Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: El Arrebatamiento o Segunda Venida de Cristo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los desastres naturales en todas partes del mundo, la recesión económica y la incertidumbre cada vez mayor en muchos lugares, nos confirma que la doctrina de la Segunda Venida de Cristo es más relevante ahora que nunca. Los creyentes debemos descansar en la certeza del retorno inminente de nuestro Señor y compartir esta esperanza con quienes no la tienen. Como seguidores del Señor Jesús resucitado, tenemos la seguridad de una esperanza maravillosa, una reunión con nuestros seres queridos que son salvos, y más importante aún, con nuestro Salvador. ¡Esto es lo que llamamos “nuestra bendita esperanza!”» El grito de guerra de la teología pentecostal clásica fue y continúa siendo: Cristo Salva, sana, bautiza con el Espíritu Santo y viene por segunda vez. La declaración anterior es la declaración de fe o credo del pentecostalismo clásico en su forma más pragmática y sintética. Desde sus inicios, el Movimiento Pentecostal enfatizó las 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17). Estas cuatro verdades se consideran nuestras creencias cardinales porque son verdades claves en nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro.

La cuarta verdad cardinal del pentecostalismo clásico, la resurrección de los que han muerto en Cristo y su arrebatamiento junto con los que estén vivos a la venida del Señor, es la esperanza inminente y bienaventurada de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16,17; Romanos 8:23; Tito 2:13; 1 Corintios 15:51,52). Jesús enseñó que Él regresaría a la tierra.  Él cuidadosamente advirtió a sus discípulos que necesitaban estar constantemente preparados para esto (Mateo 24:42-51; 25:1-13; Marcos 13:37; Lucas 12:37). Ellos entendieron que la era actual terminará con su venida (Mateo 24:3).  La garantía de su venida era una de las verdades con las que Él consoló a sus seguidores antes de su muerte (Juan 14:2,3). En el momento de la ascensión de Cristo, dos ángeles vinieron al grupo de los discípulos que estaban reunidos para repetir la promesa de que Él regresaría.  Ellos declararon que Él vendría de la misma manera que se había ido (Hechos 1:11).  Esto claramente significa que su segunda venida será literal, física, y visible.

Las epístolas del Nuevo Testamento se refieren frecuentemente a la segunda venida, y a través de los pasajes de las Escrituras que tratan de este tema recurre la idea de la inminencia.  Aunque habrá un período de tiempo entre la primera y la segunda venida (Lucas 19:11), todas las enseñanzas acerca del regreso del Señor enfatizan que acontecerá repentinamente y sin previo aviso; que los creyentes deben estar siempre en un estado de preparación continua (Filipenses 4:5; Hebreos 10:37; Santiago 5:8,9; Apocalipsis 22:10). Los creyentes en los primeros días de la Iglesia vivían en un estado de expectación (1 Corintios 1:7; 1 Tesalonicenses 1:9,10).  Cuando Pablo usa la forma “nosotros” en 1 Corintios 15:51 y 1 Tesalonicenses 4:17 muestra que él tenía la esperanza de que todavía estaría vivo cuando Jesús regresara.

EL RAPTO O ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA.

Una comparación de los pasajes de las Escrituras relacionados con la segunda venida muestra que algunos hablan de un acontecimiento visible a toda la humanidad que implica el juicio de los pecadores.  Otros describen una venida conocida solo por los creyentes y que resulta en su redención de la tierra. La segunda es conocida por los evangélicos como “el rapto” (o arrebatamiento).  Esta palabra no se encuentra en la Biblia, pero ha sido usada tanto que una de las definiciones para la palabra en inglés en el Webster’s Third New International Dictionary Unabridged, es: “Cuando Cristo levanta a su verdadera iglesia y a sus miembros a un reino más allá de la tierra donde todos disfrutarán de felicidad celestial con su Señor”.  La palabra raptar se podría usar para traducir la palabra “arrebatados” de 1 Tesalonicenses 4:17. Jesús dijo que su venida resultaría en situaciones donde un individuo sería llevado de un lugar mientras el otro individuo sería dejado.  Esto indica un traslado repentino de los creyentes de la tierra, mientras los no creyentes quedan aquí para enfrentar la tribulación (Mateo 24:36-42).

Jesús describió su venida como algo que ocurriría en un tiempo en que las naciones de la tierra se lamentarían cuando lo vieran llegar (Mateo 24:30).  El apóstol Pablo describe el regreso del Señor como un tiempo de juicio e ira para los impíos (2 Tesalonicenses 1:7-10). En 1 Tesalonicenses 4:13-18, él considera un aspecto diferente de la segunda venida.  Este breve pasaje es la enseñanza más directa y clara sobre el rapto en el Nuevo Testamento.  Sólo habla de los creyentes, tantos vivos como muertos.  No dice que los injustos verán a Cristo en ese momento.  Pablo describe la venida de Jesús en el aire, pero no dice nada de que sus pies tocarán la tierra, como dice otro pasaje que acontecerá en su venida (Zacarías 14:4).  Es el momento cuando se cumplirá 1 Juan 3:2, y seremos como Él. La misma palabra griega usada en 1 Tesalonicenses 4:17 para decir “arrebatado” se usa en Hechos 8:39 para describir cuando Felipe fue “arrebatado” después de bautizar al etíope.  El segundo versículo dice que el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, identificando el origen del poder que llevará a los creyentes de la tierra en el rapto.

En 2 Tesalonicenses 2:1 Pablo llama al rapto “nuestra reunión con él.” La palabra griega aquí traducida “reunión” es la misma palabra traducida como “congregarnos” en Hebreos 10:25, refiriéndose a la congregación de los cristianos para alabar.  Es la imagen de los santos congregándose alrededor de Cristo cuando venga por ellos. El arrebatamiento sobrenatural de individuos piadosos de la tierra no es algo desconocido en las Escrituras.  El suceso destacado en la vida de Enoc fue su desaparición milagrosa de la tierra después de caminar con Dios (Génesis 5:21-24).  El autor de Hebreos llamó esa experiencia un traspaso, evitando la muerte (Hebreos 11:5).

Aunque algunos aspectos del traspaso de Elías fueron distintos del de Enoc, también implicó un arrebatamiento repentino de un creyente del mundo sin experimentar la muerte (2 Reyes 2:1-13). Primera de Corintios 15:51-54 trata del mismo acontecimiento que 1 Tesalonicenses 4:13-18.  Aquí también Pablo trata de los cambios que se producirán tanto en los creyentes vivos como en los creyentes muertos durante el rapto.  Lo llama un misterio (1 Corintios 15:51), una verdad que antes no era conocida pero que ahora le fue revelada por el Espíritu Santo. En Filipenses 3:21 Pablo relaciona la venida del Señor con el tiempo cuando “el cuerpo de la humillación nuestra” será cambiado, otra referencia al rapto.

Los pasajes que corresponden al rapto describen la venida del Señor por su pueblo.  Los pasajes que se refieren a la revelación de Cristo describen la venida del Señor con sus santos.  Colosenses 3:4 trata de los creyentes que aparecerán con Cristo en su venida.  Judas 14 también prevé la venida del Señor con su pueblo para ejecutar el juicio que muchos otros pasajes mencionan en relación con su venida pública.  Porque las Escrituras no se contradicen, parece razonable concluir que los pasajes que describen la venida de Cristo por los santos y con los santos indican dos fases de su venida.  Los pentecostales clásicos creemos que es bíblico suponer que el intervalo entre los dos es el tiempo cuando el mundo experimentará la gran tribulación, implicando el reino del Anticristo y el derramamiento de la ira de Dios sobre los injustos (Daniel 12:1,2, 10-13; Mateo 24:15-31; 2 Tesalonicenses 2:1-12).

SALVOS DE LA LA GRAN TRIBULACIÓN

Aunque el pueblo de Dios quizá sufra muchas aflicciones antes de la venida del Señor, la iglesia será raptada antes del período llamado la Gran Tribulación. En 2 Tesalonicenses 2 Pablo indica que ciertas cosas tienen que acontecer antes de que el día del Señor (que es parte de la gran tribulación) pudiera empezar.  Un individuo llamado “el hombre de pecado” (anticristo) aparecerá. El misterio de injusticia ha estado operando desde el tiempo de Pablo, pero está siendo restringido por el poder del Espíritu que obra por medio de la iglesia verdadera.  Sólo cuando la iglesia sea llevada de la tierra por el rapto, este hombre podrá aparecer públicamente.

En 1 Tesalonicenses 5, siguiendo el pasaje del rapto en el capítulo 4, Pablo enseña acerca del Día del Señor.  Él advierte de la destrucción que éste traerá sobre los injustos (vv. 2, 3).  Pero en seguida aseguró a los cristianos que los que son de Cristo no serán vencidos (v. 4). Todavía hablando del día del Señor, Pablo escribe: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (v. 9).  Parece claro que él está indicando aquí la liberación de los creyentes de los juicios del día del Señor, incluida la gran tribulación.

En el Nuevo Testamento los cristianos son repetidamente exhortados a velar en vista de la venida del Señor.  Nunca se les enseña velar por la gran tribulación ni por la llegada del Anticristo.  Esperar que tales cosas tengan que suceder antes del rapto destruye el sentido de inminencia que respecto a la segunda venida de Cristo aparece en todo el Nuevo Testamento. Los creyentes reciben las instrucciones de que tienen que “esperar de los cielos a su Hijo,” no la gran tribulación (1 Tesalonicenses 1:10).  Cuando las señales del fin de la era son evidentes, deben erguirse y levantar su cabeza en expectación de su redención, no de la gran tribulación (Lucas 21:28).

Las señales de la venida del Señor se manifestarán antes de su llegada pública, pero no tienen que ser cumplidas antes del rapto. Cualquier enseñanza que ciertos hechos tienen que acontecer antes del rapto no está en armonía con la doctrina de inminencia. Es consecuente con los tratos de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento creer que la iglesia será llevada del mundo antes de la gran tribulación.  Dios no mandó el diluvio hasta que Noé y su familia estuvieron seguros dentro del arca.  No destruyó a Sodoma hasta que Lot salió.  La Biblia refiere de un rapto que es pre-tribulación.   En todas las enseñanzas de la segunda venida en el Nuevo Testamento la inminencia se enfatiza.  Interponer otros sucesos antes del rapto viola tales enseñanzas.

CONCLUSIÓN.

El concepto del Arrebatamiento es claramente enseñado en la Escritura. El Arrebatamiento de la iglesia es el evento en el cual Dios saca a los creyentes de la tierra para dar paso a Su justo juicio que será derramado sobre la tierra durante el período de la Tribulación. El Arrebatamiento es descrito primeramente en 1 Tesalonicenses 4:13-18 y 1 Corintios 15:50-54. 1 Tesalonicenses 4:13-18 describe el Arrebatamiento como el acto en el cual Dios resucita a todos los creyentes que han muerto, dándoles cuerpos glorificados, y después partiendo de la tierra con aquellos creyentes que estén aún vivos, a quienes también les serán dados cuerpos glorificados: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:16-17).

1 Corintios 15:50-54 se enfoca en la naturaleza instantánea del Arrebatamiento y en los cuerpos glorificados que recibiremos: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1 Corintios 15:51-52). Mientras los cristianos esperan con alegría la venida del Señor, es bueno recordarles las palabras de Pablo a Tito: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).

El Arrebatamiento es el glorioso evento que todos debemos esperar con anhelo. Entonces finalmente estaremos libres de pecado, y estaremos para siempre en la presencia de Dios. Existe mucho debate sobre el significado y alcance del Arrebatamiento. Esta no es la intención de Dios. Más bien, Dios quiere que al considerar el Arrebatamiento “nos animemos unos a otros con estas palabras.” Como pentecostales clásicos, nuestro grito de guerra seguirá siendo: ¡Cristo viene pronto!

 

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Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: El Bautismo en el Espíritu Santo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La tercera doctrina cardinal del pentecostalismo clásico es el bautismo en el Espíritu Santo. ¡Cristo bautiza con su Santo Espíritu a su pueblo! La experiencia que conocemos con el nombre de bautismo en el Espíritu Santo es también conocida por varios diferentes términos incluyendo el bautismo, la llenura, y el Espíritu cayendo o viniendo sobre una persona. Es evidente que el hablar en lenguas era una experiencia común en el primer siglo. Después del periodo apostólico, sin embargo, este fenómeno parece haber disminuido, u ocurrido más frecuentemente solo entre algunos grupos ajenos a la iglesia oficial.  Agustín de Hipona sostenía que las lenguas cesaron después del primer siglo. Desde entonces, muchos han sostenido esta posición “cesacionista,” incluyendo algunos evangélicos conservadores y la mayoría de los dispensacionalistas. No obstante, hay numerosos ejemplos de esta experiencia a través de los siglos.   En los últimos 200 años, la frecuencia ha aumentado. Los irvingitas de Inglaterra del siglo XIX, el reavivamiento pentecostal al comienzo del siglo XX en los Estados Unidos, la aparición de denominaciones pentecostales, el avivamiento conocido como la Lluvia Tardía, el movimiento carismático, y el aumento actual de evangélicos que tienen posiciones cuasi-pentecostales (por ejemplo, los de la Tercera Ola), son grupos que afirman de alguna forma el bautismo en el Espíritu Santo y el hablar en lenguas.

La creencia común de los evangélicos no pentecostales es que el Espíritu Santo es dado en la justificación y que no hay un bautismo subsiguiente. Los carismáticos creen que el bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia subsiguiente a la salvación, pero que las lenguas, que normalmente acompañan el bautismo, no son necesariamente la evidencia inicial; cualquiera de los dones puede servir como evidencia. Además, sostienen que hablar en lenguas es primordialmente una lengua de oración y ellos no enfatizan el enfoque pentecostal del poder. Los nuevos grupos de Tercera Ola tienen apariencias pentecostales proclamando que poder adicional puede ser ganado para el ministerio y servicio, pero son intencionalmente vagos en decir si el bautismo en el Espíritu Santo es o no es una experiencia específica, además, minimizan el papel de las lenguas. Los pentecostales clásicos, en cambio, creemos que el bautismo en el Espíritu Santo es primordialmente una provisión de poder para servicio y que la inicial evidencia física es hablar en lenguas.

Los pentecostales clásicos creemos que las lenguas no son la única evidencia de una vida llena del Espíritu, pero siempre son la inicial, o primera, evidencia que uno ha sido bautizado en el Espíritu Santo como la entrada en una vida llena del Espíritu. Un propósito del bautismo en el Espíritu es para empoderar al creyente para testificar; entonces, el entusiasmo y valentía al testificar, la guía y capacitación divina en la presentación del evangelio, y las manifestaciones milagrosas del poder de Dios ante los no creyentes sirven como evidencias adicionales del bautismo en el Espíritu Santo, pero no como sustitutos de hablar en lenguas. La vida llena del Espíritu también debe demostrar un desarrollo progresivo hacia un carácter completo en la semejanza de Cristo. El fruto del Espíritu (Gálatas 5:22,23) debe estar desarrollándose en la vida de cada creyente.

Otros dones sobrenaturales del Espíritu (aparte de hablar en lenguas), aunque a veces parecen evidentes en las vidas de los creyentes que no han sido bautizados en el Espíritu, no dan en sí evidencias de haber sido bautizados en el Espíritu.  La manifestación de los dones sobrenaturales en la vida de un creyente que no ha sido bautizado en el Espíritu Santo es posible, pero el ser bautizado abrirá la puerta para manifestaciones más dinámicas y eficaces.

I.- ¿QUÉ ES EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo. Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.

(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.

(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

Aunque el término “bautismo en el Espíritu Santo” no aparece en las Escrituras, es una conveniente designación para la experiencia que anunció Juan el bautista, que Jesús “[bautizaría] en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús. Ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Para resumir: en la conversión, el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

Se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

  1. Bautizado en el Espíritu—1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento.
  2. El Espíritu viene, o desciende, sobre—1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22.
  3. El Espíritu derramado—2:17,18; 10:45
  4. El don que mi Padre prometió—1:4
  5. El don del Espíritu—2:38; 10:45; 11:17
  6. El don de Dios—8:20; 11:17; 15:8
  7. Recibir el Espíritu—8:15,17,19; 19:2
  8. Lleno con el Espíritu—2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6). Aunque el bautismo en el Espíritu es un don de la gracia de Dios, no debe llamarse “una segunda obra de gracia” o “una segunda bendición”. Tal expresión indica que un creyente no puede tener experiencia o experiencias de la gracia divina entre la conversión y el bautismo en el Espíritu Santo.

II.- HABLAR EN LENGUAS COMO EVIDENCIA INICIAL.

El pentecostalismo clásico sostiene que el hablar en lenguas es la evidencia física inicial del bautismo en el Espíritu Santo. El Día de Pentecostés (Hechos 2:1–21) ocurrieron tres dramáticos fenómenos: un viento recio, fuego, y las lenguas que se hablaron. El viento y el fuego, que en las Escrituras son símbolo del Espíritu Santo, antecedieron al derramamiento del Espíritu; pero el fenómeno de hablar en lenguas fue una parte integral de la experiencia de los discípulos en el bautismo en el Espíritu. El ímpetu de hablar en lenguas era el Espíritu Santo. El verbo griego apophthengomai al final del versículo 4 se repite en el versículo 14 como introducción del discurso de Pedro a la multitud. Es una palabra poco común y que rara vez se usa, y que se puede traducir como “emitir una palabra inspirada”. La frase verbal griega para hablar en lenguas (lalein glosáis) no aparece en literatura que no sea bíblica como un término técnico para describir la acción de hablar un idioma que no se conoce. Pero Lucas (Hechos 2:4; 10:46; 19:6) y Pablo (1 Corintios 12:30; 13:1; 14:5,6,18,23,39) la usan con esa connotación. La palabra griega glossa se refiere a la lengua cono el órgano del habla y, por extensión, el resultado del habla: el lenguaje. En Hechos 2, aunque los discípulos no conocían las lenguas que ellos mismos hablaron, hubo algunos que sí las entendieron. Eran lenguas humanas, identificables. Lucas dice que los discípulos hablaron en otras lenguas, es decir, lenguas que no eran las de ellos. Sin embargo, en las demás instancias de Hechos, donde se menciona que hablaron lenguas (10:46; 19:6), no hay indicación de que los presentes entendieron las lenguas o las identificaron. Los escritos de Pablo enseñan que las lenguas no siempre son humanas; también pueden ser espirituales, celestiales, o angélicas (1 Corintios 13:1; 14:2,14) como un medio de comunicación entre el creyente y Dios. Cabe mencionar dos detalles importantes:

(1) En el Día de Pentecostés, todos los que fueron llenos con el Espíritu hablaron en lenguas (Hechos 2:4).

(2) Pedro, al explicar a los presentes el significado de la experiencia de los creyentes, dijo que era el cumplimiento de Joel 2:28,29 (Hechos 2:16–21). Especialmente importante es que Pedro, en medio de la referencia que hizo de Joel, introdujo las palabras “profetizarán” (versículo 18), enfatizando la palabra profética como un rasgo clave del cumplimiento. El hablar en lenguas y la profecía suceden cuando el Espíritu Santo viene sobre una persona y la dirige a hablar. La diferencia básica es que la profecía es en el idioma de quien habla, en tanto que el hablar en lenguas es un idioma que quien habla desconoce. Pero el modo en que operan los dos dones es el mismo. Hablar en lenguas puede, por lo tanto, considerarse una forma especializada o diversa de profecía respecto a la manera en que opera.

LOS SAMARITANOS.

El caso de los samaritanos es también instructivo (Hechos 8:14–20). Los samaritanos habían sido testigos de las señales que Dios obró a través de Felipe, habían además respondido en fe al mensaje de Cristo, y se habían sometido al bautismo. Pero no habían recibido el bautismo en el Espíritu Santo (versículo 15). Pedro y Juan “les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (versículo 17). Simón el mago vio algo extraordinario en este don del Espíritu, e inmediatamente quiso tener la autoridad de también impartir el don. Ya había sido testigo de la expulsión de demonios y sanidades, pero esto era claramente algo diferente. Lucas simplemente dice que Simón “vio” o fue testigo de que se daba el Espíritu Santo; sucedió algo que él pudo observar. El consenso entre los eruditos bíblicos, muchos de los cuales no son pentecostales o carismáticos, es que los samaritanos tuvieron una experiencia glosolálica. Este relato se clasifica entre los dos principales en los capítulos 2 al 10, que sin ambigüedad asocia la glosolalia con el bautismo en el Espíritu. Por lo tanto, este suceso puede con toda razón identificarse como el “Pentecostés Samaritano”.

PABLO.

El caso de Saulo de Tarso, aunque diferente, también parece enseñarnos lo mismo (Hechos 9:17). Lucas no registra detalle alguno del bautismo de Pablo en el Espíritu Santo. Sin embargo, sí sabemos que Pablo hablaba en lenguas con frecuencia y como algo normal en su rutina diaria (1 Corintios 14:18). Parece legítimo y lógico inferir que la primera vez que habló en lenguas fue cuando Ananías le impuso las manos. Así como lo que sucedió en Samaria, esta experiencia se sitúa entre los dos sucesos que claramente dicen que todos hablaron en lenguas cuando fueron bautizados en el Espíritu.

CORNELIO.

En la casa de Cornelio en Cesarea ocurrió un suceso semejante al Pentecostés (Hechos 10:44–48). Se deben observar unos cuantos detalles importantes:

(1) Pedro claramente identifica la experiencia de la casa de Cornelio con la que tuvieron los discípulos en Pentecostés: “Dios, pues, les concedió el mismo don que a nosotros” (Hechos 11:17; véase también 15:8). Además, en ambos relatos aparecen términos comunes como “bautizado con [en] el Espíritu”, “derramado”, y “don”.

(2) La manifestación externa observable de la glosolalia convenció a los acompañantes judeocristianos de Pedro de que el Espíritu también había sido derramado sobre esos gentiles: “Porque los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios” (versículo 46).

(3) Posiblemente, la frase “magnificaban [megaluno] a Dios” es un comentario acerca del contenido de la glosolalia. Se debe notar la importancia de Hechos 2:11 porque identifica el contenido de la glosolalia en Pentecostés como un recital de “las maravillas [megaleia] de Dios”.

(4) Todos los que recibieron, también hablaron en lenguas (versículo 44). Este suceso y el de Pentecostés, que también indiscutiblemente y sin ambigüedad dice que todos hablaron en lenguas, conecta la glosolalia con el bautismo en el Espíritu Santo. Los dos relatos son un paréntesis de los capítulos 8 y 9 donde Lucas no presenta detalles de la experiencia en el Espíritu de los creyentes.

LOS DISCÍPULOS DE ÉFESO.

El episodio que relata la experiencia de los Discípulos en Éfeso nos testifica lo mismo (Hechos 19:1–7). Cuando el Espíritu Santo vino sobre estos discípulos, “hablaban en lenguas y profetizaban” (versículo 6). Una traducción del texto griego podría ser: “No sólo [te] hablaron en lenguas, sino que también [kai] profetizaron”.

El hablar en lenguas fue una parte integral del bautismo en el Espíritu en el Libro de los Hechos. Es la única manifestación asociada al bautismo en el Espíritu Santo que se presenta explícitamente como evidencia que prueba la autenticidad de la experiencia, y sobre esa base debe considerarse normativa. La doctrina Pentecostal de hablar en lengua como “evidencia física inicial” es un intento de condensar el pensamiento de que en el momento del bautismo en el Espíritu Santo el creyente hablará en lenguas. Comunica la idea de que la acción de hablar en lenguas es el acompañamiento inicial y empírico del bautismo en el Espíritu Santo. En ninguna parte en las Escrituras se indica que uno puede ser bautizado en el Espíritu sin hablar en lenguas. Primera de Corintios 12:30 a veces surge como argumento de que las lenguas no son un componente necesario del bautismo en el Espíritu, cuando Pablo pregunta retóricamente: ‘no todos hablan en lenguas, ¿verdad?” Pero el contexto amplio y el contexto inmediato relacionan la pregunta con el ejercicio del don en la adoración colectiva, como sugiere la pregunta a continuación: “no todos interpretan, ¿verdad?” Según 1 Corintios 12:8–10, sólo algunos creyentes son guiados por el Espíritu Santo para comunicar un mensaje en lenguas en la reunión del pueblo de Dios.

POSICIONES EXAGERADAS EN RELACIÓN CON EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO Y SU SIGNIFICADO EN LA VIDA DEL CREYENTE.

Algunos pentecostales han exagerado los beneficios o resultados del bautismo en el Espíritu Santo.   Proclaman que algunos elementos de la vida cristiana solamente son disponibles para el creyente después del mismo. Como creen que el hablar en lenguas es la evidencia física inicial necesaria para esta experiencia, sostienen que estos beneficios solamente pueden ocurrir después de que una persona haya sido bautizada en el Espíritu Santo y haya hablado en lenguas. En su forma más sencilla, entonces, las lenguas tienen que preceder los otros beneficios espirituales. Esta posición exagerada no puede ser apoyada exegética ni experimentalmente. Como resultado, la posición pentecostal es rechazada frecuentemente y la importancia y valor de hablar en lenguas se pierde.

Específicamente, algunos pentecostales han sostenido, hasta cierto punto, que el poder para el ministerio, dones, liderazgo espiritual, y santidad son experimentados solamente después del bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por la inicial evidencia física de hablar en lenguas. Sin embargo, evidencia convincente contra esta posición puede ser aducida tanto de la Biblia como de la experiencia. Una posición verdaderamente pentecostal evita el error de exagerar, pero todavía sostiene que algunas cosas importantes de la vida y ministerio de una persona siguen solamente después del bautismo en el Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en lenguas, y que estas bendiciones no pueden ser recibidas en ninguna otra manera. También reconoce que hay actividad espiritual significante en la vida de cada creyente aparte de la experiencia pentecostal.

Algunos pentecostales han hechos afirmaciones extravagantes para el bautismo en el Espíritu Santo.   Algunos han discutido que una persona tiene que hablar en lenguas para ser salva. Usando el aceite de las lámparas obtenido por las vírgenes sabias en preparación para el novio como un símbolo del Espíritu Santo (Mateo 25), afirman que una persona tiene que tener el Espíritu Santo para ser preparada o salva. Para quienes sostienen este punto de vista, puesto que el bautismo en el Espíritu Santo siempre es acompañado con el hablar en lenguas, uno tiene que hablar en lenguas para ser salvo. Esto es absurdo y puede ser descartado.

Otros, sin embargo, han hecho la misma cosa de una forma menor. Algunos afirman que el bautismo en el Espíritu Santo sigue a la santificación. Arraigado, en parte, en la tradición de la Santidad de Wesley, esta posición pertenece a dos grupos. Uno afirma que hay dos experiencias espirituales distintas en la vida del creyente: salvación y santificación, a veces llamado el bautismo en el Espíritu Santo. El otro grupo tiene tres experiencias: salvación, santificación, y el bautismo en el Espíritu Santo. Las dos formas de esta posición son insostenibles exegéticamente, y la experiencia en la vida del creyente la refuta. La santificación no es el resultado principal del bautismo en el Espíritu Santo.

Otros han afirmado que todo el poder y dones para el ministerio siguen al bautismo en el Espíritu Santo. Otra vez, esto no puede ser sostenido exegética o experimentalmente. Los que están en oposición a esta afirmación apuntan correctamente a las vidas y ministerios de grandes cristianos que no hablaban ni hablan en lenguas. Debido a estas afirmaciones exageradas para los efectos del bautismo en el Espíritu Santo, la posición pentecostal ha sido atacada. El argumento es: Si la evidencia para el bautismo en el Espíritu Santo es una vida sobrenaturalmente dotada y un ministerio significante, entonces Hudson Taylor, Chuck Swindoll, Charles Stanley, Billy Graham, y muchos otros tienen que haber sido bautizados en el Espíritu Santo, aunque no han hablado en lenguas. Todos han demostrado ministerios poderosos y efectivos.

Ante esto, es importante aclarar que los pentecostales no creemos que todo el poder y todos los dones ocurren solamente después del bautismo en el Espíritu Santo. Los no pentecostales ciertamente están capacitados espiritualmente para el ministerio. Pero bautismo en el Espíritu Santo otorga dramáticamente más poder para el ministerio, especialmente en lo sobrenatural como milagros y señales; un ministerio que promueve el llamado apostólico o misionero a plantar iglesias y ministrar en lo sobrenatural. Este poder adicional, capacitación por medio de dones espirituales y pasión, está añadido junto con la milagrosa y espiritualmente provechosa práctica de hablar en lenguas; primero para edificación propia (1 Corintios 14:4), y cuando es interpretado, para la edificación pública (1 Corintios 14:13,26,27). El bautismo en el Espíritu Santo es dado primordialmente para añadir poder sobrenatural para el ministerio y mejorar la relación no cognitiva y experimental con Dios.

LA CLAVE DE NUESTRO ÉXITO EVANGELÍSTICO Y MISIONERO.

El bautismo en el Espíritu Santo ha sido la clave de nuestro éxito misionero y evangelístico. Sin embargo, ciertos peligros se ven venir sobre el movimiento pentecostal moderno. Muchos pentecostales modernos, en su búsqueda por la aprobación de la comunidad evangélica en general, están a punto de perder la misma cosa que los ha hecho eficaces: su enfoque emocional y apasionado de la vida y ministerio y su énfasis en hablar en lenguas. Aunque los pentecostales necesitamos añadir a nuestras propias experiencias los elementos útiles de exégesis y hermenéutica, junto con otras disciplinas espirituales, no debemos, en el proceso, dejar la misma cosa que nos ha hecho tan efectivos en la obra del ministerio. El bautismo en el Espíritu Santo es una provisión poderosa que añade poder sobrenatural a la vida y ministerio de cualquier creyente. Hoy, ministerios que tratan de evangelizar a un mundo perdido y muriendo en pecado y miseria, enfrentan desafíos enormes. Es beneficioso que cada creyente entienda adecuadamente lo que Dios ha provisto y aproveche de ello, recordando las palabras de Jesús cuando comisionó a sus discípulos: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).

Entender el papel que el bautismo en el Espíritu Santo ha desempeñado en nuestra historia y éxito ministerial resulta instructivo. El 20 de noviembre de 1998, el erudito pentecostal Vinson Synan presentó un artículo a la Evangelical Theological Society [Sociedad evangélica teológica] titulado, “Policy Decisions on Tongues As an Indicator of Future Church Growth [La política de decisiones sobre lenguas como una indicación del crecimiento futuro de la iglesia].”   Synan demuestra en su artículo que pentecostales han sido dramáticamente más exitosos en plantar y crecer iglesias que los que han rechazado el entendimiento pentecostal del bautismo en el Espíritu Santo y la necesidad de hablar en lenguas.   Sus estadísticas vienen del desarrollo de las misiones pentecostales en el siglo xx. En Chile, los metodistas crecieron aproximadamente 5,000 miembros, mientras los pentecostales crecieron 2,371,000. En Brasil, los bautistas crecieron a 1,050,000, mientras los pentecostales crecieron a más de 21 millones. Internacionalmente, la Alianza Cristiana Misionera creció a 1.9 millones, mientras las Asambleas de Dios han sobrepasado los 70 millones.  No es posible ignorar estas estadísticas.   Estos logros son la razón de que el Fuller Seminary decidiera estudiar las misiones pentecostales debido al éxito espectacular del ministerio pentecostal. Otros eruditos están sacando las mismas conclusiones. Philip Jenkins, profesor distinguido de historia y estudios religiosos en Pennsylvania State University, escribió recientemente un nuevo libro, The Next Christendom [El siguiente cristianismo], en donde él demuestra que los patrones de crecimiento de los pentecostales harán que el siglo XXI sea un siglo pentecostal.  El ministerio pentecostal no es un poco más eficaz. Hace una diferencia dramática.  El bautismo en el Espíritu Santo provee una cantidad significante de poder para el ministerio sobrenatural resultando en logros asombrosos para el reino.

CONCLUSIÓN.

El bautismo en el Espíritu Santo debe ser más que una doctrina que se protege y se valora; debe ser una experiencia vital, productiva, y continua en la vida de los creyentes y en su relación personal con el Señor, su interacción con otros creyentes, y su testimonio al mundo. La vitalidad y la fuerza de la Iglesia pueden concretarse sólo cuando los creyentes de manera personal y colectiva manifiestan el poder del Espíritu Santo que Jesús mismo experimentó y que prometió a sus discípulos. La posición oficial del pentecostalismo clásico afirma que todos los creyentes tienen derecho de, y deben esperar fervientemente, buscar la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato de nuestro Señor Jesucristo.  Ésta era la experiencia normal de todos en la iglesia primitiva cristiana. Esto también incluye la dotación de poder para la vida y servicio, la distribución de los dones y sus usos en la obra del ministerio (Lucas 24:49; Hechos 1:4,8; 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta y subsiguiente a la experiencia del nuevo nacimiento (Hechos 8:12-17; 10:44-46; 11:14-16; 15:7-9).  Con el bautismo en el Espíritu Santo vienen tales experiencias como la llenura rebosada del Espíritu (Juan 7:37-39; Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43; Hebreos 12:28), una consagración intensificada a Dios y una dedicación a su obra (Hechos 2:24), y un amor más activo para Cristo, su Palabra, y los perdidos (Marcos 16:20).

Sin duda, algunos creyentes que no hablan en lenguas han logrado grandes cosas para Dios. La Biblia registra muchas demostraciones milagrosas de lo sobrenatural en las vidas de los individuos del Antiguo Testamento, y en las vidas de los creyentes en el Nuevo Testamento tanto antes como después de su experiencia de bautismo. Cuando Jesús mandó a los 70 antes del Pentecostés, regresaron informando con gozo, “aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17). Esto ocurrió cuando ellos aún no habían sido bautizados en el Espíritu Santo. Pero definitivamente había más incidencias de los dones espirituales funcionando por medio de los miembros llenos del Espíritu en la Iglesia Primitiva que había antes del derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes rendidos. Los milagros fueron hechos por medio de personas como Esteban y Felipe que no tenían posiciones apostólicas (Hechos 6:8 y 8:6,7). La plenitud de los dones fue vista en todas partes después del Día de Pentecostés. La iglesia había experimentado un mayor empoderamiento para un ministerio más eficaz. El bautismo en el Espíritu Santo, con la inicial evidencia física de hablar en lenguas, es la puerta que nos lleva a una iglesia de Jesucristo grandemente empoderada.

El bautismo en el Espíritu Santo es poder adicional para la vida y el ministerio, dado por Dios después de la salvación. El bautismo es caracterizado por un sentido profundo de la proximidad de la presencia de Dios. En virtud de esto, un sentido profundo de misterio y emoción frecuentemente es experimentado.  También está caracterizado por el hablar en lenguas. Hablar en lenguas establece una comunicación no cognitiva y no racional con Dios. No es anti-racional. Es un contacto inmediato con Dios que no incluye palabras humanas, ni puede ser expresada en palabras humanas. Esta experiencia resulta en más fe en Dios, más poder y dones para el ministerio, más emoción y pasión, y más conocimiento de la dimensión experimental de la presencia de Dios en la vida del creyente pentecostal. Los pentecostales clásicos creemos firmemente que Cristo no sólo salva, no sólo sana, sino que también bautiza en el Espíritu Santo. Esta es una de nuestras doctrinas cardinales.

 

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Sanidad Divina.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación, la sanidad divina, el bautismo en el Espíritu Santo y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales en el pentecostalismo clásico. Dichas doctrinas se consideran esenciales para el cumplimiento de la misión esencial de la iglesia, la cual es alcanzar al mundo para Cristo. Desde su inicio, el Movimiento Pentecostal ha reconocido la sanidad divina para la persona integral como parte importante del evangelio, las buenas nuevas, que Jesús comisionó a sus discípulos que proclamaran. Como pentecostales creemos que la sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4,5; Mateo 8:16,17; Santiago 5:14-16).

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

I.- LA SANIDAD DIVINA, PARTE INTEGRAL DEL EVANGELIO.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37,38). La Biblia muestra una estrecha relación entre el ministerio de sanidad de Jesús y su ministerio salvador y perdonador. Su poder sanador era en realidad un testimonio de su autoridad para perdonar pecados (Marcos 2:5-12). Con frecuencia, los escritores de los Evangelios atestiguan que sus milagros de sanidad ocurrían paralelamente con su predicación del evangelio, siendo ambos el propósito de su ministerio (Mateo 4:23; 9:35,36).

La gente venía de todas partes, tanto para oírle como para ser sanados (Lucas 5:15; 6:17,18). Él nunca rechazó a nadie, sino que sanó todas las diversas enfermedades, dolencias, deformaciones, defectos, y lesiones (Mateo 15:30,31; 21:14). También echó fuera demonios y libró a la gente de los problemas que éstos causaban (Mateo 4:24). Jesús reconoció que la enfermedad es el resultado de la caída de los seres humanos en pecado, y que en algunos casos puede deberse a un pecado específico (Juan 5:14) o a la obra de Satanás (Lucas 13:16). Sin embargo, reconoció también que la enfermedad no siempre es el resultado directo de cierto pecado (Juan 9:2,3). En algunos casos era más bien una oportunidad de que Dios fuera glorificado (Marcos 2:12).

Los milagros de sanidad eran una parte importante de las obras que Dios envió a Jesús a hacer (Juan 9:3,4). Esto armoniza con la revelación del Antiguo Testamento de Dios como el Gran Médico, Jehová el Sanador (Éxodo 15:26; Salmo 103:3; los participios hebreos que se usan en ambos casos indican que es la naturaleza de Dios sanar). El ministerio de Jesús puso de manifiesto que la sanidad divina es parte vital de la naturaleza y el plan de Dios. Las sanidades también sirvieron para identificar a Jesús como el Mesías prometido y el Salvador. Jesús cumplió la profecía de Isaías 53:4: “Ciertamente llevó [tomó y quitó] él nuestras enfermedades, y sufrió [como una carga pesada] nuestros dolores.” (“Enfermedades”, choli, es la misma palabra que se usa para hablar de enfermedad física en Deuteronomio 28:59,61; 2 Crónicas 16:12; 21:15,18,19; Isaías 38:9. (“Dolores”, makob, es la misma palabra que se usa para referirse a dolor físico en Job 33:19). Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

Cuando Juan el Bautista fue encarcelado, se preguntó si Jesús era realmente el Mesías prometido, o simplemente un precursor como él mismo. Jesús le respondió señalando sus obras mesiánicas que vinculaban los milagros y la predicación del evangelio con los pobres (Mateo 11:4,5). Una vez más, la sanidad fue un testimonio importante, una parte integral del evangelio (Isaías 61:1,2; Lucas 4:18; 7:19-23). La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta y dos [NVI] a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9). Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4).

La obra de milagros, incluso la sanidad divina, no se limitaba a los apóstoles. La promesa de Jesús fue para todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18). El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

II.- LA EXPIACIÓN DE CRISTO: FUNDAMENTO DE LA SANIDAD DIVINA.

El ministerio de los sacerdotes bajo la Ley era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, que se “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De tal modo la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades. Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; véanse también Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- LA SANIDAD DIVINA COMO DON DE LA GRACIA DE DIOS.

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11). En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos capaz de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su nombre cada vez más armonizan más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones. La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Hay evidencia de que el don de sanidad de Dios, aun puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor. Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello.

También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2 ss.; 14:2 ss.; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos. A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

CONCLUSIÓN.

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una señal anticipatoria de la completa redención que le esper al cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados. La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42- 44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, a menos que intervenga el rapto de la Iglesia, un día moriremos.

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen el sufrimiento por la causa de Cristo y del evangelio. Se espera que estemos preparados para seguir su ejemplo (Hebreos 5:8; 1 Pedro 2:19,21; 4:12-14,19). Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18). La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, como se señaló anteriormente, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad de Dios y a sus obras, siempre diseñados por su amor y para nuestro bien, con la comprensión de que están más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él. Reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Pero no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina. Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, ni tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

Dios todavía realiza milagros. Dios todavía sana a las personas. No hay nada que impida que Dios sane a una persona a través del ministerio de otros. Por eso, el pentecostalismo clásico continúa proclamando: ¡Cristo sana!

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Salvación.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación es crucial para una buena relación personal con Dios. Es el corazón de las buenas nuevas, el evangelismo y la salud de la iglesia. No nos debe sorprender, entonces, que la salvación de los perdidos fuese el enfoque de toda la proclamación apostólica en las Escrituras. Tampoco nos debe sorprender que los apóstoles reservaron las más enérgicas denuncias para quienes alteraban, añadían, o complicaban la doctrina de la salvación. El libro de los Hechos y en las epístolas, los líderes de la iglesia primitiva predicaron constantemente el mismo evangelio. El pentecostalismo clásico, al igual que la iglesia primitiva, hizo de la doctrina de la salvación el corazón de su mensaje y el eje central de su evangelismo y visión misionera.

Como pentecostales, creemos que las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana y pentecostal, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

EL ORDO SALUTIS.

Prácticamente en toda declaración de fe protestante, la doctrina de la salvación se clasifica como una de las doctrinas cardinales del cristianismo. También es así en el pentecostalismo clásico. La salvación, el bautismo en el Espíritu Santo, la sanidad divina, y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales que son esenciales para la misión esencial de la iglesia de alcanzar al mundo para Cristo.

La clasificación como herejía de las modificaciones a la doctrina de la salvación tiene claros paralelos con la manera en que la iglesia ha tratado tales aberraciones en el pasado. Pisamos sobre terreno bíblico firme cuando guardamos celosamente la pureza de la doctrina de la salvación, porque es la única doctrina en la Biblia por la que se pronuncia un anatema (maldición) a quienes se atreven a pervertirla (Gr. metastrepsai) de acuerdo con Gálatas 1:6-9. En este pasaje, Pablo declaró “bajo maldición” (NVI) a la persona o el ángel que distorsiona el Ordo Salutis (el camino de la salvación) como se revela en las Escrituras. Dicho anatema se establece dos veces para mayor énfasis, (versículos 8,9). El Apóstol consideró el Ordo Salutis de tal fundamental importancia que aún un leve cambio comprometería la totalidad del evangelio. El resultado sería la concepción de un “evangelio diferente” (versículo 6). A pesar de esta terrible advertencia acerca de la desviación doctrinal, la doctrina de la salvación ha sufrido más ataques herejes que ninguna otra doctrina bíblica.

Desde el primer siglo de la Era Cristiana, el evangelio ha sufrido por los intentos de hombres pecadores de añadir pasos al Ordo Salutis. La iglesia primitiva fue testigo de los primeros esfuerzos.  El libro de los Hechos registra un movimiento dentro de la iglesia primitiva de añadir a la salvación la circuncisión y la observancia de toda la ley de Moisés (Hechos 15:1,5). Los judaizantes sostenían que los gentiles tenían que convertirse al judaísmo antes de que Dios les concediera la salvación. Los creyentes convocaron al primer concilio en Jerusalén para tratar este asunto que causaba división. Después de que todos tuvieron oportunidad de hablar, prevalecieron el testimonio apostólico (versículo 14), la Palabra de Dios (versículos 15-18), y la guía del Espíritu Santo (versículo 28), y los creyentes no añadieron estos dos requisitos al Ordo Salutis.

Sin embargo, la victoria fue breve. Comenzando con el libro de Gálatas, que fue escrito después del Concilio de Jerusalén, Pablo inició en su ministerio una implacable batalla contra los judaizantes que persistían en su intento de cambiar el camino de la salvación. (compare con Romanos 2 al 4; 1 Corintios 7:18-20; 2 Corintios 11:4-22; Gálatas 2:11-14; 5:6-11; Efesios 2:11; Filipenses 3:2,3; Colosenses 2:11; y Tito 1:10). Este conflictivo asunto sobrevivió la muerte de Pablo y los apóstoles. Líderes cristianos como Ignacio de Antioquía también trató este asunto en el segundo siglo (Epístola a los Magnesios 8:1; 10:3).

A través de los siglos, el Ordo Salutis ha estado bajo continuo ataque. En la Edad Media los requisitos para la salvación incluían la aspersión, la afiliación satisfactoria a la iglesia adecuada, la observancia periódica de la Comunión, y la asistencia periódica a la confesión. Después de la Reforma Protestante, muchos grupos comenzaron a enseñar el bautismo en agua como un paso necesario para la salvación. Recientemente se expresó un énfasis similar en los círculos pentecostales. En 1916, muchos pastores e iglesias dejaron la recién organizada Asambleas de Dios por un movimiento llamado Nueva Luz [New Light]. Basado en la revelación personal en vez de las claras enseñanzas de las Escrituras, los seguidores de las enseñanzas de la Nueva Luz sostienen que la verdadera salvación requiere los pasos adicionales del bautismo en agua “solo en el nombre de Jesús” (en vez de la fórmula trinitaria que encontramos en Mateo 28:19) y el bautismo en el Espíritu Santo con hablar en lenguas. La Iglesia Pentecostal Unida, la Iglesia Apostólica, y los grupos pentecostales Solo Jesús todavía mantienen esta forma de Ordo Salutis.

¿Cuál es entonces el sencillo y claro Ordo Salutis que aparece en las Escrituras? Es nada más ni menos que: el arrepentimiento de los pecados y la confianza en Jesús como perdonar y Señor. Solo el sacrificio de la sangre de Jesús en la Cruz puede hacer posible el perdón y la reconciliación con Dios (Mateo 26:28; Juan 3:16; Hechos 20:28; Romanos 3:24,25; 5:9; Efesios 1:7; 2:13-26; Colosenses 1:14,20,22; Tito 2:14; Hebreos 9:14,26,28; 13:12,20; 1 Pedro 1:2,18-21; 1 Juan 1:7; Apocalipsis 1:5; 5:9; 7:14). Arrepentimiento, confianza, y sometimiento a su señorío destina a los creyentes los efectos de su sacrificio (Juan 3:16; Hechos 3:19; 5:31; 10:43; 13:38,39; 16:31; 17:30; 20:21; Romanos 10:9,10; 1 Juan 1:9). Según las Escrituras, el sacrificio de Jesús es suficiente para proveer para nuestra salvación. Solo se requiere la fe (confianza y obediencia a Él) para aplicarla a la vida de los creyentes (Juan 3:16; Hechos 11:17; 15:9,11; Romanos 1:16,17; 3:27,28; 4:5,16; 5:1; 10:3-13; Gálatas 3:1,2; Efesios 2:8,9).

HERENCIA ARMINIANA Y WESLEYANA EN LA SOTERIOLOGÍA DEL PENTECOSTALISMO CLÁSICO.

La posición soteriológica que mantienen típicamente las iglesias pentecostales se denomina arminianismo, por Jacobo Arminio (1560–1609). El arminianismo fue luego desarrollado por John Wesley; por lo que algunos pentecostales tal vez estén más familiarizados con el rótulo de wesleyanos en vez de arminianos. Arminio fue un elogiado estudiante de Beza. En el proceso de defender conceptos reformados, terminó discrepando con Calvino y Beza en los temas de la gracia irresistible, la predestinación, y el libre albedrío. Luego de su muerte, los seguidores de Arminio desarrollaron su pensamiento en más profundidad en Los cinco artículos de la oposición (también llamados Los cinco artículos de reproche o de la Remonstrancia) en 1610. El arminianismo se define brevemente a través de los denominados 5 puntos del arminianismo, los cuales también sosn sostenidos por el pentecostalismo clásico:

  • Depravación Total: El hombre es naturalmente malo, e incapaz de salvarse a sí mismo.
  • Elección Condicional- Dios elige para la salvación a todo aquel que responde por medio de la fe, pues la salvación es por la fe (Efesios 2:8)
  • Expiación Ilimitada o Universal: Cristo murió para salvar a todos los pecadores (Juan 3:16) y su expiación es válida para todo aquel que cree en Jesucristo y lo reciba. De manera que todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios no discrimina, no quiere que nadie perezca, sino que espera que todos se arrepientan y sean salvos (2 Pedro 3:9)
  • Gracia Resistible (Libre albedrío): Dios ha hecho al ser humano con la capacidad de elegir su propio destino. Dios no decide en su lugar. Dios ofrece a todos su gracia, pero cada uno es libre de aceptarla o rechazarla.
  • Seguridad del Creyente en la Fe: Todo creyente está seguro de ser salvo, porque Dios lo mantiene en la fe. Su seguridad depende de que se mantenga en la fe de Jesucristo y la nueva vida de santidad que Él da al creyente.

EL ORDO SALUTIS ARMINIANO Y PENTECOSTAL CLÁSICO.

El Ordo Salutis es el “orden de la salvación”. Este se centra en el proceso de salvación y el orden lógico de ese proceso. Cuando se dice que una persona particular fue o es “salva”, el término es frecuentemente usado sin la profundidad de la Escritura o sin la apreciación de la gracia de Dios. La Escritura define varios aspectos diferentes o pasos en la salvación de la persona, desde el primer oír del evangelio hasta el camino para la eternidad en el cielo. Cada uno de esos aspectos coincide, puesto que todos ellos son parte de la salvación de la persona, mas ellos también mantienen sus características distintivas en las Escrituras en el plano redentor.

(1.- EL LLAMADO DEL EVANGELIO, EL EJERCICIO DE LA FE Y LA ELECCIÓN: El Padre determinó que el camino normativo de la salvación debería ser a través de Su Palabra. La Biblia coloca un énfasis muy grande sobre la lectura y predicación de Su Palabra, así como la transmisión de ese evangelio a todas las personas. Este llamado general del Evangelio contiene la supremacía de Dios, su ira contra el pecado, y la promesa de salvación a través de su Hijo, exhorta a el hombre caído a arrepentirse en sus pecados y creer en la redención de Cristo Jesús. (Isaías 55:7, Mateo 28:9-20, Romanos 10:14,17, 2 Timoteo 1:9-10, 3:15). Aquel que oye el evangelio es confrontado con la culpa de su condición pecaminosa y la certeza de un juicio justo contra él. Desesperándose por causa de su estado, él ve su única esperanza de escape a través de Cristo y, capacitado por la gracia preveniente de Dios, ejerce fe en Cristo, confía en la promesa de salvación y también se arrepiente de sus pecados. Por la fe él se reconoce como un pecador necesitado de gracia, e implora a Dios por su poder y amor para salvarlo a través de la sangre y la justicia de Cristo. A través del arrepentimiento él odia su pecaminosidad y se vuelve a Dios como la única fuente de justicia y bondad, esforzándose para vivir en obediencia a Él. Aquellos que se arrepienten y creen son convertidos de seguidores de Satanás a seguidores de Dios (Isaías 55:11, Oseas 14:2,4, Hechos 17:30-31, 20:21, Romanos 1:17, Efesios. 1:17-18, 2:8). En ese momento, un pecador destinado previamente al infierno, pasa ser parte de los elegidos.

(2.- JUSTIFICACIÓN: La promesa del Evangelio es que aquellos que confían en el Señor serán salvos. El perdón de los pecados del pueblo del Dios, y la justicia que permite al pecador estar en la presencia de un Dios Santo, viene de la perfecta obediencia y del sacrificio expiatorio de Cristo. Como un sustituto para el pecador arrepentido, dos cosas acontecen:  Cristo obtiene su salvación (del pecador arrepentido) y el derecho de estar delante de Dios, por cumplir la ley de Dios y el pacto en lugar de él, y él carga el castigo por sus pecados. Como Cristo cumplió esta tarea, Dios promete que aquellos que confían en Él tendrán la justicia de Cristo imputada (o dada) a ellos, así como sus pecados serán imputados a Cristo. Así, como un santo juez, Dios legalmente declara que su pueblo es “justo” o “sin culpa”. El pecador es justificado delante del Señor cuando, en fe, Él descansa no sobre su propia bondad y/o buenas obras (de las cuales el pecador no tiene ninguna), sino sobre la magnífica obra del Hijo de Dios (Jeremías 23:6, Romanos 3:24-26, 4.5-8, 5:17-19, Gálatas 2:16)

(3.- REGENERACIÓN: El llamado general del Evangelio es hecho eficaz cuando el Espíritu Santo hace que la Palabra de Dios sea entendida, apreciada y creída en el corazón del individuo. Por causa de la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, él está en enemistad contra Dios y rehúsa reconocer la veracidad del Evangelio. Dios, por medio de su Espíritu, cambia esa rebelión espiritual, regenerando, renovando y transformando la condición interna de una depravada hacia una de amor por el Señor. Aquellos que responden al mensaje de salvación y ejercen fe en Jesucristo son entonces renacidos, nacidos de nuevo, y sus ojos y oídos son abiertos para ver las gloriosas verdades de la salvación de Dios. (Ezequiel 36:26-27, Mateo 16:17, 1 Corintios 2:12-14, 2 Corintios 3:3,6, 2 Tesalonicenses 2:13-14, Tito 3.5)

(4.- ADOPCIÓN: La gracia de Dios convierte a los pecadores de siervos de Satanás en siervos de Cristo, más aún, Dios promete más que eso. El manifiesta su amor paternal para con los pecadores perdidos adoptándolos como sus propios hijos. A través de la adopción, Él les da todos los derechos, privilegios y protección, como perteneciendo a su familia y teniendo su nombre. Ellos se vuelven hijos e hijos adoptivos del Padre, y hermanos, hermanas, y coherederos con Cristo (Salmos 103:13, Juan 1:12, Romanos 8:15-17, Gálatas 4:5-7, Efesios 1:5).

(5.- SANTIFICACIÓN: El próximo paso en este proceso de salvación es la obra purificadora del Espíritu Santo en el andar diario del creyente. Los creyentes no solamente son presentados como inocentes a través de la imputación de la justicia de Cristo, sino que ellos también se desarrollan espiritualmente en la justicia por la palabra y por el Espíritu. Como el Espíritu habita en el creyente, Él opera en ellos el crecer en la gracia y en el conocimiento, y produce en ellos frutos y buenas obras espirituales. Sin embargo, nadie se puede tornar perfecto en esta vida, y aunque esta santificación puede ser una obra muy larga y demorosa, los elegidos son fortalecidos por la gracia de Dios para que ellos perseveren en la santidad (2 Corintios 7:1, Efesios 2:10, 5:26, 2 Tesalonicenses 2:13, Hebreos 13:20-21)

(6.- GLORIFICACIÓN: Cuando un creyente muere, su alma va a la presencia de Dios mientras él espera por la resurrección y redención de su cuerpo físico, allí es confortado y contempla la gloria de Dios. La realización final de la salvación acontecerá cuando Cristo vuelva, reúna a su pueblo, y lo glorifique junto a Él. Finalmente, la Biblia promete que la maldición del pecado no existirá más, y que habitaremos con el Señor en perfecta paz, amor y alegría (Eclesiastés 12:7, Juan 5:28-29, Hechos 24:15, Romanos 8:30, 1 Corintios 15, 2 Corintios 5:1,6,8, Filipenses 1:23).

Estrictamente hablando, la fe no es parte de la salvación en el ordo arminiano, ya que dicho aspecto es la condición que se cumple antes del acto de salvación de Dios. Todo lo que sigue a la fe en el “ordo” arminiano es la salvación. La gracia preveniente hace posible la respuesta de fe y la fe es la condición ordenada por Dios que debe ser cumplida antes de que Dios salve al individuo. La fe es sinérgica en el sentido de que es una respuesta genuina que es posible gracias a la gracia capacitadora de Dios. Todo lo que sigue (los diversos aspectos de la salvación) es una obra monergista de Dios. Mientras que la salvación es resultado de la fe, la fe no causa la salvación. Dios causa la salvación en respuesta a la fe de acuerdo con su promesa de salvar a los creyentes.

La adopción se incluye tanto en la regeneración como en la glorificación. La regeneración es el comienzo de la adopción mientras que la glorificación es la culminación de esta. La elección está ligada a la unión con Cristo. Pasamos a ser los elegidos de Dios en nuestra unión con Cristo (el elegido), ya que llegamos a participar en su elección a través de la unión y la identificación con Él. La fe nos une a Cristo (Efesios 1:13) y todas las bendiciones espirituales que residen en Cristo se convierten en las del creyente cuando se unen con Él (Efesios 1: 3-12).

En términos temporales, estas bendiciones serían simultáneamente nuestras, pero lógicamente es importante colocar la justificación antes de la regeneración y todo lo que sigue, ya que primero se debe recibir el perdón y tener el pecado removido antes de la recepción de la nueva vida y el alcance de la santidad (santificación). Uno no puede tener vida mientras todavía está bajo la condenación del pecado y la ira de Dios porque “la paga del pecado es muerte”. Y uno no puede ser santificado aparte de la justificación. Así que, en el momento en que estamos unidos a Cristo, somos purificados por su sangre y nueva vida y santidad inmediatamente resultan de esa purificación. Bajo este ángulo soteriológico, la predestinación se refiere al destino predeterminado de los creyentes a través de la unión con Cristo. Los creyentes han sido predestinados a la adopción final y a la conformidad con la imagen de Cristo (glorificación). La predestinación no hace referencia a la predeterminación de Dios de ciertos pecadores a convertirse en creyentes y ser finalmente salvados.

CONCLUSIÓN.

Como embajadores de Cristo, hemos de predicar el mensaje del Rey como heraldos fieles: la buena noticia del Hijo de Dios que fue crucificado y resucitado para rebeldes ingratos como nosotros. Por tanto, el llamado es para cada uno de nosotros a predicar este glorioso mensaje el cual es capaz de transformar el corazón de los seres humanos y frenar la maldad de este mundo que se manifiesta en violencia, fraudes, muertes, extorsiones, hogares destruidos por la infidelidad conyugal, abortos, delincuencias, etc. Para Dios esta labor es sumamente importante que aun desde el Antiguo Testamento les encomendara tal tarea: “Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 31:12). De igual manera la iglesia del Señor tiene esta misma encomienda: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:19-20). Los pentecostales hemos hecho nuestra la responsabilidad de compartir el mensaje salvador del evangelio. Como Pablo nosotros somos responsables de trastornar el mundo de las tinieblas anunciando este glorioso mensaje a aquellos que viven en las tinieblas: ¡Sólo Cristo salva! No hay otro camino. La salvación está disponible para todo aquel que quiera venir a Él.