Arminianismo Clásico, Calvinismo

Liberados por Gracia para creer

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El pecado ha afectado cada aspecto de nuestro ser. De hecho, ha afectado nuestras vidas en la tierra y nuestro destino eterno. Cuando Adán pecó, uno de los efectos inmediatos de su caída fue que la humanidad (representada corporativamente en Adán, el patriarca y cabeza de nuestra raza) se separó de Dios. En el jardín de Edén, Adán y Eva tuvieron comunión perfecta y compañerismo con Dios. Cuando se rebelaron contra Él, esa comunión se rompió. Ellos se dieron cuenta de su pecado y se avergonzaron ante Él. Se escondieron de Él (Génesis 3:8-10), y el hombre ha estado escondiéndose de Dios desde entonces. Sólo a través de Cristo puede restaurarse esa comunión, porque en Él somos hechos justos y sin pecado a los ojos de Dios como Adán y Eva fueron antes de pecar. “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El” (2 Corintios 5:21, LBLA).

Debido a la caída, la muerte se convirtió en una realidad, y toda la creación era sujeta a ella. Todos los hombres mueren, todos los animales mueren, toda la vida vegetal muere. “…toda la creación gime a una” (Romanos 8:22), esperando el tiempo cuando Cristo volverá para liberarla de los efectos de la muerte. Por causa del pecado, la muerte es una realidad ineludible, y nadie es inmune. “Porque la paga del pecado es muerte, más la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Peor aún, no sólo nos morimos, pero si morimos sin Cristo, experimentamos la muerte eterna. Otro efecto de la caída es que los seres humanos han perdido de vista el propósito para el cual fueron creados: Glorificar a Dios y disfrutar de una deleitosa comunión con Él para siempre (Romanos 11:36; 1 Corintios 6:20; 1 Corintios 10:31; Salmo 86:9). Cuando Adán eligió rebelarse contra su Creador, él perdió su inocencia, incurrió la pena de muerte física y espiritual, y su mente fue oscurecida por el pecado, como son las mentes de sus sucesores. El apóstol Pablo dijo de los paganos, “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada” (Romanos 1:28). Les dijo a los Corintios que “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). Jesús dijo: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46). Pablo recordó a los Efesios: “ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor” (Efesios 5:8, NVI). El propósito de la salvación es “[abrir] sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios” (Hechos 26:18).

LA DEPRAVACIÓN DEL HOMBRE, RESULTADO DE LA CAÍDA.

La caída produjo en los seres humanos un estado de depravación. Pablo habló de aquellos “teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:2) y aquellos cuyas mentes se obscurecen espiritualmente como resultado de rechazar la verdad (Romanos 1:21). En este estado, el hombre es totalmente incapaz de hacer o elegir lo que es aceptable a Dios, aparte de la gracia divina. “La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo” (Romanos 8:7, NVI).

El tercero de Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610[1] afirma: “El hombre no posee fe salvadora por sí mismo, ni a partir del poder de su libre albedrío, visto que, en su estado de apostasía y de pecado, no puede, de sí y por sí mismo, pensar, querer o hacer, algo de bueno (que sea verdaderamente bueno tal como es, primeramente, la fe salvadora); pero, es necesario que Dios, en Cristo, por su Espíritu Santo, lo regenere y lo renueve en el intelecto, en las emociones o en la voluntad, y en todos sus poderes, con el fin de que él pueda correctamente entender, meditar, querer y proseguir en lo que es verdaderamente bueno, como está escrito en Juan 15.5 “porque separados de mí nada podéis hacer.” (RVR1960).”[2]

Sin la regeneración sobrenatural por el Espíritu Santo, todos los hombres permanecerían en su estado caído. Pero en Su gracia, misericordia y bondad, Dios envió a Su Hijo a morir en la Cruz y tomar el castigo por nuestro pecado, reconciliándonos con Dios, haciendo posible la vida eterna con Él. Lo que se perdió en la caída se reclama en la Cruz.

EL HOMBRE CAÍDO, INCAPAZ DE VENIR A CRISTO POR SU PROPIA CUENTA.

Debido a que los seres humanos somos seres caídos y pecaminosos, no podemos pensar, ni haremos nada bueno (en lo que a Dios se refiere) por nosotros mismos, esta inhabilitad causada por el pecado hace imposible que el hombre, por sí mismo, pueda siquiera creer en el evangelio de Cristo y venir a Él. Por lo tanto, Dios, deseando la salvación de todos y habiendo provisto la expiación para todas las personas, tomó, de forma unilateral, la iniciativa en el propósito de llevar a todas las personas a la salvación al llamar a todas las personas, de todo el mundo, a arrepentirse y creer en el Evangelio (Hechos 17:30; Mateo 28:18-20), y al permitir que aquellos que escuchen el evangelio respondan positivamente en fe.

El hombre no posee mérito alguno al venir a Cristo, pues no fue su sola voluntad la que lo trajo. Sin la ayuda de la gracia, el hombre ni siquiera puede optar por agradar a Dios o creer en la promesa de salvación del evangelio. Como dijo Jesús en Juan 6:44, “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (NVI). Jesús también prometió: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por lo tanto, es la obra de un Dios trino en el hombre la que atrae a todas las personas a Jesús, lo que les permite venir a Jesús con fe.

DIOS HACE RESPONSABLE AL HOMBRE POR RECHAZARLO

Aunque la humanidad pecadora está ciega a la verdad del evangelio (2 Corintios 4:4), Jesús vino al mundo perdido como la luz verdadera, que ilumina a todos (Juan 1:9; 12:36), la luz sobre la cual Juan el Bautista vino a dar testimonio, para que todos puedan creer a través de él (Juan 1: 7). ¡Un momento! ¿Creer? ¿Acaso no está el hombre inhabilitado para hacerlo por su propia cuenta? ¡Sí! Así es. Pero esto no cambia el hecho de que Dios manda a todos los hombres que se arrepientan y crean en el Hijo. Nótese que Jesús instó a los incrédulos: “Ustedes van a tener la luz solo un poco más de tiempo —les dijo Jesús—. Caminen mientras tengan la luz, antes de que los envuelvan las tinieblas. El que camina en las tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan la luz, crean en ella, para que sean hijos de la luz.” (Juan 12:35-36, NVI). Jesús mandó a los incrédulos arrepentirse y venir a Él. Sin embargo, esto no sería más que una broma cruel si no pudieran hacerlo. Si Dios le manda al hombre arrepentirse, le dará también la habilidad para hacerlo. No lo dejará solo en esta importante tarea. Dios, en su infinita misericordia, “ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2 Corintios 4:6, NVI). Él hizo posible, por el poder del Espíritu Santo, que aquellos que escucharon el mensaje, fuesen liberados por la gracia, para poder creer y ser salvos.

Pablo afirmó: “«La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón». Esta es la palabra de fe que predicamos: que, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo. Así dice la Escritura: «Todo el que confíe en él no será jamás defraudado». No hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo Señor es Señor de todos y bendice abundantemente a cuantos lo invocan, porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo»” (Romanos 10:8-13, NVI).

Nótese que Pablo está aplicando Deuteronomio 30:12, que indica la capacidad de obedecer la palabra de Dios, el mensaje del evangelio, lo que indica que a los que escuchan el evangelio se les da la capacidad de creerlo. De lo contrario, Dios será injusto por exigir algo que el hombre no puede cumplir.

De acuerdo con Pablo, “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:17, NVI), aunque no necesariamente causa fe en todos los casos, ya que “no todos… aceptaron las buenas nuevas” (Romanos 10:16, NVI), y esto a pesar de haberlas escuchado (Romanos 10:18). ¿Cómo es esto posible? En su infinita bondad, Dios ofrece su gracia salvadora a los pecadores, pero les permite elegir si la aceptarán o la rechazarán. Por lo tanto, en el caso de Israel y de toda la humanidad caída, el Dios que ama a todos y trabaja para la salvación de todos, también es el dios que dice: “«Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y rebelde»” (Romanos 10:21, NVI). Y es que la gracia de Dios nos libera para creer, pero nunca nos obligará a hacerlo de forma irresistible. El que quiera permanecer bajo condenación podrá hacerlo de su libre elección. Ninguna culpa podrá ser imputada a Dios por ello, pero el tal hombre será hecho responsable por rechazar una dádiva de tal magnitud.

GRACIA PREVENIENTE, GRACIA PARA TODOS.

La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI). En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preveniente de Dios. El término “preveniente” simplemente significa “precedente”. Por lo tanto, “gracia preveniente” se refiere a la gracia de Dios que precede a la salvación, incluida la parte de la salvación conocida como regeneración, que es el comienzo de la vida espiritual eterna otorgada a todos los que confían en Cristo (Juan 1:12-13).

En ocasiones, la gracia preventiva también se denomina gracia habilitadora o gracia previa a la regeneración. Este es el favor no merecido de Dios hacia las personas totalmente depravadas, que no merecen la bendición de Dios y no pueden buscar a Dios o confiar en él en y por sí mismos. En consecuencia, Hechos 18:27 indica que creemos a través de la gracia, colocando la gracia con precaución (es decir, lógicamente antes) de la fe como el medio por el cual creemos. Es la gracia que, entre otras cosas, libera nuestras voluntades para creer en Cristo y su evangelio. Como dice Tito 2:11: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación“.

LA GRACIA NO ES IRRESISTIBLE.

El Cuarto Artículo de la Remonstrancia, el cual nos habla acerca de la Gracia, establece “Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo, en Hechos 7 y en otros muchos lugares.”[3]

Los arminianos hablamos de la voluntad del hombre siendo libre por la gracia para enfatizar que las personas no tienen un libre albedrío natural para creer en Jesús, sino que Dios debe actuar gentilmente para liberar nuestras voluntades si vamos a poder creer en su Hijo a quien envió por nuestra salvación. Cuando nuestras voluntades son liberadas, podemos aceptar la gracia salvadora de Dios con fe o rechazarla para nuestra propia ruina. En otras palabras, la gracia salvadora de Dios es resistible, es decir, que Dios (en su soberanía e infinita sabiduría) dispensa su gracia de llamamiento, atracción y convicción (que nos llevaría a la salvación si respondiéramos con fe) de tal manera que podamos rechazarla. Nos hacemos libres para creer en Jesús y libres para rechazarlo. La resistencia de la gracia salvadora de Dios se muestra claramente en las Escrituras, como lo atestiguan algunos de los pasajes ya mencionados.

En efecto, la Biblia está tristemente llena de ejemplos de personas que rechazan la gracia de Dios que se les ofrece. En Isaías 5:1-7, Dios realmente indica que no pudo haber hecho nada más para que Israel produjera buenos frutos. Pero si la gracia irresistible es algo que Dios dispensa, entonces él podría fácilmente haber provisto eso e infaliblemente, llevando a Israel a dar buenos frutos. Muchos pasajes en el Antiguo Testamento hablan de cómo Dios extendió su gracia a Israel una y otra vez, pero se resistieron y rechazaron su oferta de salvación (2 Reyes 17:7-23; Jeremías 25:3-11; 26:1-9; 35:1-19). En 2 Crónicas 36:15-16 se nos menciona que la perseverancia de Dios para llegar a su pueblo, que fue rechazada, fue motivada por la compasión por ellos. Pero esto solo podría ser posible si la gracia que les extendió les permitiera arrepentirse y evitar su juicio, pero era fuese, a la vez, resistible, ya que efectivamente la resistieron y sufrieron el juicio de Dios.

Nehemías 9 presenta un ejemplo sorprendente del testimonio del Antiguo Testamento de que Dios continuamente se acercó a Israel con su gracia, la cual se encontró con resistencia y rechazo. Nehemías 9: 20 dice: “Con tu buen Espíritu les diste entendimiento”, y le sigue un extenso catálogo de acciones divinas de gracia hacia Israel en los versículos del 20 al 25. Entonces Nehemías 9:26-31 dice: “Pero fueron desobedientes: se rebelaron contra ti, rechazaron tu ley, mataron a tus profetas que los convocaban a volverse a ti; ¡te ofendieron mucho! Por eso los entregaste a sus enemigos, y estos los oprimieron. En tiempo de angustia clamaron a ti, y desde el cielo los escuchaste; por tu inmensa compasión les enviaste salvadores para que los liberaran de sus enemigos. Pero, en cuanto eran liberados, volvían a hacer lo que te ofende; tú los entregabas a sus enemigos, y ellos los dominaban. De nuevo clamaban a ti, y desde el cielo los escuchabas. ¡Por tu inmensa compasión muchas veces los libraste! Les advertiste que volvieran a tu ley, pero ellos actuaron con soberbia y no obedecieron tus mandamientos. Pecaron contra tus normas, que dan vida a quien las obedece. En su rebeldía, te rechazaron; fueron tercos y no quisieron escuchar. Por años les tuviste paciencia; con tu Espíritu los amonestaste por medio de tus profetas, pero ellos no quisieron escuchar. Por eso los dejaste caer en manos de los pueblos de esa tierra. Sin embargo, es tal tu compasión que no los destruiste ni abandonaste, porque eres Dios clemente y compasivo.” (NVI).

El texto afirma que Dios dio su Espíritu para instruir a Israel (9: 20) y que Dios envió a sus profetas y advirtió a Israel con el propósito de hacerlos volver a él, pero se rebelaron. Esto muestra que Dios, soberanamente, permite que su propósito no se cumpla debido a que concede a los seres humanos elegir, voluntariamente, rendirse o no a su gracia.

Esteban también proporcionó un buen ejemplo de la resistibilidad de la gracia cuando dijo a sus compañeros judíos: “¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo! ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus antepasados? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo, y ahora a este lo han traicionado y asesinado ustedes, que recibieron la ley promulgada por medio de ángeles y no la han obedecido»” (Hechos 7:51-53, NVI). Lucas 7:30 nos dice que “los fariseos y los expertos en la ley no se hicieron bautizar por Juan, rechazando así el propósito de Dios respecto a ellos.”. Y Jesús, quien habló a la gente con el propósito de salvarlos (Juan 5:34), encontró que se negaron a venir a Él y tener vida eterna (Juan 5:40). Jesús se lamentó diciendo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste!” (Lucas 13:34; véase también Ezequiel 24:13; Mateo 23:37; Romanos 2: 4-5; Zacarías 7: 11-14; Hebreos 10:29; 12:15; Judas 4; 2 Corintios 6:1-2; Salmos 78: 40-42).

CONCLUSIÓN.

Es difícil entender cómo funciona la gracia preveniente de Dios, probablemente porque las Escrituras en sí no dan una descripción detallada. Algunos arminianos creen que Dios continuamente capacita a todas las personas para creer en todo momento como un beneficio de la expiación. Otros creen que Dios solo otorga la capacidad de creer en Cristo a personas en determinados momentos, de acuerdo con su buena voluntad y sabiduría. Sin embargo, todos los arminianos estamos de acuerdo en que las personas son incapaces de creer en Jesús aparte de la intervención de la gracia de Dios. Es por su gracia que somos salvos. Es Dios quien libremente otorga su gracia a la humanidad, y es esa gracia la que atrae hacia la salvación a todas las personas moralmente responsables.

Finalmente, el concepto arminiano de “liberados por gracia para creer” también implica que es Dios, y no nosotros, quien tiene libre albedrío máximo y absoluto. Porque es Dios quien libera sobrenaturalmente la voluntad de los pecadores por su gracia, a fin de que estos puedan creer en Cristo. Esto es un asunto de la propia voluntad y soberanía de Dios. Dios es omnipotente y soberano, tiene el poder y la autoridad para hacer lo que quiera y es libre en sus acciones y voluntad (Génesis 18:14; Éxodo 3:14; Job 41:11; Salmos 50: 10-12; Isaías 40: 13-14; Jeremías 32:17, 27; Mateo 19:26; Lucas 1:37; Hechos 17: 24-25; Romanos 11: 34-36; Efesios 3:20; 2 Corintios 6:18; Apocalipsis 1:8; 4:11). Nada puede pasar a menos que él lo haga o lo permita. Él es el Creador Todopoderoso y Dios del universo a quien debemos todo amor, adoración, gloria, honor, gratitud, alabanza y obediencia. Por lo tanto, es bueno para nosotros recordar que detrás de la voluntad liberada humana se encuentra el que libera la voluntad, y que esto es un asunto de su gracia gloriosa, libre y soberana, totalmente inmerecida por nuestra parte, y que nos ha sido proporcionada por el amor y la misericordia de Dios ¡Toda gloria sea su santo nombre!

BIBLIOGRAFÍA:

[1] Los cinco artículos de Remosntrancia o Protesta del 1610 fueron proposiciones teológicas promovidas por los seguidores de Jacobo Arminio el cual falleció en 1609 en desacuerdo con la doctrina prevalente en Holanda de la doble predestinación supralapsariana―la creencia que Dios había decidido, incluso antes de la creación o la caída de Adán, que seres humanos en particular serían creados para salvación, mientras otros serían creados para condenación. El grupo de cuarenta y seis predicadores y dos catedráticos de la Universidad Estatal de Leyden para la educación de los predicadores eligieron llamarse los “Remonstrantes” (Véase: Kamen, Henry. Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna. Alianza Editorial. Madrid 1987. ISBN 978-84-206-0247-9. pp 135-13)

[2] Creeds of Christendom, Volume III. The Creeds of the Evangelical Protestant Churches.

[3] Íbid.

Arminianismo Clásico, GRACIA DIVINA

Por su Gracia, para su Gloria…

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, la palabra evangelio deriva del latín Evangelium y éste del griego “Euaggélion”, y significa literalmente “buen anuncio”, “buena noticia”.[1] Era utilizada cuando un mensajero traía una buena noticia de otros lugares. La Biblia la utiliza haciendo resaltar este significado, y la buena noticia se refiere a la obra del Señor Jesucristo en la cruz del Calvario y se resume en las siguientes palabras dichas por Jesucristo y escritas por el apóstol Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16, NVI)

Dios ama a todos en todo el mundo y ha otorgado a su Hijo como una expiación para todos nosotros, aunque los beneficios de la expiación solo corresponden y se aplican a aquellos que creen. Pero la humanidad es una raza caída y espiritualmente muerta; totalmente depravada e incapaz de entender, reconocer o hacer cualquier movimiento para aceptar los beneficios de la expiación. Entonces, ya que somos incapaces de dar el primer paso hacia Dios, él toma la iniciativa y nos permite responder a su oferta de salvación. Y la clave para esto es la gracia. Pero ¿Qué es la gracia?

¿QUÉ ES LA GRACIA?

La gracia se define como “el favor mostrado por Dios a los pecadores. Es la buena voluntad divina ofrecida a aquellos que ni merecen ni pueden esperar ganarla. Es la disposición divina para trabajar en nuestros corazones, voluntades y acciones, a fin de comunicar activamente el amor de Dios por la humanidad”.[2] La gracia no es una entidad u objeto. Es una característica definitoria de la relación de Dios con nosotros. Es solo por la gracia de Dios, su disposición favorable hacia nosotros, que podemos someternos a Dios y vivir para él. Es a través de su gracia, o favor especial, que Dios impacta nuestras vidas de diferentes maneras. La gracia de Dios nos capacita para creer. Nos permite ser salvos. Nos permite vivir vidas santas y piadosas. Nos permite servir dentro de su iglesia. La gracia de Dios nos permite ser lo que nunca podríamos ser por nuestra cuenta.

TODO COMIENZA EN DIOS.

Pocos, como Pablo, entendieron y explicaron tan claramente el maravilloso regalo de la gracia. En Romanos 10:20, Pablo cita a Isaías donde Dios dice: “«Dejé que me hallaran los que no me buscaban; me di a conocer a los que no preguntaban por mí»”. (Romanos 10:20, NVI). Claramente, no es debido a los esfuerzos del hombre que podemos encontrar a Dios. Podríamos buscar, pero por nuestra cuenta no encontraríamos a Dios jamás. Es encontrado por aquellos que no lo buscan y se revela a aquellos que no preguntan por Él. Dios inicia el contacto. Aparte de su iniciativa salvadora, estamos indefensos. Esto es gracia preveniente.

En Juan 6:44, Jesús dice: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió.” (Juan 6:44, NVI). Y él expresa el mismo pensamiento poco después en Juan 6:65 cuando dice: “Por esto les dije que nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya concedido el Padre.” (Juan 6:65, NVI). El acercamiento de las personas a Cristo es el resultado de la gracia de Dios hacia nosotros y es lo que los arminianos entendemos como gracia previniente o habilitante. Sin dicha habilitación o capacidad, concedida por Dios al hombre, somos incapaces de venir a Cristo. Esto contrasta con el semipelagianismo que enseña que doy el paso inicial hacia Dios, y luego Dios se hace cargo y hace todo lo demás. El ser humano es incapaz de dar el paso inicial. Solo después de que Dios me lo haya permitido, por su gracia, puedo responder positivamente a su invitación.

GRACIA DISPONIBLE PARA TODOS.

En Juan 12:32, Jesús dice: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por medio de su muerte vicaria Jesús atraería a todas las personas hacia sí mismo. Jesús no solo dio su vida por un grupo de personas arbitrariamente elegidas o predestinadas, sino por todos los hombres. Él deseaba atraer a sí mismo a todos en el mundo. En Juan 16: 8-11, Jesús dice del Espíritu Santo que “cuando él venga, convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio; en cuanto al pecado, porque no creen en mí; en cuanto a la justicia, porque voy al Padre y ustedes ya no podrán verme; y en cuanto al juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.”. (Juan 16:8-11, NVI). El Espíritu Santo nos lleva a la convicción del pecado, a nuestra falta de rectitud, y al conocimiento del juicio que vendrá a causa de nuestro pecado. Eso es algo que en nuestro estado depravado natural no podríamos experimentar. La convicción de pecado y el juicio venidero no se hace solo para atormentarnos. El Espíritu Santo, al mismo tiempo que trae convicción, también nos permite responder. Nos hace libres para creer.

Cada miembro de la Trinidad está involucrado en habilitarnos o capacitarnos para responder a la gracia. Dios ama a todo el mundo al punto que envió a su Hijo a salvarnos (Juan 3:16) y tampoco desea que nadie perezca (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Puesto que Dios sabe que somos incapaces por nosotros mismos, él hace, a través de su Santo Espíritu, lo que es necesario para permitirnos ser salvos.

LIBRES PARA ACEPTAR O RECHAZAR LA DÁDIVA.

Mas, sin embargo, la obra de la gracia en nosotros puede ser, y a menudo es, resistida. podemos elegir no someternos a Dios y continuar en nuestro estado pecaminoso y caído. Podemos resistir a Dios, no porque seamos más fuertes que él, sino porque él, en su soberanía, nos lo permite. La invitación a participar de su gracia puede ser rechazada, pues Dios no obligará a nadie a salvarse en contra de su voluntad. Dios mismo predeterminó que así fuera. Dios quiere que todos sean salvos, y aunque conoce de antemano a los que creerán, su gracia es dada a todos para permitirles la posibilidad de creer. De esta manera, el hombre es inexcusable si elige rechazar el regalo de la gracia divina.

En Hechos 7:51 cuando Esteban se enfrenta a los líderes religiosos judíos. Él les dice “¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo!”. (Hechos 7:51, NVI). Claramente, el pueblo judío pudo resistir las intenciones del Espíritu Santo para ellos. A lo largo de la historia de Israel, vemos que Dios llama a la gente, y la gente casi siempre se resiste a él.

En Mateo 22: 1-14, Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas. En esta parábola hay un número de personas invitadas al banquete; de hecho, todos fueron invitados en última instancia. Pero no todos pudieron disfrutar del banquete; muchos se resistieron a la convocatoria y se negaron a venir, o vinieron de manera inapropiada. Al final de la parábola, Jesús dice que “Porque muchos son los invitados, pero pocos los escogidos”. Esta parábola parece claramente enseñar que hay más invitados al reino de los que realmente participan de él en última instancia. La invitación de Dios a la salvación es resistible.

Algunos argumentarán que, si la gracia de Dios es resistible, esta es degradada o disminuida, o que simplemente no es tan poderosa. Eso sería cierto si Dios intentara imponernos su voluntad. Pero si Dios quiere permitirnos hacer una elección, entonces su gracia debe ser resistible. No porque sea débil, sino porque Dios, en su voluntad soberana e infinita sabiduría, ha elegido hacerlo así. De hecho, según el punto de vista arminiano, la gracia de Dios se magnifica porque se extiende a todas las personas en lugar de limitarse a solo unas pocas.

LA PREDICACIÓN DE LA PALABRA, LA FE Y LA GRACIA.

La gracia preveniente, esa gracia que nos libera para creer, se otorga a los oyentes cuando se proclama el evangelio: “Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado?” (Romanos 10:14). Romanos 10:17 dice que “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:14, NVI). Sin escuchar el mensaje no puede haber fe. Y sin fe, es imposible que la gracia sea aplicada al ser humano.

La Escritura es clara en que la fe es un elemento esencial, como se expresa repetidamente en Romanos 3:21-31 “Pero ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen. De hecho, no hay distinción, pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó. Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia. Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál principio? ¿Por el de la observancia de la ley? No, sino por el de la fe. Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige. ¿Es acaso Dios solo Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también es Dios de los gentiles, pues no hay más que un solo Dios. Él justificará por la fe a los que están circuncidados y, mediante esa misma fe, a los que no lo están. ¿Quiere decir que anulamos la ley con la fe? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley.” (Romanos 3:21-31, NVI).

Es difícil leer este pasaje y no ver el énfasis que Pablo pone en la fe. Ahora bien, ejercer fe no implica obra meritoria alguna de nuestra parte. Romanos 4: 5 afirma que “al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia” (Romanos 4:5, NVI). Por lo tanto, la fe no es un “trabajo” de mi parte; más bien es una rendición.

LA SALVACIÓN ES DEL SEÑOR.

El mérito de nuestra salvación, de principio a fin, reside en Dios, no en el ser humano. Dios permite la fe en mí. Su gracia preventiva libera mi voluntad para poder aceptar la salvación de Dios o rechazarla. Soy capaz de ejercer la verdadera fe debido a la gracia de Dios trabajando dentro de mí.

Esto no roba gloria y mérito alguno a Dios, sino todo lo contrario, pues si un hombre rico concede a un pobre y hambriento mendigo una limosna mediante la cual puede mantenerse a sí mismo y a su familia. ¿Deja de ser un regalo puro, porque el mendigo extiende su mano para recibirlo? El hombre rico da limosna a un mendigo y el mendigo los acepta. El regalo es únicamente el trabajo del hombre rico. De la misma manera, el don de la salvación (incluida la voluntad liberada que permite la fe) es totalmente obra de Dios, y toda la gloria le pertenece solo a él. Y, así como el mendigo pudo haber rechazado el regalo del hombre rico, así nuestra gracia liberada nos permite rechazar el regalo de Dios. La fe es un don de Dios, pero es una fe libre y nadie está obligado a creer. Mas para aquel que cree, el mensaje del Evangelio resuena en su alma como las buenas nuevas de salvación que proclama ser.

ESTAS SON BUENAS NOTICIAS.

Si la salvación dependiera de nosotros, si nuestras obras tuvieran que ganarla, no solo sería difícil sino imposible obtenerla. Si nuestra salvación dependiera de nuestras obras y mérito propio el Evangelio no sería una buena noticia en ninguna manera. Afortunadamente, somos justificados por la fe sola. Salvos por gracia sin mérito alguno de nuestra parte ¡Estas son buenas noticias! De principio a fin Dios es el autor de nuestra salvación. La gracia trabaja delante de nosotros para atraernos hacia la fe, para comenzar su trabajo en nosotros. Incluso la primera frágil intuición de la convicción de pecado, la primera insinuación de nuestra necesidad de Dios, aún eso es producto de la gracia, que nos empuja gradualmente hacia el deseo de agradar a Dios.[3] La gracia opera en nuestro interior, llevándonos a la fe, produciendo en nosotros el deseo de buscar a Dios y, al haberle hallado (o más bien siendo hallados por él), dándonos la capacidad para perseverar hasta el fin “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). Es su gracia la que nos conduce a él, llevándonos a tiempo para desesperarnos por nuestra propia injusticia, desafiando nuestras disposiciones perversas, para que nuestras voluntades distorsionadas dejen de resistir gradualmente la gracia de Dios. Tu salvación, en ninguna de sus partes, jamás ha dependido, depende o dependerá de ti mismo:

“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (Judas 1:24-25, RVR1960)

Todo fue consumado por Cristo sin ayuda de nuestra parte ¿Puedes imaginar noticia más grandiosa que esta?

REFERENCIAS:

[1] Véase: Diccionario de la Lengua Española, RAE. Versión electrónica disponible en: https://dle.rae.es/?id=H8e86e9, consultado el 08-03-2019.

[2] Oden, Thomas C., The Transforming Power of Grace, Abingdon Press, 1993; pg. 33.

[3] Thomas C. Oden, John Wesley’s Scriptural Christianity (Grand Rapids, Zondervan, 1994), pág. 246