Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Cesasionismo, Complementarianismo, Continuismo, Egalitarianismo

¿Arminianos Reformados?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El Arminianismo Reformado (también conocido como Arminianismo Clásico) es la visión sistemática de las Escrituras enseñada por el teólogo holandés Jacobo Arminio. Arminio expuso sus ideas mucho antes que sus seguidores hicieran públicos los 5 Artículos de la Remonstrancia. Lo que muchos ignoran es que Arminio se consideraba a sí mismo como Reformado, y muchos dentro del movimiento reformado holandés sostuvieron su enfoque de la teología. Hoy, sin embargo, el término calvinista es virtualmente sinónimo de reformado, y cualquier cosa con el término “Arminiano” se considera un punto de vista opuesto a lo reformado o calvinista.

Tristemente, lo que muchos calvinistas conocen e identifican como arminianismo es la corriente o tradición wesleyana únicamente. Sin embargo, un número cada vez mayor de arminianos está adoptando una variedad no wesleyana de arminianismo que ahora se conoce como “Arminianismo Reformado” o, más comúnmente, como “Arminianismo Clásico”. En países como Estados Unidos la corriente principal de este movimiento se encuentra en la denominación Bautista de libre albedrío, cuyos orígenes se remontan al movimiento bautista general inglés del siglo XVII. Los primeros defensores de este enfoque incluyen figuras inglesas del siglo XVII como Thomas Helwys y Thomas Grantham. Los defensores del siglo XX incluyen a los eruditos Bautistas de Libre Albedrío Leroy Forlines y Robert Picirilli, quienes se consideran a sí mismos como representantes de un tipo de arminianismo más parecido a la teología de Arminio que a la mayoría del arminianismo moderno.

Un número cada vez más creciente de evangélicos se ajusta a un perfil único en la conversación calvinista-arminiana: consideran que las Escrituras no apoyan una visión tradicional calvinista de la predestinación, la gracia y la libertad humana. Sin embargo, no están de acuerdo con el rechazo de la mayoría de los arminianos a las doctrinas reformadas de la depravación total, la expiación penal sustitutiva, la imputación de la justicia de Cristo de Cristo en la justificación y la santificación progresiva (en oposición a la doctrina de la santificación total en esta vida enseñada por la corriente wesleyana). Para estas personas, y para toda la conversación calvinista-arminiana, esta corriente de pensamiento arminiana reformada ofrece posibilidades fructíferas de entendimiento entre ambos sistemas teológicos. Por ejemplo, las Asambleas de Dios, la mayor y más influyente de las denominaciones pentecostales, ha abrazado de forma significativa la teología arminiana clásica (o reformada), rechazando algunos elementos del arminianismo wesleyano y calificando como herejía el pelagianismo. Esto se debe en parte a la influencia bautista en los orígenes, liderazgo primitivo y fundamento teológico de esta denominación pentecostal. Debe recordarse que el Reverendo E.N. Bell, primer Superintendente General de las Asambleas de Dios era bautista. Bell recibió educación superior en la Universidad de Stetson en la década de 1890, y se formó teológicamente en el Seminario Teológico Bautista del Sur (1900-1902) y la Universidad de Chicago (B.A., 1903).

NECESITAMOS IR MÁS ALLÁ DE NUESTRA TRIBU SOTERIOLÓGICA.

Aunque en la mente de muchos cristianos no podrían existir dos términos más opuestos entre sí que “arminiano” y “calvinista”, esto no necesariamente es cierto. No obstante, al oír la expresión “Arminiano Reformado” muchos pensarán que se trata de una broma, pues consideran que tal expresión constituye un verdadero oxímoron; como si habláramos de la existencia de hielo caliente o de un conservador de izquierda. Tal forma de pensar ilustra de forma clara el antagonismo y la incomprensión que ha predominado por siglos en ambos bandos.

Los calvinistas frecuentemente caricaturizan a los arminianos y los acusan de creer cosas que realmente no creen. Lo mismo puede decirse de los arminianos hacia los calvinistas. Lo cierto es que la mayoría de los evangélicos calvinistas no están familiarizados con los escritos de Arminio, al igual que la mayoría de los evangélicos arminianos no conocen los escritos de Calvino. Esto es una pena, y no siempre fue así. Parece que hay mucha más insularidad en estos días en la comunidad evangélica, y mucho menos ir más allá de nuestra tribu soteriológica para entender realmente a los demás y su manera de pensar. Personalmente, he descubierto que puedo tener mucho más en común de lo que pensé con algunos calvinistas con respecto a la persona, obra y evangelio de Cristo, justificación, santificación, cosmovisión cristiana, apologética y epistemología, compromiso cultural, escatología, etc. (e incluso puntos de vista sobre el bautismo y los dones carismáticos). Pero todos esos puntos en común a menudo se pasan por alto en la comunidad arminiana por un simple hecho: ¡No somos calvinistas y no queremos ser relacionados como tales! ¡No creemos en la elección incondicional, la expiación limitada, ni en la gracia irresistible! ¡Y tampoco estamos totalmente de acuerdo en lo que a la perseverancia final de los santos se refiere!

Pero no solo los arminianos podemos ser así. Los calvinistas pueden ser igual o peor de insulares que nosotros. Es gracioso que los arminianos (o calvinistas) puedan trabajar junto con otros arminianos (o calvinistas) que difieren con ellos en cuanto a si los niños deben ser bautizados, el momento del regreso de Cristo y los dones carismáticos, y, sin embargo, el calvinismo y el arminianismo se han convertido en una prueba de fuego para la comunión evangélica en esos mismos círculos. Esta situación es precisamente lo que impide que las personas comprendan y lean a los autores del otro lado, lo que no es saludable.

Creo que si los calvinistas leyesen a Arminio en persona (y no solo a sus críticos y adversarios teológicos), verían a alguien cuyo latido del corazón por el evangelio se parece mucho a los calvinistas más antiguos que leen y citan. Se encontrarían con alguien cuya espiritualidad y creencias doctrinales en lo que significa ser un pecador totalmente depravado fuera de la gracia divina, lo que significa ser justificado por la justicia imputada de Cristo solo por la fe, lo que la doctrina de la expiación por medio de la sustitución penal se trata, de cómo un creyente crece en gracia y se santifica, del legalismo contra el antinomismo, etc., se parecen más a lo que ellos creen de lo que habían imaginado.

ARMINIANISMO REFORMADO, ARMINIANISMO WESLEYANO Y SEMIPELAGIANISMO.

La soteriología arminiana reformada se aparta de los modelos wesleyanos y del movimiento de santidad derivado de este al abrazar las categorías más reformadas de Arminio. Asimismo, marca una clara distancia con otros sistemas falsamente identificados como arminianos, pero que rayan en el semipelagianismo y el Teísmo Abierto.

A diferencia de la teología wesleyana-arminiana, tal como se desarrolló en el movimiento de santidad, el arminianismo reformado sostiene la noción tradicional reformada de la depravación total del hombre, que solo la gracia de Dios a través del poder de convicción y atracción del Espíritu Santo puede contrarrestar. Presenta una visión reformada de satisfacción penal de la expiación. Esto implica que la obediencia activa y pasiva de Cristo se imputa al creyente en la justificación.

Los arminianos reformados difieren fuertemente del perfeccionismo y la doctrina de la entera santificación propuesta por el arminianismo wesleyano. También creen que los cristianos perseveran en la salvación solo por medio de la fe. Si bien los creyentes pueden apostatar de la salvación forjada de una vez por todas en Cristo y perderse irremediablemente, esta apostasía se produce solo a través de la deserción de la fe. Esto tiene ramificaciones prácticas para asegurar la salvación: la comprensión del arminianismo reformado de la apostasía difiere un poco de la noción wesleyana de que los individuos pueden caer repetidamente de la gracia al cometer pecados individuales y pueden ser restaurados repetidamente a un estado de gracia a través del arrepentimiento.

Es precisamente este alejamiento de la teología wesleyana lo que le permitiría al arminianismo reformado revitalizar el actual diálogo arminiano-calvinista (o la falta de diálogo). ¿Por qué? Porque el arminianismo reformado constituye una apropiación más orientada a la gracia y cercana a la doctrina reformada en su entendimiento de la naturaleza de la expiación, la justificación, la santificación y la espiritualidad, combinada con su postura arminiana sobre la predestinación y la libertad (antes y después de la conversión) para resistir la gracia salvífica divina. De este modo, el arminianismo reformado proporciona un arminianismo único a través de medios arraigados en la teología del propio Arminio.

Desafortunadamente, el “arminianismo” más popular en el evangelicalismo moderno no es ni siquiera el wesleyano, sino más bien un modelo semipelagiano, más cercano a Charles Finney[1] que a John Wesley. Aunque Wesley está más alejado de la teología reformada de lo que lo estaríamos nosotros, los arminianos clásicos, no estuvo tan lejos como Finney y gran parte del movimiento de Santidad como se desarrolló en los siglos XIX y principios del XX. Wesley rechazó una expiación sustitutiva penal completa y la imputación de la justicia de Cristo al creyente. Él enseñó a los creyentes que podían perder su salvación una y otra vez a través de la impenitencia. Su visión de la santificación y la espiritualidad fue mucho más sobre las experiencias de crisis y la perfección; en mi opinión, se desvió hacia el legalismo en su reacción al antinomianismo. Sin embargo, aún se parecía más a los reformadores que a Finney y reaccionó contra el pelagianismo de maneras importantes, especialmente en su opinión del pecado adámico.

SIMILITUDES ENTRE LA TEOLOGÍA ARMINIANA REFORMADA, O CLÁSICA, Y EL CALVINISMO.

Ahora bien, la pregunta más importante en este punto es: ¿Existen similitudes reales entre el arminianismo clásico, o reformado, y el calvinismo? La respuesta es sí. Contrario a lo que muchos piensan, el arminianismo clásico o reformado guarda ciertas similitudes doctrinales con el calvinismo. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

(1.- Depravación Humana: la voluntad humana en su estado de caída no puede lograr ningún bien espiritual a menos que sea asistido y habilitado por la gracia divina. Arminio afirmó: “El libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, mutilado, enfermo, inclinado y debilitado; sino también está encarcelado, destruido y perdido … Cristo dijo: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’ “.[2] Jacobo Arminio siempre quiso mantener la mayor distancia posible del pelagianismo, al cual calificaba como herejía.

(2.- Justificación: La expiación de Cristo no fue simplemente una obra de teatro o exhibición para mostrar el amor de Dios o su disgusto hacia el pecado. No estaba destinada simplemente a ejercer una influencia moral sobre los hombres o defender la justicia pública afirmando el orden moral. Más bien, como Anselmo, Arminio sostuvo la doctrina de la satisfacción penal de la expiación (es decir, una vista forense). Dios, como juez, solo justificará al hombre al cumplir plenamente con la ley (justicia inherente), o a través de una completa rendición de cuentas con ese hombre o la plena satisfacción de la ley según lo cumplido por otro en su lugar (justicia imputada). La paga del pecado debe ser hecha de una manera u otra, ya sea por sí mismo o por otro en su lugar.

Arminio rechazó absolutamente cualquier doctrina basada en la salvación por obras. Para Arminio, estar en estado de gracia significaba ser encontrado en Cristo. En la teología arminiana, al igual que en el calvinismo, Jesús llevó una vida sin pecado, murió de muerte sustitutiva, resucitó de entre los muertos al tercer día y ascendió al Padre donde él mora por siempre para interceder por sus santos. La frase “en Cristo” tiene que ver con la unión del creyente con Cristo. Nuestros pecados le fueron imputados a Él para que su justicia (tanto su obediencia activa en la vida, como su obediencia pasiva en su muerte sustitutiva) nos fuese imputada a nosotros.

ARMINIANISMO REFORMADO EN LAS IGLESIAS PENTECOSTALES.

Como se dijo anteriormente, las Asambleas de Dios, la mayor y más influyente de las denominaciones pentecostales, ha abrazado de forma significativa la teología arminiana clásica (o reformada), rechazando algunos elementos del arminianismo wesleyano y calificando como herejía el pelagianismo. Esto no es casual o fortuito, sino que se debe en gran medida a la influencia bautista en los orígenes, liderazgo primitivo y fundamento teológico de esta denominación pentecostal.

Aunque muchos no vacilarían en identificar el origen de las Asambleas de Dios dentro de la corriente del Movimiento de Santidad wesleyano, esto no es del todo cierto. Debe recordarse que el Reverendo E.N. Bell, primer Superintendente General de las Asambleas de Dios era bautista. Bell recibió educación superior en la Universidad de Stetson en la década de 1890, y se formó teológicamente en el Seminario Teológico Bautista del Sur (1900-1902) y la Universidad de Chicago (B.A., 1903). Bell pastoreó diversas iglesias bautistas durante diecisiete años.[3] El primer pastorado pentecostal de Bell fue en Malvern, Arkansas, donde publicó un periódico mensual, The Word and Witness. Cuando los padres fundadores de las Asambleas de Dios se reunieron en Hot Springs, Arkansas, del 2 al 12 de abril de 1914 para promover la unidad y la estabilidad doctrinal, establecer una personería legal, coordinar la empresa misionera y establecer una escuela de entrenamiento para el ministerio Eudorus N. Bell fue elegido presidente (título que más adelante se cambió a superintendente general) del primer Concilio General de las Asambleas de Dios. Las iglesias provenientes del movimiento de santidad no fueron dominantes en el desarrollo teológico del nuevo movimiento, ya que los aproximadamente 300 delegados del primer Concilio General representaron una diversidad de iglesias independientes y redes, entre ellas la «Asociación de Asambleas Cristianas» en Indiana, la «Iglesia de Dios en Cristo», y el «Movimiento de la Fe Apostólica» de Alabama, Arkansas, Mississippi y Texas.

En una de sus declaraciones oficiales, las Asambleas de Dios sientan postura y se distancian tanto del pelagianismo y las variantes extremas de arminianismo, como del calvinismo extremo (llamado hipercalvinismo). En cambio, las Asambleas de Dios afirman:

“Debe notarse que hay peligros en las expresiones extremas de ambos grupos [calvinistas y arminianos]. Una forma extrema de arminianismo puede rotularse como pelagianismo, postura en la cual los creyentes básicamente se salvan a sí mismos por la calidad de su vida y de su fe. Una forma extrema de la teología reformada se ha denominado a veces híper- calvinismo, en la cual el individuo, como se señaló antes, no tiene participación alguna en la salvación o condenación. Ninguno de estos extremos tiene base bíblica, o una explicación satisfactoria para las realidades de la vida.”[4]

Pero esta denominación representativa del pentecostalismo clásico va más allá. A pesar de que el pentecostalismo podría considerarse como una continuación del Movimiento de Santidad Wesleyano, las Asambleas de Dios se distancian del arminianismo wesleyano (el cual enseña que los creyentes pueden perder su salvación una y otra vez, y cuya visión de la santificación y la espiritualidad se desvía hacia el legalismo en su reacción al antinomianismo); en cambio, las Asambleas de Dios afirman:

“Cualquiera que ha nacido de Dios no practica pecado, no sigue pecando habitualmente. No puede seguir pecando de la misma manera que el hijo del diablo. Más bien, el cristiano debe crecer espiritualmente y dejar el pecado, reconociendo que el pecado continuo afectará adversamente su fe. ¿Implica esto que un cristiano puede pecar y todavía ser salvo? La primera reacción de muchos es decir que no puede. Sin embargo, es necesario en este contexto considerar el hecho de que la preocupación, el orgullo, la envidia, y la amargura se aceptan como fallos comunes. Pocos sugerirían que los creyentes que cometen tales pecados están perdidos. Además, si se insiste en que Dios requiere una perfección actual sin pecado de los creyentes, entonces la pregunta es: “¿Está la posición del hombre en Cristo basada en su propia justicia o en la justicia de Cristo que le fue atribuida por fe?” Si el hombre es salvo solamente cuando tiene una vida sin mancha, ¡entonces la salvación no es por gracia, sino por obras! También si Dios acepta al hombre solamente cuando éste no tiene ninguna falta, la vida cristiana entonces no está libre de condenación como Pablo insistió en Romanos 8:1. Más bien, sería una existencia de preocupación y penitencia constante, llena de temor y condenación y desprovista del gozo y la confianza que el conocimiento de la salvación puede dar. (Vea Romanos 5:9–11 donde está claro que el Dios que nos amó lo suficiente como para proveer para nuestra salvación también nos ama lo suficiente como para proveer para nosotros hasta llegar a la gloria. Esta garantía nos da gozo en Él.) Una pregunta similar es: “¿Qué pasaría a un creyente que peca en el momento en que Jesús regrese?” Los que sostienen la idea de que los cristianos no pueden pecar y todavía ser salvos enseñarían que tal creyente está perdido y condenado por la eternidad. ¡Qué desesperación! ¡El creyente no entra y sale de la gracia de Dios! ¡Está seguro en la mano de Dios, y ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada lo podrá separar del amor del Padre![5]

Dicha declaración oficial choca en cierta medida con el perfeccionismo wesleyano y su idea de la caída constante del creyente de la Gracia. Así, mientras se distancia tanto del arminianismo wesleyano como del pelagianismo y del hipercalvinismo, la mayor de las denominaciones pentecostales del mundo se inclina por un arminianismo clásico o reformado:

“Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). ¿Por qué tanta preocupación y cuidado? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12)… La salvación se pierde al rechazar a Cristo… Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente. (Vea Romanos 10:21 donde Pablo habla de Israel, pero el principio se aplica aquí también.) Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19). No siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo.”[6]

Así pues, el arminianismo clásico, o reformado, se ha convertido en el punto de encuentro entre la teología calvinista moderada y los nuevos grupos evangélicos, incluidos los pentecostales. Llegar a acuerdos es posible. Ambas corrientes teológicas pueden coexistir y enriquecerse mutuamente y, en los puntos de desacuerdo, respetarse. Esto nos lleva al siguiente punto: Los diferencias.

DIFERENCIAS ENTRE LA TEOLOGÍA DE ARMINIO Y EL CALVINISMO.

Si bien el arminianismo reformado permite un mayor entendimiento con el calvinismo, y constituye una aproximación mayor a la teología reformada de lo que muchos pensaban, o de lo que otros tipos de arminianismo lo permiten, tampoco puede negarse que existen diferencias claras entre ambos sistemas. Entre dichas diferencias podemos mencionar:

(1.- LA TEOLOGÍA DEL PACTO:

Las diferencias fundamentales entre el arminianismo reformado y el calvinismo pueden encontrarse en la comprensión particularista del calvinismo del “decreto inalterable de Dios”. La visión calvinista de la elección incondicional, la gracia irresistible y la necesaria perseverancia de los santos, se deriva de la denominada Teología del Pacto. La Teología del Pacto le proporciona al calvinismo un marco explicativo para interpretar los pasajes del Nuevo Testamento relativos a la salvación. Pero ¿en qué consiste dicho sistema teológico? De acuerdo con el calvinismo, para entender el plan de salvación como es explicado en el Nuevo Testamento, hemos de presuponer el paradigma bíblico del Pacto de Redención, el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. Así pues, la teología del pacto pretende resumir la enseñanza de toda la Biblia con el concepto de pacto. Un pacto es un acuerdo formal entre dos o más personas que establece y define los límites de la relación. La teología del pacto sostiene que Dios toma la iniciativa de relacionarse con el ser humano siempre por medio de pactos. También sostiene que existe cierta continuidad entre varios de estos pactos, y que reconocer esta continuidad nos ayuda a entender el mensaje principal de la Biblia.

Los teólogos del pacto suelen ver un pacto en Edén antes de la caída de Adán. Sin embargo, enfrentan un problema: Los primeros capítulos de Génesis no usan la palabra pacto para hablar de la relación entre Dios y Adán, por lo que los teólogos calvinistas deben buscar indicios de dicho pacto en otro lado. Generalmente, suelen refugiarse en Oseas 6:7 para sostener dicha idea: “mas ellos, como Adán, han transgredido el pacto”. En los supuestos teológicos del calvinismo, Dios siempre se relaciona con el ser humano por medio de pactos. Por medio de los pactos, Dios comunica lo que espera de su pueblo, les ofrece y promete bendición, estipula consecuencias por la desobediencia, y especifica la manera de recibir la bendición (si por la fe o por la obediencia). De acuerdo con dicha teología, otro aspecto clave de los pactos bíblicos es que suele haber representación; es decir, Dios trata con una sola persona en representación de los demás. Existe una solidaridad entre el pueblo y el representante. Citan como ejemplo el trato de Dios con el pueblo de Israel y sus reyes. Si el rey obedecía, el pueblo disfrutaba de bendición. Por el contrario, si el rey desobedecía, el pueblo sufría las consecuencias.

Una forma en la que la teología del pacto resume los tratos de Dios con su pueblo es según tres pactos: el de las obras, el de gracia, y el de la redención.

(1.- Pacto de las Obras: Dios entró en un pacto condicional con Adán en el cual este tenía que obedecerle en el jardín para evitar la muerte y ser confirmado para siempre en justicia. Adán era el representante de la raza humana, de modo que, cuando desobedeció, Dios consideró a todo ser humano culpable. Romanos 5 dice que el pecado entró en el mundo y se extendió no debido a la desobediencia de cada ser humano, sino a la culpa a un individuo: Adán. Todos sufrimos las consecuencias de su pecado porque fue nuestro representante en el pacto de las obras.

(2.- Pacto de la Gracia: Se suele explicar que este pacto entra en vigor a partir de Génesis 3:15 (la maldición de la serpiente). Este pacto establece la manera en que Dios salva a su pueblo: por gracia por medio de la fe en el mediador, que es el Cristo. Se argumenta (aunque con matices y diferencias, según el teólogo) que los pactos sucesivos en la Biblia incluyen y revelan este principio de salvación por gracia por medio de la fe. Esta continuidad se resume en el pacto de la gracia.

(3.- Pacto de la Redención: El pacto de gracia se ejecuta en la historia humana, pero antes, en la eternidad, el Padre, el Hijo, y el Espíritu ya habían establecido un acuerdo según el cual el Padre le prometió un pueblo como herencia, del cual el Hijo sería cabeza y redentor. El Hijo, por su parte, voluntariamente decidió tomar el lugar de este pueblo en su vida encarnada y en su muerte. Y el Espíritu se comprometió a aplicar las bendiciones ganadas por Cristo a todo el pueblo. Este pacto busca encontrar apoyo bíblico, por ejemplo, en los salmos mesiánicos, en el lenguaje de Jesús cuando habla de la necesidad que tiene de cumplir la voluntad de su Padre, y en Efesios 1, donde se habla de los roles de cada persona de la Trinidad en la redención. Sin embargo, el pacto propuesto por los calvinistas no incluye a toda la humanidad ni pone a disposición de todos los hombres el regalo de la salvación. Para el calvinista, a través del pacto Dios busca redimir solo a los elegidos. De acuerdo con los términos de este pacto el Padre elige un número definido de individuos para sí mismo, el Hijo hace lo que es necesario para salvar a aquellos que el Padre le ha dado y a nadie más, y el Espíritu Santo, de igual manera, aplica la salvación solo a los elegidos.[7]

Sin embargo, la Teología del Pacto posee ciertos puntos de crítica que debilitan la posición calvinista. La primera y principal es la falta de base bíblica.  Aunque la palabra pacto aparece muchas veces en la Biblia, lo cierto es que la Biblia no menciona ni el pacto de la gracia, ni el de la redención, y muchos creen que tampoco el de obras. Son deducciones sin base bíblica concreta. No hay una indicación directa en las Escrituras de que tal pacto fuera jamás hecho, y lo que es más importante, los términos de dicho pacto no se revelan. Solo cuando asumimos a priori que la elección no es condicional, es que concluimos el Ordo Salutis y todos los demás elementos del calvinismo. Sin embargo, se ve exactamente lo contrario en las Escrituras: la expiación de Cristo fue para todos, de hecho, para el mundo entero, y la salvación de Dios es condicional, y esa condición es la fe en Cristo.

Otro punto de crítica con esta teología es que propone demasiada continuidad entre los pactos. Sobran quienes argumentan que la teología del pacto propone demasiada continuidad entre los tratos de Dios con su pueblo en una época y en otra. Por ejemplo, el debate entre bautistas y presbiterianos acerca del bautismo de infantes tiene que ver precisamente con el tema de la continuidad entre los pactos: los presbiterianos dicen que los hijos de creyentes se incluyen en la comunidad del pacto porque así fue con Abraham y con el pueblo de Israel, ambos partícipes del mismo pacto de gracia del cual participa la iglesia del nuevo pacto. Los bautistas que se consideran teólogos del pacto (y los hay) responden que el pacto de la gracia no incluye necesariamente los hijos de creyentes, a no ser que estos también respondan en fe.

Como puede verse, la teología del pacto crea más problemas de los que resuelve. Aquí, entonces, está el entendimiento arminiano reformado de cómo uno puede llegar a “estar en Cristo”: Por medio de la fe, y dicha oferta está abierta a todos. La expiación es general, no limitada ni particular.

(2.- EL DETERMINISMO O FATALISMO CRISTIANO: El determinismo es la creencia que Dios ordena u organiza todas las cuestiones del universo de manera que todo y cada cosa que ha sucedido y sucederá está eficazmente orquestado por Dios de tal forma que debieron suceder exactamente cómo sucedieron. Dicha doctrina niega de forma contundente la existencia del albedrío humano. Augustus Toplady, clérigo anglicano y opositor calvinista de John Wesley, llegó incluso a afirmar que “No hay partícula de polvo que se mueva sin que Dios la haya levantado, conduzca su movimiento incierto, y por su cuidado particular, la haga reposar en cierto lugar que El dispuso con anticipación.”[8]

Sin embargo, el determinismo causal universal y divino propuesto por el calvinismo no puede ofrecer una interpretación coherente de la Biblia. Incluso los teólogos reformados clásicos reconocieron eso. D. A. Carson identifica nueve corrientes de pasajes que afirman la libertad humana: (1) Las personas enfrentan una multitud de exhortaciones y ordenes divinas, (2) a las personas se le dice que obedezcan, crean y que escojan a Dios, (3) las personas pecan y se rebelan contra Dios, (4) los pecados de las personas son juzgados por Dios, (5) las personas son probadas por Dios, (6) las personas reciben recompensas divinas, (7) los elegidos son responsables de responder a la iniciativa de Dios, (8) las oraciones no son meras obras maestras programadas por Dios, (9) Dios literalmente le suplica a los pecadores para que se arrepientan y sean salvos. Esto, ciertamente, no concuerda con la doctrina determinista, o fatalismo cristiano, propuesto por el calvinismo.[9]

Pero no solo la Biblia se opone al determinismo, sino que, el determinismo causal universal no puede ser afirmado de manera racional. Además, el determinismo universal divino hace a Dios el autor del pecado y remueve la responsabilidad humana. Contrario a la visión arminiana, en la visión determinista aún el movimiento del albedrío humano es causado por Dios. Dios mueve a las personas a escoger el mal y no pueden hacer lo contrario. Dios determina sus elecciones y hace que ellos hagan el mal. Si es malo hacer que otra persona haga lo malo, entonces en esta visión Dios no sólo es la causa del pecado y del mal, sino que Dios mismo se hace malo, lo cual es absurdo. De la misma manera, todas las responsabilidades humanas para el pecado han sido removidas. Así que nuestras elecciones no dependen de nosotros: Dios es el causante de que las hagamos. No podemos ser responsables por nuestras acciones, ya que nada de lo que pensamos o hacemos depende de nosotros. De este modo, el determinismo universal divino anula la agencia humana.

Pero hay algo peor en esto. El determinismo hace que la realidad se convierta en una farsa. Según la visión determinista, el mundo entero se convierte en un espectáculo vano y vacío. No hay agentes libres en rebelión contra Dios, a quienes Dios busca para ganárselos por medio de Su amor, ni nadie que libremente responda a ese amor y que libremente da a cambio su amor y alabanza a Dios. Todo el espectáculo es una payasada en la que el mismo Dios es el único actor real.

Lejos de glorificar a Dios, la visión determinista menosprecia a Dios por involucrarse en esa payasada absurda. Es profundamente ofensivo para Dios el pensar que Él crearía seres que son, en todo sentido, causalmente determinados por Él y luego les trata como si ellos fueran agentes libres cuando les castiga por las malas acciones que hizo que ellos cometieran, o cuando los ama como si ellos fueran agentes que responden de manera libre.

(3.- LAS DOCTRINAS DE LA GRACIA: El término “Doctrinas de la Gracia” suele ser empleado para referirse al TULIP, acrónimo que resume los cinco puntos del calvinismo (Depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia final de los santos). Todos los arminianos aceptamos la doctrina de la depravación total del hombre. Sin embargo, negamos de forma contundente las doctrinas calvinistas de la elección incondicional, la expiación limitada o particular y la naturaleza irresistible de la gracia. Asimismo, poseemos una comprensión diferente de la doctrina de la perseverancia final de los santos. La postura arminiana reformada en relación con las doctrinas de la gracia queda establecida en “Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610” los cuales afirman:

ARTÍCULO I.

“Dios, por un objetivo eterno e inmutable en Jesucristo su Hijo, antes de la fundación del mundo, tiene determinado, de la raza caída, pecaminosa de los hombres, salvar en Cristo, para Cristo, y por Cristo, a los que, por la gracia del Espíritu Santo, creerán en este su Hijo Jesús, y perseverarán en fe y obediencia de fe, por esta gracia, hasta el fin; y, de otra parte, dejar a los incorregibles e incrédulos en el pecado y bajo la ira, y condenarlos como enajenados de Cristo, según la palabra del evangelio en Juan 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” y de acuerdo también con otros pasajes de la Escritura.”

ARTÍCULO II.

“De acuerdo con esto, Jesucristo, el Salvador del mundo, ha muerto por todos los hombres y por cada hombre, de modo que haya obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, el rescate y el perdón de pecados; aunque nadie en realidad disfrute de este perdón de pecados excepto el creyente, según la palabra del Evangelio de Juan 3.16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”. Y en la Primera Epístola de Juan 2:2: “Él es la propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

ARTÍCULO III.

“Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo, Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”.

ARTÍCULO IV.

“Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo. Hechos 7 y en otros muchos lugares.”

ARTÍCULO V.

“Que aquellos que están incorporados en Cristo por una fe verdadera, y de esta manera se han hecho partícipes de su Espíritu vivificante, tienen por lo tanto pleno poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo y su propia carne, y para ganar la victoria, siendo bien entendido que esto es siempre a través de la gracia asistente del Espíritu Santo; y que Jesucristo les asiste por medio de su Espíritu en todas las tentaciones, extendiendo a estos su mano, y si sólo están listos para el conflicto y desean su ayuda, y no están inactivos, les impide caer, de modo que ellos por ninguna artimaña o poder de Satanás, pueden ser engañados, ni arrancados de las manos de Cristo, según la palabra de Cristo, Juan x. 28: “Nadie los arrebatará de mi mano”. Pero si son capaces, por negligencia, de abandonar de nuevo los primeros comienzos de su vida en Cristo, regresando nuevamente a este mundo malvado presente, de apartarse de la santa doctrina que les fue dada, de perder una buena conciencia, siendo desprovistos de gracia, eso debe ser determinado más particularmente de las Sagradas Escrituras antes de que puedan enseñar esto con la plena persuasión de sus mentes. Por consiguiente, los remonstrantes consideramos estos artículos conformes a la Palabra de Dios, tendentes a la edificación y en cuanto a este argumento, suficiente para la salvación, de modo que no sea necesario o edificante elevarse más alto o descender más profundo.”[10]

 (4.- CESASIONISMO: El cesasionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. Aunque los movimientos reformados en general han sido cesasionistas en cuanto a la pneumatología, rechazando las manifestaciones actuales del Espíritu Santo, hay algunos entre los neo-reformados que están abiertos a los dones o que hablan en lenguas. Los arminianos, y particularmente los pentecostales y carismáticos, creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

(5.- COMPLEMENTARIANISMO: Una problemática bastante frecuente que promueven los neo-reformados es el complementarianismo, en algunos casos con el rechazo de cualquier participación ministerial para las mujeres y, en otros casos, con la limitación del ministerio de las mujeres a un ámbito muy limitado. En el contexto eclesiástico, el complementarianismo afirma que solo los hombres deben dirigir la iglesia en calidad de pastores. Éste es un asunto con el que los arminianos, sobre todo los pentecostales, estamos en desacuerdo. Creemos, en cambio, en el egalitarianismo, el cual le permite a las mujeres el acceso al ministerio, incluso la ordenación al pastorado.[11]

La historia del Antiguo Testamento incluye relatos de sólidos liderazgo femenino en muchos roles, tal como los siguientes ejemplos dignos de destacar: Miriam fue profetisa en Israel durante el éxodo, junto a sus hermanos, Moisés y Aarón (Éxodo 15:20). Débora, que era no sólo profetisa sino jueza, dirigió a Barac para que guiara al ejército de Israel hacia un combate exitoso contra sus opresores (Jueces 4 y 5). Hulda, también profetisa, autenticó el rollo de la ley encontrado en el templo y ayudó a iniciar la reforma religiosa en los días de Josías (2 Reyes 22:14–20; 2 Crónicas 34:22–28).

El Nuevo Testamento también muestra que las mujeres desempeñaban roles ministeriales importantes en la Iglesia Primitiva. Tabita (Dorcas) puso en marcha un efectivo ministerio de benevolencia (Hechos 9:36). Las cuatro hijas solteras de Felipe eran profetisas reconocidas (Hechos 21:8,9). Pablo señaló a dos mujeres, Evodia y Síntique, como mujeres que “combatieron juntamente conmigo en el evangelio” (Filipenses 4:2,3). Priscila fue otra de las mujeres que 3 Pablo consideró ejemplar entre sus “compañeros de trabajo en Cristo Jesús” (Romanos 16:3,4). En Romanos 16, Pablo saluda a muchos colegas ministeriales, entre los cuales muchas eran mujeres. En estos saludos, la palabra que Pablo usa para hablar del “trabajo” (kopiaō) o la “labor” de María, Trifena, Trifosa, y Pérsida (Romanos 16:6,12) es una que utiliza con frecuencia para su propia labor ministerial (1 Corintios 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 5:17). Febe, una líder de la iglesia de Cencrea, fue muy elogiada por Pablo ante la iglesia de Roma (Romanos 16:1,2). Lamentablemente, las parcialidades de las traducciones han oscurecido la posición de Febe en el liderazgo; por ejemplo, algunas versiones en inglés traducen el término como “sierva”, pero Febe era diakonos de la iglesia en Cencrea. Por lo general, Pablo utilizaba este término para identificar a un ministro o líder de una congregación, y lo aplica específicamente a Jesucristo, Tíquico, Epafras, Timoteo, y su propio ministerio. Según el contexto, diakonos por lo general se traduce como “diácono” o “ministro”. Aunque algunas traducciones han escogido la palabra “diaconisa” (por ejemplo, la NVI, pues Febe es mujer), el griego diakonos es un sustantivo masculino. Por tanto, es probable que diakonos fuera una designación para una posición de liderazgo oficial en la Iglesia Primitiva. Por tanto, la traducción correcta para el rol de Febe sería “diácono” o “ministro” (como lo reflejan algunas versiones en inglés, por ejemplo, la New Living Translation, NLT). Además, muchas traducciones reflejan inclinaciones similares, al referirse a Febe como alguien que “ha ayudado” (NVI), “ha sido de ayuda” (NTV) para muchos, incluido el mismo Pablo (Romanos 16:2). El término griego aquí es prostatis, que NRSV [versión en inglés] se traduce como “benefactor”, con sus matices de igualdad y liderazgo. Pablo identificó a Junia como apóstol (Romanos 16:7). A comienzos del siglo trece, algunos eruditos y traductores masculinizaron su nombre como Junias, al parecer estaban renuentes a reconocer que había un apóstol mujer. Sin embargo, el nombre Junia se encuentra más de 250 veces solamente en Roma, mientras que la forma masculina Junias es conocida en cualquier fuente greco-romana. Pablo claramente fue un defensor de la mujer en el ministerio. Estas instancias de mujeres cumpliendo funciones de liderazgo en la Biblia deben considerarse como un patrón aprobado por Dios, no como excepciones a sus normas divinas. Incluso un número limitado de mujeres que cumplían funciones de liderazgo con el respaldo de las Escrituras afirman que Dios en verdad llama a mujeres al liderazgo espiritual.

CONCLUSIÓN.

Mientras que en asuntos teológicos hay claras diferencias entre nosotros los arminianos (incluso reformados o clásicos) y los calvinistas, ciertamente es más lo que nos une que lo que nos separa. Los extremos de ambas posiciones deberían rechazarse: Ni los extremos cuasi pelagianos de algunos que se autodenominan arminianos, ni los extremos hipercalvinistas de algunos grupos que se denominan reformados, son bíblicos. Si bien la enseñanza y la predicación de algunos teólogos de ambos grupos pudieran ser ocasionalmente controversiales, concordamos en el imperativo de presentar el evangelio a los perdidos. Los arminianos reconocemos a los calvinistas como nuestros hermanos en Cristo. Reconocemos su pasión por la causa del Evangelio y los aportes de sus eruditos a la teología cristiana en general. Sin embargo, cuando el pensamiento reformado se profundiza y se lleva al extremo de eliminar toda responsabilidad humana, debemos rechazarlo y permanecer fieles al llamado y ejemplo de Cristo y sus discípulos, de guiar a todos al Señor y ofrecerles salvación.

REFERENCIAS:

[1] Charles Grandison Finney (29 de agosto de 1792 – 16 de agosto de 1875), llamado “El más importante restauracionista estadounidense”, fue un líder del segundo gran despertar cristiano de Estados Unidos, que tuvo un profundo impacto en la historia social de los Estados Unidos. Finney tuvo una influencia primaria en el estilo de “renacimiento” de la teología que surgió en el siglo XIX. A pesar de provenir del calvinismo, Finney rechazó varios puntos del “viejo calvinismo divinista” que consideraba que no estaban de acuerdo con la Biblia además de que parecían oponerse al evangelismo y a la misión de los cristianos. En su teología Finney se oponía a la doctrina calvinista como lo expresa en su obra “resurgimientos religiosos”. En esta obra, él sostiene que la salvación se basa en la voluntad humana de arrepentirse y no es impuesta por Dios sobre las personas en contra de la voluntad de ellas. Su rechazo al calvinismo no fue total. En su obra Teología sistemática, Finney abraza la doctrina calvinista de la “Perseverancia de los Santos”. Quedan preguntas sobre cómo es que Finney veía el significado de la muerte de Jesús en la cruz. Su opinión es compleja. Además de hacer de la muerte de Cristo la pieza central de la justificación, más bien que de la obediencia de Cristo, la interpretación de Finney de la expiación era que satisfizo la “justicia pública” y que abrió las puertas para que Dios perdonase a la gente sus pecados. Ésta era la opinión de los seguidores de Jonatán Edwards, el así llamado Nueva Divinidad que era popular en aquella época. En esta interpretación, la muerte de Cristo satisfizo la justicia pública más bien que una justicia de retribución. Finney decía que no era una “transacción comercial”. Esta interpretación, conocida típicamente como el punto de vista gubernamental u opinión moral del gobierno, se diferencia del punto de vista calvinista en donde los sufrimientos de Jesús igualan la cantidad de sufrimiento que los cristianos experimentarían en el infierno.

[2] Disputation 11, “On the Free Will of Man and its Powers”, en The Works of James Arminius, 2:192.

[3] Véase: https://www.apostolicarchives.com/articles/article/8795590/172502.htm

[4] Véase: “UNA RESPUESTA DE LAS ASAMBLEAS DE DIOS A LA TEOLOGÍA REFORMADA” (adoptada por el presbiterio general en sesión el 1 y 3 de agosto de 2015). Disponible en línea en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Position-Papers/Reformed-Theology-Response-of-the-AG-Position-Paper

[5] Véase: “LA SEGURIDAD DEL CREYENTE”. Declaración oficial sobre la seguridad del creyente fue adoptada el 21 de agosto del 1978 por el Presbiterio General del Concilio General de las Asambleas de Dios.

[6] Íbid.

[7] Para saber más sobre la teología del pacto, se puede leer los resúmenes de la doctrina del pacto en manuales de teología sistemática como los siguientes:

  • En castellano: Berkhof, Teología sistemática.  W. Grudem, Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica.
  • En inglés: M. Horton, The Christian Faith: A Systematic Theology for Pilgrims on the Way. J. Frame, Systematic Theology: An Introduction to Christian Belief.

[8] Augustus Toplady, prefacio, Jerom Zanchius, The Doctrine of Absolute Predestination (London: Sovereign Grace Union, 1930), pp. 14.

[9] D. A. Carson, Divine Sovereignty and Human Responsibility: Biblical Perspective in Tension”(Soberanía Divina y la Responsabilidad Humana: Perspectiva Bíblica en Tensión, página 18-22).

[10] Creeds of Christendom, Volume III. The Creeds of the Evangelical Protestant Churches. ARTICULI ARMINIANI sive REMONSTRANTIA. The Five Arminian Articles. A.D. 1610.

[11] EL ROL DE LA MUJER EN EL MINISTERIO, tal como se describe en las Sagradas Escrituras (ADOPTADA POR EL PRESBITERIO GENERAL EN SESIÓN EL 9 AL 11 DE AGOSTO DE 2010). Disponible en PDF en: http://agchurches.org/Sitefiles/Default/RSS/Spanish%20AG/Position%20Papers/El%20rol%20de%20la%20mujer%20en%20el%20ministerio.pdf

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Salvación.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación es crucial para una buena relación personal con Dios. Es el corazón de las buenas nuevas, el evangelismo y la salud de la iglesia. No nos debe sorprender, entonces, que la salvación de los perdidos fuese el enfoque de toda la proclamación apostólica en las Escrituras. Tampoco nos debe sorprender que los apóstoles reservaron las más enérgicas denuncias para quienes alteraban, añadían, o complicaban la doctrina de la salvación. El libro de los Hechos y en las epístolas, los líderes de la iglesia primitiva predicaron constantemente el mismo evangelio. El pentecostalismo clásico, al igual que la iglesia primitiva, hizo de la doctrina de la salvación el corazón de su mensaje y el eje central de su evangelismo y visión misionera.

Como pentecostales, creemos que las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana y pentecostal, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

EL ORDO SALUTIS.

Prácticamente en toda declaración de fe protestante, la doctrina de la salvación se clasifica como una de las doctrinas cardinales del cristianismo. También es así en el pentecostalismo clásico. La salvación, el bautismo en el Espíritu Santo, la sanidad divina, y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales que son esenciales para la misión esencial de la iglesia de alcanzar al mundo para Cristo.

La clasificación como herejía de las modificaciones a la doctrina de la salvación tiene claros paralelos con la manera en que la iglesia ha tratado tales aberraciones en el pasado. Pisamos sobre terreno bíblico firme cuando guardamos celosamente la pureza de la doctrina de la salvación, porque es la única doctrina en la Biblia por la que se pronuncia un anatema (maldición) a quienes se atreven a pervertirla (Gr. metastrepsai) de acuerdo con Gálatas 1:6-9. En este pasaje, Pablo declaró “bajo maldición” (NVI) a la persona o el ángel que distorsiona el Ordo Salutis (el camino de la salvación) como se revela en las Escrituras. Dicho anatema se establece dos veces para mayor énfasis, (versículos 8,9). El Apóstol consideró el Ordo Salutis de tal fundamental importancia que aún un leve cambio comprometería la totalidad del evangelio. El resultado sería la concepción de un “evangelio diferente” (versículo 6). A pesar de esta terrible advertencia acerca de la desviación doctrinal, la doctrina de la salvación ha sufrido más ataques herejes que ninguna otra doctrina bíblica.

Desde el primer siglo de la Era Cristiana, el evangelio ha sufrido por los intentos de hombres pecadores de añadir pasos al Ordo Salutis. La iglesia primitiva fue testigo de los primeros esfuerzos.  El libro de los Hechos registra un movimiento dentro de la iglesia primitiva de añadir a la salvación la circuncisión y la observancia de toda la ley de Moisés (Hechos 15:1,5). Los judaizantes sostenían que los gentiles tenían que convertirse al judaísmo antes de que Dios les concediera la salvación. Los creyentes convocaron al primer concilio en Jerusalén para tratar este asunto que causaba división. Después de que todos tuvieron oportunidad de hablar, prevalecieron el testimonio apostólico (versículo 14), la Palabra de Dios (versículos 15-18), y la guía del Espíritu Santo (versículo 28), y los creyentes no añadieron estos dos requisitos al Ordo Salutis.

Sin embargo, la victoria fue breve. Comenzando con el libro de Gálatas, que fue escrito después del Concilio de Jerusalén, Pablo inició en su ministerio una implacable batalla contra los judaizantes que persistían en su intento de cambiar el camino de la salvación. (compare con Romanos 2 al 4; 1 Corintios 7:18-20; 2 Corintios 11:4-22; Gálatas 2:11-14; 5:6-11; Efesios 2:11; Filipenses 3:2,3; Colosenses 2:11; y Tito 1:10). Este conflictivo asunto sobrevivió la muerte de Pablo y los apóstoles. Líderes cristianos como Ignacio de Antioquía también trató este asunto en el segundo siglo (Epístola a los Magnesios 8:1; 10:3).

A través de los siglos, el Ordo Salutis ha estado bajo continuo ataque. En la Edad Media los requisitos para la salvación incluían la aspersión, la afiliación satisfactoria a la iglesia adecuada, la observancia periódica de la Comunión, y la asistencia periódica a la confesión. Después de la Reforma Protestante, muchos grupos comenzaron a enseñar el bautismo en agua como un paso necesario para la salvación. Recientemente se expresó un énfasis similar en los círculos pentecostales. En 1916, muchos pastores e iglesias dejaron la recién organizada Asambleas de Dios por un movimiento llamado Nueva Luz [New Light]. Basado en la revelación personal en vez de las claras enseñanzas de las Escrituras, los seguidores de las enseñanzas de la Nueva Luz sostienen que la verdadera salvación requiere los pasos adicionales del bautismo en agua “solo en el nombre de Jesús” (en vez de la fórmula trinitaria que encontramos en Mateo 28:19) y el bautismo en el Espíritu Santo con hablar en lenguas. La Iglesia Pentecostal Unida, la Iglesia Apostólica, y los grupos pentecostales Solo Jesús todavía mantienen esta forma de Ordo Salutis.

¿Cuál es entonces el sencillo y claro Ordo Salutis que aparece en las Escrituras? Es nada más ni menos que: el arrepentimiento de los pecados y la confianza en Jesús como perdonar y Señor. Solo el sacrificio de la sangre de Jesús en la Cruz puede hacer posible el perdón y la reconciliación con Dios (Mateo 26:28; Juan 3:16; Hechos 20:28; Romanos 3:24,25; 5:9; Efesios 1:7; 2:13-26; Colosenses 1:14,20,22; Tito 2:14; Hebreos 9:14,26,28; 13:12,20; 1 Pedro 1:2,18-21; 1 Juan 1:7; Apocalipsis 1:5; 5:9; 7:14). Arrepentimiento, confianza, y sometimiento a su señorío destina a los creyentes los efectos de su sacrificio (Juan 3:16; Hechos 3:19; 5:31; 10:43; 13:38,39; 16:31; 17:30; 20:21; Romanos 10:9,10; 1 Juan 1:9). Según las Escrituras, el sacrificio de Jesús es suficiente para proveer para nuestra salvación. Solo se requiere la fe (confianza y obediencia a Él) para aplicarla a la vida de los creyentes (Juan 3:16; Hechos 11:17; 15:9,11; Romanos 1:16,17; 3:27,28; 4:5,16; 5:1; 10:3-13; Gálatas 3:1,2; Efesios 2:8,9).

HERENCIA ARMINIANA Y WESLEYANA EN LA SOTERIOLOGÍA DEL PENTECOSTALISMO CLÁSICO.

La posición soteriológica que mantienen típicamente las iglesias pentecostales se denomina arminianismo, por Jacobo Arminio (1560–1609). El arminianismo fue luego desarrollado por John Wesley; por lo que algunos pentecostales tal vez estén más familiarizados con el rótulo de wesleyanos en vez de arminianos. Arminio fue un elogiado estudiante de Beza. En el proceso de defender conceptos reformados, terminó discrepando con Calvino y Beza en los temas de la gracia irresistible, la predestinación, y el libre albedrío. Luego de su muerte, los seguidores de Arminio desarrollaron su pensamiento en más profundidad en Los cinco artículos de la oposición (también llamados Los cinco artículos de reproche o de la Remonstrancia) en 1610. El arminianismo se define brevemente a través de los denominados 5 puntos del arminianismo, los cuales también sosn sostenidos por el pentecostalismo clásico:

  • Depravación Total: El hombre es naturalmente malo, e incapaz de salvarse a sí mismo.
  • Elección Condicional- Dios elige para la salvación a todo aquel que responde por medio de la fe, pues la salvación es por la fe (Efesios 2:8)
  • Expiación Ilimitada o Universal: Cristo murió para salvar a todos los pecadores (Juan 3:16) y su expiación es válida para todo aquel que cree en Jesucristo y lo reciba. De manera que todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios no discrimina, no quiere que nadie perezca, sino que espera que todos se arrepientan y sean salvos (2 Pedro 3:9)
  • Gracia Resistible (Libre albedrío): Dios ha hecho al ser humano con la capacidad de elegir su propio destino. Dios no decide en su lugar. Dios ofrece a todos su gracia, pero cada uno es libre de aceptarla o rechazarla.
  • Seguridad del Creyente en la Fe: Todo creyente está seguro de ser salvo, porque Dios lo mantiene en la fe. Su seguridad depende de que se mantenga en la fe de Jesucristo y la nueva vida de santidad que Él da al creyente.

EL ORDO SALUTIS ARMINIANO Y PENTECOSTAL CLÁSICO.

El Ordo Salutis es el “orden de la salvación”. Este se centra en el proceso de salvación y el orden lógico de ese proceso. Cuando se dice que una persona particular fue o es “salva”, el término es frecuentemente usado sin la profundidad de la Escritura o sin la apreciación de la gracia de Dios. La Escritura define varios aspectos diferentes o pasos en la salvación de la persona, desde el primer oír del evangelio hasta el camino para la eternidad en el cielo. Cada uno de esos aspectos coincide, puesto que todos ellos son parte de la salvación de la persona, mas ellos también mantienen sus características distintivas en las Escrituras en el plano redentor.

(1.- EL LLAMADO DEL EVANGELIO, EL EJERCICIO DE LA FE Y LA ELECCIÓN: El Padre determinó que el camino normativo de la salvación debería ser a través de Su Palabra. La Biblia coloca un énfasis muy grande sobre la lectura y predicación de Su Palabra, así como la transmisión de ese evangelio a todas las personas. Este llamado general del Evangelio contiene la supremacía de Dios, su ira contra el pecado, y la promesa de salvación a través de su Hijo, exhorta a el hombre caído a arrepentirse en sus pecados y creer en la redención de Cristo Jesús. (Isaías 55:7, Mateo 28:9-20, Romanos 10:14,17, 2 Timoteo 1:9-10, 3:15). Aquel que oye el evangelio es confrontado con la culpa de su condición pecaminosa y la certeza de un juicio justo contra él. Desesperándose por causa de su estado, él ve su única esperanza de escape a través de Cristo y, capacitado por la gracia preveniente de Dios, ejerce fe en Cristo, confía en la promesa de salvación y también se arrepiente de sus pecados. Por la fe él se reconoce como un pecador necesitado de gracia, e implora a Dios por su poder y amor para salvarlo a través de la sangre y la justicia de Cristo. A través del arrepentimiento él odia su pecaminosidad y se vuelve a Dios como la única fuente de justicia y bondad, esforzándose para vivir en obediencia a Él. Aquellos que se arrepienten y creen son convertidos de seguidores de Satanás a seguidores de Dios (Isaías 55:11, Oseas 14:2,4, Hechos 17:30-31, 20:21, Romanos 1:17, Efesios. 1:17-18, 2:8). En ese momento, un pecador destinado previamente al infierno, pasa ser parte de los elegidos.

(2.- JUSTIFICACIÓN: La promesa del Evangelio es que aquellos que confían en el Señor serán salvos. El perdón de los pecados del pueblo del Dios, y la justicia que permite al pecador estar en la presencia de un Dios Santo, viene de la perfecta obediencia y del sacrificio expiatorio de Cristo. Como un sustituto para el pecador arrepentido, dos cosas acontecen:  Cristo obtiene su salvación (del pecador arrepentido) y el derecho de estar delante de Dios, por cumplir la ley de Dios y el pacto en lugar de él, y él carga el castigo por sus pecados. Como Cristo cumplió esta tarea, Dios promete que aquellos que confían en Él tendrán la justicia de Cristo imputada (o dada) a ellos, así como sus pecados serán imputados a Cristo. Así, como un santo juez, Dios legalmente declara que su pueblo es “justo” o “sin culpa”. El pecador es justificado delante del Señor cuando, en fe, Él descansa no sobre su propia bondad y/o buenas obras (de las cuales el pecador no tiene ninguna), sino sobre la magnífica obra del Hijo de Dios (Jeremías 23:6, Romanos 3:24-26, 4.5-8, 5:17-19, Gálatas 2:16)

(3.- REGENERACIÓN: El llamado general del Evangelio es hecho eficaz cuando el Espíritu Santo hace que la Palabra de Dios sea entendida, apreciada y creída en el corazón del individuo. Por causa de la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, él está en enemistad contra Dios y rehúsa reconocer la veracidad del Evangelio. Dios, por medio de su Espíritu, cambia esa rebelión espiritual, regenerando, renovando y transformando la condición interna de una depravada hacia una de amor por el Señor. Aquellos que responden al mensaje de salvación y ejercen fe en Jesucristo son entonces renacidos, nacidos de nuevo, y sus ojos y oídos son abiertos para ver las gloriosas verdades de la salvación de Dios. (Ezequiel 36:26-27, Mateo 16:17, 1 Corintios 2:12-14, 2 Corintios 3:3,6, 2 Tesalonicenses 2:13-14, Tito 3.5)

(4.- ADOPCIÓN: La gracia de Dios convierte a los pecadores de siervos de Satanás en siervos de Cristo, más aún, Dios promete más que eso. El manifiesta su amor paternal para con los pecadores perdidos adoptándolos como sus propios hijos. A través de la adopción, Él les da todos los derechos, privilegios y protección, como perteneciendo a su familia y teniendo su nombre. Ellos se vuelven hijos e hijos adoptivos del Padre, y hermanos, hermanas, y coherederos con Cristo (Salmos 103:13, Juan 1:12, Romanos 8:15-17, Gálatas 4:5-7, Efesios 1:5).

(5.- SANTIFICACIÓN: El próximo paso en este proceso de salvación es la obra purificadora del Espíritu Santo en el andar diario del creyente. Los creyentes no solamente son presentados como inocentes a través de la imputación de la justicia de Cristo, sino que ellos también se desarrollan espiritualmente en la justicia por la palabra y por el Espíritu. Como el Espíritu habita en el creyente, Él opera en ellos el crecer en la gracia y en el conocimiento, y produce en ellos frutos y buenas obras espirituales. Sin embargo, nadie se puede tornar perfecto en esta vida, y aunque esta santificación puede ser una obra muy larga y demorosa, los elegidos son fortalecidos por la gracia de Dios para que ellos perseveren en la santidad (2 Corintios 7:1, Efesios 2:10, 5:26, 2 Tesalonicenses 2:13, Hebreos 13:20-21)

(6.- GLORIFICACIÓN: Cuando un creyente muere, su alma va a la presencia de Dios mientras él espera por la resurrección y redención de su cuerpo físico, allí es confortado y contempla la gloria de Dios. La realización final de la salvación acontecerá cuando Cristo vuelva, reúna a su pueblo, y lo glorifique junto a Él. Finalmente, la Biblia promete que la maldición del pecado no existirá más, y que habitaremos con el Señor en perfecta paz, amor y alegría (Eclesiastés 12:7, Juan 5:28-29, Hechos 24:15, Romanos 8:30, 1 Corintios 15, 2 Corintios 5:1,6,8, Filipenses 1:23).

Estrictamente hablando, la fe no es parte de la salvación en el ordo arminiano, ya que dicho aspecto es la condición que se cumple antes del acto de salvación de Dios. Todo lo que sigue a la fe en el “ordo” arminiano es la salvación. La gracia preveniente hace posible la respuesta de fe y la fe es la condición ordenada por Dios que debe ser cumplida antes de que Dios salve al individuo. La fe es sinérgica en el sentido de que es una respuesta genuina que es posible gracias a la gracia capacitadora de Dios. Todo lo que sigue (los diversos aspectos de la salvación) es una obra monergista de Dios. Mientras que la salvación es resultado de la fe, la fe no causa la salvación. Dios causa la salvación en respuesta a la fe de acuerdo con su promesa de salvar a los creyentes.

La adopción se incluye tanto en la regeneración como en la glorificación. La regeneración es el comienzo de la adopción mientras que la glorificación es la culminación de esta. La elección está ligada a la unión con Cristo. Pasamos a ser los elegidos de Dios en nuestra unión con Cristo (el elegido), ya que llegamos a participar en su elección a través de la unión y la identificación con Él. La fe nos une a Cristo (Efesios 1:13) y todas las bendiciones espirituales que residen en Cristo se convierten en las del creyente cuando se unen con Él (Efesios 1: 3-12).

En términos temporales, estas bendiciones serían simultáneamente nuestras, pero lógicamente es importante colocar la justificación antes de la regeneración y todo lo que sigue, ya que primero se debe recibir el perdón y tener el pecado removido antes de la recepción de la nueva vida y el alcance de la santidad (santificación). Uno no puede tener vida mientras todavía está bajo la condenación del pecado y la ira de Dios porque “la paga del pecado es muerte”. Y uno no puede ser santificado aparte de la justificación. Así que, en el momento en que estamos unidos a Cristo, somos purificados por su sangre y nueva vida y santidad inmediatamente resultan de esa purificación. Bajo este ángulo soteriológico, la predestinación se refiere al destino predeterminado de los creyentes a través de la unión con Cristo. Los creyentes han sido predestinados a la adopción final y a la conformidad con la imagen de Cristo (glorificación). La predestinación no hace referencia a la predeterminación de Dios de ciertos pecadores a convertirse en creyentes y ser finalmente salvados.

CONCLUSIÓN.

Como embajadores de Cristo, hemos de predicar el mensaje del Rey como heraldos fieles: la buena noticia del Hijo de Dios que fue crucificado y resucitado para rebeldes ingratos como nosotros. Por tanto, el llamado es para cada uno de nosotros a predicar este glorioso mensaje el cual es capaz de transformar el corazón de los seres humanos y frenar la maldad de este mundo que se manifiesta en violencia, fraudes, muertes, extorsiones, hogares destruidos por la infidelidad conyugal, abortos, delincuencias, etc. Para Dios esta labor es sumamente importante que aun desde el Antiguo Testamento les encomendara tal tarea: “Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 31:12). De igual manera la iglesia del Señor tiene esta misma encomienda: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:19-20). Los pentecostales hemos hecho nuestra la responsabilidad de compartir el mensaje salvador del evangelio. Como Pablo nosotros somos responsables de trastornar el mundo de las tinieblas anunciando este glorioso mensaje a aquellos que viven en las tinieblas: ¡Sólo Cristo salva! No hay otro camino. La salvación está disponible para todo aquel que quiera venir a Él.