Por Fernando E. Alvarado
He crecido escuchando testimonios de sanidad que ponían la piel de gallina, y en mi propia familia hemos palpado esa realidad de una manera que aún hoy me sobrecoge. Durante mi adolescencia fui sanado de hipermetropía; además, mi columna se enderezó y mis brazos se nivelaron, corrigiendo una deformidad que arrastraba desde niño. Mi hermana menor venció el mal de Chagas sin medicamento alguno, y mi madre —cuyo cuerpo ha sido un verdadero campo de batalla— ha sido sanada de cáncer, ha sobrevivido a infecciones bacterianas que la pusieron al filo de la muerte y a tres derrames cerebrales sin secuelas. Todo esto nos ha confirmado, de manera íntima e innegable, el poder de la fe y la realidad maravillosa de la sanidad divina provista en la expiación de Cristo. Por eso sé de primera mano que en muchas congregaciones pentecostales la oración por los enfermos no es un simple ritual: es el latido mismo de la fe.
Sin embargo, en ese mismo ambiente he presenciado algo que me rompe el corazón cada vez que lo recuerdo: hermanos que vivieron una fractura, una infección o un cáncer como si se tratara de una prueba de fidelidad y que, por miedo a pecar contra Dios, evitaron los hospitales hasta que fue demasiado tarde. Esta mentalidad no nace de la maldad, sino de una enseñanza que, mal comprendida, ha dejado un reguero de cuerpos lastimados y de almas que ya no quieren saber nada de la fe.
De ahí han brotado los consejos que muchos hermanos sinceros recibieron al buscar orientación pastoral —o que ellos mismos asumieron al absorber enseñanzas del pasado que aún sobreviven en ciertos sectores del pentecostalismo—: no recibir tratamientos, no ingerir medicamentos, solo orar y esperar. Y conviene decir algo con toda honestidad: en no pocos casos Dios, en su infinita misericordia, ha honrado esa fe —aunque fuera una fe extrema y no necesariamente apegada a la revelación bíblica completa— regalando sanidades que nos dejan, literalmente, con la boca abierta. Pero también hemos visto la otra cara: hermanos que murieron esperando un milagro que nunca llegó, seres queridos que cargan con un daño irreversible en sus cuerpos y personas que, al no recibir lo que se les prometió, abandonaron la fe con el alma hecha trizas.
La base bíblica que suele citarse para sostener esta postura es 2 Crónicas 16:12, donde se narra que el rey Asa, enfermo de los pies, «no buscó a Jehová, sino a los médicos». Leído de manera aislada, el versículo parece lanzar un veredicto fulminante contra la medicina. Pero cuando uno examina la historia completa, el problema de Asa no fue consultar a unos terapeutas, sino la actitud arrogante con que ignoró a Dios por completo, algo que ya venía arrastrando desde decisiones políticas anteriores. El texto no condena los remedios; condena la autosuficiencia de un corazón que se había alejado. Pese a esta sutileza, durante décadas se ha utilizado ese reproche para insinuar que acudir al médico equivale a una falta de fe, cuando no directamente a un pecado. Y en esos casos, la doctrina que se pretendía espiritual se vuelve inhumana: el resultado no es la gloria de Dios, sino un funeral evitable y una silla vacía en la congregación.

Un error de graves consecuencias
Las consecuencias de esta interpretación no se han quedado en debates de escuela dominical. Asser y Swan (1998) documentaron algo escalofriante: entre 1975 y 1995, en Estados Unidos murieron al menos 172 niños por enfermedades que hoy consideramos perfectamente tratables (neumonía, meningitis, diabetes) porque sus familias, guiadas por convicciones religiosas, evitaron la asistencia médica. Cada uno de esos casos encierra una historia de padres que amaban a sus hijos, que oraban de madrugada y que estaban convencidos de que pisar un hospital sería dudar del poder divino. Shawn Francis Peters (2008) reconstruyó después la saga de los Followers of Christ, un grupo pentecostal de Oregón donde varios niños fallecieron porque la iglesia enseñaba que la verdadera sanidad venía exclusivamente por la imposición de manos y el aceite de la unción. Lo desgarrador es que esas muertes no solo dejaron familias destruidas, sino también procesos judiciales que obligaron a la sociedad a preguntarse dónde termina la libertad religiosa y dónde empieza la protección de la vida.
Cuando llegó la pandemia de COVID-19, esta tensión se globalizó y se volvió imposible de ignorar. Un informe del Pew Research Center (2021) señaló que los evangélicos blancos y los pentecostales hispanos en Estados Unidos estaban entre los grupos más reacios tanto a la vacunación como a las medidas sanitarias. En muchas iglesias pentecostales y carismáticas de África y América Latina corrió la idea de que la vacuna era la “marca de la bestia” y que ningún verdadero creyente debía recibirla (Asamoah-Gyadu, 2020). Perry, Whitehead y Grubbs (2022) mostraron cómo el capital social que une a estas comunidades, ese calor de familia que tanto consuela, también puede reforzar la desconfianza hacia la ciencia cuando el líder espiritual la convierte en una prueba de lealtad. El resultado fue una sucesión de velorios en los que el llanto no solo brotaba por el ser querido perdido, sino también por la duda que carcomía el alma: “¿y si nos equivocamos?”.
Porque ahí está la segunda factura que pasa este discurso: la desilusión. He conocido a personas que, tras confesar una y otra vez que ya estaban sanas sin ver cambio alguno en su cuerpo, terminaron arrastrando complicaciones irreversibles. Y lo más cruel es que, además del dolor físico, cargaron con la etiqueta de tener una fe débil o de albergar algún pecado oculto. La psicóloga Marlene Winell (1993) le puso nombre a este fenómeno: trauma religioso. No es una exageración: cuando la fórmula “solo cree” fracasa, muchos no solo dejan una iglesia, sino que abandonan a Dios. Lo que comenzó como una enseñanza que pretendía honrar el poder divino acaba fabricando, paradójicamente, una legión de escépticos.

La soberanía de Dios y el misterio de los que no sanan
Ahora bien, hay una pieza teológica que no podemos eludir si queremos ser honestos con el testimonio completo de las Escrituras y con la experiencia pastoral: la sanidad divina, siendo real y poderosa, nunca fue presentada como un derecho absoluto ni como una obligación de Dios hacia el creyente. La doctrina pentecostal más fiel a la Biblia —esa que bebe de la theologia crucis, la teología de la cruz— reconoce que el mismo Cristo no sanó a todos los enfermos de su tiempo, y que la voluntad soberana de Dios a veces se manifiesta no quitando la dolencia, sino sosteniendo a la persona en medio de ella.
Basta asomarse a los evangelios. En el estanque de Betesda, Jesús se abre paso entre una multitud de inválidos, ciegos y paralíticos, y sana a uno solo (Juan 5:1-9). No hay indicio de que aquel hombre tuviera más fe que los demás; fue un acto de pura gracia soberana. El apóstol Pablo, cuya fe pocos se atreverían a cuestionar, rogó tres veces al Señor que le quitara un aguijón en la carne, y la respuesta que recibió no fue la sanidad, sino una palabra que atraviesa los siglos: «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:7-9). El mismo Pablo que resucitó a Eutico (Hechos 20:9-12) y que imponía manos sobre los enfermos, dejó a Trófimo enfermo en Mileto (2 Timoteo 4:20) y a Timoteo le recetó vino para sus males estomacales (1 Timoteo 5:23). Lejos de reprender a Timoteo por sus dolencias estomacales o de exigirle un acto de fe más intenso, le recomienda con toda naturalidad: «Ya no bebas agua, sino usa un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades» (1 Timoteo 5:23). El vino, en la antigüedad, era un recurso medicinal para desinfectar el agua y aliviar ciertos males digestivos; Pablo lo prescribe sin el menor asomo de contradicción espiritual.
En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías no consideró que la oración fuera incompatible con los remedios caseros cuando mandó poner una masa de higos sobre la llaga del rey Ezequías, y este sanó (Isaías 38:21). El propio Jesús, al narrar la parábola del buen samaritano, describe al viajero compasivo derramando aceite y vino sobre las heridas del hombre asaltado y vendándoselas cuidadosamente (Lucas 10:34): una escena que cualquier oyente judío reconocería como un acto de atención médica primaria, y que el Señor pone como ejemplo de amor al prójimo. A todo esto se suma (como se mencionó anteriormente) la presencia de Lucas, «el médico amado» (Colosenses 4:14), entre los colaboradores más cercanos del apóstol Pablo, un detalle que las Escrituras no esconden ni minimizan, sino que registran con afectuosa naturalidad. Si la medicina fuera una afrenta a Dios, su Palabra no estaría repleta de gestos y figuras que la honran.

No hay contradicción: hay misterio y hay soberanía.
La expiación de Cristo ciertamente proveyó la sanidad —«por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5; Mateo 8:17)—, pero la manifestación plena de esa provisión aguarda la redención final del cuerpo (Romanos 8:23). Vivimos en la tensión del «ya pero todavía no»: el Reino ha irrumpido con poder, y por eso hoy vemos sanidades que nos dejan sin aliento, pero aún gemimos con la creación entera esperando la restauración definitiva. Como señala el teólogo pentecostal Wolfgang Vondey (2017), una teología de la sanidad divorciada de la cruz se vuelve rápidamente una ideología triunfalista que abandona a los que sufren. La verdadera fe pentecostal, en cambio, abraza la cruz como el lugar donde el poder de Dios se manifiesta en la fragilidad humana, no a pesar de ella.
Esta comprensión nos libera del peso insoportable de creer que somos nosotros quienes, con nuestra fe, accionamos la sanidad. Nunca ha dependido de nosotros sanar a todos, porque ni siquiera el Hijo de Dios lo hizo mientras caminaba sobre la tierra. La fidelidad no se mide por cuántas veces recibimos el milagro, sino por la confianza con que nos arrojamos en brazos del Dios que resucita muertos, pero que también lloró ante la tumba de Lázaro. Aceptar esto nos devuelve la paz: dejamos de culpar al enfermo, dejamos de manipular a Dios con fórmulas, y dejamos de condenar la medicina como si fuera competencia del cielo.
Todo esto nos lleva a afirmar que el dilema de si es pecado ir al médico es, en realidad, un falso conflicto con víctimas reales. Honrar la vida implica tanto doblar las rodillas como acudir a quien ha estudiado durante años para entender el cuerpo humano. La oración no pierde su lugar cuando entra un antibiótico, y la fe no se evapora en la sala de urgencias. La auténtica fe reconoce que Dios puede sanar de manera sobrenatural —lo he vivido en carne propia y lo celebro—, pero que también puede hacerlo mediante un bisturí, una vacuna o un diagnóstico a tiempo. Después de todo, el mismo Dios que inspiró los salmos es el que diseñó un organismo que responde a la insulina y unas manos capaces de suturar una herida. Y cuando la sanidad no llega ni por lo uno ni por lo otro, ese mismo Dios sigue siendo bueno, sigue estando cerca, y su gracia sigue siendo suficiente.

Lo que la Escritura realmente enseña
La fe cristiana mayoritaria jamás construyó un muro entre la oración y la medicina. El historiador Gary B. Ferngren (2014) recuerda que las primeras comunidades cristianas fundaron hospitales y que Lucas, el evangelista, era médico. Así pues, la medicina es un don de la gracia común de Dios, un instrumento que el Creador pone en manos humanas para restaurar la salud. Bajo esta luz, la visita al médico no compite con la confianza en Dios; es una forma de ejercerla.
Pastores y maestros de iglesias pentecostales: Si hemos de ser fieles al testimonio completo de la Biblia, hemos de decir con toda claridad que acudir al médico o tomar medicamentos no constituye pecado alguno. Las Escrituras jamás presentan el remedio natural como un rival de la intervención divina, sino como un medio que Dios mismo ha dispuesto en su creación para el cuidado de la vida. De modo que la cuestión no es si el creyente debe orar o acudir al médico, porque ese dilema es ajeno a la revelación bíblica. La oración y la medicina no compiten; cooperan bajo la soberanía de un mismo Dios. Él es quien concede sabiduría al profesional de la salud, quien diseñó un organismo capaz de responder a un fármaco y quien, en su misteriosa libertad, puede sanar con o sin medios visibles. Como hemos visto, su poder no se mide por nuestro rechazo a los hospitales, y nuestra fe no se autentifica por la cantidad de recetas que dejamos de surtir. La verdadera fe pentecostal —esa que se ancla en la cruz y no en fórmulas mágicas— confía en que Dios sana, agradece cuando lo hace de manera sobrenatural, agradece cuando lo hace mediante un tratamiento, y se aferra a su gracia suficiente cuando la sanidad no llega ni por una vía ni por la otra. Porque el mismo Cristo que resucitó a Lázaro es el que lloró junto a su tumba, y en ambas actitudes nos mostró el corazón del Padre. Ni el médico es enemigo de la fe, ni la fe es enemiga del médico. Ambos pueden ser, y a menudo son, instrumentos del mismo Sanador.

Referencias:
- Asamoah-Gyadu, J. K. (2020). Divine healing and the COVID-19 pandemic: Pentecostal-charismatic perspectives. The Ecumenical Review, 72(4), 609-621. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/erev.12552
- Asser, S. M. y Swan, R. (1998). Child fatalities from religion-motivated medical neglect. Pediatrics, 101(4), 625-629. https://publications.aap.org/pediatrics/article-abstract/101/4/625/62022/Child-Fatalities-From-Religion-motivated-Medical?redirectedFrom=fulltext
- Ferngren, G. B. (2014). Medicine and religion: A historical introduction. Johns Hopkins University Press. https://www.researchgate.net/publication/273464477_Gary_B_Ferngren_Medicine_Religion_A_Historical_Introduction_Baltimore_MD_John_Hopkins_University_Press_2014_pp_xii_241_paperback_16_ISBN_978-1-4214-1216-0
- Perry, S. L., Whitehead, A. L. y Grubbs, J. B. (2022). Faith in the vaccine? Religious homophily and COVID-19 vaccine hesitancy. Sociology of Religion, 83(2), 157-179. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8489517/
- Peters, S. F. (2008). When prayer fails: Faith healing, children, and the law. Oxford University Press. http://ndl.ethernet.edu.et/bitstream/123456789/25361/1/34.pdf
- Public Religion Research Institute (PRRI) & Interfaith Youth Core (IFYC). (2021, 22 de julio). Religious identities and the race against the virus. https://www.prri.org/research/religious-identities-and-the-race-against-the-virus/
- Vondey, W. (2017). Pentecostal theology: Living the full gospel. Bloomsbury T&T Clark.
- Winell, M. (1993). Leaving the fold: A guide for former fundamentalists and others leaving their religion. New Harbinger Publications.