Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Aspecto animístico y dinámico de la obra del Espíritu.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés constituyó el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. El libro de Hechos nos cuenta que:

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Estaban de visita en Jerusalén judíos piadosos, procedentes de todas las naciones de la tierra. Al oír aquel bullicio, se agolparon y quedaron todos pasmados porque cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma. Desconcertados y maravillados, decían: «¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua materna? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene; visitantes llegados de Roma; judíos y prosélitos; cretenses y árabes: ¡todos por igual los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios!»” (Hechos 2:1-11, NVI)

Los pentecostales entendemos que la institución del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. Dios prometió por medio del profeta Ezequiel:

“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes.” (Ezequiel 36:26-27, NVI).

A través del profeta Joel, el Señor también prometió:

“Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los ancianos y visiones los jóvenes. En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.” (Joel 2:28,29, NVI).

De acuerdo con estas profecías, la venida del Espíritu Santo de un modo inusual anunció el amanecer de la nueva era prometida por Dios, la era del Espíritu. Si bien es cierto que, entre el nacimiento de Jesús y el descenso del Espíritu sobre los discípulos, el Espíritu Santo estuvo activo en el ministerio de Jesús, la inauguración no estuvo completa sino hasta el derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús al momento de su bautismo por Juan en el río Jordán (Mateo 3:16), junto con la actividad del Espíritu a través de Él por medio de su ministerio terrenal (Lucas 4:18,19; Hechos 2:38,39), sirve como un paradigma para todos los creyentes a los cuales Dios en el Antiguo Testamento prometió la morada interior y la capacitación de poder del Espíritu Santo.

ASPECTOS DE LA OBRA DEL ESPÍRITU.

Las profecías de Ezequiel y Joel destacan dos aspectos distintos del ministerio del Espíritu Santo bajo el Nuevo Pacto de la gracia. La promesa dada por medio de Ezequiel es que todo el pueblo de Dios del nuevo pacto experimentará la morada interna del Espíritu Santo. Recibirán un nuevo corazón y un nuevo espíritu; por causa de la morada interna del Espíritu Santo podrán andar en rectitud.

La promesa dada por medio de Joel es de distinta naturaleza. En la profecía de Joel, el derramamiento del Espíritu Santo es de naturaleza dramática, por la cual los receptores profetizarán, tendrán sueños, y verán visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés: “¡Cómo quisiera que todo el pueblo del Señor profetizara, y que el Señor pusiera su Espíritu en todos ellos!” (Números 11:29, NVI).

Las profecías distinguían claramente dos obras del Espíritu Santo:

  1. Morada Interna: Se le denomina también Aspecto Animístico de la obra del Espíritu. Se relaciona con la regeneración y la consiguiente morada interna del Espíritu Santo.
  2. Dotación de Poder. Se le conoce también como Aspecto Dinámico de la obra del Espíritu. Se refiere a la dotación de poder, que con frecuencia se manifiesta por medio de algún fenómeno desacostumbrado.

Una diferencia significativa entre las experiencias del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es que las personas en el Antiguo Testamento no parecen haber recibido una morada permanente del Espíritu Santo. Aún más, comparativamente el Espíritu Santo fue dado a unos pocos, y por lo general para profetizar. En el Nuevo Testamento, por el contrario, el Espíritu Santo es dado a todos los creyentes. Bajo el Nuevo pacto, es imposible ser un creyente del Nuevo Testamento sin contar con la morada interna del Espíritu Santo (Romanos 8:9,14-16). Además, todos los creyentes del Nuevo Testamento pueden ser dotados de poder por el Espíritu Santo (Hechos 1:8).

La voluntad de Dios fue que todos los creyentes experimentaran tanto la morada interna como la dotación de poder del Espíritu Santo. Y aunque la Biblia nos muestra que fue la intención de Dios que estas dos operaciones del Espíritu fueran distintos aspectos de la obra única del Espíritu en conexión con el nuevo pacto, el Nuevo Testamento parece indicar que una persona puede experimentar ambas obras del Espíritu casi simultáneamente, como sucedió con la casa de Cornelio (Hechos 10:44-46). Es difícil determinar el punto preciso en el cual estas personas fueron regeneradas. Parece que en medio de la predicación de Pedro ellos creyeron y fueron llenos del Espíritu Santo. Estas dos experiencias, aun cuando pueden distinguirse teológicamente, no están necesariamente separadas en forma cronológica. No hay garantía bíblica para enseñar que debe existir un intervalo entre la regeneración y el ser lleno del Espíritu Santo. Pero también es cierto que muchos cristianos han experimentado sólo la obra básica del Espíritu Santo (la de regeneración) por medio de la cual el Espíritu de Dios habita en ellos (Juan 14:17).

Esta terminología para la segunda obra del Espíritu Santo es variada. Los pentecostales por lo general designamos esto como el bautismo en el Espíritu Santo. Al hacer esto estamos sobre terreno firme, bíblicamente. Además de la declaración de Juan el Bautista (Mateo 3:11), Jesús dijo a los discípulos: “ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” (Hechos 1:5, NVI). Sin embargo, cuando Lucas registra el cumplimiento de esa promesa en Hechos 2:4, dice: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo”. Esta experiencia inicial de ser “llenos” del Espíritu Santo es, por tanto, sinónima de ser “bautizados” en el Espíritu Santo. En otros lugares cuando Él habla de esta experiencia, Lucas dice que el Espíritu viene o cae sobre la gente (Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15; 19:6). A veces él habla del derramamiento del Espíritu o del Espíritu que es derramado (Hechos 2:17,18; 10:45). Como quiera que uno designe esta segunda experiencia del Espíritu, nunca debiera interpretarse como que significa que el receptor con anterioridad a ese momento no tenía la morada del Espíritu. ¡Un creyente sin el Espíritu Santo es una contradicción de términos! Pero es posible que un creyente no experimente la obra adicional del Espíritu Santo denominada el bautismo en el Espíritu.

Los diversos términos usados para la experiencia del bautismo en el Espíritu no deben atrapar nuestra atención desmedidamente, son simples intentos por parte de los escritores bíblicos para ayudarnos a entender mejor el significado de la experiencia. Expresiones como “bautizado”, “lleno”, y “revestido” ponen énfasis en que el creyente está enteramente dominado o gobernado por el Espíritu Santo. Entre otras cosas, la obra del Espíritu Santo que ya mora en el creyente se intensifica y llega a una culminación por la experiencia de ser lleno con el Espíritu Santo.

LA PROFECÍA DE JOEL.

El derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés está asociado con la profecía de Joel. El apóstol Pedro señaló esto claramente:

“Entonces Pedro, con los once, se puso de pie y dijo a voz en cuello: «Compatriotas judíos y todos ustedes que están en Jerusalén, déjenme explicarles lo que sucede; presten atención a lo que les voy a decir. Estos no están borrachos, como suponen ustedes. ¡Apenas son las nueve de la mañana! 16 En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel: “Sucederá que en los últimos días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán visiones los jóvenes y sueños los ancianos. En esos días derramaré mi Espíritu     aun sobre mis siervos y mis siervas, y profetizarán. Arriba en el cielo y abajo en la tierra mostraré prodigios: sangre, fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre antes que llegue el día del Señor, día grande y esplendoroso. Y todo el que invoque el nombre del Señor     será salvo”.  (Hechos 2:16-21).

Tal como en el Antiguo Testamento, la venida del Espíritu sobre los hombres y mujeres resultó en que profetizaban, tal como Joel había declarado que el derramamiento del Espíritu sobre toda carne resultaría en profecía. Joel mencionó también otras indicaciones de la venida del Espíritu, las que parecen no haberse cumplido en el día de Pentecostés. Sin embargo, Pedro recalcó el elemento de profecía, porque añadiendo a la cita del pasaje de Joel, él también insertó palabras, “y profetizarán”, en medio de la cita de Joel (Hechos 2:18). En otras palabras, Pedro estaba dando énfasis a que la profecía acompañaría al derramamiento del Espíritu Santo.

¿HABLARON EN LENGUAS O PROFETIZARON?

Luego de leer Hechos 2 muchos quizá se pregunten ¿profetizaron los discípulos el día de Pentecostés? Lucas nos dice que hablaron en lenguas (Hechos 2:4). Con anterioridad al día de Pentecostés, no hay registro de que alguien haya hablado en lenguas bajo el impulso del Espíritu Santo. Entonces ¿Cómo relacionamos el hablar en lenguas con la profecía? Esto no es difícil si recordamos que la profecía es hablar bajo el impulso directo del Espíritu Santo. Esto es precisamente la naturaleza del hablar en lenguas: Es hablar bajo el impulso del Espíritu Santo, o como lo expresa Lucas, “como el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4). La diferencia obvia entre profecía y hablar en lenguas es que la profecía es en un lenguaje bajo el control de quien habla, mientras que el hablar en lenguas es en una lengua desconocida para el que habla. Hablar en lenguas es, en consecuencia, una forma especializada de profecía.

¿DEBE HABLAR EN LENGUAS TODO AQUEL QUE RECIBE EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

La experiencia de ser bautizado en el Espíritu está acompañada por hablar en lenguas, o glosolalia. En Hechos 2:4 Se nos muestra que todos aquellos que fueron bautizados en el Espíritu Santo hablaron en lenguas. El sujeto es “todos” (griego pantes). Un sencillo análisis gramatical muestra que ese único sujeto se aplica a ambas cláusulas principales, de modo que la clara intención es que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que todos comenzaron a hablar en otras lenguas. Lucas tenía a disposición los medios lingüísticos por medio de los cuales pudo haber dicho que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que algunos hablaron en lenguas, si ése hubiera sido el caso. Pero es claro que todos fueron llenos y que todos hablaron en lenguas.

En Hechos 10, se nos dice que el Espíritu Santo “cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:44). Los creyentes compañeros de Pedro, que estaban atónitos de que los gentiles recibieran el bautismo del Espíritu Santo, supieron que el derramamiento había tenido lugar sólo porque “los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios” (Hechos 10:46). El versículo 46 es introducido por la palabra griega gar, que es una conjunción causativa que a menudo se traduce “porque” o “por”. El hablar en lenguas convenció a estos hombres de que Cornelio y los de su casa verdaderamente habían sido llenos del Espíritu Santo. La evidencia en Hechos indica ciertamente que la glosolalia es un acompañamiento necesario del bautismo en el Espíritu Santo.

¿POR QUÉ HABLAR EN LENGUAS?

Con frecuencia surge la pregunta: “¿Por qué Dios eligió el hablar en lenguas como señal?” La Biblia nos presenta una triple respuesta:

  1. Primero, es definitivamente una señal de la nueva era inaugurada por Dios. Esto resulta claro cuando leemos la profecía de Joel a la luz de Hechos 2. En un sentido personal, el hablar en lenguas significa también la entrada del creyente a la nueva era, si recordamos que la morada interna y la dotación de poder del Espíritu Santo son realmente dos aspectos de la obra única del Espíritu en la nueva era.
  2. Segundo, el hablar en lenguas sugiere firmemente la responsabilidad misionera de la Iglesia. La comunicación del evangelio debe ser verbal. En consecuencia, la multiplicidad de lenguas en el día de Pentecostés sugiere la responsabilidad evangelística mundial de la Iglesia (Hechos 1:8). Esto, ciertamente, no significa que el creyente tiene el dominio de un idioma extraño con el cual predicar el evangelio. Significa simplemente que la variedad de lenguas que los creyentes hablan cuando están llenos del Espíritu es un recordatorio implícito de la tarea misionera de la Iglesia.
  3. Tercero, hablar en lenguas es un medio por el cual el creyente se identifica espiritualmente (1 Corintios 14:4). De todas las manifestaciones o dones del Espíritu mencionados en el Nuevo Testamento, sólo en conexión con la glosolalia se dice que la persona se edifica a sí misma. Todas las otras manifestaciones o dones son para la edificación de la Iglesia. Parece que Dios no retendría de alguno de sus hijos algún medio por el cual pudiera ser edificado espiritualmente.

La afirmación del pentecostalismo clásico de que la glosolalia es la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu Santo no contradice la necesaria respuesta negativa a la pregunta de Pablo, “¿hablan todos lenguas?” (1 Corintios 12:30). Todo aquel que ha sido bautizado en el Espíritu Santo suele emplear la glosolalia a menudo como forma de adoración privada. Pablo nunca prohibió esto ni afirmó que no fuera posible. En 1 Corintios 12-14, Pablo está dando énfasis a los aspectos público y corporativo de los dones. No todos hablan lenguas en el sentido en que no todos son llamados por Dios a dar expresiones públicas en lenguas, lo cual debe ser seguido de interpretación. Pero el ejercicio privado de la glosolalia es un asunto distinto.

CONCLUSIÓN.

Hay dos experiencias identificables del Espíritu: regeneración y plenitud. Ambas están incluidas en la promesa del Espíritu en el Antiguo Testamento. Cada una complementa a la otra. En la regeneración, el énfasis está sobre el cambio de corazón y de vida. En el bautismo en el Espíritu, el énfasis está en la dotación de poder para servicio. Todos los creyentes experimentan la obra regeneradora del Espíritu; de igual forma, todos debieran experimentar su dotación de poder.

Vida Espiritual

La clase de personas que Dios usa.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¡Dios desea usarte para su gloria! ¿Lo dejarías? En un tiempo en el cual Israel se había apartado tanto de Dios que la nación se hallaba al borde mismo de su juicio, Dios dijo: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30).

Dios habría podido enviar ángeles para que llevaran a cabo el ministerio que se necesitaba, pero su método, tanto entonces como ahora, es obrar a través de los seres humanos, y no a través de los seres angélicos. Aunque los ángeles han ayudado para reunir a las personas necesitadas con las que les podían ministrar, como en el caso de Cornelio y Pedro, el ministerio en sí se ha producido a través del ser humano redimido.

Cuando se trata de los dones sobrenaturales del Espíritu, él también está buscando personas a través de las cuales poderse manifestar. En ese caso, una pregunta muy natural es esta: “¿Qué clase de persona está buscando? En los pasajes de las Escrituras que se refieren a los dones del Espíritu, podemos encontrar el perfil de la clase de personas que él quiere usar.

ALGUIEN QUE ANHELE LOS DONES ESPIRITUALES

Pablo escribe: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Y dice de nuevo: “Así que, hermanos, procurad profetizar” (1 Corintios 14:39).

La forma verbal “procurad”, que traduce la palabra griega zeloute, es un término cargado de fuerza que indica con cuánta intensidad deberíamos anhelar el que el Espíritu nos use. Tenemos una ilustración de esto en la conversación que sostuvieron Elías y Eliseo. Cuando Elías le dijo: “Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti”, la respuesta de Eliseo fue: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí” (vea 2 Reyes 2:9–15). El Espíritu Santo está buscando personas que anhelen que él las use de la manera que quiera.

A veces, las personas expresan el temor de que, si entran en un cierto tipo de atmósfera espiritual, se podrían convertir sin desearlo en instrumentos de manifestaciones espirituales. No tienen por qué temer. El Espíritu Santo no se le impone por la fuerza a nadie. Lo que está buscando es personas que anhelen fervientemente sus manifestaciones en su vida y a través de ella.

Los creyentes están en armonía con las Escrituras cuando anhelan ser agentes que el Espíritu Santo pueda usar. Pablo escribe que incluso hay momentos en los cuales debemos orar para convertirnos en instrumentos del Espíritu: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” (1 Corintios 14:13).

ALGUIEN QUE RECONOZCA LA SOBERANÍA DEL ESPÍRITU

Pablo escribe: “Pero todas estas cosas [los dones mencionados en los vv. 8–10] las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

El Espíritu Santo es el que determina cómo, y por medio de quién él se va a manifestar. Nosotros no somos los que escogemos cuál es la manifestación que se va a producir. Esto lo decide él, según quiere. Esta verdad corrige la idea que enseñan algunos, según la cual necesitamos aprender a usar al Espíritu Santo. No somos nosotros los que lo usamos a él. Es él en su soberanía el que nos usa a nosotros, si nos entregamos a él.

También es importante que nos sintamos agradecidos, cualquiera que sea la forma en que el Espíritu decida usarnos, en lugar de envidiar o criticar la forma en que él usa a otros. Una gran lección que se nos enseña en 1 Corintios 12:14–26 es que no debemos minimizar la importancia de la forma en que Dios nos quiere usar (14–20). Tampoco le debemos restar importancia a la forma en que usa a otros (1 Corintios 12:21–26). El Espíritu Santo es el Soberano. Nosotros somos sus súbditos.

ALGUIEN QUE TENGA LA FE SUFICIENTE PARA ENTREGARSE A ÉL

A los creyentes de Roma, Pablo les escribe para decirles: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6).

El mundo que nos rodea cree muy poco en lo sobrenatural genuinamente divino, y este escepticismo se puede infiltrar incluso en la misma iglesia. La tendencia hacia la falta de fe se complica con el hecho de que en las manifestaciones del Espíritu hay una colaboración entre lo humano y lo divino. Es posible que los creyentes no pongamos en tela de juicio lo que le corresponde a Dios, pero que sí lo hagamos con el factor humano. Cuando esto sucede, el temor y la duda reemplazan a la fe.

Pueden surgir diversas preguntas. “¿Y si confundo una impresión con una manifestación profética, e incluso aunque tenga la mejor de las intenciones, digo algo que sea inadecuado o contrario a las Escrituras?” O bien: “¿Y si doy la interpretación de unas lenguas y alguno de los presentes conoce la lengua extranjera en que se ha hablado y reconoce que mi interpretación no es la correcta?” O: “¿Y si digo las cuatro o cinco primeras palabras que me vienen a la mente, y después no me viene nada más?”

La fe es una cualidad necesaria en la vida de la persona a la que usa el Espíritu. Esa persona no solo debe creer que el Espíritu se manifiesta, sino también que puede usarla a ella, y que la puede usar. Al igual que Moisés, hay creyentes que no dudan que Dios pueda hacer milagros, pero sí dudan que los pueda hacer por medio de ellos (vea Éxodo 4:1, 10).

ALGUIEN QUE POSEA EL FRUTO DEL ESPÍRITU

El capítulo 13 de 1 Corintios es un hermoso capítulo acerca del amor, intercalado entre los dos capítulos de enseñanzas relacionadas con los dones espirituales, y forma parte integral de esas enseñanzas. Los versículos 1 y 2 indican que sin amor, la persona que habla en lenguas de hombres o de ángeles, es “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y la manifestación de los demás dones sin amor hace ver primordialmente lo estéril que es la vida del que los manifiesta. El Espíritu Santo se interesa tanto por nuestra vida, como por nuestro ministerio, y está buscando personas cuya vida manifieste su fruto, el fruto del Espíritu.

En 1 Corintios 13:4–7 se nos ayuda a los creyentes a saber cómo es la persona en la cual se manifiesta el fruto del Espíritu. He aquí este pasaje: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

El hecho de que el Espíritu use a una persona no significa que esa persona sea perfecta. Nadie se puede proclamar perfecto y sin pecado (1 Juan 1:8). Pero el Espíritu Santo se complace en usar personas que anhelen tanto su fruto como sus dones. Mientras más santa sea la vida, más llena de significado será la manifestación. Y al contrario, aquellos cuya vida no es lo que debería ser, hacen caer el reproche sobre la causa de Cristo, como era el caso con los creyentes de Corinto.

ALGUIEN QUE SEA HUMILDE

Uno de los peligros contra los cuales se debe guardar la persona que ha sido usada por el Espíritu, es el orgullo. Es importante recordar que las manifestaciones no son indicación de que pertenezca a una élite especial, sino que son don de la gracia.

Moisés fue muy usado por Dios, y era un hombre humilde (Números 12:3). Sin embargo, perdió los estribos e insinuó que él podía realizar un milagro y sacar agua de una roca. Esto es lo que dijo: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Números 20:10).

Debido al factor humano, el creyente puede perder de vista la intención del Espíritu Santo y dedicarse a algún tipo de manifestación en la carne. Esta es la razón por la cual Pablo escribió lo siguiente: “Y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). La persona que el Espíritu quiere usar es lo suficientemente humilde como para reconocer que su ministerio va a ser evaluado. No se llena de resentimiento si los demás no aceptan lo que él ha sentido que es una manifestación del Espíritu. Lo que hace es reconocer que, por ser humano, por muy bien intencionado que sea, se puede mover en la sabiduría y la capacidad humanas y equivocarse.

ALGUIEN QUE RESPETE EL ORDEN

Es evidente que en la iglesia de Corinto había un cierto grado de desorden. Por eso Pablo escribe para decirles: “Hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40; vea el v. 33). El Espíritu Santo nunca es el autor de la confusión, y tampoco quiere que los creyentes creemos confusión.

Ordinariamente, al Espíritu Santo no le agrada que alguien interrumpa la predicación de otro, un llamado al altar, o incluso un momento en el cual un ministro o un miembro de la congregación dirige una oración colectiva.

En su interés por el orden, el Espíritu está buscando personas que sepan esperar al momento adecuado para someterse a lo que él les indica. Cuando el Espíritu se mueve en un creyente, espera de él que no sea impulsivo, sino que se mantenga en un orden perfecto con respecto a lo que se está haciendo. Cuando el creyente guarda el debido decoro, se puede convertir en el instrumento que usará el Espíritu para lograr sus propósitos en una manifestación extraordinaria de sí mismo.

Cuando reflexionamos sobre el perfil de la clase de persona que el Espíritu está buscando, nuestro primer impulso consiste en decir: “No hay nadie que sea tan perfecto”. Y esto es cierto. Sin embargo, hay dos actitudes con respecto a este perfil, que los creyentes debemos tener el cuidado de evitar. Unos podrían decir: “Yo no estoy a la altura de ese ideal, así que no voy a esperar el impulso del Espíritu, ni le voy a responder”. Otros podrían decir: “Dios usa gente imperfecta, así que no importa la clase de vida que yo lleve”.

El Espíritu Santo no viene a nosotros porque seamos perfectos, sino para ayudarnos a crecer en su gracia. Lo importante aquí es que le permitamos que se manifieste por medio de nosotros en el fruto del Espíritu, y que después nos mantengamos sensibles ante él, de manera que se pueda manifestar también por medio de nosotros en sus dones, según él lo disponga.

¿Qué tal si dispones tu corazón este día y te preparas para ser usado por Dios? ¡Te aseguro que no te arrepentirás!

 

Vida Espiritual

Pentecostal sin fruto, no es pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Nuestro Señor Jesucristo expresó su voluntad para nosotros al afirmar: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:8). Muy comúnmente, los Pentecostales y los Carismáticos somos acusados de descuidar el Fruto del Espíritu en preferencia de los Dones, los cuales son más vistosos. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a un balance de los dos, tal como una fruta perfectamente formada en un paquete apropiado y atractivo. Juntos los dos, el paquete y la fruta, hacen un equipo perfecto. De igual manera, los creyentes del Nuevo Testamento vienen a ser como esa fruta bien envuelta y presentable.

Los Dones Espirituales comúnmente son visibles. Al igual que la envoltura de un paquete, es lo primero que se ve y muchas veces son ruidosos (1 Corintios 13:1). La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de ambos, los dones y el fruto. El uso de los Dones debe ser juzgado y evaluado cuidadosamente en cuanto a lo que se dice (1 Corintios 13:29,32) por la asamblea, para el uso apropiado de los dones. Las Escrituras no nos mandan evaluar la madurez cristiana de un creyente por la cantidad de dones que posee, pero Jesús sí nos dijo que debemos evaluar a otros que se dicen creyentes por la manifestación de los frutos que ellos den. Las instrucciones de Dios son que seamos inspectores de frutos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). En ningún lugar en las Escrituras dice “Por sus dones los conoceréis.” Sería como formar una opinión de un campesino por las herramientas que tiene. Debemos de basar nuestra opinión por la cosecha que él produce.

“Por sus Frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20).

Está claro que las herramientas son una parte importante para la siembra, pero no lo son todo. Una manera de ver las cosas en relación con los dones y el fruto del Espíritu sería: Los dones son como las herramientas que Dios nos ha dado para poder producir frutos en su jardín. Si no hay fruto, las herramientas están de más o pierden su razón de ser.

LO QUE NO SON LOS DONES.

Muchos creyentes pentecostales suelen menospreciar el fruto del Espíritu y sobrevalorar los dones debido a que no entienden la naturaleza de estos. Necesitamos entender qué son y qué no son los dones para colocarlos en la dimensión correcta de nuestra vida cristiana.

  1. LOS DONES NO SON SEÑAL DE SANTIDAD: De alguna manera por todo el mundo pentecostal se ha creído y entendido que los dones son señal de santidad. En el Movimiento Pentecostal se ha creído erróneamente, debido a las malas enseñanzas, que aquellos que tienen dones nunca cometen errores. ¡Desafortunadamente no es así! Debemos entender que los dones del Espíritu no son señal de santidad. Este es un malentendido de muchas iglesias. De hecho, los dones del Espíritu muchas veces son dados como instrumentos a personas imperfectas dentro de las iglesias para que lleven fruto. Son dados a personas imperfectas en el cuerpo de Cristo para que les ayuden a perfeccionarse, a fin de que den frutos y no solo estén cubiertos de hojas (Mateo 21:18-19). Cuando las Escrituras hablan de las actitudes y comportamiento humanos, no están hablando de los dones, están hablando de los frutos. La pregunta es: ¿Por qué muchas iglesias prefieren hablar de los dones en vez de los frutos? La gran diferencia es que los dones son dados y los frutos tienen que crecer en uno. El amor, el gozo, la paz y el resto de las virtudes o características que se mencionan en la lista de Gálatas 5:22-23 son frutos que usted y yo tenemos que hacer crecer. Para poder producir frutos hay que trabajar duramente.
  1. FRUTO ES LO QUE SOY, NO LO QUE HAGO: Hemos olvidado algo muy importante en nuestra vida cristiana: El fruto no es lo que nosotros hacemos. Fruto es lo que nosotros somos. Los dones, por sí mismos, no son pruebas de una fortaleza espiritual. En el sistema de valores de Dios el “ser” tiene más alto valor que el “hacer”. ¿Por qué? Simplemente porque ¡Es más fácil liderar un grupo que ser un modelo del fruto del Espíritu! ¡Es más fácil que su nombre sea inscrito en una placa por dar su ayuda financiera a la iglesia, a que le conozcan a usted en la congregación cómo un modelo de amor o de mansedumbre!
  1. EL FRUTO NO NECESARIAMENTE SIGNIFICA GANAR ALMAS: Siempre se ha pensado que cuando se menciona en las Escrituras acerca del fruto se refiere a ganar almas. No estoy diciendo que es una mala interpretación. Creo que legítimamente esto se puede ver en las Escrituras (Proverbios 11:30). Pero también debemos recordar que alguien puedo ser eficaz en hacer prosélitos y no estar dando el fruto que Dios espera de una vida transformada (Mateo 23:15). Es más bíblico decir que el fruto de un creyente se refiere a las características de nuestra naturaleza interna, causada por una actitud de obediencia, regeneración y entrega sincera al Señor.

DEBEMOS PERMANECER EN EL SEÑOR PARA LLEVAR FRUTO.

Para llevar fruto que permanezca debemos permanecer en el Señor. Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15: 4-5,10)

Pero no todo en este proceso de llevar fruto resulta agradable y placentero, ya que es un proceso formativo de nuestro carácter cristiano con miras a alcanzar la madurez del creyente. No debemos olvidar que llevar fruto lleva implícito un proceso de poda. Nuestras “hojas” frecuentemente serán cortadas a fin de que podamos llevar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES MÁS PODEROSO QUE LOS DONES DEL ESPÍRITU.

Pero ¿Por qué Dios le da tanta importancia al fruto del Espíritu? Porque el fruto del Espíritu es más poderoso que los dones del Espíritu. Tampoco quiero ser malinterpretado. No hay manera que pueda desvalorar la importancia de los dones. Pero recordemos esto: Los dones del Espíritu son solamente las herramientas que se le han dado a la iglesia para trabajar en el campo y producir frutos.

Preguntémonos ¿Para quién son los frutos? La respuesta más común es, para el Señor. Lo cual es verdad, pero solo indirectamente. El fruto en nuestra vida produce, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, (Gálatas 5:22), y esto es para los cansados viajeros. Es aquí cuando el fruto del Espíritu viene a ser uno de los instrumentos más dinámicos creados por Dios para alcanzar a los perdidos a través de nuestro ejemplo. El mundo está cansado del pecado. Las personas están profundamente metidas en sus seducciones, en no querer saber de Dios, en sus filosofías, en sus derrotas, están separados de Dios. Ellos saben muy bien cuáles son los canales de televisión cristianos, ellos conocen las estaciones de radio cristianas. Ellos son expertos en sobrepasarlas cuando buscan otras estaciones o canales. Ellos son los que piensan que las iglesias están llenas de hipócritas, y que no hay nadie que los pueda convencer de hacerse cristianos.

Mas sin embargo ellos están sedientos y con hambre. Ciertamente, ellos quizá hayan oído tanto acerca del evangelio que hasta lo pueden oler de lejos para evitarlo. Pues lo que andan buscando no es una religión más. Pero un carácter personal transformado puede ser definido como fruto y puede desarmar las dudas. El fruto cuando está presente puede atraer y alimentar al cansado viajero. El pecado enferma las almas del mundo, debilitándolas por medio del pecado, pero pueden ser bendecidas por el fruto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 35).

Esta es la manera como trabaja el fruto del Espíritu: Cuando usted se encuentre uno de esos cansados viajeros y él le diga “Las iglesias me enferman, no quiero saber nada de religión”, usted le mostrará sus frutos y ellos desearán probar de él. Cuando ellos vean su humildad, su bondad, su amor, su fe, su gozo, le van a preguntar, “¿Dónde puedo obtener lo mismo?”. Es muy posible que muchos de ellos nunca hayan conocido lo suficiente del evangelio para llegar a saber de sus pecados y la necesidad de un Salvador. El Cristo y el evangelio que usted y yo reflejemos quizá sea el único que lleguen a conocer. Sin el fruto adecuado, jamás podremos presentar a Cristo de forma eficaz, incluso poseyendo los dones.

La belleza del fruto, valorada grandemente por el Señor, atraerá las almas a un lugar de arrepentimiento y asociación con Jesús. Debería preocuparnos que en nuestras iglesias pentecostales no se valore tanto el fruto como los dones del Espíritu. Es algo que no se enseña en muchas de nuestras iglesias, pero en el Nuevo Testamento el llevar frutos fue la herramienta más grande que tuvieron para evangelizar.

CONCLUSIÓN.

La prueba de la transformación de un alma es el fruto (1 Juan 3:14). Mostrar frutos cambia nuestras vidas y las de los demás (Juan 13:15; 1 Tesalonicenses 1:7,8). Claramente los frutos de los tesalonicenses (gozo, la fe) fueron ejemplos no solo en Macedonia sino también en todo lugar que se mencionó su testimonio.

El fruto que damos dice todo de nosotros: ” No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto” (Lucas 6:43). Las cualidades que le agradan a Dios en una vida madura son las mismas cualidades que los ojos de un pecador ven en nosotros: ” En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Solo recuerda: La madurez en Cristo no es descuidar los dones para alcanzar los frutos o viceversa, sino balancear los dos de tal manera que podamos complacer al Padre y sanar las naciones.

Vida Espiritual

Viviendo una vida llena del Espíritu.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

La cultura occidental tiene una cosmovisión limitada, y percibe la realidad en dos ámbitos: (1) el mundo natural que opera conforme a leyes científicas comprobables, y (2) Dios que se limita a lo sobrenatural; es decir, lo interior y espiritual. Esta perspectiva es el fundamento de las filosofías humanísticas seculares. Este doble concepto no representa la manera en que gran parte del mundo ve la realidad, y por cierto no es el punto de vista bíblico del mundo de Dios. Dios nos ha dado su Espíritu Santo con el propósito de derribar las falsas barreras entre lo natural y lo sobrenatural.

La vida de Esteban nos permite ilustrar este punto a la perfección. Esteban es descrito en el libro de los Hechos como un varón llamado y ungido a servir a las mesas a favor de las viudas necesitadas, lleno del poder y la gracia de Dios, que hacía señales y milagros entre el pueblo (Hechos 6:8). ¡Un momento! ¿Servir a las mesas? ¿Qué tiene esto de espiritual o sobrenatural? ¿Por qué necesita ser lleno del Espíritu Santo para servir a las mesas y atender viudas? ¿En qué momento Esteban cambió de lo “natural” a lo “sobrenatural”? Simplemente no había una barrera en la vida de Esteban entre lo natural y lo sobrenatural. Cuando la iglesia escogió diáconos para que distribuyeran el alimento diario a las viudas, los creyentes buscaron hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría:

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (Hechos 6:13).

“Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo” (Hechos 6:5).

Cuando el Sanedrín estaba por apedrearlo, él, nuevamente lleno del Espíritu Santo, tuvo una visión de Jesús y perdonó a sus verdugos. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hechos 7:55).

La vida y ministerio de Esteban nos enseñan una gran verdad: Para servir a Dios, aún en el área más simple (aquella que nos parece demasiado terrenal), se necesita una vida rendida al Espíritu Santo, un corazón transformado. Desde el pastor, misionero o evangelista más grande hasta el hermano que hace la limpieza en el templo, todos necesitamos ser llenos del Espíritu Santo para la realización eficaz de nuestra tarea. Si algo ha de ser ofrecido a Dios, debe serlo en sus términos, a su manera, y bajo su unción, aun cuando nos parezca algo “terrenal”, pues la barrera entre lo natural y lo sobrenatural es solo aparente. ¡Simplemente no existe! No podemos desconectar nuestra vida en la tierra de la vida en el Espíritu que Dios desea que vivamos. Esa ha sido la causa de que el humanismo tenga tanto éxito en nuestra sociedad, pues la iglesia misma vive desconectada del mundo espiritual, relegando la espiritualidad únicamente a los templos y a los domingos.

Vivir en el Espíritu tampoco es hablar en lenguas ocasionalmente o manifestar algún don sobrenatural sin presencia de fruto espiritual en el creyente. Es por sus frutos, no por sus dones, que se conoce al verdadero creyente (Mateo 7:22-23). De vez en cuando, algunos se centran en el derramamiento del Espíritu Santo para enfatizar la bendición y la experiencia emocional que tienen su origen en ese derramamiento. Aunque esta realidad puede ser un resultado muy legítimo, tenemos que investigar lo que la Biblia explícita e implícitamente señala como el propósito de que seamos llenos con el Espíritu Santo. A fin de hacer una duradera y poderosa contribución por la causa del evangelio, nuestro corazón y nuestra vida tienen que ser formados por los propósitos de Dios, y no por metas humanas.

Si queremos experimentar el poder que sabemos que es parte de la obra del Espíritu Santo de Dios en nuestra vida, debemos primero entender su propósito. Al final de cuentas, manifestar dones espirituales extraordinarios como sanidades, milagros, profecía y lenguas no es el fin en sí de la llenura del Espíritu Santo. Dios desea que vivamos una vida en el Espíritu. Por ello, debemos recordar que toda investidura espiritual o don sobrenatural ha sido dado para:

  1. SEÑALAR A JESÚS: Jesús dio a sus seguidores la comisión de hacer discípulos a todas las naciones (yendo por todo el mundo, bautizándolos y enseñándoles; Mateo 28:19,20). En el primer Pentecostés después de la resurrección de Jesús, Dios inició en su iglesia el proceso de equipamiento. Varias semanas después de haber sido llenos con el Espíritu Santo, Pedro y Juan fueron encarcelados por su persistente y poderoso testimonio. Después de que los soltaran, regresaron a sus hermanos creyentes y tuvieron un poderoso culto de oración. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31). Lo que explícitamente se afirmó como el resultado previsto de recibir el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:8) se enseña implícitamente en el relato descrito arriba (3:11-4:31). Sacamos la conclusión de que uno de los principales propósitos de la llenura del Espíritu Santo es para señalar a Jesús. Recibimos poder y fortaleza para hacer una osada, clara, y fiel proclamación de la persona y la misión de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Juan escribe: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). El Espíritu glorificará a Jesús. El Espíritu Santo no vino para atraer la atención en sí mismo, ni para atraer la atención en nosotros, sino para atraer la atención en Jesús. El Espíritu Santo nos hace conscientes de “Jesús”, y no conscientes del “Espíritu Santo”.

 

  1. PODER PARA SERVIR A DIOS: Otro gran propósito de ser lleno con el Espíritu Santo es de recibir poder para servir a Dios. Hay tres esferas en las que se manifiesta el poder: (1) poder para vivir en santidad; (2) poder para servir a Dios y su obra; y (3) poder para cumplir una misión o enfrentar un problema o crisis.

 

  • PODER PARA VIVIR EN SANTIDAD: Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El apóstol Pablo escribió: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Se nos exhorta a vivir de manera digna del llamado que hemos recibido (Efesios 4:1). Pero en nuestra propia fuerza no podemos vivir en santidad, alumbrar la luz, y dar toda la gloria a Él. Si tratamos de hacerlo en nuestra propia fuerza, fracasamos. Nuevamente, el apóstol Pablo presenta este problema en su Epístola a los Romanos: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:15-19). Pero Pablo también presenta la solución: por el poder de Dios, que nos ha sido dado por su Espíritu, podemos vivir en santidad, a lo cual hemos sido llamados: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8_9-14).

 

  • PODER PARA SERVIR A DIOS Y HACER SU OBRA: El siguiente aspecto en que necesitamos poder es en el ámbito de servicio. La predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40) fue un acto de servicio al Señor y de edificar a la iglesia (2:41), para lo cual fue necesaria la llenura del Espíritu Santo. Además, los diáconos de la iglesia primitiva fueron llenos del Espíritu a fin de cumplir el llamado de Dios para ellos de servir en la distribución de alimento. La palabra “diácono” literalmente significa “siervo”. El Espíritu nos llena para que podamos servir en satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Lo distintivo es el propósito: vivir por Dios.

 

  • PODER PARA CUMPLIR UN DEBER INMEDIATO: El tercer aspecto de vivir por Dios es lo que se podría llamar poder para cumplir un deber inmediato (lo cual puede incluir un problema o crisis). El diácono Esteban nuevamente fue lleno con el Espíritu Santo justamente antes de ser apedreado debido a su proclamación. Esteban recibió poder para ver en una visión a Jesús y perdonar a sus verdugos. Cuando Pedro se enfrentó a la difícil situación del juicio ante el Sanedrín, nuevamente recibió poder, que lo equipó para esa necesidad inmediata (Hechos 4:8). Cuando Pablo tuvo que enfrentarse al poder de Satanás, presente en el mago llamado Elimas, Pablo recibió su llenura y afrontó la crisis con la presencia del Señor (Hechos 13:9). Pablo cumplió con poder su deber inmediato, y Elimas quedó ciego.

 

Cada una de estas situaciones de crisis fue seguida de un milagro. Generalmente, en esta clase de circunstancia (deber inmediato, problema, o crisis), suceden señales y maravillas. Dios se dedica a la “intervención en las crisis”. ¡Los dones no son para satisfacer nuestros deseos egoístas, sino para satisfacer nuestras necesidades! Dios quiere que su iglesia sea “edificada”, no en sentido de ser favorecida, por supuesto, sino en sentido de ser fortificada.

 

Fíjese lo que Pablo dice en Efesios: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15,16). En esos días malos necesitamos que Dios nos llene con el poder del Espíritu Santo para que (a) llevemos una vida santa contra la maldad que nos rodea; (b) sirvamos en lo práctico y lo espiritual; y (c) atendamos las crisis que se presentan.

 

Dios quiere que seamos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Romanos 8:37). “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Necesitamos comprender la voluntad de Dios y obrar conforme a lo que comprendemos: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (5:18).

 

Pablo presenta un fuerte contraste. Algunos interpretan este pasaje como si los carismáticos y pentecostales fuéramos borrachos espirituales. Pablo no dice que ser lleno es como embriagarse. Él no compara sino contrasta esas dos acciones. La embriaguez conduce a la pérdida de dominio propio. Aquí la disolución es excesiva sensualidad, una condición en que las personas no pueden controlarse o “salvarse” a sí mismas. Es una condición en que uno va de mal en peor. La condición contrastante es la plenitud del Espíritu, que no implica pérdida de dominio propio. En realidad, parte del fruto del Espíritu es dominio propio (Gálatas 5:23). El exceso de alcohol produce un comportamiento desenfrenado. La plenitud del Espíritu conduce a una conducta restringida y de dominio propio.

 

El resultado de estar bajo la influencia del alcohol es que nos hace como bestias; pero el Espíritu nos hace más como Cristo. Por tanto, ¡Seamos llenos! El verbo griego en este pasaje es plerousthe. Es un verbo en tiempo presente, voz pasiva, modo imperativo, segunda persona plural. Significa llenar, completar o llevar a cumplimiento. En este contexto se usa como metáfora de derramar. Sin embargo, más que la metáfora está el propósito. El tiempo presente enfatiza el ahora y continuamente implica una y otra vez. Nótese: somos salvos una vez. Lo que llamamos bautismo del Espíritu Santo es la experiencia inicial de ser lleno con el Espíritu (Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek, Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987, 11,12). Pero podemos ser llenos con el Espíritu Santo una y otra vez. Algunos se refieren al bautismo como la puerta de entrada, y las subsecuentes llenuras como la senda a seguir una vez que se pase por la puerta. Pedro fue lleno del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2:4) y nuevamente cuando habló ante el Sanedrín (4:8). Y “todos”, incluido Pedro, fueron “llenos del Espíritu Santo” después de orar (4:31). Ananías puso las manos en Pablo para que recobrara la vista y sea lleno del Espíritu Santo (Hechos 9:17). Entonces Pablo, “lleno del Espíritu Santo”, dijo a Elimas: “Hijo del diablo…” (Hechos 13:9-10). Los discípulos (incluido Pablo) sacudieron el polvo de sus pies y fueron “llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52). Esteban fue lleno antes de servir a las mesas, luego nuevamente antes de su visión y su muerte. El significado de la voz pasiva es que Dios es quien origina la acción de llenar. Él es quien obra en nosotros, y por eso espera que seamos receptores dispuestos y rendidos. El modo imperativo implica un mandato de Dios. En nuestro lenguaje hablado expresamos la orden imperativa por el vigor y el volumen de nuestra voz. Cuando escribimos un mandato en español, generalmente usamos un signo de exclamación. En el griego del Nuevo Testamento, sin embargo, una orden se escribe con las inflexiones del modo verbal que la distingue claramente de una orden declarativa o una posible sugerencia. No es una sugerencia que ha de discutirse. Como es una voz pasiva en imperativo, se debe traducir “permitir a ser lleno”. Para cumplir este mandato, tenemos que quitar cualquier barrera que impida la debida relación con Dios. La segunda persona en plural significa “todos ustedes”. Por tanto, una preferida traducción del pasaje es: “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!”.

RESULTADOS DE UNA VIDA ESPIRITUAL PLENA:

En Efesios 5:15-21, Pablo vincula esta plenitud con cuatro resultados: (1) hablar, (2) cantar, (3) alabar, y (4) someter. El primer énfasis está en hablar. Debemos hablarnos unos a otros; dar testimonio. En el primer siglo, cuando a personas que no estaban acostumbradas a hablar en público se les pedía que testificaran, a menudo recitaban una canción o un salmo, una composición ya familiar y conocida a la comunidad (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.16). Por eso, los testimonios podían expresar toda clase de sentimientos por medio de oraciones, cánticos, y recitaciones. En comunión de los hermanos se expresaban gritos de angustia, regocijo, y oraciones. Este hablar lleno del Espíritu no era sólo “conversación”, sino comunión dirigida por el Espíritu. Esta comunión se conducía por medio de tres clases de expresiones verbales: salmos, himnos, y cánticos espirituales.

Los salmos podían incluir alabanza, aliento, consuelo, agradecimiento, o historias de los patriarcas y profetas (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.239). El uso de los Salmos por la antigua Israel y la iglesia primitiva ha revelado por lo menos tres importante y amplias categorías que debemos usar hoy. Sirven como una guía en la adoración; nos ayudan a relacionarnos sinceramente con Dios; y ofrecen patrones de reflexión y meditación en las cosas que Dios ha hecho por nosotros (Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth, Grand Rapids: Zondervan, 184).

Los himnos son exposiciones o exégesis con melodías. Los himnos podían servir para instrucción, confesión, enseñanza, o exhortación. Varios pasajes del Nuevo Testamento se pueden considerar como himnos. Por ejemplo, Efesios 2:19-22 y 5:14, y Tito 3:4-7. Fíjese especialmente en los himnos que nos instruyen acerca de la persona de Cristo, como Juan 1:1-18; Filipenses 2:6-11; Colosenses 1:15-20; 1 Timoteo. 3:16; y Hebreos 1:1.6 (Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982). Los cantos espirituales incluyen todo lo arriba mencionado. Colosenses 3:16 confirma que nosotros debemos usar los mismos tres (salmos, himnos, y cantos espirituales) como medios de enseñanza y exhortación unos a otros.

El segundo resultado de la plenitud del Espíritu es cantar en nuestro corazón al Señor (Efesios 5:19). Esto no se trata de adoración interior, privada. Algunos lo ven como un texto que prueba que Dios sólo acepta silenciosa y meditativa adoración. Este versículo no dice que el corazón es el lugar de adoración. Lo que enfatiza es la manera de adorar; es decir, “en el corazón” (por medio del corazón), y elevada (hacia el trono de la gracia). Hay tiempo de postración quieta y también tiempo de declaración exuberante. El Espíritu nos guiará a ambos, conforme a su plan y en su tiempo.

El tercer resultado de la plenitud del Espíritu es “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre” (Efesios 5:20). No se trata de agradecimiento selectivo. Hay que evitar el pecado de las quejas típicas de los israelitas. “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo” lleva el impacto de sumisión a la voluntad, la autoridad, el poder, y la naturaleza de Jesucristo. Es un agradecimiento que resulta en sumisión a la voluntad del Señor, dirigida por el Espíritu.

El cuarto resultado es “[someternos] unos a otros en el temor de Dios” (5:21). Esto significa que nos colocamos bajo (o después) de otro en reverencia porque deseamos conformarnos a la voluntad soberana. A este pasaje a veces se lo trata como una unidad de enseñanza aparte. Sin embargo, la sumisión es una de las características de la plenitud. Las siguientes instrucciones a las esposas, a los maridos, a los hijos, a los esclavos, y a los amos son ejemplos de la reverente sumisión que se nos ordena. Esta es una frase dependiente que ilustra el pensamiento previo: “someteos unos a otros en el temor de Dios”, que a su vez es una frase de participio, subordinada al principal imperativo: “sean continuamente llenos con el Espíritu”. El punto de enfoque de Pablo no está en que la esposa se someta al marido. En otras palabras, la sumisión por parte de la esposa es sólo una expresión de la mutua sumisión, que es un resultado de ser lleno con el Espíritu Santo.

Por medio de estos admirables efectos el Espíritu Santo se nos pone en la debida relación con Dios mediante la adoración y la alabanza (“cantando” y “alabando”); y en la debida relación unos con otros mediante la comunión y la mutua sumisión (“hablar” y “someter”).

¿CÓMO PODEMOS SER LLENOS?

No hay trucos. Para ser lleno con el Espíritu debemos comprender lo que Dios quiere, someternos a su señorío, y andar por fe. Es necesario comprender que esto es la voluntad de Dios (Efesios 5:17). Es un mandato de Dios (5:18). Trate sincera y completamente con el pecado en su vida. No contriste al Espíritu Santo, sino permita que las Escrituras lo redarguyan (Efesios 4:30, 2 Timoteo 3:16).

En segundo lugar, tenga presente quién es Señor. Dele a Él el señorío en su vida. Ya no viva para sí mismo (Lucas 9:23; 2 Corintios 5:15). Sométase a Dios y a su voluntad mediante confesión y arrepentimiento (1 Juan 1:9). Sométase a Dios como sacrificio vivo (Romanos 6:13; 12:1,2). Ríndase, y sea celoso de buenas obras (Tito 2:14).

En tercer término, ande por fe. Apóyese en los hechos, no en sus sentimientos. Sólo obedezca la Palabra de Dios. Viva por el Espíritu y ande por el Espíritu (Gálatas 5:25). Acepte las promesas por la fe. No sea como un niño que constantemente rebusca en la tierra para ver si ha germinado la semilla que sembró. Déjale crecer y siga en su andar con Dios. La iglesia en Corinto es una solemne advertencia a nosotros. Ellos fueron bautizados con el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13) y fueron enriquecidos con dones carismáticos (1 Corintios 1:4-7). Sin embargo, Pablo los reprochó como poco espirituales, no llenos del Espíritu. La evidencia continua no son los dones (ellos tenían muchos), sino el fruto que va madurando (tenían poco).

Los dones carismáticos de la gracia de Dios no son joyas para portar alrededor del cuello, ni perfume para adornar el cuerpo con aire de espiritualidad. En cambio, son herramientas para la edificación de la Iglesia. Una que otra vez he trabajado como carpintero. Tengo herramientas que he escogido cuidadosamente a través de los años para cumplir diferentes tareas. Muchas veces uno tiene que ir al lugar de “construcción” para averiguar qué herramientas se requerirán para cierto trabajo. Quizás usted no descubra sus dones espirituales hasta que esté en medio de una labor de construcción y tenga que clamar a Dios para que le alcance el martillo espiritual, el papel de lija, o la goma de carpintero. De la misma manera, como la llenura del Espíritu también es con determinación, dejemos que Dios nos guíe primero en esos propósitos para que experimentemos el poder.

Al viajar a Centroamérica para enseñar a los mayas, tuve una guerra espiritual de una manera no acostumbrada. Comprendí, me sometí, luego anduve. Señales y maravillas acompañaron a la proclamación de la Palabra con el poder del Espíritu. La plenitud del Espíritu nos da poder para vencer la tentación (como Jesús), poder para proclamar osadamente a Jesucristo (como Pedro), poder para servir (como un buen diácono), poder para perdonar a los enemigos (como Esteban), poder para confrontar a las fuerzas de las tinieblas (como Pablo), y poder para alentar y enseñar (como Bernabé). “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!” La vida llena del Espíritu se caracteriza por la debida relación con Dios en adoración y alabanza, y por la debida relación con otros por medio de comunión y servicio dirigido por el Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek (Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987) 11,12.
  • Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, (Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983), p.16.
  • Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth (Grand Rapids: Zondervan), 184.
  • Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, (Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982).