Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto... te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.
Categoría: Vida Espiritual
Cuando el pecado nos impide orar.
Reconocer la naturaleza corrosiva del pecado y la forma en que se come nuestra vida espiritual nos obliga a mantener cuentas cortas con Dios, y luchar contra las temporadas de culpa que vienen por la falta de oración. Bien se ha dicho, el pecado te alejará de la oración, y la oración te alejará de pecar. Pero también es cierto que la oración te sacará del pecado. A veces es un trabajo duro. Pero es un buen trabajo. Recuerda, nunca eres demasiado pecador como para orar, si tu oración es una de arrepentimiento. Cristo es poderoso para salvar, y su gracia es más grande que todos nuestros pecados.
Si Dios no ha dicho nada ¡Cállate!
“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20, RVR1960).
¿Puede un cristiano ser poseído por demonios?
Los demonios, espíritus inmundos o impuros, son seres de naturaleza espiritual e invisibles, también conocidos como “ángeles caídos” puesto que siguieron a Satanás en su rebelión contra Dios, su creador. Son de carácter inmortal, son poderosos, superiores al poder de un ser humano, y tienen personalidad. La Biblia no vacila en identificar a los demonios como seres espirituales hostiles a Dios y a los hombres.
¿Risa Santa? ¿Borrachera espiritual?
El pueblo cristiano suele ser esporádicamente invadido por corrientes extrañas que de repente aparecen en el panorama y producen mucha confusión y caos. Esto cada vez es más común porque hoy, como nunca, la iglesia cristiana se halla en su nivel más bajo de discernimiento espiritual. Como parte de una tendencia generalizada de nuestra cultura postmoderna, muchas iglesias hoy en día manifiestan también un interés por el espiritualismo místico. No el espiritualismo como la búsqueda de una calidad de vida espiritual piadosa, un mayor compromiso con el evangelio o una mayor profundidad en el conocimiento de Dios, sino una sed por toda clase de experiencias sobrenaturales, aunque las mismas carezcan de un fundamento bíblico sano. El fenómeno de la risa santa y la borrachera espiritual caen dentro de esta categoría.
Distintivos de un verdadero pentecostal.
¿Cuáles son las características o distintivos de ser pentecostal? ¿Qué nos marca como movimiento del Espíritu Santo? Ser pentecostal significa modelar una la vida conforme al día de Pentecostés que nos narra el capítulo dos de los Hechos. La experiencia pentecostal necesariamente implica la recepción del bautismo en el Espíritu y la experiencia de sus dones (Hechos 2:1-13), lo cual implica también comunión y dependencia del Espíritu Santo, la proclamación fiel de la Palabra de Dios (Hechos 2:14-41), el entendimiento de nuestro llamado y la vivencia del evangelio en una comunidad transformada (Hechos 2:42-47). Todos estos aspectos son indispensables para una auténtica pentecostalidad.
Pentecostales ¡Ya basta de jugar con lo sagrado!
La tarea de limpiar el pentecostalismo de toda herejía, excesos y desviaciones no será fácil. Debido a que los pentecostales carecemos de alguna estructura de autoridad dominante, es difícil para cualquiera controlar lo que sucede entre algunos grupos pentecostales. Pero tampoco podemos callarnos. Ayudemos a nuestros hermanos no pentecostales a descubrir que generalizar sobre nosotros es un grave error. No todos los pentecostales creemos en la confesión positiva, ni todos creemos en el evangelio de la prosperidad, tampoco todos apoyamos la Nueva Reforma Apostólica, ni promovemos una adoración escandalosa pero vacía teológicamente. No todos somos anti-intelectuales, emocionalistas o desordenados. Es tiempo de abrir nuestros ojos y reflexionar en lo que está pasando dentro de nuestras iglesias.
La obra del Espíritu Santo en nosotros
Hay dos experiencias identificables del Espíritu - regeneración y plenitud. Ambas están incluidas en la promesa del Espíritu en el Antiguo Testamento. Cada una complementa a la otra. En la regeneración, el énfasis está sobre el cambio de corazón y de vida. En el bautismo en el Espíritu, el énfasis está en la dotación de poder para servicio. Todos los creyentes experimentan la obra regeneradora del Espíritu; de igual forma, todos debieran experimentar su dotación de poder.
La clase de personas que Dios usa.
El Espíritu Santo es el que determina cómo, y por medio de quién él se va a manifestar. Nosotros no somos los que escogemos cuál es la manifestación que se va a producir. Esto lo decide él, según quiere. Esta verdad corrige la idea que enseñan algunos, según la cual necesitamos aprender a usar al Espíritu Santo. No somos nosotros los que lo usamos a él. Es él en su soberanía el que nos usa a nosotros, si nos entregamos a él.
Santidad, nuestra meta pentecostal
El pentecostalismo primitivo tiene sus orígenes en el Movimiento de Santidad. Charles Fox Parham, uno de los pioneros del pentecostalismo, era un metodista formado con la doctrina del movimiento de santidad y con estudiantes que profesaban la misma enseñanza. Dicho movimiento surgió a mediados del siglo XIX entre las iglesias protestantes de los Estados Unidos de Norteamérica. También se le llamó la doctrina de la completa santificación y, de igual forma, estuvo íntimamente ligada a la doctrina de la perfección cristiana, la cual tenía relación con una experiencia posterior a la conversión.