Pocos sistemas teológicos han moldeado tan profundamente el rostro del evangelicalismo contemporáneo como el dispensacionalismo. Su manera de dividir la historia sagrada en épocas cerradas, la distinción tajante que establece entre Israel y la Iglesia, y su particular (y a veces muy imaginativa) interpretación de los eventos finales han colonizado Biblias de estudio, seminarios enteros, sermones dominicales y, sobre todo, la imaginación escatológica de millones de hermanos y hermanas alrededor del mundo. Pero hay un dato que pocos conocen, y que conviene poner sobre la mesa con honestidad: el dispensacionalismo, tal como lo escuchamos predicar hoy, sencillamente no existió antes del siglo XIX. No es una exageración retórica; es un hecho histórico documentado. Como bien anotó Clarence Bass en su ya clásico estudio sobre el tema, este sistema es «un desarrollo relativamente reciente en la historia de la teología» que brilla por su ausencia en la enseñanza de la iglesia primitiva.
Categoría: Historia del Pentecostalismo
El dispensacionalismo y el pentecostalismo: Anatomía de una unión forzada y de su necesario divorcio
Como pentecostal que ha caminado por distintas congregaciones y ha conversado con hermanos de muy diversos trasfondos, percibo un malestar que ya no puede ignorarse: somos muchos los pastores, maestros y creyentes laicos que estamos francamente cansados del dispensacionalismo. Debo aclarar desde el principio que mi propia postura teológica se ha ido inclinando hacia una teología del pacto con un escenario premilenialista histórico, y sé que esto condiciona mi lectura, pero precisamente por eso puedo dar fe de lo que ocurre cuando un pentecostal abre los ojos a otras corrientes. La exposición —a veces tímida, a veces forzada— a la teología protestante más amplia, a la exégesis de los pactos y a la historia de la iglesia nos ha revelado un mundo mucho más amplio, diverso y, sobre todo, más coherente que las propuestas que heredamos de Darby, Scofield y demás arquitectos del sistema. Y sin embargo, pese al desagrado creciente de una buena parte de la membresía, el dispensacionalismo se ha vuelto una auténtica vaca sagrada en varios círculos e instituciones pentecostales. Se le defiende con uñas y dientes, aun cuando su versión clásica arrastra errores notorios y las correcciones de la versión revisada resultaron notoriamente deficientes. La encarnación más reciente, el dispensacionalismo progresivo, no es otra cosa que una mea culpa teológica disfrazada de actualización: una fe de erratas que intenta salvar el edificio a costa de desnaturalizarlo por completo.
Dispensacionalismo y pentecostalismo: Una alianza contra natura
¿Sabías que el cesacionismo, antagonista doctrinal de la teología pentecostal, se arraiga de manera profunda en el dispensacionalismo y depende de sus postulados para sostener su propia validez? Pocas paradojas teológicas resultan tan desconcertantes como la que encierra la relación entre el pentecostalismo y el dispensacionalismo. Este último, marco conceptual que ha servido históricamente de armazón intelectual para el cesacionismo —enemigo declarado de la espiritualidad pentecostal—, es defendido sin embargo con auténtico celo por millones de pentecostales en todo el mundo. La ironía no es menor: abrazan un sistema diseñado, desde sus cimientos, para declarar extinguidas precisamente aquellas experiencias que definen su identidad religiosa. Dicho de otro modo, sostienen con devoción la estructura de un edificio construido con la expresa intención de no albergar las manifestaciones que ellos consideran medulares para la fe.
La razón en la tradición pentecostal: Hacia un evangelio completo en mentes completas
En el corazón del cristianismo evangélico late una convicción profunda: la fe no es solo un asunto del corazón latiendo con emoción, ni una experiencia extática aislada. Es una respuesta total del ser humano al Dios que se revela. Jesús mismo lo resumió: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30, NVI). Esa mención a la mente no es casual. Dios nos creó con capacidad de razonar porque somos imagen suya, y esa razón, aunque herida por el pecado, puede ser redimida y santificada por el Espíritu Santo.
La experiencia como lugar teológico en el pentecostalismo
Quien se asoma por primera vez a una comunidad pentecostal suele quedar desconcertado por aquello que allí ocurre. No es el orden litúrgico lo que llama la atención, ni siquiera la predicación, por intensa que esta pueda ser. Lo que resulta inconfundible es el modo en que la comunidad entiende que Dios sigue hablando, sigue obrando, sigue irrumpiendo. Un testimonio compartido en medio del culto, una palabra de conocimiento pronunciada por un hermano que nunca ha estudiado teología formal, un canto que se convierte en profecía: todo ello conforma el entramado de una experiencia que no es meramente subjetiva, sino que se reconoce como encuentro con el Dios vivo.
La reinterpretación polémica de las primicias en el pentecostalismo contemporáneo
El antiguo mandato bíblico de ofrendar los primeros y mejores frutos de la cosecha ha encontrado un nuevo hogar en muchas iglesias carismáticas y neopentecostales de hoy. Sin embargo, en este contexto contemporáneo, el concepto ha sido transformado. Ya no se trata de llevar gavillas de trigo al templo, sino de ofrendas monetarias, especialmente al inicio del año nuevo, presentadas como una "siembra de fe" que garantiza una cosecha futura de bendiciones materiales
El Espíritu Santo: el poder invisible que impulsa la misión de la iglesia
La misión de la Iglesia no es un proyecto humano que Dios bendice de vez en cuando. Es una obra divina que Dios realiza a través de vasos de barro llenos de su Espíritu. Sin Él, nuestra adoración es ritualismo vacío, nuestra predicación es ruido, nuestro discipulado es legalismo y nuestro servicio es activismo sin vida. Pero cuando nos rendimos al Espíritu Santo –cuando clamamos, esperamos, obedecemos– entonces la Iglesia se convierte en lo que Jesús soñó: una comunidad que adora con fuego, proclama con autoridad, forma con sabiduría y sirve con compasión.
PPA Biblia & Teología responde | El bautismo con fuego de Mateo 3:11
Ningún Padre interpreta Mateo 3:11 como dos bautismos separados (uno de Espíritu para los salvos y otro de fuego-juicio para los impíos). Esa lectura aparece mucho después, en la controversia calvinista-arminiana del siglo XVII, y luego en el siglo XX debido a los intentos cesacionistas por negar la obra del Espíritu Santo. Por tanto, afirmar que el “bautismo con fuego” de Mateo 3:11 es solo juicio para los impíos no solo contradice la exégesis más cuidadosa y el testimonio patrístico, sino que, sobre todo, contradice la experiencia neotestamentaria de Pentecostés, donde el fuego del Espíritu descendió precisamente sobre los arrepentidos, no sobre los réprobos. ¡Que el Señor nos bautice de nuevo con Espíritu Santo y fuego! (Hechos 2:3-4; Mateo 3:11).
PPA Biblia & Teología responde | 2 Pedro 1:19-21 y la revelación particular
La Biblia, la tradición pentecostal, la razón y la experiencia de millones de cristianos de todas las épocas alrededor del mundo, invalidan la afirmación cesacionista que niega que Dios continúa comunicándose con sus hijos a través del Espíritu Santo, especialmente en formas particulares que no alteran el canon bíblico. Como continuistas, nos negamos a confundir la suficiencia de las Escrituras con exclusividad, así como a ignorar la naturaleza relacional de Dios o los testimonios históricos y contemporáneos de revelaciones particulares. Por lo tanto, aunque las Escrituras son la autoridad suprema y suficiente para la fe y la práctica, concluimos que no hay base bíblica ni lógica para afirmar que Dios no puede o no desea dar más revelación en formas que no contradigan su Palabra escrita.
La continuidad de los dones en la historia y la teología wesleyana
Resulta una premisa ampliamente extendida, casi un axioma dentro de ciertos círculos teológicos contemporáneos, sostener que el movimiento pentecostal constituye el único, o al menos el primer, baluarte moderno en la defensa y práctica de la continuidad de los dones carismáticos del Espíritu Santo. No obstante, un examen más profundo de la historia eclesiástica y la teología pietista revela que esta afirmación, aunque comprensible en su contexto, requiere de una significativa matización.