5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

ES1

¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

ES3

¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

ES4

SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

ES5

SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

ES2

LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

ES9

CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

ES10

REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

ES11

Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Aspecto animístico y dinámico de la obra del Espíritu.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés constituyó el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. El libro de Hechos nos cuenta que:

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Estaban de visita en Jerusalén judíos piadosos, procedentes de todas las naciones de la tierra. Al oír aquel bullicio, se agolparon y quedaron todos pasmados porque cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma. Desconcertados y maravillados, decían: «¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua materna? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene; visitantes llegados de Roma; judíos y prosélitos; cretenses y árabes: ¡todos por igual los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios!»” (Hechos 2:1-11, NVI)

Los pentecostales entendemos que la institución del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. Dios prometió por medio del profeta Ezequiel:

“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes.” (Ezequiel 36:26-27, NVI).

A través del profeta Joel, el Señor también prometió:

“Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los ancianos y visiones los jóvenes. En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.” (Joel 2:28,29, NVI).

De acuerdo con estas profecías, la venida del Espíritu Santo de un modo inusual anunció el amanecer de la nueva era prometida por Dios, la era del Espíritu. Si bien es cierto que, entre el nacimiento de Jesús y el descenso del Espíritu sobre los discípulos, el Espíritu Santo estuvo activo en el ministerio de Jesús, la inauguración no estuvo completa sino hasta el derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús al momento de su bautismo por Juan en el río Jordán (Mateo 3:16), junto con la actividad del Espíritu a través de Él por medio de su ministerio terrenal (Lucas 4:18,19; Hechos 2:38,39), sirve como un paradigma para todos los creyentes a los cuales Dios en el Antiguo Testamento prometió la morada interior y la capacitación de poder del Espíritu Santo.

ASPECTOS DE LA OBRA DEL ESPÍRITU.

Las profecías de Ezequiel y Joel destacan dos aspectos distintos del ministerio del Espíritu Santo bajo el Nuevo Pacto de la gracia. La promesa dada por medio de Ezequiel es que todo el pueblo de Dios del nuevo pacto experimentará la morada interna del Espíritu Santo. Recibirán un nuevo corazón y un nuevo espíritu; por causa de la morada interna del Espíritu Santo podrán andar en rectitud.

La promesa dada por medio de Joel es de distinta naturaleza. En la profecía de Joel, el derramamiento del Espíritu Santo es de naturaleza dramática, por la cual los receptores profetizarán, tendrán sueños, y verán visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés: “¡Cómo quisiera que todo el pueblo del Señor profetizara, y que el Señor pusiera su Espíritu en todos ellos!” (Números 11:29, NVI).

Las profecías distinguían claramente dos obras del Espíritu Santo:

  1. Morada Interna: Se le denomina también Aspecto Animístico de la obra del Espíritu. Se relaciona con la regeneración y la consiguiente morada interna del Espíritu Santo.
  2. Dotación de Poder. Se le conoce también como Aspecto Dinámico de la obra del Espíritu. Se refiere a la dotación de poder, que con frecuencia se manifiesta por medio de algún fenómeno desacostumbrado.

Una diferencia significativa entre las experiencias del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es que las personas en el Antiguo Testamento no parecen haber recibido una morada permanente del Espíritu Santo. Aún más, comparativamente el Espíritu Santo fue dado a unos pocos, y por lo general para profetizar. En el Nuevo Testamento, por el contrario, el Espíritu Santo es dado a todos los creyentes. Bajo el Nuevo pacto, es imposible ser un creyente del Nuevo Testamento sin contar con la morada interna del Espíritu Santo (Romanos 8:9,14-16). Además, todos los creyentes del Nuevo Testamento pueden ser dotados de poder por el Espíritu Santo (Hechos 1:8).

La voluntad de Dios fue que todos los creyentes experimentaran tanto la morada interna como la dotación de poder del Espíritu Santo. Y aunque la Biblia nos muestra que fue la intención de Dios que estas dos operaciones del Espíritu fueran distintos aspectos de la obra única del Espíritu en conexión con el nuevo pacto, el Nuevo Testamento parece indicar que una persona puede experimentar ambas obras del Espíritu casi simultáneamente, como sucedió con la casa de Cornelio (Hechos 10:44-46). Es difícil determinar el punto preciso en el cual estas personas fueron regeneradas. Parece que en medio de la predicación de Pedro ellos creyeron y fueron llenos del Espíritu Santo. Estas dos experiencias, aun cuando pueden distinguirse teológicamente, no están necesariamente separadas en forma cronológica. No hay garantía bíblica para enseñar que debe existir un intervalo entre la regeneración y el ser lleno del Espíritu Santo. Pero también es cierto que muchos cristianos han experimentado sólo la obra básica del Espíritu Santo (la de regeneración) por medio de la cual el Espíritu de Dios habita en ellos (Juan 14:17).

Esta terminología para la segunda obra del Espíritu Santo es variada. Los pentecostales por lo general designamos esto como el bautismo en el Espíritu Santo. Al hacer esto estamos sobre terreno firme, bíblicamente. Además de la declaración de Juan el Bautista (Mateo 3:11), Jesús dijo a los discípulos: “ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” (Hechos 1:5, NVI). Sin embargo, cuando Lucas registra el cumplimiento de esa promesa en Hechos 2:4, dice: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo”. Esta experiencia inicial de ser “llenos” del Espíritu Santo es, por tanto, sinónima de ser “bautizados” en el Espíritu Santo. En otros lugares cuando Él habla de esta experiencia, Lucas dice que el Espíritu viene o cae sobre la gente (Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15; 19:6). A veces él habla del derramamiento del Espíritu o del Espíritu que es derramado (Hechos 2:17,18; 10:45). Como quiera que uno designe esta segunda experiencia del Espíritu, nunca debiera interpretarse como que significa que el receptor con anterioridad a ese momento no tenía la morada del Espíritu. ¡Un creyente sin el Espíritu Santo es una contradicción de términos! Pero es posible que un creyente no experimente la obra adicional del Espíritu Santo denominada el bautismo en el Espíritu.

Los diversos términos usados para la experiencia del bautismo en el Espíritu no deben atrapar nuestra atención desmedidamente, son simples intentos por parte de los escritores bíblicos para ayudarnos a entender mejor el significado de la experiencia. Expresiones como “bautizado”, “lleno”, y “revestido” ponen énfasis en que el creyente está enteramente dominado o gobernado por el Espíritu Santo. Entre otras cosas, la obra del Espíritu Santo que ya mora en el creyente se intensifica y llega a una culminación por la experiencia de ser lleno con el Espíritu Santo.

LA PROFECÍA DE JOEL.

El derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés está asociado con la profecía de Joel. El apóstol Pedro señaló esto claramente:

“Entonces Pedro, con los once, se puso de pie y dijo a voz en cuello: «Compatriotas judíos y todos ustedes que están en Jerusalén, déjenme explicarles lo que sucede; presten atención a lo que les voy a decir. Estos no están borrachos, como suponen ustedes. ¡Apenas son las nueve de la mañana! 16 En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel: “Sucederá que en los últimos días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán visiones los jóvenes y sueños los ancianos. En esos días derramaré mi Espíritu     aun sobre mis siervos y mis siervas, y profetizarán. Arriba en el cielo y abajo en la tierra mostraré prodigios: sangre, fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre antes que llegue el día del Señor, día grande y esplendoroso. Y todo el que invoque el nombre del Señor     será salvo”.  (Hechos 2:16-21).

Tal como en el Antiguo Testamento, la venida del Espíritu sobre los hombres y mujeres resultó en que profetizaban, tal como Joel había declarado que el derramamiento del Espíritu sobre toda carne resultaría en profecía. Joel mencionó también otras indicaciones de la venida del Espíritu, las que parecen no haberse cumplido en el día de Pentecostés. Sin embargo, Pedro recalcó el elemento de profecía, porque añadiendo a la cita del pasaje de Joel, él también insertó palabras, “y profetizarán”, en medio de la cita de Joel (Hechos 2:18). En otras palabras, Pedro estaba dando énfasis a que la profecía acompañaría al derramamiento del Espíritu Santo.

¿HABLARON EN LENGUAS O PROFETIZARON?

Luego de leer Hechos 2 muchos quizá se pregunten ¿profetizaron los discípulos el día de Pentecostés? Lucas nos dice que hablaron en lenguas (Hechos 2:4). Con anterioridad al día de Pentecostés, no hay registro de que alguien haya hablado en lenguas bajo el impulso del Espíritu Santo. Entonces ¿Cómo relacionamos el hablar en lenguas con la profecía? Esto no es difícil si recordamos que la profecía es hablar bajo el impulso directo del Espíritu Santo. Esto es precisamente la naturaleza del hablar en lenguas: Es hablar bajo el impulso del Espíritu Santo, o como lo expresa Lucas, “como el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4). La diferencia obvia entre profecía y hablar en lenguas es que la profecía es en un lenguaje bajo el control de quien habla, mientras que el hablar en lenguas es en una lengua desconocida para el que habla. Hablar en lenguas es, en consecuencia, una forma especializada de profecía.

¿DEBE HABLAR EN LENGUAS TODO AQUEL QUE RECIBE EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

La experiencia de ser bautizado en el Espíritu está acompañada por hablar en lenguas, o glosolalia. En Hechos 2:4 Se nos muestra que todos aquellos que fueron bautizados en el Espíritu Santo hablaron en lenguas. El sujeto es “todos” (griego pantes). Un sencillo análisis gramatical muestra que ese único sujeto se aplica a ambas cláusulas principales, de modo que la clara intención es que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que todos comenzaron a hablar en otras lenguas. Lucas tenía a disposición los medios lingüísticos por medio de los cuales pudo haber dicho que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que algunos hablaron en lenguas, si ése hubiera sido el caso. Pero es claro que todos fueron llenos y que todos hablaron en lenguas.

En Hechos 10, se nos dice que el Espíritu Santo “cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:44). Los creyentes compañeros de Pedro, que estaban atónitos de que los gentiles recibieran el bautismo del Espíritu Santo, supieron que el derramamiento había tenido lugar sólo porque “los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios” (Hechos 10:46). El versículo 46 es introducido por la palabra griega gar, que es una conjunción causativa que a menudo se traduce “porque” o “por”. El hablar en lenguas convenció a estos hombres de que Cornelio y los de su casa verdaderamente habían sido llenos del Espíritu Santo. La evidencia en Hechos indica ciertamente que la glosolalia es un acompañamiento necesario del bautismo en el Espíritu Santo.

¿POR QUÉ HABLAR EN LENGUAS?

Con frecuencia surge la pregunta: “¿Por qué Dios eligió el hablar en lenguas como señal?” La Biblia nos presenta una triple respuesta:

  1. Primero, es definitivamente una señal de la nueva era inaugurada por Dios. Esto resulta claro cuando leemos la profecía de Joel a la luz de Hechos 2. En un sentido personal, el hablar en lenguas significa también la entrada del creyente a la nueva era, si recordamos que la morada interna y la dotación de poder del Espíritu Santo son realmente dos aspectos de la obra única del Espíritu en la nueva era.
  2. Segundo, el hablar en lenguas sugiere firmemente la responsabilidad misionera de la Iglesia. La comunicación del evangelio debe ser verbal. En consecuencia, la multiplicidad de lenguas en el día de Pentecostés sugiere la responsabilidad evangelística mundial de la Iglesia (Hechos 1:8). Esto, ciertamente, no significa que el creyente tiene el dominio de un idioma extraño con el cual predicar el evangelio. Significa simplemente que la variedad de lenguas que los creyentes hablan cuando están llenos del Espíritu es un recordatorio implícito de la tarea misionera de la Iglesia.
  3. Tercero, hablar en lenguas es un medio por el cual el creyente se identifica espiritualmente (1 Corintios 14:4). De todas las manifestaciones o dones del Espíritu mencionados en el Nuevo Testamento, sólo en conexión con la glosolalia se dice que la persona se edifica a sí misma. Todas las otras manifestaciones o dones son para la edificación de la Iglesia. Parece que Dios no retendría de alguno de sus hijos algún medio por el cual pudiera ser edificado espiritualmente.

La afirmación del pentecostalismo clásico de que la glosolalia es la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu Santo no contradice la necesaria respuesta negativa a la pregunta de Pablo, “¿hablan todos lenguas?” (1 Corintios 12:30). Todo aquel que ha sido bautizado en el Espíritu Santo suele emplear la glosolalia a menudo como forma de adoración privada. Pablo nunca prohibió esto ni afirmó que no fuera posible. En 1 Corintios 12-14, Pablo está dando énfasis a los aspectos público y corporativo de los dones. No todos hablan lenguas en el sentido en que no todos son llamados por Dios a dar expresiones públicas en lenguas, lo cual debe ser seguido de interpretación. Pero el ejercicio privado de la glosolalia es un asunto distinto.

CONCLUSIÓN.

Hay dos experiencias identificables del Espíritu: regeneración y plenitud. Ambas están incluidas en la promesa del Espíritu en el Antiguo Testamento. Cada una complementa a la otra. En la regeneración, el énfasis está sobre el cambio de corazón y de vida. En el bautismo en el Espíritu, el énfasis está en la dotación de poder para servicio. Todos los creyentes experimentan la obra regeneradora del Espíritu; de igual forma, todos debieran experimentar su dotación de poder.

Hablar en Lenguas

El Apóstol Pablo y el hablar en lenguas.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¿Qué creía Pablo acerca del hablar en lenguas? El tratamiento principal de Pablo respecto del hablar en lenguas se halla en 1 Corintios 12-14. Esto incluye 12:10, 12:28, 12:30; 13:1, 13:8 y muchas referencias en 14:1-40. Varios pasajes relacionados pudieran referirse al hablar en lenguas o cantar en lenguas, aun cuando no se emplee siempre el término. Estos pasajes incluyen Romanos 8:26,27; Colosenses 3:16; y Efesios 5:19; 6:18. Cuando Pablo escribe, considera tanto el uso privado como público de las lenguas.

EL CASO DE CORINTO.

Aparentemente, la asamblea local estaba usando el don de lenguas en manera impropia, de modo que Pablo escribe 1 Corintios 12-14 en forma correctiva. En el proceso, él va más allá de lo correctivo y dice muchas cosas buenas respecto de las lenguas, como también de la interpretación de lenguas y la profecía. Él les asigna un alto valor a las lenguas, pero también da pautas para la manera de ejercer el don.

En las cartas paulinas la esencia de las lenguas no es diferente que en Hechos. Con respecto a los propósitos y usos, el énfasis de Pablo está en la edificación del cuerpo local de la iglesia. Para que el cuerpo de la iglesia reciba edificación, sus comunicaciones debieran ser inteligibles. En su instrucción respecto del uso de las lenguas en las reuniones públicas, Pablo pone énfasis en el hablar que edifica. Pablo enseña que el hablar en lenguas edifica únicamente a los que hablan, mientras que las lenguas con interpretación edifican a todo el cuerpo de Cristo. Las lenguas preparan el corazón de los creyentes para la interpretación.

1 CORINTIOS 12-13

Muchos eruditos sostienen que el hablar en lenguas en Corinto fue una experiencia de éxtasis. Algunos advierten en contra de la pérdida del control mientras se habla en lenguas. Aunque 1 Corintios 12:1-3 no menciona éxtasis ni hablar en lenguas, los eruditos pueden referirse a este pasaje. Sin embargo, debemos tomar en cuenta algunas cosas.

Es posible estar en condición extática, en cierto sentido, sin pérdida del control, aun cuando Pablo no hace uso de tales términos.  Él dice: “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32).

En 1 Corintios 12:10 pablo identifica “diversos géneros de lenguas” (gene glosson) como uno de los dones del Espíritu. En 1 Corintios 12:28 él vuelve a mencionar este don. Él repite que Dios ha colocado en la iglesia “los que tienen don de lenguas” (gene glosson). Esta frase sugiere dos preguntas clave. Una, muchas personas discuten si las lenguas son idiomas humanos actuales o si son expresiones en lenguajes no humanos. De cualquier modo, todos están de acuerdo en que lo que se habla no es aprendido o entendido por la persona que habla. Aún más, en los escritos de Pablo no hay registro de alguien que estuviese presente y que entendiera una declaración en lenguas. Con respecto a este asunto y al comentario de Pablo en 1 Corintios 12-14, el erudito pentecostal Gordon D. Fee escribe: “Sin embargo, en el análisis final esta cuestión parece sin importancia. Todo el argumento de Pablo es predicado respecto de la ininteligibilidad tanto del que habla como del oyente; él ciertamente no considera que alguien hubiera estado presente y que pudiera entenderlo, porque era también un lenguaje humano” (Gordon D. Fee, God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. Peabody: Hendrickson Publishers, 1994, 173). Cuando una persona habla en lenguas podría estar hablando un idioma no entendido por el que habla, ni por alguien de los presentes. Algunos han testificado de oír a alguien hablar un idioma desconocido para el que habla, pero conocido de los oyentes. Una persona puede hablar con expresiones ininteligibles que no son lenguajes humanos. Algunos objetores declaran que esto es jerigonza. Sin embargo, se trata de un lenguaje de propósito especial, el cual Dios entiende.

Pablo no define con precisión la frase “géneros de lenguas”. Es similar a la frase “otras lenguas” en el día de Pentecostés (Hechos 2:4). En cuanto a lo que concierne a los escritos de Pablo, la frase puede referirse a idiomas humanos, lenguajes con propósitos especiales, o lenguajes de hombres y de ángeles (1 Corintios 13:1). Además, varias clases de lenguas puede referirse a oración y cantos, en privado y en público, y lenguas junto con interpretación de lenguas.

Pablo hace una pregunta retórica en 1 Corintios 12:30: “¿hablan todos lenguas?” Algunos eruditos señalan esto como evidencia de que no todos hablan lenguas cuando reciben el bautismo en el Espíritu Santo. Sin embargo, esto contradice el contexto de las declaraciones de Pablo. Él se está refiriendo al ejercicio de las lenguas como un don espiritual en el ministerio de la iglesia. No podemos igualar esto con el hablar en lenguas del día de Pentecostés, lo que no fue el ejercicio de este don espiritual en la iglesia. Las funciones son diferentes.

Pablo declara en 1 Corintios 13:1: “Si yo hablase lenguas [glossais lalo] humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Algunos eruditos sostienen que “lenguas humanas o angélicas” se refiere a un lenguaje elocuente o extático. Sin embargo, otros dicen que tanto los lenguajes de los hombres como los de los ángeles son expresiones inspiradas por el Espíritu que el que habla no las entiende. Una variación de este punto de vista es que el que habla entiende las lenguas humanas inspiradas por el Espíritu, pero que no entiende las lenguas de los ángeles.

James D.G. Dunn, en su libro Jesus and the Spirit, (Jesús y el Espíritu) dice: “Puesto que él [Pablo] está pensando supuestamente en 13:1-3 de diferentes tipos de carismata, tales como ‘lenguas de hombres’ querrá decir no simplemente ‘lenguaje humano corriente’, sino diferentes clases de lenguajes vernáculos . . . en tanto que ‘lenguas de ángeles’ sería la descripción de Pablo y/o de los Corintios de la glosolalia(James D.G. Dunn, Jesus and the Spirit, London: SCM Press Limited, 1975), 244).

Suponiendo que Pablo se está refiriendo a la carismata, las lenguas de hombres podrían incluir la profecía, que es entendida por el que habla, y las lenguas humanas no entendidas por el que habla. Respecto de las lenguas de ángeles, muchos sostienen que Pablo estaba hablando hiperbólicamente y que nadie puede realmente hablar el idioma de los ángeles. Otros van más lejos y ponen en duda que haya lenguaje de ángeles. Sabemos que los ángeles se comunican. La Biblia enseña que las lenguas de los ángeles son una realidad, y que el Espíritu podría inspirar a alguien para hablar en tales lenguas.

Muchos eruditos, en base a 1 Corintios 13:8-10, sostienen que el hablar en lenguas ha cesado. Por consiguiente, ellos creen que el hablar en lenguas en la actualidad no es válido, o genuino. En este pasaje, Pablo hace estos comentarios: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará”.

Los que creen que el hablar en lenguas ha cesado, con frecuencia citan el versículo 10 como apoyo. Ellos creen que “lo perfecto” se refiere a la Palabra de Dios; ahora que tenemos la Palabra, dicen, no necesitamos el don de lenguas. Aquellos que sostenemos que los dones espirituales están en operación en la actualidad, creemos que “lo perfecto” se refiere al retorno de Cristo.

1 CORINTIOS 14:1-40

En 1 Corintios 14:1-40, Pablo da instrucciones para hablar en lenguas en la iglesia. Mientras discute esto, él menciona las lenguas en la oración privada. También aclara la estrecha relación que hay entre el hablar en lenguas y la profecía. Los primeros cinco versículos tratan de las lenguas y de la profecía, como también de la interpretación de lenguas.

“Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis. Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios. Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia. Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación” (1 Corintios 14:1-5).

Dirigimos las lenguas a Dios, porque solamente Él las entiende. Pablo dice que el que habla expresa misterios (musteria). La palabra espíritu del versículo 2 podría referirse al espíritu del que habla, a hablar mediante el Espíritu de Dios, o al espíritu del que habla siendo inspirado por el Espíritu de Dios. La última opción es la favorita, pues el Espíritu inspira al humano que habla para que hable en lenguas.

A veces Pablo usa la palabra “misterios” para referirse a verdades que han estado previamente ocultas y que ahora han sido reveladas. Sin embargo, según dice el teólogo C.K. Barrett, “Aquí el significado es sencillamente ‘secretos’; el que habla y Dios están compartiendo verdades ocultas que a otros no les es permitido compartir” (C.K. Barrett,A Commentary on the First Epistle to the Corinthians, second edition, London: Adam and Charles Black, 1971), 315–16). Según como lo ve Barrett, el que habla puede entender lo que es su intención (1 Corintios 14:28), pero no el significado de las palabras o declaraciones. El contenido podría ser oración, alabanza, confesiones, las poderosas obras de Dios, una carga personal, o alguna otra cosa.

Respecto de la profecía, debiéramos considerar a quien está dirigida, la relación entre revelación y profecía, y el contenido de la profecía. Cuando alguien profetiza, se dirige a la gente de la congregación. Ellos hablan en un idioma que todos pueden entender. La profecía, de igual modo que las lenguas, es inspirada por Dios (1 Corintios 12:10). La profecía y la revelación están muy estrechamente relacionadas, pero no son totalmente sinónimos. La revelación provee usualmente la base para el mensaje que se entrega. Una profecía puede ser una declaración de información que se haya revelado con anterioridad o en el momento. El que habla dando una revelación puede conocer que el mensaje es relevante y aplicable a la audiencia. Según 1 Corintios 14:3, el contenido de la profecía edifica, exhorta y consuela.

El versículo 4 compara las lenguas y la profecía respecto a edificación. Aun cuando el idioma expresado es desconocido del que habla, la persona misma es edificada. Esto sugiere que el que habla puede entender, en algún grado, la intención de los misterios expresados. El que habla también se beneficia por expresar sentimientos personales a Dios. Por consiguiente, las lenguas sin interpretación son para edificación privada. La profecía, sin embargo, es para la edificación de la iglesia. En 1 Corintios 12:10 la “interpretación de lenguas” está en la lista como uno de los dones espirituales. En el versículo 5, Pablo expresa su deseo de que haya expresiones espirituales entre los creyentes. El deseo de Pablo de que todos hablen en lenguas sin duda se refiere a la oración privada, pero también puede referirse a lenguas sin interpretación.

Debemos tener presente que la interpretación puede no ser una traducción exacta de lo que se ha expresado en lenguas. La palabra griega para “intérpretes” es diermeneuei y puede significar también “explicar”, “interpretar”, o “traducir” (Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, fourth revised and augmented edition, translated by William F. Arndt and F. Wilbur Gingrich, Chicago: University of Chicago Press, 1952), 194).  Esto abre muchas posibilidades para la interpretación. Cuando no hay una interpretación, el que profetiza es mayor que el que habla en lenguas. El intérprete de lenguas se dirige a la congregación. Del mismo modo como la profecía edifica a la iglesia, la comprensión del mensaje en lenguas produce edificación. En este caso, cuando alguien interpreta una expresión en lenguas, el valor para la iglesia es igual al de aquel que profetiza.

Aun con interpretación, el que habla dirige las lenguas a Dios. Cuando se expresan las lenguas, solamente Dios entiende el significado. Sin embargo, el mensaje puede estar dirigido a Dios, a la gente, o a ambos. La intención y la dirección serán claros cuando se dé la interpretación. El contenido puede ser alabanza, oración, iluminación de la verdad evangélica, o cualquier otra cosa que el Espíritu mueva a alguien a decir.

En 1 Corintios 14:6-12, Pablo compara las lenguas con el llamado de una trompeta. Él amplía sus anteriores declaraciones con estos comentarios: “Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina? Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire. Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia”. Pablo plantea una pregunta que incluye la frase “¿qué os aprovechará, si no os hablare . . .?” Desde este punto en adelante, hay tres maneras posibles de interpretar el significado de las palabras de Pablo.

Podríamos decir que cuando alguien habla por medio de revelación, conocimiento, profecía y enseñanza, hace que el hablar en lenguas sin interpretación sea aceptable. En otras palabras, el que habla ejerce estos dones adicionalmente al hablar en lenguas. Sin embargo, esto no parece ser así. Pablo ya dijo que el hablar en lenguas sin interpretación no edifica a la iglesia. El añadir mensajes por vía de otros dones independientes no cambiaría la situación.

Otra manera de verlo es decir que Pablo expresa “a menos que” en el sentido de “en vez de”. En otras palabras, él hablará por medio de revelación, conocimiento, profecía, o de enseñanza, en lugar de hablar en lenguas. Los otros dones toman el lugar de hablar en lenguas sin interpretación. Esta interpretación es posible, pero el pasaje parece decir que el que habla también se expresa en lenguas, como asimismo ejerce los otros dones.

Finalmente, tal vez Pablo usa “a menos que” en el sentido de ofrecer interpretación por medio de otros dones. Visto de este modo, el versículo siguiente amplifica el mensaje, cuando Pablo dice que el que profetiza es mayor que el que habla lenguas, a menos que el mensaje en lenguas incluya una interpretación para edificación. En otras palabras, la interpretación podría contener revelación, conocimiento, profecía, o enseñanza. Esto armoniza con el consejo de Pablo en el versículo 13: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla”. En este contexto, esta manera de verlo parece ser la más lógica.

CONCLUSIÓN

En sus escritos, Pablo hace frecuentes alusiones a la naturaleza, propósitos y usos del hablar en lenguas. Cuando una persona habla en lenguas, dicha persona no entiende los sonidos que está expresando. En lo concerniente a los propósitos y usos, Pablo incluye la oración privada y el uso público de las lenguas, en tanto las lenguas sean interpretadas. Su preocupación respecto del uso público es que el mensaje edifica a la iglesia. Cuando hay interpretación, el hablar en lenguas edifica al cuerpo de Cristo.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Gordon D. Fee, God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. (Peabody: Hendrickson Publishers, 1994), 173.
  • James D.G. Dunn, Jesus and the Spirit (London: SCM Press Limited, 1975), 244.
  • K. Barrett, A Commentary on the First Epistle to the Corinthians, second edition (London: Adam and Charles Black, 1971), 315–16.
  • Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, fourth revised and augmented edition, translated by William F. Arndt and F. Wilbur Gingrich (Chicago: University of Chicago Press, 1952), 194.

 

 

Hablar en Lenguas

Hablar en Lenguas, su naturaleza y propósito.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Hoy en día son muchos los creyentes pentecostales que se hacen preguntas con respecto a los propósitos y los usos del hablar en lenguas. Los creyentes pentecostales del siglo XXI nos enfrentamos al problema de integrar las lenguas en nuestra vida individual y en la adoración comunitaria en la iglesia. Y es que el Movimiento Pentecostal ha cambiado mucho desde sus inicios a principios del siglo XX. Hoy surgen muchas dudas de tipo práctico con respecto a los usos de las lenguas en conexión con el bautismo en el Espíritu Santo, en la comunicación dentro de los cultos de la iglesia, en los momentos de adoración y en la oración privada: ¿Qué propósito tiene el hablar en lenguas en conexión con el bautismo en el Espíritu Santo?, ¿Debería un pastor animar a las personas a recibir el bautismo en el Espíritu durante los cultos públicos?, ¿Debería un pastor fomentar el uso de las lenguas junto con su interpretación en los cultos públicos?, ¿Debería el director de la adoración, o el pastor, guiar a la congregación para que cante en lenguas?, ¿Debería un pastor animar a las personas para que oren en lenguas en privado? Cuando escudriñamos las Escrituras, observamos lo que dicen sus escritores acerca de estas cuestiones.

En el movimiento pentecostal se entendió desde muy temprano que las lenguas como evidencia que aparecen en Hechos 2:4 y el don de lenguas del que se habla en 1 Corintios 12:4–10, 28 son iguales en cuanto a su esencia, aunque distintos en su propósito y su uso. La mayor parte de la información acerca de esto fue escrita por Lucas en Hechos y Pablo en 1 Corintios. Por consiguiente, es importante comparar lo que ambos dicen. Cuando hacemos esta comparación, encontramos similitudes, y también diferencias entre los aspectos que resalta cada uno de ellos. A través del estudio de esta situación, podremos descubrir la naturaleza y la razón de ser de las lenguas, y las directrices bíblicas generales sobre lo que debemos hacer.

 

NATURALEZA DE LAS LENGUAS.

En el libro de los Hechos hay una conexión directa entre las lenguas y el bautismo en el Espíritu Santo. Debido a esta conexión, la naturaleza de las lenguas es la adecuada para el bautismo en el Espíritu como entrega de poder para testificar. Lucas menciona las lenguas de manera explícita en tres casos que recoge en el libro de los Hechos: en Jerusalén, en el día de Pentecostés (Hechos 2:4); en Cesarea, en la casa de Cornelio (10:46), y en algún lugar de Éfeso (19:6). Estos tres casos son sumamente instructivos a fin de descubrir la naturaleza y los propósitos que tienen las lenguas en los escritos de Lucas.

En primer lugar, con respecto al día de Pentecostés, vemos que los discípulos recibieron la plenitud del Espíritu Santo y hablaron en lenguas (Hechos 2:1–4). Con la excepción de Marcos 16:17, esta es la primera vez que se mencionan las lenguas en el Nuevo Testamento. Lucas escribe: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hechos 2:4–11).

¿Cuál fue la naturaleza de las lenguas en el día de Pentecostés? Aprendemos de Pedro que esas lenguas fueron una forma de profecía (Hechos 2:16–18). El derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés se produjo como cumplimiento de Joel 2:28, 29. En el Antiguo Testamento se entendía la profecía como la entrega de un mensaje de Dios al pueblo, y también como la entrega de un mensaje del pueblo a Dios en forma de alabanza. Por tanto, podemos esperar unas formas similares de comunicación en el día de Pentecostés. Además, si tenemos en cuenta lo que dice Jesús en Hechos 1:8, podemos esperar que el poder del Espíritu nos capacite para ser testigos proféticos. Hechos 2:11 se halla en clara armonía con las enseñanzas, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo.

La mayoría de los eruditos sostienen que, en el día de Pentecostés, las lenguas tomaron milagrosamente la forma de los dialectos e idiomas de las personas que estaban presentes. No obstante, hay quienes sostienen que, en realidad, lo que se produjo fue un milagro de audición. Los discípulos pronunciaban unas palabras desconocidas para ellos, y ellos los escuchaban hablar en sus propios idiomas. Aunque este punto de vista sea gramaticalmente posible, lo que destaca este pasaje es el milagro de hablar en otras lenguas, desconocidas para los que las hablaban, pero conocidas para los que las escuchaban.

Puesto que el término glossais es amplio y flexible, no tenemos necesidad de afirmar que en Cesarea (Hechos 10:46) y en Éfeso (Hechos 19:6) las lenguas tomaran la forma de los mismos dialectos (dialektoi) que se hablaron en el día de Pentecostés. Tampoco tenemos que llegar a la conclusión de que los discípulos hablaron lenguas humanas que no comprendían las personas presentes. Aunque la forma de las lenguas puede haber sido diferente, sí podemos decir que, en esencia, son las mismas. La esencia es que el Espíritu inspiró a los que hablaban en lenguas; ellos ni habían aprendido ni habían comprendido lo que decían; en cambio, Dios sí lo comprendió.

Cuando Pedro les predicó a los gentiles que se hallaban en la casa de Cornelio, el Espíritu de Dios cayó sobre ellos. La gente estaba asombrada porque ellos habían recibido el don del Espíritu Santo. En este momento, como en el día de Pentecostés, tengamos en cuenta la naturaleza de las lenguas. Lucas escribe en Hechos 10:44–48: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días”.

Muchos eruditos sostienen que en Cesarea, los gentiles hablaron lenguas humanas, tal como lo habían hecho los discípulos en el día de Pentecostés. La única diferencia es que no había nadie presente para identificar los idiomas en los que estaban hablando. En cambio, Robert P. Menzies sostiene en su libro Pentecost: This Story Is Our Story (“Pentecostés: Esta historia es nuestra historia”) que los gentiles no hablaron en lenguas humanas, sino con unas expresiones ininteligibles (Robert P. Menzies, Pentecost: This Story Is Our Story (Springfield: Gospel Publishing House, 2013), p. 70).

Lucas no lo aclara, pero al no existir evidencias a favor de lo contrario, da la impresión de que aquello que dijeron, no era inteligible para los humanos. En otras palabras, hablaron en una forma de lengua inspirada por el Espíritu con “un propósito especial”. En todo caso, estas lenguas eran desconocidas, tanto para los que las hablaban, como para los que las escuchaban.

Se trataba del mismo don recibido en el día de Pentecostés (Hechos 11:17). Dios les estaba dando el Espíritu Santo. Hablar en lenguas es la evidencia de que se ha recibido el don del Espíritu. Es evidente que Pedro creyó que las lenguas habladas en Cesarea eran evidencia suficiente. En el día de Pentecostés, los discípulos hablaron en lenguas que ellos no habían aprendido, pero que la gente presente sí comprendía. En la casa de Cornelio, es probable que hablaran en unas lenguas con un propósito especial. Estas lenguas eran desconocidas, tanto para los que las hablaban, como para los que las escuchaban. A pesar de la diferencia lingüística, Pedro dijo que los gentiles habían recibido el mismo don, refiriéndose al Espíritu Santo.

Hablar en lenguas es una forma de exaltar a Dios. Sin duda, los gentiles exaltaron a Dios con esas lenguas desconocidas, pero también lo exaltaron en su propia lengua. Este derramamiento del Espíritu Santo provocó una abundancia de alabanzas. Como hemos observado ya, a partir de lo que dijo Pedro en Hechos 2:16–18, podemos considerar que se trataba de unas lenguas proféticas.

En Hechos 19:1–6 vemos a Pablo en acción en la ciudad de Éfeso. Pablo comprendía lo importante que es recibir la plenitud del Espíritu de la manera que se describe en el libro de los Hechos: “Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hechos 19:1–6).

Pablo observó que la experiencia de los discípulos con respecto al Espíritu era deficiente. En el versículo 2 les hizo una pregunta con respecto a su experiencia. Los discípulos no le pudieron dar una respuesta afirmativa, de manera que Pablo oró por ellos. Cuando él oró por ellos (v. 6), comenzaron a hablar en lenguas y a profetizar. Como hiciera notar anteriormente, en el libro de los Hechos, las lenguas son una forma de profecía. No obstante, sin duda estos discípulos profetizaron también en su propia lengua.

Como en Cesarea, los discípulos dejaron oír sonidos o palabras que eran evidentemente inteligibles para ellos, o para la otra gente que estuviera presente. Obviamente, hablaron en lenguas humanas que ellos no habían aprendido, y que sus oyentes no conocían. En lo que respecta a la expresión “hablar en lenguas”, se pueden incluir todas las formas de lenguas o idiomas desconocidas para el que las habla, pero inspiradas por el Espíritu con un “propósito especial”.

 

¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE HABLAR EN LENGUAS?

¿Cuáles son las razones por las que se habló en lenguas en Jerusalén, Cesarea y Éfeso? Estas tres circunstancias se hallan relacionadas con el bautismo en el Espíritu Santo. Los propósitos de hablar en lenguas son reflejo del propósito del bautismo en el Espíritu. Jesús lo destacó como una investidura de poder para testificar (Hechos 1:8).

Hablar en lenguas era una forma de comunicarse con Dios y de exaltarlo. A diferencia de Pablo, Lucas no menciona el que se orara, cantara o bendijera en lenguas de manera continua. Sin embargo, está claro que, en las tres ocasiones mencionadas anteriormente, los discípulos se estaban comunicando con Dios por medio de esas lenguas. En el día de Pentecostés, también se comunicaron con el pueblo. Nos podemos comunicar en nuestro propio idioma, pero hablar en lenguas nos proporciona otra forma de comunicarnos que es muy edificante para el alma humana.

Otro de los propósitos de las lenguas es dar testimonio. Lucas hizo resaltar esto en su informe sobre lo sucedido en el día de Pentecostés. Hay eruditos que sostienen que en Hechos 2:11, los discípulos estaban alabando a Dios por sus poderosas obras. Otros hacen resaltar que los discípulos estaban proclamando ante el pueblo las poderosas obras de Dios. Es posible que hayan hecho ambas cosas. Cualquiera que fuera el caso, el resultado final fue que presentaron un poderoso testimonio ante el pueblo. En el día de Pentecostés, más de tres mil personas recibieron la Palabra y entraron a formar parte de la Iglesia (Hechos 2:41).

En Cesarea y Éfeso, los discípulos hablaron en lenguas, pero las personas presentes no los comprendieron. Por tanto, las lenguas no constituyeron un testimonio directo en el sentido de ser una presentación del Evangelio. No obstante, el bautismo en el Espíritu Santo fue un testimonio por medio de su experiencia. Además, los discípulos recibieron poder para testificar a los demás en un lenguaje entendido por todos. Los discípulos dieron testimonio en Cesarea al exaltar a Dios, y en Éfeso al profetizar. A diferencia de Pablo, Lucas no escribe sobre las lenguas con interpretación.

Hablar en lenguas era señal de que los discípulos habían recibido el don del Espíritu Santo. En el día de Pentecostés, la multitud se sintió confundida (Hechos 2:6). En cambio, los discípulos no tenían duda alguna de que había descendido el Espíritu sobre ellos (Hechos 2:16). El Espíritu, tal como les aclaró Pedro, descendió sobre ellos en cumplimiento de lo escrito en Joel 2:28–32. Dado el papel desempeñado por el Espíritu en el Antiguo Testamento, y las profecías relacionadas con Él, en el día de Pentecostés, los discípulos comprendieron lo importante que era la plenitud que habían recibido.

El propósito de las lenguas como señal se hizo más evidente aún en Cesarea. Puesto que Pedro estaba abriendo nuevos horizontes al llevarles el Evangelio a los gentiles, la Iglesia necesitaba una fuerte evidencia de que todos los dones de Dios estaban al alcance de todos los seres humanos. En Hechos 10:47, Pedro declara: “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”

EL famoso erudito pentecostal Stanley M. Horton afirma: “La evidencia que los convenció fue que los oyeron hablar en lenguas, y glorificar a Dios” (Stanley M. Horton, What the Bible Says About the Holy Spirit, (Springfield: Gospel Publishing House, 1976; en español, “El Espíritu Santo revelado en la Biblia”, Vida, 1993, p. 156).

A partir de esto, podemos llegar a la conclusión de que todo aquel que habla en lenguas genuinas y exalta a Dios, ha recibido el bautismo en el Espíritu Santo. Cuando Pablo oró por los discípulos de Éfeso, estos “hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hechos 19:6). De nuevo, el libro de los Hechos presenta las lenguas como una forma de profecía. De aquí que dé la impresión de que los discípulos estaban profetizando, tanto al hablar en lenguas, como al hablar en su propio idioma. Hasta donde sabemos, esas lenguas eran ininteligibles, tanto para los que las hablaban, como para los que las escuchaban. No obstante, eran señal de la presencia del Espíritu.

El bautismo en el Espíritu Santo era testimonio de que Dios había aceptado a los gentiles de Cesarea. Este testimonio era esencial para echar abajo la barrera que mantenía alejados a los gentiles. Tal vez nos preguntemos por qué habría de escoger Dios algo tan frágil como las lenguas para atestiguar sobre cuál era su posición, pero Dios usa lo que Él decide usar.

En Éfeso se destaca la seguridad de la presencia del Espíritu. Vemos aquí a Pablo en acción dentro de un escenario distinto a la iglesia local a la que se había dirigido en Corinto. Cuando observó que los discípulos de Éfeso eran deficientes en su experiencia, les hizo una pregunta que tenía que ver con su experiencia: ¿Podían dar testimonio de haber recibido el Espíritu cuando habían creído (o después)? Cuando ellos hablaron en lenguas y profetizaron, esta evidencia les dio a estos discípulos la seguridad de que su experiencia personal con Dios era válida.

 

CONCLUSIÓN:

En el libro de los Hechos, Lucas presenta la esencia de las lenguas como expresiones inspiradas por el Espíritu que son desconocidas para el que las manifiesta. En el día de Pentecostés, los discípulos hablaron en unas lenguas que ellos no conocían, pero que la gente que los escuchaba sí comprendía. En Cesarea y Éfeso, es posible que ni los discípulos, ni las otras personas que estaban presentes, comprendieran las palabras dichas en lenguas. Es probable que hablaran con un lenguaje que tenía un propósito especial.

Entre los propósitos y los usos de las lenguas en el libro de los Hechos se incluyen la comunicación con Dios; el testimonio ante las personas presentes; la facilitación de una señal para que los discípulos supieran que habían recibido al Espíritu Santo; el testimonio a favor del ministerio de los discípulos, y la seguridad de la presencia y el poder de Dios. En lo que se insiste es en el Espíritu Santo como el don, y no en los dones espirituales que distribuye el Espíritu.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Robert P. Menzies, Pentecost: This Story Is Our Story (Springfield: Gospel Publishing House, 2013), p. 70.
  • Stanley M. Horton, What the Bible Says About the Holy Spirit, (Springfield: Gospel Publishing House, 1976; en español, “El Espíritu Santo revelado en la Biblia”, Vida, 1993), p. 156.

 

 

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Palabra.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de “palabra” como son la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia, el discernimiento de espíritus, la profecía, el don de hablar en lenguas, e interpretación de lenguas han estado entre esas manifestaciones.

I.- PALABRA DE SABIDURÍA Y PALABRA DE CIENCIA.

1 Corintios 12:8, nos habla de los dones de «palabra» conocidos como «palabra de sabiduría» (Sophia) y «palabra de ciencia» (gnosis). La palabra de sabiduría y la palabra de ciencia usualmente se definen en uno de dos sentidos básicos:

  1. En un sentido se definen como dones de instrucción y no son milagrosos por naturaleza. Estos son dones de habilidad natural, usados para hablar con perspicacia (sophia) en una situación particular, o con información (gnosis) obtenida por medio del estudio y de la experiencia. Por ejemplo, aquí se considera el ministerio de un maestro de Biblia a quien el Espíritu dotó y cuyas habilidades son consagradas al servicio de la iglesia.
  2. En otro sentido, estos dones son de naturaleza milagrosa y se basan en la revelación especial del Espíritu, aparte de los medios ordinarios. Son manifestaciones espontáneas del Espíritu Santo en un contexto de adoración. Las palabras de sabiduría (logos sophias) capacitan sobrenaturalmente a una persona para hablar con la clarividencia que Dios le da o con una perspectiva divina para resolver alguna situación en la iglesia. La palabra de ciencia (logos gnoseos) provee información factible, que no se ha adquirido por medios ordinarios, respecto a una situación o individuo en la iglesia. Este aspecto revelador de alguna manera se sobrepone al don de profecía. Incluso más, es posible que la palabra de sabiduría y la palabra de ciencia tengan la intención de operar en forma conjunta. El conocimiento solo envanece (1 Corintios 8:1), pero aplicado con sabiduría, edifica.

El único lugar en el que se mencionan estos dones es en 1 Corintios 12:8. El contexto escritural parece indicar que el Espíritu da estos dones de forma espontánea cuando la congregación se reúne para una adoración corporativa. Esto no descarta una función instructiva, ni tampoco descarta la clarividencia milagrosa impartida o la información que se usa para tratar asuntos previamente irresolubles u ocultos. La instrucción de 1 Corintios 12 indica que los dones de palabra son, con mayor probabilidad, dones sobrenaturales de clarividencia y de información para el bien común del pueblo de Dios en adoración. La naturaleza de estos dones es a veces instructiva, a veces reveladora, o ambas, la manifestación del Espíritu en estos dones tiene que ver con la enseñanza de las Escrituras. Estos dones de palabra tienen beneficios específicos en el contexto del ministerio:

  • La palabra de sabiduría con frecuencia provee una guía para la aplicación de los otros dones, tales como profecía y ciencia.
  • Las palabras de sabiduría y de ciencia guían al ministro para saber cómo orar por una persona.
  • Cuando una persona o un grupo confronta situaciones difíciles, estos dones ayudan al ministro a estimular y a fortalecer la fe a medida que él (o ella) usa la perspicacia de origen divino para hablar acerca de las necesidades específicas.4
  • En el ministerio de oración con frecuencia Dios usa una palabra de ciencia o de sabiduría para provocar arrepentimiento. Estos asuntos se tratan mejor de una forma quieta en el altar o en recintos privados, el llamamiento público por un supuesto pecado individual no sigue la enseñanza bíblica de primero aproximarse en privado a un hermano o hermana. No obstante, cuando las personas reciben una palabra de parte del ministro que no tenían manera de saber por medios ordinarios, muchos, súbitamente, se sienten quebrantados y humillados delante de Dios, sus espíritus se abren para recibir perdón, sanidad y renovación de parte del Señor.

Estos 2 maravillosos dones espirituales operan en dos distintos ambientes: en lo corporativo y en privado. El ambiente sirve para determinar el mayor propósito de los dones. Pero en ambos ambientes, corporativo y privado, las manifestaciones del Espíritu siempre tienen como fin la edificación. Cuando el Espíritu nos usa en el ejercicio de estos dones de palabra, la información puede venir en diferentes maneras:

  • A través de una visión o sueño (a veces visible solamente en nuestro espíritu).
  • Al oír la voz de Dios (repito, a veces solo en nuestro espíritu).
  • Al sentir lo que el otro está sintiendo (sea algo físico o espiritual).
  • Al sentir que el poder del Espíritu viene sobre nosotros como una señal de que Dios desea que ministremos a alguien que está presente.

Las palabras de sabiduría y de ciencia se deben estimular en un ambiente de adoración del grupo, especialmente si se puede consultar a una persona experimentada como una salvaguarda en contra del uso indiscreto de los dones espirituales. Cuando una palabra se da en público, edificará la fe y concordará con aquello que el Espíritu ya está haciendo en el servicio de adoración. Una palabra proveniente de Dios nunca destruirá, derribará ni dejará a la congregación preguntándose cómo eso concuerda con el ambiente establecido. Aunque una palabra se enfoque en el arrepentimiento, Dios no condena, Él llama. Además, debe tenerse en cuenta que, en la recepción de estos dones de palabra, se aplican los mismos principios que se aplican para recibir cualquiera de los dones del Espíritu.

  1. Dios distribuye soberanamente, de acuerdo a su voluntad, los dones del Espíritu (1 Corintios 12:11).
  2. Se nos exhorta a buscar y desear los dones espirituales (1 Corintios 12:31; 14:1) con una apropiada motivación, de modo que Dios se glorifique por medio nuestro y su iglesia se estimule.
  • Dios es el único que da dones. Pero Él puede cumplir esto mediante la imposición de manos de personas ungidas (1 Timoteo 4:14; 2 Timoteo 1:6).

Cuando nosotros sencillamente confiamos en Dios y nos dedicamos al ministerio, podemos recibir los dones que necesitamos para la tarea que hemos de realizar, aunque el don particular que recibamos sea temporal. Hay un misterio divino en lo que concierne a la persona que Dios elija para su ungimiento en un ministerio dado. El principio sencillo y más importante que debemos recordar al recibir los dones es, primeramente, una renuncia a todas las cosas que pertenecen al yo, así como una rendición en obediencia al Señor Jesucristo. Solo entonces Dios podrá hacer todo lo que desea a través de nosotros y palabras de sabiduría y de ciencia edificarán al rebaño con creciente fe y testimonio.

II.- PROFECÍA, DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS, DIVERSOS GÉNEROS DE LENGUAS E INTERPRETACIÓN DE LENGUAS.

1 Corintios 12:10 menciona 4 dones de palabra adicionales, los cuales son: profecía (propheteia), discernimiento de espíritus (diakriseis pneumaton), diversos géneros de lenguas (gene glosson), e interpretación de lenguas (hermeneia glosson). La mayoría de los eruditos pentecostales o carismáticos consideran que la revelación dada por medio de estos dones de palabra en la iglesia de hoy no se puede igualar en calidad con las Escrituras, por las siguientes razones:

(1) En el contexto inmediato, Pablo exhorta a la iglesia de los corintios a que juzguen las profecías, aparentemente para ver su exactitud y autoridad (14:29), algo que él nunca hubiera dicho acerca de las Escrituras.

(2) El hablar en lenguas se describe como que el espíritu humano ora por impulso del Espíritu Santo, sin ninguna mención de “calidad autoritativa” como de las Escrituras (14:14).

(3) El propósito definido de los dones es de edificación, no para producir Escrituras (12:7; 14:3–5,12,19,31).

Analicemos brevemente cada uno de estos dones:

PROFECÍA.

El uso en el Nuevo Testamento de propheteia indica que la profecía era un acto espontáneo de palabra inspirada, a diferencia de un estudio preparado de las Escrituras, pero no inspirada en el mismo sentido que el canon. El contenido de las expresiones parece haber sido predictivo (Hechos 11:28; 21:10), en una forma que al mismo tiempo era de naturaleza exhortativa (1 Corintios 14:20–26; 1 Pedro 1:10–12). El ministerio profético era tan significativo en el Nuevo Testamento, que los que fueron asignados por el Señor como profetas (Efesios 4:11) se mencionan después de los apóstoles. La profecía predice acontecimientos en el futuro (Hechos 11:28; 21:10,11) y manifiesta los secretos del corazón (1 Corintios 14:20–26), con el fin de dar exhortación colectiva o personal.

DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS.

El discernimiento de espíritus (diakriseis pneumaton) está estrechamente relacionado con los dones proféticos y se refiere a la habilidad divinamente impartida de determinar las expresiones proféticas que son de Dios y las que no lo son (1 Tesalonicenses 5:19–22). Esto no necesariamente refleja los motivos del profeta, aunque los falsos profetas asaltan con dudas a los hermanos en la iglesia y deben ser identificados. Más bien, la necesidad de discernimiento muchas veces simplemente refleja la percepción falible del profeta. A veces, a pesar de los mejores esfuerzos del profeta, el mensaje puede ser mal percibido. Muy claramente implicado en este don está el elemento subjetivo en el don profético. Las profecías no necesitan ser recibidas sin sentido crítico, como absolutas o vinculantes para el creyente. Se las debe “escudriñar” (Hechos 17:11).

DIVERSOS GÉNEROS DE LENGUAS.

La más clara declaración definitiva acerca de las lenguas (gene glosson) está en 1 Corintios 14:14: “Porque si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto.” Según este versículo, “lenguas” constituye una clase de oración en que el espíritu humano ora en una forma que transciende la capacidad de razón humana. Es una comunicación de espíritu a Espíritu. El contexto amplifica el contenido de las lenguas para que incluya: oración, cantos, alabanza, y acción de gracias (vv. 15–17). La evidencia del libro de Hechos confirma la naturaleza básica de las lenguas como alabanza y declaración de las maravillas de Dios (véase, Hechos 2:11; 10:46; 19:6). Muchas veces se usa 1 Corintios 14:2 en esta discusión para argumentar que las lenguas son exclusivamente una expresión del hombre a Dios: “Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios.” Este versículo refuerza el contenido del hablar en lenguas como expresión del espíritu humano a Dios; sin embargo, no necesariamente excluye la verdad de que los mensajes en lenguas pueden ser comunicación de Dios al hombre. La declaración “de persona a Dios” de 14:2 puede ser debido a que no hay interpretación de lo que se trata en el contexto (14:1–17). Si alguien habla en lenguas en un culto de adoración y no hay interpretación, entonces la persona habrá hablado solamente a Dios, debido a que en ese punto la congregación no puede comprender lo que se ha dicho.

INTERPRETACIÓN DE LENGUAS.

La interpretación de lenguas se refiere a la traducción (hermeneuo) de lo que se ha hablado en lengua desconocida. Esta traducción expone el contenido del mensaje en un idioma que la congregación entiende, de modo que todos puedan ser edificados. Si el mensaje no tiene sentido para los oyentes, entonces no puede haber edificación (1 Corintios 14:1–19). Con respecto a las lenguas en la adoración, casi siempre consideramos que el contenido de las interpretaciones es profético; las interpretaciones son virtualmente siempre de Dios al hombre. La enseñanza de 1 Corintios 14:1–5 indica que la profecía es equivalente a la interpretación de lenguas en términos de edificación. Hay amplia evidencia en 1 Corintios y los Hechos para sugerir que el contenido de las lenguas puede también ser expresión del espíritu humano a Dios. Por consiguiente, por lo menos algunas veces, el contenido de la interpretación será una expresión a Dios en la forma de una oración, una alabanza, una acción de gracias, o una canción.

El propósito de estos, y de los demás dones de palabra es la edificación de la iglesia. Ellos edifican, específicamente mediante el contenido de lo que se habla. Las profecías pueden ser expresadas a grupos o individuos en la forma de exhortaciones o predicciones. El grupo o el individuo debe orar por el don profético compañero de discernimiento, con el fin de evaluar lo que se ha dicho. Los supuestos profetas a veces han abusado del don, especialmente en el ministerio a individuos. La constante aplicación del criterio bíblico para la profecía será una ayuda en mantener equilibrio en la iglesia cuando se manifiesta este don. Cuando una persona es legítimamente dotada con este ministerio, es una fuente poderosa de estímulo y nunca se debe menospreciar (1 Tesalonicenses 5:19–22); pero la profecía tiene que ser examinada y pastoreada. Además, debe tenerse en cuenta que la profecía dada por el Espíritu Santo edifica, nunca derriba. Bendice al pueblo de Dios. Confirma y renueva, pero nunca produce ansiedad o temor. Nunca usurpa la autoridad del pastor concedida por Dios. Además, este don revela los secretos del corazón de los inconversos y los lleva al arrepentimiento y a la adoración (1 Corintios 14:20–25). Finalmente, la profecía que está de acuerdo con la Palabra reflejará los principios del amor expresados en 1 Corintios 13:1–7.

Las lenguas y la interpretación que se manifiestan en conjunto edifican a la iglesia, así como las profecías. Las lenguas solas no pueden producir esto en un culto de adoración, debido al factor de comprensión, aunque las lenguas sin interpretación sí edifican al que las habla (1 Corintios 14:1–5,18,19). Las lenguas que son interpretadas edifican a la iglesia por medio de oración, alabanza, acción de gracias, canto, y declaración de las maravillas de Dios, por tanto, fungen en relación complementaria con el don profético. Ninguno de los dones expresados aisladamente puede cumplir tanto como todos ellos en conjunto. El Espíritu otorga los dones según su voluntad con el fin de edificarnos, renovarnos, y guiarnos a toda verdad mientras Jesucristo va edificando su reino por medio de nosotros.

LA RESPONSABILIDAD DEL CREYENTE ANTE LOS DONES DE PALABRA.

A diferencia de las manifestaciones satánicas en que el instrumento humano está completamente sujeto al poder de Satanás (Marcos 5:1-20; 9:17-27), el creyente del Espíritu no es un desvalido autómata. Pablo escribió que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). Aunque el Espíritu Santo nunca se equivoca, el creyente, a través de quien el Espíritu quiere obrar, es humano y por consiguiente susceptible de malinterpretar la intención del Espíritu. Por lo tanto, en la iglesia de Corinto había abusos de los dones de palabra, que, en vez de enriquecer a un grupo de creyentes, realmente resultó en burla (1 Corintios 14:23). Para ayudar a los creyentes a colaborar con el Espíritu Santo en los dones de la palabra, la Biblia da pautas que subrayan la responsabilidad de quien habla y de quien oye estas manifestaciones.

RESPONSABILIDADES DEL HABLANTE.

  • Como en toda experiencia espiritual la fe es un ingrediente indispensable en los dones de la palabra. Pablo escribió: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6). Las dudas y los temores pueden ser un impedimento para que el creyente se rinda al Espíritu Santo. Cuando se sabe que el Espíritu quiere manifestar su presencia, el creyente en fe debe prestar atención a la instrucción de Pablo: “No apaguéis al Espíritu” (1 Tesalonicenses 5:19). Los creyentes deben tener fe en que el Espíritu Santo tal vez quiere manifestarse a través de ellos y deben en todo momento ser sensibles a su dirección.
  • Una segunda pauta para quien habla es: “Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Cuando un creyente recibe una impresión de que el Espíritu Santo quiere manifestarse a través de él, no es necesariamente el momento de articular la palabra. El Espíritu Santo espera que el creyente use su discreción a fin de esperar el momento adecuado para comunicar el mensaje. Una actitud cordial y buenos modales, es decir, el fruto del Espíritu, son importantes para saber cuándo hablar. Si más de una persona siente que el Espíritu la impele a hablar, uno debe esperar cortésmente al otro. Pablo escribió: “Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno [alguien] interprete” (1 Corintios 14:27). Es difícil imaginar que el apacible Espíritu Santo interrumpiría la predicación de la Palabra o el llamado al altar. Es el Espíritu Santo quien unge al siervo del Señor para que predique y pida una respuesta de los oyentes. El creyente lleno del Espíritu honrará esta unción y esperará el momento propicio para comunicar la palabra.
  • Una tercera pauta en los dones de la palabra es la edificación de la iglesia. Pablo escribió en el contexto de los dones espirituales: “Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26). Más adelante señala que la persona que profetiza es mayor que la persona que habla en lenguas, a no ser que interprete. La razón es “que la iglesia reciba edificación” (1 Corintios 14:5). Edificar es construir espiritualmente, promover el crecimiento espiritual. Los dones de la palabra nunca deben interrumpir un servicio ni destruir lo que el Espíritu quiere obrar. Las descripciones bíblicas de los dones de la palabra pueden ayudar el potencial mensajero a reconocer si él armoniza con el Espíritu o si está obrando con presuntuosidad. La profecía, conforme escribió Pablo, es “para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:3). Las lenguas con interpretación es hablar “con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina” (1 Corintios 14:6). Así es como los dones de la palabra añaden significado al propósito de la reunión de los creyentes. Deben enriquecerse y mejorar en vez de restar valor a la ocasión de la reunión.
  • Una cuarta responsabilidad del comunicador es interpretar o callar. Pablo escribió: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:13). Hablar en lenguas en la congregación debe ser acompañado de interpretación. Aunque el Espíritu Santo puede dar la interpretación a través de otra persona, no el que habla en lenguas (1 Corintios 14:27), es claro que quien habla tiene una especial responsabilidad de ser receptivo a la dirección del Espíritu. Así como se requiere de fe para rendirse al Espíritu y hablar en lenguas, también se requiere de fe para la interpretación. En 1 Corintios 14:5, Pablo dice que la persona que profetiza es mayor (es decir, presta mayor servicio) que quien habla en lenguas, a no ser que interprete. Nuevamente es obvio que la persona que habla en lenguas tiene la responsabilidad de rendirse al Espíritu Santo para la interpretación, si esta fuera la intención del Espíritu.

LA RESPONSABILIDAD DEL OYENTE.

La responsabilidad en relación con los dones de la palabra no sólo descansa en quien habla, sino también en quien oye. Y una principal responsabilidad tiene que ver con la actitud del oyente. Pablo escribió: “No menospreciéis la profecía” (1 Tesalonicenses 5:20). El oyente no debe menospreciar los dones de la palabra o tomarlos a la ligera. Sin embargo, dos factores pueden llevar a que se considere con desdén los dones de la palabra. Hay algunos que no están conscientes de la clara enseñanza en las Escrituras respecto a las manifestaciones del Espíritu, arbitrariamente podrían rechazarlo por ignorancia. Por otra parte, los abusos en las enseñanzas de las Escrituras pueden resultar en escepticismo. Pablo se refirió a una situación en que la gente podría haber considerado locura el don de la palabra (1 Corintios 14:23). La falta de enseñanza es la razón de la existencia de ambos factores. Los creyentes no deben rechazar lo auténtico por causa de lo falso. Deben entender que, por causa del factor humano, puede haber fanatismo. Dios reconoció la posibilidad de abuso y por eso en 1 Corintios 12—14 proveyó la enseñanza concentrada acerca de los dones espirituales. Los creyentes sinceros entenderán que esta enseñanza no tiene como fin prevenir o desanimar a los creyentes de responder al Espíritu, sino que la manifestación de Dios sea todo lo que Él quiere. Ellos reconocerán que debido a que la iglesia tiene tal necesidad de lo sobrenatural, Dios ha provisto abundante instrucción para hacerlo posible en un ambiente con las actitudes adecuadas. Ahora bien, aunque los creyentes no deben apagar el Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19 ni menospreciar la profecía (versículo 20), tampoco deben ser crédulos. En el mismo contexto donde encarece la aceptación de lo sobrenatural, Pablo escribe: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Se pueden desarrollar dos extremos. Uno es rechazar todo como falsedad; el otro, aceptar todo como la voz de Dios. El creyente tiene la responsabilidad de determinar lo que es realmente inspirado por el Espíritu. Es posible que el mensajero en alguna oportunidad use una expresión como: “Yo, el Señor, digo…” Aun así, se debe aplicar la enseñanza de las Escrituras. El oyente debe probar lo que se dice. Pablo explica claramente que los oyentes deben juzgar o evaluar lo que se dice (1 Corintios 14:29,30). No obstante, esta evaluación debe hacerse sobre un buen fundamento. Algunos comparan la extensión de una interpretación con la extensión del mensaje en lenguas, y esto puede ser un fundamento defectuoso. Se debe notar que esta manifestación del Espíritu es interpretación, no traducción. La palabra griega que se traduce como interpretar significa explicar y también se traduce como exponer. Es la palabra que se usa respecto al ministerio de Jesús en el camino a Emaús, donde Él expuso las Escrituras a los dos discípulos (Lucas 24:27). En Daniel 5:25-28 encontramos un ejemplo de interpretación. Las palabras que Belsasar vio sobrenaturalmente escritas en la pared eran “Mene, mene, tekel, uparsin.” La traducción exacta habría sido “numeración, numeración, pesado, división”. Pero Daniel comunicó la interpretación, no la traducción. Las 35 palabras que usó para interpretar las cuatro palabras escritas fueron: “MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas.” Por lo tanto, comparar la extensión de una interpretación con la extensión de las lenguas no es un fundamento válido para evaluar una interpretación. Sin embargo, hay pruebas bíblicas que se pueden aplicar para evaluar los dones de la palabra:

  • Primero, “nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús” (1 Corintios 12:3). Cuando el Espíritu Santo se manifiesta en los dones de la palabra, nunca habrá declaraciones que presenten a Jesús de una manera adversa. Respecto al ministerio del Espíritu, Jesús dijo: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:14). El Espíritu Santo siempre exalta a Jesús. En los primeros años de la iglesia, como hoy, había falsos profetas. El apóstol Juan advirtió a los creyentes y les dijo como podían distinguir la verdad de la falsedad: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).
  • Otra prueba para evaluar los dones de la palabra es la Palabra de Dios. Toda la Escritura es inspiración del Espíritu Santo (2 Timoteo 3:16) y el Espíritu no contradice con los dones de la palabra lo que inspiró de manera escrita. Desde el principio Dios advirtió que vendrían algunos diciendo que son enviados de Él (Jeremías 23:21). Profetizarían falsedad en nombre de Dios (14:14). Profetizarían de lo que hay en el corazón de ellos y no lo que el Espíritu les inspirara (23:16; Ezequiel 13:2,3). Irían al extremo de decir: “Él [Dios] dice”, para expresar sus propios pensamientos (Jeremías 23:31). Además de estos, puede haber sinceros creyentes que, con buena intención, hablen erróneamente porque no han aprendido a distinguir entre la dirección del Espíritu y la opinión personal. Los dones de la palabra divinamente inspirados pueden soportar el escrutinio de las Escrituras, y las palabras que no son manifestaciones del Espíritu Santo necesitan la prueba de la Palabra de Dios. Quienes menosprecian los dones de la palabra necesitan recordar que hay falsificaciones de casi todo lo auténtico. Los oyentes tienen la responsabilidad de aplicar en amor la prueba de las Escrituras.
  • Una tercera prueba de los dones del Espíritu tiene relación con la Palabra que se proclama. Después del ascenso de Jesús, los discípulos, “saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Marcos 16:20). Cuando se proclama la Palabra de Dios se espera que haya confirmación de la Palabra. Los dones de la palabra normalmente armonizarán con la unción que Dios ha dado a sus siervos para proclamarla.

Donde hay vida, puede haber problemas, y esto también se aplica a la vida espiritual. La solución no es desechar los dones de la palabra, ni apagar el Espíritu. La solución es eliminar la falta de comprensión (1 Corintios 12:1) mediante un cuidadoso y completo estudio de la Palabra de Dios. El resultado debe ser la ferviente oración que los creyentes se rindan de tal manera al Espíritu Santo que éste se manifieste a través de ellos. La iglesia enfrenta un perverso enemigo, pero la provisión sobrenatural de Dios para la victoria, incluidos los dones de la palabra, es más que suficiente. Las poderosas palabras de Zacarías son tan poderosas hoy como lo fueron en su tiempo: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).

CONCLUSIÓN.

Los dones de palabra no son talentos naturales, sino carismas de naturaleza sobrenatural otorgados por el Señor. No obstante, ejercer alguno de los dones de palabra tampoco significa convertirse en autómata. La persona que ejerce un don de palabra no es sólo una secretaria, o un vaso vacío, que da el mensaje palabra por palabra, como si éste hubiera sido dictado. Dios se vale completamente del vaso: su mente, sus pensamientos, sus antecedentes, y la situación actual. El vaso en sí es parte de ese mensaje, por lo tanto, su vida y forma de expresar el don son partes vitales de cómo edificar a los demás. La clave es la sensibilidad al Espíritu y unos a los otros, y saber ejercer el don en el momento apropiado. Los dones son herramientas del ministerio. Mediante el fruto del Espíritu manifestamos eficazmente esas herramientas. Lo que necesitamos los creyentes pentecostales no es principalmente orar por dones. Los dones están aquí. Nuestra necesidad es buscar a Dios y acercarnos a Él con fe viviente para que los dones que están inactivos, suficientes para revolucionar al mundo, puedan ser ejercidos.

Los dones de palabra pueden y deben ser ejercidos en ambientes tanto privados como públicos, siempre tomando en cuenta la decencia y el orden, así como la sujeción a la Palabra y a las autoridades delegadas. Animemos a las personas en el uso de esos dones, y pastoreemos a las personas que los tienen con el tacto de un buen pastor. Las palabras de sabiduría y de ciencia, el don de lenguas e interpretación, la profecía y el discernimiento de espíritus edificarán a la congregación con una fe y un testimonio cada vez mayores.

 

 

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: El Bautismo en el Espíritu Santo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La tercera doctrina cardinal del pentecostalismo clásico es el bautismo en el Espíritu Santo. ¡Cristo bautiza con su Santo Espíritu a su pueblo! La experiencia que conocemos con el nombre de bautismo en el Espíritu Santo es también conocida por varios diferentes términos incluyendo el bautismo, la llenura, y el Espíritu cayendo o viniendo sobre una persona. Es evidente que el hablar en lenguas era una experiencia común en el primer siglo. Después del periodo apostólico, sin embargo, este fenómeno parece haber disminuido, u ocurrido más frecuentemente solo entre algunos grupos ajenos a la iglesia oficial.  Agustín de Hipona sostenía que las lenguas cesaron después del primer siglo. Desde entonces, muchos han sostenido esta posición “cesacionista,” incluyendo algunos evangélicos conservadores y la mayoría de los dispensacionalistas. No obstante, hay numerosos ejemplos de esta experiencia a través de los siglos.   En los últimos 200 años, la frecuencia ha aumentado. Los irvingitas de Inglaterra del siglo XIX, el reavivamiento pentecostal al comienzo del siglo XX en los Estados Unidos, la aparición de denominaciones pentecostales, el avivamiento conocido como la Lluvia Tardía, el movimiento carismático, y el aumento actual de evangélicos que tienen posiciones cuasi-pentecostales (por ejemplo, los de la Tercera Ola), son grupos que afirman de alguna forma el bautismo en el Espíritu Santo y el hablar en lenguas.

La creencia común de los evangélicos no pentecostales es que el Espíritu Santo es dado en la justificación y que no hay un bautismo subsiguiente. Los carismáticos creen que el bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia subsiguiente a la salvación, pero que las lenguas, que normalmente acompañan el bautismo, no son necesariamente la evidencia inicial; cualquiera de los dones puede servir como evidencia. Además, sostienen que hablar en lenguas es primordialmente una lengua de oración y ellos no enfatizan el enfoque pentecostal del poder. Los nuevos grupos de Tercera Ola tienen apariencias pentecostales proclamando que poder adicional puede ser ganado para el ministerio y servicio, pero son intencionalmente vagos en decir si el bautismo en el Espíritu Santo es o no es una experiencia específica, además, minimizan el papel de las lenguas. Los pentecostales clásicos, en cambio, creemos que el bautismo en el Espíritu Santo es primordialmente una provisión de poder para servicio y que la inicial evidencia física es hablar en lenguas.

Los pentecostales clásicos creemos que las lenguas no son la única evidencia de una vida llena del Espíritu, pero siempre son la inicial, o primera, evidencia que uno ha sido bautizado en el Espíritu Santo como la entrada en una vida llena del Espíritu. Un propósito del bautismo en el Espíritu es para empoderar al creyente para testificar; entonces, el entusiasmo y valentía al testificar, la guía y capacitación divina en la presentación del evangelio, y las manifestaciones milagrosas del poder de Dios ante los no creyentes sirven como evidencias adicionales del bautismo en el Espíritu Santo, pero no como sustitutos de hablar en lenguas. La vida llena del Espíritu también debe demostrar un desarrollo progresivo hacia un carácter completo en la semejanza de Cristo. El fruto del Espíritu (Gálatas 5:22,23) debe estar desarrollándose en la vida de cada creyente.

Otros dones sobrenaturales del Espíritu (aparte de hablar en lenguas), aunque a veces parecen evidentes en las vidas de los creyentes que no han sido bautizados en el Espíritu, no dan en sí evidencias de haber sido bautizados en el Espíritu.  La manifestación de los dones sobrenaturales en la vida de un creyente que no ha sido bautizado en el Espíritu Santo es posible, pero el ser bautizado abrirá la puerta para manifestaciones más dinámicas y eficaces.

I.- ¿QUÉ ES EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo. Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.

(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.

(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

Aunque el término “bautismo en el Espíritu Santo” no aparece en las Escrituras, es una conveniente designación para la experiencia que anunció Juan el bautista, que Jesús “[bautizaría] en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús. Ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Para resumir: en la conversión, el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

Se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

  1. Bautizado en el Espíritu—1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento.
  2. El Espíritu viene, o desciende, sobre—1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22.
  3. El Espíritu derramado—2:17,18; 10:45
  4. El don que mi Padre prometió—1:4
  5. El don del Espíritu—2:38; 10:45; 11:17
  6. El don de Dios—8:20; 11:17; 15:8
  7. Recibir el Espíritu—8:15,17,19; 19:2
  8. Lleno con el Espíritu—2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6). Aunque el bautismo en el Espíritu es un don de la gracia de Dios, no debe llamarse “una segunda obra de gracia” o “una segunda bendición”. Tal expresión indica que un creyente no puede tener experiencia o experiencias de la gracia divina entre la conversión y el bautismo en el Espíritu Santo.

II.- HABLAR EN LENGUAS COMO EVIDENCIA INICIAL.

El pentecostalismo clásico sostiene que el hablar en lenguas es la evidencia física inicial del bautismo en el Espíritu Santo. El Día de Pentecostés (Hechos 2:1–21) ocurrieron tres dramáticos fenómenos: un viento recio, fuego, y las lenguas que se hablaron. El viento y el fuego, que en las Escrituras son símbolo del Espíritu Santo, antecedieron al derramamiento del Espíritu; pero el fenómeno de hablar en lenguas fue una parte integral de la experiencia de los discípulos en el bautismo en el Espíritu. El ímpetu de hablar en lenguas era el Espíritu Santo. El verbo griego apophthengomai al final del versículo 4 se repite en el versículo 14 como introducción del discurso de Pedro a la multitud. Es una palabra poco común y que rara vez se usa, y que se puede traducir como “emitir una palabra inspirada”. La frase verbal griega para hablar en lenguas (lalein glosáis) no aparece en literatura que no sea bíblica como un término técnico para describir la acción de hablar un idioma que no se conoce. Pero Lucas (Hechos 2:4; 10:46; 19:6) y Pablo (1 Corintios 12:30; 13:1; 14:5,6,18,23,39) la usan con esa connotación. La palabra griega glossa se refiere a la lengua cono el órgano del habla y, por extensión, el resultado del habla: el lenguaje. En Hechos 2, aunque los discípulos no conocían las lenguas que ellos mismos hablaron, hubo algunos que sí las entendieron. Eran lenguas humanas, identificables. Lucas dice que los discípulos hablaron en otras lenguas, es decir, lenguas que no eran las de ellos. Sin embargo, en las demás instancias de Hechos, donde se menciona que hablaron lenguas (10:46; 19:6), no hay indicación de que los presentes entendieron las lenguas o las identificaron. Los escritos de Pablo enseñan que las lenguas no siempre son humanas; también pueden ser espirituales, celestiales, o angélicas (1 Corintios 13:1; 14:2,14) como un medio de comunicación entre el creyente y Dios. Cabe mencionar dos detalles importantes:

(1) En el Día de Pentecostés, todos los que fueron llenos con el Espíritu hablaron en lenguas (Hechos 2:4).

(2) Pedro, al explicar a los presentes el significado de la experiencia de los creyentes, dijo que era el cumplimiento de Joel 2:28,29 (Hechos 2:16–21). Especialmente importante es que Pedro, en medio de la referencia que hizo de Joel, introdujo las palabras “profetizarán” (versículo 18), enfatizando la palabra profética como un rasgo clave del cumplimiento. El hablar en lenguas y la profecía suceden cuando el Espíritu Santo viene sobre una persona y la dirige a hablar. La diferencia básica es que la profecía es en el idioma de quien habla, en tanto que el hablar en lenguas es un idioma que quien habla desconoce. Pero el modo en que operan los dos dones es el mismo. Hablar en lenguas puede, por lo tanto, considerarse una forma especializada o diversa de profecía respecto a la manera en que opera.

LOS SAMARITANOS.

El caso de los samaritanos es también instructivo (Hechos 8:14–20). Los samaritanos habían sido testigos de las señales que Dios obró a través de Felipe, habían además respondido en fe al mensaje de Cristo, y se habían sometido al bautismo. Pero no habían recibido el bautismo en el Espíritu Santo (versículo 15). Pedro y Juan “les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (versículo 17). Simón el mago vio algo extraordinario en este don del Espíritu, e inmediatamente quiso tener la autoridad de también impartir el don. Ya había sido testigo de la expulsión de demonios y sanidades, pero esto era claramente algo diferente. Lucas simplemente dice que Simón “vio” o fue testigo de que se daba el Espíritu Santo; sucedió algo que él pudo observar. El consenso entre los eruditos bíblicos, muchos de los cuales no son pentecostales o carismáticos, es que los samaritanos tuvieron una experiencia glosolálica. Este relato se clasifica entre los dos principales en los capítulos 2 al 10, que sin ambigüedad asocia la glosolalia con el bautismo en el Espíritu. Por lo tanto, este suceso puede con toda razón identificarse como el “Pentecostés Samaritano”.

PABLO.

El caso de Saulo de Tarso, aunque diferente, también parece enseñarnos lo mismo (Hechos 9:17). Lucas no registra detalle alguno del bautismo de Pablo en el Espíritu Santo. Sin embargo, sí sabemos que Pablo hablaba en lenguas con frecuencia y como algo normal en su rutina diaria (1 Corintios 14:18). Parece legítimo y lógico inferir que la primera vez que habló en lenguas fue cuando Ananías le impuso las manos. Así como lo que sucedió en Samaria, esta experiencia se sitúa entre los dos sucesos que claramente dicen que todos hablaron en lenguas cuando fueron bautizados en el Espíritu.

CORNELIO.

En la casa de Cornelio en Cesarea ocurrió un suceso semejante al Pentecostés (Hechos 10:44–48). Se deben observar unos cuantos detalles importantes:

(1) Pedro claramente identifica la experiencia de la casa de Cornelio con la que tuvieron los discípulos en Pentecostés: “Dios, pues, les concedió el mismo don que a nosotros” (Hechos 11:17; véase también 15:8). Además, en ambos relatos aparecen términos comunes como “bautizado con [en] el Espíritu”, “derramado”, y “don”.

(2) La manifestación externa observable de la glosolalia convenció a los acompañantes judeocristianos de Pedro de que el Espíritu también había sido derramado sobre esos gentiles: “Porque los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios” (versículo 46).

(3) Posiblemente, la frase “magnificaban [megaluno] a Dios” es un comentario acerca del contenido de la glosolalia. Se debe notar la importancia de Hechos 2:11 porque identifica el contenido de la glosolalia en Pentecostés como un recital de “las maravillas [megaleia] de Dios”.

(4) Todos los que recibieron, también hablaron en lenguas (versículo 44). Este suceso y el de Pentecostés, que también indiscutiblemente y sin ambigüedad dice que todos hablaron en lenguas, conecta la glosolalia con el bautismo en el Espíritu Santo. Los dos relatos son un paréntesis de los capítulos 8 y 9 donde Lucas no presenta detalles de la experiencia en el Espíritu de los creyentes.

LOS DISCÍPULOS DE ÉFESO.

El episodio que relata la experiencia de los Discípulos en Éfeso nos testifica lo mismo (Hechos 19:1–7). Cuando el Espíritu Santo vino sobre estos discípulos, “hablaban en lenguas y profetizaban” (versículo 6). Una traducción del texto griego podría ser: “No sólo [te] hablaron en lenguas, sino que también [kai] profetizaron”.

El hablar en lenguas fue una parte integral del bautismo en el Espíritu en el Libro de los Hechos. Es la única manifestación asociada al bautismo en el Espíritu Santo que se presenta explícitamente como evidencia que prueba la autenticidad de la experiencia, y sobre esa base debe considerarse normativa. La doctrina Pentecostal de hablar en lengua como “evidencia física inicial” es un intento de condensar el pensamiento de que en el momento del bautismo en el Espíritu Santo el creyente hablará en lenguas. Comunica la idea de que la acción de hablar en lenguas es el acompañamiento inicial y empírico del bautismo en el Espíritu Santo. En ninguna parte en las Escrituras se indica que uno puede ser bautizado en el Espíritu sin hablar en lenguas. Primera de Corintios 12:30 a veces surge como argumento de que las lenguas no son un componente necesario del bautismo en el Espíritu, cuando Pablo pregunta retóricamente: ‘no todos hablan en lenguas, ¿verdad?” Pero el contexto amplio y el contexto inmediato relacionan la pregunta con el ejercicio del don en la adoración colectiva, como sugiere la pregunta a continuación: “no todos interpretan, ¿verdad?” Según 1 Corintios 12:8–10, sólo algunos creyentes son guiados por el Espíritu Santo para comunicar un mensaje en lenguas en la reunión del pueblo de Dios.

POSICIONES EXAGERADAS EN RELACIÓN CON EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO Y SU SIGNIFICADO EN LA VIDA DEL CREYENTE.

Algunos pentecostales han exagerado los beneficios o resultados del bautismo en el Espíritu Santo.   Proclaman que algunos elementos de la vida cristiana solamente son disponibles para el creyente después del mismo. Como creen que el hablar en lenguas es la evidencia física inicial necesaria para esta experiencia, sostienen que estos beneficios solamente pueden ocurrir después de que una persona haya sido bautizada en el Espíritu Santo y haya hablado en lenguas. En su forma más sencilla, entonces, las lenguas tienen que preceder los otros beneficios espirituales. Esta posición exagerada no puede ser apoyada exegética ni experimentalmente. Como resultado, la posición pentecostal es rechazada frecuentemente y la importancia y valor de hablar en lenguas se pierde.

Específicamente, algunos pentecostales han sostenido, hasta cierto punto, que el poder para el ministerio, dones, liderazgo espiritual, y santidad son experimentados solamente después del bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por la inicial evidencia física de hablar en lenguas. Sin embargo, evidencia convincente contra esta posición puede ser aducida tanto de la Biblia como de la experiencia. Una posición verdaderamente pentecostal evita el error de exagerar, pero todavía sostiene que algunas cosas importantes de la vida y ministerio de una persona siguen solamente después del bautismo en el Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en lenguas, y que estas bendiciones no pueden ser recibidas en ninguna otra manera. También reconoce que hay actividad espiritual significante en la vida de cada creyente aparte de la experiencia pentecostal.

Algunos pentecostales han hechos afirmaciones extravagantes para el bautismo en el Espíritu Santo.   Algunos han discutido que una persona tiene que hablar en lenguas para ser salva. Usando el aceite de las lámparas obtenido por las vírgenes sabias en preparación para el novio como un símbolo del Espíritu Santo (Mateo 25), afirman que una persona tiene que tener el Espíritu Santo para ser preparada o salva. Para quienes sostienen este punto de vista, puesto que el bautismo en el Espíritu Santo siempre es acompañado con el hablar en lenguas, uno tiene que hablar en lenguas para ser salvo. Esto es absurdo y puede ser descartado.

Otros, sin embargo, han hecho la misma cosa de una forma menor. Algunos afirman que el bautismo en el Espíritu Santo sigue a la santificación. Arraigado, en parte, en la tradición de la Santidad de Wesley, esta posición pertenece a dos grupos. Uno afirma que hay dos experiencias espirituales distintas en la vida del creyente: salvación y santificación, a veces llamado el bautismo en el Espíritu Santo. El otro grupo tiene tres experiencias: salvación, santificación, y el bautismo en el Espíritu Santo. Las dos formas de esta posición son insostenibles exegéticamente, y la experiencia en la vida del creyente la refuta. La santificación no es el resultado principal del bautismo en el Espíritu Santo.

Otros han afirmado que todo el poder y dones para el ministerio siguen al bautismo en el Espíritu Santo. Otra vez, esto no puede ser sostenido exegética o experimentalmente. Los que están en oposición a esta afirmación apuntan correctamente a las vidas y ministerios de grandes cristianos que no hablaban ni hablan en lenguas. Debido a estas afirmaciones exageradas para los efectos del bautismo en el Espíritu Santo, la posición pentecostal ha sido atacada. El argumento es: Si la evidencia para el bautismo en el Espíritu Santo es una vida sobrenaturalmente dotada y un ministerio significante, entonces Hudson Taylor, Chuck Swindoll, Charles Stanley, Billy Graham, y muchos otros tienen que haber sido bautizados en el Espíritu Santo, aunque no han hablado en lenguas. Todos han demostrado ministerios poderosos y efectivos.

Ante esto, es importante aclarar que los pentecostales no creemos que todo el poder y todos los dones ocurren solamente después del bautismo en el Espíritu Santo. Los no pentecostales ciertamente están capacitados espiritualmente para el ministerio. Pero bautismo en el Espíritu Santo otorga dramáticamente más poder para el ministerio, especialmente en lo sobrenatural como milagros y señales; un ministerio que promueve el llamado apostólico o misionero a plantar iglesias y ministrar en lo sobrenatural. Este poder adicional, capacitación por medio de dones espirituales y pasión, está añadido junto con la milagrosa y espiritualmente provechosa práctica de hablar en lenguas; primero para edificación propia (1 Corintios 14:4), y cuando es interpretado, para la edificación pública (1 Corintios 14:13,26,27). El bautismo en el Espíritu Santo es dado primordialmente para añadir poder sobrenatural para el ministerio y mejorar la relación no cognitiva y experimental con Dios.

LA CLAVE DE NUESTRO ÉXITO EVANGELÍSTICO Y MISIONERO.

El bautismo en el Espíritu Santo ha sido la clave de nuestro éxito misionero y evangelístico. Sin embargo, ciertos peligros se ven venir sobre el movimiento pentecostal moderno. Muchos pentecostales modernos, en su búsqueda por la aprobación de la comunidad evangélica en general, están a punto de perder la misma cosa que los ha hecho eficaces: su enfoque emocional y apasionado de la vida y ministerio y su énfasis en hablar en lenguas. Aunque los pentecostales necesitamos añadir a nuestras propias experiencias los elementos útiles de exégesis y hermenéutica, junto con otras disciplinas espirituales, no debemos, en el proceso, dejar la misma cosa que nos ha hecho tan efectivos en la obra del ministerio. El bautismo en el Espíritu Santo es una provisión poderosa que añade poder sobrenatural a la vida y ministerio de cualquier creyente. Hoy, ministerios que tratan de evangelizar a un mundo perdido y muriendo en pecado y miseria, enfrentan desafíos enormes. Es beneficioso que cada creyente entienda adecuadamente lo que Dios ha provisto y aproveche de ello, recordando las palabras de Jesús cuando comisionó a sus discípulos: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).

Entender el papel que el bautismo en el Espíritu Santo ha desempeñado en nuestra historia y éxito ministerial resulta instructivo. El 20 de noviembre de 1998, el erudito pentecostal Vinson Synan presentó un artículo a la Evangelical Theological Society [Sociedad evangélica teológica] titulado, “Policy Decisions on Tongues As an Indicator of Future Church Growth [La política de decisiones sobre lenguas como una indicación del crecimiento futuro de la iglesia].”   Synan demuestra en su artículo que pentecostales han sido dramáticamente más exitosos en plantar y crecer iglesias que los que han rechazado el entendimiento pentecostal del bautismo en el Espíritu Santo y la necesidad de hablar en lenguas.   Sus estadísticas vienen del desarrollo de las misiones pentecostales en el siglo xx. En Chile, los metodistas crecieron aproximadamente 5,000 miembros, mientras los pentecostales crecieron 2,371,000. En Brasil, los bautistas crecieron a 1,050,000, mientras los pentecostales crecieron a más de 21 millones. Internacionalmente, la Alianza Cristiana Misionera creció a 1.9 millones, mientras las Asambleas de Dios han sobrepasado los 70 millones.  No es posible ignorar estas estadísticas.   Estos logros son la razón de que el Fuller Seminary decidiera estudiar las misiones pentecostales debido al éxito espectacular del ministerio pentecostal. Otros eruditos están sacando las mismas conclusiones. Philip Jenkins, profesor distinguido de historia y estudios religiosos en Pennsylvania State University, escribió recientemente un nuevo libro, The Next Christendom [El siguiente cristianismo], en donde él demuestra que los patrones de crecimiento de los pentecostales harán que el siglo XXI sea un siglo pentecostal.  El ministerio pentecostal no es un poco más eficaz. Hace una diferencia dramática.  El bautismo en el Espíritu Santo provee una cantidad significante de poder para el ministerio sobrenatural resultando en logros asombrosos para el reino.

CONCLUSIÓN.

El bautismo en el Espíritu Santo debe ser más que una doctrina que se protege y se valora; debe ser una experiencia vital, productiva, y continua en la vida de los creyentes y en su relación personal con el Señor, su interacción con otros creyentes, y su testimonio al mundo. La vitalidad y la fuerza de la Iglesia pueden concretarse sólo cuando los creyentes de manera personal y colectiva manifiestan el poder del Espíritu Santo que Jesús mismo experimentó y que prometió a sus discípulos. La posición oficial del pentecostalismo clásico afirma que todos los creyentes tienen derecho de, y deben esperar fervientemente, buscar la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato de nuestro Señor Jesucristo.  Ésta era la experiencia normal de todos en la iglesia primitiva cristiana. Esto también incluye la dotación de poder para la vida y servicio, la distribución de los dones y sus usos en la obra del ministerio (Lucas 24:49; Hechos 1:4,8; 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta y subsiguiente a la experiencia del nuevo nacimiento (Hechos 8:12-17; 10:44-46; 11:14-16; 15:7-9).  Con el bautismo en el Espíritu Santo vienen tales experiencias como la llenura rebosada del Espíritu (Juan 7:37-39; Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43; Hebreos 12:28), una consagración intensificada a Dios y una dedicación a su obra (Hechos 2:24), y un amor más activo para Cristo, su Palabra, y los perdidos (Marcos 16:20).

Sin duda, algunos creyentes que no hablan en lenguas han logrado grandes cosas para Dios. La Biblia registra muchas demostraciones milagrosas de lo sobrenatural en las vidas de los individuos del Antiguo Testamento, y en las vidas de los creyentes en el Nuevo Testamento tanto antes como después de su experiencia de bautismo. Cuando Jesús mandó a los 70 antes del Pentecostés, regresaron informando con gozo, “aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17). Esto ocurrió cuando ellos aún no habían sido bautizados en el Espíritu Santo. Pero definitivamente había más incidencias de los dones espirituales funcionando por medio de los miembros llenos del Espíritu en la Iglesia Primitiva que había antes del derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes rendidos. Los milagros fueron hechos por medio de personas como Esteban y Felipe que no tenían posiciones apostólicas (Hechos 6:8 y 8:6,7). La plenitud de los dones fue vista en todas partes después del Día de Pentecostés. La iglesia había experimentado un mayor empoderamiento para un ministerio más eficaz. El bautismo en el Espíritu Santo, con la inicial evidencia física de hablar en lenguas, es la puerta que nos lleva a una iglesia de Jesucristo grandemente empoderada.

El bautismo en el Espíritu Santo es poder adicional para la vida y el ministerio, dado por Dios después de la salvación. El bautismo es caracterizado por un sentido profundo de la proximidad de la presencia de Dios. En virtud de esto, un sentido profundo de misterio y emoción frecuentemente es experimentado.  También está caracterizado por el hablar en lenguas. Hablar en lenguas establece una comunicación no cognitiva y no racional con Dios. No es anti-racional. Es un contacto inmediato con Dios que no incluye palabras humanas, ni puede ser expresada en palabras humanas. Esta experiencia resulta en más fe en Dios, más poder y dones para el ministerio, más emoción y pasión, y más conocimiento de la dimensión experimental de la presencia de Dios en la vida del creyente pentecostal. Los pentecostales clásicos creemos firmemente que Cristo no sólo salva, no sólo sana, sino que también bautiza en el Espíritu Santo. Esta es una de nuestras doctrinas cardinales.

 

 

Sin categoría

El Bautismo en el Espíritu Santo como una experiencia posterior y distinta al Nuevo Nacimiento.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado

INTRODUCCIÓN:
Los grupos no pentecostales sugieren a menudo que el bautismo en el Espíritu Santo equivale a ser sellado con el mismo al momento de la regeneración y que, por ende, no existe manifestación visible del mismo. Con ello pretenden negar la experiencia pentecostal y la validez del movimiento; pero ¿Fue el Pentecostés una experiencia de los discípulos que vino a “continuación” de la conversión? No según la Biblia. Si el bautismo en el Espíritu Santo y ser sellado con el Espíritu durante la regeneración fueran lo mismo, entonces sólo quienes han recibido el bautismo en el Espíritu Santo serían salvos. Pero eso no es lo que la Biblia enseña, de hecho, vemos en el Nuevo Testamento casos de personas que eran salvas y regeneradas sin haber recibido el bautismo o la plenitud del Espíritu Santo, mostrando que son dos cosas distintas.

Como pentecostales concordamos en que el Espíritu Santo nos sella como propiedad divina al momento de la conversión. El Espíritu Santo nos es dado en calidad de “depósito”, “sello,” o “garantía” de nuestra redención. El Espíritu Santo es dado como “arras” en los corazones de los cristianos (2 Corintios 1:22; 5:5; Efesios 1:13-14; 4:30). El Espíritu Santo es el sello de Dios sobre Su pueblo, Su derecho sobre nosotros como Su propiedad. De hecho, la palabra griega traducida como “arras” en estos pasajes es arrhabōn que significa “prenda,” esto es, parte del dinero de la compra o propiedad dada como enganche o anticipo para garantizar la seguridad de lo que resta. El don del Espíritu a los creyentes, es el pago inicial de nuestra herencia celestial, que Cristo prometió y aseguró para nosotros en la cruz. Pero una cosa es ser sellado por el Espíritu Santo como garantía de la redención y otra muy diferente es recibir el bautismo o la llenura del mismo.

EL. BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO ES UNA EXPERIENCIA POSTERIOR AL NUEVO NACIMIENTO.
En una ocasión Jesús dijo a setenta y dos de sus discípulos: “regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20). Tal afirmación fue hecha antes de que ellos recibieran el bautismo en el Espíritu Santo el día de Pentecostés. No es necesario localizar con exactitud el momento preciso de su regeneración en el sentido que el Nuevo Testamento le da a la palabra. Si hubieran muerto antes del descenso del Espíritu en Pentecostés, ellos seguramente habrían ido a la presencia del Señor. Sin embargo, muchos eruditos ven la experiencia del nuevo nacimiento de los discípulos como algo que sucedió en el momento en que el Cristo resucitado “sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22).

Es significativo que en ningún caso el Nuevo Testamento iguala la expresión “llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4) con la regeneración. Siempre se usa en conexión con personas que ya son creyentes. El caso de los samaritanos es ilustrativo (Hechos 8:14–20). El pentecostés samaritano muestra que uno puede ser un creyente y aun así no haber tenido una experiencia del tipo pentecostal. Las siguientes observaciones muestran que los samaritanos eran genuinos seguidores de Jesús antes de la visita de Pedro y Juan:

(1) Felipe claramente les proclamó las buenas nuevas del evangelio (versículo 5).

(2) Ellos creyeron y fueron bautizados (versículos 12,16)

(3) Ellos habían “recibido [dekomai] la palabra de Dios” (versículo 14), una expresión sinónima de conversión (Hechos 11:1; 17:11; véase también 2:41)

(4) Pablo y Juan les impusieron las manos para “recibieran el Espíritu Santo” (versículo 17), una práctica que el Nuevo Testamento nunca asocia a la salvación.

(5) Los samaritanos, después de su conversión, tuvieron una dramática y observable experiencia del Espíritu (versículo 18).

Saulo de Tarso nos muestra a través de su experiencia este mismo punto (Hechos 9:17). La experiencia de Saulo de Tarso también demuestra que ser lleno del Espíritu Santo es una experiencia identificable que va más allá de la obra del Espíritu en la regeneración. Tres días después de su encuentro con Jesús en el camino a Damasco (Hechos 9:1–19), recibió la visita de Ananías.

Las siguientes observaciones son importantes:

(1) Ananías se dirigió a él como “Hermano Saulo”, que probablemente indica una relación mutualmente fraterna con el Señor Jesucristo.

(2) Ananías no instó a Pablo al arrepentimiento ni a creer, aunque sí lo animó a ser bautizado (Hechos 22:16).

(3) Ananías puso las manos sobre Saulo para que recibiera sanidad y para que fuera lleno del Espíritu.

(4) Hubo un lapso de tres días entre la conversión y el momento en que fue lleno del Espíritu.

La casa de Cornelio en Cesarea nos aclara un poco más este punto (Hechos 10:44–48). La narración acerca de Cornelio alcanza su punto cúspide en el derramamiento del Espíritu Santo sobre él y los de su casa. Él no era cristiano antes de la visita de Pedro; él era un hombre temeroso de Dios, un gentil que había dejado el paganismo y había adoptado importantes aspectos del judaísmo sin convertirse en prosélito, es decir, plenamente judío. Aparentemente, quienes era de la casa de Cornelio creyeron y fueron regenerados en el momento en que Pedro habló de Jesús como aquel a través del cual “todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (versículo 43). Al parecer, simultáneamente experimentaron un derramamiento del Espíritu como el que hubo el Día de Pentecostés, como Pedro después informó a la iglesia de Jerusalén (Hechos 11:17; 15:8,9). Las expresiones con que se describe esta experiencia no se usan en ninguna parte de los Hechos para describir la conversión: “el Espíritu Santo cayó sobre” (Hechos 10:44; 8:16); “el don del Espíritu Santo” (Hechos 10:45; 11:17; 8:20); “sobre los gentiles se derramase” (Hechos 10:45); “bautizados con [en] en el Espíritu Santo” (Hechos 11:16).

El bautismo en el Espíritu de los creyentes en Cesarea es paralelo al de los creyentes en Jerusalén (Hechos 2), Samaria (Hechos 8), y Damasco (Hechos 9). Pero a diferencia de la experiencia de sus antecesores, ellos vivieron una experiencia unificada en que la conversión y el bautismo en el Espíritu sucedió en una rápida sucesión, pero manteniéndose siempre como dos hechos separados.

En Éfeso, Pablo encontró un grupo de Discípulos que no habían experimentado el bautismo en el Espíritu (Hechos 19:1–7). De este suceso derivan tres importantes preguntas:

(1) ¿Eran estos hombres seguidores de Jesús o seguidores de Juan el bautista? En el libro de los Hechos, en casi cada ocurrencia de la palabra “discípulo” (mathe-te-s), con sólo una excepción, se refiere a los seguidores de Jesús. La razón de Lucas para referirse a estos hombre como “ciertos discípulos” es que no estaba seguro del número exacto: “Eran por todos unos doce hombres” (versículo 7). Ellos eran creyentes cristianos que necesitaban enseñanza; como Apolos (Hechos 18:24–27), ellos necesitaban que se les expusiera “más exactamente el camino de Dios” (18:26).

(2) Qué quiso decir Pablo con la pregunta: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (una traducción estricta del versículo 2). Él percibió en ellos una carencia espiritual, pero no cuestionó la validez de su fe en Jesús. Considerando que en el libro de los Hechos la cláusula “recibir el Espíritu Santo” se refiere al bautismo (Hechos 8:15,17,19; 10:47; 2:38), Pablo está preguntando si han tenido la experiencia de la venida del Espíritu Santo sobre ellos en una manera carismática, cómo sí sucedió después (versículo 6).

(3) ¿Está de acuerdo Pablo con la enseñanza de Lucas de que hay una obra del Espíritu en los creyentes que se distingue de su obra en la salvación? Este suceso en Éfeso, como también la propia experiencia de Pablo, requiere de una respuesta afirmativa.

CONCLUSIÓN:
(1.- En tres de las cinco instancias (Samaria, Damasco, Éfeso) las personas que tuvieron una experiencia del Espíritu identificable ya eran creyentes. En Cesarea, esa experiencia fue casi simultánea con la fe salvadora de Cornelio y los de su casa. En Jerusalén, los receptores (los apóstoles y demás discípulos) ya eran creyentes en Cristo.

(2.- En los tres relatos hubo un lapso entre la conversión y el bautismo en el Espíritu (Samaria, Damasco, Éfeso). El intervalo de espera en el derramamiento de Jerusalén fue necesario con el fin de que se cumpliera la importancia tipológica del Día de Pentecostés. En el caso de Cesarea, no se distingue un lapso.

(3.- La posición ideal y bíblica recta es que el bautismo en el Espíritu Santo y la conversión, o la regeneración, no son lo mismo ni ocurren, necesariamente, al mismo tiempo.