Continuismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante

El Pentecostalismo y la Reforma de 1517

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Cada 31 de octubre se conmemora un año más de la Reforma Protestante y los pentecostales somos parte de dicha celebración. Aunque tradicionalmente la figura de Lutero ha sido vinculada a las iglesias evangélicas llamadas históricas, las iglesias pentecostales también arraigan su historia en el evento que recordamos cada 31 de octubre. El mismo día que, hace un poco más de 500 años, Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg.

Pero ¿Qué tienen que ver las iglesias pentecostales con la Reforma Protestante? ¿Somos los pentecostales verdaderamente protestantes? ¡Absolutamente sí! El pentecostalismo surgió como un movimiento de renovación dentro del cristianismo protestante. Sin embargo, no todos los protestantes estarían de acuerdo en concedernos dicho título, particularmente en el sector “reformado” o “calvinista” del protestantismo, el cual prefiere vernos como sectas heterodoxas sin conexión formal con la Reforma Protestante. Y es que el movimiento pentecostal, nacido en Estados Unidos en los primeros años del siglo XX, a pesar de su vigorosa expansión a nivel global, es a menudo rechazado por algunos protestantes históricos que rechazan su fuerte componente emotivo, la insistencia pentecostal en la comunicación directa, personal y permanente con la Divinidad y la creencia (muy propia del pentecostalismo) en la intervención milagrosa de Dios en los asuntos cotidianos.

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¿SOMOS PROTESTANTES?

Cuando el 31 de octubre de 1517 el monje alemán Martín Lutero colgó, para que todos las vieran, sus 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, estaba dando origen a una serie de movimientos religiosos e iglesias que cambiarían profundamente el mundo (según los razonamientos de Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo). En este documento, el monje criticaba duramente la costumbre católica de vender indulgencias y rechazaba así la idea de que la salvación del infierno fuera posible mediante los aportes económicos realizados a la Iglesia.

Para Lutero, el perdón era una gracia que solo Dios podía otorgar, y ni la caridad, ni los buenos actos, ni las promesas de los obispos garantizaban la salvación. Lo único que los fieles podían hacer era aceptar a Jesús como el Salvador, confiar en su gracia e intentar vivir santamente en busca de la aprobación divina. Lutero, además, desestimaba la infalibilidad papal y reconocía como única fuente de autoridad religiosa a la Biblia –y la interpretación personal que, bajo inspiración del Espíritu Santo, cada creyente realizaba de ella–. Por estas ideas fue excomulgado en 1521, luego de la Dieta de Worms. Su pensamiento, al expandirse con algunas variantes por distintos países, dio origen a la llamada Reforma protestante. Mientras el catolicismo asentaba su fe en la Iglesia, y en su cabeza, el papa, los grupos disidentes que surgieron a partir de Lutero afirmaron su credo en los Evangelios –motivo por el cual pronto se los conocería como evangélicos–. La autoridad que estos grupos conferían a cada creyente en la interpretación autónoma de la Biblia dio lugar a un continuo proceso de creación, institucionalización y disidencia religiosa que prosigue hasta el día de hoy y que ayuda a la expansión de este credo religioso por el mundo entero.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos vivió una ola de resurgimiento religioso conocida como el Segundo Despertar, en la que distintos grupos reivindicaban no solo la interpretación personalizada de la Biblia y la aceptación de Cristo como único Salvador, sino también la sanación divina y la necesidad de una fuerte vivencia experiencial que rubricara ese encuentro personal con Jesús. Con este trasfondo religioso surgen, a principios del siglo XX, las primeras iglesias pentecostales.

Muchos historiadores pentecostales reivindican como el nacimiento del movimiento pentecostal el bautismo en el Espíritu Santo experimentado por el predicador negro William Seymour y su congregación en la iglesia de la calle Azusa en Los Ángeles, en 1906. Esta experiencia fundante revivió la escena del Pentecostés bíblico en la cual los apóstoles, bajo la influencia del Espíritu Santo, hablaron en lenguas que desconocían (Hechos 2:1-11). La experiencia del «bautismo en el Espíritu» pronto se difundió hacia otras iglesias y también hacia otras regiones: misioneros de la iglesia de la calle Azusa se dispersaron por 25 países en los siguientes dos años. En la experiencia pentecostal de comienzos del siglo XX, las manifestaciones que evidenciaban la presencia divina en el individuo incluían la glosolalia (el hablar en lenguas extrañas) y otras experiencias espirituales como sueños, visiones, sanidades, profecías, etc.

El pentecostalismo pronto desarrolló, más allá de sus diversidades, un patrón doctrinario y práctico común resumido en la afirmación «Jesús sana, salva, bautiza en el Espíritu Santo y vuelve como rey». Jesús sana el cuerpo, salva el alma, y acerca a Dios a través de una experiencia de encuentro personal con él. El acento en cualquiera de esos cuatro temas puede variar, pero lo principal para un pentecostal es la continua acción sanadora y salvífica de Jesús en distintos momentos de su vida personal. Esta interpretación de los hechos de la vida en clave de permanente intervención divina diferencia a pentecostales y evangélicos de otros grupos cristianos; para ellos, la posibilidad del milagro no es excepcional sino cotidiana, aun en instancias que otros grupos religiosos considerarían banales. De ahí la insistencia, en sermones de pastores y evangelistas, en la fe en un Jesús vivo, actuante cada día en la vida de los creyentes. Todo esto vino a contrastar con la frialdad y decadencia de muchas iglesias protestantes de esa época, las cuales vieron en el pentecostalismo una amenaza contra su hegemonía religiosa.

Para muchos observadores externos el éxito de las iglesias pentecostales parece radicar en que expresaron, fomentaron y legitimaron elementos y formas de adoración libre, emotiva y fluida que no encontraban acogida en muchas religiones instituidas de la época, las cuales, o se hallaban fosilizadas en sus viejos dogmas y confesiones de fe, o habían traicionado las verdades del evangelio abrazando el liberalismo teológico y moral. En este sentido, el pentecostalismo no fue un alejamiento de la ortodoxia protestante, sino más bien un movimiento de retorno a las bases morales y teológicas del mismo, pero con un componente agregado: La experiencia vivencial de comunión con Dios a través del bautismo en el Espíritu Santo tal como ocurría en la iglesia neotestamentaria.

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¿POR QUÉ NECESITAMOS JUSTIFICAR NUESTRA PERTENENCIA AL PROTESTANTISMO?

Más allá de las críticas de sus adversarios y las diferencias litúrgicas que separan al pentecostalismo de las iglesias tradicionales, resulta evidente que el movimiento pentecostal es heredero de la Reforma y una continuación moderna y renovada de la misma; las doctrinas pentecostales se derivan del rico legado teológico de la Reforma y el pentecostalismo nació a partir de iglesias derivadas de la misma ¿Acaso no es esto suficiente? Aparentemente no (para algunos). ¿Por qué entonces nos vemos obligados a reivindicar una y otra vez nuestro derecho a ser considerados evangélicos o protestantes? Porque en ciertos sectores del evangelicalismo tradicional, principalmente en el bloque calvinista o reformado, los oponentes al movimiento pentecostal no solo son muchos, sino también cada vez más agresivos. Por ejemplo, en su polémico libro “Fuego Extraño” el pastor John MacArthur califica al Movimiento Pentecostal y Carismático[1] como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

MacArthur llega al extremo de afirmar:

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

Para MacArthur, lo pentecostales ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, por lo que deberíamos ser rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]
“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

MacArthur concluye su libro afirmando:

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

MacArthur se proclama a sí mismo como cesacionista, lo cual explica en parte su férrea oposición al pentecostalismo. Sin embargo, él no es el único en despreciar al Movimiento Pentecostal. En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, permanece:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8).”[7]

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¿POR QUÉ TANTA OPOSICIÓN POR PARTE DE OTROS CRISTIANOS?

Nos preguntamos ¿Cuál es el problema que tienen con el pentecostalismo otros cristianos no pentecostales? ¿Por qué algunos etiquetan, generalizan y desprecian a todo el movimiento pentecostal de esa forma? El celo ministerial y el cada vez más persistente decaimiento en las iglesias tradicionales, en contraposición a la vitalidad y crecimiento del Movimiento Pentecostal, podrían explicar en parte tal oposición.

Amigos y enemigos reconocen que el crecimiento del pentecostalismo en los últimos 100 años ha sido sorprendente, de hecho, es inigualable en la historia de la iglesia cristiana. El pentecostalismo produce conversiones y masas de fieles en Norteamérica, Latinoamérica, China, Corea del Sur, Singapur, Filipinas y varios países del continente africano. En todos estos casos se verifica una constante: el movimiento posee una gran capacidad de vincular su mensaje con las masas, difundir la fe cristiana y adaptarla a las culturas locales, plantar iglesias autóctonas y alentar formas de organización, teología y liturgia flexibles, variadas y fácilmente apropiables con las que se disemina entre los más diversos segmentos de población de distintos contextos nacionales. Todo ello sin traicionar los fundamentos del cristianismo histórico ni imponer culturas foráneas.

La flexibilidad y colorido del mundo pentecostal no siempre cae en gracia con algunas iglesias protestantes tradicionales, inflexibles litúrgicamente y aferradas a una cultura específica. Lo que sí es innegable es el éxito del pentecostalismo en expandirse y globalizarse: En tan solo 100 años de existencia, el pentecostalismo se ha transformado en el movimiento cristiano de mayor y más rápido crecimiento de toda la historia. Habiendo surgido en la primera década del siglo XX con unas pocas comunidades, ya en 1970 totalizaban 73 millones, para llegar en 1989 a 352 millones en todo el mundo, y hoy se habla de 500 millones. En varios países tiene una tasa de crecimiento del 10% anual, mientras que las iglesias protestantes históricas corren el riesgo de desaparecer o quedar reducidas a ínfimas minorías.

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ELEMENTOS DE CONTINUIDAD DEL PENTECOSTALISMO CON LA REFORMA PROTESTANTE

Cabe destacar que la naturaleza dinámica, flexible y variopinta del pentecostalismo jamás significó una ruptura con la fe cristiana histórica. El ADN mismo del movimiento pentecostal es plenamente protestante. Esto puede corroborarse fácilmente si analizamos los siguientes aspectos:

  1. Los Pentecostales y la Biblia.

Entre nosotros los pentecostales, más allá de los prejuicios que se tengan acerca de nuestras doctrinas, liturgia y prácticas, pues se nos acusa “ignorantes”, “emocionalistas” y “enemigos del estudio y de la preparación teológica”, existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza y se aplica con rapidez a la vida. Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos y privados. Existe una avidez por conocer con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

  1. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego por parte de los pentecostales hacia la ortodoxia protestante y las doctrinas del cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista. Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta.

  1. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy importante destacar el hecho que las iglesias pentecostales (a semejanza del protestantismo histórico) fundaron iglesias nacionales, con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos. Otro elemento para destacar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia.

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ELEMENTOS DE CAMBIO DEL PENTECOSTALISMO EN RELACIÓN CON LA REFORMA PROTESTANTE

Como pentecostales, lo que nos une con el protestantismo histórico es más de lo que nos separa. Sin embargo, ciertos distintivos del pentecostalismo marcan distancia (mas no ruptura) con las iglesias tradicionales del protestantismo. Tales diferencias son de esperar en un movimiento de renovación como el movimiento pentecostal. Entre ellas cabe mencionar:

  1. Hablamos el lenguaje del pueblo.

En primer lugar, los pentecostales hablan en general el lenguaje del pueblo. Hablan al corazón, no con ideas abstractas, y otorgan a sus adeptos un ámbito de sentido, un lugar para realizarse, sobre todo para aquellos que no tienen lugar en el mundo. Su culto es un ámbito para la experiencia vivencial con Dios a través de la obra del Espíritu Santo, para la fiesta y el gozo de vivir en las manos de Dios, y todos participan activamente.

  1. Estructura jerárquica sencilla.

La jerarquía pentecostal es sencilla, lejos del clero tradicional y lejano de muchas iglesias históricas. Cada uno de los fieles se siente y se sabe un discípulo de Jesucristo enviado con una misión única e insustituible.

  1. Conservadurismo teológico y moral.

En muchos sentidos, el pentecostalismo es un “cristianismo primario”, cuyos temas centrales -salvación, milagros, sanidades, liberación, predicación escatológica- son los dejados de lado por las Iglesias históricas que se aggiornaron[8] en la década del 60, adaptándose a la tesis de la secularización progresiva. Y éstas últimas, aggiornadas, son las que ven vaciarse sus templos, y en algunos casos bajo riesgo de desaparecer. Mientras tanto, las denominaciones pentecostales consolidan su presencia y feligresía día tras día.

  1. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. El elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros. Lo central y distintivo en lo pentecostal es la experiencia de poder del Espíritu.

  1. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Los ejes de la teología del pentecostalismo están caracterizados por una visión del mundo que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total.

  1. La misiología pentecostal.

El pentecostalismo se caracteriza por una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del rescate de los perdidos. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en mundiales.

La misión pentecostal, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, se caracteriza por un profundo asentamiento en los sectores populares, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión.

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CONCLUSIÓN

Es indudable que el pentecostalismo ha proporcionado un tremendo aporte y vigor renovado al cristianismo mundial, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico.

El pentecostalismo es un movimiento explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tiene algo que decir al hombre y mujer de hoy. Algo que el protestantismo histórico fue perdiendo en el camino. Lamentablemente, no todos se gozan en nuestro éxito ni celebran nuestros avances. El perfil restauracionista que se le da a la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, tiende a menospreciar al pentecostalismo y sus logros, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la Reforma. Quienes ven al protestantismo como una reforma acabada y completa tienden a ver el pentecostalismo nada más como una secta de poco más de 100 años que amenaza su hegemonía. Quienes tienen una visión tan pobre del cristianismo a menudo ignorarán que los pentecostales somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz. Ese es su problema, no el nuestro. Nosotros seguiremos avanzando para la Gloria de Dios.

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REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] Ibid., pp. 16.

[4] Ibid., pp. 15.

[5] Ibid., pp. 16.

[6] Ibid., pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] Aggiornamento (“actualización” en italiano) es un término italiano utilizado para expresar la adaptación o la nueva presentación de los principios cristianos al mundo actual y moderno, siendo por eso un sinónimo de liberalismo teológico y moral. Implica amoldar o adaptar la teología y moralidad cristiana a la sociedad secular y sus normas cambiantes.

Arminianismo Clásico

¿Por quiénes murió Jesús?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Uno de los pilares del arminianismo clásico es su creencia en la Expiación Ilimitada. En concordancia con el cristianismo primitivo, Jacobo Arminio creía firmemente que Cristo murió por toda la humanidad, no sólo por unos pocos elegidos: “El pacto en el que Dios entró con nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo, consistió, por parte de Dios, en la exigencia de una acción a realizarse, y en la promesa de una inmensa remuneración. Por parte de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, consistía en una aceptación de la Promesa y un compromiso voluntario para llevar a cabo la acción. Primero, Dios le pidió que dejara su alma como víctima en sacrificio por el pecado, (Isaías 53:11), que diera su carne por la luz del mundo (Juan 6:51) y que pagara el precio de la redención por los pecados y el cautiverio de la raza humana.”[1]

Los Remonstrantes, herederos del legado arminiano, también afirmaron esta enseñanza de las escrituras: “En ese sentido, Jesucristo, el Salvador del mundo, murió por todos los hombres y por cada uno de los hombres, para que haya obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, la redención y el perdón de los pecados; sin embargo, nadie en realidad disfruta de este perdón de los pecados, excepto el creyente, de acuerdo con la palabra del Evangelio de Juan 3:16: ´Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.´. Y en la primera epístola de 1 Juan 2:2: ´Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo´…”[2]

 Pero Arminio y los Remonstrantes no fueron los únicos en sostener dicho punto de vista. Repetidamente las Escrituras expresan el amor y la preocupación de Dios por todo el mundo. En contraposición con la clara enseñanza bíblica, los calvinistas argumentan que el término “mundo” no se refiere realmente al mundo entero, sino solo a representantes selectos. Sin embargo, resulta difícil ignorar lo que parece ser la clara enseñanza de la Biblia de que Dios ama a todo el mundo; lo cual implica a todos los seres humanos que Él ha creado. Limitar el alcance de “todo el mundo” a “todos los elegidos de todo el mundo” parece ser un caso de interpretación de estos pasajes de una manera que apoya una doctrina específica, la expiación limitada, en lugar de permitir que la Escritura defina la doctrina. 1 Timoteo 4:10 distingue a los creyentes de los incrédulos en la salvación, pero aun así dice que Cristo es el salvador de todas las personas: “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.” La expresión “mayormente de los que creen” apoya la creencia arminiana en la Expiación ilimitada, es decir, que el sacrificio de Cristo fue hecho por todas las personas, pero que solo es aplicable para aquellos que creen.

 LA DOCTRINA DE LA EXPIACIÓN ILIMITADA EN LOS PADRES DE LA IGLESIA.

La doctrina de la Expiación Ilimitada es plenamente enseñada y sostenida por las Escrituras. Juan 3:16-18 deja claro que Dios nos ama; que él ama a todos en el mundo, no solo a unos pocos. También queda claro en este pasaje que Dios hizo lo que se necesitaba para proporcionar la salvación a aquellos que amaba. Dios dio a su Hijo para ser el sacrificio expiatorio para todo el mundo (1 Juan 2:2), para probar la muerte para todos (Hebreos 2:9). Jesús fue nuestro cordero sacrificial (Juan 1:29), Aquél que nos libra de la ira de Dios (1 Tesalonicenses 1:10) que justamente merecíamos. Una y otra vez en las Escrituras vemos que Jesús murió por los pecados del mundo. Su sacrificio fue hecho para todos, no solo para unos pocos. Pero si bien la muerte de Cristo fue para todas las personas, los beneficios de su sacrificio son efectivos solo para aquellos que creen en Cristo. Solo aquellos que creen obtendrán la vida eterna. Los que no creen permanecen en estado de condenación. Esto se repite en Juan 3:36; los que creen tienen vida eterna, mientras que los que rechazan al Hijo permanecen bajo la ira de Dios.

Negar la universalidad de la expiación es negar la clara enseñanza de las Escrituras de que Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4) y que nadie perezca (2 Pedro 3:9). La expiación universal, o ilimitada, fue la enseñanza de la iglesia, tanto de las iglesias orientales como del occidente, hasta la Reforma Protestante con Lutero y Calvino. El corazón de la teología Ante-Nicena la doctrina de la Expiación Ilimitada ocupa un lugar de honor. Esta doctrina se encuentra expresada claramente en las enseñanzas de Ireneo (140-202 E.C.), Hipólito (170-235E.C.) y Clemente de Alejandría (150-212 E.C.). Ireneo, en su “Prueba de predicación apostólica” y “Contra las herejías”, enseña que, como resultado de la desobediencia de Adán y Eva en el Jardín, cada ser humano sufre las consecuencias del pecado original: el alejamiento de Dios, la muerte y la amenaza de la corrupción eterna. Sin embargo, a través de Cristo y su sacrificio expiatorio, la salvación es posible para “todos los hombres”.[3] Él declara: “Dios recapituló en sí mismo la antigua formación del hombre, para que Él pueda matar el pecado, privar a la muerte de su poder, y vivifica al hombre ”.[4] Los primeros cristianos creían que, si bien la obra redentora de Cristo está destinada a todos, la humanidad tiene libre albedrío para resistir el llamado del Espíritu Santo a la salvación, rechazar la gracia de Dios en Cristo, seguir las falsas enseñanzas y experimentar la experiencia del juicio final, padeciendo en sí mismo la ira de Dios.

En su tratado “Sobre Cristo y el anticristo”, Hipólito habla del Hijo de Dios como uno que ilumina a los santos, enseña a los ignorantes, corrige los errores, reconoce a los pobres y “no odia a la mujer

debido al acto de desobediencia de la mujer al principio, ni tampoco él rechaza al hombre a causa de la transgresión del hombre, sino que busca a todos, y desea salvar a todos, deseando hacer a todos hijos de Dios.”[5] Hipólito luego identifica el deseo de Dios de salvar a todos los hombres y mujeres como la motivación para la encarnación de Cristo y los “sufrimientos en la cruz”[6].

Clemente de Alejandría, en su “Exhortación a los paganos”, proclama la intención de Dios de hacer posible la redención para cada persona. a través del Hijo. Él describe a Cristo, ante los incrédulos, como “el amante del hombre” y “esto, y nada más que esto, es su única obra: la salvación del hombre”[7]. Porque Cristo es el “salvador de todos los hombres”, los “paganos” pueden tener confianza que Cristo los ama y usa muchos medios diferentes para llevarlos a la salvación. Concluye su llamamiento con la exhortación “a ser partícipes de la gracia (de Cristo)”, la cual está disponible para todos.

En una sección conmovedora de “Caín y Abel”, Ambrosio habla de la obra de Dios y su amor salvífico para todas las personas. Él escribe: “Él por lo tanto… nació de una virgen y vino por mi salvación y para la salvación del mundo entero… Él percibió que los que sufren no pueden ser curados sin un remedio. Por esta razón, él otorgó la medicina a los enfermos y con su ayuda hizo posible la salud para todos”.[8]

Jerónimo, en una carta al noble romano Oceanus, explícitamente aborda las ideas asociadas con la expiación limitada, la cual, en su época, afirmaba que hay algunos pecados que Cristo no puede limpiar y pecadores por quienes Cristo no murió. Jerónimo trata dicha enseñanza como una herejía. En su refutación de tal pensamiento, sostiene: “¿Qué más es esto sino decir que Cristo ha muerto en vano? Él, de hecho, murió en vano si hay alguno a quien él no pueda hacer vivir. Cuando Juan el Bautista señala a Cristo y dice: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo “, él dice una falsedad si después de todo hay personas que viviendo hoy cuyos pecados Cristo no ha quitado”.[9] Cristo murió para perdonar el pecado de todo ser humano.

Juan Crisóstomo (349-407 E.C.), contemporáneo de Jerónimo, en sus “Homilías sobre Efesios”, proclama que Dios desea grandemente nuestra salvación y que la única razón por la cual los impíos no son salvos es porque esto es lo que ellos han elegido.[10] Otro contemporáneo de ambos, Teodoro de Mopsuestia (350-428 E.C.), en su “Comentario sobre el Evangelio” escribe sobre la causa del juicio de Dios sobre los injustos: “El propósito establecido por Dios no es que alguien sea condenado, sino que todos sean salvos… De hecho, su gracia se ofrece a todos los que la quieran”.[11] Al final, los condenados son los autores de su propia condenación, no Dios, porque Dios envió a su Hijo al mundo para que todos puedan ser salvos.

Las citas podrían continuar, sin embargo, a este punto es evidente que en el período Ante-Niceno, ningún padre de la iglesia, teólogo o erudito respetado puede ser citado dentro de su contexto literario como limitando el alcance de la salvación, o más particularmente la expiación. La creencia en una expiación limitada parece haberse introducido con los reformadores, pero implicó no un volver a la doctrina de los primeros cristianos, sino más bien una desviación de esta.

Y LA BIBLIA, ¿QUÉ DICE AL RESPECTO?

Los cristianos primitivos y los padres de la Iglesia creían que la expiación era ilimitada en su alcance, aunque sólo aquellos que se apropiaban de la misma, a través de la fe, gozaban de sus beneficios. Sin embargo, su opinión, aunque valiosa, es de valor secundario ante la verdad revelada por Dios a través de la Biblia.

La Biblia declara que Dios, exactamente como se esperaría de alguien quien es amor y Padre de misericordias, ama a todos con amor infinito y desea que todos se salven. Él no quiere que ninguno perezca y ha hecho de la muerte de Cristo el sacrificio propiciatorio por los pecados de toda la humanidad, si tan sólo creen en él:

  • “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Seguramente el “todos” que se refiere a aquellos que iban por mal camino son los mismos “todos” (es decir, todo Israel y toda la humanidad) cuya iniquidad fue puesta en Cristo.
  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29). Así como en el Antiguo Testamento los sacrificios fueron ofrecidos para todo Israel y no para un grupo selecto de israelitas, también el cumplimiento mismo del sacrificio de Cristo como el cordero de Dios fue ofrecido para toda la humanidad y no para unos cuantos “elegidos” o un número limitado.
  • “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él .El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:14-18, 36). Nótese que, por medio de la serpiente de bronce elevada, la cual Cristo dijo que era la figura de él mismo siendo levantado en la cruz, Dios trajo sanidad y salvación al pueblo. Dicha salvación es para todos los que miraren a él por fe, no sólo para unos cuantos elegidos.
  • “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). La ley, con su acompañamiento de sacrificios, era para todo Israel, no para algunos cuantos elegidos, y el cumplimiento en Cristo es para toda la humanidad.
  • “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).
  • “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).
  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Todos son impíos, no solamente los elegidos.
  • “Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 5:22).
  • “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
  • “El que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Por cierto, los elegidos no son los únicos pecadores.
  • “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).
  • “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2 Timoteo 2:6).
  • “Quien es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).
  • “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Hebreos 2:9).
  • “No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
  • “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 1:9-2:2).
  • “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).
  • “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).
  • “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:19-20).
  • “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).
  • “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).
  • “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

Tomar todas estas (y muchas otras declaraciones similares) y atreverse a decir que sólo se refieren a un grupo selecto de elegidos es cambiar deliberadamente la palabra de Dios. ¿O es que solo los elegidos se descarrían como ovejas perdidas? ¿Sólo los elegidos tienen sed? ¿Sólo los elegidos son impíos y pecadores? ¿Sólo los elegidos están bajo pecado? Es obvio que no. La salvación está disponible a través de la fe en Cristo para todo el que quiera apropiarse de ella. Estos versículos y muchos más como ellos declaran claramente en un lenguaje inequívoco que Cristo fue enviado para ser “El Salvador del mundo,” que su muerte fue “un rescate por todos” y que por lo tanto es “El Salvador de todos los hombres” que creen. Creer que se refiere solo al mundo de los elegidos es una suposición injustificada.

CONCLUSIÓN.

Por desgracia para los calvinistas, la Biblia apoya la doctrina arminiana de la expiación ilimitada: Cristo murió por todos, no solamente por un reducido grupo de elegidos, pero el efecto salvífico de su expiación solo es aplicable para aquellos que creen. La Biblia abunda en referencias directas a la Doctrina de la Expiación Universal. Por ejemplo, la Biblia nos dice que Dios ama a toda la humanidad (Juan 3:16), que Dios desea que todos sean salvos y lleguen a un conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4), que Dios no desea que nadie perezca, sino que todos se arrepientan (2 Pedro 3:9), que Cristo probó la muerte para todos (Hebreos 2:9), que Cristo es el sacrificio expiatorio por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2), que Cristo se dio a sí mismo como rescate por todas las personas (1 Timoteo 2:5-6), que Cristo es el salvador de todas las personas (1 Timoteo 4:10), que Cristo murió por todos (1 Corintios 5:15), que la gracia de Dios ofrece salvación a todas las personas (Tito 2:11) y que Cristo es el salvador de todos, especialmente de aquellos que creen (1 Timoteo 4:10).

REFERENCIAS:

[1] The Works of James Arminius – Vol. 1, Oration 1: The Priesthood of Christ.

[2] The Five Articles of the Remonstrance, Article 2.

[3] Irenaeus, “Against Heresies,” trans. Alexander Roberts and William Rambaut, Ante-Nicene Fathers, vol. 1, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885), 3.18.1.

[4] Irenaeus, “Against Heresies,” 3.18.7.

[5] Hippolytus, “On Christ and the Antichrist,” trans, J. H. MacMahon, AnteNicene Fathers, vol. 5, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886), 3.

[6] Ibid., 4.

[7] Clement of Alexandria, “Exhortation to the Heathen,” trans. William Wilson, Ante-Nicene Fathers, Vol. 2, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885), 9.

[8] Ambrose, “Cain and Abel,” tran. John J. Savage, Fathers of the Church, vol. 42, ed. Roy Joseph Deferrari (New York: Fathers of the Church, Inc., 1961), 2.3.11.

[9] Jerome, “To Oceanus,” trans. H. Fremantle, G. Lewis and W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, Second Series, vol. 6, eds. by Philip Schaff and Henry Wace (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1893), Letter 69.

[10] John Chrysostom, “Homilies on Ephesians,” trans. Gross Alexander, Nicene and Post-Nicene Fathers, First Series, vol. 13, ed. Philip Schaff (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1889), 1.

[11] Theodore of Mopsuestia, Commentary on the Gospel of John, trans. Marco Conti, in Ancient Christian texts (Downers Grove, IL: IVP Academic Press, 2010), 34-5.

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¿Calvinismo o Arminianismo? ¿Qué creía la Iglesia Primitiva?

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
¿Fue la Reforma Protestante del s. XVI un retorno pleno, completo y acabado hacia el cristianismo primitivo? No del todo. Afirmar tal cosa sería faltar a la verdad. Fue más bien un intento por alcanzar dicho objetivo. Muchos cristianos evangélicos creen que la Reforma de Lutero volvió la iglesia a las normas de los creyentes primitivos. Muchos también creen que los cristianos evangélicos de hoy enseñan lo mismo que enseñaba Lutero. Sin embargo, ninguna de estas suposiciones está en lo correcto. Repasemos un poco la historia.

A través de los siglos, la iglesia católica romana se había apartado poco a poco de la teología de la iglesia primitiva y de la Biblia. En lugar de eso, la iglesia católica antes de la Reforma enseñaba un sistema de salvación por obras y ritos. Los católicos de la Edad Media entendían que la salvación era cuestión de observar ciertas prácticas ceremoniales como el hacer peregrinaciones, el contemplar reliquias, y el comprar indulgencias. La Reforma se inició como respuesta al abuso en la práctica católica romana de conceder indulgencias. En la teología católica, la indulgencia es el perdón de los pecados que concede libertad de las penas incurridas por ellos. Se creía que el papa tenía el poder de conceder indulgencias tanto a las personas vivas como también a los que estaban en el purgatorio, con tal que el que las recibía o el que las pedía estuviera arrepentido y diera limosnas a la iglesia o a alguna obra caritativa.

Lo cierto es que al papa le faltaban los fondos necesarios para reedificar la iglesia de San Pedro en Roma. Por lo tanto, autorizó a cierto dominico llamado Juan Tetzel a que reuniera los fondos por medio de la venta de indulgencias en Alemania. Tetzel era orador entusiasta y aparentemente hacía muchas afirmaciones fantásticas acerca del poder de las indulgencias. Él jugaba con las preocupaciones de los fieles por el alma de sus parientes difuntos, diciendo: “Tan pronto como la moneda resuena en el cofre, el alma de su amado brinca del purgatorio” (Lutero, Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, Tomo 1: Letter to the Archibishop Albrecht of Mainz (Grand Rapids, MI, E.E. U.U.: Baker Book House, 1982), p. 26). Las afirmaciones de Tetzel no pasaron sin ser desafiadas. Un monje agustino llamado Martín Lutero, ardiendo con indignación, se confrontó con Tetzel y desmintió sus afirmaciones ridículas. Cuando la iglesia no hizo nada para hacer callar a Tetzel, Lutero clavó 95 proposiciones contra las indulgencias en la puerta de la iglesia en Wittenberg, Alemania. En la actualidad muchos cristianos tienen conceptos erróneos en cuanto a estas 95 proposiciones. No eran una lista de doctrinas reformadas, sino sólo una lista de afirmaciones sobre las indulgencias. En ellas propuso un debate público sobre el tema de las indulgencias. Sin la invención de la imprenta, las ideas de Lutero hubieran caído en el olvido. Sin embargo, sin que Lutero lo supiera, sus 95 proposiciones fueron impresas por los impresores de la ciudad y se distribuyeron en casi toda Europa.

Pronto estalló un choque fuerte entre Tetzel y Lutero. Para apoyar su posición contra Tetzel, Lutero, siendo monje agustino, no más tenía que resucitar algunos puntos de la teología olvidada de Agustín. Siguiendo la teología de Agustín, Lutero propuso que la salvación dependía exclusivamente de la predestinación. Enseñó que los hombres no podemos hacer nada bien, que no podemos ni creer en Dios. Sostuvo que Dios concede el don de la fe y de las buenas obras a quiénes él quiera, esto es, a los predestinados según su voluntad desde antes de la creación del mundo. A los demás él los elige arbitrariamente para la condenación eterna (Lutero, Bondage of the Will, pp. 171-174).

Además, Lutero afirmó que uno no puede ser salvo si no cree en la doctrina de la predestinación absoluta. Hablando de la predestinación, dijo: “Porque el que esto no sabe, no puede ni creer en Dios ni adorarlo. En realidad, el que no sabe eso no conoce a Dios. Y con tal ignorancia, como todos saben, no hay salvación. Porque si usted duda, o si rehúsa a creer que Dios sabe de antemano todas las cosas y las fija según su voluntad, no dependiendo de nada sino sólo de su propio consejo inmutable, ¿cómo podrá usted creer en sus promesas, y confiar y descansar en ellas?… [El que no cree eso] confiesa que Dios es engañador y mentiroso—¡es incrédulo, la impiedad mayor de todas, la negación del Dios Altísimo!” (Lutero, Bondage of the Will, pp. 44).

Lutero tomó prestadas unas cuantas doctrinas más de las enseñanzas de Agustín, incluso la doctrina de la guerra santa. Cuando el pueblo pobre de Alemania se sublevó contra el trato inhumano de la nobleza, Lutero sabía que los nobles bien pudieran culparlo a él y a sus enseñanzas. Pero sabía igualmente bien que su vida dependía del favor de los nobles. Por eso, el exhortó a los nobles que suprimieran la rebelión a viva fuerza, incitándolos con las siguientes palabras:

”Esta, pues, no es hora de estar dormido; ahora no hay lugar para la paciencia ni la misericordia. Esta es la hora de la espada, no de la gracia… Cualquier campesino que muera se perderá de cuerpo y de alma, y será del diablo para la eternidad. Pero las autoridades tienen la conciencia limpia y una causa justa. Pueden decir a Dios con plena confianza: ‘He aquí, Dios mío, tú me has nombrado como príncipe y señor, de eso no tengo la menor duda. Y me has dado la espada para castigar a los malhechores… Por tanto, los castigaré y los mataré hasta que deje de latir mi corazón. Tú serás mi juez y me justificarás.’ Por eso digo que el que se muere en la batalla como aliado de la autoridad puede ser un mártir verdadero a los ojos de Dios… Hora rara ésta, cuando ¡el príncipe puede ganar un lugar en el cielo con el derramar sangre, mejor que pueda otro con el orar! ¡Apuñala a quien pueda, apaléalo y mátalo! Si te murieras en la batalla, ¡bien de ti! Una muerte más bendita no la hay” (Lutero, Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 4: Against the Robbing and Murdering Peasants, pp. 252, 253). Los nobles siguieron estas palabras de Lutero sin vacilar, pisoteando las cuadrillas de campesinos salvajemente. En la guerra breve que siguió, cometieron atrocidades indecibles. Los campesinos que no murieron en el combate fueron torturados horriblemente y luego ejecutados.

La Reforma no fue un retorno al espíritu de los cristianos primitivos ni a sus enseñanzas. Es cierto que Lutero rechazó muchas de las prácticas pervertidas que se habían apoderado de la iglesia después de Constantino; por ejemplo, el uso de las imágenes y de las reliquias, las oraciones a los santos, las misas celebradas a favor de los muertos en el purgatorio, el celibato obligatorio del clero, la venta de las indulgencias, y las peregrinaciones religiosas como obra de mérito. Al eliminar estas prácticas, Lutero sí se acercó unos cuantos pasos al cristianismo primitivo. Pero, por otra parte, en su retorno a la teología de Agustín, Lutero también se alejó unos cuantos pasos del cristianismo primitivo.

Quizás la contribución mayor de Lutero al cristianismo occidental fue su énfasis sobre la Biblia como la única fuente de autoridad. “Sola Scriptura” (sólo la Escritura) se hizo uno de los estandartes de la Reforma. Sin embargo, “sola Scriptura” muchas veces fue solamente un lema, no una práctica. Lutero tradujo la Biblia al alemán para que el pueblo la leyera. Pero a la vez, procuró asegurarse de que la leyeran sólo tomando en cuenta las interpretaciones de él. Lutero procuró dirigir la atención de los lectores lejos de las partes de la Biblia que contradecían su teología. También procuró subrayar lo que le gustó. Lutero, por ejemplo, elogiaba de forma exagerada el libro de Romanos (Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 6: Preface to Romans, p. 447) mientras socavaba la autoridad de otros como la carta a los Hebreos (Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 6: Preface to Hebrews, pp. 476, 477) por oponerse en algunos puntos a sus ideas. No es de extrañar que llamara a la epístola de Santiago epístola de “paja”, e intentara sacarla del Nuevo Testamento junto con la epístola a los hebreos, Judas y el apocalipsis. Así, el lema de Lutero de “sola Scriptura” fue, al menos en parte, un mito. A fin de cuentas, no quedaron las Escrituras como la única fuente de autoridad para la Reforma, sino la interpretación que daba Lutero (y otros reformadores como Calvino) a las Escrituras.

No deseo ser malentendido. No es mi intención desacreditar la figura de Lutero. Admiro personalmente su valentía y reconozco la mano de Dios en su labor. Reconozco también que las contribuciones positivas de Lutero al cristianismo son mucho mayores que sus faltas. He hablado más de sus faltas que de sus puntos fuertes porque la iglesia evangélica siempre le ha puesto sobre un pedestal. La mayoría de los evangélicos ya saben sus puntos fuertes y sus realizaciones positivas. Lutero era un hombre valiente de Dios, quien arriesgó la vida para avivar a una iglesia muerta espiritualmente. Podemos admirar sus cualidades ejemplares sin repetir sus errores. Lutero quiso hacer volver la iglesia a las creencias de los cristianos primitivos, pero él sabía muy poco de lo que creían los cristianos de los siglos más tempranos. La mayoría de los escritos de los cristianos primitivos no estaban disponibles a los cristianos del Occidente cuando la Reforma empezó. Por eso, Lutero creyó equivocadamente que las enseñanzas de Agustín eran las mismas que tenían los cristianos primitivos. Cuando los escritos de los cristianos primitivos se hicieron disponibles, las doctrinas de la Reforma ya se habían fijado, y nadie tenía el valor de cambiarlas.

Juan Calvino, considerado por muchos el más grande teólogo protestante de la historia y padre del sistema teológico que hoy lleva su nombre, cometió el mismo error que Lutero: Perpetuar en su teología las ideas de Agustín de Hipona y anteponer su interpretación privada del texto a la Biblia misma. Calvino instauró una dictadura teocrática bajo la promesa de convertir a Ginebra en la Ciudad de Dios. Dictaba leyes y asesinaba a los humanistas en nombre de la Reforma. Distinguía a Calvino la intolerancia religiosa hacia quienes profesaban ideas distintas. Por orden suya fue quemado en la hoguera el científico español Miguel Servet (1553). La condena de Servet (condenado por antitrinitario y contrario el bautismo de infantes), si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino. El mismo Casiodoro de Reina (traductor de la famosa Biblia que lleva su nombre) fue perseguido por los calvinistas y tildado de hereje por oponerse a la ejecución de Servet y afirmar que las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impongan sus convicciones a otros, y menos que recurran a la pena de muerte para extirpar a los que piensan distinto en materia teológica. Pero Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”.

No necesito decir más. Al estudiar la vida de los dos más grandes reformadores protestantes podemos notar algo: Aunque sus obras fueron notables, ambos se distanciaron un poco del espíritu y teología de la iglesia primitiva. Ambos creyeron erróneamente que el agustinianismo era la creencia de la iglesia primitiva; ambos emplearon la fuerza del Estado para imponer sus ideas; ambos mostraron intolerancia hacia ideas opuestas a las suyas (persiguiendo incluso a otros cristianos con ideas distintas a ellos) y ambos marcaron la teología protestante para siempre. Desde entonces, la teología calvinista o reformada ha marcado el pensar del mundo cristiano, llevando a considerar herejes y mostrando intolerancia hacia sus hermanos creyentes que rechazan la intromisión del agustinianismo en el movimiento evangélico moderno.

LA IGLESIA PRIMITIVA HUBIERA RECHAZADO LA MAYOR PARTE DE LA TEOLOGÍA CALVINISTA Y SUS POSTULADOS:

Los cristianos primitivos no creían en la predestinación, la gracia irresistible, la elección incondicional, la expiación limitada ni la perseverancia final de los santos como lo entiende el calvinismo de hoy. A diferencia del calvinismo, los cristianos primitivos creyeron firmemente en el libre albedrío y el sinergismo evangélico enseñado por el arminianismo.

Por ejemplo, Justino Mártir (n. 100 d.C. – m. 168 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos, propuso el siguiente argumento a los romanos: “Hemos aprendido de los profetas, y lo afirmamos nosotros, que los correctivos, los castigos y los galardones se miden conforme al mérito de los hechos de cada uno. De otra manera, si todo sucediera sólo por suerte, no hubiera nada a nuestro poder. Porque si un hombre se predestinara a lo bueno y otro a lo malo, el primero no mereciera la alabanza ni el segundo la culpa. Si los hombres no tuvieran el poder de evitar lo malo y de escoger lo bueno según su propia voluntad, no fueran responsables por sus hechos, sean buenos o malos… Porque el hombre no sería merecedor de recompensa o alabanza si él mismo no escogiera lo bueno, o si sólo fuera creado para hacer lo bueno. De igual manera, si un hombre fuera malo, no merecería el castigo, ya que él mismo no hubiera escogido lo malo, siendo él capaz de hacer sólo lo que fue creado para hacer.” (Justino, First Apology, capítulo 43).

Clemente de Alejandría (n. 150 d.C. – m. 217 d.C.) escribió de semejante manera: “Ni alabanza ni condenación, ni recompensa ni castigo, sería justo si el hombre no tuviera el poder de escoger [lo bueno] y evitar [lo malo], si el pecado fuera involuntario.” (Clemente, Stromata/Miscellanies, tomo 1, capítulo 17).

Arquelao, obispo de Kashkar, en Mesopotamia (n. desconocido – m. 282 d.C.), escribiendo pocos años después, dijo lo mismo: “Toda la creación de Dios, Dios la hizo muy bien. Y él ha dado a cada persona el poder del libre albedrío, y por la misma norma ha instituido la ley de juicio… Y por cierto todo el que quiera, puede guardar sus mandamientos. Pero el que los desprecia y se vuelve en contra de ellos, sin duda alguna tendrá que hacer frente a esa ley de juicio… No cabe duda de que cada persona, utilizando el poder de su libre albedrío, puede fijar su camino en la dirección que él quiera.” (Arquelao, Disputation with Manes, secciones 32, 33).

Metodio de Olimpo, obispo y mártir cristiano (nacido en Licia, Asia Menor, en el siglo III y martirizado en Calcide di Eubea, Grecia Central, hacia el año 311 d.C.), escribió de semejante manera: “Aquellos [paganos] que deciden que el hombre no tiene libre albedrío, sino afirman que se gobierna por las disposiciones inevitables de la suerte, son culpables de impiedad ante el mismo Dios, ya que le hacen la causa y el autor de las maldades humanas.” (Metodio, The Banquet of the Ten Virgins, discurso 8, capítulo 16). ¿Acaso no suena como si se dirigiera a algunos calvinistas de hoy en día, que hacen a Dios responsable de todo mal y pecado humano?

Los cristianos primitivos se oponían a las ideas agustinianas, y más adelante calvinistas, sobre la predestinación o elección incondicional. Ellos eran fieles defensores del libre albedrío humano, la gracia resistible, la expiación ilimitada y la posibilidad de caer del estado de gracia. Los cristianos primitivos no creían en el libre albedrío sin base, sino se basaron firmemente en las siguientes Escrituras y otras semejantes:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3.16).

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3.9).

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22.17).

“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30.19).

De esta manera, vemos que en el principio el mundo pagano, no los cristianos, creían en la predestinación. Mas, en una de las peculiaridades de la historia cristiana, tanto Lutero como Calvino apoyaron la noción fatalista del mundo pagano y se opusieron a los cristianos primitivos. Por ejemplo, Lutero escribió lo siguiente acerca de la suerte y la predestinación:

“¿Por qué será tan difícil que nosotros los cristianos entendamos estas cosas? ¿Por qué se nos consideran irreligiosos, raros y vanos si discutimos estas cosas y las sabemos, cuando los poetas paganos, y todo el mundo, hablaban de ellas muchas veces? Hablando sólo de Virgilio [un poeta pagano romano], ¿cuántas veces habla él de la suerte? ‘Todas las cosas quedan fijas bajo ley inmutable.’ Otra vez: ‘Fijo está el día de todos los hombres.’ Otra vez: ‘Si la suerte te llama.’ Y otra vez: ‘Si tú quieres romper la cadena de la suerte.’ La meta de este poeta es mostrar que la suerte tuvo más que ver con la destrucción de Troya, y con la grandeza de Roma, que todos los esfuerzos unidos de los hombres… De eso podemos ver que todo el mundo tenía el conocimiento de la predestinación y de la presciencia de Dios igual como tenían el conocimiento de la existencia de la deidad. Y los que quisieron mostrarse sabios disputaban tanto que, siendo entenebrecidos sus corazones, se hicieron necios (Romanos 1.21-22). Negaron o fingieron no saber las cosas las cuales los poetas, y todo el mundo, y hasta sus propias conciencias, creyeron ser conocidas en todo el mundo, y muy ciertas, y muy verdaderas.” (Lutero, Bondage, pp. 43, 44).

A diferencia de Lutero y Calvino, los cristianos primitivos tuvieron explicaciones lógicas y bíblicas para explicar la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre como dos principios complementarios, no contradictorios. Por contraste, eran los gnósticos paganos quienes enseñaban que los humanos somos predestinados arbitrariamente o para la salvación o para la condenación. En su obra titulada, De los puntos principales, Orígenes (n. Alejandría, 185 – m. Tiro o Cesarea Marítima, 254), considerado un padre de la Iglesia oriental, destacado por su erudición y estimado como uno de los tres pilares de la teología cristiana, escribe de muchos de los argumentos de la biblia que los gnósticos usaban. Contestó muchas de las preguntas acerca del libre albedrío y de la predestinación que sus discípulos le hicieron al respecto. Orígenes escribió:

“Una de las doctrinas enseñadas por la iglesia es la del juicio justo de Dios. Este hecho estimula a los que creen en él para que vivan piadosamente y que eviten el pecado. Reconocen que lo que nos trae o alabanza o culpa está dentro de nuestro poder. Es nuestra responsabilidad vivir en justicia. Dios exige esto de nosotros, no como si dependiéramos de él, ni de otro, ni de la suerte (como creen algunos), sino como si dependiera de nosotros mismos. El profeta Miqueas demostró eso cuando dijo: ‘Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia’ [Miqueas 6.8]. Moisés también dijo: ‘Yo he puesto delante de ti el camino de la vida y el camino de la muerte. Escoge lo bueno y sigue en él’ [Deuteronomio 30.15, 19]. Tome en cuenta cómo nos habla Pablo de manera que da a entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos causa o de nuestra ruina o de nuestra salvación. Él dice: ‘¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a la injusticia’ [Romanos 2.4-8]. Pero hay ciertas declaraciones en el Antiguo Testamento como también en el Nuevo que pudieran hacernos concluir lo contrario: Que no depende de nosotros o el guardar sus mandamientos para ser salvos, o el desobedecerlos para perdernos. Así que, examinémoslos uno por uno. Primero, las declaraciones en cuanto a Faraón han causado dudas en muchos. Dios dijo varias veces: ‘Yo endureceré el corazón de Faraón’ [Exodo 4.21]. Claramente, si Faraón fue endurecido por Dios y pecó como resultado de ese endurecimiento, él no fue responsable por su pecado. Y no tuvo libre albedrío. Vamos a añadir a este pasaje otro que escribió Pablo: ‘Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?’ [Romanos 9.20-21]. Ya que sabemos que Dios es tanto bueno como justo, veamos cómo el Dios bueno y justo pudo endurecer el corazón de Faraón. Tal vez por un ejemplo usado por el apóstol en la epístola a los Hebreos podemos ver que, en una sola obra, Dios puede mostrar misericordia a un hombre mientras endurece a otro, sin la intención de endurecerlo. ‘La tierra’, dice él, ‘bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa al agricultor, por la bendición de Dios. Pero la que produce espinos y abrojos no tiene valor, y está próxima a ser maldecida. Su fin es el ser quemada’ [Hebreos 6.7-8]. Tal vez nos parezca raro que aquel que produce la lluvia dijera: ‘Produzco tanto los frutos como también los espinos de la tierra’. Mas, aunque raro, es cierto. Si no hubiera lluvia, no hubiera ni frutos ni espinos. La bendición de la lluvia, por tanto, cayó aun sobre la tierra improductiva. Pero ya que estaba descuidada y no cultivada, produjo espinos y abrojos. De esta manera, las obras maravillosas de Dios son semejantes a las lluvias. Los resultados opuestos son semejantes a las tierras o cultivadas o descuidadas. También las obras de Dios son semejantes al sol, el cual pudiera decir: ‘Yo hago suave y hago duro’. Aunque estas acciones son opuestas, el sol no hablaría mentira, porque el calor que suaviza la cera es el mismo que endurece el lodo. De semejante manera, por una parte, los milagros hechos por mano de Moisés endurecieron a Faraón a causa de la maldad de su corazón. Pero suavizaron a la multitud egipcia, que salió de Egipto con los hebreos [Exodo 12.38]. Veamos a otro pasaje: ‘Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia’ [Romanos 9.16]. Aquí Pablo no niega que los humanos tenemos que hacer algo. Sino alaba la bondad de Dios, quien lleva lo que se hace a su fin deseado. El sencillo deseo humano no basta para alcanzar el fin. Solo el correr no basta para que el atleta gane el premio. Tampoco basta para que los cristianos ganemos el premio que da Dios por Cristo Jesús. Estas cosas se llevan a cabo sólo con la ayuda de Dios. Como si hablara de la agricultura, Pablo dice: ‘Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento’ [1 Corintios 3.6-7]. Ahora pudiéramos decir con razón que la cosecha del agricultor no es trabajo sólo del agricultor. Tampoco es trabajo sólo del que riega. Al fin y al cabo, es trabajo de Dios. Así mismo, no es que no tengamos nada que hacer para que nos desarrollemos espiritualmente a la perfección. Mas, con todo, no es obra de sólo nosotros, porque Dios tiene una obra aun más grande que la nuestra. Así es en nuestra salvación. La parte que hace Dios es muchísimo mayor que la nuestra.” (Orígenes, First Things, tomo 3, capítulo 1, acortado).

Aunque no creyeron en la predestinación, los cristianos primitivos creyeron fuertemente en la soberanía de Dios y en su habilidad de prever el futuro. Por ejemplo, entendieron que las profecías de Dios acerca de Jacob y Esaú (Romanos 9.13 y Génesis 25.23) resultaron de esta habilidad de prever el futuro, y no de una predestinación arbitraria de los hombres a una suerte fija. Vieron que hay una gran diferencia entre el prever algo y el causarlo. Para pesar de los calvinistas más obstinados, esto suena a arminianismo ¡Y era la doctrina de la iglesia cristiana primitiva!

GRACIA IRRESISTIBLE, ELECCIÓN INCONDICIONAL, EXPIACIÓN LIMITADA Y PERSEVERANCIA FINAL DE LOS SANTOS EN EL CONTEXTO DE LA IGLESIA PRIMITIVA.

Los cristianos primitivos no creían en la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente (una vez salvo, siempre salvo). Por el contrario, los cristianos primitivos reconocían la posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación. Tampoco sostenían que la gracia fuera irresistible, que la elección fuera incondicional o que la expiación fuera limitada. En otras palabras, ellos no eran calvinistas.

La Didaché (o Didajé), considerado uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos, incluido en la categoría de “padres apostólicos” y considerado por mucho tiempo anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento (estudios recientes señalan una posible fecha de composición posterior no más allá del 160 d.C.), señala que de nada servirá haber tenido fe durante toda la vida si en el último momento nos apartamos: “Vigilad sobre vuestra vida; no se apeguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir el Señor. Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento.” (La Didaché 16,1-2, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición. Daniel Ruiz Bueno, BAC 65, pág. 92-93). Tal afirmación lleva implícita la posibilidad de caer de la gracia. En otras palabras: Ni la gracia es irresistible ni es imposible caer de ella por apostasía o pecado deliberado y habitual. La doctrina calvinista simplemente no cabía en la mentalidad cristiana primitiva.

Clemente Romano (un cristiano insigne de finales del siglo I, uno de los llamados Padres apostólicos y quien fuera obispo de Roma), también advierte sobre el peligro de perder la salvación, por lo que advierte que para salvarse hay que perseverar hasta el fin llevando una conducta digna de Dios y obedeciendo los mandamientos: “Vigilad, carísimos, no sea que sus beneficios que son muchos, se conviertan para nosotros en motivo de condenación, caso de no hacer en toda concordia, llevando conducta digna de Él, lo que es bueno y agradable en su presencia. Dice, en efecto en alguna parte la Escritura: El Espíritu del Señor es lámpara que escudriña los escondrijos del vientre… Consideremos cuan cerca de nosotros está y cómo no se le oculta uno solo de nuestros pensamientos ni propósito que concibamos. Justo es, por ende, que no desertemos del puesto que su voluntad nos ha asignado” (Clemente a los Corintios XXI,1-4, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición, pág. 198).

Nótese que en el texto anterior Clemente reconoce que se puede caer del estado de gracia y condenarse, a diferencia de la doctrina calvinista “Salvo siempre Salvo”. La posibilidad de la apostasía, y con ella la pérdida de la salvación, fue enseñada por los cristianos primitivos:

“Ahora, pues, como sea cierto que todo es por Él visto y oído, temámosle y demos de mano a los execrables deseos de malas obras, a fin de ser protegidos por su misericordia de los juicios venideros. Porque ¿dónde podrá nadie de nosotros huir de su poderosa mano? ¿qué mundo acogerá a los desertores de Dios?” (Clemente a los Corintios XXVIII,1-2, Ibid. pág. 204).

“…Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, y también la fe y la esperanza de los elegidos, que sólo el que en espíritu de humildad y perseverante modestia cumpliere sin volver atrás las justificaciones y mandamientos dados por Dios, solo ése será ordenado y escogido en el número de los que se salvan por medio de Jesucristo…” (Clemente a los Corintios LVIII,2, Ibid. pág. 231).

Para Ignacio de Antioquía, uno de los padres apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles (n. 35 d.C. – m. entre 98-110 d.C.), no bastaba proclamar la fe, sino perseverar en ella hasta el final. El premio del atleta de Dios es la vida eterna, donde recibirá la recompensa de su perseverancia y fidelidad. También establece que la salvación está a disposición del hombre que, por su libre albedrío, elige entre la vida y la muerte:

“Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas. Vuestra caja de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros.” (Ignacio de Antioquía a Policarpo, VI,1-2, Ibid. pág. 500-501).

“Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, y que lleva cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo; más los fieles, por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Si no estamos dispuestos a morir por Él, para imitar su pasión, no tendremos su vida en nosotros.” (Ignacio de Antioquía a Magnesios, V,1-2, Ibid. pág. 462).

Justino Mártir, el gran apologeta cristiano, quien tenía una perspectiva clara del libre albedrío y con casi 1.400 años de antelación rechaza la posición calvinista donde el hombre es virtualmente un títere que no puede resistir la gracia (de donde concluyen que quien se condena es porque Dios nunca derramó la gracia sobre él sino que le abandonó a su maldad). Justino afirmó:

“De lo anteriormente por nosotros dicho no tiene nadie que sacar la consecuencia de que nosotros afirmamos que cuanto sucede, sucede por necesidad del destino, por el hecho de que decimos ser de antemano conocidos los acontecimientos. Para ello, vamos a desatar también esta dificultad. Nosotros hemos aprendido de los profetas, y afirmamos que ésa es la verdad, que los castigos y tormentos, lo mismo que las buenas recompensas, se dan a cada uno conforme a sus obras; pues de no ser así, sino que todo sucediera por destino, no habría en absoluto libre albedrío. Y, en efecto, si está determinado que éste sea bueno y el otro malo, ni aquel merece alabanza, ni este vituperio. Y si el género humano no tiene poder para huir por libre determinación de lo vergonzoso y escoger lo bello, es irresponsable de cualesquiera acciones que haga. Mas que el hombre es virtuoso y peca por libre elección, lo demostramos por el siguiente argumento: Vemos que el mismo sujeto pasa de un contrario a otro. Ahora bien, si estuviera determinado ser malo o bueno, no sería capaz de cosas contrarias ni se cambiaría con tanta frecuencia. En realidad, no podría decirse que unos son buenos y otros malos, desde el momento que afirmamos que el destino es la causa de buenos y malos y que obra cosas contrarias a sí mismo, o habría que tomar por verdad lo que ya anteriormente insinuamos, a saber, que virtud y maldad son puras palabras y que sólo por opinión se tiene algo por bueno o por malo. Lo cual, como demuestra la verdadera razón, es el colmo de la impiedad y de la iniquidad. Lo que si afirmamos ser destino ineludible es que a quienes escogieron el bien, les espera digna recompensa y a los que lo contrario, les espera igualmente digno castigo. Porque no hizo Dios al hombre a la manera de las otras criaturas, por ejemplo, árboles o cuadrúpedos, que nada pueden hacer por libre determinación; pues en este caso no sería digno de recompensa o alabanza, no habiendo por sí mismo escogido el bien, sino nacido ya bueno; ni, de haber sido malo, se le castigaría justamente, no habiéndolo sido libremente, sino por no haber podido ser otra cosa que lo que fue.” (Justino Mártir, Primera Apología 43.1-8, Ibid pág. 228-229).

Para Ireneo (n. Esmirna Asia Menor, c. 130 – m. Lyon, c. 202), obispo de la ciudad de Lyon y considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II, la gracia también es resistible porque Dios hizo libre al hombre, y como Dios derrama su gracia sobre todos los hombres, quien se condena es por propia elección, al igual que el que se salva es porque persevera en la fe:

“Esta frase: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos, pero tú no quisiste!» (Mateo 23,37), bien descubrió la antigua ley de la libertad humana; pues Dios hizo libre al hombre, el cual, así como desde el principio tuvo alma, también gozó de libertad, a fin de que libremente pudiese acoger la Palabra de Dios, sin que éste lo forzase. Dios, en efecto, jamás se impone a la fuerza, pues en él siempre está presente el buen consejo. Por eso concede el buen consejo a todos. Tanto a los seres humanos como a los ángeles otorgó el poder de elegir -pues también los ángeles usan su razón-, a fin de que quienes le obedecen conserven para siempre este bien como un don de Dios que ellos custodian. En cambio, no se hallará ese bien en quienes le desobedecen, y por ello recibirán el justo castigo; porque Dios ciertamente les ofreció benignamente este bien, mas ellos ni se preocuparon por conservarlo ni lo tuvieron por valioso, sino que despreciaron la bondad suprema. Así pues, al abandonar este bien y hasta cierto punto rechazarlo, con razón serán reos del justo juicio de Dios, de lo que el Apóstol Pablo da testimonio en su Carta a los romanos: «¿Acaso desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que la bondad de Dios te impulsa a arrepentirte? Por la dureza e impenitencia de tu corazón amontonas tú mismo la ira para el día de la cólera, cuando se revelará el justo juicio de Dios» (Romanos 2,4-5). En cambio, dice: «Gloria y honor para quien obra el bien» (Rom 2,10). Dios, pues, nos ha dado el bien, de lo cual da testimonio el Apóstol en la mencionada epístola, y quienes obran según este don recibirán honor y gloria, porque hicieron el bien cuando estaba en su arbitrio no hacerlo; en cambio quienes no obren bien serán reos del justo juicio de Dios, porque no obraron bien estando en su poder hacerlo. Si, en efecto, unos seres humanos fueran malos por naturaleza y otros por naturaleza buenos, ni éstos serían dignos de alabanza por ser buenos, ni aquéllos condenables, porque así habrían sido hechos. Pero, como todos son de la misma naturaleza, capaces de conservar y hacer el bien, y también capaces para perderlo y no obrarlo, con justicia los seres sensatos (¡cuánto más Dios!) alaban a los segundos y dan testimonio de que han decidido de manera justa y han perseverado en el bien; en cambio reprueban a los primeros y los condenan rectamente por haber rechazado el bien y la justicia… Por este motivo los profetas exhortaban a todos a obrar con justicia y a hacer el bien, como muchas veces hemos explicado; porque este modo de comportarnos está en nuestra mano pero, habiendo tantas veces caído en el olvido por nuestra mucha negligencia, nos hacía falta un buen consejo. Por eso el buen Dios nos aconsejaba el bien por medio de los profetas.” (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,1-2).

Ireneo enfatiza también que la salvación final del creyente implica esfuerzo y lucha:

“Por eso el Señor dice que el reino de los cielos es de los violentos: «Los violentos lo arrebatan», quiere decir aquellos que se esfuerzan, luchan y continuamente están alerta: éstos lo arrebatan. Por eso el Apóstol Pablo escribió a los corintios: «¿No sabéis que en el estadio son muchos los que corren, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene». Siendo un buen atleta, nos exhorta a competir por la corona de la incorrupción; y a que valoremos esa corona que adquirimos con la lucha, sin que nos caiga desde afuera. Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. La vista no sería para nosotros un bien tan deseable, si no conociésemos el mal de la ceguera; la salud se nos hace más valiosa cuando experimentamos la enfermedad; así también la luz comparándola con las tinieblas, y la vida con la muerte. De igual modo el Reino de los cielos es más valioso para quienes conocen el de la tierra; y cuanto más valioso, tanto más lo amamos; y cuanto más lo amamos, tanta más gloria tendremos ante Dios.” (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,7).

Rechaza además lo que se conocería más de un milenio después como la doctrina de Salvo siempre Salvo:

“Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: «Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia»”. (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 27,2).

Hilario, nacido a principios de siglo IV, hacia 315, en Poitiers (Francia) y fallecido en esta misma ciudad en 367, habla de cómo el perseverar en la fe es también un don de Dios, pero eso no excluye el libre albedrío:

“Perseverar en la fe es un don de Dios, pero el primer movimiento de la fe comienza en nosotros. Nuestra voluntad debe ser tal que, propiamente y por sí misma lo haga. Dios le dará el aumento después que ha sido hecho el comienzo. Nuestra debilidad es tal que no podemos llevar por nosotros mismos llevarla a término, pero él recompensa el comienzo en vista de haber sido hecho libremente” (Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Nun, 20, Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol I, pág. 386).

“La debilidad humana es impotente si espera lograr algo por sí misma. El deber de tal naturaleza es simplemente esto: hacer el comienzo con la voluntad, con el fin de adherirse al servicio del bien. La misericordia divina es tal que ayudará a los que están dispuestos, fortaleciendo aquellos que han comenzado y asistiendo a aquellos que están tratando. El comienzo sin embargo, es parte nuestra, tal que él pueda traernos a la perfección” (Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]:Ain,10 Ibid. pág. 386-387)

Atanasio, nacido alrededor del año 296 y fallecido el 2 de mayo del año 373, en su obra Contra los arrianos, en el capítulo 25 del tercer discurso declara que es posible caer del estado de gracia y perder la salvación al cometer pecados graves:

“Cuando entonces un hombre cae del Espíritu por cualquier maldad, si se arrepiente de haber caído, la gracia queda irrevocablemente a como esté dispuesto, de lo contrario, si el que ha caído no está más en Dios (porque el Espíritu Santo y Paráclito que está en Dios lo ha abandonado) pero el pecador estará en aquel que lo ha sometido, como ocurrió en el caso de Saúl, el Espíritu de Dios se apartó de él y un espíritu maligno lo afligía.” (Atanasio de Alejandría, Contra los arrianos 3,25, Traducido desde Athanasius,Discourse Against the Arians,3:25 in NPNF2, Vol IV:407).

Cirilo de Jerusalén (n. 315 d.C. – m. 386 d.C.) concibe la salvación desde una perspectiva completamente opuesta a los calvinistas. Para salvarse se requiere perseverar unido a Cristo como el sarmiento a la vid, de lo contrario la posibilidad de que Jesús nos maldiga por no producir frutos está latente. Es por eso por lo que al cristiano le corresponde aportar fruto para no ser cortado:

“Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la vid, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad. Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. «Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confió en el amor de Dios para siempre jamás». No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar; pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas” (Cyril of Jerusalem,Catechetical Lectures,I:4,NPNF 2,Vol. VII, 7).

Basilio, (n. 330 – m.1 de enero, 379), conocido como Basilio el Magno y quien fuera obispo de Cesarea, reconoció que aquellos que se salven serán aquellos que se mantengan fieles hasta el fin. Habló también de como aquellos que reciben al Espíritu Santo pueden ser apartados de Él si comienzan a vivir una vida pecaminosa:

“Ellos, entonces, que fueron sellados por el Espíritu hasta el día de la redención, y preservaron puros e intactos los primeros frutos que recibieron del Espíritu, son ellos los que oirán las palabras «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de muchas cosas». De la misma manera que los que han ofendido al Espíritu Santo por la maldad de sus caminos, o no han forjado para él lo que Él les dio, serán privados de lo que han recibido, y su gracia será dada a otros; o, de acuerdo con uno de los evangelistas, serán totalmente cortados en pedazos – cuyo significado es ser separados del Espíritu” (Basilio el Grande, Sobre el Espíritu Santo XVI,40; Traducido de De Spiritu Sancto Chap. XVI, 40 NPNP 2 Vol VIII, p. 25).

Jerónimo (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembre de 420), conocido también como Jerónimo de Estridón y quien tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín declaró que los creyentes pueden caer del estado de gracia y perder su salvación por medio de las elecciones de su libre albedrio. Aquellos que por medio de la gracia soporten las pruebas recibirán la corona de la vida:

“No va de acuerdo a la justicia divina olvidar las buenas obras, y las acciones que has ministrado y ministras a los santos por su nombre, y para recordar solamente los pecados. El apóstol Santiago también, a sabiendas de que los bautizados pueden ser tentados, y caer de su propia libre elección, dice «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando ha sido aprobado recibirá la corona de la vida que el Señor les prometió a quienes le aman». Y que no podemos pensar que somos tentados por Dios, como leemos en el Génesis que Abraham fue, añade: «Que nadie diga cuándo es tentado, es tentado de Dios: porque Dios no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte». Dios nos creó con libre albedrío, y no somos forzados por la necesidad ni a la virtud ni al vicio. De lo contrario, si no estamos obligados por necesidad, no hay corona. Como en las buenas obras es Dios quien los trae a la perfección, ya que no es de quien quiera, ni de lo que corre, sino de Dios que piadosamente nos ayuda a ser capaces de llegar a la meta” (Against Jovinian, Book II, 3; NPNF 2, Vol. VI).

El mismo Agustín de Hipona, a quien Calvino y sus seguidores frecuentemente citan en defensa de sus puntos de vista (y en cuyas enseñanzas descansa la estructura completa del calvinismo), rechazaba la posición calvinista y declara que es el hombre por su propia elección quien pierde la gracia y se hace malvado. Esto es contrario a la enseñanza de Calvino, quien afirmaba que quienes no fueron predestinados nunca recibieron la gracia, porque de haberla recibido, no pudieran resistirla y se salvarían:

“Pero si alguien ya regenerado y justificado tendría, por voluntad propia, que recaer en su mala vida, ciertamente ese hombre no puede decir: Yo no lo he recibido; porque él perdió la gracia que él recibió de Dios y por su propia libre elección se hizo malvado” (Agustín de Hipona, Amonestación y Gracia 6,9. Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol III, William A. Jurgens, pág. 157).

Debe ser triste para un calvinista descubrir que ni siquiera el verdadero padre del calvinismo creía en él, pero esa es la realidad. Lo que hoy llamamos calvinismo no es más que una distorsión del cristianismo bíblico. Nunca nadie en la iglesia primitiva, ni en los siglos posteriores a la muerte de los apóstoles, creyó en los 5 puntos del TULIP.

CONCLUSIÓN:
Como arminiano estoy abierto a lo que considero legítimos desarrollos en la doctrina cristiana, pero aquel calvinista que, sinceramente y sin prejuicios, se ha tomado el tiempo de estudiar la Biblia, la historia y los textos patrísticos va a llegar a una cruda conclusión: La doctrina calvinista no solo no fue creída por la iglesia primitiva, sino explícitamente rechazada. ¿Cómo podría ocurrir esto de ser esta una doctrina verdadera? ¿Quiere decir esto que la Iglesia primitiva, y luego los cristianos de los siglos posteriores, no entendían la Biblia? Aún siglos antes del surgimiento del calvinismo, la doctrina calvinista era rechazada como herética. Y es que un estudio de los textos patrísticos de los más preeminentes padres y escritores eclesiásticos de la Iglesia, comenzando desde los discípulos directos de los apóstoles, nos enseña que la Iglesia primitiva y de siglos posteriores creía que:

• El hombre, aunque tiene libre albedrío, no puede salvarse sin la gracia de Dios. Dios por su gracia tiene la primera iniciativa de su salvación y ejerciendo esta libertad el hombre responde y coopera con la gracia (sinergismo). Entendiendo que gracia es el favor gratuito e inmerecido de Dios.
• Dios llama a todos los hombres a la salvación y sobre todos derrama su gracia a través de Cristo, porque quiere que todos los hombres se salven. Quienes se condenan lo hacen por su propia voluntad. Por la tanto, no hay tal cosa como una elección incondicional, tampoco gracia irresistible ni mucho menos expiación limitada.
• La gracia de Dios mueve al hombre a creer en Cristo y obedecer. Sin la gracia no puede ni lo uno ni lo otro, y ni siquiera tiene la iniciativa para hacerlo.
• Así, la salvación es por gracia, pero nosotros debemos cooperar haciendo uso de nuestra libertad o libre albedrio.
• Por medio de la fe el hombre es justificado. Al ser justificado no solo es declarado justo sino hecho justo (regenerado).
• Luego el hombre justificado movido por la gracia debe vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, obrando el bien y cumpliendo los mandamientos, pero es libre de no hacerlo y caer del estado de gracia de Dios. Por ende, la gracia es resistible y la salvación puede perderse.
• El determinismo, fatalismo o predestinación, no es una doctrina bíblica. Por el contrario, la iglesia primitiva luchó contra los paganos (principalmente gnósticos) para contrarrestar dicha doctrina.

A la luz de lo anterior ¿Podrías decir que la iglesia cristiana primitiva era calvinista o arminiana? Ciertamente no era calvinista ¿Puede un calvinista fundamentar históricamente la validez de su doctrina? No lo creo. Al menos no honestamente.