Continuismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante

El Pentecostalismo y la Reforma de 1517

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Cada 31 de octubre se conmemora un año más de la Reforma Protestante y los pentecostales somos parte de dicha celebración. Aunque tradicionalmente la figura de Lutero ha sido vinculada a las iglesias evangélicas llamadas históricas, las iglesias pentecostales también arraigan su historia en el evento que recordamos cada 31 de octubre. El mismo día que, hace un poco más de 500 años, Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg.

Pero ¿Qué tienen que ver las iglesias pentecostales con la Reforma Protestante? ¿Somos los pentecostales verdaderamente protestantes? ¡Absolutamente sí! El pentecostalismo surgió como un movimiento de renovación dentro del cristianismo protestante. Sin embargo, no todos los protestantes estarían de acuerdo en concedernos dicho título, particularmente en el sector “reformado” o “calvinista” del protestantismo, el cual prefiere vernos como sectas heterodoxas sin conexión formal con la Reforma Protestante. Y es que el movimiento pentecostal, nacido en Estados Unidos en los primeros años del siglo XX, a pesar de su vigorosa expansión a nivel global, es a menudo rechazado por algunos protestantes históricos que rechazan su fuerte componente emotivo, la insistencia pentecostal en la comunicación directa, personal y permanente con la Divinidad y la creencia (muy propia del pentecostalismo) en la intervención milagrosa de Dios en los asuntos cotidianos.

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¿SOMOS PROTESTANTES?

Cuando el 31 de octubre de 1517 el monje alemán Martín Lutero colgó, para que todos las vieran, sus 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, estaba dando origen a una serie de movimientos religiosos e iglesias que cambiarían profundamente el mundo (según los razonamientos de Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo). En este documento, el monje criticaba duramente la costumbre católica de vender indulgencias y rechazaba así la idea de que la salvación del infierno fuera posible mediante los aportes económicos realizados a la Iglesia.

Para Lutero, el perdón era una gracia que solo Dios podía otorgar, y ni la caridad, ni los buenos actos, ni las promesas de los obispos garantizaban la salvación. Lo único que los fieles podían hacer era aceptar a Jesús como el Salvador, confiar en su gracia e intentar vivir santamente en busca de la aprobación divina. Lutero, además, desestimaba la infalibilidad papal y reconocía como única fuente de autoridad religiosa a la Biblia –y la interpretación personal que, bajo inspiración del Espíritu Santo, cada creyente realizaba de ella–. Por estas ideas fue excomulgado en 1521, luego de la Dieta de Worms. Su pensamiento, al expandirse con algunas variantes por distintos países, dio origen a la llamada Reforma protestante. Mientras el catolicismo asentaba su fe en la Iglesia, y en su cabeza, el papa, los grupos disidentes que surgieron a partir de Lutero afirmaron su credo en los Evangelios –motivo por el cual pronto se los conocería como evangélicos–. La autoridad que estos grupos conferían a cada creyente en la interpretación autónoma de la Biblia dio lugar a un continuo proceso de creación, institucionalización y disidencia religiosa que prosigue hasta el día de hoy y que ayuda a la expansión de este credo religioso por el mundo entero.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos vivió una ola de resurgimiento religioso conocida como el Segundo Despertar, en la que distintos grupos reivindicaban no solo la interpretación personalizada de la Biblia y la aceptación de Cristo como único Salvador, sino también la sanación divina y la necesidad de una fuerte vivencia experiencial que rubricara ese encuentro personal con Jesús. Con este trasfondo religioso surgen, a principios del siglo XX, las primeras iglesias pentecostales.

Muchos historiadores pentecostales reivindican como el nacimiento del movimiento pentecostal el bautismo en el Espíritu Santo experimentado por el predicador negro William Seymour y su congregación en la iglesia de la calle Azusa en Los Ángeles, en 1906. Esta experiencia fundante revivió la escena del Pentecostés bíblico en la cual los apóstoles, bajo la influencia del Espíritu Santo, hablaron en lenguas que desconocían (Hechos 2:1-11). La experiencia del «bautismo en el Espíritu» pronto se difundió hacia otras iglesias y también hacia otras regiones: misioneros de la iglesia de la calle Azusa se dispersaron por 25 países en los siguientes dos años. En la experiencia pentecostal de comienzos del siglo XX, las manifestaciones que evidenciaban la presencia divina en el individuo incluían la glosolalia (el hablar en lenguas extrañas) y otras experiencias espirituales como sueños, visiones, sanidades, profecías, etc.

El pentecostalismo pronto desarrolló, más allá de sus diversidades, un patrón doctrinario y práctico común resumido en la afirmación «Jesús sana, salva, bautiza en el Espíritu Santo y vuelve como rey». Jesús sana el cuerpo, salva el alma, y acerca a Dios a través de una experiencia de encuentro personal con él. El acento en cualquiera de esos cuatro temas puede variar, pero lo principal para un pentecostal es la continua acción sanadora y salvífica de Jesús en distintos momentos de su vida personal. Esta interpretación de los hechos de la vida en clave de permanente intervención divina diferencia a pentecostales y evangélicos de otros grupos cristianos; para ellos, la posibilidad del milagro no es excepcional sino cotidiana, aun en instancias que otros grupos religiosos considerarían banales. De ahí la insistencia, en sermones de pastores y evangelistas, en la fe en un Jesús vivo, actuante cada día en la vida de los creyentes. Todo esto vino a contrastar con la frialdad y decadencia de muchas iglesias protestantes de esa época, las cuales vieron en el pentecostalismo una amenaza contra su hegemonía religiosa.

Para muchos observadores externos el éxito de las iglesias pentecostales parece radicar en que expresaron, fomentaron y legitimaron elementos y formas de adoración libre, emotiva y fluida que no encontraban acogida en muchas religiones instituidas de la época, las cuales, o se hallaban fosilizadas en sus viejos dogmas y confesiones de fe, o habían traicionado las verdades del evangelio abrazando el liberalismo teológico y moral. En este sentido, el pentecostalismo no fue un alejamiento de la ortodoxia protestante, sino más bien un movimiento de retorno a las bases morales y teológicas del mismo, pero con un componente agregado: La experiencia vivencial de comunión con Dios a través del bautismo en el Espíritu Santo tal como ocurría en la iglesia neotestamentaria.

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¿POR QUÉ NECESITAMOS JUSTIFICAR NUESTRA PERTENENCIA AL PROTESTANTISMO?

Más allá de las críticas de sus adversarios y las diferencias litúrgicas que separan al pentecostalismo de las iglesias tradicionales, resulta evidente que el movimiento pentecostal es heredero de la Reforma y una continuación moderna y renovada de la misma; las doctrinas pentecostales se derivan del rico legado teológico de la Reforma y el pentecostalismo nació a partir de iglesias derivadas de la misma ¿Acaso no es esto suficiente? Aparentemente no (para algunos). ¿Por qué entonces nos vemos obligados a reivindicar una y otra vez nuestro derecho a ser considerados evangélicos o protestantes? Porque en ciertos sectores del evangelicalismo tradicional, principalmente en el bloque calvinista o reformado, los oponentes al movimiento pentecostal no solo son muchos, sino también cada vez más agresivos. Por ejemplo, en su polémico libro “Fuego Extraño” el pastor John MacArthur califica al Movimiento Pentecostal y Carismático[1] como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

MacArthur llega al extremo de afirmar:

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

Para MacArthur, lo pentecostales ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, por lo que deberíamos ser rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]
“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

MacArthur concluye su libro afirmando:

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

MacArthur se proclama a sí mismo como cesacionista, lo cual explica en parte su férrea oposición al pentecostalismo. Sin embargo, él no es el único en despreciar al Movimiento Pentecostal. En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, permanece:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8).”[7]

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¿POR QUÉ TANTA OPOSICIÓN POR PARTE DE OTROS CRISTIANOS?

Nos preguntamos ¿Cuál es el problema que tienen con el pentecostalismo otros cristianos no pentecostales? ¿Por qué algunos etiquetan, generalizan y desprecian a todo el movimiento pentecostal de esa forma? El celo ministerial y el cada vez más persistente decaimiento en las iglesias tradicionales, en contraposición a la vitalidad y crecimiento del Movimiento Pentecostal, podrían explicar en parte tal oposición.

Amigos y enemigos reconocen que el crecimiento del pentecostalismo en los últimos 100 años ha sido sorprendente, de hecho, es inigualable en la historia de la iglesia cristiana. El pentecostalismo produce conversiones y masas de fieles en Norteamérica, Latinoamérica, China, Corea del Sur, Singapur, Filipinas y varios países del continente africano. En todos estos casos se verifica una constante: el movimiento posee una gran capacidad de vincular su mensaje con las masas, difundir la fe cristiana y adaptarla a las culturas locales, plantar iglesias autóctonas y alentar formas de organización, teología y liturgia flexibles, variadas y fácilmente apropiables con las que se disemina entre los más diversos segmentos de población de distintos contextos nacionales. Todo ello sin traicionar los fundamentos del cristianismo histórico ni imponer culturas foráneas.

La flexibilidad y colorido del mundo pentecostal no siempre cae en gracia con algunas iglesias protestantes tradicionales, inflexibles litúrgicamente y aferradas a una cultura específica. Lo que sí es innegable es el éxito del pentecostalismo en expandirse y globalizarse: En tan solo 100 años de existencia, el pentecostalismo se ha transformado en el movimiento cristiano de mayor y más rápido crecimiento de toda la historia. Habiendo surgido en la primera década del siglo XX con unas pocas comunidades, ya en 1970 totalizaban 73 millones, para llegar en 1989 a 352 millones en todo el mundo, y hoy se habla de 500 millones. En varios países tiene una tasa de crecimiento del 10% anual, mientras que las iglesias protestantes históricas corren el riesgo de desaparecer o quedar reducidas a ínfimas minorías.

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ELEMENTOS DE CONTINUIDAD DEL PENTECOSTALISMO CON LA REFORMA PROTESTANTE

Cabe destacar que la naturaleza dinámica, flexible y variopinta del pentecostalismo jamás significó una ruptura con la fe cristiana histórica. El ADN mismo del movimiento pentecostal es plenamente protestante. Esto puede corroborarse fácilmente si analizamos los siguientes aspectos:

  1. Los Pentecostales y la Biblia.

Entre nosotros los pentecostales, más allá de los prejuicios que se tengan acerca de nuestras doctrinas, liturgia y prácticas, pues se nos acusa “ignorantes”, “emocionalistas” y “enemigos del estudio y de la preparación teológica”, existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza y se aplica con rapidez a la vida. Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos y privados. Existe una avidez por conocer con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

  1. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego por parte de los pentecostales hacia la ortodoxia protestante y las doctrinas del cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista. Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta.

  1. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy importante destacar el hecho que las iglesias pentecostales (a semejanza del protestantismo histórico) fundaron iglesias nacionales, con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos. Otro elemento para destacar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia.

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ELEMENTOS DE CAMBIO DEL PENTECOSTALISMO EN RELACIÓN CON LA REFORMA PROTESTANTE

Como pentecostales, lo que nos une con el protestantismo histórico es más de lo que nos separa. Sin embargo, ciertos distintivos del pentecostalismo marcan distancia (mas no ruptura) con las iglesias tradicionales del protestantismo. Tales diferencias son de esperar en un movimiento de renovación como el movimiento pentecostal. Entre ellas cabe mencionar:

  1. Hablamos el lenguaje del pueblo.

En primer lugar, los pentecostales hablan en general el lenguaje del pueblo. Hablan al corazón, no con ideas abstractas, y otorgan a sus adeptos un ámbito de sentido, un lugar para realizarse, sobre todo para aquellos que no tienen lugar en el mundo. Su culto es un ámbito para la experiencia vivencial con Dios a través de la obra del Espíritu Santo, para la fiesta y el gozo de vivir en las manos de Dios, y todos participan activamente.

  1. Estructura jerárquica sencilla.

La jerarquía pentecostal es sencilla, lejos del clero tradicional y lejano de muchas iglesias históricas. Cada uno de los fieles se siente y se sabe un discípulo de Jesucristo enviado con una misión única e insustituible.

  1. Conservadurismo teológico y moral.

En muchos sentidos, el pentecostalismo es un “cristianismo primario”, cuyos temas centrales -salvación, milagros, sanidades, liberación, predicación escatológica- son los dejados de lado por las Iglesias históricas que se aggiornaron[8] en la década del 60, adaptándose a la tesis de la secularización progresiva. Y éstas últimas, aggiornadas, son las que ven vaciarse sus templos, y en algunos casos bajo riesgo de desaparecer. Mientras tanto, las denominaciones pentecostales consolidan su presencia y feligresía día tras día.

  1. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. El elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros. Lo central y distintivo en lo pentecostal es la experiencia de poder del Espíritu.

  1. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Los ejes de la teología del pentecostalismo están caracterizados por una visión del mundo que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total.

  1. La misiología pentecostal.

El pentecostalismo se caracteriza por una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del rescate de los perdidos. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en mundiales.

La misión pentecostal, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, se caracteriza por un profundo asentamiento en los sectores populares, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión.

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CONCLUSIÓN

Es indudable que el pentecostalismo ha proporcionado un tremendo aporte y vigor renovado al cristianismo mundial, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico.

El pentecostalismo es un movimiento explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tiene algo que decir al hombre y mujer de hoy. Algo que el protestantismo histórico fue perdiendo en el camino. Lamentablemente, no todos se gozan en nuestro éxito ni celebran nuestros avances. El perfil restauracionista que se le da a la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, tiende a menospreciar al pentecostalismo y sus logros, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la Reforma. Quienes ven al protestantismo como una reforma acabada y completa tienden a ver el pentecostalismo nada más como una secta de poco más de 100 años que amenaza su hegemonía. Quienes tienen una visión tan pobre del cristianismo a menudo ignorarán que los pentecostales somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz. Ese es su problema, no el nuestro. Nosotros seguiremos avanzando para la Gloria de Dios.

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REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] Ibid., pp. 16.

[4] Ibid., pp. 15.

[5] Ibid., pp. 16.

[6] Ibid., pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] Aggiornamento (“actualización” en italiano) es un término italiano utilizado para expresar la adaptación o la nueva presentación de los principios cristianos al mundo actual y moderno, siendo por eso un sinónimo de liberalismo teológico y moral. Implica amoldar o adaptar la teología y moralidad cristiana a la sociedad secular y sus normas cambiantes.

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Las 4 Verdades Cardinales del Pentecostalismo Clásico.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El llamado Pentecostalismo Clásico se originó en Estados Unidos a principios del siglo XX, sin embargo, los bautismos del Espíritu Santo con glosolalia o manifestación de lenguas, tal y como los describe el libro de los Hechos, capítulos 2, se dieron durante toda la historia de la Iglesia. No obstante, en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a suceder mucho más a menudo. Casos en Inglaterra, Carolina del Norte o la India, fueron los antecedentes de la famosa madrugada del 31 de diciembre de 1900. Chales F. Parham, ministro metodista y un apasionado del Espíritu Santo y sus manifestaciones, dirigía un sencillo instituto bíblico en Topeka, Kansas (el famoso Bethel Bible College). En aquel modesto lugar en el que se enseñaba a cuarenta alumnos se derramó el bautismo del Espíritu Santo sobre una mujer llamada Agnes Ozman, considerada como el primer creyente pentecostal de la historia. En las últimas semanas, los estudiantes estaban profundizando en el libro de Hechos y quisieron experimentar la misma promesa que casi 2000 años antes había tenido los primeros cristianos y para ello se reunieron en vigilia la última noche del año. El movimiento se extendió como el fuego en un caluroso medio día de verano. Kansas, Missouri y Texas fueron los primeros en experimentar el avivamiento pentecostal, pero la iglesia por antonomasia sería la de la calle Azusa, en un modestísimo barrio de Los Ángeles.

El Avivamiento de la Calle Azusa fue una serie de reuniones de avivamiento pentecostal dirigidas por el predicador afroamericano William J. Seymour. La primera reunión se realizó el 14 de abril de 1906, en la Iglesia Metodista Episcopal Africana, y las siguientes se sucedieron hasta alrededor de 1915. En las reuniones se vivían experiencias de éxtasis espiritual acompañadas por glosolalia (interpretada por sus practicantes como don de lenguas), servicios de adoración dramáticos, y entremezcla racial. Actualmente, el reavivamiento de la Calle Azusa se considera por los historiadores cristianos como el principal catalizador para la propagación del pentecostalismo clásico.

Definir la Teología Pentecostal (Pentecostalismo Clásico) puede resultar una tarea no tan simple debido a la diversidad de ideas en el movimiento. Pero, en síntesis, la teología pentecostal puede definirse como protestante y evangélica, con la adición de la afirmación de la validez de las manifestaciones de los dones del Espíritu Santo para hoy como en el primer siglo y el libro de los Hechos (continuismo).  Si suspendemos los elementos culturales que caracterizan a nuestras iglesias pentecostales, y que pueden ser muy variados dependiendo de la iglesia y su contexto, entonces descubriremos el centro del mensaje. Lo que motivó a nuestros primeros hermanos y hermanas. Ellos no querían abrir una “nueva” iglesia. Lo que querían era regresar a la iglesia primitiva. El mismo deseo de Lutero, Calvino, Wesley, y tantos otros cristianos y movimientos en la historia, como los metodistas, los pietistas o los puritanos. A su propia manera, quisieron recobrar una herencia para ellos perdida, enterrada bajo la rigidez de la ortodoxia y bajo una teología liberal ilustrada que la despreciaba. Esta herencia, la inconmovible certeza de que Dios no solo obró milagros en la resurrección o el nacimiento virginal, sino que puede seguir haciéndolos en el presente, era el corazón de la fe de nuestros hermanos. El grito de guerra de la teología pentecostal clásica fue y continúa siendo: Cristo Salva, sana, bautiza con el Espíritu Santo y viene por segunda vez.

La declaración anterior es la declaración de fe o credo del pentecostalismo clásico en su forma más pragmática y sintética. Desde sus inicios, el Movimiento Pentecostal enfatizó las 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17). Estas cuatro verdades se consideran nuestras creencias cardinales porque son verdades claves en nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro.

I.- SALVACIÓN.

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

Las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

II.- SANIDAD DIVINA.

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe.

Asimismo, la sanidad divina se fundamenta en la obra expiatoria de Cristo. La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación. La provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO.

La doctrina del Bautismo en el Espíritu Santo es nuestro distintivo como creyentes pentecostales. Esta verdad explica la pasión y el poder de nuestro testimonio. Jesús prometió a sus seguidores que recibirían poder de lo alto para que fueran sus testigos. Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos (Marcos 16:20). El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4). El hablar en lenguas en este caso es esencialmente lo mismo que el don de lenguas, pero es diferente en propósito y uso (1 Corintios 12:4-10, 1 Corintios 12:28).

Se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

  • Bautizado en el Espíritu—1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
  • El Espíritu viene, o desciende, sobre—1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
  • El Espíritu derramado—2:17,18; 10:45
  • El don que mi Padre prometió—1:4
  • El don del Espíritu—2:38; 10:45; 11:17
  • El don de Dios—8:20; 11:17; 15:8
  • Recibir el Espíritu—8:15,17,19; 19:2
  • Lleno con el Espíritu—2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento a continuar llenándose del Espíritu.

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

IV.- LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO.

Todos los cristianos que han fallecido un día se levantarán de sus tumbas y se reunirán con el Señor en el aire. Los cristianos que no hayan muerto serán arrebatados junto con aquellos para estar con el Señor. Entonces los cristianos de todas las edades vivirán para siempre con el Señor. La verdad bíblica del inminente regreso del Señor es “la esperanza bienaventurada”. (Romanos 8:23; 1 Corintios 15:51-52; 1 Tesalonicenses 4:16-17; Tito 2:13).

Jesús enseñó que Él regresaría a la tierra.  Él cuidadosamente advirtió a sus discípulos que necesitaban estar constantemente preparados para esto (Mateo 24:42-51; 25:1-13; Marcos 13:37; Lucas 12:37). Ellos entendieron que la era actual terminará con su venida (Mateo 24:3).  La garantía de su venida era una de las verdades con las que Él consoló a sus seguidores antes de su muerte (Juan 14:2,3). En el momento de la ascensión de Cristo, dos ángeles vinieron al grupo de los discípulos que estaban reunidos para repetir la promesa de que Él regresaría.  Ellos declararon que Él vendría de la misma manera que se había ido (Hechos 1:11).  Esto claramente significa que su segunda venida será literal, física, y visible.

Las epístolas del Nuevo Testamento se refieren frecuentemente a la segunda venida, y a través de los pasajes de las Escrituras que tratan de este tema recurre la idea de la inminencia.  Aunque habrá un período de tiempo entre la primera y la segunda venida (Lucas 19:11), todas las enseñanzas acerca del regreso del Señor enfatizan que acontecerá repentinamente y sin previo aviso; que los creyentes deben estar siempre en un estado de preparación continua (Filipenses 4:5; Hebreos 10:37; Santiago 5:8,9; Apocalipsis 22:10).

La doctrina de la Segunda Venida de Cristo es más relevante que nunca. Los creyentes debemos descansar en la certeza del retorno inminente de nuestro Señor y compartir esta esperanza con quienes no la tienen. La resurrección de los que han muerto en Cristo y su arrebatamiento junto con los que estén vivos cuando sea la venida del Señor es la esperanza inminente y bienaventurada de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16-17, Romanos 8:23, Tito 2:13, 1 Corintios 15:51-52).

CONCLUSIÓN:

El Movimiento Pentecostal reconoce 4 aspectos principales de la Obra y la persona de Jesucristo. Estos 4 aspectos representan las 4 doctrinas cardinales de la fe pentecostal histórica. El mensaje pentecostal, a veces llamado “evangelio cuadrangular”, no es un evangelio nuevo o diferente del que ha sido y es predicado alrededor del mundo; ha sido, es y será el mismo evangelio que fue vivido por Jesucristo y proclamado por la iglesia primitiva en toda su plenitud:

  1. Jesucristo, el Salvador: El Primer y más importante aspecto de la doctrina pentecostal es que Jesucristo es el único medio de salvación para la persona. La salvación no es por obras sino por gracia por medio de la fe, nadie se puede salvar a sí mismo (Efesios 2:8).
  2. Jesucristo, Bautiza con el Espíritu Santo: La Salvación, el perdón de los pecados no es el final de todo lo que Jesús puede y quiere hacer por la persona. Una vez convertidos a Él, la persona puede ser llena del Espíritu Santo y tener la evidencia de ese bautismo a través de la manifestación de los 9 dones mencionados en 1 Corintios 12 de la Biblia.
  3. Jesucristo, el Sanador: En la Cruz del Calvario Jesús llevó nuestros pecados y también nuestros dolores y enfermedades. Una promesa para nuestros días es que por su llaga somos curados. Isaías 53 Podemos ser sanados sobrenaturalmente de nuestras enfermedades físicas por medio del Poder de Dios.
  4. Jesucristo, el Rey que Viene: Jesucristo regresará pronto a reinar. La Biblia le llama Rey de reyes y Señor de señores. Esta es la maravillosa esperanza que tenemos (Apocalipsis 22).