Por Fernando E. Alvarado
¿Sabías que el cesacionismo, antagonista doctrinal de la teología pentecostal, se arraiga de manera profunda en el dispensacionalismo y depende de sus postulados para sostener su propia validez? Pocas paradojas teológicas resultan tan desconcertantes como la que encierra la relación entre el pentecostalismo y el dispensacionalismo. Este último, marco conceptual que ha servido históricamente de armazón intelectual para el cesacionismo —enemigo declarado de la espiritualidad pentecostal—, es defendido sin embargo con auténtico celo por millones de pentecostales en todo el mundo. La ironía no es menor: abrazan un sistema diseñado, desde sus cimientos, para declarar extinguidas precisamente aquellas experiencias que definen su identidad religiosa. Dicho de otro modo, sostienen con devoción la estructura de un edificio construido con la expresa intención de no albergar las manifestaciones que ellos consideran medulares para la fe.
La distinción radical entre Israel y la iglesia
El presupuesto teológico que permite al dispensacionalismo clásico afirmar la cesación de los dones hunde sus raíces en la naturaleza transicional de la era apostólica. En esta visión, dicha etapa funcionó como una suerte de puente tendido entre la economía legal de Israel y la economía de la Gracia destinada a la Iglesia. Figuras como C.I. Scofield y Lewis Sperry Chafer, artífices de la sistematización de este pensamiento, edificaron su postura sobre una premisa central: la distinción radical entre Israel y la Iglesia.
No se trata de un detalle menor ni de una interpretación accesoria; este principio constituye el eje sobre el que gira toda la hermenéutica del dispensacionalismo clásico. Según esta, Dios maneja dos planes distintos para dos pueblos distintos. Israel es concebido como un pueblo terrenal, portador de promesas terrenales, mientras que la Iglesia aparece como un pueblo celestial, revestido de promesas igualmente celestiales. La separación entre ambos es, en esta lógica, nítida e irreductible.

Los dones como credenciales para Israel
Basándose en pasajes como 1 Corintios 1:22 —«los judíos piden señales»—, el dispensacionalismo sostiene que los milagros y los dones espectaculares funcionaban como credenciales divinas diseñadas específicamente para la nación de Israel. Eran recursos de validación: servían para autenticar el mensaje del Reino que Jesús y los apóstoles estaban ofreciendo a los judíos. Pero una vez que Israel rechaza de manera oficial esa oferta y la Iglesia —un auténtico «paréntesis» en el plan divino— queda plenamente establecida, las señales pierden por completo su función teológica.
Bajo este esquema, los dones de señales no estaban pensados para la edificación permanente de la Iglesia. Su propósito se agotaba en la autenticación del mensajero ante un Israel que, en ese momento preciso, estaba siendo dejado de lado judicialmente. Eran, por así decirlo, herramientas de una coyuntura histórica muy concreta y no un equipamiento ordinario para la comunidad cristiana de todos los tiempos.
La exclusividad apostólica y el fin de los dones
El argumento se refuerza con la doctrina de la exclusividad apostólica. Para el dispensacionalismo clásico, los dones de señales constituían lo que Pablo denomina en 2 Corintios 12:12 «las señales de apóstol». La premisa es sencilla: si ya no hay apóstoles —porque no quedan testigos oculares de la resurrección con comisión directa del Señor—, las facultades milagrosas vinculadas a ese oficio desaparecieron con la muerte de Juan, el último de los doce.
Desde esta óptica, la capacidad de sanar instantáneamente o de hablar en lenguas no representaba una facultad distribuida entre todos los creyentes de todas las épocas. Era más bien un sello de autoridad, un distintivo otorgado únicamente a los doce y a sus colaboradores más estrechos con vistas a establecer el fundamento de la fe. Apoyándose en Efesios 2:20, donde se describe a la Iglesia como un edificio construido sobre el fundamento de apóstoles y profetas, el dispensacionalismo original razona que un fundamento no se coloca dos veces. Al desaparecer los apóstoles, el período de validación sobrenatural llegó a su fin: la autoridad pasó de los hombres dotados a los escritos inspirados que estos dejaron como legado.
La madurez del canon y el cese de lo fragmentario
Hay un tercer pilar en esta arquitectura teológica: el presupuesto de suficiencia canónica. El dispensacionalismo clásico interpreta el «cese de lo que es en parte» mencionado en 1 Corintios 13:8-10 como una referencia directa a la finalización del Nuevo Testamento. Recurriendo a la analogía de la madurez, sostiene que los dones operaban como muletas necesarias mientras la Iglesia atravesaba su etapa fundacional, suerte de infancia espiritual.
Los dones de revelación —profecía, lenguas, ciencia— eran, en esta lectura, mecanismos provisionales para una comunidad que aún carecía de un canon completo. Funcionaban como piezas de un rompecabezas que permitían a la congregación primitiva conocer la voluntad de Dios de manera fragmentaria. Pero cuando el canon quedó cerrado con el libro de Apocalipsis, la Iglesia alcanzó su «estado de hombre perfecto» en materia de revelación. A partir de ese punto, la introducción de nuevas profecías o lenguas no solo se considera innecesaria, sino teológicamente peligrosa, pues atentaría contra la autoridad final de la Biblia como única regla de fe y práctica para la dispensación presente.

Un cambio en el modo de operar del Espíritu
El cesacionismo dispensacional no afirma, sin embargo, que el Espíritu Santo haya cesado toda actividad. Lo que plantea es un cambio en su modus operandi, un giro de lo externo y físico hacia lo interno y espiritual. Durante la transición apostólica, el Espíritu se valía de señales visibles para marcar el cambio de era. Pero en la dispensación de la Gracia propiamente dicha, su obra principal se concentra en el bautismo místico del creyente en el cuerpo de Cristo, en la iluminación de la Palabra y en la producción del fruto del Espíritu.
Bajo estas coordenadas, buscar hoy los dones de señales equivale a un retroceso hacia etapas de infancia espiritual o, peor aún, a una confusión entre las promesas terrenales y milagrosas dadas a Israel y la realidad espiritual y celestial de la Iglesia. Esta última debe caminar, según el esquema clásico, exclusivamente por la fe depositada en la revelación escrita.
El dispensacionalismo revisado: un intento de pulir las aristas
La paradoja del pentecostal que defiende la estructura construida para excluirlo no ha permanecido congelada en el tiempo. Con el paso de las décadas, el edificio intelectual del dispensacionalismo sufrió grietas y remodelaciones profundas que obligaron al sistema a transformarse en lo que hoy conocemos como sus vertientes revisada y progresiva. El distanciamiento de estos nuevos modelos respecto a los postulados de Scofield y Chafer no es solo una cuestión de matices o de terminología: implica una revisión que golpea directamente la base del cesacionismo clásico.
Hacia mediados del siglo XX, el dispensacionalismo revisado, impulsado por teólogos como Charles Ryrie y John Walvoord, trató de lijar las aristas más ásperas del sistema original. Aunque mantuvieron la armadura cesacionista, empezaron a tomar distancia de la dicotomía extrema que separaba de manera estanca los planes terrenales de los celestiales. En esta nueva etapa, el matiz del propósito cambió: ya no se afirmaba con tanta contundencia que los dones eran exclusivamente para Israel, sino que se comenzó a enfatizar su carácter fundacional para la Iglesia. A pesar de esta sofisticación académica, el muro permaneció en pie. El argumento de Efesios 2:20 siguió funcionando como el cerrojo teológico principal: si los apóstoles constituyeron el fundamento del edificio, sus señales debían cesar con ellos para preservar la supremacía de una revelación ya completada en el canon bíblico.
La ruptura progresiva y el derribo de los muros
La verdadera fractura llegó en la década de los ochenta con el surgimiento del dispensacionalismo progresivo. Liderado por teólogos como Craig Blaising y Darrell Bock, este movimiento echó abajo los pilares que convertían al cesacionismo en una conclusión inevitable. Al rechazar la idea de la Iglesia como un mero paréntesis y proponer, en cambio, que el Reino de Dios ya ha comenzado de forma inaugurada, el sistema perdió la justificación lógica para confinar los milagros al pasado o al futuro milenario. Si el Reino está presente aquí y ahora, la premisa de que los dones eran simples credenciales temporales se desmorona, abriendo paso a un continuismo cauteloso donde ya no existe una barrera dispensacional que impida al Espíritu Santo manifestarse en la actualidad.
El resultado es notable: el dispensacionalismo progresivo se ha distanciado tanto de sus raíces que ha terminado por validar, al menos en potencia, la vivencia sobrenatural que el sistema original pretendía aniquilar. La ironía final reside en que, mientras la vanguardia académica del dispensacionalismo ha derribado los muros del cesacionismo, el pentecostalismo popular sigue aferrado a los esquemas y a los gráficos de la era Scofield. El creyente pentecostal continúa habitando una estructura teológica que ya ha sido vaciada de su intención original, defendiendo con fervor un mapa que, si se aplicara con rigor técnico, invalidaría la esencia misma de su propia espiritualidad.
Convergencia con la teología del pacto
Al derribar los muros de la separación radical y abrazar la idea de un único plan de redención, el dispensacionalismo progresivo ha terminado convergiendo, casi simétricamente, con la Teología del Pacto, en particular con su vertiente del Milenialismo Inaugurado.
Este proceso de transformación ha hecho que el dispensacionalismo moderno se parezca hoy, más que a ninguna otra cosa, a una versión matizada del Premilenialismo Histórico. El cambio fundamental ha sido la adopción del concepto «Ya, pero todavía no» (Already, but not yet). Frente a la rigidez del dispensacionalismo clásico —un «Todavía no» rotundo, donde el Reino es solo futuro y judío— y frente al amilenialismo de cierta teología del pacto —inclinado hacia el «Ya», con un Reino puramente espiritual y presente—, el dispensacionalismo progresivo se ha instalado en el centro.
Al igual que el Premilenialismo Histórico, ahora sostiene que las bendiciones del Reino prometidas a Israel en el Antiguo Testamento han comenzado a fluir hacia la Iglesia en el presente. Esta es la misma estructura interpretativa que maneja buena parte de la teología reformada moderada y, curiosamente, la teología de la «Tercera Ola» desarrollada por autores como George Eldon Ladd.
La metamorfosis ha sido tan profunda que las fronteras con los sistemas tradicionales se han vuelto borrosas en al menos tres puntos clave. Primero, en la visión de un solo pueblo de Dios: al igual que el sistema de pactos, el dispensacionalismo progresivo ve ahora a Israel y a la Iglesia como parte de un mismo cuerpo redimido, aunque conserve una distinción funcional para el futuro de la nación judía. Segundo, en la unidad del pacto: ha abandonado la idea de compartimentos estancos —dispensaciones aisladas— para adoptar una visión más fluida, donde cada etapa de la historia bíblica se construye sobre la anterior, muy similar a la progresión orgánica de los pactos en la teología federal. Tercero, en el paso de un israelocentrismo a un cristocentrismo: el sistema se ha movido de una hermenéutica que giraba en torno al cumplimiento nacional de Israel hacia otra que orbita alrededor de la entronización de Cristo. Para el progresivo, al igual que para el teólogo del pacto, todas las promesas encuentran su «Sí» definitivo en Cristo.

Un balance entre la pérdida y la ganancia
Hoy resulta frecuente escuchar a teólogos referirse al dispensacionalismo progresivo como un «Pactualismo Premilenial». Ha sacrificado la exclusividad de las señales judías y el muro del cesacionismo para ganar coherencia bíblica. El resultado es un sistema que conserva el esqueleto del dispensacionalismo —mantiene un milenio literal—, pero cuyos órganos y cuya sangre pertenecen a la teología del pacto: unidad del plan redentor y continuidad de la obra del Espíritu. Para el pentecostal, la noticia tiene un sabor agridulce. Por un lado, el sistema se ha vuelto más amable con su teología de los dones al aproximarse al premilenialismo histórico. Por otro, al hacerlo ha perdido la claridad de aquellos gráficos del fin del mundo que tanto éxito cosecharon en la educación popular pentecostal del siglo pasado.
Al asimilarse al premilenialismo histórico, el sistema ha extraviado su razón de ser original —aquella separación tan rigurosa de dos pueblos y dos planes—, pero a cambio ha logrado sobrevivir como una opción académica respetable.
Dos maneras de leer el mismo proceso
Conviene detenerse a considerar este fenómeno desde dos ángulos complementarios. El primero tiene que ver con la pérdida de lo que podríamos llamar su «marca registrada». El dispensacionalismo de Scofield triunfó porque ofrecía un sistema de compartimentos estancos, fácil de graficar y dotado de una lógica interna casi matemática: «Esto es para Israel, esto es para la Iglesia». Esa claridad constituía su mayor atractivo. Al volverse progresivo y parecerse a la Teología del Pacto, el sistema ha perdido nitidez. Para no pocos puristas, el dispensacionalismo progresivo no representa una evolución, sino una capitulación. Si ya no hay dos planes distintos y si la Iglesia ya disfruta de las promesas del Reino, el término «dispensacionalismo» se convierte en poco más que una etiqueta nostálgica para un sistema que ahora funciona con el motor de sus antiguos rivales.
El segundo ángulo apunta a una maduración necesaria. Esta asimilación era, en realidad, el único camino para no quedar relegado al estatus de curiosidad histórica o de sectarismo hermenéutico. El dispensacionalismo clásico presentaba problemas de exégesis difíciles de sostener bajo el escrutinio moderno —piénsese en la idea de que el Sermón del Monte no estaba dirigido a los cristianos, sino a los judíos del milenio—. Al adoptar la escatología del «Ya pero todavía no», propia del premilenialismo histórico, el sistema ganó en varios frentes: se volvió más cristocéntrico, girando sobre el reinado actual de Cristo en lugar de hacerlo sobre el destino nacional de Israel, y se volvió más integrador, al permitir que el Nuevo Testamento informe al Antiguo de manera orgánica y no como un simple paréntesis accidental.
Lo más fascinante del asunto es que, aunque este cambio le ofrece al pentecostal una validación teológica que antes no tenía —al hacer posible la continuidad de los dones bajo el reinado actual de Cristo—, también le arrebata el escapismo escatológico que durante décadas definió su identidad. El dispensacionalismo clásico alimentaba la expectativa del rapto inminente y un marcado desinterés por el mundo social. Al hacerse más pactual y cercano al premilenialismo histórico, el sistema exige una mayor responsabilidad con el presente, algo que choca de frente con la cultura de «espera del vuelo» que caracteriza a muchas iglesias pentecostales tradicionales.
De isla hermenéutica a puente
En definitiva, el dispensacionalismo ha dejado de ser una isla hermenéutica para transformarse en un puente. Ha renunciado a su exclusividad, pero ha conquistado un lugar en la mesa del diálogo teológico serio. El precio ha sido admitir que aquellos muros que se levantaron para dejar fuera al Espíritu Santo en su expresión carismática eran, a fin de cuentas, artificiales.

Bibliografía
- Blaising, C. A. y Bock, D. L. (1993). Progressive Dispensationalism. Victor Books.
- Chafer, L. S. (1947). Systematic Theology (Vols. 1-8). Dallas Seminary Press.
- Ladd, G. E. (1952). Crucial Questions about the Kingdom of God. Eerdmans.
- Ryrie, C. C. (1965). Dispensationalism Today. Moody Press.
- Scofield, C. I. (1909). The Scofield Reference Bible. Oxford University Press.
- Walvoord, J. F. (1966). The Revelation of Jesus Christ. Moody Press.