Por PPA Biblia & Teología
El dispensacionalismo, como sistema teológico que fue formalizado en el siglo XIX por John Nelson Darby y que alcanzó una notable difusión gracias a la Scofield Reference Bible, ha ejercido una influencia considerable en el evangelicalismo y, de manera muy particular, en el pentecostalismo. Sin embargo, y tal como hemos tenido ocasión de señalar en artículos anteriores, un examen reposado y atento de las Escrituras pone de manifiesto varias tensiones significativas dentro de este marco interpretativo.
Como quizá cabría esperar, la publicación de estas reflexiones críticas no ha dejado de generar cierta incomodidad entre algunos hermanos que se adhieren a dicho sistema. No han faltado quienes nos han dirigido palabras hirientes en privado, ni quienes han despotricado abiertamente en los comentarios, mostrando en sus formas un espíritu poco edificante y un fruto espiritual que cuesta trabajo reconciliar con la mansedumbre del Evangelio. Algunos, además de los insultos, han lanzado acusaciones más graves: que odiamos a los dispensacionalistas, que pensamos que su sistema no ha aportado nada bueno al evangelicalismo, e incluso que lo consideramos un «sistema malvado que destroza la Biblia». Nada de eso se corresponde con nuestra posición. Porque una cosa es señalar con honestidad los errores teológicos, y otra muy distinta es demonizar a quienes los sostienen (lo cual, curiosamente, nuestros “hermanos” sí han hecho con nosotros) o negar toda contribución positiva de un sistema del que, en justicia, también hemos aprendido.
No obstante, calificar dicho sistema como «malvado» —o a sus defensores como enemigos de la fe— constituye una falacia que conviene identificar y evitar con cuidado. Es posible, y desde un punto de vista teológico resulta incluso necesario, reconocer tanto las debilidades exegéticas del dispensacionalismo como sus contribuciones legítimas, manteniendo al mismo tiempo un espíritu fraternal hacia quienes lo sostienen.
Los desaciertos teológicos y exegéticos del dispensacionalismo deben ser señalados
Es comprensible —y hasta cierto punto esperable— que tales críticas hayan provocado incomodidad entre algunos de nuestros hermanos que suscriben dicho sistema (el dispensacionalismo). Lamentamos sinceramente que se hayan sentido ofendidos, pues jamás ha estado en nuestra intención herir a persona alguna. Pero también debemos decir con franqueza que sabíamos, desde el principio, que resultaría inevitable ofender a aquellos que, instalados en una actitud sectaria, rechazan cualquier crítica y satanizan a quienes la formulan. No han faltado quienes, en privado o en comentarios públicos, han exigido que seamos expulsados del pentecostalismo (acá todos somos pentecostales, aunque de diferentes denominaciones) o que, por un mal entendido sentido de la ética, renunciemos a nuestras denominaciones. Señores, permitidnos decirlo con toda la claridad que el amor fraterno exige: no incurráis en hipocresía. ¿A quién debemos lealtad última? ¿A la Palabra de Dios o a nuestras tribus teológicas, por más entrañables que nos sean, cuando estas yerran? En este punto resuenan con vigencia aquellas inolvidables palabras de Martín Lutero ante la Dieta de Worms: «A menos que se me convenza mediante testimonios de la Escritura y por la razón evidente —pues no creo ni al Papa ni a los concilios solos, ya que está probado que han errado con frecuencia y se han contradicho a sí mismos—, estoy sujeto a las Escrituras que he citado, y mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, porque actuar contra la conciencia no es seguro ni honesto. Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa. Dios me ayude. Amén». Ese es nuestro espíritu: una conciencia cautiva de la Escritura, no de los sistemas humanos, por venerables que parezcan.
El amor genuino por nuestras propias denominaciones no debería llevarnos a defenderlas acríticamente, sino a buscar en ellas —y a señalar, si es preciso— todo aquello que se aparte de la verdad revelada. No llamamos a revueltas internas ni a la desobediencia eclesial; este espacio no es un foro de agitación, sino un blog informativo, una revista virtual que aspira a despertar la reflexión allí donde el dogmatismo ha adormecido la conciencia. Y esa reflexión se ejerce amparada en principios fundamentales: la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la libertad religiosa. Por eso, rogamos a nuestros hermanos dispensacionalistas que no cometan el mismo pecado en el que incurrieron antaño los protestantes estadounidenses cuando surgió el movimiento pentecostal, tachándolo de herejía, expulsando a sus miembros o marginándolos como si de apóstatas se tratara. Aprendamos, más bien, a respetar la crítica ajena y, sobre todo, a cultivar aquel espíritu de los bereanos, que no lanzaban insultos ni descalificaciones personales, sino que «examinaban cada día las Escrituras para ver si las cosas eran así» (Hechos 17:11). Dicho esto, reafirmamos con toda claridad nuestro legítimo derecho a la crítica académica, que no es sino una forma de amor por la verdad y por la salud teológica del pueblo de Dios.
No sería correcto, ni honesto, ignorar las objeciones que durante décadas se han venido formulando contra el sistema dispensacional. Precisamente esas críticas han obligado a sus defensores más lúcidos a introducir correcciones significativas, hasta el punto de que hoy existe una tercera y más depurada versión de dicho sistema, conocida como «dispensacionalismo progresivo». Esa evolución es saludable y la acogemos con respeto (aun cuando no la abracemos en todos sus aspectos). Pero debemos añadir, con todo el pesar que nos produce, que la forma clásica o revisada —la que todavía subsiste en numerosas iglesias pentecostales y sigue definiendo su imaginario teológico— no ha sido desmontada en la práctica cotidiana de muchas congregaciones. Por eso, como equipo de trabajo en el que, dicho sea de paso, participan también hermanos dispensacionalistas, nos vemos en la necesidad de señalar, una vez más, los siguientes desaciertos.
1. La ruptura radical entre Israel y la iglesia. Una de las críticas más sustanciales que puede dirigirse al dispensacionalismo clásico —y también a ciertas versiones revisadas que no han superado del todo este punto— es la discontinuidad exagerada que establece entre Israel y la iglesia. El sistema tiende a tratarlos como dos pueblos de Dios con propósitos, planes y destinos separados, como si Dios hubiese mantenido dos líneas redentoras paralelas. Sin embargo, el apóstol Pablo declara con toda claridad que los creyentes gentiles han sido injertados en el olivo cultivado que es Israel (Romanos 11:17-24). No hay dos olivos, sino uno solo, y la metáfora paulina es inequívoca: la iglesia no reemplaza a Israel, pero es incorporada a la misma comunidad de la Alianza. Además, en Cristo «no hay judío ni griego» (Gálatas 3:28) porque todos son «uno en Cristo Jesús». Y si pertenecen a Cristo, entonces son «descendencia de Abraham, herederos según la promesa» (Gálatas 3:29). Pablo va más lejos: «No todos los que descienden de Israel son Israel» (Romanos 9:6), y «los hijos de la promesa son contados como descendencia» (Romanos 9:8). Esta afirmación sitúa la identidad del pueblo de Dios sobre una base espiritual, no étnico-territorial. Por su parte, Pedro designa a la iglesia con términos tomados directamente del vocabulario del Antiguo Testamento: «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pedro 2:9), que no son otros que los aplicados a Israel en Éxodo 19:6. La epístola a los Hebreos argumenta con detalle que el nuevo pacto anunciado por Jeremías (Jeremías 31:31-34) ya ha sido inaugurado por Cristo (Hebreos 8:6-13), y que los creyentes participamos de sus bendiciones sin que exista el menor indicio de un sistema separado de pactos para Israel y para la iglesia. En resumen: la discontinuidad que postula el dispensacionalismo clásico no encuentra apoyo en el testimonio unificado del Nuevo Testamento.
2. La hermenéutica hiperliteral aplicada a las profecías del templo. Un segundo desacierto de gravedad comparable es la interpretación hiperliteral que el dispensacionalismo aplica a ciertas profecías del Antiguo Testamento, en particular a los capítulos 40 a 48 del libro de Ezequiel, donde se describe con minuciosidad arquitectónica y litúrgica un templo, sacrificios animales y una división tribal de la tierra. El dispensacionalismo clásico sostiene que todos estos detalles se cumplirán literalmente durante el reinado milenario de Cristo. Pero el autor de la carta a los Hebreos nos ofrece una clave teológica decisiva: «La ley tiene la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas» (Hebreos 10:1). Los sacrificios animales no eran sino sombras que apuntaban hacia la única y definitiva ofrenda de Cristo. Por eso añade: «Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios» (Hebreos 10:12). Un retorno a los sacrificios animales en un futuro templo literal implicaría, ni más ni menos, un retroceso teológico que desconoce la suficiencia absoluta de la cruz. Jesús mismo declaró a la mujer samaritana que la verdadera adoración ya no estaría vinculada a un monte específico —ni el Gerizim ni Jerusalén—, sino que sería «en espíritu y en verdad» (Juan 4:21-24). La consumación de la historia de la salvación no consiste en la restauración del antiguo culto levítico, sino en su superación definitiva mediante la obra del Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:11-28). Por tanto, la insistencia en un templo sacrificial milénico contradice frontalmente la enseñanza central del Nuevo Testamento sobre la unicidad y finalidad del sacrificio de Cristo.
3. La doctrina del rapto secreto y pretribulacional. Un tercer aspecto problemático, aunque no todos los dispensacionalistas lo suscriban, es la doctrina del «rapto secreto» o «pretribulacional». Esta enseñanza separa el arrebatamiento de la iglesia (1 Tesalonicenses 4:17) de la revelación de Cristo en gloria (Mateo 24:30), introduciendo un intervalo de siete años de tribulación entre ambos eventos. Sin embargo, el apóstol Pablo sitúa la resurrección y el rapto en el contexto de la parusía del Señor (1 Tesalonicenses 4:15), término que Jesús mismo usó para describir su venida visible, pública y gloriosa (Mateo 24:27: «porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre»). No hay en el texto paulino indicio alguno de un arrebatamiento secreto y menos aún de una distinción cronológica entre dos fases de la venida de Cristo. Además, en su oración sacerdotal, Jesús pidió al Padre no que sacara a los suyos del mundo, sino que los guardara del mal (Juan 17:15). Esta petición no sugiere una extracción previa a la tribulación, sino una protección en medio de ella. Finalmente, Pablo advierte a los tesalonicenses que nadie los perturbe «en ningún sentido, porque no vendrá sin que antes venga la apostasía y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición» (2 Tesalonicenses 2:1-4). Esta secuencia —apostasía, revelación del Anticristo, y luego el día del Señor— armoniza mal con la idea de un rapto secreto que ocurre antes de que esos signos se manifiesten.
Estos desaciertos no son meras disquisiciones académicas, confinadas al ámbito de los especialistas. En la praxis concreta del pentecostalismo, un dispensacionalismo mal aplicado ha generado, en no pocas ocasiones, una espiritualidad escapista que descuida el mandato cultural de Génesis 1:28 —«señoread sobre la tierra»— y la responsabilidad social implícita en los profetas de Israel: «aprended a hacer el bien, buscad la justicia, restaurad al agraviado, defended al huérfano, amparad a la viuda» (Isaías 1:17); «oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8). También ha conducido a una fijación desmedida por cronologías proféticas y especulaciones sobre el fin de los tiempos, algo que el propio Jesús desaconsejó expresamente cuando, tras su resurrección, respondió a sus discípulos: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad» (Hechos 1:6-7).
Ahora bien, y esto es crucial: ninguno de estos errores, por graves que sean, convierte al dispensacionalismo en un «sistema malvado». Decir eso sería incurrir en la misma falta de medida que denunciamos en otros. El dispensacionalismo ha aportado elementos valiosos —el amor por las Escrituras, la urgencia misionera, una hermenéutica que respeta el sentido llano del texto, etc.— y ha sido, para bien o para mal, un vehículo que ha mantenido viva la esperanza escatológica en amplios sectores del cristianismo evangélico y pentecostal. Por eso, mientras señalamos sus desaciertos con firmeza, nos negamos a demonizarlo y, sobre todo, nos negamos a demonizar a quienes lo abrazan con sincera devoción por la Palabra. Ellos son nuestros hermanos, y así los seguimos considerando.
4. La fusión indebida con el sionismo cristiano y sus consecuencias eclesiales. Un cuarto desacierto —quizá el más doloroso en sus efectos prácticos— es la amalgama que el dispensacionalismo clásico y, en buena medida, el revisado han establecido con el llamado «sionismo cristiano». Al identificar sin matices al Estado moderno de Israel como el cumplimiento directo de las profecías relativas al pueblo de Dios, este enfoque ha promovido en amplios sectores del cristianismo evangélico y pentecostal una actitud acrítica hacia dicho Estado y su accionar político, militar y social. Se ha llegado a justificar, en nombre de una presunta elección divina incondicional, actuaciones que, de aplicarse a cualquier otra nación, serían denunciadas como contrarias a la justicia elemental. Como si el hecho de llevar el nombre de Israel legitimara cualquier comportamiento, por más alejado que esté de los preceptos éticos de la Torá y de los profetas.
Esta postura es profundamente antibíblica. Porque el mismo Antiguo Testamento que proclama la elección de Israel no escatima en denunciar con la mayor dureza los pecados de su pueblo elegido. Amós, el pastor de Tecoa, no dudó en anunciar el juicio divino contra Israel por oprimir al pobre, vender al justo por dinero y al necesitado por un par de sandalias (Amós 2:6-7). Isaías llamó a sus contemporáneos «gente pecadora, pueblo cargado de iniquidad, generación de malignos, hijos corruptores» (Isaías 1:4), y les recordó que sus manos estaban llenas de sangre. Oseas recibió el mandato de anunciar que Dios «tendrá misericordia de la casa de Judá» pero también que «visitará sobre sus caminos» (Oseas 4:9). Jeremías se presentó en las puertas del templo para denunciar la falsa confianza en el edificio sagrado mientras se oprimía al extranjero, al huérfano y a la viuda (Jeremías 7:1-11). Miqueas resumió con inolvidable claridad lo que Dios demanda: «solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8). Y el propio Jesús, siendo judío y dirigiéndose a su pueblo, pronunció las más severas advertencias contra los líderes religiosos de Israel por su hipocresía y por descuidar «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). La elección divina jamás ha sido un cheque en blanco para cometer injusticias; al contrario, es una vocación que exige una responsabilidad mayor.
Pues bien, la actitud acrítica hacia el Estado de Israel que ha promovido el dispensacionalismo popular —al que denominamos «sionismo cristiano»— constituye una grave mancha contra el testimonio de la iglesia ante el mundo. ¿Qué mensaje enviamos a las naciones cuando respaldamos sin reservas políticas de expropiación, asentamientos ilegales, desplazamiento forzado de poblaciones y violencia desproporcionada, todo ello bajo el manto de un supuesto mandato divino? No se trata aquí de tomar partido en un conflicto complejo, sino de recordar un principio bíblico elemental: Dios no justifica al injusto (Éxodo 23:7), y el que oprime al extranjero, aunque sea en tierra de Israel, es sujeto del juicio divino (Ezequiel 22:7, 29). Por eso, esta actitud es también un pecado del cual la iglesia debe arrepentirse y por el cual tendrá que dar cuenta en el día del Señor. No es un asunto menor de opinión política; es una traición a la ética profética del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Además, este desacierto se convierte en un estorbo directo para la Gran Comisión. Cuando las iglesias se identifican de manera tan acrítica con un proyecto político nacional —por más vínculos históricos o simbólicos que pueda tener con la tierra de la Biblia—, se levanta un muro infranqueable entre el evangelio y pueblos enteros, especialmente los pueblos árabes y musulmanes, que perciben con toda razón una parcialidad incompatible con el amor universal de Dios. Jesús nos envió a «hacer discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:19), no a alinearnos incondicionalmente con ninguna nación de este mundo, por muy especial que haya sido su papel en la historia de la salvación. La lealtad última del cristiano no es a ningún Estado terrenal, sino al Reino de Dios que trasciende todas las fronteras.
En la praxis concreta del pentecostalismo, esta fusión ha tenido una consecuencia perversa adicional: la judaización de la iglesia. La veneración enfermiza —producto de una digestión acrítica del dispensacionalismo popular— hacia todo lo judío ha reintroducido en muchas congregaciones prácticas que el apóstol Pablo combatió con energía en sus epístolas. Se celebra la Pascua judía como si fuera un deber cristiano, se introducen rituales del Antiguo Pacto como si añadieran mérito espiritual, se imponen vestimentas o símbolos judaizantes, y se llega a enseñar que observar determinadas fiestas o tradiciones rabínicas acerca al creyente al corazón de Dios. Pablo, sin embargo, fue inequívoco: «Si os dejáis circuncidar, de nada os aprovechará Cristo» (Gálatas 5:2). Y a los colosenses les advirtió: «Nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo» (Colosenses 2:16-17). El apóstol no tenía reparo en reconocer sus raíces judías (Filipenses 3:4-5), pero las puso todas en la balanza y las consideró pérdida por el valor supremo del conocimiento de Cristo (Filipenses 3:7-8). La vuelta a las sombras cuando ya tenemos la realidad es, cuando menos, un error teológico; cuando se impone como signo de mayor espiritualidad, roza la herejía que el concilio de Jerusalén ya rechazó (Hechos 15:1-11, 28-29). Por todo ello, esta cuarta crítica no es una mera nota al pie, sino una advertencia pastoral urgente.
La falacia de calificar al dispensacionalismo como «malvado«
Jamás afirmado ni afirmaremos que el dispensacionalismo es un sistema “malvado que destroza la Biblia”. Hacerlo constituiría una falacia ad hominem en su forma abusiva, que ataca la naturaleza del sistema o de sus defensores en lugar de refutar sus argumentos. También incurriríamos en una falacia de generalización indebida o pars pro toto (tomar la parte por el todo), al identificar errores parciales con maldad intrínseca. La teología cristiana distingue entre el error doctrinal y la perversión moral deliberada y nosotros también. Pablo mismo corrigió a Pedro por su conducta errónea en Antioquía (Gálatas 2:11-14), pero jamás lo calificó de malvado. Judas nos exhorta a “tener misericordia de los que dudan” (Judas 1:22). Incluso con grupos que consideramos sectarios —como los mormones, adventistas o testigos de Jehová—, nuestra tarea no es demonizar personas, sino exponer errores doctrinales con amor (Efesios 4:15). Si esto aplica a quienes niegan doctrinas fundamentales, con mayor razón a hermanos en Cristo que, aunque equivocados en escatología, confiesan la deidad de Cristo, su muerte vicaria y resurrección corporal, y la autoridad de las Escrituras. Por tanto, denunciar el error por amor a la verdad y a las personas (Proverbios 27:5-6) es diametralmente opuesto a calificar a los hermanos dispensacionalistas como malvados. Por favor, ¡no pongan en nuestra boca palabras que no hemos dicho!
Aportes positivos del dispensacionalismo al evangelicalismo, en general, y al pentecostalismo en particular
Dicho todo lo anterior —y para que nadie pueda acusarnos justamente de haber presentado solo un lado de la balanza—, consideramos un deber ineludible reconocer que el dispensacionalismo, a pesar de sus deficiencias y de los desaciertos que hemos señalado con franqueza, ha contribuido de manera significativa al desarrollo teológico del pentecostalismo y, más ampliamente, del evangelicalismo. No sería honesto, ni cristiano, negar estos aportes. Tampoco sería sabio, pues como afirma el proverbio antiguo, «el que primero habla parece tener razón, hasta que viene su contraria y le rebate» (Proverbios 18:17). La verdad teológica, cuando se busca con humildad, suele encontrarse en el reconocimiento equilibrado de luces y sombras. Al menos cuatro áreas de influencia positiva merecen ser destacadas con gratitud.
1. Fervor escatológico y motivación misionera. El énfasis dispensacionalista en la inminencia del regreso de Cristo —aunque en ocasiones haya sido malinterpretado o llevado a extremos cuestionables— ha inyectado en las venas del pentecostalismo un sentido de urgencia evangelizadora que pocos movimientos teológicos han logrado generar con tanta intensidad. No se trata aquí de especular sobre fechas o cronologías, algo que el mismo Señor desautorizó (Hechos 1:7), sino de cultivar en el corazón del creyente la convicción de que el tiempo es breve y que la oportunidad de anunciar el evangelio tiene un límite. El apóstol Pedro lo expresó de manera inolvidable: «Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!» (2 Pedro 3:11-12, RV60). Esa combinación de espera activa y urgencia apostólica ha sido el combustible de movimientos misioneros audaces, a menudo arriesgados, que llevaron el nombre de Jesús a los rincones más remotos del planeta. El pentecostalismo histórico adoptó este fervor con naturalidad, y no es casualidad que muchas de las primeras misiones pentecostales —desde la célebre expedición a la India hasta las que partieron hacia América Latina, África y Asia— fueran impulsadas por la convicción profunda de que era necesario predicar el evangelio a todas las naciones antes del fin, obedeciendo así la palabra del Señor: «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). Incluso quienes hoy disentimos del marco dispensacionalista debemos reconocer, con honestidad intelectual y gratitud espiritual, que este fervor nos ha alcanzado y nos sigue desafiando.
2. Un método interpretativo que valora el sentido llano. Una segunda contribución, de naturaleza más hermenéutica, es la insistencia dispensacionalista en la lectura literal de las Escrituras. Es cierto que esta postura, llevada a sus extremos, ha generado problemas exegéticos notables —como ya hemos señalado al hablar del templo milénico o del rapto secreto—. Pero también es justo reconocer que sirvió como un saludable contrapeso a la alegorización excesiva que, durante siglos, había dominado buena parte de la tradición posapostólica y medieval. Cuando cada detalle del texto se disuelve en una alegoría sin anclaje histórico, la Biblia deja de ser palabra comprensible para convertirse en un enigma reservado a iniciados. Contra esa deriva, el dispensacionalismo reivindicó el principio de que Dios habla un lenguaje humano, con palabras que tienen un significado estable, y que el primer sentido del texto —el que el autor humano quiso comunicar a sus destinatarios originales— es el fundamento de toda interpretación legítima. Este enfoque ha ayudado al pentecostalismo, tradicionalmente dado a lecturas experienciales y a veces subjetivas, a mantener un respeto por el texto bíblico como comunicación divina objetiva y comprensible. El libro de Nehemías nos ofrece un modelo venerable: cuando Esdras leyó el libro de la ley, los levitas «explicaban la ley al pueblo, y el pueblo estaba atento a la lectura» (Nehemías 8:8, RV60). La lectura clara, la explicación cuidadosa y la atención al significado llano son elementos esenciales para la edificación del pueblo de Dios. En eso, el dispensacionalismo ha dado una lección que no debemos desdeñar.
3. Legitimación teológica del premilenarismo en el pentecostalismo. Un tercer aporte, quizá menos visible pero igualmente relevante, es la legitimación que el dispensacionalismo brindó al premilenarismo dentro del pentecostalismo. Es cierto que existen versiones premilenaristas no dispensacionalistas —el llamado «premilenarismo histórico», por ejemplo, que encuentra expresión en escritores como George Eldon Ladd—. Pero fue sobre todo el dispensacionalismo, con su aparato exegético y su popularidad masiva, el que reintrodujo en el evangelicalismo del siglo XIX y XX la esperanza de un reinado milenario de Cristo sobre la tierra, tal como lo describe el Apocalipsis: «y vivieron y reinaron con Cristo mil años» (Apocalipsis 20:4, RV60). El pentecostalismo, que desde sus inicios en el Azusa Street y en los avivamientos de Gales y Topeka ha valorado las dimensiones proféticas y apocalípticas del Nuevo Testamento, encontró en este esquema un marco teológico para mantener viva la expectativa del reinado visible de Cristo. No se trataba de un mero futurismo lejano, sino de una esperanza concreta que afectaba la forma de orar, de predicar y de vivir. Incluso pentecostales que hoy rechazan el dispensacionalismo en sus versiones más rígidas reconocen, si son sinceros, que deben a este sistema parte de su renovado interés por la escatología. No habría que avergonzarse de ello; al contrario, es un ejemplo de cómo Dios puede usar instrumentos imperfectos para avivar la llama de la esperanza cristiana.
4. Énfasis en la restauración de Israel y las promesas incondicionales de Dios. Por último, y a pesar de las objeciones que hemos formulado más arriba respecto al sionismo cristiano acrítico, es necesario distinguir entre esa deriva problemática y el principio teológico más amplio que el dispensacionalismo ha sabido mantener vivo: la fidelidad de Dios a sus promesas. El sistema dispensacional ha insistido —con acierto, en nuestra opinión— en que el Dios de la Biblia no es un Dios que olvida sus pactos. La declaración paulina de que «los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables» (Romanos 11:29, RV60) resuena como un eco profético en medio de una historia marcada por la infidelidad humana. Pese a que la teología del pacto —que nosotros suscribimos en sus líneas maestras— ofrece, a nuestro juicio, una mejor integración teológica entre Israel y la iglesia al mostrar cómo los creyentes de todas las naciones somos incorporados al único pueblo de Dios por medio de Cristo, no podemos negar que el dispensacionalismo ha cumplido la función providencial de recordar al cristianismo que Dios no ha desechado a su pueblo al que conoció de antemano (Romanos 11:2). En círculos pentecostales, este énfasis ha fomentado un respeto genuino por el pueblo judío y una sensibilidad hacia las raíces judías de la fe cristiana —sensibilidad que, bien orientada, puede enriquecer enormemente la comprensión de las Escrituras. El problema, como hemos señalado, surge cuando ese respeto se convierte en veneración acrítica o en judaización legalista. Pero el remedio no es la indiferencia, sino la discriminación teológica: saber distinguir entre lo que la Escritura afirma sobre la fidelidad de Dios a sus promesas y lo que son extrapolaciones políticas o rituales indebidos. En este delicado equilibrio, el dispensacionalismo ha puesto sobre la mesa un tema que la iglesia no puede silenciar: ¿acaso ha dicho Dios algo que luego no haya cumplido? La respuesta bíblica es clara: «No ha fallado la palabra de Dios» (Romanos 9:6). Y ese principio, tan central en la Escritura, es una herencia que, guste o no, debemos en buena medida a la insistencia dispensacionalista en las promesas incondicionales.
Lealtad a la Palabra por encima de los sistemas
Llegados a este punto, después de haber expuesto con la mayor claridad que nos ha sido posible tanto las objeciones que nos merece el dispensacionalismo como los aportes que, en justicia, reconocemos como valiosos, conviene dar un paso atrás y situarnos en una perspectiva más alta. Porque corremos el riesgo, quienes nos dedicamos a la teología, de convertir los sistemas en ídolos y las controversias en guerras de bandos. Y eso, hermanos, no puede ser.
La verdad que queremos dejar asentada, como una piedra angular sobre la que se sostiene todo lo demás, es la siguiente: ningún sistema teológico humano —ya sea el dispensacionalismo en sus diversas versiones, ya sea la teología del pacto, ya sea el premilenarismo histórico o cualquier otra construcción que hayan elaborado las mentes más lúcidas a lo largo de los siglos— es idéntico a la revelación bíblica. Por muy elaborados que sean, por muy coherentes que parezcan internamente, por muchas generaciones de creyentes que los hayan abrazado con devoción, todos ellos son aproximaciones. Todas son construcciones falibles, limitadas por el horizonte histórico y cultural de quienes las formularon, y —permítasenos decirlo con humildad pero con firmeza— todas son reformables. La Escritura no puede ser apresada por ningún sistema, así como el viento no puede ser encerrado en una caja. «El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Juan 3:8). La Palabra de Dios, viva y eficaz (Hebreos 4:12), desborda siempre nuestros esquemas.
Por eso, nuestra lealtad última no pertenece a ningún sistema. No juramos fidelidad a Darby ni a Scofield, como tampoco a Calvino ni a Arminio. Nuestra lealtad, aquella por la que estaríamos dispuestos a dar la vida si fuera necesario, es a la Palabra de Dios escrita, esa que «es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17, RV60). Pero no solo a la letra, sino a la Persona viva a la que esa letra testifica: Jesucristo, el Verbo hecho carne, que habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad (Juan 1:1, 14). La Escritura sin Cristo es un cuerpo sin alma; Cristo sin la Escritura es un fantasma sin anclaje histórico. Ambos, la Palabra escrita y la Palabra encarnada, se iluminan mutuamente y nos llaman a una fidelidad indivisible.
Desde esa lealtad, que no es otra cosa que el temor santo a anteponer nuestros razonamientos a lo que Dios ha dicho, podemos y debemos hacer dos cosas simultáneamente, sin que la una anule a la otra. Primero, señalar con franqueza los desaciertos del dispensacionalismo allí donde los vemos. No hacerlo sería faltar al mandato profético de «examinarlo todo y retener lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:21), y sería también un desamor hacia nuestros hermanos, porque el verdadero amor no es el que calla el error para no incomodar, sino el que «se regocija con la verdad» (1 Corintios 13:6). Pero segundo, y en el mismo movimiento, debemos reconocer con gratitud las contribuciones legítimas que el dispensacionalismo ha hecho al cuerpo de Cristo. Porque la gratitud no es opcional en el cristiano; es un mandato (Colosenses 3:15). Y porque negar lo bueno solo porque viene de un sistema con el que discrepamos en otros puntos es una forma de ingratitud que no honra a Dios, de quien desciende toda buena dádiva (Santiago 1:17).
Y sobre todo, por encima de todas las diferencias teológicas que nos separan —diferencias que, insistimos, pueden ser profundas y no meramente semánticas—, estamos llamados a tratar a nuestros hermanos dispensacionalistas con el amor y el respeto que el apóstol Pablo exigió para los creyentes que sostenían opiniones divergentes en asuntos no esenciales. Lee con atención Romanos 14, donde Pablo aborda precisamente las disputas sobre días sagrados y comidas: «Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones» (Romanos 14:1). Y añade: «¿Tú quién eres para juzgar al criado ajeno? Para su propio señor está en pie o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme» (Romanos 14:4). No se trata aquí de decir que la escatología sea un asunto menor —no lo es—, ni de caer en un indiferentismo que diluye la verdad. Se trata de reconocer que la mesa de la comunión fraterna es más ancha que nuestras coincidencias teológicas, y que el vínculo que nos une en Cristo es más profundo que cualquier desacuerdo, por importante que nos parezca. Si hemos de pelear, que sea por la integridad del evangelio; pero que nunca nos atrevamos a romper la unidad por la cual el Señor mismo oró (Juan 17:20-23).
Porque hay una verdad que la historia de la iglesia nos enseña con demasiada crudeza: la verdad sin amor se vuelve dura, hiriente, farisaica. Se convierte en la espada que corta la cabeza del hermano en lugar de la atadura del pecado. Y el amor sin verdad se vuelve vacío, blando, cómplice del error. Se convierte en un sentimentalismo que confunde la tolerancia con la indiferencia y el respeto con la abdicación de la verdad. Pero cuando la verdad y el amor se unen —no como dos fuerzas enfrentadas, sino como las dos alas de un mismo vuelo—, entonces edifican el cuerpo de Cristo. Entonces, como escribió Pablo a los efesios, «siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo» (Efesios 4:15, RV60). Ese crecimiento, ese edificar, es el único objetivo que merece la pena. Todo lo demás —ganar una discusión, hacer proselitismo de nuestro sistema favorito, demostrar que tenemos la razón y el otro está equivocado— es paja que arderá en el día del Señor (1 Corintios 3:12-15).
Así que, hermanos dispensacionalistas, hermanos de la teología del pacto, hermanos de cualquier otra tribu teológica: nos encontramos en el mismo barco, navegando hacia la misma ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10). Discutamos, sí, con pasión y con rigor, porque la verdad merece ser buscada con todas nuestras fuerzas. Pero no nos rompamos. No nos demonicemos. No nos devoremos unos a otros. Recordemos que, cuando estemos frente al Cordero, no nos preguntará si éramos dispensacionalistas o pactistas, sino si amamos a sus pequeños (Mateo 25:34-40). Que esa pregunta nos encuentre preparados. Amén.
Posdata
Permítanme añadir, antes de cerrar esta ya larga reflexión, una palabra personal que nace del corazón y no solo de la pluma. No hemos escrito esta serie de artículos sobre el dispensacionalismo en el vacío académico, ni movidos por un afán especulativo o polémico gratuito. Detrás de cada página hay historias concretas, rostros, lágrimas y oraciones.
Todo comenzó cuando empezamos a recibir mensajes de hermanos y hermanas de distintos países. Desde México, Guatemala, Bolivia, Chile, Estados Unidos, República Dominicana y casi todas las naciones de nuestra amada Latinoamérica, llegaban a nosotros testimonios cargados de una misma angustia. Personas que, en el seno de sus iglesias pentecostales, habían llegado —por estudio personal de la Biblia, por reflexión sincera o por simple incomodidad espiritual ante ciertas enseñanzas— a la convicción de que no podían suscribir el sistema dispensacionalista en la forma en que se les presentaba. Y lo que encontraron, en lugar de diálogo fraterno, fue presión, señalamiento y, en no pocos casos, amenazas explícitas.
Algunos nos contaron que se les advirtió con procesos disciplinarios eclesiásticos si seguían expresando sus objeciones. Otros sufrieron ataques en redes sociales —insultos, descalificaciones, campañas de desprestigio— por el simple hecho de manifestar una postura teológica diferente. Hubo quienes recibieron la noticia de que serían expulsados de sus congregaciones si no se retractaban. Y lo más doloroso: se les hizo sentir que, al no abrazar el dispensacionalismo, eran pentecostales de segunda categoría, creyentes sospechosos, hermanos que habían «dejado la cobertura» o que se habían «contaminado con doctrinas extrañas».
A todos ellos, que nos leen hoy, queremos decirles con la mayor claridad y el mayor cariño: no están solos. No son menos pentecostales por disentir del dispensacionalismo. El pentecostalismo no nació con el dispensacionalismo ni depende de él para ser fiel a las Escrituras. Hoy, en todo el mundo, hay pentecostales que sostienen una escatología premilenarista sin necesidad de compartimentar la historia de la salvación en dispensaciones rígidas. Ustedes no son herejes, no son rebeldes, no son desertores. Son hermanos que buscan la verdad con integridad, y esa búsqueda, cuando es sincera, honra a Dios más que la adhesión rutinaria a cualquier sistema.
Y también queremos dirigirnos a aquellos que, en medio de su disconformidad con el dispensacionalismo, no quieren abandonar el premilenarismo ni el quilismo de la iglesia primitiva. Sabemos que existe un temor legítimo: «Si dejo el dispensacionalismo, ¿qué me queda? ¿Acaso el amilenarismo? ¿El postmilenarismo? ¿La alegorización de las profecías?». No. No es necesario lanzarse de un extremo a otro. Hay una opción bíblica, responsable y profundamente arraigada en la historia de la iglesia: el premilenarismo histórico, también llamado quilismo clásico. El que sostuvieron Papías, Justino Mártir, Ireneo de Lyon y muchos otros padres antes de que Agustín popularizara la interpretación alegórica. El que nunca ha desaparecido del todo y que hoy, gracias a Dios, está siendo redescubierto por evangélicos y pentecostales que buscan una escatología fiel a las Escrituras, seria en su método, y vibrante en su esperanza. No es un sistema cerrado ni infalible, pero ofrece una alternativa coherente: un solo pueblo de Dios, una sola historia de redención, un solo regreso de Cristo en gloria, y un reinado milenario que es la consumación de las promesas hechas a Abraham y a David, cumplidas en Cristo y aplicadas a todos los creyentes, judíos y gentiles.
Por eso, al concluir esta serie de artículos, ponemos a disposición de todos ustedes, queridos hermanos, los materiales que hemos ido elaborando a lo largo de este tiempo. Los dejamos como recurso para futura referencia, para estudio personal, para discusión en grupos pequeños, para defensa de la fe ante quienes los acusan injustamente. No pretendemos tener todas las respuestas, ni erigirnos en magisterio infalible. Pero sí aspiramos, con humildad, a ofrecer herramientas que ayuden a pensar, a leer la Biblia con los propios ojos, y a recuperar la libertad de disentir sin romper la unidad.
A continuación, la lista de los artículos publicados hasta la fecha:
- Un solo pueblo a través de la historia: La Iglesia como la asamblea de los llamados (Qahal) por Dios | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/25/un-solo-pueblo-a-traves-de-la-historia-la-iglesia-como-la-asamblea-de-los-llamados-qahal-por-dios/
- Cristo, no Israel: La clave hermenéutica | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/26/cristo-no-israel-la-clave-hermeneutica/
- La verdadera dispensación — Del significado bíblico al mito del dispensacionalismo | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/26/la-verdadera-dispensacion-del-significado-biblico-al-mito-del-dispensacionalismo/
- ¿Cuándo comenzó la Iglesia? — ¿Es la iglesia el «Plan B» de Dios ante el fracaso de Israel, o un mero paréntesis en la historia de la redención? | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/26/cuando-comenzo-la-iglesia-es-la-iglesia-el-plan-b-de-dios-ante-el-fracaso-de-israel-o-un-mero-parentesis-en-la-historia-de-la-redencion/
- Dispensacionalismo y pentecostalismo: Una alianza contra natura | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/28/dispensacionalismo-y-pentecostalismo-una-alianza-contra-natura/
- El dispensacionalismo y el pentecostalismo: Anatomía de una unión forzada y de su necesario divorcio | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/30/el-dispensacionalismo-y-el-pentecostalismo-anatomia-de-una-union-forzada-y-de-su-necesario-divorcio/
- El mito de la antigüedad dispensacionalista: Cuando la historia corrige los créditos | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/05/30/el-mito-de-la-antiguedad-dispensacionalista-cuando-la-historia-corrige-los-creditos/
- Dispensacionalismo, Sionismo Cristiano y Pentecostalidad: Un triángulo amoroso profano | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/06/03/dispensacionalismo-sionismo-cristiano-y-pentecostalidad-un-triangulo-amoroso-profano/
- Tres ranas, un frente: reflexión sobre antisemitismo, antisionismo y discernimiento cristiano | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/06/04/tres-ranas-un-frente-reflexion-sobre-antisemitismo-antisionismo-y-discernimiento-cristiano/
- ¿Un verdadero pentecostal debe ser dispensacionalista?: Desmontando la falacia del verdadero escocés («No true Scotsman» o «Appeal to Purity fallacy»), desde Azusa Street | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/06/04/dispensacionalismo-y-pentecostalidad-desmontando-la-falacia-del-verdadero-escoces-no-true-scotsman-desde-azusa-street/
- Cuando el sectarismo niega la legítima pentecostalidad: Una defensa del premilenarismo histórico | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/06/07/cuando-el-sectarismo-niega-la-legitima-pentecostalidad-una-defensa-del-premilenarismo-historico/
- Sacrificios de animales en el milenio: ¿Memorial, error exegético o herejía velada del dispensacionalismo? | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/06/08/sacrificios-de-animales-en-el-milenio-memorial-error-exegetico-o-herejia-velada-del-dispensacionalismo/
- ¿Dispensacionalismo antes de John Nelson Darby? | https://pensamientopentecostalarminiano.org/2026/06/09/dispensacionalismo-antes-de-john-nelson-darby/
Que el Señor Jesús, que es la Verdad hecha carne, los guarde en su amor y los confirme en su Palabra. Y que el Espíritu Santo, que guía a toda verdad, los llene de paz y de valor para seguir buscando, con humildad pero sin miedo, el camino que agrada a Dios.
Con afecto fraterno,
El equipo de PPA Biblia & Teología