Teacher pointing to timeline of the seven dispensations of God on a whiteboard during class
Amilenialismo, Amileniarismo, Dispensacionalismo, Historia de la Iglesia, Historia del Pentecostalismo, Historia del Protestantismo, Pactualismo Progresivo, Posmilenialismo, Premilenarismo Histórico, Reflexión Teológica, Teología del Pacto

El dispensacionalismo y el pentecostalismo: Anatomía de una unión forzada y de su necesario divorcio

Por Fernando E. Alvarado

Como pentecostal que ha caminado por distintas congregaciones y ha conversado con hermanos de muy diversos trasfondos, percibo un malestar que ya no puede ignorarse: somos muchos los pastores, maestros y creyentes laicos que estamos francamente cansados del dispensacionalismo. Debo aclarar desde el principio que mi propia postura teológica se ha ido inclinando hacia una teología del pacto con un escenario premilenialista histórico, y sé que esto condiciona mi lectura, pero precisamente por eso puedo dar fe de lo que ocurre cuando un pentecostal abre los ojos a otras corrientes. La exposición —a veces tímida, a veces forzada— a la teología protestante más amplia, a la exégesis de los pactos y a la historia de la iglesia nos ha revelado un mundo mucho más amplio, diverso y, sobre todo, más coherente que las propuestas que heredamos de Darby, Scofield y demás arquitectos del sistema. Y sin embargo, pese al desagrado creciente de una buena parte de la membresía, el dispensacionalismo se ha vuelto una auténtica vaca sagrada en varios círculos e instituciones pentecostales. Se le defiende con uñas y dientes, aun cuando su versión clásica arrastra errores notorios y las correcciones de la versión revisada resultaron notoriamente deficientes. La encarnación más reciente, el dispensacionalismo progresivo, no es otra cosa que una mea culpa teológica disfrazada de actualización: una fe de erratas que intenta salvar el edificio a costa de desnaturalizarlo por completo.

Esta crítica no es una exageración de quien escribe; al leer a los propios exponentes del dispensacionalismo progresivo (Blaising y Bock, 1993), uno nota que su reinterpretación de los pactos bíblicos y de la unidad del plan redentor los acerca (“peligrosamente” dirían algunos) a una versión «dispensacionalista» de la teología del pacto, que es justamente lo que Darby y Scofield se propusieron combatir. Han diluido la separación radical entre Israel y la Iglesia, han matizado el literalismo rígido y han abrazado un «ya pero todavía no» que habría hecho sonrojar a Scofield. El resultado es un híbrido inestable, y muchos pentecostales nos preguntamos si realmente merece la pena seguir cargando con un sistema que ni siquiera sus defensores actuales sostienen en su forma original. Desde mi convicción como premilenarista histórico pactual (Covenant Premillennialism), la respuesta es cada vez más clara: no necesitamos remendar a Scofield; podemos beber directamente de las fuentes bíblicas que nos presenta una unidad redentora sólida, una iglesia que no es un paréntesis sino el pueblo de Dios en continuidad con las promesas, y un futuro milenial que no depende de compartimentos estancos sino de la fidelidad del mismo Dios que ha guiado la historia de la redención desde el Edén.

Teacher pointing to timeline of the seven dispensations of God on a whiteboard during class

El cesacionismo como exigencia interna del dispensacionalismo

Para comprender la compleja relación entre el dispensacionalismo y el pentecostalismo hay que comenzar por un hecho que a primera vista resulta desconcertante: el dispensacionalismo clásico contiene una exigencia interna de cesacionismo. Es perfectamente posible ver el dispensacionalismo y el cesacionismo como dos doctrinas independientes que simplemente coincidieron en la historia. Después de todo, el dispensacionalismo se define formalmente por su distinción radical entre Israel y la Iglesia y por su método de interpretación literal (Ryrie, 1965, pp. 43-47; Mangum & Sweetnam, 2009, pp. 15-24). Sin embargo, al analizar la estructura interna de sus postulados esenciales se revela una conexión causal profunda: el dispensacionalismo clásico necesita y exige el cesacionismo «de fábrica» para sostener su propia coherencia teológica.

La razón principal radica en el concepto de la revelación progresiva y la administración del conocimiento divino. El dispensacionalismo postula que Dios trata con la humanidad a través de economías o «dispensaciones» claramente diferenciadas, cada una con sus propias reglas y revelaciones específicas (Efesios 3:2-3; Ryrie, 1965, pp. 33-41). Para que la economía de la Iglesia funcione como un paréntesis único y distinto al de Israel, requería una revelación fundacional que definiera sus misterios, como la unión de gentiles y judíos en un solo cuerpo (Efesios 3:5-6, Colosenses 1:25-26; Chafer, 1948, vol. 4, pp. 47-53). Si los dones de profecía y lenguas continuaran hoy, la revelación para la era de la Iglesia seguiría abierta y en constante actualización, lo que desdibujaría las fronteras fijas y los decretos específicos que definen a la dispensación presente frente a las futuras; esto contradice la premisa de que el fundamento ya fue puesto de una vez por todas por los apóstoles y profetas (Efesios 2:20), y que la revelación ha alcanzado su madurez y completitud (1 Corintios 13:8-10; Warfield, 1918, pp. 21-27; MacArthur, 2013, pp. 15-28).

Además, el principio hermenéutico literal del dispensacionalismo se autoelimina si no es cesacionista. El dispensacionalismo argumenta que Dios volverá a tratar con Israel bajo las reglas del Antiguo Testamento y el Pacto Davídico en el Milenio (Hechos 15:16-17, Romanos 11:25-26; Pentecost, 1958, pp. 470-490). Los dones carismáticos del Nuevo Testamento, especialmente las lenguas, fueron dados explícitamente como una señal de juicio para el Israel incrédulo del primer siglo, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento (1 Corintios 14:21-22, Isaías 28:11-12), y como credenciales de transición para los mensajeros del nuevo pacto (2 Corintios 12:12, Hebreos 2:3-4; Robertson, 1993, pp. 96-109). Si estos dones apostólicos y de transición continuaran indefinidamente, se violaría la estricta separación de propósitos entre Israel y la Iglesia: la Iglesia estaría operando permanentemente con las señales que debían marcar el cambio de administración, arruinando la precisión cronológica y estructural que el dispensacionalismo exige. Por lo tanto, el cesacionismo no es un mero añadido cultural de autores como Darby, Scofield o Chafer; es el andamiaje invisible que protege el sistema. Sin el cesacionismo, el concepto de «dispensaciones cerradas y ordenadas» se colapsa en un continuo teológico donde Dios sigue revelando y actuando de forma fluida, algo que se acerca mucho más a la teología del pacto o al continuismo (Poythress, 1987, pp. 29-41; Mangum & Sweetnam, 2009, pp. 191-210). Para que el dispensacionalismo sea verdaderamente dispensacionalismo, necesita que los dones fundacionales cesen, garantizando así que la era de la Iglesia sea un bloque hermético y definido en el cronograma de Dios.

Poster showing seven dispensations on table

Las razones del matrimonio forzado con el dispensacionalismo

Esta realidad plantea una pregunta que me he hecho muchas veces: si el dispensacionalismo clásico era intrínsecamente cesacionista, parece una contradicción absurda que el pentecostalismo naciente —con epicentros como el avivamiento de la calle Azusa en 1906— adoptara este sistema con tanto entusiasmo. Y la respuesta que he encontrado al estudiar nuestra propia historia es que los primeros pentecostales no adoptaron el dispensacionalismo por su postura sobre los dones, sino porque el sistema de John Nelson Darby y C. I. Scofield les ofrecía tres soluciones desesperadas a los problemas teológicos y culturales que enfrentaban en ese momento (Blumhofer, 1993, pp. 97-115; Anderson, 2004, pp. 39-44). Lo adoptaron por las siguientes razones.

En primer lugar, compartían un enemigo común: el modernismo y la teología liberal. A principios del siglo XX, las iglesias históricas estaban siendo inundadas por la teología liberal y la «alta crítica», que negaban los milagros, la inspiración divina de la Biblia y el nacimiento virginal de Cristo. El dispensacionalismo era la vanguardia del fundamentalismo conservador: defendía a capa y espada la inerrancia bíblica y una interpretación literal de las Escrituras (Marsden, 2006, pp. 48-62; Sandeen, 1970, pp. 212-234). El pentecostalismo, que basaba toda su experiencia en el poder real y literal del Espíritu Santo, necesitaba un marco teológico rígido que validara que los milagros de la Biblia sí ocurrieron históricamente. Al unirse al barco dispensacionalista, los pentecostales nos protegíamos del escepticismo liberal (Synan, 1997, pp. 142-153).

En segundo lugar, existía una obsesión compartida por la escatología y el rapto inminente. Antes del nacimiento del pentecostalismo, el ambiente teológico dominante era el postmilenialismo, la idea de que la Iglesia mejoraría el mundo social y políticamente hasta establecer el reino de Dios, y luego Cristo volvería. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial y la crisis social del siglo XX destruyeron ese optimismo (Sutton, 2014, pp. 36-52). El dispensacionalismo ofrecía el premilenialismo dispensacional, el mapa del fin del mundo que incluye el rapto secreto, la Gran Tribulación y el Milenio literal. A los pentecostales este mapa les calzó a la perfección. Ellos sentían que el mundo empeoraba y que Cristo venía «ya mismo». El dispensacionalismo les dio la estructura cronológica exacta para justificar su sentido de urgencia evangelística: si Cristo podía volver en cualquier momento, había que salir a predicar con poder de inmediato (Faupel, 1996, pp. 226-265; Dayton, 1987, pp. 144-153).

En tercer lugar, y este es un detalle fascinante que muchos hermanos desconocen, estaba la urgencia de las lenguas como «herramienta misionera» o xenoglosia. Los primeros líderes pentecostales, como Charles Parham, creían inicialmente que el don de lenguas no consistía en idiomas angelicales o estáticos (glosolalia), sino en idiomas humanos reales (xenoglosia) (Anderson, 2004, pp. 41-42; Robeck, 2006, pp. 84-95). Pensaban que si un misionero recibía el bautismo en el Espíritu Santo y hablaba en chino o bengalí, era para que viajara inmediatamente a esos países a predicar sin tener que perder años estudiando el idioma. Esto encajaba perfectamente con la idea dispensacionalista de que Dios estaba cerrando a toda prisa la «Dispensación de la Gracia». Las lenguas eran vistas como un recurso de emergencia sobrenatural que Dios otorgaba a la Iglesia porque el reloj profético estaba a punto de acabarse y el tiempo para alcanzar a las naciones se agotaba (McGee, 1991, pp. 55-68). Lo que saco en limpio de todo esto es que el pentecostalismo adoptó el dispensacionalismo porque compró el paquete escatológico (el mapa del fin del mundo) pero rechazó el paquete pneumatológico (el cesacionismo). Necesitaban la urgencia del fin del mundo que Scofield predicaba para justificar la urgencia del avivamiento global que ellos estaban viviendo. Fue un matrimonio por conveniencia teológica: el dispensacionalismo les dio el mapa del tiempo, y el pentecostalismo le puso el motor sobrenatural (Synan, 1997, pp. 147-155).

Man thinking deeply with theological books and questions about rapture, millennium, church, Israel

Los malabares teológicos: cómo hackeamos el sistema desde dentro

Ahora bien, para adoptar el dispensacionalismo sin renunciar a su propia razón de ser —la vigencia de los dones espirituales y el bautismo en el Espíritu Santo—, el movimiento pentecostal primitivo y clásico tuvo que realizar una de las acrobacias exegéticas y reconfiguraciones metodológicas más fascinantes de la historia de la teología moderna. Como el dispensacionalismo de la línea de la Biblia de Referencia de Scofield venía con el «chip» cesacionista integrado, los pentecostales no rechazaron el sistema, sino que lo «hackearon» desde adentro mediante varias modificaciones y malabares teológicos (Faupel, 1996, pp. 268-280; Arrington, 1994, pp. 63-76).

La primera fue la teoría de la «Lluvia Tardía». El dispensacionalismo clásico afirmaba que la era de la Iglesia comenzó con un estallido de poder sobrenatural que decayó y cesó una vez establecido el fundamento apostólico. Para romper este cerco cronológico sin destruir la idea de las dispensaciones, los pentecostales recurrieron a una metáfora agrícola del Antiguo Testamento basada en textos como Joel 2:23-28, Oseas 6:3 y Santiago 5:7. Argumentaron que la dispensación de la Gracia (la Iglesia) tiene dos hitos climáticos: la lluvia temprana, es decir, el derramamiento del Espíritu en Pentecostés (Hechos 2) para sembrar la Iglesia, y la lluvia tardía, un segundo e idéntico derramamiento soberano justo antes de la cosecha final (el Arrebatamiento) (Faupel, 1996, pp. 272-280; Blumhofer, 1993, pp. 108-116). Dicho con franqueza, esto fue un malabar exegético: admitieron que hubo un «silencio» o sequía espiritual durante siglos (dándole la razón parcial al cesacionismo histórico), pero justificaron que los dones contemporáneos no eran una violación del orden dispensacional, sino la señal programada de que la dispensación de la Iglesia estaba llegando a su fin.

La segunda modificación consistió en una elasticidad en el concepto del «Fundamento Apostólico» de Efesios 2:20. Como vimos, el dispensacionalismo clásico usa este pasaje para demostrar que los dones revelacionales cesaron porque el cimiento ya se construyó. El pentecostalismo resolvió esto reinterpretando la naturaleza de la profecía y los dones de revelación. Hizo una distinción tajante entre la revelación macro (canónica) y la revelación micro (edificación local). Modificó el entendimiento del don de profecía: ya no se consideraba una revelación doctrinal que añadía páginas a la Biblia, sino una guía circunstancial, consuelo o exhortación para la iglesia local (1 Corintios 14:3). Al restarle peso institucional o canónico a los dones de señal, argumentaron que su continuidad no ponía en peligro el fundamento ya puesto por los apóstoles, logrando mantener la suficiencia de las Escrituras al mismo tiempo que practicaban la glosolalia (Grudem, 1988, pp. 70-79; Fee, 1991, pp. 65-72).

En tercer lugar, se produjo una fractura de la hermenéutica literal en lo referente al libro de Hechos. El dispensacionalismo clásico lee Hechos de forma estrictamente descriptiva y transicional, como una crónica de cómo Dios cerraba la puerta a Israel y abría la de la Iglesia. El pentecostalismo, sin embargo, aplicó un doble estándar hermenéutico. Para la escatología (el rapto, la tribulación, el milenio y la distinción de Israel) mantuvieron el método literal-dispensacional más rígido. Pero para la pneumatología (el estudio del Espíritu Santo) cambiaron a una lectura prescriptiva y normativa de Hechos. Afirmaron que lo ocurrido en Hechos 2, 8, 10 y 19 no era una anomalía transicional exclusiva de los apóstoles, sino el patrón estándar para todo creyente en cualquier época (Fee, 1991, pp. 83-104; Arrington, 1994, pp. 68-74). Este malabar obligó a la teología pentecostal a vivir en una tensión constante: usar la hermenéutica de Scofield para el mapa del fin del mundo, pero apagarla al leer el libro de los Hechos.

Finalmente, el pentecostalismo creó una especie de «paréntesis dentro del paréntesis». El dispensacionalismo define a la Iglesia como un paréntesis misterioso en el reloj profético de Dios para Israel. El pentecostalismo llevó esto más allá y generó un sub-paréntesis temporal: la era del avivamiento global contemporáneo. Al conceptualizar que las lenguas eran la «evidencia inicial» del bautismo en el Espíritu (Hechos 2:4), redefinieron los dones no como credenciales de los apóstoles para validar el Nuevo Pacto (como decía el dispensacionalismo), sino como equipamiento dinámico para la gran comisión final (McGee, 1991, pp. 69-85; Synan, 1997, pp. 151-160). Los dones dejaron de mirar hacia atrás (al origen de la Iglesia) y pasaron a mirar hacia adelante (la preparación de la Esposa para el Rapto). En resumen, el pentecostalismo operó una especie de sincretismo teológico. Tomó la escatología del dispensacionalismo porque le urgía una justificación de la inminencia del retorno de Cristo, pero le extirpó quirúrgicamente su núcleo cesacionista mediante la teología de la Lluvia Tardía. Modificaron el sistema para concluir que la era de la Iglesia no debía terminar en una silenciosa apostasía institucional, sino en un clímax carismático y sobrenatural (Faupel, 1996, pp. 304-315; Anderson, 2004, pp. 43-46).

Professor teaching dispensationalism and God's plan for Israel to attentive adult students in a classroom

La dependencia institucional: el vacío que llenó Scofield

Todo este entramado de ajustes doctrinales no puede entenderse sin examinar el factor sociológico e institucional. Como pentecostal que ha investigado nuestras raíces, reconozco que el pentecostalismo primitivo no tenía instituciones propias en absoluto al momento de su nacimiento, y esta carencia de infraestructura teológica fue precisamente el factor logístico que los obligó a consumir y adoptar de forma masiva lo que venía de las fuentes dispensacionalistas. El pentecostalismo (1901-1906) no nació en las grandes academias, sino en los márgenes de la sociedad: en misiones humildes, almacenes abandonados como el de la calle Azusa, y entre poblaciones de bajos recursos, minorías raciales y sectores marginados de las iglesias tradicionales, principalmente del Movimiento de Santidad (Robeck, 2006, pp. 60-85; Synan, 1997, pp. 84-106). No teníamos seminarios teológicos para formar a nuestros pastores, no teníamos editoriales para imprimir comentarios bíblicos, currículos de escuela dominical ni literatura académica, y no teníamos teólogos de oficio dedicados a escribir tratados sistemáticos (Blumhofer, 1993, pp. 70-85).

Cuando el movimiento empezó a crecer de forma explosiva y requirió ordenar a miles de predicadores itinerantes y abrir iglesias por todo el mundo, nos enfrentamos a una crisis de contenidos: ¿con qué libros iban a estudiar la Biblia nuestros pastores? Justo en ese momento, en 1909, la editorial Oxford University Press publicó la Biblia de Referencia de Scofield, que se convirtió en el primer gran fenómeno de masas del mundo evangélico. No era solo una Biblia; era una «enciclopedia teológica portátil» (Mangum & Sweetnam, 2009, pp. 171-190; Marsden, 2006, pp. 55-58). En una época donde los pastores pentecostales no podían ir al seminario, tener la Biblia de Scofield significaba tener el texto sagrado y, justo abajo, las notas explicativas que les decían exactamente cómo conectar el Antiguo con el Nuevo Testamento, cómo entender las profecías y cómo estructurar la historia. Los pentecostales la devoramos. Era accesible, barata, fácil de transportar para los misioneros y resolvía la necesidad inmediata de educación teológica.

Al no tener producción literaria propia, las primeras escuelas e institutos bíblicos pentecostales que se fundaron años más tarde (como las de las Asambleas de Dios, organizadas en 1914) utilizaron como libros de texto las teologías sistemáticas dispensacionalistas existentes, como las de los institutos Moody o el de Dallas. Esto obligó a los profesores pentecostales a hacer una operación de «contrabando hermenéutico»: hacían que los estudiantes leyeran los manuales dispensacionalistas para aprender doctrina de Dios, del pecado y de la salvación, pero cuando llegaban al capítulo de la Pneumatología, el profesor les decía: «A partir de esta página, ignoren al autor; el autor dice que esto cesó, pero nosotros sabemos por experiencia que sigue vigente» (Blumhofer, 1993, pp. 145-162; Arrington, 1994, pp. 67-70).

Cuando el pentecostalismo finalmente comenzó a madurar e institucionalizarse creando denominaciones formales, el molde organizativo y educativo disponible era el del fundamentalismo dispensacionalista. Para que los institutos bíblicos pentecostales fueran respetados o tuvieran algún tipo de validación en el mundo evangélico frente a los ataques de las iglesias históricas, debíamos demostrar que éramos «ortodoxos». Y en el primer tercio del siglo XX, la ortodoxia conservadora se medía con la regla del dispensacionalismo. Adoptar sus esquemas escatológicos era nuestra carta de presentación para decir: «No somos una secta herética, creemos en la Biblia igual que Scofield y Moody» (Synan, 1997, pp. 206-220; Marsden, 2006, pp. 93-100). La conclusión es dura pero honesta: la falta de instituciones propias dejó al pentecostalismo indefenso ante el tsunami editorial y académico del dispensacionalismo. Tuvimos que vestir nuestra vivencia espiritual con la ropa teológica que ya estaba confeccionada en el mercado. Al no tener teólogos que diseñaran un sistema desde cero, tomamos el sistema de Scofield como nuestro manual de operaciones por defecto, pagando el precio de vivir en la permanente tensión interna que ese sistema nos imponía.

A group of people holding and waving Israeli flags outside a large stone building

La ironía histórica: el alumno que superó al maestro

La historia de esta unión forzada encierra una paradoja que no deja de asombrarme: el alumno terminó superando al maestro. La mayor ironía es que el dispensacionalismo clásico diseñó un sistema hermético para mantener a la Iglesia en un perfil bajo, silencioso y puramente racional hasta el Rapto, evitando los «desórdenes» carismáticos. Sin embargo, al ser adoptado por el pentecostalismo, ese mismo mapa escatológico se convirtió en el combustible para el crecimiento más agresivo en la historia de la Iglesia. El sentido de urgencia dispensacional («el reloj corre, el Rapto viene») sumado al motor pentecostal («el Espíritu Santo nos da poder sobrenatural hoy») creó una maquinaria misionera indomable. Hoy en día, el dispensacionalismo clásico e institucional está en declive en sus propios seminarios históricos, mientras que el «dispensacionalismo modificado» (el pentecostal y neopentecostal) es la fuerza teológica popular que domina el Sur Global (América Latina, África y parte de Asia) (Jenkins, 2011, pp. 73-100; Anderson, 2004, pp. 157-165). El cesacionismo de fábrica de Darby y Scofield terminó sirviendo, sin querer, para financiar el avance del continuismo carismático mundial.

Con el paso de las décadas, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, el pentecostalismo comenzó a sanar su «complejo de inferioridad institucional». Empezaron a surgir teólogos pentecostales de carrera con doctorados en universidades de prestigio —como Gordon Fee, Steven Land o Miroslav Volf— que ya no necesitaban pedir prestada la ropa de Scofield. Estos académicos empezaron a desmantelar el dispensacionalismo dentro de sus propias filas. Se dieron cuenta de que para ser verdaderamente pentecostales no necesitaban el esquema rígido de las dispensaciones ni el paréntesis secreto de la Iglesia (Land, 1993, pp. 56-80; Macchia, 2006, pp. 89-115). Volvieron a una teología más cercana a la del Nuevo Testamento: una escatología inaugurada, donde el Reino de Dios ya comenzó con la primera venida de Cristo y se manifiesta hoy a través de los dones del Espíritu, apuntando hacia su consumación final (Ladd, 1974, pp. 149-168; Yong, 2005, pp. 91-120). Actualmente, las grandes denominaciones pentecostales están mucho más cerca de un premilenialismo histórico que del dispensacionalismo clásico de 1909. La conclusión es clara: el dispensacionalismo y el cesacionismo sí están unidos por un cordón umbilical de fábrica. La tesis de que en la práctica el pentecostalismo los separó es correcta, pero la historia demuestra que esa separación no se hizo mediante una evolución natural de los principios de Scofield, sino mediante una intervención quirúrgica de emergencia (Faupel, 1996, pp. 315-322). El pentecostalismo primitivo, en su falta de instituciones, tomó un sistema diseñado para callar los dones y lo obligó a profetizar. Modificó la «Lluvia Tardía» para justificar su experiencia, ignoró la hermenéutica literal cuando le estorbaba en el libro de Hechos, y utilizó el mapa del fin del mundo como un megáfono para evangelizar. Al final, demostró que en la historia de la iglesia, la urgencia de la misión y la vivencia espiritual siempre terminan rompiendo los moldes de las teologías sistemáticas más rígidas.

Scofield Bible and Pentecostal Study Bible on table

Alternativas teológicas y el necesario divorcio

Hoy, para nosotros los pentecostales, ya no vale la pena mantener esa unión. Seguir aferrados al dispensacionalismo clásico no solo es innecesario, sino que se ha vuelto una carga que sabotea nuestra madurez teológica. La razón principal para adoptar el dispensacionalismo en 1909 fue la falta de infraestructura propia; actualmente, el pentecostalismo cuenta con miles de universidades, seminarios acreditados y teólogos de primer nivel en todo el mundo, de modo que ya no necesitamos pedir prestada una teología ajena para justificar nuestra existencia o nuestra ortodoxia (Yong, 2005, pp. 17-33; Macchia, 2006, pp. 11-30). Además, mantener la unión nos obliga a una doble personalidad interpretativa: se nos pide que seamos literalistas rígidos y estrictos al leer Daniel o el Apocalipsis, pero que seamos lectores flexibles, alegóricos o puramente existenciales al leer el libro de Hechos o 1 Corintios 12-14. Romper con el dispensacionalismo sana esa división y permite una hermenéutica unificada (Fee, 1991, pp. 105-119; Arrington, 1994, pp. 74-80). A esto se suma el pesimismo paralizante del dispensacionalismo clásico, que postula que esta dispensación terminará en un fracaso espiritual total y una apostasía generalizada antes del Rapto (Ryrie, 1965, pp. 155-164), lo cual choca frontalmente con nuestra esencia pentecostal, que es intrínsecamente optimista, dinámica y cree en un avivamiento e impacto transformador del Espíritu Santo en la sociedad antes del fin (Land, 1993, pp. 120-145).

Si como pentecostales abandonamos el mapa dispensacionalista, no caemos en el vacío. Existen alternativas mucho más compatibles con nuestro ADN espiritual. La primera es el premilenialismo histórico u optimista (Ladd, 1974, pp. 322-340). Es la opción más natural si queremos conservar la creencia en un reino milenial futuro de Cristo en la tierra, pero sin los problemas del dispensacionalismo. No divide la historia en compartimentos estancos ni fragmenta al pueblo de Dios en dos planes separados (Israel y la Iglesia); ve a la Iglesia como la continuación y el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. Para nosotros los pentecostales, esto nos permite mantener nuestra expectativa del regreso de Cristo y el milenio, pero elimina el «cesacionismo de fábrica», ya que históricamente la iglesia primitiva —que era premilenialista histórica— operaba plenamente en los dones del Espíritu (Land, 1993, pp. 146-160).

La segunda alternativa es la teología del Reino «ya, pero todavía no» o escatología inaugurada, popularizada por teólogos como George Eldon Ladd y adoptada por movimientos carismáticos modernos como Vineyard (Ladd, 1974, pp. 162-180). Esta postura afirma que el Reino de Dios fue inaugurado con la primera venida de Cristo y el derramamiento del Espíritu en Pentecostés. Los milagros, las sanidades y los dones espirituales no son recursos de emergencia de última hora ni señales exclusivas para los judíos del primer siglo; son irrupciones reales del siglo venidero en el tiempo presente (Yong, 2005, pp. 124-145). Esto le da a nuestra experiencia pentecostal una base teológica robusta: cuando oramos por un enfermo y sana, o cuando se manifiesta un don, no estamos «hackeando» una dispensación; estamos viendo manifestarse el Reino de Dios que ya está operando, aunque su consumación total todavía no haya llegado.

La tercera es la teología de la alianza o pacto en su versión reformada continuista. Aunque históricamente la teología del pacto ha sido cesacionista, en las últimas décadas ha surgido una corriente poderosa de teólogos reformados que son continuistas, como Wayne Grudem o Sam Storms. Esta ofrece una visión majestuosa de la soberanía de Dios y una profunda continuidad de la historia redentora a través de los pactos divinos (Grudem, 1994, pp. 763-780; Storms, 2017, pp. 39-55). Para nosotros los pentecostales, nos permite construir una teología sistemática sólida, robusta y con raíces históricas profundas, sin renunciar a la convicción de que el Espíritu Santo sigue distribuyendo sus dones soberanamente hoy. Mi veredicto personal es este: el matrimonio entre el pentecostalismo y el dispensacionalismo cumplió su función histórica de supervivencia en el siglo XX, pero hoy es un lastre. El pentecostalismo del siglo XXI debe avanzar hacia una teología de la continuidad redentora y del Reino presente. Al abrazar una escatología inaugurada, el movimiento no solo conserva su fuego carismático, sino que gana la coherencia intelectual y la profundidad bíblica que el dispensacionalismo siempre le negó de fábrica (Macchia, 2006, pp. 255-280).

Divorce document on table, two hands signing

La crisis actual: resistencia pastoral y fuga de cerebros pentecostales

Precisamente, lo que estamos presenciando en la actualidad es la radiografía de una crisis de identidad y un fenómeno sociológico que sacude al pentecostalismo. Tras décadas de analfabetismo institucional y dependencia de la literatura ajena, el acceso a la educación teológica formal ha provocado un despertar crítico. Muchos creyentes y líderes jóvenes ya no estamos dispuestos a sostener las contradicciones de esa unión antinatural. Sin embargo, este despertar ha generado una brecha profunda y paradójica entre el liderazgo pastoral y la membresía, desatando una fuga silenciosa pero masiva (Yong, 2005, pp. 281-295; Sutton, 2014, pp. 276-290).

Resulta irónico —y doloroso— que quienes deberían guiar la transición teológica seamos a menudo los más reacios al cambio. La resistencia de muchos pastores pentecostales a soltar el dispensacionalismo no suele ser por convicción exegética profunda, sino por factores estructurales y prácticos. El monopolio de la predicación escatológica popular —con su mapa del rapto secreto, el anticristo, los microchips y la gran tribulación— es altamente narrativo, dramático y fácil de predicar. Ha sido el motor del evangelismo de miedo y urgencia durante un siglo (Sutton, 2014, pp. 234-256). Cambiar a una escatología como el premilenialismo histórico o la escatología inaugurada requiere más esfuerzo de estudio, pedagogía y madurez homilética. Asimismo, para los pastores de la vieja escuela, cuestionar las notas de Scofield o los esquemas tradicionales equivale a «volverse liberal» o «perder la sana doctrina». Existe un temor institucional a que, al quitar el andamiaje dispensacionalista, toda la estructura de la iglesia se caiga (Blumhofer, 1993, pp. 200-218; Marsden, 2006, pp. 230-245). El peso de la tradición es enorme: el dispensacionalismo se mimetizó tanto con el pentecostalismo que hoy la mayoría de los pastores creen que el rapto pretribulacional y la división de las eras son doctrinas nativas de la Biblia, ignorando que fueron importadas a principios del siglo XX (Mangum & Sweetnam, 2009, pp. 211-225).

Al contrario de lo que se suele pensar, los miembros de nuestras iglesias —especialmente las nuevas generaciones— muestran una plasticidad teológica mucho mayor que sus líderes. Gracias a la democratización del conocimiento, con el acceso a libros digitales, podcasts de teología, seminarios en línea y debates bíblicos, el creyente común ha comenzado a notar los cortocircuitos lógicos de sus congregaciones. El miembro de a pie no tiene que cuidar un estatus eclesiástico, ni un salario pastoral, ni la reputación de una denominación; por lo tanto, cuando descubre en su estudio personal que el Nuevo Testamento no sostiene una separación radical entre Israel y la Iglesia, o que el libro de los Hechos debe leerse con la misma lupa hermenéutica que el resto de las Escrituras, está listo para abrazar el cambio de inmediato. Lo que buscamos es coherencia (Fee, 1991, pp. 120-130; Yong, 2005, pp. 297-310).

Cuando el miembro de a pie —o el joven seminarista pentecostal— confronta estas inconsistencias y se topa con la pared de la resistencia pastoral o la superficialidad de los sermones, ocurre el desencanto. Al no encontrar dentro de su iglesia local un espacio donde se pueda pensar de forma crítica y profunda, se produce una fuga teológica y eclesial. Muchos están abandonando las filas pentecostales clásicas para migrar hacia iglesias de corte reformado, presbiteriano o bautista histórico. Buscan desesperadamente la solidez bíblica, la profundidad en la predicación expositiva, la seriedad académica y una teología sistemática estructurada —como la Teología del Pacto— que el dispensacionalismo popular y el emocionalismo carismático ya no les pueden proveer (Grudem, 1994, pp. 23-35; Storms, 2017, pp. 57-72). Lo alarmante de este éxodo es que el pentecostalismo está perdiendo a sus mentes más brillantes, a sus jóvenes universitarios y a sus creyentes más dedicados al estudio de la Palabra. Al negarse a reformar su teología y soltar el lastre del dispensacionalismo cesacionista, muchas iglesias pentecostales se están quedando estancadas en un círculo vicioso de emocionalismo y predicaciones repetitivas, autoinduciéndose una decadencia intelectual (Land, 1993, pp. 200-218).

El pentecostalismo se encuentra en una encrucijada histórica. La unión con el dispensacionalismo fue un matrimonio de supervivencia que ya caducó. Si el liderazgo pastoral sigue negándose a escuchar el clamor de una membresía que exige mayor solidez y continúa ignorando los frutos del estudio teológico serio, el movimiento seguirá sufriendo esta sangría de mentes brillantes. Para retener a nuestros estudiantes de la Biblia, el pentecostalismo no debe apagar el Espíritu, sino encender el intelecto, deshacerse de Scofield y atreverse a edificar una teología del Reino que sea tan profunda en la mente como lo es el fuego en el corazón (Yong, 2005, pp. 315-330; Macchia, 2006, pp. 281-295).

Professor lecturing on progressive covenantalism with students listening and taking notes

Referencias:

  • Anderson, A. (2004). An Introduction to Pentecostalism: Global Charismatic Christianity. Cambridge University Press.
  • Arrington, F. L. (1994). The Use of the Bible by Pentecostals. Pneuma: The Journal of the Society for Pentecostal Studies, *16*(1), 63-80.
  • Blumhofer, E. L. (1993). Restoring the Faith: The Assemblies of God, Pentecostalism, and American Culture. University of Illinois Press.
  • Chafer, L. S. (1948). Systematic Theology (Vol. 4). Dallas Seminary Press.
  • Dayton, D. W. (1987). Theological Roots of Pentecostalism. Hendrickson Publishers.
  • Faupel, D. W. (1996). The Everlasting Gospel: The Significance of Eschatology in the Development of Pentecostal Thought. Sheffield Academic Press.
  • Fee, G. D. (1991). Gospel and Spirit: Issues in New Testament Hermeneutics. Hendrickson Publishers.
  • Grudem, W. (1988). The Gift of Prophecy in the New Testament and Today. Crossway Books.
  • Grudem, W. (1994). Systematic Theology: An Introduction to Biblical Doctrine. Zondervan.
  • Jenkins, P. (2011). The Next Christendom: The Coming of Global Christianity (3.ª ed.). Oxford University Press.
  • Ladd, G. E. (1974). The Presence of the Future: The Eschatology of Biblical Realism. William B. Eerdmans Publishing Company.
  • Land, S. J. (1993). Pentecostal Spirituality: A Passion for the Kingdom. Sheffield Academic Press.
  • MacArthur, J. F. (2013). Strange Fire: The Danger of Offending the Holy Spirit with Counterfeit Worship. Thomas Nelson.
  • Macchia, F. D. (2006). Baptized in the Spirit: A Global Pentecostal Theology. Zondervan.
  • Mangum, R. T., & Sweetnam, M. S. (Eds.). (2009). The Scofield Bible: Its History and Impact on the Evangelical Church. Paternoster.
  • Marsden, G. M. (2006). Fundamentalism and American Culture (2.ª ed.). Oxford University Press.
  • McGee, G. B. (Ed.). (1991). Initial Evidence: Historical and Biblical Perspectives on the Pentecostal Doctrine of Spirit Baptism. Hendrickson Publishers.
  • Pentecost, J. D. (1958). Things to Come: A Study in Biblical Eschatology. Zondervan.
  • Poythress, V. S. (1987). Understanding Dispensationalists. Presbyterian and Reformed Publishing Company.
  • Robeck, C. M. (2006). The Azusa Street Mission and Revival: The Birth of the Global Pentecostal Movement. Thomas Nelson.
  • Robertson, O. P. (1993). The Final Word: A Biblical Response to the Case for Tongues and Prophecy Today. The Banner of Truth Trust.
  • Ryrie, C. C. (1965). Dispensationalism Today. Moody Press.
  • Sandeen, E. R. (1970). *The Roots of Fundamentalism: British and American Millenarianism, 1800-1930*. University of Chicago Press.
  • Storms, S. (2017). Practicing the Power: Welcoming the Gifts of the Holy Spirit in Your Life. Zondervan.
  • Sutton, M. A. (2014). American Apocalypse: A History of Modern Evangelicalism. Harvard University Press.
  • Synan, V. (1997). The Holiness-Pentecostal Tradition: Charismatic Movements in the Twentieth Century (2.ª ed.). William B. Eerdmans Publishing Company.
  • Warfield, B. B. (1918). Counterfeit Miracles. Charles Scribner’s Sons.
  • Yong, A. (2005). The Spirit Poured Out on All Flesh: Pentecostalism and the Possibility of Global Theology. Baker Academic.

Deja un comentario