La verdadera fe pentecostal, enraizada en la Biblia y nutrida por la theologia crucis, no se caracteriza por exigir que Dios altere las circunstancias conforme al deseo humano, sino por mantener la adoración y la fidelidad intactas cuando el cielo guarda silencio. Es la fe de María al pie de la cruz, que no negocia la muerte de su Hijo sino que permanece. Es la fe de Pablo, que dejó de pedir la remoción del aguijón para gloriarse en sus debilidades. Es la fe de tantos santos anónimos que, aferrados al Espíritu, han convertido camas de hospital en altares de ofrenda.