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¡Bendita locura! | La belleza de la experiencia pentecostal

Por Fernando Ernesto Alvarado           

¿Qué es lo que hace que el pentecostalismo sea pentecostalismo? O más bien, ¿Qué es el pentecostalismo exactamente? ¿Qué es lo que hace que cierto grupo de creyentes pueda denominarse pentecostal y no metodista, presbiteriano, reformado, anglicano, bautista, etc.? En general, cada denominación tiene una cualidad que la hace distintiva. Por ejemplo, en términos generales, los presbiterianos podrían distinguirse por su confesionalidad, es decir, la adherencia a cierta confesión de fe; los bautistas, por su proclama del bautismo por inmersión; y podríamos seguir con otras iglesias. La cuestión es ¿Cuál es el distintivo específico del movimiento pentecostal?

Ciertamente, no su confesionalidad como sucede con los presbiterianos. Tampoco su postura frente al bautismo, porque las hay diversas. Entonces, ¿qué es lo que hace que el pentecostalismo sea tal? Como muchos otros han concluido, el distintivo especial del pentecostalismo es su forma específica de espiritualidad, un tipo de espiritualidad que sólo es practicada en el pentecostalismo y que difiere de todas las otras formas de fe evangélica. Esta práctica o elemento primario, la doctrina y a la vez experiencia fundacional del pentecostalismo es lo que denominamos “bautismo del Espíritu Santo”.

EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU COMO EXPERIENCIA FUNDACIONAL DEL PENTECOSTALISMO

Juan el Bautista bautizaba para el perdón de pecados, pero también proclamaba que Jesús vendría con un bautismo que sería mucho más amplio y profundo. “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Este bautismo en el Espíritu. del cual habló Juan el Bautista, es una inmersión sobrenatural en el poder y la persona misma del Espíritu Santo. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término bautismo en el Espíritu es apenas una metáfora que expresa la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6). Esta experiencia, vivenciada por la iglesia primitiva, es una realidad presente en nuestra época. Olvidada en los siglos de oscurantismo y apostasía, este don de Dios fue restaurado a su pueblo en los primeros días del siglo veinte, cuando muchos creyentes cristianos experimentaron el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento pentecostal, el cual enseña y promueve la recepción de esta experiencia.

Para nosotros, los pentecostales, el bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia espiritual con rasgos característicos: (1) Teológicamente, y como experiencia, se distingue del nuevo nacimiento y lo sucede, (2) está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe, y (3) tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

Así pues, lo que define al pentecostalismo no es su adoración espontánea, su continuas y libres expresiones de alabanza a Dios, las danzas, los gritos de júbilo y los llamados al altar. Lo que permitió su existencia y propagación del pentecostalismo no fue el mero hecho de que ocurriesen “locuras” como lo habrían denominado en esos días los no creyentes, o “bendita locura” como suelen denominarlo aún hoy muchos pentecostales. Su existencia y propagación se debió, más bien, a un deseo intenso por profundizar una vivencia interior con la divinidad, mediante un método que involucró todas las dimensiones de vida del creyente, que tuvo como eje la vivencia de una experiencia espiritual de orden carismático con manifestaciones prácticas. La clave del éxito del pentecostalismo está en la experiencia que hoy muchos desechan y ridiculizan, pero que para nosotros es cara y muy preciada: El bautismo en el Espíritu Santo.

Así, lo que se llama “avivamiento pentecostal” deja de ser un simple estallido de emociones incontroladas y bulliciosas, convirtiéndose en un punto de inflexión entre una intensa búsqueda espiritual y el deseo de una vida cristiana en santidad perdurable. Es un contacto íntimo del alma humana con Dios mismo, en la persona del Espíritu Santo.

EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU, UNA VERDAD QUE IMPACTA OTRAS VERDADES

Es esta verdad la vivifica y vuelve singular la experiencia y doctrinas pentecostales. El mensaje ya no es uno teórico o académico, sino una experiencia real y viva que lo cambia todo. Al igual que otros cristianos evangélicos, los pentecostales predicamos la salvación por gracia sola por medio de la fe en Cristo. La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida.

Para los pentecostales esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Creemos que la única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. Afirmamos que la salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. Creemos que el hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). También afirmamos que la evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12). Pero esto no es todo.

El evangelio predicado por el movimiento pentecostal no es un mensaje mutilado. Es un Evangelio Completo. Es por eso por lo que las palabras no bastan. Se acompañan con el poder de Dios. La salvación del ama y la sanidad del cuerpo van de la mano en la predicación del Evangelio. Confirmamos el mensaje con las señales y prodigios prometidos en el Nuevo Testamento.

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16). El pentecostalismo pues, no se limita a un mero conocimiento teológico plasmado en algún libro de teología sistemática. Es poder, poder de lo alto. No es la teoría muerta del académico. Es Dios obrando entre la gente. La experiencia del cielo traída a la tierra con poder.

Los pentecostales nos negamos a creer que Dios ha dejado de intervenir en los asuntos humanos. Predicamos a un Dio real que se interesa por nosotros e intervienen a nuestro favor. Es por eso que creemos que la sanidad divina se fundamenta en la obra expiatoria de Cristo. La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias, incluida la enfermedad.

Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación. La provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). Fundamentados en estas verdades, los pentecostales creemos que la sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

¿De dónde proviene esto? ¿Cuál es la fuente de poder en el pentecostalismo? La respuesta es sencilla: El Bautismo en el Espíritu Santo. La doctrina del Bautismo en el Espíritu Santo es nuestro distintivo como creyentes pentecostales, la fuente de nuestro vigor, dinamismo y poder espiritual. Esta verdad explica la pasión y el poder de nuestro testimonio. Jesús prometió a sus seguidores que recibirían poder de lo alto para que fueran sus testigos. Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo.

No estamos hablando de algo nuevo. El Bautismo en el Espíritu era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos (Marcos 16:20).

ESTO SOMOS

¿Qué significa ser pentecostal? Hay mucho más que podría agregar a esta discusión. Pero el punto, la esencia misma del pentecostalismo es esta: El bautismo en el Espíritu Santo. Es nuestro legado, es nuestra riqueza. Es el regalo de Dios a nosotros en una época en la cual la fe en el mundo decae y las iglesias históricas abandonan la fe. Este mensaje revitalizador puede dar vida al protestantismo frío y moribundo de nuestra época. No es teoría, no es academicismo (aunque haya muchos académicos en nuestras filas). Lo que te ofrecemos es más que eso. Es Dios quien te lo ofrece. Es la promesa del Padre a todos sus hijos:

“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:25–27).
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.” (Joel 2:28-29).

Te invitamos a venir y ver, ¡Prueba por ti mismo la belleza y deleite de esta experiencia!

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