianos también constata la existencia de esta función carismática dentro de la iglesia aún después de la muerte del último de los Doce: “No todo el que habla en el Espíritu es un profeta, sino sólo el que tiene los caminos del Señor. Por sus caminos pues, será reconocido el profeta falso y el profeta. Y ningún profeta, cuando ordenare una mesa en el Espíritu, comerá de ella; pues de otro modo es un falso profeta. Y todo aquel que diga en el Espíritu: Dadme plata u otra cosa, no le escuchéis; pero si os dice que deis a favor de otros que están en necesidad, que nadie le juzgue. Pero que todo el que venga en el nombre del Señor sea recibido; y luego, cuando le hayáis probado, le conoceréis, porque discerniréis la mano derecha de la izquierda. Pero si no tiene oficio proveed de que viva como un cristiano entre vosotros, pero no en la ociosidad. Si no hace esto, es que está traficando con respecto a Cristo. Guardaos de estos hombres.” (Didajé, 11-12).

Con base en el Nuevo Testamento y los escritos de los primeros cristianos, podemos afirmar que la función de los profetas en el Nuevo Testamento (y en la iglesia actual) no es exactamente la misma como en el Antiguo Testamento. En el orden del Antiguo Testamento, Dios llamó profetas con el mandato de anunciar y escribir Su revelación autoritativa para el pueblo; es decir, escribir los libros de la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo. Debe destacarse que ninguno de los profetas mencionados explícitamente en el Nuevo Testamento escribió un libro de la Biblia. Ellos tenían simplemente la función de animar, exhortar y advertir a los hermanos con lo que Dios les revelaba. (Hechos 15:32). Además, es una función importante de la profecía, traer a la luz “las cosas escondidas del corazón” (1 Corintios 14:24-25). La profecía puede obrar convicción en un incrédulo que accidentalmente entra a una reunión de los cristianos.

Aunque los profetas del orden del Nuevo Testamento no tienen el mismo peso como en el Antiguo Testamento, su función sigue siendo importante. Aunque no están puestos para revelar verdades eternas y autoritativas de la fe, sí tienen la función de anunciar en situaciones específicas lo que el Señor quiere decir a una persona o iglesia en particular. Así, la profecía es una de las pocas funciones en la iglesia que concretiza lo que es el gran privilegio del Nuevo Pacto: tener acceso directo a Dios, estar en comunión con Él y conocer Su corazón.

 

LOS EVANGELISTAS.

Nuestra palabra “evangelista” proviene del vocablo griego euagelistés, que significa “el que proclama buenas noticias.” Un evangelista es entonces uno que se dedica enteramente a “proclamar (predicar) el evangelio”, especialmente el mensaje de salvación. El término evangelista se usa sólo tres veces en el Nuevo Testamento (Hechos 21:8; Efesios 4:11; 2 Timoteo 4:5). No obstante, Pablo enumera al evangelista como uno de los dones ministeriales de la iglesia (Efesios 4:11). Solamente Felipe es llamado específicamente un “evangelista” (Hechos 21:8); pero trabajadores tales como Timoteo (2 Timoteo 4:5), Lucas (2 Corintios 8:18), Clemente (Filipenses 4:3) y Epafras (Colosenses 1:7; 4:12) pueden haber funcionado como evangelistas.

Un evangelista es alguien que anuncia las buenas nuevas; en otras palabras, un predicador itinerante del evangelio. Una persona con el don de evangelismo o la función carismática de evangelista a menudo es alguien que viaja de un lugar a otro para predicar el evangelio y hacer un llamado al arrepentimiento. Puesto que Felipe es la persona a la que específicamente se le llamó evangelista en la Escritura, estudiar su vida y ministerio nos ayuda a esclarecer las funciones de este don ministerial.

El Nuevo Testamento nos dice que Felipe había sido uno de los siete escogidos para ministrar a las viudas y necesitados (Hechos 6:2-4). Evidentemente, Felipe se había establecido en Cesarea, y había vivido allí durante unos 20 años antes de que Pablo llegara en Hechos 21. La labor evangelística previa de Felipe fue en Samaria (Hechos 8:4-8). Él “proclamó el Mesías” a los samaritanos (versículo 5) e hizo milagros, entre los cuales estaban el expulsar demonios y sanar paralíticos. La presencia de Pedro y Juan en Samaria y la permanencia del Espíritu en los creyentes samaritanos (Hechos 8:17), confirmaron el ministerio de Felipe allí. Como evangelista, Felipe había predicado el evangelio y, cuando los samaritanos creyeron y recibieron el Espíritu, fueron acogidos en la iglesia. El trabajo de Felipe en llevar la salvación a los perdidos es lo que los llamados evangelistas han hecho desde entonces.

El ministerio de Felipe como evangelista continúa en Hechos 8 cuando él es guiado por un ángel para ir al camino desértico hacia Gaza. En el camino se encontró con un eunuco etíope, un funcionario de la reina de Etiopía. Felipe abre el entendimiento del hombre respecto a la palabra de Dios, y el eunuco es salvo. Felipe bautiza al hombre, y el Espíritu Santo arrebata a Felipe (Hechos 8:39). Luego, Felipe “se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea” (versículo 40). Dondequiera que iba, Felipe compartía el evangelio. Así pues, el ministerio de Felipe establece un modelo de lo que es, y debe hacer, un evangelista según el Nuevo Testamento:

  • Felipe predicaba la palabra de Dios, declarando específicamente el centro del evangelio, que es Cristo el Salvador. “Les predicaba a Cristo” (Hechos 8:4, 5, 35).
  • Hubo muchos que creyeron y fueron bautizados (Hechos 8:6, 12).
  • Milagros de sanidad siguieron a su predicación y muchos fueron librados de espíritus demoníacos (Hechos 8:6, 7). Los milagros de sanidad dieron mayor efectividad al ministerio de Felipe (Hechos 8:6, 8).
  • Felipe estaba listo para testificar de Cristo como Salvador, tanto en ciudades enteras, como a un solo individuo. Dejando Samaria, fue dirigido al carruaje del tesorero de Etiopía (Hechos 8:26), a quien llevó a Cristo (Hechos 8:35–38). El verdadero ganador de almas tiene una pasión por las almas que lo hace adaptable al evangelismo en masa y al evangelismo personal.
  • El ministerio evangelístico de Felipe lo llevó de ciudad en ciudad (Hechos 8:40).

El cuadro del evangelista del Nuevo Testamento y de la época post-apostólica, era el de uno predicando el mensaje evangélico de salvación de iglesia en iglesia y de ciudad en ciudad. Eusebio de Cesarea, el gran historiador de la iglesia del siglo cuarto describió a los evangelistas como aquellos que esparcían las semillas salvadoras del reino de los cielos, tanto lejos como cerca, y a través del mundo entero, llenos del deseo de predicar a Cristo, a los que todavía no habían oído la palabra de fe (Historia Eclesiástica, Libro II). Ciertamente, el oficio del evangelista será necesario hasta que la iglesia llegue a la madurez de Cristo mismo (Efesios 4:13). Las buenas nuevas deben ser compartidas.

 

LOS PASTORES.

Los “pastores” son tal vez la función carismática o don ministerial más conocido dentro de la iglesia de Cristo y se suelen identificar como “los que dirigen” a una iglesia local. El moderno oficio de “pastor” parece coincidir con la posición bíblica de obispo (gr. epískopos), la de anciano (gr. presbuteros) o ambas (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-7). Sin embargo, el término “obispo” se convirtió en el usado de manera más prominente para este ministerio, porque subrayaba la responsabilidad espiritual y la supervisión de la iglesia local.

El término griego poimén (“pastor”) sólo se utiliza una vez en toda la Biblia como una referencia directa al ministerio de pastor (Efesios 4:11). Sin embargo, el concepto o función de pastor aparece por todas partes en las Escrituras. Como lo sugiere el nombre, pastor es aquél que cuida de las ovejas. La relación entre estos tres términos de “obispo”, “presbítero” y “pastor” queda clara en Hechos 20. En el versículo 17, Pablo manda llamar a los ancianos (gr. presbuteroi) de la iglesia de Éfeso. Más adelante, dentro del mismo contexto, exhorta a los ancianos: “Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos [gr. epískopoi]” (v. 28). En la oración inmediatamente siguiente, exhorta a los mismos que acaba de llamar obispos o supervisores a “apacentar” [gr. poimáino] la iglesia del Señor” (v. 28).

El modelo de Dios para edificar Su iglesia incluye usar hombres con la función carismática de pastor. De acuerdo con la Biblia, las responsabilidades y funciones de los pastores en los tiempos actuales, como las de los pastores de la época neotestamentaria, son muchas y variadas:

  • Supervisar la iglesia (1 Timoteo 3:1). El principal significado de la palabra obispo es “supervisor”. La responsabilidad del pastor es la supervisión general del ministerio y el funcionamiento de la iglesia. Esto incluiría el manejo de finanzas dentro de la iglesia (Hechos 11:30).
  • Gobernar la iglesia (1 Pedro 5:1–4; 1 Timoteo 5:17). La palabra que se traduce como “gobernar”, significa literalmente “comparecer ante”. La idea es guiar o asistir, con un énfasis en ser una persona que cuida de manera diligente. Esto incluiría la responsabilidad de ejercer la disciplina en la iglesia y reprobar a aquellos que se han apartado de la fe (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:11-13). Una responsabilidad oficial del pastor es gobernar la iglesia, y su enfoque principalmente debe ser espiritual, atendiendo asuntos tales como edificar a los creyentes y equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:12). Sin embargo, dicha autoridad debe ejercerse sin abusos, pues un pastor no es un dictador (3 Juan 9-10). 1 Pedro 5:3 contiene una descripción maravillosa de un ministerio pastoral equilibrado: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”. La autoridad del pastor no es para que él se “enseñoree” de la iglesia; más bien, un pastor debe ser un ejemplo de verdad, de amor y de piedad, para que el rebaño de Dios lo pueda seguir. (1 Timoteo 4:12). Un pastor es un “administrador de Dios” (Tito 1:7), y él es responsable ante Dios por su liderazgo en la iglesia.
  • Cuidado pastoral (1 Pedro 5:3). Literalmente, la palabra pastor significa “pastor de ovejas”. El pastor tiene una tarea de “alimentar el rebaño” con la Palabra de Dios y de cuidarlos guiarlos en la forma adecuada (1 Timoteo 3:5; Hebreos 13:17).
  • Mantener la doctrina de la iglesia a través de la instrucción adecuada (1 Timoteo 3:2; 5:17; Tito 1:9). La enseñanza de los apóstoles fue encomendada a “hombres fieles” que enseñarían también a otros” (2 Timoteo 2:2). Preservar la integridad del evangelio, es uno de los llamados más grandes del pastor quien debe, a su vez, saber enseñar.

Con respecto a este último aspecto de su responsabilidad, se observa con frecuencia que los papeles de pastor y de maestro parecen tener mucho en común en el Nuevo Testamento. De hecho, cuando Pablo menciona estos dos dones de Dios a la Iglesia en Efesios 4:11, la forma en que aparece en griego la frase “pastores y maestros” (poiménas kái didaskálus) podría estar señalando a uno solo que cumple con ambas funciones; un “pastor-maestro”. Aunque la función de “maestro” es mencionada en otros lugares separada de la de “pastor” (Santiago 3:1), con lo que se indica que quizá no siempre se deban considerar como papeles sinónimos, todo pastor genuino tomará seriamente la obligación de instruir al rebaño de Dios. Los pastores del rebaño de Dios deben guiarlo con su ejemplo, sin olvidar nunca que están cumpliendo las funciones de ayudantes de pastor junto a Aquél que es el verdadero Pastor y Supervisor de sus almas (1 Pedro 2:25). El dio el ejemplo de lo que es un líder-siervo (Marcos 9:42–44; Lucas 22:27).

 

LOS MAESTROS.

Los maestros son dones de Cristo a la Iglesia. Aparecen en orden histórico en la fundación y consolidación de la Iglesia, y no en una especie de rangos de autoridad (1 Corintios 12:28). Ellos constituyen un don dado por el Espíritu Santo (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:28; Efesios 4:1-12), permitiéndole a un creyente comunicar eficazmente las verdades de la Biblia a los demás. En muchos casos, pero no siempre, se usa en el contexto de la iglesia local. El don de la enseñanza implica el análisis y la proclamación de la Palabra de Dios, explicando el significado, el contexto y la aplicación a la vida del oyente. El que tiene el don de ser maestro es aquel que tiene la habilidad única para instruir y comunicar claramente el conocimiento, concretamente las doctrinas de la fe y las verdades de la Biblia. Por su instrucción hace que otras personas aprendan. El propósito de la enseñanza del maestro es llevar a la iglesia a la unidad, el crecimiento, la madurez y la capacitación para el servicio. Esa misma enseñanza debe tener la habilidad de cambiar la vida de las personas con la enseñanza de la doctrina. El apóstol Pablo es mencionado en el Nuevo Testamento como poseedor de este don ministerial o capacitador (1 Timoteo 2:7).

La función carismática del maestro es un don sobrenatural del Espíritu Santo, no una mera habilitad o talento humano. Una persona sin este don puede entender la Biblia mientras la escucha o la lee, pero no la puede explicar como lo hace una persona que tiene el don. Aunque el ser humano puede, mediante el estudio y la preparación secular, desarrollarse ciertas habilidades y destrezas en la enseñanza, el don espiritual del maestro no es algo que se pueda aprender o adquirir. En Efesios 11, los maestros están ligados con los pastores. Esto pareciera implicar que el pastor también es un maestro. Esto se debe a que un pastor es uno que cuida de su gente, de la misma manera que un pastor de ovejas cuida su rebaño. Así como un pastor alimenta a su rebaño, el pastor tiene también la responsabilidad de enseñar a su pueblo el alimento espiritual de la Palabra de Dios. De esta forma, la Iglesia es edificada a través del uso de este don, mientras las personas escuchan la Palabra de Dios, su significado y cómo aplicarla a sus propias vidas. Dios ha levantado a muchos con este don para levantar a la gente en su fe y permitirles crecer en toda sabiduría y conocimiento (2 Pedro 3:18).

Hay varios contextos en los cuales este don puede ser utilizado hoy en día: En clases de escuela dominical, institutos bíblicos, colegios y universidades cristianas, seminarios y estudios bíblicos en la iglesia o en las casas, etc. El que tiene este don ministerial puede, al igual que Jesús, enseñar, explicar y exponer con autoridad el sentido del texto bíblico (Mateo 7:29; Marcos 1:22; Lucas 4:36).

 

CONCLUSIÓN.

El Señor ha dado dones ministeriales y llama a hombres y mujeres para que los desempeñen, con la finalidad de “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio”, edificando de esta manera Su propio cuerpo que es la Iglesia. Los dones ministeriales enumerados por Pablo son: Apóstol, Profeta, Evangelista, Pastor y Maestro. Un hombre puede ser constituido por el Señor para desempeñar más de un don ministerial al mismo tiempo. Aunque pareciera que guardan un orden jerárquico, todos los cinco ministerios tienen el mismo valor ante el Señor, ninguno puede considerarse mayor que el otro; pero en su función cada uno es diferente:

  • Los apóstoles son testigos de Cristo a las naciones, fundan nuevas congregaciones, predican la Palabra de Dios, acompañándola con poderosas señales sobrenaturales y milagros, y confirman a la Iglesia en la fe (Hechos 16:4-5). Este don ministerial corresponde actualmente con el llamado del misionero.
  • El profeta es un portavoz o vocero de Dios que denuncia el pecado y nos comunica algo particular proveniente de Dios. Sus palabras deben estar en perfecta concordancia con la Biblia para que el mensaje tenga la debida autoridad divina. El profeta al declarar una palabra debe cumplir tres aspectos fundamentales para ser de Dios, ellos son: “edificar, exhortar y consolar” a los receptores (1 Corintios 14:3).
  • El evangelista tiene la función de predicar las buenas nuevas de salvación al mundo perdido; aquéllos llamados por el Señor para desempeñar este ministerio tienen una gracia divina especial para ganar almas para Cristo, Dios les capacita para llevar un mensaje que toque corazones, redarguya las conciencias y ofrezca las respuestas que el hombre necesita.
  • El pastor brinda consejo, corrección, aliento y consolación. Vela por las ovejas que Dios ha puesto a su cargo y es responsable por cada una de ellas, por ello la Biblia aconseja al cristiano someterse a la autoridad del pastor (Hebreos 13:7,17).
  • Los maestros se encargan específicamente de escudriñar y profundizar el estudio de la Palabra de Dios para ofrecer entendimiento al resto de los miembros de la iglesia; así como el velar por la sana doctrina dentro del Cuerpo de Cristo. El maestro tiene la capacidad divina de explicar lo que la Biblia dice, interpretar lo que significa y aplicarlo a los corazones de los santos en la Iglesia.

En su funcionalidad en la edificación para el crecimiento de la Iglesia, los dones ministeriales se mueven espiritualmente en la misma dirección de la voluntad de Dios. Efesios 4:15-16 dice: “Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. Dentro del crecimiento integral del Cuerpo de Cristo en la dirección que el Señor como cabeza imparte, debemos actuar, de manera unánime, bien concertada, ayudándonos unos a otros conforme al don o dones que cada uno ha recibido de Dios; así es como la Iglesia va edificándose y creciendo. Cuando los ministerios trabajan en unanimidad de espíritu y los dones se complementan entre sí, hay bendición y crecimiento en la iglesia.