.Expiación de Cristo, Gracia, GRACIA DIVINA, Literatura, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación

Miserables alcanzados por su gracia

Por Fernando E. Alvarado

Sin duda uno de mis libros favoritos es “Les miserables” (Los Miserables) escrito por el poeta y escritor francés Victor Hugo. Dicho libro fue publicado en 1862 y es considerado como una de las obras más importantes del siglo XIX. La novela, de crácter histórico y estilo romántico, plantea por medio de su argumento una discusión sobre el bien y el mal, sobre la ley, la política, la ética, la justicia y la religión.

La historia se enmarca en el período de la restauración de la monarquía francesa, que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIX. Su tema gira en torno al bien, el mal, la ética, la justicia y la fe. Como dato curioso, Victor Hugo, su autor, confesó que se había inspirado en Vidocq (criminal francés que se redimió y acabó inaugurando la Policía Nacional francesa) para crear a los dos protagonistas y que la historia de su país le había inspirado para situar el contexto histórico. Así pues, la novela examina los valores vigentes en la sociedad francesa de mediados del siglo XIX y reflexiona sobre la naturaleza humana frente a la adversidad.

UN HISTORIA DE GRACIA Y PERDÓN

En Los Miserables, Víctor Hugo cuenta la historia de un expresidiario que desea reformarse. Condenado a diecinueve años de trabajos forzados Jean Valjean (el personaje principal de la novela) ve su vida desintegrarse. Su crimen había sido robar pan, no tenía qué comer. Durante estos años de duro presidio se va endureciendo para poder sobrevivir en medio de hombres que se han convertido, y son tratados, como animales.

Al cumplir su condena Valjean sigue siendo y considerado por todos como un expresidiario. Nadie confía en él, está sólo. Tras cuatro días durmiendo en la calle llama a la puerta de la casa de un obispo quien le hace entrar y le aloja sin hacerle una sola pregunta. En mitad de la noche se levanta mientras el obispo y su hermana están durmiendo. Toma los cubiertos de plata pero el ruido despierta al obispo quien lo sorprende. Valjean lo golpea dejándolo en el suelo y huye con lo robado.

A la mañana siguiente llaman a la puerta del obispo. Son tres policías que han detenido a Valjean. Sólo vienen a devolver lo robado, el caso está claro, y al detenido le espera la cadena perpetua. Pero contra toda lógica el obispo miente y responde de una forma que nadie se espera. Les dice a los policías que él le había dado aquellos cubiertos de plata, pero no sólo eso, sino también unos candelabros que había olvidado llevarse. Éstos, sigue diciendo el obispo, valen por los menos doscientos francos y ha sido un gran despiste el haberlos dejado atrás.

Jean Valjean queda conmocionado. Los policías no creen lo que están escuchando… pero el obispo insiste. Entonces quedan solos, el obispo y Valjean. Éste último está en estado de shock, no entiende nada, y cuando puede articular palabra hace una pregunta: – ¿Por qué?

La contestación del obispo es puro evangelio. Le dice que con aquel acto compra su vida pero con el propósito de que no la viva como la anterior. Desde entonces Valjean cambia de forma radical. Es alguien que ha conocido el perdón, la misericordia, y hace que el sentido de su existencia sea precisamente transmitir, dar de esa misericordia a todo aquél con el que se cruza. Toda su dureza, maldad, escombros interiores dan lugar a un nuevo hombre.

A partir de entonces, Jean Valjean vivió intensamente agradecido por su encuentro con el perdón. Llegó a conocer de dónde había salido y quién era ahora. Desde su encuentro con la gracia encarnada en aquél obispo su nueva vida le encaminó a convertirse en portador de esta misericordia, nada ni nadie le podía hacer cambiar de idea, de propósito.

Esta es, sin duda, una historia de gracia, perdón y misericordia. Pero la gracia, el perdón y la misericordia tienen su propia lógica. Una lógica que escapa a todo razonamiento humano. Es una realidad de procedencia divina que está más allá de la ley y la justicia humana. No comprender esto es no entender el mismo corazón de Dios. La justicia exige, busca y aprisiona al infractor. La gracia da un giro inesperado a esta justicia, la transforma y la cumple proveyéndola de un sentido y significado fuera del ámbito humano. Sólo Dios podía hacerlo. Y lo hizo en la persona de Jesús.

LA GRACIA DE DIOS NOS TRANSFORMA

Aquel que ha tenido un encuentro real con la gracia será transformado. Simplemente no podrá ser el mismo. Pablo escribió:

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para la salvación de todos los hombres, y nos enseña que debemos renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir en esta época de manera sobria, justa y piadosa (Tito 2:11-12; RVC)

La gracia de Dios no solo nos trae la salvación y el perdón de nuestros pecados sino que nos transforma y nos ayuda a obedecer a Dios en nuestro diario vivir. Nos enseña a vivir la vida de piedad que él desea y nos da la valentía para rechazar las cosas que nos alejan de él y de su voluntad para nuestras vidas.

Somos pecadores, eso ya lo sabemos. Merecemos el infierno y la condenación eterna. Sin embargo, Dios ha derramado gracia abundante para todos:

“Pero la transgresión de Adán no puede compararse con la gracia de Dios. Pues, si por la transgresión de un solo hombre murieron todos, ¡cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos!” (Romanos 5:15; NVI)

El pecado entró al mundo a través de Adán y su transgresión y con este vino la muerte física. Sin embargo, Dios no nos dejó abandonados a nuestra suerte. Él tomó la iniciativa, envió a Jesús y a través de él nos concedió gracia abundante que está al alcance de todos. Dios anhela que dejemos el pecado y nos volvamos a él. Es por medio de Jesús que recibimos la vida eterna, el perdón de nuestros pecados y es a través de él que somos reconciliados con Dios. Y esto sin necesidad de perfección o santidad previa. Así, sin mérito nuestro ¡De pura gracia! ¡Sólo tuvimos que extender la mano y recibir este valioso regalo!

Y Aquel que nos perdonó por gracia, también nos transformó por gracia. No nos dejó igual, pues “a quien poco se le perdona, poco ama” (Lucas 7:47) y, lógicamente, a quien mucho se le perdona, mucho ama. Más ni aún esto sucede sin la gracia de Dios:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.” (1 Corintios 15:10)
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13)
“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (Judas 1:24-25)

UN REGALO INMERECIDO

Al ser humano le cuesta entender que no tiene que hacer nada, que todo ha sido ya realizado, únicamente debe acudir al lado de su Padre. Esta compresión hace que la persona cambie, es una gracia que transforma, el ser humano ya no es el mismo. ¡Así de bello e incomprensible es el Evangelio de la Gracia! Si todavía dudas del amor de Dios en tu vida, te invito a meditar en las siguientes verdades:

«Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Difícilmente alguien muere por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» (Romanos 5:6-8, RVA)
«Y nosotros hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama. Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Ese amor se manifiesta plenamente entre nosotros para que en el día del juicio comparezcamos con toda confianza, porque en este mundo hemos vivido como vivió Jesús. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor.  Nosotros amamos porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:16-19; NVI)
«Con amor eterno te he amado; por tanto, te he atraído a mí con mi gracia.» (Jeremías 31:3; RVR1977)
«Él nos salvó gracias a su misericordia, no por algo bueno que hubiéramos hecho. Nos salvó lavándonos, dándonos una vida nueva al renovarnos por medio del Espíritu Santo. Dios derramó en abundancia el Espíritu Santo sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. Así que aprobados por el generoso amor de Dios, disfrutamos de la esperanza de la vida eterna que Dios tiene para sus hijos.» (Tito 3:5-7; PDT)

Al igual que Jean Valjean, tú y yo merecíamos ser condenados por nuestros delitos. Era justo ser castigados. Pero algo pasó… ¡Alguien aceptó la pérdida! ¡alguien más cargó con la culpa de nuestra falta y nos liberó del castigo! No lo merecíamos ¡Por eso se llama gracia!

Victor Hugo (1802-1885)

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