Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Pentecostales ¡Ya basta de jugar con lo sagrado!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Desde mi radical conversión a Cristo siempre he sido un pentecostal amante de la Biblia, perseguidor de la santidad y buscador de Dios. Esa fue la manera en que me enseñaron mis líderes. Y la manera que ahora, como pastor pentecostal, enseño a otros. Sin embargo, debo admitir que no todos los pentecostales pensamos igual. De todos es bien sabido que el pentecostalismo ha sido a menudo anti-intelectual y no podemos negarlo. Este fue uno de nuestros primeros errores.

Cualquier estudioso de la historia del movimiento pentecostal sabe que el pentecostalismo surgió entre la gente menos educada de la sociedad norteamericana. Pero esto no es ninguna novedad. Los avivamientos religiosos nunca se dieron entre los grandes y eruditos de la cristiandad, sino entre los humildes y muchas veces iletrados entre el pueblo. Fueron los pobres y humildes dentro de la iglesia quienes experimentaron un aspecto de la actividad de Dios menos apreciada entre la élite intelectual. Este ha sido el patrón usado por Dios a través de la historia:

 “Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse.” (1 Corintios 1:25-29, NVI)

A la luz de lo anterior creo que, quizás si los cristianos que se precian de ser más intelectuales se humillaran, ellos podrían aprender algo de la experiencia pentecostal-carismática y ganar más audiencia entre aquellos a los que pueda servir su entrenamiento. Necesitamos la Palabra y el Espíritu juntos, y apagar cualquiera de los dos, ya sea como el pentecostalismo tradicional algunas veces ha hecho o como los intelectuales cesacionistas rígidos de muchas iglesias reformadas hacen ahora, no es útil.

NECESITAMOS VOLVER A LA PALABRA.

Los pentecostales de sana doctrina creemos que la base primaria para nuestra enseñanza es la Escritura. El Señor nos exhorta a fundamentar nuestra fe únicamente en Su Palabra, y no en ningún tipo de experiencia espiritual, visión, sueño, o manifestación sobrenatural:

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad. Irán de un lugar a otro, fatigados y hambrientos. Y porque tienen hambre, se pondrán furiosos y maldecirán a su rey y a su Dios. Levantarán la mirada al cielo y luego la bajarán a la tierra, pero dondequiera que miren habrá problemas, angustia y una oscura desesperación. Serán lanzados a las tinieblas de afuera.” (Isaías 8:20-22, NTV)

A Josué se le exhortó:

“Estudia constantemente este libro de instrucción. Medita en él de día y de noche para asegurarte de obedecer todo lo que allí está escrito. Solamente entonces prosperarás y te irá bien en todo lo que hagas.”  (Josué 1:8, NTV)

Ni la tradición, ni la cultura, ni mucho menos la experiencia subjetiva, como en algunos círculos carismáticos y pentecostales suele ocurrir, puede reemplazar la autoridad de la Palabra. Los pentecostales y carismáticos deberíamos ser, entre los cristianos, los más fieles a las Escrituras. También deberíamos buscar volver a la Biblia mucho más que otros creyentes. Sin embargo, muchos de nosotros estamos familiarizados con círculos pentecostales donde los testimonios y supuestas revelaciones suplantan la enseñanza bíblica más que apoyarla. Esto no debería ser así, ya que una mayor comprensión y exposición más fiel de la Escritura es esencial. Pablo exhorta a Timoteo a no descuidar el don que él recibió a través de la profecía cuando los ancianos impusieron manos sobre él (1 Timoteo 4:14). Pero él también insta a Timoteo a dedicarse a la lectura pública y exposición de la Escritura (1 Timoteo 4:13), porque su enseñanza sería algo de vida o muerte para sus oyentes (1 Timoteo 4:16). Dios nos dio la Biblia como canon, una “vara de medir,” por la cual todas las otras afirmaciones puedan ser evaluadas. Los pentecostales haríamos bien en no olvidarlo.

El pentecostalismo necesita dejar de ver la erudición y el uso del intelecto como enemigos, sabiendo que ambos son regalos de Dios, útiles para alcanzar a las personas para Cristo. Aunque Pablo afirmó que ni su palabra ni su predicación “fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”, también dijo: “Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez” (1 Corintios 2:4-6). Los pentecostales debemos imitar el ejemplo de Pablo, manteniendo el equilibrio entre conocimiento bíblico y experiencia espiritual. No debemos renunciar al Espíritu y sus manifestaciones, pero tampoco a nuestro cerebro, pues la Palabra de Dios exhorta a los creyentes a renovar sus mentes, no a pasarlas por alto: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NVI). Los carismáticos-pentecostales necesitamos hacer un gran énfasis en renovar la mente.

Tristemente, el apego y obediencia a la Palabra ha dejado de ser la norma en muchos círculos carismáticos-pentecostales. Algunos pentecostales parecieran haber renunciado al uso de sus facultades mentales, a un estudio disciplinado y sistemático de la palabra de Dios, a normas adecuadas de hermenéutica y a una exégesis sana del texto bíblico. Hoy en día, algunos grupos que se autodenominan pentecostales promulgan enseñanzas que no pueden más que ser vistas como herejías (Palabra de Fe, Nueva Reforma Apostólica, Evangelio de la Prosperidad, etc.). Esto ha llevado a muchos de nuestros hermanos no pentecostales a cuestionar la validez no solo de nuestra experiencia pentecostal, sino también la ortodoxia de nuestra fe y la seriedad de nuestra teología.

A mis hermanos pentecostales les digo: Es tiempo de usar nuestra cabeza y estudiar teología sistemática, exégesis, hermenéutica, homilética y todas las demás ciencias bíblicas sin perder la esencia de nuestro pentecostalismo. Sin embargo, también hay algo que quiero decirles a nuestros hermanos no pentecostales: Harían bien en no generalizar ni juzgar por igual a todos los pentecostales. No todos los pentecostales somos mentes muertas y es posible encontrar iglesias y creyentes pentecostales con un espíritu crítico basado en la Palabra de Dios. Yo mismo me considero uno de ellos.

NECESITAMOS ABANDONAR LOS EXCESOS.

Los pentecostales frecuentemente somos acusados de ser emocionalistas, poner demasiado énfasis en la experiencia personal, sobre enfatizar los dones menospreciando el fruto del Espíritu, ser desordenados y hasta sincréticos en nuestra adoración y liturgia. Lamentablemente, mucho de esto también es cierto. Aunque nuestros críticos tienden a exagerar extremadamente nuestros defectos, algunos grupos pentecostales tristemente sí calzan con el estereotipo común a nuestro movimiento, pues tienden a hablar incesantemente acerca de los fenómenos espirituales y no mucho acerca de Cristo. Los Evangelios y Hechos, por supuesto, enfatizan las señales, pero estas señales siempre honran a Jesús y buscan llamar la atención hacia Él. La adoración cristiana y la enseñanza deben atraer la atención más que todo hacia Jesús y su muerte por nosotros y su resurrección.

A pesar de las advertencias de muchos líderes, hay círculos donde la gente cultiva particularmente la emoción y las respuestas físicas. Muchos pentecostales parecen reducir al Espíritu de Dios a una fuerza o un sentimiento. Y, aunque las reacciones emocionales o físicas podrían acompañar la obra de Dios, en otras ocasiones podrían ser falsas. Uno debería evaluar el avivamiento por otros criterios bíblicos. El apóstol Juan nos exhortó: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios” (1 Juan 4:1, LBLA).

Lamentablemente, muchos pentecostales y carismáticos hemos lanzado nuestra teología a los fuegos de la experiencia humana y adorado al falso espíritu que resultó de nuestra propia interpretación personal. Esto ha traído más afrenta que gloria al Espíritu Santo que decimos adorar. Aunque la emoción y la celebración son bíblicas, muchos de nosotros hemos sido testigos de abusos a lo largo de los años. Muchas enseñanzas populares en la actualidad sobre la guerra espiritual, el gobierno de la iglesia y así sucesivamente descansan en “revelaciones” extrabíblicas que deben ser examinadas más cuidadosamente. Por lo menos algunas de estas enseñanzas van en contra de la Biblia, y muchas de las otras parecen en el mejor de los casos irrelevantes al ministerio práctico para el reino.

Para empeorar las cosas, muchos predicadores pentecostales han enseñado aberraciones teológicas y litúrgicas como la risa santa, el vómito como señal de liberación, experiencias extáticas, el desmayo sagrado, las danzas convulsivas y otras extravagancias, convirtiéndolas en regla y tratando de reproducir los efectos del Espíritu más que sirviendo y adorando al Señor. Aunque no me atrevo a negar que el Espíritu Santo a veces trabaja de formas que escapan de nuestra comprensión, también debo reconocer que ninguna de estas prácticas es mencionada en la Biblia y, por lo tanto, ninguna de ellas puede ser aceptada como norma o manifestación del Espíritu con total certeza. Desafortunadamente, la experiencia de una generación (o algunas veces sus caprichos) se convierte en la tradición de la siguiente generación y el legalismo de la generación que viene tras ella. Jamás debemos olvidar que no todo legado heredado de nuestros antecesores es útil; es la palabra y el Espíritu lo que necesitamos. El Espíritu y sus manifestaciones jamás van a contradecir lo que dice la Biblia.

Los pentecostales necesitamos despertar y reconocer, sin abandonar nuestro pentecostalismo, que toda manifestación espiritual debe ser probada y ejercitada a la luz de la Biblia. Y, en cuanto a las manifestaciones espirituales, la Biblia nos llama al orden y la decencia:

“¿Qué concluimos, hermanos? Que, cuando se reúnan, cada uno puede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación. Todo esto debe hacerse para la edificación de la iglesia. Si se habla en lenguas, que hablen dos —o cuando mucho tres—, cada uno por turno; y que alguien interprete. Si no hay intérprete, que guarden silencio en la iglesia y cada uno hable para sí mismo y para Dios. En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden, sino de paz… Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que esto que les escribo es mandato del Señor. Si no lo reconoce, tampoco él será reconocido. Así que, hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas. Pero todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden.” (1 Corintios 14:26-39, NVI)

Nótese que Pablo no manda cesar con las manifestaciones espirituales, sino más bien exhorta al orden en el ejercicio legítimo de los mismos: “Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales, sobre todo el de profecía.” (v. 1). Los corintios poseían dones espirituales legítimos, aunque los ejercitaban de forma incorrecta. Esto es, con exactitud, lo que ocurre actualmente con la iglesia pentecostal del siglo XXI. ¿La solución? Ciertamente no es dejar de creer en las manifestaciones espirituales o de negarnos a ejercitar los dones del Espíritu. La solución es hacerlo “de una manera apropiada y con orden” (v. 39).

Por eso, preguntémonos: Si el Señor Jesús o el apóstol Pablo entraran a nuestras iglesias pentecostales hoy ¿Qué encontrarían? ¿Se sentirían cómodos en medio de nosotros o se avergonzarían del trato que le damos al Espíritu Santo y de nuestra liturgia? Necesitamos reevaluar nuestras prácticas o seguiremos dañando la causa de Cristo y trayendo afrenta al Espíritu Santo y sus verdaderas manifestaciones. Es por nuestra falta de orden y decencia en la adoración, así como por las muchas payasadas irreverentes y las doctrinas torcidas que se han infiltrado en algunas iglesias pentecostales-carismáticas, que nuestros hermanos no pentecostales han llegado a considerar nuestro estilo de adoración y nuestra teología como igual, o peor, al fuego extraño ofrecido por Nadab y Abiú, los irreverentes y profanos hijos de Aarón:

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, pusieron carbones encendidos en sus incensarios y encima esparcieron incienso. De esta manera, desobedecieron al Señor al quemar ante él un fuego equivocado, diferente al que él había ordenado. Como consecuencia, un fuego ardiente salió de la presencia del Señor y los consumió por completo, y murieron ahí ante el Señor.” (Levítico 10:1-2, NTV).

 Lo que le pasó a Nadab y Abiú bien podría pasarnos a nosotros también. Es hora de que alguien empiece a hablar claro. Líderes pentecostales valientes y piadosos como David Wilkerson (1931-2011) y B.H. Clendennen (1922-2009) han predicado contra tales inmundicias a lo largo de las últimas décadas. Pero ellos ya no están entre nosotros, se han ido a casa con el Señor. Todo depende de nosotros ahora. El futuro nos espera. Dios nos ha dado una boca. ¡A usarla para su gloria! ¡Es hora de apagar todo el fuego extraño que se hace en el nombre del Señor!

 INTRODUCCIÓN.

Concluyo afirmando lo siguiente: Muchos de nosotros, los pentecostales, estamos en contra de las mismas cosas que nuestros hermanos no pentecostales suelen criticar de nuestras iglesias: Música desenfrenada y sin sentido que repite la misma línea o coro una y mil veces; una adoración sin inteligencia, la religión del “yo, yo, yo” que se basa totalmente en nuestros caprichos y sentimientos; predicadores manipuladores que chupan a la gente su dinero arduamente ganado; la falta de rendición de cuentas de tantos ‘profetas’ itinerantes; herejías desvergonzadas que van tan lejos como para negar incluso los fundamentos de la fe (es decir, la naturaleza trina de Dios, las dos naturalezas de Cristo, la salvación por la fe sola, etc.), una tendencia generalizada a decir “Dios me dijo” cuando Dios nunca le dijo nada; el liderazgo abusivo; una clara desviación de los mandamientos explícitos de la Escritura; y sermones que son poco más que ‘mensajes motivacionales’ en lugar de serias exposiciones del texto bíblico. Y la lista sigue y sigue… Por lo que es tiempo de lavar los trapos sucios.

La tarea de limpiar el pentecostalismo de toda herejía, excesos y desviaciones no será fácil. Debido a que los pentecostales carecemos de alguna estructura de autoridad dominante, es difícil para cualquiera controlar lo que sucede entre algunos grupos pentecostales. Pero tampoco podemos callarnos. Ayudemos a nuestros hermanos no pentecostales a descubrir que generalizar sobre nosotros es un grave error. No todos los pentecostales creemos en la confesión positiva, ni todos creemos en el evangelio de la prosperidad, tampoco todos apoyamos la Nueva Reforma Apostólica, ni promovemos la inclusión de danzas extravagantes ni una adoración escandalosa pero vacía teológicamente. No todos somos anti-intelectuales, emocionalistas o desordenados. Es tiempo de abrir nuestros ojos y reflexionar en lo que está pasando dentro de nuestras iglesias.