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Cuando el cayado se convierte en centro: 3 formas modernas de abuso pastoral y liderzgo tóxico

Por Fernando E. Alvarado

Hay heridas que se infectan en la oscuridad. Durante demasiado tiempo, muchas comunidades de fe han mirado hacia otro lado mientras se gestaba una tragedia silenciosa: la transformación del liderazgo pastoral en un sistema de poder que nada debe al Evangelio. No se trata de un fenómeno marginal ni de unas pocas manzanas podridas en un árbol sano. Es, más bien, una deriva estructural que ha encontrado terreno fértil en ciertas corrientes del cristianismo contemporáneo, particularmente en aquellos movimientos que enfatizan la autoridad espiritual sin los correspondientes contrapesos bíblicos.

El observador atento reconoce el patrón. Un líder carismático que comienza con genuino amor por las almas, pero que con el tiempo se convence de su propia infalibilidad. Una congregación que, sedienta de certezas y dirección, otorga un poder sin límites a quien considera su «hombre de Dios». Un sistema que confunde lealtad a una persona con lealtad al Señor, y que etiqueta cualquier disidencia como rebelión demoníaca. Así nace lo que algunos han denominado, con acierto doloroso, el «pastor CEO» o el «apóstol» que acumula poder, dinero y control sobre las familias.

Esa es una herida profunda en nuestra manera de entender el liderazgo eclesial. Una herida que se infectó hace tiempo y que aún hoy continúa supurando, aunque muchos prefieran cubrirla con vendas de silencio o ungüentos de lealtad mal entendida. Pero las heridas, cuando se nombran y se exponen a la luz, pueden comenzar a sanar.

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El paradigma del Siervo — Fundamentos bíblicos del liderazgo que no se negocia

Para comprender la desviación, debemos primero fijar la mirada en el original. El Señor Jesús no dejó margen a la ambigüedad respecto a cómo deben ejercerse la autoridad y el liderazgo entre los suyos. Los evangelios sinópticos registran, con variaciones menores, una enseñanza que atraviesa todo su ministerio como un ariete contra las concepciones paganas del poder.

En Mateo 20:25-28, encontramos el texto nodal. Jesús reúne a sus discípulos —probablemente aún resentidos por la petición de la madre de Santiago y Juan de que sus hijos se sentaran a su derecha e izquierda en el reino— y pronuncia estas palabras: «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo».

El verbo que utiliza el evangelista para describir la acción de los gobernantes es katakyrieuō (κατακυριεύω), un término compuesto que intensifica la raíz kyrieuō (ser señor, dominar). La preposición kata añade un sentido de opresión, de dominio ejercido desde arriba hacia abajo con fuerza avasallante. Es el mismo vocablo que utiliza la Septuaginta para describir el dominio absoluto de los faraones o de los reyes conquistadores. Jesús dice, en esencia: «Así actúa el mundo. Así ejercen el poder los que no conocen al Padre. Pero entre vosotros, ni un atisbo de eso».

La alternativa que propone es radical: diakonos (διάκονος) —servidor, el que corre el polvo del camino para atender a otro— y doulos (δοῦλος) —esclavo, el que ha renunciado a toda voluntad propia. No es casual que Pablo se autodenomine con frecuencia doulos Christou Iēsou. La grandeza en el Reino se mide por la profundidad de la servidumbre.

Juan narra, en su evangelio (capítulo 13), un episodio que funciona como comentario vivo a la enseñanza sinóptica. La noche antes de padecer, el Maestro —sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, que había salido de Dios y a Dios volvía— toma una toalla, se ciñe como el más humilde de los esclavos, y lava los pies de sus discípulos. La escena es teológicamente explosiva. El que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra (como confesará después de la resurrección) se rebaja al puesto más bajo de la escala social del siglo primero: lavar pies era tarea de esclavos no judíos, considerada denigrante incluso para un siervo hebreo.

Pedro se resiste, porque en su mente mesiánica no cabe un Mesías descalzo con una toalla sucia. Pero Jesús insiste: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Y después de terminar, formula la aplicación: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:13-15).

El orden es crucial. Primero la autoridad objetiva: Jesús es Señor y Maestro. Luego el ejercicio de esa autoridad en la dirección opuesta a la esperada: el Señor sirve, el Maestro se rebaja. Finalmente la conclusión ineludible: cualquier autoridad legítima en su Iglesia debe manifestarse como servicio sacrificial, nunca como dominio opresivo. Un líder que no lava pies —literal o metafóricamente— no ha entendido el Evangelio.

El apóstol Pedro, que había sido testigo presencial del lavatorio y que había recibido la reprensión directa en Cesarea de Filipo cuando quiso disuadir a Jesús de su camino de cruz, recoge esta enseñanza en su primera carta. En 1 Pedro 5:1-3, se dirige a los ancianos —el plural ya es significativo, porque el liderazgo en las comunidades primitivas era colegiado— con estas palabras:

«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los rebaños, sino siendo ejemplos de la grey.»

Nuevamente aparece katakyrieuō —«teniendo señorío»—. Pedro prohíbe explícitamente a los líderes cristianos ejercer el poder de la manera en que los déspotas lo ejercen. No se trata de un consejo opcional ni de una sugerencia para contextos ideales. Es una orden apostólica que vincula a toda la Iglesia, en todas las épocas. El líder no es un señor feudal que gobierna sobre vasallos; es un pastor que conduce, alimenta, protege y, cuando es necesario, da la vida.

El escritor de Hebreos, por su parte, añade una matización importante: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta» (Hebreos 13:17). La autoridad pastoral existe, no se disuelve en un igualitarismo anárquico. Pero esa autoridad está enmarcada en la responsabilidad de dar cuenta a Dios. El líder que sabe que rendirá cuentas difícilmente se convertirá en tirano. La conciencia de la auditoría divina es el freno más poderoso contra el abuso.

Orando por enfermos en iglesia pentecostal

El corazón del problema — Tres formas de desviación analizadas a la luz de la Escritura

1. Concentración de poder:

El Nuevo Testamento presenta un modelo de liderazgo que desconcierta a quienes están habituados a estructuras piramidales. Desde Hechos hasta el Apocalipsis, la autoridad en la iglesia es distribuida, colegiada y sometida a control mutuo. En Jerusalén, no hay un solo obispo, sino un colegio de apóstoles junto con los ancianos (Hechos 15:2, 6, 22). En Antioquía, el liderazgo es plural: «Había entonces en la iglesia de Antioquía profetas y maestros» (Hechos 13:1). Pablo no gobierna solitariamente las iglesias que funda; establece ancianos en cada ciudad (Hechos 14:23), siempre en plural, y les delega autoridad real.

El caso más esclarecedor para nuestro tema es el de Diótrefes, mencionado por el apóstol Juan en su tercera epístola. Juan escribe: «He escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al que le gusta tener el primer puesto entre ellos, no nos recibe» (3 Juan 1:9). El verbo philoprōteuō (φιλοπρωτεύω) —«le gusta tener el primer puesto»— es único en el Nuevo Testamento. Describe a alguien que ama (phileō) ser el primero (prōtos). No contento con la igualdad entre los líderes, Diótrefes busca la preeminencia. Juan añade que este personaje no se detiene ahí: «ni él mismo recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo impide y los expulsa de la iglesia» (3 Juan 1:10). El patrón es inconfundible: concentración de poder, rechazo a la autoridad externa (Juan representa a los apóstoles originales), aislamiento de quienes disienten, y uso de la expulsión como arma de control.

La figura de Diótrefes resuena con inquietante actualidad en ciertos líderes que se autodenominan «apóstoles» o «pastores principales» y que no toleran ninguna estructura de rendición de cuentas. Suelen rodearse de líderes leales pero sin capacidad de cuestionamiento, controlan las finanzas de manera discrecional, y ven cualquier intento de supervisión externa como un ataque del enemigo. Han creado, sin decirlo abiertamente, una eclesiología de corte monárquico que no tiene paralelo en el siglo primero.

Pablo, en contraste, celebraba la libertad de las iglesias para examinar su enseñanza. A los gálatas, que habían sido perturbados por falsos maestros, les escribe: «Aunque nosotros mismos, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). El apóstol somete su propia autoridad al criterio del Evangelio. Un líder que no está dispuesto a ser examinado a la luz de la Palabra —incluso por miembros comunes de la congregación— ha abandonado el terreno bíblico.

El principio de pluralidad y rendición de cuentas no es un lujo organizacional. Es una salvaguarda contra la caída. «En la abundancia de consejeros hay seguridad» (Proverbios 11:14). Y también: «El que primero presenta su causa parece justo; pero viene su adversario y la examina» (Proverbios 18:17). El liderazgo solitario, sin contrapesos, es una receta para el desastre espiritual, porque el poder corrompe incluso a los mejores si no tiene límites.

2. Acumulación económica:

El segundo frente de desviación es el financiero. Las Escrituras nunca prohíben que los ministros del Evangelio reciban sustento de su labor. Pablo es explícito: «Los que predican el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:14). También: «El obrero es digno de su salario» (Lucas 10:7; 1 Timoteo 5:18). Sin embargo, el mismo apóstol establece límites y principios que muchos liderazgos contemporáneos han ignorado sistemáticamente.

En Hechos 20, Pablo se despide de los ancianos de Éfeso con un discurso conmovedor y cargado de advertencias. Entre ellas, esta declaración: «Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me sirvieron» (Hechos 20:33-34). El verbo epithymeō (ἐπιθυμέω) denota un deseo apasionado, una codicia desordenada. Pablo afirma que jamás ha deseado las posesiones de otros. Más aún, trabajó con sus manos —era fabricante de tiendas, oficio manual considerado menor por la aristocracia romana— para no ser una carga. El principio es claro: el siervo de Dios puede recibir donativos voluntarios, pero no debe depender de ellos para un estilo de vida opulento, ni mucho menos presionar para obtenerlos.

En 1 Timoteo 6, Pablo desarrolla una de las secciones más contundentes del Nuevo Testamento contra el afán de riqueza. Escribe a su joven delegado: «Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y se traspasaron con muchos dolores» (1 Timoteo 6:9-10). La frase «los que quieren enriquecerse» (hoi boulomenoi ploutein) no se refiere a los ricos ya establecidos, sino a aquellos que tienen el deseo deliberado de acumular. Ese deseo, dice Pablo, es una trampa (peirasmos) que conduce a la ruina.

¿Cómo se aplica esto a los líderes religiosos? El contexto inmediato de 1 Timoteo 6 incluye a los falsos maestros que «piensan que la piedad es fuente de ganancia» (1 Timoteo 6:5). El error no es recibir ofrendas, sino instrumentalizar la religión como negocio. Cuando un líder mide el éxito ministerial por el tamaño del presupuesto, cuando establece metas económicas que la congregación debe cumplir bajo amenaza de maldición, cuando vive en mansiones y conduce automóviles de lujo mientras sus feligreses apenas llegan a fin de mes, la sospecha de que «la piedad es fuente de ganancia» se vuelve abrumadora.

El profeta Malaquías, tan citado para presionar a los creyentes a diezmar, también condenó a los sacerdotes que ofrecían sacrificios defectuosos. «Y si ofrecéis el ciego como sacrificio, ¿no es malo? Y si ofrecéis el cojo y el enfermo, ¿no es malo?» (Malaquías 1:8). El punto no es solo la cantidad del diezmo, sino la calidad del corazón de quien lo recibe. Un sacerdocio codicioso profana la mesa del Señor. Jesús mismo, al limpiar el templo, no cuestionó las ofrendas voluntarias sino el sistema que convertía la casa de oración en «cueva de ladrones» (Mateo 21:13). La frase es impactante: ladrones, no comerciantes honestos. La distinción está en el engaño: hacer creer que un sistema de explotación es un acto de adoración.

El caso de Simón el mago en Hechos 8 es paradigmático. Al ver que el Espíritu Santo se impartía mediante la imposición de manos de los apóstoles, Simón ofreció dinero, diciendo: «Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo» (Hechos 8:19). La respuesta de Pedro es fulminante: «Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero» (Hechos 8:20). La simonía —nombre que recibió posteriormente el pecado de comprar o vender bienes espirituales— es exactamente lo que ocurre cuando los líderes condicionan la bendición, la liberación o el avance espiritual a ofrendas económicas. El evangelio no tiene precio, y pretender ponerle un precio es una herejía.

3. Control sobre las familias:

Si la concentración de poder y la codicia financiera son graves, la usurpación de la autoridad familiar es quizás la manifestación más destructiva del fenómeno del pastor CEO o apóstol todopoderoso. En este ámbito, el abuso toca la fibra más íntima de la existencia humana: los lazos conyugales, parentales y filiales.

Las Escrituras establecen un orden claro en Efesios 5-6. El apóstol Pablo escribe: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia» (Efesios 5:22-23). Inmediatamente después, ordena: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). La autoridad conyugal no es un cheque en blanco para el dominio masculino; es una responsabilidad sacrificial que imita a Cristo. Pero lo relevante para nuestro tema es que esta autoridad reside en el matrimonio mismo, no en el pastor. La iglesia no tiene competencia para intervenir en las decisiones fundamentales de la pareja a menos que medie pecado manifiesto o herejía, y aún así el procedimiento es el establecido por Jesús en Mateo 18, que prioriza la confrontación privada y gradual.

Sobre los hijos, Pablo es categórico: «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor» (Efesios 6:4). La responsabilidad primaria de la formación espiritual de los hijos recae en los padres, no en los pastores o maestros de la iglesia. La congregación apoya, complementa, educa, pero no sustituye. Cuando un líder espiritual pretende decidir la carrera profesional, la pareja matrimonial, el lugar de residencia o incluso el número de hijos que una familia debe tener, está pisando terreno sagrado que no le pertenece.

El mandamiento del Decálogo —el primero con promesa— ordena: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12). Pablo lo reitera en Efesios 6:2-3. Este mandato crea una obligación filial que ningún líder eclesiástico puede anular en nombre de una supuesta «cobertura apostólica». Es cierto que Jesús dijo: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10:37). Pero esta enseñanza se refiere al conflicto extremo cuando los padres se oponen al seguimiento de Cristo, no a una disolución general de los lazos familiares en favor de la autoridad pastoral. El mismo Jesús, desde la cruz, se preocupó por el cuidado de su madre, encargándosela al discípulo amado (Juan 19:26-27). No hay espiritualidad en el abandono de los deberes familiares.

Pablo va aún más lejos en 1 Timoteo 5:8: «Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo». La frase es durísima: tēs pisteōs hērnētai —«ha negado la fe»—. La provisión material y emocional para la propia familia es un artículo de fe. Negarlo es apostasía práctica. Esto significa que un líder que induce a un miembro de la congregación a descuidar a su familia en favor de «la obra» está induciendo a la apostasía. El control coercitivo que aísla a una persona de sus parientes críticos, que la convence de que su familia natural es «carnal» y que solo la familia espiritual del ministerio es «verdadera», es una técnica de manipación que los especialistas en sectas denominan «reducción de vínculos». Y no tiene cabida en el cristianismo bíblico.

El caso extremo —pero no infrecuente— es la intervención directa en los matrimonios. Líderes que separan parejas bajo el pretexto de «yugo desigual», que obligan a jóvenes a casarse con personas designadas por la «unción», que presionan a esposas a someterse a esposos abusivos porque «la autoridad no se cuestiona», que legitiman el abuso conyugal mediante malas interpretaciones de la sumisión. Contra todo esto, las Escrituras claman. El matrimonio es un pacto ante Dios, no un contrato sujeto a la revisión pastoral. La intimidad conyugal es protegida por el séptimo mandamiento y por toda la estructura de la creación (Génesis 2:24: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne»). Dejar padre y madre no significa someterse al pastor; significa formar una nueva unidad autónoma bajo Dios.

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Raíces teológicas de la desviación — Cómo se justifica lo injustificable

¿Qué discursos teológicos han permitido que estas prácticas arraiguen en comunidades que se reclaman bíblicas? Identificamos al menos tres distorsiones profundas:

3. La teología de la «unción» incuestionable

    Uno de los argumentos más recurrentes para cerrar la boca a los críticos es la apelación a la unción especial del líder. «No toquéis a mis ungidos», se cita de Salmo 105:15, fuera de su contexto original que se refería a los patriarcas. Se construye una doctrina según la cual el líder ungido tiene una relación directa y privilegiada con Dios, y cuestionarlo equivale a oponerse a Dios mismo. Esta teología ignora por completo que el mismo David —un ungido del Señor, el hombre según el corazón de Dios— aceptó la reprensión de Natán (2 Samuel 12) y la corrección de Abigail (1 Samuel 25). También ignora que Pablo resistió a Pedro cara a cara cuando este se desvió (Gálatas 2:11-14). La unción no es un escudo contra la corrección; es precisamente lo que hace al líder más responsable ante ella.

    El caso de David y Saúl es paradigmático. David tuvo dos oportunidades claras de matar a Saúl, el rey ungido que lo perseguía injustamente. En ambas ocasiones (1 Samuel 24 y 26), David se negó a extender su mano contra «el ungido de Jehová». Pero nunca confundió esa reverencia por el oficio con la aceptación de los abusos de Saúl. David huyó, se protegió, formó un grupo de seguidores fuera del control de Saúl y esperó la justicia divina. La máxima autoridad ungida puede ser impía y dañina, y la respuesta bíblica no es sumisión ciega sino retirada estratégica y denuncia profética cuando es necesario.

    2. La siembra y cosecha distorsionada

    Otro pilar teológico del abuso financiero es la enseñanza de Gálatas 6:7-9: «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará». En su contexto original, Pablo habla de la generosidad hacia los maestros y hacia todos, especialmente los de la familia de la fe. No está estableciendo un mecanismo de inversión espiritual donde la ofrenda al ministerio de un líder garantiza un retorno multiplicado. La distorsión moderna —popularizada por ciertos predicadores de la «teología de la prosperidad»— convierte la relación de gracia en una transacción comercial: das para recibir, siembras para cosechar, inviertes para obtener ganancias. El problema no es la promesa bíblica de que Dios bendice al generoso (Proverbios 11:25; 2 Corintios 9:6-8). El problema es condicionar la bendición divina a la ofrenda entregada a un líder específico, creando así un sistema de presión donde el fiel siente que su bienestar espiritual y material depende de su contribución económica al ministerio del «apóstol». Eso es manipulación, no Evangelio.

    3. La restauración selectiva del oficio apostólico

    El movimiento pentecostal y carismático contemporáneo ha redescubierto con gozo los dones y oficios del Espíritu, incluido el de apóstol (aunque a mi ver no han sabido entender correctamente lo que es un “apóstol”). Sin embargo, parte de este movimiento, que supuestamente ha restaurado la autoridad apostólica, lo ha hecho sin restaurar los límites apostólicos. ¿Cuáles son esos límites? Pablo los enumera, casi como una carta de presentación, en 2 Corintios 11-12: trabajos, azotes, naufragios, peligros, insomnio, hambre, sed, frío, desnudez, y además la preocupación por todas las iglesias. Un apóstol genuino, en el Nuevo Testamento, sufre. No acumula riquezas; las gasta en el evangelio. No controla desde lejos; se entrega en persona. No exige lealtad ciega; la gana mediante el servicio. Cuando alguien reclama el título apostólico pero vive rodeado de lujos, viaja en avión privado, exige tratamiento real y no tolera la corrección, hay razones sobradas para sospechar que no estamos ante un apóstol del Cordero, sino ante un fenómeno muy distinto: un falso apóstol, un obrero fraudulento, un lobo vestido de oveja (si se me permite decirlo, un “apostolobo”).

    Group of people in church pew grieving and praying together
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    El costo humano — El rostro invisible del abuso espiritual

    Detrás de cada sistema de poder eclesial distorsionado hay personas. Personas reales, con nombres, con lágrimas, con noches en vela, con preguntas sin respuesta. Personas que entregaron su confianza, su tiempo, sus recursos, su lealtad, y que recibieron a cambio manipulación, culpa, aislamiento y, en demasiados casos, devastación psicológica y espiritual.

    Las víctimas del liderazgo abusivo suelen atravesar un proceso doloroso. Al principio, admiran al líder. Lo ven como un hombre o una mujer de Dios, ungido, sabio, poderoso. Atribuyen a la acción del Espíritu lo que después reconocerán como carisma humano y control psicológico. Cuando surgen las primeras señales de alarma —una palabra demasiado dura, una exigencia desproporcionada, una intimidad que se siente violada— las atribuyen a la «disciplina» o a la «unción». Se autoculpan: «No estoy rindiendo suficiente», «Mi fe es débil», «El problema soy yo».

    Con el tiempo, el patrón se hace innegable. Pero para entonces, el líder ya ha construido un sistema de lealtades que aísla a la víctima. Los amigos en la iglesia se distancian por temor a represalias. La familia, si no está dentro del círculo, es tildada de «mundana» o «enemiga del avivamiento». La víctima se encuentra sola, desorientada, con el evangelio mismo puesto en duda. Porque si este líder —que habla en nombre de Dios— es abusivo, ¿qué puedo esperar de Dios? La imagen de Dios queda contaminada. La herida espiritual es profunda.

    El profeta Ezequiel, en el capítulo 34, pronuncia un juicio terrible contra los pastores de Israel que se habían apacentado a sí mismos en lugar de apacentar al rebaño. «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores los rebaños? Os alimentáis de la leche, os vestís de la lana, engordáis lo mejor del ganado, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis a las débiles, ni curasteis a la enferma; no vendasteis a la herida, ni fuisteis por la descarriada, ni buscasteis a la perdida; sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia» (Ezequiel 34:2-4). La imagen es escalofriante. Los pastores abusivos usan al rebaño para su propio beneficio —leche, lana, engorde— y descuidan por completo las necesidades reales del rebaño. El texto termina con un anuncio divino: «Yo mismo apacentaré mis ovejas, y yo las haré descansar… Buscaré a la perdida, y haré volver a la descarriada; vendaré a la herida, y fortaleceré a la débil» (Ezequiel 34:15-16). La esperanza para las víctimas es que Dios mismo sale al encuentro de los dañados por los malos pastores.

    Jeremías 23 también denuncia a los profetas y sacerdotes que «corrompieron mi viña, hollaron mi heredad, convirtieron mi hermosa heredad en un desierto». La imagen es agrícola: lo que debía ser un jardín fructífero se ha convertido en tierra baldía. Así es el abuso espiritual: convierte la fuente de vida en fuente de muerte, la comunidad de gracia en sistema de control.

    Family praying around elderly woman in wheelchair inside church

    Respuesta ética y pastoral — Hacia un liderazgo restaurado

    No basta con diagnosticar el mal. El Evangelio es también terapéutico. Proponemos, desde las Escrituras, una respuesta que honre a Dios, proteja a los débiles y restaure la credibilidad del liderazgo cristiano.

    PARA LAS CONGREGACIONES: Estructuras de rendición de cuentas reales

      La primera defensa contra el abuso es la transparencia estructural. Una iglesia que depende de un solo líder sin contrapesos está a merced de su virtud personal, y la virtud personal —por sólida que parezca— no es suficiente a largo plazo. El Nuevo Testamento no conoce el pastorado unipersonal sin ancianos. Filipos tenía «obispos y diáconos» (Filipenses 1:1). Cada iglesia debía tener «ancianos» en plural (Hechos 14:23). El gobierno de la asamblea no era democrático en el sentido moderno, pero sí era colegiado. Restaurar el gobierno plural de ancianos es una medida práctica fundamental.

      Además, las finanzas deben ser transparentes y auditables. La norma apostólica «no codiciar plata ni oro de nadie» se concreta en presupuestos abiertos, balances accesibles a los miembros y cuentas bancarias con múltiples firmantes independientes del pastor principal. La transparencia no es falta de fe; es integridad. Y en un mundo donde el abuso financiero es epidémico, la iglesia debe dar ejemplo de administración intachable.

      Finalmente, se necesitan canales seguros para denunciar abusos. Un protocolo que proteja al denunciante, que investige con seriedad y que no dependa de la buena voluntad del líder acusado. Esto implica en muchos casos invitar a consejeros externos, ajenos a la estructura de poder local, que puedan evaluar con objetividad. El principio de «dos o tres testigos» (Mateo 18:16; Deuteronomio 19:15) no exime de una investigación justa; la presupone.

      PARA LOS LÍDERES: Un llamado a la humildad radical

      Ningún líder está por encima de la tentación del poder. Por eso, el llamado es a cultivar una espiritualidad de servicio que se someta voluntariamente a controles. Cada pastor, cada apóstol, cada anciano debería preguntarse regularmente: ¿Hay alguien en mi vida con autoridad real para cuestionarme? ¿A quién rindo cuentas de mis finanzas, mi tiempo, mis decisiones? ¿Vivo de un modo que no avergonzaría el Evangelio si mis estados de cuenta, mis conversaciones privadas y mis decisiones de gobierno fueran públicos?

      Pablo podía decir: «Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11:1). Pero esa invitación iba acompañada de una vida transparente y sufriente. El líder que invita a la imitación debe estar dispuesto a ser examinado. Debe aceptar la corrección con gratitud, no con defensividad. Debe celebrar cuando otros ministerios prosperan, sin sentir amenaza. Debe trabajar, si es necesario, para no ser gravoso, como Pablo hacía tiendas. No hay vergüenza en la humildad; la hay en el orgullo disfrazado de autoridad espiritual.

      PARA LAS VÍCTIMAS: No están solas, ni abandonadas

      Si estás leyendo esto y reconoces en tu propia historia patrones de abuso espiritual —un líder que controló tus decisiones, que manipuló tu conciencia, que usó las Escrituras para doblegarte, que te aisló de tu familia, que te presionó económicamente— quiero decirte con claridad evangélica: el problema no eras tú. La iglesia abusiva no es la verdadera representante de Cristo. El Dios de las Escrituras es el Dios que vio la aflicción de Agar en el desierto y le dio un pozo (Génesis 21). Es el Dios que escuchó el clamor de los israelitas oprimidos y descendió para liberarlos (Éxodo 3:7-8). Es el Dios que, en Jesús, se hizo vulnerable, fue víctima de abuso religioso y político, y resucitó para condenar a todos los poderes opresores.

      Busca ayuda fuera del sistema que te dañó. Un consejero profesional, un pastor de otra iglesia, un grupo de apoyo para víctimas de abuso espiritual. En casos graves, no dudes en recurrir a las autoridades civiles. Pablo apeló al César cuando el sistema religioso judío actuó injustamente (Hechos 25:10-11). La ley civil existe, según Romanos 13, para castigar al malo y proteger al bueno. Usarla no es falta de fe; es sabiduría.

      Y sobre todo, aférrate al Evangelio. Tu valor no está en la aprobación de ningún líder humano. Estás justificado por la fe en Cristo, no por tu lealtad a una organización. El poder del Espíritu no se mide por cuánto control ejerces o soportas, sino por cuánto amor, gozo y libertad produces. La puerta de salida de un sistema abusivo no es una puerta al pecado; puede ser una puerta a la salud y a un cristianismo más auténtico.

      Open Bible showing Hebrews chapter with yellow highlighted verses and a yellow highlighter

      El Buen Pastor sigue llamando

      El fenómeno del pastor CEO o del pseudoapóstol que acumula poder, dinero y control sobre las familias es una realidad dolorosa que mancha el testimonio del Evangelio. Pero no es la última palabra. La iglesia ha atravesado crisis más profundas y ha salido purificada. La Palabra de Dios sigue siendo la misma, el modelo del Buen Pastor sigue siendo el mismo, y el Espíritu sigue levantando líderes conforme al corazón de Dios.

      Jesús dijo: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye… Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí» (Juan 10:11-14). El asalariado trabaja por dinero, huye ante el peligro, no ama a las ovejas. El buen pastor conoce —íntimamente, sacrificialmente— y es conocido. Ese es el estándar.

      No necesitamos más caudillos que construyan imperios sobre espaldas ajenas. Necesitamos pastores que laven pies, ancianos que velen como quien dará cuenta, apóstoles que sufran por el evangelio, siervos que consideren a los demás como superiores a sí mismos (Filipenses 2:3). El mundo está harto de líderes abusivos en todos los ámbitos. La iglesia tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de mostrar un camino alternativo: el del poder que sirve, la autoridad que se entrega, el liderazgo que se vacía.

      Volvamos al modelo. Volvamos al Maestro. Sólo así nuestras congregaciones serán verdaderamente refugio para el herido, familia para el huérfano, esperanza para el desesperado. Sólo así el cayado pastoral será instrumento de guía y no de golpe. Sólo así, cuando el Señor de la iglesia regrese, nos encuentre lavando pies, no exigiendo reverencias. Maranata. Ven, Señor Jesús. Y mientras tanto, que tu iglesia aprenda a liderar como tú lideraste: con una toalla en la cintura.

      Bibliografía

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