Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, GRACIA DIVINA, Sin categoría

La gracia común o universal

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

¿Cómo se puede explicar la vida comparativamente ordenada que hay en el mundo, viendo que todo él está bajo la maldición del pecado? ¿Cómo es que la tierra produce deliciosos frutos en rica abundancia y no nada más espinas y abrojos? ¿Cómo podemos explicar que el hombre pecador todavía retenga algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales y de la diferencia entre el bien y el mal, y que muestre algún respeto por la virtud y por la buena conducta externa? ¿Qué explicación puede darse de los dones y talentos especiales con que el hombre natural está capacitado, y del desarrollo de la ciencia y del arte por medio de aquellos que están despojados por completo de la vida nueva que hay en Cristo Jesús? ¿Cómo podemos explicar las aspiraciones religiosas de los hombres en todas partes, aun de aquellos que de ninguna manera han entrado en contacto con el cristianismo? ¿Cómo pueden los que no están regenerados hablar todavía de la verdad, hacer bien a otros y llevar vidas virtuosas en público? La doctrina de la gracia común busca dar una respuesta bíblica a todas estas interrogantes.

IMAGEN 7

¿QUÉ ES LA GRACIA COMÚN?

La gracia común puede definirse como la gracia de Dios, por medio de la cual Él da muchas bendiciones inmerecidas a todas Sus criaturas. Esta incluye cualquier manifestación de la gracia de Dios hacia las personas en general, con total independencia de su condición espiritual. En otras palabras, la gracia común está disponible para todos los seres humanos sin discriminación. Entre las bendiciones que Dios da en Su gracia común se encuentran el refrenar el pecado de los hombres para que éstos no sean tan malos como podrían ser. Debe recordarse que el hombre caído tiene una naturaleza pecaminosa y sin la gracia común la humanidad sería, en última instancia, autodestruida (Romanos 1:18-2:16; 3:9-20). Por eso Dios, en Su gracia común hace que el sol brille sobre justos e injustos. Este es el tipo de gracia que guarda radicalmente a la humanidad depravada de la autodestrucción.[1]

Pero la gracia común hace más que simplemente librarnos de la autodestrucción por causa de nuestra naturaleza depravada y pecaminosa. La gracia común da orden a la vida a pesar de la maldición del pecado. Hace que la tierra rinda sus frutos en abundancia, a pesar de las espinas y los cardos. Le permite a la humanidad depravada conocer la diferencia entre el bien y el mal, tener aspiraciones religiosas, hacer buenas obras, dar donaciones filantrópicas a otros en necesidad, dota a los hombres con sabiduría, capacidades y talentos.  Todo esto es producto de la gracia común.

Los efectos producidos por la gracia común dada a todos los hombres son la revelación natural por la cual la creación declara al Creador a través del universo, la presencia de la verdad, el bien y la belleza, el temor natural del ser humano por un juicio final y futuros castigos por la maldad, un sentido natural de lo correcto y de lo incorrecto, las restricciones de los gobiernos, el temor de Dios, los intereses religiosos, etc. Sin embargo, esta gracia común debe distinguirse de la operación del Espíritu Santo que conduce al hombre a la salvación. La gracia común y la gracia salvadora no son lo mismo. El propósito de la gracia común es causar que nos volvamos a Dios para recibir aún mayor gracia, la gracia salvadora.[2]

IMAGEN 6

ALCANCE DE LA GRACIA COMÚN

Evidencias de la gracia común pueden verse en cualquier manifestación de la bondad de Dios para con cualquier persona, familia, tribu, pueblo o nación, o para con todos los seres humanos en general. Dicha bondad de Dios no diferencia entre creyentes y no creyentes, entre Israel y las otras naciones, entre la Iglesia y el mundo, o entre buenos y malos. No puede dudarse que la gracia común encuentra su propósito parcial en la obra redentora de Jesucristo; está subordinada a la ejecución del plan de Dios en la vida y en el desarrollo de la Iglesia. Pero además de eso, también sirve a un propósito independiente, es decir, el de traer la luz y desarrollar las potencialidades y talentos que están latentes en la raza humana, para que el hombre ejerza un dominio siempre en aumento sobre la creación más baja, glorificando de este modo a Dios el Creador.[3]

La doctrina de la gracia común es enseñada en ambos Testamentos (Génesis 8:22, 9:8-15. Salmo 145:9; Mateo 5:43-34, Marcos 16:15, 1 Timoteo 4:10, etc.) y está presente en todos los ámbitos de la vida:

ÁMBITO DE LA VIDA FORMA EN QUE OPERA LA GRACIA COMÚN
ÁMBITO MATERIAL El sol y la lluvia (Mateo 5), las estaciones del año (Génesis 8:22), la comida y la bebida y todo lo relacionado con la vida física – su origen, su preservación, su prolongación, etc., nos viene de “la gracia común”.
ÁMBITO CULTURAL Lo mejor del arte, de la literatura y de la música, los avances en la medicina, los descubrimientos científicos, etc.
ÁMBITO SOCIAL Abarco todo lo relacionado con la sociedad humana, las relaciones interpersonales, etc. En este ámbito hay muchas bendiciones de Dios: la paz; el orden; la justicia; la ayuda humanitaria; la amistad; el amor humano; la felicidad en el matrimonio, etc.
ÁMBITO MORAL Abarco áreas como: (1) La conciencia humana, que sigue siendo un importante freno sobre el mal y acicate al bien; (2) Otras sanas influencias que existen en el mundo – no todas ellas son cristianas; y: (3) Las buenas obras – la Biblia enseña claramente que nuestra aceptación por Dios no depende, ni siquiera en parte, de ninguna buena obra, pero, en otro sentido, las buenas obras existen y las hacen todo tipo de personas, gracias a “la gracia común”.
ÁMBITO ESPIRITUAL En este ámbito también hay muchas manifestaciones de “la gracia común”: “la revelación general” (las obras visibles de Dios, la conciencia humana, etc.); la extensión del evangelio; el ofrecimiento del evangelio a todo el mundo; la libertad de culto (donde la hay); etc.

En la teología arminiana la gracia común es considerada, hasta cierto punto, uno de los eslabones del ordo salutis y se relaciona íntimamente con la gracia preveniente que le conduce a una fe salvadora. En virtud de la gracia común de Dios el hombre irregenerado es guiado de una luz menor a una luz mayor, exponiéndose a la gracia preveniente que lo libera y le permite, al entrar en contacto con la Palabra y ser redargüido por el Espíritu Santo, ejecutar en cierta medida el bien espiritual, volverse a Dios con fe y arrepentimiento y de esta manera aceptar a Jesús para salvación. Dicho de otra manera, la gracia común por medio de la iluminación de la mente y la influencia persuasiva de la verdad natural incita al pecador a buscar al Dios no conocido por él. Así pues, la gracia común es la esencia misma de la búsqueda humana de Dios (Hechos 17:16-27). Al incitarle en su búsqueda, el hombre queda expuesto a la Palabra y con ella al influjo del Espíritu Santo quien, por obra de la gracia previa a la regeneración, verá liberada su voluntad y se le permitirá aceptar a Jesucristo y volverse a Dios con fe y arrepentimiento, alcanzando con ello la salvación, a menos que como pecador, con toda obstinación, resiste a la operación del Espíritu Santo.

Lo anterior no debería de extrañarnos. Se debe a la gracia común que el hombre todavía retenga algún sentido de la verdad, el bien y la belleza, la gracia común induce en el hombre un deseo por la verdad, por la moralidad externa, y hasta por ciertas formas de religión. Pablo habla de los gentiles que “muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia. y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15). Nadie ha sido enviado a este mundo totalmente desprovisto de luz y verdad. Pablo incluso afirma que aquellos que dan rienda suelta a sus bajos instintos y viven vidas inicuas, lo hacen a pesar de que conocen la verdad de Dios, y no obstante, detienen la verdad con injusticia y cambian la verdad de Dios por la mentira (Romanos 1:18-25). ¿Cómo llegaron a conocer la verdad? A través de la gracia común dada a la humanidad.

IMAGEN 5

LIMITACIONES DE LA GRACIA COMÚN

La gracia común, sin embargo, no debe ser malentendida. En primer lugar, la gracia común no remueve la culpa del pecado y por lo tanto no lleva con ella el perdón; tampoco levanta la sentencia de condenación, sino nada más bien pospone la ejecución (Hechos 17:16-31). En la caída, Dios pronunció la sentencia de muerte sobre el pecador. Hablando del árbol de la ciencia del bien y del mal dijo Dios: “El día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). El hombre comió, y la sentencia, hasta cierto punto, entró en ejecución, pero es claro que no se ejecutó toda, al instante. A la gracia común se debe que Dios no ejecutara al momento toda la sentencia de muerte sobre el pecador, y a la misma se debe que no la ejecute ahora, sino que mantiene y prolonga la vida natural del hombre y le da tiempo para que se arrepienta. Dios no arranca de golpe la vida del pecador, sino que le proporciona oportunidad para el arrepentimiento, removiendo toda excusa y justificando la manifestación que está por venir de su ira sobre todos aquellos que persistan en pecar hasta el fin. De los pasajes siguientes resulta evidencia abundante de que Dios actúa sobre la base de este principio: Isaías 48:9, Jeremías 7:23-25; Lucas 13:6-9; Romanos 2:4; 9:22 y 2 Pedro 3:9, entre otros. Posiblemente la divina y buena voluntad de aplazar la revelación de su ira y de soportar “con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción” ofrezca una explicación suficiente de las bendiciones de la gracia común (Romanos 9:14-26).

Ahora bien, por la operación de la gracia común el pecado también está frenado en cierta medida en las vidas de los individuos y en la sociedad. Al presente, no se permite al elemento de corrupción que entró en la vida de la raza humana llevar a cabo su obra de desintegración. Ciertos pasajes bíblicos indican con claridad el hecho de que Dios restringe el pecado de varias maneras, por ejemplo: Génesis 20:6; 31:7; Job 1: 12; 2: 6; 2 Reyes 19:27-28; Romanos 13:1-4, etc. Este freno puede ser externo, o interno, o ambas cosas a la vez, pero no cambia el corazón. Sólo impide la autodestrucción del ser humano a causa de su propia naturaleza caída.

IMAGEN 4

LA GRACIA COMÚN EN EL CALVINISMO Y EN EL ARMINIANISMO

Aunque muchos suponen que la doctrina de la gracia común es netamente una enseñanza calvinista, eso está lejos de ser cierto. Aunque esta doctrina ha sido fuertemente defendida por teólogos calvinistas como Abraham Kuyper,[4] en muchos sentidos, los principales adversarios de la gracia común son los mismos calvinistas ortodoxos, los cuales ven en ella un elemento de arminianismo dentro de sus filas.[5] Ahora bien, la concepción arminiana de la gracia común difiere en algunos aspectos de la interpretación calvinista de la misma. Para el arminiano la gracia común es parte íntegra del proceso de salvación, lo precede o conduce a él en cierta medida. Conduce al hombre, a través de la revelación natural y su propia conciencia, hacia esa gracia suficiente que capacita al hombre para arrepentirse y creer en Jesucristo para salvación, y Dios en su propósito divino ha querido que esa gracia conduzca a los hombres a la fe y al arrepentimiento, aunque los hombres, por su propia y libre elección, decidan rechazarla y condenarse. Una gracia sin esa intención, y que no sirva en verdad para la salvación de los hombres o les conduce hacia ella, constituye una contradicción de términos. La gracia común propuesta por los calvinistas, al estar desconectada totalmente del proceso de salvación, resulta por necesidad, o cuando menos en la práctica, inoperante para el cumplimiento del propósito mayor de Dios, y es, de hecho, una influencia desperdiciada. La gracia ya no es gracia si no incluye la intención salvadora del dador.

Como ya se dijo anteriormente, muchos calvinistas argumentan a veces que la doctrina de la gracia común es un elemento arminiano infiltrado en su doctrina, ya que envuelve de manera suave la doctrina de la expiación universal, y, por tanto, conduce al campo arminiano. Otra objeción a la doctrina de la gracia común es que presupone en Dios cierta disposición favorable hasta para los pecadores reprobados, algo inaceptable en el calvinismo, el cual sostiene que Dios siente aversión, disgusto, odio e ira hacia cierto sector de la humanidad, los reprobados, ¿Por qué entonces concederles cierta medida de gracia? En este sentido, la doctrina de la gracia común choca, al menos hasta cierto punto, con la doctrina calvinista de la elección y la reprobación.

IMAGEN 3

CONCLUSIÓN

La gracia común es una enseñanza bíblica bastante ignorada y que nos puede salvar de mucha confusión y de muchos errores, y que puede restaurar a la Iglesia una parte de su rica base teológica para el beneficio de todos. En un sentido, no hay nada más común que “la gracia común”, porque no hay ningún ser humano que no se beneficie de ella. Pero, en otro sentido, ¡no hay nada menos común que “la gracia común”, porque sigue siendo gracia, el favor inmerecido de Dios, nuestro Creador!

rainbow-at-sea-st-lucia-chester-williams

REFERENCIAS:

[1] Henry R. Van Til, El concepto calvinista de la cultura (Editorial CLIR), 2016.

[2] Abraham Kuyper, Common Grace (Volume 1): God’s Gifts for a Fallen World (Lexham Press), 2015.

[3] Sebastián Santamaría, Los Puritanos y el pensamiento reformado sobre gracia común (Tinta Puritana), 2016.

[4] Es importante destacar que Abraham Kuyper (1837 – 1920), el genio versátil del calvinismo holandés, ha hecho más que cualquier otro hombre para definir el concepto calvinista de la cultura. Kuyper no solamente buscó dar contenido a la definición de cultura sobre un fundamento calvinista, sino que su vida total fue una gran demostración de la idea. Entró con celo en la contienda por afirmar los derechos reales de Cristo como Señor. Él fue no solamente un dogmático sino también un hombre de Estado; era profesor de teología y primer ministro de la reina; impartió conferencias eruditas pero también despertó a los hombres para que asumieran sus obligaciones políticas y sociales; Kuyper fue educador, periodista, autor de muchos libros, orador de gran estatura, amante del arte y viajero por el mundo.

[5] Ronald Cammenga, “Another Look at Calvin and Common Grace,” PRTJ , vol. 41, no. 2 (Abril, 2008), pp. 3-25.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Devocional, GRACIA DIVINA, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación, Teología, Vida Espiritual

Soy un pecador sin mérito alguno… ¡Pero salvo por gracia!

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Nadie puede cambiar su naturaleza. El pez jamás desearía (y aún si lo quisiera jamás podría) llegar a ser un ave y volar por los cielos como el águila. El cerdo, aunque deseara con toda su alma ser un bello delfín y surcar raudo los océanos, jamás podría llegar a serlo. Está en su ADN ser un cerdo y por su mente animal jamás se cruzaría la idea de ser algo diferente. Si ponemos a un buitre a escoger entre comer carroña o semillas cual ave de corral, el buitre siempre escogerá la carroña. Si hiciéramos lo mismo con una paloma, y quisiéramos obligarla a convertirse en carroñera, eso jamás pasaría ¡Ella siempre escogerá las semillas! Cada uno actuará conforme a su naturaleza. Para que un buitre pueda escoger las semillas y vivir como paloma o ave de corral, su naturaleza misma necesitaría ser totalmente cambiada. En ese caso, dejaría de ser un buitre. Lo mismo ocurre con el pecador; al tener que elegir entre Dios y el pecado, siempre escogerá el pecado porque esa es la inclinación natural de su corazón. Sin la influencia de la gracia previa de Dios que lo libere de su naturaleza pecaminosa, ningún pecador vendrá por cuenta propia a Cristo en arrepentimiento y fe. Jesús dijo: “Pero ustedes no quieren venir a mí para que tengan vida” (Juan 5:40). ¡Así de claro! ¡Así de contundente! El pecador no viene a Cristo porque no quiere hacerlo; y porque tampoco puede. Esa es la clara enseñanza del Señor Jesucristo en Juan 6:44: “Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que Me envió”. ¿Entendemos lo que Jesús quiso decir? ¡Es imposible que alguien venga a él, a menos que Dios lo traiga! ¿Por qué? Porque todo lo que surge de nuestra naturaleza caída y sin regenerar es “enemistad contra Dios”, dice Pablo en Romanos 8:7, de tal manera que no quieren ni pueden sujetarse a la ley de Dios. Desde el primer pecado cometido en el huerto del Edén, el hombre quiere ser su propio Dios, por lo cual es imposible para ese hombre humillarse y someterse al Dios vivo y verdadero. De la misma forma que el pez, el cerdo o el buitre de la historia, la Biblia presenta al hombre, no solo como un ser pecador que se rebela constantemente contra la ley de Dios, sino también como alguien que no puede ni quiere cambiar la condición en la que se encuentra. Pablo dice en Romanos 3:10-12 que en el mundo entero no hay un solo hombre que sea justo, ni uno solo que entienda o que busque a Dios. Esta es la cruda verdad: Ningún ser humano busca al Dios de la Biblia por su propia inclinación natural porque venimos al mundo espiritualmente muertos (Efesios 2:1).

NO HAY MÉRITO ALGUNO EN NOSOTROS, TODA LA GLORIA ES DE DIOS.

Frecuentemente se nos acusa a los arminianos de pretender robarle la gloria a Dios al afirmar que el hombre puede y debe elegir libremente a Dios. Esto, para el calvinista, le da al hombre cierto mérito en su salvación. Pero tal afirmación es falsa. Los arminianos no creemos eso. Lo que sí creemos es que, debido a que los seres humanos somos seres caídos y pecaminosos, no podemos pensar, ni haremos nada bueno por nosotros mismos en lo que a Dios se refiere. Esta inhabilitad causada por el pecado hace imposible que el hombre, por sí mismo, pueda siquiera creer en el evangelio de Cristo y venir a Él. Por lo tanto, Dios, deseando la salvación de todos y habiendo provisto la expiación para todas las personas, tomó, de forma unilateral, la iniciativa en el propósito de llevar a todas las personas a la salvación al llamar a todas las personas, de todo el mundo, a arrepentirse y creer en el Evangelio (Hechos 17:30; Mateo 28:18-20), y al permitir que aquellos que escuchen el evangelio respondan positivamente en fe. El hombre no posee mérito alguno al venir a Cristo, pues no fue su sola voluntad la que lo trajo. Sin la ayuda de la gracia, el hombre ni siquiera puede optar por agradar a Dios o creer en la promesa de salvación del evangelio. Como dijo Jesús en Juan 6:44, “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (NVI). Jesús también prometió: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por lo tanto, es la obra de un Dios trino en el hombre la que atrae a todas las personas a Jesús, lo que les permite venir a Jesús con fe. No fue el hombre quien unilateralmente eligió venir a Dios. Fue Dios quien impulsó al hombre a venir, pues “no depende de que el hombre quiera o se esfuerce, sino de que Dios tenga compasión.” (Romanos 9:16, DHH). En última instancia, aún si el hombre desease para sí la gloria de haber elegido a Dios, esta le sería negada, pues “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). ¿Cuál pues, es el mérito salvífico que, según el calvinismo, los arminianos le atribuimos al hombre en su salvación? ¡No existe! La gloria es solo de Dios.

Sí. Es fácil para muchos pensar que por nuestra fe, estamos contribuyendo de alguna manera a nuestra salvación. Después de todo, el mérito de Cristo debe aplicarse a nosotros por la fe, y parece que nuestra fe viene de nosotros mismos. Pero Romanos 3:10-12 desmiente tal cosa y nos dice que ninguno de nosotros busca a Dios. Y en Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [es decir, la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”. Hebreos 12:2 también nos dice que Jesús es el autor y el consumador de nuestra fe. La gracia salvadora de Dios es completamente Su don. Incluso nuestra capacidad para aceptar Su gracia salvadora es otro don de Dios. Así que, ¿Cuál es el mérito que tenemos por nosotros mismos? ¡Absolutamente ninguno!

LIBERADOS PARA CREER.

Pero aún siendo Dios quien, de principio a fin dirige el proceso de traernos a sí y salvarnos ¿Cómo un ser caído y sin regenerar puede responder en fe a la oferta de Dios para salvación? ¿Acaso no está inhabilitado para responder en fe ante la oferta de Dios de salvarlo? ¿Cómo se elimina esa barrera de resistencia? El calvinismo responde que el hombre es regenerado (nace de nuevo) por obra de la gracia antes de creer y sin haber tomado una decisión de seguir a Cristo. La opinión y voluntad del pecador no es tomada en cuenta. Dios lo regenera soberanamente. Así, una vez regenerado, el hombre puede responder en fe. Sin embargo, tal creencia no solo es antibíblica sino también ilógica. De hecho, sería como poner la carreta delante de los bueyes. ¿Por qué? Porque tal idea equivale a decir que una mujer parió antes de tan siquiera haber quedado embarazada. Juan lo expresa de la siguiente manera: “Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” (Juan 1:11-13, NVI). ¿Puedes ver el orden establecido por Juan? A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre. A estos y sólo a estos, Dios les dió el derecho de llegar a ser sus hijos. Nadie es regenerado antes de creer. Primero creemos y luego somos hechos hijos de Dios (regenerados), no al revés.

Entonces, ¿Si el hombre no es regenerado antes de poder ejercer fe, como puede ser capaz de ejercer en su estado no regenerado? La respuesta es: ¡Gracia previa! La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI). En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preventiva, previa o precedente de Dios. Esta gracia de Dios que precede a la salvación no hace que un ser caído sea regenerado en contra de su voluntad, simplemente lo libera para creer y venir a Cristo. Por tal razón, la gracia preventiva también se denomina gracia habilitadora o gracia previa a la regeneración. Este es el favor no merecido de Dios hacia las personas totalmente depravadas, que no merecen la bendición de Dios y no pueden buscar a Dios o confiar en él en y por sí mismos. En consecuencia, Hechos 18:27 indica que creemos a través de la gracia, colocando la gracia con precaución (es decir, lógicamente antes) de la fe como el medio por el cual creemos. Es la gracia que, entre otras cosas, libera nuestras voluntades para creer en Cristo y su evangelio. Como dice Tito 2:11: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación“.

EL FRUTO DE NUESTRA JUSTIFICACIÓN.

Al ser regenerados y recibir una nueva naturaleza fuimos también justificados por gracia, por medio de la fe en Cristo. Esto tiene serias implicaciones prácticas en nuestra vida y naturaleza. ¿Cuáles? Pablo responde: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:1-4). Pablo está enfrentando aquí, la posible acusación de que el mensaje de la salvación por gracia promueve el libertinaje. Pero nada puede estar más lejos de la realidad. Cuando Cristo murió en la cruz del calvario, estaba firmando el acta de defunción de nuestro antiguo “yo” orientado hacia el pecado; y eso vino a ser una realidad cuando nuestra vida fue unida a la Suya por medio de la fe en Él. Y ¿qué implica eso en la práctica? Básicamente 4 cosas:

(1.- En primer lugar, que ahora tenemos un nuevo expediente delante de Dios, porque el pasado de Cristo ahora cuenta como si fuera nuestro. Su obediencia perfecta a la ley de Dios nos fue acreditada por medio de la fe en Él (Romanos 5:18-19).

(2.- En segundo lugar, esto también significa que ahora tenemos una nueva identidad. Estamos unidos a Él de tal manera que cuando Dios nos ve a nosotros, nos ve en Su Hijo y nos trata como tal (Colosenses 3:3). La razón por la que nos llamamos “cristianos” es debido al hecho de que nosotros hemos asumido la identidad de otra Persona: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. De manera que en el trono celestial tenemos una identidad diferente a aquella con la cual nacimos, una identidad que no nos hemos ganado, y que tampoco merecemos, sino que se nos otorgó como un regalo de pura gracia. El Dios del cielo ahora nos ve en Cristo, y nos invita a hacer uso de todos los beneficios espirituales que conlleva el hecho de tener esa nueva identidad.

(3.- En tercer lugar, esto también implica que ahora tenemos nuevos deseos y una nueva capacidad para hacer la voluntad de Dios (Romanos 6:12-14). El hombre en su estado caído sigue siendo criatura de Dios y, por tal razón, no tiene otra opción que obedecer Sus mandamientos. Pero debido a que es un esclavo del pecado, no quiere ni puede hacerlo. Eso es lo que significa estar bajo la ley; es estar en la terrible condición de tener que obedecer la ley, pero sin los recursos que necesita para obedecerla. Pero en Cristo hemos sido libertados de ese tirano al haber muerto y resucitado juntamente con Él (Romanos 6:11). Aunque el pecado sigue siendo nuestro enemigo, ya dejó de ser nuestro rey. Como dice Pablo en Romanos 6:14, el pecado no puede enseñorearse nunca más de nosotros, porque no estamos bajo la ley, “sino bajo la gracia”. En otras palabras, ahora contamos con todos los recursos que emanan de la gracia de Dios por causa de nuestra unión con Cristo en Su resurrección, de modo que ahora podemos obedecer la ley moral de Dios, no perfectamente, pero sí sinceramente.

(4.- Y eso nos lleva a nuestra cuarta implicación. No solo tenemos un nuevo expediente, una nueva identidad y un nuevo deseo y capacidad de hacer la voluntad de Dios, sino también, un nuevo destino. Estamos unidos al Cristo resucitado y podemos estar completamente seguros de que, en Su segunda venida, el cuerpo de la humillación nuestra será transformado “para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya”, como dice Pablo en Filipenses 3:21.

¡Esta es la gran noticia del Evangelio de la Gracia! Los pecadores son justificados, los desolados son consolados, los inseguros son asegurados y los esclavos son libertados.

CONCLUSIÓN.

La salvación nunca ha sido ni será cuestión de buenas obras. Si así fuera nadie se salvaría, pues somos incapaces de algo bueno sin la asistencia de la gracia. Cómo Isaías, nosotros también afirmamos: “¿Cómo podremos ser salvos? Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Todos nos marchitamos como hojas; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento. Nadie invoca tu nombre, ni se esfuerza por aferrarse a ti.” (Isaías 64:5-7, NVI). Pero ¡Bendito sea Dios que, por su infinita y sublime gracia, nos redimió del pecado y de la muerte, cambiando nuestra naturaleza y haciéndonos sus hijos! No hay obra humana que le robe a Dios la gloria por esto. Todo lo ha hecho Él por amor y para su gloria.

El popular himno cristiano «Amazing Grace» (conocido en algunas regiones hispanohablantes como “Sublime gracia”), escrito por el poeta y clérigo anglicano John Newton, nos recuerda que el perdón y la redención son posibles a pesar de los pecados cometidos por el ser humano, pues el alma puede salvarse de la desesperación mediante la gracia de Dios, sin mérito humano alguno. ¡Por eso se llama gracia! Y no cualquier gracia, sino una gracia sublime, inefable y sobrenatural…

 

Sublime gracia del Señor

Que a mí, pecador, salvó.

Fui ciego más hoy veo yo,

perdido y Él me halló

 

Su gracia me enseñó a temer

Mis dudas ahuyentó

¡Oh cuán precioso fue a mi ser

cuando Él me transformó!

 

En los peligros o aflicción

Que yo he tenido aquí

Su gracia siempre me libró

Y me guiará feliz

 

Y cuando en Sión por siglos mil

Brillando esté cual sol

Yo cantaré por siempre allí

Su amor que me salvó.

 

 (“Sublime Gracia” John Newton, 1725-1807)

Arminianismo Clásico, GRACIA DIVINA

Por su Gracia, para su Gloria…

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, la palabra evangelio deriva del latín Evangelium y éste del griego “Euaggélion”, y significa literalmente “buen anuncio”, “buena noticia”.[1] Era utilizada cuando un mensajero traía una buena noticia de otros lugares. La Biblia la utiliza haciendo resaltar este significado, y la buena noticia se refiere a la obra del Señor Jesucristo en la cruz del Calvario y se resume en las siguientes palabras dichas por Jesucristo y escritas por el apóstol Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16, NVI)

Dios ama a todos en todo el mundo y ha otorgado a su Hijo como una expiación para todos nosotros, aunque los beneficios de la expiación solo corresponden y se aplican a aquellos que creen. Pero la humanidad es una raza caída y espiritualmente muerta; totalmente depravada e incapaz de entender, reconocer o hacer cualquier movimiento para aceptar los beneficios de la expiación. Entonces, ya que somos incapaces de dar el primer paso hacia Dios, él toma la iniciativa y nos permite responder a su oferta de salvación. Y la clave para esto es la gracia. Pero ¿Qué es la gracia?

¿QUÉ ES LA GRACIA?

La gracia se define como “el favor mostrado por Dios a los pecadores. Es la buena voluntad divina ofrecida a aquellos que ni merecen ni pueden esperar ganarla. Es la disposición divina para trabajar en nuestros corazones, voluntades y acciones, a fin de comunicar activamente el amor de Dios por la humanidad”.[2] La gracia no es una entidad u objeto. Es una característica definitoria de la relación de Dios con nosotros. Es solo por la gracia de Dios, su disposición favorable hacia nosotros, que podemos someternos a Dios y vivir para él. Es a través de su gracia, o favor especial, que Dios impacta nuestras vidas de diferentes maneras. La gracia de Dios nos capacita para creer. Nos permite ser salvos. Nos permite vivir vidas santas y piadosas. Nos permite servir dentro de su iglesia. La gracia de Dios nos permite ser lo que nunca podríamos ser por nuestra cuenta.

TODO COMIENZA EN DIOS.

Pocos, como Pablo, entendieron y explicaron tan claramente el maravilloso regalo de la gracia. En Romanos 10:20, Pablo cita a Isaías donde Dios dice: “«Dejé que me hallaran los que no me buscaban; me di a conocer a los que no preguntaban por mí»”. (Romanos 10:20, NVI). Claramente, no es debido a los esfuerzos del hombre que podemos encontrar a Dios. Podríamos buscar, pero por nuestra cuenta no encontraríamos a Dios jamás. Es encontrado por aquellos que no lo buscan y se revela a aquellos que no preguntan por Él. Dios inicia el contacto. Aparte de su iniciativa salvadora, estamos indefensos. Esto es gracia preveniente.

En Juan 6:44, Jesús dice: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió.” (Juan 6:44, NVI). Y él expresa el mismo pensamiento poco después en Juan 6:65 cuando dice: “Por esto les dije que nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya concedido el Padre.” (Juan 6:65, NVI). El acercamiento de las personas a Cristo es el resultado de la gracia de Dios hacia nosotros y es lo que los arminianos entendemos como gracia previniente o habilitante. Sin dicha habilitación o capacidad, concedida por Dios al hombre, somos incapaces de venir a Cristo. Esto contrasta con el semipelagianismo que enseña que doy el paso inicial hacia Dios, y luego Dios se hace cargo y hace todo lo demás. El ser humano es incapaz de dar el paso inicial. Solo después de que Dios me lo haya permitido, por su gracia, puedo responder positivamente a su invitación.

GRACIA DISPONIBLE PARA TODOS.

En Juan 12:32, Jesús dice: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por medio de su muerte vicaria Jesús atraería a todas las personas hacia sí mismo. Jesús no solo dio su vida por un grupo de personas arbitrariamente elegidas o predestinadas, sino por todos los hombres. Él deseaba atraer a sí mismo a todos en el mundo. En Juan 16: 8-11, Jesús dice del Espíritu Santo que “cuando él venga, convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio; en cuanto al pecado, porque no creen en mí; en cuanto a la justicia, porque voy al Padre y ustedes ya no podrán verme; y en cuanto al juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.”. (Juan 16:8-11, NVI). El Espíritu Santo nos lleva a la convicción del pecado, a nuestra falta de rectitud, y al conocimiento del juicio que vendrá a causa de nuestro pecado. Eso es algo que en nuestro estado depravado natural no podríamos experimentar. La convicción de pecado y el juicio venidero no se hace solo para atormentarnos. El Espíritu Santo, al mismo tiempo que trae convicción, también nos permite responder. Nos hace libres para creer.

Cada miembro de la Trinidad está involucrado en habilitarnos o capacitarnos para responder a la gracia. Dios ama a todo el mundo al punto que envió a su Hijo a salvarnos (Juan 3:16) y tampoco desea que nadie perezca (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Puesto que Dios sabe que somos incapaces por nosotros mismos, él hace, a través de su Santo Espíritu, lo que es necesario para permitirnos ser salvos.

LIBRES PARA ACEPTAR O RECHAZAR LA DÁDIVA.

Mas, sin embargo, la obra de la gracia en nosotros puede ser, y a menudo es, resistida. podemos elegir no someternos a Dios y continuar en nuestro estado pecaminoso y caído. Podemos resistir a Dios, no porque seamos más fuertes que él, sino porque él, en su soberanía, nos lo permite. La invitación a participar de su gracia puede ser rechazada, pues Dios no obligará a nadie a salvarse en contra de su voluntad. Dios mismo predeterminó que así fuera. Dios quiere que todos sean salvos, y aunque conoce de antemano a los que creerán, su gracia es dada a todos para permitirles la posibilidad de creer. De esta manera, el hombre es inexcusable si elige rechazar el regalo de la gracia divina.

En Hechos 7:51 cuando Esteban se enfrenta a los líderes religiosos judíos. Él les dice “¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo!”. (Hechos 7:51, NVI). Claramente, el pueblo judío pudo resistir las intenciones del Espíritu Santo para ellos. A lo largo de la historia de Israel, vemos que Dios llama a la gente, y la gente casi siempre se resiste a él.

En Mateo 22: 1-14, Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas. En esta parábola hay un número de personas invitadas al banquete; de hecho, todos fueron invitados en última instancia. Pero no todos pudieron disfrutar del banquete; muchos se resistieron a la convocatoria y se negaron a venir, o vinieron de manera inapropiada. Al final de la parábola, Jesús dice que “Porque muchos son los invitados, pero pocos los escogidos”. Esta parábola parece claramente enseñar que hay más invitados al reino de los que realmente participan de él en última instancia. La invitación de Dios a la salvación es resistible.

Algunos argumentarán que, si la gracia de Dios es resistible, esta es degradada o disminuida, o que simplemente no es tan poderosa. Eso sería cierto si Dios intentara imponernos su voluntad. Pero si Dios quiere permitirnos hacer una elección, entonces su gracia debe ser resistible. No porque sea débil, sino porque Dios, en su voluntad soberana e infinita sabiduría, ha elegido hacerlo así. De hecho, según el punto de vista arminiano, la gracia de Dios se magnifica porque se extiende a todas las personas en lugar de limitarse a solo unas pocas.

LA PREDICACIÓN DE LA PALABRA, LA FE Y LA GRACIA.

La gracia preveniente, esa gracia que nos libera para creer, se otorga a los oyentes cuando se proclama el evangelio: “Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado?” (Romanos 10:14). Romanos 10:17 dice que “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:14, NVI). Sin escuchar el mensaje no puede haber fe. Y sin fe, es imposible que la gracia sea aplicada al ser humano.

La Escritura es clara en que la fe es un elemento esencial, como se expresa repetidamente en Romanos 3:21-31 “Pero ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen. De hecho, no hay distinción, pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó. Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia. Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál principio? ¿Por el de la observancia de la ley? No, sino por el de la fe. Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige. ¿Es acaso Dios solo Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también es Dios de los gentiles, pues no hay más que un solo Dios. Él justificará por la fe a los que están circuncidados y, mediante esa misma fe, a los que no lo están. ¿Quiere decir que anulamos la ley con la fe? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley.” (Romanos 3:21-31, NVI).

Es difícil leer este pasaje y no ver el énfasis que Pablo pone en la fe. Ahora bien, ejercer fe no implica obra meritoria alguna de nuestra parte. Romanos 4: 5 afirma que “al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia” (Romanos 4:5, NVI). Por lo tanto, la fe no es un “trabajo” de mi parte; más bien es una rendición.

LA SALVACIÓN ES DEL SEÑOR.

El mérito de nuestra salvación, de principio a fin, reside en Dios, no en el ser humano. Dios permite la fe en mí. Su gracia preventiva libera mi voluntad para poder aceptar la salvación de Dios o rechazarla. Soy capaz de ejercer la verdadera fe debido a la gracia de Dios trabajando dentro de mí.

Esto no roba gloria y mérito alguno a Dios, sino todo lo contrario, pues si un hombre rico concede a un pobre y hambriento mendigo una limosna mediante la cual puede mantenerse a sí mismo y a su familia. ¿Deja de ser un regalo puro, porque el mendigo extiende su mano para recibirlo? El hombre rico da limosna a un mendigo y el mendigo los acepta. El regalo es únicamente el trabajo del hombre rico. De la misma manera, el don de la salvación (incluida la voluntad liberada que permite la fe) es totalmente obra de Dios, y toda la gloria le pertenece solo a él. Y, así como el mendigo pudo haber rechazado el regalo del hombre rico, así nuestra gracia liberada nos permite rechazar el regalo de Dios. La fe es un don de Dios, pero es una fe libre y nadie está obligado a creer. Mas para aquel que cree, el mensaje del Evangelio resuena en su alma como las buenas nuevas de salvación que proclama ser.

ESTAS SON BUENAS NOTICIAS.

Si la salvación dependiera de nosotros, si nuestras obras tuvieran que ganarla, no solo sería difícil sino imposible obtenerla. Si nuestra salvación dependiera de nuestras obras y mérito propio el Evangelio no sería una buena noticia en ninguna manera. Afortunadamente, somos justificados por la fe sola. Salvos por gracia sin mérito alguno de nuestra parte ¡Estas son buenas noticias! De principio a fin Dios es el autor de nuestra salvación. La gracia trabaja delante de nosotros para atraernos hacia la fe, para comenzar su trabajo en nosotros. Incluso la primera frágil intuición de la convicción de pecado, la primera insinuación de nuestra necesidad de Dios, aún eso es producto de la gracia, que nos empuja gradualmente hacia el deseo de agradar a Dios.[3] La gracia opera en nuestro interior, llevándonos a la fe, produciendo en nosotros el deseo de buscar a Dios y, al haberle hallado (o más bien siendo hallados por él), dándonos la capacidad para perseverar hasta el fin “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). Es su gracia la que nos conduce a él, llevándonos a tiempo para desesperarnos por nuestra propia injusticia, desafiando nuestras disposiciones perversas, para que nuestras voluntades distorsionadas dejen de resistir gradualmente la gracia de Dios. Tu salvación, en ninguna de sus partes, jamás ha dependido, depende o dependerá de ti mismo:

“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (Judas 1:24-25, RVR1960)

Todo fue consumado por Cristo sin ayuda de nuestra parte ¿Puedes imaginar noticia más grandiosa que esta?

REFERENCIAS:

[1] Véase: Diccionario de la Lengua Española, RAE. Versión electrónica disponible en: https://dle.rae.es/?id=H8e86e9, consultado el 08-03-2019.

[2] Oden, Thomas C., The Transforming Power of Grace, Abingdon Press, 1993; pg. 33.

[3] Thomas C. Oden, John Wesley’s Scriptural Christianity (Grand Rapids, Zondervan, 1994), pág. 246

Arminianismo Clásico, Calvinismo, GRACIA DIVINA, Libre Albedrío

FACTS: Los 5 Puntos del Arminianismo.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
El arminianismo es una doctrina teológica concerniente a la gracia divina y a la salvación del hombre, que nació en el seno de la comunidad reformada de los Países Bajos, y de allí se extendió a otros países protestantes a fines del s. XVI y principios del XVII. El nombre proviene de Jacobo Arminio (Jacobo Armenszoon o Harmenszoon) también conocido por su nombre latinizado Jacobus Arminius).

Jacobo Arminio (Leiden, 19 de octubre de 1609) fue un pastor, catedrático y teólogo holandés, nacido en Oudewater el 10 de octubre de 1560, es decir, 4 años antes de la muerte de Calvino. Su padre, Herman, murió cuando Jacobo era un niño, dejando sola a su madre y a varios hijos. Un sacerdote, Teodoro Aemelius, lo adoptó y envió al pequeño a una escuela en Ultrech. En 1575, su madre fue asesinada durante la masacre de Oudewater, a manos de los soldados españoles. Luego de la tragedia, Arminio fue enviado a estudiar teología en la Universidad de Leiden por la compasión de los amigos, entre los que se encontraba Rudolph Snellius. Arminio permaneció en Leiden desde 1576 hasta 1582 logrando destacarse entre sus pares. Sus maestros más influyentes fueron Lambertus Danaeus, Johannes Drusius, Guillaume Feuguereius y Johann Kolman. Kolman creía y proclamaba que la ortodoxia calvinista convertía a Dios en un tirano caprichoso y un verdugo asesino. Bajo la influencia de este hombre, Arminio desarrolló una doctrina teológica que se enfrentaría a la rigidez calvinista.

Después de haber completado sus estudios bajo la tutoría de Theodore Beza, en Génova (Suiza) en 1582, fue llamado a tomar el pastorado en Ámsterdan para lo cual fue ordenado en 1588. Prontamente se ganó una buena reputación como pastor y fiel defensor de la doctrina. En 1590 se casó con Lijsbet Reael. Arminio, que vivió gran parte de su vida en medio de disputas teológicas, no solo con los calvinistas, sino también con otros movimientos teológicos de la época, finalmente enfermó y falleció en Leiden el 19 de octubre de 1609. Su conducta de vida nunca pudo ser reprobada, y sus seguidores lo tenían en gran estima, siendo respetado aún por sus detractores, a causa de su buen testimonio.

ARMINIO, LOS REMONSTRANTES Y WESLEY.

Arminio es el más conocido fundador de la escuela “anticalvinista” en la teología protestante reformada, de tal modo que su nombre dio origen al arminianismo, como denominación que representaba su ideología, aunque al principio sus seguidores eran llamados “remonstrants”, debido al célebre documento de cinco puntos en el que disentía con Calvino, llamado Remonstratioe (1560). Su teología no fue completamente desarrollada mientras vivió, sino que sus seguidores, se basaron en sus ideas para dar fuerza al movimiento.[1] Uno de los grandes admiradores de la doctrina arminiana fue Juan Wesley, el fundador del movimiento metodista, muchos años más tarde.

ARMINIANISMO EN EXPANSIÓN.

Las obras de Arminio (en latín) fueron publicadas en Leiden en 1629, y en Frankfort en 1631 y 1635. El arminianismo ha sido fuente inspiradora para muchos de los fundadores y predicadores en la época de los grandes avivamientos. Actualmente las tesis arminianas han llegado a tener aceptación entre cristianos de diferentes denominaciones de varios países. Denominaciones arminianas son las diferentes Iglesias metodistas (Iglesia Metodista Episcopal, Iglesia Metodista Unida, Iglesia Metodista Libre), las Asambleas de Dios, la Iglesia del Nazareno, el Ejército de Salvación (The Salvation Army), la Iglesia Adventista del Séptimo Día, la Iglesia Wesleyana, la Iglesia de Dios, la mayoría de las Iglesias pentecostales, la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular, las Iglesias de Cristo y otras del movimiento restauracionista, y los menonitas en su mayoría.[2] Muchos anglicanos (como C.S. Lewis), así como la Iglesia copta, la Iglesia ortodoxa y muchas otras del cristianismo histórico, creen en la libertad de la voluntad humana y que toda persona tiene la posibilidad de recibir salvación y que, una vez que recibe la salvación, también la puede perder.

ARMINIO, EL REFORMADO.

Aunque Jacobo Arminio es considerado el teólogo más famoso que aportó la Iglesia Reformada Holandesa, su fama es una gran ironía puesto que dicha iglesia era históricamente un bastión del calvinismo más ortodoxo y Arminio (en contradicción a ello) dio su nombre a un movimiento que se basó en la oposición a calvinismo histórico (el arminianismo) y esto a pesar de haber obtenido su preparación teológica a los pies de Teodoro de Beza, el sucesor de Calvino en Ginebra; de modo que su formación teológica fue profundamente calvinista. No obstante, en contraposición a Calvino, Arminio se opuso a la doctrina calvinista de la doble predestinación. Además, Arminio no quería que nadie pensara que Dios podía ser la causa del pecado y del mal tal como, indirectamente, enseña el calvinismo. Para él, tal pensamiento era la mayor blasfemia imaginable.

LA REMONSTRANCIA O PROTESTA ARMINIANA DE 1610.

La muerte de Arminio no provocó el fin del conflicto. En enero de 1610, un grupo de 46 ministros y dos catedráticos de la Universidad Estatal de Leyden para la educación de los predicadores, dirigidos por Johannes Wtenbogaert (1557-1644), resumieron sus puntos de vista sobre estos temas y presentaron su documento a los Estados. Las cinco proposiciones teológicas en los que revelaron sus puntos de vista llegaron a conocerse como “Los Cinco Artículos de Remonstrancia”. Dichas proposiciones teológicas expresaban un desacuerdo con la doctrina prevalente en Holanda de la doble predestinación supralapsariana (la creencia que Dios había decidido, incluso antes de la creación o la caída de Adán, que seres humanos en particular serían creados para salvación, mientras otros serían creados para condenación). Aquellos que los defendieron eligieron ser conocidos como “Remonstrantes”. La oposición se llamaba a sí misma “Contra-Remonstrantes”. Los cinco artículos de Remonstrancia o Protesta Arminiana de 1610 fueron:

ARTÍCULO 1: ACERCA DE LA ELECCIÓN

“Que Dios, por un propósito eterno e inmutable en Jesucristo, su Hijo, antes de la fundación del mundo, ha determinado, de la raza caída, pecaminosa de los hombres, salvar en Cristo, por causa de Cristo, y a través de Cristo, aquellos que por la gracia del Santo Espíritu creerán en este su Hijo Jesús, y perseverarán en esta fe y obediencia de fe, por esta gracia hasta el fin; y, por otra parte, dejar a los incorregibles e incrédulos en el pecado y bajo la ira, y condenarlos como alienados de Cristo, según la palabra del Evangelio en Juan 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, y el que no cree al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece en él”, y según otros pasajes de la Escritura.

ARTÍCULO 2: ACERCA DE LA EXPIACIÓN

“Que, de acuerdo con esto, Jesucristo, el Salvador del mundo, murió por todos los hombres y por cada hombre, de modo que ha obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, la redención y el perdón de los pecados; aun así, nadie realmente disfruta de este perdón de pecados, excepto el creyente, según la palabra del Evangelio de Juan 3:16: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”; y en la Primera Epístola de Juan 2: 2: “Y él es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los pecados del mundo entero”.

ARTÍCULO 3: LA DEPRAVACIÓN TOTAL DE LA HUMANIDAD

“Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que el, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo, Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”.

ARTÍCULO 4: ACERCA DE LA GRACIA

“Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo. Hechos 7 y en otros muchos lugares.”

ARTÍCULO 5: SEGURIDAD EN CRISTO Y EL ESPÍRITU

“Que aquellos que están incorporados en Cristo por una fe verdadera, y de esta manera se han hecho partícipes de su Espíritu vivificante, tienen por lo tanto pleno poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo y su propia carne, y para ganar la victoria, siendo bien entendido que esto es siempre a través de la gracia asistente del Espíritu Santo; y que Jesucristo les asiste por medio de su Espíritu en todas las tentaciones, extendiendo a estos su mano, y si sólo están listos para el conflicto y desean su ayuda, y no están inactivos, les impide caer, de modo que ellos por ninguna artimaña o poder de Satanás, pueden ser engañados, ni arrancados de las manos de Cristo, según la palabra de Cristo, Juan 10:28: “Nadie los arrebatará de mi mano”. Pero si son capaces, por negligencia, de abandonar de nuevo los primeros comienzos de su vida en Cristo, regresando nuevamente a este mundo malvado presente, de apartarse de la santa doctrina que les fue dada, de perder una buena conciencia, siendo desprovistos de gracia, eso debe ser determinado más particularmente de las Sagradas Escrituras antes de que puedan enseñar esto con la plena persuasión de sus mentes.

LA INTOLERANCIA CALVINISTA SE MANIFIESTA.

Finalmente, un sínodo fue convocado en noviembre de 1618 por la Iglesia Reformada Holandesa en la ciudad de Dordrecht, o Dort, para tratar el asunto. También asistieron teólogos reformados de ocho iglesias extranjeras (incluyendo la Iglesia de Inglaterra). El sínodo se reunió hasta mayo de 1619 y, después de un debate, condenó la posición de los Remonstrantes en términos que se convertirían en los famosos “Cinco Puntos del Calvinismo” (TULIP):

  • Depravación total de la humanidad, que a causa del pecado ha quedado en un estado de esclavitud.
    • Elección incondicional de los que han de ser salvos (y lógicamente también de aquellos que han de ser condenados), basada solamente en la libre gracia de Dios.
    • Expiación limitada, por la que la muerte de Cristo es eficaz solamente para los escogidos.
    • Gracia irresistible, que asegura la respuesta al evangelio de los que Dios ha escogido para salvación.
    • Perseverancia final otorgada a los que han sido escogidos, de manera que, aun pasando por periodos de tentaciones y caídas, no caen totalmente de la gracia salvadora.

A los Remonstrantes que habían asistido al sínodo se les dijo que cesaran de servir como ministros (estos estuvieron de acuerdo) y dejar de difundir sus doctrinas (estos se resistieron). Su protector político, Johan van Oldenbarnevelt (1547-1619), fue invitado con engaños a una reunión donde fue arrestado. Falsamente acusado de traición, fue decapitado poco después de que terminó el sínodo. Otro partidario, Hugo Grocio (que se convirtió en el padre del derecho internacional), fue condenado a cadena perpetua, pero logró escapar. A través de Holanda más de 200 pastores Remonstrantes fueron privados de sus posiciones y en algunos casos encarcelados o desterrados. La causa Remonstrante fue condenada y anatemizada por el odio calvinista.

La posición Remonstrante no sería legal en Holanda hasta 1795. Mientras tanto, el arminianismo (como se llamaba) vivió fuera de Holanda. Aunque el calvinismo trató de exterminarlo por la fuerza y el uso violento del poder estatal, la doctrina Remonstrante creció en influencia en la Iglesia de Inglaterra; y los primeros bautistas generales ingleses, especialmente Thomas Helwys (c.1575 al 1616), expresaron una versión más cercana a la de Arminio. Y un poco más de un siglo después, otro teólogo (Juan Wesley), que tampoco tuvo la intención de lanzar un movimiento, usaría el término para describir sus pensamientos sobre la predestinación.

FACTS: LOS 5 PUNTOS DEL ARMINIANISMO.

En contraposición al TULIP calvinista, los teólogos arminianos crearon el acrónimo FACTS (en inglés) para representar los 5 puntos del arminianismo clásico:

F – LIBERADO POR GRACIA PARA CREER: Es la Gracia Preveniente de Dios la que nos guía al arrepentimiento y a la fe, y nos concede la oportunidad de recibirle o rechazarle, la Gracia de Dios, esta gracia preveniente es para todo el mundo. Las Escrituras indican muy claramente que las personas tienen opciones y toman decisiones sobre muchas cosas (por ejemplo, Deuteronomio 23:16; 30:19; Josué 24:15; 2 Samuel 24:12; 1 Reyes 18:23, 25; 1 Crónicas 21; 10; Hechos 15:22, 25; Filipenses 1:22). Además, explícitamente habla del libre albedrío humano (Éxodo 35:29, 36: 3, Levítico 7:16, 22:18, 21, 23, 23:38, Números 15: 3, 29:39, Deuteronomio 12: 6, 17; 16:10; 2 Crónicas 31:14; 35: 8; Esdras 1: 4, 6; 3: 5; 7:16; 8:28; Salmo 119: 108; Ezequiel 46:12; Amós 4: 5; 2 Corintios 8: 3; Filemón 1:14; ver 1 Corintios 7:37) y atestigua que los seres humanos violan la voluntad de Dios, mostrando que él no predetermina su voluntad o acciones en el pecado. La biblia habla de una atracción divina resistible que busca llevar a las personas al Señor en arrepentimiento (Hechos 7: 51-53, Lucas 7:30, Juan 5:34, Hechos 3:26, Lucas 13:34; Ezequiel 24:13; Mateo 23:37; Romanos 2: 4-5; Zacarías 7: 11-14; Hebreos 10:29; 12:15; Judas 4; 2 Corintios 6: 1-2; Salmo 78: 40-42). El arminianismo sostiene el sinergismo evangélico, el cual defiende la cooperación del hombre con la gracia divina a través de la fe como necesaria para salvación (Marcos 16:16-18, Juan 3:36); la voluntad del hombre, por asistencia divina, es hecha libre para creer o rechazar a Cristo. Arminio afirmaba firmemente la necesidad de la gracia de Dios para la redención de todo ser humano, pero consideraba que la gracia puede ser rechazada por el hombre en su libre albedrío (Hechos 7:51).

A – EXPIACIÓN ILIMITADA: Cristo murió por toda la humanidad, pero su sacrificio es solo efectivo en los que creen. Referencias como Juan 1:29, 3:16, 6:33; Romanos 11:12, 15 y 1 Juan 2: 2 enseñan que la muerte de Jesús fue en favor de todo el mundo. El uso de este vocablo en estas referencias (entre otras) apunta a todas las personas constituyentes de la raza humana. Arminio consideraba que la expiación de Cristo es para todos y no sólo para algunos elegidos, aunque no todos la aceptan y por lo tanto no reciben sus beneficios (Juan 3:16, 3:36).

C – ELECCIÓN CONDICIONAL: El Señor nos escogió, eligió, en Cristo en base a su presciencia es decir bajo su conocimiento anticipado de todas las cosas. Dios es todo-amoroso y por eso ama a todos (Juan 3:16, Romanos 5: 8, Romanos 8: 35,38-39, 2 Corintios 5:14, Tito 3: 4-5, 1 Juan. 4:7-8, 10). Elegir arbitrariamente unos para la salvación y otros para la condenación niega aquel atributo moral divino. La oferta del Evangelio es universal; Dios desea que los oyentes (todos) del Evangelio sean salvos; la elección es condicional y la expiación es ilimitada; la predicación del Evangelio es gracia para todos perdidos. Por estas razones, es claro que sólo el arminianismo clásico puede anunciar el contenido de Ezequiel 33:11, 1 Timoteo 2: 4, 4:10, Tito 2:11 y 2 Pedro 3: 9; sin incurrir en una actuación fingida, pues predicarle a alguien el Evangelio, sin estar seguro de que Cristo murió por él, no es una predicación sincera, es una mera actuación. Frente al concepto calvinista de predestinación (o “elección”) incondicional, el arminianismo enseña que la predestinación se ha basado en la presciencia de Dios, quien tiene el conocimiento previo de quién creerá y quién no creerá en Cristo (Romanos 8:29, 1 Pedro 1:2). El arminianismo se opone a la postura calvinista, donde esta última enseña que algunos están predestinados para salvación y otros para perdición. Ante la pregunta de si existen personas que nacen condenadas al tormento eterno, incluso si se arrepienten y aceptan lo que hizo Jesús en la cruz, el arminianismo responde con claro y contundente no. Eso no armonizaría con el carácter de Dios; pues Él dice: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19).

T – TOTAL DEPRAVACIÓN: Incapacidad de ser salvos por medio de nuestras obras, ya que estamos muertos en nuestros delitos y pecados. El hombre fue creado “a imagen de Dios” (Génesis 1:17) y “Dios hizo al hombre recto” (Eclesiastés 7:29), dicen las Escrituras. Pero el hombre cayó (Génesis 3). El pecado de Adán afectó a toda la humanidad (Romanos 5:12-21, 1 Corintios 15:21-22). Desde la caída adámica, la humanidad pasó al estado de depravación total. El pecado, con su sombra, cubrió toda la existencia humana, cada área de ella. En Adán cada ser humano estaba presente de forma potencial, por eso, cuando él escogió el mal, sus descendientes heredaron el estigma del pecado.

S – SEGURIDAD EN CRISTO: La seguridad de nuestra salvación está en Cristo, solo apartados de él corremos el grave peligro de caer de la Gracia y por ende perder la salvación. El arminianismo enseña que la destitución de Dios por causa de la rebelión es posible a pesar de haber sido parte de Su pueblo elegido. La posición arminiana empieza desde la perdición y separación de Dios, del mismísimo Satanás. Habiendo sido él un querubín, ocupando el más alto rango angelical, puesto sobre los ángeles creados, conociendo a Dios íntimamente, habiendo sido parte de Su reino por milenios, no obstante, decide por su libre albedrío rebelarse contra el Creador (Isaías 14:12-15). Él junto con los ángeles que le siguieron, fueron destituidos de la gloria de Dios (Judas 1:6). Adán, habiendo sido creado y criado por Dios mismo hasta cierta edad, cuando él ya pudo valerse por sí solo, junto con Eva su mujer, deciden por esa libertad otorgada comer del fruto prohibido, trayendo sobre sí y sobre la humanidad el pecado y la destitución (Génesis 3:1-24, Romanos 5:12-21). El pueblo judío fue liberado de la esclavitud de Egipto, lo cual tipifica ser liberado del pecado. Sin embargo, por sus tendencias pecaminosas no heredaron la tierra prometida. Solo Caleb y Josué con los suyos y la segunda y tercera generación de judíos entró en ella (Números 13:1-14:38, Hebreos 3:7-4:11, Judas 1:5). Indiscutiblemente, si un número predeterminado de seres humanos ya estaba predeterminado para salvación como el calvinismo enseña, la venida de Jesús, el Hijo de Dios, no hubiese sido requerida. El pasado, presente y futuro son simultáneos para Dios. Él en su presciencia ya sabe quiénes lograron entrar en Su presencia, pero esto no se debe a un mero capricho suyo o a un destino prefijado e ineludible. Todos fuimos “predestinados” para salvación, es decir, con el objetivo de ser salvos. Pero eso no quiere decir que necesariamente todos seremos salvos, porque, aunque Dios nos predestinó para salvación, también nos dio libertad para salvarnos o perdernos: el libre albedrío. Por lo tanto, de acuerdo con la doctrina arminiana, es posible “caer de la gracia” y no es correcto pensar que los que ya recibieron la gracia nunca se perderán. Cabe destacar, sin embargo, que cuando se habla de perder la salvación, no es porque Dios la arrebata nuevamente después de haberla otorgado en Jesús, sino que es el mismo hombre quien la desecha una vez que rompe su comunión con Dios a través del pecado o la apostasía (Hebreos 6:4-9).

REFERENCIAS:

[1] McNeill, John T., Los Forjadores del Cristianismo, Volumen 2. Terrassa, España, CLIE, 1987.

[2] Wynkoop, M. B., Bases Teológicas de Arminio y Wesley, Casa Nazarena, Kansas City 1973.