Catolicismo, Iglesias Reformadas, ORDENANZAS DEL EVANGELIO, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, SACRAMENTOS

Sacramentos u ordenanzas pentecostales

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Nuestro término “sacramento” proviene del latín “sacramentum”. En el mundo antiguo, originalmente, el sacramentum era una suma de dinero depositada en un lugar sagrado por las dos partes envueltas en una litigación civil. Cuando la corte tomaba su decisión, se le devolvía su dinero a la parte ganadora, mientras que se le quitaba el suyo a la perdedora, como “sacramento” obligatorio; era considerado sagrado porque era ofrecido entonces a los dioses paganos. Al pasar el tiempo, también se aplicó el término “sacramento” al juramento de fidelidad que hacían los nuevos reclutas en el ejército romano. Ya en el segundo siglo, los cristianos habían adoptado este término y lo habían comenzado a asociar con su voto de obediencia y consagración al Señor. La Vulgata latina (alrededor del año 400) usó el término sacramentum para traducir el término griego mystérion (“misterio”), lo cual añadía una connotación más bien secreta o misteriosa a aquellas cosas consideradas “sagradas”.[1] De hecho, a lo largo de los años, el sacramentalismo se impuso en la iglesia cristiana al punto que estos llegaron a ser vistos como ritos que confieren gracia espiritual (con frecuencia, “gracia salvadora”) a los que participan de ellos. En el catolicismo, por ejemplo, los sacramentos son considerados señales exteriores de la gracia interior, instituidos por Cristo para nuestra santificación.[2]

En la interpretación reformada los sacramentos son considerados signos externos que sellan y confirman las promesas del pacto de Dios. Así, para muchos protestantes de tradición calvinista, los sacramentos son medios de gracia. Es decir, son canales utilizados por Dios para impartir y conferir la gracia simbolizada. De acuerdo con esta interpretación los sacramentos, además de contener algún elemento visible como el agua, el pan o el vino, incluyen también una acción determinada, ordenada por Dios en asociación con el signo, que le otorga al creyente un beneficio redentor. Esta, sin embargo, no es la norma evangélica.

La mayoría de las iglesias evangélicas (pentecostales incluidos) ven a los sacramentos como solamente memoriales o señales que indican que la persona ha hecho una profesión de fe y ahora son parte de la familia de la iglesia. La mayor parte de los grupos protestantes están de acuerdo en que Cristo le dejó a la Iglesia dos observancias o ritos, que se debían incorporar a la adoración cristiana: el bautismo en agua y la Cena del Señor.[3]

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¿SACRAMENTOS U ORDENANZAS?

En el contexto pentecostal y evangélico, mayormente a causa de la connotación un tanto mágica que acompaña al uso de la palabra “sacramento”, se suele preferir el término “ordenanza” para expresar nuestro entendimiento con respecto al bautismo y la Cena del Señor.[4] Ya desde los tiempos de la Reforma, algunos pusieron objeciones al uso de la palabra “sacramentos”, prefiriendo hablar de “señales” o “sellos” de la gracia. Tanto Lutero como Calvino utilizaron el término “sacramento”, pero llamaron la atención sobre el hecho de que el uso que ellos hacían de él tenía un sentido teológico distinto al que implica originalmente la palabra. Felipe Melanchton, compañero de Lutero, prefería utilizar el término “signi” (señales).[5] Hoy en día, algunos que no se consideran “sacramentalistas” (es decir, que no consideran que se administre la gracia salvadora a través de los sacramentos), siguen usando los términos “sacramento” y “ordenanza” como sinónimos.

Como algo dispuesto por Cristo, en lo que participamos tanto por su mandato como por su ejemplo, la mayoría de los pentecostales y evangélicos no consideran las ordenanzas como algo que produzca por sí mismo un cambio espiritual, sino más bien piensan que sirven como símbolos o formas de proclamar lo que Cristo ya ha efectuado espiritualmente en la vida del creyente.

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EL BAUTISMO EN AGUA

La ordenanza del bautismo en agua ha sido parte de la práctica cristiana desde los orígenes de la Iglesia. Esta práctica era una parte tan corriente de la vida en la Iglesia Primitiva, que la sola idea de un cristiano sin bautizar es sencillamente absurda y no se considera siquiera en el Nuevo Testamento.[6]

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios afirma:

“Las Escrituras establecen la ordenanza del bautismo en agua por inmersión. Todos los que se arrepienten y creen en Cristo como Salvador y Señor deben ser bautizados. De esta manera declaran ante el mundo que han muerto con Cristo y que han sido resucitados con El para andar en nueva vida (Mateo 28:19; Marcos 16:16; Hechos 10:47-48; Romanos 6:4)”[7]

La Declaración de Fe de la iglesia de Dios también afirma:

“En el bautismo en agua por inmersión, y que todos los que se arrepienten deben ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”[8]

Asimismo, la Declaración de Fe de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular afirma:

“Creemos que el bautismo en agua en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, de acuerdo con el mandamiento de nuestro Señor, es una bendita señal exterior de una obra interna, un precioso y solemne emblema que nos recuerda que así como nuestro Señor murió en la cruz del Calvario, debemos de considerarnos muertos verdaderamente al pecado, y que el viejo hombre fue clavado en la cruz con El; y que así como Él fue tomado del madero de la cruz y sepultado, así nosotros somos sepultados con El para muerte por el bautismo; para que así como Cristo fue resucitado de los muertos por la gloria del Padre, así nosotros andemos en novedad de vida”[9]

Para nosotros los pentecostales, Cristo marcó la pauta del bautismo cristiano cuando fue bautizado Él mismo por Juan al comienzo de su ministerio público (Mateo 3:13–17). Más tarde, les ordenó a sus seguidores que fuesen a todo el mundo e hiciesen discípulos, “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Por tanto, fue Cristo quien instituyó la ordenanza del bautismo, tanto con su ejemplo como con su mandato.

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En la teología pentecostal, uno de los principales propósitos por los que se bautiza a los creyentes en agua, es que esto simboliza su identificación con Cristo. Los creyentes del Nuevo Testamento, al ser bautizados, indicaban que estaban entrando en el ámbito del señorío soberano y la autoridad de Cristo. A través del bautismo, el nuevo creyente se identifica con Cristo en su muerte, que su vieja naturaleza fue sepultada con Él, y que ha sido levantado a nueva vida en Él. El bautismo indica que el creyente ha muerto a la antigua forma de vivir y entrado en “novedad de vida” por medio de la redención en Cristo. En la teología pentecostal, el acto del bautismo en agua no es el que realiza esta identificación con Cristo, pero la presupone y simboliza. De esta forma, el bautismo simboliza el momento en el cual alguien que anteriormente había sido enemigo de Cristo presenta su rendición definitiva.[10]

El bautismo en agua simboliza también que los creyentes se han identificado con el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Los creyentes bautizados son iniciados en la comunidad de la fe y, al hacerlo, dan testimonio público ante el mundo de su fidelidad al pueblo de Dios. Ésta parece ser una de las razones más importantes por las que eran bautizados los creyentes del Nuevo Testamento casi inmediatamente después de su conversión. En un mundo que era hostil a la fe cristiana, era importante que los nuevos creyentes tomaran partido junto con los discípulos de Cristo y se integraran de inmediato en la vida total de la comunidad cristiana. Así pues, recibir el bautismo es más que obedecer el mandato de Cristo; es algo relacionado con el acto mismo de convertirse en discípulo suyo.[11]

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LA CENA DEL SEÑOR

La segunda ordenanza de la Iglesia es la Cena del Señor o Santa Comunión. Como el bautismo, esta ordenanza ha formado parte integral del culto cristiano desde el ministerio terrenal de Cristo, cuando Él mismo instituyó este rito en la noche en que fue traicionado, durante la cena de la Pascua. Nuevamente, la Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios nos dice:

“La Cena del Señor, que consiste en la participación de las especies eucarísticas–el pan y el fruto de la vid–es el símbolo que expresa nuestra participación de la naturaleza divina de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1:4); un recordatorio de sus sufrimientos y su muerte (1 Corintios 11:26); y una profecía de su segunda venida (1 Corintios 11:26); y un mandato para todos los creyentes “¡hasta que él venga!”[12]

La Iglesia del Evangelio Cuadrangular, una denominación histórica del pentecostalismo clásico, declara al respecto:

“Creemos en la conmemoración y observancia de la Cena del Señor por el uso sagrado del pan partido, un símbolo precioso del Pan de Vida Jesucristo mismo, cuyo cuerpo fue partido por nosotros; y por el jugo de la vid, un símbolo solemne que siempre debe recordarnos de la sangre derramada del Salvador, quien es la Vid verdadera, y cuyas ramas representan a todos los creyentes; que esta ordenanza es como un arco iris glorioso que cubre el golfo del tiempo entre el Calvario y la venida del Señor, cuando en el reino de Su Padre el participara nuevamente de esta ordenanza con sus hijos; que el servir de este sacramento bendito debe ser siempre antecedido por el más solemne escrutinio del corazón, examen propio, perdón y amor hacia todos los hombres, para que nadie participe de esta ordenanza indignamente y beba condenación para su alma”.[13]

Siguiendo las indicaciones de Jesús, los cristianos participan de la Santa Cena en “memoria” de Él (Lucas 22:19–20; 1 Corintios 11:24–25). Sin embargo, el término que traducimos como “memoria” (gr. anámnesis) implica mucho más que recordar algo o pensar en alguna ocasión del pasado. Anámnesis implica transportar una acción que está enterrada en el pasado de una manera tal, que no se pierdan su potencia y vitalidad originales, sino que sean traspasadas al presente.[14] Este concepto se halla reflejado incluso en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 16:3; 1 Reyes 17:18). El concepto de anámnesis le confiere a la Cena del Señor un sentido triple del recuerdo: pasado, presente y futuro. El teólogo pentecostal Stanley M. Horton afirma a este respecto:

“La Iglesia se reúne como un solo cuerpo en la mesa del Señor, para recordar su muerte. Los mismos elementos que es típico utilizar en la Santa Cena son representativos del sacrificio máximo de Cristo: dar su cuerpo y su sangre por los pecados del mundo. Hay también un sentido presente de comunión con Cristo en su mesa. La Iglesia no se reúne a proclamar a un héroe muerto, sino a un Salvador resucitado y vencedor. La frase “la mesa del Señor” sugiere que Él se halla a cargo de todo, como el verdadero anfitrión de la cena, con la connotación del sentido de que los creyentes están seguros y tienen paz en Él (Salmo 23:5). Finalmente, hay un sentido futuro de recuerdo en que la comunión presente del creyente con el Señor no es la definitiva. En este sentido, la Cena del Señor tiene una dimensión escatológica, puesto que se toma mientras se espera su regreso y la reunión eterna de la Iglesia con Él (Marcos 14:25; 1 Corintios 11:26). La comunión con Cristo denota además una comunión con su cuerpo, la Iglesia. La relación vertical que los creyentes tienen con el Señor se ve complementada con su relación horizontal los unos con los otros; el amor a Dios está vitalmente asociado con el amor a nuestro prójimo (Mateo 22:37–39). Esta comunión verdadera con nuestros hermanos y hermanas exige necesariamente la superación de todas las barreras (social, económica, cultural, etc.) y la corrección de todo aquello que pudiese destruir la unidad verdadera. Sólo entonces podrá la Iglesia participar genuinamente (o tener koinonía) en el cuerpo y la sangre del Señor, y ser realmente un cuerpo (1 Corintios 10:16–17). Pablo hace resaltar vívidamente esta verdad en 1 Corintios 11:17–34.”[15]

Ahora bien, el hecho de que en la teología pentecostal la Cena del Señor sea considerada una verdadera comunión entre los creyentes, implica de forma práctica que la mayor parte de las iglesias en las tradiciones pentecostal y evangélica practican la comunión abierta. Comunión abierta significa que todos los creyentes nacidos de nuevo, cualesquiera que sean sus diferencias menos importantes, son invitados a unirse con los santos en comunión con el Señor ante su mesa. Los creyentes de denominaciones hermanas pueden sentarse juntos a la mesa del Señor. Hay un elemento más que merece ser destacado en relación con la Cena del Señor y las prácticas de algunas iglesias pentecostales: El Lavatorio de pies.

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LA CENA DEL SEÑOR EN UNIÓN AL LAVATORIO DE PIES EN ALGUNAS IGLESIAS PENTECOSTALES

El lavado de pies es un acto ritual que simbolizaba la hospitalidad en el Medio Oriente, proporcionando agua para la limpieza y bienestar de los viajeros después de un largo camino. Sin embargo, en algunas culturas se considera una vergüenza repugnante y humillante lavar los pies a una persona, por lo que aún en el Medio Oriente era una labor destinada a los esclavos o siervos. En el contexto cristiano, el rito toma un significado diferente. En algunas denominaciones cristianas el lavatorio de pies es conocido también como Mandato (en latín mandatum, ‘orden, mandamiento’), y procede de las palabras de Jesús en la Vulgata “Mandatum novum do vobis” (Juan 13:34 VUL, ‘Os doy un nuevo mandamiento’).[16] Este rito no es exclusivo del Nuevo Testamento, sino que es mencionado en muchas más ocasiones en el Antiguo. Hay dos tipos de lavatorios de pies mencionados en el Antiguo Testamento:

  1. EL LAVATORIO TRADICIONAL: Esta práctica común se menciona en Génesis 18.4; 19.2; 24.32; 43.24 y 2 Samuel 11.8. Esta costumbre fue conocida en los días de Cristo, como es evidente por su reprensión a Simón: “Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies” (Lucas 7.44). La costumbre en aquel tiempo era que los siervos lavaran los pies a las visitas. En nuestra cultura ya no existe esta costumbre.
  2. EL LAVATORIO CEREMONIAL: El lavatorio ceremonial de los pies y las manos se menciona en Éxodo 30.17–21 y Éxodo 40.30–32. La primera cita tiene una lista de instrucciones específicas de Dios a Aarón y a sus hijos acerca de la ceremonia de purificación que tiene que ver con el lavatorio de las manos y de los pies. La segunda se refiere a la observancia de este mandamiento.

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El Nuevo Testamento, por otro lado, describe el lavado de pies como un acto efectuado por Jesús sobre sus discípulos. En la iglesia primitiva, era costumbre lavar los pies a otros cristianos como acción de humildad y servicio por las viudas según 1 Timoteo 5:10, en donde se nos dice:

“y que sea reconocida por sus buenas obras, tales como criar hijos, practicar la hospitalidad, lavar los pies de los creyentes, ayudar a los que sufren y aprovechar toda oportunidad para hacer el bien”

Agustín de Hipona lo relacionó ceremonialmente con el bautismo pascual y su asociación con el Jueves Santo fue establecida en la iglesia tradicional por el Concilio de Toledo en el 694. Sin embargo, este rito ha sido practicado desde el período de la iglesia primitiva e imitado por diversas denominaciones cristianas. Loa anabaptistas, una de las ramas de la Reforma Protestante, han practicado desde siempre el lavatorio de pies. Una de sus confesiones de fe establece:

“Creemos que Jesús nos llama a servirnos unos a otros en amor como lo hizo él. En lugar de procurar dominar sobre los demás, estamos llamados a seguir el ejemplo de nuestro Señor, que eligió ejercer como un sirviente, lavando los pies de sus discípulos. Cuando se aproximaba su muerte, Jesús se inclinó para lavar los pies de sus discípulos y les dijo: «Así que si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros unos a otros los pies. Porque os he dado un ejemplo, para que vosotros también hagáis lo que yo os he hecho». Con este acto, Jesús manifestó humildad y una disposición servicial, llegando a entregar su vida por los que él amó. Al lavar los pies de los discípulos, Jesús escenificó una parábola de su vida entregada hasta la muerte por ellos, y del estilo de vida a que están llamados los discípulos en el mundo. Los creyentes que se lavan los pies unos a otros manifiestan que son uno en el cuerpo de Cristo. Así reconocen su necesidad frecuente de limpieza, renuevan su disposición a deshacerse del orgullo y del poder mundanal, y ofrecen sus vidas en servicio humilde y amor sacrificado (Jn 13,14-15; Jn 13,8; Mt 20,20-28; Mr 9,30-37; Lc 22,25-27)”[17]

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Este rito fue transmitido también a algunas ramas del pentecostalismo clásico. La Iglesia de Dios, una de las denominaciones pentecostales más grandes e importantes, afirma en su Declaración de Fe:

“Creemos… en la cena del Señor y el lavatorio de los pies de los santos”[18]

Cabe destacar que no muchas organizaciones pentecostales observan el Lavatorio de Pies seguido de sus servicios de la Santa Cena, no obstante, la Iglesia de Dios aún continúa observando dicha práctica, la cual halla su fundamento en Juan 13:4-5, donde se nos dice:

“Se levantó de la cena, y se quitó su túnica, y tomando una toalla, se ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”

De acuerdo con la enseñanza de las iglesias pentecostales que todavía practican el lavatorio de pies, hay varias lecciones enseñadas en este acto. Todas estas se ven demostradas por la manera en la cual Jesús lavó los pies de los apóstoles. Estas incluyen la obediencia, la humildad, el amor, la igualdad, la sumisión, y el servicio. Aunque no todos los pentecostales consideramos el lavatorio de pies como una ordenanza que deba ser practicada de forma obligatorio en la iglesia de hoy (tal como el bautismo en agua y la cena del Señor), respetamos a nuestros hermanos pentecostales y de otras denominaciones que sí lo hacen, reconociendo además la belleza y simbolismo de dicho acto.

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LOS SACRAMENTOS, OTRO PUNTO DE DESACUERDO ENTRE PROTESTANTES Y CATÓLICOS

En la teología católica se enseña que, mientras que Dios da gracia al hombre sin símbolos externos (sacramentos), Él también ha elegido dar gracia al hombre a través de símbolos visibles. En la mentalidad católica, el hombre es necio al no hacer uso de estos medios provistos por Dios para obtener santificación. A fin de calificar como un sacramento, la Iglesia Católica Romana establece que debe reunir los siguientes tres criterios:

a) Debe ser una señal sensiblemente perceptible de gracia santificadora.
b) El otorgamiento de gracia santificadora.
c) La institución hecha por Dios o, más exactamente, por Dios-Hombre, Jesucristo.

Así que, los sacramentos no son meramente un símbolo, sino que son creídos como verdaderos otorgantes de gracia santificante sobre el receptor. La Iglesia Católica Romana cree que todos sus siete sacramentos fueron instituidos por Jesucristo Mismo. Hay siete sacramentos católico-romanos, y son los siguientes:

1) Bautismo, del cual la Iglesia Católica Romana enseña que quita el pecado original mientras que es infundido con gracia santificante.
2) Penitencia, por la cual uno confiesa sus pecados a un sacerdote.
3) Comunión, (La Eucaristía) considerado la recepción y consumo del mismo cuerpo y la misma sangre de Cristo.
4) Confirmación, una aceptación formal dentro de la iglesia, junto con una unción especial del Espíritu Santo.
5) Extremaunción o unción de los enfermos, realizada a personas moribundas para el fortalecimiento físico y espiritual, como preparación para el Cielo. Cuando se combina con la confesión y la comunión (La Eucaristía), es llamado – los ritos finales.
6) Orden sacerdotal el proceso por medio del cual los hombres son ordenados al clero.
7) Matrimonio, que provee gracia especial para la pareja.

Para el católico romano, los sacramentos realmente imparten beneficios espirituales. Sin embargo, toda la idea de los “sacramentos” que imparten gracia salvadora sobre la gente, es antibíblica. Hay dos de los principales sacramentos que específicamente son nombrados por la Iglesia Católica Romana como necesarios de que uno participe a fin de obtener la vida eterna; el bautismo y la comunión. Por la creencia de la Iglesia Católica Romana, de que el bautismo es requerido para la salvación, ellos sostienen que es importante el bautismo de infantes. Pero en ninguna parte de la Escritura encontramos aún un solo ejemplo o mandato de hacerlo así.

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En cuanto a la comunión, la Iglesia Católica Romana toma literalmente Juan 6:54 cuando Jesús dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”

El problema es que su creencia de que Jesús está hablando literalmente aquí, no está de acuerdo con el contexto del pasaje en el cual Jesús repetidamente establece la importancia de la fe en Él, y Su próxima muerte expiatoria por sus pecados (Juan 6:29; 6:35; 6:40; 6:47 y 20:31).

Cuando uno examina los sacramentos restantes en contexto, uno encuentra que la creencia de que ellos otorgan “gracia santificante” no está de acuerdo con el contexto del resto de la Biblia. Los pentecostales creemos que todos los cristianos debemos ser bautizados, pero el bautismo no nos enviste con gracia. También afirmamos que todos los cristianos debemos participar de la Cena del Señor, pero el hacerlo no nos confiere gracia santificante. De igual forma, aunque creemos que debemos confesar nuestros pecados, dicha confesión no debe ser hecha a un sacerdote, sino a Dios (1 Juan 1:9). Lo mismo puede ser dicho del llamado al ministerio (orden sacerdotal): El ser aprobado como un líder de la iglesia es algo honorable, pero esto no da como resultado la gracia. Asimismo, creemos que el matrimonio es maravilloso y es un evento bendito en la vida de una pareja, pero no es el medio por el cual Dios nos da la gracia. El orar por y con una persona que está muriendo, y estar en su presencia es algo bueno de hacer, pero no añade gracia a tu cuenta.

Toda la gracia que podamos necesitar es recibida al momento en que una persona confía en Jesús, por fe, como Salvador (Efesios 2:8-9). La gracia salvadora que está garantizada al momento de una fe genuina, es la única gracia salvadora a la que la Palabra de Dios nos llama a recibir. Esta gracia es recibida por fe, no por la observancia de rituales. Así que, mientras que los sacramentos son “cosas buenas por hacer” cuando son entendidas en un contexto bíblico, el concepto de los sacramentos como “otorgadores de gracia santificante” es completamente antibíblico.

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LA DOCTRINA REFORMADA Y LOS SACRAMENTOS

La doctrina reformada (calvinista) de los sacramentos está en contraste con la comprensión evangélica habitual. Reformados y pentecostales concordamos al rechazar la doctrina romanista de que la eficacia de los sacramentos reside y es conferida por la virtud del sacramento mismo, es decir, el ex opere operato. Este rechazo es explícito en la Confesión de Westminster:

“La gracia que es mostrada en los sacramentos, o por ellos usados rectamente, no es conferida por algún poder que haya en ellos”[19]

Sin embargo, en un plano más fundamental, hay una gran diferencia entre la doctrina reformada sobre los sacramentos y la doctrina pentecostal y evangélica generalmente aceptada. Dichas diferencias se enfocan principalmente a la virtud o eficacia del sacramento: se trata de la afirmación reformada de que el sacramento no es una ceremonia desprovista de eficacia espiritual alguna. Esta afirmación se halla ya en la Confesión de Fe de La Rochelle, escrita por Calvino mismo y adoptada en 1559 como la confesión de las Iglesias Reformadas de Francia. En el artículo 34 dice:

“Creemos… que son de tal manera signos exteriores, que Dios opera por ellos en la virtud de su Espíritu, a fin de que no se nos signifique nada en vano”[20]

La Confesión Belga (1561) insiste en este punto. En el artículo 33, sobre los sacramentos en general, afirma:

“Así, pues, las señales no son vanas ni vacías, para engañarnos; porque Jesucristo es su verdad, sin el cual ellas no serían absolutamente nada.”[21]

Más adelante, en el artículo 35, sobre la Santa Cena, añade:

“Ahora pues, es seguro e indudable, que Jesucristo no nos ha ordenado en vano los sacramentos. Pues, de este modo obra en nosotros todo lo que Él nos pone ante los ojos por estos santos signos”[22]

Esta declaración de la Confesión Belga establece en qué consiste la eficacia de los sacramentos en la tradición reformada: el sacramento produce lo que ellos mismos significan. Así, la Confesión Belga, art. 33, afirma:

“Son signos visibles y sellos de algo interno e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo”[23]

La Confesión de Westminster 27,3 nos dice:

“La gracia que es mostrada en los sacramentos, o por ellos usados rectamente, no es conferida por algún poder que haya en ellos (…) sino de la obra del Espíritu”[24]

Aunque se afirma que la gracia mostrada en los sacramentos es aplicada por el poder del Espíritu en el alma del creyente, la doctrina reformada afirma también que los sacramentos obran lo que ellos significan. Esta es la misma convicción en cuanto al sacramento que comparte la Confesión de Westminster 27,2 cuando afirma:

“Hay en cada sacramento una relación espiritual, o unión sacramental, entre la señal y la cosa significada; de donde llega a suceder que los nombres y efectos del uno se atribuyen al otro”[25]

Dicho de otra manera, la doctrina reformada enseña el denominado “realismo sacramental”. En ella se recoge la unión existente entre la señal (pan, vino, agua) y su significado, por un lado, así como entre este último y lo que el sacramento opera en el creyente, por otro. La primera unión se corresponde a la definición del sacramento como “señal” y la segunda como “sello” dada en Westminster 27,1.Para los cristianos reformados, el sacramento no está separado o dividido de Cristo, sino que Él es la sustancia del mismo, como afirma la Confesión Belga 33:

“Porque Jesucristo es su verdad, sin el cual ellas (las señales) no serían absolutamente nada”[26]

Este realismo sacramental se encuentra también en el Catecismo de Heidelberg expresado con la fórmula “tan cierto… como…”:

Pregunta 69: “Cristo ha instituido el lavamiento exterior del agua, añadiendo esta promesa, que tan ciertamente soy lavado con su sangre y Espíritu de las inmundicias de mi alma, es a saber, de todos mis pecados, como soy rociado y lavado exteriormente con el agua, con la cual se suelen limpiar las suciedades del cuerpo.”
Pregunta 75: “Él tan cierto alimenta mi alma para la vida eterna con su cuerpo crucificado y con su sangre derramada, como yo recibo con la boca corporal de la mano del ministro el pan y el vino, símbolos del cuerpo y de la sangre del Señor.”[27]

De esta manera, el sacramento, según la doctrina reformada, tiene un papel fundamental para “confirmar” (Westminster 27,1), “alimentar y sostener” (Confesión Belga 35) la fe del creyente. Es decir, es un “medio de gracia” para su crecimiento espiritual y del disfrute de la salvación en Cristo. En la doctrina reformada, por tanto, la espiritualidad de los creyentes no se concibe aparte de los sacramentos.

Los pentecostales, por otro lado, vemos en dicha creencia un vestigio del sacramentalismo catolicismo romano impregnado en las iglesias de tradición reformada aún hoy en día. No podemos sino rechazar tal interpretación de los sacramentos u ordenanzas del Evangelio.

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CONCLUSIÓN

Cristo instituyó dos ritos o ceremonias que debían observar sus seguidores: el bautismo, un rito único de iniciación (Mateo 28:19; Gálatas 3:27) y la Santa Cena, un rito memorial constante (1 Corintios 11:23–26). Algunas denominaciones cristianas los llaman “sacramentos” (católicos, luteranos, anglicanos, reformados, etc.), la iglesia ortodoxa oriental los llama “misterios” y los evangélicos y otros protestantes que consideran que estas dos palabras tienen connotaciones negativas los llaman “ordenanzas”. Las Escrituras, sin embargo, no tienen ninguna palabra para la categoría que forman estos dos ritos.

En las Iglesias pentecostales estos dos ritos reciben el nombre de “ordenanzas”, no sacramentos, pues no se cree (a diferencia de católicos y reformados) que se reciba alguna gracia especial a través de ellos. En la tradición pentecostal se practican dos ordenanzas: El Bautismo en agua (que se realiza siempre por inmersión) y la Santa Cena (o Cena del Señor). Sin embargo, algunas iglesias pentecostales y anabaptistas practican también el lavatorio de pies como parte de la Cena del Señor.

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REFERENCIAS:

[1] Wiley, Christian Theology, vol. 3, p. 155. Véase Saucy, The Church, p. 191.

[2] Catecismo de la Iglesia católica 1127.

[3] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva pentecostal (Zondervan, 1994), p. 595.

[4] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva pentecostal (Zondervan, 1994), p. 596.

[5] Berkhof, Systematic Theology, p. 617.

[6] F. F. Bruce, The Book of Acts, The New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1954), p. 77.

[7] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios. Artículo 6: Las ordenanzas de la Iglesia. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#6 . Consultado el 4/10/2019.

[8] Declaración de Fe de la Iglesia de Dios. Disponible en: http://www.churchofgod.org.es/beliefs/declaration-of-faith Consultado el 4/10/2019.

[9] En Esto Creemos, Declaración de Fe de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular. Disponible en: foursquare-org.s3.amazonaws.com/resources/Print_Brochure_This_We_Believe_Spanish_bw.pdf Consultado el 4/10/2019.

[10] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology, ed. rev. (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1979), p. 320. G. R. Beasley-Murray, Baptism Today and Tomorrow (Nueva York: St. Martin’s, 1966), p. 43.

[11] Saucy, The Church, p. 196.

[12] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios. Artículo 6: Las ordenanzas de la Iglesia. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#6 . Consultado el 4/10/2019.

[13] En Esto Creemos, Declaración de Fe de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular. Disponible en: foursquare-org.s3.amazonaws.com/resources/Print_Brochure_This_We_Believe_Spanish_bw.pdf Consultado el 4/10/2019.

[14] Ralph R. Martin, Worship in the Early Church (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1964), p. 126.

[15] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una perspectiva pentecostal (Zondervan 1994), pp. 600-601.

[16] Chris Church (2014). Diccionario Bíblico Ilustrado Holman. Nashville: B&H Publishing Group. pp. 1239-1240.

[17] Confesión de Fe en Perspectiva Menonita, Artículo 13. Lavamiento de pies. Disponible en: https://www.menonitas.org/n3/CdeF/art13.html Consultado el 4/10/2019.

[18] Declaración de Fe de la Iglesia de Dios. Disponible en: http://www.churchofgod.org.es/beliefs/declaration-of-faith Consultado el 4/10/2019.

[19] Confesión de Westminster 27.3.

[20] Confesión de Fe de La Rochelle, Artículo 34.

[21] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[22] Confesión de Fe Belga, Artículo 35.

[23] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[24] Confesión de Fe de Westminster, 27,3.

[25] Confesión de Fe de Westminster, 27,2.

[26] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[27] Catecismo de Heidelberg, 69, 75.