Arminianismo Clásico, Calvinismo

Si Dios sabía que Adán caería ¿Por qué lo permitió?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Dios creó al hombre y le dio la habilidad de tener comunión con su Creador a través de la fuerza vivificante del Espíritu Santo. En este ambiente el hombre fue capaz de cultivar la comunión, desarrollando amor libre y desinteresado por Dios. Por lo tanto, el mismo hombre gozaba de perfección y gracia plenas mientras permaneciese en el ambiente de Dios; sin embargo, existía la posibilidad de abandonar dicho estado y caer de la gracia y la perfección. Por desgracia, el hombre, con el engaño del diablo, negó la relación amorosa con Dios y se alejó de la gracia del Espíritu Santo, quedando espiritualmente muerto al separarse de la energía vivificante de Dios.

La muerte física que siguió a la muerte espiritual fue un resultado natural del pecado. Así la muerte entró en la vida humana como un parásito, como resultado del acto libre del hombre: de su separación de Dios. Dios no impidió la muerte, la permitió para que el mal no llegara a ser inmortal, para dar al hombre la oportunidad de arrepentimiento, para reconstruir el hombre y para hacerle nueva creación en Cristo. (2 Corintios 5:17, Gálatas 6:15). Ciertamente, Dios podría haber creado al hombre incapaz de caer, a fin de que éste no se apartarse de Su amor, pero esto le quitaría la libertad, es decir, la capacidad de elegir libremente y ser así moralmente responsable.

El hombre, con su caída, se alejó de la vida divina. Perdió la energía del Espíritu Santo que hace todo indestructible y su naturaleza quedó enferma. La muerte había entrado en este mundo a causa del pecado (Romanos 5:12). Pero ¿Acaso Dios no sabía de antemano que esto pasaría? Si así es, ¿Por qué decidió crear al hombre de todas maneras? ¿Por qué no impidió la caída?

EL HOMBRE: ¿JUGUETE DE DIOS? ¿ROBOT BIOLÓGICO? ¿ENTRETENIMIENTO DIVINO?

Dios no puso Adán en un estado de prueba en el Edén por mera curiosidad para ver si era capaz de caer (como parece sugerir el teísmo abierto), o por malevolencia para hacerlo caer (como parece enseñar el calvinismo), sino con el deseo genuino de que Adán—haciendo uso del amplio poder que le fue confiado—obtuviese la recompensa final de su fidelidad en la forma de una libertad de toda posibilidad de pecar. En este sentido, la situación de Adán era privilegiada. Prácticamente Dios le da libertad total y prohíbe una sola cosa—no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal—con claras consecuencias si desobedecía: muerte.

Por otro lado, Adán y Eva no fueron robots biológicos. Fueron seres con libre albedrío. Aquí hay que dejar muy claro que Dios no es la causa del pecado de Adán (Santiago 1:13), sino que Dios les deja la capacidad de escoger. El hecho que había un árbol de la ciencia del bien y del mal acentúa claramente esta libertad y capacidad de elección. Ahora bien, esto nos lleva a preguntarnos:

  • ¿Sabía Dios que Adán y Eva pecarían?
  • ¿Acaso no se hace siempre la voluntad de Dios en cada suceso de la vida humana?
  • Si Dios Sabía que Adán y Eva iban a pecar ¿Por qué los dejó? ¿Por qué siguió adelante en su deseo de crear a Adán y Eva a sabiendas que ellos caerían y esto traería desgracia a la humanidad entera?

¿SABÍA DIOS QUE ADÁN Y EVA PECARÍAN?

La respuesta a esta pregunta es un sí rotundo. Sabemos por la Escritura que Dios es omnisciente, lo que literalmente significa “todo-conocimiento”. Job 37:16, Salmo 139:2-4, 147:5; Proverbios 5:21, Isaías 46:9-10, y 1 Juan 3:19-20, no dejan duda de que el conocimiento de Dios es infinito y que Él sabe todo lo que ha sucedido en el pasado, lo que está sucediendo ahora, y lo que sucederá en el futuro. Ahora bien, que Dios sepa de antemano lo que ocurrirá no significa que Él haya predeterminado[1] que así pase. Debemos distinguir entre la presciencia (o pre-conocimiento de Dios) y su poder para determinar que ciertos sucesos ocurran.

Para entender la presciencia y la predeterminación de Dios, es preciso tener presente ciertos factores.

  • Primero: en la Biblia se dice claramente que Dios puede preconocer y predeterminar. Dios mismo presenta como prueba de su Divinidad esta capacidad de preconocer y predeterminar acontecimientos de salvación y liberación, así como actos de juicio y castigo, y luego hacer que se realicen. Su pueblo escogido es testigo de ello. (Isaías 44:6-9; 48:3-8.) La presciencia y la predeterminación divinas constituyen la base de toda profecía verdadera. (Isaías 42:9; Jeremías 50:45; Am 3:7, 8.) En el Antiguo Testamento vemos a Dios desafiando a todas las naciones que se oponen a su pueblo a que demuestren la pretendida divinidad de aquellos a quienes consideran dioses y de sus ídolos, pidiendo que sus deidades profeticen actos de salvación y juicio similares y que luego hagan que se cumplan. Su impotencia ante este desafío demuestra que sus ídolos solo son “viento y vanidad” (Isaías 41:1-10, 21-29; 43:9-15; 45:20, 21.)
  • Un segundo factor que debe tenerse en cuenta es el libre albedrío de las criaturas inteligentes de Dios. Las Escrituras muestran que Dios extiende a tales criaturas el privilegio y la responsabilidad de elegir lo que quieren hacer, de ejercer libre albedrío (Deuteronomio 30:19, 20; Josué 24:15), haciéndolas así responsables de sus actos. (Génesis 2:16, 17; 3:11-19; Ro 14:10-12; Hebreos 4:13.) Por lo tanto, no son meros autómatas o robots. No se podría afirmar que el hombre fue creado a la “imagen de Dios” si no tuviera libre albedrío. (Génesis 1:26, 27) Lógicamente, no debería haber ningún conflicto entre la presciencia de Dios, así como su predeterminación, y el libre albedrío de sus criaturas inteligentes.
  • Un tercer factor que debe tomarse en cuenta, pero que a veces se pasa por alto, es el de las normas y cualidades morales de Dios reveladas en la Biblia, como su justicia, honradez, imparcialidad, amor, misericordia y bondad. Por lo tanto, la manera de entender cómo Dios usa sus facultades de presciencia y predeterminación tiene que armonizar, no solo con algunos de estos factores, sino con todos ellos.

En todo el registro bíblico, cuando Dios ejerce su presciencia y predeterminación siempre es en consonancia con sus propósitos y su voluntad. “Proponerse” algo, o trazarse un propósito, significa aspirar a conseguir cierta meta u objetivo poniendo los medios que lo propician. De hecho, la palabra griega pró·the·sis, que se traduce “propósito”, significa literalmente “colocación o preparación antes de algo”. Puesto que los propósitos de Dios se cumplirán inevitablemente, Él puede preconocer los resultados, la realización final de sus propósitos, y puede predeterminar tanto esos resultados como los pasos que crea conveniente dar para lograrlos. (Isaías 14:24-27.) Por eso se dice que Dios ‘forma’ o ‘moldea’ (del hebreo ya·tsár, término relacionado con “alfarero”; Jeremías 18:4) su propósito en lo que respecta a acontecimientos o acciones futuras. (2 Reyes 19:25; Isaías 46:11; 45:9-13, 18.) En su calidad de Gran Alfarero, Dios “obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad”, en armonía con su propósito (Efesios 1:11), y hace que todas sus obras cooperen juntas para el bien de los que lo aman. (Romanos 8:28.) Por tanto, Dios puede decir de sí mismo: “yo soy Dios, y no hay ningún otro, yo soy Dios, y no hay nadie igual a mí. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo”, específicamente en relación con sus propósitos determinados (Isaías 46:9-13).

¿Cómo se aplica esto en el caso de Adán, Eva y la caída? Dios creó perfecta a la primera pareja humana, y pudo contemplar los resultados de toda su obra creativa y ver que todo era “bueno”. (Génesis 1:26, 31; Deuteronomio 32:4). Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo hizo libre, pues no necesitaba predeterminar las decisiones de Adán ni obligarlo a ser fiel o a caer. En lugar de preocuparse con un sentido de desconfianza por lo que la pareja humana pudiera hacer en el futuro, Dios “reposó”, dice el registro (Génesis 2:2); lo cual evidencia que Dios no le teme al albedrío humano ni lo considera una amenaza ¡Dios simplemente reposó! Pudo hacerlo porque, en virtud de su omnipotencia y sabiduría supremas, ninguna acción, circunstancia o contingencia que surgiera podría convertirse en un obstáculo insalvable o en un problema irremediable que impidiera la realización de su propósito soberano (2 Crónicas 20:6; Isaías 14:27; Daniel 4:35). ¡Así de grande es nuestro Dios que no necesita obligar o manipular a nadie a hacer nada! Por lo tanto, no existe ninguna base bíblica para apoyar los argumentos de los que creen en la predestinación y alegan que Dios predeterminó la Caída. De haberlo hecho, Dios sería el responsable del pecado y del mal existente en la Tierra. Ni Satanás ni el hombre podrían ser justamente condenados por hacer aquello que Dios ya había predestinado que ocurriera. Simplemente estarían haciendo la voluntad de Dios. Pero ese no fue el caso. A Satanás y al hombre se les hizo libres para elegir, por lo tanto, se les hará responsables de sus decisiones.

No podemos olvidar la siguiente verdad: Que Dios supiera que el hombre caería no lo hace responsable de ello. La presciencia es uno de sus atributos, Dios no puede evitar saber lo que pasará pues, en tal caso, dejaría de ser omnisciente. ¿Cómo funciona entonces la presciencia? El término “presciencia” se traduce la palabra griega pró·gnō·sis (de pro, “antes” y gnō·sis, “conocimiento”). Es empleado en textos como Hechos 2:23 y 1 Pedro 1:2. La forma verbal correspondiente, pro·gui·nṓ·skō, se emplea en dos ocasiones con referencia a los seres humanos: en el comentario de Pablo respecto a ciertos judíos que lo habían conocido de antes y en la referencia que hace Pedro al conocimiento de antemano que tenían aquellos a quienes dirigió su segunda carta (Hechos 26:4, 5; 2 Pedro 3:17) En este último caso es obvio que tal presciencia no implicaba predeterminación, es decir, no significaba que aquellos cristianos habían predeterminado el lugar y las circunstancias relacionados con las condiciones y los sucesos futuros que Pedro había considerado. Pero sí tenían una idea general de lo que podían esperar. Esto es precisamente lo ocurrido en la Caída: Dios sabía que ocurriría, mas no determinó que ocurriera.

¿ACASO NO SE HACE SIEMPRE LA VOLUNTAD DE DIOS EN CADA SUCESO DE LA VIDA HUMANA?

No necesariamente. Dios nos ha dado libertad. Hemos oído hasta la saciedad que Dios es soberano. Esto es verdad. Sin embargo, hemos olvidado que la soberanía de Dios se entrelaza de forma magistral con el albedrío humano. En su soberanía, Dios le concedió al hombre la libertad para elegir, lo cual implica la capacidad de obedecer o desobedecer la voluntad de Dios. ¿Implica esto que Dios es menos soberano que si nos obligara a hacer su voluntad, o predeterminara cada suceso de nuestra vida? Absolutamente no. Solo nos muestra lo confiado y seguro que está Dios en su soberanía y en su capacidad para realizar sus propósitos.

Ante la pregunta de si se hace siempre la voluntad de Dios, la respuesta es sí, pero también no. ¿Cómo así? Una cosa es que Dios tenga el poder de obligarnos a hacer su voluntad. Él indiscutiblemente puede hacerlo ¡Pero no lo hace! ¿Por qué? Porque él ha elegido no hacerlo con el propósito de hacer posible y real el albedrío del hombre. En este punto es necesario entender la diferencia entre la voluntad perfecta y la voluntad permisiva de Dios:

  1. La voluntad perfecta y soberana de Dios es la que se desarrolla de acuerdo con su Palabra y basada en su perfecta sabiduría. Es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). La voluntad perfecta es lo que Dios quiere que acontezca y, en su máxima expresión, se relaciona con su plan redentor y su designio final para la creación. Para garantizar su cumplimiento, Dios ha predeterminado ciertos sucesos. El ser humano no puede oponerse a ella ni hacer nada para cambiarla. Esta faceta de la soberanía de Dios representa la capacidad de poner en práctica Su santa voluntad o supremacía. El Altísimo, Señor del Cielo y de la tierra, tiene poder ilimitado para hacer lo que haya resuelto. Al ser absolutamente independiente, Dios hace lo que le place. Nadie puede disuadirlo, nadie puede obstaculizarlo. En Su Palabra, Dios declara: “Yo soy Dios, y no hay otro Dios; y nada hay semejante a mí… mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” Isaías 46:9-10). Nabucodonosor, el Rey de Babilonia, edificó obras arquitectónicas que fueron clasificadas entre las Siete Maravillas del Mundo. Aun así, alabó la soberanía del Altísimo. “Cuyo dominio [el de Dios] es sempiterno, y su reino por todas las edades… Y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra. Y no hay quien detenga su mano.” (Daniel 4:34-35).
  2. La voluntad permisiva de Dios es esa voluntad en la cual Dios no decreta lo que ocurre ni tampoco es Su deseo que suceda, ya que la misma no está de acuerdo con Su Ley. Sin embargo, Dios permite que el hombre se revele contra Él permitiendo a las personas que hagan cosas tales como mentir, robar, etc. Jeremías 19:5 nos dice: “…Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocaustos al mismo Baal; cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento…”. Es obvio que Dios no quería que eso pasara, pero, en su respeto de la libertad humana, Dios lo permitió. Lucas 8:32 nos habla de ese mismo principio: “Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso”. Dios siempre es respetuoso, aún de las decisiones de los malos y perversos. Sólo así puede juzgarlos responsables de sus actos. De lo contrario, Dios mismo sería el responsable de las consecuencias de las malas decisiones de otros. Romanos 1:22-23 nos muestra la triste realidad del ser humano: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”. Por eso mismo, Dios los entrega a una mente reprobada, para que hagan cosas que no convienen y lleven las consecuencias, positivas o negativas, de sus propios actos. La caída de Adán y Eva encaja dentro de la voluntad permisiva de Dios, mas no en su voluntad perfecta, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie (Santiago 1:12-14).

SI DIOS SABÍA QUE ADÁN Y EVA IBAN A PECAR ¿POR QUÉ LO PERMITIÓ? ¿POR QUÉ SIGUIÓ ADELANTE EN SU DESEO DE CREAR A ADÁN Y EVA A SABIENDAS QUE ELLOS CAERÍAN Y ESTO TRAERÍA DESGRACIA A LA HUMANIDAD ENTERA?

La Biblia no nos dice detalladamente por qué los deja pecar, ni por qué siguió adelante con su plan creador aun conociendo de antemano los resultados, pero si hay algunos puntos que podemos inferir:

EL DERECHO DE DIOS A DAR VIDA Y FORMAR UNA FAMILIA DE SERES CREADOS A SU IMAGEN Y SEMEJANZA:

Si Dios sabía que Adán y Eva iban a pecar, primero, es claro que esto no tomó a Dios por “sorpresa.” Si la objeción es que Dios no debió haberlos creado a sabiendas de que pecaríamos, entonces estaríamos pidiendo nuestra propia inexistencia. Eso sería absurdo (Isaías 45:10, Romanos 9:20). La vida es un regalo y debe tomarse como tal. Decir que Dios no debió haber creado a Adán y Eva, o permitir que todos nosotros naciéramos es simplemente tonto. Sería como negarle a un padre o madre humanos el derecho a tener hijos sólo porque estos no serán como sus padres o porque nacer, inevitablemente, implica algún grado de dolor y sufrimiento. Esto adquiere mayor sentido si se considera que lo mismo que Dios experimentó con Adán y Eva es lo mismo que les sucede a los padres humanos también. Hay ocasiones en la que los padres deben dejar que los hijos hagan su voluntad y aprendan las consecuencias de su desobediencia. Pero negarles la existencia porque no serán perfectos es absurdo. Además, tampoco sería justo negarle a alguien el privilegio de ser padre si está plenamente capacitado para serlo.
El propósito de Dios era que la Tierra fuera un paraíso y se llenara con los descendientes de Adán y Eva para, finalmente, si demostraban ser fieles a Dios, gozar de vida eterna en su presencia (2 Pedro 1:4). Dios estaba buscando formar una familia (Juan 1:12, 1 Juan 3:2, Gálatas 4:1-7), hacer a la humanidad sus herederos (Romanos 8:17). Y Dios cumplirá su propósito, aunque Satanás intente impedírselo (Génesis 1:28; Isaías 55:10, 11). Pensemos por un momento ¿Tiene el hombre derecho a negarle a Dios formar una familia si así lo desea? ¡Claro que no! Por eso, Dios no destruyó a Adán y Eva de inmediato, sino que les permitió tener hijos. Así, los hijos de Adán y Eva podrían decidir a quién querían como Padre y gobernante. Adán y Eva tomaron su decisión conscientemente, pero ¿Qué pasaría con los millones de seres humanos a quienes Dios preconoció en su omnisciencia y vio que le elegirían si se les daba la oportunidad? ¿Por qué negarles a ellos el privilegio de nacer sólo porque sus primeros padres no fueron fieles? (Romanos 8:29-30, Hebreos 2:14-17, 1 Pedro 1:2)

EL DERECHO DE DIOS A GOBERNAR SOBRE SUS CRIATURAS:

Si Dios crea a Adán y Eva con libre albedrío, es factible especular que Dios también sabía que ellos caerían tarde o temprano, sin importar las amantes advertencias de Dios. En su sabiduría Dios consideró oportuno dejar que los seres humanos hicieran su voluntad y aprendieran las consecuencias de su desobediencia. Esto es parte de un proceso de educación y aprendizaje para la humanidad. En este mundo estamos aprendiendo que el pecado y la rebelión son graves (Jeremías 2:19), al entenderlo, debe nacer en nosotros (por nuestra libre voluntad) cambiar dicha situación a través del aborrecimiento del pecado. No podemos culpar a Dios por el pecado y la maldad a pesar de ser el Creador y conocer de antemano lo que pasaría ¿Por qué? No podemos olvidar que el mal surgió en la Tierra cuando Satanás dijo la primera mentira. Él era un ángel bueno y perfecto, pero cayó de su posición exaltada por desobediencia y orgullo (Juan 8:44). Fue cultivando el deseo de ser adorado, derecho que pertenece solo al Creador. Con una mentira, persuadió a Eva, la primera mujer, para que le obedeciera a él y no a Dios. Adán se unió a su esposa en su desobediencia. Dicha decisión, y no Dios, ha producido sufrimiento y muerte. (Génesis 3:1-6, 19). Al sugerirle a Eva que desobedeciera a Dios, Satanás comenzó una rebelión. Se negó a reconocer la soberanía divina, o el derecho a gobernar que tiene el Altísimo. Como la mayoría de la humanidad se ha unido al Diablo al rechazar la autoridad de Dios, Satanás se ha convertido en el príncipe y dios de este mundo (Juan 14:30 y 1 Juan 5:19).

Dios nunca obligó ni preordinó la caída de Adán como a menudo sugieren los calvinistas. Las obras de Dios son perfectas. Los primeros seres humanos y los ángeles eran capaces de obedecer a Dios en todo (Deuteronomio 32:4, 5). Él nos dotó de libertad para elegir entre el bien y el mal. Esa libertad nos permite obedecerlo por amor. (Santiago 1:13-15 y 1 Juan 5:3). Fue culpa del hombre, no de Dios, caer de dicho estado de gracia. Acusar a Dios de preordinar la caída no solo difama el carácter santo, justo y amoroso de Dios, sino que constituye una herejía grosera y blasfema.

Entonces ¿Por qué toleró Dios la caída y sigue tolerando aún hoy el pecado del hombre? ¿Acaso no podría erradicarlo de inmediato? Sí, claro que podría. Sin embargo, Dios ha optado por tolerar la rebelión contra su soberanía solo por un tiempo. ¿Con qué propósito? Para demostrar que nada, fuera de Él y su Reino, puede beneficiar a la humanidad (Eclesiastés 7:29; 8:9). Tras seis mil años de historia, ya no queda ninguna duda: los líderes humanos no han sido capaces de eliminar las injusticias, los delitos, las guerras ni las enfermedades. (Jeremías 10:23 y Romanos 9:17). Pero si dejamos que Dios nos gobierne, obtendremos beneficios (Isaías 48:17, 18). No debemos olvidar que el derecho de Dios a gobernar sobre sus criaturas y el carácter del hombre y sus motivaciones para adorar a Dios fueron cuestionadas por Satanás. Satanás acusó a Dios delante de millones de ángeles (Job 38:7; Daniel 7:10). Así que Dios le dio a Satanás tiempo suficiente para que demostrara si tenía razón. También les dio tiempo a los seres humanos para que se gobernaran ellos mismos en un mundo controlado por Satanás. De ese modo, los humanos podrían demostrar si pueden gobernarse sin la ayuda de Dios. Satanás aseguró que los seres humanos (y aun los mismos ángeles) le sirven a Dios solo por conveniencia. Gracias a la paciencia divina, todos podemos probar por nuestro modo de vivir que el Diablo es un mentiroso y que apoyamos y reconocemos el gobierno de Dios más bien que el del hombre o el del mismo Satanás (Job 1:8-12, Proverbios 27:11). Al permitir el pecado y la caída, Dios desea mostrarnos a nosotros, los descendientes de Adán (y de hecho a toda la creación) las consecuencias de vivir por nuestra propia cuenta o bajo el gobierno satánico. Tras dos guerras mundiales y siglos de hambrunas, desastres naturales, violaciones, criminalidad, etc. ¿Quién en su buen juicio desearía continuar de la misma forma por la eternidad? A través de este proceso de aprendizaje, Dios no solo busca prevenir rebeliones posteriores que pondrían en peligro al resto de criaturas inocentes por Él traídas a la existencia, sino mostrarnos de forma experimental su derecho a gobernar sobre el hombre y los beneficios de obedecer sus mandamientos los cuales, a la larga, no buscan imponer un reinado despótico de origen divino, sino beneficiar a sus criaturas con leyes justas, sabias y benéficas. Al fin de cuentas, nadie mejor que el fabricante para elaborar manual sobre el uso correcto de su creación. Lamentablemente, hoy en día el hombre piensa que los mandamientos son gravosos, restrictivos y autoritarios. Dios, por el contrario, desea que descubramos que son para nuestro bien, no para limitarnos.

EL QUE DIOS SUPIERA DE ANTEMANO LO QUE OCURRIRÍA, Y AUN ASÍ CONTINUARA CON SU PLAN CREATIVO, NO LO CONVIERTE EN EL AUTOR DEL PECADO Y DEL MAL EN EL MUNDO, PUES ESTO NO REFLEJA SU VOLUNTAD FINAL Y PERFECTA PARA EL HOMBRE, SINO UN DESVÍO TEMPORAL DE LA MISMA:

Dios no es el autor del mal y del pecado, ni tampoco tentó, obligó o preordinó a Adán y Eva para que pecaran (Santiago 1:13). Esto lo hicieron solos por su libre voluntad. No podemos responsabilizar a Dios por ello. Pero la maldad y el sufrimiento en el mundo no solo es responsabilidad del hombre. La Biblia dice que “el mundo entero está bajo el control del maligno” (1 Juan 5:19, NVI). El gobernante de este mundo es Satanás, un ser malvado y cruel. Él está engañando “al mundo entero” (Apocalipsis 12:9). Mucha gente lo imita. Esta es la primera razón por la que el mundo está lleno de mentiras, odio y crueldad. Pero hay una segunda razón por la que hay tanto sufrimiento. Después de rebelarse contra Dios, Adán y Eva pasaron el pecado a sus hijos, heredándoles su naturaleza pecaminosa. Como los seres humanos son pecadores, hacen sufrir a otros. Muchas veces quieren ser más importantes que los demás. Así que luchan, van a la guerra y maltratan a otras personas para conseguirlo (Eclesiastés 4:1; 8:9). En otras palabras, somos nosotros quienes nos provocamos el mal los unos a los otros. La tercera razón por la que a veces sufrimos es que, en un mundo caído y alejado de Dios como este, “a todos les llegan buenos y malos tiempos” (Eclesiastés 9:11). Esto quiere decir que puede que tengamos un accidente o que nos pase algo malo porque estemos en el lugar y en el momento equivocados, no porque Dios así lo planeó o se deleite en nuestro sufrimiento. Así pues, podemos estar seguros que Dios no causa el sufrimiento. No es responsable de las guerras, el delito, la violencia o las injusticias. Tampoco es responsable de los terremotos, los huracanes, las inundaciones y otros desastres.

EL DON DEL LIBRE ALBEDRÍO: Muchos, en su intento por reprocharle a Dios la caída de Adán y culpar al Señor por el mal en este mundo, argumentan que Dios bien pudo haber puesto a alguien en la tierra que nunca pecase en lugar de Adán y Eva. Es decir, Dios pudo haber creado robots biológicos que solo fuesen capaces de hacer su voluntad y jamás pecar. Quienes opinan que Dios pudo haber limitado el libre albedrío de Adán y Eva, parecen ignorar que es precisamente el libre albedrío lo que nos hace humanos, porque sin libre albedrío tampoco existiría amor verdadero.

Aunque Dios no deseaba la caída del hombre ni preordinó que esta pasara, este evento funciona para llevar a cabo los planes de redención humana. De forma similar, Jesús no deseaba su propia muerte y sufrimiento (Mateo 26:42) pero lo hizo por amor. Génesis es el paraíso perdido, el resto de la Biblia es el plan de redención en ejecución y el Apocalipsis es el paraíso nuevamente recuperado. Todo esto con el beneficio adicional de saber que la rebelión es una mala idea. En vez de enojarnos con Dios por permitir la caída y haber creado al hombre aun sabiendo que éste pecaría, deberíamos estar agradecidos porque el Ser humano es, posiblemente, el único ser con libre albedrío que ha experimentado el pecado en toda su potencia y aún tiene la oportunidad de heredar el Reino de Dios. A los ángeles caídos no les será otorgado tal privilegio. La caída de Satanás fue un suceso irreparable, la del hombre tiene solución.

Cierto es que Dios pudo haber creado un universo en donde todo el mundo le “amara” y Adán y Eva nunca pecasen, pero tal mundo puede ser una imposibilidad práctica si Dios quiere preservar el libre albedrío de los humanos. Dios en verdad quiere que escojamos amarlo y obedecerlo (2 Pedro 2:4). Igual que un padre quiere que sus hijos lo amen de corazón y corran a sus brazos abiertos. Pero los hijos tienen libre albedrío y existe el peligro real que nuestros propios hijos rechacen libremente nuestro amor. Este es un riesgo que todos los padres están dispuestos a correr, porque el amor verdadero vale la pena. El amor no puede ser forzado porque el único amor que vale la pena recibir es el amor libremente otorgado. Dios sabía desde un principio que la humanidad caería, y aun así les otorga libre albedrío en un mundo donde las acciones tienen consecuencias reales. De otra forma, viviríamos en un mundo de caricatura donde no existiría la posibilidad de pecar, pero sería también un mundo donde la bondad verdadera, la virtud, el sacrificio, la belleza y el amor serían falsos o simplemente no existirían.

Un mundo sin libertad es un mundo sin amor. Dios es Amor, por eso nos da libertad. Por esto manda a su Hijo como rescate, “para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Ese ha sido el plan de Dios desde el principio y será el plan que se ejecute: La vida eterna a todo el que crea en Él. Aprendamos del error de Adán y Eva y usemos nuestra libertad sabiamente mientras estemos en esta Tierra, como Dios quiso desde el principio, y démosle la Gloria a Él (Romanos 11:36).

Pero ¿Acaso la existencia del libre albedrío no contradice la soberanía de Dios? No, sino todo lo contrario, la reafirma y la hace más gloriosa, pues Dios no necesita haber preordenado cada evento de la vida de sus criaturas (como quien tuviera miedo de no poder controlarlas), sino más bien es tan soberano que sabe que, en cualquier momento y si así lo deseare (y más importante aún, sin obligar a sus criaturas), puede intervenir en la historia humana y llevarla al fin que Él se propuso. Como bien lo dijera A. W. Tozer: “Dios soberanamente decretó que el hombre debería ser libre para ejercer su albedrío moral, y el hombre desde el principio ha cumplido ese decreto al elegir entre el bien y el mal. Cuando elige hacer el mal, no contrarresta la voluntad soberana de Dios, sino que lo cumple, en la medida en que el decreto eterno decidió no elegir qué opción debería tomar el hombre, sino que debería tener la libertad de hacerlo. Si en su libertad absoluta Dios ha querido darle al hombre una libertad limitada, ¿quién está allí para detener su mano o decir, ‘¿Qué haces?’ La voluntad del hombre es libre porque Dios es soberano. Un Dios menos soberano no podría otorgar libertad moral a sus criaturas. Tendría miedo de hacerlo “.[2]

CONCLUSIÓN

El carácter de Dios ha sido difamado por aquellos que enseñan que Dios predeterminó la caída. En su intento por reafirmar la soberanía de Dios, sólo lograron difamar su carácter y convertirlo en una especie de titiritero cósmico. El fatalismo y predestinacianismo propio del calvinismo y otros grupos heréticos es, por tal razón, antibíblico. Peor aún, es de origen pagano. En el calvinismo, dados sus orígenes maniqueos, esto no es de extrañar.

Lo cierto es que fueron los pueblos paganos de la antigüedad (no los judíos, ni mucho menos los cristianos), quienes creían que los dioses predeterminaban el destino de una persona, en particular la duración de su vida. La mitología griega atribuía el control de los destinos del hombre a tres deidades: Cloto (la hilandera), que hilaba la trama de la vida; Láquesis (la que da a cada uno su parte), que determinaba la duración de la vida, y Átropo (la inflexible), que ponía fin a la vida de una persona cuando se cumplía su tiempo. Los romanos también tuvieron una tríada similar.

Según el historiador judío Josefo (siglo I E.C.), fueron los fariseos quienes procuraron conciliar el concepto pagano del destino con su creencia judía en Dios. Este es el mismo error de los calvinistas modernos.[3] Lo cierto es que, antes de Agustín [siglos IV y V E.C.], no hubo en el cristianismo un desarrollo serio de la teoría de la predestinación. De hecho, los “padres de la Iglesia” anteriores a Agustín —entre ellos Justino, Orígenes e Ireneo— “no tuvieron conocimiento alguno del concepto de la predestinación incondicional; enseñaron el principio del libre albedrío”.[4] Al refutar las doctrinas propias del gnosticismo, estos “padres de la Iglesia” por lo general se apoyaron en la creencia de que la facultad del libre albedrío era “la característica distintiva de la personalidad humana, la base de su responsabilidad moral, un don divino que le permitía al hombre optar por hacer las cosas que agradan a Dios”, y hablaron de “la autonomía del hombre ante Dios, cuyo consejo no le constreñía”.[5]

REFERENCIAS:

[1] “Predeterminar” traduce la palabra griega pro·o·rí·zō (de pro, “antes” y ho·rí·zō, “delimitar, demarcar”). (La palabra española “horizonte” se deriva de la griega ho·rí·zōn, que significa “delimitador, demarcador”.) Como ilustración del sentido que tiene el verbo griego ho·rí·zō, véase la declaración que hizo Jesús con respecto a sí mismo: “El Hijo del hombre va según lo que está determinado [ho·ri·smé·non]”; o las palabras de Pablo cuando dijo que Dios “les ha prefijado [delimitado, ho·rí·sas] el orden de los tiempos, y los límites de su habitación”. (Lucas 22:22; Hechos 17:26). Este mismo verbo también se usa para hacer referencia a la determinación de los hombres, como, por ejemplo, cuando los discípulos “determinaron [hó·ri·san]” enviar una ayuda para socorrer a sus hermanos necesitados (Hechos 11:29) No obstante, las referencias específicas a la acción de predeterminar que aparecen en el Nuevo Testamento solo se aplican a Dios.

[2] A.W. Tozer, The Knowledge of the Holy: The Attributes of God.

[3] La Guerra de los Judíos, libro II, cap. VIII, sec. 14; Antigüedades Judías, libro XVIII, cap. I, sec. 3

[4] Encyclopædia of Religion and Ethics, de Hastings, 1919, vol. 10, pág. 231

[5] The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge, edición de S. Jackson, 1957, vol. 9, págs. 192, 193

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Expiación Universal, más no incondicional

Por: Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN.

El Arminianismo afirma que Cristo llevó el pecado del mundo y Su expiación fue destinada, extendida y ofrecida a todos los hombres. Sin embargo, esto no significa que todos serán salvos. La expiación universal hecha por Cristo debe aplicarse al individuo; y esa aplicación está condicionada a la fe: Él salva a todos los que invocan su nombre con fe (Romanos 10:13). Cristo fue presentado como una propiciación, un sacrificio expiatorio, para todo el mundo (1 Juan 2:2) y, sin embargo, ese sacrificio expiatorio es efectivo por medio de la fe para la salvación (Romanos 3: 23-25).

 

EXPIACIÓN UNIVERSAL CONDICIONADA.

En sus ataques contra la teología arminiana, los calvinistas a veces argumentan que si Cristo murió por todos los hombres como enseña el arminianismo, entonces todos, de forma incondicional, serían salvos. Esta herejía, conocida como universalismo, nunca ha sido parte de la teología arminiana, sino más bien una acusación infundada hecha por los calvinistas a nuestra teología. Lo que el arminianismo sí enseña en realidad es que la expiación es eficaz para todos los hombres potencialmente, para ningún hombre incondicionalmente, y solo para los fieles de manera eficiente.[1] Los datos bíblicos apoyan tres líneas generales de pensamiento: (1) Cristo murió por todas las personas, demostrando que Su expiación está destinada, está disponible y es ofrecida a todos los hombres; (2), no todas las personas que han vivido, viven o vivirán en este mundo han sido o serán salvadas; (3), los beneficios de la expiación se aplican únicamente a los creyentes, imputándoles así la justicia de Cristo cuando son regenerados y justificados. De esta manera, la expiación es presentada en la Biblia como genuinamente diseñada y disponible para todos, pero únicamente aplicable a los creyentes. Es un perdón condicional. La expiación es, por lo tanto, efectiva en dos sentidos: Es suficiente para todos los hombres, y eficiente para los elegidos.[2] Pasajes como Juan 3:16 argumentan que la provisión para la salvación es universal (Dios amó al mundo), pero para que esto sea apropiado debe haber fe individual (quien crea). En otras palabras, la expiación es provisional hasta que se aplique, y sólo puede aplicarse con la condición de la fe y sobre la base de la unión con Cristo. Cuando se aplica, la expiación se vuelve eficaz.[3]

Por lo tanto, no es la realización de la expiación lo que es intrínsecamente salvífico; más bien, en virtud de la fe de un individuo, la expiación se aplica sobre él y éste es redimido de la maldición del pecado por los méritos de Cristo. La expiación se realizó para todos (1 Juan 2: 2), pero se aplica a través de la fe (Romanos 3:22, 25). La enseñanza arminiana clásica es que Cristo murió para proporcionar la salvación para todos, una disposición que es efectiva solo cuando se aplica a aquellos que creen.[4] Esta es la única manera de dar sentido a las palabras de Jesús cuando declara que su obra está consumada (Juan 19:30), pero luego Pablo afirma que los cristianos de Éfeso estaban muertos en sus pecados antes de creer aun cuando el sacrificio de Jesús ya había sido efectuado (Efesios 2:1-3). O de que a los corintios se les dice que se reconcilien con Dios (2 Corintios 5:20) a pesar de que Él ya había reconciliado al mundo (2 Corintios 5:19).

La doctrina que afirma que la expiación es provisional para todos y se imparte condicionalmente a través de la fe no debería ser controvertida, ya que incluso la mayoría de los calvinistas sostienen que los elegidos no son salvos sin fe. En otras palabras, todos los puntos de vista están comprometidos con el hecho teológico de que la expiación aparte de la fe no salva. De lo contrario, los pasajes que hablan de que incluso los elegidos fueron enemigos de Dios (Romanos 10:10; Colosenses 1:21) e hijos de ira (Efesios 2: 3) serían inexplicables. Si la expiación ya se aplicó a estas personas elegidas desde su nacimiento, ya serían justificadas ante Dios y nunca enemigos o hijos de ira (incluso la fe sería superflua, pues ya serían salvas). Los calvinistas como William Shedd están de acuerdo con esto y escriben: “La expiación en sí misma, separada de la fe, no salva ningún alma… No es la realización de esta expiación, sino la confianza en ella lo que salva al pecador”.[5] El calvinista Norman Douty lo expresa de forma clara: “Sin estos actos [el arrepentimiento y la fe], incluso los elegidos solo son potencialmente los beneficiarios de estos beneficios”. Hasta entonces, “toda la obra salvadora de Cristo es solo suya potencialmente… Su muerte solo ha provisto estos beneficios para ellos; la aplicación de ellos está supeditada a su arrepentimiento y fe”.[6]

La fe (incluso si es irresistiblemente dada por Dios como sostiene el calvinista) todavía se requiere del individuo. Puede ser elegido incondicionalmente antes de la creación para hacerlo, pero el acto de la fe personal todavía es necesario para la salvación. La verdad bíblica de que la justificación, el perdón y la regeneración son por fe es una piedra angular del cristianismo. De modo que, tanto los calvinistas como los arminianos están comprometidos con la verdad teológica de que, sin la fe del individuo, la expiación no salvará ni podrá salvar a nadie. El problema con esto par el calvinista resulta evidente: Si esta perspectiva provisional es permitida para los elegidos en el calvinismo, entonces no hay nada incoherente o contradictorio en la aplicación de esta en un ámbito universal para el arminianismo. De hecho, eso es exactamente lo que enseña la Biblia.

 

LA BIBLIA ENSEÑA DE FORMA CONTUNDENTE LA EXPIACIÓN ILIMITADA

La doctrina arminiana de la expiación ilimitada, universal o general es bastante sólida bíblicamente. En artículos anteriores hemos dejado en claro que, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, sostienen el alcance universal de la expiación. Sin embargo, hay una serie de puntos auxiliares que asumen tácitamente una extensión universal de la expiación. Estos son:

(1.- LA OFERTA DE SALVACIÓN ES EXTENDIDA, DE BUENA FE, A TODOS LOS HOMBRES: Un fundamento sobre el cual sustentar la doctrina de la expiación general es el llamado general de Dios al arrepentimiento. Es decir, Dios llama a todos a volverse a Él y ser salvos (Isaías 45:22) mientras ofrece salvación a todos (Tito 2:11). Es Dios mismo llamando a todos los hombres al arrepentimiento y ofreciendo la salvación a todos (Hechos 17:30). No hay restricciones en la Gran Comisión (Mateo 28:19) y Dios incluso extiende sus manos y llama a todos, incluso a los que lo rechazan (Isaías 65: 2; Romanos 10:21; Jeremías 7:13; Oseas 11:1-2; Proverbios 1:24, etc.). El arminianismo es consistente con la enseñanza bíblica sobre este tema, lo cual no puede decirse del calvinismo. ¿Por qué no? Preguntémonos: En el calvinismo, ¿Es el llamado general de Dios y la oferta de salvación una oferta genuina? ¿Es este un acto genuino, sincero, auténtico de un Dios perfectamente moral? En el calvinismo, parece no serlo. El calvinista, lo quiera o no, está bromeando de forma cruel cuando dice que se ofrece salvación para todos y que todos pueden responder al llamado de Dios. Esto se debe a que Dios ha elegido incondicionalmente a quién salvar y a quién condenar en su ira. Esta fue la enseñanza defendida por Juan Calvino: No todos son creados iguales; algunos son creados para salvación, otros para la destrucción eterna. En el calvinismo Cristo no murió por aquellos creados para el tormento eterno, sino solo por los elegidos (expiación limitada). Pero ¿Sería Dios justo, santo, bueno, verídico y fiel a Su carácter si llamara y ofreciera algo que Él no puede dar, pues nunca estuvo en sus planes hacerlo? ¿Sería Dios fiel a su carácter si responsabilizara a las personas por rechazar algo que de hecho no está disponible para ellos? ¿Sería Dios fiel a Su carácter si hiciera a las personas culpables por hacer lo que fueron creadas para hacer, según su soberano, ineludible y eterno decreto? ¿Concuerda con el carácter de Dios el condenar a seres a quienes les ha negado la capacidad de responder a su llamado al arrepentimiento? Como se puede ver fácilmente, la expiación limitada pone el carácter de Dios en una posición precaria. La expiación general, por el contrario, encaja perfectamente con el texto bíblico. Dios extiende su llamado y ofrece a todos la oportunidad de arrepentirse: “El Señor… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 3:9). Él ha hecho una provisión real y fidedigna para la humanidad. Por lo tanto, se responsabiliza a las personas por rechazar algo que Dios ha puesto a su disposición, y son responsables porque son capaces de responder al llamado universal de Dios (Juan 12:32). Dios ama a todos y no creó individuos destinados para el tormento eterno; más bien, desea que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.

(2.- SEGURIDAD CONDICIONAL: Otra doctrina que presupone una expiación ilimitada es la doctrina de la seguridad condicional (Mateo 18: 23-35; Lucas 8: 11-15; Juan 15: 1-6; Romanos 11: 17-23; 2 Timoteo 2:12; Hebreos 6:4-8; 10: 26-31; 2 Pedro 2: 20-22; Romanos 14:15; 1 Corintios 8:11). El hecho de que individuos que una vez creyeron puedan separarse luego del Señor y caer de la vida eterna que está en el Hijo, refuerza aún más la idea de una expiación provisional y universal. Esto se debe a que las personas que posterior a su conversión se alejaron, verdaderamente habían experimentado en sus vidas los efectos salvíficos de la expiación de Cristo y participaron del Espíritu Santo mientras creían. Sin embargo, cuando apostataron, renunciaron a esos beneficios y, por lo tanto, “negaron al Señor que los compró” (2 Pedro 2:1). En este caso, la expiación pasó de ser hecha y aplicada a ciertos creyentes, para luego ser retenida de ellos en virtud de su incredulidad posterior. De modo que, si la salvación puede ser poseída genuinamente por una persona y luego perdida por causa de la apostasía total, esto implicaría una expiación de carácter universal; ya que se extiende provisionalmente a todos, pero su aplicación está supeditada a la fe sostenida (1 Pedro 1:5). Mirando brevemente la Parábola del Siervo Despiadado en Mateo 18, esto se puede ver claramente. El sirviente no puede pagarle a su señor, y más tarde cae de rodillas y le pide más tiempo para hacer los pagos. El señor siente compasión por él y lo perdona de la gran deuda en su totalidad (v. 27). Lamentablemente, el sirviente pasa a actuar sin misericordia con los demás. El señor dice: “Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” (V. 32-33). Luego, el sirviente es entregado a los acreedores hasta que pague todo lo que debe (v. 34). Jesús advierte que lo mismo se hará incluso a sus discípulos si actúan de la misma manera. La parábola es bastante explícita en el sentido de que una persona puede estar en un estado de perdón, luego perderá ese perdón y tendrá que pagar sus propias deudas. Esto no tendría sentido en una expiación limitada e incondicional, pero sí lo tiene en una expiación de carácter universal y provisional (con seguridad condicional).[7]

(3.- EVIDENCIA HISTÓRICA CONSENSUAL: Un último punto suplementario es el hecho de que la iglesia cristiana primitiva (todos los Padres de la Iglesia antes de Agustín, quizás incluso Agustín incluido) creyeron y sostuvieron la expiación universal.[8] El teólogo Roger Olson escribe: “La gran mayoría de los cristianos a través de los siglos, incluidos todos los padres de la iglesia de los primeros cuatro siglos… creyeron en la expiación universal”.[9] David Allen, en su magistral libro que da una revisión histórica de la doctrina de la expiación ilimitada, escribe: “La expiación limitada [en oposición a la expiación general o ilimitada] es una doctrina nueva en la historia de la iglesia”.[10] Lightner dice que hasta la Reforma del siglo XVI “la visión predominante y en su mayor parte indiscutible de la muerte de Cristo era que esta constituía un sacrificio provisional para toda la humanidad, salvífico solo para aquellos que creían”.[11] Hammett lo expresa sin rodeos: “En general, la posición mayoritaria en la historia cristiana está decididamente del lado de la Expiación universal”.[12] Para aquellos que dan peso a los teólogos de la iglesia primitiva, muchos de los cuales fueron enseñados directamente por los apóstoles o por aquellos que conocieron a los apóstoles, este es un golpe serio contra la expiación limitada enseñada por el calvinismo.

 

CONCLUSIÓN

Dada la evidencia examinada, parecería que cualquier soteriología que se precie de ser seria, y bíblica, debería aceptar la doctrina de la expiación ilimitada de Cristo; es decir, una expiación de alcance universal pero eficaz únicamente para los fieles. La posición no solo toma en serio la gran cantidad de pasajes que hablan de una expiación universal realizada por Cristo, mediante la cual pagó el precio por el pecado del hombre y probó la muerte por cada persona, sino que también responde de manera convincente a cualquier objeción presentada en su contra. Arminio lo resume claramente cuando escribe: “Cristo se ofreció en lugar de todos los hombres universalmente… y no en el lugar de los elegidos solamente”.[13] Concluye diciendo que la expiación “se obtuvo para todo el mundo, y para todos y cada hombre; pero se aplica solo a los creyentes y a los elegidos.”[14]

Por lo tanto, la posición bíblica (y de hecho, arminiana) afirma correctamente que Cristo verdaderamente es la propiciación para el mundo entero (1 Juan 2:2); El es el Salvador del mundo (1 Juan 4:14) y para todas las personas (1 Timoteo 4:10), ya que Dios ofrece la salvación a todos (Tito 2:11); Él probó la muerte para todos (Hebreos 2:9) y está reconciliando al mundo consigo mismo (2 Corintios 5:19); Él quita el pecado del mundo (Juan 1:29) y se ofreció en rescate por todos (1 Timoteo 2: 6); su muerte es para todos (2 Corintios 5: 14-15) y él ofrece justificación para todos (Romanos 5:18); el pan de vida es dado al mundo (Juan 6:33, 51) y su expiación se hace incluso para aquellos que lo niegan (2 Pedro 2:1) y para aquellos que luego apostatarán (Hebreos 10:26, 1 Corintios 8:11, Romanos 14:15). La Biblia es clara en su presentación de una expiación universal, que se hace, se ofrece, se extiende y se proporciona para todos (1 Corintios 15:3), pero es eficaz y se aplica solo a los fieles (Romanos 3:22, 25).

 

REFERENCIAS:

[1] Robert Shank, Elect in the Son, 86.

[2] Robert Shank, Elect In The Son, 71.

[3] Forlines, Classical Arminianism, 234.

[4] Picirilli, Grace, Faith, Free Will, 100.

[5]  William Shedd, Dogmatic Theology, II:440.

[6] Norman Douty, The Death of Christ, 43.

[7] Shank, Life in the Son, 39.

[8] Terry Miethe, The Grace of God and the Will of Man, 79.

[9] Olson, Against Calvinism, 152.

[10] David Allen, The Extent of the Atonement, 767.

[11] Lightner, 9. FIX*** (Israel of God, 9).

[12] Hammett, Perspectives, 158.

[13] Jacob Arminius, Works, III:332.

[14] Jacob Arminius, Works, III:425.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

La Expiación General en el Antiguo Testamento

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

La narrativa bíblica es abrumadora al mostrar que Dios ofrece la salvación a todos (Tito 2:11) y llama a todos al arrepentimiento (Hechos 17:30), en virtud de su amor por el mundo (Juan 3, 16). La buena noticia de Cristo es para todas las personas (Lucas 2, 10), ya que él vino a iluminar a todos los hombres para que puedan creer (Juan 1:7,9). Dios es el Padre de misericordias (2 Corintios 1: 3) y el Señor que es bueno para con todos y cuyas misericordias están sobre todas sus obras (Salmos 145:9). El calvinismo es simplemente incapaz de dar sentido al Dios de amor (1 Juan 4:8, 16) que desea que todos sean salvos y vengan al arrepentimiento para no perecer (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Dios no se deleita en la muerte de los impíos (Ezequiel 18:23, 33:11). El propósito de Dios al enviar a su Hijo a morir era para que el mundo pudiera ser salvo a través de él (Juan 3:17; 12:47; 17:21); condicionado solo a recibir y creer en Cristo (Juan 1:12; 3:16; 3:36; 5:24; 6:35; 6:40; 20:31). Pero esta doctrina no es exclusiva del Nuevo Testamento. La Expiación Ilimitada, general o universal, es enseñada también en el Antiguo Testamento.

EL ANTIGUO PACTO SEÑALA HACIA UNA EXPIACIÓN GENERAL, NO LIMITADA.

La naturaleza ilimitada, provisional y condicional de la expiación de Cristo puede vislumbrarse incluso en los tipos y figuras del Antiguo Testamento. Esto no tiene nada de extraño, ya que el viejo pacto era sombra y figura de lo que había de venir (Colosenses 2:17). Tres de esos tipos proféticos, en particular, nos ayudan a desentrañar mejor el alcance y la aplicación de la propiciación de Cristo.

El Cordero de la Pascua:

Muchas veces se menciona a Jesús como el “Cordero” sacrificial, un cordero que fue sacrificado por el mundo (Juan 1:29; 1 Corintios 5: 7; 1 Pedro 1:19; Apocalipsis 5:12). Esto es seguramente en referencia al cordero de la Pascua en Éxodo 12, donde la disposición de la expiación y la posterior aplicación se llevan a cabo maravillosamente. En esta interacción, Dios le ordena al pueblo de Israel que mate a un cordero como un sacrificio para evitar su ira. Curiosamente, la nación de Israel no solo debía matar al cordero del sacrificio (v. 6), sino también comérselo y aplicar su sangre a los postes de la puerta (v. 7). La sangre aplicada era una cobertura que guardaba a Israel de la ira de Dios (v. 13) derramada sobre Egipto y sobre aquellos de Israel que se negaran a cumplir con dicho ritual. El punto crucial es que la simple muerte del cordero no protegía a Israel: Cada hogar no solo tenía que matar al cordero, sino también aplicar su sangre, de lo contrario, la ira de Dios se vería afectada por ellos.

Nótese lo bien que esto corresponde con lo que se enseña en el Nuevo Testamento acerca de Cristo y su obra expiatoria. Él es el Cordero que quita el pecado del mundo (Juan 1:29) y es una propiciación para todos (1 Juan 2:2); pero esta propiciación es para aquellos que creen (Romanos 3:22, 25). En sí misma, la sangre de Cristo no salva a nadie, debe ser aplicada a través de la fe. La expiación es provisional para todos, eficaz sólo para los fieles.

Éxodo 12 es un claro ejemplo del principio de que la Expiación y su aplicación deben distinguirse. La sangre del cordero pascual muerto se volvió eficaz solo después de que se aplicó. La muerte del cordero no salvó a nadie: la sangre tuvo que aplicarse.[1]  Incluso el renombrado calvinista A. W. Pink está de acuerdo con esto. En su comentario de Éxodo escribe: “Un Salvador provisto  no es suficiente: debe ser  recibido . Debe haber ‘fe’ en Su sangre ‘(Romanos 3:25), y la fe es algo personal… Debo por la fe tomar la sangre y refugiarme debajo de ella.” [2]

Pink señala correctamente que la Pascua es “uno de los más sorprendentes… presagios de la obra de la Cruz de Cristo que se encuentran en cualquier parte del Antiguo Testamento, [y] es un claro ejemplo del principio de que la Expiación y su aplicación deben ser distinguido. La sangre del cordero pascual muerto… se volvió eficaz solo después de que se aplicó al poste de la puerta según las instrucciones… La muerte del cordero no salvó a nadie: la sangre tenía que aplicarse.”[3]

La Serpiente de Bronce:

En Números 21, el pueblo de Israel se impacientó con Moisés y con Dios, y se manifestó contra ellos en rebelión. Dios envió serpientes venenosas en medio de ellos como una forma de juicio por su comportamiento pecaminoso. Los israelitas rebeldes estaban siendo mordidos y muriendo. Después de que Moisés intercede por el pueblo, Dios responde ordenándole que ponga una serpiente de bronce en un palo. Dios dijo que todo el que fuere mordido, cuando mirare la serpiente bronce, viviría (v. 8).

De nuevo, nótese cuidadosamente la provisión hecha aquí por Dios. El medio de sanidad (la serpiente de bronce) fue dado y puesto a disposición de toda la nación de Israel. Todos habían sido mordidos por las serpientes venenosas (representando el pecado) y Dios había hecho una provisión para todos. Aun así, la disposición tenía que ser aplicada por el individuo mirando a la serpiente de bronce; sólo entonces vivirían. La limitación para Israel no estaba en la provisión de la serpiente de bronce (fue dada para todo Israel); más bien, la limitación estaba en la aplicación: solo los que dirigían su mirada hacia ella vivían. Había un remedio para todo Israel, y serían sanados si solo miraran. Hay un remedio en la muerte de Cristo para todos, y serán salvos si solo creen.[4]

Este pasaje es referido por el mismo Jesús: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:14-15). Jesús se ofrece a sí mismo como una provisión universal, condicionada a la creencia. La naturaleza universal se ve en el famoso pasaje de Juan 3:16, donde el amor de Dios por el mundo lo motiva a enviar a su Hijo para que el mundo sea salvo por medio de él (Juan 3:17) a través de la fe. Cuando Jesús es elevado como la serpiente de bronce, atrae a “todos los hombres” a sí mismo (12:32). Provisional para todos, eficaz para los fieles.

El Sumo Sacerdote

En el Antiguo Testamento, Dios ordenó que los sacerdotes designados llevaran a cabo un sistema de sacrificios para hacer expiación por los pecados del pueblo. Esto incluyó el llamado “Día de la Expiación” (Yom Kippur), que permitía al sumo sacerdote entrar al Lugar Santísimo (Levítico 16). Esto lo hacía el sumo sacerdote para realizar expiación por sí mismo y por la gente (v. 24) a fin de que el pueblo se limpiara de sus pecados ante el Señor (v. 30). Esto se hacía anualmente tanto por los sacerdotes como para todas las personas de la asamblea (v. 33). Hebreos 9:7 dice: “pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo”.

Obsérvese que la expiación era hecha para toda la nación, para todo Israel. Indiscutiblemente, la disposición del Antiguo Testamento para el pecado y la salvación fue para todo Israel, no para un grupo elegido y especial entre ellos. La desobediencia y la incredulidad fueron las únicas barreras que separaron a todos los israelitas de la gracia de Dios.[5] La reconciliación y las ofrendas por el pecado fueron para “todo Israel” (2 Crónicas 29:24; Esdras 8:25; Malaquías 4: 4). Sin embargo, uno tenía que permanecer como parte integrante de la nación de Israel para obtener esos beneficios. Y, sin lugar a duda, existían las condiciones para formar parte de, y permanecer, ‘en Israel’. Por ejemplo, si un hombre no fue circuncidado, sería separado del pueblo (Génesis 17:14); si alguien comía pan con levadura en ciertos días, sería “cortado de Israel” (Éxodo 12:15); el mal uso de varios aceites o perfumes resultó en ser separado del pueblo (30:33, 38); profanar el sábado (31:14); comer ciertas cosas (Levítico 7:20, 21, 25, 27) y cometer ciertos actos considerados abominables (18:29) provocarían ser excluidos de la congregación de los hijos de Israel; incluso Dios advierte que una persona de Israel puede ser separada de su presencia (22: 3). Números 15:30 resume bien este principio: Mas la persona que hiciere algo con soberbia, así el natural como el extranjero, ultraja a Jehová; esa persona será cortada de en medio de su pueblo.”

Ser “cortado” no solo significaba la exclusión de un individuo de la congregación de Israel (y la salvación), sino que a veces también la destrucción inmediata. En Levítico 23:29-30, Dios declara que, si los del pueblo de Israel le son infieles, no solo serán cortados, sino que perecerán por completo. Dios pondrá Su rostro contra ellos y serán derribados por sus enemigos (26:17); perecerán entre las naciones (Levítico 26:38; Deuteronomio 8: 19-20). La nación fue llamada a ser el pueblo elegido de Dios, pero con eso se les ordenó también observar todas los estatutos y los mandamientos de Dios, de lo contrario serían maldecidos (11: 26-31) y luego serían destruidos, consumidos y perecerían (28: 20-24). Claramente, ser descendiente de Abraham no conllevaba ninguna garantía de que una persona permanecería entre el pueblo del pacto de Dios sin tener en cuenta su fe y su fidelidad al pacto de Dios.[6] Sin embargo, si el individuo infiel confiesa sus pecados y se humilla a sí mismo ante Dios, su fidelidad y compasión le permitirán regresar a Israel y los beneficios subsiguientes se volverán a aplicar (Levítico 26: 40-45).

El punto aquí es claro: mientras que Dios elige incondicionalmente a la nación corporativa de Israel como su pueblo, la participación en esa nación estaba supeditada a la obediencia. Ningún individuo fue posicionado incondicionalmente en Israel. Además, debe notarse que cualquier persona fuera del Israel étnico podría unirse a la comunidad y convertirse en israelita a través de la circuncisión y la obediencia (Génesis 17:12-13; Éxodo 12:48). Desde el principio, cualquier gentil podría convertirse en un judío de pleno derecho, profesando fe en el Dios de Abraham y siendo circuncidado. No existía ninguna barrera racial para evitar que los gentiles se convirtieran en participantes plenos en las promesas del pacto.[7] De hecho, aparentemente existía la posibilidad de salvación fuera del Israel étnico si uno estaba buscando fielmente a Dios (por ejemplo, Melquisedec, Job, Rahab, etc.).

Volviendo al caso del sumo sacerdote y al Día de la Expiación mencionados anteriormente, el sumo sacerdote hacía expiación por todo Israel, pero los efectos de la misma sólo se aplicaban a los obedientes, a los fieles. Este sistema del Antiguo Testamento era solo una sombra de las cosas por venir; un simple vistazo de lo que se encuentra en Jesucristo, que es nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 3: 1). Él es un “sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (5:6; 5:10; 6:20; 7:17; 8:1). Los viejos sacerdotes tenían que ofrecer sacrificios por sus propios pecados antes de interceder por la nación, y debido a su mortalidad, tenían que ser reemplazados constantemente. Jesús tiene su sacerdocio eterno e inmutable (7:24) y, por lo tanto, vive para siempre para interceder por nosotros (7:25). Su muerte fue de una vez por todas por su propia sangre (7:27), un sacrificio realizado una vez y para siempre (10:12). Cristo fue tanto el sacerdote como el sacrificio por nuestros pecados, cuando entró en el cielo delante del Padre. Como los sumos sacerdotes del viejo pacto, que hacían expiación por todo Israel, también Cristo purificó los pecados y probó la muerte para todos  (1: 3; 2: 9). Su propiciación fue para todo el mundo (2:17; 9:28; 1 ​​Juan 2: 2; Juan 1:29; 1 Timoteo 2: 6). Aquí se ve cómo Jesús cumple con la sustancia misma de la expiación del Antiguo Pacto, que nunca podía quitar los pecados. Jesús inicia un nuevo sistema de sacrificios en el Nuevo Pacto mientras asume el papel de sumo sacerdote, para siempre. Nótese el fascinante paralelo:

  • El sumo sacerdote del Antiguo Testamento ofreció expiación por todo Israel. Sin embargo, para que los beneficios de la expiación sean eficaces, cada individuo debe estar “en Israel” a través de la obediencia (fe), y permanecer “en Israel” a través de la obediencia (fe). Era una provisión de expiación para la nación, eficaz para los obedientes (fieles).
  • El sumo sacerdote del Nuevo Testamento (Jesús) ofrece expiación para todas las personas, por el mundo entero. Sin embargo, para que los beneficios de la expiación sean eficaces, cada individuo debe permanecer “en Cristo” a través de la obediencia (fe), y permanecer “en Cristo” a través de la obediencia (fe). Es una provisión de expiación para el mundo, pero eficaz solo para los obedientes (fieles).

CONCLUSIÓN.

Habiendo examinado estos tres ejemplos del Antiguo Testamento, todos los cuales se aplican de diversas maneras a Cristo, la naturaleza provisional ilimitada de la expiación queda clara, junto con su aplicación condicional: La expiación es eficaz para todos los hombres potencialmente, para ningún hombre incondicionalmente, y para el Israel de Dios de manera eficiente.[8] Cristo es el Cordero que fue inmolado por todos, la provisión fue hecha para todos y el Sumo Sacerdote que hizo la propiciación la efectuó por todos.

 

REFERENCIAS:

[1] Laurence Vance, The Other Side of Calvinism, 427.

[2] A.W. Pink, Gleanings in Exodus, 84.

[3] Pink, Gleanings in Exodus, 88.

[4] David Allen, The Extent of the Atonement, 692-693.

[5] Dave Hunt, What Love is This?, 298.

[6] Palmer Robertson, The Israel of God, 36.

[7] Robertson, The Israel of God, 35

[8] Robert Shank, Elect in the Son, 86.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Las Cartas Paulinas y la expiación general

Por: Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

Los arminianos sostenemos la doctrina de la Redención universal o expiación general. La obra redentora de Cristo brinda a todos los hombres la oportunidad de ser salvos. Sin embargo, a pesar de que Cristo murió por todos los hombres, sólo los que creen en él son salvados. Su muerte es suficiente para la salvación de todos los hombres, pero sólo eficaz en los que creen. Pero esta no es una doctrina inventada por los arminianos, las Escrituras enseñan que el sacrificio del Cordero de Dios incluyó el pecado del mundo (Juan 1:29) y que la obra de redención (1 Timoteo 2:6; 2 Pedro 2:1), reconciliación (2 Corintios 5:19), y propiciación (1 Juan 2:2) del Salvador fue efectuada a favor de toda la humanidad (1 Timoteo 4:10). Esta doctrina bíblica (conocida como Expiación Ilimitada, general o universal) es enseñada de forma clara también en las cartas de Pablo.

 

LA EXPIACIÓN GENERAL EN LAS CARTAS DE PABLO.

El apóstol Pablo enseñó en sus epístolas la doctrina de la Expiación Universal, ilimitada o general. Pablo escribe en su segunda carta a los corintios: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.“(2 Corintios 5: 14-15). De acuerdo con Pablo, Cristo murió por todos porque todos murieron en Adán (Romanos 5:12; 1 Corintios 15:22) y están muertos en el pecado (Efesios 2: 1; Colosenses 2:13). Simplemente todos han muerto en Adán en virtud de su liderazgo representativo, por lo que Cristo murió por todos ya que es el segundo Adán (1 Corintios 15:45). El primer Adán trajo la muerte a todos a través de la naturaleza humana, mientras que el último Adán trajo la vida a todos a través de la fe (Romanos 5: 17-18).  Después de enseñar la extensión universal de la expiación de Cristo (Romanos 5: 8; 1 Corintios 15:3), Pablo continúa hablando de las implicaciones de la aplicación posterior de esa expiación universal para “los que viven” (v. 14). Los que “viven” son nuevas criaturas, en Cristo (v. 17), a través de la fe (Juan 20, 31).

Más adelante en el mismo capítulo, Pablo dice: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo ” (5:19). Aquí Pablo habla del ministerio de reconciliación (v. 18) dado a los apóstoles por Dios. Este ministerio es “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.” (v. 19). El alcance universal de la salvación de Dios puede notarse claramente en este pasaje.

Por supuesto, Pablo no está enseñando que todos se reconcilian de manera salvífica. Sin embargo, hay un sentido de una reconciliación objetiva que se enseña aquí: Cristo murió por todos. Pero también una reconciliación subjetiva: Dicha reconciliación debe ser recibida por la fe. Por esta razón, Pablo continúa diciendo: “os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (v. 20). La expiación ilimitada (a través de la cual Cristo murió por todos) debe ser apropiada individualmente; es decir, cada persona debe obtener este objetivo de reconciliación universal de Cristo a través de la fe para reconciliarse con Dios de manera subjetiva e individual.

En Romanos 5: 15-21, Pablo escribe extensamente sobre el don gratuito de la salvación que aporta justicia y justificación, y lo compara con la transmisión del pecado de Adán. Lo que es de particular importancia en este pasaje es el alcance universal que ambos individuos tienen sobre la humanidad. Pablo usa a Adán y a Cristo como dos paralelos para mostrar el alcance ilimitado que ambos tienen en el hombre. De hecho, a Adán se le llama el “primer Adán” y Cristo el “segundo Adán” (1 Corintios 15:45). Pablo explica cómo el pecado y la muerte pasaron de Adán al resto de la humanidad: El pecado vino al mundo a través de un hombre, y la muerte vino por el pecado (Romanos 5:12). Luego compara la muerte ocasionada por el pecado de Adán con la oferta universal de Cristo del don gratuito de gracia en virtud de su sacrificio expiatorio (v. 15, 18).

Algunos calvinistas seguramente llamarán la atención sobre la palabra “muchos” usada en Romanos 5:15, “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo.”, queriendo indicar que la expiación fue efectuada por muchos, pero no por todos. Sin embargo, debe notarse que, aunque Pablo usa la palabra “muchos” en el v. 15, esta seguramente debe entenderse como toda la humanidad. Como la mayoría de los teólogos reconocen, “muchos” y “todos” se usan a menudo como sinónimos, como es el caso aquí. Esto se demuestra en el contexto anterior, donde Pablo dice que “la muerte se extendió a todos los hombres” debido al pecado (v. 12) y los “muchos murieron” (v. 15). Todos murieron porque la muerte se extendió a todos; todos nacen muertos en el pecado (Efesios 2: 3; Colosenses 2:13). Esto no tiene por qué ser un punto de discusión, ya que incluso Juan Calvino entendió este punto bíblico.

En numerosos pasajes que hablan de “muchos”, Calvino reconoció que el autor usó “muchos” como sinónimo de “todos”. Incluso compara muchos de estos pasajes con Romanos 5:15. Acerca de la expresión “muchos” que se usa en Mateo 20:28, Calvino dice: “Muchos se usa, no para un número definido, sino para un gran número, en el sentido de que se pone a sí Mismo contra todos los demás. Y este es el significado también en Romanos 5:15, donde Pablo no está hablando de una parte de la humanidad, sino de toda la raza humana”. Con respecto a los famosos pasajes de Isaías 53:12 que hablan del Mesías que cargó con los pecados de “muchos”, Calvino dice: “Él solo soportó el castigo de muchos, porque sobre él se impuso la culpa de todo el mundo. Es evidente a partir del quinto capítulo de la Epístola a los Romanos, que “muchos” a veces denota todos”. De Hebreos 9:28, dice: “Él dice muchos significando todos, como en Romanos 5:15” y “la palabra muchos es a menudo equivalente a todos” Finalmente, en Marcos 14:24, Calvino explica: “la palabra ‘muchos’ no significa solo una parte del mundo, sino toda la raza humana”.[1]

A través de la transgresión de Adán, hay una condena universal para todos, pero a través de la muerte expiatoria de Cristo, existe el regalo universal gratuito disponible para todos (Romanos 5:16). El poderoso pasaje de Romanos 5:12-21 no se basa en una distinción entre el reprobado y el elegido, sino en los efectos universales de Adán y Cristo para cada individuo; condena y justificación son las dos opciones de vida para todas las personas.[2] Pablo es quien mejor explica la relación simétrica y paralela entre la imputación del pecado de Adán y la expiación de Cristo en Romanos. Esto muestra un contraste en los resultados de los dos hombres: el don de la justicia versus la muerte, manteniendo la extensión universal en ambos casos. Sin embargo, mientras que, a través de Adán, la muerte se imparte a todos, ya que todos nacen por naturaleza como hijos de ira (Efesios 2: 3), a través de la expiación de Cristo, existe una justificación para todos los hombres, porque “si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.“(v. 17). En otras palabras, Pablo dice que recibir el regalo es necesario para experimentar la gracia de Dios. A diferencia del pecado de Adán, que se transmite a todos de manera inherente, el don gratuito de Cristo requiere aceptación. En Romanos 5:18, Pablo afirma una expiación y reconciliación universales que comprenden a todos los hombres, pero la actuación de la expiación universal para los hombres individualmente está supeditada a la apropiación personal (v.17).[3]

A través del pecado de Adán, la humanidad está bajo condenación y está espiritualmente muerta (v. 17-18). En contraste, a través de la muerte expiatoria de Jesús, existe el don de la justicia para todos, que depende solo de su recepción (v. 17-18). El pecado y la muerte están presentes en la humanidad, pero la gracia de Dios abunda y desborda aún más (v. 15, 20). La expiación universal está fuertemente respaldada por la indicación bíblica de que la disposición es tan amplia como el pecado.[4] La provisión o base para la justificación y la vida está hecha para todos, de modo que “todos” abarca a toda la humanidad.[5] Si podemos aceptar el hecho de que el pecado de un simple hombre ha traído el pecado y la muerte a todo el mundo, seguramente podemos creer que la muerte expiatoria del Hijo de Dios ha traído la salvación a todo el mundo.[6]

En virtud tanto del primer Adán como del segundo Adán (Cristo), existen profundas implicaciones para la raza humana: la muerte y el pecado universales, y la gracia universal obtenida a través de la aceptación del sacrificio expiatorio de Cristo. La obra salvadora de Cristo es pertinente para toda la raza humana, como lo fue la obra de Adán, y por lo tanto se ofrece a todos los pecadores.[7] A través del único acto de desobediencia de Adán, toda la raza humana se convirtió en receptora del pecado, y mediante un acto de obediencia, el último Adán trajo el don de la justicia a toda la raza humana. La desobediencia de uno fue co-extensiva con la obediencia del otro.[8]

De hecho, anteriormente en el mismo capítulo, Pablo escribe que Cristo murió por los impíos (Romanos 5:6). Uno de los puntos principales de Pablo en los capítulos anteriores fue que toda la humanidad está bajo pecado (3:9), y todos estamos destituidos de la gloria de Dios por causa del pecado (3:23) y no hay nadie justo (3:10). Así, cuando Pablo continúa hablando de los impíos, seguramente está hablando de la misma categoría, a saber, toda la humanidad. De esta manera, Cristo murió por los impíos; murió por todos. Pablo es claro al indicar que Cristo murió por los impíos, incluso murió por sus enemigos. Cristo actuó como parte del plan designado por Dios, que tenía como objeto toda la raza humana, ya que todos han pecado y no han alcanzado la gloria de Dios.[9] Esto puede compararse con Lucas 19:10 que dice que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, donde lo perdido es toda la humanidad bajo el pecado.

Uno de los versos más singulares sobre el tema se encuentra en la primera carta de Pablo a Timoteo. Él escribe, “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.” (1 Timoteo 4:10). Aquí Pablo ayuda a desentrañar diferentes matices de Dios como Salvador. En un sentido, Dios es el Salvador de todos los hombres; pero en otro sentido, Él es el Salvador de los creyentes justos. Solo hay que mirar antes en la misma carta, donde Pablo habla de “Dios nuestro Salvador” (2:3) y dice que desea que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad (v. 4). Debido a que Dios quiere que todos sean salvos, Él ha enviado a Cristo Su Hijo para que sea un rescate para todos (v. 6), ya que él es el mediador también entre Dios y los hombres, no solo los elegidos (v. 5). Aquí se ve exactamente lo que Pablo quiere decir cuando habla de Dios como “Salvador”. Dios es el Salvador de todos (y envió a Su Hijo como rescate por todos) en cuanto a que Él provee y desea que todos sean salvos, pero especialmente de los creyentes. en el sentido de que se aplica solo a los fieles (como se muestra en 4:10). Lo que es potencial o está disponible para todos, en realidad se convierte en una realidad para los creyentes.[10] Al afirmar que Él es el Salvador de todos los hombres se habla de provisión; al afirmar que Él es el Salvador, especialmente de los creyentes, habla de aplicación.[11] Sugerir, como afirman algunos calvinistas, que Dios es el “Salvador” de todos solo en alguna forma de “gracia común” en comparación con ser un verdadero Salvador de los elegidos, no está justificado. Sin duda, Dios es particularmente el Salvador de los creyentes, pero su papel como Salvador se relaciona tanto con los creyentes como con los no creyentes. En otras palabras, el tipo de Salvador es el mismo para ambos grupos. Además, la palabra griega para salvador aquí (soter) cuando se aplica a Dios la mayoría de las veces (si no siempre) hace referencia a la salvación, no a una simple gracia común. El apóstol Pablo aquí llama a Dios el ‘Salvador’ exactamente como lo hace en otros cinco lugares en sus epístolas (1 Timoteo 1:1, 2:3; Tito 1:3, 3:14), Es decir, siempre en el sentido de un salvador espiritual, no una mera gracia común extendida.[12]

En 1 Corintios 15, Pablo habla del “evangelio” que recibió y predicó. Las buenas nuevas de que “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (v. 3). Pablo dice que él y los otros apóstoles predican este mensaje (v. 11). Es decir, la buena noticia que predicaron los apóstoles fue que Cristo murió por “nuestros pecados”, los pecados del orador y los pecados de la audiencia. En esta predicación indiscriminada, los apóstoles no sabían nada de una expiación limitada. La predicación del evangelio, según Pablo, incluye o asume que Cristo murió por los pecados de todos aquellos a quienes les predicaban.[13] Pudieron proclamar honestamente que Cristo murió por todos. Debe tenerse en cuenta que Pablo predicó esto antes de la conversión de su audiencia. Este es el caso de un predicador que incluye a su audiencia no salvada con él en una declaración inclusiva. Lo más seguro es que no es una declaración de que murió solo por los pecados de aquellos que ya son creyentes, sino por todos.[14] Primera Corintios 15:3 es uno de los pasajes más fuertes que apoyan la expiación ilimitada.[15]

 

CONCLUSIÓN.

Uno puede ver cuán extraño es cuando los calvinistas se ven obligados a realizar una exégesis forzada para dar sentido a estos pasajes dados sus compromisos teológicos. Por ejemplo, la teóloga calvinista Loraine Boettner escribe: “[la Cruz] no era, entonces, un amor general e indiscriminado del cual todos los hombres son objetos por igual, sino un amor peculiar, misterioso e infinito para los elegidos, lo que hizo que Dios enviara a Dios. Hijo en el mundo para sufrir y morir”.[16] O cuando R.C. Sproul escribe: “[el] propósito o diseño [de la expiación] no incluye a toda la raza humana”.[17]

Contra el calvinismo, la narrativa bíblica es abrumadora al mostrar que Dios ofrece la salvación a todos (Tito 2:11) y llama a todos al arrepentimiento (Hechos 17:30), en virtud de su amor por el mundo (Juan 3, 16). La buena noticia de Cristo es para todas las personas (Lucas 2, 10), ya que él vino a iluminar a todos los hombres para que puedan creer (Juan 1:7,9). Dios es el Padre de misericordias (2 Corintios 1: 3) y el Señor que es bueno para con todos y cuyas misericordias están sobre todas sus obras (Salmos 145:9). El calvinismo es simplemente incapaz de dar sentido al Dios de amor (1 Juan 4:8, 16) que desea que todos sean salvos y vengan al arrepentimiento para no perecer (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Dios no se deleita en la muerte de los impíos (Ezequiel 18:23, 33:11). El propósito de Dios al enviar a su Hijo a morir era para que el mundo pudiera ser salvo a través de él (Juan 3:17; 12:47; 17:21); condicionado solo a recibir y creer en Cristo (Juan 1:12; 3:16; 3:36; 5:24; 6:35; 6:40; 20:31).

En contraposición al calvinismo, el apóstol Pablo, junto a todos los creyentes arminianos, enseñó que Cristo murió por los pecados de todos los hombres, por toda la humanidad, por cada persona, por todo el mundo. Sin embargo, los individuos no se benefician de la muerte de Cristo para ser salvos hasta que vienen a Cristo y creen en Él.

 

REFERENCIAS:

[1] Steve W Lemke, Whosoever Will: A Biblical-Theological Critique of Five-Point Calvinism, 202-204.

[2] Grant Osborne, Perspectives, 112.

[3] Robert Shank, Elect in the Son, 108.

[4] Robert Picirilli, Grace, Faith, Free Will, 120.

[5] Robert Picirilli, Grace for All, 60.

[6] Jack Cottrell, The Faith Once For All, 184.

[7] John Wagner, Grace for All, xvi. See also Terry Miethe, The Grace of God and the Will of Man, 78.

[8] Robert Lightner, The Death of Christ, 142.

[9] Ben Witherington, Paul’s Letter to the Romans: A Socio-Rhetorical Commentary, 137.

[10] Howard Marshall, For All My Savior Died, 11.

[11] Picirilli, Grace, Faith, Free Will, 136.

[12] Laurence Vance, The Other Side of Calvinism, 448.

[13] Hammett, Perspectives, 169.

[14] Howard Marshall, For All, For All My Saviour Died, 19.

[15] Allen, The Extent of the Atonement: A Historical and Critical Review, 710.

[16] Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination, 157.

[17] R. C. Sproul What Is Reformed Theology?: Understanding the Basics, 177.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

La Expiación Ilimitada en las Epístolas Generales

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Las Escrituras enseñan que el sacrificio del Cordero de Dios incluyó el pecado del mundo (Juan 1:29) y que la obra de redención (1 Timoteo 2:6; 2 Pedro 2:1), reconciliación (2 Corintios 5:19), y propiciación (1 Juan 2:2) del Salvador fue efectuada a favor de toda la humanidad (1 Timoteo 4:10). Sin embargo, la obra de Cristo en la cruz es eficaz, válida y beneficiosa solamente para los que creen (1 Timoteo 4:10; Juan 3:16). Para decirlo de otro modo, Cristo murió una muerte sustitutiva e hizo un pago por los pecados que fue suficiente para todos los hombres, pero que es eficaz solo para los que creen en Él. Esta doctrina bíblica (conocida como Expiación Ilimitada, general o universal) es enseñada de forma clara en las epístolas generales.

LA EXPIACIÓN GENERAL EN LA CARTA A LOS HEBREOS.

El autor de Hebreos escribe: “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.” (Hebreos 2:9). El alcance universal de la expiación se sobreentiende al afirmar que Cristo gustó “la muerte de todos.” El contexto anterior de Hebreos 2 es universal, ya que los versículos anteriores citan el Salmo 8 y hablan de la preocupación de Dios por la humanidad (“¿Qué es el hombre [” seres humanos “NRSV], que lo recuerdes?” 2:6). El pensamiento inicial en Hebreos 2: 6 es “lo que es el hombre”, no lo que son los elegidos.”[1] De hecho, hasta el v. 9, el autor se centra exclusivamente en la humanidad y en que Dios coloca a toda la tierra bajo su dominio. En el v. 9, el autor vuelve a hablar de Jesús en particular. El autor continúa describiendo a Cristo como coronado de gloria por Dios, y prometió tener todas las cosas sometidas a él a su regreso. Por lo tanto, en el v. 9, no hay razón para interpretar la muerte de Cristo para todos como algo más que eso. El contexto anterior sugiere una lectura universal. Los versículos posteriores que hablan de “traer a muchos hijos a la gloria” (v. 10) se refieren a la aplicación de su muerte expiatoria (a través de la fe) y en ningún sentido limitan el alcance universal antes mencionado de la expiación provisional.

El hecho de que el escritor haya tratado con la universalidad de la sujeción en el versículo 8 apoya la universalidad de la provisión de la redención en el versículo 9. A esto se añade el cambio de lo general a lo particular en el pasaje. Cristo gustó la muerto por cada hombre (v. 9), pero el traer a muchos hijos a la gloria (v. 10) solo se relaciona con aquellos santificados o apartados por medio de la fe (v. 11). Por lo tanto, los “hermanos” y “los que están santificados” constituyen un grupo de aquellos para quienes probó la muerte.[2]

Además, el autor de Hebreos da serias advertencias a su audiencia si descuidan la salvación de Dios (2:3), si endurecen sus corazones (3:7-8), si se apartan de Dios (3:12), si fracasan Debido a la incredulidad (4:6). Incluso a aquellos que han participado del Espíritu Santo se les advierte que pueden caer por apostasía (6:4-6) y los que continúan en el pecado ya no tienen un sacrificio por sus pecados (10:26). Por lo tanto, el amplio contexto de Hebreos es plausiblemente visto como dirigido a los creyentes y potenciales apóstatas (1 Timoteo 4:1). La extensión de la expiación en Hebreos 2:9 es, por lo tanto, universal.

EXPIACIÓN GENERAL EN LAS CARTAS DE PEDRO.

En las cartas de Pedro, podemos ver cómo incluso aquellos que rechazan la gracia de Dios todavía son “comprados” a través de la expiación de Cristo. 2 Pedro 2: 1 dice: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina.“. Obsérvese primero que hay una clara negación del Maestro (Cristo) aquí (Compárese con Judas 1:4). Pedro está enseñando aquí que Cristo compró incluso a los falsos maestros a través de su muerte. Este lenguaje de “comprar” es bastante común en el Nuevo Testamento al hablar de la expiación de Cristo. El mismo lenguaje puede observarse en 1 Corintios 6:20 y 7:23, donde Pablo dice que los cristianos fueron “comprados por precio”. El paralelo con Judas 4 y la referencia a ser “comprado” apunta claramente a Cristo. La mayoría de los intérpretes favorecen claramente que “comprado” se refiere a un sentido soteriológico en lugar de cualquier tipo de simple liberación o beneficio temporal. Una de las razones principales es que la palabra para la redención que se usa aquí, agorazo, la cual nunca se encuentra en el Nuevo Testamento en asociación con Cristo en un sentido no valioso.[3] Cada aparición en el Nuevo Testamento de esta palabra, cuando se usa en el contexto de la muerte de Cristo, tiene un significado soteriológico.

Por lo tanto, Pedro enseña que la expiación no se limita en ningún sentido al mero cuerpo elegido, ya que hay un claro ejemplo de personas que niegan a Dios, luego son destruidas y, sin embargo, son compradas por Él. El precio de compra o la redención fue pagada por el Señor, incluso para los falsos profetas y maestros, a pesar de que, obviamente, nunca lo aceptan.[4] 2 Pedro 2: 1 parece indicar claramente que las personas por las que murió Cristo pueden perderse.[5]

CONCLUSIÓN.

En contraposición al calvinismo, los arminianos sostenemos que Cristo murió por los pecados de todos los hombres, por toda la humanidad, por cada persona, por todo el mundo. Sin embargo, los individuos no se benefician de la muerte de Cristo para ser salvos hasta que vienen a Cristo y creen en Él. El don de Dios ha sido comprado, ofrecido y presentado a todos (1 Juan 5:11), pero tiene que ser recibido personalmente por fe (1 Juan 5:12; Juan 1:12).

REFERENCIAS:

[1] Laurence Vance, The Other Side of Calvinism, 450.

[2] Robert Lightner, The Death Christ Died, 71-72.

[3] John Hammett, Perspectives on the Extent of the Atonement, 156.

[4] Robert Lightner, The Death Christ Died, 75.

[5] Millard Erickson, Christian Theology, 758.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

La Expiación Ilimitada en los escritos de Juan

Por: Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

La doctrina cristiana de la expiación de Jesucristo es sin duda una cuestión primordial en el plan de salvación. La doctrina cristiana de la expiación afirma que Cristo es la satisfacción y reparación del pecado de la humanidad ante Dios. Cristo hace posible la reconciliación entre el hombre y Dios gracias a su muerte sustitutiva, a través de la cual cargó con nuestros pecados y el castigo debido por los mismos (1 Pedro 2:24; Hebreos 9:28). Algunos cristianos sugieren erróneamente que Cristo simplemente llevó el castigo del hombre y no sus pecados reales. Sin embargo, tal afirmación resulta bíblicamente insostenible. La Biblia afirma claramente que Cristo cargó con los pecados de las personas (Isaías 53: 6, 11, 12), y él cargó con su sufrimiento y castigo; lo cual es visto poderosamente en Isaías 53, donde él experimenta sufrimiento por las transgresiones de su pueblo y Dios carga en él el pecado de todos nosotros. Jesús llevó tanto el castigo como los pecados de todos cuando se convirtió en pecado por causa nuestra (2 Corintios 5:21).

 

EXTENSIÓN DE LA EXPIACIÓN.

Aunque existen diversas teorías en el mundo evangélico sobre la naturaleza de la expiación, basta con decir que la mayoría de los cristianos evangélicos están de acuerdo en que la expiación explica cómo Dios perdona a los pecadores y restaura a los individuos a su relación apropiada con Él a través de la fe. Es por gracia que Dios cancela la deuda pecaminosa en la Cruz a través de Cristo. Dios exuda su amor supremo y su justicia completa hacia la humanidad rebelde al derrotar a la muerte, a Satanás y al pecado en el Calvario.

La extensión de la expiación, sin embargo, es un área que es fuertemente debatida entre los calvinistas y los arminianos. Esto se debe a que muchos calvinistas sostienen lo que se llama expiación limitada (a veces llamada “redención particular”) y dicen que la expiación no solo se aplica, sino que también se pretende, se proporciona, se hace y se extiende a los elegidos, pero no al mundo entero. En otras palabras, Cristo no cargó con los pecados y el castigo de todos; no fue propiciación y rescate por todos. Más bien, él solo soportó y pagó los pecados y el castigo de los elegidos. La extensión solo incluye a aquellos a quienes Dios ha escogido incondicionalmente para salvar, y este es el punto de desacuerdo. ¿Murió Cristo por todo el mundo y su pecado para que la salvación esté disponible para todos? ¿Fue Cristo castigado por los pecados de todas las personas? ¿Fue un rescate por todos? ¿O murió y sufrió el castigo solo por los elegidos, y proporcionó la salvación solo a un grupo selecto?

Vale la pena señalar que los calvinistas no niegan que la muerte de Cristo fue potencialmente suficiente para toda la humanidad. Cristo podría haber muerto por cada persona si quisiera. El aspecto limitado o particular de la expiación, insiste el calvinista, no se debe a alguna falta en la capacidad de la expiación; más bien, es su decisión soberana salvar a quien Él elige, y Él eligió solo expiar a algunos de la raza humana (los elegidos). Como el teólogo calvinista William Shedd escribe: “El Padre Divino, al dar al Hijo Divino como un sacrificio por el pecado, determinó simultáneamente que este sacrificio debería ser apropiado a través de la fe por un número definido de la familia humana.”[1] Hay un número definido de personas, a saber, las elegidas incondicionalmente, para quienes Dios hizo la propiciación. Esta comprensión de la expiación se deriva lógicamente de la visión calvinista de la elección, la predestinación y la gracia. Debe señalarse, sin embargo, que algunos calvinistas, pasados ​​y presentes, han negado este aspecto particular de la soteriología de Calvino: algunos estudiosos incluso argumentan que el mismo Calvino no sostuvo una expiación limitada.[2]

Ahora bien, en la lógica calvinista, Si Dios elige incondicionalmente y si su gracia es irresistible (lo que afirman ambos calvinistas), es lógico (el calvinista argumenta) que la expiación solo se extenderá y se proveerá para los elegidos. No habría ninguna razón para extender o proporcionar expiación a las personas que han sido creadas para la destrucción eterna por Dios. Pero lo que es lógicamente coherente dentro del marco calvinista no es de ninguna manera una garantía de exactitud bíblica. Antes de hacer un resumen sistemático, los datos relevantes deben ser revisados. Mientras leemos los pasajes de la Biblia que tratan este tema, debemos recordar el principal punto de desacuerdo: ¿Cristo murió por todos los hombres? ¿O simplemente murió por los elegidos? ¿Se extiende la expiación a todas las personas, o solo a aquellos que han sido elegidos incondicionalmente? ¿Fue Cristo un rescate y propiciación para todos, o simplemente para los elegidos? También vale la pena hacerse la pregunta: si los autores bíblicos quisieran enseñar una expiación ilimitada, ¿Qué tipo de lenguaje, palabras y frases emplearían?

 

LOS ESCRITOS JOANINOS Y LA EXPIACIÓN ILIMITADA.

Comenzando en el libro de Juan, Jesús es llamado el Cordero de Dios que “quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). De acuerdo con Juan, Jesús, descrito como un cordero sacrificial, vino a esta tierra para quitar el pecado del mundo. Este pasaje sigue los pasos de Juan el Bautista proclamando al Mesías venidero para que todos puedan creer a través de él (Juan 1:7). Como la verdadera Luz, Jesús “ilumina a todo hombre” (Juan 1:9). El alcance universal de la expiación es consistente con la proclamación de que Jesús quitará el pecado del mundo (kósmos). Ahora bien, la palabra “mundo” nunca se usa para denotar a los “elegido”.[3] De hecho, en los escritos de Juan, la palabra kosmos es mencionada 105 veces, siempre para referirse al mundo de los incrédulos que son hostiles a Dios y, sin embargo, son el objeto del amor y la misión de Dios.[4] W.A. Elwell explica: “No hay un solo lugar en todo el Nuevo Testamento donde mundo signifique iglesia o los elegidos.”[5]

En Juan 4:42, los creyentes dicen, “nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.” Esta afirmación se produce después de la historia de Jesús interactuando no solo con una mujer dentro de un sistema patriarcal, sino también con un samaritano despreciado. “Muchos más creyeron” (v. 41) porque vieron que Jesús no solo hablaba la verdad, sino que también interactuaba y cuidaba incluso a los discriminados y marginados. Se dice que Jesús es el Salvador del mundo porque se preocupa por todos y ofrece su agua de vida eterna a quien quiera beberla (v. 14). Él es capaz de ofrecer vida eterna a todos precisamente debido a su muerte subsiguiente, que es de alcance universal.

En escritos posteriores, Juan resalta este mismo punto diciendo que el “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.” (1 Juan 4:14)”. En 1 Juan, el “mundo” se usa veintitrés veces y siempre es usado como antítesis de la iglesia (creyentes). Así, cuando Juan dice que el Hijo es el Salvador del mundo, explica que la propiciación se hizo para el mundo (1 Juan 2: 2), incluido el “mundo” que no conoce a Dios (1 Juan 3: 1) y que se encuentra en el poder de Satanás (1 Juan 5:19).

En Juan 6, Jesús habla del pan del cielo y de la vida (v. 32, 33) y dice que este pan de Dios “da vida al mundo” (v. 33). Más adelante en el mismo capítulo, Jesús se identifica a sí mismo como el pan vivo y ofrece vida eterna si uno simplemente come el pan (v. 51). Además, concluye el mismo verso diciendo: “el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (v. 51). Obsérvese que este pan, que representa a Jesús, se da para el mundo. Además, se dice que este pan de vida se da (v. 32) incluso a aquellos que luego se alejaron de él y abandonaron su ministerio (v. 66). De hecho, “Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían” (v. 64) y aun así estaba disponible el pan de vida para ellos.

El mundo es así el objeto de los esfuerzos salvíficos de Dios. El pan, que representa el cuerpo de Cristo, se da para el mundo, se aplica a través de comer de él, de creer en Cristo. Debemos tener en cuenta que el pan se entrega a todos, igual que en el desierto con Moisés (Éxodo 16: 4; Números 11: 8); Sin embargo, el pan debe ser recogido y comido. Se hace una provisión universal, con la condición necesaria de recepción para obtener vida. El mero hecho o provisión del pan por sí solo no salva.

El famoso pasaje de Juan 3:16 no debe olvidarse al comprender el alcance de la expiación. Es precisamente porque Dios amó tanto al mundo (kósmos), que dio a Su Hijo. Sería extraño sugerir que la provisión de la salvación es menor que el amor universal de Dios. La lectura natural y correcta es que, debido al amor universal de Dios, hay una provisión universal en Su Hijo, aplicada a los creyentes.

El contexto anterior de Juan 3:16 es ilustrativo al respaldar esta interpretación de la expiación universal. Jesús recuerda y se compara con Moisés levantando a la serpiente en el desierto (Números 21). La conexión con Jesús es sorprendente. La serpiente de bronce hecha por Moisés fue levantada para toda la nación, pero solo los que miraban la serpiente de bronce se beneficiarían. La provisión se hizo para todos, pero no benefició a todos. Jesús hace referencia a este pasaje en Juan 3. Él dice que de la misma manera, como la serpiente de bronce fue levantada, él también debe ser levantado, para que todo aquel que crea en él, tenga vida eterna (Juan 3, 14- 15). Jesús se ofrece a sí mismo como una provisión universal, condicionada a la fe genuina. El amor de Dios por el mundo lo motiva a enviar a su Hijo para que el mundo sea salvo por medio de él (Juan 3:17). Cuando Jesús es elevado como la serpiente de bronce, atrae a “todos los hombres” a sí mismo (Juan 12:32). La expiación se extiende a todo el mundo (kósmos), no solo a los elegidos.

Si hay un versículo que es el más explícito en relación con el alcance de la expiación, es 1 Juan 2: 2. Juan escribe: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.”. El versículo es tan directo en su enseñanza e implicaciones que uno se pregunta cómo una doctrina de expiación limitada podría sostenerse sobre bases bíblicas. Robert Lightner señala acertadamente: “A uno le resulta difícil imaginar cómo Juan pudo haber sido más claro al afirmar el aspecto universal de la expiación de lo que fue en este pasaje”.[6] Cristo es la propiciación por “nuestros pecados”, es decir, por los creyentes a quienes Juan se dirige; pero también Cristo es la propiciación por los pecados de ” todo el mundo”. El “todo el mundo” del que se habla aquí se refiere inequívocamente al resto del mundo incrédulo aparte de la iglesia. Cuando uno lee la carta de Juan no puede llegar a otra conclusión. Algunos calvinistas argumentan que cuando Juan dice “todo el mundo”, simplemente está hablando del resto de los gentiles y / o judíos elegidos incondicionalmente fuera de su audiencia directa y no literalmente del resto del mundo incrédulo. En la interpretación calvinista Juan no está hablando del resto del mundo; más bien, solo está hablando del resto del cuerpo de creyentes (los electos) de todo el mundo. Esta interpretación se hace para negar el alcance universal de la expiación. Sin embargo, aunque lo dicho por Juan desagrade a los calvinistas Cristo, en términos inequívocos, es el sacrificio expiatorio para todas las personas. El sacrificio expiatorio se extiende tanto para los creyentes como para los incrédulos; para el mundo entero.

La negación de la enseñanza clara en 1 Juan 2: 2 y otros versos que muestran la naturaleza universal de la expiación parecen deberse en gran parte a las presuposiciones calvinistas y a la negativa de estos a reconocer su error teológico. Sin embargo, nadie puede negar que la forma más natural de entender este versículo es considerar que el sacrificio propiciatorio tenía la intención de hacer expiación por los pecados de todo el mundo. Las únicas personas que pensarían de otra manera son las que creen en el calvinismo. No obstante, la única razón para tomar un verso cuyo significado es evidente, y para aplicar una interpretación forzada (es decir, tratar de hacer que se ajuste a la idea de limitación expiación), es más el dogmatismo religioso que un apego sincero a la verdad.

 

CONCLUSIÓN.

El mensaje central del evangelio es que Cristo murió por los pecados de la humanidad (1 Corintios 15: 3; 1 Juan 4:10) y, por lo tanto, se entregó a sí mismo como ofrenda y sacrificio a Dios (Efesios 5: 2; Romanos 8: 3). A través de este sacrificio, Cristo canceló la deuda de la transgresión y se convirtió en pecado por la provisión de justicia para todos (Juan 1:29; Colosenses 2:14; 2 Corintios 5:21). En este gran intercambio, Cristo lleva el pecado de la humanidad e imputa justicia a los fieles (Romanos 3: 21-22; 4: 6, 5:17, 10: 3). Él es, por lo tanto, el sacrificio expiatorio a Dios por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2: 2; Hebreos 1: 3) para que, a través de la fe, cualquiera pueda obtener la justicia de Dios (Filipenses 3: 9).

 

REFERENCIAS.

[1] William Shedd, Dogmatic Theology, 475-476.

[2] David Allen, A Biblical-Theological Critique of Five-Point Calvinism, 69-71.

[3] Norman Douty, Did Christ Die Only for the Elect: A Treatise on the Extent of Christ’s Atonement, 39.

[4] Grant Osborne, Perspectives on the Extent of the Atonement: 3 Views, 108.

[5] Evangelical Dictionary of Theology, 116.

[6] Robert Lightner, The Death Christ Died: A Biblical Case for Unlimited Atonement, 81.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Arminianismo y Universalismo Condicionado

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En su intento por desvirtuar la doctrina arminiana, muchos calvinistas acusan al arminianismo de enseñar la herejía soteriológica conocida como Universalismo. El universalismo es una creencia que afirma que en la plenitud de los tiempos todas las almas se liberarán de las penas del pecado y serán restaurados en su relación con Dios. Históricamente conocida como Apocatástasis, el universalismo o doctrina de la salvación universal final niega la doctrina bíblica del castigo eterno.

Además de los pasajes que hablan de la naturaleza de amor y misericordia infinitos de Dios, el versículo clave del universalismo en Hechos 3:21, donde Pedro afirma:

“Es necesario que él permanezca en el cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus santos profetas.” (Hechos 3:21, NVI)

Pero ¿Es esto lo que quiso decir Pedro? ¿De verdad enseña la Biblia que todos, penitentes e impenitentes, serán salvos? Definitivamente no. El erudito pentecostal Stanley Horton explica dicho pasaje de la siguiente manera:

“Algunos toman la expresión griega apokatastáseos pánton (“restauración de todas las cosas”) como poseedora de una intención absoluta, en lugar de limitarla a “todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas”. Aunque es cierto que las Escrituras se requieren a una restauración futura (Romanos 8:18–25; 1 Corintios 15:24–26; 2 Pedro 3:13), a la luz de todas las enseñanzas de la Biblia sobre el destino eterno, tanto de los seres humanos como de los ángeles, no es posible utilizar este versículo para apoyar el universalismo. Hacerlo equivaldría a violentar exegéticamente lo que la Biblia afirma a este respecto.”[1]

Otros pasajes, usados fuera de su contexto, para sostener la doctrina universalista son:

“Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos.” (Romanos 5:18-19, NVI)

 “Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo, esto es, reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.” (Efesios 1:9 -10, NVI)

“Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir” (1 Corintios 15:22, NVI)

Sin embargo, ninguno de dichos versículos enseña que todos los seres humanos serán finalmente salvos. Una exégesis honesta de dichos pasajes desvirtúa tales afirmaciones universalistas.

Ahora bien, la creencia en la salvación universal es por lo menos tan antigua como el cristianismo. Los primeros escritos claramente universalistas datan de los denominados “Padres de la Iglesia Griega”, sobre todo Clemente de Alejandría, su discípulo Orígenes y Gregorio de Nisa. De ellas, las enseñanzas de Orígenes, quien creía que hasta el diablo finalmente se salvará, fueron los más influyentes. Numerosos partidarios de la salvación universal final se encontraban en la iglesia post apostólica, pero fueron ampliamente combatidos por Agustín de Hipona. Principalmente por su influencia, la teología de Orígenes fue finalmente declarada herética en el Concilio de Constantinopla en el 553 d.C.

 

UNIVERSALISMO UNIVERSALISTA Y PLURALISMO SALVÍFICO.

Los arminianos rechazamos tanto el denominado Universalismo universalista (todos, incluso Satanás y sus demonios, alcanzarán el perdón y la salvación gracias al sacrificio expiatorio de Cristo) como el Pluralismo Salvífico (la creencia de que puede haber diversos caminos dadores de vida o vías de salvación en diferentes tradiciones y prácticas religiosas).

En cambio, nos aferramos a la Palabra de Dios, la cual afirma que:

“y del polvo de la tierra se levantarán las multitudes de los que duermen, algunos de ellos para vivir por siempre, pero otros para quedar en la vergüenza y en la confusión perpetuas.” (Daniel 12:2, NVI)

“El diablo, que los había engañado, será arrojado al lago de fuego y azufre, donde también habrán sido arrojados la bestia y el falso profeta. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Luego vi un gran trono blanco y a alguien que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, sin dejar rastro alguno. Vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y luego otro, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados según lo que habían hecho, conforme a lo que estaba escrito en los libros. El mar devolvió sus muertos; la muerte y el infierno[a] devolvieron los suyos; y cada uno fue juzgado según lo que había hecho. La muerte y el infierno fueron arrojados al lago de fuego. Este lago de fuego es la muerte segunda. Aquel cuyo nombre no estaba escrito en el libro de la vida era arrojado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20:10-15, NVI)

“Dios, que es justo, pagará con sufrimiento a quienes los hacen sufrir a ustedes. Y a ustedes que sufren, les dará descanso, lo mismo que a nosotros. Esto sucederá cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo entre llamas de fuego, con sus poderosos ángeles, para castigar a los que no reconocen a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús. Ellos sufrirán el castigo de la destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor y de la majestad de su poder, el día en que venga para ser glorificado por medio de sus santos y admirado por todos los que hayan creído, entre los cuales están ustedes porque creyeron el testimonio que les dimos.” (2 Tesalonicenses 1:6-10, NVI)

“Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5, NVI)

 “De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hechos 12:2, NVI)

No toda la humanidad será salva, ni todos los caminos o religiones llevan a Dios. Solo Cristo salva. La biblia afirma claramente que el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios (Juan 3:36). Jesucristo mismo afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí.” (Juan 14:6, NVI).

 

PARTICULARISMO CALVINISTA, EXPIACIÓN LIMITADA O REDENCIÓN PARTICULAR.

Un distintivo del calvinismo es su doctrina de la expiación limitada, o redención particular. Dicha doctrina, conocida también como “Particularismo”, enseña que Cristo efectivamente redime de cada pueblo “solo a aquellos que fueron elegidos desde la eternidad para salvación”.[2] La doctrina reformada afirma que Jesús murió sólo por sus elegidos. Esta doctrina se desprende lógicamente de la doctrina de la elección incondicional: Si Dios eligió solo a un selecto grupo para que fuera salvo entonces el sacrificio que Cristo hizo debía ser sólo por ellos. La doctrina de la redención particular afirma que Cristo, en su muerte, limpió los pecados de los elegidos de Dios y aseguró que todos ellos alcancen la fe a través de la regeneración y por la fe sean preservados para alcanzar y heredar la gloria venidera. Según dicha doctrina, Cristo no pretendió morir por todos. La prueba de eso, según el razonamiento calvinista, es que no todos son salvos.

El teólogo pentecostal Stanley M. Horton resume las afirmaciones calvinistas de la siguiente manera:

“Los particularistas toman los pasajes que dicen que Cristo murió por las ovejas (Juan 10:11, 15), por la Iglesia (Efesios 5:25; Hechos 20:28), o por “muchos” (Marcos 10:45). Citan también numerosos pasajes que, en el contexto, asocian claramente a los “creyentes” con la obra expiatoria de Cristo (Juan 17:9; Gálatas 1:4; 3:13; 2 Timoteo 1:9; Tito 2:3; 1 Pedro 2:24). Los particularistas alegan lo siguiente: (1) Si Cristo murió por todos, entonces Dios debe ser injusto si alguno perece por sus propios pecados, puesto que Cristo tomó sobre sí todo el castigo debido por los pecados de todos. Dios no podría exigir dos veces el pago de la misma deuda. (2) La doctrina de la expiación ilimitada conduce lógicamente al universalismo, porque si pensamos de otra forma, tenemos que poner en duda la eficacia de la obra de Cristo, que fue para “todos”. (3) Una exégesis y una hermenéutica sólidas hacen evidente que el lenguaje universal no es siempre absoluto (Lucas 2:1; Juan 12:32; Romanos 5:18; Colosenses 3:11)”.[3]

Tan importante es para el calvinista la doctrina de la Expiación Limitada que diversos teólogos calvinistas han afirmado que “sólo el calvinismo con su expiación eficaz limita el poder del hombre y exalta el poder y la gloria de Dios”.[4] Otro líder y autor calvinista escribe: “Es en esta verdad de la expiación limitada que la doctrina de la elección soberana (y, de hecho, la predestinación soberana con sus dos aspectos de la elección y reprobación), se clarifican”.[5] En otras palabras, el sistema calvinista se desmorona en su totalidad si la expiación limitada no es bíblica, y de hecho no lo es.

Incluso calvinistas de alto rango han expresado sus dudas acerca de la expiación limitada. Charles Spurgeon afirmó: “No puedo imaginar un instrumento más dañino en manos de Satanás para la ruina de las almas, que un ministro que le dice a los pecadores que no es su deber arrepentirse de sus pecados y creer en Cristo, y así tener la arrogancia llamarse a sí mismo un ministro del Evangelio, mientras que enseña que Dios odia a algunos hombres infinitamente e inalterablemente por ningún motivo sino solo porque él escoge hacerlo”.[6] Esto ha llevado a que la doctrina de la expiación limitada sea considerada “el talón de Aquiles del calvinismo”.[7]

Ya sea que los calvinistas lo reconozcan o no, el calvinismo atenta contra el carácter mismo de Dios:

 “Porque Dios ha amado a unos cuantos y no todos, porque él soberana e inmutablemente ha determinado que éstos en particular sean salvos, él envió a su hijo a morir por ellos, para salvar a ellos y no a todo el mundo”.[8]

¿Entendemos lo que tal afirmación implica? Según el calvinismo, no todos los hombres son salvos porque Dios no quiere que lo sean y ha predestinado a multitudes a sufrir eternamente.

 

ARMINIANISMO: EXPIACIÓN UNIVERSAL O UNIVERSALISMO CONDICIONADO.

En contraposición al particularismo calvinista, los arminianos creemos en la doctrina de la Expiación Ilimitada, conocida también como universalismo condicionado. Dicha doctrina sostiene que la expiación es ilimitada en el sentido de que se halla a disposición de todos; más sin embargo es limitada en el sentido de que sólo es eficaz para aquéllos que crean. Así, aunque la Expiación y sus beneficios están a disposición de todos, no todos se benefician de ella. El perdón de pecados y la salvación está condicionada a la fe en Cristo.

La doctrina arminiana, en plena concordancia con la Biblia, declara que Dios, exactamente como se esperaría de alguien quien es amor y Padre de misericordias, ama a todos con amor infinito y desea que todos se salven. Él no quiere que ninguno perezca y ha hecho de la muerte de Cristo el sacrificio propiciatorio por los pecados de toda la humanidad, si tan sólo creen en él:

  • “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Seguramente el “todos” que se refiere a aquellos que iban por mal camino son los mismos “todos” (es decir, todo Israel y toda la humanidad) cuya iniquidad fue puesta en Cristo.

 

  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29). Así como en el Antiguo Testamento los sacrificios fueron ofrecidos para todo Israel y no para un grupo selecto de israelitas, también el cumplimiento mismo del sacrificio de Cristo como el cordero de Dios fue ofrecido para toda la humanidad y no para unos cuantos “elegidos” o un número limitado.

 

  • “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él .El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:14-18, 36). Nótese que, por medio de la serpiente de bronce elevada, la cual Cristo dijo que era la figura de él mismo siendo levantado en la cruz, Dios trajo sanidad y salvación al pueblo. Dicha salvación es para todos los que miraren a él por fe, no sólo para unos cuantos elegidos.

 

  • “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). La ley, con su acompañamiento de sacrificios, era para todo Israel, no para algunos cuantos elegidos, y el cumplimiento en Cristo es para toda la humanidad.

 

  • “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).

 

  • “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).

 

  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Todos son impíos, no solamente los elegidos.

 

  • “Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 5:22).

 

  • “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

 

  • “El que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Por cierto que los “elegidos” no son los únicos pecadores.

 

  • “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).

 

  • “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2 Timoteo 2:6).

 

  • “Quien es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).

 

  • “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Hebreos 2:9).

 

  • “No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

 

  • “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 1:9-2:2).

 

  • “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).

 

  • “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).

 

  • “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:19-20).

 

  • “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).

 

  • “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).

 

  • “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

 

Tomar todas estas (y muchas otras declaraciones similares) y atreverse a decir que sólo se refieren a un grupo selecto de elegidos es cambiar deliberadamente la palabra de Dios. ¿O es que solo los elegidos se descarrían como ovejas perdidas? ¿Sólo los elegidos tienen sed? ¿Sólo los elegidos son impíos y pecadores? ¿Sólo los elegidos están bajo pecado? Es obvio que no. La salvación está disponible a través de la fe en Cristo para todo el que quiera apropiarse de ella. Estos versículos y muchos más como ellos afirman claramente en un lenguaje inequívoco que Cristo fue enviado para ser “el Salvador del mundo,” que su muerte fue “un rescate por todos” y que por lo tanto es “el Salvador de todos los hombres” que creen. Creer que se refiere solo al mundo de los elegidos es una suposición injustificada. Tal argumento es falaz.

Pero si los argumentos bíblicos no fuesen suficientes, podemos agregar también que la posición arminiana (el universalismo condicionado) goza de las siguientes fortalezas:[9]

(1) Es el único que le da sentido al ofrecimiento sincero del evangelio a todos los seres humanos. Los calvinistas objetan que la autorización para predicar el evangelio a todos es la Gran Comisión. Un calvinista seguramente argumentará que “Puesto que la Biblia enseña la elección, y puesto que no sabemos quiénes son los elegidos (Hechos 18:10, “Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad”, es decir, en Corinto), les debemos predicar a todos”. Sin embargo, la doctrina arminiana, la lógica y la Biblia se impone al argumento calvinista y responde: ¿Sería genuino el ofrecimiento de Dios cuando dice “Todo el que quiera”, a sabiendas de que esto no es realmente posible, pues la salvación se limita solo a los elegidos?

(2) La historia eclesiástica reafirma también la posición arminiana. Desde el principio de la Iglesia, hasta que surgió el calvinismo, el universalismo condicionado fue la opinión mayoritaria. Así pues: “Entre los reformadores, encontramos esta doctrina en Lutero, Melanchton, Bullinger, Latimer, Cranner, Coverdale, e incluso Calvino en algunos de sus comentarios. Por ejemplo, Calvino dice acerca de … Marcos 14:24, ‘que por muchos es derramada: Con la palabra “muchos”, [Marcos] no define solamente a una parte de la humanidad, sino a toda la raza humana’ ”.[10]

(3) No es posible sostener la acusación de que, si fuese cierta una expiación ilimitada, Dios sería injusto, y de que el universalismo universalista sería la conclusión lógica. Necesitamos tener en mente que es necesario creer para ser salvos, y esto incluye a los supuestos elegidos. La aplicación de la obra de Cristo no es automática. El que una persona decida no creer, no significa que Cristo no haya muerto por ella, o que quede bajo sospecha la integridad personal de Dios.

Sin embargo, el punto culminante de la defensa arminiana es que no resulta fácil pasar por alto el evidente propósito de muchos pasajes universalistas. Incluso el teólogo calvinista Millard Erickson reconoce que la doctrina arminiana de la Expiación Ilimitada o Universal “puede dar cuenta de un segmento más amplio del testimonio bíblico con menos distorsión que la hipótesis de la expiación limitada”.[11]

Horton observa de forma certera que: “En Hebreos 2:9 dice que, por la gracia de Dios, Jesús probó la muerte “por todos”. Es bastante fácil alegar que el contexto (2:10–13) señala que el escritor no está hablando de todos en sentido absoluto, sino de los “muchos hijos” que Jesús lleva a la gloria. Sin embargo, una conclusión así extiende demasiado la credibilidad exegética. Además, en el contexto hay un sentido universal (2:5–8, 15).3 Cuando la Biblia dice que “de tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16), o que Cristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), o que Él es “el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14), es eso precisamente lo que quiere decir. Ciertamente, la Biblia usa la palabra “mundo” en un sentido cualitativo, para referirse al sistema de maldad del mundo, dominado por Satanás. Sin embargo, Cristo no murió por un sistema; murió por las personas que forman parte de ese sistema. En ningún lugar del Nuevo Testamento, la palabra “mundo” se refiere a la Iglesia o a los elegidos. Pablo dice que Jesús “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6) y que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4). En 1 Juan 2:1–2 tenemos una separación explícita entre los creyentes y el mundo, y una afirmación de que Jesucristo, el Justo, “es la propiciación” (v. 2) por ambos”.[12]

Así pues, la doctrina arminiana es más coherente con el texto bíblico al afirmar que la expiación es ilimitada en el sentido de que se halla a disposición de todos; más sin embargo es limitada en el sentido de que sólo es eficaz para aquéllos que crean. Está a disposición de todos, pero no todos se benefician de ella.[13]

 

CONCLUSIÓN.

La Biblia declara que Dios ama a todos y es misericordioso para con todos y que Cristo murió por todos. Los versículos que declaran que Cristo murió por la iglesia, que su muerte fue un rescate por su pueblo, o la seguridad de que él murió por sus ovejas, no anula la realidad de que su sacrificio expiatoria se ofrece libremente a todos. Por supuesto, los apóstoles, escribieron a creyentes, para recordarles que Cristo murió por ellos, pero esa declaración no puede anular muchas de las claras declaraciones de que Él murió por todos.

 

REFERENCIAS:

[1] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva Pentecostal (1996), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 367.

[2] Cánones de Dort, II.8

[3] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 375.

[4] Leonard J. Coppes, Are Five points Enough? The Ten points of Calvinism; Denver CO: self-published, 1980, 49

[5] Homer Hoeksema, Limited Atonement, 151; citado en Vance, The Other Side of Calvinism, pp. 406.

[6] C. H. Spurgeon, New park Street pulpit; London: Passmore and Alabaster, Vol 6, 28-29; sermón predicado en diciembre 11, 1859

[7] Kenneth G. Talbot and W. Gary Crampton, Calvinism, Hyper-Calvinism and Arminianism; Edmonton, AB: Still Waters Revival Books, 1990, pp. 11.

[8] Edwin H. Palmer, The five points of calvinism; Grand Rapids, MI: Baker Books, enlarged ed., 20th prtg. 1999, pp. 50.

[9] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 375.

[10] Walter A. Elwell, “Extent of Atonement”, Evangelical Dictionary, p. 99.

[11] Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids: Baker Book House, 1985), p. 835.

[12] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 376.

[13] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology (Grand Rapids: Wm.B. Eerdmans, 1979), pp. 242. Véase también Isaías 53:6; Mateo 11:28; Romanos 5:18; 2 Corintios 5:14–15; 1 Timoteo 4:10; 2 Pedro 3:9.