Egalitarianismo, Ministerio Femenino

Mujeres en el ministerio: Llamadas, escogidas y empoderadas por Dios

Por Fernando E. Alvarado.

Mientras muchos niegan la igualdad bíblica entre el hombre y la mujer y se oponen a que ejerzan el ministerio, nuestras valientes hermanas no han perdido el tiempo en debates. Ellas se han enfocado en ejercer el llamamiento y los dones que Dios les ha dado y de esa forma aportar mucho más en nuestras iglesias y en la extensión del Reino. Es tiempo de dejar de lado la polémica de si la mujer debe o no debe ejercer autoridad sobre el varón en la iglesia. Muchas mujeres tienen los dones y el llamamiento para liderar. ¿Por qué cortarles las alas?

Romanos 11:29 nos dice que “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. La oposición de algunos jamás podrá destruir el llamado de nuestras fieles hermanas, pues su llamado proviene de Dios, no del hombre que las crítica por ejercerlo. El pueblo de Dios puede y debe trabajar conjuntamente, hombres y mujeres, en el cumplimiento de la Gran comisión dada en Mateo 28:19-20:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tanto los hombres como las mujeres, debemos comprometernos con un modelo de ministerio que refleje el espíritu de servicio mostrado por nuestro Señor Jesucristo, y no la lucha mundana por el poder y el estatus social. Debemos evitar el dominio del hombre sobre la mujer y que ésta se sienta oprimida o postergada, o viceversa, o los deseos de la mujer de demostrar que vale tanto o más que los hombres. Ambas intenciones pervierten el liderazgo, lo ejerza quien lo ejerza, porque no se aplica el corazón de Cristo. Luchemos en unidad, hombres y mujeres, por el cumplimiento de la misión dada a la iglesia de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Marcos 16:15), no olvidando que dicho mandato no discrimina a nadie, pues toda barrera étnica, socioeconómica e incluso de género, ha sido derribada por Cristo en la cruz. Ahora en Cristo:

“Ya no importa si eres judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer. Todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28, NBV).

La “batalla de los sexos” no tiene cabida en la Iglesia del Señor, pues la cruz significa más que perdón, es también reconciliación. Una reconciliación del hombre con Dios y del hombre con sus semejantes, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (1 Corintios 5:19). El hombre y la mujer fueron creados para reflejar juntos la imagen de Dios:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Juntos, por Su gracia y para Su gloria, trabajarán en unidad, ejerciendo cada uno los dones y ministerios que en su soberana voluntad Dios les conceda: pastores y pastoras, misioneros y misioneras, maestros y maestras de la Palabra. Juntos hombre y mujer, liderando y ejerciendo sus dones como iguales para el beneficio del cuerpo de Cristo.

Ministerio Femenino

¿Es bíblico el pastorado femenino?

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¿Es correcto que las mujeres sean pastoras, maestras, evangelistas o misioneras? ¿Deberían las iglesias evangélicas romper toda barrera ministerial con base en el género? Definitivamente sí. Nuestra sociedad enfrenta muchos problemas, muchos de ellos están relacionados con roles sexuales y distinciones. Estos problemas también son problemas en la iglesia. Los extremos en nuestra sociedad crean temor sobre la deterioración de las estructuras familiares u otros cambios que puedan ocurrir. El estímulo de las mujeres en el ministerio no viene de estos extremos y no debería contribuir a estos temores. Tener a mujeres en el ministerio no solamente liberará las energías de la Iglesia para la proclamación del evangelio, sino también tener a mujeres en papeles del ministerio ayudará a la iglesia tratar de una manera más honesta y completa que antes el significado de ser un hombre y el significado ser una mujer.

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El ministerio de la iglesia es una tarea enorme y muchas veces difícil. Los dones y las habilidades de las mujeres se necesitan tanto como las de los hombres. Las mujeres se toparán con los mismos problemas que los hombres, pero la Iglesia no puede darse el lujo de levantar obstáculos adicionales que inhibirían su ministerio. Es tiempo de dejar que el Espíritu de Dios trabaje por medio de todo el pueblo de Dios, incluyendo a las mujeres. Disfrutar la libertad del Espíritu no solamente significará que las mujeres pueden ministrar, pero que el pueblo de Dios también permitirá que se les ministre por parte de todos aquellos que son llamados por Dios y son dotados por Dios.

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I.- MUJERES PASTORAS EN LA BIBLIA:

La Biblia y el Señor mismo autorizan el ministerio pastoral de la mujer. El Nuevo Testamento no nos dice específicamente qué pastores existieron, pero si sabemos que existieron hombres y mujeres que proporcionaron la dirección espiritual para las iglesias que se formaban en sus hogares:

 

MARÍA: En la iglesia primitiva, casi todas las reuniones cristianas fueron celebradas en hogares privados. Entre estas casas-iglesia una de las posibles líderes pastorales eran María, la madre de Juan Marcos, el que acompañaría a Pablo y Bernabé en sus viajes apostólicos. Estaba en su casa la Iglesia a la cual Pedro iría luego de la visitación angelical señalado en Hechos 12:12.

CLOÉ: Otra líder de una casa-iglesia era Cloé según 1 Corintios 1:11. Pablo se había enterado “por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas”, en relación a la iglesia de Corinto. Creyentes que estaban vinculados con ella en razón de la iglesia en su casa. Pudieron haber sido parientes o criados de la casa, o pudieron haber sido cristianos que viven en el área y que se juntaban en su hogar para la adoración. Estos creyentes vivían bajo la dirección espiritual, el cuidado y protección de Cloé. Pero la influencia de Cloé se extendió más allá de su propia casa. Evidentemente, ella había enviado una delegación de su iglesia a la casa de Pablo, que la conocía o sabía de ella, para informarle la necesidad de corrección para la iglesia de Corinto. Ella era una líder y una fuente confiable de información para el apóstol Pablo.

LIDIA: Hechos 16:14–15, 40 nos habla sobre Lidia, la primera europea convertida al evangelio por medio de Pablo, que ofreció la hospitalidad a Pablo en su hogar. La Biblia cuenta su experiencia de conversión y la de su familia, su casa entera fue bautizada, con ello su hogar se convirtió en el lugar de la primera reunión para los cristianos europeos. Lidia era una mujer de negocios, vendedora de púrpura. El hecho de que la Escritura no mencione a ningún marido o padre indica la prominencia de esta mujer. Las mujeres griegas y romanas del primero siglo estaban casi siempre bajo tutela legal de un marido o de un padre, Lidia pudo haber sido una viuda o solamente una hija rica que heredó el estado de sus padres. Así, ella se transformó en la cabeza de su propia casa. Ella manejó el negocio familiar o desarrolló el negocio que eran o de su padre o de su marido, sea heredado del padre o por su viudez. El libro de Hechos dice que la casa entera de Lidia fue bautizada por su conversión a Cristo. Esto sigue el costumbre de familias romanas antiguas. Siendo paganos creían que los dioses protegían el hogar y los negocios de la familia. Así, era el deber de los miembros de estos hogares que, determinado por la cabeza de la casa, la fe fuera adoptada por los parientes y esclavos. Las casas romanas eran a menudo grandes puestos de trabajo en donde se desarrollaban todas las actividades económicas de la familia. Los que trabajaron para Lidia en su negocio y que se convirtieron, posiblemente otros que se vinculaban al comercio, integraban el gremio de los fabricantes de tintura o teñido. En virtud de su posición como cabeza de familia, Lidia tenía la oportunidad y la responsabilidad de conducir a todos sus miembros a Cristo y entonces de establecerlos y de conducirlos en la fe. Esto la puso en una posición similar al pastor de hoy en día. Para satisfacer parte de esta responsabilidad, Pablo es invitado por Lidia a venir y predicar en su hogar. Éste hogar pudo haber sido la primera iglesia plantada en suelo europeo, y su pastor era una mujer.

NINFAS: Otra mujer del Nuevo Testamento que dirigió una iglesia en casa era Ninfas (Colosenses 4:15). Pablo envió saludos ella y a la iglesia en su casa. Algunos eruditos modernos intentan justificar este saludo en que ella no era el Pastor de esa iglesia sino que solamente la anfitriona. Si fuera así, me pregunto: ¿Quién sería el pastor de iglesia en su casa, y porqué Pablo fue tan descortés de no saludar al pastor como lo hizo con la anfitriona?

PRISCILA: Otra pastora de una iglesia en casa fue Prisca, o Priscila, como Pablo la llama a menudo cariñosamente. Romanos 16:3–5 expresa su gratitud a ella y a su marido, Aquila. Ambos desarrollaron el ministerio pastoral en equipo y trabajaron con Pablo en sembrar el evangelio en Roma, Corinto y Éfeso. En su carta a los de Roma, Pablo envía saludos a la iglesia que pastorean juntos. A menudo los eruditos griegos han precisado que la práctica de Pablo de mencionar el nombre de Priscila antes que de su marido acentúa que ella era el líder más prominente. Puesto que se acostumbraba antiguamente a señalar el el nombre del marido antes que el de la esposa, Priscila debe haber sido una ministra excepcional para que Pablo tenga la costumbre de mencionar el orden invertido, honrándola de esta manera.

ELECTA: El Libro de 2 Juan es una carta dirigida a una iglesia y a su pastor, una mujer con quien el apóstol Juan tenía evidentemente lazos de afecto. Juan inicia la carta: “El anciano a la señora elegida y a sus hijos a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad”. La expresión “hijos” era un término que frecuentemente Juan utilizaba para los creyentes. (1 Juan 2:1, 12, 18, 28). La “verdad” era un término de uso frecuente que empleaba Juan para referirse a la revelación de Jesús (véase, por ejemplo, Juan 1:14, 17; 8:32; 16:13; 1 Juan 1:6 – 8; 2:4, 21; 3:19; 2 Juan 4; 3 Juan 3-4.). La palabra “elegida” dice relación con los elegidos para salvación pero puede también ser utilizado para referirse al liderazgo. Muchos eruditos, reconociendo que es una carta dirigida a una iglesia, señalan que ”a la señora elegida” es una mera metáfora para referirse a la iglesia. Así visto se estaría entonces infringiendo la práctica griega universal de nombrar a los destinatarios de una carta al principio. Sin un destinatario o una localización, no se puede explicar a quién o cómo la carta fue entregada, incluso haría perder el sentido llano del texto. Además, su lógica es contraria porque si la expresion: “señora” y los “Hijos” están destinadas para referirse a la iglesia entonces Juan cometió una redundancia: “a la iglesia y a la iglesia”. Si es así ¿A cuál iglesia él escribe? Nadie escribe una carta a un símbolo, sí a una persona o a un grupo real. En el segundo siglo, Clemente de Alejandría identificó “a la señora elegida” como un individuo específico. Él señaló que 2 Juan “… Fue escrito a las vírgenes. Fue escrito a una mujer babilónica que tenía por nombre Electa.” (Clemente de Alexandría, fragmentos de Cassiodorus IV, 1-2 tr. por Guillermo Wilson, padres del segundo siglo, A. Cleveland Coxe, ed., Nueva York: El Christian Literature Publishing Company, 1885, vol. 2, P. 576.) Aunque él no desarrolla esto, se desprende de esta declaración que Clemente había oído hablar de esta mujer y sabía que ella era el líder espiritual de estas vírgenes. El misterio surge al preguntarse porqué es “una mujer babilónica” si Babilonia como nación había desaparecido. Quizás ella era descendiente de Babilonios o era de la Roma pagana, que los cristianos a menudo y despectivamente llamaron “Babilonia.” Electa pudo haber sido el líder de una especie de comunidad de vírgenes cristianas. Clemente puede haber asumido que sus seguidoras eran vírgenes debido al énfasis cada vez mayor al Ascetismo que había en su época,medio siglo después de que la carta fuera escrita. Durante los períodos primitivos y medievales de la historia de la iglesia, era muy común para que las mujeres devotas dediquen sus hogares para la adoración cristiana y motiven a otras personas diferentes de su familia a compartir y vivir la fe en Cristo. Generalmente, los convertidos que vinieron bajo cuidado pastoral de tales mujeres eran miembros de la casa o colegas de las mujeres. En el caso de Electa, si fuera correcto lo dicho por Clemente, eran las vírgenes cristianas dedicadas, así como lo eran los Eunucos de antaño, o los que vivían el celibato. Posteriormente el catolicismo romano desarrollaría esto con la fundación de órdenes religiosas, excluyéndolas del liderazgo regular. La epístola termina con otra mujer: “Los hijos de tu hermana, la elegida, te saludan. Amén”, y con ello se denota un rol pastoral en ella en atención a las expresiones “hijos” y la “elegida” como al principio se señaló. Por el historiador Eusebio tenemos datos para señalar el ministerio pastoral de al menos 2 mujeres más. El apóstol Felipe y dos de sus cuatro hijas que eran profetisas vivieron en Hierápolis en Asia. Una tercera hija vivió en Efeso, la ciudad donde Juan predicó. A diferencia de los otros apóstoles que fueron mártires en décadas anteriores, el apóstol Juan vivió posiblemente hasta casi los 100 años. Existieron lazos muy estrechos entre Juan, la iglesia en Éfeso, y Felipe y sus hijas. Es posible que después de la muerte de Felipe, Juan escribió su segunda epístola a una de las hijas que aún sobrevivía en Hierápolis (“señora elegida” o a la “señora Electa”) y estos saludos fueran transmitidos a la iglesia de Éfeso por medio de su otra hermana. De ser así, tenemos la evidencia de Juan que estas hijas de Felipe establecieron y condujeron comunidades cristianas. El historiador de la iglesia, Eusebio, del cuarto siglo, menciona una carta escrita por Polícrates, obispo de Éfeso, a Víctor, obispo de Roma entre el año 189-198. “… Porque en Asia, también, las lumbreras poderosas se han dormido, pero se levantarán otra vez como en el pasado, a la semejanza de nuestro Señor, cuando él venga con gloria del cielo, y recogerá otra vez a todos los santos. Felipe, uno de los doce apóstoles duerme en Hierápolis, envejeció junto a sus 2 hijas vírgenes. Una de sus hijas, quien vivió en el Espíritu Santo, descansa en Éfeso. Por otra parte, Juan, que descansó sobre el pecho de Nuestro Señor, pastor, mártir y maestro, también yace en Éfeso.” Absolutamente es posiblemente que “la señora elegida” y “tu hermana, la elegida” señalada en el v. 13 de 2 Juan sean estas “lumbreras poderosas” quienes “vivieron en el Espíritu Santo” conmemoradas por Polícrates y Eusebio. De modo que, Dios, la historia y la Biblia, autorizan y enseñan el ministerio pastoral de la mujer.

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II.- MUJERES EN OTROS MINISTERIOS:

La Biblia menciona también otros ministerios asignados a la mujer:

EL DIACONADO:

Romanos 16:1 se refiere a Febe con la misma palabra que Pablo utiliza en 1 Timoteo 3:12. En la iglesia primitiva, Los diáconos mujeres cuidaban de los creyentes enfermos, los pobres, los extranjeros, y los que estaban en prisión. Ellas enseñaban a las mujeres y a los niños (Tito 2:3-5). Pablo la estimaba lo suficiente como para confiarle la tremenda responsabilidad de llevar su epístola a la iglesia en Roma (Romanos 16:1-2). Evidentemente, él no la veía como inferior o menos capaz, sino como un valioso miembro de confianza del cuerpo de Cristo.

EL APOSTOLADO:

Romanos 16:7 menciona a Junia, Junias o Julia (una mujer) como apóstol. Se señala al testimonio de Juan Crisóstomo como evidencia crucial de que Junia era un Apóstol de la misma manera que los Doce, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras en el día de hoy. El testimonio es el siguiente: “¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!” (Hom. Rom. 31 en v. 7).

PROFETISAS: En el Nuevo Testamento se mencionan: 1) Ana (Lucas 2:36), quien estaba continuamente en el Templo. Después de ver al bebé Jesús “hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”. No se nos dice lo largas que eran sus profecías ni el lugar que ocupaba en el Templo, ni si ella profetizaba a personas individuales o a grupos. Las mujeres podían entrar en el atrio de las mujeres, pero no podían pasar más adentro del Templo, donde sólo entraban los varones israelitas purificados mediante ritos. 2) Las hijas de Felipe (Hechos 21:9), quienes profetizaron en los primeros días de la Iglesia. Aparecen sin nombre. No sabemos el número, ni lo que profetizaban, ni dónde, ni cuándo, ni a quién.

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III.- MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE ROMPIERON ESQUEMAS:

En el período veterotestamentario, el núcleo de la sociedad hebrea era la familia patriarcal, en la cual el padre era la autoridad máxima. La mujer debía sujetarse a la autoridad paterna hasta que contraía matrimonio, momento en que pasaba a ser propiedad del esposo. No obstante, a pesar de que en los tiempos bíblicos la sociedad hebrea era patriarcal, y por consiguiente la mujer tenía una posición subordinada al hombre, el Antiguo Testamento (prefigurando la futura libertad de la mujer en Cristo) incluye en sus páginas varios ejemplos de mujeres que desempeñaron cargos de liderazgo y autoridad, tanto política como religiosa, dentro de la sociedad hebrea del antiguo Testamento. Entre ellas podemos mencionar:

 

MARÍA: María, hermana mayor de Moisés, fue una mujer extraordinaria usada por Dios incluso desde su niñez para salvar la vida de su hermano menor y futuro profeta (Éxodo 2:3-7). Ella poseía un precioso don profético y musical que la convirtió en una valiosa líder de alabanzas y profetisa (Éxodo 15:20-21). Otras mujeres del Antiguo Testamento seguirían posteriormente el ejemplo de María, aportando sus talentos en el ministerio de la música y la adoración a Dios (1 Crónicas 25:5-6). María es también mencionada en conjunción con Moisés y Aarón como dirigente de la nación hebrea. Esto ilustra el papel de liderato autoritativo y de gran influencia que ella ejercía (Miqueas 6:4). En el Israel primitivo no existía la discriminación de género en relación con el ministerio, o el uso de los dones y el llamamiento profético.

DÉBORA: Débora, una mujer casada, ocupaba dos posiciones u oficios: Uno como Profetisa (mujer profeta), y otro como líder o juez (Jueces 4:4-5). Bajo el liderato de Débora, los hijos de Israel fueron librados de la opresión y ocupación de su tierra por parte de un ejército extranjero. Ciertamente, ella cumplió el propósito antiguo de Dios para el hombre y la mujer: Tener dominio en conjunto, ambos por igual (Génesis 1:27-28). Dicha autoridad no fue dada al hombre solamente, sino al hombre y la mujer como iguales en honor y autoridad a la vista de Dios. La diferenciación entre ambos (que relega a la mujer a una posición inferior en muchas sociedades) vino como resultado directo de la caída, no como parte del plan original diseñado por Dios para el varón y la mujer (Génesis 3:16). Esta diferenciación (o mejor dicho discriminación) ha sido eliminada en Cristo, quien restituyó a la mujer a su posición elevada del principio (Gálatas 3:26-29). ¿Por qué, entonces, cuando el precedente bíblico existe para que las mujeres cumplan un papel importante en el plan de Dios, los hombres en posiciones de liderazgo crean normas que impiden que las mujeres ministren?

LA MUJER SABIA DE ABEL BETMACÁ: Esta mujer claramente era una persona de influencia, líder de la ciudad blindada de Abel Betmacá en Israel. Como una líder civil en Israel, esta mujer, al igual que Débora, muy seguramente habrá tenido un grado de autoridad espiritual. Por medio de su uso sabio de autoridad y persuasión, ella rescató a su pueblo de ser destruido por Joab, el comandante del ejército del rey David (2 Samuel 20:15-22). Nótese que ni Joab ni David tenían problema alguno en oír el buen consejo brindado por mujeres. Es más, Joab sabía que David escuchaba sin discriminación a las mujeres, así que cuando no pudo persuadir a David acerca de una decisión, él le pidió a una mujer sabia de Tecoa para que le ayudase (2 Samuel 14:1-22).

HULDA: Durante el reino del Rey Josías, el libro de la ley fue descubierto en el Templo. Cuando los sacerdotes comenzaron a leerlo, entendieron que la nación se había apartado muy lejos de los caminos de Dios. Supieron que la nación estaba en peligro de ser destruida bajo el juicio divino. A fin de descubrir lo que deberían hacer, fueron a esta sobresaliente profetisa, quien les expuso los detalles específicos del juicio por venir que ya había sido determinado según el consejo divino (2 Reyes 22:14). Hulda inspiró al Rey Josías, al sumo Sacerdote y a los demás líderes de Israel, para que implementaran reformas morales y espirituales jamás registradas. Un profundo despertar religioso, o avivamiento, vino como resultado. Ningún ministerio profético registrado, produjo tal despertar y transformación en la nación de Israel en tan corto tiempo (2 Reyes 22 y 2 Crónicas 34).

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Además de los casos específicos citados anteriormente, el Antiguo Testamento también muestra ejemplos de esposas que ejercieron el liderazgo en el gobierno de su familia:

 

SARA: En el libro de Génesis, por ejemplo, vemos nada menos que a Dios ordenándole a Abraham que, en contra de lo que era su opinión, hiciera caso de lo que Sara le decía en cuanto a su hijo Ismael  (Génesis 21:9-12).

LA MADRE DE SANSÓN: Otro ejemplo lo tenemos en el caso de los padres de Sansón. Cuando el Ángel del Señor se aparece para anunciar el nacimiento de un niño que liberará al pueblo de Israel, no lo hace al padre, sino a la madre (Jueces 13:2-14). ¿Por qué Dios no transmitió un mensaje tan importante al que se suponía que era el líder espiritual de la familia? A lo largo del diálogo se aprecia que, en dicha pareja de esposos, Manoa era el menos preparado tanto a nivel de conocimiento como de madurez espiritual, y es por eso que Dios se dirige a ella, pues estaba mejor preparada para asumir dicho mensaje.

ABIGAIL: Encontramos también el caso de una mujer que se negó a aceptar la decisión de su marido y tomó otra opuesta a la de él, con la bendición de Dios. Se trata de Abigail. En el relato no se presenta como algo reprobable la actuación de Abigail, contraviniendo las órdenes de su marido. Por el contrario, David vio en ello la mano de Dios (1 Samuel 25:14-28).

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EN CONCLUSIÓN:

Las Escrituras nos impulsan a afirmar que: “… para Dios no hay favoritismos…”  (Hechos 10:34, Nueva Versión Internacional), seamos hombres o mujeres. Por lo tanto, quienes afirman, con base en el Antiguo Testamento, que Dios considera inferior a la mujer, la excluye del liderazgo, o que la biblia es machista y misógina, yerran por ignorancia o por malicia descarada. En las Escrituras no encontramos la desaprobación de Dios, ni su condena hacia la mujer, o incluso a la actuación de mujeres que ejercieron posiciones de liderazgo, ya fuera en la familia, en la vida civil o en la esfera religiosa. Además, en el nuevo convenio: “… Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús…”  (Gálatas 3:28, Nueva Versión Internacional). La voluntad del Señor siempre fue, ha sido y será que sus hijos, hombres o mujeres, se consideraran y trataran como iguales. Las leyes (en apariencia discriminativas hacia la mujer) dadas por conducto de Moisés en el Antiguo Testamento, deben ser entendidas dentro de su contexto histórico y cultural. El Señor toleró hasta cierto punto los tiempos de ignorancia de su pueblo pero también, en medio de dicha ignorancia, dejó leyes sabias que prefiguraban la intención final de Dios para su pueblo escogido: la igualdad. Jesucristo dijo: “… Esa ley la escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son — aclaró Jesús—. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo. Así que ya no son dos, sino uno solo…“  (Marcos 10:5-8, Nueva Versión Internacional).

Ministerio Femenino

La Mujer Pentecostal, ayuda idónea, pero no esclava del hombre.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El machismo popular ha contaminado a la Iglesia de Cristo. En muchos círculos religiosos, hasta hoy, se trata a la mujer como a inferior. No hay oportunidades de ministerio, más que solamente si se trata entre ellas mismas. La mal interpretada frase: “que la mujer debe someterse a sus maridos”, le ha enviado un mensaje equivocado al “hombre cristiano”, de que tiene derecho sobre ella, que la puede forzar a hacer lo que él quiera. Muchas mujeres cristianas son abusadas emocional, verbal, física y hasta sexualmente por sus mismos esposos. La realidad es más alarmante, cuando oímos que incluso ministros, golpean y abusan de sus esposas. Pero ¿Qué es lo que Dios quiso decir al hablar de someterse? ¿Acaso Dios también es machista? ¿Es la Biblia un libro con un contenido altamente machista? La respuesta es no, y para aclararlo quiero invitarte a ver lo que Dios, a través de su Palabra, dice al respecto.

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IMITANDO A CRISTO, NUESTRA CABEZA:

La Biblia nos dice “…Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne…” (Efesios: 5:22- 31). Lo que Dios está diciendo en estos versos es: Ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, cuidar y proteger. Jesús amo a su iglesia, al punto de ir a la cruz para morir por ella. Estando en la cruz, Él no estaba diciendo: “tan lindo lo que siento, me encanta esto de amar a mi iglesia”, cuando amó a su esposa, la iglesia, lo hizo colgado de un madero, derramo su sangre, fue pisoteado, humillado, molido, con tal de rescatarla; el precio que le toco pagar por su esposa fue muy alto, su misma vida. Es decir, Jesús no sintió amor, el decidió amar. De la misma manera, cuando dice: “…Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella…” (Efesios 5:25), y luego agrega: “… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama…” (Efesios 5:28). Amar a nuestras esposas es un mandato, no es cuestión de los que sientes, sino de lo que Dios manda, que debes hacer por la posición que tienes. Porque: ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, inspirar y proteger. No es un derecho, es una responsabilidad. Amar a su mujer es un deber del esposo. Dicho de otra manera: ¡Ser cabeza no es un derecho, es un deber! Ser cabeza no es una posición para servirme de, sino para servir a. Porque: Ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, inspirar y proteger.

EL DEBER DEL HOMBRE CRISTIANO:

Si eres hombre y cristiano como yo y estás leyendo esto, déjame decirte algo: Como hombres que somos, tú y yo hemos sido llamados por Dios a ser la “cabeza” de un hogar y de la mujer que Dios nos dé; por ello me propuse buscar todas las obligaciones que la Biblia nos da a los maridos, y algunas de ellas probablemente te sorprendan. Estas son todas las que encontré: Someterse a su esposa en el Señor (Efesios 5:21); sostener materialmente a su familia (1 Timoteo 5:8), tener una sola esposa y serle fiel (1 Corintios 7:2), amarla como a sí mismo (Efesios 5:28), hacer feliz a su esposa (1 Corintios 7:33), cuidarla como Cristo cuida a su Iglesia (Efesios 5:29), honrar a su esposa en todo (1 Pedro 3:7), entregarse por su esposa (Efesios 5:25), cumplir con el “deber conyugal” (1 Corintios 7:3), no abandonarla, excepto por infidelidad (1 Corintios 7:11; Mateo 19:9), amarlas y no ser duros con ellas (Colosenses 3:19). Estas son todas las obligaciones que tiene la cabeza de la familia. Esto es lo que significa ser cabeza de la esposa. Quien no cumple con estas obligaciones no puede ser llamado cabeza de su esposa. Curiosamente no he podido encontrar nada acerca de “dar órdenes”, “imponer su voluntad”, “tener bajo su autoridad”, ni nada parecido.

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LO QUE SIGNIFICA SER CABEZA DE LA MUJER:

La Biblia declara que el hombre es la cabeza de la mujer: “… Ahora bien, quiero que entiendan que Cristo es cabeza de todo hombre, mientras que el hombre es cabeza de la mujer y Dios es cabeza de Cristo…” (1 Corintios 11:3). Pero ¿Qué significa que el hombre es la cabeza de la mujer? Para muchos esto significa que la mujer debe estar sometida al hombre quien, en su papel de “cabeza”, debe tenerla bajo su autoridad. Sin embargo, existen varias razones por las cuales este es un concepto completamente equivocado de ser “cabeza”. Para empezar, quiero aclarar que las palabras griegas para “hombre” y “mujer” en ese texto pueden ser traducidas como “esposo” y “esposa”. Esta traducción también es más coherente con la Biblia, que solo presenta la sumisión de la mujer hacia el hombre dentro del matrimonio, pero en otras áreas como el ministerio pastoral, la vida laboral o cualquier otra. La primera vez que aparece la sumisión dentro del matrimonio es en Genesis 3, cuando debido al pecado la mujer pasó a estar sujeta a su marido. La sumisión fue la consecuencia del pecado, el Plan B de Dios por así decir. Antes de la caída el hombre y la mujer disfrutaban de plena igualdad en su matrimonio. Cuando Dios creó a Eva, quiso que no fuese ni inferior ni superior al hombre, sino que en todo fuese su igual. Sin embargo, después del pecado fue necesario introducir un cambio. En la creación Dios la había hecho igual a Adán. Si hubieran permanecido obedientes a Dios, en concordancia con su gran ley de amor, siempre habrían estado en mutua armonía; pero el pecado había traído discordia, y ahora la unión y la armonía podían mantenerse únicamente mediante la sumisión del uno o del otro. Sin embargo, hay un concepto errado de esta sumisión descrita en la Biblia. Dios no estableció un “rol” para el hombre y para la mujer. El hombre al casarse no se convierte automáticamente en la cabeza del hogar. Ni tampoco la mujer al casarse automáticamente debe someterse al marido. La mujer debe estar sumisa a su esposo en tanto el esposo este sumiso a Dios. El esposo no ha recibido un rol intransferible e inmutable, sino todo lo contrario. Un hombre que no se somete a Cristo no puede convertirse en la cabeza de la familia. El vínculo que une al Señor Jesús con su iglesia no ha sido adecuadamente representado en la relación que muchos esposos mantienen con sus esposas, pues no han guardado el camino del Señor. Pero no era el plan de Dios que el esposo tuviese el control, como cabeza de la familia, si no se ha sujetado a Cristo. Un hombre que no se somete a Cristo no es la cabeza de su esposa. El Señor ha constituido al esposo como cabeza de la esposa para que la proteja; él es el vínculo de la familia, el que une sus miembros, así como Cristo es cabeza de la iglesia y su Salvador. Todo esposo que asevera amar a Dios debe estudiar cuidadosamente lo que Dios requiere de él en el puesto que ocupa.

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CONCLUSIÓN:

¿Qué requiere Dios de la cabeza de la familia? ¡Probablemente te sorprendas! Y aunque ya mencioné algunas, con gusto te las repetiré. La Biblia enseña que las obligaciones de un marido cristiano son: Someterse a su esposa en el Señor (Efesios 5:21); sostener materialmente a su familia (1 Timoteo 5:8), tener una sola esposa y serle fiel (1 Corintios 7:2), amarla como a sí mismo (Efesios 5:28), hacer feliz a su esposa (1 Corintios 7:33), cuidarla como Cristo cuida a su Iglesia (Efesios 5:29), honrar a su esposa en todo (1 Pedro 3:7), entregarse por su esposa (Efesios 5:25), cumplir con el “deber conyugal” (1 Corintios 7:3), no abandonarla, excepto por infidelidad (1 Corintios 7:11; Mateo 19:9), amarlas y no ser duros con ellas (Colosenses 3:19). Estas son todas las obligaciones que tiene la cabeza de la familia. Esto es lo que significa ser cabeza de la esposa. Quien no cumple con estas obligaciones no puede ser llamado cabeza de su esposa. Curiosamente no he podido encontrar nada acerca de “dar órdenes”, “imponer su voluntad”, “tener bajo su autoridad”, ni nada parecido. En fin, volviendo atrás, es curioso que Pablo les diga a los efesios que se “sometan los unos a los otros”, al hablar de matrimonio, declarando así que los hombres también deben someterse a sus esposas. ¿Pero cómo puede un hombre someterse a alguien inferior? Exacto, ¡No puede! Nadie puede someterse alguien inferior, porque la mujer no debe ser inferior al hombre sino igual a su esposo. La mujer debe ocupar el puesto que Dios le designó originalmente como igual a su esposo. Debe considerar que tiene igualdad con su esposo, que debe estar a su lado permaneciendo fiel en el puesto de su deber y él en el suyo. Entendamos, la mujer también es la co-cabeza en la familia, junto a su esposo. Por lo tanto, ¿Qué implica que un hombre sea cabeza de su esposa? La Biblia nos dice que el hombre debe amar, cuidar y respetar a su esposa como su igual. Tratarla como Cristo trata a su Iglesia, serle fiel y hacerla feliz. Así como Dios es amor, la esencia del matrimonio debe ser el amor mutuo. La tiranía, el maltrato y el abuso forman lo opuesto de lo que Dios espera de un hombre. Pues el plan divino le pide al esposo que muestre la ternura, amor, delicadeza, paciencia y verdadera cortesía, que es digna de la cabeza del hogar.

Ministerio Femenino

La Mujer Pentecostal, una mujer que no calla ni está relegada al silencio.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Pablo estaría horrorizado al ver que muchas de sus cartas se utilizan en situaciones muy concretas o que se generalizan 19 siglos después y la gente dice ‘Esta es la regla para siempre y jamás. Hay una línea que se debe marcar para distinguir entre lo que corresponde al momento en que fue escrito y lo que es un mensaje para todos los creyentes y todos los tiempos. Primera Corintios 14:34-35 es un ejemplo claro de un pasaje escrito para un momento y lugar específico pero sin aplicación universal para la iglesia. Lamentablemente, muchos lo interpretan como de aplicación universal creando con ello contradicciones en la Biblia.

Si la Biblia manda callar a la mujer y le niega toda oportunidad de liderazgo eclesiástico, entonces habría que eliminar de la Biblia otros pasajes que contradicen tal postura. Por ejemplo, la Epístola a los Romanos, Capítulo 16, menciona a casi 30 cristianos primitivos activos, ocho de los cuales son mujeres. Algunos analistas subrayan el hecho de que una de ellas, Priscila (Prisca en el griego original), aparece mencionada antes que su esposo, Aquila. Nosotros entenderíamos eso, en nuestra época y cultura, como una simple muestra de cortesía, pero en ese contexto cultural y época específica tal mención no indicaba caballerosidad, sino preeminencia o autoridad. Priscila ejercía mayor liderazgo en ese equipo.

De otra pareja, Junia y Andrónico, se dice que son “eminentes entre los apóstoles”. Lo curioso es que Junia era una mujer, no un hombre. Tanto ella como su esposo eran contados entre los apóstoles y es la forma más natural de interpretarlo. Junia es una de los apóstoles y es eminente en ese grupo. Esto evidencia que las mujeres tenían con todo derecho un rol de honor dentro de la Iglesia temprana.

La realidad del apostolado y labor pastoral de Junia es innegable. Aún la historia lo comprueba. Con frecuencia, se señala al testimonio de Juan Crisóstomo (347-407 E.C.), un creyente del siglo IV, como evidencia crucial de que Junia era un apóstol, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras en el día de hoy. El testimonio es el siguiente: “¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!” (Homilías, Rom. 31, en v. 7).

La Biblia y la historia se unen para probar que Junia fue una mujer y que fue llamada apóstol. Y esto plantea una contradicción a la lectura tradicional de 1 Corintios 14 y 1 Timoteo 2 sin la lógica correcta o una argumentación cuidadosa. Esto nos deja sólo dos opciones: O la Biblia se contradice (y por consiguiente es imperfecta y poco confiable) o Pablo jamás quiso mandar a todas las mujeres en todos los tiempos que callaran y se sometieran al liderazgo masculino, negándoles el acceso al ministerio. ¿Cuál de estas opciones admitiría usted como correcta?

¿ENSEÑA PABLO QUE LA MUJER DEBE CALLAR?

El apóstol Pablo no era ni machista ni misógino; sin embargo, muchos tergiversan sus palabras. Como bien lo dijera el apóstol Pedro: “…Al tratar estos temas en todas sus cartas. Algunos de sus comentarios son difíciles de entender, y los que son ignorantes e inestables han tergiversado sus cartas para que signifiquen algo muy diferente, así como lo hacen con otras partes de la Escritura…” (2 Pedro 3:16, NTV). Para nadie es un secreto que algunas de las alusiones paulinas acerca de la mujer, la condición de ésta en Cristo y su lugar en la Iglesia suelen ser mal interpretadas. Las palabras de Pablo dirigidas a la iglesia con más problemas, la de Corinto, son un ejemplo de ello: “…Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación…” (1 Corintios 14:34-35)

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I.- LAS MUJERES CALLEN EN LAS CONGREGACIONES (CONTEXTO HISTÓRICO):

Durante la época del Nuevo Testamento, las mujeres eran una mera posesión del padre o del marido, carente de cualquier derecho e instrucción en cuestiones de formación académica o educación más allá del hogar. Este panorama desolador es el primer argumento para deducir que no sería descabellada la posibilidad de que las mujeres, al experimentar su nueva libertad en Cristo (Gálatas 3:28) hubiesen estado interrumpiendo las reuniones eclesiásticas con continuas preguntas o comentarios inadecuados para una reunión pública. Otro asunto a tener en cuenta para entender lo mejor posible esta orden de silencio para las esposas, es el hecho común de que muchas de estas primeras cristianas traían consigo algunos comportamientos de mal gusto propios de los cultos paganos de procedencia, algo que se acentuaría en el caso de Corinto, la capital de influyentes corrientes paganas y filosóficas como el incipiente gnosticismo (practicantes de la gnosis = lit. conocimiento), uno de los grandes enemigos de la fe cristiana durante todo el Nuevo Testamento y los siglos siguientes. Esta influencia negativa se constata especialmente peligrosa y delicada en la iglesia de Corinto según vemos en los escritos de Pablo y en referencias externas. Los capítulos del 12 al 14 de la primera carta del apóstol a los corintios constatan problemas en los cultos y la tendencia de estos creyentes a expresarse en éxtasis espontáneos mediante el don de lenguas o el de profecía. Esto no era malo en sí pero todo debía hacerse “decentemente y con orden” (1 Corintios 12:40) El gnosticismo constituía una corriente tan poderosa que una parte importante del Nuevo Testamento recoge advertencias para protegerse contra esta influencia pagana.

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La epístola a los colosenses, a los corintios, a Timoteo o así como las cartas de Juan contienen numerosas instrucciones contra las antibíblicas amenazas gnósticas. Dado que la doctrina cristiana se estaba asentando por entonces y, obviamente, no tenían aún la Biblia con ellos, muchos de estos nuevos creyentes no habían conseguido desprenderse definitivamente de aquellas creencias paganas que amenazaban con un confuso sincretismo, y esto afectaba muy especialmente a las mujeres. Entre las diferentes vertientes de la gnosis era frecuente que algunas mujeres poseyeran un papel similar al del médium espiritista en las reuniones públicas comunicando mensajes supuestamente angelicales que no eran otra cosa que perversos mensajes expuestos con alboroto e indecencia. En la corriente gnóstica del montanismo (S. II al IV) se llegaba a considerar a estas mujeres como superiores incluso al propio Cristo. Los estudios históricos frecuentemente destacan la existencia de contundentes elementos que favorecían la participación activa y prominente de las mujeres en este complejo movimiento. Para ellas resultaban especialmente atractivos muchos de “los argumentos de la falsamente llamada ciencia (gnosis)” (1 Timoteo 6:20) que tanto preocupaban a los apóstoles. En los movimientos gnósticos tempranos, el énfasis recaía sobre algunas mujeres iluminadas como vehículo de transmisión esotérica. Estas corrientes paganas sacudían a la iglesia primitiva en general y a Corinto en particular. Es de notar que la solución de “pregunten a sus maridos” es para las esposas y no para las solteras o viudas que sabemos que había en Corinto (1 Corintios 7:8). Esto de por sí implica que las palabras de Pablo haciendo callar a las mujeres no deben considerarse como dogmas o principios espirituales inherentes para todo el género femenino. La gnosis había hecho especialmente estragos entre el elemento femenino de las mujeres cristianas. Tan fuerte había llegado a ser el problema, que Pablo optó por recomendar a Timoteo que se opusiera a que hubiera mujeres desempeñando ministerios de enseñaza (1 Timoteo 2:11-12) Si la ofensiva gnóstica se había infiltrado así entre las mujeres, sería más prudente impedir a estas que enseñaran. En este delicado contexto religioso se escribe 1 Corintios 14:34, un versículo en el que Pablo exhorta al autocontrol de la mujer a modo de “estén sujetas” (hupotasso) que indica que la persona apelada (la mujer en este caso) es llamada a realizar una acción de autocontrol. Literalmente el texto dice “que las mujeres se controlen a sí mismas, como la ley dice”.

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Los eruditos bíblicos han tratado de encontrar tal ley en el Antiguo Testamento o en la tradición judía, sin conseguirlo. La razón es que Pablo no está aludiendo a la Ley de Moisés. Sería inconcebible que Pablo, el gran defensor de la gracia frente a la ley, acudiera ahora a ella. Pero, además, es que no hay ni un texto en el Antiguo Testamento que afirme tal cosa. En realidad, parece que Pablo estaba haciendo referencia a la ley civil de la sociedad Greco-Romana, que ponía límites a los excesos de ciertas prácticas religiosas, especialmente llevadas a cabo por mujeres. La coherencia de esta interpretación que identifica “la ley” con las normas sociales estipuladas y no una Ley mosaica considerada “caduca” por el mismo Pablo (Gálatas 3:14. Romanos 10:4) se refuerza al estar dentro de una exhortación para mantener el orden y guardar decoro durante el uso de los dones espirituales en el culto público. De nuevo estaríamos ante una evidencia que el mandato paulino del silencio de la mujer se dio dentro de una coyuntura específica del entorno sociocultural y religioso del momento, y no en un mandato universal para la iglesia.

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II.- LOS MARIDOS DEBEN ENSEÑAR A SUS MUJERES:

Pero démosle una vuelta de tuerca más a este polémico mandato de silencio. En esa época las mujeres no tenían derecho alguno a la formación ni educación formal. Por tanto, si a muchos de nosotros nos pudiera escandalizar esta orden para callar en público, lo que seguramente asombraría a muchos corintios y contemporáneos sería la otra parte de esta exhortación (1 Corintios 14:34-35); aquella en la que Pablo afirma que “si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos”. Fijémonos en que se pide a los esposos que enseñen en casa a su mujer, si ésta así lo desea, validando delante de los hombres el derecho de la mujer al aprendizaje. Sin embargo, es cierto que Pablo considera conveniente que esta labor de formación se realice en un ambiente privado y no durante el culto religioso. Algo de sentido común por otro lado. Pocas veces desde los albores de los tiempos se había encomendado a los hombres esta labor de implicación en la instrucción de unas mujeres ajenas a cualquier sistema educativo de índole intelectual fuera de su llamado social y jurídico para hacerse cargo del marido y del hogar como única misión posible. Preguntémonos: ¿Por qué se le mandaría a los esposos enseñar a sus mujeres si estas no podían tan siquiera hablar en la congregación? ¿Qué propósito tendría educar a quien no tiene voz ni voto en la iglesia?

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III.- MUJERES EN AUTORIDAD:

A pesar de las duras contingencias culturales, el papel de dirección o enseñanza le ha sido otorgado por Dios a diferentes mujeres que aparecen en la Biblia. Entre ellas está Débora, gran líder de Israel durante más de 40 años (Jueces 4 y 5). La Escritura recoge ejemplos como mujeres que profetizan en lugares sagrados (Éxodo 15:20-21; 2 Reyes 22:14; Isaías 8:3; Lucas 2:36-38; Hechos 21:8-9). Tenemos a Priscila, quien con su marido Aquila son mencionados juntos las veces que aparecen en la Escritura. También destacan Evodia, Síntique y Priscila como colaboradoras de Pablo o María, Pérsida, Trifena y Trifosa, fieles trabajadoras de la obra de Dios al igual que Junia o Junias (Romanos 16:7), quien ostentaba el cargo de mujer apóstol. De hecho, los manuscritos más fiables recogen el nombre femenino Junia y no Junias. Los primeros Padres de la Iglesia no dudaban de que la compañera de Andrónico en el apostolado fuera una mujer, probablemente su esposa. Juan Crisóstomo, a pesar de haber dejado escritos muy misóginos, dice sobre la bíblica Junia: “…Cuán grande es la devoción de esta mujer que debería ser contada como digna de ser denominada apóstol…” (Crisóstomo, Homilía sobre Romanos 16, Padres de la Iglesia Cristiana, Vol. II, p. 555). Ni siquiera Pablo incurre habitualmente en distinción entre colaboradores masculinos y femeninos, tal y como vemos en el caso de Febe, quien es encomendada a la iglesia de Roma pidiéndoles a éstos que la reciban con una actitud propia de autoridad de la Iglesia.

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CONCLUSIÓN:

Conociendo sólo un poco de las terribles condiciones sociales en las que se movía la mujer del primer siglo así como las circunstancias específicas que debieron producirse entre las primeras cristianas de Corinto o Éfeso no sólo vemos como tremendamente positivas y dignificantes las palabras de Pablo hacia las mujeres sino también la coherencia entre este mandato para que las esposas callen cuando lo cotejamos con los ejemplos mencionados en los que vemos a numerosas mujeres levantadas por Dios para instruir o hasta para dirigir a su pueblo. Por todo lo anterior, es obvio que Pablo no mandó de forma general a todas las iglesias, en todos los tiempos, que la mujer callare en la congregación. Las palabras de Pablo deben entenderse como dirigidas a una iglesia específica, en una época específica de la historia eclesiástica. No fueron dichas como una norma o mandato general, sino con el propósito de solucionar un problema y una situación específica surgida en la iglesia de Corinto.

 

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El Pastorado Femenino en el Pentecostalismo Histórico y su fundamento en la Doctrina y Prácticas de la Iglesia Neotestamentaria.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

RESEÑA HISTÓRICA:

El igualitarismo ministerial entre el hombre y la mujer, característico del Movimiento Pentecostal, tiene sus raíces en el Movimiento de Santidad a partir del cual se originó el pentecostalismo moderno. Dicho movimiento era muy activo en trabajos de justicia social, pero no se limitaba sólo a esto, también incluía varios ministerios de compasión, trabajo inter-racial, templanza, y el voto femenino. A partir de 1850, en especial, el movimiento de Santidad produjo un número de mujeres que ministraron como evangelistas, líderes de estudio bíblico e incluso como obispos. Con este tipo de trasfondo, era de esperarse que las mujeres jugaron un papel significativo en el movimiento pentecostal en Estados Unidos. Y así fue. Charles Fox Parham entrenó mujeres para el ministerio en el Movimiento de la Fe Apostólica desde 1900 en adelante. Su cuñada, Lilian Thistlewaite, mantuvo reuniones por su propia cuenta a lo largo del Medio Este y apareció junto a Parham en reuniones ampliadas en otros lugares. Parham comisionó a un número de mujeres para establecer iglesias y servir como pastoras.

El predicador afroamericano William Joseph Seymour llevó consigo el Movimiento de Fe Apostólica a Los Ángeles en 1906. Su Misión de la Calle Azusa rápidamente se hizo conocida como una congregación interracial liderada por un pastor afroamericano, con mujeres capaces y hombres proveyendo liderazgo y alcance. La misión fue incluso ridiculizada por el periódico Los Angeles Evening, por considerar que el emergente movimiento pentecostal violaba la enseñanza de Pablo en 1 de Corintios 14:34 respecto al silencio de la mujer.

Los primeros pentecostales entendieron este versículo dentro de un contexto histórico y cultural, pero no como una directriz global. Estaban mucho más cautivados por la promesa hecha en Joel 2:28-29 que en los “últimos días” Dios derramaría de su Espíritu sobre toda carne, incluyendo hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, libres y esclavos por igual. Según Hechos 2:17-18, Pedro apeló a estos versículos en el día de Pentecostés y los pentecostales encontraron en esto la justificación para que tanto mujeres como hombres proclamaran el evangelio. Esta posición fue alentada por la apelación de 1 Corintios 12:11, que indica que el Espíritu Santo entrega dones de forma individual, y por Gálatas 3:28 que apunta sobre la igualdad de género en la iglesia.

El Pastor Seymour le dio la bienvenida a mujeres en el púlpito de la Calle Azusa, proveyó de credenciales a mujeres y hombres, y los envió fuera como misioneros y plantadores de iglesias. Publicó su compromiso en las siguientes palabras: “Es contrario a las escrituras que las mujeres no tengan su parte en el plan de salvación al que han sido llamadas por Dios. No tenemos derecho a obstaculizar su camino, sino que a ser hombres de santidad, pureza y virtud, levantando el estandarte y alentando a las mujeres en su trabajo, y Dios nos honrará y bendecirá como nunca antes. Es el mismo Espíritu Santo el que está en las mujeres y en los hombres”.

Con el apoyo de Seymour, la señora Florence Crawford se hizo responsable de la extensión de la Misión a lo largo de la costa este llegando tan lejos como a Minneapolis. La hermana Crawford se convirtió así en la fundadora de la Iglesia de Fe Apostólica (Portland, Oregón) con congregaciones en Estados Unidos, Escandinavia y el este de África. La señora Emma Cotton, una mujer afroamericana, fundó al menos ocho congregaciones pentecostales en Los Ángeles, el Valle de San Joaquin, y Oakland, antes de entregársela a la Iglesia de Dios en Cristo.

ROL MINISTERIAL DE LA MUJER EN ALGUNAS DENOMINACIONES PENTECOSTALES.

Las mujeres han jugado un papel muy importante en el crecimiento y desarrollo de las denominaciones pentecostales, especialmente en el ámbito de la misión mundial. Por ello, actualmente muchos grupos pentecostales reconocen el derecho de las mujeres a ejercer el ministerio, incluso el pastorado. En la Iglesia de Dios en Cristo, las mujeres son ordenadas para el trabajo misional y evangelismo. Las Asambleas de Dios dieron licencia y ordenaron a mujeres para el trabajo en misiones y evangelismo desde su origen en 1914 y ordenaron mujeres para predicar desde 1922. La mayoría de los centros de misión mundiales de las Asambleas de Dios fueron iniciados por mujeres. En 1935 las mujeres fueron hechas compañeras de ministerio en pleno e igualitariamente sin restricciones dentro de las Asambleas de Dios, la mayor denominación pentecostal del mundo. A menudo, muchas mujeres sirven como co-pastores, e incluso algunas congregaciones son de hecho lideradas por mujeres. Muchos distritos han abierto posiciones de liderazgo a nivel de presbiterio y las Asambleas de Dios de Estados Unidos han elegido una mujer para servir en el Presbiterio Ejecutivo a nivel nacional. Una mujer también sirve como presidenta en la Universidad Evangel, la única universidad nacional de las Asambleas de Dios en Estados Unidos. En 2010, el presbiterio general (un grupo nacional de aproximadamente 1000 pastores y líderes) adoptó una posición formal respecto al tema, intentaron una vez más afirmar el lugar de las mujeres en el “ministerio y liderazgo espiritual”.

En la Iglesia de Dios (Cleveland, Tennessee), por mucho tiempo mujeres han tenido la libertad de predicar y ejercitar sus dones espirituales. En 1992, se les permitió por primera vez votar en la asamblea general internacional, y desde el 2000 se les permite servir en todos los oficios excepto el obispado.

Por supuesto, el reciente crecimiento en los cargos de liderazgo de las mujeres pentecostales no ha estado exento de obstáculos. Algunas denominaciones pentecostales han encontrado una creciente resistencia respecto al papel que la mujer debería desempeñar en el clero. A menudo, esas presiones han provenido de hombres más jóvenes, influenciados no por sus raíces pentecostales, sino que, irónicamente, por celebridades neo-reformadas como Mark Driscoll y John Piper. Esta resistencia por si misma ilustra la continua y confusa absorción de la identidad pentecostal dentro de una identidad evangélica conservadora que ha estado funcionando desde los inicios de los años ‘40.

LA BIBLIA: FUNDAMENTO DEL MINISTERIO FEMENINO.

Si bien la historia y la práctica de las iglesias pentecostales parecen demostrar que Dios bendijo el ministerio público de las mujeres, continúa el debate acerca de cuál es rol de la mujer en el liderazgo espiritual. Puesto que la Biblia es nuestra autoridad final en torno a todos los asuntos de fe y de praxis, es importante examinar de nuevo sus enseñanzas para asegurarnos de que nuestra aproximación no sea simplemente subjetiva y pragmática.

La historia del Antiguo Testamento incluye relatos de sólidos liderazgo femenino en muchos roles, tal como los siguientes ejemplos dignos de destacar: Miriam fue profetisa en Israel durante el éxodo, junto a sus hermanos, Moisés y Aarón (Éxodo 15:20). Débora, que era no sólo profetisa sino jueza, dirigió a Barac para que guiara al ejército de Israel hacia un combate exitoso contra sus opresores (Jueces 4 y 5). Hulda, también profetisa, autenticó el rollo de la ley encontrado en el templo y ayudó a iniciar la reforma religiosa en los días de Josías (2 Reyes 22:14–20; 2 Crónicas 34:22–28).

El Nuevo Testamento también muestra que las mujeres desempeñaban roles ministeriales importantes en la Iglesia Primitiva. Tabita (Dorcas) puso en marcha un efectivo ministerio de benevolencia (Hechos 9:36). Las cuatro hijas solteras de Felipe eran profetisas reconocidas (Hechos 21:8,9). Pablo señaló a dos mujeres, Evodia y Síntique, como mujeres que “combatieron juntamente conmigo en el evangelio” (Filipenses 4:2,3). Priscila fue otra de las mujeres que Pablo consideró ejemplar entre sus “compañeros de trabajo en Cristo Jesús” (Romanos 16:3,4). En Romanos 16, Pablo saluda a muchos colegas ministeriales, entre los cuales muchas eran mujeres. En estos saludos, la palabra que Pablo usa para hablar del “trabajo” (kopiaō) o la “labor” de María, Trifena, Trifosa, y Pérsida (Romanos 16:6,12) es una que utiliza con frecuencia para su propia labor ministerial (1 Corintios 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 5:17).

Febe, una líder de la iglesia de Cencrea, fue muy elogiada por Pablo ante la iglesia de Roma (Romanos 16:1,2). Lamentablemente, las parcialidades de las traducciones han oscurecido la posición de Febe en el liderazgo; por ejemplo, algunas versiones traducen el término como “sierva”, pero Febe era diakonos de la iglesia en Cencrea. Por lo general, Pablo utilizaba este término para identificar a un ministro o líder de una congregación, y lo aplica específicamente a Jesucristo, Tíquico, Epafras, Timoteo, y su propio ministerio. Según el contexto, diakonos por lo general se traduce como “diácono” o “ministro”. Aunque algunas traducciones han escogido la palabra “diaconisa” (por ejemplo, la NVI, pues Febe es mujer), el griego diakonos es un sustantivo masculino. Por tanto, es probable que diakonos fuera una designación para una posición de liderazgo oficial en la Iglesia Primitiva. Por tanto, la traducción correcta para el rol de Febe sería “diácono” o “ministro”.

Además, muchas traducciones reflejan inclinaciones similares, al referirse a Febe como alguien que “ha ayudado” (NVI), “ha sido de ayuda” (NTV) para muchos, incluido el mismo Pablo (Romanos 16:2). El término griego aquí es prostatis, que se traduce como “benefactor”, con sus matices de igualdad y liderazgo.

Pablo identificó a Junia como apóstol (Romanos 16:7). A comienzos del siglo trece, algunos eruditos y traductores masculinizaron su nombre como Junias, al parecer estaban renuentes a reconocer que había una apóstol mujer. Sin embargo, el nombre Junia se encuentra más de 250 veces solamente en Roma, mientras que la forma masculina Junias es conocida en cualquier fuente greco-romana. Pablo claramente fue un defensor de la mujer en el ministerio.

Estas instancias de mujeres cumpliendo funciones de liderazgo en la Biblia deben considerarse como un patrón aprobado por Dios, no como excepciones a sus normas divinas. Incluso un número limitado de mujeres que cumplían funciones de liderazgo con el respaldo de las Escrituras afirman que Dios en verdad llama a mujeres al liderazgo espiritual.

OTROS CASOS A CONSIDERAR.

La Biblia y el Señor mismo autorizan el ministerio pastoral de la mujer. El Nuevo Testamento no nos dice específicamente qué pastores existieron, pero si sabemos que existieron hombres y mujeres que proporcionaron la dirección espiritual para las iglesias que se formaban en sus hogares. En la iglesia primitiva, casi todas las reuniones cristianas fueron celebradas en hogares privados. Entre estas casas-iglesia una de las posibles líderes pastorales eran María, la madre de Juan Marcos, el que acompañaría a Pablo y Bernabé en sus viajes apostólicos. Estaba en su casa la Iglesia a la cual Pedro iría luego de la visitación angelical señalado en Hechos 12:12.

Otra líder de una casa-iglesia era Cloé según 1 Corintios 1:11. Pablo se había enterado “por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas”, en relación a la iglesia de Corinto. Creyentes que estaban vinculados con ella en razón de la iglesia en su casa. Pudieron haber sido parientes o criados de la casa, o pudieron haber sido cristianos que viven en el área y que se juntaban en su hogar para la adoración. Estos creyentes vivían bajo la dirección espiritual, el cuidado y protección de Cloé. Pero la influencia de Cloé se extendió más allá de su propia casa. Evidentemente, ella había enviado una delegación de su iglesia a la casa de Pablo, que la conocía o sabía de ella, para informarle la necesidad de corrección para la iglesia de Corinto. Ella era una líder y una fuente confiable de información para el apóstol Pablo.

Hechos 16:14–15, 40 nos habla sobre Lidia, la primera europea convertida al evangelio por medio de Pablo, que ofreció la hospitalidad a Pablo en su hogar. La Biblia cuenta su experiencia de conversión y la de su familia, su casa entera fue bautizada, con ello su hogar se convirtió en el lugar de la primera reunión para los cristianos europeos. Lidia era una mujer de negocios, vendedora de púrpura. El hecho de que la Escritura no mencione a ningún marido o padre indica la prominencia de esta mujer. Las mujeres griegas y romanas del primero siglo estaban casi siempre bajo tutela legal de un marido o de un padre, Lidia pudo haber sido una viuda o solamente una hija rica que heredó el estado de sus padres. Así, ella se transformó en la cabeza de su propia casa. Ella manejó el negocio familiar o desarrolló el negocio que eran o de su padre o de su marido, sea heredado del padre o por su viudez. El libro de Hechos dice que la casa entera de Lidia fue bautizada por su conversión a Cristo. Esto sigue el costumbre de familias romanas antiguas. Siendo paganos creían que los dioses protegían el hogar y los negocios de la familia. Así, era el deber de los miembros de estos hogares que, determinado por la cabeza de la casa, la fe fuera adoptada por los parientes y esclavos. Las casas romanas eran a menudo grandes puestos de trabajo en donde se desarrollaban todas las actividades económicas de la familia. Los que trabajaron para Lidia en su negocio y que se convirtieron, posiblemente otros que se vinculaban al comercio, integraban el gremio de los fabricantes de tintura o teñido. En virtud de su posición como cabeza de familia, Lidia tenía la oportunidad y la responsabilidad de conducir a todos sus miembros a Cristo y entonces de establecerlos y de conducirlos en la fe. Esto la puso en una posición similar al pastor de hoy en día. Para satisfacer parte de esta responsabilidad, Pablo es invitado por Lidia a venir y predicar en su hogar. Éste hogar pudo haber sido la primera iglesia plantada en suelo europeo, y su pastor era una mujer.

Otra mujer del Nuevo Testamento que dirigió una iglesia en casa era Ninfas (Colosenses 4:15). Pablo envió saludos ella y a la iglesia en su casa. Algunos eruditos modernos intentan justificar este saludo en que ella no era el Pastor de esa iglesia sino que solamente la anfitriona. Si fuera así, me pregunto: ¿Quién sería el pastor de iglesia en su casa, y porqué Pablo fue tan descortés de no saludar al pastor como lo hizo con la anfitriona?

Otra pastora de una iglesia en casa fue Prisca, o Priscila, como Pablo la llama a menudo cariñosamente. Romanos 16:3–5 expresa su gratitud a ella y a su marido, Aquila. Ambos desarrollaron el ministerio pastoral en equipo y trabajaron con Pablo en sembrar el evangelio en Roma, Corinto y Éfeso. En su carta a los de Roma, Pablo envía saludos a la iglesia que pastorean juntos. A menudo los eruditos griegos han precisado que la práctica de Pablo de mencionar el nombre de Priscila antes que de su marido acentúa que ella era el líder más prominente. Puesto que se acostumbraba antiguamente a señalar el el nombre del marido antes que el de la esposa, Priscila debe haber sido una ministra excepcional para que Pablo tenga la costumbre de mencionar el orden invertido, honrándola de esta manera.

El Libro de 2 Juan es una carta dirigida a una iglesia y a su pastor, una mujer con quien el apóstol Juan tenía evidentemente lazos de afecto. Juan inicia la carta: “El anciano a la señora elegida y a sus hijos a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad”. La expresión “hijos” era un término que frecuentemente Juan utilizaba para los creyentes. (1 Juan 2:1, 12, 18, 28). La “verdad” era un término de uso frecuente que empleaba Juan para referirse a la revelación de Jesús (véase, por ejemplo, Juan 1:14, 17; 8:32; 16:13; 1 Juan 1:6 – 8; 2:4, 21; 3:19; 2 Juan 4; 3 Juan 3-4.). La palabra “elegida” dice relación con los elegidos para salvación pero puede también ser utilizado para referirse al liderazgo. Muchos eruditos, reconociendo que es una carta dirigida a una iglesia, señalan que ”a la señora elegida” es una mera metáfora para referirse a la iglesia. Así visto se estaría entonces infringiendo la práctica griega universal de nombrar a los destinatarios de una carta al principio. Sin un destinatario o una localización, no se puede explicar a quién o cómo la carta fue entregada, incluso haría perder el sentido llano del texto. Además, su lógica es contraria porque si la expresion: “señora” y los “Hijos” están destinadas para referirse a la iglesia entonces Juan cometió una redundancia: “a la iglesia y a la iglesia”. Si es así ¿A cuál iglesia él escribe? Nadie escribe una carta a un símbolo, sí a una persona o a un grupo real. En el segundo siglo, Clemente de Alejandría identificó “a la señora elegida” como un individuo específico. Él señaló que 2 Juan “… Fue escrito a las vírgenes. Fue escrito a una mujer babilónica que tenía por nombre Electa.” (Clemente de Alexandría, fragmentos de Cassiodorus IV, 1-2 tr. por Guillermo Wilson, padres del segundo siglo, A. Cleveland Coxe, ed., Nueva York: El Christian Literature Publishing Company, 1885, vol. 2, P. 576.) Aunque él no desarrolla esto, se desprende de esta declaración que Clemente había oído hablar de esta mujer y sabía que ella era el líder espiritual de estas vírgenes. El misterio surge al preguntarse porqué es “una mujer babilónica” si Babilonia como nación había desaparecido. Quizás ella era descendiente de Babilonios o era de la Roma pagana, que los cristianos a menudo y despectivamente llamaron “Babilonia.” Electa pudo haber sido el líder de una especie de comunidad de vírgenes cristianas. Clemente puede haber asumido que sus seguidoras eran vírgenes debido al énfasis cada vez mayor al Ascetismo que había en su época,medio siglo después de que la carta fuera escrita.

Durante los períodos primitivos y medievales de la historia de la iglesia, era muy común para que las mujeres devotas dediquen sus hogares para la adoración cristiana y motiven a otras personas diferentes de su familia a compartir y vivir la fe en Cristo. Generalmente, los convertidos que vinieron bajo cuidado pastoral de tales mujeres eran miembros de la casa o colegas de las mujeres. En el caso de Electa, si fuera correcto lo dicho por Clemente, eran las vírgenes cristianas dedicadas, así como lo eran los Eunucos de antaño, o los que vivían el celibato. Posteriormente el catolicismo romano desarrollaría esto con la fundación de órdenes religiosas, excluyéndolas del liderazgo regular. La epístola termina con otra mujer: “Los hijos de tu hermana, la elegida, te saludan. Amén”, y con ello se denota un rol pastoral en ella en atención a las expresiones “hijos” y la “elegida” como al principio se señaló. Por el historiador Eusebio tenemos datos para señalar el ministerio pastoral de al menos 2 mujeres más. El apóstol Felipe y dos de sus cuatro hijas que eran profetisas vivieron en Hierápolis en Asia. Una tercera hija vivió en Efeso, la ciudad donde Juan predicó. A diferencia de los otros apóstoles que fueron mártires en décadas anteriores, el apóstol Juan vivió posiblemente hasta casi los 100 años. Existieron lazos muy estrechos entre Juan, la iglesia en Éfeso, y Felipe y sus hijas. Es posible que después de la muerte de Felipe, Juan escribió su segunda epístola a una de las hijas que aún sobrevivía en Hierápolis (“señora elegida” o a la “señora Electa”) y estos saludos fueran transmitidos a la iglesia de Éfeso por medio de su otra hermana. De ser así, tenemos la evidencia de Juan que estas hijas de Felipe establecieron y condujeron comunidades cristianas. El historiador de la iglesia, Eusebio, del cuarto siglo, menciona una carta escrita por Polícrates, obispo de Éfeso, a Víctor, obispo de Roma entre el año 189-198. “… Porque en Asia, también, las lumbreras poderosas se han dormido, pero se levantarán otra vez como en el pasado, a la semejanza de nuestro Señor, cuando él venga con gloria del cielo, y recogerá otra vez a todos los santos. Felipe, uno de los doce apóstoles duerme en Hierápolis, envejeció junto a sus 2 hijas vírgenes. Una de sus hijas, quien vivió en el Espíritu Santo, descansa en Éfeso. Por otra parte, Juan, que descansó sobre el pecho de Nuestro Señor, pastor, mártir y maestro, también yace en Éfeso.” Absolutamente es posiblemente que “la señora elegida” y “tu hermana, la elegida” señalada en el v. 13 de 2 Juan sean estas “lumbreras poderosas” quienes “vivieron en el Espíritu Santo” conmemoradas por Polícrates y Eusebio. De modo que, Dios, la historia y la Biblia, autorizan y enseñan el ministerio pastoral de la mujer.

EL MINISTERIO EN SU SENTIDO BÍBLICO.

El significado bíblico del término “ministerio” es fundamental para definir el rol escritural de las mujeres en el ministerio. De Cristo, nuestro gran modelo, se dijo lo siguiente: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido [diakoneō], sino para servir [diakoneō], y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45; cf. Mateo 20:28). El liderazgo del Nuevo Testamento, que ejemplificó Jesús, encarna al líder espiritual como servidor, sea hombre o mujer. El asunto de la autoridad humana no tiene una significancia primordial, aunque surja naturalmente con el desarrollo organizativo y estructural.

EL DILEMA DE GÉNESIS 2:18–25

Algunos expositores han enseñado que todas las mujeres deben subordinarse a los hombres adultos porque Eva fue creada después de Adán para ser su “ayuda adecuada” (NVI; “ayuda idónea”, RV60). Sin embargo, la palabra ēzer (“ayuda”) nunca se usa en la Biblia hebrea con un sentido de subordinación; diecisiete de veinte veces se utiliza con referencia a Dios como ayudador. Eva fue creada para ser una ayuda “adecuada” o “correspondiente a” (kenegdo) Adán, no subordinada.

Algunos argumentan que Dios creó a los hombres y a las mujeres con diferentes características y deseos, y que estas diferencias explican por qué las mujeres no deben acceder a los roles de liderazgo. Otros atribuyen estas diferencias percibidas a expectativas culturales y sociales impuestas sobre los hijos desde la niñez hasta la adultez. Las diferencias físicas y funciones biológicas distintivas son obvias; pero sólo por deducción se afirma que las diferencias de género sugieren limitaciones en el liderazgo.

PABLO Y EL MINISTERIO DE LA MUJER.

En el Nuevo Testamento, el ministerio es carismático por naturaleza. Mientras el Espíritu Santo distribuye soberanamente los dones espirituales (charismata) a cada miembro del cuerpo de Cristo, el ministerio se lleva a cabo y adquiere vigor (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 12:7– 11,27,28; Efesios 4:7–12; 1 Pedro 4:10–11). Aunque algunos dones son una labor espontánea del Espíritu y otros son dones ministeriales reconocidos por el cuerpo, todos son dados para el servicio, más allá de las diferencias de género. Por ejemplo, el don de profecía es explícitamente tanto para mujeres como para varones: “Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” (Hechos 2:17). El Nuevo Testamento confirma que las mujeres reciben y ejercen este don del Espíritu (Hechos 21:9; 1 Corintios 11:5).

Si a Pedro ciertas declaraciones de Pablo le resultaban difíciles de entender (2 Pedro 3:16), no es de sorprender que nosotros, separados por cerca de dos mil años más de historia, tengamos la misma dificultad al interpretar algunos pasajes paulinos. Los destinatarios originales estaban familiarizados con los problemas que Pablo abordaba, pero a nosotros nos toca reconstruirlos y aplicar sus prescripciones lo mejor posible a la luz del contexto de sus cartas y de la revelación bíblica. Y, así como Pedro (2 Pedro 3:15), nosotros debemos respetar y amar a nuestros hermanos y hermanas que adoptan interpretaciones alternativas sobre asuntos que no son críticos para nuestra salvación o posición ante Dios.

PRIMERA DE CORINTIOS 11:3–12

La declaración “el varón es la cabeza de la mujer” por siglos se ha usado para justificar la práctica de superioridad masculina y para excluir a las mujeres del liderazgo espiritual. Hay dos traducciones alternativas para kephalē (“cabeza”), ampliamente debatidas entre los eruditos evangélicos contemporáneos, las cuales son: (1) “autoridad sobre” y (2) “fuente” u “origen”. Ambos significados se encuentran en la literatura del tiempo de Pablo.

Si se toma el pasaje como un todo, el segundo significado se ajusta bien o mejor que el primero, y conduce a la declaración sumaria en el versículo 12: “así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios”. Aun la relación entre el Hijo eterno y el Padre —“Dios (es) la cabeza de Cristo” (1 Corintios 11:3)— encaja mejor con la noción de “fuente” que con la “autoridad sobre” (cf. Juan 8:42). Sin intentar resolver este debate definitivamente, no encontramos suficiente evidencia en kephalē para negar los roles de liderazgo a las mujeres (a la luz de los ejemplos bíblicos de mujeres en posiciones de autoridad espiritual, y a la luz de todo el consejo de la Escritura).

PRIMERA DE CORINTIOS 14:34–36

Hay sólo dos pasajes en todo el Nuevo Testamento que parecerían contener alguna prohibición contra el ministerio de la mujer (1 Corintios 14:31 y 1 Timoteo 2:12). Puesto que éstos deben situarse junto a las otras declaraciones y prácticas de Pablo, apenas pueden considerarse absolutas, es decir, como prohibiciones indiscutibles respecto del ministerio de la mujer. Más bien, parecen lidiar con problemas locales específicos que necesitaban corregirse. Por tanto, el reconocimiento constante de Pablo de mujeres que ministraban entre las iglesias debe verse como su perspectiva auténtica, en vez de las aparentes prohibiciones de estos dos pasajes, que están sujetos a interpretaciones contradictorias.

Hay varias interpretaciones respecto a lo que Pablo estaba restringiendo cuando dijo: “vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar” (1 Corintios 14:34). Pablo usa la palabra griega (sigatō) para limitar el discurso de las mujeres, antes la había usado para limitar el discurso de aquellos que hablan en lenguas cuando no hay interpretación (1 Corintios 14:28), y que se aplicó a los profetas cuando una profecía era dada a otra persona (v. 30). Sólo en esas circunstancias específicas se debe silenciar en la iglesia a las personas que hablan en lenguas, los profetas, y las mujeres. ¿Bajo qué circunstancias, entonces, ha de limitarse el discurso de las mujeres?

Las opciones incluyen: (1) el parloteo durante los servicios públicos, (2) las interrupciones a raíz de experiencia extáticas, (3) ciertos ministerios autorizados (como el de juzgar profecías), y (4) las preguntas durante la reunión. Es evidente que Pablo permitía que las mujeres oraran y profetizaran durante el servicio público de Corinto (1 Corintios 11:5). Es más, Pablo aconsejó que aquellos que profetizan (entre los cuales claramente había mujeres) estén entre los que juzgan las profecías (1 Corintios 14:29). Por ende, así como en el caso de las restricciones de Pablo sobre los varones y las mujeres que hablaban en lenguas y eran profetas, es posible que las restricciones adicionales que Pablo da a las mujeres tengan que ver con otro tipo de discurso perturbador.

Si bien la naturaleza exacta de la prohibición de Pablo en este texto es un asunto de estudio continuo, nosotros concluimos que aquí no se prohíbe el liderazgo femenino, sino que, así como en el resto del capítulo, se amonesta a que se haga “todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).

PRIMERA DE TIMOTEO 2:11–15

El significado y la aplicación de la declaración de Pablo, “Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Timoteo 2:12), ha desconcertado a

los intérpretes y ha tenido como resultado una diversidad de posiciones respecto al rol de la mujer en el ministerio de liderazgo espiritual.

En base a los pasajes estudiados antes sobre mujeres ejemplares en el ministerio, es evidente que Pablo reconoce el ministerio de ellas. Claro, había problemas obvios en Éfeso, algunos de los cuales estaban vinculados con las mujeres. Algunas mujeres se vestían sin pudor y con extravagancia (1 Timoteo 2:9). Las jóvenes viudas aprendían a “ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran” (1 Timoteo 5:13). En la segunda carta a Timoteo, Pablo advierte contra las personas depravadas (lo cual es posible que incluya a mujeres) que manipulaban a mujeres “débiles”, “que se (dejaban) llevar” (2 Timoteo 3:6, NVI).

Una lectura de todo el pasaje de 1 Timoteo 2:9–15 sugiere decididamente que Pablo estaba aconsejando a Timoteo acerca de enseñanzas y prácticas heréticas que involucraban a mujeres de la iglesia en Éfeso en particular. Tan seria habrá sido la herejía que Pablo tuvo que decir de las mujeres de Éfeso: “No permito que la mujer enseñe al hombre y ejerza autoridad sobre él”. Otros pasajes muestran que tal exclusión no era normativa dentro del ministerio de Pablo.

PRIMERA DE TIMOTEO 3:1–13

Algunos han utilizado este pasaje entero para afirmar que todos los líderes y las autoridades en la iglesia primitiva supuestamente eran varones. El pasaje primero aborda el liderazgo masculino, sin duda porque era la práctica mayoritaria, y lo esperado. Pero también hay respaldo significativo para el liderazgo femenino.

Como es típico de las versiones modernas, la Nueva Versión Internacional traduce el versículo 11 de la siguiente manera: “así mismo, las esposas de los diáconos deben ser honorables”. Los traductores de la NVI decidieron arbitrariamente que el verso hace referencia a las esposas de los diáconos (a pesar de que no haya una referencia a las esposas en los requisitos previos de los ancianos).

Sin embargo, la palabra traducida como “esposas” corresponde al plural del término griego gynē, que puede traducirse como “mujer” o “esposa”, según el contexto. Al reconocer esto, los traductores de la NVI introdujeron la palabra “diaconisas” como lectura alternativa en las notas al pie de página. Pero otras traducciones (por ejemplo, la RV60 y LBA) traducen la forma plural de gynē como “mujeres”. Entonces, el versículo habla literalmente de los requisitos de las mujeres en el liderazgo espiritual, las cuales en este contexto podrían llamarse “diáconos”.

Aunque el entorno cultural del primer siglo produjo un liderazgo eclesiástico compuesto en su mayoría por varones, este pasaje demuestra —junto con otra evidencia bíblica del liderazgo espiritual femenino (por ejemplo, Hechos 21:9; Romanos 16:1–15; Filipenses 4:2,3)— que el liderazgo femenino no estaba prohibido, ni en los días de Pablo ni en la actualidad. Los pasajes que sugieren que los varones constituían la mayoría del liderazgo no deben tomarse como señal de que todo liderazgo era masculino, pues los registros bíblicos hablan favorablemente de numerosas líderes mujeres.

GÁLATAS 3:28

Aquellos que se oponen a que las mujeres desempeñen roles de liderazgo espiritual en la iglesia establecen limitaciones contextuales sobre Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús”.

Algunos intérpretes restringen el significado de esta tríada a la salvación por la fe o a la unidad en Cristo. Esa verdad sin duda se articula a través de la Escritura. Sin embargo, el versículo resuena con un timbre de aplicación universal para todas nuestras relaciones; no sólo se aplica al concepto de que todos pueden venir a Cristo. “No hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer”… éstos son principios relacionales básicos a los cuales los fieles seguidores de Cristo deben dar la más alta prioridad.

Con el Dios de la Biblia “no hay favoritismos” (Romanos 2:11;  2 Samuel 14:14; 2 Crónicas 19:7; Hechos 10:34; Efesios 6:9). Él llama a quién quiere, y da dones y ministerios como Él decide; los seres humanos no deben poner limitaciones sobre prerrogativas divinas. La relación tensa entre Adán y Eva, incluyendo la declaración que “él te dominará” (Génesis 3:16), surge como resultado de la maldición, lo cual manifiesta que no era parte del plan original y duradero de Dios para la humanidad. En Cristo somos verdaderamente libres del pecado y de su maldición, que nos separa de Dios y de otros, y hace que enaltezcamos o rebajemos a cada persona en base a su raza, posición social, o género.

EN CONCLUSIÓN:

Luego de examinar las diversas traducciones e interpretaciones de los pasajes bíblicos relacionados con el rol de la mujer en la iglesia del primer siglo, y con el deseo de aplicar los principios bíblicos a la práctica eclesial contemporánea, puede concluirse que no hay pruebas convincentes de que el ministerio de la mujer esté restringido por un principio sagrado o inmutable. Las Escrituras nos impulsan a afirmar que: “… para Dios no hay favoritismos…”  (Hechos 10:34, Nueva Versión Internacional), seamos hombres o mujeres. Por lo tanto, quienes afirman, con base en el Antiguo Testamento, que Dios considera inferior a la mujer, la excluye del liderazgo, o que la biblia es machista y misógina, yerran por ignorancia o por malicia descarada. En las Escrituras no encontramos la desaprobación de Dios, ni su condena hacia la mujer, o incluso a la actuación de mujeres que ejercieron posiciones de liderazgo, ya fuera en la familia, en la vida civil o en la esfera religiosa. Además, en el nuevo convenio: “… Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús…”  (Gálatas 3:28, Nueva Versión Internacional). La voluntad del Señor siempre fue, ha sido y será que sus hijos, hombres o mujeres, se consideraran y trataran como iguales. Las leyes (en apariencia discriminativas hacia la mujer) dadas por conducto de Moisés en el Antiguo Testamento, deben ser entendidas dentro de su contexto histórico y cultural. El Señor toleró hasta cierto punto los tiempos de ignorancia de su pueblo pero también, en medio de dicha ignorancia, dejó leyes sabias que prefiguraban la intención final de Dios para su pueblo escogido: la igualdad. Jesucristo dijo: “… Esa ley la escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son — aclaró Jesús—. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo. Así que ya no son dos, sino uno solo…“  (Marcos 10:5-8, Nueva Versión Internacional).

Soy consciente de que el ministerio y el liderazgo de la mujer no es aceptado por algunos individuos, tanto dentro como fuera de la comunidad cristiana. Personalmente, condeno todo prejuicio y autopromoción por parte de hombres y de mujeres. La existencia de la intolerancia contra las mujeres en nuestro mundo, y con demasiada frecuencia en la iglesia, no puede negarse. Pero no hay lugar para semejante actitud en el cuerpo de Cristo. Aunque las actitudes de la sociedad secular, basadas en prácticas y tradiciones de largo tiempo, han influido en la aplicación de principios bíblicos a circunstancias locales, los pentecostales creemos que es nuestro deber ayudar a redimir a las culturas que están en desacuerdo con los principios del Reino. La Gran Comisión tiene prioridad sobre toda otra consideración. Debemos alcanzar a hombres y mujeres para Cristo, más allá de sus costumbres culturales o étnicas. El mensaje de redención ha sido llevado a las partes más remotas del mundo mediante el ministerio de mujeres y hombres dedicados y llenos del Espíritu. Los dones de los creyentes y la unción hoy deben seguir abriendo el camino para su ministerio. El ministerio pentecostal no es una profesión a la cual simplemente aspiran tanto hombres como mujeres; siempre debe ser un llamamiento divino, confirmado por el Espíritu con un don especial.

Las iglesias pentecostales han sido bendecidas, y deben continuar siendo bendecidas, por el ministerio de las hijas de Dios, que tienen dones y recibieron una comisión por parte de Él. La Biblia afirma, una y otra vez, que Dios derrama su Espíritu sobre hombres y mujeres y, de este modo, concede dones a ambos sexos para el ministerio de su Iglesia. Por tanto, debemos seguir honrando los dones de las mujeres en el ministerio y en el liderazgo espiritual.

Por supuesto, el monumental desafío de la Gran Comisión de ir y hacer “discípulos de todas las naciones” (Mateo 28:19) requiere la participación de todos los ministerios con dones del Espíritu Santo, tanto de hombres como de mujeres.