Orando por enfermos en iglesia pentecostal
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La sanidad divina a la luz de la soberanía de Dios y la Theología Crucis

Por Fernando E. Alvarado


In Memoriam

Héctor Castillo Molina
(26 de enero de 1966 – 1 de junio de 2026)

Dedicado a la memoria de quien hizo teología desde el sufrimiento y la cruz.

El presente artículo nace como un eco agradecido de las conversaciones que, durante una gira de predicación por el sur de Chile —de Temuco a Puerto Montt y más allá—, sostuve con Héctor Castillo Molina. Cientos de kilómetros compartidos bajo cielos australes, donde la theologia crucis no fue un concepto académico, sino el aliento cotidiano de un hombre que luchó valientemente contra la enfermedad y aceptó, con serena paz, la voluntad de Dios.

Héctor encarnó aquello que estas páginas defienden: frente a narrativas que presentan la sanidad como un derecho automático, él confesó la soberanía irrestricta de Dios; ante presiones espirituales que condenan al que no es sanado, él eligió la confianza humilde en el Padre; y en medio del dolor, no reclamó milagros como moneda de cambio, sino que aguardó la redención final como primicia escatológica. Su vida fue una theologia crucis vivida, no solo pensada. Por eso, este escrito —que analiza con sensibilidad la tensión entre fe y sufrimiento en la tradición pentecostal— se lo ofrecemos como una modesta ofrenda a su memoria. Él descansa ya en Aquel que, en la cruz, reveló su gloria y redimió todo dolor.

Requiescat in pace.

El clamor de un cuerpo roto y la pregunta inevitable

Existen pocas experiencias tan devastadoras como la de elevar una oración por sanidad y encontrarse con un silencio que duele más que la propia enfermedad. Quien ha visto a un ser amado consumirse, quien ha ungido con aceite y lágrimas una frente febril para después despedirla en la muerte, conoce la profundidad de ese abismo. En ese instante, la pregunta no es académica: ¿dónde está Dios cuando el milagro no llega?

El pentecostalismo nació, en parte, como una protesta contra un cristianismo que parecía haber domesticado al Espíritu Santo. Su énfasis en la actualidad de los dones carismáticos, incluida la sanidad divina, recuperó la expectativa vibrante de un Dios que irrumpe en la historia para restaurar cuerpos y almas. Sin embargo, en las últimas décadas, ciertas corrientes neopentecostales han radicalizado esta expectativa hasta desfigurarla. La sanidad ya no se concibe como un don soberano, sino como un producto de la fe humana, susceptible de ser activado mediante fórmulas precisas. Se ha instalado un discurso que promete salud perfecta y prosperidad material como señales inequívocas de una espiritualidad victoriosa, y que estigmatiza al enfermo como portador de una fe insuficiente o, peor aún, de un pecado oculto.

Como pastor y amante de la teología, considero necesario tender un puente entre la pasión pentecostal por la manifestación sobrenatural de Dios y el realismo bíblico que abraza el misterio del sufrimiento (un puente que, me temo, las nuevas corrientes neopentecostales, un carismatismo desenfrenado y la falta de estudio bíblico y exceso de emoción derribaron hace años). No se trata de apagar la fe en los milagros —sería traicionar la identidad misma del movimiento—, sino de situarla en su marco teológico adecuado: la soberanía divina, que jamás queda subordinada a la voluntad humana, y la theologia crucis, que descubre la gloria de Dios precisamente donde la razón religiosa solo ve fracaso y derrota.

Family praying around elderly woman in wheelchair inside church

El cimiento olvidado: La soberanía de Dios como eje de los dones espirituales

La teología pentecostal clásica ha sostenido desde sus albores que el Espíritu Santo distribuye sus dones «como él quiere» (1 Corintios 12:11). Esta cláusula no es una nota marginal; es la piedra angular sobre la que descansa toda manifestación carismática. Los carismas no son facultades autónomas que el creyente administra a voluntad, sino irrupciones del totaliter aliter divino que acontecen bajo el gobierno exclusivo de Dios.

Cuando el apóstol Pablo escribe a los corintios, no les presenta un catálogo de poderes a su disposición, sino una diversidad de operaciones que el mismo Espíritu activa «repartiendo a cada uno en particular como él quiere». La libertad divina es absoluta. Ningún ser humano, por más ungido que sea, puede reclamar el control sobre la sanidad como si manejara un grifo que se abre con la llave de la fe. El creyente es —en la más noble de las acepciones— un vaso de barro, un instrumento frágil a través del cual Dios puede derramar su poder, pero la iniciativa, la modalidad y la consumación del milagro pertenecen exclusivamente a su designio eterno.

Esta comprensión protege al enfermo de una carga insoportable. Si la sanidad dependiera en última instancia de la intensidad de mi fe o de la precisión de mis decretos, la enfermedad se convertiría en un tribunal implacable donde se juzga mi valor espiritual. Pero al confesar que el don pertenece al Dador y no al receptor, se libera al doliente de la autoinculpación. La ausencia de sanidad no es necesariamente síntoma de una fe deficiente; puede ser, simplemente, el misterio de un Dios que, amando infinitamente, elige un camino distinto al que nosotros le trazamos.

La expiación y el «ya, pero todavía no»: Una lectura escatológica de la sanidad

Isaías 53:5, citado en 1 Pedro 2:24, declara que «por su llaga fuimos nosotros curados». La tradición pentecostal ha interpretado con razón que la obra expiatoria de Cristo incluye provisión para la sanidad física. Ahora bien, ¿significa esto que todos los enfermos deben ser sanados aquí y ahora? La respuesta teológicamente honesta es no, y la razón estriba en la naturaleza escatológica de la redención.

La cruz de Cristo asegura la victoria definitiva sobre el pecado, la enfermedad y la muerte, pero esa victoria se despliega en la historia de manera progresiva. El mismo creyente que ha sido justificado por la fe continúa experimentando las debilidades del presente siglo malo mientras aguarda la glorificación final. La sanidad física completa está asegurada en el horizonte escatológico, cuando «la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:23) se haga realidad tangible. Entretanto, vivimos en la tensión del «ya» y el «todavía no»: gustamos las primicias del Espíritu —y entre ellas, milagros auténticos de sanidad—, pero gemimos con el resto de la creación aguardando la restauración plena.

Pretender que cada oración de fe deba culminar en curación inmediata es adelantar indebidamente la escatología, desconociendo que el Reino ha irrumpido pero no ha sido consumado. Es ignorar que incluso Jesús, en su ministerio terreno, sanó a muchos pero no a todos los enfermos de Israel, y que detuvo sus milagros allí donde la incredulidad cerraba el paso a la manifestación del Reino (Mateo 13:58), pero también allí donde, sencillamente, la hora no había llegado.

Family grieving together around a wooden coffin at a cemetery

El error de torcer el brazo de Dios: Crítica a una fe que pretende doblegar la voluntad divina

Uno de los desvíos más dolorosos de la espiritualidad contemporánea es la noción de que podemos «decretar» la sanidad y que no debemos aceptar un «no» por respuesta. Esta postura, revestida con lenguaje de autoridad espiritual, encubre en realidad una profunda deformación de la relación entre Creador y criatura. Convierte la oración en una técnica de manipulación metafísica y a Dios en una especie de fuerza impersonal que responde mecánicamente a estímulos verbales correctamente articulados.

La Biblia, sin embargo, jamás nos autoriza a dar órdenes al Altísimo. La oración del Getsemaní —«no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42)— es el modelo supremo de intercesión, y fue pronunciada por el Hijo encarnado. Si el propio Jesús, en el umbral de su pasión, subordinó su petición legítima de liberación al querer del Padre, ¿quiénes somos nosotros para exigirle cuentas a Dios o para declarar que no admitiremos un silencio como respuesta?

La fe genuina no consiste en arrancarle milagros a un Dios reticente, sino en descansar en su bondad aun cuando su respuesta no coincide con nuestro deseo. La verdadera fe dice con Job: «Aunque él me matare, en él esperaré» (Job 13:15), y con los tres jóvenes hebreos: «Nuestro Dios puede librarnos… pero aunque no lo haga, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses» (Daniel 3:17-18). Esta fe no es pasiva ni derrotista; es la fe que adora a Dios por quien él es, y no solo por los beneficios que otorga.

El discurso que enseña a «no aceptar un no por respuesta» abandona espiritualmente al enfermo cuando el milagro no ocurre. Lo deja a solas con su culpa, preguntándose qué hizo mal, qué decreto falló, qué pecado no confesó. Y esa soledad teológica puede ser más cruel que la propia dolencia física. La iglesia está llamada a ser hospital de campaña para los heridos, no tribunal que examina expedientes de fe insuficiente.

Cuando Dios no sana: Propósitos mayores que la restauración física

Afirmar que Dios no siempre desea sanar no es una concesión al pesimismo, sino el reconocimiento de que sus caminos son más altos que los nuestros y de que su amor, lejos de agotarse en el bienestar temporal, apunta a una transformación más profunda. ¿Cuáles pueden ser esos propósitos que, en su sabiduría insondable, Dios persigue a través del sufrimiento?

a) La formación del carácter y la participación en la santidad de Cristo. La Escritura enseña que la tribulación produce paciencia, la paciencia un carácter probado y este, esperanza (Romanos 5:3-4). El sufrimiento actúa como un crisol donde se purifican las escorias del orgullo, la autosuficiencia y la fe superficial. El apóstol Pablo, portador de dones extraordinarios de sanidad, experimentó un «aguijón en la carne» que no le fue retirado, y comprendió que la gracia divina bastaba porque el poder de Dios se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9). A veces, la dolencia física opera como un cercado de misericordia que protege al alma de males mayores y la conduce a una intimidad con Cristo que la salud perpetua jamás habría propiciado.

b) La solidaridad con Cristo crucificado. La theologia crucis, formulada por Lutero y arraigada en la teología paulina, sostiene que Dios se revela sub contrario specie: bajo la apariencia contraria. La cruz, lugar de máxima debilidad y aparente derrota, constituye la revelación suprema del amor y el poder divinos. Participar de los sufrimientos de Cristo no es una anomalía en la vida cristiana, sino una dimensión constitutiva del seguimiento. «Llevamos siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Corintios 4:10). El dolor físico, vivido en comunión con el Crucificado, adquiere un valor redentor que trasciende la mera restauración biológica.

c) La relatividad del mundo presente y la orientación hacia la esperanza futura. La enfermedad desenmascara la ilusión de autosuficiencia que caracteriza a la cultura del bienestar. Nos recuerda que «no tenemos aquí ciudad permanente» (Hebreos 13:14) y aviva la esperanza por la patria celestial. Si cada enfermedad fuera curada mediante la oración, el creyente correría el riesgo de instalarse cómodamente en este mundo sin anhelar la redención final. El gemido del cuerpo, en cambio, educa el deseo escatológico y dirige la mirada hacia aquel día en que «ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4).

d) La capacitación para el ministerio de la consolación. El sufrimiento padecido y sobrellevado en Dios se convierte en un recurso pastoral de incalculable valor. Solo quien ha atravesado el valle de sombra de muerte puede acompañar a otros en su propio valle sin caer en clichés piadosos ni en discursos triunfalistas. El Dios de toda consolación «nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación» (2 Corintios 1:4). La iglesia necesita testigos creíbles de la fidelidad divina en medio del dolor, no solo pregoneros de victorias inmediatas.

e) La manifestación de la gloria de Dios a través de la fragilidad humana. En Juan 9, los discípulos preguntaron a Jesús si un ciego de nacimiento sufría por su propio pecado o por el de sus padres. La respuesta del Maestro desmontó la teología de la retribución automática: «No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9:3). Hay sufrimientos que no responden a una causalidad moral directa, sino que se convierten en escenarios donde el poder y la gracia de Dios se exhiben de maneras que la mente humana no habría diseñado.

Multiple patients lying in hospital beds in a crowded ward with a nurse attending one patient and a visitor sitting beside another

El sufrimiento como teofanía: Hacia una espiritualidad pentecostal de la cruz

Integrar la theologia crucis en la espiritualidad pentecostal no implica renunciar a la expectativa de los milagros, sino purificarla de triunfalismos extraños al Evangelio. La cruz nos enseña que Dios elige revelar su gloria precisamente en aquello que el mundo desprecia: la debilidad, la vergüenza, el dolor y la muerte. El poder carismático del Espíritu no es un poder que escapa de la cruz, sino el poder que resucita a Jesús a través de ella.

Una iglesia que abraza la teología de la cruz no abandona la oración por los enfermos; al contrario, ora con tanto fervor como honestidad, sabiendo que la sanidad es un don posible y anhelado, pero jamás una obligación divina. Esta iglesia unge con aceite, impone manos, ayuna y suplica, y al mismo tiempo prepara al enfermo para recibir, junto con la posible curación, la gracia suficiente para afrontar la enfermedad con dignidad, paz y testimonio. Sabe que el Espíritu Santo no solo se manifiesta en el viento impetuoso y el fuego, sino también en el silbo apacible que sostiene al creyente en la noche oscura.

El Parákletos, el Consolador prometido, no es una fuerza que anula el sufrimiento, sino una Presencia que lo habita y lo transforma desde dentro. En la aflicción, el Espíritu intercede con gemidos indecibles (Romanos 8:26), uniendo el clamor del creyente al clamor de Cristo en la cruz. La experiencia pentecostal del Espíritu no se limita al gozo desbordante; abarca también la fortaleza sobrenatural para resistir en el día malo y la certeza, contra toda evidencia empírica, de que ni la enfermedad ni la muerte pueden separarnos del amor de Dios.

Pastoral de la compasión: Acompañar sin violentar

La teología aquí esbozada desemboca necesariamente en una praxis pastoral renovada. Frente al hermano que sufre, la iglesia está llamada a ser presencia samaritana que cura con aceite y vino, no inquisidora que escruta el expediente espiritual del doliente. Esto implica:

  1. Orar con fe y con abandono confiado en la voluntad divina. La oración por los enfermos no debe extinguirse, pero debe articularse en los términos que Jesús nos enseñó: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Pedir el milagro con insistencia, sí; exigirlo, jamás.
  2. No culpar al enfermo. Es pastoralmente abusivo sugerir, insinuar o enseñar que la falta de sanidad obedece a una fe débil o a un pecado inconfeso. El libro de Job es la refutación bíblica más contundente contra la teología de la retribución simplista. Los amigos de Job fueron reprendidos por Dios precisamente por atribuir su sufrimiento a un fallo moral.
  3. Acompañar en el dolor con empatía genuina. La iglesia no debe abandonar al enfermo cuando el milagro no acontece. Al contrario, es en ese momento cuando más necesita el abrazo de la comunidad, la palabra de consuelo y la solidaridad que no juzga.
  4. Ofrecer esperanza escatológica sin evasiones. La promesa cristiana no es que nunca moriremos, sino que la muerte ha sido vencida. La sanidad final vendrá con la resurrección. Mientras tanto, el creyente puede «vivir es Cristo, y morir es ganancia» (Filipenses 1:21).
  5. Integrar el sufrimiento en la narrativa de la fe. En lugar de tratar la enfermedad como un paréntesis extraño en la vida cristiana, la pastoral pentecostal puede ayudar al doliente a leer su experiencia a la luz de la pasión de Cristo, descubriendo en ella una misteriosa participación en los sufrimientos del Redentor que fructifica en vida eterna.

La fe que adora en el silencio

La verdadera fe pentecostal, enraizada en la Biblia y nutrida por la theologia crucis, no se caracteriza por exigir que Dios altere las circunstancias conforme al deseo humano, sino por mantener la adoración y la fidelidad intactas cuando el cielo guarda silencio. Es la fe de María al pie de la cruz, que no negocia la muerte de su Hijo sino que permanece. Es la fe de Pablo, que dejó de pedir la remoción del aguijón para gloriarse en sus debilidades. Es la fe de tantos santos anónimos que, aferrados al Espíritu, han convertido camas de hospital en altares de ofrenda.

Dios puede sanar. Dios sana, y la iglesia debe seguir clamando por sanidad con pasión y expectativa. Pero Dios, en su soberanía insondable, también puede elegir no hacerlo, no por indiferencia, sino por amor: porque sus propósitos trascienden la estrechez de nuestra mirada cortoplacista, porque el carácter vale más que la comodidad, porque la comunión con Cristo en su padecer es un tesoro de mayor valor que la salud pasajera, y porque el gemido presente prepara un peso eterno de gloria que ni toda la salud del mundo podría anticipar.

Frente al misterio del sufrimiento, la iglesia adopta la postura del huerto: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y en esa rendición confiada no hay derrota, sino la más profunda victoria del amor que, atravesando la muerte, resucita en incorrupción.

Jesus ascending into the clouds with angels blowing trumpets and people below looking upward in awe

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