Arminianismo Clásico, Calvinismo, Vida Cristiana

La salvación no se pierde, tú la abandonas

Un verdadero creyente no puede perder su salvación. Sin embargo, ¡Un verdadero creyente puede dejar de serlo! Y es ahí donde surge el problema: 𝑺𝒊𝒏 𝒇𝒆 𝒏𝒐 𝒉𝒂𝒚 𝒔𝒂𝒍𝒗𝒂𝒄𝒊ó𝒏 (Hebreos 11:6; Juan 3:36). La Palabra nos confronta con esta dura verdad: "Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de 𝒊𝒏𝒄𝒓𝒆𝒅𝒖𝒍𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒑𝒂𝒓𝒕𝒂𝒓𝒔𝒆 𝒅𝒆𝒍 𝑫𝒊𝒐𝒔 𝒗𝒊𝒗𝒐; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, 𝒄𝒐𝒏 𝒕𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒓𝒆𝒕𝒆𝒏𝒈𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒇𝒊𝒓𝒎𝒆 𝒉𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒆𝒍 𝒇𝒊𝒏 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒏𝒇𝒊𝒂𝒏𝒛𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒑𝒓𝒊𝒏𝒄𝒊𝒑𝒊𝒐" (Hebreos 3:12-14).

Arminianismo Clásico, Salvación

Eternamente seguros

¿Vivimos entrando y saliendo continuamente de la gracia? La seguridad y la certeza de nuestra salvación ¿de quién depende? ¿Es tan fácil como dicen caer de la gracia? ¿Debemos ser perfectos para poder estar verdaderamente seguros de nuestra salvación eterna? ¡Miserables de nosotros si así fuera! Afortunadamente el mensaje del Evangelio es muy superior a las falsas ideas de los hombres, lo cual constituye  buenas noticias para seres imperfectos, caídos y depravados como nosotros.

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Salvación, obtenida y asegurada por fe

Como pentecostales y arminianos, creemos que la seguridad de los creyentes nos viene por medio de la fe, tanto cuando recibimos la salvación, como cuando continuamos en comunión con Cristo por medio de su Espíritu. Junto con Pablo, el creyente ora para «ser hallado en él [en Cristo], no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe» (Filipenses 3:9).

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Arminianismo: Bíblico, equilibrado y ortodoxo

Muchos cristianos temen identificarse como calvinistas o arminianos. Dicen estar hartos de las etiquetas y de los conflictos teológicos entre ambos sistemas. Muchos incluso reclaman estar posicionados teológicamente en un término medio entre el calvinismo y el arminianismo. Otros intentan justificar su indecisión con slogans piadosos: “¡Yo solo predico la Biblia!” Te dirán. “¡No sigo a hombres!” Argumentan otros. “Yo soy simplemente cristiano, no soy ni calvinista ni arminiano” Dice la mayoría. No culpo a estas personas por rendirse en su intento por comprender un poco (cuando menos) la inmensidad de quién es Dios, muy en el fondo quizá los inspire un deseo de ser pacificador, o cualquier otra razón. Los más honestos quizá admitan: "No sé, estoy indeciso, ambos sistemas teológicos tienen fuerte sustento en la Palabra de Dios. Eso me confunde.” ¿Es ese tu caso?

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La falacia del “Salvo, siempre salvo”

En vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios nos llevan a rechazar la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos y su variante moderna, la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo”.

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¿Enseña la Biblia que la salvación se pierde?

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos.

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¿Estás seguro que eres salvo?

¿Soy salvo? ¿Puedo estar verdaderamente seguro de mi salvación en esta vida? Es una pregunta que todos los cristianos nos hemos hecho en algún momento. El desafío de la adversidad, la tentación de pecar, cualquier punto bajo en nuestro camino espiritual, puede llevar a una persona a dudar de su identidad como hijo de Dios. A veces la inseguridad de la propia salvación puede originarse en el incumplimiento de ciertos estándares legalistas y extrabíblicos impuestos por una comunidad a otros, o simplemente pueden ser momentos de duda sin ninguna explicación. Cualquiera sea la causa, es una experiencia común que la mayoría de los cristianos pueden atestiguar en algún momento de su caminar.