Catolicismo, Iglesias Reformadas, ORDENANZAS DEL EVANGELIO, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, SACRAMENTOS

Sacramentos u ordenanzas pentecostales

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Nuestro término “sacramento” proviene del latín “sacramentum”. En el mundo antiguo, originalmente, el sacramentum era una suma de dinero depositada en un lugar sagrado por las dos partes envueltas en una litigación civil. Cuando la corte tomaba su decisión, se le devolvía su dinero a la parte ganadora, mientras que se le quitaba el suyo a la perdedora, como “sacramento” obligatorio; era considerado sagrado porque era ofrecido entonces a los dioses paganos. Al pasar el tiempo, también se aplicó el término “sacramento” al juramento de fidelidad que hacían los nuevos reclutas en el ejército romano. Ya en el segundo siglo, los cristianos habían adoptado este término y lo habían comenzado a asociar con su voto de obediencia y consagración al Señor. La Vulgata latina (alrededor del año 400) usó el término sacramentum para traducir el término griego mystérion (“misterio”), lo cual añadía una connotación más bien secreta o misteriosa a aquellas cosas consideradas “sagradas”.[1] De hecho, a lo largo de los años, el sacramentalismo se impuso en la iglesia cristiana al punto que estos llegaron a ser vistos como ritos que confieren gracia espiritual (con frecuencia, “gracia salvadora”) a los que participan de ellos. En el catolicismo, por ejemplo, los sacramentos son considerados señales exteriores de la gracia interior, instituidos por Cristo para nuestra santificación.[2]

En la interpretación reformada los sacramentos son considerados signos externos que sellan y confirman las promesas del pacto de Dios. Así, para muchos protestantes de tradición calvinista, los sacramentos son medios de gracia. Es decir, son canales utilizados por Dios para impartir y conferir la gracia simbolizada. De acuerdo con esta interpretación los sacramentos, además de contener algún elemento visible como el agua, el pan o el vino, incluyen también una acción determinada, ordenada por Dios en asociación con el signo, que le otorga al creyente un beneficio redentor. Esta, sin embargo, no es la norma evangélica.

La mayoría de las iglesias evangélicas (pentecostales incluidos) ven a los sacramentos como solamente memoriales o señales que indican que la persona ha hecho una profesión de fe y ahora son parte de la familia de la iglesia. La mayor parte de los grupos protestantes están de acuerdo en que Cristo le dejó a la Iglesia dos observancias o ritos, que se debían incorporar a la adoración cristiana: el bautismo en agua y la Cena del Señor.[3]

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¿SACRAMENTOS U ORDENANZAS?

En el contexto pentecostal y evangélico, mayormente a causa de la connotación un tanto mágica que acompaña al uso de la palabra “sacramento”, se suele preferir el término “ordenanza” para expresar nuestro entendimiento con respecto al bautismo y la Cena del Señor.[4] Ya desde los tiempos de la Reforma, algunos pusieron objeciones al uso de la palabra “sacramentos”, prefiriendo hablar de “señales” o “sellos” de la gracia. Tanto Lutero como Calvino utilizaron el término “sacramento”, pero llamaron la atención sobre el hecho de que el uso que ellos hacían de él tenía un sentido teológico distinto al que implica originalmente la palabra. Felipe Melanchton, compañero de Lutero, prefería utilizar el término “signi” (señales).[5] Hoy en día, algunos que no se consideran “sacramentalistas” (es decir, que no consideran que se administre la gracia salvadora a través de los sacramentos), siguen usando los términos “sacramento” y “ordenanza” como sinónimos.

Como algo dispuesto por Cristo, en lo que participamos tanto por su mandato como por su ejemplo, la mayoría de los pentecostales y evangélicos no consideran las ordenanzas como algo que produzca por sí mismo un cambio espiritual, sino más bien piensan que sirven como símbolos o formas de proclamar lo que Cristo ya ha efectuado espiritualmente en la vida del creyente.

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EL BAUTISMO EN AGUA

La ordenanza del bautismo en agua ha sido parte de la práctica cristiana desde los orígenes de la Iglesia. Esta práctica era una parte tan corriente de la vida en la Iglesia Primitiva, que la sola idea de un cristiano sin bautizar es sencillamente absurda y no se considera siquiera en el Nuevo Testamento.[6]

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios afirma:

“Las Escrituras establecen la ordenanza del bautismo en agua por inmersión. Todos los que se arrepienten y creen en Cristo como Salvador y Señor deben ser bautizados. De esta manera declaran ante el mundo que han muerto con Cristo y que han sido resucitados con El para andar en nueva vida (Mateo 28:19; Marcos 16:16; Hechos 10:47-48; Romanos 6:4)”[7]

La Declaración de Fe de la iglesia de Dios también afirma:

“En el bautismo en agua por inmersión, y que todos los que se arrepienten deben ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”[8]

Asimismo, la Declaración de Fe de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular afirma:

“Creemos que el bautismo en agua en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, de acuerdo con el mandamiento de nuestro Señor, es una bendita señal exterior de una obra interna, un precioso y solemne emblema que nos recuerda que así como nuestro Señor murió en la cruz del Calvario, debemos de considerarnos muertos verdaderamente al pecado, y que el viejo hombre fue clavado en la cruz con El; y que así como Él fue tomado del madero de la cruz y sepultado, así nosotros somos sepultados con El para muerte por el bautismo; para que así como Cristo fue resucitado de los muertos por la gloria del Padre, así nosotros andemos en novedad de vida”[9]

Para nosotros los pentecostales, Cristo marcó la pauta del bautismo cristiano cuando fue bautizado Él mismo por Juan al comienzo de su ministerio público (Mateo 3:13–17). Más tarde, les ordenó a sus seguidores que fuesen a todo el mundo e hiciesen discípulos, “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Por tanto, fue Cristo quien instituyó la ordenanza del bautismo, tanto con su ejemplo como con su mandato.

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En la teología pentecostal, uno de los principales propósitos por los que se bautiza a los creyentes en agua, es que esto simboliza su identificación con Cristo. Los creyentes del Nuevo Testamento, al ser bautizados, indicaban que estaban entrando en el ámbito del señorío soberano y la autoridad de Cristo. A través del bautismo, el nuevo creyente se identifica con Cristo en su muerte, que su vieja naturaleza fue sepultada con Él, y que ha sido levantado a nueva vida en Él. El bautismo indica que el creyente ha muerto a la antigua forma de vivir y entrado en “novedad de vida” por medio de la redención en Cristo. En la teología pentecostal, el acto del bautismo en agua no es el que realiza esta identificación con Cristo, pero la presupone y simboliza. De esta forma, el bautismo simboliza el momento en el cual alguien que anteriormente había sido enemigo de Cristo presenta su rendición definitiva.[10]

El bautismo en agua simboliza también que los creyentes se han identificado con el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Los creyentes bautizados son iniciados en la comunidad de la fe y, al hacerlo, dan testimonio público ante el mundo de su fidelidad al pueblo de Dios. Ésta parece ser una de las razones más importantes por las que eran bautizados los creyentes del Nuevo Testamento casi inmediatamente después de su conversión. En un mundo que era hostil a la fe cristiana, era importante que los nuevos creyentes tomaran partido junto con los discípulos de Cristo y se integraran de inmediato en la vida total de la comunidad cristiana. Así pues, recibir el bautismo es más que obedecer el mandato de Cristo; es algo relacionado con el acto mismo de convertirse en discípulo suyo.[11]

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LA CENA DEL SEÑOR

La segunda ordenanza de la Iglesia es la Cena del Señor o Santa Comunión. Como el bautismo, esta ordenanza ha formado parte integral del culto cristiano desde el ministerio terrenal de Cristo, cuando Él mismo instituyó este rito en la noche en que fue traicionado, durante la cena de la Pascua. Nuevamente, la Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios nos dice:

“La Cena del Señor, que consiste en la participación de las especies eucarísticas–el pan y el fruto de la vid–es el símbolo que expresa nuestra participación de la naturaleza divina de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1:4); un recordatorio de sus sufrimientos y su muerte (1 Corintios 11:26); y una profecía de su segunda venida (1 Corintios 11:26); y un mandato para todos los creyentes “¡hasta que él venga!”[12]

La Iglesia del Evangelio Cuadrangular, una denominación histórica del pentecostalismo clásico, declara al respecto:

“Creemos en la conmemoración y observancia de la Cena del Señor por el uso sagrado del pan partido, un símbolo precioso del Pan de Vida Jesucristo mismo, cuyo cuerpo fue partido por nosotros; y por el jugo de la vid, un símbolo solemne que siempre debe recordarnos de la sangre derramada del Salvador, quien es la Vid verdadera, y cuyas ramas representan a todos los creyentes; que esta ordenanza es como un arco iris glorioso que cubre el golfo del tiempo entre el Calvario y la venida del Señor, cuando en el reino de Su Padre el participara nuevamente de esta ordenanza con sus hijos; que el servir de este sacramento bendito debe ser siempre antecedido por el más solemne escrutinio del corazón, examen propio, perdón y amor hacia todos los hombres, para que nadie participe de esta ordenanza indignamente y beba condenación para su alma”.[13]

Siguiendo las indicaciones de Jesús, los cristianos participan de la Santa Cena en “memoria” de Él (Lucas 22:19–20; 1 Corintios 11:24–25). Sin embargo, el término que traducimos como “memoria” (gr. anámnesis) implica mucho más que recordar algo o pensar en alguna ocasión del pasado. Anámnesis implica transportar una acción que está enterrada en el pasado de una manera tal, que no se pierdan su potencia y vitalidad originales, sino que sean traspasadas al presente.[14] Este concepto se halla reflejado incluso en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 16:3; 1 Reyes 17:18). El concepto de anámnesis le confiere a la Cena del Señor un sentido triple del recuerdo: pasado, presente y futuro. El teólogo pentecostal Stanley M. Horton afirma a este respecto:

“La Iglesia se reúne como un solo cuerpo en la mesa del Señor, para recordar su muerte. Los mismos elementos que es típico utilizar en la Santa Cena son representativos del sacrificio máximo de Cristo: dar su cuerpo y su sangre por los pecados del mundo. Hay también un sentido presente de comunión con Cristo en su mesa. La Iglesia no se reúne a proclamar a un héroe muerto, sino a un Salvador resucitado y vencedor. La frase “la mesa del Señor” sugiere que Él se halla a cargo de todo, como el verdadero anfitrión de la cena, con la connotación del sentido de que los creyentes están seguros y tienen paz en Él (Salmo 23:5). Finalmente, hay un sentido futuro de recuerdo en que la comunión presente del creyente con el Señor no es la definitiva. En este sentido, la Cena del Señor tiene una dimensión escatológica, puesto que se toma mientras se espera su regreso y la reunión eterna de la Iglesia con Él (Marcos 14:25; 1 Corintios 11:26). La comunión con Cristo denota además una comunión con su cuerpo, la Iglesia. La relación vertical que los creyentes tienen con el Señor se ve complementada con su relación horizontal los unos con los otros; el amor a Dios está vitalmente asociado con el amor a nuestro prójimo (Mateo 22:37–39). Esta comunión verdadera con nuestros hermanos y hermanas exige necesariamente la superación de todas las barreras (social, económica, cultural, etc.) y la corrección de todo aquello que pudiese destruir la unidad verdadera. Sólo entonces podrá la Iglesia participar genuinamente (o tener koinonía) en el cuerpo y la sangre del Señor, y ser realmente un cuerpo (1 Corintios 10:16–17). Pablo hace resaltar vívidamente esta verdad en 1 Corintios 11:17–34.”[15]

Ahora bien, el hecho de que en la teología pentecostal la Cena del Señor sea considerada una verdadera comunión entre los creyentes, implica de forma práctica que la mayor parte de las iglesias en las tradiciones pentecostal y evangélica practican la comunión abierta. Comunión abierta significa que todos los creyentes nacidos de nuevo, cualesquiera que sean sus diferencias menos importantes, son invitados a unirse con los santos en comunión con el Señor ante su mesa. Los creyentes de denominaciones hermanas pueden sentarse juntos a la mesa del Señor. Hay un elemento más que merece ser destacado en relación con la Cena del Señor y las prácticas de algunas iglesias pentecostales: El Lavatorio de pies.

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LA CENA DEL SEÑOR EN UNIÓN AL LAVATORIO DE PIES EN ALGUNAS IGLESIAS PENTECOSTALES

El lavado de pies es un acto ritual que simbolizaba la hospitalidad en el Medio Oriente, proporcionando agua para la limpieza y bienestar de los viajeros después de un largo camino. Sin embargo, en algunas culturas se considera una vergüenza repugnante y humillante lavar los pies a una persona, por lo que aún en el Medio Oriente era una labor destinada a los esclavos o siervos. En el contexto cristiano, el rito toma un significado diferente. En algunas denominaciones cristianas el lavatorio de pies es conocido también como Mandato (en latín mandatum, ‘orden, mandamiento’), y procede de las palabras de Jesús en la Vulgata “Mandatum novum do vobis” (Juan 13:34 VUL, ‘Os doy un nuevo mandamiento’).[16] Este rito no es exclusivo del Nuevo Testamento, sino que es mencionado en muchas más ocasiones en el Antiguo. Hay dos tipos de lavatorios de pies mencionados en el Antiguo Testamento:

  1. EL LAVATORIO TRADICIONAL: Esta práctica común se menciona en Génesis 18.4; 19.2; 24.32; 43.24 y 2 Samuel 11.8. Esta costumbre fue conocida en los días de Cristo, como es evidente por su reprensión a Simón: “Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies” (Lucas 7.44). La costumbre en aquel tiempo era que los siervos lavaran los pies a las visitas. En nuestra cultura ya no existe esta costumbre.
  2. EL LAVATORIO CEREMONIAL: El lavatorio ceremonial de los pies y las manos se menciona en Éxodo 30.17–21 y Éxodo 40.30–32. La primera cita tiene una lista de instrucciones específicas de Dios a Aarón y a sus hijos acerca de la ceremonia de purificación que tiene que ver con el lavatorio de las manos y de los pies. La segunda se refiere a la observancia de este mandamiento.

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El Nuevo Testamento, por otro lado, describe el lavado de pies como un acto efectuado por Jesús sobre sus discípulos. En la iglesia primitiva, era costumbre lavar los pies a otros cristianos como acción de humildad y servicio por las viudas según 1 Timoteo 5:10, en donde se nos dice:

“y que sea reconocida por sus buenas obras, tales como criar hijos, practicar la hospitalidad, lavar los pies de los creyentes, ayudar a los que sufren y aprovechar toda oportunidad para hacer el bien”

Agustín de Hipona lo relacionó ceremonialmente con el bautismo pascual y su asociación con el Jueves Santo fue establecida en la iglesia tradicional por el Concilio de Toledo en el 694. Sin embargo, este rito ha sido practicado desde el período de la iglesia primitiva e imitado por diversas denominaciones cristianas. Loa anabaptistas, una de las ramas de la Reforma Protestante, han practicado desde siempre el lavatorio de pies. Una de sus confesiones de fe establece:

“Creemos que Jesús nos llama a servirnos unos a otros en amor como lo hizo él. En lugar de procurar dominar sobre los demás, estamos llamados a seguir el ejemplo de nuestro Señor, que eligió ejercer como un sirviente, lavando los pies de sus discípulos. Cuando se aproximaba su muerte, Jesús se inclinó para lavar los pies de sus discípulos y les dijo: «Así que si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros unos a otros los pies. Porque os he dado un ejemplo, para que vosotros también hagáis lo que yo os he hecho». Con este acto, Jesús manifestó humildad y una disposición servicial, llegando a entregar su vida por los que él amó. Al lavar los pies de los discípulos, Jesús escenificó una parábola de su vida entregada hasta la muerte por ellos, y del estilo de vida a que están llamados los discípulos en el mundo. Los creyentes que se lavan los pies unos a otros manifiestan que son uno en el cuerpo de Cristo. Así reconocen su necesidad frecuente de limpieza, renuevan su disposición a deshacerse del orgullo y del poder mundanal, y ofrecen sus vidas en servicio humilde y amor sacrificado (Jn 13,14-15; Jn 13,8; Mt 20,20-28; Mr 9,30-37; Lc 22,25-27)”[17]

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Este rito fue transmitido también a algunas ramas del pentecostalismo clásico. La Iglesia de Dios, una de las denominaciones pentecostales más grandes e importantes, afirma en su Declaración de Fe:

“Creemos… en la cena del Señor y el lavatorio de los pies de los santos”[18]

Cabe destacar que no muchas organizaciones pentecostales observan el Lavatorio de Pies seguido de sus servicios de la Santa Cena, no obstante, la Iglesia de Dios aún continúa observando dicha práctica, la cual halla su fundamento en Juan 13:4-5, donde se nos dice:

“Se levantó de la cena, y se quitó su túnica, y tomando una toalla, se ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”

De acuerdo con la enseñanza de las iglesias pentecostales que todavía practican el lavatorio de pies, hay varias lecciones enseñadas en este acto. Todas estas se ven demostradas por la manera en la cual Jesús lavó los pies de los apóstoles. Estas incluyen la obediencia, la humildad, el amor, la igualdad, la sumisión, y el servicio. Aunque no todos los pentecostales consideramos el lavatorio de pies como una ordenanza que deba ser practicada de forma obligatorio en la iglesia de hoy (tal como el bautismo en agua y la cena del Señor), respetamos a nuestros hermanos pentecostales y de otras denominaciones que sí lo hacen, reconociendo además la belleza y simbolismo de dicho acto.

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LOS SACRAMENTOS, OTRO PUNTO DE DESACUERDO ENTRE PROTESTANTES Y CATÓLICOS

En la teología católica se enseña que, mientras que Dios da gracia al hombre sin símbolos externos (sacramentos), Él también ha elegido dar gracia al hombre a través de símbolos visibles. En la mentalidad católica, el hombre es necio al no hacer uso de estos medios provistos por Dios para obtener santificación. A fin de calificar como un sacramento, la Iglesia Católica Romana establece que debe reunir los siguientes tres criterios:

a) Debe ser una señal sensiblemente perceptible de gracia santificadora.
b) El otorgamiento de gracia santificadora.
c) La institución hecha por Dios o, más exactamente, por Dios-Hombre, Jesucristo.

Así que, los sacramentos no son meramente un símbolo, sino que son creídos como verdaderos otorgantes de gracia santificante sobre el receptor. La Iglesia Católica Romana cree que todos sus siete sacramentos fueron instituidos por Jesucristo Mismo. Hay siete sacramentos católico-romanos, y son los siguientes:

1) Bautismo, del cual la Iglesia Católica Romana enseña que quita el pecado original mientras que es infundido con gracia santificante.
2) Penitencia, por la cual uno confiesa sus pecados a un sacerdote.
3) Comunión, (La Eucaristía) considerado la recepción y consumo del mismo cuerpo y la misma sangre de Cristo.
4) Confirmación, una aceptación formal dentro de la iglesia, junto con una unción especial del Espíritu Santo.
5) Extremaunción o unción de los enfermos, realizada a personas moribundas para el fortalecimiento físico y espiritual, como preparación para el Cielo. Cuando se combina con la confesión y la comunión (La Eucaristía), es llamado – los ritos finales.
6) Orden sacerdotal el proceso por medio del cual los hombres son ordenados al clero.
7) Matrimonio, que provee gracia especial para la pareja.

Para el católico romano, los sacramentos realmente imparten beneficios espirituales. Sin embargo, toda la idea de los “sacramentos” que imparten gracia salvadora sobre la gente, es antibíblica. Hay dos de los principales sacramentos que específicamente son nombrados por la Iglesia Católica Romana como necesarios de que uno participe a fin de obtener la vida eterna; el bautismo y la comunión. Por la creencia de la Iglesia Católica Romana, de que el bautismo es requerido para la salvación, ellos sostienen que es importante el bautismo de infantes. Pero en ninguna parte de la Escritura encontramos aún un solo ejemplo o mandato de hacerlo así.

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En cuanto a la comunión, la Iglesia Católica Romana toma literalmente Juan 6:54 cuando Jesús dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”

El problema es que su creencia de que Jesús está hablando literalmente aquí, no está de acuerdo con el contexto del pasaje en el cual Jesús repetidamente establece la importancia de la fe en Él, y Su próxima muerte expiatoria por sus pecados (Juan 6:29; 6:35; 6:40; 6:47 y 20:31).

Cuando uno examina los sacramentos restantes en contexto, uno encuentra que la creencia de que ellos otorgan “gracia santificante” no está de acuerdo con el contexto del resto de la Biblia. Los pentecostales creemos que todos los cristianos debemos ser bautizados, pero el bautismo no nos enviste con gracia. También afirmamos que todos los cristianos debemos participar de la Cena del Señor, pero el hacerlo no nos confiere gracia santificante. De igual forma, aunque creemos que debemos confesar nuestros pecados, dicha confesión no debe ser hecha a un sacerdote, sino a Dios (1 Juan 1:9). Lo mismo puede ser dicho del llamado al ministerio (orden sacerdotal): El ser aprobado como un líder de la iglesia es algo honorable, pero esto no da como resultado la gracia. Asimismo, creemos que el matrimonio es maravilloso y es un evento bendito en la vida de una pareja, pero no es el medio por el cual Dios nos da la gracia. El orar por y con una persona que está muriendo, y estar en su presencia es algo bueno de hacer, pero no añade gracia a tu cuenta.

Toda la gracia que podamos necesitar es recibida al momento en que una persona confía en Jesús, por fe, como Salvador (Efesios 2:8-9). La gracia salvadora que está garantizada al momento de una fe genuina, es la única gracia salvadora a la que la Palabra de Dios nos llama a recibir. Esta gracia es recibida por fe, no por la observancia de rituales. Así que, mientras que los sacramentos son “cosas buenas por hacer” cuando son entendidas en un contexto bíblico, el concepto de los sacramentos como “otorgadores de gracia santificante” es completamente antibíblico.

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LA DOCTRINA REFORMADA Y LOS SACRAMENTOS

La doctrina reformada (calvinista) de los sacramentos está en contraste con la comprensión evangélica habitual. Reformados y pentecostales concordamos al rechazar la doctrina romanista de que la eficacia de los sacramentos reside y es conferida por la virtud del sacramento mismo, es decir, el ex opere operato. Este rechazo es explícito en la Confesión de Westminster:

“La gracia que es mostrada en los sacramentos, o por ellos usados rectamente, no es conferida por algún poder que haya en ellos”[19]

Sin embargo, en un plano más fundamental, hay una gran diferencia entre la doctrina reformada sobre los sacramentos y la doctrina pentecostal y evangélica generalmente aceptada. Dichas diferencias se enfocan principalmente a la virtud o eficacia del sacramento: se trata de la afirmación reformada de que el sacramento no es una ceremonia desprovista de eficacia espiritual alguna. Esta afirmación se halla ya en la Confesión de Fe de La Rochelle, escrita por Calvino mismo y adoptada en 1559 como la confesión de las Iglesias Reformadas de Francia. En el artículo 34 dice:

“Creemos… que son de tal manera signos exteriores, que Dios opera por ellos en la virtud de su Espíritu, a fin de que no se nos signifique nada en vano”[20]

La Confesión Belga (1561) insiste en este punto. En el artículo 33, sobre los sacramentos en general, afirma:

“Así, pues, las señales no son vanas ni vacías, para engañarnos; porque Jesucristo es su verdad, sin el cual ellas no serían absolutamente nada.”[21]

Más adelante, en el artículo 35, sobre la Santa Cena, añade:

“Ahora pues, es seguro e indudable, que Jesucristo no nos ha ordenado en vano los sacramentos. Pues, de este modo obra en nosotros todo lo que Él nos pone ante los ojos por estos santos signos”[22]

Esta declaración de la Confesión Belga establece en qué consiste la eficacia de los sacramentos en la tradición reformada: el sacramento produce lo que ellos mismos significan. Así, la Confesión Belga, art. 33, afirma:

“Son signos visibles y sellos de algo interno e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo”[23]

La Confesión de Westminster 27,3 nos dice:

“La gracia que es mostrada en los sacramentos, o por ellos usados rectamente, no es conferida por algún poder que haya en ellos (…) sino de la obra del Espíritu”[24]

Aunque se afirma que la gracia mostrada en los sacramentos es aplicada por el poder del Espíritu en el alma del creyente, la doctrina reformada afirma también que los sacramentos obran lo que ellos significan. Esta es la misma convicción en cuanto al sacramento que comparte la Confesión de Westminster 27,2 cuando afirma:

“Hay en cada sacramento una relación espiritual, o unión sacramental, entre la señal y la cosa significada; de donde llega a suceder que los nombres y efectos del uno se atribuyen al otro”[25]

Dicho de otra manera, la doctrina reformada enseña el denominado “realismo sacramental”. En ella se recoge la unión existente entre la señal (pan, vino, agua) y su significado, por un lado, así como entre este último y lo que el sacramento opera en el creyente, por otro. La primera unión se corresponde a la definición del sacramento como “señal” y la segunda como “sello” dada en Westminster 27,1.Para los cristianos reformados, el sacramento no está separado o dividido de Cristo, sino que Él es la sustancia del mismo, como afirma la Confesión Belga 33:

“Porque Jesucristo es su verdad, sin el cual ellas (las señales) no serían absolutamente nada”[26]

Este realismo sacramental se encuentra también en el Catecismo de Heidelberg expresado con la fórmula “tan cierto… como…”:

Pregunta 69: “Cristo ha instituido el lavamiento exterior del agua, añadiendo esta promesa, que tan ciertamente soy lavado con su sangre y Espíritu de las inmundicias de mi alma, es a saber, de todos mis pecados, como soy rociado y lavado exteriormente con el agua, con la cual se suelen limpiar las suciedades del cuerpo.”
Pregunta 75: “Él tan cierto alimenta mi alma para la vida eterna con su cuerpo crucificado y con su sangre derramada, como yo recibo con la boca corporal de la mano del ministro el pan y el vino, símbolos del cuerpo y de la sangre del Señor.”[27]

De esta manera, el sacramento, según la doctrina reformada, tiene un papel fundamental para “confirmar” (Westminster 27,1), “alimentar y sostener” (Confesión Belga 35) la fe del creyente. Es decir, es un “medio de gracia” para su crecimiento espiritual y del disfrute de la salvación en Cristo. En la doctrina reformada, por tanto, la espiritualidad de los creyentes no se concibe aparte de los sacramentos.

Los pentecostales, por otro lado, vemos en dicha creencia un vestigio del sacramentalismo catolicismo romano impregnado en las iglesias de tradición reformada aún hoy en día. No podemos sino rechazar tal interpretación de los sacramentos u ordenanzas del Evangelio.

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CONCLUSIÓN

Cristo instituyó dos ritos o ceremonias que debían observar sus seguidores: el bautismo, un rito único de iniciación (Mateo 28:19; Gálatas 3:27) y la Santa Cena, un rito memorial constante (1 Corintios 11:23–26). Algunas denominaciones cristianas los llaman “sacramentos” (católicos, luteranos, anglicanos, reformados, etc.), la iglesia ortodoxa oriental los llama “misterios” y los evangélicos y otros protestantes que consideran que estas dos palabras tienen connotaciones negativas los llaman “ordenanzas”. Las Escrituras, sin embargo, no tienen ninguna palabra para la categoría que forman estos dos ritos.

En las Iglesias pentecostales estos dos ritos reciben el nombre de “ordenanzas”, no sacramentos, pues no se cree (a diferencia de católicos y reformados) que se reciba alguna gracia especial a través de ellos. En la tradición pentecostal se practican dos ordenanzas: El Bautismo en agua (que se realiza siempre por inmersión) y la Santa Cena (o Cena del Señor). Sin embargo, algunas iglesias pentecostales y anabaptistas practican también el lavatorio de pies como parte de la Cena del Señor.

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REFERENCIAS:

[1] Wiley, Christian Theology, vol. 3, p. 155. Véase Saucy, The Church, p. 191.

[2] Catecismo de la Iglesia católica 1127.

[3] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva pentecostal (Zondervan, 1994), p. 595.

[4] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva pentecostal (Zondervan, 1994), p. 596.

[5] Berkhof, Systematic Theology, p. 617.

[6] F. F. Bruce, The Book of Acts, The New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1954), p. 77.

[7] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios. Artículo 6: Las ordenanzas de la Iglesia. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#6 . Consultado el 4/10/2019.

[8] Declaración de Fe de la Iglesia de Dios. Disponible en: http://www.churchofgod.org.es/beliefs/declaration-of-faith Consultado el 4/10/2019.

[9] En Esto Creemos, Declaración de Fe de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular. Disponible en: foursquare-org.s3.amazonaws.com/resources/Print_Brochure_This_We_Believe_Spanish_bw.pdf Consultado el 4/10/2019.

[10] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology, ed. rev. (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1979), p. 320. G. R. Beasley-Murray, Baptism Today and Tomorrow (Nueva York: St. Martin’s, 1966), p. 43.

[11] Saucy, The Church, p. 196.

[12] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios. Artículo 6: Las ordenanzas de la Iglesia. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#6 . Consultado el 4/10/2019.

[13] En Esto Creemos, Declaración de Fe de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular. Disponible en: foursquare-org.s3.amazonaws.com/resources/Print_Brochure_This_We_Believe_Spanish_bw.pdf Consultado el 4/10/2019.

[14] Ralph R. Martin, Worship in the Early Church (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1964), p. 126.

[15] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una perspectiva pentecostal (Zondervan 1994), pp. 600-601.

[16] Chris Church (2014). Diccionario Bíblico Ilustrado Holman. Nashville: B&H Publishing Group. pp. 1239-1240.

[17] Confesión de Fe en Perspectiva Menonita, Artículo 13. Lavamiento de pies. Disponible en: https://www.menonitas.org/n3/CdeF/art13.html Consultado el 4/10/2019.

[18] Declaración de Fe de la Iglesia de Dios. Disponible en: http://www.churchofgod.org.es/beliefs/declaration-of-faith Consultado el 4/10/2019.

[19] Confesión de Westminster 27.3.

[20] Confesión de Fe de La Rochelle, Artículo 34.

[21] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[22] Confesión de Fe Belga, Artículo 35.

[23] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[24] Confesión de Fe de Westminster, 27,3.

[25] Confesión de Fe de Westminster, 27,2.

[26] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[27] Catecismo de Heidelberg, 69, 75.

Pentecostalismo Unicitario

Respuestas al Pentecostalismo Unicitario: El Bautismo en el Nombre de Jesús.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Hay un mundo que se pierde en el pecado y los cristianos somos llamados a alcanzarlo. Sin embargo, algunos grupos de la línea ‘Sólo Jesús’ (pentecostales unicitarios), prefieren trabajar y hacer proselitismo entre los miembros de otras iglesias cristianas, difundiendo así su herejía destructiva y causando división en las iglesias. Tal actitud no sólo es sectaria, sino también digna de reprensión. Ellos afirman ser poseedores exclusivos de la verdad y consideran que los demás cristianos estamos en error. El bautismo en el Nombre de Jesús suele ser la punta de lanza en sus argumentos sectarios.

Pero bautizar en el nombre de Jesús es sólo uno de los muchos errores de los pentecostales unicitarios. Ellos tampoco creen en la Trinidad y, como es de esperarse, no bautizan en el triple nombre ordenado por Jesús en Mateo 28:19 sino “en el nombre de Jesús solo”, extrayendo algunos textos fuera de su contexto.

SUPUESTAS BASES BÍBLICAS PARA LA HEREJÍA SABELIANA O MODALISMO.[1]

Analicemos brevemente las bases de los pentecostales unicitarios:

(1.- Hechos 2:38 “…Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…”. Basta leer el contexto para darse cuenta de que el mensaje central no es enseñar que solo existe Jesús o que el bautismo correcto deba realizarse únicamente en su nombre. En el discurso del apóstol se destaca que Dios había prometido derramar el Espíritu Santo y ahora lo había derramado y por eso ellos hablaban en lenguas y presenta a Jesús como el salvador enviado por Dios. Por ningún lado dice o da a entender que solo existe Jesús. Eso lo asumen solo los pentecostales unicitarios porque en el discurso aparece la mención de las tres personas (Padre, Espíritu Santo y Jesús). Además, basta leer el discurso para darse cuenta de que el apóstol en su sermón destaca como los israelitas mismos le habían quitado la vida a Jesús, por lo que ellos se sintieron compungidos de corazón y le preguntan acerca de qué debían hacer ante su gran pecado, y es cuando el apóstol les hace el llamado a arrepentirse y bautizarse en el nombre de Jesús para ser perdonados y recibir el Espíritu Santo. El contexto indica que el llamado a bautizarse en el nombre de Jesús es una invitación a reconocerlo como su mesías; porque para ser aceptados por Dios debían primero aceptar a Jesús como Salvador, ya que él es el Cristo enviado por Dios. Esto servía para identificar que ahora eran seguidores de Jesús. Es de esperarse que Pedro, al efectuar la ordenanza del bautismo, lo haría siguiendo la fórmula y el mandato dado por Cristo antes de su ascensión. Esto resulta lógico porque: En primer lugar, Pedro predicaba a personas que creían en Dios. Pedro predicaba a personas que, aunque vagamente, tenían idea de la existencia de un Espíritu Santo. De los muchos pasajes en que podemos considerar al Espíritu Santo en el Antiguo Testamento como distinto e independiente de Dios el Padre, hallamos los siguientes: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis 1:2). “Su espíritu adornó los cielos; su mano creó la serpiente tortuosa” (Job 26:13). “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Salmos 33:6). “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (Salmos 51:11). “Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos. Pero se acordó de los días antiguos, de Moisés y de su pueblo, diciendo: ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿dónde el que puso en medio de él su santo espíritu” (Isaías 63:10, 11). Esta doctrina iba a tener su floración perfecta en el Nuevo Testamento. Además, Pedro predicaba a personas que no creían en Jesús y que antes, al contrario, lo habían escarnecido, despreciado y crucificado. Pero ahora, Pedro les dice que ese Jesús era nada menos que su Mesías y que toda relación con Dios tenía como fundamento el nombre de Jesucristo y que por lo tanto, en el nombre de Él debían recibir el bautismo. Era pues, para aquella multitud, la oportunidad que tenían de resarcirse de su mal contra su Mesías, y de recibir, como prueba de su arrepentimiento y fe, el bautismo teniendo como base la Persona que 50 días antes habían crucificado. Era la exaltación y elevación de la Persona que aborrecieron y que desde ahora sería la más amada. Cipriano (200 D.C.) dice: «Pedro menciona aquí el nombre de Jesucristo, no para omitir al Padre, sino para que el Hijo no falte de ser unido con el del Padre». En los discursos sucesivos que encontramos especialmente en los primeros capítulos de Hechos, los discípulos están tratando de hacer resaltar a la persona de Jesucristo, porque ella era la que había tomado cuerpo humano para poder ofrecer por los hombres el sacrificio perfecto. En cuanto a los tres mil se debe pensar que no fueron bautizados en el acto, lo que no había sido posible. La expresión “y se añadieron aquel día”, no implica necesariamente que su bautismo haya sido celebrado el mismo día. Una instrucción completa les fue dada más tarde según Hechos 2:42: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en la oración”.

(2.- Hechos 8:16 “…Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús…”. Este pasaje bíblico tampoco menciona que solo exista Jesús como suponen los pentecostales unicitarios, o que sólo en su nombre es el bautismo correcto. Por el contrario, si leemos todo el relato podemos darnos cuenta de que se mencionan a Dios el Padre, al Espíritu Santo y a Jesús. Felipe había llegado a Samaria donde hizo muchas señales y presentó a Jesús como el Salvador; pero luego Pedro y Juan fueron enviados y hallaron que sólo habían sido bautizados en señal de reconocimiento de que Jesús era el mesías, pero no habían recibido el Espíritu Santo. Al leer el relato podemos darnos cuenta de que se refiere a que ellos habían aceptado el nombre de Jesús como el Salvador personal y que habían sido bautizados con la autoridad dada por Jesús. Esto servía para identificar que ahora eran seguidores de Jesús. No pretende establecer fórmula bautismal alguna.

(3.- Hechos 10:48 “…Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días…”. En este texto la Biblia tampoco está negando la existencia del Padre y del Espíritu Santo, ni presentado la sola existencia de Jesús solamente. Pedro por indicación divina había ido a casa de Cornelio, un gentil temeroso del Señor, y al llegar se da cuenta que no debía hacer excepción de personas y comienza a predicarle a él y a muchos otros más gentiles, y aún a algunos judíos presentes en la casa de Cornelio. Su mensaje principal es mostrar como Dios ungió a Jesús con el Espíritu Santo y le envió como Salvador de la humanidad al resucitarle el tercer día. Los pentecostales unicitarios parece que no leen el contexto completo en el que se destaca que Jesús fue el mesías de Dios y por ningún lado dice que solo existe Jesús. Cuando dice que el apóstol les manda a ser bautizados en el nombre de Jesús se está destacando que al haber recibido el Espíritu Santo y hablado en lenguas sin duda debían dar el paso del bautismo, aceptando a Jesús como salvador y enviado de Dios. Esto servía para identificar que ahora eran seguidores de Jesús. Sin embargo, a la hora de efectuar el bautismo, los apóstoles no desobedecerían jamás el mandato de Su Señor ni cambiarían la fórmula bautismal trinitaria dada por el mismo Jesús.

(4.- Hechos 19:5 “…Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús…”. El apóstol Pablo llegó a Éfeso y halló a algunos discípulos o seguidores, pero encontró que no habían recibido el Espíritu Santo y que sólo conocían el bautismo de Juan y ahora procede a hablarles de Jesús y luego fueron bautizados. En ningún versículo del texto se menciona que solo existe Jesús como suponen los pentecostales unicitarios. Claramente se revela la existencia de otro Ser: el Espíritu Santo; del que los seguidores no sabían nada porque no habían sido instruidos. Los creyentes no habían escuchado ni del Espíritu Santo ni de Jesús y solo sabían acerca del bautismo de arrepentimiento de Juan el Bautista; razón por la que ahora el apóstol les habla de Jesús y les presenta a Jesús como el Cristo y luego que ellos aceptan a Jesús como su Salvador personal les bautiza. Pero, obviamente, no en el nombre de Jesús sólo. Es evidente que lo que se destaca es la necesidad de reconocer a Jesús como Salvador como requisito previo e indispensable para recibir el bautismo cristiano. El apóstol les pregunto ‘¿En qué fuisteis bautizados?’ Ellos no le dijeron en el nombre de Juan, sino en el bautismo de Juan. En respuesta, ahora el apóstol les presenta la nueva forma ordenada por Dios, la cual era aceptando a Jesús como Salvador.

REFUTANDO LA DOCTRINA SABELIANA.[2]

La postura pentecostal unicitaria, y de algunos otros que pretenden enseñar que sólo se debe bautizar en el nombre de Jesús, deja algunas dudas:

(I.- Según Mateo 28:19, Jesús mandó bautizar a sus discípulos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero según ellos los discípulos lo hicieron solo en el nombre de Jesús. Como quien dice fueron desobedientes. No creo que ellos hayan sido ejemplo de desobediencia y mucho menos en un tema tan importante. Por ejemplo, Dios mandó a Noé a construir “un arca de madera de gofer”: “Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera” (Génesis 6:14). Virtualmente se le prohibía el uso de cualquier otra madera. Si Noé hubiera usado distinta clase de madera a la ordenada era una desobediencia abierta a Dios. La institución de la Pascua proporciona varias ilustraciones de esta máxima (Éxodo 12). Había de sacrificarse un cordero, no una ternera; había de ser de un año, no de dos o tres; macho, no hembra; perfecto, no defectuoso; había de sacrificarse el 14 del mes, no ningún otro día; la sangre debía ponerse en los postes y en los dinteles de la puerta, no en ninguna otra parte. Cuando el Señor ordena: “Id, y haced discípulos… bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” y se cambia la fórmula por otras palabras, así sean santas, se está desconociendo la autoridad de Jesucristo. Si él mandó bautizar en el nombre de las Tres Personas se debe hacer así y no de ninguna otra manera, pues hacerlo es suplantar la Palabra de Dios y desobedecerle flagrantemente.

(II.- De acuerdo a lo anterior, si la postura de los unicitarios fuese correcta, esto querría decir que la Biblia, Jesús y los discípulos se contradicen entre sí. No creo que la Biblia se contradiga. Mucho menos tan garrafalmente. Eso es poner en dudas la palabra de Dios.

(III.- En la Biblia no hay un solo ejemplo de una persona en la que se expresen las palabras pronunciadas en el momento del bautismo ¿Por qué asumir que Jesús enseño una cosa y los apóstoles hicieron y enseñaron otra? No hay un solo texto en el que Pedro, Pablo o alguno de los otros apóstoles diga “Yo te bautizo en el nombre de Jesús”

(IV.- Los pentecostales unicitarios argumentan que en Mateo 28:19 cuando dice “en el nombre” es indicando que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un título de una misma persona; pero, para su desacierto, lo que se resalta es la unidad de los tres: “nombre” (singular) del Padre, del Hijo y Espíritu Santo (plural)

(V.- La regla idiomática griega dice que cuando hay dos sustantivos conectados por el copulativo kai (y) el primer nombre tiene el artículo “el” delante y el segundo no lo tiene ambos nombres describen a la misma persona (ejemplo: “nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo” Tito 2:13) pero en Mateo 28:19 tanto Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen el artículo “del” que es una contracción de “de” y “el” delante lo que significa que son tres personas distintas.

(VI. – Algunos antitrinitarios niegan la fórmula bautismal de Mateo 28:19 basados en que Eusebio, un padre de la iglesia no la registró en ninguno de sus escritos antes del concilio de Nicea (325 d.C.) y luego si la usó en sus escritos; pero eso no constituye ninguna evidencia porque los manuscritos bíblicos griegos más antiguos, los cuales son más confiables, si la registran.

(VII.- Existen aproximadamente cinco mil manuscritos griegos y todos dicen “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y no hay uno solo que diga “bautizándolos en mi nombre”.

(VIII.- Incluso manuscritos extrabíblicos antiguos mencionan el Triple Nombre, entre ellos: Epístola de Ignacio a los Filipenses, capítulo 2 (siglo II), Tertuliano, De bautismo, capítulo 13 (200 d.C.), Tertuliano, Contra Praxeas, capítulo 2 (200 d.C.), Cipriano, Los siete concilios de Cartago (siglo II), Gregorio taumaturgo, Confesión de fe (siglo II), Didajé, 7, (70 d.C.) e Ireneo siglo II, entre muchos otros.[3]

(IX.- En el nacimiento de Jesús vemos la acción de los tres miembros de la Trinidad. Lucas 1:35 nos dice: “…Respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra por lo cual el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios…”

(X.- En el bautismo de Jesús vemos la acción de los tres. Mateo 3:16,17 nos dice: “…Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia…”

(XI.- En la resurrección de Jesús vemos la acción de los tres: El Padre, según Efesios 1:20 “…operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales…”. Jesús dijo en Juan 2:19-21: “…Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo…”. Luego, del Espíritu Santo se nos dice en Romanos 8:11, “…Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros…”

(XII.- La expresión “el nombre” es presentada en las Escrituras como el medio por el cual se hacen milagros y se obtiene la salvación. Pero la palabra “nombre” tenía un significado diferente en el contexto judío al que le dan los pentecostales unicitarios hoy, por ejemplo:

(a.- Se creía que la mención de un nombre era especialmente poderosa para que se efectuaran milagros. Josefo relata haber visto a un tal Eleazar que pretendía echar fuera demonios usando el nombre de Salomón (Antigüedades VIII, 2.5). Los siete hijos de Esceva intentaron en Éfeso usar el nombre de Jesús con el mismo propósito (Hechos 19:13-14).

(b.- En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea “Shem”, (“nombre”), algunas veces se emplea con el sentido de “carácter” (Jeremías 14:7, 21), y puede ser casi un sinónimo de la persona misma (Salmos 18:49). Esta estrecha relación entre el nombre y el carácter se ilustra con la abundancia de nombres del Antiguo Testamento que indican el carácter de quienes los tenían.

(c.- Otro aspecto de esto puede verse en tiempos del Nuevo Testamento, cuando la palabra griega “Ónoma” (“nombre”), puede significar “persona”.

Todo esto indica que al pronunciar el nombre de Jesús para realizar milagros y para proclamar salvación, o incluso mencionarlo en relación con el bautismo, los apóstoles declaraban que el poder de sanar y de salvar o bautizar se empleaba en una relación vital con la persona y el carácter de Jesucristo.

EL BAUTISMO EN AGUA COMO NECESARIO PARA LA SALVACIÓN.[4]

Un error engendra a otro. Puesto que los pentecostales unicitarios enseñan que el bautismo debe efectuarse en el nombre de Jesús, creen que sus hermanos que no han sido bautizados de dicha forma están en error y ponen en peligro su salvación eterna. Pero al enseñar que el bautismo salva, limpia o perdona pecados, el bello significado de esta ordenanza se pierde. Para los verdaderos cristianos, el bautismo expresa, por figura, la muerte al pecado del creyente y su resurrección a novedad de vida: “… ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva…” (Romanos 6:3, 4). El bautismo es también un testimonio de que pertenecemos a Cristo: “…Porque habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos…” (Gálatas 3:27). Porque somos de él, hemos sido “revestidos” de Cristo, del carácter de Él. También es el bautismo un paso de obediencia: “…Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…” (Hechos 2:38). “…Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios…” (Hechos 8:36-37). El bautismo en sí no tiene poder salvador. La gente se bautiza porque es salva, no para ser salva. No hay en la Biblia siquiera una idea que dé base para decir que el bautismo salva, limpia o perdona pecados. Veamos algunos hechos que nos enseñan la imposibilidad del bautismo para otorgar limpieza o salvación: Jesucristo fue bautizado: “…Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia…” (Mateo 3:13-17). Si el bautismo lava, limpia y quita los pecados, ¿De qué pecados Jesucristo fue limpio o perdonado? Hablando de Cristo la Biblia dice: “…El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca…” (1 Pedro 2:22). “…Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos…” (Hebreos 7:26). Siguiendo la lógica de los “unicitarios” de que el bautismo es necesario para la salvación, Jesucristo fue un pecador. ¿No raya esto en blasfemia? Si el bautismo salva, ¿Por qué el ladrón en la cruz fue invitado por Cristo al cielo sin someterse a ese acto? Dicen que es una excepción por las circunstancias. Esto todavía es más error porque para la salvación las circunstancias no hacen concesión a nadie. Arrepentimiento y fe tuvo el ladrón y eso le bastó. Lo mismo que la Biblia exige para cada pecador en todo tiempo y lugar. En Hechos 8:9-24, tenemos el caso de Simón el mago. Él fue bautizado, pero vemos que el agua no le hizo nada, no cambió su corazón, no lo sacó del lugar tenebroso en que se encontraba. Pedro hablando a Simón después de ser bautizado le dice: “…Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás…” (Hechos 8:20-23). Algo muy distinto pensaba Pedro del bautismo de lo que piensan los señores “unicitarios”.

Pablo dice en 1 Corintios 1:14-17 “…que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo… También bauticé a la familia de Estéfanas…” Y agrega: “…Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio…” ¿No tendría Pablo interés en que las personas se salvaran? Así hay que creer si seguimos las enseñanzas de los señores de ‘Solo Jesús’ o la Nueva Luz. Es que para Pablo el bautismo tenía su lugar, nunca debía ocupar el lugar que le corresponde al arrepentimiento y la fe. En las epístolas no se hace énfasis en el bautismo. El silencio habla en esta ocasión. Es raro, si el bautismo salva, que las cartas que rigen a la cristiandad, que regulan su conducta, se queden mudas en cuanto al bautismo. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos se enseña que la fe es el medio que trae la salvación al creyente: “…Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…”. (Juan 1:12). “…Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna…” (Juan 3:16). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios… El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:15, 16, 18, 36). “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). “Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones” (Hechos 15:9). “Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). “Testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21). “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17). “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús… Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:24, 28). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). “Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). La Biblia tiene que ser su propio intérprete. Eso de aislar versículos para hacerles decir lo que no fue la intención del Espíritu Santo que dijera, es sumamente peligroso. Así se conocen las corrientes falsas y ese método también lo usan los “modernos sabelianos”.

CONCLUSIÓN.

Los pentecostales unicitarios y otros antitrinitarios, argumentan que la formula correcta de bautizar era solo en el nombre de Jesús, pero los textos dentro de su contexto y las evidencias bíblicas e históricas, nos revelan que se hacía en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y que, cuando en el libro de los Hechos se menciona solamente el nombre de Jesús en relación con el bautismo, no se está dando una nueva fórmula bautismal, sino afirmando que era con la autoridad dada por Jesús que dicha ordenanza se efectuaba y, a la vez, era una invitación a aceptarle como Salvador. Los pentecostales unicitarios, por lo tanto, están sumamente equivocados en su interpretación doctrinal y no debemos prestarles atención a sus herejías.

REFERENCIAS:

[1] David K. Bernard, J.D., The Oneness of God, Pentecostal Publishing House, 1983, Hazelwood, MO.

[2] Por la defensa del Evangelio: Apologética Contemporánea, Editorial Cristiana Continental de las Asambleas de Dios (ECCAD), 1994.

[3] Luisa Jeter de Walker, ¿Cuál camino?, Editorial Vida, Miami, FL., 1968.

[4] G.R. Beasley-Murray, Baptism in the New Testament Paperback, Wm. B. Eerdmans Publishing Company; First Edition (March 15, 1973)