Por Fernando E. Alvarado
Llevo años como pastor pentecostal viendo algo que me resulta cada vez más incómodo: el dispensacionalismo contemporáneo, sobre todo en su versión evangélica popular, se ha convertido en un apoyo prácticamente incondicional al Estado de Israel. Ojo: no hablo de solidaridad con el pueblo judío, sino de una adhesión política y teológica que roza la idolatría (Priego Moreno, 2025, pp. 215-218). Este sistema interpreta la historia como una serie de etapas divinas, sostiene que los judíos siguen siendo el pueblo elegido y que las promesas territoriales del Antiguo Testamento deben cumplirse al pie de la letra en la tierra de Israel actual (Sandeen, 1970, p. 58). El resultado es que muchos dispensacionalistas no solo respaldan al Estado judío moderno, sino que ven cualquier crítica o presión diplomática como un ataque directo a Dios. ¿Asentamientos en territorios ocupados? Apoyo sin matices. ¿Desalojos de familias palestinas? Profecía en marcha. Y eso, como pastor, me da asco.
Este filosemitismo extremo —esa exaltación de lo judío a niveles casi teológicos— ya no es simpatía cultural ni religiosa. Es una defensa incondicional que equipara el bienestar de Israel con la bendición divina, y cualquier condena o retirada de apoyo con una maldición (Lewis, 2010, p. 87). He escuchado desde el púlpito cómo se interpreta la creación de Israel en 1948, la reunificación de Jerusalén en 1967 y las tensiones regionales como pasos obligatorios de un cronograma celestial (Goldman, 2018, pp. 134-136). Bajo esa lupa, cualquier intento de dividir la tierra o de reconocer un Estado palestino es una interferencia humana imperdonable. Lo que me aterra es la sordera colectiva: nadie quiere escuchar las críticas justificadas. Y si alguien las plantea, es tachado de ignorante de las profecías o, peor, de antisemita (Shapiro, 2015, p. 102).
Esa mezcla de teología dispensacionalista y activismo político a favor de Israel es lo que hoy llamamos sionismo cristiano. No es un invento reciente: sus raíces se hunden en el puritanismo inglés del siglo XVII y encuentran una de sus figuras más emblemáticas en Lord Shaftesbury, ya entrado el siglo XIX (Lewis, 2010, pp. 45-47). Analicemos, pues, qué creían aquellos puritanos y qué defendía Shaftesbury, porque sus ideas son el sustrato del fenómeno que vemos hoy en día en muchas iglesias pentecostales.

Los puritanos del siglo XVII: entre la escatología y la política
Los puritanos fueron los primeros partidarios cristianos de la inmigración de judíos europeos a Palestina (Wilkinson, 2007, p. 32). No lo hacían por simpatía filantrópica, sino por una convicción teológica arraigada: sostenían que el retorno físico de los judíos a su tierra era un requisito indispensable para que se cumplieran las profecías bíblicas del Fin de los Tiempos. En 1621, Sir Henry Finch, miembro del parlamento inglés, publicó un sermón en el que pedía abiertamente que se apoyara el regreso de los judíos a su patria (Finch, 1621, párr. 2-4; Lewis, 2010, p. 52). John Owen, influyente teólogo puritano que llegó a ser rector de la Universidad de Oxford, defendía la misma idea (Owen, 1655, párr. 5-7; Cromwell Association, s.f., párr. 4). Otro ejemplo es el teólogo John Cotton, quien enseñaba que los gentiles deberían ayudar a los judíos a regresar a su tierra (Cotton, 1630, p. 8; véase también Goldman, 2018, pp. 45-47). Para estos puritanos, el pueblo judío seguía siendo el elegido de Dios, y su restauración territorial en Palestina era una condición previa para la segunda venida de Cristo (Roth, 2007, p. 3). No se trataba, pues, de una solidaridad desinteresada, sino de un eslabón necesario en un plan divino que los puritanos creían estar descifrando.
Pero los puritanos no solo teorizaron: actuaron. Oliver Cromwell, Lord Protector de Inglaterra entre 1653 y 1658, fue una figura clave en este proceso. Cromwell, cuyas convicciones puritanas le llevaban a favorecer a los judíos, fue el principal responsable de su readmisión en Inglaterra, de donde habían sido expulsados en 1290. Su motivación era tanto teológica como práctica: por un lado, creía, como buen puritano, que la conversión de los judíos era esencial para el regreso de Cristo; por otro, veía las ventajas comerciales que una comunidad judía podría aportar a Inglaterra (Cromwell, 1655, párr. 3-5; véase también Jewish Virtual Library, 2024). En 1655, Cromwell convocó la Conferencia de Whitehall para debatir la readmisión oficial, y aunque la conferencia no llegó a una conclusión formal, la tolerancia se hizo efectiva: los judíos pudieron orar en privado, y pronto se les permitió tener una sinagoga y un cementerio. Los enemigos de Cromwell llegaron a decir que los judíos lo consideraban su mesías. En esta misma línea, cabe mencionar a John Owen (1616-1683), quien además de ser un teólogo de renombre, fue miembro del parlamento inglés y rector de la Universidad de Oxford, y sostenía que el retorno físico de los judíos a Palestina era necesario para que se cumplieran las profecías sobre el Fin de los Tiempos (Owen, 1655, párr. 5-7; véase también Eschatology and the Readmission of the Jews, 2021).

Lord Shaftesbury: el sionista cristiano victoriano
Si los puritanos pusieron los cimientos, Lord Anthony Ashley Cooper, séptimo conde de Shaftesbury (1801-1885), edificó sobre ellos una imponente estructura política. Shaftesbury fue la figura más destacada del movimiento evangélico en la Inglaterra del siglo XIX, un reformador social que luchó contra el trabajo infantil y por mejorar las condiciones de las fábricas. Pero también fue el sionista cristiano más prominente de su tiempo, al punto que algunos estudiosos lo consideran el «Herzl anglicano». Su labor fue decisiva para sentar las bases teológicas y diplomáticas que medio siglo después harían posible la Declaración Balfour de 1917 (Lewis, 2010, pp. 101-105).
Shaftesbury, profundamente influido por su fe evangélica, se preguntaba en su diario en 1826: «¿Quién será el Ciro de los tiempos modernos, el segundo elegido para restaurar al pueblo de Dios?» (Shaftesbury, 1826, párr. 2; citado en Lewis, 2010, p. 112). La respuesta, en su mente, debían ser los protestantes británicos. Convencido de que la conversión de los judíos y su restauración en Palestina eran condiciones necesarias para el fin de los tiempos, Shaftesbury no se limitó a la oración. En enero de 1839, publicó un artículo en la influyente Quarterly Review en el que llamaba abiertamente al asentamiento judío en Palestina, argumentando no solo razones proféticas, sino también económicas e imperiales: la tierra era fértil y podía proveer de algodón, seda y aceite de oliva a Gran Bretaña; solo faltaba capital y mano de obra, que los judíos británicos podían aportar (Lewis, 2010, pp. 118-121; Dingle, 2025, p. 103).
El contexto geopolítico le fue favorable. La apertura del primer consulado británico en Jerusalén coincidió con la publicación de su artículo. Para Shaftesbury, este consulado no era solo una oficina diplomática: significaba la llegada del protestantismo a Tierra Santa y una victoria contra el «resurgente catolicismo» que él temía (Dingle, 2025, p. 107). Su visión de los judíos era, en el fondo, profundamente transaccional: eran instrumentos para el cumplimiento profético y, sobre todo, potenciales conversos (Lewis, 2010, p. 89). Los que se resistían al proselitismo eran censurados. Este es el meollo del sionismo cristiano: un amor condicional, que usa al judío como pieza en un guion divino, y que no duda en silenciar o condenar cuando el instrumento se sale del libreto.
La influencia de Shaftesbury y del movimiento restauracionista que encabezó fue decisiva para crear en el Reino Unido un clima de opinión favorable al sionismo político. Donald M. Lewis, en su obra The Origins of Christian Zionism (2010, p. 214), documenta cómo los evangélicos presionaron al gabinete británico en favor de la restauración judía en Palestina, y cómo ese esfuerzo allanó el camino para la Declaración Balfour de 1917. En definitiva, antes de que Herzl escribiera El Estado Judío, ya existían líderes cristianos que defendían la necesidad teológica y política de que los judíos regresaran a Palestina (Cohn-Sherbok, 2006, pp. 45-48). Y como pastor pentecostal, no puedo dejar de ver en esa historia el origen de muchos de los errores que hoy asolan a mi propio movimiento: la confusión entre profecía y geopolítica, la instrumentalización del pueblo judío, y una ceguera moral que persiste hasta nuestros días.

Bendiciendo lo que Dios llora: el triángulo profano del dispensacionalismo, el sionismo cristiano y el pentecostalismo
El puritanismo inglés y el activismo de Lord Shaftesbury arrojaron la semilla al surco. Pero hubo que esperar a Darby, Scofield y su corte de seguidores para que la planta brotara con fuerza, abonada con un sistema teológico que la convertiría en un arbusto resistente y expansivo. John Nelson Darby (1800-1882), fundador de los Hermanos de Plymouth, desarrolló en la década de 1820 un sistema teológico que modificó el calvinismo predominante para articular posiciones distintivas sobre la salvación, la iglesia, la obra del Espíritu Santo y, sobre todo, el fin de los tiempos (Sweetnam, 2024, pp. 23-25; Wilkinson, 2007, pp. 45-48). Fue con la popularización del dispensacionalismo —la Biblia Scofield de 1909, los libros de Hal Lindsey, la serie Left Behind— que el sionismo cristiano se volvió un movimiento masivo. Cyrus I. Scofield (1843-1921) publicó su Scofield Reference Bible en 1909 (revisada en 1917), que se convirtió en el vehículo principal para difundir el dispensacionalismo en el mundo evangélico de habla inglesa (Hannah, 2000, p. 56; véase también Sweetnam, 2020, p. 89). El sionismo cristiano no solo da cobertura teológica: financia, hace lobby, moviliza. Organizaciones como Christians United for Israel (CUFI), fundada en 2006 por John Hagee, arrastran a millones de evangélicos a defender a Israel sin condiciones, presionando a gobiernos —sobre todo al de EE.UU.— para que mantengan políticas favorables (CUFI, 2023, párr. 2; véase también Hagee, 2006). Y yo me pregunto: ¿dónde queda el evangelio en todo esto? Porque lo que veo es ceguera moral, sordera ante los informes de crímenes de guerra y una mudez cómplice ante los muertos en Gaza, los niños bajo los escombros, las familias desplazadas en Cisjordania.
Así las cosas, el dispensacionalismo actual ha saltado del aula bíblica a la geopolítica. Su filosemitismo radical —que a menudo usa al pueblo judío como simple utilería para un guion escatológico— ha moldeado tanto la piedad popular como la agenda diplomática de naciones con fuerte influencia evangélica (Cohn-Sherbok, 2006, pp. 112-115). Y aquí viene la gran paradoja, la que me revuelve el estómago: mientras predican un amor incondicional a Israel y a los judíos, muchos de ellos creen que la mayoría de los judíos actuales terminarán convertidos por las malas o muertos en la tribulación. O sea, el amor tiene fecha de caducidad y condiciones (Wilkinson, 2007, p. 156; véase también Lewis, 2010, p. 289). Resulta evidente que la exaltación de Israel sirve, sobre todo, para que el drama profético llegue a su gran final. El matrimonio entre dispensacionalismo y sionismo cristiano sigue siendo hoy uno de los factores religiosos más influyentes en el conflicto de Oriente Medio.
A lo largo de los siglos XIX y XX, el dispensacionalismo saltó de los libros de teología a los despachos gubernamentales a través de figuras clave:
• William E. Blackstone (1841–1935): Este evangelista dispensacionalista estadounidense, profundamente influido por Darby, organizó en 1891 la «Petición Blackstone». Logró que más de 400 líderes políticos y empresariales de EE. UU. (incluidos jueces de la Corte Suprema y futuros presidentes) firmaran un documento instando al presidente Benjamin Harrison a interceder para devolver Palestina al pueblo judío (Blackstone, 1891, párr. 1-3; véase también Haaretz, 2014).
• Lord Arthur Balfour y la Declaración Balfour (1917): El secretario de Relaciones Exteriores británico que firmó la famosa declaración que apoyaba un «hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina había crecido en un entorno protestante fuertemente influenciado por las corrientes evangélicas de restauración del pueblo judío (Balfour, 1917, párr. 2; véase también Jerusalem Post, 2010; Lewis, 2010, p. 267).
• El giro geopolítico tras 1967: Tras la Guerra de los Seis Días, en la que Israel capturó Jerusalén Este, los dispensacionalistas vieron esto como una confirmación matemática e infalible de sus profecías de los «últimos tiempos». Desde entonces, autores como Hal Lindsey (con su libro The Late Great Planet Earth, 1970) y más tarde la saga de libros Left Behind (Dejados Atrás) convirtieron el apoyo irrestricto a Israel en una prioridad política absoluta para la derecha evangélica en EE. UU., un bloque electoral clave para el Partido Republicano (Goldman, 2018, pp. 167-170; Cohn-Sherbok, 2006, pp. 134-136).
Y es en este punto donde conviene preguntarnos: ¿Se involucraron los sionistas judíos en el desarrollo del dispensacionalismo? Sí y no. Aquí hay un matiz muy importante: Los sionistas judíos no crearon ni influyeron en el desarrollo de la teología dispensacionalista, pero sí se involucraron políticamente con ella una vez descubrieron su utilidad. Existe una alianza pragmática con una paradoja teológica de fondo.
Theodor Herzl, el padre del sionismo político secular, conoció a William Hechler, un clérigo anglicano imbuido de ideas restauracionistas y proféticas. Herzl, que era agnóstico y puramente político, vio en Hechler un puente perfecto hacia la aristocracia y los gobernantes europeos. Herzl escribió en sus diarios lo útil que resultaba el entusiasmo religioso de estos cristianos para avanzar la causa diplomática judía (Herzl, 1896, párr. 4; véase también The Jewish Chronicle, 2011; MDPI, 2026).
Gobiernos israelíes (particularmente los de corte conservador como los del partido Likud desde los años 70 en adelante) se dieron cuenta de que los evangélicos dispensacionalistas estadounidenses eran aliados políticos mucho más incondicionales que la propia diáspora judía en EE. UU. (que suele ser políticamente más liberal). Fundaciones sionistas y el propio gobierno de Israel comenzaron a financiar giras para pastores evangélicos, a coordinar esfuerzos con teleevangelistas como Jerry Falwell o Pat Robertson (Falwell, 1970, párr. 3; Robertson, 1980, párr. 2; véase también Barda, 2025; Israel Hayom, 2026), y a potenciar organizaciones como Christians United for Israel (CUFI, 2006, párr. 1).
Y he aquí la gran paradoja: Los sionistas políticos judíos aceptaron gustosamente el dinero, el turismo y el lobby político en Washington que el dispensacionalismo les ofrecía. Sin embargo, ignoran por completo el final de la escatología dispensacionalista, la cual afirma que los judíos regresan a su tierra para que ocurra el Armagedón, donde las dos terceras partes del pueblo judío perecerán y el tercio restante se convertirá al cristianismo (Lewis, 2010, p. 289; véase también Wilkinson, 2007, p. 156). Resumiendo las cosas: el dispensacionalismo no fue diseñado por los sionistas, pero se convirtió en la herramienta de presión geopolítica más potente de la que el sionismo político se ha servido en Occidente (Cohn-Sherbok, 2006, p. 156).
Pero esta alianza no ha operado en el vacío. Ha arrastrado a otras tradiciones evangélicas, y el pentecostalismo es uno de los casos más llamativos y contradictorios. El pentecostalismo original —fervor experiencial, carismático, a menudo apolítico— fue tragando esquemas dispensacionalistas a medida que se institucionalizaba y quería ser tomado en serio. Muchas denominaciones nacidas del pentecostalismo clásico integraron versiones del dispensacionalismo premilenialista, con su periodización rígida y su lectura literal de las profecías sobre Israel. Lo que empezó como un matrimonio exegético antinatural —porque el pentecostalismo insiste en la revelación continua y los dones, mientras que el dispensacionalismo es un sistema cerrado y prefabricado— terminó siendo una unión doctrinal incómoda pero funcional (Newberg, 2012, pp. 45-47; véase también Strand, 2023, p. 8).
Ese vínculo ha forzado al pentecostalismo a vivir en una unión «polígama» (por llamarla de alguna manera) o triángulo amoroso profano. No solo está casado con el dispensacionalismo; a través de él, debe rendirle lealtad al sionismo cristiano y, por extensión, al Estado de Israel. O sea: el pentecostalismo se encuentra desposado con dos entidades a la vez —un sistema teológico que le es ajeno y una causa geopolítica que nada tiene que ver con su énfasis original en el Espíritu, las sanidades y la inminencia del retorno sin mediaciones políticas concretas. Las consecuencias son predecibles y las he visto con mis propios ojos: el pentecostalismo histórico, que solía ser más bien pacifista y separado del mundo, ahora bendice ejércitos, aplaude políticas de colonización y silencia a cualquiera dentro de sus filas que señale injusticias contra el pueblo palestino (Newberg, 2012, p. 89). ¿Que denuncias bombardeos sobre escuelas? Eres un ingenuo. ¿Que mencionas el derecho internacional? Eres un antisemita.
Pero lo peor viene a continuación. Ese apego al dispensacionalismo ha llevado al pentecostalismo a contraer otra unión aún más antinatural: un matrimonio con Israel como Estado político, no con el pueblo judío de la Biblia. En esta relación, el pentecostalismo —que debería ser portador de un evangelio de reconciliación y justicia para todos— termina suscribiendo una agenda que identifica la voluntad divina con las fronteras actuales de Israel y con sus decisiones de gobierno. He asistido a conferencias pentecostales de apoyo a Israel. He visto peregrinaciones a Jerusalén para celebrar fiestas judías como si fueran propias. He visto cómo adoptamos símbolos nacionales israelíes como si fueran cristianos. ¡Hasta colocamos banderas de Israel en nuestros púlpitos y decoramos iglesias con símbolos judíos! ¿Y qué hay de los palestinos? Nada. La contrapartida ética brilla por su ausencia. Ese apoyo incondicional no exige responsabilidad alguna al gobierno israelí, ni cuestiona la ocupación, ni llora a las víctimas civiles. Está claro: es una lealtad dogmática al cronograma dispensacionalista, no una solidaridad genuina con el pueblo judío real, que es diverso, complejo y a menudo profundamente crítico con su propio gobierno (Shapiro, 2015, p. 134).
En definitiva, el pentecostalismo aceptó sin filtros el dispensacionalismo y, de rebote, tragó entero su corolario político: el sionismo cristiano. Lo que empezó como una adopción teológica terminó en una unión polígama, contradictoria y profundamente distorsionadora, donde el pentecostalismo vive simultáneamente con el dispensacionalismo y con la causa sionista. Ha sacrificado su identidad profética original y ha perdido la capacidad de hablar con verdad y equidad sobre un conflicto que necesita menos guiones proféticos prefabricados y más misericordia concreta.
Yo, como pastor que ha visto la ceguera moral, que ha escuchado la sordera voluntaria ante cualquier crítica justificada, y que ha padecido la mudez cómplice frente a los delitos y crímenes de guerra del Estado de Israel —documentados hasta el cansancio por organismos internacionales como Human Rights Watch (2025, párr. 2)—, considero que el silencio ante tales atrocidades no es una opción. No escribo esto desde el odio, sino desde un amor más exigente: el amor a la verdad, a la justicia y a un evangelio que no se arrodilla ante ningún poder terreno, ni siquiera ante el que se disfraza de profecía cumplida. Considero que es hora de que el pentecostalismo despierte de este sueño polígamo y recupere su voz profética. O seguiremos bendiciendo lo que Dios llora.

¿Por qué llamar «profano» a este triángulo antinatural? (Y por qué vale la pena hacerlo)
Llamo profano a este triángulo —dispensacionalismo, sionismo cristiano y pentecostalismo— no por un exceso retórico ni por un afán de escandalizar. Lo llamo así porque de su seno han nacido dos hijos perversos, dos deformidades que han desfigurado el rostro del pentecostalismo histórico y clásico, y lo han alejado del evangelio de Cristo. No exagero: lo que sigue es la cruda realidad que he visto con mis propios ojos en decenas de iglesias, conferencias y ministerios.
El primer engendro de esta unión profana es una perversión ritual y doctrinal que ha invadido el pentecostalismo como una maleza silenciosa. Me refiero al llamado movimiento de las raíces hebreas (Hebrew Roots movement), que en las últimas dos décadas ha inundado nuestras congregaciones con prácticas ajenas, extrañas al espíritu pentecostal original y, me atrevo a decirlo, extrañas al evangelio mismo. Numerosos adherentes pentecostales están siendo expuestos a estas enseñanzas, que afirman que los cristianos no judíos deben volver a las raíces judías y observar los mandamientos del Antiguo Testamento, incluyendo rituales y costumbres judías (Strand, 2023, p. 12).
Hoy entramos a iglesias pentecostales y nos encontramos con danza hebrea, banderas con la estrella de David ondeando en los altares, shofares que suenan más como un llamado nacionalista que como un toque de arrepentimiento. Se celebran fiestas judías —Rosh Hashaná, Yom Kipur, Sucot— como si fueran mandamientos divinos para los gentiles. Se visten talits, se encienden menorahs en el altar, se colocan mezuzot en las puertas de los templos. He visto pastores usando kipás durante sus predicaciones, como si el evangelio de la gracia necesitara un disfraz veterotestamentario para ser válido (Strand, 2023, p. 9; véase también Newberg, 2012, p. 102).
Esto no es avivamiento. Esto es fuego extraño. Así como Nadab y Abiú ofrecieron fuego no autorizado ante el Señor y cayeron fulminados (Levítico 10:1-2), hoy ofrecemos en nuestros púlpitos un culto que Yahvé no mandó. El pentecostalismo, que nació como un movimiento del Espíritu sin ataduras a la ley, se ha convertido en una caricatura del judaísmo mesiánico. Parecemos más una secta judaizante que una iglesia cristiana verdaderamente llena del Espíritu.
Permítanme decirlo con toda la crudeza que el caso requiere: si el apóstol Pablo levantara la cabeza y viera lo que ocurre hoy en muchas de nuestras iglesias pentecostales, se moriría de vergüenza. O mejor dicho, no se moriría: tomaría la pluma y escribiría una carta aún más dura que la que escribió a los gálatas. ¿Se acuerdan? A los gálatas los llamó «insensatos» por volver a la ley después de haber comenzado por el Espíritu (Gálatas 3:1-3). Les dijo que si se dejaban circuncidar, Cristo no les serviría de nada (Gálatas 5:2). Pues bien: si Pablo viera nuestras danzas hebreas, nuestras fiestas judías y nuestros shofares nacionalistas, nos diría: «¡Insensatos! ¿Quién os fascinó? ¿Acaso recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe?» Y añadiría: «Me maravillo de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó a la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente —que no es otro evangelio, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo» (Gálatas 1:6-7, paráfrasis libre pero exacta en espíritu). Este giro hacia el judaísmo ritual no es un enriquecimiento cultural; es una perversión teológica que nos devuelve a las sombras cuando ya tenemos la sustancia, que es Cristo (Colosenses 2:16-17).
Pero hay un segundo hijo de este triángulo profano, aún más monstruoso que el primero: la politización judeófila de la iglesia pentecostal, que camina de la mano de una islamofobia vergonzante. Esta perversión ha traicionado la Gran Comisión y ha manchado de sangre las manos de la iglesia.
¿Qué ha ocurrido? Muy simple: hemos hecho del Estado de Israel —no del pueblo judío histórico, no de los patriarcas, no de los profetas—, hemos hecho de un Estado político moderno un ídolo. Un becerro de oro contemporáneo. Un ídolo intocable, incuestionable, al que no se puede criticar sin ser tildado de antisemita. Un nuevo dios que está por encima de cualquier sanción, castigo, juicio o moralidad. Porque cuando Israel comete el crimen —y vaya que los comete, documentados hasta la saciedad por Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Naciones Unidas y hasta por sus propios periodistas—, entonces el crimen está bien. Human Rights Watch (2025, párr. 4) ha documentado cómo las fuerzas israelíes han cometido actos que constituyen crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y actos de genocidio contra los palestinos, incluyendo el asesinato de civiles palestinos que buscaban alimentos en Gaza. O mejor: no es un crimen. Es «defensa propia». Es «limpieza de terroristas». Es «derecho a existir». Y nosotros, la iglesia pentecostal, miramos hacia otro lado. O peor: culpamos a las víctimas para que luzcan merecedoras de la masacre, del desplazamiento, del hambre, del genocidio.
Silenciamos el pecado. Lo adornamos con profecías. Lo vestimos de teología. Y así, nuestra complicidad —que ya no es silenciosa, porque hemos aprendido a justificarla con gritos de «¡Israel, bendita sea!»— ha manchado de sangre nuestras propias manos. Las manos que debían extender el evangelio de paz ahora aplauden bombardeos. Las manos que debían ungir a los enfermos ahora bendicen tanques en las fronteras de Gaza. La Gran Comisión —esa orden de hacer discípulos a todas las naciones, sin favoritismo étnico ni nacional— ha sido profanada. Porque la Gran Comisión no coloca a una nación por encima de otra. No dice «id y predicad a todos, pero si los palestinos son masacrados, no importa porque ellos no son el pueblo elegido». No, mil veces no.
Y esta forma de filosemitismo ciego e idolátrico se ha convertido, en la práctica, en una islamofobia descarada. Como los árabes y los musulmanes son generalmente las víctimas de los delitos de Israel —y como a veces Israel se ha visto víctima también, lo reconozco, pero eso no justifica el desequilibrio—, la iglesia ha terminado aborreciendo a todo un grupo étnico y religioso. No importa si un musulmán es un padre de familia que solo quiere vivir en paz. No importa si un árabe cristiano —porque los hay, y muchos— es desalojado de su casa en Gaza o en Jerusalén Este. La iglesia pentecostal, cautiva de su ídolo israelí, ha aprendido a odiar a quien se opone a su dios. Y ese odio, envuelto en retórica profética, es un hedor ante el trono de Dios.
El uso de símbolos judíos en nuestras iglesias —la bandera de Israel en el altar, la estrella de David en el escenario, las canciones en hebreo que nadie entiende— no es solo una perversión ritual. Es también una declaración política: «Aquí solo tienen cabida los que aman a Israel incondicionalmente». Y eso, queridos hermanos, aleja del seno de la iglesia a árabes, a iraníes, a musulmanes en general, a quienes también se nos ha mandado alcanzar. ¿Acaso no dijo Jesús: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura»? ¿Acaso no dijo Pablo que en Cristo no hay judío ni griego? ¿O acaso la sangre de los niños palestinos no clama desde la tierra como clamó la sangre de Abel?
Cuidado. La iglesia que aplaude la injusticia bajo el pretexto de la profecía se convierte en cómplice del pecado. Y la complicidad mancha. La sangre que otros derraman mancha nuestras manos si la justificamos o la silenciamos. El pentecostalismo no fue llamado a ser el capellán que adormezca la conciencia de ningún ejército, ni el departamento de propaganda de ningún Estado. Fue llamado a ser profeta, a decir la verdad al poder, a llorar con los que lloran y a denunciar al opresor, sea judío o gentil, israelí o palestino, amigo o enemigo. La tradición profética del Antiguo Testamento siempre ha desafiado las estructuras sociales injustas y ha llamado al arrepentimiento y a la justicia (O’Brien, 2024, p. 56). Hasta que no despertemos de este sueño polígamo, seguiremos bendiciendo lo que Dios llora. Y eso, hermanos, es un pecado que no sé si podremos lavar fácilmente.

El pentecostalismo (y el evangelicalismo sionista) ante el juicio de Dios
El dispensacionalismo y sus tentáculos políticos han encubierto el pecado en su idolatría político-religiosa. Su sistema justifica, disculpa, silencia. Se ha manchado de sangre. Quienes lo abrazan son como perros mudos —perdonen la dureza de la imagen, pero es bíblica (Isaías 56:10)— que no dan la voz de alarma cuando el pecado viene de Israel. No ladran ante la injusticia. No muerden al lobo que devora ovejas, si el lobo tiene bandera de seis puntas. Ladran, eso sí, contra los palestinos, contra los iraníes, contra todo aquel que ose criticar a su ídolo. Pero ante los crímenes de guerra, ante los bombardeos sobre escuelas y hospitales, ante los niños muertos bajo los escombros de Gaza: silencio absoluto. O peor: justificación teológica.
Y en su necedad, han contaminado el pentecostalismo —ese movimiento que se dice pueblo del Espíritu y que proclama un evangelio que se dice completo y para todos— hasta convertirlo en un eco de su propia idolatría. El pentecostalismo, que nació para restaurar los dones y el poder del Espíritu, ha terminado arrastrándose ante el becerro de oro del sionismo político. Ya no unge enfermos: unge tanques. Ya no libera oprimidos: bendice opresores. Ya no predica a toda criatura: predica solo a quienes aman a su ídolo.
Si el pentecostalismo desea lavarse las manos de este pecado —y ojalá lo desee—, necesita divorciarse permanentemente de las ideas dispensacionalistas. No hay otro camino. No sirven las medias tintas, ni las correcciones cosméticas, ni los «por un lado pero por el otro». El dispensacionalismo no es una opción neutral; es un sistema que, en su versión popular, conduce directamente a esta ceguera moral, a esta complicidad con el pecado y a esta traición del evangelio. Quien lo retiene, retiene también su fruto podrido.
Tristemente, es lo único que muchos conocen. Porque pastores y líderes —muchos de ellos con buena intención, pero mal informados— insisten en tener a sus congregaciones creyendo que dispensacionalismo es igual a sana doctrina. Nada más lejos de la verdad. El dispensacionalismo es una invención reciente (siglo XIX), no un dogma apostólico. Es una lente interpretativa problemática, no una enseñanza clara de las Escrituras (Sweetnam, 2024, p. 128). Y sin embargo, se ha enseñado como si fuera el evangelio mismo. Esa confusión tendrá consecuencias. Ellos no serán sin culpa en el juicio de Dios. Porque si el centinela no da la voz de alarma, la sangre del que perece será demandada de su mano (Ezequiel 33:6). Y la sangre que clama hoy no es solo la de los judíos asesinados por Hamás —que también clama, y con razón—, sino también la de los palestinos asesinados por el ejército israelí, la de los niños de Gaza, la de los periodistas abatidos, la de los cooperantes asesinados mientras llevaban comida.
Y aquí está el punto que no puede faltar en esta conclusión: no tenemos doble estándar. No podemos tener dos varas de medir. La comunidad internacional ha sido ampliamente criticada por aplicar estándares diferentes cuando se trata de violaciones de derechos humanos cometidas por Israel en comparación con otros países (Human Rights Watch, 2026, párr. 5). Si los palestinos y el resto de árabes dañan a Israel, eso debe ser condenado sin titubeos. El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 fue un crimen atroz, una barbarie que ninguna justificación política o religiosa puede excusar. Lo he dicho desde el púlpito y lo repito aquí: matar civiles inocentes es siempre una abominación, venga de quien venga. Pero si un judío —o un soldado israelí, o un colono, o un gobierno— asesina árabes, iraníes o palestinos, también debe ser condenado. Con la misma contundencia. Con la misma voz profética. Sin atenuantes teológicos.
No olvidemos que Dios no tiene doble estándar. En el juicio divino, no importa la nacionalidad del asesino ni la etiqueta religiosa de la víctima. El derramamiento de sangre inocente clama desde la tierra, y Dios oye tanto el clamor de Abel como el clamor de los hijos de Gaza. No hay un oído para el judío y otro para el árabe. No hay justicia preferencial para el pueblo elegido cuando ese pueblo actúa como Caín. El profeta Amós fue claro: «Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no desviaré su castigo» (Amós 1:3). Pero también: «Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no desviaré su castigo» (Amós 2:6). Dios juzga a todas las naciones con la misma vara. ¿Por qué nosotros, la iglesia, tendríamos una vara distinta?
Y ese es el punto: Nosotros tampoco deberíamos tener doble estándar. Y sin embargo, lo tenemos. Y ese doble estándar nos ha vuelto cómplices. Nos ha robado la autoridad profética. Nos ha hecho perder la credibilidad ante un mundo que nos ve bendecir masacres mientras predicamos un evangelio de paz. Es hora de reconocerlo: el pentecostalismo, en su alianza con el dispensacionalismo, ha traicionado su llamado.
No basta con «moderar» el dispensacionalismo. No basta con decir «apoyamos a Israel, pero criticamos algunas políticas». El sistema mismo está viciado desde la raíz porque construye su escatología sobre un mapa político que cambia constantemente (Sweetnam, 2020, p. 89). El pentecostalismo necesita deshacerse por completo de la estructura hermenéutica dispensacionalista y volver a una lectura bíblica que centre todo en Cristo, no en ningún Estado moderno.
La iglesia ha sido llamada a desempeñar una misión profética que denuncia el pecado y la injusticia, no a justificar el pecado. El profeta no se alinea con ningún partido ni con ningún Estado. Su única alianza es con la justicia de Dios (O’Brien, 2024, p. 112). Denunciar los crímenes de Hamás no exime de denunciar los crímenes del ejército israelí. Llorar con los judíos asesinados no impide llorar con los palestinos masacrados. La profecía bíblica es integral o no es profecía.
Es tiempo de una nueva Reforma pentecostal. Necesitamos pastores valientes que saquen las banderas de Israel de sus púlpitos, que apaguen los discursos nacionalistas disfrazados de profecía, que devuelvan el shofar a su uso espiritual y no geopolítico, que enseñen a sus congregaciones a distinguir entre el judaísmo bíblico y el sionismo político, entre el amor al pueblo judío y la idolatría al Estado israelí. No será fácil. Habrá costos. Habrá acusaciones de antisemitismo. Pero el evangelio vale más que nuestra reputación.
Antes de señalar a los gobernantes de este mundo, debemos examinarnos a nosotros mismos, pues el juicio comienza por casa. ¿Hemos sido perros mudos? ¿Hemos bendecido lo que Dios llora? Entonces el arrepentimiento debe comenzar en el altar. No en los parlamentos, no en las sedes de la ONU, no en las conferencias de paz. Comienza en nuestro corazón, en nuestro púlpito, en nuestra iglesia local. Y ese arrepentimiento debe ser público, porque pública ha sido nuestra complicidad.
Concluyo, pues, como empecé: el pentecostalismo ha vivido un sueño polígamo con el dispensacionalismo y el sionismo cristiano. Ese sueño se ha convertido en pesadilla. Es hora de despertar. Es hora de romper el triángulo profano. Es hora de devolver a nuestra gente la pureza de un evangelio que no se arrodilla ante ningún poder terrenal, que no tiene doble estándar, que no mancha sus manos con sangre ajena mientras aplaude con las suyas. O seguiremos bendiciendo lo que Dios llora, y entonces el llanto será sobre nosotros.
Amén.

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