Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

¿Qué vas a buscar a la iglesia?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Para qué vamos a la iglesia? ¿Para adorar a Dios? ¿Por entretenimiento? ¿Para la satisfacción de nuestras preferencias? ¿Por qué vas a adorar? Jesús le preguntó a la gente de su día lo mismo cuando fueron a escuchar la predicación de Juan el Bautista. Jesús le dijo a las multitudes acerca de Juan:

“¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pero, ¿qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Miren, los que usan ropas finas están en los palacios de los reyes. Pero, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo, y uno que es más que un profeta. Este es de quien está escrito: ‘He aqui, yo envio mi mensajero delante de ti, quien preparara tu camino delante de ti’” (Mateo 11:7–10)

Cuando examinamos el ministerio de Juan el Bautista y la pregunta que Jesús le hizo a la multitud, encontramos de parte de Dios cinco razones malas para ir a la iglesia.

ESTAR CÓMODO

“¿Qué salieron a ver en el desierto?” (Mateo 11:7)

Los israelitas que habían ido al desierto para escuchar hablar a JUAN no se sentaron en lujosos auditorios con café recién hecho para escuchar la Palabra de Dios a su conveniencia. Estaban dispuestos a soportar la incomodidad de escuchar a Dios. ¿Iríamos nosotros al desierto, nos sentaríamos en sillas incómodas, sufriríamos al oír a músicos que no son profesionales (o ministerios de niños que tampoco lo son) para adorar con los santos y escuchar la Palabra de Dios predicada? Habían ido al desierto a escuchar a Juan. No los atrajo la fiesta, la niebla, las luces o un edificio lujoso. Fueron a un lugar al que nunca irían, excepto porque el profeta estaba allí.

PARA ESCUCHAR OPINIONES TAMBALEANTES

“¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?” (Mateo 11:7)

Jesús se enfrenta a lo que parece prevalecer en estos días: la enseñanza incierta. Este profeta no era como el maestro popular de Biblia que vemos hoy en día, quien explica las partes que encuentra problemáticas o se hace famoso al cuestionar las creencias ortodoxas. Su táctica para atraer seguidores y probar su autenticidad no era el escepticismo o la sospecha. Él no discutía; él predicaba. No cuestionaba; daba respuestas. No temblaba con la brisa; estaba firme sobre la roca. Deberíamos desear escuchar a hombres humildes cuya “humildad” no los hace dudar la verdad revelada, sino que los hace ser más dependientes de ella. Los que oían a Jesús habían salido a escuchar a un hombre de Dios que hablaba en nombre de Dios.

Juan, lleno del Espíritu desde su nacimiento, ardía en fuego. Nosotros, como esos israelitas, deberíamos desear escuchar a hombres humildes cuya “humildad” no los hace dudar la verdad revelada, sino que los hace ser más dependientes de ella. La vanidad se desvanece cuando se proclama la Palabra desde los tejados (Mateo 10:27). Aquellos que se denominan escépticos porque “no tienen todas las respuestas”, como es con la mayoría de nosotros, no deberían enseñar.

SER ENTRETENIDOS

Los israelitas que fueron a oír a Juan no retrocedieron ante un pastor que estaba dispuesto a herirlos con la verdad y confrontar las falsas enseñanzas. Fueron para escuchar a Juan el Bautista decir:

“¡Camada de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira que está al venir? Por tanto, den frutos dignos de arrepentimiento; y no piensen que pueden decirse a sí mismos: ‘Tenemos a Abraham por padre’, porque les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras” (Mateo 3:7–9)

No tenían comezón de oídos ni buscaban acumular para sí maestros (2 Timoteo 4:3). No habían ido a ver a un hombre con miedo de hablar cosas duras por el bien de sus almas. Juan no los aduló. No atacó los ídolos de otros. Él desafió sus falsas esperanzas, y las esperanzas de los fariseos y saduceos acerca de su linaje abrahámico. A diferencia de muchos hoy, que no toman en cuenta el fruto en su evangelio de fe fácil y gracia barata, Juan llamó a sus oyentes no solo a pedir perdón, sino a “dar frutos de arrepentimiento”. No temía que los antinomianos, enamorados de su pecado, lo acusaran de promover una religión legalista. Sus oyentes no podían irse sin verse afectados. No podían sentarse y tomar un sorbo de su Starbucks mientras escuchaban discursos motivadores llenos de historias bonitas. El desierto con el profeta era el lugar equivocado para ser pasivamente entretenido. Era el lugar para escuchar al profeta, para creer, confesar pecados, arrepentirse, y bautizarse.

PARA SER PROTEGIDO DE LA REALIDAD

“El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego” (Mateo 3:10)

Dios tenía un dicho común sobre los falsos profetas y sacerdotes en el Antiguo Testamento: “Curan a la ligera el quebranto de Mi pueblo, diciendo: ‘Paz, paz’, pero no hay paz” (Jeremías 6:14). Juan el Bautista demostró no ser un profeta así. Les advirtió que, si no tenían frutos de arrepentimiento, serían “cortados y arrojados al fuego”, un “fuego inextinguible” (Mateo 3:12). No curó la herida de su pueblo a la ligera. No murmuró sobre el juicio ni susurró sobre el infierno a través de la ficción del aniquilacionismo. No pretendía ser más amoroso y perdonador que Dios. No trató con casualidad las realidades eternas o las almas inmortales. Juan no predicó a la ligera, como si la boca del infierno no estuviera abierta de par en par, o como si el cielo no nos llamará. El precursor de Jesús sonó la alarma para prepararlos para el Cordero de Dios. Porque, como es inconfundible en las Escrituras, solo esta vida establece el curso para la eternidad.

Si eliges una iglesia que en esta vida te predique solo lo que quieres oír, estarás perdido para siempre. Juan no predicó a la ligera, como si la boca del infierno no estuviera abierta de par en par, o como si el cielo no nos llamara. No se rió del mal desde el púlpito, o contó historias para tranquilizar a la gente y motivarlos a vivir una vida mejor sin abordar los amores secretos que amenazan deshacerse de nosotros o del Cristo que nos ofrece salvación.

PARA ESCUCHAR SOBRE NOSOTROS MISMOS

“Pero, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo, y uno que es más que un profeta. Este es de quien está escrito: ‘He aqui, yo envio mi mensajero delante de ti, quien preparara tu camino delante de ti’” (Mateo 11:9–10)

El ministerio de Juan el Bautista resume lo que hacen todos los ministerios cristianos verdaderos: apuntan incesantemente a Cristo. No son la luz, pero son testigos de la luz para que todos puedan creer en Él. Dicen con Juan: “¡He aquí, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29), y “Él debe aumentar, y yo disminuir” (Juan 3:30). Hacen grande al Cristo cuya sandalia no son dignos de desatar. No proclaman la gloria del hombre, sino la de Cristo. No nos apuntan a nosotros mismos, sino a Cristo. No predican las Escrituras diluidas, sino a Cristo crucificado. Quienes oyeron a Juan fueron a escuchar a Dios, y escucharon acerca del Mesías venidero. El más grande de los hombres vivió para anunciar a otro (Mateo 11:11). La iglesia no se trata de ti. No vas para descubrir tu propia grandeza, o para descubrir el “gigante que hay en ti”. Si no se habla de Cristo no vale la pena de qué más se hable.

CONCLUSIÓN

Si la iglesia de Dios predica audazmente la excelencia de Cristo y la palabra de Dios sin adulterar, no importan si hay o no asientos incómodos en el templo, o que se hable con dureza sobre el pecado. No importa. Cuando todo se hace por tener más de Cristo y darle gloria a Él, el propósito de ser iglesia se ha logrado.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Y tú, ¿Por qué le eres fiel a Dios?

Por: Fernando E. Alvarado.

Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto… te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.

Alguna gente no peca contra Dios por miedo a ser descubiertos. Otros no pecan por temor a las consecuencias. Pero la verdadera razón para no pecar es el amor a Dios. La ética cristiana se basa en el amor. Cualquier otra cosa es legalismo y religiosidad. Los verdaderos santos obedecen a Dios porque les encanta obedecer a Dios, no porque tienen que hacerlo. Es su deleite y no un simple deber. Esa es la razón por la que se esfuerzan por vivir en santidad con tanto celo y pasión. Porque quieren, porque desean, porque se regocijan en hacerlo. Están consagrados y son soldados fieles, no simples cumplidores de reglas sin convicción. Hay que tener agallas, agallas de verdad para mantenerte firme en tus convicciones. Los débiles siguen la corriente. El amor por Dios es la verdadera raíz de todo lo que estamos llamados a hacer como seguidores de Jesús.

Lo que la gente joven necesita desesperadamente es pasión por Cristo y celo por la santidad en lo más profundo de su ser. Eso es lo que los sacará de la impiedad. No el miedo a las consecuencias. Exactamente así es como Pablo razonaba con los tesalonicenses. Él les decía que la voluntad de Dios para ellos era la santificación de sus vidas. Su vida ya no podía ser como la que vivían los paganos que les rodeaban (1 Tesalonicenses 4:3-5). Pablo sabía que quienes aman a Dios se guardan en santidad para la gloria de Dios. ¿Así que, por qué deberíais esforzarte por vivir en santidad? La respuesta correcta es ¡Porque amas a Dios! Es así de simple. Cualquier otra razón es secundaria y completamente indigna del Dios de amor quien nos su más preciado regalo: Jesucristo. Honrémosle. Amémosle. Sirvámosle. Y que Él nos dé agallas, verdaderas agallas, para vivir vidas que glorifiquen a Dios en medio de este mundo corrupto y malo. Él nos recuerda:

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos… ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.” (Juan 14:15, 21; NVI).

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios 13:1-3, NVI).

“En Cristo Jesús… lo que vale es la fe que actúa mediante el amor.” (Gálatas 5:6, NVI).