Egalitarianismo, Ministerio Femenino

Mujeres en el ministerio: Llamadas, escogidas y empoderadas por Dios

Por Fernando E. Alvarado.

Mientras muchos niegan la igualdad bíblica entre el hombre y la mujer y se oponen a que ejerzan el ministerio, nuestras valientes hermanas no han perdido el tiempo en debates. Ellas se han enfocado en ejercer el llamamiento y los dones que Dios les ha dado y de esa forma aportar mucho más en nuestras iglesias y en la extensión del Reino. Es tiempo de dejar de lado la polémica de si la mujer debe o no debe ejercer autoridad sobre el varón en la iglesia. Muchas mujeres tienen los dones y el llamamiento para liderar. ¿Por qué cortarles las alas?

Romanos 11:29 nos dice que “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. La oposición de algunos jamás podrá destruir el llamado de nuestras fieles hermanas, pues su llamado proviene de Dios, no del hombre que las crítica por ejercerlo. El pueblo de Dios puede y debe trabajar conjuntamente, hombres y mujeres, en el cumplimiento de la Gran comisión dada en Mateo 28:19-20:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tanto los hombres como las mujeres, debemos comprometernos con un modelo de ministerio que refleje el espíritu de servicio mostrado por nuestro Señor Jesucristo, y no la lucha mundana por el poder y el estatus social. Debemos evitar el dominio del hombre sobre la mujer y que ésta se sienta oprimida o postergada, o viceversa, o los deseos de la mujer de demostrar que vale tanto o más que los hombres. Ambas intenciones pervierten el liderazgo, lo ejerza quien lo ejerza, porque no se aplica el corazón de Cristo. Luchemos en unidad, hombres y mujeres, por el cumplimiento de la misión dada a la iglesia de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Marcos 16:15), no olvidando que dicho mandato no discrimina a nadie, pues toda barrera étnica, socioeconómica e incluso de género, ha sido derribada por Cristo en la cruz. Ahora en Cristo:

“Ya no importa si eres judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer. Todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28, NBV).

La “batalla de los sexos” no tiene cabida en la Iglesia del Señor, pues la cruz significa más que perdón, es también reconciliación. Una reconciliación del hombre con Dios y del hombre con sus semejantes, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (1 Corintios 5:19). El hombre y la mujer fueron creados para reflejar juntos la imagen de Dios:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Juntos, por Su gracia y para Su gloria, trabajarán en unidad, ejerciendo cada uno los dones y ministerios que en su soberana voluntad Dios les conceda: pastores y pastoras, misioneros y misioneras, maestros y maestras de la Palabra. Juntos hombre y mujer, liderando y ejerciendo sus dones como iguales para el beneficio del cuerpo de Cristo.

Ministerio Femenino

¿Es bíblico el pastorado femenino?

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¿Es correcto que las mujeres sean pastoras, maestras, evangelistas o misioneras? ¿Deberían las iglesias evangélicas romper toda barrera ministerial con base en el género? Definitivamente sí. Nuestra sociedad enfrenta muchos problemas, muchos de ellos están relacionados con roles sexuales y distinciones. Estos problemas también son problemas en la iglesia. Los extremos en nuestra sociedad crean temor sobre la deterioración de las estructuras familiares u otros cambios que puedan ocurrir. El estímulo de las mujeres en el ministerio no viene de estos extremos y no debería contribuir a estos temores. Tener a mujeres en el ministerio no solamente liberará las energías de la Iglesia para la proclamación del evangelio, sino también tener a mujeres en papeles del ministerio ayudará a la iglesia tratar de una manera más honesta y completa que antes el significado de ser un hombre y el significado ser una mujer.

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El ministerio de la iglesia es una tarea enorme y muchas veces difícil. Los dones y las habilidades de las mujeres se necesitan tanto como las de los hombres. Las mujeres se toparán con los mismos problemas que los hombres, pero la Iglesia no puede darse el lujo de levantar obstáculos adicionales que inhibirían su ministerio. Es tiempo de dejar que el Espíritu de Dios trabaje por medio de todo el pueblo de Dios, incluyendo a las mujeres. Disfrutar la libertad del Espíritu no solamente significará que las mujeres pueden ministrar, pero que el pueblo de Dios también permitirá que se les ministre por parte de todos aquellos que son llamados por Dios y son dotados por Dios.

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I.- MUJERES PASTORAS EN LA BIBLIA:

La Biblia y el Señor mismo autorizan el ministerio pastoral de la mujer. El Nuevo Testamento no nos dice específicamente qué pastores existieron, pero si sabemos que existieron hombres y mujeres que proporcionaron la dirección espiritual para las iglesias que se formaban en sus hogares:

 

MARÍA: En la iglesia primitiva, casi todas las reuniones cristianas fueron celebradas en hogares privados. Entre estas casas-iglesia una de las posibles líderes pastorales eran María, la madre de Juan Marcos, el que acompañaría a Pablo y Bernabé en sus viajes apostólicos. Estaba en su casa la Iglesia a la cual Pedro iría luego de la visitación angelical señalado en Hechos 12:12.

CLOÉ: Otra líder de una casa-iglesia era Cloé según 1 Corintios 1:11. Pablo se había enterado “por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas”, en relación a la iglesia de Corinto. Creyentes que estaban vinculados con ella en razón de la iglesia en su casa. Pudieron haber sido parientes o criados de la casa, o pudieron haber sido cristianos que viven en el área y que se juntaban en su hogar para la adoración. Estos creyentes vivían bajo la dirección espiritual, el cuidado y protección de Cloé. Pero la influencia de Cloé se extendió más allá de su propia casa. Evidentemente, ella había enviado una delegación de su iglesia a la casa de Pablo, que la conocía o sabía de ella, para informarle la necesidad de corrección para la iglesia de Corinto. Ella era una líder y una fuente confiable de información para el apóstol Pablo.

LIDIA: Hechos 16:14–15, 40 nos habla sobre Lidia, la primera europea convertida al evangelio por medio de Pablo, que ofreció la hospitalidad a Pablo en su hogar. La Biblia cuenta su experiencia de conversión y la de su familia, su casa entera fue bautizada, con ello su hogar se convirtió en el lugar de la primera reunión para los cristianos europeos. Lidia era una mujer de negocios, vendedora de púrpura. El hecho de que la Escritura no mencione a ningún marido o padre indica la prominencia de esta mujer. Las mujeres griegas y romanas del primero siglo estaban casi siempre bajo tutela legal de un marido o de un padre, Lidia pudo haber sido una viuda o solamente una hija rica que heredó el estado de sus padres. Así, ella se transformó en la cabeza de su propia casa. Ella manejó el negocio familiar o desarrolló el negocio que eran o de su padre o de su marido, sea heredado del padre o por su viudez. El libro de Hechos dice que la casa entera de Lidia fue bautizada por su conversión a Cristo. Esto sigue el costumbre de familias romanas antiguas. Siendo paganos creían que los dioses protegían el hogar y los negocios de la familia. Así, era el deber de los miembros de estos hogares que, determinado por la cabeza de la casa, la fe fuera adoptada por los parientes y esclavos. Las casas romanas eran a menudo grandes puestos de trabajo en donde se desarrollaban todas las actividades económicas de la familia. Los que trabajaron para Lidia en su negocio y que se convirtieron, posiblemente otros que se vinculaban al comercio, integraban el gremio de los fabricantes de tintura o teñido. En virtud de su posición como cabeza de familia, Lidia tenía la oportunidad y la responsabilidad de conducir a todos sus miembros a Cristo y entonces de establecerlos y de conducirlos en la fe. Esto la puso en una posición similar al pastor de hoy en día. Para satisfacer parte de esta responsabilidad, Pablo es invitado por Lidia a venir y predicar en su hogar. Éste hogar pudo haber sido la primera iglesia plantada en suelo europeo, y su pastor era una mujer.

NINFAS: Otra mujer del Nuevo Testamento que dirigió una iglesia en casa era Ninfas (Colosenses 4:15). Pablo envió saludos ella y a la iglesia en su casa. Algunos eruditos modernos intentan justificar este saludo en que ella no era el Pastor de esa iglesia sino que solamente la anfitriona. Si fuera así, me pregunto: ¿Quién sería el pastor de iglesia en su casa, y porqué Pablo fue tan descortés de no saludar al pastor como lo hizo con la anfitriona?

PRISCILA: Otra pastora de una iglesia en casa fue Prisca, o Priscila, como Pablo la llama a menudo cariñosamente. Romanos 16:3–5 expresa su gratitud a ella y a su marido, Aquila. Ambos desarrollaron el ministerio pastoral en equipo y trabajaron con Pablo en sembrar el evangelio en Roma, Corinto y Éfeso. En su carta a los de Roma, Pablo envía saludos a la iglesia que pastorean juntos. A menudo los eruditos griegos han precisado que la práctica de Pablo de mencionar el nombre de Priscila antes que de su marido acentúa que ella era el líder más prominente. Puesto que se acostumbraba antiguamente a señalar el el nombre del marido antes que el de la esposa, Priscila debe haber sido una ministra excepcional para que Pablo tenga la costumbre de mencionar el orden invertido, honrándola de esta manera.

ELECTA: El Libro de 2 Juan es una carta dirigida a una iglesia y a su pastor, una mujer con quien el apóstol Juan tenía evidentemente lazos de afecto. Juan inicia la carta: “El anciano a la señora elegida y a sus hijos a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad”. La expresión “hijos” era un término que frecuentemente Juan utilizaba para los creyentes. (1 Juan 2:1, 12, 18, 28). La “verdad” era un término de uso frecuente que empleaba Juan para referirse a la revelación de Jesús (véase, por ejemplo, Juan 1:14, 17; 8:32; 16:13; 1 Juan 1:6 – 8; 2:4, 21; 3:19; 2 Juan 4; 3 Juan 3-4.). La palabra “elegida” dice relación con los elegidos para salvación pero puede también ser utilizado para referirse al liderazgo. Muchos eruditos, reconociendo que es una carta dirigida a una iglesia, señalan que ”a la señora elegida” es una mera metáfora para referirse a la iglesia. Así visto se estaría entonces infringiendo la práctica griega universal de nombrar a los destinatarios de una carta al principio. Sin un destinatario o una localización, no se puede explicar a quién o cómo la carta fue entregada, incluso haría perder el sentido llano del texto. Además, su lógica es contraria porque si la expresion: “señora” y los “Hijos” están destinadas para referirse a la iglesia entonces Juan cometió una redundancia: “a la iglesia y a la iglesia”. Si es así ¿A cuál iglesia él escribe? Nadie escribe una carta a un símbolo, sí a una persona o a un grupo real. En el segundo siglo, Clemente de Alejandría identificó “a la señora elegida” como un individuo específico. Él señaló que 2 Juan “… Fue escrito a las vírgenes. Fue escrito a una mujer babilónica que tenía por nombre Electa.” (Clemente de Alexandría, fragmentos de Cassiodorus IV, 1-2 tr. por Guillermo Wilson, padres del segundo siglo, A. Cleveland Coxe, ed., Nueva York: El Christian Literature Publishing Company, 1885, vol. 2, P. 576.) Aunque él no desarrolla esto, se desprende de esta declaración que Clemente había oído hablar de esta mujer y sabía que ella era el líder espiritual de estas vírgenes. El misterio surge al preguntarse porqué es “una mujer babilónica” si Babilonia como nación había desaparecido. Quizás ella era descendiente de Babilonios o era de la Roma pagana, que los cristianos a menudo y despectivamente llamaron “Babilonia.” Electa pudo haber sido el líder de una especie de comunidad de vírgenes cristianas. Clemente puede haber asumido que sus seguidoras eran vírgenes debido al énfasis cada vez mayor al Ascetismo que había en su época,medio siglo después de que la carta fuera escrita. Durante los períodos primitivos y medievales de la historia de la iglesia, era muy común para que las mujeres devotas dediquen sus hogares para la adoración cristiana y motiven a otras personas diferentes de su familia a compartir y vivir la fe en Cristo. Generalmente, los convertidos que vinieron bajo cuidado pastoral de tales mujeres eran miembros de la casa o colegas de las mujeres. En el caso de Electa, si fuera correcto lo dicho por Clemente, eran las vírgenes cristianas dedicadas, así como lo eran los Eunucos de antaño, o los que vivían el celibato. Posteriormente el catolicismo romano desarrollaría esto con la fundación de órdenes religiosas, excluyéndolas del liderazgo regular. La epístola termina con otra mujer: “Los hijos de tu hermana, la elegida, te saludan. Amén”, y con ello se denota un rol pastoral en ella en atención a las expresiones “hijos” y la “elegida” como al principio se señaló. Por el historiador Eusebio tenemos datos para señalar el ministerio pastoral de al menos 2 mujeres más. El apóstol Felipe y dos de sus cuatro hijas que eran profetisas vivieron en Hierápolis en Asia. Una tercera hija vivió en Efeso, la ciudad donde Juan predicó. A diferencia de los otros apóstoles que fueron mártires en décadas anteriores, el apóstol Juan vivió posiblemente hasta casi los 100 años. Existieron lazos muy estrechos entre Juan, la iglesia en Éfeso, y Felipe y sus hijas. Es posible que después de la muerte de Felipe, Juan escribió su segunda epístola a una de las hijas que aún sobrevivía en Hierápolis (“señora elegida” o a la “señora Electa”) y estos saludos fueran transmitidos a la iglesia de Éfeso por medio de su otra hermana. De ser así, tenemos la evidencia de Juan que estas hijas de Felipe establecieron y condujeron comunidades cristianas. El historiador de la iglesia, Eusebio, del cuarto siglo, menciona una carta escrita por Polícrates, obispo de Éfeso, a Víctor, obispo de Roma entre el año 189-198. “… Porque en Asia, también, las lumbreras poderosas se han dormido, pero se levantarán otra vez como en el pasado, a la semejanza de nuestro Señor, cuando él venga con gloria del cielo, y recogerá otra vez a todos los santos. Felipe, uno de los doce apóstoles duerme en Hierápolis, envejeció junto a sus 2 hijas vírgenes. Una de sus hijas, quien vivió en el Espíritu Santo, descansa en Éfeso. Por otra parte, Juan, que descansó sobre el pecho de Nuestro Señor, pastor, mártir y maestro, también yace en Éfeso.” Absolutamente es posiblemente que “la señora elegida” y “tu hermana, la elegida” señalada en el v. 13 de 2 Juan sean estas “lumbreras poderosas” quienes “vivieron en el Espíritu Santo” conmemoradas por Polícrates y Eusebio. De modo que, Dios, la historia y la Biblia, autorizan y enseñan el ministerio pastoral de la mujer.

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II.- MUJERES EN OTROS MINISTERIOS:

La Biblia menciona también otros ministerios asignados a la mujer:

EL DIACONADO:

Romanos 16:1 se refiere a Febe con la misma palabra que Pablo utiliza en 1 Timoteo 3:12. En la iglesia primitiva, Los diáconos mujeres cuidaban de los creyentes enfermos, los pobres, los extranjeros, y los que estaban en prisión. Ellas enseñaban a las mujeres y a los niños (Tito 2:3-5). Pablo la estimaba lo suficiente como para confiarle la tremenda responsabilidad de llevar su epístola a la iglesia en Roma (Romanos 16:1-2). Evidentemente, él no la veía como inferior o menos capaz, sino como un valioso miembro de confianza del cuerpo de Cristo.

EL APOSTOLADO:

Romanos 16:7 menciona a Junia, Junias o Julia (una mujer) como apóstol. Se señala al testimonio de Juan Crisóstomo como evidencia crucial de que Junia era un Apóstol de la misma manera que los Doce, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras en el día de hoy. El testimonio es el siguiente: “¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!” (Hom. Rom. 31 en v. 7).

PROFETISAS: En el Nuevo Testamento se mencionan: 1) Ana (Lucas 2:36), quien estaba continuamente en el Templo. Después de ver al bebé Jesús “hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”. No se nos dice lo largas que eran sus profecías ni el lugar que ocupaba en el Templo, ni si ella profetizaba a personas individuales o a grupos. Las mujeres podían entrar en el atrio de las mujeres, pero no podían pasar más adentro del Templo, donde sólo entraban los varones israelitas purificados mediante ritos. 2) Las hijas de Felipe (Hechos 21:9), quienes profetizaron en los primeros días de la Iglesia. Aparecen sin nombre. No sabemos el número, ni lo que profetizaban, ni dónde, ni cuándo, ni a quién.

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III.- MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE ROMPIERON ESQUEMAS:

En el período veterotestamentario, el núcleo de la sociedad hebrea era la familia patriarcal, en la cual el padre era la autoridad máxima. La mujer debía sujetarse a la autoridad paterna hasta que contraía matrimonio, momento en que pasaba a ser propiedad del esposo. No obstante, a pesar de que en los tiempos bíblicos la sociedad hebrea era patriarcal, y por consiguiente la mujer tenía una posición subordinada al hombre, el Antiguo Testamento (prefigurando la futura libertad de la mujer en Cristo) incluye en sus páginas varios ejemplos de mujeres que desempeñaron cargos de liderazgo y autoridad, tanto política como religiosa, dentro de la sociedad hebrea del antiguo Testamento. Entre ellas podemos mencionar:

 

MARÍA: María, hermana mayor de Moisés, fue una mujer extraordinaria usada por Dios incluso desde su niñez para salvar la vida de su hermano menor y futuro profeta (Éxodo 2:3-7). Ella poseía un precioso don profético y musical que la convirtió en una valiosa líder de alabanzas y profetisa (Éxodo 15:20-21). Otras mujeres del Antiguo Testamento seguirían posteriormente el ejemplo de María, aportando sus talentos en el ministerio de la música y la adoración a Dios (1 Crónicas 25:5-6). María es también mencionada en conjunción con Moisés y Aarón como dirigente de la nación hebrea. Esto ilustra el papel de liderato autoritativo y de gran influencia que ella ejercía (Miqueas 6:4). En el Israel primitivo no existía la discriminación de género en relación con el ministerio, o el uso de los dones y el llamamiento profético.

DÉBORA: Débora, una mujer casada, ocupaba dos posiciones u oficios: Uno como Profetisa (mujer profeta), y otro como líder o juez (Jueces 4:4-5). Bajo el liderato de Débora, los hijos de Israel fueron librados de la opresión y ocupación de su tierra por parte de un ejército extranjero. Ciertamente, ella cumplió el propósito antiguo de Dios para el hombre y la mujer: Tener dominio en conjunto, ambos por igual (Génesis 1:27-28). Dicha autoridad no fue dada al hombre solamente, sino al hombre y la mujer como iguales en honor y autoridad a la vista de Dios. La diferenciación entre ambos (que relega a la mujer a una posición inferior en muchas sociedades) vino como resultado directo de la caída, no como parte del plan original diseñado por Dios para el varón y la mujer (Génesis 3:16). Esta diferenciación (o mejor dicho discriminación) ha sido eliminada en Cristo, quien restituyó a la mujer a su posición elevada del principio (Gálatas 3:26-29). ¿Por qué, entonces, cuando el precedente bíblico existe para que las mujeres cumplan un papel importante en el plan de Dios, los hombres en posiciones de liderazgo crean normas que impiden que las mujeres ministren?

LA MUJER SABIA DE ABEL BETMACÁ: Esta mujer claramente era una persona de influencia, líder de la ciudad blindada de Abel Betmacá en Israel. Como una líder civil en Israel, esta mujer, al igual que Débora, muy seguramente habrá tenido un grado de autoridad espiritual. Por medio de su uso sabio de autoridad y persuasión, ella rescató a su pueblo de ser destruido por Joab, el comandante del ejército del rey David (2 Samuel 20:15-22). Nótese que ni Joab ni David tenían problema alguno en oír el buen consejo brindado por mujeres. Es más, Joab sabía que David escuchaba sin discriminación a las mujeres, así que cuando no pudo persuadir a David acerca de una decisión, él le pidió a una mujer sabia de Tecoa para que le ayudase (2 Samuel 14:1-22).

HULDA: Durante el reino del Rey Josías, el libro de la ley fue descubierto en el Templo. Cuando los sacerdotes comenzaron a leerlo, entendieron que la nación se había apartado muy lejos de los caminos de Dios. Supieron que la nación estaba en peligro de ser destruida bajo el juicio divino. A fin de descubrir lo que deberían hacer, fueron a esta sobresaliente profetisa, quien les expuso los detalles específicos del juicio por venir que ya había sido determinado según el consejo divino (2 Reyes 22:14). Hulda inspiró al Rey Josías, al sumo Sacerdote y a los demás líderes de Israel, para que implementaran reformas morales y espirituales jamás registradas. Un profundo despertar religioso, o avivamiento, vino como resultado. Ningún ministerio profético registrado, produjo tal despertar y transformación en la nación de Israel en tan corto tiempo (2 Reyes 22 y 2 Crónicas 34).

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Además de los casos específicos citados anteriormente, el Antiguo Testamento también muestra ejemplos de esposas que ejercieron el liderazgo en el gobierno de su familia:

 

SARA: En el libro de Génesis, por ejemplo, vemos nada menos que a Dios ordenándole a Abraham que, en contra de lo que era su opinión, hiciera caso de lo que Sara le decía en cuanto a su hijo Ismael  (Génesis 21:9-12).

LA MADRE DE SANSÓN: Otro ejemplo lo tenemos en el caso de los padres de Sansón. Cuando el Ángel del Señor se aparece para anunciar el nacimiento de un niño que liberará al pueblo de Israel, no lo hace al padre, sino a la madre (Jueces 13:2-14). ¿Por qué Dios no transmitió un mensaje tan importante al que se suponía que era el líder espiritual de la familia? A lo largo del diálogo se aprecia que, en dicha pareja de esposos, Manoa era el menos preparado tanto a nivel de conocimiento como de madurez espiritual, y es por eso que Dios se dirige a ella, pues estaba mejor preparada para asumir dicho mensaje.

ABIGAIL: Encontramos también el caso de una mujer que se negó a aceptar la decisión de su marido y tomó otra opuesta a la de él, con la bendición de Dios. Se trata de Abigail. En el relato no se presenta como algo reprobable la actuación de Abigail, contraviniendo las órdenes de su marido. Por el contrario, David vio en ello la mano de Dios (1 Samuel 25:14-28).

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EN CONCLUSIÓN:

Las Escrituras nos impulsan a afirmar que: “… para Dios no hay favoritismos…”  (Hechos 10:34, Nueva Versión Internacional), seamos hombres o mujeres. Por lo tanto, quienes afirman, con base en el Antiguo Testamento, que Dios considera inferior a la mujer, la excluye del liderazgo, o que la biblia es machista y misógina, yerran por ignorancia o por malicia descarada. En las Escrituras no encontramos la desaprobación de Dios, ni su condena hacia la mujer, o incluso a la actuación de mujeres que ejercieron posiciones de liderazgo, ya fuera en la familia, en la vida civil o en la esfera religiosa. Además, en el nuevo convenio: “… Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús…”  (Gálatas 3:28, Nueva Versión Internacional). La voluntad del Señor siempre fue, ha sido y será que sus hijos, hombres o mujeres, se consideraran y trataran como iguales. Las leyes (en apariencia discriminativas hacia la mujer) dadas por conducto de Moisés en el Antiguo Testamento, deben ser entendidas dentro de su contexto histórico y cultural. El Señor toleró hasta cierto punto los tiempos de ignorancia de su pueblo pero también, en medio de dicha ignorancia, dejó leyes sabias que prefiguraban la intención final de Dios para su pueblo escogido: la igualdad. Jesucristo dijo: “… Esa ley la escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son — aclaró Jesús—. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo. Así que ya no son dos, sino uno solo…“  (Marcos 10:5-8, Nueva Versión Internacional).

Ministerio Femenino

La Mujer Pentecostal, ayuda idónea, pero no esclava del hombre.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El machismo popular ha contaminado a la Iglesia de Cristo. En muchos círculos religiosos, hasta hoy, se trata a la mujer como a inferior. No hay oportunidades de ministerio, más que solamente si se trata entre ellas mismas. La mal interpretada frase: “que la mujer debe someterse a sus maridos”, le ha enviado un mensaje equivocado al “hombre cristiano”, de que tiene derecho sobre ella, que la puede forzar a hacer lo que él quiera. Muchas mujeres cristianas son abusadas emocional, verbal, física y hasta sexualmente por sus mismos esposos. La realidad es más alarmante, cuando oímos que incluso ministros, golpean y abusan de sus esposas. Pero ¿Qué es lo que Dios quiso decir al hablar de someterse? ¿Acaso Dios también es machista? ¿Es la Biblia un libro con un contenido altamente machista? La respuesta es no, y para aclararlo quiero invitarte a ver lo que Dios, a través de su Palabra, dice al respecto.

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IMITANDO A CRISTO, NUESTRA CABEZA:

La Biblia nos dice “…Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne…” (Efesios: 5:22- 31). Lo que Dios está diciendo en estos versos es: Ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, cuidar y proteger. Jesús amo a su iglesia, al punto de ir a la cruz para morir por ella. Estando en la cruz, Él no estaba diciendo: “tan lindo lo que siento, me encanta esto de amar a mi iglesia”, cuando amó a su esposa, la iglesia, lo hizo colgado de un madero, derramo su sangre, fue pisoteado, humillado, molido, con tal de rescatarla; el precio que le toco pagar por su esposa fue muy alto, su misma vida. Es decir, Jesús no sintió amor, el decidió amar. De la misma manera, cuando dice: “…Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella…” (Efesios 5:25), y luego agrega: “… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama…” (Efesios 5:28). Amar a nuestras esposas es un mandato, no es cuestión de los que sientes, sino de lo que Dios manda, que debes hacer por la posición que tienes. Porque: ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, inspirar y proteger. No es un derecho, es una responsabilidad. Amar a su mujer es un deber del esposo. Dicho de otra manera: ¡Ser cabeza no es un derecho, es un deber! Ser cabeza no es una posición para servirme de, sino para servir a. Porque: Ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, inspirar y proteger.

EL DEBER DEL HOMBRE CRISTIANO:

Si eres hombre y cristiano como yo y estás leyendo esto, déjame decirte algo: Como hombres que somos, tú y yo hemos sido llamados por Dios a ser la “cabeza” de un hogar y de la mujer que Dios nos dé; por ello me propuse buscar todas las obligaciones que la Biblia nos da a los maridos, y algunas de ellas probablemente te sorprendan. Estas son todas las que encontré: Someterse a su esposa en el Señor (Efesios 5:21); sostener materialmente a su familia (1 Timoteo 5:8), tener una sola esposa y serle fiel (1 Corintios 7:2), amarla como a sí mismo (Efesios 5:28), hacer feliz a su esposa (1 Corintios 7:33), cuidarla como Cristo cuida a su Iglesia (Efesios 5:29), honrar a su esposa en todo (1 Pedro 3:7), entregarse por su esposa (Efesios 5:25), cumplir con el “deber conyugal” (1 Corintios 7:3), no abandonarla, excepto por infidelidad (1 Corintios 7:11; Mateo 19:9), amarlas y no ser duros con ellas (Colosenses 3:19). Estas son todas las obligaciones que tiene la cabeza de la familia. Esto es lo que significa ser cabeza de la esposa. Quien no cumple con estas obligaciones no puede ser llamado cabeza de su esposa. Curiosamente no he podido encontrar nada acerca de “dar órdenes”, “imponer su voluntad”, “tener bajo su autoridad”, ni nada parecido.

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LO QUE SIGNIFICA SER CABEZA DE LA MUJER:

La Biblia declara que el hombre es la cabeza de la mujer: “… Ahora bien, quiero que entiendan que Cristo es cabeza de todo hombre, mientras que el hombre es cabeza de la mujer y Dios es cabeza de Cristo…” (1 Corintios 11:3). Pero ¿Qué significa que el hombre es la cabeza de la mujer? Para muchos esto significa que la mujer debe estar sometida al hombre quien, en su papel de “cabeza”, debe tenerla bajo su autoridad. Sin embargo, existen varias razones por las cuales este es un concepto completamente equivocado de ser “cabeza”. Para empezar, quiero aclarar que las palabras griegas para “hombre” y “mujer” en ese texto pueden ser traducidas como “esposo” y “esposa”. Esta traducción también es más coherente con la Biblia, que solo presenta la sumisión de la mujer hacia el hombre dentro del matrimonio, pero en otras áreas como el ministerio pastoral, la vida laboral o cualquier otra. La primera vez que aparece la sumisión dentro del matrimonio es en Genesis 3, cuando debido al pecado la mujer pasó a estar sujeta a su marido. La sumisión fue la consecuencia del pecado, el Plan B de Dios por así decir. Antes de la caída el hombre y la mujer disfrutaban de plena igualdad en su matrimonio. Cuando Dios creó a Eva, quiso que no fuese ni inferior ni superior al hombre, sino que en todo fuese su igual. Sin embargo, después del pecado fue necesario introducir un cambio. En la creación Dios la había hecho igual a Adán. Si hubieran permanecido obedientes a Dios, en concordancia con su gran ley de amor, siempre habrían estado en mutua armonía; pero el pecado había traído discordia, y ahora la unión y la armonía podían mantenerse únicamente mediante la sumisión del uno o del otro. Sin embargo, hay un concepto errado de esta sumisión descrita en la Biblia. Dios no estableció un “rol” para el hombre y para la mujer. El hombre al casarse no se convierte automáticamente en la cabeza del hogar. Ni tampoco la mujer al casarse automáticamente debe someterse al marido. La mujer debe estar sumisa a su esposo en tanto el esposo este sumiso a Dios. El esposo no ha recibido un rol intransferible e inmutable, sino todo lo contrario. Un hombre que no se somete a Cristo no puede convertirse en la cabeza de la familia. El vínculo que une al Señor Jesús con su iglesia no ha sido adecuadamente representado en la relación que muchos esposos mantienen con sus esposas, pues no han guardado el camino del Señor. Pero no era el plan de Dios que el esposo tuviese el control, como cabeza de la familia, si no se ha sujetado a Cristo. Un hombre que no se somete a Cristo no es la cabeza de su esposa. El Señor ha constituido al esposo como cabeza de la esposa para que la proteja; él es el vínculo de la familia, el que une sus miembros, así como Cristo es cabeza de la iglesia y su Salvador. Todo esposo que asevera amar a Dios debe estudiar cuidadosamente lo que Dios requiere de él en el puesto que ocupa.

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CONCLUSIÓN:

¿Qué requiere Dios de la cabeza de la familia? ¡Probablemente te sorprendas! Y aunque ya mencioné algunas, con gusto te las repetiré. La Biblia enseña que las obligaciones de un marido cristiano son: Someterse a su esposa en el Señor (Efesios 5:21); sostener materialmente a su familia (1 Timoteo 5:8), tener una sola esposa y serle fiel (1 Corintios 7:2), amarla como a sí mismo (Efesios 5:28), hacer feliz a su esposa (1 Corintios 7:33), cuidarla como Cristo cuida a su Iglesia (Efesios 5:29), honrar a su esposa en todo (1 Pedro 3:7), entregarse por su esposa (Efesios 5:25), cumplir con el “deber conyugal” (1 Corintios 7:3), no abandonarla, excepto por infidelidad (1 Corintios 7:11; Mateo 19:9), amarlas y no ser duros con ellas (Colosenses 3:19). Estas son todas las obligaciones que tiene la cabeza de la familia. Esto es lo que significa ser cabeza de la esposa. Quien no cumple con estas obligaciones no puede ser llamado cabeza de su esposa. Curiosamente no he podido encontrar nada acerca de “dar órdenes”, “imponer su voluntad”, “tener bajo su autoridad”, ni nada parecido. En fin, volviendo atrás, es curioso que Pablo les diga a los efesios que se “sometan los unos a los otros”, al hablar de matrimonio, declarando así que los hombres también deben someterse a sus esposas. ¿Pero cómo puede un hombre someterse a alguien inferior? Exacto, ¡No puede! Nadie puede someterse alguien inferior, porque la mujer no debe ser inferior al hombre sino igual a su esposo. La mujer debe ocupar el puesto que Dios le designó originalmente como igual a su esposo. Debe considerar que tiene igualdad con su esposo, que debe estar a su lado permaneciendo fiel en el puesto de su deber y él en el suyo. Entendamos, la mujer también es la co-cabeza en la familia, junto a su esposo. Por lo tanto, ¿Qué implica que un hombre sea cabeza de su esposa? La Biblia nos dice que el hombre debe amar, cuidar y respetar a su esposa como su igual. Tratarla como Cristo trata a su Iglesia, serle fiel y hacerla feliz. Así como Dios es amor, la esencia del matrimonio debe ser el amor mutuo. La tiranía, el maltrato y el abuso forman lo opuesto de lo que Dios espera de un hombre. Pues el plan divino le pide al esposo que muestre la ternura, amor, delicadeza, paciencia y verdadera cortesía, que es digna de la cabeza del hogar.

Ministerio Femenino

La Mujer Pentecostal, una mujer que no calla ni está relegada al silencio.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Pablo estaría horrorizado al ver que muchas de sus cartas se utilizan en situaciones muy concretas o que se generalizan 19 siglos después y la gente dice ‘Esta es la regla para siempre y jamás. Hay una línea que se debe marcar para distinguir entre lo que corresponde al momento en que fue escrito y lo que es un mensaje para todos los creyentes y todos los tiempos. Primera Corintios 14:34-35 es un ejemplo claro de un pasaje escrito para un momento y lugar específico pero sin aplicación universal para la iglesia. Lamentablemente, muchos lo interpretan como de aplicación universal creando con ello contradicciones en la Biblia.

Si la Biblia manda callar a la mujer y le niega toda oportunidad de liderazgo eclesiástico, entonces habría que eliminar de la Biblia otros pasajes que contradicen tal postura. Por ejemplo, la Epístola a los Romanos, Capítulo 16, menciona a casi 30 cristianos primitivos activos, ocho de los cuales son mujeres. Algunos analistas subrayan el hecho de que una de ellas, Priscila (Prisca en el griego original), aparece mencionada antes que su esposo, Aquila. Nosotros entenderíamos eso, en nuestra época y cultura, como una simple muestra de cortesía, pero en ese contexto cultural y época específica tal mención no indicaba caballerosidad, sino preeminencia o autoridad. Priscila ejercía mayor liderazgo en ese equipo.

De otra pareja, Junia y Andrónico, se dice que son “eminentes entre los apóstoles”. Lo curioso es que Junia era una mujer, no un hombre. Tanto ella como su esposo eran contados entre los apóstoles y es la forma más natural de interpretarlo. Junia es una de los apóstoles y es eminente en ese grupo. Esto evidencia que las mujeres tenían con todo derecho un rol de honor dentro de la Iglesia temprana.

La realidad del apostolado y labor pastoral de Junia es innegable. Aún la historia lo comprueba. Con frecuencia, se señala al testimonio de Juan Crisóstomo (347-407 E.C.), un creyente del siglo IV, como evidencia crucial de que Junia era un apóstol, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras en el día de hoy. El testimonio es el siguiente: “¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!” (Homilías, Rom. 31, en v. 7).

La Biblia y la historia se unen para probar que Junia fue una mujer y que fue llamada apóstol. Y esto plantea una contradicción a la lectura tradicional de 1 Corintios 14 y 1 Timoteo 2 sin la lógica correcta o una argumentación cuidadosa. Esto nos deja sólo dos opciones: O la Biblia se contradice (y por consiguiente es imperfecta y poco confiable) o Pablo jamás quiso mandar a todas las mujeres en todos los tiempos que callaran y se sometieran al liderazgo masculino, negándoles el acceso al ministerio. ¿Cuál de estas opciones admitiría usted como correcta?

¿ENSEÑA PABLO QUE LA MUJER DEBE CALLAR?

El apóstol Pablo no era ni machista ni misógino; sin embargo, muchos tergiversan sus palabras. Como bien lo dijera el apóstol Pedro: “…Al tratar estos temas en todas sus cartas. Algunos de sus comentarios son difíciles de entender, y los que son ignorantes e inestables han tergiversado sus cartas para que signifiquen algo muy diferente, así como lo hacen con otras partes de la Escritura…” (2 Pedro 3:16, NTV). Para nadie es un secreto que algunas de las alusiones paulinas acerca de la mujer, la condición de ésta en Cristo y su lugar en la Iglesia suelen ser mal interpretadas. Las palabras de Pablo dirigidas a la iglesia con más problemas, la de Corinto, son un ejemplo de ello: “…Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación…” (1 Corintios 14:34-35)

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I.- LAS MUJERES CALLEN EN LAS CONGREGACIONES (CONTEXTO HISTÓRICO):

Durante la época del Nuevo Testamento, las mujeres eran una mera posesión del padre o del marido, carente de cualquier derecho e instrucción en cuestiones de formación académica o educación más allá del hogar. Este panorama desolador es el primer argumento para deducir que no sería descabellada la posibilidad de que las mujeres, al experimentar su nueva libertad en Cristo (Gálatas 3:28) hubiesen estado interrumpiendo las reuniones eclesiásticas con continuas preguntas o comentarios inadecuados para una reunión pública. Otro asunto a tener en cuenta para entender lo mejor posible esta orden de silencio para las esposas, es el hecho común de que muchas de estas primeras cristianas traían consigo algunos comportamientos de mal gusto propios de los cultos paganos de procedencia, algo que se acentuaría en el caso de Corinto, la capital de influyentes corrientes paganas y filosóficas como el incipiente gnosticismo (practicantes de la gnosis = lit. conocimiento), uno de los grandes enemigos de la fe cristiana durante todo el Nuevo Testamento y los siglos siguientes. Esta influencia negativa se constata especialmente peligrosa y delicada en la iglesia de Corinto según vemos en los escritos de Pablo y en referencias externas. Los capítulos del 12 al 14 de la primera carta del apóstol a los corintios constatan problemas en los cultos y la tendencia de estos creyentes a expresarse en éxtasis espontáneos mediante el don de lenguas o el de profecía. Esto no era malo en sí pero todo debía hacerse “decentemente y con orden” (1 Corintios 12:40) El gnosticismo constituía una corriente tan poderosa que una parte importante del Nuevo Testamento recoge advertencias para protegerse contra esta influencia pagana.

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La epístola a los colosenses, a los corintios, a Timoteo o así como las cartas de Juan contienen numerosas instrucciones contra las antibíblicas amenazas gnósticas. Dado que la doctrina cristiana se estaba asentando por entonces y, obviamente, no tenían aún la Biblia con ellos, muchos de estos nuevos creyentes no habían conseguido desprenderse definitivamente de aquellas creencias paganas que amenazaban con un confuso sincretismo, y esto afectaba muy especialmente a las mujeres. Entre las diferentes vertientes de la gnosis era frecuente que algunas mujeres poseyeran un papel similar al del médium espiritista en las reuniones públicas comunicando mensajes supuestamente angelicales que no eran otra cosa que perversos mensajes expuestos con alboroto e indecencia. En la corriente gnóstica del montanismo (S. II al IV) se llegaba a considerar a estas mujeres como superiores incluso al propio Cristo. Los estudios históricos frecuentemente destacan la existencia de contundentes elementos que favorecían la participación activa y prominente de las mujeres en este complejo movimiento. Para ellas resultaban especialmente atractivos muchos de “los argumentos de la falsamente llamada ciencia (gnosis)” (1 Timoteo 6:20) que tanto preocupaban a los apóstoles. En los movimientos gnósticos tempranos, el énfasis recaía sobre algunas mujeres iluminadas como vehículo de transmisión esotérica. Estas corrientes paganas sacudían a la iglesia primitiva en general y a Corinto en particular. Es de notar que la solución de “pregunten a sus maridos” es para las esposas y no para las solteras o viudas que sabemos que había en Corinto (1 Corintios 7:8). Esto de por sí implica que las palabras de Pablo haciendo callar a las mujeres no deben considerarse como dogmas o principios espirituales inherentes para todo el género femenino. La gnosis había hecho especialmente estragos entre el elemento femenino de las mujeres cristianas. Tan fuerte había llegado a ser el problema, que Pablo optó por recomendar a Timoteo que se opusiera a que hubiera mujeres desempeñando ministerios de enseñaza (1 Timoteo 2:11-12) Si la ofensiva gnóstica se había infiltrado así entre las mujeres, sería más prudente impedir a estas que enseñaran. En este delicado contexto religioso se escribe 1 Corintios 14:34, un versículo en el que Pablo exhorta al autocontrol de la mujer a modo de “estén sujetas” (hupotasso) que indica que la persona apelada (la mujer en este caso) es llamada a realizar una acción de autocontrol. Literalmente el texto dice “que las mujeres se controlen a sí mismas, como la ley dice”.

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Los eruditos bíblicos han tratado de encontrar tal ley en el Antiguo Testamento o en la tradición judía, sin conseguirlo. La razón es que Pablo no está aludiendo a la Ley de Moisés. Sería inconcebible que Pablo, el gran defensor de la gracia frente a la ley, acudiera ahora a ella. Pero, además, es que no hay ni un texto en el Antiguo Testamento que afirme tal cosa. En realidad, parece que Pablo estaba haciendo referencia a la ley civil de la sociedad Greco-Romana, que ponía límites a los excesos de ciertas prácticas religiosas, especialmente llevadas a cabo por mujeres. La coherencia de esta interpretación que identifica “la ley” con las normas sociales estipuladas y no una Ley mosaica considerada “caduca” por el mismo Pablo (Gálatas 3:14. Romanos 10:4) se refuerza al estar dentro de una exhortación para mantener el orden y guardar decoro durante el uso de los dones espirituales en el culto público. De nuevo estaríamos ante una evidencia que el mandato paulino del silencio de la mujer se dio dentro de una coyuntura específica del entorno sociocultural y religioso del momento, y no en un mandato universal para la iglesia.

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II.- LOS MARIDOS DEBEN ENSEÑAR A SUS MUJERES:

Pero démosle una vuelta de tuerca más a este polémico mandato de silencio. En esa época las mujeres no tenían derecho alguno a la formación ni educación formal. Por tanto, si a muchos de nosotros nos pudiera escandalizar esta orden para callar en público, lo que seguramente asombraría a muchos corintios y contemporáneos sería la otra parte de esta exhortación (1 Corintios 14:34-35); aquella en la que Pablo afirma que “si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos”. Fijémonos en que se pide a los esposos que enseñen en casa a su mujer, si ésta así lo desea, validando delante de los hombres el derecho de la mujer al aprendizaje. Sin embargo, es cierto que Pablo considera conveniente que esta labor de formación se realice en un ambiente privado y no durante el culto religioso. Algo de sentido común por otro lado. Pocas veces desde los albores de los tiempos se había encomendado a los hombres esta labor de implicación en la instrucción de unas mujeres ajenas a cualquier sistema educativo de índole intelectual fuera de su llamado social y jurídico para hacerse cargo del marido y del hogar como única misión posible. Preguntémonos: ¿Por qué se le mandaría a los esposos enseñar a sus mujeres si estas no podían tan siquiera hablar en la congregación? ¿Qué propósito tendría educar a quien no tiene voz ni voto en la iglesia?

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III.- MUJERES EN AUTORIDAD:

A pesar de las duras contingencias culturales, el papel de dirección o enseñanza le ha sido otorgado por Dios a diferentes mujeres que aparecen en la Biblia. Entre ellas está Débora, gran líder de Israel durante más de 40 años (Jueces 4 y 5). La Escritura recoge ejemplos como mujeres que profetizan en lugares sagrados (Éxodo 15:20-21; 2 Reyes 22:14; Isaías 8:3; Lucas 2:36-38; Hechos 21:8-9). Tenemos a Priscila, quien con su marido Aquila son mencionados juntos las veces que aparecen en la Escritura. También destacan Evodia, Síntique y Priscila como colaboradoras de Pablo o María, Pérsida, Trifena y Trifosa, fieles trabajadoras de la obra de Dios al igual que Junia o Junias (Romanos 16:7), quien ostentaba el cargo de mujer apóstol. De hecho, los manuscritos más fiables recogen el nombre femenino Junia y no Junias. Los primeros Padres de la Iglesia no dudaban de que la compañera de Andrónico en el apostolado fuera una mujer, probablemente su esposa. Juan Crisóstomo, a pesar de haber dejado escritos muy misóginos, dice sobre la bíblica Junia: “…Cuán grande es la devoción de esta mujer que debería ser contada como digna de ser denominada apóstol…” (Crisóstomo, Homilía sobre Romanos 16, Padres de la Iglesia Cristiana, Vol. II, p. 555). Ni siquiera Pablo incurre habitualmente en distinción entre colaboradores masculinos y femeninos, tal y como vemos en el caso de Febe, quien es encomendada a la iglesia de Roma pidiéndoles a éstos que la reciban con una actitud propia de autoridad de la Iglesia.

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CONCLUSIÓN:

Conociendo sólo un poco de las terribles condiciones sociales en las que se movía la mujer del primer siglo así como las circunstancias específicas que debieron producirse entre las primeras cristianas de Corinto o Éfeso no sólo vemos como tremendamente positivas y dignificantes las palabras de Pablo hacia las mujeres sino también la coherencia entre este mandato para que las esposas callen cuando lo cotejamos con los ejemplos mencionados en los que vemos a numerosas mujeres levantadas por Dios para instruir o hasta para dirigir a su pueblo. Por todo lo anterior, es obvio que Pablo no mandó de forma general a todas las iglesias, en todos los tiempos, que la mujer callare en la congregación. Las palabras de Pablo deben entenderse como dirigidas a una iglesia específica, en una época específica de la historia eclesiástica. No fueron dichas como una norma o mandato general, sino con el propósito de solucionar un problema y una situación específica surgida en la iglesia de Corinto.

 

Ministerio Femenino

Mujer Pentecostal: Enseñando, liderando y sirviendo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Lo pentecostales entendemos, a la luz de la Biblia, que la intención de Dios no sólo es la salvación eterna del individuo, sino también llevar la luz libertadora de Dios a toda injusticia social en esta tierra. Esto también es cierto en relación con la marginación de las mujeres en la iglesia y la sociedad. Desafortunadamente, la Biblia es utilizada tanto por aquellos que buscan denunciar la misoginia como por aquellos que la defienden. Pero, ¿Qué es la misoginia? La misoginia (del griego μισογυνία; ‘odio a la mujer’) se define como la aversión y también el odio hacia las mujeres o niñas. La misoginia puede manifestarse de diversas maneras, que incluyen denigración, discriminación, violencia contra la mujer, etc. El machismo religioso y la exclusión de la mujer del ministerio es una expresión de la misoginia dentro de la misma religión cristiana. Tanto los defensores como los críticos de la misoginia arrancan versículos de su contexto inmediato, imponen los convenios culturales modernos sobre las culturas antiguas, y pasan por alto el mensaje general que se presenta. Lo que es peor, ignoran el profundo efecto positivo que el cristianismo bíblico ha tenido para las mujeres en todo el mundo.

¿ES LA BIBLIA UN LIBRO MISÓGINO Y MACHISTA?

Un simple examen de contexto elimina la mayoría de las afirmaciones de la misoginia en la Biblia. Un ejemplo perfecto de esto es Efesios 5:22-24, dice que las esposas deben estar sujetas a sus maridos “como al señor”. Los críticos y los misóginos por igual prefieren citar esas palabras, fuera de contexto obviamente, para apoyar la afirmación de que la Biblia enseña a las mujeres a estar subyugada a los hombres. Sin embargo, las siguientes palabras ordenan a los maridos a que amen a sus esposas “como Cristo amó a la iglesia” (Efesios 5:25) y a amarlas “como a sus propios cuerpos”, proveyéndoles y cuidándolas, así como Cristo lo hace por su iglesia (Efesios 5:28-30). Considerando que Cristo actuó como un siervo de sus discípulos (Juan 13:5) y nos mandó a hacer lo mismo (Juan 13:13-16), incluso sacrificando su propia vida por la salvación de ellos (Juan 15:12-14), es imposible justificar la interpretación que un misógino hace de Efesios 5.

La misoginia es diametralmente opuesta a la enseñanza de la Biblia. De acuerdo con las Escrituras, todas las personas son absolutamente iguales a los ojos de Dios, independientemente del género, la raza y la capacidad (Gálatas 3:28). Además, las mujeres fueron tratadas como personas valoradas y respetadas tanto por Cristo como por la iglesia primitiva. Jesús rescató de sus acusadores a una mujer culpable (Juan 8:9-11), María y Marta hicieron referencia a Jesús como el “maestro” (Juan 11:28) y Jesús enseñó abiertamente a la mujer junto al pozo (Juan 4:9-10), desafiando las convenciones sociales de la época las cuales prohibían la enseñanza de las mujeres. La iglesia primitiva no sólo atrajo a las mujeres que se convirtieron en seguidoras (Hechos 8:12; 17:12), sino que muchas de ellas fueron instrumentos en la proclamación del evangelio (Filipenses 4:3).

En muchos sentidos, la Biblia contrarrestó el verdadero trato misógino contra las mujeres en tiempos antiguos, y en la historia se ven reflejados los efectos de esta cosmovisión radical. Quienes critican la biblia por su actitud hacia la mujer, debe examinar la posición de la mujer en las culturas paganas de la era del Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y la iglesia primitiva. Incluso en nuestra era moderna, uno sólo tiene que contrastar la situación de las mujeres que viven en países con una herencia cristiana a aquellas que viven en países donde esta herencia no existe. Asimismo, uno debería considerar la terrible misoginia de industrias como la pornografía y el comercio sexual, las cuales existen en directa oposición a los mandatos bíblicos.

Como con otros muchos temas sociales, el cristianismo bíblico establece un fundamento que inevitablemente conduce a ideas tales como el valor, la igualdad y la libertad de las mujeres. La ética arraigada en una cosmovisión cristiana ha resultado en niveles de igualdad femenina y la oportunidad que las culturas no cristianas nunca han ofrecido ni tampoco han considerado bajo la presión de las culturas con un trasfondo cristiano. También es importante señalar la diferencia entre la misoginia descrita y la misoginia aprobada. Libros de historia pueden detallar los horrores del holocausto y la peste negra, pero no vemos esto como la aprobación del editor de Hitler o la enfermedad epidémica. Ciertamente, hay descripciones de la misoginia en la biblia, pero estos actos son condenados. Un ejemplo es la violación y asesinato de la concubina en Jueces 19:25-29, un acto tan atroz que provocó una guerra civil. Los críticos de la Biblia con gran interés señalan estos incidentes sin mencionar que el acto en mención se describe y se censura, mas no se aplaude. Igualmente, las preguntas acerca de la misoginia en la biblia deben estar separadas de si los hombres han o no intentado apropiarse de las Escrituras para justificar sus prejuicios.

Los hombres a veces también intentaron reforzar la misoginia con la ciencia, la historia, e incluso con leyes nacionales, aun cuando tales interpretaciones son ridículas. Ni los israelitas, ni Jesús, ni la iglesia cristiana primitiva exhibió la misoginia y el marco ético de la Biblia no da lugar a eso. De esta manera, no se puede culpar a la Biblia de la misoginia ni tampoco se puede usar para justificarla. En todo caso, la necesidad de sacar la escritura de su contexto y torcer su significado muestra lo contrario: con el fin de afirmar la misoginia en la Biblia, hay que separar pasajes del resto del texto y del mismo cristianismo. La Biblia se opone de forma contundente a la misoginia. Afirmar que la Biblia discrimina a la mujer no solo es un error interpretativo, sino malicioso y poco honesto.

UN TEXTO FUERA DE CONTEXTO QUE PRETENDE JUSTIFICAR EL MACHISMO.

La mujer ha ocupado puestos de liderazgo espiritual en el pentecostalismo desde sus inicios. Este es un hecho histórico incuestionable. Sin embargo, muchos hoy en día, incluso pastores y teólogos, han querido devaluar el rol de la mujer dentro de la iglesia, argumentando que la Biblia manda a la mujer callar y estar sumisa. El texto de 1 Timoteo 2:9-15 es usado a menudo como base bíblica para argumentar la inferioridad de la mujer, su condena a la sumisión al hombre y ordenarle callar, prohibiéndole asimismo ejercer cualquier cargo de liderazgo eclesiástico en plano de igualdad con el hombre. El texto en cuestión dice:

“…Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad. La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia…” (1 Timoteo 2:9-15).

Detengámonos en un primer aspecto a destacar: Aunque Pablo normalmente no ofrece explicaciones históricas para justificar que un mandato dado por él es Palabra de Dios, aquí sí apela a lo acontecido en el Edén para argumentar su decisión ¿Por qué lo hace? ¿En qué consiste su argumentación para tratar de convencer a los creyentes de que las mujeres supervisadas por Timoteo no deben enseñar?

I.- DEBIDO AL ORDEN DE LA CREACIÓN EVA NO PUDO APRENDER:

El relato de Génesis 2:7-21 al que Pablo apela como razón es un despliegue de diferentes instrucciones dadas por Dios a Adán sin que Eva estuviera presente, pues ni siquiera había sido creada aún. Es un acontecimiento que ilustra perfectamente las fatales consecuencias de quien pretende orientar o enseñar a otros desde la ignorancia y el atrevimiento, algo que desgraciadamente tiene un claro paralelo con la situación general de las mujeres en tiempos de Pablo debido a la prohibición de que la mujer participara en la instrucción formal de esa época. No tendría demasiado sentido usar un mero orden cronológico de la creación biológica de cada sexo para convencernos de que sólo Adán estaba llamado a enseñar a no ser que se pretenda señalar la ausencia de formación, prudencia y conocimiento de Eva. No hay otra explicación para una alusión cronológica, pues igualmente Pablo sabía que los animales fueron creados antes que Adán sin que esto proveyese cualidad alguna para la enseñanza. El apóstol no pide a los creyentes que acepten el argumento del orden de llegada de Adán y Eva para ejercer la enseñanza como un misterio divino o un asunto de fe incomprensible. No. El apóstol opta por un “porqué” al afirmar que Adán fue formado primero porque pretende que aquellos cristianos “creados” y “formados” milenios después de Adán y Eva comprendan la lógica de su mandato para que aquellas mujeres del siglo primero guarden silencio. Seguramente él quería que todos entendiesen que la falta de adiestramiento, la ociosidad y el atrevimiento de muchas mujeres de su tiempo causaba problemas y confusión cuando éstas enseñaban o propagaban enseñanzas paganas entre los creyentes. El sinsentido de un hipotético uso del mero orden formativo en el caso concreto de Adán y Eva como explicación se hace aún más claro si tenemos en cuenta la obviedad de que muchas mujeres del Nuevo Testamento habían sido biológicamente nacidas –o formadas- después de Adán e incluso después de otros muchos hombres contemporáneos a ellas y que sin embargo no estarían llamados a guardar silencio por ello. Lo mismo habría que decir de las mujeres “nacidas–o formadas- espiritualmente de nuevo” en Cristo con su conversión antes que otros hombres contemporáneos a ellas para darnos cuenta de que la formación biológica, e incluso la espiritual de cada hombre y mujer no tiene por qué coincidir con el orden cronológico de la formación de Adán y Eva. El orden en sí no era un argumento.

II.- ¿ADÁN NO FUE ENGAÑADO?

Aunque el apóstol aquí afirma que “Adán no fue engañado”, la Escritura muestra que finalmente Adán sí fue engañado y culpable de incurrir en transgresión, por eso su pecado fue peor que el de Eva, pues actuó con pleno conocimiento (Génesis 3:17). Esta ligereza interpretativa de Pablo es una nueva evidencia de que el apóstol no pretendía exponer dogmas ni principios espirituales perpetuos (un hecho que él mismo aclara dos veces, tal y como veremos más adelante). Su imprecisión acerca del engaño de Adán refuerza la idea de que Pablo sólo quería señalar que la falta de conocimiento y un adiestramiento serio deriva en engaño, razón por la que se centra en lo que le pasó a Eva y en cómo ésta confundió posteriormente a Adán. En el segundo relato de la Creación (Génesis 2:4-25), el hombre (’adam), se «desdobla» en varón y hembra para formar una pareja que comparta el dominio, y disfrute de un compañerismo mutuo. Ambos fueron creados a imagen y semejanza de Dios, y ambos participaron en la tragedia de la Caída. Cuando Pablo habla, por tanto, del pecado de «un hombre» (Romanos 5:12-21), cabe pensar que se refiere no sólo al varón, sino al hombre genérico (anthropos) Adán, ya que ambos, hombre y mujer, por su desobediencia y transgresión, arrastraron a la raza humana a su destino. En el tercer relato (Génesis 5:1-2), el autor de Génesis reafirma la identidad de Adán como varón y hembra: “Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre (’adam), a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados.

III.- “TAMBIÉN EL VARÓN PROCEDE DE LA MUJER”

Toda esta interpretación que exponemos acerca de las intenciones de Pablo casa con sus palabras en 1 Corintios 11:11-12 cuando dice que “en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios”. Ante los corintios Pablo pretende zanjar el tema de “la procedencia” descartando un uso interesado del orden de creación de Adán y Eva como argumento discriminatorio pues tras recordar que la mujer procede del hombre afirma que “también el varón nace de la mujer, y finalmente, ambos de Dios” (vs. 12). La procedencia del hombre y la mujer es mutua entre ellos y común respecto a Dios. Además de lo visto, existen otros aspectos más esclarecedores aún en el texto de 1 Timoteo 2:9-15 que muestran definitivamente que Pablo no tiene intención alguna de establecer un dogma que niegue la labor de enseñanza para cualquier mujer cristiana de cualquier tiempo y lugar.

IV.- “QUIERO [YO]”. “NO PERMITO [YO]”. (1 Timoteo 2:8 y 2:12)

Pablo expone un doble énfasis usando la primera persona del singular en su argumentación: Estas formas son “[yo] quiero” (vs.8) y “no permito [yo]” (vs. 12), evitando usar expresiones categóricas como “el Señor no permite”, tal y como hace en otras ocasiones. Además, el término griego usado para “permito”, “cuando se usa el verbo traducido como permitir (epitrepsein) en el Nuevo Testamento se refiere a un permiso específico en un contexto específico (Mateo 8:21; Marcos 5:13; Juan 19:38; Hechos 21:39-40; 26:1; 27:3; 28:16; 1 Corintios 16:7; etc.). Además el uso del tiempo indicativo indica un contexto inmediato. La traducción correcta, según los eruditos, por lo tanto, es: “De momento no permito“, “He decidido que por el momento las mujeres no deben enseñar o tener autoridad sobre los hombres”.

V.- LA AMENAZA PAGANA: “MUCHAS MUJERES EN POS DE SATANÁS”

Los engaños que provenían de heréticas doctrinas y visiones que atrevidamente impartirían mujeres amparadas por movimientos esotéricos era un problema extendido y enormemente común en la emergente iglesia primitiva. El paganismo y el incipiente gnosticismo golpeando la salud de las iglesias es el eje de preocupación de esta primera carta a Timoteo (1:6; 4:7; 6:20-21) como también lo es en la segunda epístola, pues en el mundo del creciente protognosticismo la mujer era vista como especialmente favorecida para trasmitir supuestos mensajes místicos que sólo eran patrañas. Esta tesis es defendida por numerosos eruditos bíblicos y los diccionarios bíblicos sobre el Nuevo Testamento citan y desarrollan el problema esotérico con frecuencia. La gnosis había hecho especialmente estragos entre el elemento femenino de las mujeres cristianas. En el caso de la congregación efesia de la que se ocupaba Timoteo el estado de infiltración había terminado por resultar especialmente preocupante. En palabras de Pablo, de estas mujeres “algunas se habían apartado en pos de Satanás” (1 Timoteo 5:15), e incluso otras iban “de casa en casa” con fines proselitistas. Tan fuerte había llegado a ser el problema, que Pablo optó por recomendar a Timoteo que se opusiera a que hubiera mujeres desempeñando ministerios de enseñaza (1 Timoteo 2:11-12). Si la ofensiva gnóstica se había infiltrado así entre las mujeres, sería más prudente impedir a estas que enseñaran. Había un problema concreto con muchas mujeres y era necesario tomar una decisión urgente al respecto. Y como ocurre a menudo en la vida, la decisión tomada por Pablo fue la que él consideró como la menos mala, pero no como un propósito justo ni perfecto que emana desde el corazón de Dios para la mujer. Esta forma de afrontar injusticias la vemos frecuentemente en Jesús, como cuando arremete contra el lanzamiento de piedras hacia la mujer adúltera por parte de hombres que se consideraban “muy bíblicos” (Juan 8:1-11), literalistas y religiosos, pues ciertamente el apedreamiento era una terrible práctica recogida claramente en el Antiguo Testamento como castigo para las adúlteras (Levítico 20:10). Menos mal que Jesús tenía claro que aquello recogido en las Escrituras era igualmente algo indeseable y coyuntural que necesitaba superarse con urgencia mediante la práctica del amor, la justicia y la misericordia. Salvando las distancias con aquel hecho, entendemos que hoy nos equivocaríamos de nuevo si apartamos los ojos de Jesús en cuanto a no discernir que estamos ante una indeseable solución circunstancial dada por Pablo respecto al ejercicio de los dones de enseñanza dado por Dios a las mujeres. Pablo no afirma que el problema de Eva fuese simplemente ser mujer, pues ese “pero” que él añade en su explicación tiene la intención de que se comprenda que haber sido “formada después” dio como consecuencia que Eva “fuera engañada”. Por tanto, el engaño generado por la ignorancia era el epicentro del problema y no el sexo o el ADN.

VI.- ¿CITAR EL GÉNESIS CONVIERTE UN MANDATO EN ATEMPORAL Y DESEABLE POR PARTE DE DIOS?

Algunos comentaristas insisten en que si Pablo cita el Génesises porque el asunto va más allá de la circunstancia cultural y atañe al corazón del evangelio, pero debemos ser prudentes con esta conclusión. Primeramente porque estamos viendo que en el texto de 1 Timoteo 2 (también al cotejarlo con otros escritos paulinos) encontramos argumentos que invitan a entender que estamos ante mandatos circunstanciales a pesar de que Pablo mencione el Antiguo Testamento. Citar el Génesis como una ilustración que ayuda a los cristianos contemporáneos de Pablo a entender un problema que ellos tenían no tiene por qué hacer de lo referido un dogma de raíz atemporal. No hay ninguna norma bíblica que obligue a esto y la misma Biblia nos muestra que a menudo esto no es así. Basta ver como Jesús a menudo citaba la Ley de Moisés como algo dado por Dios sin que esto la hiciese vigente y atemporal para los cristianos sino todo lo contrario. En una ocasión Jesús se transfigura milagrosamente junto a Elías (Lucas 9:28-36), el profeta que siglos antes hizo descender fuego del cielo para consumir a sus enemigos (2 Reyes 1: 10-14). Cristo cita después la destrucción mediante combustión celestial de Sodoma y Gomorra (Lucas 17:26-33) para ilustrar y argumentar un anuncio profético. Sin embargo, y a pesar de estas alusiones al fuego divino sobre los enemigos en el Antiguo Testamento, Jesús se sorprende y se molesta profundamente cuando Jacobo y Juan pretenden que esto se repita en su tiempo: “…Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: ¡Vosotros no sabéis de qué espíritu sois! ¡Porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas!” (Lucas 9:54-56). Como vemos, Cristo mismo da cuenta de que citar el Antiguo Testamento no siempre equivale a que las indeseables circunstancias mencionadas sean para nosotros algo maravilloso, perseguible o válido para todo tiempo, ya sea mandar fuego contra los enemigos, apedrear adúlteras o la maldición del enseñoramiento sobre las mujeres vaticinado en El Edén. Todo depende del propósito con el que en el Nuevo Testamento se cite el Antiguo o cualquier otro libro. Recordemos, por ejemplo, que Judas cita como referente unas escrituras que ni siquiera son del Antiguo Testamento (Judas 14) como es El libro de Enoc. Con todo, dicha alusión no convierte aquel escrito en canónico ni de obligado cumplimiento. Cada relato en cuestión nos ofrece sus claves y creemos, por tanto, que un inflexible y errado proceder hermenéutico es en gran parte el causante de que muchos creyentes entiendan hoy la apelación al Edén de Pablo como una pretensión divina para que en las congregaciones callen las mujeres de cualquier circunstancia y tiempo. En este caso vemos que hay suficientes claves bíblicas, textuales e históricas que armonizan entre sí y que nos llevan a la tesis del mandato coyuntural. Pero los argumentos a favor de la pertinencia circunstancial del mandato no acaban aquí. Sigamos analizando esto un poco más.

VII.- “… [LA MUJER QUE HA DE GUARDAR SILENCIO] SE SALVARÁ ENGENDRANDO HIJOS” (VS. 15)

Al igual que hoy vemos, y especialmente en el ámbito rural o en contextos menos desarrollados, la falta de instrucción formal se desarrolla con mayor frecuencia entre mujeres que han sido educadas para casarse y ser madres como objetivo único en la vida. Pero… ¿Se condenará eternamente la mujer que no tenga hijos tal y como parece decir el texto? ¿Cómo se compatibiliza esta afirmación de Pablo con su defensa y ánimo para la soltería en otros textos suyos?: “…A los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo…” (1 Corintios 7:8). “…El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer…” (1 Corintios 7: 32-33). “…El que la da en casamiento hace bien, y el que no la da en casamiento hace mejor…” (vs. 38). Pablo defiende la soltería, pero tal y como aclara en su carta está ahora especialmente preocupado por el revuelo causado por muchas viudas jóvenes supervisadas por Timoteo que ya mencionamos, pues éstas“han quebrantado su primera fe”, estando, “no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran”, razón por la que “quiero [yo], pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa; que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia. Porque ya algunas se han apartado en pos de Satanás” (1 Timoteo 5:11-15). Hoy en nuestras iglesias son muy pocas las viudas jóvenes que viven ociosas, provenientes de religiones paganas y ajenas al contenido de Las Santas Escrituras así como a toda formación como ocurría por entonces. Aquel sistema familiar y social así como la consideración de la mujer como mera propiedad no tiene nada que ver con nuestro contexto por lo que prohibir hoy a toda mujer en nuestra iglesia que ejerza la enseñanza porque como Eva “fue engañada” y porque “ha quebrantado la primera fe y se rebela contra Cristo yendo en pos de Satanás” por “estar ociosa”, no es optar por “sana doctrina” sino un disparate mayúsculo sacado de lugar, realidad e intención bíblica. Cotejando otros textos de Pablo en los que aconseja no casarse, queda claro –otra vez- que estamos ante un problema circunstancial. Una vez más, la Biblia se responde a sí misma y nos da claves para diferenciar lo eterno de lo circunstancial. Por otro lado, debería resultarnos obvio que la palabra “salvación” (sozo) no tiene aquí una acepción soteriológica sino que es un llamado de Pablo para que las mencionadas mujeres ociosas que están causando líos se planteen una vida alternativa enfocada en ser madres en lugar de levantarse como chismosas o maestras de perdición. La palabra griega para salvación, además de referirse a la salvación o justificación eterna, también significa preservación y permite el uso apuntando aquí como una práctica que protege del pecado. Que Pablo afirme que la vía de escape para la esposa en silencio sea “salvarse engendrando hijos” expone de forma concluyente que Pablo está dando una recomendación personal a quienes no tenían una actitud edificante y que no estaban preparadas para otra cosa que no fuese ser madres, algo que, dicho sea de paso, no es una ocupación menor que la de enseñar entre los cristianos. Esta relegación total de la mujer no sólo era una tendencia social pues las normas jurídicas romanas ya destinaban a la mujer al matrimonio y al hogar, algo que se solía consumarse a partir de los 12 años de edad o incluso antes. En fin, que no faltan argumentos a favor de la intención coyuntural de este mandato para que las mujeres guarden silencio como un mal menor para problemas propios de aquella situación ¿O acaso hoy un pastor no abordaría los problemas circunstanciales de los que tuviese conocimiento si escribiese una carta a su congregación? El dominio del hombre sobre la mujer vaticinado en el Edén a Adán y Eva es el anuncio de una maldición, de unas terribles consecuencias que habrían de venir pero que no son un propósito divino que debamos perseguir. “A la mujer dijo [Dios]: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido,y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16). Si lo vemos de ese modo, no sólo habría que enseñorearse de las esposas sino también –y me permito una medio broma- fomentar partos dolorosos, quizás pinchando en los pies a la parturienta, y así ser parte de un supuesto espléndido plan divino a favor las mujeres… un sinsentido.

VIII.- MUJERES QUE SÍ ENSEÑAN

Otra de las razones que me llevan a defender toda esta interpretación es que si llegamos a una conclusión diferente, 1 Timoteo 2 estaría en contradicción con otros párrafos de la Escritura (incluyendo los del corpus paulino) en los que se elogia a mujeres que sí enseñan, lideran o predican. Es el caso de Priscila, Débora o Junia, entre otras. Estas son mujeres que, a diferencia de Eva, “formada después” e ignorante de las directrices dadas a Adán, sí estarían llamadas por Dios, formadas y capacitadas para una enseñanza constructiva y edificante, tal y como algunas hacen (Hechos 18:26). Aunque por las razones ya expuestas estas mujeres maestras son minoría, basta con ver que las hay para fortalecer las tesis aquí vertidas acerca de 1 Timoteo 2:9-15.

IX.- CONTRA LO EFÍMERO Y LA OSTENTACIÓN

Este es un texto que también constata una tendencia de mujeres que cultivan en exceso su imagen externa. Y aunque esto es algo en lo que incurren tanto mujeres como hombres de cualquier tiempo no es difícil imaginar que en una época en la que la mujer era poco más que un objeto sexual cuidar su aspecto físico no sólo les otorgaba identidad sino también prevención contra el despiadado repudio matrimonial y el abandono. En otras palabras: Cuanto más atractiva sea más posibilidades de vivir mejor o al menos de sobrevivir. Sin embargo, era de esperar que en Cristo estos temores se disipasen y que no se hiciera de la ostentación una filosofía de vida. Y es que una lectura dogmática del texto nos pondría en el dilema de tener que examinar en nuestras congregaciones si el broche que la hermana lleva en el pelo es en realidad de oro o de imitación (vs. 9) para asegurarnos de que su adorno se ajusta al “propósito de Dios” con ella. Parece claro que el fondo de estas palabras no son los quilates de oro en sí sino las prioridades, la mesura, el testimonio y –en definitiva- la actitud de corazón. Llegados a este punto entendemos que el no discernir entre coyunturas concretas y principios eternos que la propia Biblia aclara, sólo va a producir contradicciones y legalismos religiosos ajenos a la intención liberadora de la Escritura, algo que Jesús combatió con contundencia.

X.- TRAS TODO ESTO… ¿REALMENTE SE ESTABA MANDANDO CALLAR A LAS ESPOSAS?

Como último apunte, y aunque durante todo el análisis de 1 Timoteo 2:9-15 hemos dado por supuesto que el mandato de “guardar silencio” equivale a que las mujeres permanezcan sin hablar nada, lo cierto es que un análisis exegético de 1 Corintios avala que a las mujeres corintias no se les mandó estar necesariamente calladas sino más bien en mantenerse en una buena actitud. Al decir: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción”, la palabra traducida «en silencio» aquí, es el adjetivo hesuchios, que se refiere a «quietud», o «tranquilidad» (en 1 Timoteo 2:2, «reposadamente») y se trata de una quietud interior, que no causa molestia a los demás, y que no sufre molestia ajena. En 1 Pedro 3:4 describe un espíritu «apacible», caracterizado por la mansedumbre. En 2 Tesalonicendes 3:12, Pablo exhorta a los hermanos a trabajar con hesuchía, «sosegadamente», (no en silencio, es evidente). En Hechos 22:2 hesuchía se refiere al callamiento de una multitud. El sustantivo sigé, por contraste, se emplea para indicar «silencio» en el sentido de «ausencia total de sonido» (como por ejemplo en Hechos 21:40 y Apocalipsis 8:1). La «sujeción», por su parte, debe formar parte del carácter de todo creyente, según la relación o circunstancia en la que se encuentre, y define su relación con Cristo (2 Corintios 9:13). Además, si decidimos apostar por una postura literalista, universal e inflexible acerca de este mandato para guardar silencio deberíamos también plantearnos el prohibir a las mujeres cantar himnos o profetizar durante los cultos (1 Corintios 11:5), tal y como sí lo hacían las mujeres del Nuevo Testamento.

CONCLUSIÓN:

Sin lugar a dudas Dios jamás deseó que la mujer callara en la congregación o que se le negara el privilegio de enseñar. Si Dios quería que la mujer callara, ¿Para qué le hizo boca? Si no quería que enseñara ni pensara por sí misma ¿Por qué le habría dado un cerebro tan excepcional?

 

Ministerio Femenino

La mujer en la Biblia: El plan original.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En el relato de la creación, contenido en el Antiguo Testamento, Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza: “…Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó…” (Génesis 1:27, Nueva Versión Internacional). Dios hizo tanto al hombre como a la mujer a su imagen. Ninguno de los dos fue hecho más a la imagen de Dios que el otro. Desde el principio vemos que la Biblia coloca tanto a uno como al otro en el pináculo de la creación de Dios. Ninguno de los sexos es exaltado ni despreciado. De modo que ambos comparten un origen común, vienen de Dios y poseen su misma imagen.

El relato de la creación nos muestra claramente el propósito de Dios para ellos: “…y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.»…” (Génesis 1:28, Nueva Versión Internacional). Dios colocó al hombre y a la mujer como señores para que dominaran juntos su creación. Nótese que, en el huerto del Edén, Adán reconoció en Eva a su igual: “…De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el Señor hizo una mujer y se la presentó al hombre, el cual exclamó: «Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará “mujer” porque del hombre fue sacada.» Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser…” (Génesis 2:22-24, Nueva Versión Internacional). Adán entendió que Eva era parte de su misma esencia, era de él mismo. A partir de ahí era uno con ella tal como dice Génesis 2:24. La premisa de la relación del hombre y la mujer era y sigue siendo en realidad la unidad total (Efesios 5:31), ambos están diseñados para estar juntos, para crecer en familia y en sociedad.

Estos pasajes bíblicos muestran una relación ideal, en donde el hombre y la mujer son complementarios. No se refiere de ninguna manera a la imposición de roles sociales; a que el hombre por serlo, deba hacer determinadas cosas, o a que la mujer por la misma razón, deba hacer otras. Sin embargo, esta relación de compañerismo y complemento se vio afectado por la desobediencia de Eva y Adán: “… Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió…” (Génesis 3:6, Biblia de las Américas). Si bien Eva fue engañada, Adán estaba allí con ella, también comió y desde ese momento todo cambio. El pecado trajo varias consecuencias, entre estas la dominación del hombre sobre la mujer: “… A la mujer le dijo: «Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor. Desearás a tu marido, y él te dominará.»…” (Génesis 3:16, Nueva Versión Internacional).

No obstante, esto no iba a permanecer así para siempre, ya que Dios diseñó un plan de salvación para la humanidad, el cual sería llevado acabó a través de un Salvador nacido de mujer: “…Dios el Señor dijo entonces a la serpiente: «Por causa de lo que has hecho, ¡maldita serás entre todos los animales, tanto domésticos como salvajes! Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón.»…” (Génesis 3:14-15, Nueva Versión Internacional; compárese con Gálatas 4:4).

Dicho plan contemplaba la remisión, redención y justificación del hombre y la mujer, y restituiría a los hombres y a las mujeres a su estado original, justo como fue al principio de la creación en donde los dos tenían un origen y un propósito común. Mientras dicha redención no se llevara a cabo, el peso de la dominación injusta del hombre sobre la mujer, caería sobre todas las hijas de Eva hasta la venida del Redentor. Pablo desarrolla esta doctrina en el Nuevo Testamente de forma clara. De acuerdo la enseñanza neotestamentaria, cuando se recibe a Jesús como Señor y Salvador, el hombre y la mujer obtienen los mismos beneficios (Gálatas 3:28). Cabe entonces preguntarnos: ¿Por qué debería entonces la mujer continuar con el castigo de su desobediencia? Ciertamente, si la mujer continúa cargando con las consecuencias de su desobediencia, aun después de recibir a Jesús, se estaría diciendo que ella no ha sido redimida, ni justificada y, por lo tanto, el sacrificio de Jesús sólo habría sido hecho en beneficio del hombre y no de la mujer. La mejor respuesta para la relación que debe existir entre hombre y la mujer, la dio Jesús a los fariseos cuando le preguntaron sobre el divorcio (Marcos 10:6-8). En su respuesta está la clave, pues la puso nuevamente en el principio de la creación, en su diseño original de igualdad, complemento, compañerismo y dignidad.

 

I.- LA MUJER BAJO LA LEY MOSAICA:

El pueblo de Dios en la antigüedad no escapó totalmente de sus prejuicios hacia la mujer. Dios, sin embargo, jamás dejaría en total abandono a las hijas de Eva. Por el contrario, estableció prohibiciones y normas encaminadas a protegerlas en medio de una sociedad machista y patriarcal donde sus derechos y dignidad tendían a ser pisoteados e ignorados. Aunque en cierto sentido se puede decir que la sociedad hebrea antigua se caracterizada por un sistema de relaciones que institucionalizaba el dominio del varón; la mujer israelita gozaba, en comparación con las mujeres en otras culturas, de ciertos derechos. En el registro bíblico se observa con frecuencia que las mujeres del antiguo Israel actuaban mayormente en la esfera doméstica, y son identificadas casi siempre en términos de los hombres que son sus padres, sus maridos, sus hijos, o (de vez en cuando) sus hermanos. Es más, el décimo mandamiento (en concordancia con el régimen patriarcal de la época) incluye a la mujer como una de las posesiones del hombre que no deben ser codiciadas: “… No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca…” (Éxodo 20:17, Nueva Versión Internacional). Sin embargo, la ley mosaica establecía normas que buscaban proteger la dignidad de la mujer y su integridad física, guardándola de abusos por parte de su propio padre, esposo u otro miembro varón de la comunidad. Así, por ejemplo, si un hombre violaba a la mujer de otro, había de ser apedreado, pero la mujer era dejada con vida: “…Pero si un hombre se encuentra en el campo con una joven comprometida para casarse, y la viola, sólo morirá el hombre que forzó a la joven a acostarse con él. A ella no le harás nada, pues ella no cometió ningún pecado que merezca la muerte. Este caso es como el de quien ataca y mata a su prójimo: el hombre encontró a la joven en el campo y, aunque ella hubiera gritado, no habría habido quien la rescatara…“ (Deuteronomio 22:25-27, Nueva Versión Internacional).

Si un hombre seducía a una joven no comprometida con otro en matrimonio, y ambos tenían relaciones sexuales consensuadas, tenía que pagar la dote nupcial acostumbrada y casarse con ella; además, tampoco se le permitía divorciarse de ella, garantizándole así su seguridad económica y su sustento: “… Si alguien seduce a una mujer virgen que no esté comprometida para casarse, y se acuesta con ella, deberá pagarle su precio al padre y tomarla por esposa. Aun si el padre se niega a entregársela, el seductor deberá pagar el precio establecido para las vírgenes…” (Éxodo 22: 16-17, Nueva Versión Internacional).

Deuteronomio 22:28-29 suele generar conflicto debido a la interpretación errónea que se hace de dicho texto ya que, aparentemente, parece premiar a los violadores de mujeres: “…Cuando algún hombre hallare a una joven virgen que no fuere desposada, y la tomare y se acostare con ella, y fueren descubiertos; entonces el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta piezas de plata, y ella será su mujer, por cuanto la humilló; no la podrá despedir en todos sus días…” (Deuteronomio 22:28-29, Nueva Versión Internacional). Sin embargo, nada podría estar más lejos de la realidad. Aún en la prescripción dada en estos versículos, el Dios de la Biblia muestra su amor por la justicia y su deseo de cuidar la dignidad de la mujer. El verbo hebreo “tapas”, traducido aquí como “tomar, asir, capturar” no indica en sí mismo algo en cuanto al uso de la fuerza. En realidad, nosotros usamos palabras de esta manera en el lenguaje regular. Por ejemplo, decimos que alguien tomó una galleta o tomó una esposa, sin dar la idea de que se está haciendo algo “por la fuerza”. Si alguien toma a un bebé en sus brazos, ¿qué ha hecho? Si un joven toma a una joven como esposa, ¿implica esto un acto que incluye la fuerza? Adicionalmente, es claro según el contexto inmediato de Deuteronomio 22 que no se está lidiando con la violación en los versículos 28-29. Sabemos esto por dos razones principales:

(1.- Primero, los versículos 25-27 dan un ejemplo claro de violación. En este caso, un hombre viola a una mujer, ella “da voces” (vs. 27), pero está en el campo y nadie está allí para ayudarla. El texto dice que el hombre que cometió tal crimen debía “morir” (vs. 25), pero los israelitas no debían hacer nada a la joven; “no hay en ella culpa de muerte” (vs. 26). Es interesante que, en este caso claro de violación, el texto usa una palabra completamente diferente. La palabra traducida “la forzare” en el versículo 25 es el término hebreo chazaq, pero en el versículo 28 se cambia intencionalmente el verbo a tapas.

(2.-Segundo, la lectura natural de los versículos 28-29 evidencia que ambas partes son culpables o al menos tienen algo de culpa. Note que el texto dice al final del versículo 28, “fueren [ellos] descubiertos”. Cuando se lidia en el capítulo con un caso obvio de violación, solamente se menciona específicamente al hombre en el versículo 25, y se dice que morirá “solamente el hombre que se acostó con ella”; pero notablemente se evita cualquier indicación de que “ambos” hubieran estado involucrados en pecado. Si se compara Deuteronomio 22:28-29 con Éxodo 22:16 descubriremos el meollo del asunto. Dicho texto dice: “Si alguno engañare a una doncella que no fuere desposada, y durmiere con ella, deberá dotarla y tomarla por mujer”, notamos que en este versículo en Éxodo no hay fuerza, y ambas partes comparten algo de culpabilidad. Es fácil ver el valor práctico de la instrucción de Dios en Deuteronomio 22:28-29. Un hombre tiene relaciones sexuales con una mujer joven que no está comprometida con nadie. Él no la fuerza o viola. Pero sus acciones son descubiertas. Ahora, ¿quién en la tierra de Israel quisiera casarse con una joven que no se ha conservado pura? El hombre no puede ignorar su pecado; él ha puesto a la joven en una situación difícil, en la cual pocos o ningún hombre quisiera casarse con ella. Ya que frecuentemente era el caso que las mujeres tenían problemas financieros muy difíciles sin la ayuda de un esposo, esto sería incluso más devastador para la joven. Dios consideró a las dos partes como responsables, instruyéndoles que se casaran y se mantuvieran juntos, sufriendo la vergüenza y superando las dificultades que habían ocasionado para sí mismos. No se puede pensar en otra instrucción que fuera más moral, amorosa y sabia que esta. Una vez más, la acusación del escéptico contra el amor de Dios no tiene fundamento.

Otra prescripción amorosa de Dios hacia la mujer la encontramos en el hecho de que la ley declaraba que un padre no debía convertir a su hija en prostituta, lo cual sí ocurría en otras sociedades paganas: “…No degraden a su hija haciendo de ella una prostituta, para que tampoco se prostituya la tierra ni se llene de perversidad…“ (Levítico 19:29, Nueva Versión Internacional). Si un padre optaba por vender a su hija como esclava (lo cual la exponía a sufrir abusos de tipo sexual por parte de sus amos), la ley establecía ciertas regulaciones destinadas a protegerla y garantizar su dignidad como persona, su sustento, o su eventual liberación: “…Si alguien vende a su hija como esclava, la muchacha no se podrá ir como los esclavos varones. Si el amo no toma a la muchacha como mujer por no ser ella de su agrado, deberá permitir que sea rescatada. Como la rechazó, no podrá vendérsela a ningún extranjero. Si el amo entrega la muchacha a su hijo, deberá tratarla con todos los derechos de una hija. Si toma como esposa a otra mujer, no podrá privar a su primera esposa de sus derechos conyugales, ni de alimentación y vestido. Si no le provee esas tres cosas, la mujer podrá irse sin que se pague nada por ella…” (Éxodo 21:7-11, Nueva Versión Internacional).

El pasaje de Éxodo 21 es sumamente importante si se tiene en consideración que, en las sociedades patriarcales de esa época, no había prohibición ni castigo para el que vendía ni para el que compraba a una mujer como esclava. Las leyes dadas en Éxodo 21 sobresalen no porque establezcan el derecho de llevar a cabo semejante transacción, sino precisamente porque pretenden reglamentarla proporcionando ciertos derechos fundamentales a la mujer.

En las sociedades primitivas del Medio Oriente, el padre de familia tenía una autoridad de vida o muerte sobre los miembros de su familia extendida. Nótese que, cuando Tamar fue acusada de prostitución, su suegro Judá ordenó que fuera quemada de una vez: “… Como tres meses después, le informaron a Judá lo siguiente: —Tu nuera Tamar se ha prostituido, y como resultado de sus andanzas ha quedado embarazada. — ¡Sáquenla y quémenla! —exclamó Judá…” (Génesis 38:24, Nueva Versión Internacional).

Por su contexto cultural e histórico, Israel (al igual que otras sociedades de la época) tendía a fortalecer la autoridad del padre de familia para llevar adelante sus propios asuntos internos sin intervención de una autoridad mayor. Por eso Éxodo 21:7-11 es notable como intento de controlar la forma en que el amo trataba a una mujer esclava en su casa.

Otro pasaje aparentemente problemático se encuentra en Números 5: 11-31, una instrucción para el marido que recela de la fidelidad de su mujer sin prueba alguna (Números 5: 11-31).

A primera vista, esta ley parece injusta y cruel. Pero en el contexto del poder casi absoluto del jefe de familia, algunos elementos llaman la atención. En primer lugar, la ley parte de la posibilidad de que la mujer sea inocente de las acusaciones del marido celoso, y el efecto neto de las provisiones es restringir el poder del hombre para actuar en ira contra la mujer, frenando así un posible abuso de poder. Esta ley quita de las manos del marido, o de cualquier otro miembro de la familia o clan, el poder sobre la mujer en el caso de celos infundados. Más bien, el marido celoso se ve obligado a disciplinarse y llevar sus sospechas a los sacerdotes. Al hacerlo sus pasiones podían calmarse o al menos podía escuchar consejos de parte de ellos.

La Ley tampoco excluía a la mujer de la adoración a Jehová. Si bien es cierto que el sacerdocio estaba limitado a los levitas de sexo masculino (lo cual también excluía por igual no sólo a las mujeres, sino a todos los varones de las otras tribus), las mujeres eran consideradas como miembros de la congregación y, como tales, podían entrar dentro de la mayoría de las áreas de la adoración. La Ley le ordenaba a todos los hombres presentarse o comparecer ante el Señor tres veces al año y, aparentemente, las mujeres iban con ellos en algunas ocasiones (Deuteronomio 29:10-11; Nehemías 8:2; Joel 2:16); no obstante, no les era requerido ir de forma obligatoria como a los varones de la congregación, muy probablemente debido a sus importantes deberes como esposas y madres. Por ejemplo, Ana fue a Silo con su esposo y le pidió a Dios que le diera un hijo (1 Samuel 1:3-18). Más tarde, cuando el niño nació, le dijo a su esposo: “… Yo no subiré hasta que el niño sea destetado, para que lo lleve y sea presentado delante de Jehová, y se quede allá para siempre…” (1 Samuel 1:22). Como cabeza de la familia, el esposo o padre presentaba los sacrificios y ofrendas en beneficio de toda la familia (Levítico 1:2). Sin embargo, la esposa podía presentarlos también. Las mujeres concurrían a la Fiesta de los Tabernáculos (Deuteronomio 16:14), a la Fiesta Solemne Anual de Jehová (Jueces 21:19-21) y al Festival de la Nueva Luna (2 Reyes 4:23). Un sacrificio que solamente las mujeres daban al Señor, era ofrecido después del nacimiento de un niño: “… Cuando los días de su purificación fueren cumplidos, por hijo o por hija, traerá un cordero de un año para holocausto, y un palomino o una tórtola para expiación, a la puerta del tabernáculo de reunión, al sacerdote…” (Levítico 12:6). Varias mujeres del Antiguo Testamento fueron famosas por su fe. Incluida en esa lista de Hebreos 11 hay dos de esas mujeres: Sara y Rahab (Génesis 21; Josué 2, 6:22-25). Ana, madre del profeta Samuel, fue un ejemplo santo de una madre israelita. Ella oró a Dios; creyó que Él escuchó sus oraciones; y cumplió con su promesa a Jehová Dios (1 Samuel 1). Ciertamente, la ley mosaica nunca excluyó a la mujer del culto a Dios.

 

II.- MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE ROMPIERON ESQUEMAS:

En el período veterotestamentario, el núcleo de la sociedad hebrea era la familia patriarcal, en la cual el padre era la autoridad máxima. Al principio, los hebreos vivían en grupos familiares o clanes dirigidos por el más anciano, el patriarca, que administraba justicia, dirigía la guerra y los ritos religiosos. La mujer debía sujetarse a la autoridad paterna hasta que contraía matrimonio, momento en que pasaba a ser propiedad del esposo. No obstante, a pesar de que en los tiempos bíblicos la sociedad hebrea era patriarcal, y por consiguiente la mujer tenía una posición subordinada al hombre, el Antiguo Testamento (prefigurando la futura libertad de la mujer en Cristo) incluye en sus páginas varios ejemplos de mujeres que desempeñaron cargos de liderazgo y autoridad, tanto política como religiosa, dentro de la sociedad hebrea del antiguo Testamento. Entre ellas podemos mencionar:

1) MARÍA: María, hermana mayor de Moisés, fue una mujer extraordinaria usada por Dios incluso desde su niñez para salvar la vida de su hermano menor y futuro profeta (Éxodo 2:3-7). Ella poseía un precioso don profético y musical que la convirtió en una valiosa líder de alabanzas y profetisa: “… Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas. Y María les respondía: Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; Ha echado en el mar al caballo y al jinete…” (Éxodo 15:20-21). Otras mujeres del Antiguo Testamento seguirían posteriormente el ejemplo de María, aportando sus talentos en el ministerio de la música y la adoración a Dios. En el tiempo del Rey David, “…Dios dio a Hemán catorce hijos y tres hijas. Y todos éstos estaban bajo la dirección de su padre en la música, en la casa de Jehová, con címbalos, salterios y arpas, para el ministerio del templo de Dios…” (1 Crónicas 25:5-6). María es también mencionada en conjunción con Moisés y Aarón como dirigente de la nación hebrea. Esto ilustra el papel de liderato autoritativo y de gran influencia que ella ejercía: “… Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María…” (Miqueas 6:4). En el Israel primitivo no existía la discriminación de género en relación con el ministerio, o el uso de los dones y el llamamiento profético.

 

2) DÉBORA: Débora, una mujer casada, ocupaba dos posiciones u oficios: Uno como Profetisa (mujer profeta), y otro como líder o juez: “… Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa mujer de Lapidot; y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en el monte de Efraín; y los hijos de Israel subían a ella a juicio…” (Jueces 4:4-5). Bajo el liderato de Débora, los hijos de Israel fueron librados de la opresión y ocupación de su tierra por parte de un ejército extranjero. Ciertamente, ella cumplió el propósito antiguo de Dios para el hombre y la mujer: Tener dominio en conjunto, ambos por igual. Leemos: “… Varón y hembra los creó. Y los bendijo dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra… ” (Génesis 1:27-28, Biblia de las Américas). Dicha autoridad no fue dada al hombre solamente, sino al hombre y la mujer como iguales en honor y autoridad a la vista de Dios. La diferenciación entre ambos (que relega a la mujer a una posición inferior en muchas sociedades) vino como resultado directo de la caída, no como parte del plan original diseñado por Dios para el varón y la mujer (Génesis 3:16). Esta diferenciación (o mejor dicho discriminación) ha sido eliminada en Cristo, quien restituyó a la mujer a su posición elevada del principio (Gálatas 3:26-29). ¿Por qué, entonces, cuando el precedente bíblico existe para que las mujeres cumplan un papel importante en el plan de Dios, los hombres en posiciones de liderato en la Iglesia atribuyen para sí normas que impiden que las mujeres ministren?

 

3) LA MUJER SABIA DE ABEL BETMACÁ: Esta mujer claramente era una persona de influencia, líder de la ciudad blindada de Abel Betmacá en Israel. Como una líder civil en Israel, esta mujer, al igual que Débora, muy seguramente habrá tenido un grado de autoridad espiritual. Por medio de su uso sabio de autoridad y persuasión, ella rescató a su pueblo de ser destruido por Joab, el comandante del ejército del rey David (2 Samuel 20:15-22). Nótese que ni Joab ni David tenían problema alguno en oír el buen consejo brindado por mujeres. Es más, Joab sabía que David escuchaba sin discriminación a las mujeres, así que cuando no pudo persuadir a David acerca de una decisión, él le pidió a una mujer sabia de Tecoa para que le ayudase (2 Samuel 14:1-22).

 

4) HULDA: Durante el reino del Rey Josías, el libro de la ley fue descubierto en el Templo. Cuando los sacerdotes comenzaron a leerlo, entendieron que la nación se había apartado muy lejos de los caminos de Dios. Supieron que la nación estaba en peligro de ser destruida bajo el juicio divino. A fin de descubrir lo que deberían hacer, fueron a esta sobresaliente profetisa, quien les expuso los detalles específicos del juicio por venir que ya había sido determinado según el consejo divino: “… Entonces fueron el sacerdote Hilcías… a la profetisa Hulda, mujer de Salum… guarda de las vestiduras… y hablaron con ella…” (2 Reyes 22:14). Hulda inspiró al Rey Josías, al sumo Sacerdote y a los demás líderes de Israel, para que implementaran reformas morales y espirituales jamás registradas. Un profundo despertar religioso, o avivamiento, vino como resultado. Ningún ministerio profético registrado, produjo tal despertar y transformación en la nación de Israel en tan corto tiempo (Véase 2 Reyes 22 y 2 Crónicas 34).

 

Además de los casos específicos citados anteriormente, el Antiguo Testamento también muestra ejemplos de esposas que ejercieron el liderazgo en el gobierno de su familia:

a) Sara: En el libro de Génesis, por ejemplo, vemos nada menos que a Dios ordenándole a Abraham que, en contra de lo que era su opinión, hiciera caso de lo que Sara le decía en cuanto a su hijo Ismael (Génesis 21:9-12).

b) La Madre de Sansón: Otro ejemplo lo tenemos en el caso de los padres de Sansón. Cuando el Ángel del Señor se aparece para anunciar el nacimiento de un niño que liberará al pueblo de Israel, no lo hace al padre, sino a la madre (Jueces 13:2-14). ¿Por qué Dios no transmitió un mensaje tan importante al que se suponía que era el líder espiritual de la familia? A lo largo del diálogo se aprecia que, en dicha pareja de esposos, Manoa era el menos preparado tanto a nivel de conocimiento como de madurez espiritual, y es por eso que Dios se dirige a ella, pues estaba mejor preparada para asumir dicho mensaje.

c) Abigail: Encontramos también el caso de una mujer que se negó a aceptar la decisión de su marido y tomó otra opuesta a la de él, con la bendición de Dios. Se trata de Abigail. En el relato no se presenta como algo reprobable la actuación de Abigail, contraviniendo las órdenes de su marido. Por el contrario, David vio en ello la mano de Dios (1 Samuel 25:14-28).

 

CONCLUSIÓN:

Las Escrituras nos impulsan a afirmar que: “… para Dios no hay favoritismos…” (Hechos 10:34, Nueva Versión Internacional), seamos hombres o mujeres. Por lo tanto, quienes afirman, con base en el Antiguo Testamento, que Dios considera inferior a la mujer, la excluye del liderazgo, o que la biblia es machista y misógina, yerran por ignorancia o por malicia descarada. En las Escrituras no encontramos la desaprobación de Dios, ni su condena hacia la mujer, o incluso a la actuación de mujeres que ejercieron posiciones de liderazgo, ya fuera en la familia, en la vida civil o en la esfera religiosa. Además, en el nuevo convenio: “… Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús…” (Gálatas 3:28, Nueva Versión Internacional). La voluntad del Señor siempre fue, ha sido y será que sus hijos, hombres o mujeres, se consideraran y trataran como iguales. Las leyes (en apariencia discriminativas hacia la mujer) dadas por conducto de Moisés en el Antiguo Testamento, deben ser entendidas dentro de su contexto histórico y cultural. El Señor toleró hasta cierto punto los tiempos de ignorancia de su pueblo pero también, en medio de dicha ignorancia, dejó leyes sabias que prefiguraban la intención final de Dios para su pueblo escogido: la igualdad. Jesucristo dijo: “… Esa ley la escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son — aclaró Jesús—. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo. Así que ya no son dos, sino uno solo…“ (Marcos 10:5-8, Nueva Versión Internacional).

Ministerio Femenino

La mujer en el Pentecostalismo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Parece que desde que en el jardín del Edén Dios le dijera a Satanás que la simiente de Eva aplastaría su cabeza, el mal se ha abalanzado sin piedad contra las mujeres de todos los tiempos. Aunque normalmente lo definamos como machista, lo que genera este legado de opresión es el triunfo del perverso orgullo y la inseguridad de muchos hombres. En toda esta historia de persecución hay un lugar de privilegio para nuestra capacidad de negación sobre quienes somos en realidad. Milenios de humanidad no ha cesado de advertirnos contra los desastres provenientes de la soberbia que se infiltra cuando las razas, sexos o individuos asumen que son, por definición, superiores a otros. A lo largo de los tiempos y hasta hoy, de todos es sabido que las mujeres salen perjudicadas, asediadas por una marginación que no sólo se produce en tribus perdidas o en culturas ajenas a la nuestra.

LOS PAGANOS Y SU TRATO HACIA LA MUJER:

Ya el pensamiento de la antigua Grecia, cuna de Occidente, no se quedaba atrás. Homero o Platón ejemplifican la visión repugnante y de inferioridad que se tenía en torno a la mujer, a quienes se las definía como dolor o castigo, pues las mujeres estaban consideradas como meros objetos para ser conquistados e instrumentos en la lucha por el poder de los hombres. Uno de los personajes de Homero se burlaba diciendo: “¡No eres mejor que una mujer!”, un reflejo de lo habitual que resultaba que la mujer no fuese vista siquiera con identidad propia sino más bien como “la esposa de”, la “la hija de” o la “concubina de”. Según narra Hesíodo en su Teogonía hubo un tiempo sobre la tierra en el que los hombres vivían felices sin mujeres hasta que éstas surgieron como castigo de Zeus a Prometeo por su desobediencia. La mujer fue la maldición eterna para el hombre, razón por la que Zeus creó un ser perverso, una mujer llamada Pandora, el origen de todos los males. Otro poeta de relevancia como Simónides cuenta que “desde el principio, dios hizo la mente de la mujer como cosa aparte”. Se asumía que no debían confiar en las mujeres pues ellas eran fuente de todo mal, pues el mal era su naturaleza. Platón dice que “las mujeres son inferiores en bondad a los hombres […] ese segmento de la humanidad que, debido a su fragilidad, es en otros aspectos más engañoso y secreto”. Lo cierto es que, aunque comúnmente apelamos a Grecia como la cuna de la democracia, ésta era una democracia selectiva vetada a esclavos y mujeres.

LA BIBLIA NOS ENSEÑA ALGO DIFERENTE:

El Dios del libro del Génesis describe el perenne totalitarismo del varón hacia la mujer no como algo digno de alcanzar sino como una horrenda maldición provocada por la maldad del ser humano y que es anunciada a la mujer: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16). En contraste con las grotescas e inmorales cosmogonías de la antigüedad, Jehová despliega su esencia artística para crear a Eva como un hermoso complemento del hombre. El Dios bíblico sitúa a la pareja en el jardín como amigos y amantes. Nada que ver con las salvajes batallas entre dioses y diosas de los mitos animistas, griegos, romanos o del relato de la creación del Emuna Elis babilonio, una historia mucho más cercana en el tiempo y a la cultura de los receptores originarios del Génesis que recoge una espeluznante visión en la que Tiamat y Marduk se despedazan. Sin embargo, Adán y Eva se aman. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:17). Es Jehová quien afirma que el hombre y la mujer son “el hombre (traducido así y en singular en el sentido genérico de humanidad) creado a imagen y semejanza de Dios”. A diferencia de las creencias griegas que describen a la mujer forjada de otra materia, el Dios de la Biblia forma a Eva de la misma sustancia que Adán, de su médula, tomando su ADN para formarla y revelarnos un concepto revolucionario de igualdad esencial. Eva fue creada para servir con Adán y no con el fin de servirle a Adán. Aunque hay quienes lo ven de otro modo cuando leen que Dios diseñó a la mujer como “ayuda idónea para el varón” (Génesis 2:18), lo cierto es que la palabra hebrea utilizada para ayuda hace referencia a alguien a quien se le solicita cooperación por poseer capacidades complementarías a las del solicitante, por lo que estamos ante una connotación etimológica con énfasis en el concepto de igualdad y complementariedad, una visión de género fuera de lo común siglos antes de Cristo. Cuando Adán cuando dirige por primera vez su mirada a la mujer lo hace a modo de poema: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada” (Génesis 2:23). Las primeras palabras humanas que aparecen en la Biblia son un canto a la mujer y a la igualdad, un golpe contra los mitos paganos que concedían a la feminidad una composición inferior a la masculina. Más adelante aparecería también el mandato de: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” (Génesis 2:24), un planteamiento también chirriante para un mundo en el que los hombres no suelen renunciar a cosa alguna por una mujer. El plan de Dios para su creación era “señoreen (plural) en toda la tierra” (Génesis 1:26), y tiene la peculiaridad de que no otorga dominio sobre la tierra al ser humano hasta que la mujer no está junto al varón. Cuando ambos pecan, Adán habla de: “la mujer que me diste por compañera” (Génesis 3:12). Eva no era una mera propiedad de Adán y el mal no entra al mundo sólo a través de la mujer sino a través de la pareja, tal y como Dios sentencia (Génesis 3:24). Hombre y mujer comparten culpabilidad y ambos sufrirían las consecuencias.

MACHISMO EN EL PUEBLO DE DIOS:

Y como ocurre en todas las civilizaciones, la sociedad judía tampoco vivió exenta de la indeseable maldición anunciada por Dios sobre la opresión y superioridad masculina sobre la mujer. En conocidos escritos rabínicos resultan habituales los comentarios de desprecio y rechazo del género femenino, una cuestión que ya vemos en algunos textos del Nuevo Testamento como cuando “en esto vinieron sus discípulos, y se asombraron grandemente de que [Jesús] hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?” (Juan 4:27). En contraposición a este pensamiento dominante de su tiempo, Jesús se levantó para destruir las obras de la oscuridad abriendo ríos en el desierto como un adelanto de la restauración del plan original de Dios y de sus propósitos, aunque lo haría dentro de la realidad de los prejuicios, terquedad e injusticias de su época. Desde luego, esta nueva visión de la mujer iniciada por Cristo impulsaría a muchos hijos de Dios a asumir el liderazgo en la liberación de las personas en general y de la mujer en particular durante siglos posteriores.

LA MUJER EN EL PENTECOSTALISMO CLÁSICO:

El igualitarismo ministerial entre el hombre y la mujer, característico del Movimiento Pentecostal, tiene sus raíces en el Movimiento de Santidad a partir del cual se originó el pentecostalismo moderno. Dicho movimiento era muy activo en trabajos de justicia social, pero no se limitaba sólo a esto, también incluía varios ministerios de compasión, trabajo inter-racial, templanza, y el voto femenino. A partir de 1850, en especial, el movimiento de Santidad produjo un número de mujeres que ministraron como evangelistas, líderes de estudio bíblico e incluso como obispos. Con este tipo de trasfondo, era de esperarse que las mujeres jugaron un papel significativo en el movimiento pentecostal en Estados Unidos. Y así fue. Charles Fox Parham entrenó mujeres para el ministerio en el Movimiento de la Fe Apostólica desde 1900 en adelante. Su cuñada, Lilian Thistlewaite, mantuvo reuniones por su propia cuenta a lo largo del Medio Este y apareció junto a Parham en reuniones ampliadas en otros lugares. Parham comisionó a un número de mujeres para establecer iglesias y servir como pastoras.

El predicador afroamericano William Joseph Seymour llevó consigo el Movimiento de Fe Apostólica a Los Ángeles en 1906. Su Misión de la Calle Azusa rápidamente se hizo conocida como una congregación interracial liderada por un pastor afroamericano, con mujeres capaces y hombres proveyendo liderazgo y alcance. La misión fue incluso ridiculizada por el periódico Los Angeles Evening, por considerar que el emergente movimiento pentecostal violaba la enseñanza de Pablo en 1 de Corintios 14:34 respecto al silencio de la mujer.

Los primeros pentecostales entendieron este versículo dentro de un contexto histórico y cultural, pero no como una directriz global. Estaban mucho más cautivados por la promesa hecha en Joel 2:28-29 que en los “últimos días” Dios derramaría de su Espíritu sobre toda carne, incluyendo hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, libres y esclavos por igual. Según Hechos 2:17-18, Pedro apeló a estos versículos en el día de Pentecostés y los pentecostales encontraron en esto la justificación para que tanto mujeres como hombres proclamaran el evangelio. Esta posición fue alentada por la apelación de 1 Corintios 12:11, que indica que el Espíritu Santo entrega dones de forma individual, y por Gálatas 3:28 que apunta sobre la igualdad de género en la iglesia.

El Pastor Seymour le dio la bienvenida a mujeres en el púlpito de la Calle Azusa, proveyó de credenciales a mujeres y hombres, y los envió fuera como misioneros y plantadores de iglesias. Publicó su compromiso en las siguientes palabras: “Es contrario a las escrituras que las mujeres no tengan su parte en el plan de salvación al que han sido llamadas por Dios. No tenemos derecho a obstaculizar su camino, sino que a ser hombres de santidad, pureza y virtud, levantando el estandarte y alentando a las mujeres en su trabajo, y Dios nos honrará y bendecirá como nunca antes. Es el mismo Espíritu Santo el que está en las mujeres y en los hombres”.

Con el apoyo de Seymour, la señora Florence Crawford se hizo responsable de la extensión de la Misión a lo largo de la costa este llegando tan lejos como a Minneapolis. La hermana Crawford se convirtió así en la fundadora de la Iglesia de Fe Apostólica (Portland, Oregón) con congregaciones en Estados Unidos, Escandinavia y el este de África. La señora Emma Cotton, una mujer afroamericana, fundó al menos ocho congregaciones pentecostales en Los Ángeles, el Valle de San Joaquin, y Oakland, antes de entregársela a la Iglesia de Dios en Cristo.

ROL MINISTERIAL DE LA MUJER EN ALGUNAS DENOMINACIONES PENTECOSTALES:

Las mujeres han jugado un papel muy importante en el crecimiento y desarrollo de las denominaciones pentecostales, especialmente en el ámbito de la misión mundial. Por ello, actualmente muchos grupos pentecostales reconocen el derecho de las mujeres a ejercer el ministerio, incluso el pastorado. En la Iglesia de Dios en Cristo, las mujeres son ordenadas para el trabajo misional y evangelismo. Las Asambleas de Dios dieron licencia y ordenaron a mujeres para el trabajo en misiones y evangelismo desde su origen en 1914 y ordenaron mujeres para predicar desde 1922. La mayoría de los centros de misión mundiales de las Asambleas de Dios fueron iniciados por mujeres. En 1935 las mujeres fueron hechas compañeras de ministerio en pleno e igualitariamente sin restricciones dentro de las Asambleas de Dios, la mayor denominación pentecostal del mundo. A menudo, muchas mujeres sirven como co-pastores, e incluso algunas congregaciones son de hecho lideradas por mujeres. Muchos distritos han abierto posiciones de liderazgo a nivel de presbiterio y las Asambleas de Dios de Estados Unidos han elegido una mujer para servir en el Presbiterio Ejecutivo a nivel nacional. Una mujer también sirve como presidenta en la Universidad Evangel, la única universidad nacional de las Asambleas de Dios en Estados Unidos. En 2010, el presbiterio general (un grupo nacional de aproximadamente 1000 pastores y líderes) adoptó una posición formal respecto al tema, intentaron una vez más afirmar el lugar de las mujeres en el “ministerio y liderazgo espiritual”.

En la Iglesia de Dios (Cleveland, Tennessee), por mucho tiempo mujeres han tenido la libertad de predicar y ejercitar sus dones espirituales. En 1992, se les permitió por primera vez votar en la asamblea general internacional, y desde el 2000 se les permite servir en todos los oficios excepto el obispado.

Por supuesto, el reciente crecimiento en los cargos de liderazgo de las mujeres pentecostales no ha estado exento de obstáculos. Algunas denominaciones pentecostales han encontrado una creciente resistencia respecto al papel que la mujer debería desempeñar en el clero. A menudo, esas presiones han provenido de hombres más jóvenes, influenciados no por sus raíces pentecostales, sino que, irónicamente, por celebridades neo-reformadas como Mark Driscoll y John Piper. Esta resistencia por si misma ilustra la continua y confusa absorción de la identidad pentecostal dentro de una identidad evangélica conservadora que ha estado funcionando desde los inicios de los años ‘40.